Vinyl (2016) “25 years less and so happy”

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El episodio piloto de la veterana e intocable, HBO, en su incansable búsqueda por la ficción de calidad; nos ha traído Vinyl—todo el mundo sabe lo que significa— un producto, que se definiría en tres nociones: Sexo, drogas y Rock&Roll. Nueva serie que, el canal lleva promocionando, desde el último mes de diciembre pasado; como su gran apuesta por sentar—nuevamente—catedra, en esa máxima, por la libertad creativa de la ficción Made in USA. En esta ocasión, repiten formula con un dueto, bien avenido, de la añorada y magistral Boardwalk Empire: Martin Scorsese y Terence Winter. A este dúo hay que añadirle el morbo de la estrella de los Stones, un gran amigo, del legendario director neoyorkino; Mick Jagger. Obviamente, el proyecto, pueden ir imaginando, que itinerario tomará. Bien, en principio, creo que han acertado: Vinyl es un drama —en toda regla— centrado en el mundo del Rock con ecos a biopic y la mácula del crimen pseudomafioso. No olvidemos que en el apartado de la producción ejecutiva están; Allen Coulter de Los Soprano (1999), George Mastras de Breaking Bad y (2008) John P. Melfi de la sensual Flesh&Bone (2015). Series que se caracterizan por unas virtudes muy específicas. Luego, como concepto, en sí, de su planteamiento: es original. Matizo y pongo el énfasis en el significado de la propuesta. El protagonista del show es el actor italoamericano, Richie Finestra (Bobby Cannavale) presidente ejecutivo del sello discográfico American Century. La primera secuencia vemos al personaje, en una esquina del Soho, al lado de un dealer, dentro de su Mercedes comprando cocaína y desesperado por esnifar el material. Una vez adquirido, comienza el estado de taquicárdico de Finestra, tras la inhalación de un par de líneas. A lo lejos, a través, del cristal las oscuras y sucias calles del barrio. Inmediatamente, el punto de éxtasis del subidón andrenalínico; se observa un abarrotado club de aquel convulso Nueva York de 1973. De repente, está dentro y alucinado con el concierto de la famosa banda de Rock-glam, The New York Dolls, mientras tocan “Personality crisis”. Así arranca el legendario director de Queens, MS, el show. A modo, de deuda personal, transformada en un proyecto entusiasta pero fallido —bajo mi punto de vista— pues, el principal problema con este denso episodio piloto; es que se quiere decir tantas cosas al público sobre la Ciudad de Nueva York en 1973 y de su escena musical, que se olvida de mencionar el porqué central de la historia. En ese entusiasmo desmesurado termina atropellándose de pastiches y tópicos, por momentos mareantes. Vaya por delante, que según relató el mismísimo Jagger, Vinyl era una historia que, inicialmente, iba a ser un largometraje. Bien, la verdad, que no será por metraje, ya que para la presentación de la misma, han contado con 120 minutos, en lo que podíamos denominar: un largometraje en toda regla. Es decir, toda la vieja pirotecnia —de las antiguas películas— factoría Scorsese; recreando con habilidad, garbo, y, el continuo ritmo adrenalínico. Bien, si volviéramos a la esquina del Soho donde nuestro personaje ve caer delante de sus narices el viejo Mercer Arts Center.

