Time (2021) “Stephen Graham y Michel Foulcault en el trullo”

Parece que todo sigue igual en el viejo imperio de las islas del Brexit. Boris, necesitó comerse el Covid19, para sentir en sus carnes, la nocividad de la pandemia. Afortunadamente, la ficción audiovisual de las benditas islas y su BBC; lo sigue bordando. Bastaría, con preguntarle al guionista Jimmy McGovern, el cual, estaría completamente de acuerdo con el maestro  Foucault. Desde sus tiempos de bisoño profesor de talleres de guion en las cárceles británicas —a las actuales— de este siglo de la digitalización del mal. Puede ser que algunos presos tengan deseos sanos. Muchos, de ellos, no. Empero, McGovern —ya perro viejo— se reivindica en este drama con el mismo mensaje que el pensador de Poitiers: la cárcel fabrica delincuentes pero más profundamente la cárcel produce subterfugios que son “prácticas heterogéneas y plurales que se desarrollan al margen de la ley o en franca oposición a ella”. Precisamente, la policía fue instaurada para controlar los pequeños y grandes malvados, ya que los burgueses temían las nuevas formas de resistencia que desarrollaba la plebe proletarizada, pero aún más los vacíos de poder. La policía y la prisión permitieron a las desigualdades sociales reproducirse y legitimarse mediante trampas y artificios diversos.”(…) Curiosamente aquí, el zorro que tiene que vigilar a las gallinas; es posiblemente el mejor actor de su generación de todo el Reino Unido, Stephen Graham, en el papel de Eric McNally. Un conspicuo buen padre de familia y cabal funcionario de prisiones. Sin embargo, un preso pronto descubre su debilidad y comienza a chantajearle. El hijo de Eric estaba cumpliendo sus días de condena en otra prisión, pero la mafia del trullo. El suyo, esta interconectada, en la nueva aldea social del S.XXI.

Ahí, Foulcault, le hubiera dado para otro interesantísimo ensayo sobre el crimen y el castigo. Eso, puede con matices, como ya veremos más adelante. Éstos vuelven a encontrar un vano por donde volver a hacerle daño, con todas sus consecuencias. A través del acoso a su hijo, los prisioneros obligan a Eric a introducir drogas, en las instalaciones, de su prisión. O de lo contrario podría perder a su hijo. Un padre indefenso cumpliendo con las demandas y dando un paso adelante, al otro lado de la ley. Después, como diría “Stringer” Idris Elba en The Wire (2002), tendríamos los daños colaterales del crack (aquí es el alcohol, primera droga que hace estragos en las islas del mar del norte). El otro protagonista de esta sórdida historia: Mark Cobden, un enorme Sean Bean —el actorazo de Sheffield— ha sido sentenciado. En un juicio, al que no opuso, ninguna resistencia, 4 años de condena, porque se declaró culpable del atropello de un ciclista. No obstante, debido a su buen comportamiento en prisión y su interacción con un grupo de apoyo de la monja capellán verá como su pena se reduce en 2 años. Empero, La prisión saca lo peor de nosotros. Nos impulsa a luchar por nuestra supervivencia. La ley del trullo. Ahí, el escritor Jimmy McGovern mantuvo su amplia narrativa. No aisló la historia sólo a los conflictos de Mark, sino que también trazó a la perfección las dificultades del jefe de la prisión. Siguiendo un patrón similar de exploración. El director, Lewis Arnold (Humans, Broadchurch, Dark Money) introduce la cámara, en  los detalles minuciosos, de un oficial honrado y comprometido con la ley (Eric). Pero un indefenso padre de familia.

