Max Headroom (1987) “El presentador Cyberpunk de la TV”

El vídeo mató la estrella de la radio. ¿Lo recuerdan? Al menos, eso pretendieron el grupo The Buggles. Luego está lo que cada uno se creyó. Demasiado. En 1984 la MTV se había convertido en un karma vital de la industria discográfica. El videoclip era un elemento tan importante como la propia canción para vender un disco. Consciente de ello, el “asesor creativo” de la compañía Chrysalis en aquellos tiempos, Peter Wagg, tuvo una idea revolucionaria cuando se le acercaron desde la recién nacida cadena británica Channel Four para contemplar la creación de un nuevo programa de videoclips: crear un presentador virtual. Wagg llevó la idea a George Stone, un guionista y publicista especializado en trabajar en el mundillo de la música, y ambos crearon el concepto junto con su pareja: Annabel Jankel. Morton y Jankel estuvieron —en el  desarrollo de videoclips— usando animación para Elvis Costello, Talking Heads o Tom Tom Club. Empero, el inquieto R. Morton fue el encargado poner en marcha la idea más surrealista posible para la Generación MTV (un señor de mediana edad con traje presentando videoclips con aburrida cháchara, no sé demasiado tedioso), y de repente, damos un giro de 360 grados, convirtiendo al personaje en algo innovador y atractivo, insolente, mordaz y muy divertido. Además de ser generado por ordenador (o más o menos, ya que había una gran cultura de Sci-fi) aunque la tecnología Android sonaba al Netflix del siglo XXI. La cuestión es que se creó a un tipo con el que yo y muchos bichos raros flipábamos lo nuestro. A partir de ahí a Stone le fueron llegando ideas: gran parte de la mitología que serían utilizadas después en la película y en la serie posterior. Pero creando discrepancias con Wagg, al que le quedaban grandes los conceptos provenientes de la ciencia ficción y más específicamente la literatura cyberpunk —y que le bastaba con tener a la criatura sin todo ese background a la zaga— hacía un mundo futurista donde la audiencia televisiva es lo más importante y todo está informatizado. A Matt Frewer se le colocó una máscara que diera cierta sensación de “virtualidad”, si bien no fue generado nunca por ordenador como se llegó a creer. Los prostéticos y la física interpretación de Frewer iban acompañados de los fondos, las rayas que se repetían una y otra vez, sí que lo eran. De igual forma se generaban cortes múltiples para parecer que los diálogos estaban pasados por el túrmix de un DJ especializado en scratching. Funcionó, nadie se dio cuenta y a día de hoy aún hay quién sigue creyendo que Max Headroom era un dibujo tridimensional muy trabajado, cuando si uno se fija bien nota perfectamente que hay un señor con una máscara delante suyo. El look videoclipero es indiscutible, con una iluminación que haría enorgullecerse a Russell Mulcahy y con una banda sonora tecno-pop compuesta por dos de los miembros de uno de los grupos de mayor éxito mundial en aquel entonces, Midge Ure y Chris Cross de Ultravox. Ciertas tendencias de la época se mantenían (como por ejemplo, que el prota de la función fuera un temerario buscador de la verdad “cayera quién cayera” ¿les suena, eso? Proto-héroe en boga de los 70 y que se mantendría buena parte de los 80, desde Carl Kolchak hasta Mike Donovan) pero además sabía leer el zeitgeist de su era. Algo así como, en un curioso pastiche entre un futuro cercano, que parece que con el tiempo se convertirá en el de Blade Runner, con un fondo cyberpunk empapado en William Gibson y un estilo visual que parecía el sueño húmedo de Gary Numan. Así, andaban las cosas por el UK, ya que el mismo Boris Johnson era otro más sentado delante de la TV.

Aquel personaje enamoró a uno de los canales más prometedores del UK, Channel Four. Encantado con el resultado final. Llegó el canto digital a otro canal que arrancaba en USA; Cinemax. Una plataforma satélite de la entonces joven y muy pugilística HBO. Tanto Cinemax como Channel Four buscaban un nuevo tipo de productos que se salieran de lo común para captar a una audiencia joven y diferente. La idea de la coproducción era cada vez más palpable. Pero diferencias de criterio artístico y la evaluación del presupuesto final, hizo que ambos canales no llegasen al esperado acuerdo. Delante del Thompson con puerta y llave de seguridad me quedaba alucinando. Es obvio que la cadena ABC ha sido uno de esos canales que se ha destacado por el sambenito de ser la tercera empresa audiovisual, en discordia. Aquellos años 80 fueron tiempos, donde la guerra entre emisoras estadounidenses, una competencia feroz que animaba el nuevo dueño de la Casa Blanca Ronald Reagan.  Muy por debajo, en los shares de audiencia, de las eternas Queens: NBC y CBS. Buscaban nuevos proyectos, dirigidos a una audiencia joven y que acortase la diferencia con los target de sus competidoras. Obviamente, esta historia cincelada de un modo u otro. Independientemente de matices precisos menos, es conocida de sobra por los grandes amantes de la TV Gourmet y el buen cine. Como el nacimiento de otras obras de culto —importantísimas— a la larga, véase los casos de Twin Peaks o Lost. Bajo mi punto de vista es una gran suerte, tener esa cantidad de canales en EE.UU, pues la competencia, genera creatividad y eso redunda en el beneficio del espectador. ABC, a día de hoy, ya no es aquella cadena ingenua de los 80,s. Ahora, es un gran grupo de comunicación como sus competidores y sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: crear nuevas series, buscando nuevas experiencias para los espectadores de todo el planeta. En cualquier caso, también el azar tuvo su importancia, la suerte es esencial, ya sea desde cualquier perspectiva de la vida. De repente, apareció Stu Bloomberg, jefe de desarrollo de proyectos de la cadena en aquellos tiempos, en Londres la noche en que se emitió Un viaje al futuro. Peter Wagg, que había intentado vender la idea tanto a la NBC como a la CBS (los cuales les ofrecían realizar una TV Movie). Encontraron en ABC el acomodo perfecto cuando le dieron el sí —a la emisión de una temporada de 6 episodios—, que serían producidos por Lorimar, un icono de la producción televisiva, con series como Los Walton y la megaexitosa Dallas. Curiosamente, con el paso del tiempo se convertiría en una de las peores enemigas de Max Headron. Empero, dejando fuera del proyecto a Annabel Jankel y a Rocky Morton, de muy malas formas —no les quisieron reconocer ni un solo un crédito, como creadores originales, ni tampoco a George Stone— a pesar de que litigaron por mantener los derechos sobre el personaje. Steve Roberts sería el productor ejecutivo (o showrunner) y se haría con un nuevo equipo de guionistas para desarrollar la primera temporada, la mayoría provenientes de la versión ochentera de The Twilight Zone que se emitió en CBS.

El 31 de marzo de 1987 se emitió Blipverts, el primer episodio de Max Headroom para ABC que era una versión remozada de la película inglesa emitida en Channel Four un año antes. La historia venía a ser básicamente la misma, si bien tan solo Matt Frewer y Amanda Pays repitieron en sus roles principales y se le dio bastante más importancia a Murray, el jefe de la sección de noticias de la cadena XXIII y superior de Edison y Theora que ahora tendría el rostro —y la estupenda voz— de Jeffrey Tambor. Se mejoró bastante la imagen de Ben Cheviot (ahora interpretado por George Coe), bastante ofendido porque la cadena que presidirá a partir del segundo episodio utilice spots con la capacidad de matar a su audiencia sedentaria, dando una visión más positiva del mismo que en su contrapartida británica. El personaje que sufrirá un mayor cambio será el adolescente genio de la informática Bryce Lynch (Chris Young en la serie), que si bien también es el causante del accidente que por poco mata a Edison y genera el nacimiento de Max Headroom , al contrario que su hermano inglés terminará por trabajar del lado de los buenos. Este nuevo Max Headroom no se irá con la cadena anarquista Big Time TV, sino que se quedará con la cadena XXIII. Pero la biblia desarrollada por Stone sería usada con frecuencia a lo largo de los capítulos y Reg Blank (de nuevo interpretado por W. Morgan Sheppard), Dominique (ahora Concetta Tomei) y la citada cadena aparecerán por primera vez en el tercer episodio: Body Banks, que habla sobre el tráfico de órganos desarrollando con más paciencia esa trama de la tv movie (del piloto americano) y ya se quedarían como colaboradores habituales de los protagonistas, teniendo directamente Sheppard incluso crédito propio en la segunda temporada. La música también tendría un tono más acorde a los gustos americanos, cambiando los teclados de los exmiembros de Ultravox por el sonido guitarrero sintetizado de Cory Lerios, miembro de la banda Pablo Cruise. Toda una herejía. La primera temporada de Max Headroom parece un gran banco de pruebas de un universo de ciencia ficción que se va construyendo un poco sobre la marcha, pero que tiene claras sus influencias cyberpunk, y mantiene el tono irreverente y un tanto histriónico de su computerizado protagonista: el mundo en el que nace semejante criatura es el único en el que podría ser. Y así veremos deportes futuristas clandestinos donde sus participantes pueden morir, una suerte de gladiadores en monopatín. Los cuales son el oscuro objeto de deseo de las cadenas del mañana a sabiendas de la audiencia que podrían capturar con semejante espectáculo (Rakers), espionaje industrial a gran escala que terminará con nuestro héroe (bueno, al menos nuestro héroe humano) perseguido por fraude, un crimen peor que el asesinato en ese universo (Security Systems), guerras descontroladas entre cadenas de televisión cuando una de ellas emita en directo atentados terroristas, como si supieran perfectamente cuando van a suceder y llevando a Carter y cía a investigar el asunto con aroma a podrido (War), o la rebelión por parte de un grupo de ciudadanos clandestinos, aquellos que no están “fichados” por la sociedad, al igual que Reg y Dominique (The Blanks).

Todavía tiene aristas y flojea en algunos aspectos, como en el desarrollo de los protagonistas principales, algo que mejorará (como el resto de muchas más cosas) en su segunda temporada.La audiencia no conseguiría unos números brillantes —competía en el mismo horario que Luz de Luna, indiscutible líder de su franja horaria, pero la fama del personaje y el torbellino generado por su popularidad hacían en ese momento impensable sacarlo de antena. Como ocurrió antes con obras destinadas a la controversia y a formar parte del panteón de la TV de culto (lo cual en muchas ocasiones no va acompañado al éxito), el propio equipo no era muy consciente de la importancia de lo que hacía en ese momento: comentarios bastante provocadores para los cánones de la tv americana— se colaban en los guiones, presentaban los escritos lo más tarde posible para que los “censores” de la cadena (a los que dedicarían un episodio entero el segundo año) tuvieran el menor tiempo posible para detectar las puyas. Según algunos comentarios del productor Ben Frankish en los rodajes parecía reinar en ocasiones cierta anarquía, y como decía el guionista Michael Cassutt, con todo mi cariño y respeto a Steve Roberts y a Peter Wagg, en ciertos aspectos se notaba que era gente que nunca había trabajado para la televisión norteamericana, y que ni tan solo la veía. Había mucho que aprender en términos de producción, emisión y gestión de dinero. Esa “inocencia” es palpable en el creer de la serie —en lo bueno y en lo malo—. Guste o no guste, es evidente que Max Headroom no se parecía en nada (ni se sigue pareciendo) a lo que se emitía en televisión. Con un serial de ciencia ficción innovador, un programa de vídeos y entrevistas inmensamente popular, un videojuego recién lanzado para Spectrum y Commodore 64 y un single navideño editado ese 1986 para promocionar su propio especial televisivo Max Headroom Giant’s Christmas Turkey, la popularidad de Headroom estaba en lo más alto. Pero la ley del más fuerte es la que domina el mundo de la TV, y tarde o temprano, todo lo que sube, tiene que bajar. Es en su segunda temporada cuando Max Headroom empieza a desarrollar todo su potencial. En el primer año, el background era lo esencial, sus seis primeras horas debían establecer un universo enorme y complejo y el tono adecuado para el mismo, pero descuidando aspectos que mejorarán considerablemente en su secuela. Los personajes tendrán un mundo interior más elaborado. Conoceremos mucho más a Edison y empezará a mostrar muchos más matices que en las primeras horas, donde aparecía como el prototípico héroe, periodista temerario sin apenas fondo. En los 8 episodios que compondrían la segunda temporada conoceríamos a sus exnovias, antiguos compañeros, y nuevos rasgos compondrían su carácter, como ciertas actitudes infantiles, como los celos que desarrolla hacia Max o el rebote que coge cuando descubre que Theora tiene pareja. En ese aspecto la serie también se muestra más inteligente, ya que mientras en la primera temporada las insinuaciones sobre el romance entre ambos lo mostraban como algo cantado, en la segunda se verá que no es así, y si bien hay tensión sexual entre ambos ésta no terminará de explotar. La anteriormente mencionada Moonlighting había enseñado una gran lección a los medidores de audiencia de la época. La segunda temporada comenzó a emitirse el 18 de septiembre de 1987, en un horario que la obligaba a competir contra Dallas y Corrupción en Miami, dos de los grandes éxitos de la época. Las audiencias fueron paupérrimas, y a la emisión del tercer capítulo ABC dio la orden de cortarles la cabeza. Para mayor inri, las disputas entre Four Channel, Cinemax,  ABCTV Y Lorimar Pdnes en los juzgados por los derechos de la serie Max fueron un dolor de muelas insoportable. Al final el magistrado le dio la razón al canal británico y se editaron las dos temporadas, en DVD (2010) para el mercado anglosajón. En Amazon se puede encontrar. Lo dicho una reliquia de culto, a partir de un concepto, de TV demasiado avanzada, desde sus planteamientos anarcotecnológicos y el humor Ciberpunk, de un personaje loco por los videoclip y los videojuegos. Nota: 7,1

