The Gloaming (2020) “niebla y crimen en Tasmania”

Un viejo amigo guionista que estrena película, me dijo: ¿Jon en que se parecen Australia y un granero?—Ni idea, tío. Pues, que ambos son grandes dispensadores de grano limpio. —Eres, un crack. Sí, la verdad, que la industria audiovisual de este alucinante país, es uno de los mayores surtidores de actores, actrices, guionistas, cineastas u operadores de cámara. Australia, no es un país, cualquiera, como el interesantísimo Canadá y su fascinante industria audiovisual. No, Australia es un continente, que bien podría vivir de su propio negocio audiovisual, sin necesidad de coproducciones con la vieja corona británica o cesiones de terrenos para megaestudios de superproductoras Made in Usa. En Australia, todo lo hacen muy bien, y en parte, son unos de los mayores suministradores de series, TVmovies, telefilms o film mayores (casi siempre readaptados al candor hollywoodense). Últimamente, el fenómeno y éxito de grandes realizadores en el país de los canguros va en auge. Ya ha llovido desde el piano de la maravillosa Jane Campion y la lista de nuevas directoras en su audiovisual es abrumador. Pues, hay cantidad y talento, a raudales. A partir de estas premisas, nos llega vía canal Starz USA una de las series más interesantes de este huérfano y desvalido, inicio de 2021, ya vestido de primavera pandémica. Y ahí, en ese intrínseco erial que es 2021 es cuando aparece una película o una serie de televisión con una estética tan deslumbrante que hace que los adjetivos como “insinuante” o “pictórico” parezcan manifiestamente inadecuados. Casualmente, es el caso del drama de misterio de ocho capítulos, The Gloaming, de la creadora y escritora Vicki Madden, el empuje visual de la producción parece manifestarse como una especie de residuo viscoso, que se adhiere a tu psique de la misma manera que se aglutina una mancha de sudor de tus axilas, a pesar de llevar desodorante de última generación, antimáculas que patrocina la marca de desodorantes de la Premier League. Gloaming es una palabra que no se usa con frecuencia, pero su significado es tan evocador y específico que realmente no podría haber sido nombrado de otra manera. La palabra inglesa Gloaming es un término que deriva de un apareamiento con el gaélico. Técnicamente, The Gloaming, se utiliza en este show para referirse metafóricamente a los fantasmas del pasado que perduran entre la vida y la muerte, aunque también podría describir cuántos personajes de la serie, en el devenir diario de sus vidas. No crean, que algunos puristas definirían al intervalo, entre lo crepuscular del día, y ese ese momento después de la puesta del sol, antes del velo oscuro de la noche. Pero podría aplicarse a cualquier momento y espacio que sea el “intermedio” de la hora del día, entre la caída del sol y la irrupción de la oscuridad, un espacio liminal que utiliza la serie. No quiero decirles lo que daría para una gran tertulia de esas tan absurdamente televisivas, Made in Spain, pues, gozamos de infinidad de adjetivos.

Aunque la creadora de la serie, fue taxativa Miss Madden, dejó muy claro que deseaba utilizar esa palabra: “Mi madre era galesa y solía hablar mucho del crepúsculo. Apostilla que se trata de un espacio cómodo, para tratar el mundo sobrenatural de fantasmas. Ellos, son los que se sientan en ese interludio meteorológico”. Dejemos muy claras, las cartas sobre la mesa, esta historia no es The Sixth Sense. Empero, sí presenta a personas que están dentro de un contexto fantasmagórico, que están atrapadas, de algún modo. Vicki Madden añadió: “mi intención a la hora de realizar esta serie era hacer una exploración al dolor como un tema porque estaba perdiendo a mi madre en ese momento. Estás atascado, no puedes avanzar, no puedes retroceder”. The Gloaming, tiene un aura de Neonoir realizado en Tasmania impulsado por los personajes, la vehemencia del ambiente medio físico, y  la propia climatología del sitio. Es una experiencia que casi se asemeja a lo que inunda a sus personajes principales, algo de lo que no puedes deshacerte. Muy destacable es la aportación Marden Dean: el director de fotografía —que maneja la luz de los entornos magistralmente— cultivado en esa gran escuela que la ACS de Australia. Buena nota dio en sus trabajos en Breath (2017), Boys in the Trees (2016) y The Infinite Man (2014). The Gloaming es la última de una tendencia emergente de producciones basadas en Tasmania que ven al estado insular como un lugar de terrible belleza, ubicado en algún lugar al sur del continente y al oeste del infierno, siguiendo el film de época, entre la venganza y el racismo en pleno S.XIX de la Australia colonial, dirigida por Jennifer Kent The Nightingale (2018). El drama gótico con dosis de comedia macabra, Lambs of God (2019) de Jeffrey Walker y otra serie dirigida por V. Madden: el terrible y deslumbrante thriller de desapariciones The Kettering Incident (2016). Al igual que en la interesantísima The Kettering Incident, The Gloaming, está empapado de esa luz de la luna helada y acomodado en la niebla y la bruma. Tiene una atmósfera escandinava y una trama extraída de un libro o manual de confección del policíaco enrevesado de género más definido: el thriller detectivesco por eliminación de testigos. Una narrativa retorcida que involucra muertes y desapariciones, en un lugar, donde todo el mundo se conoce y donde todo el mundo guardo secretos inenarrables. La pareja de policías que llevarán a cabo la investigación. Dos detectives con unas singularidades muy sui generis. A medida que va a avanzando la investigación, de la mujer asesinada, se irán descubriendo pistas que deriven el affaire, en algo mucho más personal.

Hablamos de un asunto procesado por ellos mismos hace 20 años. Un tiempo en el que la comunicación entre ambos ha sido inexistente. Ya que hubo un crimen, de que iremos sabiendo cosas. La historia retira lentamente las capas para revelar que hay mucho más en la investigación en su centro de lo esperado. Sólo les estoy abriendo boca con el episodio primero y porque he decir, que esta es la segunda serie que me ha parecido algo novedosa, siendo el típico producto que  habremos descubierto, un montón de veces, entre la infinidad de thriller escandinavos. En el primer capítulo observamos una visión de los eventos relacionados con ese crimen en una secuencia introductoria surrealista que muestra a los jóvenes adolescentes Jenny McGinty (Milly Alcock) y Alex O’Connell (Finn Ireland) aventurándose hacia una casa grande y espeluznante, pasando por un bosque de árboles altos y huesudos y un colección de lápidas mugrientas. El ocupante de la propiedad no está muy emocionado de verlos y dispara una escopeta a Jenny a quemarropa. la tarjeta de identificación escolar de una niña, Jenny McGinty, que fue asesinada 20 años antes; es un caso frío y perenne que sigue atormentando a muchas personas en la ciudad de Hobart, incluida Molly McGee (Emma Booth), la detective que lidera la investigación del nuevo caso. Pero se fue después de presenciar el asesinato de Jenny, cuya ayuda es solicitada por el jefe de Molly, el inspector Lewis Grimshaw (el extraordinario actor aborigen Aaron Pedersen, Mistery Road 2018, Jack Irish 2016 o The Code 2014). Lewis razona que Alex podría ser útil dada su conexión con Jenny, pero su regreso saca a relucir 20 años de bagaje tácito para Molly, quien estaba saliendo con él, cuando Jenny fue asesinada. Luego una vez convencida Molly de la idoneidad de volver a trabajar con Alex O’Connell (Ewen Leslie), el antiguo amigo que estaba asentado en Melbourne, pero que creció en Tasmania. La pareja de detectives está en marcha. Si eso no fuera suficiente, argumento, a lo largo de la investigación Molly también está intentando reparar su relación con su hija de 14 años, Lily (Josephine Blazier), mientras lleva a cabo su propia indagación clandestina sobre un promotor inmobiliario local, Gareth McAvaney (Martin Henderson, The Ring 2002, Litle Fish, 2005, Flyboys 2006 Red Road 2014, Everest 2015 y un largo etc.), de quien sospecha de un asesinato diferente.

Otra arista es la posición de Alex, ya no es un niño ni un adolescente. Éste, ha crecido y se convierte en un detective de policía, con oficio, además de ofrecer otra actuación realmente digna de elogio. Como ya demostró en otras series dramáticas, como las recientes (Luminaries 2020, The Cry 2018, y Top the Lake 2017). 20 años, no son nada y de repente, de nuevo juntos, indagando en un affaire muy oscuro. En el caso de Molly, interpretada, por Emma Booth (Tracks 2013, Swerve 2011,Underbelly 2008) donde tiene una presencia muy dominante. Bueno, quien quiera verla en estado puro, lo mejor disfrutarla, en el espeluznante thriller de terror de  Hounds of Love (2017). Obviamente, desde el primer episodio que Molly y Alex tienen una historia, apenas se discute sobre ello, y la razón de la obsesión de Molly con Gareth no es una explicación inmediata, hasta varios episodios de la serie. En cambio, Molly y Alex, y por lo tanto la serie, dedican su tiempo a descubrir los vínculos intrincados, a menudo impactantes, entre el reciente asesinato, el caso sin resolver de Jenny McGinty y varios residentes de la ciudad. El avance de la serie deja en claro que la historia también involucra prácticas ocultas, y hay un fuerte elemento sobrenatural, aunque esto se agita poco a poco, asumiendo lentamente más parte de la trama a medida que continúan los ocho episodios del programa. Como resultado, lo que al principio se siente como un drama criminal fundamentado en los cañones clásicos: se convierte gradualmente en algo más rico y extraño —de una manera— que todavía se siente plausible. Los primeros tres episodios forman la extensión de esta revisión, ya que no es exactamente el quid, sino exactamente el porqué. Molly es requerida para inspeccionar un cadáver en la escena del crimen al principio del primer episodio, en un momento espeluznante y surrealista, como una producción de David Lynch, que involucra un cuerpo que se encuentra cerca del agua, en este caso, un bulto muy sospechoso y de rebuscado aspecto cinematográfico en el fondo. Este cuerpo no ha sido envuelto en plástico sino cubierto en alambre de púas, de un modo, realmente retorcido. Dicho esto, la investigación del asesinato y a dónde conduce no resisten completamente el escrutinio. Si bien inicialmente Molly y Alex siguen las pistas como lo haría cualquier buen detective, a medida que su investigación descubre más información, su enfoque cambia cada vez más a los crímenes del pasado, algo que es especialmente cierto en Alex.

