“A Very English Scandal”(2018) La diversión del partido liberal y la BBC

 

Hay que reconocer que la nueva televisión del streaming está con el cuchillo entre los dientes. El jugador por excelencia y gran capó de este negocio es Mr. Hastings y su imperio de Netflix. Bien, HBO, sigue con su programación semanal de estrenos y en el resto del mundo ha optado por la tecnología de los californianos que hace milagros. El Outsider de Hulu, siendo la más pequeñas de todas, ahora mismo, hay hostias por firmar acuerdos de distribución de sus producciones. Caso del “Cuento de la criada” en España, ya que los abonados patrios la ven, a través de HBO Spain. ¿Pero, creo que nos estamos olvidando de un jugador que tiene barra libre y silla vip en la partida de la nueva ficción del S. XX? Sí, queridos amigos, se lo están imaginando. Hablamos del hombre más rico del planeta, ese tipo que tiene aspecto de calvo del anuncio de la lotería y ancestros de origen español: Mr. Bezos. Y muy mala fama entre sus trabajadores del empaquetado. Su plataforma Amazon Prime, lo está petando con producciones de luxe y creadores de gran pedigrí caso de las exitosas Homecoming de Sam Esmail y Julia Roberts, la grandiosa The Looming Tower, The Romanoffs del alma mater de Mad Men, Matthew Weiner. El pelotazo del nuevo Jack Ryan (con nuevo héroe, el actor John Krasinski). Ahí están The Purge de James DeMonaco o sus bizarras; Dietland o Bite Made in Germany. Así como la aclamada en los últimos Emmys: The Marvelous Mrs. Maisel. Sus convenios de coproducción la ingeniosa y prestigiosa BBC, han dado dos joyas, envueltas el mejor de los encantos británicos: McMafia, y ahora, La miniserie “A very English Scandal”. Un producto impactante, divertido, basado en hechos reales y con un guion muy bien escrito. Es evidente, que el binomio Amazon y BBC, se sienten cómodos. Al igual que la dupla: Stephen Frears y Russell T. Davies. Como sugiere el título, A Very English Scandal está plagado de síntomas y símbolos del British Establishment. Hago el inciso de que esta miniserie hay que tener muy claro que hay que verla para ser creída. Es la adaptación de la novela del mismo título, escrita por John Preston, y adaptada por Russel T. Davies. Una ficción de tres horas o partes que tiene muchos perros y mucha política. Además de un buen puñado de aristócratas dandis que regatearon en Cambridge y de largos almuerzos en el Carlton Club. También hay jornadas de caza a la búsqueda de la liebre o conejo de turno. Una carne muy apreciada por fino paladar de los aristocráticos Gentleman´s de la campiña británica. Y, lo que es más prominente, tiene un gran relato central, donde un político ambicioso —educado en el Eton College y con un sombrío armario— que conspira para asesinar a su ex amante mediante un escuadrón de sicarios aficionados, que terminó en uno de los complots más surrealistas y chapuceros de la historia política del Reino Unido de este último siglo XX.

 

Vemos a lo largo del trayecto ligeras trazas del Fargo televisivo de Noah Hawley. Además, de un barnizado, de la legendaria “Un hombre en casa” (1973), pidiendo un poco de crema batida y algunos pepinillos al Sr. Roper. Vamos que si somos honestos; hay más de dos horas de “partidón de caja”. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto con una serie y todo ello se debe: al extraordinario guion de Russell. T. Davies (Doctor Who, Queer as Folk) y los actores Hugh Grant (About A Boy) y Ben Whishaw (El perfume,London Spy). Detrás de la cámara uno de los grandes directores británicos de los 90, como el ácido, y, estiloso Stephen Frears (The Queen, etc.). Bien, en todo este complejo y estrafalario affaire hay algo muy british, que lleva en su ADN, el touch de la ejemplar BBC. Nadie, en el mundo, occidental tiene tanto orgullo y satisfacción por el significado de un organismo público, audiovisual y al servicio de los contribuyentes, puede estar tan orgulloso de semejante sitio. Esto va por el bochorno, expolio y fraudulenta TVE. Cuando a los popes —de turno— se les llena la boca de mazapán de Soto del Real y beluga venezolano, reivindicando, la épica TVE bendecida por la bestia del valle. No obstante, el viaje que les presento, está muy lejos de toda algarabía soporífera y mareante de la TDT. En la televisión de luxe, uno puede disfrutar y encontrar formas de concebir nuevos conceptos audiovisuales y ahí es, donde “A Very English Scandal” (2018), nos atrapa y encandila. Desde pequeñas cosas, tan sencillas y cercanas, como el formato: 120 minutos. Es decir, 60 minutos por capitulo y sabiendo que te quedan dos, no podrás hacerte el remolón o poner cualquier excusa de turno, para decir, voy a ver fantasmas familiares en Netflix. No esto es una grandísima serie. Segunda razón, hablamos de una gran historia real; disparatada y desgarradora.  Y en tercer lugar, unos actores en estado de gracia: Hugh Grant (el premier liberal Jeremy Thorpe) y Ben Whisahw (el agredido y desdichado gay moralmente y físicamente lenguaraz). Repito, si hay dos Bafta al mejor actor de serie de TV Made in UK; aquí tienen a los favoritos. El escándalo de la auténtica vida de Jeremy Thorpe, el líder del Partido Liberal británico, consumió los periódicos a fines de la década de 1970, cuando fue acusado y juzgado por intentar organizar el asesinato de Norman Scott. Hugh Grant se presenta, de un modo intrigante, como un Jeremy Thorpe, poliédrico y retratando la cordialidad del carisma del joven político. A veces, uno no llega a diferenciar al personaje y el político. Así como su determinación, en la toma de riesgos y su consabido sentido de estado. Lo que no siempre es evidente, principalmente, por el humor de la escritura del libro original. Es el tipo de malevolencia y desesperación que podría obligar a un hombre a tratar de que maten a otro hombre. En el fondo un ser humano, al que como autoridad representativa de los ciudadanos, es un británico más con sus virtudes y defectos. Empero, hay destellos homicidas, en los ojos de Grant que no puede evitarlos. Pero es aún más persuasivo al transmitir la devastación del propio Jeremy Thorpe. Su plan de asesinato que confabula; se vislumbra con ligereza y frivolidad. Acotaciones que lo pueden hacer más difícil de entender. Si bien, no es tan complejo. Pero si se trabaja la decapación del visionado con mesura y atención verán escorzos imprevisibles.

