ZeroZeroZero (2020) La última odisea de Saviano

Basada en la novela del mismo nombre de 2013 y segunda en la exitosa carrera del periodista italiano, Robert Saviano. Zerozerozero (2020) es la nueva serie, en dónde, el narcotráfico se narra desde el certero punto de vista del escritor. Una producción internacional, de alto calibre; que une a Amazon con las plataformas europeas Sky Channel y Canal Plus. El libro es adaptado brillantemente por Stefano Sollima, Leonardo Fasoli y Mauricio Katz. ZeroZeroZero se centra especialmente en el tráfico de drogas entre México y el sindicato italiano del crimen organizado conocido como ‘Ndrangheta. Se juntan con la productora gen de la marca Made in Saviano Cattaleya Prdnes; que tan buen hacer dejó en su gran obra maestra Gomorra (2014). No se han escatimado medios para esta fascinante producción.  ZeroZeroZero es la historia del daño causado por el envío de 5.000 kilos de cocaína; que induce a tres conjuntos de personajes en una carrera de colisiones estruendosas por el poder, donde los daños colaterales trascenderán dimensiones trágicas.

 

El abundante cargamento de cocaína ha sido ordenado por un anciano jefe de la mafia calabresa conocido como Don Minu (interpretado por un estupendo Adriamo Chiaramida), quien salió de una cueva fortificada secreta después del final de una guerra de pandillas y quiere volver al juego. El Capo, de los Capos de Calabria. Sin embargo el pago de las drogas es secuestrado por su nieto Stefano (el joven actor Giuseppe de Domenico), buscando venganza por una vieja disputa familiar y nada reacio a hacerse rico en el proceso. El quid del supuesto poder en la poltrona, del viejo huraño, depende de la llegada del cargamento de cocaína que arriva desde México. Manuel (Harold Torres), un soldado de las fuerzas especiales del ejército mexicano entra en acción. Un tipo de ojos fríos que no le tiembla la mano con el arma y se comporta como un auténtico Terminator de oscuras cábalas. Lleva a su equipo de soldados contra el cartel a una aventura despiadada y sangrienta en su vida privada, mientras mantiene su asistencia a los servicios evangélicos de la iglesia.

Valiéndose de su aprendizaje, en la precisión militar y tácticas abyectas para destruir la infraestructura local corrupta, originará demoledores conflictos en ese lado de la ecuación. Gracias a la relativa disminución en el procedimiento legal y médico, se siente olvidado como héroe de gran calado refugiado en su guardia pretoriana, su unidad de operaciones especialesque es vista con lupa, en los medios de comunicación como un peligro de las libertades civiles. La absoluta falta de ética y conciencia, tiene sus réditos más pírricos: los niños que terminan muertos sin saber el porqué. Sus enfrentamientos suelen terminar con grandes daños colaterales y trifulcas que causan pavor y espanto. Obviamente, es un proyecto internacional, muy bien nutrido, para contar una historia del narcotráfico mundial. ZZZ, evoca el spinoff televisivo de Steven Soderbergh “Traffic”(2000). Me atrevería, a decir, que mucho más cercana a esa miniserie que dirigió Stephen Hopkins, a la postre todas deudoras de la original serie de TV británica “Traffik” del Channel 4 dirigida por Alastair Reid. El título no se explica, pero presumiblemente se refiere a las grandes sumas de dinero intercambiadas, a través, de aplicaciones bancarias o bolsas de lona. Empero la auténtica alegoría de Saviano es la siguiente: ZeroZeroZero — es una referencia a otro narcotraficante que dice; toda una obra de teatro sobre el sistema de clasificación de la harina italiana para hornear, en la que “cero, cero” es el mejor grado— es una historia sombría, arenosa y sangrienta del tráfico de cocaína.