Si bien esto, ciertamente, se suma al drama y la profundidad del programa, también distrae del alma mater inicial de la trama, y la conspiración más amplia en la que finalmente se centra la historia deja varios agujeros en el engarce de ésta a su paso. La importancia del alambre de púas es uno de varios puntos de discusión. Muchas cosas no están claras, aunque es obvio que, si perdona el lenguaje y determinada gramática de lo más cercano a los personajes de un grupo de investigación de psicofonías. Sería, alguna, de las notas chirriantes. Es evidente, que hay algo extraño en el vecindario, con posibles vínculos con tipos de prácticas ocultas. Grace Cochran (la gran actriz veterana, Rena Owen, Once Were Warriors, 1994 Rapa Nui 1994, Siren 2018), líder de la comunidad de la iglesia local, parece la más que sospechosa. Y el joven Freddie (Matt Testro) mentalmente trastornado es uno de los personajes más oscuros: parece que siempre está a un paso de llevar la historia a lugares muy retorcidos. Las conexiones de “esta vez es personal” que hacen que el caso sea de mayor interés para Molly y Alex, así como algunos diálogos forzados, ocasionalmente le dan a The Gloaming esa pizca de artificio dramático. Demasiado familiar y contraético a su aire de sorpresa emocionante e intriga. Dado el marco de género del programa, no lo llamaría sorprendentemente original, pero seguro que es sorprendente: particularmente como una obra de atmosfera y clima. Madden está haciendo algo similar con la niebla, aquí como en El incidente de Kettering. Sus cualidades amenazantes y misteriosas espesan el marco, cubriéndolo con una especie de vapor enigmático y semitranslúcido. Dickens describió en A Tale of Two Cities una “niebla humeante en todos los huecos” como una fuerza que “vagaba en su desolación colina arriba, como un espíritu maligno, buscando descanso y no encontrando ninguno”. Lo llamó una “niebla húmeda e intensamente fría” que “se abría paso lentamente a través del aire en ondas que se seguían y se extendían visiblemente unas a otras, como lo harían las olas de un mar malsano”. Luego, estamos ante una configuración rica, que le quedo un buen trecho, para llegar al final, pero que atisba un tapiz de conexiones interpersonales entre los personajes; que se distribuye de una manera, inquietante y muy bien filmada, la cual, no se  distrae del misterio más grande: la maldad. Esa intriga sobrenatural de The Gloaming la convierte en una opción única y especialmente gratificante. Seguiremos aguardando capítulos. El visionado en España será entre abril y mayo por Starz Channel o Movistar. Nota: 7,4

Baretta 1975 “el detective a contracorriente”

La década de los 70 fue propicia para los detectives de televisión. Por aquel entonces, los malhechores temían ser descubiertos por el teniente Colombo (Peter Falk y su andrajosa gabardina de Cortefiel, que gustaba de hacerse el despistado ingenuo).  El divertido Cannon (un gordito, calvito y tragón, William Conrad que no se separaba de su perro Boxer); o el vaquero McCloud (Dennis Weaver) y su hermoso caballo por Central Park. El teniente Kojak (Telly Savallas) se dejaba querer con algunos de los mejores trajes de la época y su chupaChus de turno. También estaba aquel tipo tan simpático, que le habían colgado el marrón de un crimen, y se rehace como detective privado; Jim Rockford y sus casos (James Garner) era el amo de los Angeles y por supuesto, nuestras adoradas Ángeles de Charlie. La utopía de las barras y estrellas, de la libertad, rugía los fines de semana con el gancho del difunto Lew Alcindor en el Staples Center. Un joven Rudolph Giuliani, del partido republicano, iba haciendo camino en la política nacional y en la gran pantalla, la taquilla, reventaba con el film “The Warriors” de ínclito Walter Hill. Obviamente, la ciudad de la gran manzana, nuestro amado New York, tenía un creciente y permanente problema con  las bandas criminales. En nuestro país las cosas andaban a la búsqueda de una urna que pusiera orden al traspaso de régimen: muerto el perro Franco, muerta la rabia. Llegaba el monarca blanqueador de billetes de los reyes católicos, Juan Carlos I.  El pueblo, votó, por una gran mayoría; sí a la democracia. Un chico de la vieja falange, católico, serio y  buena gente.  Muy interesado en aprender del liberalismo británico; era el nuevo presidente del país. Se llamaba Adolfo y se gustaba decir: “puedo prometer y prometo…” Una España tan atolondrada, como la actual, pero con un ambiente de esperanza, de dar lo mejor de todos-as, por construir una piel de toro, libre, y con un relativo bienestar. Mientras, nosotros, nos dejábamos caer en estas fechas por las tiendas de electrodomésticos: TV,s de color, Telefunken, Thompson, Metz, Grundig o Blaupunk eran lo más cercano a las adictivas coreanas de los gigantes, actuales, Samsung y LG. También, se buscaba equipo estéreo sin eso del streaming.

De repente nos apareció un tipo, que se pasó media vida, en líos, Robert Blake. Lo primero que se nos viene a la cabeza, al escuchar este nombres, es aquella obra maestra llamada “A sangre fría”, libro escrito por el gran Truman Capote y dirigida por el inefable Richard Brooks. Pero con Bob era todo una caja de mil combinaciones. Tenía el mundo en una cuerda, que resultaba ser un yoyo. Se escapó de un barrio italiano, sin salida, de Nueva Jersey para convertirse en una estrella infantil en la serie Farm Hands (1943), con apenas, 5 años. Acabo siendo alcohólico y adicto a las drogas, sin apenas cumplidos los 18. El regresó en 1967 fue atronador, en un film, portentoso y fascinante. Una obra de culto, cinematográfica y literaria de la historia norteamericana. Realizando una interpretación demoledora de un asesino condenado a pena de muerte, Perry, por el asesinato de la familia Clutter. Aquel temperamental y errático Blake volvió a caer en una depresión muy profunda. Después de surcar varios océanos llegó su momento y con 41 años, no dejó escapar uno de los personajes, más carismáticos de esa gran época de la TV de los 70. Estaba muy cercano a la conquista del show; que le dio más gloria y dinero en toda su carrera. En 1974, Tony Musante (David Toma) tomó la decisión de no regresar para una segunda temporada de su serie de policías, del canal ABC “Toma”, conocida como (Astucia peligrosa) y auténtico humus, de lo que sería Baretta. Eso, sí, con un estilo áspero, sucio y mucho más cinematográfico que los shows la época. Se fue desmotivando y no contento con los hipotéticos cambios para una segunda temporada, lo  dejó. Empero, el productor Jo Swerling, Jr., estaba muy interesado en seguir con el formato y contrató a Robert Blake para que asumiera el papel. La serie iba con todas las de la ley, a ser llevada, como la 2ª temporada de Toma, y  Robert Blake, como el detective David Toma. Pero en el ambiente, se respiraba, ese oxígeno lleno de dióxido de cárbono , que significaría la cancelación definitiva de Toma. Una vez, visto toda la primera temporada, algo no terminaba de encajar entre los directivos de ABC.

Blake tampoco estaba muy emocionado de asumir un papel preestablecido, por lo que finalmente decidieron cambiar el título a Baretta. El primer cambió fue el escenario de la serie y también varios otros detalles menores, pero efectivamente, todavía era una continuación de “Toma”. Debido a que Blake tenía una personalidad tan fuerte (y el programa no había sido un gran éxito de todos modos), la cadena decidió renovar totalmente el programa, cambiando las duras y oscuras calles de NY por la bulliciosa L.A. de California. Agregando una mascota, sui generis, la cacatúa Fred, y renombrar el personaje de “Baretta”. Así, nos encontramos a nuevo Robert Blake, enfundado como Tony Baretta, el policía italonorteamericano  de aspecto desaliñado, ciertamente, no a la altura higiénica del teniente Colombo. Pero muy diferente de los clásicos policías de traje. “No cometas el crimen si no puedes cumplir la sentencia”, rezaba la máxima que guiaba la filosofía de un peculiar detective, que destacaba más por su rudeza que por su atractivo, no tenía don de gentes, vestía de forma extravagante y compartía habitación de hotel con Fred, la exótica cacatúa blanca. Frecuentaba el mundo del crimen: pequeños y medianos gangsters o traficantes. Vestido con sus jeans, camiseta muy ajustada y un palillo de bocera a bocera. Tony Baretta se movía como un pez en el agua entre prostitutas, narcotraficantes, ladrones, estafadores y toda la fauna del mundo criminal, al margen de la ley. Casi todos convertidos, en estimables informantes y valiosos colaboradores. Es decir, los típicos soplones, de gran eficacia, en el caso de Tony Baretta, tenía argumentos para mantenerlos contentos. Desplazarse por la ciudad de Los Angeles, es complicado, si no te tiene un vehículo. El peculiar detective conducía de Chevrolet Impala (1966) de cuatro puertas Mist Blue, oxidado. Obviamente, en mejor estado, que el famoso Peugeot de nuestro querido teniente Colombo. No obstante, para muchos televidentes, y criminales, Tony Baretta, era uno de los mejores expertos en el arte del disfraz, junto con el Santo, los mejores en esa faceta. La gente que lo admiraba, destacaba, su originalidad, y la propuesta, dentro de la colección de detectives setenteros: esa manera de afrontar la realidad, siempre a contracorriente. Además, heredó una habilidad muy selecta, hoy en día, la cocina italiana, los platos que realizaba su abuela Made in Italy. Era un pálpito —de lo que una mujer— llamada Carmela Soprano; nos mostró en la mejor serie de la historia de la TV. 

El artífice de todo ello, fue el guionista, Stephen J. Canell. El padre de la biblia de Antony Vincenzo Baretta, quien escribió el nombre real del personaje. Conocido por el éxito que había adquirido con otra serie, para la cual, se presentó Blake, pero terminó en manos de James Garner; “Los casos de Rockford”. Su vitola de Supershowrunner era más que obvia, además de su ingeniosidad para escribir personajes auténticos: desde ‘El equipo A’ a ‘El gran héroe americano’, entre otras. Baretta duró 4 temporadas y se filmaron 82 capítulos. Ganó varios premios, entre ellos el Emmy y el Globo de Oro para el imprevisible, Robert Blake. Todo el mundo, quería un autógrafo del nuevo héroe de la ABCTV; Tony Baretta. El protagonista por antonomasia del disfraz, cual, más surrealista, quien solía sorprender a sus propios compañeros. En más de una ocasión, llegó a ser arrestado por no querer destapar su indumentaria, ya que le permitía generar amistades con muchos de los malhechores que pululaban por la calles de Los Ángeles. Alérgico a la burocracia y las reglas, todavía sigue una especie de código no escrito, hecho de respeto, honestidad, apego al trabajo y envuelto de un lado muy cercano, relativamente, compasivo. Solitario, nunca aceptó tener un compañero para compartir el riesgo. El Inspector Schiller (Dana Elcar) era su jefe, más tarde fue reemplazado por el teniente Brubaker (Edward Grover) del luctuoso distrito 53 de Los Ángeles. El show tenía una sutil dosis de humor, gracias a los apuntes de Rooster (Michael D. Roberts), el extravagante amigo e informante del protagonista, y de su mascota Fred. Sondra Blake, entonces esposa del actor, aparecía ocasionalmente en la serie. Todo esto, sumado, al brillante score musical de la serie, escrito por los extraordinarios Dave Grusin y Morgan Ames: Keep Your Eye On The Sparrow, completamente instrumental, la cual, se decidió añadirle letras para ser interpretada por otro de los grandes de la canción: Sammy Davis Jr. Baretta y Blake fue otro pico de tensión mental, entre el personaje y la persona, en sí. La redentora victoria, en la eufórica noche de los Emmy de 1975, puso a Robert Blake en la cima del mundo.

