The best 10 series TV (2015)

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Rich Man, Poor Man (1976)

 

Father Jordache Foto 1

Si les soy sincero, me gusta mucho, por no decir muchísimo la ficción de antaño tanto o casi más, que la actual. Y una de mis razones, esenciales,  es descubrir que ahora —muchas de aquellas series y miniseries— el paso del tiempo les ha dado el grado óptimo de un buen vino. A día de hoy se pueden encontrar un buen puñado de ellas que siguen siendo fantásticas. Además, unas cuantas ya han sido comentadas por estos lares. ¿Qué es lo que nos lleva a apostillar esta aseveración? Su gran factura en todos los apartados y evidentemente, esa vis creativa cuasi visionaria en algunas propuestas. Es el caso de la miniserie que vamos a analizar hoy. Hubo un tiempo, donde la otrora TVE (única e impoluta, apenas tenía competencia y era su segundo canal) se implicó en una propuesta nocturna —alter prime time ochentero— donde se dejaron ver miniseries y series con un denominador común: la madurez. Cuando aludo a la madurez, lo digo en todos los sentidos. Pues, las temáticas que abarcaban es lo que la vida nos deparará más tarde o más temprano: familia, trabajo enfrentamientos, matrimonios, divorcios, celos, riqueza, pobreza, traición o lealtad. La vida y la muerte. El éxito y el fracaso, tan sólo unas décimas de diferencia. Es la época de unos seriales muy bien hechos, caso de Raíces, Eduardo y la Señora Simpson, Capitanes y Reyes, Vientos de Guerra, Shogun y otras muchas más que intentaremos traer a esta sección de la TV Vintage. En este sentido nos adentramos en una producción que tuvo una audiencia tremenda y generó una gran tómbola mediática —entre los corrillos de los mercados— así como en los almuerzos de trabajo de aquella divertida e ingenua época de la transición Made in Spain. Hombre rico, hombre pobre (1976) es la adaptación de novela del prestigioso escritor, Irvin Shaw de origen judío-ruso (autor del libro el baile de los malditos y víctima del Macartismo) que mantuvo un espaciado exilio en Europa. Periodo en donde su abundancia de títulos fue prolija.

Tom in The Room Staff Foto 2

La novela tuvo un itinerario curioso, pues una buena parte de ella se publicó, a modo de pequeñas entregas, en la revista Playboy y terminó convertido en un gran best-seller, allá por 1969. Hasta que la cadena ABC— heredera del espíritu innovador— del gran E. Noble compró los derechos, y, en febrero de 1976 puso a trabajar al prestigioso guionista Dean Riesner (Dirty Harry/1971) y tres directores de un gran prestigio televisivo: David Greene, Bill Bixby y Boris Sagal La novela comprende un período de tiempo entre 1945 a 1965 y gira, en torno a dos hermanos de una familia inmigrante: los Jordache. La adaptación sigue los pasos de los vástagos de la familia Jordache —Rudy el apuesto ganador (Peter Strauss) y el perdedor Tom (Nick Nolte)— hasta mediados de los años 60. La ausencia en la miniserie del personaje de la hermana Gretchen  Jordache— nunca sabremos muy bien porque se eliminó, pero Riesner era mucho Riesner y lo sustituyó por Julie Prescott (Susan Blakely), novia del instituto de Rudy. Hombre rico, hombre pobre pivotaba en un eje central: la disputa entre los hermanos Jordache. Ejecutando el vetusto, aunque no menos efectivo recurso del paralelismo bíblico; la historia de la historias por excelencia, el conflicto entre Caín y Abel. Hijos de un inmigrante alemán rudo y feroz, Axel Jordache (Edward Asner) y su esposa Mary (Dorothy McGuire), quienes dirigen una panadería en estado de Nueva York. Rudy y Tom inicialmente parecen bien avenidos en los primeros días del fin de la IIGM, pero poco a poco, irán tomando nuevos y distantes itinerarios. Rudy va al colegio y  se hace notar, y muy pronto comienza a trabajar para el magnate de los grandes almacenes Duncan Calderwood (Ray Milland). Tom comienza una relación con un ama de casa irlandesa, Clothilde (Fionnula Flanagan), que nos recuerda un poco a ese personaje de la novela de James M. Cain —muy de refilón— pues, el jovenzuelo Tom se enamora de una forma más inocente. Clothilde es la esposa del dueño del taller donde Tom comienza a  trabajar como mecánico aprendiz. El esposo se huele el percal  y en menos de lo que dura un telediario, Tom se queda sin la compañía de Clothilde.

