Rectify (2013) “Vivir de nuevo”

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En las montañas nevadas de Utah, la gran estrella de Hollywood il bello de la década de los 70, Robert Redford tomó una decisión histórica; apostar por el cine independiente y por ende, la industria audiovisual indie. Desde 1978  ya ha llovido de aquello. Tanto como de las palabras del creador de esta utopía postmoderna. Estamos aquí porque el cine necesita de nuevas voces y talentos (R.Redford).  De todo ese emporio llamado Sundance Festival, surge ahora con más fuerza que nunca, su canal de TV.  Sundance Channel es una realidad.100% puro estilo Sundance por sus cuatro costados. Y es en este hermoso paramo donde nos hemos  encontrado con esta maravilla, que un servidor dejó pasar por alto el año pasado; Rectify es una serie de seis capítulos de duración fascinante, sobre la historia de la  absolución de un preso, Daniel Holden (Aden Young)— actor canadiense, extraordinario— en el  corredor de la muerte. La semana pasada se estrenaba el primer capítulo de la segunda entrega. Bien, la cuestión es que  gracias a la aportación de una prueba pericial de ADN, de la mano del abogado defensor John Stern (Luke Kirby),  nuestro protagonista Daniel Holden es liberado de la prisión estatal de Georgia. Todo el affaire se remonta 20 años atrás, en su pueblo natal —de la profunda  América sureña—, siendo acusado del asesinato y la violación de una chica compañera de clase en la escuela de secundaria. Fue detenido tras confesar el crimen en extrañas circunstancias. A esto se le sumó,  un torticero y ambiguo testimonio de un amigo de colegio. Dando fe de haber presenciado el acto de violación y asesinato in situ.

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A lo largo de esta primera entrega presenciamos flashbacks, donde se atisba a Daniel Holden al lado del cadáver ensangrentado, exánime  y cárdeno. Mientras, DH lo acuna. Holden está anonadado y ensimismado con su liberación. Apenas sabe colocarse la americana. Está alucinando con la actitud generosa de uno de sus guardias del corredor. Ya está fuera de prisión y junto a sus familiares muy excitados e igual de nerviosos que los medios de comunicación, presencian su primera rueda de prensa. Daniel Holden está en libertad. Ahí, arranca esta magnífica serie con el tema central de Linda Cohen. Un drama, que adopta un tono más cercano a la espiritual y corrosiva, “A dos metros bajo tierra” (2001) que fue el debut en la HBO de Alan Ball. Holden emite un aura zen, pacífica y lisérgica ante los acontecimientos más peregrinos de la vida: el césped, el cielo, caminar, pedalear en una bicicleta y observar la naturaleza. Una postura entre la angustia de lo pasado en prisión y la sensación de libertad en un mundo que ha cambio demasiado. Un ejercicio de exploración interior donde la mente y el alma de un hombre, se confunden como el personaje de Starman que personificó Jeff Brigdes y el Bowie musical. Empapada en un déjà vu continuado con esos travellings lentos y la aparición de su mejor amigo en el corredor de la muerte, el recluso afroamericano Kevin Whitman (Johnny Ray Gill), donde mantienen conversaciones a través de la rejilla de ventilación situada en los bajos de la pared.

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Una charla donde Whitman, como afroamericano, le dice a Daniel que no puede aceptar su sugerencia de lectura, de Somerset Maugham sobre la esclavitud humana, porque trata de alejarse de la literatura. Y continuamente,  expresa  una  gran admiración  hacía Daniel por su capacidad de meditación ante la vida que soportan. Lo dicho, por momentos Daniel Holden derrocha ternura y compasión, con la complejidad de no saber si es culpable o inocente. Hay una serie de elementos bizarros en la atmósfera que a lo largo de estos seis capítulos flotaran  a modo de sombra, sobre Holden. Algo de complot e intereses espurios se irán dibujando a medida que el serial avance. Las sospechas sobre un ávido y trepa, senador Roland Foulkes (Michael O’Neill. Actor televisivo, inconmensurable y camaleón). Deseoso por cerrar el caso a su favor, es decir, mantener la tesis de que DH, es culpable. Presionando a la mínima que puede sobre el sheriff del condado; Carl Dagget ( J.D. Evermore) y la fiscal del condado Sondra Pearson (Sharon Conley). Al igual  que la camarilla de viejos amigos del colegio envueltos en un extraño halo de desconfianza. Creada y escrita por Ray McKinnon, un actor conocido por sus actuaciones en Deadwood (el reverendo atormentado y alocado) y  Sons of Anarchy, puntualmente. Acierta con la propuesta de drama, cuasi, metafísico, exquisito y de candencia muy lenta, tremendamente paciente. Por momentos, parece que Malick esté detrás de la cámara. No por ello, aburrido ni pretencioso. Directo a la Georgia rural y profunda. Igual que True Detective se marchó a la Luisiana del horror. Ambas surcan los mismos parámetros del desasosiego y el desencanto.

