Thanks, Mr. Weiner

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La serie Mad Men se despidió hace un par de semanas. Durante ese tiempo he podido ver los últimos capítulos de la última temporada, a duras penas, con la salud medio embargada y todavía renqueante. No obstante, tenía que hablar de este acontecimiento; lo necesitaba. Mad Men es una parte de mi vida catódica, posiblemente, en ese interludio, de nuestras vidas. La entrada en ese segundo acto, cuando el camino de este amanuense va menguando. Bien, llegados a este punto, a lo mejor, todo lo que se haya escrito, en torno a Mad Men puede que sea breve o una erupción de textos panegíricos. Evidentemente, no es papel mojado ni en balde. El producto es algo más que una serie sobre una agencia de publicidad y su protagonista principal, Don Draper, el cual, ya una vez rematado su itinerario entra en la fase del mito. Ya no quedan más capítulos. Sí se ha terminado, de verdad. Es tan cierto como que esta serie de TV; es una obra de arte. Igual de hermosa que la vista de una astronauta, desde su nave espacial. Lo dicho y redundo; Mad Men es pura maestría. Un producto especial, como las citadas obras de arte. Esas que están todos los días, en lugares, repletos de armonía, sosiego y los fines de semana colmados de ciudadanos en busca del éxtasis admirativo. Afortunadamente, la democratización de la webesfera permite en pocos minutos ponerse en contacto con el primer capítulo, de la primera temporada emitido en 2007. Increíble, pero tan cierto como que nos quedan 20 días para que sea verano. A un golpe de teclado podemos observar esta lección de escritura audiovisual, de igual modo que podemos contemplar un Goya del Prado online. Mattew Weiner fue a una muy buena escuela y trabajó con un tipo visionario, en eso, que se nos ha antojado, como: la nueva ficción Made in USA. Nada menos, que estuvo escribiendo guiones del homoantecesor Draper/Whitman: Mad Soprano… Y es así, como muy bien le explicó su maestro Chase:si vas a escribir el guion de tu vida, al igual que la novela con la que tanto soñaste. Nunca, nunca te arrepientas del final que tengas en mente. Tan sólo, hazlo”.

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A partir de ese instante, todo lo que ha ocurrido durante estos casi ocho últimos años en Mad Men es pura imaginería y exaltación del talento por el buen gusto. Weiner declaró no hace mucho en una entrevista lo siguiente: “Es mi serie de televisión favorita. Es adictiva. Creo que es especial por dos cosas: tiene un estilo muy riguroso y está muy bien escrita. Los personajes son más que reales, son personajes con defectos”. En pocas palabras, yo, lo interpreto como la definición de una historia con gente que tiene alma y corazón por contar un viaje homérico, en torno al mundo de la publicidad. La virtud de Mad Men, es que todo lo que te cuenta en una gran mentira que admiras y sabes que es verdad. Donde su protagonista, es un tipo que se ha inventado, a sí mismo y nunca termina de encontrarse en ningún lugar pero está en todos nosotros. El juego de antítesis lo borda con el oficio de su pluma el ingenioso Weiner. Congregando en Madison Avenue (a esos hombres locos e intrépidos). El escenario principal donde pivotan acontecimientos que han configurado la historia del siglo XX en tres décadas: finales de los 50, los locos 60 y apenas medio cuarto de los 70. Ingredientes de primera calidad que convulsionaron a la sociedad y ésta acabo acariciando (estableciendo una relación kármica producto/individuo). La revolución sexual de la píldora femenina, el psicoanálisis de las masas de Manhattan, la Generación Beat, la llegada de los Rolling Stones y  The Beatles a EE.UU. El magnicidio de JFK, el asesinato del Dr. Martin Luther King, Vietnam o el hombre en la luna y un largo etcétera. Un protagonista que se mueve como un funambulista, desde el viaje inicial de las cortinillas, en caída libre, desde el despacho de la agencia, mientras los iconos publicitarios que ha creado observan saludables su vuelo.

