Drunken Angel (1948)

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Bosch (2014) The Old School

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Últimamente observamos en la ficción norteamericana como la idea de un trauma, de la infancia o algún suceso del pasado, pasan a ser los protagonistas sustantivos de todo comportamiento criminal. Partiendo de semejante obviedad; es evidente que  la cultura del crimen está de moda. Ayer por la noche, HBO celebró uno de sus mayores acontecimientos de la temporada: el estreno de la segunda entrega de True Detective. Ante este contexto de revitalización de los Noir (o exaltación del NeoNoir). Autores de la vieja escuela también han buscado hueco a sus héroes, caso de Andrew Vachss, Elmore Leonard, Ross McDonald o Walter Mosley en la figura del icónico Raymond Chandler. El virtuosismo, la ironía y la soledad de muchos de estos detectives pasan por la ciudad del crimen: Los Ángeles. Si hubiéramos de ubicar a los nuevos amos de la literatura Noir Made in L.A., ahora mismo, no cabe duda que James Ellroy y Michael Connelly se han convertido en los mejores cronistas de la bulliciosa, despiadada y solitaria urbe. El caso de Ellroy con viajes constantes a las décadas doradas del viejo Hollywood y Connelly cogido de la mano de su inefable Harry Bosco. El detective de homicidios que ya ha recorrido 17 novelas, desde su primera aparición en 1992, con la extraordinaria Black Echo. El detective Harry Bosch (nombre sacado de la imaginación de Connelly, en un giño de amor por la pintura flamenca y el gran artista del siglo S.XV “El bosco”) es la nueva apuesta televisiva del gigante de internet; Amazon. Amazon studios, reciente canal de TV vía streaming, en la línea que abrió el poderoso Netflix. Es nueva apuesta audiovisual que ya se ha estrenado en la historia de los premios televisivos. Su serie franquicia, la comedia dramática sobre un padre Transexual; “Transparent”(2014), ya ha ganado 2 Globos de Oro. Además, muy pronto veremos en este canal la futura serie de televisión de Woody Allen. Lo dicho, un buen lugar para desarrollar ese guion definitivo que Michael Connely, llevaba tiempo en mente, en torno a su detective de homicidios por excelencia.

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La Story line de Bosch se ha basa en dos libros: The Concrete Blonde (1994) y  City of Bones (2002). Bosch es un drama policial bien hecho, en principio con un contrato de 10 capítulos de 45 minutos de duración con el bonus de una nueva temporada, ya confirmada. El capítulo piloto arranca con Harry Bosco y su compañero Jerry Edgar persiguiendo sin descanso a un sospechoso desde el coche. Harry baja de éste, y en solitario continua el acecho en metro, y luego a pie, por la noche cerrada de las calles de Los Ángeles. Definitivamente, Harry se queda solas —y saltándose  la política del departamento de policía de los Ángeles— con el sospechoso en un callejón. Arrecia una lluvia (muy del gusto de esas que tanto le agrada filmar a David Fincher) consistente y torrencial. Se produce un tiroteo—mejor dicho—un par de disparos del protagonista al presunto delincuente. Unas imágenes algo ambiguas nos llevan a la mano del proscrito, sin revelar del todo que portaba en ella. Sí que se observa sacar de su bolsillo, a Bosch, un pequeño revolver. La secuencia funde a negro y entramos, en una soleada mañana, en la gran metrópoli, pasados dos años. Bosch se acerca a las escaleras de los juzgados para intervenir en la audiencia del juicio por homicidio involuntario. Harry Bosch es defendido por un abogado del departamento y la familia del fallecido le reclama 1 millón de dólares. Así como la condena penal por parte de ayudante del fiscal Honey Chandler, representada por una magnífica Mimi Rogers. Bien, con el caso de fondo, Bosch está deseando volver al trabajo, a pesar de que su vida va a ser vista por microscopio y el mínimo traspiés puede darle el definitivo final de una larga carrera llena de tropiezos y éxitos. Harry Bosch es un personaje, sui generis, pertenece a esa escuela de viejos detectives, de vetustas maneras: solitarios, bebedores, amantes del Jazz y con un vehículo pidiendo a gritos un plan renove. Desde Marlowe a Archer pasando por el afroamericano Rawlins hasta llegar al guerrillero Cole, sin dejar de abandonar ese aroma de la vieja comisaria de Hill Street Blues. Personajes deudores de las fascinantes historias del viejo Noir Made in LA. Harry Bosch está interpretado por Titus Welliver, actor de tono de voz grave. Serio, lacónico, sarcástico y extenso currículo tanto en la gran pantalla como en la TV (NYPD, Brooklyn South, Deadwood, Lost, Good Wife, Sons of Anarchy, Gone Baby Gone, Argo o Transformers 2014). Personaje donde los haya. Un chico de origen humilde con una infancia complicada, bajo la tutela de una madre prostituta que fue asesinada. Apenas con 20 años, siendo un policía novato, decide enrolarse en las fuerzas especiales del ejército tras el 11S. Donde fue condecorado por su valor y participación en misiones de alto riesgo.

