Benny Goodman, Swingman

Benny_Goodman_-_c1970

 

 

Feliz cumpleaños, Mr. Goodman. Gracias por su generosidad y tolerancia al admitir en su grupo a  Lionel Hampton, Teddy Wilson y Charlie Christian. A BG, le gustaba la música. Él, era el swing y no juzgaba el color de la piel o las creencias religiosas de la gente. Descubrió a genios como Harry James, Gene Krupa o Mel Powell. Se atrevió a tocar con los boppers; Wardell Gray y Fast Navarro. Estuvo presente e interviniendo en las primeras sesiones de grabación de Billie Holiday. Pero lo mejor, de él aún estaba por llegar, cuando dio su primera oportunidad a un ángel de Dakota del Norte, Norma Deloris Egstroem. Evidentemente, era un nombre algo complicado para este mundo del Jazz y lo cambió por Peggy Lee. Discreto, vital y solidario, tras esa fachada humilde se nos aparecía un músico de jazz extraordinario: astuto y muy ácido. Un músico que, pudo ser rey y al final, nunca pregunto por la corona, tenía algo más hermoso: el  swing.

Anuncios

Hannibal (2013) “Imago founde delicious”

 Hannibal - Season 2

Si Hannibal Lecter fuera un musical de Broadway  estoy convencido que tendría el estilo, de aquellos del gran Minenelli, como “El Pirata” (1948) donde Gene Kelly te dejaba anonadado, mientras tarareas los estribillos de Cole Porter preparando una compota de foie. Es obvio, que desde la cascara hasta la tramoya del exultante carrusel de esta serie: uno termina atrapado en su atractivo diván. Nuestro querido psiquiatra, el danés, (Mads Mikkelsen) trufado de pulcritud y minimalismo, no se prestaría por un momento, a marcarse unos pasos con aires de Fred Astaire. El final de esta segunda temporada se quedado grabado en la retina de miles de espectadores como un fluorescente de la calle 42. La historia de este producto se remonta al año pasado, cuando NBC apostó por la singular y libertina adaptación del guionista Bryan Fuller. Trama, sargada y ficcionada, en torno a la novela del extraordinario escritor Thomas Harris. El ladino y sutil personaje que creo Harris, se traslada al origen del seductor Dr. Lecter en nuestro tiempo cronológico real. Es decir, en la segunda década del siglo XXI, convertido en un agradable y sublime asesino en serie, junto a su alter ego; el asesor/vidente del FBI Will Graham (Hugh Dancy). Sin embargo, este Hannibal Lecter está muy al día: Smarphone, bluetooth, whatsaap´s y corbatas de Hermes. Trabajando a tiempo parcial para laboratorios forenses del agente especial Jack Crawford (Laurence Fishburne), que dejan obsoletos a los simpáticos y afables CSI de Bruckheimer.  En el fondo, un producto que podía haber recaído en cualquier canal de cable, desde el sangriento Showtime al testosterónico FX. Pero el azar es caprichoso y aquí Martha de Laurentis (todo un apellido en este negocio) pesa mucho. Al lado del nuevo Golden boy de Hollywood, David Slade y el maravilloso guionista Bryan Fuller nos traen un show de los que no dejan indiferentes a nadie. Y  lo digo en alto, a nadie.  La cosa va muy en serio. Y eso es mucho, en este mundo donde la red social parte el bacalao. Un suflé de recovecos estilísticos de la ignorada Manhunter (1986) realizada por un joven Michael Mann y los sempiternos ecos de la endiablada Seven (1995) de un jovial, videoclipero, Fincher—bien macerado de postmodernidad—, que huele a salazón y encurtido de la psicodélica The Cell (2000) del hindú Tarsem Singh.

