The Gloaming (2020) “niebla y crimen en Tasmania”

Un viejo amigo guionista que estrena película, me dijo: ¿Jon en que se parecen Australia y un granero?—Ni idea, tío. Pues, que ambos son grandes dispensadores de grano limpio. —Eres, un crack. Sí, la verdad, que la industria audiovisual de este alucinante país, es uno de los mayores surtidores de actores, actrices, guionistas, cineastas u operadores de cámara. Australia, no es un país, cualquiera, como el interesantísimo Canadá y su fascinante industria audiovisual. No, Australia es un continente, que bien podría vivir de su propio negocio audiovisual, sin necesidad de coproducciones con la vieja corona británica o cesiones de terrenos para megaestudios de superproductoras Made in Usa. En Australia, todo lo hacen muy bien, y en parte, son unos de los mayores suministradores de series, TVmovies, telefilms o film mayores (casi siempre readaptados al candor hollywoodense). Últimamente, el fenómeno y éxito de grandes realizadores en el país de los canguros va en auge. Ya ha llovido desde el piano de la maravillosa Jane Campion y la lista de nuevas directoras en su audiovisual es abrumador. Pues, hay cantidad y talento, a raudales. A partir de estas premisas, nos llega vía canal Starz USA una de las series más interesantes de este huérfano y desvalido, inicio de 2021, ya vestido de primavera pandémica. Y ahí, en ese intrínseco erial que es 2021 es cuando aparece una película o una serie de televisión con una estética tan deslumbrante que hace que los adjetivos como “insinuante” o “pictórico” parezcan manifiestamente inadecuados. Casualmente, es el caso del drama de misterio de ocho capítulos, The Gloaming, de la creadora y escritora Vicki Madden, el empuje visual de la producción parece manifestarse como una especie de residuo viscoso, que se adhiere a tu psique de la misma manera que se aglutina una mancha de sudor de tus axilas, a pesar de llevar desodorante de última generación, antimáculas que patrocina la marca de desodorantes de la Premier League. Gloaming es una palabra que no se usa con frecuencia, pero su significado es tan evocador y específico que realmente no podría haber sido nombrado de otra manera. La palabra inglesa Gloaming es un término que deriva de un apareamiento con el gaélico. Técnicamente, The Gloaming, se utiliza en este show para referirse metafóricamente a los fantasmas del pasado que perduran entre la vida y la muerte, aunque también podría describir cuántos personajes de la serie, en el devenir diario de sus vidas. No crean, que algunos puristas definirían al intervalo, entre lo crepuscular del día, y ese ese momento después de la puesta del sol, antes del velo oscuro de la noche. Pero podría aplicarse a cualquier momento y espacio que sea el “intermedio” de la hora del día, entre la caída del sol y la irrupción de la oscuridad, un espacio liminal que utiliza la serie. No quiero decirles lo que daría para una gran tertulia de esas tan absurdamente televisivas, Made in Spain, pues, gozamos de infinidad de adjetivos.

Aunque la creadora de la serie, fue taxativa Miss Madden, dejó muy claro que deseaba utilizar esa palabra: “Mi madre era galesa y solía hablar mucho del crepúsculo. Apostilla que se trata de un espacio cómodo, para tratar el mundo sobrenatural de fantasmas. Ellos, son los que se sientan en ese interludio meteorológico”. Dejemos muy claras, las cartas sobre la mesa, esta historia no es The Sixth Sense. Empero, sí presenta a personas que están dentro de un contexto fantasmagórico, que están atrapadas, de algún modo. Vicki Madden añadió: “mi intención a la hora de realizar esta serie era hacer una exploración al dolor como un tema porque estaba perdiendo a mi madre en ese momento. Estás atascado, no puedes avanzar, no puedes retroceder”. The Gloaming, tiene un aura de Neonoir realizado en Tasmania impulsado por los personajes, la vehemencia del ambiente medio físico, y  la propia climatología del sitio. Es una experiencia que casi se asemeja a lo que inunda a sus personajes principales, algo de lo que no puedes deshacerte. Muy destacable es la aportación Marden Dean: el director de fotografía —que maneja la luz de los entornos magistralmente— cultivado en esa gran escuela que la ACS de Australia. Buena nota dio en sus trabajos en Breath (2017), Boys in the Trees (2016) y The Infinite Man (2014). The Gloaming es la última de una tendencia emergente de producciones basadas en Tasmania que ven al estado insular como un lugar de terrible belleza, ubicado en algún lugar al sur del continente y al oeste del infierno, siguiendo el film de época, entre la venganza y el racismo en pleno S.XIX de la Australia colonial, dirigida por Jennifer Kent The Nightingale (2018). El drama gótico con dosis de comedia macabra, Lambs of God (2019) de Jeffrey Walker y otra serie dirigida por V. Madden: el terrible y deslumbrante thriller de desapariciones The Kettering Incident (2016). Al igual que en la interesantísima The Kettering Incident, The Gloaming, está empapado de esa luz de la luna helada y acomodado en la niebla y la bruma. Tiene una atmósfera escandinava y una trama extraída de un libro o manual de confección del policíaco enrevesado de género más definido: el thriller detectivesco por eliminación de testigos. Una narrativa retorcida que involucra muertes y desapariciones, en un lugar, donde todo el mundo se conoce y donde todo el mundo guardo secretos inenarrables. La pareja de policías que llevarán a cabo la investigación. Dos detectives con unas singularidades muy sui generis. A medida que va a avanzando la investigación, de la mujer asesinada, se irán descubriendo pistas que deriven el affaire, en algo mucho más personal.

Hablamos de un asunto procesado por ellos mismos hace 20 años. Un tiempo en el que la comunicación entre ambos ha sido inexistente. Ya que hubo un crimen, de que iremos sabiendo cosas. La historia retira lentamente las capas para revelar que hay mucho más en la investigación en su centro de lo esperado. Sólo les estoy abriendo boca con el episodio primero y porque he decir, que esta es la segunda serie que me ha parecido algo novedosa, siendo el típico producto que  habremos descubierto, un montón de veces, entre la infinidad de thriller escandinavos. En el primer capítulo observamos una visión de los eventos relacionados con ese crimen en una secuencia introductoria surrealista que muestra a los jóvenes adolescentes Jenny McGinty (Milly Alcock) y Alex O’Connell (Finn Ireland) aventurándose hacia una casa grande y espeluznante, pasando por un bosque de árboles altos y huesudos y un colección de lápidas mugrientas. El ocupante de la propiedad no está muy emocionado de verlos y dispara una escopeta a Jenny a quemarropa. la tarjeta de identificación escolar de una niña, Jenny McGinty, que fue asesinada 20 años antes; es un caso frío y perenne que sigue atormentando a muchas personas en la ciudad de Hobart, incluida Molly McGee (Emma Booth), la detective que lidera la investigación del nuevo caso. Pero se fue después de presenciar el asesinato de Jenny, cuya ayuda es solicitada por el jefe de Molly, el inspector Lewis Grimshaw (el extraordinario actor aborigen Aaron Pedersen, Mistery Road 2018, Jack Irish 2016 o The Code 2014). Lewis razona que Alex podría ser útil dada su conexión con Jenny, pero su regreso saca a relucir 20 años de bagaje tácito para Molly, quien estaba saliendo con él, cuando Jenny fue asesinada. Luego una vez convencida Molly de la idoneidad de volver a trabajar con Alex O’Connell (Ewen Leslie), el antiguo amigo que estaba asentado en Melbourne, pero que creció en Tasmania. La pareja de detectives está en marcha. Si eso no fuera suficiente, argumento, a lo largo de la investigación Molly también está intentando reparar su relación con su hija de 14 años, Lily (Josephine Blazier), mientras lleva a cabo su propia indagación clandestina sobre un promotor inmobiliario local, Gareth McAvaney (Martin Henderson, The Ring 2002, Litle Fish, 2005, Flyboys 2006 Red Road 2014, Everest 2015 y un largo etc.), de quien sospecha de un asesinato diferente.

Otra arista es la posición de Alex, ya no es un niño ni un adolescente. Éste, ha crecido y se convierte en un detective de policía, con oficio, además de ofrecer otra actuación realmente digna de elogio. Como ya demostró en otras series dramáticas, como las recientes (Luminaries 2020, The Cry 2018, y Top the Lake 2017). 20 años, no son nada y de repente, de nuevo juntos, indagando en un affaire muy oscuro. En el caso de Molly, interpretada, por Emma Booth (Tracks 2013, Swerve 2011,Underbelly 2008) donde tiene una presencia muy dominante. Bueno, quien quiera verla en estado puro, lo mejor disfrutarla, en el espeluznante thriller de terror de  Hounds of Love (2017). Obviamente, desde el primer episodio que Molly y Alex tienen una historia, apenas se discute sobre ello, y la razón de la obsesión de Molly con Gareth no es una explicación inmediata, hasta varios episodios de la serie. En cambio, Molly y Alex, y por lo tanto la serie, dedican su tiempo a descubrir los vínculos intrincados, a menudo impactantes, entre el reciente asesinato, el caso sin resolver de Jenny McGinty y varios residentes de la ciudad. El avance de la serie deja en claro que la historia también involucra prácticas ocultas, y hay un fuerte elemento sobrenatural, aunque esto se agita poco a poco, asumiendo lentamente más parte de la trama a medida que continúan los ocho episodios del programa. Como resultado, lo que al principio se siente como un drama criminal fundamentado en los cañones clásicos: se convierte gradualmente en algo más rico y extraño —de una manera— que todavía se siente plausible. Los primeros tres episodios forman la extensión de esta revisión, ya que no es exactamente el quid, sino exactamente el porqué. Molly es requerida para inspeccionar un cadáver en la escena del crimen al principio del primer episodio, en un momento espeluznante y surrealista, como una producción de David Lynch, que involucra un cuerpo que se encuentra cerca del agua, en este caso, un bulto muy sospechoso y de rebuscado aspecto cinematográfico en el fondo. Este cuerpo no ha sido envuelto en plástico sino cubierto en alambre de púas, de un modo, realmente retorcido. Dicho esto, la investigación del asesinato y a dónde conduce no resisten completamente el escrutinio. Si bien inicialmente Molly y Alex siguen las pistas como lo haría cualquier buen detective, a medida que su investigación descubre más información, su enfoque cambia cada vez más a los crímenes del pasado, algo que es especialmente cierto en Alex.