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Entre la alucinación y la zozobra de los ladrillos cayendo junto con la vetusta lámpara de araña: el piloto está lleno de adornos gastados, incluso, ya algo reiterativos. A uno, le viene el recuerdo de hace 22 años, la primera vez que vi “Goodfellas” (1990). Es fácil sentirse hastiado, de la reiterada narración, de abertura Made in Litle Italy. La apuesta de la voz en off —el enésimo recurso de cicerone— que la explota hasta la extenuación. Todavía le hace parecer más melancólico que el interés del contexto de aquellos setenta: “Tenía un oído de oro, una lengua de plata y un par de pelotas de hierro”. ¡Pero el problema era mi maldita nariz que era insaciable, aspiraba como un oso hormiguero!  Todos hasta las trancas de polvo cristalino colombiano, fumando, bebiendo Coca-Cola, envueltos en sus llamativos trajes de solapas patas de cangrejo, hablando —espíticamente— sobre de la esencia del Rock and Roll y cómo afrontar sus propias dudas y problemas financieros de la discográfica que dirigen: American Century. El sello muscial está en un punto del disparadero, pues, la competencia tras 20 años en el candelero es feroz. Bromean con sus siglas, llamándola, American Cementery. La única opción en unos tiempos tan complicados para la supervivencia de las discográficas independientes; es que una gran multinacional del sector los absorba. Y es cuando, por esas cosas del azar, el legendario sello alemán PolyGram quiere adquirir a AC. Finestra y socios; su mano derecha, Zak Yankovich Jefe de Producción y contratos (Ray Ramano), el jefe de ventas Skip Fontaine (J. C. Mackenzie), junto con el tercer socio y abogado de la compañía Scott Levitt (P.J. Byrne). Este trío podría ser el alter ego, de los gangs, prototipo de la historia contemporánea norteamericana; esas tres culturas donde se asentó el crimen organizado: italianos e irlandeses católicos y judíos. El mayor problema de AC es su falta de grandes éxitos de sus representados en los últimos tiempos. Sobreviviendo de los derechos de autor fritos por la polilla, como su vieja estrella, Donny Osmond. Igualmente, que la búsqueda por encontrar financiación, genera una dependencia de idénticas proporciones a su consumo de psicotrópicos, con los servicios de emisiones de la radio comercial. Han sobornado a todo tipo de gente, han falsificado la contabilidad y viven de pose en pose. No obstante, en ese juego de apariencias, American Century tiene un as en la manga que jugar: Led Zeppelin, quienes Richie espera firmar con Polygram. Empero, Vinyl tiene sexo, drogas, asesinato, estafa, Doo-Wop a tutiplén y hasta un clip de Bo Diddley tocando “Hey BD” en la piscina de la casa de RF, en el día de su aniversario cumpleaños. Esta última, tomémosla como una broma ilusoria muy divertida, firma de la factoría Winter&Cia. Luego, partiendo de todos estos mimbres y estándares del rey del cine de Scorsese. A uno se le viene la pregunta del millón: ¿Si todo es tan chulo e idílico, entre un ávido bombardeo visual, hasta el núcleo de nuestras retinas con subtramas y más subtramas, tiene lógica recordar el argumento central? La respuesta que observo; es el elevado calado de este proyecto. Pues, sólo, un excesivo prurito —del propio Scorsese— en su estado de excitación por abarcar demasiado, se asemeja a la ansiedad de su protagonista. Tanta voracidad que acaba por fagocitar la línea narrativa, lo que termina incrustándose en el esófago del personal. Del mismo modo, que una groupie de 1973, en plena gira de los Stones.

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Evidentemente, no vamos a descubrir al gran Marty, una de sus señas de identidad, ha sido su gusto por lo descomunal y presumiblemente abundante, como para permanecer centrado en el auténtico ardid del mensaje central: el negocio de las discográficas en la década de los 70. A partir de esa premisa, el análisis del contexto socio-histórico-cultural de aquel momento en NY es muy interesante. Cualquier entusiasta de la buena música algo ilustrado sabe que es una de las épocas más fecundas del Rock. De repente, Scorsese, Jagger y Winter se ven deseosos de revelar; el cutre negocio de una discográfica de comienzos de la década de los 70. La historia de un chico intentando conquistar sus deseos más retorcidos, el nacimiento del punk-rock o el ego de la época. Y es que su extenso metraje, evidentemente, lo sustenta la celestial BSO y algún chispazo ingenioso —propio— de la reputación, de quienes escriben esta historia. Sin embargo, no se puede pegar un volantazo, desde el Madison con una discusión de Finestra con Robert Plant de Leed Zeppelin, por esa falta de lealtad (todo ello tras una gran  bronca con Peter Grant, el mítico manager de los LZ y los Yardbirds interpretado por el actor británico Ian Hart, presentado aquí, como un representante agrío y tacaño) del propio RF con su grupo estrella, minutos antes de salir al escenario, y sincopadamente, nos aparece una escena de la discográfica, donde se está debatiendo sobre el descubrimiento de los suecos ABBA. Vinyl se aturulla. Este contratiempo podría destruir el acuerdo con PolyGram y Richie sólo ve más y más problemas financieros; lo que significa malas noticias para su acogedor hogar con su esposa, Devon Finestra (Olivia Wilde) y los niños en su mansión señorial de Greenwich (Connecticut). Cuando, de repente, todo el mundo está en la gran mansión de Richie, preparando su fiesta de cumpleaños, donde su esposa, Devon hace un emotivo brindis y cuenta la historia de cómo ella y Richie se escaparon de Woodstock porque estuvieron muy ocupados disfrutando, de los placeres conyugales, en su confortable dormitorio. Por instantes, todo es felicidad en el universo de Richie Finistra y Devon; la versión satisfecha de una Betty Draper infrautilizada viviendo una vida de princesa en su lujosa mansión de Conneticituc se encarga, de que el aniversario de Bobby, sea una noche inolvidable de emoción y complicidad. Pero, Richie, tiene que lidiar con un gran problema que le persigue como una sombra; “el puto amo” Frank “Buck” Rogers (Andrew Dice Clay), un tipo nada agradable y encharcado hasta las trancas en alcohol y cocaína. Amenaza a RF con boicotear el álbum más reciente de la reliquia dorada: Donny Osmond. Pues, muy a pesar de su aroma a alcanfor seguía siendo muy comercial y demandable en las ondas radiofónicas. RF recibe la llamada del intermediario Joe Corso (Bo Dietl) —jefe de promoción y enlace con el hampa— de la cadena de Buck. Éste, le dice que desde la fiesta en el burdel no ha parado de esnifar ingentes cantidades de polvo colombiano y sólo quiere hablar con él. Richie sale de su mansión, en Conennticut, y viaja en su Mercedes, hasta la finca del puto amo de las estaciones de radio de EE.UU, en Long Island. Llegados, a este momento, lo primero que te viene a la cabeza es la secuencia de Boogie Nights de Paul Thomas Anderson y el robo de la supuesta estrella del porno, Dirk Diggler (Mark Walhberg) en la casa de aquel Alfred Molina que simulaba al gangster (Eddie Nash). Todo pasado de vueltas, desnudo con una bata y bebiendo, junto a un chino que encendía petardos constantemente. Aquí la situación es idéntica, el tipo, tiene un gran parecido a la ex estrella del porno Ron Jeremy, mientras juguetea con un 38. Hasta que intenta besar a Richie y la cosa se sale de madre tras un forcejeo. Algo que se puede interpretar, como enfrentamiento a sus miedos, Buck es un tipo violento y engreído, que en esa relación amor/odio; desprende un aura de enamoramiento fingido. Y sólo, las manos de Buck en el cuello de Richie pueden frenar la frustración de éste.

