The Terror (2018)“Miedo y horror en el Ártico”

En estos días, muy cercanos a cualquier cambio de década o finalización del siglo de turno; la ficción audiovisual tiende a cambios —de estilos y géneros— con la trillada muletilla del “ya tocaba”. Evidentemente, esto se ha visto con el péplum romano de Gladiator de (Scott) en 2000 y unas décadas antes, con Cleopatra 1963 de (Mankwiecz) y la supervivencia en la naturaleza de The Revenant (Iñárritu) en 2015 y la maravillosa Jeremiah Johnson de (Pollack) en 1972. A dos años de la finalización de la segunda década de este enigmático y supratecnológico siglo XXI; aparecen nuevos proyectos de gran calibre artístico, como The Terror (2018) —un  drama de suspense, con aroma a gesta, donde el ser humano da lo mejor y lo peor de sí—  que solían reservarse para ser films de prestigio con aspiraciones a Oscar. Nos acordaríamos de la interesantísima Master and Commander: The Far Side of the World  de Peter Weir, en 2003. Independientemente, de la temática y estética del film, la armonía de ambas historias es asombrosa. Sin embargo, vivimos en este tiempo donde la red social, lo adelanta todo, y las grandes productoras del cable, están al acecho de esos productos que fluyen pedigrí. The Terror (2018) tiene todos esos ingredientes de una gran superproducción cinematográfica, pero en una pequeña pantalla, que demanda un espectador de paladar exquisito. Ese público tan sui generis de chaise longe y pantalla gigante ultraplana 4K, será el dueño del tiempo y duración del proyecto —que dependiendo del visto bueno de la clientela— podrá marcar ciclo y tendencia. Formalismos y exigencias a un lado, los cinéfilos de todos los pelajes estamos de enhorabuena con AMC TV. Desde Mad Men, el redundante canal de los zombis, no era capaz de crear una ficción tan apasionante y adictiva. Además, vaya por delante, mi enhorabuena y agradecimiento a Sir Ridley Scott, y su gran amor por la literatura.

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Una vez más, se ha hecho con los derechos de distribución de la obra de Dan Simmons. Bien, ahí, es donde entra su productora que fundó con el desgraciadamente fallecido Tony. El sello Scott Free. Poniendo todo un equipo de enormes profesionales, a trabajar en esta serie, dando un gran “do de pecho”, con una impecable dirección artística. Desde el fastuoso vestuario, a la recreación de una isla y un océano helado, que es el invernal Ártico, dentro de un estudio de rodaje húngaro. Hermoso y demoledor paisaje cubierto de hielo, entre afloramientos rocosos y aguas gélidas. Una tundra helada marcada, sólo por túmulos funerarios. Un gran todo infinito; que parece extenderse para siempre. Podría ser un alienígena planeta yermo (lugares cercanos al cineasta, a lo largo de su dilatada carrera) o el terreno blanqueado de un western épico. Sin embargo, estamos ante uno de esos viajes que van más allá de la grandioso y homérico. La novela de Dan Simmons The Terror está cimentada sobre la base de una historia real. Donde, en un gran ejercicio de construcción de guion, se conjuga una mezcla de géneros, que van, desde la aventura histórica, hasta las sagas de supervivencia humana en un lugar inhóspito. Finalizando, la biblia de trabajo, en un perfecto thriller psicológico: donde el terror pivota en la mente humana y las criaturas monstruosas del lugar. En este caso, es sólo una, pero que da mucho miedo. La novela, un buen tocho de más de 900 páginas, apunta detalladamente la expedición —que se llevó a cabo en 1845— por dos punteros veleros, orgullo de la Armada Real británica: el Erebus y el Terror. Dos naves que iniciaron un viaje en busca de una nueva ruta de mar. A través, del amargo pasadizo del Noroeste Ártico: una siniestra travesía cercada por el gélido hielo invernal del paisaje polar. Aquel canal nunca lo encontraron los 128 hombres que se embarcaron en susodicha andanza.

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Ambos barcos desaparecieron de la faz de los icebergs árticos. Durante el visionado, uno, sentado en el sillón de casa, puede sentir el glacial viento, y el paralizante frío, acariciando tu cara, en cada escena. Como dice un personaje: “A la naturaleza no le importan nuestros planes”. Algunos de los mejores momentos de The Terror se basan en la idea de que no es nada sobrenatural o desconocido lo que matará a estas personas, sino el orgullo humano y estúpido de los implicados. Eso los convenció de que podían hacer algo, que nunca debería haberse intentado. Hay planos muy hermosos, a vista de pájaro o dron, de pequeñas embarcaciones contra los lienzos de un fondo masivo de hielo y nieve que paralizan los sentidos. Una sensación de escalofrío que te recorre la espina dorsal. Y en cuestión de minutos, comienza una brutal carnicería. Algo que tiene mucho sentido cuando podemos considerar la drásticamente escarpada adaptación literaria. Dentro de un tono dramático robusto y ejecutada por el comandante de la expedición. A partir de un excelente reparto, de intérpretes por rangos, tendríamos a Sir John Franklin (Ciaran Hinds en Rome y Game of Thrones HBO) como comandante jefe de toda la expedición desde la nave Erebus. Luego, los capitanes más inmediatos, caso del segundo, Francis Crozier (Jared Harris, Mad Men y The Crown), capitanea el Terror. Un tipo sui generis. El tercero de la cadena es James Fitzjames (Tobias Menzies Rome y The Honourable Woman), un presumido fanfarrón que le hace la rosca a Franklin con halagos obsequiosos o jactándose de su propia heroicidad del pasado, en galantes relatos —ex profeso— para el efecto como maestro de ceremonias. El capitán Crozier tiene poca paciencia con el autobombo petulante de Fitzjames. Una animadversión mutua que va en crescendo. “No hay nada peor que un hombre que ha perdido su alegría”, comenta Fitzjames de él a Franklin, en una de sus constantes observaciones.

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Curiosamente, el paso de los acontecimientos, a medida que la serie avance, nos brindará un prisma cognitivo, de ambos, muy diferente. Obviamente, la desgracia humana comparte la empatía de una calamidad irremediable. Empero, en la página de guion y capitulo que nos encontramos; tenemos un frustración axiomática de Crozier, por su condición de irlandés —que le marcará— su improbable escalada hacia los primeros galones de la armada británica. Sin embargo, el concurso de su presencia también entra en juego. El conocimiento de otras expediciones por la misma zona le hace ganar enteros, para finalizar una carrera militar, con su justa gloria. Todo lo contrario que el autocomplaciente Franklin, al margen de las circunstancias reales y obviando las advertencias de Francis Crozier y su reiteradas advertencias, en torno, al fatal desenlace de la expedición. Crozier, tiene un respeto por Franklin —cuasi familiar, Crozier casi termina siendo yerno de Franklin— pero como profesional de la marina, es un indolente, de los que siempre piensa que Dios tiene un paraguas y un milagro, en el bolsillo de su túnica, ante cualquier revés. Y en esta ocasión, el desastre es inminente. Se palpa constantemente en el ambiente. La caras del pasaje y resto del tropel; la cámara los dice todo. Después de un buen tiempo, de pantalla notable, se aventuran a buscar algún pasaje, por donde, salir del atolladero. La serie mantiene esos momentos de penetración emocional en la acción temprana. The Terror es un estudio fascinante, entre choques convulsos de la conducta humana. Caso del compañero de la tripulación de marinería, que enferma violentamente. Mientras estaba en el comedor con el resto de compañeros, de inmediato, comienza a convulsionar y a toser sangre. Algo que irremediablemente le conducirá a una muerte inmediata. Este percance nos dirá mucho, sobre el mal de todos estos hombres de grandes hazañas y es la enfermedad del escorbuto.

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Ahí cuando, entra en escena, uno de los oficiales alejado de los labios rígidos y la cara larga: el Dr. Harry Goodsir (Paul Ready), un joven, cercano, entusiasta y culto patólogo, posiblemente la mejor persona, de todo el pasaje. Muestra una profunda compasión al consolar al joven que acaba de enfermar y ha entrado en una fase terminal. Goodsir sigue absorto por la convicción de la mirada del moribundo marinero, haciéndole creer que había otra presencia en la habitación, cuasi divina. La cercanía de Dios. Esa poderosa escena junto con otros interludios tensos —como el de un hombre que cae por la borda y una atrevida incursión de un buzo en las profundidades para remover el hielo acumulado de una hélice dañada— aumenta las apuestas de vida o muerte entre el pasaje, bien temprano. Planos largos silenciosos y oblicuos por la desviación del hielo en la nave. Algunos episodios, sin aspavientos de efectos especiales. De repente, suena un encontronazo que nos deja en alerta. Amén, de todo un concierto de ruidos desconocidos y sonidos guturales de algún animal indocumentado. Una genialidad propia de la magnífica BSO de David Michael Frank; mostrando la angustia y corroborando la soledad del paisaje. Otro aspecto interesantísimo son las largas escenas de diálogo (dándole un toque muy teatral al producto) y un claro carácter salpicado por violencia extrema —que hábilmente representa una misión que fue inacabable durante la mayor parte del día— hasta los momentos, en que el encuentro con la fatalidad era cuestión de horas. La dirección del germano Edward Berger (Deutschland 83 y Jack), quien filmó las dos horas de apertura, se beneficia enormemente de la incorporación de actores de primer nivel para conseguir una texturas dramáticas espléndidas. A partir de la vida interior de ese grupo de hombres uniformados algo constreñidos por la política Imperial de la reina Victoria del Reino Unido. “Dios, Rey y País”. Eso aplicado a la tropa de marinería y los rangos inferiores, significaba castigos por desobediencia o insurrección.