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Una vez licenciado del tío Sam, entra en el departamento de policía. Poli investigador de poca empatía con el armatoste burocrático, así como una vida conyugal complicada: su trabajo es lo que mejor sabe hacer. Se mira al espejo y contempla sus 47 años mientras se dice una y otra vez; he de dejar de fumar… Aparte de su juicio, los casos que va investigando son una ilustración la podredumbre de la urbe occidental y  de la bajeza humana; la desigualdad social dentro de esa jungla de 4 millones de habitantes. Una llamada lo pone en contacto con un médico quiropráctico que le advierte sobre unos huesos localizados por su perro labrador. Los despojos son identificados como humanos y pertenecen a un niño de apenas 12 años. El estudio antropológico demuestra que la mayoría de los huesos sufren  fracturas pre-mortem. Algo que pone en alerta su olfato sobre un posible asesino en serie y con rasgos pedófilos. Por otro lado, aparece un tipo con una furgoneta y un cadáver dentro rondando por los arrabales del sur camino al valle de San Fernando. Comienza el juego en el tablero de ajedrez y Bosch sabe que cada movimiento o gesto puede ser un triunfo o fiasco.  El tratamiento de toda la serie en sí, nos retrotrae al universo de la novela Neonoir de los 90 y ciudad de LA. Aquellas obras que firmaba Harold Becker, John Dalh o James Foley (estos dos últimos muy enchufados en la dirección de TV de calidad) empapada del viejo sabor policiaco y poso detectivesco por la búsqueda de la verdad. La progresión narrativa se revela rápidamente apasionante. Más allá de la escritura del propio personaje es muy destacable la cantidad de subtramas que pivotan sobre la línea protagonista de toda la entrega de episodios. Los giros y los rebotes son continuos al igual que una vieja novela de los años 40, pero con una urdimbre impregnada del aura Noir de los 90, que se deja querer en algunos planos realmente hermosos; el apartamento del protagonista y las puestas de sol desde las alturas de ese gran mirador que muestra el esplendor de las luces del L.A. nocturno. La atalaya y fortaleza del guerrero. Por momentos, creemos ver a Harry Ross (Paul Newman con Catherine Ames/Susan Sarandon en aquella magnífica crepuscular “Al caer el sol” (1998) de R. Benton o al Neil McCauley/Robert de Niro y Eady/Amy Brenneman en “Heat”(1995) de Michael Mann. Un homenaje a ese Neonoir que es parte de la vieja escuela.

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El elenco de actores, de reparto es exquisito, empezando por el compañero de Bosch, Jerry Edgar (Jamie Hector, el mítico Marlo Stanfield de The Wire). La protectora y maternal teniente Grace Billets (Amy Aquino “Lost”, “ER”), el jefe comisario Irvin Irving interpretado por un flemático y siempre estiloso Lance Reddick (el teniente Daniels de The Wire). El médico antropólogo-forense el emotivo, cercano y preciso Dr. William Golliher (Alan Rosenberg pasó por Chicago Hope y The Guardian). La novata patrullera Julia Braser (Annie Wersching recordada por “24”), que está enamorada del  héroe callejero Bosch. El detective Johnson Troy Evans (otro legendario de “ER”) o el sargento Manckiewicz (Scott Klace Weeds, The Closer, True Blood, aquí como el seleccionador de alertas). La ex esposa de Harry,  una especialista en perfiles del FBI Eleanor (Sarah Clarke, la “Nina Meyers” de 24) o  Scott Wilson el médico quiropráctico, que interpreta (el fabuloso Dick Hickock en  A Cold Blood 1967 y Hershel Greene el veterinario de Walking Dead) Así como el psicópata  Jason Gedrick  (otro papel histórico de la TV, Neil Avedon en Murder One). Todo ello bajo la supervisión ejecutiva de Eric Obermyer (The Wire y The Treme). Así como los productores ejecutivos; Pieter Jan Brugge (El dilema, corrupción en Miami y Defiance) y Diane Frolow (Los Soprano o Boardwalk Empire). Michael Connelly que había escrito los guiones de Deuda de sangre (2002) y el Inocente (2011) demuestra sus tablas en este medio. En la dirección Alex Zakrzewski (The Wire, The Brigde, Tyrant) Ernest R. Dickerson (Walking Dead, Treme, Dexter) o Jim McKay (Ley y Orden, En terapia o Good Wife). Un producto que mantiene un digno nivel de producciones con el sabor añejo de los viejos detectives y los entresijos de comisaria. Pues, Bosch quiere denunciar y actuar contra el mal. Algo que no tiene una encarnación absoluta y estereotipada, menos aún viene determinado por la libertad o la voluntad del individuo sino que aparece como fruto de una ambición o sed de poder, de la huida de la pobreza de la infancia o de un psiquismo enfermo que domina la voluntad del sujeto. Posiblemente o nulamente haya reflexionado, en torno, a las posibilidades de su ejercicio  moral o de identidad moral, el mismo  héroe/antihéroe que es Harry Boch. Y es que la vieja escuela es mucha escuela, aunque el sistema se empeñe en lo contrario. Nota: 7,6