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Finalmente, Joe coge un micrófono de cristal —premio de los certámenes de empresas de radio— como productor y empresario, y, golpea la cabeza de Buck. Cuando, creen que esté puede estar muerto, vuelve a moverse y es ahí cuando Richie, emulando a un Joe Pesci, destruye lo que queda del micrófono de cristal en la cabeza hasta convertir su parietal en cartílago gelatinoso con la masa encefálica. Sorprendido y aterrorizado por lo que acaba de suceder, Richie está flipando y patidifuso. Joe le dice a Richie que sabe como deshacerse del cuerpo. Lo sacan de la mansión en una estera y llevan, el cuerpo, en el maletero del automóvil de Joe, hasta que llegan a un descampado cerca de los suburbios del extrarradio de la ciudad, donde hay una gran agujero. Joe coge el muerto y lo tira. Cuando Richie regresa a casa, comienza a beber como un descosido; ya no es el limpio y sobrio Mr. Finestra, el hombre imaculado y rehabilitado, que se había ganado el respeto de su esposa, sino todo lo contrario: un Mr. Hyde descontrolado y borracho. El confortable y agradable estilo de vida lo lanza por la ventana. Ya en ese estado de enajenación —botella de Chivas 12 en mano— inicia una pantomima a lo Bo Diddley con su guitarra Gretsch. El regalo de su aniversario, con el que sus socios, y amigos de American Century le entregaban con orgullo. Su esposa, Devon, aparece en escena, pues, el escandalo que está armando es insoportable y le lee la cartilla. Él, es una caricatura, que no sabe ni lo que dice y le invita, a unirse al esperpento; que beba con él. Ella bebe de la botella y escupe el trago en su cara. Uno de grandes focos de atención y aciertos, en todo este puzzle aturullado, es el actor Bobby Cannavale, quien ya ganó dos Emmy por Boardwalk Empire (2010) y Will&Grace (1998). Lo recuerdo en una magnífica película de Michael Cuesta, “Roadie” (2011) donde ya se le apreciaba una vis perfecta, para este mundo del Rock&Roll. Su mera presencia y gesto es pura provocación. En esos primeros 15 minutos deja muy claro el fuste y su calidad interpretativa. Ahora que todo el mundo de Richie Finestra parece derrumbarse. Comienza, el runrún por una de las perspectivas, que genera más desesperación en el espectador: la pose Don Draper. Ese cigarrillo siempre entre sus dedos, que se quema en el sillón de ejecutivo de su apartamento personal, mientras escucha presuntas maquetas de grupos que buscan con anhelo en una discográfica que hace aguas por todos los costados. Al tiempo que esto está sucediendo, un flashback nos retrotrae a 1963 cuando Richie no era más que un joven camarero. Una noche, oye el alma sacudida del blues de Lester Grimes (Ato Essandoh) y se ofrece para conseguirle una gran carrera musical y lo que termina es por destruir la vida de Lester. Mientras tanto, la oficina de NYC de American Century tiene un visitante algo persistente llamado Kip Stevens (James Jagger, hijo de Mick) que no dejará de persuadir a la compañía para dejarle la maqueta de su banda, Nasty Bits. Aquí tenemos otra de las apuestas de casting del proyecto, Jamie Vine (Juno Temple), la cual, se ha planteado ser la descubridora de esta nueva banda. Un trabajo masculino, hecho por una fémina atrevida y valiente. De nuevo, entra el karma de Mad Men, ya que su personaje sería el alter ego de la emblemática, Peggy Olsen. La atenta secretaria/recepcionista que asiste a Richie Finestra y asume el rol, en el sello discográfico, con asertividad. Obviamente, se siente con las fuerzas y ganas para dar ese salto como promotora y ojeadora de nuevos talentos. Además, es el camello de confianza en la discográfica de Richie (un elemento muy Breaking Bad). Ella, se va al concierto de los Nasty Bits.