Hannibal - Season 2

 

El resultado es una de la series más cool y hermosas de los últimos cinco años. Si les dijera que me gusta más que la tan celebrada True Detective, seguro que me arrojarían a la hoguera de Mediaset. No me callo, True Detective es una buena serie, pero no es The Wire (2002), que es una obra maestra. Y no es altanería, es que uno lleva viendo HBO hace muchísimo tiempo y demasiada ficción, como teta mamada a mi difunta madre. True Detective es un inmenso déjà vu en mi mente; demasiado resonado, mil veces revista en el cine no hace mucho tiempo. Las historias de polis son demasiado viejas para un tipo con alma de gangster, y quienes saben de mí, están muy al corriente del placer que me despierta las viejas correrías en la cultura del crimen. Punto y pelota que tanto gusta al personal. Hannibal se nos despidió este domingo pasado con un capítulo que hizo temblar los cimientos de las redes sociales y los shares de la NBC, como en sus buenas épocas, donde su reinado lo marcaba el malvado JR. Hannibal es la serie más poderosa en la red/TV, alarmantemente, disimulada por la fascinación de  imágenes alucinantes de un mundo onírico y metasemiótico. Posiblemente, el mayor brío visual que se pueda ver a día de hoy junto a esa joya de FX, Fargo (2014). Un drama hipnótico y lleno de pavor, en una cadena de televisión comercial. Estamos delante de una auténtica historia de terror, que interactúa cuando un hombre desliza un cuchillo de cocinero profesional por el gaznate a otra persona. Aún más, en la intersección de planos traspasa el instante, en donde dejamos de ser vitales para convertirnos en decrépitos. Entre la tierra y el cielo: cuando seres humanos se vuelven porosos y permeables. La relación entre Will Graham (Hugh Dancy) y Hannibal Lecter (Mads Mikkelsen) tiene el propósito de aterrorizar, —lo pretende— y consigue ese clima, porque este último; es un asesino en serie tratando de seducir a la antigua, en todas sus arterias. Ya que los caminos trazados, por el Dr. Lecter han crecido tan cerca de sus fantasías como las de su paciente, amigo y acólito: WG.

 

 

Hannibal foto 3

Una relación cada vez más quebrantada y dañina para ambos. Aunque los daños colaterales, aparecen en tres dimensiones: Jack Crawford, Will Graham y el propio Hannibal Lecter, previsiblemente,  irreparables. A lo largo de la serie se observan primero planos impresionistas que son exhibidos a modo de una exposición de arte abstracto: crema de nubes en una taza de café, filetes de carne sazonándose, rodando y extendiéndose, como nebulosas hechas—ex profeso—para una película de ciencia ficción. De igual modo, que la cuota de violencia es tan sumamente esencial —que va más allá de la misantropía del protagonista—en un ejercicio de espeleología freudiano/Jungiano, encajado pieza a pieza en un todo. Un puzle de la meticulosidad. Un desarrollo que es pura mecánica suiza al servicio del espectáculo de color, textura y movimiento en HD. Los cuerpos desmembrados, empalados y acribillados están ubicados con precisión Rodiniana. Manchas de sangre, bien hacia fuera como halos o alas. Cuando Graham imagina su camino en la mente de un asesino en serie y el travelling mental viaja al pretérito y el futuro de sus atrocidades; el programa entra en un estado de fuga. Deslizándose en el interior y fuera del presente mediante transiciones que sugieren un limpiador del parabrisas o una batuta bailando, o los cuernos del ciervo, en el éxtasis del campo de visión de Graham. Y esto se ha mantenido igual, a lo largo de la segunda temporada, ya que no se ha perdido ritmo ni instinto. Todavía mejor en ese plus que se le ha inyectado a la narración, ya que el grado de enriquecimiento del trabajo alcanza cotas mayestáticas: como los 45 minutos del final cut de la nueva entrega. Una mezcla única de thriller desde su auténtica pulpa, aflorando un  realismo psicológico frío—casi minimalista— que se conforma en impresionismo visual de Hannibal. Toda esa gramática trasladada a las imágenes de la UHD, de la mano de directores muy creativos y dispares: Vincenzo Natali, Guillermo Navarro (el gran operador de cámara méxicano de Jackie Brown con Tarantino) o el siempre resolutivo rey del Neonoir de los 90, John Dahl.