White Heat (1949)

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Criss Cross (1949)

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I walk alone (1948)

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Thanks, Mr. Weiner

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La serie Mad Men se despidió hace un par de semanas. Durante ese tiempo he podido ver los últimos capítulos de la última temporada, a duras penas, con la salud medio embargada y todavía renqueante. No obstante, tenía que hablar de este acontecimiento; lo necesitaba. Mad Men es una parte de mi vida catódica, posiblemente, en ese interludio, de nuestras vidas. La entrada en ese segundo acto, cuando el camino de este amanuense va menguando. Bien, llegados a este punto, a lo mejor, todo lo que se haya escrito, en torno a Mad Men puede que sea breve o una erupción de textos panegíricos. Evidentemente, no es papel mojado ni en balde. El producto es algo más que una serie sobre una agencia de publicidad y su protagonista principal, Don Draper, el cual, ya una vez rematado su itinerario entra en la fase del mito. Ya no quedan más capítulos. Sí se ha terminado, de verdad. Es tan cierto como que esta serie de TV; es una obra de arte. Igual de hermosa que la vista de una astronauta, desde su nave espacial. Lo dicho y redundo; Mad Men es pura maestría. Un producto especial, como las citadas obras de arte. Esas que están todos los días, en lugares, repletos de armonía, sosiego y los fines de semana colmados de ciudadanos en busca del éxtasis admirativo. Afortunadamente, la democratización de la webesfera permite en pocos minutos ponerse en contacto con el primer capítulo, de la primera temporada emitido en 2007. Increíble, pero tan cierto como que nos quedan 20 días para que sea verano. A un golpe de teclado podemos observar esta lección de escritura audiovisual, de igual modo que podemos contemplar un Goya del Prado online. Mattew Weiner fue a una muy buena escuela y trabajó con un tipo visionario, en eso, que se nos ha antojado, como: la nueva ficción Made in USA. Nada menos, que estuvo escribiendo guiones del homoantecesor Draper/Whitman: Mad Soprano… Y es así, como muy bien le explicó su maestro Chase:si vas a escribir el guion de tu vida, al igual que la novela con la que tanto soñaste. Nunca, nunca te arrepientas del final que tengas en mente. Tan sólo, hazlo”.

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A partir de ese instante, todo lo que ha ocurrido durante estos casi ocho últimos años en Mad Men es pura imaginería y exaltación del talento por el buen gusto. Weiner declaró no hace mucho en una entrevista lo siguiente: “Es mi serie de televisión favorita. Es adictiva. Creo que es especial por dos cosas: tiene un estilo muy riguroso y está muy bien escrita. Los personajes son más que reales, son personajes con defectos”. En pocas palabras, yo, lo interpreto como la definición de una historia con gente que tiene alma y corazón por contar un viaje homérico, en torno al mundo de la publicidad. La virtud de Mad Men, es que todo lo que te cuenta en una gran mentira que admiras y sabes que es verdad. Donde su protagonista, es un tipo que se ha inventado, a sí mismo y nunca termina de encontrarse en ningún lugar pero está en todos nosotros. El juego de antítesis lo borda con el oficio de su pluma el ingenioso Weiner. Congregando en Madison Avenue (a esos hombres locos e intrépidos). El escenario principal donde pivotan acontecimientos que han configurado la historia del siglo XX en tres décadas: finales de los 50, los locos 60 y apenas medio cuarto de los 70. Ingredientes de primera calidad que convulsionaron a la sociedad y ésta acabo acariciando (estableciendo una relación kármica producto/individuo). La revolución sexual de la píldora femenina, el psicoanálisis de las masas de Manhattan, la Generación Beat, la llegada de los Rolling Stones y  The Beatles a EE.UU. El magnicidio de JFK, el asesinato del Dr. Martin Luther King, Vietnam o el hombre en la luna y un largo etcétera. Un protagonista que se mueve como un funambulista, desde el viaje inicial de las cortinillas, en caída libre, desde el despacho de la agencia, mientras los iconos publicitarios que ha creado observan saludables su vuelo.