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Ahí, es donde, el personaje más intrigante hasta el momento, es el marinero irlandés Cornelius Hickey (Adam Nagaitis). De repente, es pillado, in fraganti, mientras practica sexo furtivo con un compañero de tripulación, debajo de la cubierta.  El teniente John Irving (Ronan Raftery) lo interrumpe, algo confundido y sorprendido. Empero el personaje Hickey sabe que un buscavidas irlandés, como él, que lleva muchos años en Inglaterra, rulando entre el lumpen más conocido de la villa. Lo sabe todo. Un tipo que ve en el malvivir y el caos auténtica diversión. Hickey sabe demasiado —pues su oreja está en todos los recovecos de la nave— seguro de sus interlocutores, y por donde flaquean. Lo suficiente, para saber que el teniente Irving, es el prototipo de hombre religioso timorato y pacato, el cual, se convencerá a sí mismo, de que no vio nada. La nacionalidad de Hickey también proporciona una leve conexión con Crozier que parece que funcionará en su beneficio. Aparentemente. Mientras el capitán Franklin esboza las típicas grandilocuentes palabras de ánimo sobre la grandeza y la aventura, en un claro intento de espolear a la tripulación, pues, el ánimo va en caída libre. Al igual que su discurso vacío y artificioso. Ciaran Hinds, sigue teniendo aquel aura de César de la majestuosa Roma de 2005. Habiendo permanecido embarrancado hasta la primavera, como lo advirtió el inquieto Crozier, Franklin envía dos grupos de exploración con trineos hacia el este y el oeste para indagar el estado de hipotéticas aguas navegables. Ninguno de los dos grupos regresa con noticias prometedoras, y un teniente se pierde en el caótico desenlace de una violenta tormenta de hielo —generada— por lo que los otros hombres creen que fue un oso gigante. La imagen visual de la criatura sugiere lo contrario. El desarrollo de esta situación, clave en el argumento, promete aumentar de peso a medida que avanza la serie. No obstante, es el disparo accidental durante la confusión del rescate —deja una bala perdida— que impacta, en un anciano nativo inuit. Arriban al barco, pues, el anciano está muy mal.

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Su hija, la esquimal, interpretada por la actriz y compositora groenlandesa (Nive Nielsen) está muy disgustada. Ésta, advierte, con gran disgusto, a uno de los oficiales de la nave que había vivido entre ellos el Sr. Thomas Blanky (Ian Hart, The Boardwalk Empire, Beuatiful Girls, The Last Kingdom). Fantástico actor. Para finalizar con la siguiente frase: “Dile a los que vengan después que no se queden aquí. Los barcos se han ido. Nos hemos ido”. Y hace mención a una extraña criatura llamada Tuunbaq. El cirujano patólogo Goodsir hace lo imposible junto al flemático y circunspecto Dr. Stanley/Allistair Petri (The Night Manager, Sherlock y Whitechapel) del Erebus que demuestra desgana e indiferencia. Pero todo es en vano, delante de su hija. El moribundo esquimal exhala su último hálito. Goodsir no puede ver la visión de un chamán inuit que aparece durante los agonizantes momentos finales del paciente. La destrozada joven inuit —que parece saber mucho sobre el monstruo— desconfía instintivamente de los extranjeros. Estos son los intrusos que traen el infortunio. A pesar de la gentileza esgrimida por el capitán Crozier y el Sr. Blanky que tienen un relativo dominio de la lengua Inuit. De repente, el comandante Franklin, apostilla: Estas personas no son de nuestra competencia. A pesar de las desesperadas y frustrantes maniobras por intentar salvar al viejo esquimal. Es como si los showrunners David Kajganich (Invasión y True Story) junto a Soo Hugh (The Killing y Passengers) nos hubiesen sumergido en las frías aguas de allende Bering. Son muy buenos y han hecho un grandísimo trabajo en todos los aspectos. Empezando por desarrollar un marcando tempo —impecablemente bien dosificado— con la narración. Asegurándose de que el metrónomo da una mayor cronometro a los personajes, aunque dando en su justa y meticulosa medida al entorno. La inmensa atmosfera y todos los recursos que la contienen; un denso paisaje sonoro, hielo cambiante y los rayos de madera de los barcos.

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El lloriqueo ominoso del perro de la nave, las lecturas de la brújula siniestra debido al campo magnético ártico, el resplandor del otro mundo de las luces del norte y la naturaleza gráficamente sangrienta de la autopsia de la sierra sobre el marinero muerto contribuyen aún más al escalofriante factor. The Terror juega más con la tensión que con la acción, a pesar de las tremendas sorpresas que nos deparará la serie a medida que pasen los capítulos. Además de la extraordinaria labor interpretativa de Harris, no podemos olvidarnos del dueto Hinds y Menzies —de nuevo juntos— pasados casi 14 años, de la obra maestra Roma de HBO. César y Bruto, ahora en la armada real británica. Los elementos físicos de la producción también son de primera categoría, desde los interiores de los buques ricamente detallados a las miniaturas y los efectos digitales de amplios planos aéreos. Veremos a un Jared Harris, convertido en uno de esos intérpretes a los que podemos llamar “siempre buenos”. Y la mirada única de un Ciaran Hinds —que lo borda— apto para un capitán de barco posiblemente hambriento de poder. Y no pasando por alto la presencia femenina muy definidos. Dejando a un lado a la bautizada Lady silencio (la Inuit esquimal). El espectáculo recoge mediante varios flashbacks en Londres, a la esposa de Franklin, Lady Jane Franklin (Greta Scacchi) y la sobrina, Sophia Cracroft (Caroline Boulton) que han instado reiteradamente a rechazar las propuestas de matrimonio de Crozier. Hasta hay un maravilloso cameo literario del ínclito Dickens con estas distinguidas damas. No obstante, hay una confianza impresionante en la narración que atrapará a los espectadores con un gusto por el suspense sofisticado. Este espectáculo ataca el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual.

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Esta es una serie que te llena de temor implacable. Como sugiere el título de la serie; a The Terror le interesa el miedo mismo, cómo nos transforma, cómo nos vuelve crueles y salvajes. El Terror, se convierte en horror. La investigación de ese miedo desde diferentes prismas, es todo un ejercicio de imaginería y pedagogía de guion. Cuando se hace aparece la conjura de un pánico penetrante, tan familiar como inconcebible; un retrato del hombre y la naturaleza, en su forma más cruel y fría. Al igual que The Thing (1982) de Carpenter, “The Terror” se vuelve más interesante como un estudio de lo que el miedo, es capaz de hacer a las personas, especialmente a los hombres, más que una historia de monstruos. Al margen, que estemos delante de un extraordinario un show de época de género. Es obvio, que también se trata de elementos adversos, inherentes al paso del tiempo, de la condición humana. Esos que nunca desaparecen, incluido el clásico orgullo estúpido —en este caso, ese tan británico— que mata a los hombres. A veces, propio deseo de conquistar a la madre naturaleza y el impulso competitivo entre colegas, terminan por confundir a los hombres de su verdadera realidad: el auténtico peligro que tiene a su alrededor. Casi tan letal, como su propia sombra. La sensación claustrofóbica de atrapamiento se refuerza cada vez que la cámara del cinematógrafo Florian Hoffmeister se lanza hacia atrás para revelar a los dos barcos como juguetes, encajados en mármol agrietado que parece destinado a envolverlos. La ausencia perenne de signos de un deshielo en ninguna dirección y suministros de alimentos menguados o podridos, las cosas claramente se volverán mucho más desesperadas ya que el hambre, la enfermedad y el posible motín se combinan con la amenaza externa para romper la compostura deshilachada de los hombres.

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El meticuloso grabado de los personajes y su complicada dinámica, la diseminación del terror, la vivida sensación de aislamiento prolongado, todos proporcionan las bases para lo que promete ser una creciente pesadilla de enfermedades, inanición y carnicería monstruosa. En el fondo, The Terror se toma su tiempo, conoce la oscura tristeza hacia la que se dirige y no tiene prisa por llegar allí. Las dos naves son dos enormes mansiones versión Downton Abbey en los mares altos, aunque congelados. Los miembros de la tripulación de bajo nivel que quedan fuera de las sesiones de estrategia de alto nivel incluso conexiones, propias. El resultado es una dinámica claustrofóbica en el piso de arriba y en el piso de abajo, una especie agonía existencial atacada por el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual. Esta es una serie que te llena de pavor implacable. Si visionáramos todos estos títulos, Atanarjuat: The Fast Runner (2001) Roald Amundsens Sydpolsferd (1912) Shackleton (2002) The Last Place on Earth (1985) Scott of the Antarctic 1948 y Ravenous (1999). Posiblemente, estarían de acuerdo con servidor, en que el horror, no hace diferenciaciones entre hombres y bestias. Cuando la necesidad es supervivencia. La delgada línea roja de lo éticamente salvaje, de lo moralmente cruel. Es la vida misma en un acto desesperado por sobrevivir en esa fatalidad que es el lecho de Fausto. El horror del apocalipsis Ártico es una evidencia. Como dijo el maestro Poe: “El demonio del mal es uno de los instintos primeros del corazón humano”. Nota: 8,9

 

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The Handmaid’s tale (2017) Terror y Caos