Hay que reconocer que por la serie se dejaron ver rostros de lo más interesantes; desde Joan Collins, a Elisha Cook Jr, Belinda Balaski, Burt Young, Dick Sargent Dennis Quaid, Jennifer Jason Leigh, Tom Skerritt, Pamela Bellwood o Scott Glenn, de entre una larguísima e interminable lista de actores y actrices maravillosos. Baretta, hizo que Blake se subiera al cohete de la popularidad y explotó al máximo la situación. Comenzó a exigir guiones más inteligentes y a luchar en el set y en la corte por el control principal de la producción. Hizo que trajeran a su esposa Sondra como estrella invitada frecuente y comenzó a ignorar por completo a los directores que no le gustaban, dirigiendo efectivamente el programa él mismo. “El gremio dice que tienes que tener un director, así que pones a un director en la silla”, declaró Blake con arrogancia en 1976. “Es como meter una escoba en la silla. De todos modos, el espectáculo se dirige solo”. Blake fue citado además en Esquire diciendo lo siguiente acerca de sus directivos y dueños del show: “Aquí en Universal, nadie escucha y a nadie le importa. En lo que respecta a la mayoría de la gente, es mejor que se conviertan en Perry Mason o Donald Duck, no hace nada”. ¿Cuál es la diferencia? ¡Ninguna! Una vez que vendes la hora, mientras esté al aire, al mercado publicitario, ya da igual. No importa. Estás en antena o no lo estés”. Baretta se iba descontrolando y ello. No era ajeno al resto del equipo de rodaje. Las intensas batallas en el set finalmente llevaron a la destitución del productor original Swerling. Su cólera se cebó con otros despidos del personal de producción. Blake tenía quejas legítimas, quería una producción de calidad, de la que pudiera estar orgulloso. Pero luego tuvo que admitir que el consumo excesivo de drogas que se metía en el cuerpo nublaba su juicio diario. Cuando se le pidió que se describiera a sí mismo en este momento de su vida, Blake usó palabras como “loco”, “hostil” y “lleno de ira”, y buscó terapia para controlar esos malignos sentimientos. En la tercera temporada, rodado el episodio 10 (1976-77) Robert Blake anunció que no regresaría por cuarta temporada de Baretta debido a una disputa contractual con Universal. El estudio, ante la posibilidad de perder una de sus principales producciones, dio su brazo a torcer y ofreció una suma de dinero más sustanciosa a Blake.

 

Además de tener el control de producción ejecutiva sobre diferentes aspectos del show. Blake tomó la decisión de volver, de inmediato. RB, finalmente, recibió aquello por lo que luchó durante tanto tiempo, sin embargo, los datos de audiencia bajaron tan pronto como comenzó la cuarta temporada 1977/78. Cuando ABC trasladó el programa  de los miércoles por la noche al jueves, los números fueron mucho peor. Baretta estaba con media espada clavada en el esternón. Un año después, de la victoria moral y reivindicativa de Blake, sobre Universal. ABCTV, anulaba la serie en Menos de un año después de su victoria sobre Universal, Baretta fue cancelada en junio de 1978. Se pueden encontrar los capítulos en DVD por alguna web muy comercial, conocida de todos y en la webesfera. Curiosamente, 1999, con 63 años, Robert Blake, despojado de la piel de Baretta, vivió el más difícil caso de una dilatada vida. Su esposa, por aquel entonces,  Bonnie Lee Bakley (con un largo historial de divorcios y estafas) a la salida de un restaurante de la ciudad de Los Angeles, donde cenaban plácidamente, cuando salían del establecimiento, dirección al parking, ella se quedó sentada el asiento derecho de acompañante, esperando a RB, que le dijo: “he de volver cariño, me he dejado algo en la mesa.” De repente, recibió un disparo en la cabeza, mientras esperaba sentada a su marido, Robert Blake. Éste, cuando fue interrogado por la policía comentó que había vuelto al restaurante, a recoger una arma que se había dejado en la mesa. Nadie de los comensales, ni del servicio de restauración; vio nada extraño. Los dueños del restaurante italiano de prestigio, nunca vieron nada dudoso. La policía llevó a cabo una investigación, donde el misterioso crimen, sin pistas fiables, terminó con Blake como principal sospechoso. El juicio, en 2002 levantó una expectación mediática, al estilo O.J. Simpson. Finalmente, en 2005, fue absuelto por falta de pruebas. Al parecer, se sigue investigando en los tribunales sobre este affaire, que inspiró un capítulo de la aclamada serie de TV de Dick Wolf “Ley y Orden”.  Las últimas pesquisas hablan que allegados al hijo de Marlon Brando, Christian Brando, habrían podido ser los responsables de la muerte de la señora Bakley. Surrealista, pero tan verídico como la propia vida de Michael James Vincenzo Gubitosi, para los fans y amigos, Robert Blake, que con 87 años sigue vivo y muy cuerdo. Quizá ahora el actor recuerde algunas frases de su famoso personaje: Todos debemos pagar nuestras deudas; o Los únicos tipos malos que conozco están en la cárcel, o en la tumba… Así fue la historia del mítico detective y su cacatúa blanca. Auténtica, como su propia vida. El detective a contracorriente. Nota: 7,1

 

 

Los Ángeles de Charlie (1976)

El pasado negro de aquella vieja España comenzaba a retomar el aliento. Nuevos vientos de liberación corrían por las calles y los semblantes de nuestras actuales abuelas —que se transformaban— en melenas coloreadas y tejanos Lois con patas de elefante.  De la mano divina de un Dios llamado Charlie: tres criaturas brillaban —como diamantes De Beers— en las protocajas catódicas, de un system Pal protocolor. La nueva cita, tras la manduca tardonocturna, eran los originales Ángeles de Charlie. Todo el mundo se iba a la cama con una sonrisa de oreja a oreja, obnubilados por el magnetismo de aquellos rostros angelicales. Pocas veces se había visto en la tele una combinación tan inusual de vitalidad femenina y sensualidad. La década de los 70 fue toda una aventura para la sociedad occidental. Sin embargo, en España se convirtió en un reto doble; la gente se acercaba por primera vez en muchos años a una urna y las féminas —tímidamente— alzaban su voz, aunque no quieran reconocérselo gracias a mujeres como estas tres ninfas: Sabrina, Jill y Kelly. La misoginia apretaba, empero las nuevas murallas de la palabra libertad se hacían fuertes en la frágil piel de toro. Empero, la platea estaba sedienta de acción y aventura.

Evidentemente, Los Ángeles de Charlie marcaron un antes y un después, en la televisión. Primero, el hecho de ubicar a tres mujeres como protagonistas—guapas y sexys—, independientes y caracteres dispares. Y en segundo lugar, el golpe de efecto de un jefe, que era un interfono —antiguo armatoste— de voz sugerente y, de algún modo, sexista (puesta por el actor John Forsythe) El resto de la tramoya delegaba en su lugarteniente, el siempre eficaz, JohnBosley (interpretado por David Doyle). Los episodios arrancaban con el encargo de una nueva y arriesgada misión del Sr. Charles Townsend a sus chicas. Con el saludo inicial de: “Buenos días, ángeles. “Buenos días, Charlie… La factoría Spelling-Goldberg, que por aquel entonces parecía tener el monopolio del éxito en la pequeña pantalla en los alocados 70, lo tuvieron claro el día que entablaron conversaciones con la ABC. Creadores de celebres policíacos y culebrones de clanes familiares. De Starsky y Hutch o S.W.A.T en la década de los setenta a folletines ochenteros, como  Dinastía o los Colby.

Pese a esto, los avispados productores contaron en este serial, un drama sobre tres mujeres —en un principio, todas ellas al servicio del departamento de policía— que son contratadas por un hombre misterioso llamado Charlie como detectives privados. Entraba la cortinilla del capítulo y sonaba el score musical, ya mítico, de Jack Elliott. Éste, proponía arriesgadas misiones de todo tipo ya que su agencia es célebre por la factura de los trabajos. A todo ello, se le unía el factor celebrity, es decir, la introducción de grandes estrellas de la gran pantalla,  haciendo sus cameos de buenos y malos: Barry Bostwick, Kim Cattrall, ScatmanCrothers, Jamie Lee Curtis, Timothy Dalton, CaseyKasem, Tommy Lee Jones, Robert Englund, Patrick Duffy, Sammy Davis Jr., Christopher Lee y un jovial Tom Selleck. Todo el mundo quería su minuto de gloria en la serie policiaca más sexy y cool de la historia de la televisión. Los Ángeles de Charlie pasarán a la posteridad por ser un halo de libertad femenina y confianza en la labor detectivesca. Steve McQueen dejó de tener la patente de corso para hacer los mejores trompos del cine. Sabrina, Kelly y Jill hacían rugir motores a todo gas.

No por ello, Los Ángeles de Charlie estaban contaminados del maldito sambenito de mujeres objetos, que se dejaba ver en sus personajes, según sus detractores. Fue atacada por la zafiedad de sus guiones y la banalización del concepto femenino, donde sus estrellas correteaban, sin ton ni son, en unas aventuras, envueltas de tics machistas. Los directivos de la ABC, que nunca creyeron en la idea inicial del dueto S&G, se frotaban las manos con las audiencias del formato. El mismo que de la noche a la mañana se convertiría en icono de deseo entre peluqueros, diseñadores fashion, revistas del corazón, feministas de pro y sexistas de todo tipo, a la caza del cabello de FarrahFawcett-Majors. La misma estrella, que fue demandada por la productora, ya que nada más acabar la primera temporada decidió la salida del show. Apenas, pudimos disfrutar de sus bellos ojos en veintinueve capítulos de un total de ciento nueve episodios, a lo largo de 5 temporadas, que se emitieron de 1976 a 1981. Y eso que hubo casi tortas por su papel. Entre las muchas pretendientes al puesto de este personaje, estaban nombres tan sugerentes como los de Kim Basinger o Michelle Pfeiffer.