Si bien esto, ciertamente, se suma al drama y la profundidad del programa, también distrae del alma mater inicial de la trama, y la conspiración más amplia en la que finalmente se centra la historia deja varios agujeros en el engarce de ésta a su paso. La importancia del alambre de púas es uno de varios puntos de discusión. Muchas cosas no están claras, aunque es obvio que, si perdona el lenguaje y determinada gramática de lo más cercano a los personajes de un grupo de investigación de psicofonías. Sería, alguna, de las notas chirriantes. Es evidente, que hay algo extraño en el vecindario, con posibles vínculos con tipos de prácticas ocultas. Grace Cochran (la gran actriz veterana, Rena Owen, Once Were Warriors, 1994 Rapa Nui 1994, Siren 2018), líder de la comunidad de la iglesia local, parece la más que sospechosa. Y el joven Freddie (Matt Testro) mentalmente trastornado es uno de los personajes más oscuros: parece que siempre está a un paso de llevar la historia a lugares muy retorcidos. Las conexiones de “esta vez es personal” que hacen que el caso sea de mayor interés para Molly y Alex, así como algunos diálogos forzados, ocasionalmente le dan a The Gloaming esa pizca de artificio dramático. Demasiado familiar y contraético a su aire de sorpresa emocionante e intriga. Dado el marco de género del programa, no lo llamaría sorprendentemente original, pero seguro que es sorprendente: particularmente como una obra de atmosfera y clima. Madden está haciendo algo similar con la niebla, aquí como en El incidente de Kettering. Sus cualidades amenazantes y misteriosas espesan el marco, cubriéndolo con una especie de vapor enigmático y semitranslúcido. Dickens describió en A Tale of Two Cities una “niebla humeante en todos los huecos” como una fuerza que “vagaba en su desolación colina arriba, como un espíritu maligno, buscando descanso y no encontrando ninguno”. Lo llamó una “niebla húmeda e intensamente fría” que “se abría paso lentamente a través del aire en ondas que se seguían y se extendían visiblemente unas a otras, como lo harían las olas de un mar malsano”. Luego, estamos ante una configuración rica, que le quedo un buen trecho, para llegar al final, pero que atisba un tapiz de conexiones interpersonales entre los personajes; que se distribuye de una manera, inquietante y muy bien filmada, la cual, no se  distrae del misterio más grande: la maldad. Esa intriga sobrenatural de The Gloaming la convierte en una opción única y especialmente gratificante. Seguiremos aguardando capítulos. El visionado en España será entre abril y mayo por Starz Channel o Movistar. Nota: 7,4

Crime Story 86 “Michael Mann es un crack”

Durante estos últimos días hay una canción, que no se me va de la cabeza. Ya no sé si es parte del proceso, de lluvia desértica, denominada sangre roja, lo que me ha llevado a que el tema de Runaway de Del Shannon se ha estado en mi cabeza enquistadamente. Pues, va a ser otro motivo, muy más divertido e ilustrativo. Ya que la serie Crime Story, fue un policiaco de corta duración que se desarrolló de 1986 a 1988 y duró solo dos temporadas. Tuve la suerte de verla por aquella TVE en su canal 2. Crime Story se convirtió en un clásico de culto de los años 80 y 90. Actualmente, ya ha entrado en ese salón de la beatificación televisiva. Si no mal recuerdo, aquí se llamaba“Historia del crimen” A mediados de la década de 1980, el éxito de Miami Vice había convertido al productor y director Michael Mann en un beneficio ardiente. La todopoderosa NBC de aquellos años, le dio carta blanca para dirigir otro programa, en 1986, estrenó Crime Story. Un drama policial creado por Gustave Reininger y Chuck Adamson. Ambientada en el Chicago de 1963, la serie fue un retrato sin límites del auge del crimen organizado y los tenaces esfuerzos de la dedicada fuerza policial que trató de evitar que los mafiosos se apoderaran de todo el botín. Como una versión actualizada de Los intocables donde los buenos no son cruzados — absolutamente limpios— sino clientes duros que hacen el trabajo de una manera malvada y sibilina, muy diferente a la de otros hombres nunca podrían hacerlo así. Crime Story duró dos temporadas, donde se llegó a un total 44 episodios. Comienza con un piloto de dos horas dirigido por Abel Ferrara  (Bad Lieutenant, The Funeral, Welcome to New York o Pasolini) que funciona parcialmente como una película independiente y también como la alineación de lo que está por venir. El conflicto central de la serie fue entre el teniente de policía Mike Torello, en la piel del extraordinario y fallecido actor; Dennis Farina, (Get Shorty,  Striking Distance o Luck) y el gángster en ascenso Ray Luca interpretado por el solvente Anthony Denison, (The Closer, City of Hope y Dementia). El gangster Luca representó una nueva escuela del crimen estadounidense, la imagen ahora cliché de un hombre hecho que busca tomar su negocio sucio y pasar a transacciones legítimas. Como jefe de la Unidad de Crímenes Mayores en Chicago, Torello hace de la detención del pérfido Luca, sea su máxima prioridad, incluso cuando el malo elimina sistemáticamente a rivales y aliados por igual. Si Luca realmente es la criminalidad de la nueva escuela, entonces Torello es la justicia de la vieja escuela. Más allá de los adornos centrales de escopetas y sombreros de ala versus pistolas y copetes; el choque entre estas dos fuerzas opuestas es casi operístico en su furia. Estos tipos son mitos tanto como hombres, y su rivalidad adictiva, solo es comparable a sus idénticos apetitos por la sangre, el alcohol y las femmes fatales. La primera mitad de temporada de Crime Story detalla la elevación de Luca en Chicago, trabajando con los capos de la mafia con sede en Florida para construir la reestructuración del negocio del juego por todo el país y —algo que eventualmente— los lleve a apoderarse de los casinos en Las Vegas. Torello y sus hombres arrojan llaves en las obras, pero se encuentran esencialmente bloqueados a cada paso, culminando en un juicio federal en el que un delincuente que entregó las pruebas del estado intenta acusar a Torello de ser un policía corrupto y sucio.

Una de las grandes subtramas de la gran historia central, entre la policía y los ladrones, está en el ascenso del abogado David Abrams. Este personaje lo interpreta un joven Stephen Lang (The Last Exit to Brooklyn, Tombstone, Gods and Generals o Avatar). Abrams es un defensor público y activista de derechos civiles que intenta superar la reputación de su padre como abogado de la mafia. Él rechaza los avances de Luca, en cambio se hace amigo de Torello y lo ayuda en su estrategia. De igual modo, desarrolla una hermosa subtrama romántica con una periodista, que también es afroamericana, lo que lleva a puntos de arranque, de la auténtica historia de la lucha de los derechos de la gente de color en los EEUU a principios de la década de los 60. El papel de reportera fue para la gran actriz que es  Pam Grier (Foxy Brown, Fort Apache, el Bronx y Jackie Brown), y se conocen durante un caso en el que Abrams defiende a un hombre afroamericano contra su señor de los barrios marginales. El acusado en este caso es el genial Ving Rhames (Tour of Duty, The Long Walk, Home Mission Imposible Pulp Fiction). El telón de fondo de la década de 1960 a veces parece poco más que una excusa para tocar música genial, conducir autos grandes y usar ropa elegante. La atención al lenguaje y a los detalles de la época no es tan rigurosa como, digamos, Mad Men, aunque el espectáculo hace uso de los paisajes de neón de la americana de los años 60 y la escena emergente del arte pop (mira las paredes del apartamento de la primera amante de Torello, por ejemplo). Los problemas sociales surgen de vez en cuando. Además de las historias raciales, también hay, por ejemplo, un episodio sobre la lucha laboral y la manipulación de los sindicatos (Lee Ving de la banda Fear y Anthony Heald de Silence of the Lambs interpretan a líderes sindicales que pelean por lo que creen es suyo). El estilo de aplicación de la ley particularmente brutal de Torello también refleja una época anterior a representaciones más delicadas del trabajo policial. No escucharás leer aquí los derechos humanos de nadie. Irónicamente, Crime Story también llegó en un momento en que los estándares de censura eran muy diferentes y, como resultado, a pesar de su violencia, el programa es mucho menos sangriento de lo que podríamos ver hoy en las series de televisión más sensibles. Una de las grandes curiosidades del show, fue ver el poder que había acumulado Michael Mann, por Miami Vice, ya que no solo eligió a un forastero de Hollywood más sistémico. Pues, la decisión de hacer de Dennis Farina protagonista (cuyo aspecto poco convencional debe haber aterrorizado a los ejecutivos de NBC), hizo, que algún trajeado de Armani chorrease gotas de sudor. Aún más, cuando el cineasta neoyorkino y complejo del Bronx —por aquel entonces un enfant terrible del Neonoir—, Abel Ferrara, dirigiera el episodio piloto. El resultado es un drama mezquino y sórdido, en el cual, se presenta a grupo de policía —políticamente incorrectos— que luchan contra criminales desagradables. Una de las secuencias que quedarán para la posteridad es la secuencia inicial del piloto.

Crime Story arranca con un atrevido robo a un restaurante que salió mal. Del Shannon canta “Runaway” (regrabado especialmente para el programa) mientras el atraco se convierte en una situación de rehenes. Tres detectives de la policía liderados por Mike Torello (Dennis Farina) corren hacia la escena (entre los cuales nos vemos a un bisoño Michael Rooker, antes de ser Henry en retrato de un asesino o el villano manco de Walking Dead, como policía de turno). No se dicen palabras entre los hombres mientras revisan tranquilamente sus armas y se preparan. Cuando los criminales están a punto de soltarse de sus rehenes, Torello se inclina amenazadoramente, y le dice a un matón: “lastima a alguien más, cuando todo esto termine, encontraré lo que más amas y lo mataré”. “Tu madre, tu padre, tu perro. No importa lo que sea, están muertos”. Bienvenido al mundo de Crime Story. Mann ha dicho que fue influenciado por trabajar en la serie de televisión Police Story (1973-1977), que fue dirigida por el dramaturgo Liam O’Brien e incluyó al famoso escritor criminal Joseph Wambaugh (quien escribió The Onion Field) como colaborador. Pidió a Reininger y Adamson que escribieran el piloto de la serie y una “Biblia”. Reininger era un ex banquero de inversión internacional de Wall Street que llamó la atención de Mann por un guion que había escrito sobre investigadores de incendios provocados y una película francesa que había escrito y producido. Reininger investigó Crime Story y se ganó la confianza del detective William Hanhardt, quien lo puso en contacto con oficiales encubiertos en Chicago. Lo enviaron a reuniones con figuras del crimen organizado. Reininger se arriesgó a llevar un micrófono corporal y una grabadora. Después de visitar la escena del crimen del espantoso asesinato del corredor de apuestas Al Brown, Reininger retiró sus entrevistas con la mafia. Cada episodio se basó en un evento real, trabajando con el policía en cuya historia se basó. Mann “aprendió mucho, sobre el  cómo escribir, y, trabajar con gente real”. Crime Story se basó en las experiencias de Chuck Adamson, ex detective de la policía de Chicago durante 17 años. Afirmó que las historias presentadas en el programa estaban desarrolladas, en lugares donde se ocurrieron muchos de los hechos auténticos. Eso, sí. Empero éstas se ajustaban y simulaban lo máximo posible”. Según, Michael Mann, la génesis del proyecto fue seguir a un grupo de policías en una unidad de delitos mayores de 1963 y cómo cambian durante 20 horas de televisión. Luca había estado actuando como un independiente fuera de la jerarquía habitual de la familia del crimen organizado que controlaba la ciudad. Esto coloca a Luca en una posición precaria, no solo trabajando fuera de la ley, sino fuera de los alejados de la protección de la mafia tradicional. Después de algunos trabajos altamente rentables y ejecutados por expertos, Luca llama la atención de un jefe del crimen, Manny Weisbord (Joseph Wiseman MasadaTV). La tripulación de Lucas está formada por un núcleo de criminales de carrera muy versados en el arte de los robos; Pauli Taglia (John Santucci House IV) y Frank Holman (Ted Levine The Silence of Lambs o Monk). Una vez que Luca se somete a la tutela del mafioso mayor, sufre un cambio significativo en su modus operandi que es obvio para Torello; Luca ha madurado de pasar a ser un impulsivo capullo callejero, a un sagaz administrador criminal que maneja trabajos de alto perfil con precisión militar.

