Baretta 1975 “el detective a contracorriente”

La década de los 70 fue propicia para los detectives de televisión. Por aquel entonces, los malhechores temían ser descubiertos por el teniente Colombo (Peter Falk y su andrajosa gabardina de Cortefiel, que gustaba de hacerse el despistado ingenuo).  El divertido Cannon (un gordito, calvito y tragón, William Conrad que no se separaba de su perro Boxer); o el vaquero McCloud (Dennis Weaver) y su hermoso caballo por Central Park. El teniente Kojak (Telly Savallas) se dejaba querer con algunos de los mejores trajes de la época y su chupaChus de turno. También estaba aquel tipo tan simpático, que le habían colgado el marrón de un crimen, y se rehace como detective privado; Jim Rockford y sus casos (James Garner) era el amo de los Angeles y por supuesto, nuestras adoradas Ángeles de Charlie. La utopía de las barras y estrellas, de la libertad, rugía los fines de semana con el gancho del difunto Lew Alcindor en el Staples Center. Un joven Rudolph Giuliani, del partido republicano, iba haciendo camino en la política nacional y en la gran pantalla, la taquilla, reventaba con el film “The Warriors” de ínclito Walter Hill. Obviamente, la ciudad de la gran manzana, nuestro amado New York, tenía un creciente y permanente problema con  las bandas criminales. En nuestro país las cosas andaban a la búsqueda de una urna que pusiera orden al traspaso de régimen: muerto el perro Franco, muerta la rabia. Llegaba el monarca blanqueador de billetes de los reyes católicos, Juan Carlos I.  El pueblo, votó, por una gran mayoría; sí a la democracia. Un chico de la vieja falange, católico, serio y  buena gente.  Muy interesado en aprender del liberalismo británico; era el nuevo presidente del país. Se llamaba Adolfo y se gustaba decir: “puedo prometer y prometo…” Una España tan atolondrada, como la actual, pero con un ambiente de esperanza, de dar lo mejor de todos-as, por construir una piel de toro, libre, y con un relativo bienestar. Mientras, nosotros, nos dejábamos caer en estas fechas por las tiendas de electrodomésticos: TV,s de color, Telefunken, Thompson, Metz, Grundig o Blaupunk eran lo más cercano a las adictivas coreanas de los gigantes, actuales, Samsung y LG. También, se buscaba equipo estéreo sin eso del streaming.

De repente nos apareció un tipo, que se pasó media vida, en líos, Robert Blake. Lo primero que se nos viene a la cabeza, al escuchar este nombres, es aquella obra maestra llamada “A sangre fría”, libro escrito por el gran Truman Capote y dirigida por el inefable Richard Brooks. Pero con Bob era todo una caja de mil combinaciones. Tenía el mundo en una cuerda, que resultaba ser un yoyo. Se escapó de un barrio italiano, sin salida, de Nueva Jersey para convertirse en una estrella infantil en la serie Farm Hands (1943), con apenas, 5 años. Acabo siendo alcohólico y adicto a las drogas, sin apenas cumplidos los 18. El regresó en 1967 fue atronador, en un film, portentoso y fascinante. Una obra de culto, cinematográfica y literaria de la historia norteamericana. Realizando una interpretación demoledora de un asesino condenado a pena de muerte, Perry, por el asesinato de la familia Clutter. Aquel temperamental y errático Blake volvió a caer en una depresión muy profunda. Después de surcar varios océanos llegó su momento y con 41 años, no dejó escapar uno de los personajes, más carismáticos de esa gran época de la TV de los 70. Estaba muy cercano a la conquista del show; que le dio más gloria y dinero en toda su carrera. En 1974, Tony Musante (David Toma) tomó la decisión de no regresar para una segunda temporada de su serie de policías, del canal ABC “Toma”, conocida como (Astucia peligrosa) y auténtico humus, de lo que sería Baretta. Eso, sí, con un estilo áspero, sucio y mucho más cinematográfico que los shows la época. Se fue desmotivando y no contento con los hipotéticos cambios para una segunda temporada, lo  dejó. Empero, el productor Jo Swerling, Jr., estaba muy interesado en seguir con el formato y contrató a Robert Blake para que asumiera el papel. La serie iba con todas las de la ley, a ser llevada, como la 2ª temporada de Toma, y  Robert Blake, como el detective David Toma. Pero en el ambiente, se respiraba, ese oxígeno lleno de dióxido de cárbono , que significaría la cancelación definitiva de Toma. Una vez, visto toda la primera temporada, algo no terminaba de encajar entre los directivos de ABC.