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A tres años del final de la segunda década de este siglo; los nuevos productos televisivos están brillando por la ausencia de calidad, en este 2017, y reitero, nuevos. No es el caso de las entregas —que van llegando— de otras series estrenadas años anteriores. Bien, así como el que no quiere verlo: la pantalla reluce píxeles y demás jarcia digital con la gran sorpresa del año; The Handmaiden´s Tale (2017). A partir de la novela Margaret Atwood publicada en 1985, la productora de televisión Hulu, estrena una serie de grandísima calidad. Y, ahora, quisiera hablar de Hulu —un joven canal de cable norteamericano— propiedad del grupo NBC creado en 2007, y la atiborrante frivolidad, con la que determinados escritores, críticos y blogueros de turno; endosan el producto y gloria de esta adaptación a la todapoderosa HBO. Dejemos una cosa bien clarita. HBO, funciona como un imperio audiovisual y todos aquellos que estamos formados en producción audivisual sabemos —de sobra— cuales son las funciones de negocio de una productora: en propiedad, coproducción o distribución. Bien, en el caso del Cuento de la criada en nuestro país (con eso de que ha llegado, el internet milenial de tropecientos mil gigas). HBO España tiene comprados los derechos de emisión para sus abonados. Del mismo modo, que la plataforma Movistar series presenta en su programación Ray Donovan (2013) de Showtiwe. Ejemplo que me viene a bote pronto. Y, de igual modo, caso de otras series que propiedad de otras cadenas de cable, pues, son proyectadas por Netflix. Aclarado el inciso y la ablución, de los conceptos, así como de la autoría. Hulu, a día de hoy, está convirtiéndose, en ese canal que va haciendo cosas diferentes y con estilo. Caso de Shut Eye (2016) y The Path (2016).  Sin mucho ruido, pero anhelado por las vacas sagradas del cable. Uno de los mejores productos que he visto este año, también obra del Ceo, Mike Hopkins es su drama —de época Georgiana— sobre la prostitución: Harlots (2017). Una de esas series que a final de año estarán en nuestro top 10. Bien volviendo a lo sustantivo. A mediados de los 80, el dramaturgo Harold Pinter escribió el guion de la obra de Atwood. Era una historia que no terminaba de seducir a las grandes actrices de cartel y caché de aquella década. Por ende, los grandes estudios también dieron la espalda al proyecto de aquella otrora y kármica América de Reagan. Al final el cineasta germano, Volker Schlöndorff, en 1989, y su productora se implicaron, en la fascinante historia de Atwood, con una producción pequeña y el aporte de dos viejas estrellas de Hollywood, Robert Duval y Fayne Dunnaway. Handmaiden´s Tale (1990) tenía como protagonista a la actriz británica Natacha Richardson (desgraciadamente, fallecida) y el papel de Moira lo interpretaba Elisabeth McGovern.

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A pesar del buen guion, y la BSO de R.Sakamoto junto a la labor de los implicados; el film fue un fracaso absoluto. VS mutiló el excelente recurso de la voz en off del montaje final. El guionista Pinter y N. Richardson se lo reprocharon. Ya que el resultado fue un film muy plano, a pesar de contar con una material extraordinario. Película con aroma a telefilm que se le puede echar un ojo por los rediles de la webesfera. Posiblemente, el éxito de Hulu, sea el de haber encontrado a una actriz que no es una gran estrella del Hollywood Blockbuster. Pero, Elisabeth Moos es Peggy Olson. Aquella emotiva y creativa secretaria de Don Draper en Mad Men (2007). ¿La recuerdan? Claro que sí. Nuevamente, la australiana, nos brinda un recital interpretativo rodeada de actores de reparto de series, muy interesantes, caso de la magnífica Yvonne Strahovski (Dexter 2006) —compatriota de Moos— en el papel de Serena Joy Waterfrond. Alexis Bledel (Gilmore Girls 2000), como Ofglen y Samira Wiley como Moira (Orange Is the New Black 2013) —exceptuando— su dueño, un Joseph Finnes, que vuelve a ser aquel actor que enamoró al publico en “Shakespeare in Love (1998)”. Como el comandante Fred Waterford, y el servil, Nick (Max Minghella, Ágora 2009 y los Idus de Marzo 2011) chófer de la residencia. Personaje que juega entre ambages de la delación y la autosatisfacción sexual. Y evidentemente, el gran arrojo de los guionistas Bruce Miller (ER, Los 100) e Ilene Chaiken (Empire y El príncipe de Bel-Air) a la hora de adapatar una obra. Este libro, todo un clásico, del siglo XX tiene un toque de vanidad muy provocativa y realista. Y como hemos comentado, Hollywood, a lo largo de casi 33 años, hizo mutis por el foro, con un material de semejante calibre. Narrada en un doble tempo. Donde, en el actual presente, es la nueva comcubina —valga el efemismo— por no decir, una auéntica esclava sexual del comandante de turno. Unos comandantes, representados, a modo de ministros civiles que, guardan una estética más castrense, dependiendo del acto social donde se desenvuelvan. Algo así como unos Masas de plantación sureña — de principios del S.XIX — con estética steampunk/híspter al servicio del régimen teocrático. Y en el tempo de la felicidad. Moos es la editorialista June, que vive con su esposo Luke y su hija, conviviendo en una ciudad moderna del estado de Massachusetts que, poco a poco, va avanzando hacia un agujero sin retorno. El gobierno como lo conocemos a día del hoy en Washington ha sido derrocado por el nuevo gobierno de la dictadura teocrática de la República de Gilead. El aire está pleno de inumerables substancias químicas y la radiación que; “Dios fustigó la plaga, la plaga de la infertilidad”. Es ahí, donde unas pocas mujeres —las llamadas criadas— pueden dar a luz a niños. Hay una constate progresiva de la nueva dictadura a rehusar derechos. Los nuevos líderes culpan a cualquier opositor de terroristas y suspenden la Constitución. Las mujeres son las principales afectadas por este régimen fascista. No pueden tener cuentas bancarias, tarjetas de crédito o dinero. Se les prohíbe trabajar y estudiar. Cualquier propiedad a su nombre es embargada, en nombre de la república dictatorial. Entonces pierden sus derechos sobre sus propios cuerpos. El acto de sexo es regulado por el estado.

 

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La ciudad que se llamaba Boston, al igual que el resto del país, y otros países, se ha contaminado aplicándose una severísima interpretación de la Biblia. De ahí el modelo de procreación y control de las vidas de todas las mujeres. Aquellas que su capacidad reproductiva les permite ser madres pasan a convertirse en “criadas”: mujeres adjudicadas al dominus de turno, o ministro del régimen que tiene problemas de esterilidad. Una vez al mes, dentro de una escenografía de lo más aséptica se lleva a cabo el coito entre el dueño y la sirvienta. Las criadas son violadas —con la ayuda de las esposas de estos— que participan de denominanada “ceremonia” con aroma al antiguo testamento, y una única pretensión, que se queden embarazadas. Lo más detestable, puede que sea, la determinación con aquellas mujeres que no son fértiles, ya que irán recluidas a la zona de contaminación radiactiva: las colonias. No hallamos ante el anagrama visual de un útero que se manosea, al antojo de unos gerifaltes, y así vemos la corruptela de estos tipos, con sus secretos no confesados, dentro de un sistema, donde subyace un submundo de perversión sexual, en garitos, a modo de afterhours. Donde se codean, con muchas de las confinadas-prisioneras. Esclavizadas, a su antojo, como stripers destrangis. Prostitutas del capitalismo de toda la vida. Obligadas a beber, consumir drogas y tener sexo duro. Metáfora de la explotación sexual que nos traslada a ese viejo mapa de la ficción de lujo. Desde el contenedor de Baltimore en The Wire (2002) a las Matrioshki (2005) de Amberes  en Bélgica. Nuestra protagonista y colegas se han convertido en una especie de zombies —con un vestuario estricto— estéticamente impactante, y conocido, de los primeros pobladores de la America del S.XVII. Hasta el ambiente de excitación que se genera en las esposas de estos esclavistas es puro frenesí mental. Y ahí aparece la figura de la tía, unas individuas (a modo de mediadoras y adoctrinadoras) que denotan sadismo y acoso mental en los campamentos de adaptación a la preselección de las familias receptoras del nuevo útero andante. El papel de Ann Dowd (The Leftovers, Quarry o True Detective) es impagable, como la tía Lydia Hasta el mismísimo Javier Bardem saldría acojonado al verla con su palo eléctrico para atizar al ganado. Ellas se encargar de la supervisión y coordinación, con las esposas de los comandantes, sobre las actividades de las criadas, y esencialmente, el estricto control de calendario de los días fértiles. Hasta la ropa interior que se le entrega a la cocinera de la mansión (una especie de casa señorial Art-Deco versus campo de concentración en Polonia). Más tarde o más temprano, llegará el niño que entregarán el mismo día de la concepción a las nuevas madres de atrezo. El cuento de la criada de Margaret Atwood es una novela, donde se observa una identificación, plena con una generación nacida en el comienzo de la II GM —consciente del contexto— de como las órdenes establecidas podrían desaparecer durante la noche. Una noche de cristales rotos… Atwood vivió una parte de su vida en Berlín y nunca ha escondido sus admiración por la obra de Orwell. Cito una frase de la entrevista que concedió la escritora al New York Times en el mes de marzo: “Justo después de la caída del telón de acero la gente no paraba de cantar y continuar con aquel traralalá (…) Que esto es el final. Pero es que en aquel tiempo la distopia era menos sorprendente, porque se consideraba menos posible. Cuando cualquier cosa podía suceder en cualquier lugar, dadas las circunstancias. Ahora mismo podría caer un rayo”.Quién iba a decir que 32 años después, EEUU, estaría bajo la batuta de un tipo con tan penoso aplomo democrático. Y su novela convertida en un nuevo betseller de culto.