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El  inefable e inescrutable, Don Draper es uno de los personajes más interesantes nacidos en esta Edad de Oro, junto a Tony Soprano desde aquel estreno en la idílica y pugilística HBO, en 1999. Y es que Mad Men tiene mucho de esa inmersión profunda, en una ambigüedad, que se permite la licencia de salir a tomar aire cuando quiere. Los tórridos asuntos del personaje Draper, entre aristas de primera vanguardia dan paso a los placeres confidenciales del amor romántico. Una visión —entre elipses perversas del movimiento — que tuvo el virtuosismo inexorable de la forma y la precisión, dentro de  ese contexto histórico irrevocable. La adoración y excitación del capitalismo transmutado en un envoltorio cool sobre la  competencia a muerte, entre agencias. La exigencia de profesionalidad, o la multiplicación de los recursos creativos. Todo ello, unido a una narrativa y perfección semántica hace de Mad Men, un hábitat único donde acabas por saborear a través del LCD o Led, de turno; el éxito, el poder, el dinero, el lujo, el sexo, la mentira, la rivalidad, la infelicidad y el desamor son algunos de los temas dominantes en un relato que muestra las relaciones laborales, pero también las personales, desde su perspectiva más pragmática y descarnada, lejos de cualquier enfoque sentimental. De ahí que el personaje, que huye de su pasado y va reinventándose, venga a presentarse como un golpe de suerte, de la metáfora de América: un héroe, uno muy realista. Tiene el tipo de habilidades personales exageradas que necesita un ídolo y en situaciones de crisis hace lo correcto, toma decisiones difíciles, aunque también tiene mucha cobardía dentro de él.

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Es alguien que está intentando ser una mejor persona y hacer lo correcto. Pero claro estamos hablado de Don Draper y eso no agua de un día, si no lo sopesamos en su verdadero contexto: The Man, Draper. Así, comprenderíamos su aceptación del estado beodo, que nos trasladaría a un acervo de ilimitadas posibilidades cercanas al vértigo del Rock psicodélico Beatle que se aleja del Pop británico en Revolver. Empero, cuando estás sobrio, el único sobresalto —que transmite la pantalla— proviene de las aspirinas que burbujean dentro de un vaso de agua. Mientras saboreas el amargor del ácido acetilsalicílico, lo más cercano a ese tedioso runrún de ir y venir de la gente, donde nadie se despide. Ya que Mad Men se ha despedido haciendo historia en la televisión mostrando un fragmento de la vida de un personaje. El personaje Draper/Whitman no ha terminado en el último capítulo. Al igual que Tony Soprano en su último plano; ese de su peculiar y maliciosa sonrisa, oculta en mil interpretaciones. A Don Draper le ha salido el guiño, en una explosión del alarido zen, mientras el gurú de la meditación y la creatividad se convierten en el hipericónico anuncio de la Coca-Cola en 1971. A modo de exaltación hippie y pacífica, que Benetton explotó en los 80; el jingle en boca de todos esos chicos y chicas: termina por dejarnos entre la carcajada y la fascinación por el atrevimiento. Irradiando una sensación kármica—con el hombre sin identidad— que ha llegado al Nirvana. Otros, en cambio, aún siguen enfadados con Weiner por la litrona de Coca-Cola que les ha dejado encima de la mesa. Y es que Mad Men, nunca hubiera terminado con una botella de Pepsi, en las manos de mi querido Weiner. De ahí, que el maestro Wilder, sí que se hubiera atrevido a embotellarlo en la competencia, a pesar de que a Don Draper no le gusta el sabor de Pepsi. Aun así, sólo puedo decir; gracias por estos últimos siete años de alegría y magia televisiva, Mr. Weiner. Nota:9,1

 

 

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2 comentarios

  1. Se acabó Mad men… Seguro que no la olvidamos.

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    • Si, querida Anna. Se acabó para siempre Mad Men. El hombre de Madison, terminó su caída libre mientras suenan los acordes de “A Beutiful Mine” de RJD2. Saludos

      Responder

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