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Eso sí, los de HBO en solfa de thriller 100%. No por ello,  el ritmo rural y arcaico pretende juzgar a nadie por los modelos de vida o contextos geográficos. Se agradece en todo momento la enorme cantidad de referencias literarias, a modo de metáforas de la concepción de libertad. Solapadamente, estamos ante una denuncia en Do mayor de la pena de muerte. El ritmo y los movimientos de cámara milimétricos, mérito del operador de cámara Paul M. Sommers. Un punto aparte, es su familia, que no sabe dónde se halla y como enfrentarse a un hijo que ha pasado la mitad de su vida encerrado en  prisión. Manty (Abigail Spencer), hermana de Daniel devota y ferviente defensora de la inocencia de su hermano. Junto a su novio y abogado de todo este proceso;  John Stern. En esta nueva etapa tiene que aprender a dejar que las cosas corran por su nuevo meandro. Daniel ya está libre. (Spencer ha aparecido en muchas series de TV, incluyendo Mad Men). Luego, están su hermanastro Ted (Clayne Crawford), un vendedor de neumáticos y accesorios de automóvil, que no deja de dudar de la inocencia de Daniel. Es superado por la agresividad y celos hacía el ex reo. Y el enamoramiento desde una perspectiva muy inocente, casi angelical con la esposa de Ted: la dulce y encantadora Tawney, interpretada por Adelaide Clemens. De enorme parecido con la británica Carey Mulligan. Entabla un cuadro de diálogo, en torno, a la congregación eclesiástica que pertenece sobre la vida y la muerte: delicioso.

 

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Las reflexiones de Daniel fascinan a Tawney y el  lenguaje gestual que desprende la esposa de Ted Jr. es hipnótico.  En mitad de todo este puzle familiar estaría la mater familias, Janet (Cameron J-Smith), la cual, volvió a casarse mientras estaba en prisión. Ahora tiene un padrastro Ted (Bruce McKinnon)  y un hermanastro teenager, Jared  (Jake Austin Walker). Daniel, parece importarle muy poco el mundo material; dinero, ambición, poder y las cosas por las que medio mundo se pelea todos los días. Cuando la madre pone sobre mantel el futuro de la familia o el papel de Daniel en el nuevo contexto de lo cotidiano. El drama da su pequeño tour de force hacia la comedia negra y nos recuerda a las reuniones de los Fisher en “A dos metros bajo tierra”. Janet afirma: “Demonios, nada de esto ha sido normal” y su hija le espeta: es cuestión de tiempo… Mientras Daniel juega con su vieja consola Atari a los comecocos. La mancha del cautiverio es obvia y ahí el retrato psicológico de un tipo ha perdido los mejores años de su vida recluido y que ahora choca con el presente, con internet, móviles, dvds, cds, los grandes almacenes y más. Lo dicho, prepárense para vivir una experiencia sobre sus propias vidas y en un ejercicio de vértigo háganse la gran pregunta: ¿qué pasa con mi vida cuándo ocurre lo imprevisible? Daniel Holden ha conseguido algo muy importante y es darle una repuesta espiritual a su angustia. Un bicho raro no por antonomasia sino por obligación. Convencido de su inminente muerte. Lo dicho, un estupendo escáner sobre el asilamiento carcelario, la soledad y el avasallamiento anímico. En definitiva, un hermoso lienzo sobre el individuo que acepta su propia muerte, la descomposición humana y sorpresa que genera una segunda oportunidad. Un viaje iniciatico en busca de la dignidad del ser humano. No se la pierdan. Nota: 7,9

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