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Tampoco hay que pasar por alto —lo que muy bien han reflejado los guionistas— como son esos guiños al despreciable y teocrático Irán, los talibanes de Afganistán, el DAESH, Siria, Venezuela o Corea del Norte. 32 años, con mayores avances y efímera estabilidad —perecedera— pera todavía latente. THT nos advierte sobre un futuro que ya es posible, además nos muestra la inanadidad y futilidad de quienes velan por el estado de libertades. Nos llegamos a preguntar como se podrán acometer determinadas medidas preventivas para evitar el caos. The handmaid´s Tale es aún más inquietante que la mayor parte de ficción postapocalíptica, ya que Atwood —implicada en el proyecto como supervisora del guion— usa la historia como guía narrativa. Y la verdad, que no queda nada artificioso. Mucho de lo que ocurre en el show —el surgimiento de un estado totalitario, la subyugación de la mujer utilizando la religión como una herramienta en una fascista teocracia— ha ocurrido en otros lugares del mundo. Evidentemente, toda distopía se presenta como un cuento aleccionador. Pero dada la complejidad del orden mundial en nuestro tiempo.  En esta producción se observa con nitidez —un marcado halo de nostalgia muy fuerte— del engaño y el fanatismo religioso.  Una sensación de opresión en el tórax— que desata la paranoia, entre el espectador viendo como esa locura, sin sentido, crece cada minuto que pasa. Un poder ciego y delirante de lo más poderosos —decididos— a destruir todo derecho social y meritorio de las mujeres. THT (El cuento de la criada) se observa como algo verídico, enrevesado y a la vez, esencial. Atwood homenajea al novelista británico George Orwell en el uso ornamentado del lenguaje ambiguo. En The Handmaid’s Tale, los homosexuales y transexuales se les denomina “el género traidor”(algo que viene como anillo del dedo, después de ver el documental de O. Stone, sobre Putin) delito castigado con la muerte. El muro de la vergüenza, el ahorcamiento publico, colgado de una grua Caterpillar. Y a pesar de estas lecturas, más internas, fílmicamente, la narración de Hulu es un triunfo del lenguaje audivisual, como dijo Hitchcock, el arte de la televisión. Aquí, no hay platillos voladores o monstruos mágicos que los guardan como presa de culto. La realidad se hace aún más alarmante en el desecho de este Frankenstein de valores fundamentalistas religiosos. La fundación de la república, después de todo, proviene del Puritanismo que burbujea debajo de la América actual. La salvación pasa por contactar con los pocos renegados que viven en la indigencia, a modo de resistencia, y poder llegar a la frontera con el Canadá: la salvación.

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Lo que resulta sorprendentemente mágico en la serie; es el formidable contraste entre la desolación del material y la opulencia del tratamiento. Hay una abundancia visual que gratamente termina por encantar. Un ejercicio de manierismo de este frágil nuevo mundo terriblemente oprimido. La directora Reed Morano (Vinyl 2016), que filma los tres episodios iniciales, tiene un extenso currículum como operadora de cámara y su habilidad, la pone de manifiesto con unos nutridos picados y primeros planos dignos del mejor de Palma y del mejor Spielberg. Los puzzles corales de las cofias de estas siervas que están obligadas a llevar. Es imposible, no pensar en las mujeres Amish en Witness (1985) de Peter Weir y aquella Kelly McGillis. Hay mucho de la pintura, que nos remiten a la escuela flamenca, en las composiciones de los planos a contraluz y el paisaje contaminado de la nueva América. Y ahí esta la grandeza de la australiana, con un leve momento de ojo, sus labios, su sonrisa o sus lágrimas del vestidos mientras talla con la pequeña cuchilla, alguna frase, el nombre de su esposa o su hija. Por momentos nos hallamos ante planos, donde aquellas criadas de casas pudientes eran retratadas por Vermeer, de Hooch, Metsu y Ter Borch. Como se contiene las náuseas en las surrealistas partidas de Scrabble en el grandioso y poblado despacho, donde literatura llega al latín de Virgilio. Una historia universal, el drama de la supervivencia del ser humano. Desde lo más abyecto a lo más admirable que habita en esos verdaderos valores de vida norteamericana y la historia más reciente. Su significado universal, en una clamorosa, memorable y absolutamente auténtica interpretación de la dignidad de una mujer. THT tiene una gran lectura filosófica y a la vez tiene la habilidad narrativa de la vieja escuela Hollywoodense. Ahí, es donde obtiene el beneplácito de toda la crítica y el público de los diferentes ámbitos de la sociedad. En ese imput denominado; el elemento Spielberiagno. Algo tan sencillo y comúnmente humano, como la búsqueda de la familia, el sentido del humor y el toque de un thriller. Una heroína atrapada en la sinrazón —que se reinventa— entre escapadas de pensamientos y emociones contenidas. Defred sabe que es una mujer culta, independiente, valiente y por encima de todo, madre.Y una madre lo da todo por los suyos. Incluso, la vida y la muerte, a cambio de nada en el desfiladero del terror y el caos.  Nota: 8,7

Lou Reed,2 de marzo,in Memoriam

 

UNSPECIFIED - CIRCA 1970: Photo of Lou Reed Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

 

Somos muchos los que apenas podríamos imaginarnos que significa meterte ese sucedáneo tan goloso llamado morfina: el alma mater de esa sustancia llamada heroína. Lou Reed, sí que lo sabía. Posiblemente, en exceso. Es un viaje a la quietud, la felicidad y la retirada de lo existente a tu alrededor. Una huida sólo para paladares, que saben de buenos cocineros; aquellos que extraen —de la bella flor original— la diacetil morfina 100%. W. Burroughs sabía mucho sobre heroína y un montón de sustancias penadas por la ley. Vivió 83 años. Su prosa y vida inspiró la cultura Underground. Ese submundo de carácter urbano, lumpen callejero, seres y criaturas que nadie quiere ver ni tener; los incomprendidos, y, sustancialmente, los perdedores. En ese detritus, se forjó el poeta neoyorkino: Lewis Allen Reed. Mejor conocido por sus fans como “Lou” y por sus amigos más cercanos como “Lulu”. Una de mis canciones favoritas ha sido, es y será, “I’m Waiting for the Man”. Un relato en primera persona sobre la compra de polvo afgano en Harlem, mientras esperas angustiado a tu dealer. Pura experiencia personal del propio Reed, un consabido adicto a las drogas. Ellas, han sido parte de su vida. Y según dicen todos los galenos, lo que llevó a Lou —en sus últimos años— al conocido y desastroso cuadro hepático. En abril de 2013 le fue trasplantado un hígado, que inicialmente fue un éxito. Desde aquel marzo de 1942 hasta hoy han pasado 75 años. 71 (cuando se nos marchó) años, donde, bromeaba con colegas del oficio quién sería el siguiente acompañante a la otra dimensión, cerca del maestro Hendrix. Lou Reed se ha marchado. El chico de Long Island, ya no está con nosotros, mientras suena su música de fondo. ¿Qué hubiera sido de la historia del Rock sin Lou Reed? No me lo imagino. El adolescente incomprendido por su familia. Un chico, que muy tempranamente manifestó una orientación sexual ambigua, pero honesta y consecuente. Algo, que le costó ser tratado con terapia electroconvulsiva en un viejo manicomio, para “curar” su inclinación sexual —Barbarie de método—, práctica, que se documenta en la canción “Kill Your Sons”(1974).

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Reed siempre utilizó New York como fuente de inspiración musical. Algo así, como Woody Allen y su imperecedero plató de rodaje favorito. Al poco tiempo, llegó la literatura inglesa y el periodismo en la Universidad de Syracuse en 1960. El periodismo, el cine, la poesía, la literatura y cómo no, la música. Ésta, fue su gran pasión. La mejor droga que había probado. “Cuando llegué a la universidad, yo quería escribir la gran novela americana” (Sic) “Pero me gusta el Rock & Roll. Así que yo quería utilizar temas de adultos, los temas de las novelas, en las canciones. Una manera de ampliar los parámetros de mi realidad y una forma de introducirme, en lo que estaba escribiendo acerca de temas pop.” (Sic). Es Pickwick Records, el punto de partida donde como compositor, escribiendo cancioncillas Pop, para irse curtiendo oficio, A pesar, de estar empapado de mil influencias musicales. Y el lugar donde se produce uno de los momentos cumbres del Rock; el encuentro entre Reed y Cale, que desembocó en la formación de la legendaria Velvet Underground. Junto al guitarrista Sterling Morrison y la batería Maureen Tucker. Andy Warhol consiguió el mecenazgo del grupo —que fue incluido en el Rock and Roll Hall de la Fama en 1996— y lo hizo gracias a sus innovadores manejos del marketing en la multidisciplinar Factory. Mezclando la música —unas letras de un inspiradísimo Reed, donde las odas a las historias de yonkis, travestis, prostitutas, fauna urbana y depravación sexual, se solapaban entre tonos mundanos del nuevo trovador del rock sucio— con el arte y un merchandising espectacular del simbolismo francés. Vendiendo unos trabajos extraordinarios donde esas canciones sonaban, como las nuevas flores del mal, de un Baudelaire neoyorkino. El legado de aquel encuentro fueron cuatro álbumes estratosféricos.