Bonanza TV (1959/1973) “61 años”

 

Hubo un tiempo donde todos los chiquillos del barrio queríamos ser como los Cartwright y vestir como auténticos vaqueros del Far West. No había navidades que no soñáramos con pedirle a algún rey mago nuestro correspondiente “modelito” de tejanos y un Colt enfundado en su cartuchera rodeada de balas plateadas. A uno que siempre le han acompañado las hermanas, le fue más difícil hacer de ellas sus admirables cómplices de correrías. Todo era muy inocente, idílico y decoroso. La candidez iluminaba el corazón de los malvados que atrevían a poner sus pies en la Ponderosa con principios nobles: “Un hombre puede beber de un vaso a la vez y comer de un único plato; es un hombre”. Así se las gastaban por Bonanza. Viendo estos días pandémicos de falacias, de dimes, diretes, mayorías, minorías y de nuevas tribus de todo pelaje: con cara de envinagrados. A la espera de quien tira la primera piedra en   —la carrera de San Jerónimo— la nueva distópica guerra civil.  Aquella quimera televisiva de Bonanza era tan reconfortante como los efectos del Vicks Vaporub en un frío invierno o el chapoteo del agua —en una tarde de caluroso verano— de cualquier piscina pública los muchos pueblos de España. El western tranquilo y de sonrisas Fordianas había llegado a la pequeña pantalla. Entre los años 1959 a enero de 1973, el canal NBC emitió los 430 episodios de uno de los mejores shows de la historia de la televisión.

Todo un récord de longevidad tras Ley y Orden —serie— a día de hoy, en emisión. Y sus diferentes versiones, de la gran serie de Dick Wolf. Sin embargo, el perspicaz guionista, David Dortort sorprendió al respetable con una serie sobre un western estático para la televisión. La audiencia de su primera temporada fue muy baja y estuvo a punto de ser cancelada. En su tercera temporada, era una de las series del Top 5 Made in Usa. Bonanza era una máquina de hacer dinero. La serie televisiva por excelencia; una veta de oro que no tocaba fondo. Toda esa imaginería de estudio y su argumento melodramático nos hacían dudar, si estábamos ante un western o un culebrón contemporáneo. La sinopsis era muy sencilla: el día a día de la familia Cartwright. Su cabeza de familia es un hombre viudo con tres hijos, que habitan en un pequeño rancho; La Ponderosa en el hermoso estado de Nevada. Ben Cartwright (Lorne Greene), un actor veterano que logró el papel de su vida. Es el pater familias, con la singularidad de haber enviudado tres veces, y de cada una de sus esposas, tuvo un hijo. Hijos, de marcadas y diferentes personalidades: Adam, protagonizado por Pernell Roberts un actor con gran experiencia en el western “Desire Under the Elms” (1958) dirigida por el ínclito Delbert Mann. Daba el toque intelectual, retoño de una madre inglesa de modales exquisitos. Se quedó anhelando la universidad. No tuvo más remedio que supeditarse a las órdenes de su padre. También fue —llamémosle— a nivel interno de la producción, el actor más conflictivo. En definitiva, era el más preparado para la interpretación pero, de un ego exacerbado.

El hijo, mediano es Hoss (Dan Blocker, otro desconocido) una mole de 190 centímetros —de madre nórdica— cuya fortaleza la llevaba en los genes. Típico grandullón, torpe y bonachón. Un personaje, que proporcionaba la mayoría de los momentos cómicos del show. Por último, Little Joe (Michael Landon) es el pequeño de la familia.  Hijo de una mujer de ascendencia criolla francesa, con un carácter vehemente y lleno de romanticismo. Especialista en enredarse en todo tipo de causas perdidas. Las tramas de Bonanza, supusieron una dinámica de lo políticamente correcto. Dentro de un contexto espacio-tiempo cercano a la guerra civil norteamericana: racismo, esclavitud, robos, enfermedades mentales, alcoholismo y violencia de género. Un show realmente visionario, viendo nuestra más candente actualidad. El episodio comenzaba con la llegada de un personaje, a modo de forastero. Éste, se convertía en el foco de atención. Y en ese instante, se desarrollaba el conflicto. El cierre de daba con la interacción de los habitantes del rancho, créditos, y el superscore de Jay Livingston y Ray Evans. Por la Ponderosa, deambularon, algunas estrellas del divino Hollywood como Buddy Ebsen, Cameron Mitchell, Claude Atkins, Dianne Foster, Dean Stockwell, Edgar Buchanan, Lee Marvin, Harry Dean Stanton, James Corburn, ,John Saxon, James Garner, Jack Warden, John Anderson, Patricia Donahue, Steve Forrest, Vic Morrow e Yvonne de Carlo. Con el paso de la temporadas, los propios Cartwrihgt ganaron mayor protagonismo y el número de estrellas invitadas se fue reduciendo.

Pocas ocasiones se veían personajes femeninos; pues las pulsiones de Cupido eran muy discretas. Nunca terminaba de cuajar relación alguna. A pesar, de dar un toque de misoginia y una atmósfera muy oxigenada de moralina, no empalagaba el paladar. Pues se imponía su plus de bonhomía dentro de un contexto sano, sin ánimo de adoctrinar. Algo tendría Bonanza para que genios como Robert Altman, John Brahm, Tay Garnett o Jacques Tourneur dirigieran algún que otro capítulo. La popularísima sintonía de la serie, compuesta por Ray Evans y Jay Livingston se ha convertido en una de los scores televisivos más famosos de toda la historia. En 1993, se llevó a cabo un nuevo proyecto de la mano de Michael Landon y la NBC con el título El regreso de Bonanza a modo de telefilme, dirigido por Jerry Jameson, un viejo conocido de la televisión en los 70/80. Todo envuelto entre un enorme halo de nostalgia y anhelo ecologista por la vieja Ponderosa. Se habló hace unos años de resucitar un nuevo proyecto sobre la original, pero Hollywood sigue sin respuesta. Y a día de hoy, se habla, pues el western ha vuelto por las pantallas y el streaming.  Pero, va a ser que no. De momento, todos aquellos que quieran disfrutarla se pueden adquirir las 7 primeras entregas en Amazon V.O. para la región 2 y comprobar 61 años después, que Bonanza ya es épica de la primera edad de oro de la TV. Nota: 7,6

 

 

ZeroZeroZero (2020) La última odisea de Saviano

Basada en la novela del mismo nombre de 2013 y segunda en la exitosa carrera del periodista italiano, Robert Saviano. Zerozerozero (2020) es la nueva serie, en dónde, el narcotráfico se narra desde el certero punto de vista del escritor. Una producción internacional, de alto calibre; que une a Amazon con las plataformas europeas Sky Channel y Canal Plus. El libro es adaptado brillantemente por Stefano Sollima, Leonardo Fasoli y Mauricio Katz. ZeroZeroZero se centra especialmente en el tráfico de drogas entre México y el sindicato italiano del crimen organizado conocido como ‘Ndrangheta. Se juntan con la productora gen de la marca Made in Saviano Cattaleya Prdnes; que tan buen hacer dejó en su gran obra maestra Gomorra (2014). No se han escatimado medios para esta fascinante producción.  ZeroZeroZero es la historia del daño causado por el envío de 5.000 kilos de cocaína; que induce a tres conjuntos de personajes en una carrera de colisiones estruendosas por el poder, donde los daños colaterales trascenderán dimensiones trágicas.

 

El abundante cargamento de cocaína ha sido ordenado por un anciano jefe de la mafia calabresa conocido como Don Minu (interpretado por un estupendo Adriamo Chiaramida), quien salió de una cueva fortificada secreta después del final de una guerra de pandillas y quiere volver al juego. El Capo, de los Capos de Calabria. Sin embargo el pago de las drogas es secuestrado por su nieto Stefano (el joven actor Giuseppe de Domenico), buscando venganza por una vieja disputa familiar y nada reacio a hacerse rico en el proceso. El quid del supuesto poder en la poltrona, del viejo huraño, depende de la llegada del cargamento de cocaína que arriva desde México. Manuel (Harold Torres), un soldado de las fuerzas especiales del ejército mexicano entra en acción. Un tipo de ojos fríos que no le tiembla la mano con el arma y se comporta como un auténtico Terminator de oscuras cábalas. Lleva a su equipo de soldados contra el cartel a una aventura despiadada y sangrienta en su vida privada, mientras mantiene su asistencia a los servicios evangélicos de la iglesia.

Valiéndose de su aprendizaje, en la precisión militar y tácticas abyectas para destruir la infraestructura local corrupta, originará demoledores conflictos en ese lado de la ecuación. Gracias a la relativa disminución en el procedimiento legal y médico, se siente olvidado como héroe de gran calado refugiado en su guardia pretoriana, su unidad de operaciones especialesque es vista con lupa, en los medios de comunicación como un peligro de las libertades civiles. La absoluta falta de ética y conciencia, tiene sus réditos más pírricos: los niños que terminan muertos sin saber el porqué. Sus enfrentamientos suelen terminar con grandes daños colaterales y trifulcas que causan pavor y espanto. Obviamente, es un proyecto internacional, muy bien nutrido, para contar una historia del narcotráfico mundial. ZZZ, evoca el spinoff televisivo de Steven Soderbergh “Traffic”(2000). Me atrevería, a decir, que mucho más cercana a esa miniserie que dirigió Stephen Hopkins, a la postre todas deudoras de la original serie de TV británica “Traffik” del Channel 4 dirigida por Alastair Reid. El título no se explica, pero presumiblemente se refiere a las grandes sumas de dinero intercambiadas, a través, de aplicaciones bancarias o bolsas de lona. Empero la auténtica alegoría de Saviano es la siguiente: ZeroZeroZero — es una referencia a otro narcotraficante que dice; toda una obra de teatro sobre el sistema de clasificación de la harina italiana para hornear, en la que “cero, cero” es el mejor grado— es una historia sombría, arenosa y sangrienta del tráfico de cocaína.

