The Red Road (2014) ,“Querer y no poder en Sundance”

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Seguimos acampados en el paramo del novísimo Canal de Sundance. Sobre todo, en estos días que el verano ha arrancado con fuerza. Tras habernos dejado un buen sabor de boca “Rectificación”, nos preguntamos y ¿por qué no probar con un thriller donde el insigne Khal Drago es el protagonista? Lo recordarán los seguidores de “Juego de Tronos” y otros como servidor, de Conan y el patético remake que nos brindó. Si lo ha visto John Milius, mejor pónganse a cubierto. Bien, tras seis horas de esta primera entrega podemos certificar que The Red Road no termina de atrapar, ni acercarse a la premisas básicas del género de suspense o como le gusta decir al público exquisito; el NeoNoir del S.XXI. Va a ser que no. O bien, si me permiten la alocución: Querer y no poder. Una serie donde todo es previsible dentro de los acontecimientos más palpables (múltiples atropellos, algunas palizas, muchas pastillas de opiáceos y cuevas abandonadas), donde uno tiene esa sensación, de no terminar de creérselo del todo. A pesar de contar con el ínclito James Gray para dirigir el episodio piloto /posteriormente, se le sumó al proyecto, Lodge Kerrigan “Keane” (2004) y en Showtime con “The Killing” (2011) / que por momentos parecía atisbarnos algo de la cosecha de este cineasta atañida a su pasión por las tragedias criminales familiares; el touch Shakespeare marca de la casa, muy en boga por las carteleras españolas con su más reciente estreno: The immigrant (2013). La sinopsis se podría sintetizar así: Jason Momoa— probablemente lo mejor del show— es Philip Kopus, un ex convicto y miembro de la tribu Ramapo, que está nuevamente en casa (Lenape). Un pequeño pueblo—ficticio— ex profeso, en el estado de New Jersey. Donde se atisba un atávico enfrentamiento entre la acomodada comunidad blanca con el colectivo indio o mejor dicho, nativos americanos.

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Algo así, como el eterno dilema de pobresVsricos o izquierdasVsderechas. Desde su infancia se le involucra en el asesinato de un adolescente blanco. En el otro extremo de este espectro tenemos a Harold Jensen (el neozelandés, Martin Henderson), será recordado por aquella película que fue un hit parade entre los mascachapas velocity y la infumable Torque (2004). Aquí convertido en un policía local que está tratando de resolver el asesinato de la joven. Henderson está casado con Jean (Jualianne Nicholson), la recordarán de su papel de policía en Law&Order y la enconada fiscal de Boardwalk Empire. Y a su vez, hija del senador del estado (Mike Farrell, extraordinario en la mítica MASH). Presa del alcoholismo y su adicción a la drogas tras la fuerte depresión por la muerte de su hermano es  incapaz de superarla. Mantiene una dinámica de constantes ingresos hospitalarios por recaídas emocionales. Su comportamiento cuando está en casa es inestable e imprevisible. La hija mayor de ambos Rachel (Allie Gonino) está flirteando con el hermano de Philip Kopus, Junior (Kiowa Gordon), compañero en el instituto. Pero las interacciones entre estos dos no terminan ahí. Jean, en un arranque de cólera, tras saber que Rachel ha escapado con Junior de novillos. Coge  la camioneta todoterreno y atropella a un chico de la reserva. Su esposo Harold, hará lo indecible por proteger su inocencia. Mientras, Kopus chantajea a  Henderson.  Tiene pruebas del atropello de Jean. En los episodios finales se destapará un terrible secreto que involucra a todos los aludidos, excepto la hija de los Henderson. Si esto suena a algo excesivamente pretencioso y repleto de demasiadas tramas… Pregunten por su creador, el reputado guionista; Aaron Guzikowski y su maravillosa, Prisioneros (2013) . Repito demasiado previsible todo el argumento matriz de la serie. Desde la acción de pequeños detalles que se le escapan, a modo de amartillar la superlativa cantidad de subtramas y situaciones, de lo más vacías, en unos diálogos forzados que van carcomiendo los cimientos de un planteamiento en su esbozo aparentemente atractivo. Y ahí, aparecen las fallas de Guzikowski. Como el robo del arma por parte de Jean y todo lo que pasa en apenas segundos, a lo largo de un par de kilómetros de distancia.

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Por no hablar de un personaje que actúa a modo de gangster, Tom Sizemore (hipotético padre real de Kopus) un canalla que vive arrinconado en una apartamento versus  casa del “Dealer” Made in Usa, el cual, no sabe muy bien por dónde deambular. Así como su posible relación con la madre del clan, Marie (Tamara Tunie) desubicada con la noticia de su enfermedad y ausente de cualquier plano. No por el oficio que pueda aportar Sizemore, muy lejos del actor que fue, sino por la falta de asiento en el guión. Por no nombrar, al socio de Kopus—su leal machaca—el indio Mike (Zahn McClarnon) menospreciado a sus espaldas por el propio Kopus. Pero que no tiene ni un pelo de tonto. Sabe que el affaire de las pastillas tiene los días contados y lo que le interesa es recoger suficiente dinero para hacer planes con su compañera, que está embarazada. La manera de hacerlo desaparecer, a modo de un calco cutre de la gran escena de la historia de la TV en los Soprano. ¡En fin, señores hay algo que no cuadra! Y es muy sencillo, todo ello no termina de ser verosímil. Ese sería el adjetivo con el que denominar a este producto, sumándole el prefijo “in” del Channel Sundance; inverosímil en Do mayor. Tampoco pasa nada, digamos que es un canal joven y estas cosas le pasan al más bragado. Ya no quiero desvelar más detalles del final, porque si hay algo que valorar de esta serie es el estilo de rodaje sui generis  factoría de la casa. Al igual que su exquisita fotografía y BSO. Lo dicho una cosa es querer y otra no poder.

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