 

 

Un producto comprado en México y transportado a Italia por un corredor estadounidense, es un contenedor de envío de latas de jalapeños que en realidad contienen cocaína. Son un dispositivo narrativo y visual familiar pero efectivo, viajeros cansados pero decididos cuyo progreso buscamos al subir y bajar de barcos y transportar camiones por desiertos y montañas. También son mudos testigos de las tribulaciones de sus vendedores mexicanos, compradores italianos y exportadores estadounidenses No tiene nada del glamour o la sexualidad de alto octanaje del mítico Scarface o elegante Miami Vice. La mayoría de los jefes viven no en espaciosos palacios Art-deco sino en fortificaciones monótonas; no usan Armani, ni Dior o Paul Smith. Todo lo contrario petos de polietileno, a modo, de armadura corporal; pasan su tiempo libre no acariciando supermodelos sino contemplando paranoicamente quién podría estar conspirando contra ellos. Uniendo a los dos grupos están los intermediarios; la familia naviera con sede en Nueva Orleans, los Lynwood. Liderados por el primer patriarca de los negocios, Edward (Gabriel Byrne) y la hija Emma (Andrea Riseborough), con el hijo protegido Chris, éste sufre una enfermedad genética que le destruirá neurona a neurona (impresionante interpretación Dane DeHaan) inesperadamente empujado a la refriega. El motivo central de ZZZ es la traición.

 

 

Cada personaje está maquinando uno contra el otro, o pronto lo estará; ni la sangre ni el dinero aseguran la lealtad. Tanto los traficantes como los policías que los cazan no tienen alma. Zerozerozero es un programa fascinante, pero solo porque la trama es sociopáticamente penetrante; no hay nadie a quien apoyar, ni siquiera en contra. Cada vez que crees que has identificado al personaje —que puede llegar a empatizar contigo— te das de bruces contra la malignidad del resto del grupo. A medida que avanza la trama tornará hacia una depravación mucho mayor. Estamos ante una epopeya expansiva y sombría como esta se completa con su vigor cinematográfico, del cual ZeroZeroZero tiene mucho. Sus escenas de acción pueden estallar en algunas persecuciones de autos, tiroteos y asesinatos impactantes realmente emocionantes. Todo lo cual hace que algunos de sus golpes visuales más espeluznantes dejen sus señas de identidad de cineastas, con solera, casos de Iñárritu, Mann, Miike, Ferrara o Sheridan.

 

La maestría, en esa forma, de hacer entrar la cámara, al contenido, moviéndola muy suave, daándole el tempo lento justo para que el do mayor dramático para cambiar el escenario sean pura imaginería cromática. ZeroZeroZero sobresale en la creación de un mundo rico que envuelve su propia naturaleza interconectada; su alcance se convierte en un arma en sí misma, lo que le permite saber hasta dónde llega todo. Es el tipo de thriller que causa una impresión tan profunda; ya que puede pensar en grande y pequeño al mismo tiempo, uniendo tres historias individuales apasionantes en una odisea masiva. ZZZ adopta la postura moral del clásico cine de Martin Scorsese, en el sentido de que se aleja de tantos grados de maldad y permite que Dios los resuelva. Enredarse con tales villanos en una historia trepidante puede ser estimulante al principio, seguramente. Aunque, por experiencia propia, no tienen un buen final, palabra de pecador. Un detalle que chirriaba un poco, fue en el primer episodio, la utilización del recurso de la voz en off de Gabriel Byrne, el cual, se vuelve demasiado didáctico, en torno, al tráfico de drogas. No transmite en la narración visual, ninguna sorpresa ni soporte de sugestión al espectador.

 

Esta ficción depende más de su estilo narrativo firme, de traiciones interminables y ofertas de poder. Todo ello, mientras trata de darle un poco de frialdad al negocio en cuestión. Si que es verdad, que los planos largos y panorámicos dan ese aire intimista. Las ubicaciones en el norte de México, el sur de Italia y el Sahara entre Senegal y Marruecos, se fotografían de forma que son al mismo tiempo llamativas y poco sorprendentes.  El ambiente de texturas de la marca de la casa, Gomorra —acción violenta representada con un melancólico minimalismo de tono y estilo— se ve reforzada por la música fascinante de la banda escocesa Mogwai. La misma que es inesperadamente soñadora en un mundo convertido en una pesadilla terrorífica. Esta es una historia en la que aparentemente todos los principales implicados en el tráfico de drogas han utilizado sus ganancias obtenidas ilegalmente para comprar una residencia en enclaves protegidos por organismos y autoridades locales.