Al final, la pobre Fawcett, entre matrimonios fallidos y elecciones erróneas en su carrera cinematográfica, la vida le dio un duro revés; cuando un demoledor cáncer acabó con uno de los rostros más bellos del Hollywood de aquellos locos 70/80. Los guionistas y productores optaron por Cheryl Ladd, que interpretaba a Kris, su hermana pequeña, mientras ella se había tomado una especie de excedencia laboral para competir como piloto de carreras en el Grand Prix de Europa. Kate Jackson, se mantuvo como la cerebral Sabrina Duncan. Al finalizar la tercera temporada, se marchó y fue sustituida por Shelley Hack, en su 4T, y en la 5T, el papel fue para Tanya Roberts. Jacklyn Smith, la siempre profesional y curranta, Kelly Garrett: estuvo las cinco temporadas completas. Es más, a día de hoy se le puede ver por una de las entregas de CSI, haciendo de forense. En el año 2000, Drew Barrymore adquirió los derechos cinematográficos de la serie, para llevarla a la gran pantalla. Una gran superproducción protagonizada por la propia Barrymore, Cameron Díaz y Lucy Lu. El film tuvo suficiente éxito como para generar una segunda parte tres años después. La respuesta de la crítica y público fue nefasta. Obviamente, la entrega final de la trilogía quedó en algún cajón desastre. El canal ABC rescató el formato televisivo nuevamente con D. Barrymore de productora.  Jóvenes actrices, con muchas ganas, en sus misiones por la ciudad de Miami. Sin embargo, el resultado fue un gran fiasco y sólo se han emitido unos ocho episodios de su primera entrega. Los Ángeles de Charlie originales están editados en DVD —V.O.—, las cinco temporadas se pueden adquirir en Amazon. Nota: 6,9

Max Headroom (1987) “El presentador Cyberpunk de la TV”

El vídeo mató la estrella de la radio. ¿Lo recuerdan? Al menos, eso pretendieron el grupo The Buggles. Luego está lo que cada uno se creyó. Demasiado. En 1984 la MTV se había convertido en un karma vital de la industria discográfica. El videoclip era un elemento tan importante como la propia canción para vender un disco. Consciente de ello, el “asesor creativo” de la compañía Chrysalis en aquellos tiempos, Peter Wagg, tuvo una idea revolucionaria cuando se le acercaron desde la recién nacida cadena británica Channel Four para contemplar la creación de un nuevo programa de videoclips: crear un presentador virtual. Wagg llevó la idea a George Stone, un guionista y publicista especializado en trabajar en el mundillo de la música, y ambos crearon el concepto junto con su pareja: Annabel Jankel. Morton y Jankel estuvieron —en el  desarrollo de videoclips— usando animación para Elvis Costello, Talking Heads o Tom Tom Club. Empero, el inquieto R. Morton fue el encargado poner en marcha la idea más surrealista posible para la Generación MTV (un señor de mediana edad con traje presentando videoclips con aburrida cháchara, no sé demasiado tedioso), y de repente, damos un giro de 360 grados, convirtiendo al personaje en algo innovador y atractivo, insolente, mordaz y muy divertido. Además de ser generado por ordenador (o más o menos, ya que había una gran cultura de Sci-fi) aunque la tecnología Android sonaba al Netflix del siglo XXI. La cuestión es que se creó a un tipo con el que yo y muchos bichos raros flipábamos lo nuestro. A partir de ahí a Stone le fueron llegando ideas: gran parte de la mitología que serían utilizadas después en la película y en la serie posterior. Pero creando discrepancias con Wagg, al que le quedaban grandes los conceptos provenientes de la ciencia ficción y más específicamente la literatura cyberpunk —y que le bastaba con tener a la criatura sin todo ese background a la zaga— hacía un mundo futurista donde la audiencia televisiva es lo más importante y todo está informatizado. A Matt Frewer se le colocó una máscara que diera cierta sensación de “virtualidad”, si bien no fue generado nunca por ordenador como se llegó a creer. Los prostéticos y la física interpretación de Frewer iban acompañados de los fondos, las rayas que se repetían una y otra vez, sí que lo eran. De igual forma se generaban cortes múltiples para parecer que los diálogos estaban pasados por el túrmix de un DJ especializado en scratching. Funcionó, nadie se dio cuenta y a día de hoy aún hay quién sigue creyendo que Max Headroom era un dibujo tridimensional muy trabajado, cuando si uno se fija bien nota perfectamente que hay un señor con una máscara delante suyo. El look videoclipero es indiscutible, con una iluminación que haría enorgullecerse a Russell Mulcahy y con una banda sonora tecno-pop compuesta por dos de los miembros de uno de los grupos de mayor éxito mundial en aquel entonces, Midge Ure y Chris Cross de Ultravox. Ciertas tendencias de la época se mantenían (como por ejemplo, que el prota de la función fuera un temerario buscador de la verdad “cayera quién cayera” ¿les suena, eso? Proto-héroe en boga de los 70 y que se mantendría buena parte de los 80, desde Carl Kolchak hasta Mike Donovan) pero además sabía leer el zeitgeist de su era. Algo así como, en un curioso pastiche entre un futuro cercano, que parece que con el tiempo se convertirá en el de Blade Runner, con un fondo cyberpunk empapado en William Gibson y un estilo visual que parecía el sueño húmedo de Gary Numan. Así, andaban las cosas por el UK, ya que el mismo Boris Johnson era otro más sentado delante de la TV.

Aquel personaje enamoró a uno de los canales más prometedores del UK, Channel Four. Encantado con el resultado final. Llegó el canto digital a otro canal que arrancaba en USA; Cinemax. Una plataforma satélite de la entonces joven y muy pugilística HBO. Tanto Cinemax como Channel Four buscaban un nuevo tipo de productos que se salieran de lo común para captar a una audiencia joven y diferente. La idea de la coproducción era cada vez más palpable. Pero diferencias de criterio artístico y la evaluación del presupuesto final, hizo que ambos canales no llegasen al esperado acuerdo. Delante del Thompson con puerta y llave de seguridad me quedaba alucinando. Es obvio que la cadena ABC ha sido uno de esos canales que se ha destacado por el sambenito de ser la tercera empresa audiovisual, en discordia. Aquellos años 80 fueron tiempos, donde la guerra entre emisoras estadounidenses, una competencia feroz que animaba el nuevo dueño de la Casa Blanca Ronald Reagan.  Muy por debajo, en los shares de audiencia, de las eternas Queens: NBC y CBS. Buscaban nuevos proyectos, dirigidos a una audiencia joven y que acortase la diferencia con los target de sus competidoras. Obviamente, esta historia cincelada de un modo u otro. Independientemente de matices precisos menos, es conocida de sobra por los grandes amantes de la TV Gourmet y el buen cine. Como el nacimiento de otras obras de culto —importantísimas— a la larga, véase los casos de Twin Peaks o Lost. Bajo mi punto de vista es una gran suerte, tener esa cantidad de canales en EE.UU, pues la competencia, genera creatividad y eso redunda en el beneficio del espectador. ABC, a día de hoy, ya no es aquella cadena ingenua de los 80,s. Ahora, es un gran grupo de comunicación como sus competidores y sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: crear nuevas series, buscando nuevas experiencias para los espectadores de todo el planeta. En cualquier caso, también el azar tuvo su importancia, la suerte es esencial, ya sea desde cualquier perspectiva de la vida. De repente, apareció Stu Bloomberg, jefe de desarrollo de proyectos de la cadena en aquellos tiempos, en Londres la noche en que se emitió Un viaje al futuro. Peter Wagg, que había intentado vender la idea tanto a la NBC como a la CBS (los cuales les ofrecían realizar una TV Movie). Encontraron en ABC el acomodo perfecto cuando le dieron el sí —a la emisión de una temporada de 6 episodios—, que serían producidos por Lorimar, un icono de la producción televisiva, con series como Los Walton y la megaexitosa Dallas. Curiosamente, con el paso del tiempo se convertiría en una de las peores enemigas de Max Headron. Empero, dejando fuera del proyecto a Annabel Jankel y a Rocky Morton, de muy malas formas —no les quisieron reconocer ni un solo un crédito, como creadores originales, ni tampoco a George Stone— a pesar de que litigaron por mantener los derechos sobre el personaje. Steve Roberts sería el productor ejecutivo (o showrunner) y se haría con un nuevo equipo de guionistas para desarrollar la primera temporada, la mayoría provenientes de la versión ochentera de The Twilight Zone que se emitió en CBS.

El 31 de marzo de 1987 se emitió Blipverts, el primer episodio de Max Headroom para ABC que era una versión remozada de la película inglesa emitida en Channel Four un año antes. La historia venía a ser básicamente la misma, si bien tan solo Matt Frewer y Amanda Pays repitieron en sus roles principales y se le dio bastante más importancia a Murray, el jefe de la sección de noticias de la cadena XXIII y superior de Edison y Theora que ahora tendría el rostro —y la estupenda voz— de Jeffrey Tambor. Se mejoró bastante la imagen de Ben Cheviot (ahora interpretado por George Coe), bastante ofendido porque la cadena que presidirá a partir del segundo episodio utilice spots con la capacidad de matar a su audiencia sedentaria, dando una visión más positiva del mismo que en su contrapartida británica. El personaje que sufrirá un mayor cambio será el adolescente genio de la informática Bryce Lynch (Chris Young en la serie), que si bien también es el causante del accidente que por poco mata a Edison y genera el nacimiento de Max Headroom , al contrario que su hermano inglés terminará por trabajar del lado de los buenos. Este nuevo Max Headroom no se irá con la cadena anarquista Big Time TV, sino que se quedará con la cadena XXIII. Pero la biblia desarrollada por Stone sería usada con frecuencia a lo largo de los capítulos y Reg Blank (de nuevo interpretado por W. Morgan Sheppard), Dominique (ahora Concetta Tomei) y la citada cadena aparecerán por primera vez en el tercer episodio: Body Banks, que habla sobre el tráfico de órganos desarrollando con más paciencia esa trama de la tv movie (del piloto americano) y ya se quedarían como colaboradores habituales de los protagonistas, teniendo directamente Sheppard incluso crédito propio en la segunda temporada. La música también tendría un tono más acorde a los gustos americanos, cambiando los teclados de los exmiembros de Ultravox por el sonido guitarrero sintetizado de Cory Lerios, miembro de la banda Pablo Cruise. Toda una herejía. La primera temporada de Max Headroom parece un gran banco de pruebas de un universo de ciencia ficción que se va construyendo un poco sobre la marcha, pero que tiene claras sus influencias cyberpunk, y mantiene el tono irreverente y un tanto histriónico de su computerizado protagonista: el mundo en el que nace semejante criatura es el único en el que podría ser. Y así veremos deportes futuristas clandestinos donde sus participantes pueden morir, una suerte de gladiadores en monopatín. Los cuales son el oscuro objeto de deseo de las cadenas del mañana a sabiendas de la audiencia que podrían capturar con semejante espectáculo (Rakers), espionaje industrial a gran escala que terminará con nuestro héroe (bueno, al menos nuestro héroe humano) perseguido por fraude, un crimen peor que el asesinato en ese universo (Security Systems), guerras descontroladas entre cadenas de televisión cuando una de ellas emita en directo atentados terroristas, como si supieran perfectamente cuando van a suceder y llevando a Carter y cía a investigar el asunto con aroma a podrido (War), o la rebelión por parte de un grupo de ciudadanos clandestinos, aquellos que no están “fichados” por la sociedad, al igual que Reg y Dominique (The Blanks).