 

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Un espectáculo que termina en pelea entre la inexperta banda y público —en una especie de perfomance— versus Sex Pistols e Iggy Pop. Puro atisbo de proto-punk, liderado por Kip Stevens. Tras el concierto se acuestan y tienen sexo. Al poco tiempo, ella cuando se levanta del camastro y se arregla. En ese mismo instante, KS está preparándose un chute de heroína, y pone cara de póker. La historia, ahora, se traslada a la incertidumbre del resto de empleados de la discográfica, ya que una vez PolyGram compré A&R: todos se verán sin trabajo. El edificio entero es la vida del propio Richie, que ve como se levanta de los escombros, entre la alucinación teñida de cocaína y lo dantesco del personaje; algo le está diciendo que hay que pelear. ¿Se revela este Richie como el Superhombre? Eso es desconocido, pero lo que sí se sabe es que el hombre que surgió de los escombros está planeando algo grande. RF tiene la solución a todo este caos que ha dispensado los 120 minutos de locura y disparate. Un emboltorio gigantesco —muy Made in Scorsese— ya lo hemos mencionado, anteriormente, pero pisando demasiados charcos incongruentes o lo que es lo mismo: la superposición de ambas historias, no tienen el suficiente tiempo para impregnar y generar un humus suficientemente compacto. Los derroteros de un contexto subcultural son tan voraces, que el vademécum musical no aguanta el lastre para estirar la continuidad narrativa del guion. ¡Demonios! ¿No recuerdo en la historia sobre grupos de Rock un asesinato como subtrama intentando acaparar la curiosidad del espectador? Si que conocemos movidas de tipos muy sui generis como Keith Moon o estrellas del Rock; subida y caída libre de los ídolos. ¿Empero una trama criminal, en la que ni siquiera encontramos antagonista del propio Finestra? Hay como una manta fina que deja la pelusa de acrílico, que desprende, un plomizo aire pestilente a nostalgia en Do mayor. Aquí y allá, tenemos atisbos de subculturas sórdidas y espectáculos animados. Scorsese pone una factura espléndida como viejo zorro que es, pero independientemente, del gran trabajo de fotografía de Rodrigo Prieto, la dirección artística y los efectos especiales para recrear el contexto. Algo falta, no engarza. Marty sigue ensimismado con llenar el show de sonidos de Slade y Otis Redding, junto con toques de Punk, Rock-glam, y los primeros signos tempranos de Hip-hop por las calles del Bronx Sur. No muy distinto de su obra maestra Boardwalk Empire, pero en esencia, es sólo un sucedáneo de aquel encanto poético y fascinante de Nucky Tompshon. El espectáculo mejora tras abandonar algunas de esas escaramuzas del pasado. Sin embargo, esa aureola a Old fashion y anhelo de dulce pájaro de juventud, del maestro de Queens, la misma que toda su vida viene escuchando la mejor música del mundo, le pasa factura. Qué pena, pues ha hecho unos documentales de la historia del Rock que son patrimonio cultural del propio movimiento sociológico: maravillosos. No sé, puede que David Chase tenía la clave de toda la historia de la gran novela (digo novela y no serie) americana: Los Soprano. DC, dixit; los Soprano la tenía que haber hecho Dylan, Costello y los Stones. Lo dicho, un gran espectáculo tremendo, a medias, entre la falta de brío y una definición más transparente de la historia que nos quiere contar. Una serie discutible, y de obligado visionado para todo melómano, ya que el prisma óptico, sin quererlo, te hace perder objetividad. Creo que Marty, como el que teclea quisiera tener 25 años menos. Nota: 6,2

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