Las actuaciones individuales de los protagonistas son apasionantes, en ambos casos, ya que Mark Cobden  (Sean Bean) intenta sobrevivir y expiar en este infierno, mientras que Eric de Stephen Graham intenta mantener todo junto, mientras pone el bienestar de su hijo por encima de sus principios profesionales. Con mano serena el director condensa la interpretación de Sean Bean en el papel de un Mark Cobden vulnerable y débil está por encima de los elogios. Su actuación es desgarradora. Con menos palabras y expresiones impactantes, se queda contigo hasta el final. Enamora, te lleva y eriza la piel. Stephen Graham como el oficial de prisiones, Eric McNally, no deja que Sean le quite toda la atención. Ha ocultado brillantemente sus vulnerabilidades bajo la piel de un oficial fuerte. En un momento, su esposa comenta que nunca abraza a su hijo y se puede percibir la respuesta en su rostro. Ejemplo de un buen hombre, abatido por malas decisiones, fuera de su control. Todo ese historial incuestionable como funcionario de prisiones, 22 años y ni una falta. Eric McNally (Stephen Graham) está contra la pared: su hijo, David, está cumpliendo una corta condena en otra prisión y el acoso que sufre el chaval es insoportable. A menos que pacte y trague con la propuesta de trabajar para Jackson Jones (el capo de toda la cárcel) en otra excelente y creíble interpretación llena de un realismo  aterrador de la mano de Brian McCardie. Es desgarrador ver a personas que son buenas de corazón siendo golpeadas hasta convertirlas en pulpa de fruta o manipuladas en contra de su mejor juicio, y no pueden hacer nada al respecto, ya que los verdaderos matones son los que tienen el poder real. Sin embargo, a pesar de ser un drama de televisión potente, eficaz y estimulante, y fácilmente manejable como son los tres únicos episodios de una hora, en realidad solo hay medio mensaje aquí; La vida de los presos es sin duda ingobernable para la mayoría de las personas.

Entonces ¿cuál es la alternativa? Nadie está sugiriendo que los delitos deban quedar impunes, pero ¿la prisión debería ser sólo para los criminales despiadados? Y si es así, la confraternización de los criminales empedernidos es más leal, que la de un equipo de fútbol de grandes estrellas. El sistema se encarga de prepararlos para una vida continuada dentro del crimen después de su liberación. Un padre que puede violar la ley por su hijo sabe que si lo abraza, se derrumbará y se hará añicos. Algo que un oficial bragado, en mil trifulcas, no puede permitirse hacer. Así son los padres, duros pero increíblemente débiles. Una madre podría darse el lujo de llorar. Pero a un padre el mundo le ha impuesto demasiadas nociones predefinidas. ¿Por qué? Algo que uno puede explorar por sí mismo. Mark y Eric se retrataron mutuamente como polos opuestos. A pesar de todo ello, al final, ambos eran humanos y, lo más importante, tenían defectos, como todos. La escritura es poderosa, invita a la reflexión cuando tienes un momento para tomarte un respiro, aunque la mayor parte del tiempo se siente como dos historias separadas entrelazadas, la de Mark y la de Eric. Stephen Graham describió su nueva serie contundente, el drama de la prisión de BBC One Time (2021), como: “difícil de ver”. Continuó teorizando que la razón por la que el tripartito es tan difícil de ver es porque hace que la audiencia piense: sobre el sistema penal británico; sobre el sistema de justicia; y sobre cuántos reclusos deberían estar en las unidades de salud mental, no en las cárceles. Sería negligente pasar por alto las actuaciones silenciosamente desgarradoras del elenco de reparto, desde Hannah Walters, casada con Graham en la vida real, como la esposa de Eric, Sonia, o Paddy Rowan (como David McNally, el hijo de Eric y Sonia) hasta Jack McMullen como el joven Daniel, nuevo compañero de Mark. David Cobden (el padre de Mark), Nadine Marshall (Alicia Cobden), Michael Socha, Aneurin Barnard, (Bernard) y un impresionante James Nelson-Joyce, el acosador nauseabundo de Mark (Johnoo).