Todavía tiene aristas y flojea en algunos aspectos, como en el desarrollo de los protagonistas principales, algo que mejorará (como el resto de muchas más cosas) en su segunda temporada.La audiencia no conseguiría unos números brillantes —competía en el mismo horario que Luz de Luna, indiscutible líder de su franja horaria, pero la fama del personaje y el torbellino generado por su popularidad hacían en ese momento impensable sacarlo de antena. Como ocurrió antes con obras destinadas a la controversia y a formar parte del panteón de la TV de culto (lo cual en muchas ocasiones no va acompañado al éxito), el propio equipo no era muy consciente de la importancia de lo que hacía en ese momento: comentarios bastante provocadores para los cánones de la tv americana— se colaban en los guiones, presentaban los escritos lo más tarde posible para que los “censores” de la cadena (a los que dedicarían un episodio entero el segundo año) tuvieran el menor tiempo posible para detectar las puyas. Según algunos comentarios del productor Ben Frankish en los rodajes parecía reinar en ocasiones cierta anarquía, y como decía el guionista Michael Cassutt, con todo mi cariño y respeto a Steve Roberts y a Peter Wagg, en ciertos aspectos se notaba que era gente que nunca había trabajado para la televisión norteamericana, y que ni tan solo la veía. Había mucho que aprender en términos de producción, emisión y gestión de dinero. Esa “inocencia” es palpable en el creer de la serie —en lo bueno y en lo malo—. Guste o no guste, es evidente que Max Headroom no se parecía en nada (ni se sigue pareciendo) a lo que se emitía en televisión. Con un serial de ciencia ficción innovador, un programa de vídeos y entrevistas inmensamente popular, un videojuego recién lanzado para Spectrum y Commodore 64 y un single navideño editado ese 1986 para promocionar su propio especial televisivo Max Headroom Giant’s Christmas Turkey, la popularidad de Headroom estaba en lo más alto. Pero la ley del más fuerte es la que domina el mundo de la TV, y tarde o temprano, todo lo que sube, tiene que bajar. Es en su segunda temporada cuando Max Headroom empieza a desarrollar todo su potencial. En el primer año, el background era lo esencial, sus seis primeras horas debían establecer un universo enorme y complejo y el tono adecuado para el mismo, pero descuidando aspectos que mejorarán considerablemente en su secuela. Los personajes tendrán un mundo interior más elaborado. Conoceremos mucho más a Edison y empezará a mostrar muchos más matices que en las primeras horas, donde aparecía como el prototípico héroe, periodista temerario sin apenas fondo. En los 8 episodios que compondrían la segunda temporada conoceríamos a sus exnovias, antiguos compañeros, y nuevos rasgos compondrían su carácter, como ciertas actitudes infantiles, como los celos que desarrolla hacia Max o el rebote que coge cuando descubre que Theora tiene pareja. En ese aspecto la serie también se muestra más inteligente, ya que mientras en la primera temporada las insinuaciones sobre el romance entre ambos lo mostraban como algo cantado, en la segunda se verá que no es así, y si bien hay tensión sexual entre ambos ésta no terminará de explotar. La anteriormente mencionada Moonlighting había enseñado una gran lección a los medidores de audiencia de la época. La segunda temporada comenzó a emitirse el 18 de septiembre de 1987, en un horario que la obligaba a competir contra Dallas y Corrupción en Miami, dos de los grandes éxitos de la época. Las audiencias fueron paupérrimas, y a la emisión del tercer capítulo ABC dio la orden de cortarles la cabeza. Para mayor inri, las disputas entre Four Channel, Cinemax,  ABCTV Y Lorimar Pdnes en los juzgados por los derechos de la serie Max fueron un dolor de muelas insoportable. Al final el magistrado le dio la razón al canal británico y se editaron las dos temporadas, en DVD (2010) para el mercado anglosajón. En Amazon se puede encontrar. Lo dicho una reliquia de culto, a partir de un concepto, de TV demasiado avanzada, desde sus planteamientos anarcotecnológicos y el humor Ciberpunk, de un personaje loco por los videoclip y los videojuegos. Nota: 7,1

The best news series of TV 2018

 

  1. The Terror

 

 

2.Escape at Dannemora

 


 

 

3. Mistery Road

 

 

4. Sharp Objects

 

 

5. Hommecoming

 

 

 

 

6. Patrick Melrose

 

 

 

7. Killing Eve

 

8. Jack Ryan

 

 

9. Yellowstone

 

 

10. The Haunting of Hill House

 

11. Waco

 

 

12. McMafia

13. Trust

 

14. Counterpart

 

 

15. Altered Carbon

 

 

16. The Looming Tower

 

17. A Very English Scandal

 

18. The assassination of Gianni Versace

 

 

 

19. The Marvelous Mrs. Maisel

 

 

 

20. Narcos Mexico

 

 

21.The Little Drummer Girl

 

22. Mr. Inbetween

 

 

 

23. Mosaic

 

 

24. La Tréve

 

25. Black Earth Rising

 

 

26. Seven Seconds

 

 

27. Mayans

 

28. Pose

 

29. Castle Rock

 

 

30. Dietland

 

The best 10 series TV (2015)

1.

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2.

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3.

 

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4.

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5.

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6.

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7.

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8.

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9.

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10.Public_Morals_Serie_de_TV-965433045-large

 

 

 

 

 

 

Rich Man, Poor Man (1976)

 

Father Jordache Foto 1

Si les soy sincero, me gusta mucho, por no decir muchísimo la ficción de antaño tanto o casi más, que la actual. Y una de mis razones, esenciales,  es descubrir que ahora —muchas de aquellas series y miniseries— el paso del tiempo les ha dado el grado óptimo de un buen vino. A día de hoy se pueden encontrar un buen puñado de ellas que siguen siendo fantásticas. Además, unas cuantas ya han sido comentadas por estos lares. ¿Qué es lo que nos lleva a apostillar esta aseveración? Su gran factura en todos los apartados y evidentemente, esa vis creativa cuasi visionaria en algunas propuestas. Es el caso de la miniserie que vamos a analizar hoy. Hubo un tiempo, donde la otrora TVE (única e impoluta, apenas tenía competencia y era su segundo canal) se implicó en una propuesta nocturna —alter prime time ochentero— donde se dejaron ver miniseries y series con un denominador común: la madurez. Cuando aludo a la madurez, lo digo en todos los sentidos. Pues, las temáticas que abarcaban es lo que la vida nos deparará más tarde o más temprano: familia, trabajo enfrentamientos, matrimonios, divorcios, celos, riqueza, pobreza, traición o lealtad. La vida y la muerte. El éxito y el fracaso, tan sólo unas décimas de diferencia. Es la época de unos seriales muy bien hechos, caso de Raíces, Eduardo y la Señora Simpson, Capitanes y Reyes, Vientos de Guerra, Shogun y otras muchas más que intentaremos traer a esta sección de la TV Vintage. En este sentido nos adentramos en una producción que tuvo una audiencia tremenda y generó una gran tómbola mediática —entre los corrillos de los mercados— así como en los almuerzos de trabajo de aquella divertida e ingenua época de la transición Made in Spain. Hombre rico, hombre pobre (1976) es la adaptación de novela del prestigioso escritor, Irvin Shaw de origen judío-ruso (autor del libro el baile de los malditos y víctima del Macartismo) que mantuvo un espaciado exilio en Europa. Periodo en donde su abundancia de títulos fue prolija.

Tom in The Room Staff Foto 2

La novela tuvo un itinerario curioso, pues una buena parte de ella se publicó, a modo de pequeñas entregas, en la revista Playboy y terminó convertido en un gran best-seller, allá por 1969. Hasta que la cadena ABC— heredera del espíritu innovador— del gran E. Noble compró los derechos, y, en febrero de 1976 puso a trabajar al prestigioso guionista Dean Riesner (Dirty Harry/1971) y tres directores de un gran prestigio televisivo: David Greene, Bill Bixby y Boris Sagal La novela comprende un período de tiempo entre 1945 a 1965 y gira, en torno a dos hermanos de una familia inmigrante: los Jordache. La adaptación sigue los pasos de los vástagos de la familia Jordache —Rudy el apuesto ganador (Peter Strauss) y el perdedor Tom (Nick Nolte)— hasta mediados de los años 60. La ausencia en la miniserie del personaje de la hermana Gretchen  Jordache— nunca sabremos muy bien porque se eliminó, pero Riesner era mucho Riesner y lo sustituyó por Julie Prescott (Susan Blakely), novia del instituto de Rudy. Hombre rico, hombre pobre pivotaba en un eje central: la disputa entre los hermanos Jordache. Ejecutando el vetusto, aunque no menos efectivo recurso del paralelismo bíblico; la historia de la historias por excelencia, el conflicto entre Caín y Abel. Hijos de un inmigrante alemán rudo y feroz, Axel Jordache (Edward Asner) y su esposa Mary (Dorothy McGuire), quienes dirigen una panadería en estado de Nueva York. Rudy y Tom inicialmente parecen bien avenidos en los primeros días del fin de la IIGM, pero poco a poco, irán tomando nuevos y distantes itinerarios. Rudy va al colegio y  se hace notar, y muy pronto comienza a trabajar para el magnate de los grandes almacenes Duncan Calderwood (Ray Milland). Tom comienza una relación con un ama de casa irlandesa, Clothilde (Fionnula Flanagan), que nos recuerda un poco a ese personaje de la novela de James M. Cain —muy de refilón— pues, el jovenzuelo Tom se enamora de una forma más inocente. Clothilde es la esposa del dueño del taller donde Tom comienza a  trabajar como mecánico aprendiz. El esposo se huele el percal  y en menos de lo que dura un telediario, Tom se queda sin la compañía de Clothilde.