Hannibal foto 4

A través de la sangre y los conflictos acaba por introducirnos, en la idea del “imago”, última forma adoptada por un insecto en el proceso de su metamorfosis, que se va desde la impredicible larva, a la liberadora mariposa adulta. El imago es una transformación que se alcanza en el magnífico tempo narrativo, algo que no estaba capturado de forma repentina, y es un tema apropiado para alcanzar el clímax gracias a la partitura exquisita del compositor Brian Reitzell, que firma un trabajo encomiable. La escena de lucha, un deleite de golpes marciales puros entre Crawford y Lecter (en la vida real son unos magníficos conocedores de las artes de lucha oriental), a modo de un tic-tac, en donde todo espectador sabe que el final no va a ser el deseado. La aparición de Abigail ante Will es absolutamente desgarradora. Desde el simbolismo de las promesas rotas y unas expectativas que nunca llegarán a buen puerto. El agua ha sido un motivo recurrente en toda la temporada, pero Alana Bloom (Caroline Dahavernas) no es la única que se ahoga en este capítulo final; todo el elenco está empapado de desesperanza y desaliento. La lluvia puede representar la definición absoluta de la vida y  la continuación de una forma de vida. También puede ser vista como la pérdida de la salvación para aquellos a los que un aguacero trae el final del día. Para Hanníbal, la lluvia lava sus pecados, y “Mizumono” es el postre, un plato con muchísimo mimo desde la elaboración de la tarjeta al degüello de Will a modo de cordero, un  sacrificio, entre pulsiones repletas de una tensión sexual no resuelta, aunque el Dr. Lecter juegue a la ambigüedad, marca de su oficio en el risorgimiento final para el  psicópata más cool de la TV, en ese plano final sentado al lado de su paternaire y psiquiatra: Bedelia du Maurier (Gillian Anderson) en primera clase rumbo a la vieja Europa, mientras Lecter parlotea en francés con una atenta azafata, a la que le solicita champagne muy frío para ambos. Si Uds. son cautos y les gusta la obra de Harris sabrán, que el auténtico creador del Dr. Lecter es un enamorado de Florencia. A día de hoy, Hannibal, va siguiendo la misma dirección que inició hace 2 años, es decir, provocación pura y dura, dentro de una voragine irónicamente sangrienta, repleta de buen gusto y apetito por el buen beluga. Eso sí, cada vez se va acercando a la esencia primigenia del libro “Dragón Rojo”. Bien, si nos cambian mucho las cosas en lo que queda de 2015, nuestro viejo amigo el Dr. Lecter se nos va a marchar de la televisión, encerrado en una nueva celda de metacrilato de última generación: NBC ha anunciado el final de contrato. Lo dicho, a aquellos fans persuasivos que sigan con sus campañas de azote y censura contra uno de los canales más antiguos de la historia de la TV por las redes sociales, pero el final de Hannibal se nos harta más que obvio. Y si es así,y, no lo remedia algún medicante canal de streaming; la serie que ha creado Bryan Fuller pasará al púlpito de los productos de culto. Lo dicho, Imago Cut. A veces, las  pequeñas larvas no tienen posibilidades de convertirse en bellas mariposas. Nota: 8,1

Gordon Willis; The Godfather II

 

 

maestros-luz-gordon-willis-1931-2014_2_2078105

 

“En más de una ocasión le he dicho a un actor: No lo es todo,  los autógrafos y las gafas de sol, amigos. De vez en cuando,  hay que meterse en charcos y  mojarse.” Gordon Willis  en Splice Today (2009)

 

Un Santo con licencia, 1962

roger-moore- Foto 1

 

 

Las noches en blanco y negro de la vieja caja mágica seguían igual de largas. Todavía no habían llegado los nuevos usos de horarios. Pendientes de la más absoluta oscuridad se esperaba algo de diversión. La primitiva  Spain, esclava de los monitores de línea floja, tenía un nuevo héroe que apuntar a la agenda del monocanal catódico. Las historias de un escritor —británico—muy popular durante el periodo de los años 30, Leslie Charteris se adaptaron a la pequeña pantalla y su protagonista; Simon Templar — auténtico protodandy, 007—“el santo” con alma de Robin Hood  y maneras  supercool. Era lo más, de lo más. El rostro del mocetón Roger Moore, ya era un fijo en la caja de novopan. El Santo (Roger Moore) alcanzó la gloria, al ser elegido para representar las hazañas del  agente británico del MI5 y su graciosa majestad, James Bond 007. Basado en otra novela del otro exitoso escritor, Ian Fleming. Pero, la caja tonta ordenaba que era el momento de Simon Templar que, a veces, se convertía en un juego de iniciales traducidas como Simón “el tumbas” y refrendado con el logo del halo, a modo de coronilla, que le daba los galones de héroe santoral, como nuestro santo nacional Iker Casillas.