Finalmente, algunos gánsteres se apoderan del casino, pero para lavar su dinero recurren a Luca, que se ha convertido en el jefe criminal número uno en Las Vegas. A pesar de tener una historia en curso, Crime Story sufrió de  anhelo repetitivo. Cada vez que hubo un gran avance en el caso contra Luca, sucede algo que lo hace salir limpio. Del mismo modo, que alguien está dispuesto a testificar, nunca llega la conclusión del episodio. Al final de la temporada uno, que incluso, abre fuego contra Torello y sus hombres en medio de la calle. En la segunda temporada consigue la ansiada inmunidad. El presidente de la NBC, Brandon Tartikoff, ordenó una película de dos horas, que se estrenó en cines en un puñado de cines estadounidenses para invitados. Tartikoff también ordenó 22 episodios que permitieron a Reininger y Adamson desarrollar perfiles más densos de personajes y contar historias continuas (en lugar de programas episódicos y autónomos). Mann predijo una cadena de cinco años para el programa. Sin embargo, debido a limitaciones presupuestarias (la necesidad de cuatro juegos de coches resultó ser demasiado cara). Tartikoff finalmente permitió que su serie se trasladara a Las Vegas durante el último cuarto de los únicos 22 episodios. En la segunda temporada, un capitulo promedio, costaba entre 1.300.000 y 1.400.000  millones de dólares, porque fue filmado en locaciones especiales, ambientado en la década de 1960 y siempre contó con un gran elenco de estrellas invitadas; que eran incipientes estrellas de la futura década de los 90. Los estelares invitados y los rostros, de por aquel entonces, desconocidos, abundan en estos primeros programas. Además de Grier y Rhames, Michael Madsen, Andrew “Dice” Clay y Eric Bogosian interpretan personajes recurrentes que forman parte de la organización de Luca, y un pre-Rocketeer Bill Campbell es uno de los hombres de Torello. Otros actores que hicieron apariciones incluyen, a David Caruso, los músicos de jazz Miles Davis y Dexter Gordon, Lili Taylor, Christian Slater, Lorraine Braco, Stanley Tucci, Debbie Harry, Paul Anka, Billy Zane, Laura San Giacomo y David Hyde Pierce. Gary Sinise (CSI: Nueva York) interpreta a un buen hombre que cae en tiempos difíciles y se mete con el público equivocado, y también dirige dos episodios. Julia Roberts aparece como una víctima de abuso de género, y Kevin Spacey aparece como un senador al estilo de Robert Kennedy al comienzo de la segunda temporada. Uno de los aspectos más distintivos de Crime Story es la apariencia, la atención a los detalles de la época. Hilda Stark trabajó como directora de arte en el piloto y Mann le pidió que regresara después de siete episodios para ser la diseñadora de producción.

Para lograr el aspecto de época del programa, Stark y su equipo iban a tiendas de antigüedades y de segunda mano, publicaban anuncios en los periódicos en busca de artículos de la época y, a veces, construían muebles si no podían encontrarlos. Según Stark, el diseño general o la apariencia del programa mostraba “muchas líneas exageradas. Optamos por un alto estilo: líneas elegantes y un alto estilo… Así como, por las formas exageradas que recuerdan la época”. Stark y su equipo artístico, también idearon un esquema de color para el programa que presentaba “colores saturados y ciertas combinaciones (negro y fucsia) que recuerdan a los años 50″. Se inspira en una biblioteca de libros y revistas antiguos, en particular Life. Para los automóviles antiguos de la feria, se compraban o alquilan a propietarios privados. Sin embargo, Universal Pictures decidió no hacer Crime Story porque consideraron que era demasiado costoso pasar por varios cambios de período diferentes en una sola temporada y un pequeño estudio llamado New World Pictures Ltd. intensificó su financiación. Les permitió trabajar en las grandes prime time, con una importante cadena de televisión como NBC, y la oportunidad de vender el programa en el extranjero. Mientras que Universal Studios conservaría los derechos de distribución nacional. Obviamente, si lo pensamos bien, todos aquellos adictos a la buena ficción, la forma en que pasamos la misma cantidad de tiempo con los buenos y los malos es algo que The Wire también usaría con mucho ingenio. Ambas series también tratan sobre policías, narcotraficantes, política y corrupción. Aunque The Wire es una serie un estante mejor, ya que está, más enfocada y de algún modo, su tratamiento de guion es mayestático. Esto significa que un número extremadamente raro y pequeño de series será elegible para ingresar a las filas de los mejores —de entre los miles de otros— zapatos de policía. Aquí se analiza una serie que se ha ganado su lugar en ese ranking; Crime Story es un hito en la historia audiovisual de la televisión norteamericana. Este programa, que se emitió originalmente en 1986, ha resistido la prueba del tiempo y sigue definiendo el género después de un cuarto de siglo. Ambas temporadas se recopilan en la caja completa, muy bonita, relanzada para el 25 aniversario del programa. El pack deja algo que desear, las conversiones de visionado no cumplen con los estándares actuales y no hay extras, pero con todo, sigue siendo un espléndido espectáculo, muy recomendable y entretenido. Hoy en día se ha publicado la versión del pack en bluray zona Usa y creo que hay una versión para Italia. Nota: 8,2

 

The Serpent (2021) “The Bikini Serial killer”

La ficción sólo tiene dos vertientes; la buena y la mala. Hoy en día el 70% de toda la ficción mundial para televisión es basura —en muchas ocasiones de difícil consumo— y el restante, 30% es buena. A veces, muy buena, y tiene denominación de origen Made in UK. El brexit me ha alejado de la isla de mis fantasías y sueños de adolescentes. Todavía tengo allí grandísimas amistades, que nos sentimos más alejados, a raíz de lo político: brexit y la seguridad: la demoledora pandemia de la Covid19. Todo daría para trabajar en un buen guion. Empero, no se preocupen, ya está ese bendito sitio, llamado BBC y todo su departamento de creativos y desarrolladores de grandes historias. Ayer terminé de visionar, gracias a la parabólica de 200mgHz, el último capítulo de The Serpent —la asombrosa historia real— que hay detrás de esta tremenda serie desgarradora y retorcida. Un thriller de esos que te quedas con la sensación; aquí hay algo que traspasa lo puramente, imaginado, para comprobar que estamos ante un hecho real muy bien documentado.  Redundo, en el supuesto del espectador medio de cualquier país, éste se hallaría, ante la disyuntiva si creer o no creerse la propuesta. Insisto es una historia demoledora, y con todo, puede que tenga problemas para creerla. The serpent 2020, cuenta la historia de un tal Charles Sobhraj, un psicópata encantador y demoledor; que aterrorizó la conocida ruta del Hippy Trail. Un clásico itinerario del hipismo de los 70. A día de hoy en gran parte inaccesible, entre Europa y el sudeste asiático que alguna vez fue tomada por jóvenes viajeros, donde se llevaron a cabo, toda una serie de asesinatos brutales a mediados de la década de 1970. Sobhraj, el psicópata del suroeste oriental se hacía  pasar por fotógrafo o comerciante de gemas. Como un encantador de serpientes, encandilaría a sus víctimas, las drogaría y secuestraría para que pensaran que tenían disentería. Fingiría cuidarles para luego robarles y deshacerse de ellos. Y que lista de liquidación de seres humanos, desde el estrangulamiento, al  apuñalamiento o el ahogamiento de dos jóvenes mochileros holandeses, tras haber sido quemados vivos. La serie es inquietante, incomoda e insufriblemente tensa.

Al final del episodio tres, puedo decirles que tuve que tomarme un copazo de viejo malta para aliviar la zozobra. El cuerpo que me dejó este psicópata del fingimiento elegante y letal: es tremendo. Obviamente, es una historia poco conocida por estos lares, pero en el sudeste asiático, Sobhraj (interpretado escalofriantemente en la serie por el actor de Un Prophète Tahar Rahim) fue noticia de primera plana en 2014, cuando fue condenado por un tribunal nepalí, mientras cumplía una cadena perpetua, por un asesinato que había cometido casi 40 años antes. Sin embargo, el director de la serie, Tom Shankland, había escuchado hablar de él muchos años antes, mientras caminaba por Nepal a los 18 años. “Estás mirando la silueta de la cordillera del Annapurna, con el dosel de estrellas sobre tu cabeza, y estás pensando, ¡Guaauu! esto es tan maravilloso”,— me dice, “Y luego alguien, creo que un australiano que acababa de conocer, dijo: “Sí, pero ya sabes, tienes que tener cuidado, está este tipo, él y su novia, te conocen y se hacen amigos, luego te drogan y te matan. Y está en la cárcel, pero siempre sale. Entonces, ya sabes, no confíes en todos los que pululan por aquí”. Shankland admite que, con el optimismo de la juventud, su perturbación no duró mucho, pero la historia permaneció en su mente hasta hace unos años, cuando comenzó a pensar minuciosamente en realizar un thriller. Intentándose alejarse de la faceta puramente biopic; tarea demasiado compleja.  No obstante, Sobhraj, se ganó el apodo del “asesino del bikini” porque se encontró que dos de sus diez víctimas conocidas la utilizaban, ésta no es una letanía de mujeres muertas: detestaba la condición humana occidental, ya fuera hombre o mujer; considerándolos idiotas blancos privilegiados. El asesino del bikini era de origen vietnamita e hindú, y fue intimidado por ello, en su infancia, durante su periplo por la escuela en Francia.

El drama no quiere hacer de él una especie de starman del showbussines. Vista la mitad de toda la serie, su director, ha sido cuidadosamente calibrado para evitar convertir al personaje en un icono adictivo. Tremendamente manipulador y narcisista. En cambio, la narrativa se centra deliberadamente en los personajes que se sustenta en sus tretas, y las personas que pronto lo seguirán. El tratamiento del guion es completamente deliberado, dice el escritor de la serie y showrunner, Richard Warlow. “Sobhraj es la horrible y oscura antimateria en el corazón de la historia hacia la que todo se inclina”—ratifica. “A lo largo de la serie, fuimos quitamos algunas capas y entramos, supongo, en una versión de la verdad de él”. Nunca se puede saber, admite, lo que impulsa a un hombre así, “pero creo que verlo como los demás, es decir, una visión de un tipo muy importante”. Unos actores en estado de gracia, en parte, a la excelente dirección de Shankland. Fantástica dirección artística, a través, del mínimo detalle de una época que marcó una antes y un después, en la contracultura occidental. La inquietante fotografía de los rincones más oscuros del sudoeste asiático por Seppe Van Grieken. No se han escatimado medios para conseguir el tempo de thriller que progresa a un ritmo lento, pero retorcidamente mortal. Uno de los prismas más fascinantes, de todo el entramado que acompaña al asesino en serie: es la amante de Sobhraj, Marie-Andrée Leclerc, conocida como Monique (al “Alain” de Charles), interpretado brillantemente aquí por la actriz británica, Jenna Coleman. “Disfruté escribiéndola más que nadie”, Dixit: Warlow, “el trayecto de esta joven es realmente de los más  sugestivos que he visto”. Indagando en el libro que ha sido una de las partes más sustanciosas de toda la historia: “On the trail. The Life and Crimes of Charles Sbhraj” escrita por Richard Neville y Julie Clarke. Un libro que fue un éxito de ventas en su momento —y nuevamente, reeditado a sabiendas de lo que vendría— allá por 1979. Un laborioso trabajo, donde RW indaga en su infancia, por los suburbios de Quebec, observamos: lo triste y solitaria que fue su vida.