 

 

Un producto comprado en México y transportado a Italia por un corredor estadounidense, es un contenedor de envío de latas de jalapeños que en realidad contienen cocaína. Son un dispositivo narrativo y visual familiar pero efectivo, viajeros cansados pero decididos cuyo progreso buscamos al subir y bajar de barcos y transportar camiones por desiertos y montañas. También son mudos testigos de las tribulaciones de sus vendedores mexicanos, compradores italianos y exportadores estadounidenses No tiene nada del glamour o la sexualidad de alto octanaje del mítico Scarface o elegante Miami Vice. La mayoría de los jefes viven no en espaciosos palacios Art-deco sino en fortificaciones monótonas; no usan Armani, ni Dior o Paul Smith. Todo lo contrario petos de polietileno, a modo, de armadura corporal; pasan su tiempo libre no acariciando supermodelos sino contemplando paranoicamente quién podría estar conspirando contra ellos. Uniendo a los dos grupos están los intermediarios; la familia naviera con sede en Nueva Orleans, los Lynwood. Liderados por el primer patriarca de los negocios, Edward (Gabriel Byrne) y la hija Emma (Andrea Riseborough), con el hijo protegido Chris, éste sufre una enfermedad genética que le destruirá neurona a neurona (impresionante interpretación Dane DeHaan) inesperadamente empujado a la refriega. El motivo central de ZZZ es la traición.

 

 

Cada personaje está maquinando uno contra el otro, o pronto lo estará; ni la sangre ni el dinero aseguran la lealtad. Tanto los traficantes como los policías que los cazan no tienen alma. Zerozerozero es un programa fascinante, pero solo porque la trama es sociopáticamente penetrante; no hay nadie a quien apoyar, ni siquiera en contra. Cada vez que crees que has identificado al personaje —que puede llegar a empatizar contigo— te das de bruces contra la malignidad del resto del grupo. A medida que avanza la trama tornará hacia una depravación mucho mayor. Estamos ante una epopeya expansiva y sombría como esta se completa con su vigor cinematográfico, del cual ZeroZeroZero tiene mucho. Sus escenas de acción pueden estallar en algunas persecuciones de autos, tiroteos y asesinatos impactantes realmente emocionantes. Todo lo cual hace que algunos de sus golpes visuales más espeluznantes dejen sus señas de identidad de cineastas, con solera, casos de Iñárritu, Mann, Miike, Ferrara o Sheridan.

 

La maestría, en esa forma, de hacer entrar la cámara, al contenido, moviéndola muy suave, daándole el tempo lento justo para que el do mayor dramático para cambiar el escenario sean pura imaginería cromática. ZeroZeroZero sobresale en la creación de un mundo rico que envuelve su propia naturaleza interconectada; su alcance se convierte en un arma en sí misma, lo que le permite saber hasta dónde llega todo. Es el tipo de thriller que causa una impresión tan profunda; ya que puede pensar en grande y pequeño al mismo tiempo, uniendo tres historias individuales apasionantes en una odisea masiva. ZZZ adopta la postura moral del clásico cine de Martin Scorsese, en el sentido de que se aleja de tantos grados de maldad y permite que Dios los resuelva. Enredarse con tales villanos en una historia trepidante puede ser estimulante al principio, seguramente. Aunque, por experiencia propia, no tienen un buen final, palabra de pecador. Un detalle que chirriaba un poco, fue en el primer episodio, la utilización del recurso de la voz en off de Gabriel Byrne, el cual, se vuelve demasiado didáctico, en torno, al tráfico de drogas. No transmite en la narración visual, ninguna sorpresa ni soporte de sugestión al espectador.

 

Esta ficción depende más de su estilo narrativo firme, de traiciones interminables y ofertas de poder. Todo ello, mientras trata de darle un poco de frialdad al negocio en cuestión. Si que es verdad, que los planos largos y panorámicos dan ese aire intimista. Las ubicaciones en el norte de México, el sur de Italia y el Sahara entre Senegal y Marruecos, se fotografían de forma que son al mismo tiempo llamativas y poco sorprendentes.  El ambiente de texturas de la marca de la casa, Gomorra —acción violenta representada con un melancólico minimalismo de tono y estilo— se ve reforzada por la música fascinante de la banda escocesa Mogwai. La misma que es inesperadamente soñadora en un mundo convertido en una pesadilla terrorífica. Esta es una historia en la que aparentemente todos los principales implicados en el tráfico de drogas han utilizado sus ganancias obtenidas ilegalmente para comprar una residencia en enclaves protegidos por organismos y autoridades locales.

 

Una auténtica clientela de todo tipo de pelaje que se prestan al soborno y al juego de estos individuos que capan por el mundo a sus anchas. El pueblo llano vive completamente ausente en este show, ya que ZZZ, los tritura como otro fardo de cocaína. El ser humano es un objeto desechable e invisible para el poder. Tal vez, es aquí donde los directores de fotografía Paolo Carnera y Romain Lacourbas son los espectadores de lujo que contemplan esta locura. ZZZ en cada episodio de 55 minutos es una toma o un plano secuencia, que desborda con la belleza natural de la costa de Calabria o el desierto africano entre Senegal y Marruecos, o los altiplanos de Monterrey en México. Todo ello de las manos de tres grandes cineastas: Janus Metz, Stephano Sollima y Pablo Trapero. El mismo acopio de contenedores en el puerto se convierte en belleza mientras son llevados milimétricamente por las grúas o la escala industrial de un vasto patio de embarque o carguero apilado de contenedores. El mal y la frialdad, parecen ir juntos de la mano. Siempre trayendo la eterna odisea de los tormentos de Saviano Nota:8,4

 

 

“Alfred Hitchcock presenta” TV (1955)

 

En aquellos viejos y oscuros años, los políticos experimentaban el sabor chic de asomarse por los pasillos de Paseo de la Habana. El olor a nuevo de la vetusta TVE era de su gusto. Aún redoblaban los ecos del resacón eurovisivo de la boda real en el país, del chocolate y las frías trincheras del héroe Alastriste. Todo era un flan Dhul continuado y sopa boba. Nuestros abuelos, padres, tíos y demás grey eran los mayores acólitos al escaparate de cristal en las nuevas tiendas de cajas mágicas. Tanta magia que el maestro del suspense se enamoró de este aparato y nos trajo historias de crueles pesadillas, que quebraron los sueños de nuestros progenitores y pasaron a ser de dos rombos por decreto notarial. Todo el mudo se quedó alucinando al ver a un Sr. Gordo en la TV multifranja.

 

 

“Buenas noches, soy Alfred Hitchcock y esta noche les presento la primera de una serie de historias de suspense y misterio curiosamente tituladas: Alfred Hitchcock Presenta. Yo no actuaré en estas historias pero sí que haré pequeñas apariciones, antes y después de cada capítulo, para explicar el título del episodio a aquellos que no sepan leer y finalmente para poner todo en orden y explicar el final de la historia a aquellos que no lo hayan comprendido.” De fondo sonaba el corte musical de la marcha fúnebre para una marioneta de Gounod.  Así, con un descaro —sui generis—, comenzaba el show del maestro de la intriga del cine y ahora, la TV. Corrían los años 50. Hitchcock no sólo se hallaba en la cima de su popularidad cinematográfica, sino que también encontró la cúspide creativa en un nuevo medio tan adictivo como la TV.

 

 

Al parecer tras una idea sugerida por el presidente de MCA, Lew Wasserman; el director y productor británico se encargaría de presentar cada episodio, haciendo gala de su fino e irónico sentido del humor. La legendaria serie de 268 capítulos, los cuales, fueron emitidos a lo largo de siete temporadas son uno de los mayores tesoros audiovisuales de la humanidad. Desde 1955 hasta 1960 en la CBS, y entre 1960 y 1962 en la NBC, que adquirió sus derechos a posteriori, el mago del suspense dirigió 17 historias. No obstante, aportó a la serie su presencia como anfitrión, una garantía de éxito y una manera de hacer televisión comercial, de calidad y factura creativa. Hitchcok hizo pura imaginería al servicio de la televisión moderna. Algo así como el edén de las futuras producciones de Lynch para ABC o David Simon en HBO.

 

La serie está compuesta por pequeñas historias originales, llenas de toques escabrosos; una cascada de humor negro y evidentemente, unos finales que resultaban tan impactantes, como difíciles de olvidar. A lo largo de los años nos encontramos a realizadores como Sydney Pollack, Robert Altman, Don Taylor, Arthur Hiller, Norman Lloyd, Robert Stevenson, Paul Henreid, Robert Stevens o Lewis Teague, que dirigieron diversos episodios. Entre los guionistas figuraron reputados autores literarios como Ray Bradbury, Richard Matheson o Roald Dahl y también se adaptaron relatos procedentes de escritores tan exquisitos, como Patricia Highsmith o H.G. Wells. La serie consiguió un Globo de Oro al mejor programa en 1957 y tres premios Emmy, aparece también como una de las cien mejores series de la historia de la TV. Memorable fue su capítulo inicial “Venganza”, sobre un marido (Ralph Meeker), que —erróneamente— se vengaba de un supuesto atacante a su mujer cuando descansaba, plácidamente, en la caravana del camping (Vera Miles). Dejándonos un final grandilocuente y apoteósico.

En 1985, la NBC preparó un revival conocido como “El nuevo Alfred Hitchcok presenta” Se volvieron a rodar 76 capítulos de aquellos fabulosos, ya emitidos en los 50. La principal novedad, es el color y la aparición de nuevos actores de esta última época. Destacamos al extraordinario elenco de estrellas que aparecieron en la entrega original y este posterior remake. Nombres tan célebres como los mítico-as; Joseph Cotten, John Cassavetes, Vera Miles, Thelma Ritter, Joan Woodward, Mary Astor, Bette Davis, Barbara Bel Geddes, George Peppard, William Shatner, Charles Bronson, Claire Trevor, James Coburn, Walter Matthau, Roger Moore, Dean Stockwell, Lee Majors, June Lockhart, James Caan, David Carradine, Robert Redford, David Soul o Melissa Sue Anderson y un larguísimo etcétera, de una lista —interminable— que es historia contemporánea del cine y la TV. En España se pasó por primera vez en el año 1965 y posteriormente, en la década de los 80. Actualmente, se pueden localizar en Amazon las 6 primeras temporadas en V.O. Y recuerden, la buena ficción televisiva tiene muchos años y buen fundamento. Como bien dijo el maestro;  “La televisión ha devuelto al crimen a su origen: el hogar”. Nota: 9,1

“Too Old to Die Young” (2019) Lisergia de NWR

Too Old to Die Young (2019), se estrenó en Amazon Prime el 14 de junio. El mismo día de su estreno, me involucré —en el entusiasta esfuerzo— de un visionado; que me dejó cataléptico. Ha sido una de las series más alucinantes e hipnóticas de estos últimos 19 años de new ficción de qualité. Su co-creador y director; el inefable Nicolas Winding Refn no dejó indiferente a nadie con su denominación de emisión televisiva de 754 minutos. Cuando compareció ante los medios de comunicación en Cannes. Too Old To Die Young (2019), es el cine conceptual del arte, más allá de los límites de la televisión. Nuevamente, Mr. Bezos, volvió a anotarse un tanto. Ya que un proyecto de estas características es difícil de acondicionar en las nuevas OTT,s. Empero, Cannes, no es ajeno a los estrenos de televisión. En 2017, el festival proyectó episodios de Twin Peaks: The Return (David Lynch) y Top of the Lake: China Girl (Jane Campion). Nicolas Winding Refn, es un creador al que no vamos a descubrir hoy. Eso es obvio. Pero sí que es verdad que aporta un estilo distintivo centrado en la vis más dramática y la inclinación por todas las cosas de neón al festival. Too Old to Die Young se redujo en un pase de los 2 primeros episodios, del total de la 10 partes que componen esta obra de culto para muchos y denostada para otros. Dos episodios donde se observan muchas de las líneas argumentales de este hiperfilm y por donde virará (eso puede creer uno), haciéndose una idea muy loca y disparatada. Al igual que The Neon Demon (2016), el escenario (como lo indica el título) es la taquicárdica capital del oeste. El hervidero de la ciudad de Los Ángeles —con un desvío directo— a los desiertos de Nuevo México. Pero no esperen mucho sol glorioso: Refn es una criatura nocturna, amante de los seres nocturnos y demás pelajes por donde la acción se desarrolla, en la gran mayoría de sus trabajos.