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Un pequeño flashback que nos aluniza, al breve período como oficinista, en la empresa de su padre, Reed se decidió a lanzar su carrera de solista en 1971. Un álbum homónimo, a modo de debut, para calentar motores y seguidamente, la joya de Transformer, co-producido por David Bowie y el guitarrista Mick Ronson. El álbum llegó al número 29 en el Billboard 200. Aparecían canciones como “Vicious”, “Perfect day”, “Satellite of love” y la legendaria/ultraconcocidísima, “Walk on the Wild Side”. Su letra levantó una polvareda, en torno, a sus polémicas referencias a travestis y fellatios en un tono rompedor. La cuestión, es que la mítica canción alcanzó el número 16 del Hot 100. Caprichos de la hemeroteca y el paladar del personal más adicto, a la gloria de la gramola comercial: aquella canción fue su único hit del Popstar. En el fondo, aquel tema rezumaba una gran ovatio a los explosivos años del personal —más transgresor— que rulaba por la Factory de Warhol. Los iconos de Ginsberg y Genet eran sus mutaciones en calidad de solfas. Posteriormente, siguió con esa atmósfera oscura y lleva de tristeza envuelta en una imaginería sadomasoquista del exitoso Berlin. Ahí, se rodeó de músicos tan solventes, como Steve Winwood, Jack Bruce, Michael Brecker o el joven prodigio Steve Hunter. También, es un punto de partida hacia ese status de outsider y persona nada sociable, que condicionó una larga parte de su carrera. El abuso de las drogas y los problemas domésticos estuvieron a la orden del día. Un Lou Reed, obstinado en desafiar al público con salidas de tono muy absurdas. Empero, había nacido la estrella mundial; Lou Reed. Rolling Stone dijo sobre este álbum: “es tan claramente ofensivo, el cual, produce un deseo de tomarte la venganza física por tu cuenta sobre el artista neoyorkino” (Sic). Incluso se le tildó, “de completo pervertido depravado y patético enano mortal” (Sic).

AMSTERDAM, NETHERLANDS: Lou Reed posed in Amsterdam, Netherlands in March 1975 (Photo by Gijsbert Hanekroot/Redferns)

Mayor escándalo produjo su siguiente trabajo, el cual, fue reprochado por la crítica oficialista: como una banalidad de la historia del Rock en 1975. El doble álbum Metal Machine Music inspirado en la música electrónica y experimental lleno de una acústica bizarra. Muy difícil de comprender, pues muchos de sus fans asumieron, que se trataba de una broma retorcida. Pero de Reed es comprensible: la genialidad levita por encima de la mediocridad. El duende de Long Island lo hizo y punto. Aquel disco, que puso fin a su relación con RCA, en plena década de los 70. No sin antes, dejarnos otro trabajo muy apacible y hermoso; Coney Island Baby. Temas bellos y cercanos de un Reed —aparentemente calmado— con guitarra, bajo y batería, a modo de homenaje, a los deliciosos viejos tiempos con la Velvet. Así vivió durante muchos años Reed, dándose sus andares de pasarela y divinity. Entre pitadas y escapadas a puerta de escenario. En España organizó una memorable, a principios de los 80. Esa, la recuerdo porque un viejo amigo, la comprobó in situ y se escribió una maravillosa crónica, en la fascinante Popular 1. Siguió con su vena experimental y apareció con The Blue Mask (1982), como de refilón. Sin hacer ruido. Entre la apatía de la crítica y una relativa desidia de sus incondicionales. Eran los tiempos de Superestrella del Rock Reed. Vivía al margen del mundo humano.

 

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Hasta que en 1989 volvió a demostrar, que el duende no lo había perdido, con “New York”. Un disco a la altura de “Transformer” que nos devolvía al poeta y cronista del New York, oculto entre perdedores y outsiders. Son los 90 y parece que La voz de “Satellite of Love”, animó el nuevo renacimiento de su carrera. En 1990 grabó con John Cale, ex compañero de la Velvet Underground, el álbum Songs For Drella, letras que homenajeaban al genio de Poe y cómo no, al rey del pop-art Andy Warhol, el cual,  actuó como catalizador, para un apasionado quorum de la Velvet Underground dos años después. Esta reunión se produjo, grabando el álbum en directo, “Live MCMXCIII” en 1993. El resto, lo han dicho todos los medios y es de sobra conocido. El último viaje, ese artista que no tuvo reparos en tocar con la banda de Thrash Metal, Metallica en 2011 “Lulu”; un hermoso cumplido a la diva del cine mudo, la inefable, Louise Brooks. Actriz norteamericana, que se convirtió, en la interprete fetiche, del maestro alemán G.W.Pabst y su Caja de Pandora (1928). Letras que trascienden la esencia de la obra teatral, in situ, y el camino hasta el infierno de esta femme fatale, en su encuentro con Jack “el destripador”. Ironía y crudeza, al son, de los acordes salvajes de Kirk Hammett. De nuevo, rompiendo con lo establecido, puro Reed. Y es que es, solamente, aquel chico con chupa de cuero, que paseaba de Harlem a Coney Island era un personaje sui generis. No muy conversador, dependiendo, del interlocutor. Solitario y creativo. Su nombre de pila es; Lewis Allen Reed. Para los amigos, Lou Red y los íntimos, Lulu. Sigue descansando en paz y saluda a tu viejo amigo, Bowie. Parece que fue ayer, pero han pasado casi cuatro años, mañana puede que llueva en la Malvarrosa; otro Coney Island. Gracias por todo lo que nos diste.

                                                                                                                                                                                                                                       Artículo publicado en la revista Culturamas  (2-XI-2013)

 

 

“The People v. O.J. Simpson: American Crime Story” (2016) is Orange Juice

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The People v. O.J. de FX Simpson, siendo prosaicos, nos dice algo así; lo del color de la piel no importa, lo importante es tu cartera y cuánto dinero tienes en ella. Volviendo a lo que nos atañe: el nuevo show del provocador Ryan Murphy, que vuelve a la carga, con el concepto American, y esta vez, Crime Story. En esta ocasión, RM, se desprende por completo del contenido de sus últimos trabajos para el FoxFX. Alejándose de las antológicas, macabras y carnavalescas de Murder, Asylum o el reciente Hotel. Murphy parece encontrar aquel tono —de la fantástica Nip/Tuck— y nos presenta un producto con grandes ambiciones políticas y sociales. Una serie de prestigio y calado; que ha sido un éxito de audiencia. Empero, en American Crime Story, ha puesto toda la carne en el asador para evidenciar lo delicado y embarazoso del fatal affaire. Y es que, 22 años después, ha sido una de las grandes sorpresas de la ficción televisiva de 2016. El juicio de Simpson era a la vez un reflejo de la sociedad tal como era por aquellos 90 y un presagio de la actual sociedad —que en ese trayecto— tan corto tiempo se convertiría. Desde su primer fotograma, la historia del crimen estadounidense deja muy claro, que el éxito del juicio de O.J. Simpson fue la intersección de dos temas fogosos y discutibles en los Estados Unidos: la raza y la celebridad. Es más, la historia del crimen estadounidense —fílmicamente— no arranca con el asesinato de Nicole Brown Simpson y Ron Goldman 1994, sino que se abre dos años antes, con imágenes de la paliza de varios agentes del cuerpo de policía de Los Angeles a Rodney King. El enfado del pueblo afroamericano transformado en rabia desembocó en uno de los mayores altercados sociales y caóticos en la urbe angelina. El sueño de la utópica California se tambaleaba. A este respecto, la miniserie no es un drama histórico, sino una historia contemporánea. Situando al espectador en un mundo que, todavía sigue desgajando aturdimiento, por el insólito ultraje que puede surgir; cuando un ciudadano negro es humillado por la policía, los tribunales en un mar sin islas a las que llegar y encontrar el alivio de la ley. Un territorio donde las vagas excusas y, el resguárdese por su propia cuenta, del nadie conoce a nadie. Desgraciadamente, esto sigue siendo el mismo mundo en el que vivimos y aguantamos. Repasen las páginas de sucesos de los principales diarios norteamericanos, a lo largo del último año, el resultado saca los colores al más crédulo. Obviamente, el personaje O.J. Simpson y su caso judicial, no es más que la extrapolación de una simiente que sigue solapada en la sociedad norteamericana, y en aquel contexto, una de las mayores injusticias de la historia racial del estado de California. Posiblemente, la serie de FX tiene su mejor baza, en la veracidad definitiva que transmite de todo este cruel enredo del mediático juicio de O.J. Simpson: el juicio del S.XX, como muchos incondicionales apodaron. No. Es evidente, que ha habido otros juicios, pero el affaire O.J. Simpson es el pater familias de la sociedad actual de las redes sociales y la nueva televisión digital, donde la ficción y la realidad, conviven en un extraño limbo, de la afectividad repudiada.

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El guion con el que ha trabajado R. Murphy, al lado de Scott Alexander y Larry Karaszewski, para crear esta magnífica serie, se basa en el libro de Jeffrey Tobin “la carrera de su vida”, que es ampliamente considerado como uno de los mejores y más creíbles de todas las versiones habladas, cacareadas y conjeturadas, en torno al asunto de O.J. el juicio de Simpson. Toobin ha trabajado como consultor para los remates finales del show. Incluso, como la propia productora ha utilizado el reclamo en sus tráileres: “Usted lo ha visto todo, pero no se sabe ni la mitad”. Uno de los datos más destacables de las primeras secuencias del primer episodio del total de los 10 que completan la miniserie: es que no vemos a la auténtica Nicole, pero sí; su cadáver. Es presentada de la misma manera que la mayoría de los estadounidenses se toparon con ella por primera vez. Y es que el 13 de junio de 1994, la noticia de que Nicole Brown Simpson, ex esposa del jugador de fútbol retirado O.J. Simpson, había sido apuñalada a los pies de su propia puerta. El que mató a ella, también había atacado y ejecutado Ronald Goldman —un camarero de 25 años de edad—, que trabajaba en el restaurante en el que Nicole había compartido la cena con su madre, unas pocas horas antes. Ron había llegado a la casa de Nicole para dejar un par de gafas que la madre de Nicole había olvidado en el restaurante. Ambos fueron encontrados muertos. De ahí que American Crime Story es en sí mismo, un docudrama, no un documental, y en fondo una serie con una factura impecable. La serie reflexiona constantemente sobre el tema de la fama en sí, como el estado del sequito de celebridades del propio Simpson. Creando un espectáculo alrededor de sus conocidos, abogados defensores, fiscales, familiares de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman, testigos, periodistas, los miembros del jurado y sus familiares más cercanos. Es increíble, el clima de paranoia mediática que se organizó, cuando hasta el mismísimo juez Lance Ito, interpretado por el actor Kenneth Choi, termina cayendo en las garras del engendro de Vocerolandya: el juicio/circo es una realidad. Cuando se trata de los detalles del caso O.J., American Crime history no quiere quedarse a un lado. Todo lo contrario se limita a narrar las pruebas y coincidencias del terrible crimen, con un increíble detallismo. Algo que se deja al espectador con la palabra en la lengua para contrastar que las evidencias expuestas hablen por sí mismas. Y como de una novela de Wolfe, en un tono de gran broma cercana a Twain, el hedor de la certidumbre culpa de Simpson: es escandaloso. A pesar de ello, el show del enjuiciamiento consigue formar una guardia pretoriana; descrita como el “Dream Team” de los abogados de alto perfil: Robert Shapiro (John Travolta), F. Lee Bailey (Nathan Lane), Robert Kardashian (David Schwimmer), y Johnnie Cochran (Courtney B. Vance). Al servicio del petulante O.J. Simpson, alardeando de inocencia frente a un cuerpo fiscal abrumado y sacudido por las contrarréplicas. Y es ahí donde, Cuba Gooding Jr. hace una extraordinaria interpretación (bajo mi punto de vista) del personaje O.J.Simpson que le obliga a alternar entre la histeria y la retirada del consentimiento de niño caprichoso.

