The Queen’s Gambit (2020) “La jugadora de ajedrez”

Llevar a la pantalla una obra literaria tan compleja, como en el caso, de The Queen’s Gambit escrita por  Walter Tevis, y  publicada en 1983. Ha sido todo un reto. Hay que decir que uno de sus creadores, el guionista escocés Allan Scott compró los derechos del libro, —los cuales, inicialmente — fueron comprados por el periodista Jesse Kornbluth, quien en vista, que los estudios no se ponían de acuerdo para sacar el proyecto adelante. Lo revendió a un fondo de guiones de estudios. Y es cuando Allan Scott los compra en 1992. Puso todo su entusiasmo y llegó a convencer a directores de la talla de Michael Apted y Bernardo Bertolucci. Desgraciadamente, los directores que estaban involucrados para el embrión/ proyecto, de aquel entonces, abandonaron el mismo, pues, estaban embarcados en otros. En 2008, Scott, despertó el interés del australiano Heath Ledger, el cual, tenía muy claro que sería su debut como director y tendría como protagonista a Ellen Page. Todo aquel excitante plan, se fue al garete, cuando el icónico actor  repentinamente se suicidó. Bien, Walter Tevis, no es un desconocido para los amantes de la gran y pequeña pantalla. Empero lo más fascinante; es descubrir que estamos ante una obra —la literaria— que viene de la mano de un escritor denso, minucioso y detallista. Si en su novela The Hustler, sobre el mundo subterráneo de los tahúres del billar, almas perdidas, seres que se hunden, poco a poco, y de otros malvados, sin escrúpulos. Un pequeño microcosmos subterráneo, en donde todos ellos, creen saber encontrarse hoy. Pero nunca sabrán, donde amanecerá mañana. Seres sin futuro concreto, ya que no tienen nada. La palabra futuro es una quimera en su mentes. De ahí que los personajes de las obras de este personalismo escritor hayan dado tanto juego a la gran y pequeña pantalla. Recordemos The Man Who Fell to Earth de Nicholas Roen y The Color of Money por Martin Scorsese, a modo, de una segunda parte de la icónica: The Hustler firmada por el ínclito Robert Rossen. En definitiva, todos estos personajes, son adictos al azar, y de ahí, que Tevis en esta ocasión nos brindé un libro que es un homenaje a de la vida del propio Fischer (en palabras suyas). Eso, sí con un matiz, importantísimo, el héroe de la novela no existe, pues en su novela y en el guion, la heroína es la protagonista Beth Harmon. Hasta hay un torneo en Ciudad de México en el que la protagonista es derrotada por Borgov, como le ocurrió a Fischer con Spassky en la Copa Piatigorsky. Incluso la plasmación por la fascinación de los elegantes jugadores soviéticos, aprender a hablar ruso para leer a Shajmatni o trabajar sin equipo ni apoyo de las instituciones contra toda la Escuela Soviética, están sacados de la vida del propio Fischer.

Y ahora, es cuando, ya entra la maquinaria de Netflix, y  el coraje de los creadores Scott Frank (también como director) y Allan Scott, cuando adquirió los derechos del guion, estaba con un borrador adjunto de la mano del propio, Walter Tevis. El escritor falleció en 1984 y no pudo ver el final de su obra en la gran pantalla. Obviamente, de todos, es bien sabido que la gran mayoría de los escritores suelen mantenerse alejados de Hollywood y alrededores; ya que estos últimos compran los derechos de sus obras y acaban por no tener nada de la esencia original del libro escrito. Sin embargo, esta obra tiene algunos ingredientes que la hacen un clásico de la literatura contemporánea norteamericana del siglo XX. La historia sobre el ajedrez, un deporte, muy intelectual, desde una perspectiva que va desde el thriller a las obsesiones de eso que llamamos personajes prodigio. El delicado equilibrio que mantiene la historia de la huérfana Beth Harmon, interpretada de forma magistral por Anya Taylor-Joy (El secreto de Marrowbone y Peaky Blinders). Con apenas seis años, la pequeña Beth, ha llegado al orfanato de Methuen. Después de la muerte de su madre por suicidio. Ella es la hija, de una madre prodigio, que padecía una dura enfermedad mental. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones. Algo que será una constante de vital necesidad a lo largo de su crecimiento. El personal del hospicio brinda la atención más práctica, usando drogas, para apaciguar a los niños y adolescentes, algo que condicionará el comportamiento de Beth. Es aquí donde BH encuentra refugio y seguridad por primera vez. Cosas de la genialidad de esta criatura que termina limpiando los borradores de las pizarras. Curiosamente, en su clase de matemáticas, resuelve problemas más complejos, que los que pudiera realizar la propia profesora, cuando ésta la envía con los borradores y comienza un adictivo idilio con el sótano. Una vez allí, descubre, un tablero lleno de extrañas piezas —el fascinante ajedrez— al que dedicará todo su tiempo libre. Moviendo las piezas un personaje, el Sr. Schaibel, que hará que su vida tenga el sentido de todo lo que lleva en su interior.