 

Además de recurrir, a su propio cuerpo de trabajo, con guiños claros a Pusher (1996) y Only God Forgives (2013), también hay ligeros toques a Tarantino y muchos elementos Lynchianos. En el corazón de la historia está Martin (Miles Teller), pedazo de actor, en todas sus vertientes. Un fenómeno de su generación. Aquí es un sheriff del condado de Los Ángeles que —a través de una organización clandestina— está a la luz de la luna como un Ronin que elimina la bancarrota moral de la sociedad. Teller se presenta como ese proteico Ryan Gosling de Drive (2011), el cual, tiene una relación con Janey (Nell Tiger Free), una adolescente de 17 años, con quien comenzó a salir cuando acababa de cumplir los 16. Su padre es un tipo (con mucho dinero) de lo más retorcido —que se come ácidos como si fueran pictolines— un personaje interpretado por un recuperado William Baldwin que borda el papel. En una actuación solapada por eternos silencios inquietantes y miradas a media distancia. Ofreciendo una marca de masculinidad (tipo duro, que suele escupir como un vaquero en las películas del maestro Ford) que hemos llegado a asociar con el trabajo de Refn. Es una historia —donde el cine negro/Neonoir puro— y el thriller van de la mano. Aunque, tampoco desvariaría mucho de la dinámica folletinesca de Ley & Orden. Algo que podría venir por parte de la vena artística del guionista; el escritor de cómics Ed Brubaker, curiosamente, los submundos de la trama del mundo de los narcos mexicanos tienen una vis muy cercana al cómic. Dejando a un lado, a Martin (Miles Teller), tenemos a Viggo (John Hawkes), un asesino que tiene los riñones destrozados y está al servicio de Diana (Jena Malone) la reina del mundo zen y el decálogo del misticismo.

 

 

Lo más parecido, a la Naomi Watts de David Lynch. Solo matan lo peor de lo peor; su misiva es proteger a los inocentes, y su convicción es tan firme que Martin al menos rechaza el pago por su trabajo. Lo más curioso es que sus empleadores son como una especie de banda que administra sus trapicheos y despachan la moral, de otros: Narcos mexicanos que trafican con personas. Aquí aparece una de las subtramas más importantes de toda la historia, la cual, no aconsejamos dejarse llevar por ella. A pesar de contar con unos personajes que enganchan al más pintado. Un mexicano criado en los Ángeles; Jesús (Augusto Aguilera). El tipo de hombre que venga a su madre Magdalena en el primer episodio y se lleva por delante al corrupto compañero de Martin. Jesús escapa a México para hacerse cargo del negocio familiar, donde se encontrara con unos personajes surrealistas. Desde el patriarca D. Ricardo, su supuesto tío/padre, interpretado por el actor, Emiliano Diez. Atado a una silla de ruedas, donde diariamente, le cambian la bolsa que sirve de estercolero a su estómago. La pitonisa/cuidadora del mandamás es Yaritza (Cristina Rodlo). Una fémina justiciera que va vengándose de todo aquel que subyuga o trafica con mujeres o son explotadas sexualmente. Las canciones populares y el mundo más esotérico se refieren a ella como “La suma Sacerdotisa”. Curioso el dueto el de Jesús convertido en un efebo de Versace y la dominamtrix Yaritza van creciendo, como nuevos capos, a medida que en el cartel los acontecimientos se desbordan. Cocaína a raudales, sangre y sexo en cualquier momento. No se pierdan un partido de fútbol entre policías sobornados de la villa mexicana de D. Emiliano y su ejército de narcos. Creo que el mismo Pelé hubiera opinado. Por otro lado, tenemos a Martin que va por libre y en una de sus vendettas dará con ellos. Nuestro querido amigo, Mr. Jones apunta hacía una catarsis, cohibida y delimitada. La venganza solo se puede administrar después de que haya ocurrido un crimen. ¡Ojo!, detrás del mismo, se cierne la amenaza de violencia sobre el nuevo espectáculo que el cineasta Refn nos depara, una especie, de velo sangriento palpitante.

El nihilismo de sus personajes principales puede sentirse algo violento e incoherente, especialmente, cuando entran en determinados monólogos sobre la lenta destrucción de la sociedad y la naturaleza. Redundando en el soliloquio de lo inherentemente humano dentro de su violencia interior. Empero, cuando las persecuciones de coches por el desierto de Nuevo México, se organizan con un vehículo eléctrico, donde una trifulca por el hecho de escuchar en la radio, un tema, en concreto, la interpretación completa de “Mandy” de Barry Manilow, es imposible tomarlo como ironía. Ya que el disparate psicodélico, adquiere dimensiones lisérgicas, en medio del desierto de Nevada. Obviamente, todo ese mundo que Refn crea es una mezcla surrealista de policías fascistas que tocan el ukelele, prestamistas de dinero de clanes Yakuza (con cameo incluido de Hideo Kojima) , bandas callejeras que pelean la cuestión racial y productores chiquilicuatres de porno, realmente, repugnantes. Observamos cómo Martin acecha la noche, matando a quienes han escapado de la ley en escenas muy violentas salpicadas de sangre. Cuando Martin descubre que ha sido enviado a matar a alguien que está atrasado en sus pagos a un prestamista, se vuelve contra sus empleadores y les exige que le den información sobre los peores objetivos, a quienes está feliz de sacar gratis. Esto lo lleva a Albuquerque en una misión para asesinar a dos hermanos que dirigen un brutal emporio —más propio de personajes fargonitas de los hermanos Coen— del porno. Too Old to Die Young es un feroz neonoir fantasmagórico lleno de desazón y que genera relativa preocupación por examinar una sociedad en decadencia moral. Este es el declive y la caída del imperio estadounidense de Refn y muestra, a su manera estilizada, que cuando la sociedad se derrumba, se necesita un vaquero armado para corregir los errores. Lo que el resto de la serie tiene para ofrecer, solo podemos esperar y ver, pero para este catador es más que suficiente para entusiasmarse. Los diez episodios pueden resultar demasiado desagradables y mezquinos para algunos de Uds. Algo muy comprensible.

 

 

El tratamiento de las mujeres puede ser cuestionable a veces, aunque la violencia y la crueldad, con el tiempo, influyen en todos sus personajes. El programa equilibra lo cuestionable con personajes de carácter fuerte y fascinante, donde las mujeres logran convertirse en el poder y balancear el péndulo de ese control, en el horario de apertura, que no mostró signos, como con la mencionada Yaritza. El espectáculo también puede ser lento y metódico, letárgico en su cansino movimiento de la cámara, como de sus personajes. A Refn le encantan las buenas tomas de seguimiento, llenándolas con tanta información visual, aunque sin una señal de la historia. Todo se hace sin prisa, dejando que los momentos respiren y jueguen a su tamaño absolutamente sostenible. Es casi impenetrable en un instante, e ilimitado y emocionante en el siguiente, casi aberrantemente amplio. Pero todos sienten la misma historia cohesiva, esta historia épica de dos hombres perdidos en un ciclo de violencia y enojo. La gran lucha sin contención, a través de los momentos menos cohesivos, y habrá momentos profundamente gratificantes, tal vez no de carácter, sino de liberación artística y catártica. El espectáculo es una inmersión larga en una idea oscura y cutre: que las cosas tienen que empeorar mucho antes de que puedan mejorar. Empeoran, potencialmente demasiado lejos para una audiencia más amplia. Pero la voz y el estilo brillan tan intensamente, marcando a Too Old To Die Young como algo diferente y potencialmente muy original de la televisión que está a punto de entrar en el 2020. Tiene los mismos defectos que virtudes. Aunque muchas de esas virtudes son realmente adictivas para cualquier enamorado de cine y del arte. Al igual que Twin Peaks: The Return de David Lynch, depende de qué tan lejos seguirás a un creador por su visión como artista, tocando su trabajo pasado y colocando el nihilismo en el núcleo de la madriguera de una chistera repleta de conejos. Mientras Cliff Martinez pone la música electrónica para conseguir el machacón trance, la entrada del espectador en un estado equidistante e idílico. Nota: 7,8

 

 

 

“Películas que erizan la piel”(2019) de Vicente Muñoz Álvarez

Si hay un término con el que definir al escritor y poeta Vicente Muñoz Álvarez es su pasión por las cosas bellas, dentro de cualquier contexto, del viajante en la carretera —que durante seis meses al año— contempla por las interminables rectas de las autovías de la meseta, semejante delicia de paisaje. Ahí, en la carretera, de su querido Kerouack, en su automóvil pleno de maletas con zapatos de temporada. Curiosa estampa —pero corroboramos— que ganarse el pan, con la venta de libros: Hoy en día. Son muy pocos-as, quienes, les cae esa breva. La pluma hay que cargarla de tinta y la tinta no es gratis. Hoy en día son los diodos o pixeles de la pantalla de un ordenador, la electricidad y la banda ancha (no son gratis). Seis meses después, el amanuense vuelve a lugar de creación: la montaña leonesa y los largos paseos, al lado de su perro, mientras confabula nuevas historias o quizás versos con los que llegarnos al alma. VMA, es cómplice de eso, que ya le ha dado el oficio; el escritor infatigable. Un tipo que no renuncia a esas inspiraciones cuasi —poliédricas— mirando un páramo, saboreando una taza de café, desde un semáforo parado observando a una pareja que discute de la vida que viven. En la cola de un Supermercado, donde una anciana, habla con un móvil —de teclas enormes— mientras, llora a su nuera: lo mal que la tratan los de Servicios Sociales, porque son inexistentes… Sí, la inspiración puede encontrarse en los sitios más insospechados. Pero ahora, volviendo, a este magnífico libro: un ensayo de todas esas películas que nos encontramos en esta última obra de Vicente Muñoz Álvarez y acabamos de leer: “Películas que erizan la piel” (2019). No se trata, del clásico ni el canónico libro de crítica, de determinado cineasta o eso que está tan en boga; las 100 mejores películas del S.XX de suspense o de Sci-fi y etc. No. El autor, repite hasta la saciedad que estamos ante una obra que forma una trilogía sobre unas películas de cine, con las que, ha crecido y se ha enriquecido culturalmente. Todas ellas tienen un significado muy especial para VMA. Son grandes momentos de su vida y han condicionado su estilo y forma de dirigirse a sus lectores. “Películas que erizan la piel”(2019). Es una amalgama de subgéneros de terror donde encontrarán: asesinos en serie, slasher, gore, seres demoníacos, posesiones, vampiros y licántropos, casas encantadas, Sci-fi terrorífico, lisérgico, zombis y sobre todo mucha serie-B, entre una buena cantidad de productos Made in VHS, erótico/bizarro. A día de hoy, entre la jugosa selección, por sus exquisitas 221 páginas.

Observaran, en sus descripciones, films con una premisa primordial; ya que parten como adaptaciones de algunos de los mejores escritores-as del terror gótico, suspense o erótico. En este peculiar y fascinante libro veremos recopilados, todo un gran combinación de películas (muchas de ellas de culto, imposibles de cuestionar). Deudoras del negro sobre blanco, de autores como: Adous Huxley, Alejandro Jodorowsky, Bari Wood, Guy de Maupassant, Lautréamont, Baudelaire, Rimbaud, Huysmans, Ira Levin, Jack Kerouac, Jeffrey Konvitz, John Ajvide Lindqvist, Kenneth Cook, Daphne du Maurier, Henry Miller, Fred Mustard Stewart, James Joyce, Peter Van Greenaway, Peter Straud, Roland Topor, el gran Stephen King o el inefable Sheridan Le Fanu. Films escondidos en algunas de esas maletas de zapatos —de otro tiempo— del gran Jean Rollin y sus vampiros colgados de LSD. Ahí pueden sumarle todo lo que la adictiva Hammer ha producido, durante su fértil historia del cine, que, se devora con ganas. Esencialmente, por un público compulsivo, de todos sus thrillers psicológicos y películas de suspense. Al igual que su generoso catálogo de horror gótico y demás monstruos. Esa es la línea de trabajo, establecida en este brillante libro, una labor minuciosa, siempre dejando muy despejada la devoción hacia un arte que sincroniza con su acervo creativo de nuestro autor. “Películas que erizan la piel” es el tercer libro —que cierra una trilogía dedicada al mundo del séptimo arte— de Vicente Muñoz Álvarez. Un amor que se mantiene, y sigue estando ahí, al igual que el de la música. Confesaba el escritor leonés que uno de sus autores fetiche, de juventud, era Howard Phillips Lovecraft. En uno de los relatos que incluye su extensa obra: “Viajes al otro mundo”, menciona una llave de plata que le transportaba —a los recuerdos de— esa infancia marcada por los miedos y los fantasmas de casas encantadas.” Posiblemente la infancia de VMA es una máquina del tiempo de espacios atemporales. No es la primera vez que afirma con toda rotundidad; “que la esencia de su escritura, y sus pensamientos, es un trozo del recogimiento y el arte de la ensoñación… Poe es el maestro de la literatura moderna, de la literatura sobrenatural, de terror y policíaca moderna.”