De repente, aparece este hombre que entra en juego, y, se ofrece a sí mismo como la cura seductora, glamurosa y erotizada para todo esa operación. Creo que realmente se puede ver el auténtico  porqué, de cómo se introdujo en ese viaje y nunca se detuvo. Sólo, un arrebato de desesperación e intriga lo que llevo él. Y obviamente, éste le trajo a su vida algo muy grande, a modo de lazo kármico. Llegó a decir en palabras suyas: creo que es tan mundano como yo. “Era una joven monótona, fea y poco interesante que se volvió hermosa y amada, siendo el centro de todas las fiestas y la diversión. Amén, de la aventura y la vida desesperada que vivió de una forma extrema. Y él era la razón”. Leclerc murió en Quebec de cáncer en 1984, por lo que Warlow y Shankland nunca tuvieron que tomar la decisión de hablar con ella. Sin embargo, sí pasaron tiempo con muchos de los personajes que ves en la pantalla, incluido Dominique Rennelleau, un hombre que Sobhraj y Leclerc adoptaron como una especie de cuerpo de perro en general con el pretexto de cuidarlo mientras estaba enfermo (nunca se adivinó el cómo); Nadine Gires, la vecina de la pareja, quien fue la primera en sospechar de sus actividades, y Sompol Suthimai, el oficial tailandés de Interpol que se involucra en la segunda mitad de la serie, poco después. Sin embargo, su fuente más importante fue Herman Knippenberg, quien en 1975 era un diplomático holandés modesto, muy joven y honestamente circunspecto (interpretado aquí por Billy Howle) que trabajaba en la embajada en Bangkok. Se topó con el caso cuando los padres de un joven turista holandés le escribieron al embajador pidiendo ayuda para localizar a su hija y su novio, que aparentemente habían desaparecido. Mutismo absoluto, vías burocráticas y policiales: nadie sabía nada de ellos. Sus superiores le dijeron a Knippenberg que lo dejara en paz, pero no pudo dejarlo pasar, anotando informes y rumores hasta que se encontró rastreando los hilos de seda de la compleja red de mentiras de Sobhraj.

“Herman es un tipo muy inteligente, muy apasionado y comprometido, y tiene la memoria más increíble para todo”, se maravilla Shankland. Fue la evidencia de Knippenberg la que ayudó a condenar a Sobhraj por primera vez (cumplió 20 años en la prisión de Tihar en Nueva Delhi hasta 1997) y su prodigiosa memoria para los detalles y el mantenimiento meticuloso de registros significaron que pudo recurrir a ella nuevamente en 2004, momento en el que la mayoría de las órdenes de arresto, y las pruebas en poder, de diversas autoridades se perdieron. En la serie, él emerge como la estrella inverosímil, avanzando pesadamente con su espantosa camisa de manga corta, pisando los faldones de un asesino. La única persona con la que el equipo de producción decidió no contactar fue Sobhraj, todavía en Nepal. “Es un autopublicista desenfrenado”, dice Warlow con firmeza. “No quería hacer nada que alimentara eso, y tampoco hay ninguna posibilidad de sacar algo revelador o verdadero de él”. Sobhraj, que tiene un historial de cobrar por entrevistas y negociar acuerdos lucrativos por los derechos de las películas, es experto, dice Warlow, en “monetizar su notoriedad, y yo estaba muy, muy interesado en que eso ni por asomo tuviera el mínimo resquicio de posibilidad”. “Para mí, para todos nosotros, y especialmente para Herman, eso es importante: la idea de que podamos decir: no, no lo eran, solo eran jóvenes, algunos de ellos estaban un poco jugando con los deslices típicos de un contexto de algunos gramos de marihuana y un poco diversión, a lo mejor, no muy saludable, visto el contexto. Pero, ninguno de todos ellos se merece lo que les pasó”, dice Shankland. “Todos tenían vidas y personas a las que querían y  los amaban y con quienes estaban perdidos. La capacidad de reclamar la verdad sobre las vidas de esas víctimas ha sido importante”.

La descripción de la serie de la primera víctima de Sobhraj, Teresa Knowlton, lo confirma. Una joven que se dirige a un monasterio para estudiar budismo, conoce a Sobhraj y su compañero Ajay Chowdhury  (Amesh Edireweeraun) joven indio que lo ayudaría a estafar a los turistas ayudándolos a salir de las situaciones que había causado, por ejemplo, brindando refugio a las víctimas que había envenenado. En su última noche de libertad, una noche de decir sí a todo. Es contraproducente, por supuesto, pero no antes de que ella diga que ha sido drogada, es demasiado tarde para pedir ayuda coherentemente. Es desgarrador, más aún, por el tiempo que pasó antes en el episodio estableciendo su corazón abierto y su fe sincera. Shankland está de acuerdo, citando el “gran nivel de narcisismo y vanidad de Sobhraj y también un gran nivel de tonterías” como razones para no avivar esos detalles más macabros. “Esta no es en absoluto una película biográfica de Charles Sobhraj. Se trata de un tiempo, un lugar y personas, y las muchas formas tortuosas en las que este hombre terminó siendo parte de los viajes de otras personas”. Muchos de esos viajes terminaron horriblemente, por supuesto, y sin embargo, la mayoría de las víctimas fueron despedidas a lo largo de los años por la policía, la prensa y el público como de alguna manera, mercancía del día a día. No eran importantes. Para Shankland y Warlow, esta es una de las razones para hacer la serie. “Hace mucho tiempo ahora, pero no tanto”, dice Warlow. “Hay muchas personas cercanas a ellos que todavía están cerca”. “De alguna manera, Sobhraj casi fue rehabilitado en el tribunal de la opinión pública en años posteriores”, agrega Shankland.

 

“Él, convenció a todos de que estas personas a las que ‘pudo o no’ haber asesinado, estas víctimas, eran infrahumanas de alguna manera: drogadictos, traficantes de drogas. No merece nuestra compasión”. Algunas de las familias de las víctimas no estaban dispuestas a estar en contacto, dice, “creo que porque muchos de los relatos de esta historia se han apoyado ligeramente en esa narrativa. Sobhraj siempre supo lo que estaba haciendo cuando eligió a sus víctimas, piensa Warlow. “Hay una especie de prestidigitador que encanta a las serpientes más letales del Indostán dentro su alma.” Siento con confianza que cualquiera que fuera lo suficientemente equilibrado y maduro para ver el mundo como es, no se habría dejado seducir por él. Eligió gente que era muy sensible a carisma —de índole seductor y sugestionable—, y no perdió el tiempo con nadie que no lo fuera. Creo que, en muchos sentidos, vio lo que la gente necesitaba: comprendió lo que le faltaba a la gente en sus vidas y se presentó a sí mismo como el medio por el cual esa ausencia podría ser suplida”. Algo así como uno de las planos secuencia donde se observa la buena mano de Shankland  para dejar cautivados, a los espectadores,  por el glamour de las lujosas fiestas de Charles y Monique, la embriagadora vida nocturna de Bangkok y la indudable elegancia de la pareja. Al siguiente, te sorprende la facilidad con la que Charles es capaz de manipular a quienes lo rodean con una total falta de empatía y humanidad. Lo dicho, para aquellos más jóvenes es algo así como una fábula, donde las apariencias los son todo. A veces, detrás del juego de la seducción, sólo se esconde el diablo. Esperamos que esta serie sirva como un recordatorio de podrían haber sido esas vidas de aquellos jóvenes que acabaron con sus esperanzas. Nota:7,8

 

Los 10 mejores discos de 2020

 

1. Fontaines D.C. – A Hero’s Death

 

2. Bob Dylan – Rough and Rowdy Ways

 

 

3. Fionna Apple – Fetch The Bolt Cutters

4. JARV IS… Beyond the Pale

5. Boston Manor – Glue

6. Mark Lanegan -Straight Songs Of Sorrow

7. Moses Sumney – Grae

8. Crack Cloud – Pain Olympics

9. PVRIS – Use Me

10. Phoebe Bridgers – Punisher

Los 10 mejores films de 2020

 

1. Sound of Metal

 

2.  The Druk

 

 

3. First Cow

 

 

4. The Devil All the Time

 

 

5. Falling

 

 

6 The assistant

 

7 Tesla

 

8 Ammonite

 

9 Possesor

 

10 Shirley

 

Las 30 mejores series estrenadas en 2020

 

1. Zero Zero Zero

 

 

2. Gangs of London 

 

 

3. Des

 

 

4. The Queen’s Gambit

 

5. Valley of Tears

 

6. I May Destroy You

 

7. The Great

 

8. Unorthodox

 

 

9. White House Farm

10. Sløborn 

 

 

11. Raised by Wolfes     

 

 

12. The Outsider

 

 

13.  Perry Mason

 

 

 

14. High Town

 

15. Kalifat

 

16. DNA

 

 

17. Baghdad Central

 

 

18. The Trial of Christine Keeler

 

19.  L’effondrement

 

  20. The Luminaries    

 

  21. The Good Lord Bird

 

22. The Liberator

 

23. Hunters

 

24. Stateless

 

 

25. Upload

26. The White Wall

27. No Man´s Land

 

 

28. Twin

  29. Ted Lasso

30. Box 21

Valley of Tears (2020) “El Vietnam israelí de David”

Durante poco más de seis años, hubo una creencia generalizada en Israel de que el país había encontrado algo parecido a la paz. Nada más lejos de la realidad. Su presidenta: la tenaz y firme Golda Meir (que alardeaba con aquello, de la auténtica raza judía, debía de hablar yiddish) tenía sus reservas, tras de la exitosa “Guerra de los Seis días”. Jerusalén era un hervidero de protestas entre Panteras Negras —israelíes del barrio Musrara de Jerusalén— como reacción a la discriminación contra los judíos sefardíes y mizrajíes. Hartos del trato de la policía y la legislación del nuevo Israel hacía ellos. El 19 de mayo de 1971, llevaron a cabo, la gran concentración de los Black Panthers, tomando la referencia, del grupo norteamericano. El movimiento que aglutinaba a todas las etnias de color y origen oriental, así como  muchos simpatizantes extranjeros de origen judío —muy activos con la causa de este colectivo— juntaron a más de 6.000 personas delante de la plaza de Zion,  reclamando el cambio de nombre del lugar por Kikar Yehadut HaMizrah (Plaza de la Judería Oriental). Aquello fue una batalla campal entre policía y manifestantes que terminaron con la detención de más 100 participantes. Muchos de ellos, acabaron en el hospital, víctimas de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. La historia del propio Israel parte, en ese instante, del inicio del estado hebreo, cuando Musrara pasó de ser un barrio árabe adinerado, a ser el nuevo vecindario de grandes de apartamentos para los migrantes judíos  soviéticos. Meier apagó el fuego, con paños calientes, porque la conflictividad se palpaba en el ambiente. Además, necesitaba al país unido, pues, Israel se enfrentaba a uno de sus momentos más delicados A pesar de ser la nación más democrática en una zona tan hostilmente compleja como es Oriente Próximo. En 1972 le estalló la crisis de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Once miembros del equipo olímpico israelí fueron hechos rehenes y asesinados por elementos del grupo terrorista Septiembre Negro. Y es que Israel, una vez sabida toda la historia, llevó a cabo sus propias represalias —vía Mossad— (servicios secretos del estado) a los terroristas que llevaron a cabo la ejecución de Munich. Sin embargo, 1973, ya estaba en marcha. El país fue imbuyéndose, en un karma cultural, denominado la conceptzia: la concepción.  Una filosofía de bienestar interior, como de alguien, lo suficientemente fuerte y sobrado, para que sus enemigos nunca lo derrotaran. Incluso, ni tan siquiera lo intentarían, pensaba todo el mundo. Era una especie de microimagen digital nacida de una fuerza letal. Y fue una autoimagen la que murió por ello. Y esa autoimagen terminó por volverse en contra. HBO en su versión streaming tiene la gentileza de presentarnos esta serie israelita que es una genialidad. Valley of Tears,  es un producto creado por Ron Leshem y Amit Cohen, escriben un guion sobre la guerra de Yom Kippur,  desde una perspectiva de las FDI. Una historia emocionante, crítica, dura y antibelicista de aquel conflicto 47 años después. La Guerra de Yom Kippur y por los árabes como la Guerra de Octubre o la Guerra del Ramadán (para agregar a su trágico significado, también tuvo lugar durante el mes sagrado musulmán), fue un momento decisivo en la historia de la Estado judío y, de hecho, todo el Medio Oriente.