Falconetti Foto 3

En este tramo de la serie se observarán algunas secuencias memoriales, en un tono erótico, de alto voltaje para una audiencia más acostumbrada a un material mucho más políticamente correcto del dial; La mujer biónica, Los Walton o el hombre de seis millones de dólares y etc. Tom termina conociendo a Teresa Santoro (Talia Shire, que estaba muy cerca de convertirse en la Sra. Balboa) y decide marcharse a California para hacerse boxeador. Curiosa pareja, Shire ya era una de las grandes tras pasar por “El padrino” de Coppola y Nolte estaba a punto de dar el gran salto a Hollywood. El azar le llevará por un viaje, directo a las aguas más profundas del mundo del boxeo. Las cosas se complican por enésima vez y finalmente sale por piernas, enrolándose en un barco mercante. La aureola de Loser la deja caer con gran mimo el guionista Reisner. Paralelamente, vemos el ascenso Rudy dentro de ese hermoso envoltorio del americano protoKennedyano. Su rostro es la expresión de la decencia del trabajo y el éxito el secreto de la supuesta honorabilidad que huele a Washington. No menos interesante es el viraje de Julie; la novia de toda la vida de Rudy. De su trabajo como voluntaria ayudante de enfermería, en el hospital de veteranos y sus coqueteos con un soldado de color, hasta ese viaje —iniciático y rebelde— a un mundo desconocido y excitante: NY. Explorando su lado más artístico, sexual y aventurero como una actriz, escritora y fotógrafa eventual. Todo ello con los antecedentes del rico y depravado empresario Teddy Boylan (Robert Reed), que encandila con su posición —de gurú— una preintroducción de Julie, en los placeres más sofisticados de los llamados “adultos”. Reisner logró incorporar cuestiones tan prístinas como  “el ojo por ojo” y  el insoportable peso de los remordimientos. Así como la carga punitiva de la interpretación  de los pecados, en un contexto multicultural, dejándonos caer la pregunta; si estos son transferidos por el obcecado y bruto padre hacía sus hijos. Al igual que esa revisión de los daños colaterales del utópico sueño americano, cuando el mismo desaparece del circuito ante su propio fracaso y ruina. Hombre rico, hombre pobre contaba con unas subtramas secundarias de alto calibre, que de algún modo tuvo su recompensa en la interpretaciones de los implicados, unos rodajes donde en más de una ocasión saltaban, algo más que chispas en los face to face entre Strauss, Nolte y Blakely.

Tom in The Ring Foto 4

Mención aparte, es el personaje malvado por excelencia y recordado por todo el mundo. Uno de mayores malos de la historia cinematográfica y el rey de villanos en la historia de TV. Anthony Falconetti (William Smith) tenía ese plus de un físico muy Jack Palance y una mente más perversa que otro gran  malvado de la serie B, Neville Brand. Todavía es recordada con pavor la violación en el barco del amigo de Tom, Ray Dwyer (el actor afroamericano Herbert Jefferson, Jr.) Momento hit de la historia del prime time televisivo. En la lectura del libro hay una descripción mucho más minuciosa del personaje. Todo haya que decirlo que el propio Smith confesó que aquel papel, si bien lo hizo archifamoso, también es verdad que fue su propia cripta. Pues, recibió todo tipo de amenazas de chiflados y los productores veían, en él, la faz de Falconetti, que su auténtico perfil, es decir, el actor William Smith. Un fenómeno digno de tesis doctoral. Hombre Rico, hombre pobre era el tipo de serial que consiguió reunir a un montón de gente, soltándose la lengua para  hablar de los temas más tabús en un tiempo donde muchas heridas aún sangraban: raza, clase, sexo y por encima de todo; la vida. Lo duro que es el camino hacia una felicidad absoluta, pues no existe ese estado perpetuo. Por el mismo itinerario se van perdiendo baluartes y pluses que son irrecuperables. No obstante, la vida es dura y en pocas ocasiones fácil. A pesar de que el mundo se empecine en vendernos los contrario. Y el mensaje de Hombre rico, hombre pobre podía ser incomodo pero no alejado de lo que es el día a día. Obviamente, a nadie le sorprendió todas las nominaciones a los Emmy y los Globos de Oro, ganando 4 premios en ambas. Los Emmy dieron sus estatuillas a la música de Alex North, la dirección de David Greene y a los actores de reparto: Edward Asner y Fionnula Flanagan.

Rudy&Julie Foto 5

A todo ello, se sumaba un excelente casting, donde brillaron todos y todas en sus papeles; Andrew Duggan, Berry Kroeger, Bill Bixby, Dick Butkus, Dennis Dugan,  Dorothy McGuire, Ray Milland, Gloria Grahame, Dick Sargent, Dorothy Malone, Craig Stevens, George Maharis, George Wyner, Harvey Jason, Herbert Jefferson Jr., Kim Darby, Lawrence Pressman, Lynda Day, George, Steve Allen, Norman Fell, Talia Shire, Kay Lenz, Murray Hamilton, Mike Evans, Tim McIntire, Robert Reed y Van Johnson. Posteriormente, la ABC tras el empacho de  éxito del fenómeno HRHP, trató de recobrar el meteoro y le encargó una segunda parte de esta historia a Irwin Shaw. El resultado fue un libro de menor calidad, eso sí, convertido en un nuevo best- seller. La adaptación de la nueva historia pecaba de excesivo humus melodramático. A pesar de contar con el mismo guionista. Recogiendo parte del final cerrado de la primera entrega y con notables ausencias. El protagonismo fue para Peter Strauss, que ejercía de nuevo padre de los hijos de Tom y Julie, junto con el psicópata de Falconetti acaba por imponerse como el mayor reclamo de la nueva entrega. Siguiendo el registro de villano rencoroso pero en otro plano menor. Los nuevos actores, se esforzaron por sacar adelante el producto pero muy lejos de la perfección que logró aquellos 12 primeros capítulos. Hombre rico, hombre pobre es una opción para paladares de buen nivel, pues poco tiene que anhelar a más de un producto de HBO. No sería extraño ver un remake por la cadena de TimeWarner en un futuro no muy lejano. El año que viene se cumplirá el 40 aniversario de realización y se habla de una nueva edición exclusiva en formato Blue-Ray, sería una noticia excelente. Hasta ese momento, la miniserie se puede comprar en formato DVD y para los más internautas; la webesfera es otra buena opción. Nota: 8,9