Blake tampoco estaba muy emocionado de asumir un papel preestablecido, por lo que finalmente decidieron cambiar el título a Baretta. El primer cambió fue el escenario de la serie y también varios otros detalles menores, pero efectivamente, todavía era una continuación de “Toma”. Debido a que Blake tenía una personalidad tan fuerte (y el programa no había sido un gran éxito de todos modos), la cadena decidió renovar totalmente el programa, cambiando las duras y oscuras calles de NY por la bulliciosa L.A. de California. Agregando una mascota, sui generis, la cacatúa Fred, y renombrar el personaje de “Baretta”. Así, nos encontramos a nuevo Robert Blake, enfundado como Tony Baretta, el policía italonorteamericano  de aspecto desaliñado, ciertamente, no a la altura higiénica del teniente Colombo. Pero muy diferente de los clásicos policías de traje. “No cometas el crimen si no puedes cumplir la sentencia”, rezaba la máxima que guiaba la filosofía de un peculiar detective, que destacaba más por su rudeza que por su atractivo, no tenía don de gentes, vestía de forma extravagante y compartía habitación de hotel con Fred, la exótica cacatúa blanca. Frecuentaba el mundo del crimen: pequeños y medianos gangsters o traficantes. Vestido con sus jeans, camiseta muy ajustada y un palillo de bocera a bocera. Tony Baretta se movía como un pez en el agua entre prostitutas, narcotraficantes, ladrones, estafadores y toda la fauna del mundo criminal, al margen de la ley. Casi todos convertidos, en estimables informantes y valiosos colaboradores. Es decir, los típicos soplones, de gran eficacia, en el caso de Tony Baretta, tenía argumentos para mantenerlos contentos. Desplazarse por la ciudad de Los Angeles, es complicado, si no te tiene un vehículo. El peculiar detective conducía de Chevrolet Impala (1966) de cuatro puertas Mist Blue, oxidado. Obviamente, en mejor estado, que el famoso Peugeot de nuestro querido teniente Colombo. No obstante, para muchos televidentes, y criminales, Tony Baretta, era uno de los mejores expertos en el arte del disfraz, junto con el Santo, los mejores en esa faceta. La gente que lo admiraba, destacaba, su originalidad, y la propuesta, dentro de la colección de detectives setenteros: esa manera de afrontar la realidad, siempre a contracorriente. Además, heredó una habilidad muy selecta, hoy en día, la cocina italiana, los platos que realizaba su abuela Made in Italy. Era un pálpito —de lo que una mujer— llamada Carmela Soprano; nos mostró en la mejor serie de la historia de la TV. 