 

 

“La Casa Usher me deslumbró. Es un relato con un trasfondo de subconsciente, con muchas referencias solapadas que en una segunda, tercera, cuarta o quinta lectura vas desvelando. Empero, sobre todo, destaca el ambiente que es capaz de recrear. Hay un ambiente fantasmagórico, absolutamente espectral que me trastornó y me sigue trastornando. Como decía Edgar Allan Poe, (sin dormir, pero soñando)”. Este amanuense leones, que a pesar de los años, sigue en movimiento y viviendo de sueños que impregna. Hace como unos cuatro años comenzó el viaje al principio de esta trilogía cinéfila, que inició con “Películas para llevarse al infierno (2011), después, “Películas en la Penumbra”(2015) y por último, la que estamos comentando a lo largo del texto; nuestra, querida “Películas que erizan la Piel”(2019) (una especie de colección de grandes films, con la coletilla de Cult Movies). Películas, con un denominador común, la admiración y celo por esos films con los que ha ido creciendo o descubriendo su itinerario literario. Por cierto, cuando quieran quedar bien delante de sus amigos y denoten; que es la hora del tedio tras una cena larga sin palabras. Hablen sobre el horror. Ya verán cómo se quedan los mismos, cuando les comenten cosas, como éstas: Fue a Tod Browning —que no, el irlandés Bram Stoker— quien se le ocurrió que Drácula vistiera un frac o la impresionante cabeza cuadrada y claveteada de la abominación de Frankenstein es un hallazgo de Jack P. Pierce, no de Mary W. Shelley. Esto no está en el libro. Es una broma, que le gasté por teléfono a Vicente Muñoz Álvarez y le encantó. Y es que el horror es parte de nuestra historia más contemporánea. Yo que vengo de letras puras y como licenciado en Prehistoria y Arqueología y periodista (jubilado por problemas de salud), siempre me gustó esta historia de un personaje cercano a mi mundo y el horror. Recuerdo, con alegría, una clase de una de nuestras profesoras más sabias de los 90. Hablaba de Plinio “el joven” y una de sus primeras crónicas sobre casas atormentadas por el recuerdo de muertes o tragedias recientes. El escritor de la antigua Campania describe: “una casa espaciosa y amplia, pero desprestigiada y funesta” en Atenas, sobre la que corrían todo tipo de rumores debido a los “hechos inconfesables” acaecidos en ellas durante décadas.

 

 

La construcción había sido escenario de asesinatos y después, de la muerte de toda una familia, asesinato que Plinio describe: como algo de una horrible naturaleza, que provocaron el miedo de “la ciudad entera y todos quienes conocían las consecuencias de un acto tan atroz”. Según el escritor, la casa permaneció vacía por décadas, debido a que “en medio del silencio de la noche, se oía un sonido de hierros y un ruido de cadenas, primero más lejos, luego más cerca”. Resumiendo, “Películas que erizan la piel” (2019), es un libro ameno, muy interesante y con un lenguaje cercano. Rico en epítetos y sentencias pop que marca un tempo, alejado de la crítica más ortodoxa y oficial, por excelencia. No es un estudio detallado o una biografía al uso, en concreto. Pero vale la pena, invertir, un poco de tiempo, para disfrutar de películas de terror, subgéneros y rarezas de todos los rincones del planeta. Especialmente sería una extraordinaria elección una o dos de estas películas para un regalo de Halloween. Puede que sea tal el éxtasis de emoción de miedo, del que recibe, que vaya creando un boca a boca, con “Películas que erizan la piel”(2019). Empero, vamos acercándonos al asueto de verano y por ende, hablamos de un libro, que se convierte en un excelente compañero de verano playero e ir tomando contacto, con toda esa conexión informativa. Tremendamente entretenida y reveladora, pero a la vez accesible para la mayoría de los lectores. Realmente he disfrutado, muchísimo, con la variedad de títulos que ha elegido. Desde los años 30 a la selección de mediados y finales de los 60. Así como un montón de films psicodélicos de los años 70. Sutiles 80,s/90,s y algún beluga de este S.XXI. Películas que erizan la piel (2019) /films de culto/ de Canalla Ediciones es todo un hallazgo para todo aficionado y amante de la gran pantalla. Y como decía un teórico del terror contemporáneo de quien, ahora mismo no recuerdo el nombre: “La narración que analiza el miedo como parte del paisaje humano se haga cada vez más profunda, perversa y obtenga un enorme valor estético.” Y claro, hablando de narradores, Vicente Muñoz Álvarez es un valor seguro, pueden buscarle por Google en la Wikipedia y descubrirán su magnífico blog “Mi vida en la penumbra”. Así como lugares míticos creados por su ingenio y frescura como la edición del fanzine Vinalia Trippers o el portal HankOver Resaca; un homenaje a Charles Bukowski. Lo dicho, es muy buen poeta, escribe muy bien, tiene una imaginación desbordande: pero, además, es un grandísimo ser humano. 

 

P.S; Jon Alonso también es el creador del blog el inquietante bypass

 

 

 

Mirzapur (2018) mafiosos hindúes

Mirzapur, es un lugar tan cercano a los arrabales de Nápoles que la historia, podría haberla escrito Roberto Saviano —que, está de enhorabuena— pues, se presenta en la Berlinale, su última creación, ya como guionista: “Piranhas” Adaptación de su último libro “la banda de los niños” (2017). Sin embargo, el húmedo clima y la tórrida temperatura del subcontinente indio marca, una peculiar barrera geografía con el apacible y canalla Mediterráneo. Y es que Mirzapur es uno de esos pequeños placeres que uno puede disfrutar en nuestros templos de la cocina Made in Euskadi. El acierto de los guionistas Karan Anshuman y Puneet Krishna ha sido contundente. Así, como la esmerada y efectiva dirección de Gurmmeet Singh, un tipo al que no hay perderle la matricula. Artesano de la cámara y expresionista de un lenguaje provocador y pictórico enamorado del maestro Satyajit Ray&Quentin Tarantino. La serie de 9 episodios fue adquirida por Amazon e incluida en su contenido audiovisual Prime. Son muchos los negocios del capo Bezos en el rico continente de la meditación y mercadeo de todo tipo. Y no es el primer producto que se pueda encontrar en él curioso catálogo de ficciones —de la plataforma— de la millonaria firma de Seattle. Hace unos días, ya se puede ver en su versión doblada para aquellos que sufran, con el lenguaje hindú y sus dialectos autóctonos. Otro ingrediente más, a este suculento plato, a degustar.

La serie sigue a dos hermanos que se cruzan con el hijo errático de un don de la mafia, en una historia llena de violencia de pandillas en una ciudad sin ley en el interior de la India. La retorcida serie está protagonizada por Pankaj Tripathi, Ali Fazal, Vikrant Massey, Divyendu Sharma, Kulbhushan Kharbanda, Shweta Tripathi, Shriya Pilgaonkar y Rasika Dugal. Nombres que a un servidor, sin grandes conocimientos del megacine indio actual, no ne suena mucho. A pesar, que no son los primeros actorues de origen hindú que están trabajando para la ficción británica y norteamericana. Repito, no todos, pues con la cantidad de peliculas y series que se ruedan en Bollywood, viven más que bien. Nos embarcamos en el viaje de estos dos hermanos atraídos por la idea de poder; sólo para ser consumido por el propia casta gangster dominante. Mirzapur es una representación amplificada del corazón y la juventud de la India. Es un mundo repleto de drogas, armas y anarquía, donde la estirpe, el poder, el ego y la soberbia se entrecruzan para dar a la violencia el salvoconducto hacía la única forma de vida respetable. El puño de hierro, lo obstenta, Akhandanand Tripathi, un exportador de alfombras millonario y el mafioso, a modo de “Don” de Mirzapur. Su hijo, Munna, un heredero indigno y hambriento de poder, no se detendrá ante nada para obtener el legado de su padre. Un incidente en una procesión de bodas lo obliga a cruzarse con Ramakant Pandit, un abogado destacado, y sus hijos, Guddu y Bablu. Esta bola de nieve se convierte en un juego de ambición, poder y codicia que amenaza todo el entramado de la ciudad sin ley. Con una acción conmovedora, violencia a escala operística, mafiosos con mentes afiladas y un turbio humor seco: Mirzapur es una historia del interior indostánico, tan cruda como la hiel.

Su escritura está cuidadosamente calibrada, ya que confía en la psicología de sus personajes sobre las elaboraciones de un gran argumento y subtramas. Como resultado, el magnífico Mirzapur, se conforma como, un drama legado de gángsters de la India media que podría presumir de las dos actuaciones más fascinantes de este último 2018. Estamos, ante un estudio sobre la construcción de mundos de larga duración. Además, de ser inteligente e intuitiva, no se aleja de los episodios de indulgencia sangrienta y audaz que han plagado este género de cine en la última década. Sin embargo, en contraste con las películas, el programa de nueve episodios tiene el tiempo y el ancho de banda para dar forma a sus caras vanguardistas, deslineando su núcleo narrativo y persuadir los momentos individuales de un conjunto talentoso. Reitero, estamos ante una gran película seriada. No es sorprendente que los puristas, especialmente aquellos que juran por su competidor, de Netflix, sean los que hayan rechazado este espectáculo como una estafa barata de Gangs of Wasseypur. Eso, en mi opinión, es quizás una señal del inusual, de lo bien hecha que esta Mirzapur y de su triunfo. Va la envidia va por todos los barrios del mundo. Un espectáculo que resalta descaradamente, “el relato” en la narración de cuentos y la “realización” en la dirección de películas. Eso no quiere decir que los otros en Mirzapur no importan. Con un conjunto que presenta a algunos de los actores más talentosos (y poco utilizados) del cine hindú, no es de extrañar que el papel de las presentaciones sobre las grietas incómodas en el equilibrio narrativo.

Otras muchas producciones —Made in India— podrían hacer bien en reconocer la importancia de un asesor lingüístico de los dialectos: los actores más jóvenes han trabajado visiblemente para captar la física sin ley. Empero, no solo de las palabras se devora la narración, sino también de las acciones entre ellos. Ali Fazal es una revelación como la fuerza física de los cerebros de Massey: su forma de andar encorvada como un culturista enérgico recuerda al Tom Hardy de The Warrior (2011). Al igual que lo hizo en Gurgaon, Pankaj Tripathi enmascara hábilmente el cansancio de un hombre adulto dividido entre el papel de un padrino asesino y un padre indio. Inicialmente, parece que contrata a los dos hermanos para provocar a su hijo para que supere el lujo de la herencia. Pero el rostro inexpresivo de Tripathi apenas deja ver que su personaje es mucho más sistemático; de hecho, ha contratado a dos personalidades ocurrentes para ayudar a su hijo a aprender —que debe evolucionar desde la fuerza física— como un auténtico psicópata, hasta el cerebro metodico de un villano. Reiterar el gran talento que existe en el cine hindú y algunos pequeños excesos, como la superboda y la profesión, a pesar, de su plástica y expresividad. Lo dicho, el equilibrio narrativo es una obviedad. Así, que sin más preámbulos, el espectáculo está servido. La nueva ficción televisiva, no tiene fronteras en un mundo globalizado donde el llanto, la risa, la vida y la muerte van cogidas de la mano desde Los Angeles, pasando por Londres, un café en Napolés y aterrizando en Mumbai. Nota: 8,3

 

 

De Dag (2018) El gofre poliédrico belga

 

Siguiendo con el nuevo itinerario de nuestra publicación; en busca de nuevas ficciones audiovisuales por todos los rincones del planeta. Hemos topado con una genialidad Made in Belgium. Ya sabemos de sobra que los belgas se caracterizan por su riquísimos Gofres y excelentes bombones. Lo curioso de la nueva hornada de realizadores —de este divido país— es que la gran mayoría de las producciones se llevan a cabo en territorio flamenco. También, hemos visto cosas muy interesantes, en la parte Valona, caso del thriller: “La Trêve” (2015) en Sundance TV y Movistar. Pero lo de estos tipos está calando muy hondo. En EE.UU, no paran de halagar el nuevo producto de los creadores de De Dag “The day 1” (2018). Cuando los productores de la serie; Jonas Geirnaert y Julie Mahieu y el productor ejecutivo de Telenet John Porter: afirmaron que “De dag”(2018) es la mejor ficción criminal de este año. No se estaban marcando un lobo.