 

Una auténtica clientela de todo tipo de pelaje que se prestan al soborno y al juego de estos individuos que capan por el mundo a sus anchas. El pueblo llano vive completamente ausente en este show, ya que ZZZ, los tritura como otro fardo de cocaína. El ser humano es un objeto desechable e invisible para el poder. Tal vez, es aquí donde los directores de fotografía Paolo Carnera y Romain Lacourbas son los espectadores de lujo que contemplan esta locura. ZZZ en cada episodio de 55 minutos es una toma o un plano secuencia, que desborda con la belleza natural de la costa de Calabria o el desierto africano entre Senegal y Marruecos, o los altiplanos de Monterrey en México. Todo ello de las manos de tres grandes cineastas: Janus Metz, Stephano Sollima y Pablo Trapero. El mismo acopio de contenedores en el puerto se convierte en belleza mientras son llevados milimétricamente por las grúas o la escala industrial de un vasto patio de embarque o carguero apilado de contenedores. El mal y la frialdad, parecen ir juntos de la mano. Siempre trayendo la eterna odisea de los tormentos de Saviano Nota:8,4

 

 

White House Farm (2020)

Nueva década y nuevas propuestas vistas y revistas —refritas y a la plancha— nos vienen de cualquier parte del mundo a la vetusta pequeña pantalla. Ésta, a día de hoy, plana, muchas pulgadas y con streaming. Desde EE.UU, siguen a lo suyo y si les soy sincero… Se echa de menos la frescura de esas dos o tres series —que a día de hoy— ya finalizando este pseudoveraniego febrero: no aparecen. En 200mgHz, tenemos cierto hastío del más de lo mismo: un negocio el del streaming hipersaturado de proyectos, en su gran mayoría, fast food que genera el Air Force One del negocio comprimido Netflix. Plataforma de contenidos audiovisuales que está hasta las trancas de deuda, pues la avalancha de proyectos que está estrenando es insostenible. Además de buscar un público muy tenagger de usar y tirar. Matizando y dejando claro que hay un material audiovisual de carácter adolescente de primer nivel, como ha sido el caso más reciente, de este último año, la fascinante Euphoria (2019) de HBO. Bien, nosotros nos vamos a páramos más cercanos que siempre ha creado ficción de qualité. Como dice un viejo amigo: “siempre nos quedará nuestro Britaniabrexit” y sus supercanales de la bendita BBC, pública, inmaculada e incansable factoría de profesionales para el TV y el cine. El inquietante ITV, creativo por los cuatro costados, y esa maravilla llamada, Channel Four. Llegados a este punto, nosotros traemos a la palestra un producto muy bien elaborado, con un casting de luxe y con un guion a toro pasado (se darán cuenta del término a lo largo de la lectura): el nuevo drama de ITV con tintes de thriller escabrosísimo. White House Farm ficciona los asesinatos en una casona de campo en 1985.

 

 

El problema con la dramatización de eventos famosos, o infames, que tuvieron lugar dentro de la memoria viva es que no eres tan libre de dramatizar nada. Uno no es libre de eludir momentos, pasar por alto incómodos o suavizar la narrativa a través de la ficción de la luz. La realidad, llega a empantanarte. Y esa contundente realidad puede ser bastante increíble. La historia que desarrollan los showrunners de WHF, Kris Mrksa y Giula Sandler; que ya habían coincidido en Nowhere Boys (2016). Kris Mrksa hizo un gran trabajo con los fantasmas galeses de Requiem (2018). De nuevo, a partir de una gran cantidad de material muy bien definido. Por una parte, se trabajó con el libro de Carol Ann Lee  The Murders at White House Farm  (2015) y In Search of the Rainbow’s End de (1994) de Colin Caffell, el ex marido de Sheila y padre de Daniel y Nicholas muy implicado en el proyecto y en todo momento, muy cooperante en las diferentes charlas de desarrollo del proyecto con KM y GS. Es evidente, que en todo momento, ha existido una impoluta precaución con el enfoque de la guionista Kris Mrksa. Ya que los terribles crímenes, el caso, aún está bajo escrutinio, a pesar de la condena de Bamber en 1986. El director de los 6 episodios, un veterano de la TV Made in UK, el gentil y sobrio Paul Whitington. White House Farm es una producción que aparentemente puede parecer anodina, pero silenciosamente muy atractiva. La historia del parricidio en los años 80 del condado de Essex; treinta y cinco años después, los asesinatos, llevados, a cabo por el homicida, el hijo menor, Jeremy Bamber. El caso sigue teniendo una gran dosis de impacto en el público de cualquier clase. Como todo el material gráfico publicado en la prensa británica de aquellos desinhibidos 80,s.