American Crime (2015)

TIMOTHY HUTTON

Dicen las mentes más ilustradas, esencialmente, aquellas más introducidas en la crítica literaria, que las historias de detectives tienden a caer en el papel del drama moral. Fetén. Pues, yo me hago las siguientes preguntas: ¿qué es la novela negra en el fondo? ¿Por qué toda la cultura del policíaco sigue atrapando a tanta gente? No les pica la nariz… Claro que sí. Es lo más parecido a la realidad diaria. A ver, voy a ponérselo sencillo y práctico: busquen cualquier portada de periódico, la de hoy, ayer o hace un año y mírenlas bien. Leen los mismo que yo: Accidentes aéreos con psicópatas al mando de la nave, asesinatos de menores sin resolver, corrupción política y económica en altos organismos, grandes robos de obras de arte, casos de espionaje por revelación de documentos periodísticos, negligencias médicas y un largo etcétera. En el país de la ficción televisiva por antonomasia, EE.UU, la veterana cadena  ABC, —aquella que hace once años—, rompió las audiencias con el drama de Sci-fi espiritual, “Lost” (2004). De nuevo, ha vuelto con una propuesta muy interesante, junto al guionista/realizador John Ridley  —ganador en el apartado de guion adaptado de la magnífica “12 años de esclavitud”— y no hace mucho, su primer largometraje; un irregular e interesante biopic del mítico músico Jimi Hendrix. Nos propone un drama criminal que explora la complejidad y la omnipresencia del asesinato, en una sociedad violenta como  la norteamericana, desde múltiples puntos de vista. Todo ello aderezado de un sustancioso y bien compactado plus de tensión racial, donde las desigualdades socioeconómicas afloran con fuerza, tras la aparición de un brutal crimen en una pequeña comunidad (Modesto) perteneciente al distrito de los Ángeles.

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American Crime insiste en la candencia de otros grandes films que han tratado el tema desde la magistral; “En el calor de la noche”(1967) de Norman Jewinson o la premiada “Crash”(2005) de Paul Haggis, más cercanas al modelo americano y el caso de “Babel”(2006) de A.G. Iñárratu, desde una perspectiva más globalizadora de los perpetuos temas que acompañan y seguirán acompañando a la sociedad humana. Así como una visible influencia de dos series de culto: The Wire (2002) o Boss (2011) —concretamente en la concepción visual y estética—, con unos primeros planos y encuadres abrumadores, que nos recuerdan muchísimo a la propuesta de Gus Van Saint. Algo que nos deja confundidos, en cuanto a la elección de un canal convencional es todo ese ambiente a cine independiente Made in Usa bien cosido y planteado. Si American Crime estuviera en la parrilla de Showtime o HBO, nadie se lo cuestionaría; pues, el producto desprende mucha calidad. Exquisita fotografía, buen montaje y muy buena dirección de actores. En American Crime, J. Ridley, ahonda en esa América multicultural donde cada una de las partes del conflicto se ha descrito sin adornos. Es una señal, que nos alerta, de un gravísimo problema de rabiosa actualidad y sigue ahí: el embarazo que todo el mundo evita, en mil eufemismos llamado racismo, que sigue tratando de encontrar una dimensión social, entre lo políticamente correcto y la visión más justa de los EE.UU, los cuales, aspiran a ser la máxima expresión de convivencia de todas las partes que intervienen en el eterno conflicto. Sin embargo, la quimera cae en su propia trampa, cuando descubrimos, a través de las magníficas interpretaciones de los aludidos; el ego de sus particulares creencias y prejuicios que terminará por devorarlos.