El artífice de todo ello, fue el guionista, Stephen J. Canell. El padre de la biblia de Antony Vincenzo Baretta, quien escribió el nombre real del personaje. Conocido por el éxito que había adquirido con otra serie, para la cual, se presentó Blake, pero terminó en manos de James Garner; “Los casos de Rockford”. Su vitola de Supershowrunner era más que obvia, además de su ingeniosidad para escribir personajes auténticos: desde ‘El equipo A’ a ‘El gran héroe americano’, entre otras. Baretta duró 4 temporadas y se filmaron 82 capítulos. Ganó varios premios, entre ellos el Emmy y el Globo de Oro para el imprevisible, Robert Blake. Todo el mundo, quería un autógrafo del nuevo héroe de la ABCTV; Tony Baretta. El protagonista por antonomasia del disfraz, cual, más surrealista, quien solía sorprender a sus propios compañeros. En más de una ocasión, llegó a ser arrestado por no querer destapar su indumentaria, ya que le permitía generar amistades con muchos de los malhechores que pululaban por la calles de Los Ángeles. Alérgico a la burocracia y las reglas, todavía sigue una especie de código no escrito, hecho de respeto, honestidad, apego al trabajo y envuelto de un lado muy cercano, relativamente, compasivo. Solitario, nunca aceptó tener un compañero para compartir el riesgo. El Inspector Schiller (Dana Elcar) era su jefe, más tarde fue reemplazado por el teniente Brubaker (Edward Grover) del luctuoso distrito 53 de Los Ángeles. El show tenía una sutil dosis de humor, gracias a los apuntes de Rooster (Michael D. Roberts), el extravagante amigo e informante del protagonista, y de su mascota Fred. Sondra Blake, entonces esposa del actor, aparecía ocasionalmente en la serie. Todo esto, sumado, al brillante score musical de la serie, escrito por los extraordinarios Dave Grusin y Morgan Ames: Keep Your Eye On The Sparrow, completamente instrumental, la cual, se decidió añadirle letras para ser interpretada por otro de los grandes de la canción: Sammy Davis Jr. Baretta y Blake fue otro pico de tensión mental, entre el personaje y la persona, en sí. La redentora victoria, en la eufórica noche de los Emmy de 1975, puso a Robert Blake en la cima del mundo.

Hay que reconocer que por la serie se dejaron ver rostros de lo más interesantes; desde Joan Collins, a Elisha Cook Jr, Belinda Balaski, Burt Young, Dick Sargent Dennis Quaid, Jennifer Jason Leigh, Tom Skerritt, Pamela Bellwood o Scott Glenn, de entre una larguísima e interminable lista de actores y actrices maravillosos. Baretta, hizo que Blake se subiera al cohete de la popularidad y explotó al máximo la situación. Comenzó a exigir guiones más inteligentes y a luchar en el set y en la corte por el control principal de la producción. Hizo que trajeran a su esposa Sondra como estrella invitada frecuente y comenzó a ignorar por completo a los directores que no le gustaban, dirigiendo efectivamente el programa él mismo. “El gremio dice que tienes que tener un director, así que pones a un director en la silla”, declaró Blake con arrogancia en 1976. “Es como meter una escoba en la silla. De todos modos, el espectáculo se dirige solo”. Blake fue citado además en Esquire diciendo lo siguiente acerca de sus directivos y dueños del show: “Aquí en Universal, nadie escucha y a nadie le importa. En lo que respecta a la mayoría de la gente, es mejor que se conviertan en Perry Mason o Donald Duck, no hace nada”. ¿Cuál es la diferencia? ¡Ninguna! Una vez que vendes la hora, mientras esté al aire, al mercado publicitario, ya da igual. No importa. Estás en antena o no lo estés”. Baretta se iba descontrolando y ello. No era ajeno al resto del equipo de rodaje. Las intensas batallas en el set finalmente llevaron a la destitución del productor original Swerling. Su cólera se cebó con otros despidos del personal de producción. Blake tenía quejas legítimas, quería una producción de calidad, de la que pudiera estar orgulloso. Pero luego tuvo que admitir que el consumo excesivo de drogas que se metía en el cuerpo nublaba su juicio diario. Cuando se le pidió que se describiera a sí mismo en este momento de su vida, Blake usó palabras como “loco”, “hostil” y “lleno de ira”, y buscó terapia para controlar esos malignos sentimientos. En la tercera temporada, rodado el episodio 10 (1976-77) Robert Blake anunció que no regresaría por cuarta temporada de Baretta debido a una disputa contractual con Universal. El estudio, ante la posibilidad de perder una de sus principales producciones, dio su brazo a torcer y ofreció una suma de dinero más sustanciosa a Blake.