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El  inefable e inescrutable, Don Draper es uno de los personajes más interesantes nacidos en esta Edad de Oro, junto a Tony Soprano desde aquel estreno en la idílica y pugilística HBO, en 1999. Y es que Mad Men tiene mucho de esa inmersión profunda, en una ambigüedad, que se permite la licencia de salir a tomar aire cuando quiere. Los tórridos asuntos del personaje Draper, entre aristas de primera vanguardia dan paso a los placeres confidenciales del amor romántico. Una visión —entre elipses perversas del movimiento — que tuvo el virtuosismo inexorable de la forma y la precisión, dentro de  ese contexto histórico irrevocable. La adoración y excitación del capitalismo transmutado en un envoltorio cool sobre la  competencia a muerte, entre agencias. La exigencia de profesionalidad, o la multiplicación de los recursos creativos. Todo ello, unido a una narrativa y perfección semántica hace de Mad Men, un hábitat único donde acabas por saborear a través del LCD o Led, de turno; el éxito, el poder, el dinero, el lujo, el sexo, la mentira, la rivalidad, la infelicidad y el desamor son algunos de los temas dominantes en un relato que muestra las relaciones laborales, pero también las personales, desde su perspectiva más pragmática y descarnada, lejos de cualquier enfoque sentimental. De ahí que el personaje, que huye de su pasado y va reinventándose, venga a presentarse como un golpe de suerte, de la metáfora de América: un héroe, uno muy realista. Tiene el tipo de habilidades personales exageradas que necesita un ídolo y en situaciones de crisis hace lo correcto, toma decisiones difíciles, aunque también tiene mucha cobardía dentro de él.

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Es alguien que está intentando ser una mejor persona y hacer lo correcto. Pero claro estamos hablado de Don Draper y eso no agua de un día, si no lo sopesamos en su verdadero contexto: The Man, Draper. Así, comprenderíamos su aceptación del estado beodo, que nos trasladaría a un acervo de ilimitadas posibilidades cercanas al vértigo del Rock psicodélico Beatle que se aleja del Pop británico en Revolver. Empero, cuando estás sobrio, el único sobresalto —que transmite la pantalla— proviene de las aspirinas que burbujean dentro de un vaso de agua. Mientras saboreas el amargor del ácido acetilsalicílico, lo más cercano a ese tedioso runrún de ir y venir de la gente, donde nadie se despide. Ya que Mad Men se ha despedido haciendo historia en la televisión mostrando un fragmento de la vida de un personaje. El personaje Draper/Whitman no ha terminado en el último capítulo. Al igual que Tony Soprano en su último plano; ese de su peculiar y maliciosa sonrisa, oculta en mil interpretaciones. A Don Draper le ha salido el guiño, en una explosión del alarido zen, mientras el gurú de la meditación y la creatividad se convierten en el hipericónico anuncio de la Coca-Cola en 1971. A modo de exaltación hippie y pacífica, que Benetton explotó en los 80; el jingle en boca de todos esos chicos y chicas: termina por dejarnos entre la carcajada y la fascinación por el atrevimiento. Irradiando una sensación kármica—con el hombre sin identidad— que ha llegado al Nirvana. Otros, en cambio, aún siguen enfadados con Weiner por la litrona de Coca-Cola que les ha dejado encima de la mesa. Y es que Mad Men, nunca hubiera terminado con una botella de Pepsi, en las manos de mi querido Weiner. De ahí, que el maestro Wilder, sí que se hubiera atrevido a embotellarlo en la competencia, a pesar de que a Don Draper no le gusta el sabor de Pepsi. Aun así, sólo puedo decir; gracias por estos últimos siete años de alegría y magia televisiva, Mr. Weiner. Nota:9,1