Las imágenes sombrías de la serie son intencionales: la prisión en desuso donde se filmó Time fue especialmente pintada de gris, para hacer que la ubicación se sienta más “miserable”. El joven compañero de celda Daniel, cuya larga sentencia se extiende desesperadamente frente a él, a la confiablemente brillante Siobhan Finneran (la hermana y capellana Marie-Lousie) de la prisión. Una María Magdalena que sirve descarga expiatoria, de los pocos, que acceden a su generosidad. La sorprendente dirección de Lewis Arnold (quien anteriormente trabajó en programas como Des y la tercera temporada de Broadchurch), asegura que estos episodios de tres horas de duración sean difíciles pero esenciales para la visualización. Es a la vez profundamente condenatorio y conmovedoramente esperanzador, a la vez una severa acusación de un sistema en el que, en su mayor parte, como dice uno de los compañeros de celda de Mark, “sales mal y sales peor” y un testimonio de nuestra capacidad de cambio. Hay suficientes puntos de luz para evitar que te sientas solo en la oscuridad, en particular la capellán de la prisión de Siobhan Finneran, Mary-Louise, pero también el vínculo amoroso tenso pero sólido entre McNally y su esposa, Sonia (Hannah Walters). El sobresfuerzo para mantener su ala en orden incluso cuando se ve arrastrado hacia la corrupción debajo. El silencioso terror de Mark durante sus primeros días en prisión es doloroso de ver, al igual que las formas en que otros reclusos endurecidos se aprovechan de su naturaleza amable. Mark y sus compañeros de prisión se mueven por un mundo desprovisto de color: esta institución parece existir casi en su totalidad en escala de grises, salpicada solo por toques de azul claro (el tono descolorido de las camisas a rayas que se usan para las visitas familiares) y burdeos (el color de sus matorrales de trabajo, algo sospecho de conseguir una tono asfixiante muy en boga con el Cuento de la criada).

Se da el caso, de un recluso que recibe una fotocopia en blanco y negro del dibujo original coloreado con lápices de colores o ceras —de su pequeña hija— y se pregunta por el original. Charlando con el jefe McNally le dice:— que el dibujo original es destruido por una trituradora de papel. Debido a que, no sería la primera vez que un dibujo coloreado presenta, sustancias sospechosas de ser psicotrópicos o cualquier tipo de narcótico. El recluso, casi enloquece, en un momento desolador, maldice al cielo, que sólo está en el trullo por haber robado en una casa de apuestas 50 libras. Envuelto en lágrimas, clama por el dibujo, y afirma que en toda su vida ha probado un porro. Llorando y dando golpes a la pared. Eric McNally, le dice que se tranquilice y se vaya a su chavolo. En ese instante, hay una sensación de inevitabilidad sombría, casi trágica, en muchas de las historias que se desarrollan a lo largo de tres episodios de 60´de duración, que pasan volando, sin necesidad de grandes efectos especiales, ni superescenas de gran acción. El gran recurso del director de saber manejar la cámara dentro de ese dantesco y horrible lugar. Finalmente, sabemos que Mark Cobden (Sean Bean) es un profesor alcohólico que siempre pone el alcohol en primer lugar. Durante más de 40 años, no ha habido un solo día que no haya dejado de beber. Sin embargo, el 14 de octubre de 2017, chocó con su automóvil contra un ciclista bajo los efectos del alcohol mientras regresaba del bar. El hombre de la bicicleta muerto en el acto. Mark,  en estado de pánico, se aleja. Pero luego, se entrega y se declara culpable de sus crímenes. Entonces, Foulcault, se nos esfuma. Esta sociedad ha enloquecido y occidente, sigue siendo ese lugar, con uno de los mayores desarrollos económicos del mundo y sistemas de bienestar; que intentan alcanzar los expulsados del paraíso. Foulcault, se equivocó, a pesar, de sus buenas intenciones y su capacidad de pensamiento. Ese sistema tan increíblemente valorado y lleno de ira hacía una aristocracia que ha terminado aceptando la ley de la tetera. ¡Ojo con salirte del redil del chavolo! A la mínima evasiva de tono o vacile de turno; se involucra el napalm del talego. Una tetera de agua hervida en la cara, mientras le echas por encima del rostro, un paquete de azúcar. El resultado es demoledor. Nota: 8,7

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