 

Además de tener el control de producción ejecutiva sobre diferentes aspectos del show. Blake tomó la decisión de volver, de inmediato. RB, finalmente, recibió aquello por lo que luchó durante tanto tiempo, sin embargo, los datos de audiencia bajaron tan pronto como comenzó la cuarta temporada 1977/78. Cuando ABC trasladó el programa  de los miércoles por la noche al jueves, los números fueron mucho peor. Baretta estaba con media espada clavada en el esternón. Un año después, de la victoria moral y reivindicativa de Blake, sobre Universal. ABCTV, anulaba la serie en Menos de un año después de su victoria sobre Universal, Baretta fue cancelada en junio de 1978. Se pueden encontrar los capítulos en DVD por alguna web muy comercial, conocida de todos y en la webesfera. Curiosamente, 1999, con 63 años, Robert Blake, despojado de la piel de Baretta, vivió el más difícil caso de una dilatada vida. Su esposa, por aquel entonces,  Bonnie Lee Bakley (con un largo historial de divorcios y estafas) a la salida de un restaurante de la ciudad de Los Angeles, donde cenaban plácidamente, cuando salían del establecimiento, dirección al parking, ella se quedó sentada el asiento derecho de acompañante, esperando a RB, que le dijo: “he de volver cariño, me he dejado algo en la mesa.” De repente, recibió un disparo en la cabeza, mientras esperaba sentada a su marido, Robert Blake. Éste, cuando fue interrogado por la policía comentó que había vuelto al restaurante, a recoger una arma que se había dejado en la mesa. Nadie de los comensales, ni del servicio de restauración; vio nada extraño. Los dueños del restaurante italiano de prestigio, nunca vieron nada dudoso. La policía llevó a cabo una investigación, donde el misterioso crimen, sin pistas fiables, terminó con Blake como principal sospechoso. El juicio, en 2002 levantó una expectación mediática, al estilo O.J. Simpson. Finalmente, en 2005, fue absuelto por falta de pruebas. Al parecer, se sigue investigando en los tribunales sobre este affaire, que inspiró un capítulo de la aclamada serie de TV de Dick Wolf “Ley y Orden”.  Las últimas pesquisas hablan que allegados al hijo de Marlon Brando, Christian Brando, habrían podido ser los responsables de la muerte de la señora Bakley. Surrealista, pero tan verídico como la propia vida de Michael James Vincenzo Gubitosi, para los fans y amigos, Robert Blake, que con 87 años sigue vivo y muy cuerdo. Quizá ahora el actor recuerde algunas frases de su famoso personaje: Todos debemos pagar nuestras deudas; o Los únicos tipos malos que conozco están en la cárcel, o en la tumba… Así fue la historia del mítico detective y su cacatúa blanca. Auténtica, como su propia vida. El detective a contracorriente. Nota: 7,1

 

 

The Queen’s Gambit (2020) “La jugadora de ajedrez”

Llevar a la pantalla una obra literaria tan compleja, como en el caso, de The Queen’s Gambit escrita por  Walter Tevis, y  publicada en 1983. Ha sido todo un reto. Hay que decir que uno de sus creadores, el guionista escocés Allan Scott compró los derechos del libro, —los cuales, inicialmente — fueron comprados por el periodista Jesse Kornbluth, quien en vista, que los estudios no se ponían de acuerdo para sacar el proyecto adelante. Lo revendió a un fondo de guiones de estudios. Y es cuando Allan Scott los compra en 1992. Puso todo su entusiasmo y llegó a convencer a directores de la talla de Michael Apted y Bernardo Bertolucci. Desgraciadamente, los directores que estaban involucrados para el embrión/ proyecto, de aquel entonces, abandonaron el mismo, pues, estaban embarcados en otros. En 2008, Scott, despertó el interés del australiano Heath Ledger, el cual, tenía muy claro que sería su debut como director y tendría como protagonista a Ellen Page. Todo aquel excitante plan, se fue al garete, cuando el icónico actor  repentinamente se suicidó. Bien, Walter Tevis, no es un desconocido para los amantes de la gran y pequeña pantalla. Empero lo más fascinante; es descubrir que estamos ante una obra —la literaria— que viene de la mano de un escritor denso, minucioso y detallista. Si en su novela The Hustler, sobre el mundo subterráneo de los tahúres del billar, almas perdidas, seres que se hunden, poco a poco, y de otros malvados, sin escrúpulos. Un pequeño microcosmos subterráneo, en donde todos ellos, creen saber encontrarse hoy. Pero nunca sabrán, donde amanecerá mañana. Seres sin futuro concreto, ya que no tienen nada. La palabra futuro es una quimera en su mentes. De ahí que los personajes de las obras de este personalismo escritor hayan dado tanto juego a la gran y pequeña pantalla. Recordemos The Man Who Fell to Earth de Nicholas Roen y The Color of Money por Martin Scorsese, a modo, de una segunda parte de la icónica: The Hustler firmada por el ínclito Robert Rossen. En definitiva, todos estos personajes, son adictos al azar, y de ahí, que Tevis en esta ocasión nos brindé un libro que es un homenaje a de la vida del propio Fischer (en palabras suyas). Eso, sí con un matiz, importantísimo, el héroe de la novela no existe, pues en su novela y en el guion, la heroína es la protagonista Beth Harmon. Hasta hay un torneo en Ciudad de México en el que la protagonista es derrotada por Borgov, como le ocurrió a Fischer con Spassky en la Copa Piatigorsky. Incluso la plasmación por la fascinación de los elegantes jugadores soviéticos, aprender a hablar ruso para leer a Shajmatni o trabajar sin equipo ni apoyo de las instituciones contra toda la Escuela Soviética, están sacados de la vida del propio Fischer.