Falconetti Foto 3

En este tramo de la serie se observarán algunas secuencias memoriales, en un tono erótico, de alto voltaje para una audiencia más acostumbrada a un material mucho más políticamente correcto del dial; La mujer biónica, Los Walton o el hombre de seis millones de dólares y etc. Tom termina conociendo a Teresa Santoro (Talia Shire, que estaba muy cerca de convertirse en la Sra. Balboa) y decide marcharse a California para hacerse boxeador. Curiosa pareja, Shire ya era una de las grandes tras pasar por “El padrino” de Coppola y Nolte estaba a punto de dar el gran salto a Hollywood. El azar le llevará por un viaje, directo a las aguas más profundas del mundo del boxeo. Las cosas se complican por enésima vez y finalmente sale por piernas, enrolándose en un barco mercante. La aureola de Loser la deja caer con gran mimo el guionista Reisner. Paralelamente, vemos el ascenso Rudy dentro de ese hermoso envoltorio del americano protoKennedyano. Su rostro es la expresión de la decencia del trabajo y el éxito el secreto de la supuesta honorabilidad que huele a Washington. No menos interesante es el viraje de Julie; la novia de toda la vida de Rudy. De su trabajo como voluntaria ayudante de enfermería, en el hospital de veteranos y sus coqueteos con un soldado de color, hasta ese viaje —iniciático y rebelde— a un mundo desconocido y excitante: NY. Explorando su lado más artístico, sexual y aventurero como una actriz, escritora y fotógrafa eventual. Todo ello con los antecedentes del rico y depravado empresario Teddy Boylan (Robert Reed), que encandila con su posición —de gurú— una preintroducción de Julie, en los placeres más sofisticados de los llamados “adultos”. Reisner logró incorporar cuestiones tan prístinas como  “el ojo por ojo” y  el insoportable peso de los remordimientos. Así como la carga punitiva de la interpretación  de los pecados, en un contexto multicultural, dejándonos caer la pregunta; si estos son transferidos por el obcecado y bruto padre hacía sus hijos. Al igual que esa revisión de los daños colaterales del utópico sueño americano, cuando el mismo desaparece del circuito ante su propio fracaso y ruina. Hombre rico, hombre pobre contaba con unas subtramas secundarias de alto calibre, que de algún modo tuvo su recompensa en la interpretaciones de los implicados, unos rodajes donde en más de una ocasión saltaban, algo más que chispas en los face to face entre Strauss, Nolte y Blakely.

Tom in The Ring Foto 4

Mención aparte, es el personaje malvado por excelencia y recordado por todo el mundo. Uno de mayores malos de la historia cinematográfica y el rey de villanos en la historia de TV. Anthony Falconetti (William Smith) tenía ese plus de un físico muy Jack Palance y una mente más perversa que otro gran  malvado de la serie B, Neville Brand. Todavía es recordada con pavor la violación en el barco del amigo de Tom, Ray Dwyer (el actor afroamericano Herbert Jefferson, Jr.) Momento hit de la historia del prime time televisivo. En la lectura del libro hay una descripción mucho más minuciosa del personaje. Todo haya que decirlo que el propio Smith confesó que aquel papel, si bien lo hizo archifamoso, también es verdad que fue su propia cripta. Pues, recibió todo tipo de amenazas de chiflados y los productores veían, en él, la faz de Falconetti, que su auténtico perfil, es decir, el actor William Smith. Un fenómeno digno de tesis doctoral. Hombre Rico, hombre pobre era el tipo de serial que consiguió reunir a un montón de gente, soltándose la lengua para  hablar de los temas más tabús en un tiempo donde muchas heridas aún sangraban: raza, clase, sexo y por encima de todo; la vida. Lo duro que es el camino hacia una felicidad absoluta, pues no existe ese estado perpetuo. Por el mismo itinerario se van perdiendo baluartes y pluses que son irrecuperables. No obstante, la vida es dura y en pocas ocasiones fácil. A pesar de que el mundo se empecine en vendernos los contrario. Y el mensaje de Hombre rico, hombre pobre podía ser incomodo pero no alejado de lo que es el día a día. Obviamente, a nadie le sorprendió todas las nominaciones a los Emmy y los Globos de Oro, ganando 4 premios en ambas. Los Emmy dieron sus estatuillas a la música de Alex North, la dirección de David Greene y a los actores de reparto: Edward Asner y Fionnula Flanagan.

Rudy&Julie Foto 5

A todo ello, se sumaba un excelente casting, donde brillaron todos y todas en sus papeles; Andrew Duggan, Berry Kroeger, Bill Bixby, Dick Butkus, Dennis Dugan,  Dorothy McGuire, Ray Milland, Gloria Grahame, Dick Sargent, Dorothy Malone, Craig Stevens, George Maharis, George Wyner, Harvey Jason, Herbert Jefferson Jr., Kim Darby, Lawrence Pressman, Lynda Day, George, Steve Allen, Norman Fell, Talia Shire, Kay Lenz, Murray Hamilton, Mike Evans, Tim McIntire, Robert Reed y Van Johnson. Posteriormente, la ABC tras el empacho de  éxito del fenómeno HRHP, trató de recobrar el meteoro y le encargó una segunda parte de esta historia a Irwin Shaw. El resultado fue un libro de menor calidad, eso sí, convertido en un nuevo best- seller. La adaptación de la nueva historia pecaba de excesivo humus melodramático. A pesar de contar con el mismo guionista. Recogiendo parte del final cerrado de la primera entrega y con notables ausencias. El protagonismo fue para Peter Strauss, que ejercía de nuevo padre de los hijos de Tom y Julie, junto con el psicópata de Falconetti acaba por imponerse como el mayor reclamo de la nueva entrega. Siguiendo el registro de villano rencoroso pero en otro plano menor. Los nuevos actores, se esforzaron por sacar adelante el producto pero muy lejos de la perfección que logró aquellos 12 primeros capítulos. Hombre rico, hombre pobre es una opción para paladares de buen nivel, pues poco tiene que anhelar a más de un producto de HBO. No sería extraño ver un remake por la cadena de TimeWarner en un futuro no muy lejano. El año que viene se cumplirá el 40 aniversario de realización y se habla de una nueva edición exclusiva en formato Blue-Ray, sería una noticia excelente. Hasta ese momento, la miniserie se puede comprar en formato DVD y para los más internautas; la webesfera es otra buena opción. Nota: 8,9

American Crime (2015)

TIMOTHY HUTTON

Dicen las mentes más ilustradas, esencialmente, aquellas más introducidas en la crítica literaria, que las historias de detectives tienden a caer en el papel del drama moral. Fetén. Pues, yo me hago las siguientes preguntas: ¿qué es la novela negra en el fondo? ¿Por qué toda la cultura del policíaco sigue atrapando a tanta gente? No les pica la nariz… Claro que sí. Es lo más parecido a la realidad diaria. A ver, voy a ponérselo sencillo y práctico: busquen cualquier portada de periódico, la de hoy, ayer o hace un año y mírenlas bien. Leen los mismo que yo: Accidentes aéreos con psicópatas al mando de la nave, asesinatos de menores sin resolver, corrupción política y económica en altos organismos, grandes robos de obras de arte, casos de espionaje por revelación de documentos periodísticos, negligencias médicas y un largo etcétera. En el país de la ficción televisiva por antonomasia, EE.UU, la veterana cadena  ABC, —aquella que hace once años—, rompió las audiencias con el drama de Sci-fi espiritual, “Lost” (2004). De nuevo, ha vuelto con una propuesta muy interesante, junto al guionista/realizador John Ridley  —ganador en el apartado de guion adaptado de la magnífica “12 años de esclavitud”— y no hace mucho, su primer largometraje; un irregular e interesante biopic del mítico músico Jimi Hendrix. Nos propone un drama criminal que explora la complejidad y la omnipresencia del asesinato, en una sociedad violenta como  la norteamericana, desde múltiples puntos de vista. Todo ello aderezado de un sustancioso y bien compactado plus de tensión racial, donde las desigualdades socioeconómicas afloran con fuerza, tras la aparición de un brutal crimen en una pequeña comunidad (Modesto) perteneciente al distrito de los Ángeles.

American Crime Foto 2

American Crime insiste en la candencia de otros grandes films que han tratado el tema desde la magistral; “En el calor de la noche”(1967) de Norman Jewinson o la premiada “Crash”(2005) de Paul Haggis, más cercanas al modelo americano y el caso de “Babel”(2006) de A.G. Iñárratu, desde una perspectiva más globalizadora de los perpetuos temas que acompañan y seguirán acompañando a la sociedad humana. Así como una visible influencia de dos series de culto: The Wire (2002) o Boss (2011) —concretamente en la concepción visual y estética—, con unos primeros planos y encuadres abrumadores, que nos recuerdan muchísimo a la propuesta de Gus Van Saint. Algo que nos deja confundidos, en cuanto a la elección de un canal convencional es todo ese ambiente a cine independiente Made in Usa bien cosido y planteado. Si American Crime estuviera en la parrilla de Showtime o HBO, nadie se lo cuestionaría; pues, el producto desprende mucha calidad. Exquisita fotografía, buen montaje y muy buena dirección de actores. En American Crime, J. Ridley, ahonda en esa América multicultural donde cada una de las partes del conflicto se ha descrito sin adornos. Es una señal, que nos alerta, de un gravísimo problema de rabiosa actualidad y sigue ahí: el embarazo que todo el mundo evita, en mil eufemismos llamado racismo, que sigue tratando de encontrar una dimensión social, entre lo políticamente correcto y la visión más justa de los EE.UU, los cuales, aspiran a ser la máxima expresión de convivencia de todas las partes que intervienen en el eterno conflicto. Sin embargo, la quimera cae en su propia trampa, cuando descubrimos, a través de las magníficas interpretaciones de los aludidos; el ego de sus particulares creencias y prejuicios que terminará por devorarlos.