 

 

El pobre Scott, interpretado, por Ben Whishaw muestra hábilmente que es el hombre más joven, tanto físicamente, como intelectualmente. Todo lo opuesto a Thorpe como su compañero sentimental. Scott se ve representado al principio de la historia como un fantasma inestable; que parece chantajear repetidamente a Thorpe (éste le llega a escribir a la madre de JT una carta de siete páginas que incluía detalles sobre su affair). Lo que Scott y Thorpe parecen tener en común es la capacidad de mantener a otros en la esclavitud, confiando sobradamente, en sus ingeniosas capacidades para manipular a las personas. Empero, Whishaw también transmite el deseo de Scott de ser amado, y cómo su enojo va a más; por la forma en que Thorpe lo ha tratado. Un tacto falso e hipócrita —que está más cercano de la tristeza— que con la verdadera venganza. La comprensión limitada de JT de su propia sexualidad se basa puramente en actos físicos: no parece tener la capacidad o el lujo de imaginar que los hombres puedan realmente amarse unos a otros. Luego está el ejercicio de disección de uno de los momentos más oscuros de las recientes desventuras políticas del Reino Unido. A Very English Scandal es una obra festiva. Muy divertida y tremenda. En menos de tres horas, incluye todos los puntos focales de los tabloides relevantes (el comentario del “perro enfermo”, los pequeños delincuentes ingeniosos, la tarjeta infernal de la Seguridad Social británica). Pero es más efectivo para mostrar lo trágico e innecesario que fue todo el asunto de Thorpe, convirtiendo el fanatismo público en vergüenza privada en una mortificación y su correspondiente ritual. En la corte, Scott sostiene que nunca le importó el dinero de Thorpe. Lo que sí le importa, dice, es cómo “todos los libros de historia se escriben con hombres, como yo, desaparecidos”. Es un placer ver a estos dos grandes actores británicos encontrarse sin tener que hacerlo por medio de doblajes de voces u otras tramoyas del gremio. La serie recuerda a los espectadores aquel apuesto progresista político que podría haber tenido una carrera política mucho más exitosa si se hubiera unido sus escaños con el Partido Conservador, como se esperaba que hiciera alguien de su nacimiento y clase. Como liberal en el sistema electoral británico, Thorpe, sólo tuvo una pequeña esperanza de poder parlamentario, más allá de ser una cuña, entre los dos partidos dominantes: los conservadores y los laboristas. Lo que él también era, según el retrato en “A Very English Scandal”, era un hombre homosexual, encerrado en un momento en que ser abiertamente gay estaba más allá de los límites. Todo ello, muy condicionado, a las aspiraciones personales de una carrera en Westminster y la vida pública. Sin embargo el ingenio del maravilloso guion de Davies llega a un momento supremo. En ese instante, donde la aristocrática segunda esposa de Thorpe, Marion (Monica Dolan), le pregunta con frialdad sobre el uso del plural, su respuesta: “Estaba usando un nombre genérico en una cláusula imperativa”, es una risa tonta. Lineal y cínica. De ahí ese touch british que llega a bordear la cirugía gestual del humor corrosivo. Dicen que en Inglaterra hay más de 1.000 tipos distintos de ceños fruncidos en exhibición, desde irresistibles a trágicos. De irónicos a aplastados. Los ricos fruncen el ceño de manera diferente a los pobres, solo una entre muchas diferencias sutiles que crean la narrativa paralela del conflicto de clases que corre junto con la historia de la liberación gay. Bueno, no en paralelo exactamente: al igual que con Jeremy y Norman, estas ideas chocan entre sí una y otra vez. Pero no lo vean tan de color de rosa.