 

The Saint&Volvo

 

 

El éxito de esta serie en aquellos 60 radicaba, esencialmente, en la idiosincrasia del personaje. El público disfrutaba de lo agraciado del personaje. Mitad héroe, mitad detective free lance, y el sutil toque de playboy sofisticado adinerado. Un divertido embaucador, de refinados modales, que trabajaba para causas nobles o por el bien —pensaría algún ingenuo— como el forajido del bosque de Sherwood. Un producto Made in UK, “Total Sixties”. Su sello de identidad era una tarjeta de presentación en la escena del crimen, algo así como un ángel de la guarda que lucha por la restauración y la dignidad del bien sobre el mal. Una figura humana esbozada con líneas básicas, en forma de halo, aparece como logotipo de los libros y la serie de televisión en su cortinilla inicial. El joven Roger Moore se metió de lleno en este personaje al que le debe todo lo que ha sido en el mundo del espectáculo hasta nuestros días. Templar era ambivalente ya que buscaba la justicia, usualmente, por medios ilegales. Aquel detective privado mujeriego—rodeado de hermosas damiselas— que resolvía todos los casos, porque la policía no puede o no asistía. El santo flirteaba, en un prototipo de agente con licencia para ejecutar y viajar por medio mundo. Desde  el lejano Oriente para liquidar una Liga terrorista hasta las Highlands escocesas a poner orden en una conspiración. Como de repente, la alerta en busca de un tesoro por América del Sur, enfrentándose a enemigos de calibres mortíferos y exóticos.

 

saint-1962-serie-tv-01-1-g (1)

 

Con su Volvo convertible, aparecían nuevas tramas e investigaciones de asesinatos, extorsiones y robos. Ingredientes en clave Noir, cercanos a la vieja escuela de Doyle y Christie. Roger Moore bordaba el papel, y da se le veía a gusto. Confirmando lo que más tarde o más temprano se corroboraría: nuevo 007 a la nómina de Brocolli  para la franquicia que, últimamente, va de aniversario. Es más que evidente, que las tramas del Santo son muy similares a las de Fleming o viceversa. Nadie sabe bien, cuál es su profesión ni el origen de su gran fortuna. Lo que importa de  Simon Templar es su estilo, esa manera de vivir y la ironía que se gasta contra sus adversarios. Elegante, rico, sofisticado y sobretodo muy culto, perteneciente a la alta sociedad británica. Templar está del lado de  los débiles, enfrentándose a muchas clases de delincuentes y villanos, utilizando sus grandes conocimientos y empleando métodos poco ortodoxos, lo que usualmente lo lleva a meterse en muchos líos con la policía. Mientras en la vieja España, ávida de sensaciones, sueños y utopías en blanco y negro parecía disfrutar de un juvenal Moore, que hacía las delicias de la imaginación más resignada de los silentes peninsulares.

2.11-05

 

El Santo, comenzó como serial radiofónico en los años 40, narrados por la impresionante voz de Vincent Price, para pasar a la gran pantalla poco después, interpretado por George Sanders, de entre muchos actores que surgieron. Entre 1962 y 1969 se realizaron 71 capítulos en blanco y negro, y 47 en color. Más tarde volvió a aparecer en 1979, con el reclamo de El regreso de El Santo. El actor, Ian Ogilvy fue el nuevo gancho. 24 episodios en color, un fracaso rotundo de audiencia y crítica. En 1987 volvieron a la carga con un nuevo Santo, esta vez interpretado por Andrew Clarke en el papel de S. Templar, tampoco llegó a buen puerto. Posteriormente, en 1989, el Santo fue rehabilitado para la televisión en una miniserie de 6 entregas con una duración de 2 horas. En esta ocasión, el personaje cambia de nombre, Templar por Dutton, manteniendo el mismo nombre y el alias. Y finalmente,  la película protagonizada por Val Kilmer y dirigida por el siempre preciso, Philip Noyce (1997). El guion tomó mayor consistencia al dotar al personaje de una niñez y un pasado. A pesar, de todos estos ingredientes fue una hecatombe en la taquilla, como en lo personal. Pues, Val Kimer (no estuvo a la altura requerida) y la coprotagonista aquella deliciosa Elisabeth Shue emprendieron una caída profesional en barrena, que los ha situado en el rol de actores de reparto muy lejanos de la fúlgida glamurama ochentera que gozaron. Actualmente, se ha anunciado nuevo proyecto para este año en formato TV-Movie. Dirigirá Simon West y  el papel de Simon Templar lo protagonizará el británico Adam Rayner. Estaremos atentos.