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Es lo que se atisba en esta primera temporada, pues el show ha sido renovado por una segunda temporada, una vez pasado con gran éxito ante la crítica Made in Usa y con una audiencia más que discreta. American Crime se convierte en un rompecabezas, que con el paso de los capítulos, las diferentes historias de todos estos personajes, se irán hilvanando en la urdimbre principal: el asesinato de Matt Skokie, un veterano de guerra con una vida aparentemente normal. (Hijo de los principales protagonistas, Russ Skokie), interpretado por un Timothy Hutton, en plena forma, que nos recuerda aquel joven  deslumbrante de talento en el debut cinematográfico de Robert Redford. Su esposa es Barb Hanlon (la siempre espléndida Felicity Huffman). El matrimonio Skokie está roto y además, se evidencia que es una pareja de divorciados por el poco feeling que transmiten y una falta de comunicación absoluta. Por otro lado, está la esposa del asesinado MS, Gwen, la cual, ha sobrevivido y permanece muy grave en coma, luchando por su vida. Hija de Tom Carlin (W. Earl Brown) y Eve Carlin (Penelope Ann Miller, una gran alegría la vuelta de esta actriz a la primera línea mediática). La otra cara de la moneda la comparten, unos personajes muy bien escritos. Ahí, tenemos al severo padre, mexicano, viudo y dueño de un taller de reparación de automóviles; Alonso Gutiérrez (interpretado por ese gran actor que es  gran Benito Martínez) intentando ayudar a su hijo adolescente Tony (Johnny Ortiz) sospechoso de complicidad por dejar el automóvil de su padre a un ladronzuelo, Hector Tontz (Richard Cabral). La pareja de yonkis adictos a la  metanfetamina y lo que se ponga por delante; Nix (Elvis Nolasco) y Aubry Taylor (Caitlin Gerard). Auténticos calcos de los personajes de la soberbia “Boss”; Emma Kane y Darius Morrison—emulando un amor interracial imposible. Todos luchan por su supervivencia tras el impacto del asesinato de Matt y las consecuencias, que están condicionando una angustia latente, sobre sus propias vidas. Enzarzándose en una lucha sin tregua para salir del meollo, ante un daño colateral que les implica de facto.

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Vemos gente común y corriente, un grupo de individuos afectados y relacionados con las consecuencias de los trágicos acontecimientos que cambiarán las vidas de cada uno de ellos. Y es precisamente este dolor lo más triste,  y a la vez, lo más interesante. American Crime es un drama que explora las relaciones familiares de distintas etnias, el tráfico de drogas y cómo el hecho de un solo crimen puede afectar el destino de sus vidas. La búsqueda se convierte en un camino de espinas, donde los resortes del sistema judicial chocan hasta hacer descarrilar al más pintado. Todo ello aún suena más doliente en los acordes —de la gran BSO de corte étnico/minimalista— del gran Mark Isham.  La información es oro negro que hay que encontrar a cualquier precio y la justicia, una ínsula quimérica. Uno de los mayores atractivos del show pivota en el resto de los afectados en todo ente affaire. El desgate físico y emocional de un proceso que avanza como un depredador voraz de sentimientos humanos convertidos en despojos de esa tramoya incendiaria llamada sistema y el  avance tortuoso en una sociedad supuestamente muy desarrollada. Un dato, American Crime se estrenó el 5 de marzo de este año, con el halo de las revoluciones ventriculares todavía latentes, tras los homicidios provocados por la policía de Ferguson (Missouri), y el asesinato de un policía a sangre fría en NY. El alcalde la ciudad casado con una afroamericana afrontando las soflamas de su propia policía. Y las calles de EE.UU convocadas a la protesta —en plena reivindicación— de los derechos de igualdad entre ciudadanos de un mismo lugar. En el fondo John Ridely no está más que narrando una crónica de un estallido que siempre supura entre paños calientes, pero sigue latente. Capote lo vio muy claro en Kansas, y es que América, no país para viejos ni para jóvenes. Es una utopía, que a veces, se descontrola y como todo ser humano: nadie es perfecto. A pesar de que American Crime puede dejarle a uno, esa sensación de déjà vu merece darle una oportunidad. La intensidad de los actores y la pulcritud de la narración, a través de una cámara incisiva sobre el gesto del eterno drama americano con aroma a historias, que son obras maestras de la ficción histórica de la TV; bien vale su margen de paciencia. Nota: 7,8

After 30 years “Moonlighting” (1985/89)

BRUCE WILLIS, CYBILL SHEPHERD

 

Probablemente no  habrá concepción más rica y fértil en la historia de la televisión que el drama de detectives. Las décadas han florecido con ellos, esencialmente, en la prodigiosa y policíaca de los 50, y básicamente, a partir de los 70. Pero el advenimiento de los 80 fue un periodo de sobreexposición a un público, curtido en el visionado de seriales de todo tipo y pelajes, muy difícil de sorprender. Los problemas —que a menudo— se produjeron en las propuestas de las grandes cadenas no terminaban de sortearse y la vis creativa andaba algo dormida. Muy pocos tomaron la idea y la desarrollaron, en algo único, atractivo y fresco.  En el año 1984, cuando el guionista y productor Glenn Gordon Caron —creador de la mítica Remington Steele (1982) y la más reciente Medium (2005)—  se encargó de escribir una serie de detectives de gama alta, con una gran estrella al frente de ella. Basándose en las comedias clásicas de enredo del maestro Howard Hawks. Creó un símil televisivo lleno de equívocos constantes, diálogos vertiginosos y punzantes. Así como una TSR (tensión sexual no resuelta) entre ambos protagonistas. Aquello fue acuñado por los gurús de la escritura creativa como “dramedy” (un mix entre el drama y la comedia, en idénticas proporciones). Ya, lo sé que algunos pensarán aquello de: “Si Hawks levantará la cabeza…” Pues, que estaría la mar de contento y punto. En fin, nuevamente, la cadena ABC apostó todo al rojo y saltó la banca. Luz de Luna, se convirtió en un gran éxito de audiencia; innovadora, cínica y romántica. Un espectáculo que quería ser diferente, literalmente, se dirigió a su público; al que supo darle capitulo a capitulo, semana tras semana el meritorio lugar de ser una de las mejores series de la historia contemporánea.