Y ahora, es cuando, ya entra la maquinaria de Netflix, y  el coraje de los creadores Scott Frank (también como director) y Allan Scott, cuando adquirió los derechos del guion, estaba con un borrador adjunto de la mano del propio, Walter Tevis. El escritor falleció en 1984 y no pudo ver el final de su obra en la gran pantalla. Obviamente, de todos, es bien sabido que la gran mayoría de los escritores suelen mantenerse alejados de Hollywood y alrededores; ya que estos últimos compran los derechos de sus obras y acaban por no tener nada de la esencia original del libro escrito. Sin embargo, esta obra tiene algunos ingredientes que la hacen un clásico de la literatura contemporánea norteamericana del siglo XX. La historia sobre el ajedrez, un deporte, muy intelectual, desde una perspectiva que va desde el thriller a las obsesiones de eso que llamamos personajes prodigio. El delicado equilibrio que mantiene la historia de la huérfana Beth Harmon, interpretada de forma magistral por Anya Taylor-Joy (El secreto de Marrowbone y Peaky Blinders). Con apenas seis años, la pequeña Beth, ha llegado al orfanato de Methuen. Después de la muerte de su madre por suicidio. Ella es la hija, de una madre prodigio, que padecía una dura enfermedad mental. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones. Algo que será una constante de vital necesidad a lo largo de su crecimiento. El personal del hospicio brinda la atención más práctica, usando drogas, para apaciguar a los niños y adolescentes, algo que condicionará el comportamiento de Beth. Es aquí donde BH encuentra refugio y seguridad por primera vez. Cosas de la genialidad de esta criatura que termina limpiando los borradores de las pizarras. Curiosamente, en su clase de matemáticas, resuelve problemas más complejos, que los que pudiera realizar la propia profesora, cuando ésta la envía con los borradores y comienza un adictivo idilio con el sótano. Una vez allí, descubre, un tablero lleno de extrañas piezas —el fascinante ajedrez— al que dedicará todo su tiempo libre. Moviendo las piezas un personaje, el Sr. Schaibel, que hará que su vida tenga el sentido de todo lo que lleva en su interior.

En esos ratos vacíos de estancia —furtivamente— y sólo, bajo la consigna, de  observar en silencio: aprenderá a jugar. Gracias al peculiar conserje del orfanato el Sr. Shaibel (interpretado por un magnífico Bill Camp). La niña, Beth, mira hacia el techo desde su cama a altas horas de la noche. De repente, las sombras oscurecidas comienzan a brillar. Lo que alguna vez fue una negrura indescifrable se transforma en estructuras claras y presentes con tonos de luz fantasmales. Es un tablero de ajedrez y las 16 piezas se mueven rápidamente por el campo de batalla cuadrado a cuadrado. Cuando nuestro guardián del orfanato constata que; está ante una pequeña genio de este juego. Terminando por introducir a la pequeña Harmon, en un mundo este deporte. Un coto exclusivo de hombres. Aparecía ese submundo de una sociedad, muy cercana al de las mentiras de Don Draper de la magistral Mad Men. Sin embargo, Beth, entra en una dinámica de  adicción, donde su sintomatología comienza a escaparse de todo control y su abstinencia es incontrolable. Finalmente, las autoridades impiden que el hogar les siga dando esa medicación a las niñas. Jolene, el único personaje de raza negra, que deambula por el orfanato, será una de las pocas amistades, que se hallan en la misma situación que BH. Muy pronto conecta con Beth. Desde el primer día de reparto de píldoras y sus sutiles consejos de cómo administrarse las píldoras. Sería la adolescente que representa a los luchadores sureños que claman por la igualdad y son igual de responsables; en el gran estado utópico de progreso y bienestar que son los EE.UU. Pero todo ello, como muy solapado. Dejando el pequeño apunte, ella existe, en el libro y el guion, esencialmente, para ayudar a Beth. Pasados unos años nuestra protagonista BH es una adolescente, que se despide de Jolene. Pues, la directora del refugio le presenta a sus nuevos progenitores: los Wheatley, un matrimonio infeliz.