The Amazing Dr. Clitterhouse (1938)

Poster - Amazing Dr. Clitterhouse, The_04

 

 

John Hodiak, aquel náufrago

 

20538171.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxx

 

Siempre me gustó su manera de mirar, descarada y arrogante. Era descendiente de inmigrantes ucranianos y medio polacos. De pequeño apuntaba maneras en pequeñas obras de teatro. Tuvo un lucimiento con el maestro Hitch donde mostró pectorales  y tatuajes en la maravillosa Náufragos que dejaron huella. Poco después le trabajó en el debut del ínclito Manckiewicz en una pequeña obra maestra del Noir, “Somewhere in the Night” (1946). Comenzó el camino de un tío hecho a sí mismo. Trabajó con los mejores y su corazón amó a las más bellas. El mismo que se la jugó con tan sólo 41 años. Siempre me acordaré de John Hodiak, y su apellido: muy difícil de olvidar. Tanto como aquella frase en el film de D. Alfred, JH—“Cualquiera diría que este barco acaba de hundirse”.

Black Sails (2014) “Piratas descafeinados”

 

BlackSailsThumbScope

 

El mundo de la ficción Made in Usa lleva más de 60 años contándonos, desde la vetusta pantalla catódica, historias de policías patrulleros, mafiosos depresivos, espías con hijos en la edad del pavo, asesinos en serie sentados en sillones de piel de vaca, periodistas, políticos corruptos, fugitivos de la ley, vaqueros en el Far West, cárceles de alta seguridad, superhéroes, brujas, magos y un larguísimo etcétera. Hasta caballeros andantes en un mundo psicodélico entre la ficción y el medievo. Bien, llegados a esta ínsula del entretenimiento, nos encontramos con unos piratas en el Caribe de garfio, zarcillo y sable afilado. Black Sails es una de las últimas series que he visto y me quedado a dos velas —no precisamente negras—  más bien, grises y pidiendo oxígeno. El canal Starz junto al vidioclipero Michael Bay en la producción ejecutiva, de este carísimo entretenimiento, son responsables de una de las nuevas apuestas en la TV de cable de 2014. La idea parte del guionista Jon Steinberg, un tipo que dejó oficio en la interesante “Jericho” (2006), y de ahí que la decepción sea aún más profunda. La entrega de ocho episodios de una hora de duración está centrada en la edad de oro de la piratería entre el Caribe y el Atlántico. A modo de precuela, sobre la obra del ínclito Stevenson, se nos mezcla el drama y acción entre las bellas aguas del Caribe antillano. Gestándose una trama donde las expectativas, a priori, son mucho más decepcionantes de lo que apunta toda la tramoya del show.

Annebonny5

Es verdad, que transitan algunos personajes extraídos de la Isla del tesoro como el fascinante John Silver “el largo” pero la historia se le deja al protagonista  y  ”héroe”; el Capitán Flint (interpretado por el inglés, Toby Stephens, actor que nos dejó un sabor agradable en aquella joya que se llamaba “Fotografiando Hadas” de Nick Willing en 1997 y ahora reconvertido en un actor de ficción BBC y Channel 4) jugando a feroz jefe de una camarillas de piratas, embarcados en un galeón versus la perla negra de Jerry Bruckheimer. La crítica del otro lado del charco llegó a establecer un paralelismo con la serie estandarte de la nueva HBO,  Game of Thrones. Todo es opinable. Visto y a toro pasado que diría el maestro Belmonte. Ver para creer. No soy fan de GOT, pero uno lleva mamando la HBO desde su primer combate de boxeo y la factura de los productos Made in HBO tienen un aroma entre lo más original y sublime de la historia de la TV. Ni tampoco  el  gran western de mediados del primer milenio, Deadwood. Es obvio, que las comparaciones son odiosas. Fetén. Ya quisieran en Starz que —los piratas tan fashion y sexuales de Black Sails— se parecieran un poquitín a aquellos films del ínclito Siodmak. No vamos quitarle al César lo que es suyo. Y la serie tiene los ingredientes idóneos para ser un clásico de la TV. Pero una cosa es querer y otra, no poder. Por mucho que la producción ejecutiva intente inyectar cierta complejidad a la premisa de arena/espadas junto a ese icono de sexo/acción. No es la fantástica Spartacus. No lo es, desgraciadamente. El drama encalla en la ambición de la ausencia de conocimientos básicos en la elaboración de una Biblia en condiciones.“Black Sails”, es una mezcla empapada y ocasionalmente exasperante del cine de serie B (no del bueno, sino el aturullado y algunas veces casposo) desconcertante y poco prometedor. Luego no se sorprendan, porque hablando de aguas bravas llenas de tiburones, valga éste aviso a hipotéticos navegantes. Aunque sobre gustos, ya lo dijo el poeta Ovidio…