 

A pesar, de la casa de la madre de Thorpe, una villa rural muy cercana a la vivienda del matrimonio Roper. En “AVSE”; Jeremy es un “pit bull” y tal vez un monstruo. Tiene dos matrimonios heterosexuales basados explícitamente en aumentar su popularidad. Discute su intención de que Norman sea asesinado como si fuera un rompecabezas de estrategia y no un asesinato. Pero como la leyenda y la vida nos enseñan, la gente contiene multitudes, y cuando Jeremy reflexiona brevemente sobre la violencia aterradora que ha experimentado con otros pretendientes y amantes, es difícil no sentir compasión y tristeza. Algunas veces se aprovecha de la misericordia y llega a recordarnos al personaje de Robin (Richard O´Sullivan) en la sitcom “Un hombre en casa” (1973). El Sr. Whishaw a menudo interpreta a personas vulnerables y heridas, y su actuación aquí es tremendamente convincente y desafiante. Su Norman es inquieto pero audaz y provocador: carismático, pero, a veces es un tipo sucio. Ese tipo de persona que tu padre odiaría, lo que solo haría que te gustara más hasta que te acabara por decepcionar y te ofreciera otra excusa fácil. Norman es casi toda postura, y puedes ver lagunas momentáneas en su conocimiento, donde el Sr. Whishaw deja pasar un poco de pánico.Durante el juicio con el que culmina la carrera de Thorpe y este espectáculo, el abogado de Thorpe reconoce que su cliente había tenido “tendencias homosexuales”, pero Thorpe negó vigorosamente una relación íntima con Scott. (El sexo gay entre hombres no se despenalizó hasta la Ley de Infracciones Sexuales de 1967; Scott y Thorpe se conocieron en 1961). Reconocerán que ni el comunismo, ni el fascismo habrían sido capaces de llevar a cabo esta ley, tan importante, para la confianza de muchos ciudadanos-as de Gran Bretaña. El liberalismo es tan divertido como un mini azul con techo blanco o los Beatles. El relato niega la negación de Thorpe y lo muestra comprometido, en el mejor de los casos, es una seducción dominante, y en el peor de los mismos es una especie de depredación violenta. Nunca se ha manejado un frasco de vaselina con tanta autoridad temerosa. No obstante, Stephen Frears nos recuerda a los espectadores que la exposición de un inglés en un armario es más grave de lo que parece. Durante el primer episodio, Bessell consulta a Lord Arran, un excéntrico político conservador que intenta despenalizar la homosexualidad. La escena se desarrolla, con una anécdota, para dar rienda suelta a la risa (los tejones y el paté se repiten), hasta que Arran revela la razón de su misión: ya que su propio hermano gay se suicidó y está decidido a intentar salvar a otros hombres, independientemente de ser expulsado del partido tory, lo que ennoblece su honor, a pesar de su vigoroso sentido del humor. En AVES, no cesa la oscilación, en que esta manera de vivir; está más cerca de una farsa loca y la propia tragedia histórica. Es un tono que refleja cómo los tabloides británicos siempre —se han involucrado con el inmensamente rentable acto de avergonzar al público— mostrando su desgracia y caída con un guiño. El columpiazo de Mr. Scott en los créditos finales, donde esgrime unos 80 años plenos es un puntazo. Donde se puede apreciar el encanto que Scott poseía en su juventud. Ya que se pudo confirmar que está vivo y muy bien, increíblemente. Vive con 11 perros (a ellos les debe gran parte de su historia. Nunca, mejor dicho, que es el mejor amigo del hombre y de toda esta riquísima y fascinante historia). A pesar de, no haber podido recuperar su tarjeta de la Seguridad Social. Thorpe fue diagnosticado de un precoz Parkinson en la década de 1980, con apenas, 51 años, sobrevivió, porque la enfermedad le quitó mucho de lo que aportaba el personaje. En 2014 falleció. Sin embargo, el drama, y su vida pública, terminaron en 1979, como corresponde, al desgarrador momento, donde JT saluda a la prensa y sus acólitos, eufórico celebrando su absolución del juicio. Ahí es donde, la posesiva madre y consagrada, Úrsula. Le espetó: “Jeremy, sabes que estás acabado… Lo sabes. ¿Verdad, cariño? Un año después estaba fuera del partido y de la primera línea de fuego del hercúleo palacio de Westminster. Jeremy Thorpe llegó a presidente del partido liberal, mientras los Beatles dejaban al público alucinado con Revolver (1966). Cuando se retiró de la política activa. Los Beatles estaban missing  (nadie se acordaba de ellos) y Londres estaba llamando a The Clash. Al final, los liberales, ganaron un mártir. El mundo estaba cambiando —como le gustaba decir a Bowie— y Londres volvió a ser el epicentro de la revolución sociocultural. La BBC encandiló a 5 mlles de espectadores en su primer episodio. Nota: 8,2

 

 

 

 

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