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A lo largo de 5 temporadas (1985-1989) y un total de 66 episodios supo mantener un altísimo listón, con sus originales y brillantes historias, a millones de televidentes. Coincidiendo con el lanzamiento del capítulo piloto hace 30 años, aprovechamos la ocasión para hacer hincapié en este gran show, que tenía a toda una generación “bola de cristal”, de pelos largos, melenas rizadas, onduladas, tintadas, neones y gafas de sol enganchada a ella. Ropa grande y con unas hombreras, que ni las gargantas del cañón de Colorado. Eran parte del aquel divertimento con mucho estilo ochentero. De la noche a la mañana dos actores—llamémosles—nuevos, en aquel mundo mediático, de la época irrumpieron con gran fuerza y solvencia. Por momentos, la bella Shepherd y el machote Willis llegaron a darnos la sensación de haberse pasado la vida haciendo esta serie. El casting estaba compuesto—aludidos, anteriormente— por la guapa y estilosa, Cybill Shepherd (Maddie Hayes), que gran parte del equipo de producción la tenía en agenda como su primera opción. Y por la parte del partenaire masculino fue difícil dar en el candidato. Sin embargo la valiente apuesta de la productora de proponer a un desconocido, Bruce Willis como el detective David Addison Jr. fue todo un acierto. Tras un complejo casting con más de 3.000 pretendientes, ahí estaba aquel tipo crápula, extrovertido, amante de  la diversión, atrevido y seductor se convirtió en la sensación de los ochenta. Estaba naciendo la leyenda de una superestrella Made in Hollywood; el héroe Bruce Willis.

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La trama partía desde una flagrante estafa—que la  jefa y ex modelo Maddie Hayes— había sufrido por su contable. Ante semejante revés, no le queda más remedio que cerrar la agencia de detectives. Ya que ésta, era una de los lavaderos favoritos de evasión fiscal, que utilizó el corrupto gestor de Miss Hayes. La agencia la dirige nuestro juguetón detective D. Addison. En este primer episodio piloto, ante la disyuntiva, en que Addison se ve envuelto, le propone a Maddie crear una nueva agencia de detectives, donde serían socios y algunas cosas más. Las líneas argumentales giran alrededor de los casos investigados por ambos detectives, donde ellos serán quienes supervisen todo, previo acuerdo, como socios y amigos. La agencia de detectives pasa a llamarse Luna Azul, por ser ese el más famoso producto (un champú) que anunciaba Hayes en su etapa de modelo. Ambos estarán asistidos por Allyce Beasley como Agnes Topisto (DiPesto en la versión original), la recepcionista y posteriormente, la llegada de Curtis Armstrong en el papel de Herbert Viola, el  detective ayudante. “Luz de Luna” tenía un primer reclamo con el público que la hacía muy especial. Ya que el score de la cortinilla de presentación compuesto y cantado por All Jarreau “Moonlighting” te hacia mover el pie de lado a lado, y, después comenzaba la acción, a través de las largas y bellas piernas de Miss Shepherd. Una dinámica muy ácida en un entorno —curiosamente—, habitual y cercano: la agencia.

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Donde la guerra de sexos, muy Hepburn&Tracey se repetía, algo que gusta y seguirá gustando: Maddie y David estaban siempre en desacuerdo, uno siempre tenía que estar en lo cierto y otro tenía que estar equivocado; sus valores y filosofías de vida eran antagónicos. A pesar de sus despotriques, del uno  sobre el otro; terminaban siempre juntos y se dieron cuenta, que tenían una gran dependencia como pareja de hecho y comercial. Si algo malo le ha pasado a uno de los dos: se intentaba dejar para un momento más relajado. Sin embargo, los problemas personales y las diferencias de criterio iban implícitamente relacionadas al trabajo y viceversa… En el fondo, eran detectives y se debían a su profesión, de un modo, alocado, chocante y extravagante; pero sacaban el trabajo adelante. Shepherd contaba que siempre se “hacían la puñeta”, el uno al otro antes de una escena sólo para entrar con el pie acelerado. Es difícil de creer, que no podían ser el mejor de sus amigos o incluso los mejores amantes. Cada episodio revelaría algo maravilloso que tiene lugar entre los dos. Si se trata de una mirada de amor, una sonrisa, un resbalón o un simple roce. Todo era creíble, en este gran show; sexy y dinámico, con momentos realmente hilarantes y surrealistas. Es curioso, ver que en esta serie se seguía manteniendo el formato de artistas, actores o actrices invitados. No obstante, con un matiz, pues podían ser grandes estrellas del cine clásico; Eva Marie Saint, Brooke Adams, Robert Webber, o el mismísimo Orson Welles (espectacular y glorioso instante).