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Es lo que se atisba en esta primera temporada, pues el show ha sido renovado por una segunda temporada, una vez pasado con gran éxito ante la crítica Made in Usa y con una audiencia más que discreta. American Crime se convierte en un rompecabezas, que con el paso de los capítulos, las diferentes historias de todos estos personajes, se irán hilvanando en la urdimbre principal: el asesinato de Matt Skokie, un veterano de guerra con una vida aparentemente normal. (Hijo de los principales protagonistas, Russ Skokie), interpretado por un Timothy Hutton, en plena forma, que nos recuerda aquel joven  deslumbrante de talento en el debut cinematográfico de Robert Redford. Su esposa es Barb Hanlon (la siempre espléndida Felicity Huffman). El matrimonio Skokie está roto y además, se evidencia que es una pareja de divorciados por el poco feeling que transmiten y una falta de comunicación absoluta. Por otro lado, está la esposa del asesinado MS, Gwen, la cual, ha sobrevivido y permanece muy grave en coma, luchando por su vida. Hija de Tom Carlin (W. Earl Brown) y Eve Carlin (Penelope Ann Miller, una gran alegría la vuelta de esta actriz a la primera línea mediática). La otra cara de la moneda la comparten, unos personajes muy bien escritos. Ahí, tenemos al severo padre, mexicano, viudo y dueño de un taller de reparación de automóviles; Alonso Gutiérrez (interpretado por ese gran actor que es  gran Benito Martínez) intentando ayudar a su hijo adolescente Tony (Johnny Ortiz) sospechoso de complicidad por dejar el automóvil de su padre a un ladronzuelo, Hector Tontz (Richard Cabral). La pareja de yonkis adictos a la metanfetamina y lo que se ponga por delante; Nix (Elvis Nolasco) y Aubry Taylor (Caitlin Gerard). Auténticos calcos de los personajes de la soberbia “Boss”; Emma Kane y Darius Morrison—emulando un amor interracial imposible. Todos luchan por su supervivencia tras el impacto del asesinato de Matt y las consecuencias, que están condicionando una angustia latente, sobre sus propias vidas. Enzarzándose en una lucha sin tregua para salir del meollo, ante un daño colateral que les implica de facto.

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Vemos gente común y corriente, un grupo de individuos afectados y relacionados con las consecuencias de los trágicos acontecimientos que cambiarán las vidas de cada uno de ellos. Y es precisamente este dolor lo más triste,  y a la vez, lo más interesante. American Crime es un drama que explora las relaciones familiares de distintas etnias, el tráfico de drogas y cómo el hecho de un solo crimen puede afectar el destino de sus vidas. La búsqueda se convierte en un camino de espinas, donde los resortes del sistema judicial chocan hasta hacer descarrilar al más pintado. Todo ello aún suena más doliente en los acordes —de la gran BSO de corte étnico/minimalista— del gran Mark Isham.  La información es oro negro que hay que encontrar a cualquier precio y la justicia, una ínsula quimérica. Uno de los mayores atractivos del show pivota en el resto de los afectados en todo ente affaire. El desgate físico y emocional de un proceso que avanza como un depredador voraz de sentimientos humanos convertidos en despojos de esa tramoya incendiaria llamada sistema y el  avance tortuoso en una sociedad supuestamente muy desarrollada. Un dato, American Crime se estrenó el 5 de marzo de este año, con el halo de las revoluciones ventriculares todavía latentes, tras los homicidios provocados por la policía de Ferguson (Missouri), y el asesinato de un policía a sangre fría en NY. El alcalde la ciudad casado con una afroamericana afrontando las soflamas de su propia policía. Y las calles de EE.UU convocadas a la protesta —en plena reivindicación— de los derechos de igualdad entre ciudadanos de un mismo lugar. En el fondo John Ridely no está más que narrando una crónica de un estallido que siempre supura entre paños calientes, pero sigue latente. Capote lo vio muy claro en Kansas, y es que América, no país para viejos ni para jóvenes. Es una utopía, que a veces, se descontrola y como todo ser humano: nadie es perfecto. A pesar de que American Crime puede dejarle a uno, esa sensación de déjà vu merece darle una oportunidad. La intensidad de los actores y la pulcritud de la narración, a través de una cámara incisiva sobre el gesto del eterno drama americano con aroma a historias, que son obras maestras de la ficción histórica de la TV; bien vale su margen de paciencia. Nota: 7,8

 

After 30 years “Moonlighting” (1985/89)

BRUCE WILLIS, CYBILL SHEPHERD

 

Probablemente no  habrá concepción más rica y fértil en la historia de la televisión que el drama de detectives. Las décadas han florecido con ellos, esencialmente, en la prodigiosa y policíaca de los 50, y básicamente, a partir de los 70. Pero el advenimiento de los 80 fue un periodo de sobreexposición a un público, curtido en el visionado de seriales de todo tipo y pelajes, muy difícil de sorprender. Los problemas —que a menudo— se produjeron en las propuestas de las grandes cadenas no terminaban de sortearse y la vis creativa andaba algo dormida. Muy pocos tomaron la idea y la desarrollaron, en algo único, atractivo y fresco.  En el año 1984, cuando el guionista y productor Glenn Gordon Caron —creador de la mítica Remington Steele (1982) y la más reciente Medium (2005)—  se encargó de escribir una serie de detectives de gama alta, con una gran estrella al frente de ella. Basándose en las comedias clásicas de enredo del maestro Howard Hawks. Creó un símil televisivo lleno de equívocos constantes, diálogos vertiginosos y punzantes. Así como una TSR (tensión sexual no resuelta) entre ambos protagonistas. Aquello fue acuñado por los gurús de la escritura creativa como “dramedy” (un mix entre el drama y la comedia, en idénticas proporciones). Ya, lo sé que algunos pensarán aquello de: “Si Hawks levantará la cabeza…” Pues, que estaría la mar de contento y punto. En fin, nuevamente, la cadena ABC apostó todo al rojo y saltó la banca. Luz de Luna, se convirtió en un gran éxito de audiencia; innovadora, cínica y romántica. Un espectáculo que quería ser diferente, literalmente, se dirigió a su público; al que supo darle capitulo a capitulo, semana tras semana el meritorio lugar de ser una de las mejores series de la historia contemporánea.

Luz de luna foto 2

A lo largo de 5 temporadas (1985-1989) y un total de 66 episodios supo mantener un altísimo listón, con sus originales y brillantes historias, a millones de televidentes. Coincidiendo con el lanzamiento del capítulo piloto hace 30 años, aprovechamos la ocasión para hacer hincapié en este gran show, que tenía a toda una generación “bola de cristal”, de pelos largos, melenas rizadas, onduladas, tintadas, neones y gafas de sol enganchada a ella. Ropa grande y con unas hombreras, que ni las gargantas del cañón de Colorado. Eran parte del aquel divertimento con mucho estilo ochentero. De la noche a la mañana dos actores—llamémosles—nuevos, en aquel mundo mediático, de la época irrumpieron con gran fuerza y solvencia. Por momentos, la bella Shepherd y el machote Willis llegaron a darnos la sensación de haberse pasado la vida haciendo esta serie. El casting estaba compuesto—aludidos, anteriormente— por la guapa y estilosa, Cybill Shepherd (Maddie Hayes), que gran parte del equipo de producción la tenía en agenda como su primera opción. Y por la parte del partenaire masculino fue difícil dar en el candidato. Sin embargo la valiente apuesta de la productora de proponer a un desconocido, Bruce Willis como el detective David Addison Jr. fue todo un acierto. Tras un complejo casting con más de 3.000 pretendientes, ahí estaba aquel tipo crápula, extrovertido, amante de  la diversión, atrevido y seductor se convirtió en la sensación de los ochenta. Estaba naciendo la leyenda de una superestrella Made in Hollywood; el héroe Bruce Willis.

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La trama partía desde una flagrante estafa—que la  jefa y ex modelo Maddie Hayes— había sufrido por su contable. Ante semejante revés, no le queda más remedio que cerrar la agencia de detectives. Ya que ésta, era una de los lavaderos favoritos de evasión fiscal, que utilizó el corrupto gestor de Miss Hayes. La agencia la dirige nuestro juguetón detective D. Addison. En este primer episodio piloto, ante la disyuntiva, en que Addison se ve envuelto, le propone a Maddie crear una nueva agencia de detectives, donde serían socios y algunas cosas más. Las líneas argumentales giran alrededor de los casos investigados por ambos detectives, donde ellos serán quienes supervisen todo, previo acuerdo, como socios y amigos. La agencia de detectives pasa a llamarse Luna Azul, por ser ese el más famoso producto (un champú) que anunciaba Hayes en su etapa de modelo. Ambos estarán asistidos por Allyce Beasley como Agnes Topisto (DiPesto en la versión original), la recepcionista y posteriormente, la llegada de Curtis Armstrong en el papel de Herbert Viola, el  detective ayudante. “Luz de Luna” tenía un primer reclamo con el público que la hacía muy especial. Ya que el score de la cortinilla de presentación compuesto y cantado por All Jarreau “Moonlighting” te hacia mover el pie de lado a lado, y, después comenzaba la acción, a través de las largas y bellas piernas de Miss Shepherd. Una dinámica muy ácida en un entorno —curiosamente—, habitual y cercano: la agencia.

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Donde la guerra de sexos, muy Hepburn&Tracey se repetía, algo que gusta y seguirá gustando: Maddie y David estaban siempre en desacuerdo, uno siempre tenía que estar en lo cierto y otro tenía que estar equivocado; sus valores y filosofías de vida eran antagónicos. A pesar de sus despotriques, del uno  sobre el otro; terminaban siempre juntos y se dieron cuenta, que tenían una gran dependencia como pareja de hecho y comercial. Si algo malo le ha pasado a uno de los dos: se intentaba dejar para un momento más relajado. Sin embargo, los problemas personales y las diferencias de criterio iban implícitamente relacionadas al trabajo y viceversa… En el fondo, eran detectives y se debían a su profesión, de un modo, alocado, chocante y extravagante; pero sacaban el trabajo adelante. Shepherd contaba que siempre se “hacían la puñeta”, el uno al otro antes de una escena sólo para entrar con el pie acelerado. Es difícil de creer, que no podían ser el mejor de sus amigos o incluso los mejores amantes. Cada episodio revelaría algo maravilloso que tiene lugar entre los dos. Si se trata de una mirada de amor, una sonrisa, un resbalón o un simple roce. Todo era creíble, en este gran show; sexy y dinámico, con momentos realmente hilarantes y surrealistas. Es curioso, ver que en esta serie se seguía manteniendo el formato de artistas, actores o actrices invitados. No obstante, con un matiz, pues podían ser grandes estrellas del cine clásico; Eva Marie Saint, Brooke Adams, Robert Webber, o el mismísimo Orson Welles (espectacular y glorioso instante).