La historia del crimen in situ es sencilla: agosto de 1985, el joven Jeremy Bamber de 24 años, llamó a la policía de Essex en medio de la noche. Informó que sus padres Nevill y June Bamber, su hermana Sheila y sus gemelos de seis años, Nicholas y Daniel, estaban encerrados dentro de la casa de la familia y Sheila tenía un rifle de caza. Cuando la policía entró, encontraron cinco cadáveres, incluida Sheila, que aparentemente se había disparado a sí misma después de matar a sus padres e hijos. En parte es por la enormidad de los crímenes. Al principio, el caso parecía abierto y cerrado. Luego aparecieron grietas en la historia de Bamber. Finalmente, fue juzgado y condenado por los cinco asesinatos. Los hechos desnudos fueron embellecidos por los detalles. Tanto Bamber como Sheila habían sido adoptados. Él era un colegial de cara al público encantador, pero poco pulcro. Ella era una ex modelo con esquizofrenia. Pero la otra razón por la que la historia ha permanecido en la imaginación del público es que Bamber; es de los únicos prisioneros británicos que cumplen una cadena perpetua sin esperanza de libertad condicional. Siempre ha protestado por su inocencia. Apeló en numerosas ocasiones durante su sentencia y atrajo a simpatizantes famosos, incluidos Peter Tatchell y el ex diputado Andrew Hunter. No obstante, el condenado permanece tras las rejas, cumpliendo día a día su cadena perpetua. El primer episodio nos muestra los eventos tal como aparecieron por primera vez a la policía, y revela un elenco fuerte. Un extraordinario Freddie Fox interpreta al asustadizo Bamber, un joven marchoso, amante de los excesos etílicos, la ropa cara y los placeres carnales. Siempre se dijo de Bamber que era el chico de ojos azules brillantes y oscuro corazón. Cressida Bonas está excelente como la trastornada Sheila. Ella la interpreta con suficiente oscuridad para hacer que el asesinato-suicidio parezca plausible, pero sin desviarnos del lado equivocado de nuestras simpatías. 

Los veteranos de Juego de Tronos abundan en otros lugares. Como esta singular pareja de actores que en GOT eran hermanos del clan Greyjoys. Alfie Allen aquí representa el papel de Brett, un gay vividor australiano, que siente un afecto muy cariñoso por Jeremy (además, de ser perista de tres al cuarto). Gemma Whelan, es Ann Eaton, la prima de JB. De quien, no se fía nada y hace que el detective Jones abra sus ojos, a un caso que no termina de encajar. El mismo Robert Baratheon, Mark Addy, interpreta al Sargento Stan Jones. Él, es el primero en sospechar de los hallazgos oficiales aunque, debe persuadir a su superior, el capitán “Taffy” Jones del departamento de policía de distrito —interpretado por un siempre vibrante y convincente Stephen Graham, con un mostacho ochentero y un galés tan exagerado como la estrella de futbol Garrett Bale— que quiere una conclusión rápida de todo este macabro affaire.  Los ojos de medio mundo están sobre él y el UK thatcherista, en pleno apogeo. White House Farm no puede escapar, a pesar del mimo y la sensibilidad que ponen en toda la serie, por anteponer la ficción a lo que parece, en la mente de una parte del público le es difícil separar lo real de lo ficticio. Empero, los destellos de elegancia de director son patentes. El buen gusto por las panorámicas de las enormes extensiones de cereales —de esa profunda GB— hacedores y defensores del actual Brexit. El Essex, rural, se dibuja, entre inacabables planos aéreos elegantes y puntuales. El plano de apertura, de un teléfono sonando en una vetusta estación de policía, todo ello podría estar a la altura de los thrillers coreanos de Bong Joon-ho. Una conversación entre Sheila y sus padres en el camino de entrada de su casa, da un lienzo de plano, con una caravana amarilla entre ellos. Los detalles crean un sentido de lo atroz de estos crímenes en este lugar. Serían igual de horribles en cualquier lugar, pero especialmente aquí, un lugar donde se puede dejar la puerta abierta y el mayor acontecimiento es la cosecha de cereales o el parto del ternero de turno.