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Y es que, del mismo modo, que en el escándalo de por sí, O.J. se convierte en un nuevo maniquí pleno de acción, que se pasa alrededor de varios hombres poderosos, alternativamente acosados y que acabó embelecando, mitigando y complaciendo ante el gran jurado. Como una especie de ególatra encogido en un pequeño Hyde sabía —que era el ciudadano más fuertemente observado de los Estados Unidos— que era un gran nombre: un legendario jugador de fútbol, actor ocasional, y personaje fetiche en el mundo de la publicidad de marcas como Hertz. Evidentemente, Simpson comienza la narrativa como una celebridad y, no pasa mucho tiempo, antes de que el resto de los participantes del ensayo terminen uniéndose a la gran representación de la toxicidad del famoso afroamericano de los 90. American Crime Story es fascinante desde muchas perspectivas y, es que ese instante, donde, O.J, asumió el papel —indiscutiblemente— reservado a toda víctima de un crimen: el cuerpo frío e indiferente. Ese mismo, que contrae un karma contradictorio en las diferentes personas subyugadas en toda esta opereta de cariz trágico. Proyectando diferentes deseos y creencias, no confirmar o contradecir nada, lo que permite diversas ficciones que pueden hilar a su alrededor. En precisos movimientos de cámara, obra del excelente operador e iluminador: Nelson Cragg, en la sala del jurado, hasta que ya uno es incapaz de percibir la verdad. Para replicar esta narrativa, Cuba Gooding —que interpreta a O.J.— casi no tiene más remedio que desaparecer de la acción. En el procedimiento de encausamiento, ante el pánico de verse encerrado, el personaje O.J, huye en lo que ya ha pasado a la historia como la retrasmisión de una celebrity dentro de un Ford Bronco blanco, a vista de pájaro, en todos monitores de TV de EE.UU. Enmascarando una imagen de personaje trastornado y adicto a un chorro de estupefacientes con un arma en la mano y otra en el móvil. Es el momento de gloria para los helicópteros de las cadenas televisivas. A lo largo de la gran autopista —libre de peaje— de Los Angeles. Una escapada que ni Godard hubiera imaginado; con medio cuerpo de policía vigilante al hipotético desenlace. Y detrás, del fantoche Simpson, una cohorte de letrados, cajas de caramelos, palomitas, tabloides a diferentes horas, especialistas en psiquiatría y criminalística por la TV convertida en la gran telenovela financiada por los contribuyentes. Una historia —aparentemente— interminable que gradualmente llevó a su fin, lo previsto —perversamente— como meta. Algo tan sencillo y liberador como; la absolución. Otro de los grandes aciertos de PVOJS es el personaje de Robert Kardashian —que interpreta un David Schwimmer— con un aroma a Grammy de este próximo otoño. Su labor como abogado personal y amigo de toda la vida de O.J. Simpson; es soberbio. La recreación del equipo de maquillaje hace maravillas con todo el reparto de la serie. Pero lo de Mr. Kardashian tiene un eco de persistente papel cuché diario o tuit de turno.

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David Schwimmer se mete de lleno, en la historia real del auténtico Robert Kardashian de los 90. Fue el apoyo casi diario de O.J. Simpson que derivó en una amistad más allá de lo puramente profesional. Administrador y garante de todo lo que significaba el apellido Simpson y curiosamente, a medida que iban saliendo más tretas del proceso, asqueado de todo lo que representó el gran Orange Juice. Desde el momento de la contratación del famoso Dream Team de abogados, asesores y resto de especialistas, etc, etc. Hay una secuencia en la que RK se lleva a sus hijos a una comida, donde los chicos se quedan deslumbrados, al observar que la anfitriona lo reconoce, y se presta rápido a ofrecerles a toda la familia una mesa VIP. Detrás otros clientes esperan. Robert Kardashian (fallecido en 2003) ofrece a su prole (Kim, Khloe &Cia) una advertencia acerca de los que buscan la fama. Y como esas criaturas —a día de hoy— no son conocidas. Realmente es chocante lo rápido que encontraron el acomodo en lo del mundillo celebrity. Huelga decir que es uno de esos momentazos brillantes del show, pura ingeniera de guion, de elegante resonancia e ingeniosa ironía. Al igual que otro personaje que no tiene desperdicio; el vanidoso Robert Shapiro, aquí interpretado por un John Travolta muy solvente.  Presuntuoso en sus constantes enredos legales de las contrapartidas de la misma. Además de ser productor de la serie tras quedarse hipnotizado por el proyecto de Murphy, de su propia palabra. Y es que a medida que van pasando los minutos y capítulos se produce una atracción real en esta historia, algo que hace de toda la tramoya legislativa, un juego diabólico, que sigue igual, a pesar de las décadas de retrospectiva. El todopoderoso abogado se vanagloriosa que sabiamente ha detectado algunos tempranos errores de la policía (en el procedimiento del encausamiento de Simpson) y los fiscales de la audiencia de Los Angeles han abierto una ventana inflamable en el tema de la raza. Aunque Shapiro, como judío y blanco, no quiere abril la anilla, de esa lata de gasolina, en vista de los antecedentes, y la previsible nueva reacción de conflictividad social —que podían desquebrajar la gran urbe— de todo lo que significa. Sí que se imagina, en el nuevo rol, de defender a un nuevo cliente, más aún, a sabiendas del personaje y su celebridad como afroamericano triunfador y rico heredero del sueño americano. Ahí es cuando se sube al caballo ganador de introducir en el equipo de la defensa al legendario abogado Johnnie Cochran (Courtney B. Vance, en una actuación salvaje y contundente), que no sólo le da contundencia al equipo de la nueva defensa. Una apuesta, que termina por desbancar del sillón jefe y tomar el control del propio Saphiro y resto del equipo. Erigiéndose en el líder de las exposiciones. En uno de los episodios de la mitad de la miniserie; “La tarjeta de la raza”, la serie se adentra en el fondo de Cochran y su estilo en la defensa de Simpson, en contraste con el conflicto interno experimentado por Christopher Darden (Sterling K. Brown), un fiscal que siempre debe preguntarse si su papel en el caso es meramente la parte de la cuota simbólica racial.

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Y es que el propio juicio devoró a todo el mundo, por no decir, que se fagocitó a sí mismo, a través del caos mediático de la inexorable avidez del individuo. The People v. O.J. pone de relieve, el engullimiento de la principal fiscal, Marcia Clark. Representada por la actriz Sarah Paulson (una actriz de enorme talento) del caso Simpson que, en la tradición permanente de la vista, debe asumir no sólo la carga del proceso judicial: sino el ignominioso y cruel escrutinio del pueblo americano. Cuando todo parecía ya resuelto y al final fracasa en el intento. Fracaso no apelable a la propia Marcia Clark. Es el fiasco del sistema y la balanza del cuerpo legal. Pues, desde la perspectiva y el contexto de su significado, son los propios espectadores quienes experimentamos la candidez de Clark sobre su propia notoriedad repentina.  Así como observamos el mecanismo de destrucción de la persona como ser humano. En la ínsula feroz y adictiva del megasintonizador, donde residen los medios de comunicación, los mismos, que despedazaron su actuación en la sala. No fue suficiente, su representación, sino que cada gesto, cada palabra o cada detalle estético se convirtió en un calvario personal. Mientras que paralelamente al affaire O.J. corría su vista privada; la angustia de una atormentada Clark, batallando por la custodia de sus hijas, con su ex esposo. Digamos que ese es uno de los típicos esfumatos Made Ryan Murphy. Como la dedicación de un capítulo con el nombre en tono glorioso de Marcia Clark; esa estoica heroína. A pesar del alto componente capcioso y venenoso del efecto O.J. que hace de la violencia de genero una bomba de plutonio contra la fiscal Clark; “The People v. O.J. Simpson”es una joya televisiva de alto calibre. Hermosa e inestable, pero aquello ya lo dijo Wilder; nadie es perfecto. No obstante, seguimos atónitos desmembrando su ambiciosa producción, la cual, sigue sorprendiendo en un segundo visionado el infalible tono dramático, sentido del ritmo y una dirección artística que quita el hipo. El tiempo podrá declararla como historia de culto y estudio. Pero lo que dejó muy claro este oscuro e ignominioso asunto de O.J. Simpson es que hay un antes y un después desde el discurso a toda la nación de un Clinton superado por la furia de una sociedad libre y envuelta en rabia contenida. Así, como el 11S fue la caída del ícono de libertad en la Babel intercultural del mundo y el revolcón al celoso guardián de occidente. Nuevamente, la creatividad y el trabajo bien hecho redescubren la fragilidad de inmenso país lleno de injusticias y gente maravillosa. En lo que todo el mundo está de acuerdo es la espera del nuevo American Crime Story de Ryan Murphy 2017 sobre las consecuencias del huracán Katrina. A veces, la buena televisión, puede hacerte soñar, tanto como el buen cine; y eso, si que es una gran noticia. Posiblemente, sea ahí, donde resida la gran grandeza de la libertad creativa de la ficción Made in USA. Un talento innato e inagotable… El  Nota: 8,5

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Panic in The Streets (1950)

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The best 10 series TV (2015)

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Sunset Boulevard (1950)

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Jimi: All Is by My Side (2013) Why?