Mientras el esposo pasa semanas enfrascado en interminables “viajes de negocios” por el  oeste, Beth, va estrechando, unos vínculos muy empáticos hacia su nueva madre, Alma (Marielle Heller), una alcohólica funcional sui generis. Beth gana torneos de ajedrez locales, y cuando Alma descubre cuánto dinero puede ganar su nueva hija, actúa como agente representante de Beth, por una porcentaje. Sacándola de la escuela para que puedan viajar a torneos nacionales e internacionales. Mientras tanto, aquella sociedad norteamericana donde “solo trabajan mujeres negras”, que parece gozar de relativo esplendor una década y media, después del final de la 2GM sigue su devenir. Los USA van saliendo de los 50, para acercarse más a los 60, igual que Beth Harmon. Entre el entretenimiento y el propio entrenamiento: se va generando tensión y emoción. Dolor y venganza, la cual,  permite la puesta en escena de una obra de gran profundidad; que deparará por sumideros bizarros. En el fondo, toda  una experiencia emocional complicada de compartir. Alma Wheatley, tiene ese sentido de pálida simpatía de estrella de cabaret decadente. Una ama de casa frustrada de los sesenta a la que los tiempos han privado de su propio potencial. Evidentemente, es ella, la única conexión real de Beth con el mundo. Del que como madre quiere advertir de la perversidad que posee, el misma. A su manera, todas las piezas representan las virtudes y las flaquezas de Beth. En el tablero de ajedrez flanquean a la Reina de Beth, aunque depende de ella darse cuenta de su importancia. Muy difícil de limitar a un género, en lugar de a otro, ya que es compleja y notable.

El juego del enigmático del ajedrez se alimenta un apasionante encanto y una particular historia de formación y emancipación, que se basa en la importancia de nuestras raíces y la inmensa fuerza necesaria: si no tienes la suerte de nacer en el lado “adecuado” de la barrera, para captar tu propio destino. Desde el impulso kármico que parece atraparla desde la mente prodigiosa de su madre muerta, a esos periodos de alcohol y clorpromazina que hacen de ella una zombi autista. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones por una estricta necesidad vital. El aspecto más impactante es sin duda cómo se vuelve adicta a las píldoras; cuando era niña y la adicción se solidifica con los años. El autodescubrimiento gradual y el fortalecimiento interior siempre significan un enfrentamiento con los demonios interiores y traumas tardíos que retumban en la mujer que se ha convertido. Beth Harmon fue obligada a tomar supuestas vitaminas mágicas todos los días, que en muy corto tiempo le generaron dependencia. A hundirse en el dolor, a dominar un mundo predecible en el que hay que ser una mujer fuerte para estar sola y encontrar tu propio itinerario, en una sociedad donde las personas, especialmente las mujeres, están satisfechas con todo para poder decir que tienen algo. La serie deja  claro que ella es la mejor de las mejores y que no está dispuesta a permitir que las expectativas de su género, la historia de su origen o los hombres de su vida dicten lo que pueda hacer o lograr. Empero a diferencia de esos otros genios, para quienes el mundo se inclina, en adaptarse a sus necesidades. La historia deja bien claro que esta actitud tiene un costo. Sí, Beth no debería (y no debe) comprometerse simplemente porque aquellos que carecen de su talento o impulso se lo piden, pues, la historia asocia el ascenso de Beth con el de los campeones de ajedrez soviéticos, los hombres que hacen todo y dan todo a lo largo de su carrera.