Curiosamente, los cineastas de Israel han producido muy pocos trabajos al respecto. Una meditación impresionista y bien considerada sobre la guerra, Kippur de Amos Gitai, fue lanzada en 2000, y eso es todo. Hasta la serie que han creado los guionistas que tienen, alucinados a medio TV norteamericana del streaming: los showrunners Ron Leshem y su socio el guionista Amit Cohen, han tardado, casi una década en convertir este proyecto, en la realidad que es, Valley of Tears, en una realidad. Una producción que ahonda atrevida en  las aristas más incomodas de la psicología de un país tan sui generis como es Israel. Desde la singular y original cortinilla de introducción a los episodios, donde se observa un pastiche de imágenes de archivo triunfantes: aviones a reacción y tanques pesados que se impulsan hacia adelante en las celebraciones del 25 aniversario de Israel. Relucientes ciudadanos israelíes que construyen casas en las ciudades y cultivan uvas en los huertos, mientras la atractiva cantante pop Ilanit canta a todo volumen. El debut de su país en el Festival de la Canción de Eurovisión, y así sucesivamente. Imágenes de noticias contemporáneas muestran las sonrisas de la primera ministra israelí Golda Meir, el ministro de defensa Moshe Dayan y el jefe de estado mayor militar David Elazar mientras aseguran al público que todo está bien. Pelearemos la batalla”, dice la obstinada Meir en su hebreo con inflexión yiddish, “y volveremos a ganar”. A la introducción directa del primer personaje y primer día, en la zona cercana a los Altos del Golam. Se estaba cociendo una de las últimas grandes guerras del siglo XX. El joven soldado del ratón, Avinoam Shapiro (Shahar Taboch) obtiene información de las escuchas telefónicas. Esas escuchas son interpretadas como que hay un ataque inminente con la colaboración logística (armas y medios) de la ExURSS. Pero su superior cree que está con sus historias ilusas de conspiraciones cercanas a la Sci-fi. Le reprime que se quite la ropa civil y se ponga el uniforme y se deje de sus típicas extravagancias. Llama la atención de Yoav Mazuz (Avraham Aviv Alush), el comandante del búnker, que está a punto de cogerse unos días de vacaciones, y el chaval,  lo convence sobre lo que ha escuchado. El ataque será inminente. Cuando la base es invadida en pleno Yom Kippur, Yoav y el asustadizo Avinoam dependen el uno del otro para escapar del bunker.

La esposa de Yoav, Dafna (Joy Rieger), estacionada en el cuartel general, quiere quedarse allí y ver qué está pasando en el búnker, pero le ordenan ir a un puesto de avanzada con el resto de las mujeres en el cuartel general. Y por ahora, todo lo que vemos de Dafna es que está tratando de desafiar las órdenes sexistas de que ella y las otras mujeres no deben estar cerca durante el combate, solo para asegurarse de que se entere de que su esposo está bien. Mientras tanto, cuando tres amigos se ven envueltos en una protesta contra el gobierno, participando en las marchas de los Panteras Negras. Uno de ellos, Malachi Ben Sur (Maor Schwitzer) es atrapado y tiene que escapar de su celda para reunirse con sus amigos Jackie Alush (Imri Biton) y Marco Dolzi (Ofer Hayun) en su puesto de tanques en la frontera siria que termina en primera línea. Además, el mismo Malachi es conocido por su pericia en la conducción de carros de combate. Jackie tiene que convencer a Marco, un orgulloso Pantera Negra, de regresar a la unidad y no desertar. No obstante, durante la batalla inicial con los tanques sirios, ambos se entregan al combate con heroísmo. A pesar de sus impactos directos, su comandante de torreta; el teniente Aviram (Ido Bartal), degraciadamente, es alcanzado por francotiradores y uno de los tanques es destruido. En su camino de regreso con sus amigos, Malachi es recogido por Menny Ben-Dror (Lior Ashkenazi), un actor que tiene un estilo de vida bohemio. Su exesposa lo llama enojada y le dice que tiene que encontrar a su hijo, que acaba de alistarse y podría estar en primera línea. Mientras conducen, los dos se unen por su buena fe de gente con ideas de izquierdas, ya que Manny estuvo en un grupo que precedió a las Panteras Negras. Muy pronto empezarán a caer los soldados israelitas. Sangre, vísceras y extremidades, en cierto modo, es el conflicto que trajo, el Vietnam americano al desierto del Sinaí. Los muertos, sus placas de identificación y sus colgantes con las cruces de David. El director de Valley of Tears, Yaron Zilberman. “Te muestra que es muy difícil para la gente tocar la historia”. La historia es un relato ficticio en cuatro frentes diferentes. Valley Of Tears casi se siente como uno de esos retrocesos de miniseries de guerra como Band of Brothers de Tom Hanks o Generation Kill de David Simon (Made in HBO) considerando que se nos muestran múltiples historias en múltiples frentes. Tiene todo lo bueno del cine bélico hecho en miniserie. Además, de su buena ejecución, está muy bien fotografiada y editada.

El montaje es fantástico, debido a la fluidez del guion. También, el hecho de contar un elenco de lo mejor de la industria audiovisual de Israel hace que la producción se deje querer. Mantener la tensión de la guerra, en un formato de gran melodrama, con unas interpretaciones muy realistas, de personas que no están seguras de la guerra. Tan solo saben lo que se les avecina, no el 100%. Aparentemente orgullosos de defender su bandera como ciudadanos de Israel e inseguras de su papel en la batalla. Pero cuando los cohetes comienzan a aterrizar, los soldados más reacios y tocados moralmente, por los feos del gobierno, hacen su trabajo. La historia de la escuadrilla del grupo de tanques es genial. Así como esa miniRoadmovie por los campos del paso de Mitla. La vanguardia de Bar Lev se rompía por la cantidad de efectivos y conjugación de fuerzas aéreas, artillería y carros. De ahí, que se sienta esa tensión y a la vez, mucha ironía y sascarmo entre los personajes. Estamos muy seguros de hacía dónde va el viaje por carretera de Malachi-Menny, aunque agradecemos la presencia de Ashkenazi, uno de los mejores actores del país. Algo que viene caracterizando a la ficción de estos grandes creadores, es hacer mucho con muy poco. Pensemos que esta ha sido, la primera producción de ficción en la historia de Israel, en tener un millón de dólares por capítulo. Leshem y Atmi Cohen son especialistas en hacer virguerías con presupuestos estrictos. Recurren a la imaginación de la economía de pocos recursos o trucos muy bien trabajados. Por ejemplo, nunca vemos a los tanques sirios de cerca: pero recibimos mucha acción de los tres tanques israelíes que disparan a los sirios en la distancia. Las imágenes de las catacumbas del búnker son realmente claustrofóbicas, especialmente cuando Avinoam es arrojado por Yoav a un armario fuera de la sala de escucha de inteligencia. Y todo lo demás tiene un alcance relativamente pequeño. Es una forma eficaz de mostrar una guerra de múltiples frentes sin necesidad de amplias vistas de batalla. Resumiendo, podemos decir que nos hallamos ante un producto muy interesante y entretenido. ¿Y qué hay de la audiencia en Estados Unidos? Pues, al igual que el boom de Euphoria. Ahora mismo, se está trabajando en una obra de teatro para  espectadores que quieren una nueva vuelta de tuerca, de esta ficción israelita, algo poco común para una serie de televisión israelí. No obstante, el hecho, que cada día, se hayan más interesados en la creación audiovisual hebrea: es solo el último paso en un mercado en crecimiento para la televisión israelí en Estados Unidos. Ejemplificado por adaptaciones como Homeland de Gideon Raff y Euphoria (cuya versión israelí fue creada por Leshem, de hecho)  y exportaciones directas como Fauda de Lior Raz, En terapia y Our Boys de Hagai Levi. Valley of Tears, se filmó unos meses antes que la enfermedad emergiera en el escenario mundial, se ha lanzado inadvertidamente en el contexto de un nuevo fracaso fatal de liderazgo, lo que le da a la serie un significado inquietante para los israelíes y, según esperan sus creadores, uno similar para los estadounidenses. Es una táctica atrevida en la medida que representa un tour de forcé para la  población israelita, fuera de todo orden psicológico. Los hebreos dicen que la historia tiene la desagradable costumbre de rimar de la manera más trágica, y esa rima ha sido notoria en el momento del lanzamiento de la serie.

Estableciendo el paralelismo las primeras etapas de la pandemia de COVID-19, cuando parecía que la población estaba manejando la enfermedad relativamente bien, gracias a la superioridad tecnológica, la movilización masiva de poder hacerlo y el sentido de propósito colectivo del que se han enorgullecido. Pero algo, ha vuelto a fallar, un tipo diferente de autoconcepción había surgido en Israel. Ya que las últimas semanas han traído una segunda ola devastadora de infecciones y la curva de contagios se disparó a niveles nunca conocidos hasta entonces. Ha habido protestas masivas que están poniendo de rodillas al gobierno y a los propios gobernados, quienes más lo sufren. Pero la entropía suele ser el verdadero ganador después de momentos de estúpido orgullo. El espectáculo ofrece una media hora de ambientación en la que personajes judíos israelíes de muchos tipos (religiosos, seculares, viejos, jóvenes, soldados, civiles, blancos, no blancos) se preparan y entran en el día más sagrado del calendario judío, Yom Kippur. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) están técnicamente en guardia, pero carecen de personal y están distraídas debido a las vacaciones. Entonces, cuando las fuerzas egipcias y sirias lanzan un ataque sorpresa, todo el mundo se pone de pie. Sobreviene el caos. El concepto se hace añicos, sin posibilidad de reparación, para nunca regresar por completo. De nuevo, la historia, se puso del lado israelí, recuperando la ventaja y técnicamente ganó el conflicto en poco más de dos semanas. Pero fue una victoria pírrica: hubo alrededor de 10,000 víctimas israelíes, lo que representa aproximadamente el 27 por ciento de la población del país (en comparación, ese porcentaje en los Estados Unidos hoy sumaría más de un cuarto de millón de personas). Como tal, es difícil exagerar el impacto de la guerra en el país. “La primera sirena de ataque aéreo significó que el primer Israel murió y nació un segundo Israel”. Valley of Tears desafía a sus espectadores a verse a sí mismos a través de su implacable enfoque en cómo reaccionan las personas ante un cataclismo. Ninguna persona o nación sobrevive a una guerra sin cambios, y eso es tanto más cierto cuando los orígenes de la guerra se encuentran en la idiotez de un concepto u otro. Ahora, por primera vez en la historia, estadounidenses e israelíes están luchando contra el mismo enemigo: la plaga que está asolando nuestro planeta. Si en la guerra del Yom Kippur Simbolizó el cambio de una sociedad unificada, una sociedad que se siente más importante que el individuo, a una sociedad diferente, donde el individuo es casi sagrado. De Igual modo, la tecnología, según los hebreos más conservadores hace que la gente sea más egoísta. Sin embargo, se trata de mirarte a ti mismo. Tú, lo primero y después, ya hablaremos del país. Todavía dentro de ese campo entrópico del propio Israel existe, esa idea nacional de todo hebreo, que en esto estamos juntos, en gran parte debido a la constante amenaza de un conflicto terrible. La plaga es un enemigo invisible que no se puede cachear. Todo aquello que esta fuera de control para Israel se vuelve traumático. Y del mismo, modo que la pandemia es enemigo mundial, por una vez, el mundo árabe e Israel no tienen más remedio que ir de la mano juntos. Sera un proceso largo y profundo, pero podrá hacer buena aquella máxima de; La experiencia es una de las causas del éxito o fracaso. No sufrimos el impacto de nuestras experiencias, llamadas traumas, sino que las adaptamos a nuestros propósitos.” Como bien dijo, el ínclito, Alfred Adler. Nota: 8,2