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Desde Whoopi Goldberg y Judd Nelson estrellas ochenteras de por aquel entonces, a futuras y futuribles de la TV, en diferentes formatos: Billy Drago, Brian Thompson, Gary Graham, James Avery, Mark Hammon, Virginia Madsen, Richard Belzer, Rita Wilson, Paul Sorvino, Tim Robbins, Vincent Shiavelli y un largo etcétera. Otro de los grandes alicientes del serial era su fantástica BSO, con temas clásicos de Little Richard, Otis Redding, Rolling Stones, The O’Jays, Patti LaBelle, Mitch Ryder & The Detroit Wheels y muchísimos más. A todo ello, se le sumaban en las voces de los propios: Shepherd&Willis las versiones a dúo de clásicos míticos. Luz de luna murió de éxito y rota por una relación profesional insoportable. Tanto Bruce Willis como Cybill Shepherd se habían desgastado—sus carreras profesionales iban como un misil, sobre todo la de Willis— tras una borrachera de Globos de Oro, Emmys y millones de dólares que cobraron temporada a temporada.  Hipernominados en todos los apartados, premio tras premio y la fama en medio mundo… La pareja de hecho, se deshizo  el 14 de mayo de 1989. Por última vez, el bello tema de All Jarreau sonó y muchos de sus incondicionales no pudieron remediar esgrimir alguna pequeña lágrima. ¡Qué besos se daban en cualquier lugar, aquella pareja tenía algo! Química o feeling… “ese algo” tan americano y que sólo ellos son capaces de hacerlo. La oficina de detectives echó el cierre. Lo dicho, ¿Han a volver a esperar 30 años? Es fácil, DVD,s o soportes digitales por esto de la webesfera. Nota: 8,4

After 20 years Murder One (1995)

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Aquel otoño de 1995 fue un año interesante en el mundo de la producción audiovisual. Ese año marcó un antes y un después en el devenir de la ficción norteamericana. Me explico, la mitad de los noventa presagiaba una fuerte irrupción del inminente S. XXI y la tercera edad de oro de este medio. Lynch había cambiado las reglas y Bochco recogió el testigo de la búsqueda por nuevos senderos. Además de ser una gran añada para el diseñador Armani —menudo vestuario se marcaba Murder One—, también seguirá siendo recordado por todos aquellos paladares exquisitos a este adictivo medio. La aparición de  Murder One fue un nuevo oasis del canal ABC. A pesar de sus 20 años, sigue manteniendo la brillantez, frescura y el carácter innovador, que el alquimista Steven Bochco acababa de perfilar, modelando la parte más incompleta del legado de Twin Peaks: las reglas de la televisión americana, se transformaron en nuevos guiones más realistas e introspectivos. Eso sí, a un alto precio. Pues ABC, en un primer enfrentamiento con su creador acabó castrando parte de su material y luego, le hizo el mayor daño que pueda sufrir un genio; la cancelación de su obra. A día de hoy estamos delante de una las primeras obras de arte postmodernas de la televisión más cercana al mundo de The Killing o la curiosa The Good Wife con todos los ingredientes del clasicismo sazonados con el magisterio de la vieja escuela. Es imposible analizar las casi 20 horas de visionado y comprobar que no están fuera de lugar, todo lo contrario reafirman la validez de su esencia.

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23 capítulos de una primera temporada extraordinaria. Un retrato complejo, ambiguo, de tempo lento pero lleno de artimañas. Finalmente —tras un pulcrísimo pulido al gusto de los directivos de ABC— se convirtieron en dos entregas reserva vintage. La primera remesa de 23 episodios y la segunda de 18, que no vamos a entrar en ella. Más adelante, haremos unas pequeñas aclaraciones. Obviamente, en un mundo donde la justicia no tiene dueño, lo legal no sabe dónde reside y sólo nos queda la certeza moral de que el resto del sistema está dándote la espalda. En esos vericuetos de sistema judicial norteamericano; cabalgan los personajes de Murder One. Unos individuos que se desarrollan y cambian con  una facilidad asombrosa al compás de la vida real. Donde la moral se examina a sí misma, en torno a cuestiones sin moralejas soporíferas y la esencia de la justica legal de un gran país donde la verdad suele sopesarse en la balanza y la espada de lo cínicamente correcto. Steven Bochco es un viejo rockero con más kilómetros que el viejo Renault 11 de mi difunto abuelo —el hombre que nos habló de las angustias de los policías en  Hill Street Blues,— y las soledades de David Caruso y Jimmy Smits de NYPD Blue, y  los abogados más cool en La ley de Los Angeles.

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Mucha gente le sonará raro el nombre de Murder One, pero cuando vean el clip final del post; estoy seguro que de repente alguien se acordará de Jesús Gil y un jovial Berlusconi en la Telecinco de una sempiterna Ana Rosa Quintana. Al lado de otros dos jóvenes guionistas de gran solvencia: Charles E. Eglee (Dark Angel, Dexter, The Shield) y Channing Gibson (St Elsewhere) pusieron toda la carne en el asador en crear el postkarma de Laura Palmer. Nunca fue el gran éxito que se preveía. Sin embargo, el canal de TV hizo un despliegue promocional tan contundente de su premier en Septiembre del 95: el acontecimiento catódico del año. Murder One tuvo una audiencia record y el beneplácito de la crítica televisiva norteamericana de por entonces, volcada con la nueva propuesta del mago de la ABC, Steven Bochco. Anteriormente, habíamos hablado del concepto castración del creador y eso terminó de la siguiente manera. SB, tuvo una trifulca de mil demonios con los grandes directivos de ABC, a la vez que actor protagonista Daniel Benzali estalló contra Bochco —nunca hubo buen feeling entre ellos— que acorralado por los acontecimientos tuvo que prescindir del personaje de Benzali, en detrimento del talento del joven australiano Anthony LaPaglia (marcado de por vida en su papel de agente del FBI en Sin Rastro), que en ésta y última segunda parte se fraccionó en dos nuevos casos, quitando de en medio la trama principal.