Vidas para alcanzar la cima de su juego y luego pasar el resto de sus vidas tratando de mantenerse en la cima mientras los jóvenes advenedizos emergen para enfrentarlos. Una vez que son destronados, pierden todo y se retiran silenciosamente en la oscuridad. Simplemente un nombre que alguna vez fue grandioso pero que ya no es necesario: los campeones de ajedrez de la cinta transportadora. Esta yuxtaposición, que realmente solo se enfoca en la segunda mitad de la serie, insinúa la posibilidad de un final trágico para Beth (fuera de los límites de la serie, naturalmente), pero estamos claramente destinados a creer que ella puede recuperarse. Fuera de esta trayectoria, que hay suficientes personas que se preocupan por ella, y no simplemente por su talento, para salvarla de este destino, incluso si no siempre está dispuesta o no siempre puede aceptar su ayuda cuando se la ofrece. Henry Melling como Harry Beltik, un rival convertido en amigo, y Thomas Brodie-Sangster como Benny Watts, el principal rival estadounidense de Beth, están excelentes, y cada personaje consigue caminar por el filo de la navaja, al reconocer el genio de Beth y negarse a no salir castrado por ella. No es fácil crear uno de esos personajes en un cuento como este, pero tener tres (sin mencionar una gran cantidad de ajedrecistas adicionales que pueden dejar de lado sus egos y aceptar a Beth por lo que es), todos los cuales. ¿Son multifacéticos y esenciales para la trama? Esa es una hazaña impresionante de escritura e interpretación. Si bien Taylor-Joy es la estrella, ver a Camp, Melling y Brodie-Sangster, todos grandes actores por derecho propio, jugar con ella es uno de los mayores alicientes del espectáculo. Saber cuándo retirarse para permitir que su coprotagonista brille es una habilidad que el público a menudo pasa por alto, pero cada uno de estos hombres estaba dispuesto a hacerlo y eso hizo que la serie fuera aún más fuerte.

A través de una narrativa encantadora y convincente, imbuida de emancipación, feminismo y adicción a las drogas. De alcohol y las autolesiones que giran en torno a la prodigio del ajedrez Beth Harmon. Beth es tan desordenada, mezquina y brillante como John Nash (Russell Crowe en A Beautiful Mind 2001) o Will Hunting (Matt Damon en Good Will Hunting 1997). Nada en The Queen’s Gambit se siente al azar, la exquisita fotografía de Steven Meizler llenando cada cuadro con detalles de época. El diseño de producción del germano Uli Hanisch convirtiendo una paleta de colores de grises, marrones y rubores en algo exuberante y casi reconfortante. Evoca tanto la vulgaridad suburbana como el lujo creciente de la ascensión de Beth con igual facilidad, ya sea que el escenario sea un orfanato de Kentucky, un lúgubre apartamento en el sótano de la ciudad de Nueva York o el hotel más lujoso de la Moscú de 1967. Mientras tanto, el vestuario de Gabriele Binder es fundamental para trazar el florecimiento físico de Beth. El diseño de las localizaciones o la visualización de las partidas de ajedrez. El ajedrez es la columna vertebral de The Queen’s Gambit y no estoy seguro de que ningún director haya tenido que encontrar tantas formas de generar acción a partir de jugadores mirando figuras talladas en un tablero de 64 cuadrados. Trabajando en tándem sinfónico con el montaje final de Michelle Tesoro y sus composiciones multipantalla. La labor del compositor Carlos Rafael Rivera, cuyo enorme trabajo hace que sus notas sean de las mejores de este año. Así como la labor de maquillaje y peluquería de Daniel Parker son espléndidos. Todo ello, desde un planteamiento muy original; el genio de esta historia se llama mujer. Y ya hay una nueva estrella en el firmamento. Déjense llevar por el fascinante mundo del ajedrez y  lo agradecerán. Nota:7,8