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Desde Whoopi Goldberg y Judd Nelson estrellas ochenteras de por aquel entonces, a futuras y futuribles de la TV, en diferentes formatos: Billy Drago, Brian Thompson, Gary Graham, James Avery, Mark Hammon, Virginia Madsen, Richard Belzer, Rita Wilson, Paul Sorvino, Tim Robbins, Vincent Shiavelli y un largo etcétera. Otro de los grandes alicientes del serial era su fantástica BSO, con temas clásicos de Little Richard, Otis Redding, Rolling Stones, The O’Jays, Patti LaBelle, Mitch Ryder & The Detroit Wheels y muchísimos más. A todo ello, se le sumaban en las voces de los propios: Shepherd&Willis las versiones a dúo de clásicos míticos. Luz de luna murió de éxito y rota por una relación profesional insoportable. Tanto Bruce Willis como Cybill Shepherd se habían desgastado—sus carreras profesionales iban como un misil, sobre todo la de Willis— tras una borrachera de Globos de Oro, Emmys y millones de dólares que cobraron temporada a temporada.  Hipernominados en todos los apartados, premio tras premio y la fama en medio mundo… La pareja de hecho, se deshizo  el 14 de mayo de 1989. Por última vez, el bello tema de All Jarreau sonó y muchos de sus incondicionales no pudieron remediar esgrimir alguna pequeña lágrima. ¡Qué besos se daban en cualquier lugar, aquella pareja tenía algo! Química o feeling… “ese algo” tan americano y que sólo ellos son capaces de hacerlo. La oficina de detectives echó el cierre. Lo dicho, ¿Han a volver a esperar 30 años? Es fácil, DVD,s o soportes digitales por esto de la webesfera. Nota: 8,4

After 20 years Murder One (1995)

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Aquel otoño de 1995 fue un año interesante en el mundo de la producción audiovisual. Ese año marcó un antes y un después en el devenir de la ficción norteamericana. Me explico, la mitad de los noventa presagiaba una fuerte irrupción del inminente S. XXI y la tercera edad de oro de este medio. Lynch había cambiado las reglas y Bochco recogió el testigo de la búsqueda por nuevos senderos. Además de ser una gran añada para el diseñador Armani —menudo vestuario se marcaba Murder One—, también seguirá siendo recordado por todos aquellos paladares exquisitos a este adictivo medio. La aparición de  Murder One fue un nuevo oasis del canal ABC. A pesar de sus 20 años, sigue manteniendo la brillantez, frescura y el carácter innovador, que el alquimista Steven Bochco acababa de perfilar, modelando la parte más incompleta del legado de Twin Peaks: las reglas de la televisión americana, se transformaron en nuevos guiones más realistas e introspectivos. Eso sí, a un alto precio. Pues ABC, en un primer enfrentamiento con su creador acabó castrando parte de su material y luego, le hizo el mayor daño que pueda sufrir un genio; la cancelación de su obra. A día de hoy estamos delante de una las primeras obras de arte postmodernas de la televisión más cercana al mundo de The Killing o la curiosa The Good Wife con todos los ingredientes del clasicismo sazonados con el magisterio de la vieja escuela. Es imposible analizar las casi 20 horas de visionado y comprobar que no están fuera de lugar, todo lo contrario reafirman la validez de su esencia.

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23 capítulos de una primera temporada extraordinaria. Un retrato complejo, ambiguo, de tempo lento pero lleno de artimañas. Finalmente —tras un pulcrísimo pulido al gusto de los directivos de ABC— se convirtieron en dos entregas reserva vintage. La primera remesa de 23 episodios y la segunda de 18, que no vamos a entrar en ella. Más adelante, haremos unas pequeñas aclaraciones. Obviamente, en un mundo donde la justicia no tiene dueño, lo legal no sabe dónde reside y sólo nos queda la certeza moral de que el resto del sistema está dándote la espalda. En esos vericuetos de sistema judicial norteamericano; cabalgan los personajes de Murder One. Unos individuos que se desarrollan y cambian con  una facilidad asombrosa al compás de la vida real. Donde la moral se examina a sí misma, en torno a cuestiones sin moralejas soporíferas y la esencia de la justica legal de un gran país donde la verdad suele sopesarse en la balanza y la espada de lo cínicamente correcto. Steven Bochco es un viejo rockero con más kilómetros que el viejo Renault 11 de mi difunto abuelo —el hombre que nos habló de las angustias de los policías en  Hill Street Blues,— y las soledades de David Caruso y Jimmy Smits de NYPD Blue, y  los abogados más cool en La ley de Los Angeles.

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Mucha gente le sonará raro el nombre de Murder One, pero cuando vean el clip final del post; estoy seguro que de repente alguien se acordará de Jesús Gil y un jovial Berlusconi en la Telecinco de una sempiterna Ana Rosa Quintana. Al lado de otros dos jóvenes guionistas de gran solvencia: Charles E. Eglee (Dark Angel, Dexter, The Shield) y Channing Gibson (St Elsewhere) pusieron toda la carne en el asador en crear el postkarma de Laura Palmer. Nunca fue el gran éxito que se preveía. Sin embargo, el canal de TV hizo un despliegue promocional tan contundente de su premier en Septiembre del 95: el acontecimiento catódico del año. Murder One tuvo una audiencia record y el beneplácito de la crítica televisiva norteamericana de por entonces, volcada con la nueva propuesta del mago de la ABC, Steven Bochco. Anteriormente, habíamos hablado del concepto castración del creador y eso terminó de la siguiente manera. SB, tuvo una trifulca de mil demonios con los grandes directivos de ABC, a la vez que actor protagonista Daniel Benzali estalló contra Bochco —nunca hubo buen feeling entre ellos— que acorralado por los acontecimientos tuvo que prescindir del personaje de Benzali, en detrimento del talento del joven australiano Anthony LaPaglia (marcado de por vida en su papel de agente del FBI en Sin Rastro), que en ésta y última segunda parte se fraccionó en dos nuevos casos, quitando de en medio la trama principal.

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Tan sólo era una maniobra rápida para despertar el entusiasmo inicial de espectador medio, que se perdió con un argumento demasiado enrevesado y vanguardista, para la ABC de aquellos años. Empero, todos aquellos buenos paladares del invento catódico permanecimos enganchados a las hábiles pericias del inconmensurable guion y la maestría de crear las hábiles incógnitas, preguntas sin respuesta o donde la sospecha del principal acusado del crimen se hallaban en diferentes rincones del propio set de rodaje. A todo ello, sumémosle el enorme talento del trio de ases que se confinaron los protagonistas absolutos del show: esos momentos interpretativos memorables: en los papeles del abogado defensor Ted Hoffman (Daniel Benzali, actor de origen brasileño, puro beluga), Richard Cross (un ambiguo y adictivo Stanley Tucci), y por último, el principal acusado del asesinato y violación de Jessica Costello (Bobbie Phillips, convertida en un icono sexual de la época), Neil Avedon (Jason Gedrick tuvo muy poco fortuna, a pesar del buen oficio que demostró parece que el papel de serial killer lo está resucitando en productos como Dexter o Bosch). A lo largo de los 23 episodios de la primera temporada, la auténtica, se va desarrollando todo el proceso judicial desde el descubrimiento del cadáver de Jessica Costello que se hallaba desnuda, estrangulada y atada a su cama. Inmediatamente, se acusa al empresario millonario Richard Cross (Tucci), el  cual, fue la última persona en ser identificado en la escena del crimen. Él, insiste en su inocencia y trae en su abogado, Ted Hoffman (Benzali) para representarlo.

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Una coartada conveniente pronto emerge y Cross se libera, pero su implicación en el caso de Hoffman no ha terminado. Pronto, el detective Arthur Polson (Baker) atrapa al actor ídolo de adolescentes Neil Avedon  y Hoffman es llamado para llevar su defensa. El caso resulta enormemente complejo, pues se entremezclan las adicciones al alcohol y las drogas del presunto acusado. Así como su reconocida relación sexual con una joven menor de edad y la presencia en el lugar del asesinato. El estado, representado por la fiscal Miriam Grasso (Barbara Bosson, esposa del mismo Bochco) muy conocida en series y filmes por la interpretación de eterna mujer de la ley, ya sea dictando o defendiendo a los implicados. Aquí está convencidísima  que las pruebas son muy obvias y que hay que cerrar lo más rápido posible el caso. Sin embargo, Hoffman no está satisfecho y la constante interferencia de Richard Cross le hace sospechar que hay mucho más que desenmarañar a simple vista. Hoffman es un tipo serio, con cara de pocos amigos y hombre de voz suave mezclada con miel caliente susurrante, que cuando estalla los alrededores tiemblan y la platea se queda hipnotizada. Su sarcasmo es temible y con frecuencia hilarante, pero su furia es capaz derribar a los muros del mismísimo cielo. Este problema se hizo evidente al ver la monstruosa audiencia del episodio piloto y ver como cada semana se iba desangrando, no tanto por una caída de calidad de la serie, sino por el enorme esfuerzo de fidelidad que pedía a sus seguidores, tanto para no perderse ningún capítulo como para entender las complejidades de la densa trama que se nos presentaba.

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A su lado tenía su guardia pretoriana de abogados ayudantes, formada por los actores: Grace Phillips, Mary McCormack, Michael Hayden y J.C.McKenzie. Cada uno sufrió diferentes suertes. Al igual que el inefable  David Blalock, como Sr. Lobo de Ted Hoffman, en unos pocos episodios nos deleitó con su buena hacer. Veterano de grandes producciones cinematográficas en sus papeles de reparto, así como en la actual ficción televisiva. No podemos pasar por alto, otra actriz que era el complemento de TH; su esposa que es interpretada por la espléndida, Patricia Clarkson. A medida, que los capítulos vayan evolucionando, la relación conyugal se irá deteriorando. Irónicamente, uno de los mayores defectos del producto son las escenas familiares que le hacen parecer el Shred simpático de Disney —su fisonomía, no ofrece dudas con el cariñoso personaje— degeneraba en un excesivo baño jabonoso Nenuco, poco creíble, al lado de su hija; una pelirroja encantadora. Sin embargo, por encima de extraños aspectos físicos, Benzali es carisma, bajo cualquier óptica. Posiblemente, uno de los personajes más auténticos en el extraño y fascinante mundo de lo mejor de la TV; el mítico abogado rebeldemente humano de Murder One, Ted Hoffman. Nota: 8,6

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