En esos ratos vacíos de estancia —furtivamente— y sólo, bajo la consigna, de  observar en silencio: aprenderá a jugar. Gracias al peculiar conserje del orfanato el Sr. Shaibel (interpretado por un magnífico Bill Camp). La niña, Beth, mira hacia el techo desde su cama a altas horas de la noche. De repente, las sombras oscurecidas comienzan a brillar. Lo que alguna vez fue una negrura indescifrable se transforma en estructuras claras y presentes con tonos de luz fantasmales. Es un tablero de ajedrez y las 16 piezas se mueven rápidamente por el campo de batalla cuadrado a cuadrado. Cuando nuestro guardián del orfanato constata que; está ante una pequeña genio de este juego. Terminando por introducir a la pequeña Harmon, en un mundo este deporte. Un coto exclusivo de hombres. Aparecía ese submundo de una sociedad, muy cercana al de las mentiras de Don Draper de la magistral Mad Men. Sin embargo, Beth, entra en una dinámica de  adicción, donde su sintomatología comienza a escaparse de todo control y su abstinencia es incontrolable. Finalmente, las autoridades impiden que el hogar les siga dando esa medicación a las niñas. Jolene, el único personaje de raza negra, que deambula por el orfanato, será una de las pocas amistades, que se hallan en la misma situación que BH. Muy pronto conecta con Beth. Desde el primer día de reparto de píldoras y sus sutiles consejos de cómo administrarse las píldoras. Sería la adolescente que representa a los luchadores sureños que claman por la igualdad y son igual de responsables; en el gran estado utópico de progreso y bienestar que son los EE.UU. Pero todo ello, como muy solapado. Dejando el pequeño apunte, ella existe, en el libro y el guion, esencialmente, para ayudar a Beth. Pasados unos años nuestra protagonista BH es una adolescente, que se despide de Jolene. Pues, la directora del refugio le presenta a sus nuevos progenitores: los Wheatley, un matrimonio infeliz.

Mientras el esposo pasa semanas enfrascado en interminables “viajes de negocios” por el  oeste, Beth, va estrechando, unos vínculos muy empáticos hacia su nueva madre, Alma (Marielle Heller), una alcohólica funcional sui generis. Beth gana torneos de ajedrez locales, y cuando Alma descubre cuánto dinero puede ganar su nueva hija, actúa como agente representante de Beth, por una porcentaje. Sacándola de la escuela para que puedan viajar a torneos nacionales e internacionales. Mientras tanto, aquella sociedad norteamericana donde “solo trabajan mujeres negras”, que parece gozar de relativo esplendor una década y media, después del final de la 2GM sigue su devenir. Los USA van saliendo de los 50, para acercarse más a los 60, igual que Beth Harmon. Entre el entretenimiento y el propio entrenamiento: se va generando tensión y emoción. Dolor y venganza, la cual,  permite la puesta en escena de una obra de gran profundidad; que deparará por sumideros bizarros. En el fondo, toda  una experiencia emocional complicada de compartir. Alma Wheatley, tiene ese sentido de pálida simpatía de estrella de cabaret decadente. Una ama de casa frustrada de los sesenta a la que los tiempos han privado de su propio potencial. Evidentemente, es ella, la única conexión real de Beth con el mundo. Del que como madre quiere advertir de la perversidad que posee, el misma. A su manera, todas las piezas representan las virtudes y las flaquezas de Beth. En el tablero de ajedrez flanquean a la Reina de Beth, aunque depende de ella darse cuenta de su importancia. Muy difícil de limitar a un género, en lugar de a otro, ya que es compleja y notable.