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Hay cosas en la vida que tienen un precio impagable. Una de ellas —montarse en una máquina del tiempo— para acercarse al espíritu de una de las etapas más fecundas en la historia del Rock. Vaya por Dios! Sigo embobado con las lecturas de Wells y las pelis de Kubrick. Seamos realistas, a finales de la década de los 60 apareció el mayor genio de esto que llamamos Rock en estado puro. Bueno, entre lecturas y más relecturas, todas ellas conjugadas con mi enfermedad crónica; a veces puedo escribir unas pocas líneas. Otras veces, el dolor, sólo me da tregua en la cama, con el cuerpo envuelto de morfina de última generación. La cuestión es que no paro de escuchar Purple Haze, Little Wing o Voodoo Child del zurdo de oro; Jimi Hendrix. Y toda esa música me persigue a lo largo del último mes. La vida suele ser caprichosa: es evidente. En demasiadas ocasiones; azarosa y fantástica. El Rock&Roll se ha dejado la piel en intentar contarlo mediante letras fascinantes y acordes celestiales. Bien, siguiendo con el devenir de los acontecimientos. No hace mucho tropecé con esa providencia que te llena de gozo. Un viejo amigo, que es hombre de radio, y, de muy buena música; Paco Cremades. Ahora en la 99,9 Valencia Radio. Me invitó a su nuevo programa tras casi treita y tantos años de vidas separadas, pero como le gustaba al bueno de Carver decir: A veces se cruzan. Paco presenta un programa cojonudo, que suele rematar con la gente de esta ciudad, los cuales, hemos sido luciérnagas de agitación musical, cinéfila o literaria y etc. Es un espacio muy interesante, donde el gran Paquito, te lo pone absolutamente dificilísimo: elige las 5 canciones de tu vida. Imagínenselo, el vademécum musical de un servidor, en sólo 5 temas. Elegí en primer lugar Purple Haze del glorioso Jimi Hendrix. Antes de escuchar el tema, Paco me dijo: ¿Por qué has elegido esta canción, Jon? Mi respuesta fue sencilla y divertida. Me encanta, amigo. Ahora, cuando entré a valorar e intentar explicar algo de la figura de Hendrix, Paco me decía: Corta, Jon, que nos quedamos toda la noche hablando del duende de Seattle… Es obvio, se podría estar hablando un año entero de su obra y posiblemente, al año siguiente la tertulia seguiría igual de eléctrica. Bien, una vez aclarado el punto de arranque sobre el personaje a valorar, retomamos el análisis de este antojadizo film —del nuevo biopic musical — estrenado el año pasado, y, que hace unos días pude visionar.

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Hablamos de una película, en torno, a la figura de Hendrix. “Jimi: All Is By My Side” (2013). Es un film que no fue estrenado en España ni fui capaz de localizarla vía DVD. No obstante, gracias a esto, de las nuevas tecnologías: di con él. La verdad que toda esa ilusión de este último mes quedó por los suelos tras unas larguísimas dos horas visionado. El film está escrito y dirigido por John Ridley. Un cineasta conocido —principalmente— por sus credenciales, como el guionista de “12 años de esclavitud” de Steve McQueen (ganador del  Oscar al mejor guion adaptado de la Academia de Hollywood). Maravillosa película y una historia muy bien escrita. Es evidente, el sublime esfuerzo, por parte de John Ridley. Actualmente, en la TV, con una miniserie que ha recibido el aplauso unánime de la crítica: American Crime (2015). Luego, una cosa es pretender crear a base de rodar cosas, que todo aquel, bien avenido, en el negocio audiovisual pueda llegar a encandilar. Eso sí, también hay que contar con la variable de la exasperación con el más advenedizo del entretenimiento de la gran pantalla. Ridley debutó como director con un bodrio llamado; “Cold Around the Heart” en 1997 con David Caruso (el pelirrojo de CSI Miami). Lamentable en todos sus aspectos. A modo de una especie, de comedia negra con el trasfondo de unos ladrones de tres al cuarto. De ahí hasta, ésta, Jimi: All Is by My Side. JR ha escrito buenos guiones, esencialmente, para la televisión, capítulos de “Turno de Guardia” que se emitió entre 1999-2004 y alguno para el cine, caso de las estupendas; “Giro al infierno” (1997)“Tres reyes” (1999) . Sin embargo, Jimi Hendrix es algo demasiado grande. Muy grande, querido Sr. Ridley. Además me hago las siguientes preguntas a mí y a Ud. ¿Cómo se puede concebir un film que hable de una de las mayores leyendas del Rock sin su música? Más aún, cuando Ud. sabía de sobra, que nunca podría utilizarse el más mínimo acorde, de las míticas canciones del genio de Seattle. Obviamente, si no estamos delante de la pantalla para disfrutar de la música, entonces ¿qué hacemos aquí? Aquel músico deslumbrante lleno de personalidad y vida social. ¿Cómo puede ser sustituido la mera presencia de su voz, si lo que nos plantea Mr. Ridley es el vacío más aséptico en muchos años? John Ridley se acomoda en la pretenciosidad y la indulgencia de un hipotético cineasta de autor, y, para mayor inri, se arma de valor, presentando, al gran Jimmi Hendrix más parsimónico de higiene sexual, racial y política de los años 60.

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Un Hendrix desde un prisma lisérgico, que es el caleidoscopio, de una sociedad bulliciosa y convulsa, a través, de una  mirada autocomplaciente. El director nos presenta una lánguida psicología del mito y su devenir por el Londres de mediados de los 60 y poco más. Fetén. La tristeza se apodera de servidor, en el salón de casa, que comprende un poco más, a algunos avispados distribuidores, a la hora, de elegir el pescado que vender al espectador. Es increíble e insisto en esta cláusula del contrato de la película. Si vas a hacer una película sobre la vida de Jimi Hendrix sin poder utilizar una sola canción suya, mejor salta del piso más alto de tu edificio o vuelve al set de TV. Todo ello está muy claro, Sr. Ridley, ya que los propietarios de los derechos del legado musical de Jimmi Hendrix son propiedad de Experience Hendrix LLC v PPX Enterprises Inc., quienes le dejaron muy claro, que no se los otorgaría a Ud. y a su productora audiovisual; si el fondo de gestión no tenía una participación completa en la producción de la película. No pasa nada. El ínclito guionista y productor John Ridley con unos 5 millones de dólares, lo tuvo muy claro desde el principio; ya que Jimi no será el clásico biopic lineal de la época y Ridley tiene en mente un historia apasionante, envuelta, de un montón de imágenes de archivo de los 60. Pero aborda su tema con una sensación de caduca nouvelle vague de querer y no poder. André Benjamin /Jimi Hendrix  —o mejor dicho sea— para los colegas; André 3000 ha llegado. Un artista con una pobre experiencia como actor y de triste CV.  Lo localizamos en un film de  John Singlenton, “4 hermanos” (cineasta venido a menos). Así como una película completamente olvidable de G. Ritchie, que se llamaba “Revolver”. Incondicional en cameos para series de televisión adolescentes y Late Nights Show. André 3000 tiene una relativa reputación como músico rapero, pues el líder de su grupo; Outkast. Banda que alardea de jugar con muchos géneros musicales, desde el hip hop al funk alternativo. Algo que siempre es bienvenido: el interés por la música y la experimentación. Ah!, se me olvidaba. Nuestro carismático líder nunca más volverá a cumplir 39 años, pues ya tiene 40 tacos. ¿Recuerdan la edad de nuestro querido Hendrix? AB ofrece un rendimiento cerca de lo insustancial y anonadado. Difuminando la línea, que separa al actor  del personaje, para la grandeza del enorme JH. Benjamin es Hendrix, desgraciadamente, porque las cosas son así. En un papel completamente plano y sin verbo. AB capta un profundo retrato de un artista impulsado por la potencia de la música y su conexión con el espíritu humano que le llevará a tierra de nadie.