Duel_black-sails-2014

El casting de BS tiene algunos aciertos como los actores de un peso específico en la nueva ficción televisiva, en particular Zach McGowan (lo recordarán de Shameless como el motero flipado y sus desnudos integrales por la casa de la agorofóbica Sheila Jackson/Joan Cusack) aquí convertido en el capitán Vane, rival de Stephens o Hakeem Kae-Kazim (Hotel Ruanda 2004 y Dafur 2009) como Mr. Scott; el maquinador del trapicheo junto a la chica,  Hannah New, (una conocida de los seguidores de A-3 por su papel de Rosalinda Fox en el tiempo de las costuras 2012) como Eleanor Guthrie, propietaria de la taberna local, la cual, acusa una ambigüedad algo difusa; provocando la ausencia de ese plus interpretativo. A la postre, es la hija de Richard Guthrie (interpretado por Sean Cameron Michael, Rectify 2013 o The Girl 2012), el empresario de azúcar y otras materias más rico de las Bahamas. Lo dicho, en ese intento por construir un material serio y adictivo entre diálogos sutiles, subtramas punzantes y nuevos personajes que le den continuidad. Al final, Black Sails se queda en los esquemas de la típica serie de tetosterona y aventuras, sin llegar a introducir, la suficiente dosis de complejidad moral y ambigüedad de los intérpretes. Partiendo de lo que sería algo que Stevenson hubiera hecho —a modo de esbozo— 30 años antes de escribir la Isla del Tesoro. Es muy frustrante, observar a Toby Stephens juguetear como el Capitán Flint anduviera en un casting de selección, para una producción teatral en Londres de El rey Lear. Él, que debería ser el alma crujiente del show adolece de chispa final, en su búsqueda del mítico y legendario tesoro del galeón español, Urca de Lima y hacer de este tesoro; el baluarte para crear en la Isla de Providence un reino de Piratas en mayúsculas. Sólo de piratas auténticos. Criminales sin orden ni reglas, aquí hechos unos zorros del estropicio. Una pena sobre todo por el nuevo Ceo de Starz y ex HBO, Chris Albrecht en este nuevo intento tan ambicioso pero muy lejos de su buque insignia; la magnífica Spartacus. Desde entonces no ha habido suerte ni con “Boss” ni la más que interesante, pero con los mismos defectos que Black Sails “Magic City” han estado a la altura de un halcón como lo ha sido y lo es Albrecht en su periplo por HBO. Desde los Soprano, The Wire, Carnivale o Deadwood. Y es que CA, sólo estaría pensando por qué no me cayó en las manos la propuesta de Michael Hirst, “Vikings” (2013) una serie que cumple con todas la carencias de este show. Black Sails ha renovado por una segunda temporada. Nota: 5,9

Johnnie Ray, el llanto desdichado

Foto 1 johnnie ray_singing_546331

 