No hay grandes sucesos, en el idílico medio rural británico. Resumiendo, la dirección se conforma con dejar que los hechos hablen por sí mismos. En un caso como este, son muchos los hilos de donde tirar, pudiendo darse de bruces con un árbol. El drama no se abre (o al menos) nada más comenzar todo el procedimiento. Más allá de los asesinatos el componente de desidia laboral y no investigar, más a fondo, todas las pistas. No se profundiza la cuestión, ya que las altas instancias no están por la labor; es mucho más fácil colgar el sambenito a una joven madre, o para creer que cualquier indicio de inestabilidad femenina, es sinónimo de ser capaz de llevar a cabo un asesinato múltiple. Hay machismo, estamos a mediados de los 80,s, la publicidad se haya en pleno apogeo de vender coches con bellas modelos, encima del capó del automóvil de turno. Después, está el papel de la prensa, ese periodismo tan imbuido entre todo tipo de clases, en Gran Bretaña. Los tabloides se encargaron de publicar las entrañas y las cábalas más insidiosas de la historia del papel cuché. Y, si bien, los asesinatos tienen un significado poco más amplio, surge una pregunta ¿cuál es el propósito de todo esto? da para crear este espectáculo. Es obvio, que sí. El motivo de Bamber era mundano (la búsqueda de una herencia) y su expresión era anómala (pocos se sienten trasladados a tal violencia y aquellos que seguramente sufren el tipo de psicopatología) que, como sociedad, podemos hacer poco para evitar. Un drama criminal perfectamente decente que establece claramente, en el estante de “basado en hechos reales”, no pretende ser un análisis forense de lo que realmente sucedió. El director Paul Whittington se concentra en la incomodidad de Sheila, amplifica ciertos ruidos y se sumerge en su perturbada experiencia, especialmente en su viaje final a la granja de sus padres adoptivos. Si Sheila es el héroe trágico en todo esto, Jeremy (Freddie Fox) es el villano de la serie. Revelada con aterradora prudencia por la desconcertante representación de un Freddie Fox de pelo negro, si algo un poco menos bonito que el verdadero Bamber, da vida a un personaje extraño y mercurial, lloroso y empático. Del mismo modo, que pasa de frívolo, manipulador y frío al tiempo que; quiere recompensar el silencio de su novia confidente Julie Mugford, interpretada por una maravillosa Alexa Davis.

Incluso los asesinos pueden llorar, después de todo. La música espeluznante de Niall Byrne, sin dominar nunca, subraya la atmósfera de miedo escalofriante. Me quedaría con lo dicho por el actor Mark Addy “La enfermedad mental se veía de manera muy diferente en la década de 1980. La gente sabía relativamente poco al respecto, por lo que se podía ver cómo la gente inicialmente habría aceptado que debía haberse vuelto muy trastornada y haber llevado a cabo los asesinatos. Era un alma atribulada pero no una asesina. Si hay algo que nos haga que tomemos conciencia de toda esta horrible pesadilla. Es la lectura del director de la serie Paul Whittington dixit: “Una de las cosas más importantes para mí al contar esta historia fue comprender la actitud hacia la enfermedad mental en ese momento y cómo eso todavía puede informar las actitudes del enfermo a día de hoy. La falta de comprensión sobre la salud mental fue definitivamente parte de los defectos de la investigación inicial.” Evidentemente, estamos ante uno de los conceptos erróneos más importantes sobre la psicosis, breve, pasajera, escondida y persistente. Es un síntoma clave de la esquizofrenia; la propia confusión con la psicopatía. Este tema a menudo surge en relación con representaciones de TV y películas. White House Farm 2020 demuestra cómo el estigma puede tener consecuencias dramáticas. Demasiadas veces convertidos en perjudiciales para la sociedad y los individuos. De algún modo, nos está recordando, que no hay porque juzgar a las personas con problemas de salud mental y el caso de del parricidio de Essex muestra el impacto potencial en las personas si lo hacemos. También es un guiño a esa Gran Bretaña profunda, alejada de Picadilly Circus, Coven Garden, Chelsea o la torre Shard. Ese Reino Unido, donde pasan cosas como en Minnesota o Puerto Hurraco. Nota: 7,6