 

 

 

Baretta 1975 “el detective a contracorriente”

La década de los 70 fue propicia para los detectives de televisión. Por aquel entonces, los malhechores temían ser descubiertos por el teniente Colombo (Peter Falk y su andrajosa gabardina de Cortefiel, que gustaba de hacerse el despistado ingenuo).  El divertido Cannon (un gordito, calvito y tragón, William Conrad que no se separaba de su perro Boxer); o el vaquero McCloud (Dennis Weaver) y su hermoso caballo por Central Park. El teniente Kojak (Telly Savallas) se dejaba querer con algunos de los mejores trajes de la época y su chupaChus de turno. También estaba aquel tipo tan simpático, que le habían colgado el marrón de un crimen, y se rehace como detective privado; Jim Rockford y sus casos (James Garner) era el amo de los Angeles y por supuesto, nuestras adoradas Ángeles de Charlie. La utopía de las barras y estrellas, de la libertad, rugía los fines de semana con el gancho del difunto Lew Alcindor en el Staples Center. Un joven Rudolph Giuliani, del partido republicano, iba haciendo camino en la política nacional y en la gran pantalla, la taquilla, reventaba con el film “The Warriors” de ínclito Walter Hill. Obviamente, la ciudad de la gran manzana, nuestro amado New York, tenía un creciente y permanente problema con  las bandas criminales. En nuestro país las cosas andaban a la búsqueda de una urna que pusiera orden al traspaso de régimen: muerto el perro Franco, muerta la rabia. Llegaba el monarca blanqueador de billetes de los reyes católicos, Juan Carlos I.  El pueblo, votó, por una gran mayoría; sí a la democracia. Un chico de la vieja falange, católico, serio y  buena gente.  Muy interesado en aprender del liberalismo británico; era el nuevo presidente del país. Se llamaba Adolfo y se gustaba decir: “puedo prometer y prometo…” Una España tan atolondrada, como la actual, pero con un ambiente de esperanza, de dar lo mejor de todos-as, por construir una piel de toro, libre, y con un relativo bienestar. Mientras, nosotros, nos dejábamos caer en estas fechas por las tiendas de electrodomésticos: TV,s de color, Telefunken, Thompson, Metz, Grundig o Blaupunk eran lo más cercano a las adictivas coreanas de los gigantes, actuales, Samsung y LG. También, se buscaba equipo estéreo sin eso del streaming.

De repente nos apareció un tipo, que se pasó media vida, en líos, Robert Blake. Lo primero que se nos viene a la cabeza, al escuchar este nombres, es aquella obra maestra llamada “A sangre fría”, libro escrito por el gran Truman Capote y dirigida por el inefable Richard Brooks. Pero con Bob era todo una caja de mil combinaciones. Tenía el mundo en una cuerda, que resultaba ser un yoyo. Se escapó de un barrio italiano, sin salida, de Nueva Jersey para convertirse en una estrella infantil en la serie Farm Hands (1943), con apenas, 5 años. Acabo siendo alcohólico y adicto a las drogas, sin apenas cumplidos los 18. El regresó en 1967 fue atronador, en un film, portentoso y fascinante. Una obra de culto, cinematográfica y literaria de la historia norteamericana. Realizando una interpretación demoledora de un asesino condenado a pena de muerte, Perry, por el asesinato de la familia Clutter. Aquel temperamental y errático Blake volvió a caer en una depresión muy profunda. Después de surcar varios océanos llegó su momento y con 41 años, no dejó escapar uno de los personajes, más carismáticos de esa gran época de la TV de los 70. Estaba muy cercano a la conquista del show; que le dio más gloria y dinero en toda su carrera. En 1974, Tony Musante (David Toma) tomó la decisión de no regresar para una segunda temporada de su serie de policías, del canal ABC “Toma”, conocida como (Astucia peligrosa) y auténtico humus, de lo que sería Baretta. Eso, sí, con un estilo áspero, sucio y mucho más cinematográfico que los shows la época. Se fue desmotivando y no contento con los hipotéticos cambios para una segunda temporada, lo  dejó. Empero, el productor Jo Swerling, Jr., estaba muy interesado en seguir con el formato y contrató a Robert Blake para que asumiera el papel. La serie iba con todas las de la ley, a ser llevada, como la 2ª temporada de Toma, y  Robert Blake, como el detective David Toma. Pero en el ambiente, se respiraba, ese oxígeno lleno de dióxido de cárbono , que significaría la cancelación definitiva de Toma. Una vez, visto toda la primera temporada, algo no terminaba de encajar entre los directivos de ABC.

Blake tampoco estaba muy emocionado de asumir un papel preestablecido, por lo que finalmente decidieron cambiar el título a Baretta. El primer cambió fue el escenario de la serie y también varios otros detalles menores, pero efectivamente, todavía era una continuación de “Toma”. Debido a que Blake tenía una personalidad tan fuerte (y el programa no había sido un gran éxito de todos modos), la cadena decidió renovar totalmente el programa, cambiando las duras y oscuras calles de NY por la bulliciosa L.A. de California. Agregando una mascota, sui generis, la cacatúa Fred, y renombrar el personaje de “Baretta”. Así, nos encontramos a nuevo Robert Blake, enfundado como Tony Baretta, el policía italonorteamericano  de aspecto desaliñado, ciertamente, no a la altura higiénica del teniente Colombo. Pero muy diferente de los clásicos policías de traje. “No cometas el crimen si no puedes cumplir la sentencia”, rezaba la máxima que guiaba la filosofía de un peculiar detective, que destacaba más por su rudeza que por su atractivo, no tenía don de gentes, vestía de forma extravagante y compartía habitación de hotel con Fred, la exótica cacatúa blanca. Frecuentaba el mundo del crimen: pequeños y medianos gangsters o traficantes. Vestido con sus jeans, camiseta muy ajustada y un palillo de bocera a bocera. Tony Baretta se movía como un pez en el agua entre prostitutas, narcotraficantes, ladrones, estafadores y toda la fauna del mundo criminal, al margen de la ley. Casi todos convertidos, en estimables informantes y valiosos colaboradores. Es decir, los típicos soplones, de gran eficacia, en el caso de Tony Baretta, tenía argumentos para mantenerlos contentos. Desplazarse por la ciudad de Los Angeles, es complicado, si no te tiene un vehículo. El peculiar detective conducía de Chevrolet Impala (1966) de cuatro puertas Mist Blue, oxidado. Obviamente, en mejor estado, que el famoso Peugeot de nuestro querido teniente Colombo. No obstante, para muchos televidentes, y criminales, Tony Baretta, era uno de los mejores expertos en el arte del disfraz, junto con el Santo, los mejores en esa faceta. La gente que lo admiraba, destacaba, su originalidad, y la propuesta, dentro de la colección de detectives setenteros: esa manera de afrontar la realidad, siempre a contracorriente. Además, heredó una habilidad muy selecta, hoy en día, la cocina italiana, los platos que realizaba su abuela Made in Italy. Era un pálpito —de lo que una mujer— llamada Carmela Soprano; nos mostró en la mejor serie de la historia de la TV. 

El artífice de todo ello, fue el guionista, Stephen J. Canell. El padre de la biblia de Antony Vincenzo Baretta, quien escribió el nombre real del personaje. Conocido por el éxito que había adquirido con otra serie, para la cual, se presentó Blake, pero terminó en manos de James Garner; “Los casos de Rockford”. Su vitola de Supershowrunner era más que obvia, además de su ingeniosidad para escribir personajes auténticos: desde ‘El equipo A’ a ‘El gran héroe americano’, entre otras. Baretta duró 4 temporadas y se filmaron 82 capítulos. Ganó varios premios, entre ellos el Emmy y el Globo de Oro para el imprevisible, Robert Blake. Todo el mundo, quería un autógrafo del nuevo héroe de la ABCTV; Tony Baretta. El protagonista por antonomasia del disfraz, cual, más surrealista, quien solía sorprender a sus propios compañeros. En más de una ocasión, llegó a ser arrestado por no querer destapar su indumentaria, ya que le permitía generar amistades con muchos de los malhechores que pululaban por la calles de Los Ángeles. Alérgico a la burocracia y las reglas, todavía sigue una especie de código no escrito, hecho de respeto, honestidad, apego al trabajo y envuelto de un lado muy cercano, relativamente, compasivo. Solitario, nunca aceptó tener un compañero para compartir el riesgo. El Inspector Schiller (Dana Elcar) era su jefe, más tarde fue reemplazado por el teniente Brubaker (Edward Grover) del luctuoso distrito 53 de Los Ángeles. El show tenía una sutil dosis de humor, gracias a los apuntes de Rooster (Michael D. Roberts), el extravagante amigo e informante del protagonista, y de su mascota Fred. Sondra Blake, entonces esposa del actor, aparecía ocasionalmente en la serie. Todo esto, sumado, al brillante score musical de la serie, escrito por los extraordinarios Dave Grusin y Morgan Ames: Keep Your Eye On The Sparrow, completamente instrumental, la cual, se decidió añadirle letras para ser interpretada por otro de los grandes de la canción: Sammy Davis Jr. Baretta y Blake fue otro pico de tensión mental, entre el personaje y la persona, en sí. La redentora victoria, en la eufórica noche de los Emmy de 1975, puso a Robert Blake en la cima del mundo.

Hay que reconocer que por la serie se dejaron ver rostros de lo más interesantes; desde Joan Collins, a Elisha Cook Jr, Belinda Balaski, Burt Young, Dick Sargent Dennis Quaid, Jennifer Jason Leigh, Tom Skerritt, Pamela Bellwood o Scott Glenn, de entre una larguísima e interminable lista de actores y actrices maravillosos. Baretta, hizo que Blake se subiera al cohete de la popularidad y explotó al máximo la situación. Comenzó a exigir guiones más inteligentes y a luchar en el set y en la corte por el control principal de la producción. Hizo que trajeran a su esposa Sondra como estrella invitada frecuente y comenzó a ignorar por completo a los directores que no le gustaban, dirigiendo efectivamente el programa él mismo. “El gremio dice que tienes que tener un director, así que pones a un director en la silla”, declaró Blake con arrogancia en 1976. “Es como meter una escoba en la silla. De todos modos, el espectáculo se dirige solo”. Blake fue citado además en Esquire diciendo lo siguiente acerca de sus directivos y dueños del show: “Aquí en Universal, nadie escucha y a nadie le importa. En lo que respecta a la mayoría de la gente, es mejor que se conviertan en Perry Mason o Donald Duck, no hace nada”. ¿Cuál es la diferencia? ¡Ninguna! Una vez que vendes la hora, mientras esté al aire, al mercado publicitario, ya da igual. No importa. Estás en antena o no lo estés”. Baretta se iba descontrolando y ello. No era ajeno al resto del equipo de rodaje. Las intensas batallas en el set finalmente llevaron a la destitución del productor original Swerling. Su cólera se cebó con otros despidos del personal de producción. Blake tenía quejas legítimas, quería una producción de calidad, de la que pudiera estar orgulloso. Pero luego tuvo que admitir que el consumo excesivo de drogas que se metía en el cuerpo nublaba su juicio diario. Cuando se le pidió que se describiera a sí mismo en este momento de su vida, Blake usó palabras como “loco”, “hostil” y “lleno de ira”, y buscó terapia para controlar esos malignos sentimientos. En la tercera temporada, rodado el episodio 10 (1976-77) Robert Blake anunció que no regresaría por cuarta temporada de Baretta debido a una disputa contractual con Universal. El estudio, ante la posibilidad de perder una de sus principales producciones, dio su brazo a torcer y ofreció una suma de dinero más sustanciosa a Blake.