Johnnie Ray fue una figura de la música pre-rock en un periodo donde todo era monoarual. Al igual que otras estrellas blancas fue un intérprete entre lo rebuscado y el adolescente vaporoso de algodón. Sus azucaradas baladas, muchas de ellas, auténticos himnos teen de los 50, todavía, se pueden encontrar en acetatos envueltos entre fotos de boda de algún papá de la primavera de Praga. Dicen que todo ese fenómeno —que rodeaba al genio de JR— era la maldición de una triste alma india. Aquel apuesto joven de Oregón llevaba, en sus venas, sangre de la tribu Pies negros. Obviamente, dejando a un lado el tono caleidoscópico, en torno, a su persona: la cosa era más dura de aceptar. Johnny Ray sufrió un accidente durante la adolescencia que le dejó sordo de su oído izquierdo y tuvo que llevar un sonotone desde los 14 años hasta el final de sus días. JR, acabó siendo un chico retraído, solitario y muy tímido. Tan solo la música de Billie Holliday, Kay Starr, Ivory Joe Hunter, Jelly Roll Morton y W.C Handy le abrieron su autoestima; un prurito apasionado por el R&B y un camino a seguir. Ese vivero de exquisitas influencias le trajo más de un problema para actuar en locales de medio pelo. Los dueños siempre le espetaban: “oye chaval, es que… eres demasiado raro para tocar aquí”. Finamente, en uno de los interminables garitos a los que llamó a la puerta, dio con el Dj. Robin Seymour y no se lo pensó dos veces. Le presentó al productor Danny Kessler, el cual, se quedó patidifuso con lo que escuchó y vio en primera persona. Firmando su primer contrato con la CBS, para dejarlo en el sello filial, Okeh Records. Aquella franquicia estaba dedicada a la producción de artistas negros y fue con esta productora, donde se grabó el mítico “Cry”. En 1951, JR, era el número uno en las listas de R&B. Canción de corte almibarada y muy emotiva, la cual, le permitía en sus conciertos realizar un directo psicodramático, entre sollozos y convulsiones que terminaba llorando junto al respetable. El tema corrió como la pólvora y el público blanco descubrió a un nuevo ídolo.

Foto 2

 

Las chicas y chicos de aquella época se fueron a la tiendas a comprar el disco con una voracidad feroz. Vendió tantos vinilos, que el tema estuvo como número 1 en las listas oficiales del Billboard, durante 11 semanas consecutivas. Y no solo eso, sino que la canción que estaba en el Top 2, era “The little white cloud that cried”, la cara B de “Cry”. JR, se había convertido en un héroe de masas. Muy por encima del rey de Mississippi. Los teatros rugían, repletos de adolescentes de ambos sexos que mataban por tocarle y arrancarle algún jirón de la americana para llevársela como recuerdo. Los padres de media Norteamérica vieron en el pávido Johnnie Ray una amenaza. El “príncipe de las lágrimas” era tachado de enemigo público entre los sectores más conservadores y reaccionarios de la vieja América de los 50. CBS le subió de categoría e instó a que grabase covers de Cole Porter y similares. Llegó el show de Ed Sullivan y las actuaciones en el espectacular Copacabana de New York. JR, siguió en sus trece. La música negra era su alma mater y no se pudo resistir a grabar el cover de The Prisionaries, “Just Walking in the rain”, todo un pelotazo bajo su autoría. Hasta Hollywood se rindió al encanto del crooner, el corazón de las teenagers de la ingenua América que saludaba a otro icono del Séptimo Arte, Marilyn Monroe.  Evidentemente, no tardaron en llamar al chico afable y tristón al musical “Luces de Candilejas” (1954), dirigido por el inefable Walter Lang. Allí, compartió cartel con la rubia de L.A. Eran muy buenos tiempos para el bueno de Johnnie Ray, el público lo quería. ¡Demonios!, lo adoraba. Años donde se le vio acompañado de un modo cariñoso junto a la periodista Dorothy Killgallen (personaje que daría para un tesis sobre periodismo de investigación de lo más entretenido), que le sirvió de apagafuegos en más de una ocasión al ingenuo de Ray. Incluso, Ava Gardner estaba loca por su música y Sinatra lo detestaba. Pero en el fondo era pura envidia. Aunque, el  destino, fue mucho más caprichoso, con la sarga de todos los aludidos. B. Darin tampoco era de los que se entusiasmaba con el chico del pinganillo. Mientras el mundo continuaba su particular devenir y el artista en su nube particular. Bien, llegamos a un momento crucial en su carrera, el artista se enamoró de un tema de los Drifters, “Such a Night” que se convirtió en una auténtica pesadilla.