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Tan sólo era una maniobra rápida para despertar el entusiasmo inicial de espectador medio, que se perdió con un argumento demasiado enrevesado y vanguardista, para la ABC de aquellos años. Empero, todos aquellos buenos paladares del invento catódico permanecimos enganchados a las hábiles pericias del inconmensurable guion y la maestría de crear las hábiles incógnitas, preguntas sin respuesta o donde la sospecha del principal acusado del crimen se hallaban en diferentes rincones del propio set de rodaje. A todo ello, sumémosle el enorme talento del trio de ases que se confinaron los protagonistas absolutos del show: esos momentos interpretativos memorables: en los papeles del abogado defensor Ted Hoffman (Daniel Benzali, actor de origen brasileño, puro beluga), Richard Cross (un ambiguo y adictivo Stanley Tucci), y por último, el principal acusado del asesinato y violación de Jessica Costello (Bobbie Phillips, convertida en un icono sexual de la época), Neil Avedon (Jason Gedrick tuvo muy poco fortuna, a pesar del buen oficio que demostró parece que el papel de serial killer lo está resucitando en productos como Dexter o Bosch). A lo largo de los 23 episodios de la primera temporada, la auténtica, se va desarrollando todo el proceso judicial desde el descubrimiento del cadáver de Jessica Costello que se hallaba desnuda, estrangulada y atada a su cama. Inmediatamente, se acusa al empresario millonario Richard Cross (Tucci), el  cual, fue la última persona en ser identificado en la escena del crimen. Él, insiste en su inocencia y trae en su abogado, Ted Hoffman (Benzali) para representarlo.

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Una coartada conveniente pronto emerge y Cross se libera, pero su implicación en el caso de Hoffman no ha terminado. Pronto, el detective Arthur Polson (Baker) atrapa al actor ídolo de adolescentes Neil Avedon  y Hoffman es llamado para llevar su defensa. El caso resulta enormemente complejo, pues se entremezclan las adicciones al alcohol y las drogas del presunto acusado. Así como su reconocida relación sexual con una joven menor de edad y la presencia en el lugar del asesinato. El estado, representado por la fiscal Miriam Grasso (Barbara Bosson, esposa del mismo Bochco) muy conocida en series y filmes por la interpretación de eterna mujer de la ley, ya sea dictando o defendiendo a los implicados. Aquí está convencidísima  que las pruebas son muy obvias y que hay que cerrar lo más rápido posible el caso. Sin embargo, Hoffman no está satisfecho y la constante interferencia de Richard Cross le hace sospechar que hay mucho más que desenmarañar a simple vista. Hoffman es un tipo serio, con cara de pocos amigos y hombre de voz suave mezclada con miel caliente susurrante, que cuando estalla los alrededores tiemblan y la platea se queda hipnotizada. Su sarcasmo es temible y con frecuencia hilarante, pero su furia es capaz derribar a los muros del mismísimo cielo. Este problema se hizo evidente al ver la monstruosa audiencia del episodio piloto y ver como cada semana se iba desangrando, no tanto por una caída de calidad de la serie, sino por el enorme esfuerzo de fidelidad que pedía a sus seguidores, tanto para no perderse ningún capítulo como para entender las complejidades de la densa trama que se nos presentaba.

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A su lado tenía su guardia pretoriana de abogados ayudantes, formada por los actores: Grace Phillips, Mary McCormack, Michael Hayden y J.C.McKenzie. Cada uno sufrió diferentes suertes. Al igual que el inefable  David Blalock, como Sr. Lobo de Ted Hoffman, en unos pocos episodios nos deleitó con su buena hacer. Veterano de grandes producciones cinematográficas en sus papeles de reparto, así como en la actual ficción televisiva. No podemos pasar por alto, otra actriz que era el complemento de TH; su esposa que es interpretada por la espléndida, Patricia Clarkson. A medida, que los capítulos vayan evolucionando, la relación conyugal se irá deteriorando. Irónicamente, uno de los mayores defectos del producto son las escenas familiares que le hacen parecer el Shred simpático de Disney —su fisonomía, no ofrece dudas con el cariñoso personaje— degeneraba en un excesivo baño jabonoso Nenuco, poco creíble, al lado de su hija; una pelirroja encantadora. Sin embargo, por encima de extraños aspectos físicos, Benzali es carisma, bajo cualquier óptica. Posiblemente, uno de los personajes más auténticos en el extraño y fascinante mundo de lo mejor de la TV; el mítico abogado rebeldemente humano de Murder One, Ted Hoffman. Nota: 8,6