 

 

Una vez visionados los primeros 6 episodios; sigo todavía en un estado de shock. Evidentemente, si vieron otras dos joyas de estos creadores como fueron “Beau Séjour” (2016), producida por Netflix —mediante el convenio de coproducciones con los países, donde exhibe su material— y “Tabula Rasa” (2017), distribuida por el gigante del streaming de Scotts Valley. El thriller belga está rompiendo muchos esquemas desde que David Fincher abrumara al mundo con su film de culto; Seven (1995). Qué es lo que hace de De Dag (2018) un producto pluscuamperfecto: su frescura, la ejecución en la dirección, con planos realmente originales y que dentro del lenguaje narrativo nos hacen cómplice de toda la historia, que gira, tuerce, vuelve al inicio, le da tiempo a fumarse un pitillo y tocar una subtrama que aparentemente es prescindible. Ahí reside la inteligencia de este producto, en hacer de lo insubstancial, algo erudito.

 

 

A partir de un atraco a una sucursal bancaria de un pueblo flamenco residencial. Comienza un tira y afloja entre los atracadores y las unidades de policía que se acostan en los alrededores. Comienza una historia, entre los aromas de Lumet y la histeria del gran carnaval de Wilder. Una situación asfixiante y a la vez inquietante, donde los puntos de inflexión y observación son imprescindibles. A medida que transcurren los episodios la piezas del puzzle comienzan a tener sentido. No por ello, habrá, golpes y nuevos giros de guion que dejarán al espectador fuera de cobertura. A destacar, el elenco de actores, muchos de ellos, casi familares de los espectadores de las series salteadas de Beluga. Caso de Bob Snijers, Jeroen Perceval, Lynn Van Royen, Lukas de Wolf, Sofie Decleir, o Willy Thomas. Lo dicho, si parpadean o se van al WC, están perdidos. Pongan la tecla en pausa y vuelvan a darle al play. Nota: 8,2

 

The Terror (2018)“Miedo y horror en el Ártico”

En estos días, muy cercanos a cualquier cambio de década o finalización del siglo de turno; la ficción audiovisual tiende a cambios —de estilos y géneros— con la trillada muletilla del “ya tocaba”. Evidentemente, esto se ha visto con el péplum romano de Gladiator de (Scott) en 2000 y unas décadas antes, con Cleopatra 1963 de (Mankwiecz) y la supervivencia en la naturaleza de The Revenant (Iñárritu) en 2015 y la maravillosa Jeremiah Johnson de (Pollack) en 1972. A dos años de la finalización de la segunda década de este enigmático y supratecnológico siglo XXI; aparecen nuevos proyectos de gran calibre artístico, como The Terror (2018) —un  drama de suspense, con aroma a gesta, donde el ser humano da lo mejor y lo peor de sí—  que solían reservarse para ser films de prestigio con aspiraciones a Oscar. Nos acordaríamos de la interesantísima Master and Commander: The Far Side of the World  de Peter Weir, en 2003. Independientemente, de la temática y estética del film, la armonía de ambas historias es asombrosa. Sin embargo, vivimos en este tiempo donde la red social, lo adelanta todo, y las grandes productoras del cable, están al acecho de esos productos que fluyen pedigrí. The Terror (2018) tiene todos esos ingredientes de una gran superproducción cinematográfica, pero en una pequeña pantalla, que demanda un espectador de paladar exquisito. Ese público tan sui generis de chaise longe y pantalla gigante ultraplana 4K, será el dueño del tiempo y duración del proyecto —que dependiendo del visto bueno de la clientela— podrá marcar ciclo y tendencia. Formalismos y exigencias a un lado, los cinéfilos de todos los pelajes estamos de enhorabuena con AMC TV. Desde Mad Men, el redundante canal de los zombis, no era capaz de crear una ficción tan apasionante y adictiva. Además, vaya por delante, mi enhorabuena y agradecimiento a Sir Ridley Scott, y su gran amor por la literatura.

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Una vez más, se ha hecho con los derechos de distribución de la obra de Dan Simmons. Bien, ahí, es donde entra su productora que fundó con el desgraciadamente fallecido Tony. El sello Scott Free. Poniendo todo un equipo de enormes profesionales, a trabajar en esta serie, dando un gran “do de pecho”, con una impecable dirección artística. Desde el fastuoso vestuario, a la recreación de una isla y un océano helado, que es el invernal Ártico, dentro de un estudio de rodaje húngaro. Hermoso y demoledor paisaje cubierto de hielo, entre afloramientos rocosos y aguas gélidas. Una tundra helada marcada, sólo por túmulos funerarios. Un gran todo infinito; que parece extenderse para siempre. Podría ser un alienígena planeta yermo (lugares cercanos al cineasta, a lo largo de su dilatada carrera) o el terreno blanqueado de un western épico. Sin embargo, estamos ante uno de esos viajes que van más allá de la grandioso y homérico. La novela de Dan Simmons The Terror está cimentada sobre la base de una historia real. Donde, en un gran ejercicio de construcción de guion, se conjuga una mezcla de géneros, que van, desde la aventura histórica, hasta las sagas de supervivencia humana en un lugar inhóspito. Finalizando, la biblia de trabajo, en un perfecto thriller psicológico: donde el terror pivota en la mente humana y las criaturas monstruosas del lugar. En este caso, es sólo una, pero que da mucho miedo. La novela, un buen tocho de más de 900 páginas, apunta detalladamente la expedición —que se llevó a cabo en 1845— por dos punteros veleros, orgullo de la Armada Real británica: el Erebus y el Terror. Dos naves que iniciaron un viaje en busca de una nueva ruta de mar. A través, del amargo pasadizo del Noroeste Ártico: una siniestra travesía cercada por el gélido hielo invernal del paisaje polar. Aquel canal nunca lo encontraron los 128 hombres que se embarcaron en susodicha andanza.

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Ambos barcos desaparecieron de la faz de los icebergs árticos. Durante el visionado, uno, sentado en el sillón de casa, puede sentir el glacial viento, y el paralizante frío, acariciando tu cara, en cada escena. Como dice un personaje: “A la naturaleza no le importan nuestros planes”. Algunos de los mejores momentos de The Terror se basan en la idea de que no es nada sobrenatural o desconocido lo que matará a estas personas, sino el orgullo humano y estúpido de los implicados. Eso los convenció de que podían hacer algo, que nunca debería haberse intentado. Hay planos muy hermosos, a vista de pájaro o dron, de pequeñas embarcaciones contra los lienzos de un fondo masivo de hielo y nieve que paralizan los sentidos. Una sensación de escalofrío que te recorre la espina dorsal. Y en cuestión de minutos, comienza una brutal carnicería. Algo que tiene mucho sentido cuando podemos considerar la drásticamente escarpada adaptación literaria. Dentro de un tono dramático robusto y ejecutada por el comandante de la expedición. A partir de un excelente reparto, de intérpretes por rangos, tendríamos a Sir John Franklin (Ciaran Hinds en Rome y Game of Thrones HBO) como comandante jefe de toda la expedición desde la nave Erebus. Luego, los capitanes más inmediatos, caso del segundo, Francis Crozier (Jared Harris, Mad Men y The Crown), capitanea el Terror. Un tipo sui generis. El tercero de la cadena es James Fitzjames (Tobias Menzies Rome y The Honourable Woman), un presumido fanfarrón que le hace la rosca a Franklin con halagos obsequiosos o jactándose de su propia heroicidad del pasado, en galantes relatos —ex profeso— para el efecto como maestro de ceremonias. El capitán Crozier tiene poca paciencia con el autobombo petulante de Fitzjames. Una animadversión mutua que va en crescendo. “No hay nada peor que un hombre que ha perdido su alegría”, comenta Fitzjames de él a Franklin, en una de sus constantes observaciones.

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Curiosamente, el paso de los acontecimientos, a medida que la serie avance, nos brindará un prisma cognitivo, de ambos, muy diferente. Obviamente, la desgracia humana comparte la empatía de una calamidad irremediable. Empero, en la página de guion y capitulo que nos encontramos; tenemos un frustración axiomática de Crozier, por su condición de irlandés —que le marcará— su improbable escalada hacia los primeros galones de la armada británica. Sin embargo, el concurso de su presencia también entra en juego. El conocimiento de otras expediciones por la misma zona le hace ganar enteros, para finalizar una carrera militar, con su justa gloria. Todo lo contrario que el autocomplaciente Franklin, al margen de las circunstancias reales y obviando las advertencias de Francis Crozier y su reiteradas advertencias, en torno, al fatal desenlace de la expedición. Crozier, tiene un respeto por Franklin —cuasi familiar, Crozier casi termina siendo yerno de Franklin— pero como profesional de la marina, es un indolente, de los que siempre piensa que Dios tiene un paraguas y un milagro, en el bolsillo de su túnica, ante cualquier revés. Y en esta ocasión, el desastre es inminente. Se palpa constantemente en el ambiente. La caras del pasaje y resto del tropel; la cámara los dice todo. Después de un buen tiempo, de pantalla notable, se aventuran a buscar algún pasaje, por donde, salir del atolladero. La serie mantiene esos momentos de penetración emocional en la acción temprana. The Terror es un estudio fascinante, entre choques convulsos de la conducta humana. Caso del compañero de la tripulación de marinería, que enferma violentamente. Mientras estaba en el comedor con el resto de compañeros, de inmediato, comienza a convulsionar y a toser sangre. Algo que irremediablemente le conducirá a una muerte inmediata. Este percance nos dirá mucho, sobre el mal de todos estos hombres de grandes hazañas y es la enfermedad del escorbuto.

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Ahí cuando, entra en escena, uno de los oficiales alejado de los labios rígidos y la cara larga: el Dr. Harry Goodsir (Paul Ready), un joven, cercano, entusiasta y culto patólogo, posiblemente la mejor persona, de todo el pasaje. Muestra una profunda compasión al consolar al joven que acaba de enfermar y ha entrado en una fase terminal. Goodsir sigue absorto por la convicción de la mirada del moribundo marinero, haciéndole creer que había otra presencia en la habitación, cuasi divina. La cercanía de Dios. Esa poderosa escena junto con otros interludios tensos —como el de un hombre que cae por la borda y una atrevida incursión de un buzo en las profundidades para remover el hielo acumulado de una hélice dañada— aumenta las apuestas de vida o muerte entre el pasaje, bien temprano. Planos largos silenciosos y oblicuos por la desviación del hielo en la nave. Algunos episodios, sin aspavientos de efectos especiales. De repente, suena un encontronazo que nos deja en alerta. Amén, de todo un concierto de ruidos desconocidos y sonidos guturales de algún animal indocumentado. Una genialidad propia de la magnífica BSO de David Michael Frank; mostrando la angustia y corroborando la soledad del paisaje. Otro aspecto interesantísimo son las largas escenas de diálogo (dándole un toque muy teatral al producto) y un claro carácter salpicado por violencia extrema —que hábilmente representa una misión que fue inacabable durante la mayor parte del día— hasta los momentos, en que el encuentro con la fatalidad era cuestión de horas. La dirección del germano Edward Berger (Deutschland 83 y Jack), quien filmó las dos horas de apertura, se beneficia enormemente de la incorporación de actores de primer nivel para conseguir una texturas dramáticas espléndidas. A partir de la vida interior de ese grupo de hombres uniformados algo constreñidos por la política Imperial de la reina Victoria del Reino Unido. “Dios, Rey y País”. Eso aplicado a la tropa de marinería y los rangos inferiores, significaba castigos por desobediencia o insurrección.