 

Además de tener el control de producción ejecutiva sobre diferentes aspectos del show. Blake tomó la decisión de volver, de inmediato. RB, finalmente, recibió aquello por lo que luchó durante tanto tiempo, sin embargo, los datos de audiencia bajaron tan pronto como comenzó la cuarta temporada 1977/78. Cuando ABC trasladó el programa  de los miércoles por la noche al jueves, los números fueron mucho peor. Baretta estaba con media espada clavada en el esternón. Un año después, de la victoria moral y reivindicativa de Blake, sobre Universal. ABCTV, anulaba la serie en Menos de un año después de su victoria sobre Universal, Baretta fue cancelada en junio de 1978. Se pueden encontrar los capítulos en DVD por alguna web muy comercial, conocida de todos y en la webesfera. Curiosamente, 1999, con 63 años, Robert Blake, despojado de la piel de Baretta, vivió el más difícil caso de una dilatada vida. Su esposa, por aquel entonces,  Bonnie Lee Bakley (con un largo historial de divorcios y estafas) a la salida de un restaurante de la ciudad de Los Angeles, donde cenaban plácidamente, cuando salían del establecimiento, dirección al parking, ella se quedó sentada el asiento derecho de acompañante, esperando a RB, que le dijo: “he de volver cariño, me he dejado algo en la mesa.” De repente, recibió un disparo en la cabeza, mientras esperaba sentada a su marido, Robert Blake. Éste, cuando fue interrogado por la policía comentó que había vuelto al restaurante, a recoger una arma que se había dejado en la mesa. Nadie de los comensales, ni del servicio de restauración; vio nada extraño. Los dueños del restaurante italiano de prestigio, nunca vieron nada dudoso. La policía llevó a cabo una investigación, donde el misterioso crimen, sin pistas fiables, terminó con Blake como principal sospechoso. El juicio, en 2002 levantó una expectación mediática, al estilo O.J. Simpson. Finalmente, en 2005, fue absuelto por falta de pruebas. Al parecer, se sigue investigando en los tribunales sobre este affaire, que inspiró un capítulo de la aclamada serie de TV de Dick Wolf “Ley y Orden”.  Las últimas pesquisas hablan que allegados al hijo de Marlon Brando, Christian Brando, habrían podido ser los responsables de la muerte de la señora Bakley. Surrealista, pero tan verídico como la propia vida de Michael James Vincenzo Gubitosi, para los fans y amigos, Robert Blake, que con 87 años sigue vivo y muy cuerdo. Quizá ahora el actor recuerde algunas frases de su famoso personaje: Todos debemos pagar nuestras deudas; o Los únicos tipos malos que conozco están en la cárcel, o en la tumba… Así fue la historia del mítico detective y su cacatúa blanca. Auténtica, como su propia vida. El detective a contracorriente. Nota: 7,1

 

 

The Queen’s Gambit (2020) “La jugadora de ajedrez”

Llevar a la pantalla una obra literaria tan compleja, como en el caso, de The Queen’s Gambit escrita por  Walter Tevis, y  publicada en 1983. Ha sido todo un reto. Hay que decir que uno de sus creadores, el guionista escocés Allan Scott compró los derechos del libro, —los cuales, inicialmente — fueron comprados por el periodista Jesse Kornbluth, quien en vista, que los estudios no se ponían de acuerdo para sacar el proyecto adelante. Lo revendió a un fondo de guiones de estudios. Y es cuando Allan Scott los compra en 1992. Puso todo su entusiasmo y llegó a convencer a directores de la talla de Michael Apted y Bernardo Bertolucci. Desgraciadamente, los directores que estaban involucrados para el embrión/ proyecto, de aquel entonces, abandonaron el mismo, pues, estaban embarcados en otros. En 2008, Scott, despertó el interés del australiano Heath Ledger, el cual, tenía muy claro que sería su debut como director y tendría como protagonista a Ellen Page. Todo aquel excitante plan, se fue al garete, cuando el icónico actor  repentinamente se suicidó. Bien, Walter Tevis, no es un desconocido para los amantes de la gran y pequeña pantalla. Empero lo más fascinante; es descubrir que estamos ante una obra —la literaria— que viene de la mano de un escritor denso, minucioso y detallista. Si en su novela The Hustler, sobre el mundo subterráneo de los tahúres del billar, almas perdidas, seres que se hunden, poco a poco, y de otros malvados, sin escrúpulos. Un pequeño microcosmos subterráneo, en donde todos ellos, creen saber encontrarse hoy. Pero nunca sabrán, donde amanecerá mañana. Seres sin futuro concreto, ya que no tienen nada. La palabra futuro es una quimera en su mentes. De ahí que los personajes de las obras de este personalismo escritor hayan dado tanto juego a la gran y pequeña pantalla. Recordemos The Man Who Fell to Earth de Nicholas Roen y The Color of Money por Martin Scorsese, a modo, de una segunda parte de la icónica: The Hustler firmada por el ínclito Robert Rossen. En definitiva, todos estos personajes, son adictos al azar, y de ahí, que Tevis en esta ocasión nos brindé un libro que es un homenaje a de la vida del propio Fischer (en palabras suyas). Eso, sí con un matiz, importantísimo, el héroe de la novela no existe, pues en su novela y en el guion, la heroína es la protagonista Beth Harmon. Hasta hay un torneo en Ciudad de México en el que la protagonista es derrotada por Borgov, como le ocurrió a Fischer con Spassky en la Copa Piatigorsky. Incluso la plasmación por la fascinación de los elegantes jugadores soviéticos, aprender a hablar ruso para leer a Shajmatni o trabajar sin equipo ni apoyo de las instituciones contra toda la Escuela Soviética, están sacados de la vida del propio Fischer.

Y ahora, es cuando, ya entra la maquinaria de Netflix, y  el coraje de los creadores Scott Frank (también como director) y Allan Scott, cuando adquirió los derechos del guion, estaba con un borrador adjunto de la mano del propio, Walter Tevis. El escritor falleció en 1984 y no pudo ver el final de su obra en la gran pantalla. Obviamente, de todos, es bien sabido que la gran mayoría de los escritores suelen mantenerse alejados de Hollywood y alrededores; ya que estos últimos compran los derechos de sus obras y acaban por no tener nada de la esencia original del libro escrito. Sin embargo, esta obra tiene algunos ingredientes que la hacen un clásico de la literatura contemporánea norteamericana del siglo XX. La historia sobre el ajedrez, un deporte, muy intelectual, desde una perspectiva que va desde el thriller a las obsesiones de eso que llamamos personajes prodigio. El delicado equilibrio que mantiene la historia de la huérfana Beth Harmon, interpretada de forma magistral por Anya Taylor-Joy (El secreto de Marrowbone y Peaky Blinders). Con apenas seis años, la pequeña Beth, ha llegado al orfanato de Methuen. Después de la muerte de su madre por suicidio. Ella es la hija, de una madre prodigio, que padecía una dura enfermedad mental. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones. Algo que será una constante de vital necesidad a lo largo de su crecimiento. El personal del hospicio brinda la atención más práctica, usando drogas, para apaciguar a los niños y adolescentes, algo que condicionará el comportamiento de Beth. Es aquí donde BH encuentra refugio y seguridad por primera vez. Cosas de la genialidad de esta criatura que termina limpiando los borradores de las pizarras. Curiosamente, en su clase de matemáticas, resuelve problemas más complejos, que los que pudiera realizar la propia profesora, cuando ésta la envía con los borradores y comienza un adictivo idilio con el sótano. Una vez allí, descubre, un tablero lleno de extrañas piezas —el fascinante ajedrez— al que dedicará todo su tiempo libre. Moviendo las piezas un personaje, el Sr. Schaibel, que hará que su vida tenga el sentido de todo lo que lleva en su interior.

En esos ratos vacíos de estancia —furtivamente— y sólo, bajo la consigna, de  observar en silencio: aprenderá a jugar. Gracias al peculiar conserje del orfanato el Sr. Shaibel (interpretado por un magnífico Bill Camp). La niña, Beth, mira hacia el techo desde su cama a altas horas de la noche. De repente, las sombras oscurecidas comienzan a brillar. Lo que alguna vez fue una negrura indescifrable se transforma en estructuras claras y presentes con tonos de luz fantasmales. Es un tablero de ajedrez y las 16 piezas se mueven rápidamente por el campo de batalla cuadrado a cuadrado. Cuando nuestro guardián del orfanato constata que; está ante una pequeña genio de este juego. Terminando por introducir a la pequeña Harmon, en un mundo este deporte. Un coto exclusivo de hombres. Aparecía ese submundo de una sociedad, muy cercana al de las mentiras de Don Draper de la magistral Mad Men. Sin embargo, Beth, entra en una dinámica de  adicción, donde su sintomatología comienza a escaparse de todo control y su abstinencia es incontrolable. Finalmente, las autoridades impiden que el hogar les siga dando esa medicación a las niñas. Jolene, el único personaje de raza negra, que deambula por el orfanato, será una de las pocas amistades, que se hallan en la misma situación que BH. Muy pronto conecta con Beth. Desde el primer día de reparto de píldoras y sus sutiles consejos de cómo administrarse las píldoras. Sería la adolescente que representa a los luchadores sureños que claman por la igualdad y son igual de responsables; en el gran estado utópico de progreso y bienestar que son los EE.UU. Pero todo ello, como muy solapado. Dejando el pequeño apunte, ella existe, en el libro y el guion, esencialmente, para ayudar a Beth. Pasados unos años nuestra protagonista BH es una adolescente, que se despide de Jolene. Pues, la directora del refugio le presenta a sus nuevos progenitores: los Wheatley, un matrimonio infeliz.

Mientras el esposo pasa semanas enfrascado en interminables “viajes de negocios” por el  oeste, Beth, va estrechando, unos vínculos muy empáticos hacia su nueva madre, Alma (Marielle Heller), una alcohólica funcional sui generis. Beth gana torneos de ajedrez locales, y cuando Alma descubre cuánto dinero puede ganar su nueva hija, actúa como agente representante de Beth, por una porcentaje. Sacándola de la escuela para que puedan viajar a torneos nacionales e internacionales. Mientras tanto, aquella sociedad norteamericana donde “solo trabajan mujeres negras”, que parece gozar de relativo esplendor una década y media, después del final de la 2GM sigue su devenir. Los USA van saliendo de los 50, para acercarse más a los 60, igual que Beth Harmon. Entre el entretenimiento y el propio entrenamiento: se va generando tensión y emoción. Dolor y venganza, la cual,  permite la puesta en escena de una obra de gran profundidad; que deparará por sumideros bizarros. En el fondo, toda  una experiencia emocional complicada de compartir. Alma Wheatley, tiene ese sentido de pálida simpatía de estrella de cabaret decadente. Una ama de casa frustrada de los sesenta a la que los tiempos han privado de su propio potencial. Evidentemente, es ella, la única conexión real de Beth con el mundo. Del que como madre quiere advertir de la perversidad que posee, el misma. A su manera, todas las piezas representan las virtudes y las flaquezas de Beth. En el tablero de ajedrez flanquean a la Reina de Beth, aunque depende de ella darse cuenta de su importancia. Muy difícil de limitar a un género, en lugar de a otro, ya que es compleja y notable.