50 Anniversary of Bewitched

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Mientras caían los primeros copos de nieve en la ciudad, nuestras madres hacían acopio de provisiones ante la inminente llegada de la Navidad. La cocina, el pasillo, la salita de las sillas altas de cerezo y el comedor con su enorme sofá de escay relucían como una patena. El olor a café entremezclado por los detestables efluvios del cloro lejía Conejo, generaba un ambiente inquietante. En más de una ocasión, no dejábamos de preguntarnos por qué demonios, nuestra madre no tenía a alguien que le ayudará por arte de magia en tan sufridas labores domésticas. Empero, la caja catódica anunciaba el alunizaje de un personaje que muy pronto se convertiría en imprescindible durante aquellos años: la mágica Samantha y su respingona nariz, la cual, ejercía  un movimiento psicodélico de un lado a otro y “bye, bye  problems”. Parece que fue ayer pero toda esa generación de pequeños inquietos y absorbentes niños televisivos sabe que Embrujada ya tiene 50 años. Al igual que más de uno de sus seguidores, y el resto de una década posterior que se puso las botas de Nocilla las divertidas tardes con la brujita Samantha. La cadena ABC iba tras una sitcom familiar con un toque fresco de color NTSC y un relativo aroma de ingenuidad. Ese era el concepto. No obstante, las dudas se mantenían. Finalmente, William Asher, esposo de Elizabeth Montgomery (nuestra protagonista, Samantha) y director de la serie se convencieron del producto. Una vez revisado el guion, donde la vieja guerra de sexos terminó funcionando, a ritmo de “abracadabra pata de cabra”. Gracias al ingenio  de  Sol Saks, en  1964. Embrujada era una realidad: la serie fue un pelotazo, en toda regla.

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Lo que —inicialmente— sería una comedia más de situación, terminó convirtiéndose en un fenómeno de masas: audiencias millonarias y emisiones en multitud de países. Embrujada está considerada por la prestigiosa revista TVguide como una de las 100 mejores, colocándola en el puesto número 50. Hay que resaltar la cantidad de nominaciones durante sus 8 temporadas a los Emmys y Globos de Oro de la TV. Un historial que apabulla. Y es que las peripecias del matrimonio Stephens, en su coqueta urbanización de las afueras de Nueva York tenían gancho. Gracias a las especiales habilidades de su protagonista, Samantha (Elizabeth Montgomery, Reflections of Evil, The Panama Deception). Su madre, Endora —Agnes Moorehead— conocida por sus interpretaciones en Ciudadano Kane o La verdadera historia Jesse James. Y su esposo, Darrin Stephens (Dick York, Cowboy, la herencia del viento y Mi hermana Elena) Desde los primeros capítulos, se fue dando entrada a otros personajes, que se convertirían en coprotagonistas: Larry Tate, el jefe de Darrin (David White), los Kravitz, que eran los vecinos de enfrente (George Tobias y Alice Pearce), la atolondrada tía Clara (Marion Lorne) y otros más. Darrin es un ejecutivo de una prestigiosa empresa de publicidad —más incauto que el archiconocido Don Draper—su vida es pulcra y ordenada. Acaba de casarse con la encantadora Samantha. Sin embargo, durante su luna de miel descubre que su esposa es una bruja. Le hace perjurar a su consorte que tendrá un comportamiento de mortal, pero ésta se salta la regla, inconscientemente o por un motivo noble.

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El enfrentamiento a tres bandas; esposa, suegra y trabajo, nos obsequiaba con  un atracón de alquimia adictiva. Los ingredientes básicos en todo buen producto de ficción: divertimento, familiaridad y finales felices. Todo ello, en capítulos de 30 minutos. Dick York, en 1969 por graves problemas de salud fue sustituido por Dick Sargent, algo que no supuso ningún trauma. A pesar de esto, el público siguió identificando a Darrin con York, al que su faceta humorística le convirtió en un tótem  de la diversión. Embrujada, puede que denote un mensaje bonachón algo obsoleto. No obstante, recordar ese almíbar en estas fechas tan entrañables para los más pequeños no viene mal. A veces, lo lenitivo nunca está de sobra. En la década de los 80, Alaska y su mítica La bola de cristal solía intercalarla entre el resto de espacios que se veían por aquel show. También, se repuso en los principios de A3TV, por alguna TV local y canales temáticos. Otro de los grandes aciertos de esta serie era su cortinilla de entrada en pantalla, creada por Hanna-Barbera. Así, como el score compuesto por el dueto, Howard Greenfield y Jack Keller, junto al peculiar movimiento de nariz, hoy en día convertidos en un iconos “retro” del merchandising Made in USA. En 2005, Nicole Kidman protagonizó el remake para la gran pantalla. Un film que recogía el universo de la serie junto al cómico Will Ferrer bajo la dirección de la desaparecida Nora Ephron. El resultado, a pesar del esfuerzo de Miss Kidman fue un producto muy flojo y crédulo de taquilla discreta tirando a baja. El film estuvo nominado en los premios Razzies. Luego, no dejen pasar otros 50 años más y aprovéchense de las nuevas tecnologías para disfrutar en la mejor compañía durante estas inminentes navidades de una serie amable, divertida y muy hecha. Todos los capítulos de las  primeras 4 temporadas se puede adquirir en Amazon V.O. Ah! Siempre queda la gran  opción de las búsquedas por la webesfera. Lo dicho, aprovechen este aniversario y tómense un buen descanso en familia. Nota: 6,3

Artículo publicado en la revista Culturamas en 2013

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