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Ahí, es donde, el personaje más intrigante hasta el momento, es el marinero irlandés Cornelius Hickey (Adam Nagaitis). De repente, es pillado, in fraganti, mientras practica sexo furtivo con un compañero de tripulación, debajo de la cubierta.  El teniente John Irving (Ronan Raftery) lo interrumpe, algo confundido y sorprendido. Empero el personaje Hickey sabe que un buscavidas irlandés, como él, que lleva muchos años en Inglaterra, rulando entre el lumpen más conocido de la villa. Lo sabe todo. Un tipo que ve en el malvivir y el caos auténtica diversión. Hickey sabe demasiado —pues su oreja está en todos los recovecos de la nave— seguro de sus interlocutores, y por donde flaquean. Lo suficiente, para saber que el teniente Irving, es el prototipo de hombre religioso timorato y pacato, el cual, se convencerá a sí mismo, de que no vio nada. La nacionalidad de Hickey también proporciona una leve conexión con Crozier que parece que funcionará en su beneficio. Aparentemente. Mientras el capitán Franklin esboza las típicas grandilocuentes palabras de ánimo sobre la grandeza y la aventura, en un claro intento de espolear a la tripulación, pues, el ánimo va en caída libre. Al igual que su discurso vacío y artificioso. Ciaran Hinds, sigue teniendo aquel aura de César de la majestuosa Roma de 2005. Habiendo permanecido embarrancado hasta la primavera, como lo advirtió el inquieto Crozier, Franklin envía dos grupos de exploración con trineos hacia el este y el oeste para indagar el estado de hipotéticas aguas navegables. Ninguno de los dos grupos regresa con noticias prometedoras, y un teniente se pierde en el caótico desenlace de una violenta tormenta de hielo —generada— por lo que los otros hombres creen que fue un oso gigante. La imagen visual de la criatura sugiere lo contrario. El desarrollo de esta situación, clave en el argumento, promete aumentar de peso a medida que avanza la serie. No obstante, es el disparo accidental durante la confusión del rescate —deja una bala perdida— que impacta, en un anciano nativo inuit. Arriban al barco, pues, el anciano está muy mal.

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Su hija, la esquimal, interpretada por la actriz y compositora groenlandesa (Nive Nielsen) está muy disgustada. Ésta, advierte, con gran disgusto, a uno de los oficiales de la nave que había vivido entre ellos el Sr. Thomas Blanky (Ian Hart, The Boardwalk Empire, Beuatiful Girls, The Last Kingdom). Fantástico actor. Para finalizar con la siguiente frase: “Dile a los que vengan después que no se queden aquí. Los barcos se han ido. Nos hemos ido”. Y hace mención a una extraña criatura llamada Tuunbaq. El cirujano patólogo Goodsir hace lo imposible junto al flemático y circunspecto Dr. Stanley/Allistair Petri (The Night Manager, Sherlock y Whitechapel) del Erebus que demuestra desgana e indiferencia. Pero todo es en vano, delante de su hija. El moribundo esquimal exhala su último hálito. Goodsir no puede ver la visión de un chamán inuit que aparece durante los agonizantes momentos finales del paciente. La destrozada joven inuit —que parece saber mucho sobre el monstruo— desconfía instintivamente de los extranjeros. Estos son los intrusos que traen el infortunio. A pesar de la gentileza esgrimida por el capitán Crozier y el Sr. Blanky que tienen un relativo dominio de la lengua Inuit. De repente, el comandante Franklin, apostilla: Estas personas no son de nuestra competencia. A pesar de las desesperadas y frustrantes maniobras por intentar salvar al viejo esquimal. Es como si los showrunners David Kajganich (Invasión y True Story) junto a Soo Hugh (The Killing y Passengers) nos hubiesen sumergido en las frías aguas de allende Bering. Son muy buenos y han hecho un grandísimo trabajo en todos los aspectos. Empezando por desarrollar un marcando tempo —impecablemente bien dosificado— con la narración. Asegurándose de que el metrónomo da una mayor cronometro a los personajes, aunque dando en su justa y meticulosa medida al entorno. La inmensa atmosfera y todos los recursos que la contienen; un denso paisaje sonoro, hielo cambiante y los rayos de madera de los barcos.

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El lloriqueo ominoso del perro de la nave, las lecturas de la brújula siniestra debido al campo magnético ártico, el resplandor del otro mundo de las luces del norte y la naturaleza gráficamente sangrienta de la autopsia de la sierra sobre el marinero muerto contribuyen aún más al escalofriante factor. The Terror juega más con la tensión que con la acción, a pesar de las tremendas sorpresas que nos deparará la serie a medida que pasen los capítulos. Además de la extraordinaria labor interpretativa de Harris, no podemos olvidarnos del dueto Hinds y Menzies —de nuevo juntos— pasados casi 14 años, de la obra maestra Roma de HBO. César y Bruto, ahora en la armada real británica. Los elementos físicos de la producción también son de primera categoría, desde los interiores de los buques ricamente detallados a las miniaturas y los efectos digitales de amplios planos aéreos. Veremos a un Jared Harris, convertido en uno de esos intérpretes a los que podemos llamar “siempre buenos”. Y la mirada única de un Ciaran Hinds —que lo borda— apto para un capitán de barco posiblemente hambriento de poder. Y no pasando por alto la presencia femenina muy definidos. Dejando a un lado a la bautizada Lady silencio (la Inuit esquimal). El espectáculo recoge mediante varios flashbacks en Londres, a la esposa de Franklin, Lady Jane Franklin (Greta Scacchi) y la sobrina, Sophia Cracroft (Caroline Boulton) que han instado reiteradamente a rechazar las propuestas de matrimonio de Crozier. Hasta hay un maravilloso cameo literario del ínclito Dickens con estas distinguidas damas. No obstante, hay una confianza impresionante en la narración que atrapará a los espectadores con un gusto por el suspense sofisticado. Este espectáculo ataca el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual.

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Esta es una serie que te llena de temor implacable. Como sugiere el título de la serie; a The Terror le interesa el miedo mismo, cómo nos transforma, cómo nos vuelve crueles y salvajes. El Terror, se convierte en horror. La investigación de ese miedo desde diferentes prismas, es todo un ejercicio de imaginería y pedagogía de guion. Cuando se hace aparece la conjura de un pánico penetrante, tan familiar como inconcebible; un retrato del hombre y la naturaleza, en su forma más cruel y fría. Al igual que The Thing (1982) de Carpenter, “The Terror” se vuelve más interesante como un estudio de lo que el miedo, es capaz de hacer a las personas, especialmente a los hombres, más que una historia de monstruos. Al margen, que estemos delante de un extraordinario un show de época de género. Es obvio, que también se trata de elementos adversos, inherentes al paso del tiempo, de la condición humana. Esos que nunca desaparecen, incluido el clásico orgullo estúpido —en este caso, ese tan británico— que mata a los hombres. A veces, propio deseo de conquistar a la madre naturaleza y el impulso competitivo entre colegas, terminan por confundir a los hombres de su verdadera realidad: el auténtico peligro que tiene a su alrededor. Casi tan letal, como su propia sombra. La sensación claustrofóbica de atrapamiento se refuerza cada vez que la cámara del cinematógrafo Florian Hoffmeister se lanza hacia atrás para revelar a los dos barcos como juguetes, encajados en mármol agrietado que parece destinado a envolverlos. La ausencia perenne de signos de un deshielo en ninguna dirección y suministros de alimentos menguados o podridos, las cosas claramente se volverán mucho más desesperadas ya que el hambre, la enfermedad y el posible motín se combinan con la amenaza externa para romper la compostura deshilachada de los hombres.

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El meticuloso grabado de los personajes y su complicada dinámica, la diseminación del terror, la vivida sensación de aislamiento prolongado, todos proporcionan las bases para lo que promete ser una creciente pesadilla de enfermedades, inanición y carnicería monstruosa. En el fondo, The Terror se toma su tiempo, conoce la oscura tristeza hacia la que se dirige y no tiene prisa por llegar allí. Las dos naves son dos enormes mansiones versión Downton Abbey en los mares altos, aunque congelados. Los miembros de la tripulación de bajo nivel que quedan fuera de las sesiones de estrategia de alto nivel incluso conexiones, propias. El resultado es una dinámica claustrofóbica en el piso de arriba y en el piso de abajo, una especie agonía existencial atacada por el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual. Esta es una serie que te llena de pavor implacable. Si visionáramos todos estos títulos, Atanarjuat: The Fast Runner (2001) Roald Amundsens Sydpolsferd (1912) Shackleton (2002) The Last Place on Earth (1985) Scott of the Antarctic 1948 y Ravenous (1999). Posiblemente, estarían de acuerdo con servidor, en que el horror, no hace diferenciaciones entre hombres y bestias. Cuando la necesidad es supervivencia. La delgada línea roja de lo éticamente salvaje, de lo moralmente cruel. Es la vida misma en un acto desesperado por sobrevivir en esa fatalidad que es el lecho de Fausto. El horror del apocalipsis Ártico es una evidencia. Como dijo el maestro Poe: “El demonio del mal es uno de los instintos primeros del corazón humano”. Nota: 8,9

 

The Handmaid’s tale (2017) Terror y Caos

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A tres años del final de la segunda década de este siglo; los nuevos productos televisivos están brillando por la ausencia de calidad, en este 2017, y reitero, nuevos. No es el caso de las entregas —que van llegando— de otras series estrenadas años anteriores. Bien, así como el que no quiere verlo: la pantalla reluce píxeles y demás jarcia digital con la gran sorpresa del año; The Handmaiden´s Tale (2017). A partir de la novela Margaret Atwood publicada en 1985, la productora de televisión Hulu, estrena una serie de grandísima calidad. Y, ahora, quisiera hablar de Hulu —un joven canal de cable norteamericano— propiedad del grupo NBC creado en 2007, y la atiborrante frivolidad, con la que determinados escritores, críticos y blogueros de turno; endosan el producto y gloria de esta adaptación a la todapoderosa HBO. Dejemos una cosa bien clarita. HBO, funciona como un imperio audiovisual y todos aquellos que estamos formados en producción audivisual sabemos —de sobra— cuales son las funciones de negocio de una productora: en propiedad, coproducción o distribución. Bien, en el caso del Cuento de la criada en nuestro país (con eso de que ha llegado, el internet milenial de tropecientos mil gigas). HBO España tiene comprados los derechos de emisión para sus abonados. Del mismo modo, que la plataforma Movistar series presenta en su programación Ray Donovan (2013) de Showtiwe. Ejemplo que me viene a bote pronto. Y, de igual modo, caso de otras series que propiedad de otras cadenas de cable, pues, son proyectadas por Netflix. Aclarado el inciso y la ablución, de los conceptos, así como de la autoría. Hulu, a día de hoy, está convirtiéndose, en ese canal que va haciendo cosas diferentes y con estilo. Caso de Shut Eye (2016) y The Path (2016).  Sin mucho ruido, pero anhelado por las vacas sagradas del cable. Uno de los mejores productos que he visto este año, también obra del Ceo, Mike Hopkins es su drama —de época Georgiana— sobre la prostitución: Harlots (2017). Una de esas series que a final de año estarán en nuestro top 10. Bien volviendo a lo sustantivo. A mediados de los 80, el dramaturgo Harold Pinter escribió el guion de la obra de Atwood. Era una historia que no terminaba de seducir a las grandes actrices de cartel y caché de aquella década. Por ende, los grandes estudios también dieron la espalda al proyecto de aquella otrora y kármica América de Reagan. Al final el cineasta germano, Volker Schlöndorff, en 1989, y su productora se implicaron, en la fascinante historia de Atwood, con una producción pequeña y el aporte de dos viejas estrellas de Hollywood, Robert Duval y Fayne Dunnaway. Handmaiden´s Tale (1990) tenía como protagonista a la actriz británica Natacha Richardson (desgraciadamente, fallecida) y el papel de Moira lo interpretaba Elisabeth McGovern.