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La torpeza y lo desatinado del conjunto no tiene nada que aportar a la intensidad de un músico racial y atrevido con una guitarra. Mientras que ninguno de los actores tiene mucho que trabajar en términos de profundidad. En el caso de las féminas, las actrices, que aparecen dan un resultado excelente y posiblemente, sean lo mejor del olvidable film. Andre Benjamin es evidente que, como todo aquel bien ceñido a la profesionalidad, llega a sentirse parte del auténtico Hendrix. Empero el carácter —de sí mismo— es más bien una caricatura, de lo que realmente era el auténtico artista. No obstante, descubrimos unas cuantas alegrías en el resto del reparto que acompañan a nuestro querido rapero/Hendrix. Bien, en la otra orilla, nos encontramos con el contingente femenino, y el resto de actores, de reparto encabezado por Linda Keith (Imogen Poots) una joven actriz con un currículum muy interesante; 28 Weeks Later con JC Fresnadillo, Centurion de Neill Marsall, El último concierto al lado del desaparecido Philip Seymour Hoffman, Flith “el sucio”, Lío en Broadway de Peter Bogdanovich. Y este año acaba de rodar Knight of Cups el último film de Terence Malick. Después tenemos a la novia británica de Hendrix; Kathy Etchingham — realizando su papel con gran solvencia— la excelente actriz, Hayley Atwell (chica Marvel con la que todo el mundo quiere estar Capitán América, Los Vengadores, Cenicienta, Agent Carter en TV, al igual que la serie de culto británica, Black Mirror). Chas Chandler (Andrew Buckley) de The Animals, buenísima actuación, (la de este actorazo Made in UK, básicamente, bregado en  series de TV y teatro, Extras, Whitechapel o la muy reciente The Neighbors). Otro personaje, muy a tener en cuenta, sería el manager socio de Chandler: Michael Jeffrey. El personaje es interpretado por el acreditado actor norteamericano, Burn Gorman. Actor y músico de gran talento. Se le ha podido ver junto a Daniel Graig en Layer Cake, El caballero Oscuro (Batman) o en los Crímenes de Oxford de Álex de la Iglesia. Así como el activista de color londinense, Michael X, interpretado por el veterano actor británico Andrian Lester (Primary Colors, el día de mañana, Expediente 39 y un telefilm que dirigió Sam Mendes hace unos cuantos años Company (1996) era su segundo trabajo; un telefilm que tiene la curiosidad de contar con otro actor que iniciaba su andadura profesional, Clive Owen. Otra gran sorpresa han sido las pequeñas apariciones de los legendarios: Noel Redding en un papel interpretado por un joven actor (Oliver Bennett, pequeños papeles en cortos y alguna TV movie).

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Al igual que ‘Mitch’ Mitchell  en manos del actor, Tom Dunlea (con un currículum de pura figuración) haciendo del batería de la genial Jimi Experience Band. Ambos tocan sus instrumentos correspondientes con gran soltura. Y por último, destacaríamos a Eric Clapton, un papel que reside, en un jovencísimo actor irlandés: Danny McColgan (pequeños papeles, como cortos y figuraciones especiales, a la espera de lo que se presente). Por último, el legendario Keith Richards, en un rol —casi residual— que es interpretado por Ashley Charles. Actor bien parecido, muy conocido por sus papeles televisivos, en series británicas como en la exitosa Reina Blanca (2013). Una vez enumerado todos los efectivos con los que tiene a su disposición: John Ridley despedaza estos magníficos mimbres. Volvemos, de nuevo, al camino de la descomposición y incomprensión de un film—reitero—desesperante. La ausencia de intensidad de la guitarra del músico es un K.O. del que cuesta recuperarse. Desde su fotografía visualmente monótona, el atracón de diálogos vacíos que acabas hastiado. Así como los constantes saltos de película, demasido predecibles, de escena a escena y omitidas de brío. Muy a pesar de que muchísimos neófitos y desconocedores de la obra de Hendrix puedan quedar extasiados con el tono de determinadas escenas, en las que la estética del vestuario y la ambientación junto a esa manera bizarra y exasperante manera de mover la cámara. Creando una narrativa, entre saltos y cortes torpes, con los congelados de foto-fija, en la mesa de edición, para aclararnos como eran los miembros de aquella década de los 60. Terminan por mostrarse acartonados, frívolos y condescendientes. Ahondando en ese fluir desparramado de imágenes de archivo recortadas. Presentando a un Jimi que carga contra el espíritu errático de la escena musical de Londres de los años sesenta. A través de un viaje sensorial, en parte delirio del propio LSD, recorrido como vislumbre a una inmersión de la psique, de un modo, muy poco convencional, en un Hendrix que estaba en otras labores. Ridley quiere imbuir al film de aquel viejo aroma y sabor del viejo cine europeo psicodélico. Pero no acierta.

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Algo que posiblemente no nos extrañé, y que, algunos verán e interpretaran la historia con un suflé poético de alguien que sufre. Obviamente, yo si entiendo al hombre que sufre pero el director no se lo cuenta a quienes no lo saben. En realidad, no añade nada a nuestra comprensión de Hendrix el hombre o la leyenda del rock. La Sinopsis es muy sencilla: Jimmy Hendrix,  entre los años 1966 y 1967,  se da de bruces con Linda Keith —una groopie— que era íntima amiga de casi todos los músicos que inundaban el panorama musical de la época. Sentada en un garito del viejo Harlem ve por primera vez a JH tocando con una banda, conocida, como The Squires. Se queda anonadada por el virtuosismo del músico de Seattle y comienza a mover su agenda. Invita a Andrew Loog-Oldham—pues, es muy amiga de su novia— manager de los Rolling Stones que le dice, que está bien, pero tipos de esos se encuentran a tutiplén. Ahora no es buen momento, querida. Ella sigue insistiendo, a la vez, que su flirteo con el guitarrista es más cercano. Pero Linda Keith estaba en todos los saraos, y, finalmente, ésta, le presenta a Chas Chandler, el bajista del grupo The Animals, y desde ese momento convence a Hendrix para que se vaya a Londres. Jimi Hendrix llega a Londres e inicia su carrera hacia el estrellato, en medio de una ciudad llena de vitalidad musical y socialmente convulsa. Hendrix se introducirá en esa escena social, entre el acercamiento al mundo de las drogas, las groupies y la diversidad musical de un Londres radiante. Entonces comienza a preparar la grabación de su primer disco, Are you Experienced? Hay dos momentos de este film que tienen una relativa épica y grandeza: dos fogonazos históricos del Rock. El primero es cuando Jimi sube al escenario donde Eric Clapton estaba tocando con su banda -por entonces, Cream- y toca el tema con una viveza que hizo quedar patidifuso a Clapton, hasta el punto, que bajó del escenario ante la magia de Jimi. Este hecho fue conocido, vulgarmente, como el momento en el que “Jimi mató a Dios”. Sí, Clapton era reconocido por entonces como un Dios de la guitarra. Ahora en Inglaterra sabían que existía un Zeus con sangre Cherokee, mientras en esa escena sonaba el Killing Floor de los Howlin’ Wolf y Hendrix desprendía un magma inagotable. Y el segundo nos muestra una interpretación conmovedora de Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band frente a dos Beatles. Los temas musicales que aparecen en la película están cantados por André, en ningún momento escucharemos la voz original de Jimi. Se ofrece una vaga imagen sobre la escena musical americana y británica de los sesenta, haciendo referencia directa o indirectamente a bandas como los Stones, Beatles, The Who o The Animals entre otros. Y es que, si Hendrix es entre otras muchas cosas, conocido, aparte de su música fue por su prematura muerte. La revolución de un género y estilo musical, que hoy en día, sigue influyendo a muchísimos músicos de la escena del Rock actual.

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En resumidas cuentas, un film que tiene más de telefilm que de gran película, a modo de biopic, affaire, que desciframos como uno de los mayores errores del guion. En este caso, ya que el efecto biopic ha funcionado en otras películas y han salido maravillosas. Y es triste que, un guionista de la categoría de, John Ridley haya caído en la trampa de ejercer—aleatoriamente— un montón de trivialidades, alrededor de la la figura de JH. Dos horas de tedio y engorro disperso. Una pena que el cineasta no haya recurrido a las biografías de Charles R. Cross o Lawrence Sharon. Todavía se lo pongo más fácil a Mr. Ridley, una charla con Leon Hendrix, uno de los muchos hermanos, que anduvieron de casa en casa, entre familias de adopción. La vida de este inimitable Jimi Hendrix fue inmensa, en esos 27 años, hasta la veleidosa muerte de un suicidio, del cual, no sabremos el auténtico porqué. Sí que se ha constatado que ha Hendrix le mató una mala posición en la camilla que lo trasladaba al hospital, pero digamos que cuando uno engulle la Ribera del Duero y lo mezcla con una farmacia militar pocas posibilidades de resurrección quedan. Cualquier persona interesada por la música sabe que su escueta discografía abarca cientos de reediciones y más remasterizaciones. Lo dicho, todo en Jimi es alucinante y gigantesco. Hablando de discografía, adjunto, el listado de temas que he logrado localizar en el film, ya que la música, llamémosle más Hendrixana está compuesta por Waddy Wachtel. Éste es el resto: The Sun Went Down by T-Bone Walker, Reed streams by Terry Riey, Lacrimosa diez by Slovak Philharmonic Orchestras and Chorus, Leopard-Skin Pill-Box Hat by Bob Dylan, All your love by Otis Push, Gimme some lovin by Steve Winwood, Lightly Drift by Helen Jane, Long Can´t Seem to make you Mine by Seeds, Totom by The Creation, Hound Dog by Elvis Presley, Bleeding Heart by Elmore James, I had a litlle Dog by Jack Reynolds, Mannish Boy by Muddy Waters, Spread a Little treacle on your plate Mary Ann by Tommy Proding, Train the Nowhere by Savoy Brown, Itchycooo Park by Small faces, Little Games by The Yardbirds,  Obvius fire Belivers by Bob Dylan House Of the Rising Sun by The Animals y Wild Thing by Troggs. Lo dicho, no se le queda a uno, eso, de Qué pena lo de este proyecto…Tan sólo nos hacemos una última pregunta ¿Ha visto el Sr. Ridley estos films? Sid and Nancy Alex Cox (1986), Bird by Clint Eastwood (1988), The Doors (1991) Oliver Stone, Ray (2004) Taylor Hackford, Control (2007), Anton Corbijn, Walk the line (2005) James Mangold  o Serge Gainsbourg, “vie héroïque” de Joann Sfar (2010). Querido Jimi: descansa en paz, siempre te echaremos de menos los que tanto te debemos. Nota: 5,0

D.O.A “Con las horas contadas” (1950)

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Where Danger Lives (1950)

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