El juego del enigmático del ajedrez se alimenta un apasionante encanto y una particular historia de formación y emancipación, que se basa en la importancia de nuestras raíces y la inmensa fuerza necesaria: si no tienes la suerte de nacer en el lado “adecuado” de la barrera, para captar tu propio destino. Desde el impulso kármico que parece atraparla desde la mente prodigiosa de su madre muerta, a esos periodos de alcohol y clorpromazina que hacen de ella una zombi autista. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones por una estricta necesidad vital. El aspecto más impactante es sin duda cómo se vuelve adicta a las píldoras; cuando era niña y la adicción se solidifica con los años. El autodescubrimiento gradual y el fortalecimiento interior siempre significan un enfrentamiento con los demonios interiores y traumas tardíos que retumban en la mujer que se ha convertido. Beth Harmon fue obligada a tomar supuestas vitaminas mágicas todos los días, que en muy corto tiempo le generaron dependencia. A hundirse en el dolor, a dominar un mundo predecible en el que hay que ser una mujer fuerte para estar sola y encontrar tu propio itinerario, en una sociedad donde las personas, especialmente las mujeres, están satisfechas con todo para poder decir que tienen algo. La serie deja  claro que ella es la mejor de las mejores y que no está dispuesta a permitir que las expectativas de su género, la historia de su origen o los hombres de su vida dicten lo que pueda hacer o lograr. Empero a diferencia de esos otros genios, para quienes el mundo se inclina, en adaptarse a sus necesidades. La historia deja bien claro que esta actitud tiene un costo. Sí, Beth no debería (y no debe) comprometerse simplemente porque aquellos que carecen de su talento o impulso se lo piden, pues, la historia asocia el ascenso de Beth con el de los campeones de ajedrez soviéticos, los hombres que hacen todo y dan todo a lo largo de su carrera.

Vidas para alcanzar la cima de su juego y luego pasar el resto de sus vidas tratando de mantenerse en la cima mientras los jóvenes advenedizos emergen para enfrentarlos. Una vez que son destronados, pierden todo y se retiran silenciosamente en la oscuridad. Simplemente un nombre que alguna vez fue grandioso pero que ya no es necesario: los campeones de ajedrez de la cinta transportadora. Esta yuxtaposición, que realmente solo se enfoca en la segunda mitad de la serie, insinúa la posibilidad de un final trágico para Beth (fuera de los límites de la serie, naturalmente), pero estamos claramente destinados a creer que ella puede recuperarse. Fuera de esta trayectoria, que hay suficientes personas que se preocupan por ella, y no simplemente por su talento, para salvarla de este destino, incluso si no siempre está dispuesta o no siempre puede aceptar su ayuda cuando se la ofrece. Henry Melling como Harry Beltik, un rival convertido en amigo, y Thomas Brodie-Sangster como Benny Watts, el principal rival estadounidense de Beth, están excelentes, y cada personaje consigue caminar por el filo de la navaja, al reconocer el genio de Beth y negarse a no salir castrado por ella. No es fácil crear uno de esos personajes en un cuento como este, pero tener tres (sin mencionar una gran cantidad de ajedrecistas adicionales que pueden dejar de lado sus egos y aceptar a Beth por lo que es), todos los cuales. ¿Son multifacéticos y esenciales para la trama? Esa es una hazaña impresionante de escritura e interpretación. Si bien Taylor-Joy es la estrella, ver a Camp, Melling y Brodie-Sangster, todos grandes actores por derecho propio, jugar con ella es uno de los mayores alicientes del espectáculo. Saber cuándo retirarse para permitir que su coprotagonista brille es una habilidad que el público a menudo pasa por alto, pero cada uno de estos hombres estaba dispuesto a hacerlo y eso hizo que la serie fuera aún más fuerte.

A través de una narrativa encantadora y convincente, imbuida de emancipación, feminismo y adicción a las drogas. De alcohol y las autolesiones que giran en torno a la prodigio del ajedrez Beth Harmon. Beth es tan desordenada, mezquina y brillante como John Nash (Russell Crowe en A Beautiful Mind 2001) o Will Hunting (Matt Damon en Good Will Hunting 1997). Nada en The Queen’s Gambit se siente al azar, la exquisita fotografía de Steven Meizler llenando cada cuadro con detalles de época. El diseño de producción del germano Uli Hanisch convirtiendo una paleta de colores de grises, marrones y rubores en algo exuberante y casi reconfortante. Evoca tanto la vulgaridad suburbana como el lujo creciente de la ascensión de Beth con igual facilidad, ya sea que el escenario sea un orfanato de Kentucky, un lúgubre apartamento en el sótano de la ciudad de Nueva York o el hotel más lujoso de la Moscú de 1967. Mientras tanto, el vestuario de Gabriele Binder es fundamental para trazar el florecimiento físico de Beth. El diseño de las localizaciones o la visualización de las partidas de ajedrez. El ajedrez es la columna vertebral de The Queen’s Gambit y no estoy seguro de que ningún director haya tenido que encontrar tantas formas de generar acción a partir de jugadores mirando figuras talladas en un tablero de 64 cuadrados. Trabajando en tándem sinfónico con el montaje final de Michelle Tesoro y sus composiciones multipantalla. La labor del compositor Carlos Rafael Rivera, cuyo enorme trabajo hace que sus notas sean de las mejores de este año. Así como la labor de maquillaje y peluquería de Daniel Parker son espléndidos. Todo ello, desde un planteamiento muy original; el genio de esta historia se llama mujer. Y ya hay una nueva estrella en el firmamento. Déjense llevar por el fascinante mundo del ajedrez y  lo agradecerán. Nota:7,8 

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