El juego del enigmático del ajedrez se alimenta un apasionante encanto y una particular historia de formación y emancipación, que se basa en la importancia de nuestras raíces y la inmensa fuerza necesaria: si no tienes la suerte de nacer en el lado “adecuado” de la barrera, para captar tu propio destino. Desde el impulso kármico que parece atraparla desde la mente prodigiosa de su madre muerta, a esos periodos de alcohol y clorpromazina que hacen de ella una zombi autista. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones por una estricta necesidad vital. El aspecto más impactante es sin duda cómo se vuelve adicta a las píldoras; cuando era niña y la adicción se solidifica con los años. El autodescubrimiento gradual y el fortalecimiento interior siempre significan un enfrentamiento con los demonios interiores y traumas tardíos que retumban en la mujer que se ha convertido. Beth Harmon fue obligada a tomar supuestas vitaminas mágicas todos los días, que en muy corto tiempo le generaron dependencia. A hundirse en el dolor, a dominar un mundo predecible en el que hay que ser una mujer fuerte para estar sola y encontrar tu propio itinerario, en una sociedad donde las personas, especialmente las mujeres, están satisfechas con todo para poder decir que tienen algo. La serie deja  claro que ella es la mejor de las mejores y que no está dispuesta a permitir que las expectativas de su género, la historia de su origen o los hombres de su vida dicten lo que pueda hacer o lograr. Empero a diferencia de esos otros genios, para quienes el mundo se inclina, en adaptarse a sus necesidades. La historia deja bien claro que esta actitud tiene un costo. Sí, Beth no debería (y no debe) comprometerse simplemente porque aquellos que carecen de su talento o impulso se lo piden, pues, la historia asocia el ascenso de Beth con el de los campeones de ajedrez soviéticos, los hombres que hacen todo y dan todo a lo largo de su carrera.

Vidas para alcanzar la cima de su juego y luego pasar el resto de sus vidas tratando de mantenerse en la cima mientras los jóvenes advenedizos emergen para enfrentarlos. Una vez que son destronados, pierden todo y se retiran silenciosamente en la oscuridad. Simplemente un nombre que alguna vez fue grandioso pero que ya no es necesario: los campeones de ajedrez de la cinta transportadora. Esta yuxtaposición, que realmente solo se enfoca en la segunda mitad de la serie, insinúa la posibilidad de un final trágico para Beth (fuera de los límites de la serie, naturalmente), pero estamos claramente destinados a creer que ella puede recuperarse. Fuera de esta trayectoria, que hay suficientes personas que se preocupan por ella, y no simplemente por su talento, para salvarla de este destino, incluso si no siempre está dispuesta o no siempre puede aceptar su ayuda cuando se la ofrece. Henry Melling como Harry Beltik, un rival convertido en amigo, y Thomas Brodie-Sangster como Benny Watts, el principal rival estadounidense de Beth, están excelentes, y cada personaje consigue caminar por el filo de la navaja, al reconocer el genio de Beth y negarse a no salir castrado por ella. No es fácil crear uno de esos personajes en un cuento como este, pero tener tres (sin mencionar una gran cantidad de ajedrecistas adicionales que pueden dejar de lado sus egos y aceptar a Beth por lo que es), todos los cuales. ¿Son multifacéticos y esenciales para la trama? Esa es una hazaña impresionante de escritura e interpretación. Si bien Taylor-Joy es la estrella, ver a Camp, Melling y Brodie-Sangster, todos grandes actores por derecho propio, jugar con ella es uno de los mayores alicientes del espectáculo. Saber cuándo retirarse para permitir que su coprotagonista brille es una habilidad que el público a menudo pasa por alto, pero cada uno de estos hombres estaba dispuesto a hacerlo y eso hizo que la serie fuera aún más fuerte.

A través de una narrativa encantadora y convincente, imbuida de emancipación, feminismo y adicción a las drogas. De alcohol y las autolesiones que giran en torno a la prodigio del ajedrez Beth Harmon. Beth es tan desordenada, mezquina y brillante como John Nash (Russell Crowe en A Beautiful Mind 2001) o Will Hunting (Matt Damon en Good Will Hunting 1997). Nada en The Queen’s Gambit se siente al azar, la exquisita fotografía de Steven Meizler llenando cada cuadro con detalles de época. El diseño de producción del germano Uli Hanisch convirtiendo una paleta de colores de grises, marrones y rubores en algo exuberante y casi reconfortante. Evoca tanto la vulgaridad suburbana como el lujo creciente de la ascensión de Beth con igual facilidad, ya sea que el escenario sea un orfanato de Kentucky, un lúgubre apartamento en el sótano de la ciudad de Nueva York o el hotel más lujoso de la Moscú de 1967. Mientras tanto, el vestuario de Gabriele Binder es fundamental para trazar el florecimiento físico de Beth. El diseño de las localizaciones o la visualización de las partidas de ajedrez. El ajedrez es la columna vertebral de The Queen’s Gambit y no estoy seguro de que ningún director haya tenido que encontrar tantas formas de generar acción a partir de jugadores mirando figuras talladas en un tablero de 64 cuadrados. Trabajando en tándem sinfónico con el montaje final de Michelle Tesoro y sus composiciones multipantalla. La labor del compositor Carlos Rafael Rivera, cuyo enorme trabajo hace que sus notas sean de las mejores de este año. Así como la labor de maquillaje y peluquería de Daniel Parker son espléndidos. Todo ello, desde un planteamiento muy original; el genio de esta historia se llama mujer. Y ya hay una nueva estrella en el firmamento. Déjense llevar por el fascinante mundo del ajedrez y  lo agradecerán. Nota:7,8 

Los Ángeles de Charlie (1976)

El pasado negro de aquella vieja España comenzaba a retomar el aliento. Nuevos vientos de liberación corrían por las calles y los semblantes de nuestras actuales abuelas —que se transformaban— en melenas coloreadas y tejanos Lois con patas de elefante.  De la mano divina de un Dios llamado Charlie: tres criaturas brillaban —como diamantes De Beers— en las protocajas catódicas, de un system Pal protocolor. La nueva cita, tras la manduca tardonocturna, eran los originales Ángeles de Charlie. Todo el mundo se iba a la cama con una sonrisa de oreja a oreja, obnubilados por el magnetismo de aquellos rostros angelicales. Pocas veces se había visto en la tele una combinación tan inusual de vitalidad femenina y sensualidad. La década de los 70 fue toda una aventura para la sociedad occidental. Sin embargo, en España se convirtió en un reto doble; la gente se acercaba por primera vez en muchos años a una urna y las féminas —tímidamente— alzaban su voz, aunque no quieran reconocérselo gracias a mujeres como estas tres ninfas: Sabrina, Jill y Kelly. La misoginia apretaba, empero las nuevas murallas de la palabra libertad se hacían fuertes en la frágil piel de toro. Empero, la platea estaba sedienta de acción y aventura.

Evidentemente, Los Ángeles de Charlie marcaron un antes y un después, en la televisión. Primero, el hecho de ubicar a tres mujeres como protagonistas—guapas y sexys—, independientes y caracteres dispares. Y en segundo lugar, el golpe de efecto de un jefe, que era un interfono —antiguo armatoste— de voz sugerente y, de algún modo, sexista (puesta por el actor John Forsythe) El resto de la tramoya delegaba en su lugarteniente, el siempre eficaz, JohnBosley (interpretado por David Doyle). Los episodios arrancaban con el encargo de una nueva y arriesgada misión del Sr. Charles Townsend a sus chicas. Con el saludo inicial de: “Buenos días, ángeles. “Buenos días, Charlie… La factoría Spelling-Goldberg, que por aquel entonces parecía tener el monopolio del éxito en la pequeña pantalla en los alocados 70, lo tuvieron claro el día que entablaron conversaciones con la ABC. Creadores de celebres policíacos y culebrones de clanes familiares. De Starsky y Hutch o S.W.A.T en la década de los setenta a folletines ochenteros, como  Dinastía o los Colby.

Pese a esto, los avispados productores contaron en este serial, un drama sobre tres mujeres —en un principio, todas ellas al servicio del departamento de policía— que son contratadas por un hombre misterioso llamado Charlie como detectives privados. Entraba la cortinilla del capítulo y sonaba el score musical, ya mítico, de Jack Elliott. Éste, proponía arriesgadas misiones de todo tipo ya que su agencia es célebre por la factura de los trabajos. A todo ello, se le unía el factor celebrity, es decir, la introducción de grandes estrellas de la gran pantalla,  haciendo sus cameos de buenos y malos: Barry Bostwick, Kim Cattrall, ScatmanCrothers, Jamie Lee Curtis, Timothy Dalton, CaseyKasem, Tommy Lee Jones, Robert Englund, Patrick Duffy, Sammy Davis Jr., Christopher Lee y un jovial Tom Selleck. Todo el mundo quería su minuto de gloria en la serie policiaca más sexy y cool de la historia de la televisión. Los Ángeles de Charlie pasarán a la posteridad por ser un halo de libertad femenina y confianza en la labor detectivesca. Steve McQueen dejó de tener la patente de corso para hacer los mejores trompos del cine. Sabrina, Kelly y Jill hacían rugir motores a todo gas.

No por ello, Los Ángeles de Charlie estaban contaminados del maldito sambenito de mujeres objetos, que se dejaba ver en sus personajes, según sus detractores. Fue atacada por la zafiedad de sus guiones y la banalización del concepto femenino, donde sus estrellas correteaban, sin ton ni son, en unas aventuras, envueltas de tics machistas. Los directivos de la ABC, que nunca creyeron en la idea inicial del dueto S&G, se frotaban las manos con las audiencias del formato. El mismo que de la noche a la mañana se convertiría en icono de deseo entre peluqueros, diseñadores fashion, revistas del corazón, feministas de pro y sexistas de todo tipo, a la caza del cabello de FarrahFawcett-Majors. La misma estrella, que fue demandada por la productora, ya que nada más acabar la primera temporada decidió la salida del show. Apenas, pudimos disfrutar de sus bellos ojos en veintinueve capítulos de un total de ciento nueve episodios, a lo largo de 5 temporadas, que se emitieron de 1976 a 1981. Y eso que hubo casi tortas por su papel. Entre las muchas pretendientes al puesto de este personaje, estaban nombres tan sugerentes como los de Kim Basinger o Michelle Pfeiffer.

Al final, la pobre Fawcett, entre matrimonios fallidos y elecciones erróneas en su carrera cinematográfica, la vida le dio un duro revés; cuando un demoledor cáncer acabó con uno de los rostros más bellos del Hollywood de aquellos locos 70/80. Los guionistas y productores optaron por Cheryl Ladd, que interpretaba a Kris, su hermana pequeña, mientras ella se había tomado una especie de excedencia laboral para competir como piloto de carreras en el Grand Prix de Europa. Kate Jackson, se mantuvo como la cerebral Sabrina Duncan. Al finalizar la tercera temporada, se marchó y fue sustituida por Shelley Hack, en su 4T, y en la 5T, el papel fue para Tanya Roberts. Jacklyn Smith, la siempre profesional y curranta, Kelly Garrett: estuvo las cinco temporadas completas. Es más, a día de hoy se le puede ver por una de las entregas de CSI, haciendo de forense. En el año 2000, Drew Barrymore adquirió los derechos cinematográficos de la serie, para llevarla a la gran pantalla. Una gran superproducción protagonizada por la propia Barrymore, Cameron Díaz y Lucy Lu. El film tuvo suficiente éxito como para generar una segunda parte tres años después. La respuesta de la crítica y público fue nefasta. Obviamente, la entrega final de la trilogía quedó en algún cajón desastre. El canal ABC rescató el formato televisivo nuevamente con D. Barrymore de productora.  Jóvenes actrices, con muchas ganas, en sus misiones por la ciudad de Miami. Sin embargo, el resultado fue un gran fiasco y sólo se han emitido unos ocho episodios de su primera entrega. Los Ángeles de Charlie originales están editados en DVD —V.O.—, las cinco temporadas se pueden adquirir en Amazon. Nota: 6,9