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A pesar del buen guion, y la BSO de R.Sakamoto junto a la labor de los implicados; el film fue un fracaso absoluto. VS mutiló el excelente recurso de la voz en off del montaje final. El guionista Pinter y N. Richardson se lo reprocharon. Ya que el resultado fue un film muy plano, a pesar de contar con una material extraordinario. Película con aroma a telefilm que se le puede echar un ojo por los rediles de la webesfera. Posiblemente, el éxito de Hulu, sea el de haber encontrado a una actriz que no es una gran estrella del Hollywood Blockbuster. Pero, Elisabeth Moos es Peggy Olson. Aquella emotiva y creativa secretaria de Don Draper en Mad Men (2007). ¿La recuerdan? Claro que sí. Nuevamente, la australiana, nos brinda un recital interpretativo rodeada de actores de reparto de series, muy interesantes, caso de la magnífica Yvonne Strahovski (Dexter 2006) —compatriota de Moos— en el papel de Serena Joy Waterfrond. Alexis Bledel (Gilmore Girls 2000), como Ofglen y Samira Wiley como Moira (Orange Is the New Black 2013) —exceptuando— su dueño, un Joseph Finnes, que vuelve a ser aquel actor que enamoró al publico en “Shakespeare in Love (1998)”. Como el comandante Fred Waterford, y el servil, Nick (Max Minghella, Ágora 2009 y los Idus de Marzo 2011) chófer de la residencia. Personaje que juega entre ambages de la delación y la autosatisfacción sexual. Y evidentemente, el gran arrojo de los guionistas Bruce Miller (ER, Los 100) e Ilene Chaiken (Empire y El príncipe de Bel-Air) a la hora de adapatar una obra. Este libro, todo un clásico, del siglo XX tiene un toque de vanidad muy provocativa y realista. Y como hemos comentado, Hollywood, a lo largo de casi 33 años, hizo mutis por el foro, con un material de semejante calibre. Narrada en un doble tempo. Donde, en el actual presente, es la nueva comcubina —valga el efemismo— por no decir, una auéntica esclava sexual del comandante de turno. Unos comandantes, representados, a modo de ministros civiles que, guardan una estética más castrense, dependiendo del acto social donde se desenvuelvan. Algo así como unos Masas de plantación sureña — de principios del S.XIX — con estética steampunk/híspter al servicio del régimen teocrático. Y en el tempo de la felicidad. Moos es la editorialista June, que vive con su esposo Luke y su hija, conviviendo en una ciudad moderna del estado de Massachusetts que, poco a poco, va avanzando hacia un agujero sin retorno. El gobierno como lo conocemos a día del hoy en Washington ha sido derrocado por el nuevo gobierno de la dictadura teocrática de la República de Gilead. El aire está pleno de inumerables substancias químicas y la radiación que; “Dios fustigó la plaga, la plaga de la infertilidad”. Es ahí, donde unas pocas mujeres —las llamadas criadas— pueden dar a luz a niños. Hay una constate progresiva de la nueva dictadura a rehusar derechos. Los nuevos líderes culpan a cualquier opositor de terroristas y suspenden la Constitución. Las mujeres son las principales afectadas por este régimen fascista. No pueden tener cuentas bancarias, tarjetas de crédito o dinero. Se les prohíbe trabajar y estudiar. Cualquier propiedad a su nombre es embargada, en nombre de la república dictatorial. Entonces pierden sus derechos sobre sus propios cuerpos. El acto de sexo es regulado por el estado.

 

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La ciudad que se llamaba Boston, al igual que el resto del país, y otros países, se ha contaminado aplicándose una severísima interpretación de la Biblia. De ahí el modelo de procreación y control de las vidas de todas las mujeres. Aquellas que su capacidad reproductiva les permite ser madres pasan a convertirse en “criadas”: mujeres adjudicadas al dominus de turno, o ministro del régimen que tiene problemas de esterilidad. Una vez al mes, dentro de una escenografía de lo más aséptica se lleva a cabo el coito entre el dueño y la sirvienta. Las criadas son violadas —con la ayuda de las esposas de estos— que participan de denominanada “ceremonia” con aroma al antiguo testamento, y una única pretensión, que se queden embarazadas. Lo más detestable, puede que sea, la determinación con aquellas mujeres que no son fértiles, ya que irán recluidas a la zona de contaminación radiactiva: las colonias. No hallamos ante el anagrama visual de un útero que se manosea, al antojo de unos gerifaltes, y así vemos la corruptela de estos tipos, con sus secretos no confesados, dentro de un sistema, donde subyace un submundo de perversión sexual, en garitos, a modo de afterhours. Donde se codean, con muchas de las confinadas-prisioneras. Esclavizadas, a su antojo, como stripers destrangis. Prostitutas del capitalismo de toda la vida. Obligadas a beber, consumir drogas y tener sexo duro. Metáfora de la explotación sexual que nos traslada a ese viejo mapa de la ficción de lujo. Desde el contenedor de Baltimore en The Wire (2002) a las Matrioshki (2005) de Amberes  en Bélgica. Nuestra protagonista y colegas se han convertido en una especie de zombies —con un vestuario estricto— estéticamente impactante, y conocido, de los primeros pobladores de la America del S.XVII. Hasta el ambiente de excitación que se genera en las esposas de estos esclavistas es puro frenesí mental. Y ahí aparece la figura de la tía, unas individuas (a modo de mediadoras y adoctrinadoras) que denotan sadismo y acoso mental en los campamentos de adaptación a la preselección de las familias receptoras del nuevo útero andante. El papel de Ann Dowd (The Leftovers, Quarry o True Detective) es impagable, como la tía Lydia Hasta el mismísimo Javier Bardem saldría acojonado al verla con su palo eléctrico para atizar al ganado. Ellas se encargar de la supervisión y coordinación, con las esposas de los comandantes, sobre las actividades de las criadas, y esencialmente, el estricto control de calendario de los días fértiles. Hasta la ropa interior que se le entrega a la cocinera de la mansión (una especie de casa señorial Art-Deco versus campo de concentración en Polonia). Más tarde o más temprano, llegará el niño que entregarán el mismo día de la concepción a las nuevas madres de atrezo. El cuento de la criada de Margaret Atwood es una novela, donde se observa una identificación, plena con una generación nacida en el comienzo de la II GM —consciente del contexto— de como las órdenes establecidas podrían desaparecer durante la noche. Una noche de cristales rotos… Atwood vivió una parte de su vida en Berlín y nunca ha escondido sus admiración por la obra de Orwell. Cito una frase de la entrevista que concedió la escritora al New York Times en el mes de marzo: “Justo después de la caída del telón de acero la gente no paraba de cantar y continuar con aquel traralalá (…) Que esto es el final. Pero es que en aquel tiempo la distopia era menos sorprendente, porque se consideraba menos posible. Cuando cualquier cosa podía suceder en cualquier lugar, dadas las circunstancias. Ahora mismo podría caer un rayo”.Quién iba a decir que 32 años después, EEUU, estaría bajo la batuta de un tipo con tan penoso aplomo democrático. Y su novela convertida en un nuevo betseller de culto.

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Tampoco hay que pasar por alto —lo que muy bien han reflejado los guionistas— como son esos guiños al despreciable y teocrático Irán, los talibanes de Afganistán, el DAESH, Siria, Venezuela o Corea del Norte. 32 años, con mayores avances y efímera estabilidad —perecedera— pera todavía latente. THT nos advierte sobre un futuro que ya es posible, además nos muestra la inanadidad y futilidad de quienes velan por el estado de libertades. Nos llegamos a preguntar como se podrán acometer determinadas medidas preventivas para evitar el caos. The handmaid´s Tale es aún más inquietante que la mayor parte de ficción postapocalíptica, ya que Atwood —implicada en el proyecto como supervisora del guion— usa la historia como guía narrativa. Y la verdad, que no queda nada artificioso. Mucho de lo que ocurre en el show —el surgimiento de un estado totalitario, la subyugación de la mujer utilizando la religión como una herramienta en una fascista teocracia— ha ocurrido en otros lugares del mundo. Evidentemente, toda distopía se presenta como un cuento aleccionador. Pero dada la complejidad del orden mundial en nuestro tiempo.  En esta producción se observa con nitidez —un marcado halo de nostalgia muy fuerte— del engaño y el fanatismo religioso.  Una sensación de opresión en el tórax— que desata la paranoia, entre el espectador viendo como esa locura, sin sentido, crece cada minuto que pasa. Un poder ciego y delirante de lo más poderosos —decididos— a destruir todo derecho social y meritorio de las mujeres. THT (El cuento de la criada) se observa como algo verídico, enrevesado y a la vez, esencial. Atwood homenajea al novelista británico George Orwell en el uso ornamentado del lenguaje ambiguo. En The Handmaid’s Tale, los homosexuales y transexuales se les denomina “el género traidor”(algo que viene como anillo del dedo, después de ver el documental de O. Stone, sobre Putin) delito castigado con la muerte. El muro de la vergüenza, el ahorcamiento publico, colgado de una grua Caterpillar. Y a pesar de estas lecturas, más internas, fílmicamente, la narración de Hulu es un triunfo del lenguaje audivisual, como dijo Hitchcock, el arte de la televisión. Aquí, no hay platillos voladores o monstruos mágicos que los guardan como presa de culto. La realidad se hace aún más alarmante en el desecho de este Frankenstein de valores fundamentalistas religiosos. La fundación de la república, después de todo, proviene del Puritanismo que burbujea debajo de la América actual. La salvación pasa por contactar con los pocos renegados que viven en la indigencia, a modo de resistencia, y poder llegar a la frontera con el Canadá: la salvación.

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Lo que resulta sorprendentemente mágico en la serie; es el formidable contraste entre la desolación del material y la opulencia del tratamiento. Hay una abundancia visual que gratamente termina por encantar. Un ejercicio de manierismo de este frágil nuevo mundo terriblemente oprimido. La directora Reed Morano (Vinyl 2016), que filma los tres episodios iniciales, tiene un extenso currículum como operadora de cámara y su habilidad, la pone de manifiesto con unos nutridos picados y primeros planos dignos del mejor de Palma y del mejor Spielberg. Los puzzles corales de las cofias de estas siervas que están obligadas a llevar. Es imposible, no pensar en las mujeres Amish en Witness (1985) de Peter Weir y aquella Kelly McGillis. Hay mucho de la pintura, que nos remiten a la escuela flamenca, en las composiciones de los planos a contraluz y el paisaje contaminado de la nueva América. Y ahí esta la grandeza de la australiana, con un leve momento de ojo, sus labios, su sonrisa o sus lágrimas del vestidos mientras talla con la pequeña cuchilla, alguna frase, el nombre de su esposa o su hija. Por momentos nos hallamos ante planos, donde aquellas criadas de casas pudientes eran retratadas por Vermeer, de Hooch, Metsu y Ter Borch. Como se contiene las náuseas en las surrealistas partidas de Scrabble en el grandioso y poblado despacho, donde literatura llega al latín de Virgilio. Una historia universal, el drama de la supervivencia del ser humano. Desde lo más abyecto a lo más admirable que habita en esos verdaderos valores de vida norteamericana y la historia más reciente. Su significado universal, en una clamorosa, memorable y absolutamente auténtica interpretación de la dignidad de una mujer. THT tiene una gran lectura filosófica y a la vez tiene la habilidad narrativa de la vieja escuela Hollywoodense. Ahí, es donde obtiene el beneplácito de toda la crítica y el público de los diferentes ámbitos de la sociedad. En ese imput denominado; el elemento Spielberiagno. Algo tan sencillo y comúnmente humano, como la búsqueda de la familia, el sentido del humor y el toque de un thriller. Una heroína atrapada en la sinrazón —que se reinventa— entre escapadas de pensamientos y emociones contenidas. Defred sabe que es una mujer culta, independiente, valiente y por encima de todo, madre.Y una madre lo da todo por los suyos. Incluso, la vida y la muerte, a cambio de nada en el desfiladero del terror y el caos.  Nota: 8,7

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Blog de Fernando Usón Forniés sobre análisis cinematográfico.

IN THE NAME OF CINEMA

El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine.

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