 

johnny_ray Fot 3_elvis_presley

 

La canción fue prohibida —ipso facto— en todas las emisoras de radio de los EE.UU, condenada y vilipendiada por una industria musical establecida en la autocomplacencia. La aureola paranoica de la caza de brujas y el anticomunismo a la vuelta de la esquina tachó el tema de obsceno y lascivo. Se la elevó a la categoría de basura underground de fanzines y revistas pornográficas. La prensa del higadillo se cebó con JR acusándole de homosexual y, la mecha encendió la pólvora de radio macuto, cada minuto cien bulos y doscientas trolas. “Que si el bueno de Johnnie Ray era  drogadicto, un pervertido o el mismísimo Satán…” La cuestión es que JR,  tuvo varias relaciones con hombres. De de algún modo escondía su homosexualidad en contexto más que hostil. Nada sospechoso en nuestra sociedad del siglo XXI. Pero en aquel momento, todo un delito en casi todos los estados de USA. Cuando parecía que escampaban los periodistas de las ignominias. De repente, un policía de paisano lo detiene por solicitarle favores sexuales en un bar gay. El juicio fue otro enredo mediático, el cual, acabo con la absolución de Johnnie Ray pues el jurado lo consideró inocente, ya que era más que evidente que JR, había sufrido una emboscada por parte de la policía. Empero, el golpe fue muy duro y decidió no volver al viejo Detroit. El alcohol fue su nuevo amigo. Es curioso, pero el final de la década se atisbaba un nuevo clima de apertura y tolerancia en los EE.UU tras el periodo del Macartismo y el Hoover más paranoico. Desde entonces no levantó cabeza, sus actuaciones se contaban con los dedos de la mano. La lesión de su oído se agudizó y fue intervenido con un resultado desastroso. Sólo las ventas de sus clásicos álbumes en UK y la devota Australia le daban crédito para ir tirando. Ahora las secuelas le afectaban a ambos oídos. Su salud se deterioraba al ritmo de sus viejos éxitos. Una cirrosis galopante iba carcomiéndole el hígado.

JudyJohnnie Foto 4

Pasaron veintitantos años nebulosos, con más grises que día soleados. Durante un  tiempo de su vida, se estableció con Bill Franklin como pareja. Finalmente, BF terminó hartísimo de las sempiternas crisis personales de JR. Su triste carácter, la autodestrucción y la sordera que no ayudaban para nada, en la  reactivación de una carrera,  ya de por sí perdida. Incluso, una Judy Garland más castigada que él, hizo imposible el proyecto de reactivación del artista. O mejor dicho, un buen lío, pues lo que comenzó como una buena idea acabó en una investigación del fisco. Johnnie Ray se vio obligado a pagar una gran suma de dinero, en concepto de adeudos al erario público. La hacienda norteamericana no se apiado ni un ápice del bueno de JR. Cuando el artista había financiado un montón de escuelas para niños sordos. Jonnie Ray estaba muy tocado, a finales de los 80. Ya nadie recordaba lo increíble de su legado. La figura que se erigió como una de las mayores influencias del Rock&Roll. Es más, uno de sus mayores admiradores: el gran Elvis admitía su enorme deuda con él. Y así la gran mayoría de rockers que conocemos de sobra: los pocos de buen corazón. Ahí quedan las versiones de algunos temas maravillosos, en las voces de Billy Joel o Billy Idol. En 1990 fallecía en los Los Angeles. Su hígado estaba afixiado y cansado. Ni el ínclito Hall of Fame le reconoció su grandeza. No hace mucho, en la Serie The Crown de Netflix, quien si parecía sentirse bien escuchando “Cry”; era la joven princesa Margarita. Hay una frase, en una excelente novela, de gran Murakami que dice: “En este mundo existe un tipo de tristeza que no te permite verter lágrimas.” El 24 de febrero de 1990 se marchó de este mundo sin hacer mucho ruido. Descansa en paz, Johnnie Ray.

 

 

Set-Up (1949), Nadie puede vencerme

the-set-up-1949-poster-directed-by-robert-wise-starring-robert-ryan-and-audrey-totter

 

 

 

“No guilty. Pansy Pled. Guilty, the jury said” (Joseph Moncure March)

 

Union is strength, 15M

 

 

151

“Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda.”  Martin Luther King