Max Headroom (1987) “El presentador Cyberpunk de la TV”

El vídeo mató la estrella de la radio. ¿Lo recuerdan? Al menos, eso pretendieron el grupo The Buggles. Luego está lo que cada uno se creyó. Demasiado. En 1984 la MTV se había convertido en un karma vital de la industria discográfica. El videoclip era un elemento tan importante como la propia canción para vender un disco. Consciente de ello, el “asesor creativo” de la compañía Chrysalis en aquellos tiempos, Peter Wagg, tuvo una idea revolucionaria cuando se le acercaron desde la recién nacida cadena británica Channel Four para contemplar la creación de un nuevo programa de videoclips: crear un presentador virtual. Wagg llevó la idea a George Stone, un guionista y publicista especializado en trabajar en el mundillo de la música, y ambos crearon el concepto junto con su pareja: Annabel Jankel. Morton y Jankel estuvieron —en el  desarrollo de videoclips— usando animación para Elvis Costello, Talking Heads o Tom Tom Club. Empero, el inquieto R. Morton fue el encargado poner en marcha la idea más surrealista posible para la Generación MTV (un señor de mediana edad con traje presentando videoclips con aburrida cháchara, no sé demasiado tedioso), y de repente, damos un giro de 360 grados, convirtiendo al personaje en algo innovador y atractivo, insolente, mordaz y muy divertido. Además de ser generado por ordenador (o más o menos, ya que había una gran cultura de Sci-fi) aunque la tecnología Android sonaba al Netflix del siglo XXI. La cuestión es que se creó a un tipo con el que yo y muchos bichos raros flipábamos lo nuestro. A partir de ahí a Stone le fueron llegando ideas: gran parte de la mitología que serían utilizadas después en la película y en la serie posterior. Pero creando discrepancias con Wagg, al que le quedaban grandes los conceptos provenientes de la ciencia ficción y más específicamente la literatura cyberpunk —y que le bastaba con tener a la criatura sin todo ese background a la zaga— hacía un mundo futurista donde la audiencia televisiva es lo más importante y todo está informatizado. A Matt Frewer se le colocó una máscara que diera cierta sensación de “virtualidad”, si bien no fue generado nunca por ordenador como se llegó a creer. Los prostéticos y la física interpretación de Frewer iban acompañados de los fondos, las rayas que se repetían una y otra vez, sí que lo eran. De igual forma se generaban cortes múltiples para parecer que los diálogos estaban pasados por el túrmix de un DJ especializado en scratching. Funcionó, nadie se dio cuenta y a día de hoy aún hay quién sigue creyendo que Max Headroom era un dibujo tridimensional muy trabajado, cuando si uno se fija bien nota perfectamente que hay un señor con una máscara delante suyo. El look videoclipero es indiscutible, con una iluminación que haría enorgullecerse a Russell Mulcahy y con una banda sonora tecno-pop compuesta por dos de los miembros de uno de los grupos de mayor éxito mundial en aquel entonces, Midge Ure y Chris Cross de Ultravox. Ciertas tendencias de la época se mantenían (como por ejemplo, que el prota de la función fuera un temerario buscador de la verdad “cayera quién cayera” ¿les suena, eso? Proto-héroe en boga de los 70 y que se mantendría buena parte de los 80, desde Carl Kolchak hasta Mike Donovan) pero además sabía leer el zeitgeist de su era. Algo así como, en un curioso pastiche entre un futuro cercano, que parece que con el tiempo se convertirá en el de Blade Runner, con un fondo cyberpunk empapado en William Gibson y un estilo visual que parecía el sueño húmedo de Gary Numan. Así, andaban las cosas por el UK, ya que el mismo Boris Johnson era otro más sentado delante de la TV.

Aquel personaje enamoró a uno de los canales más prometedores del UK, Channel Four. Encantado con el resultado final. Llegó el canto digital a otro canal que arrancaba en USA; Cinemax. Una plataforma satélite de la entonces joven y muy pugilística HBO. Tanto Cinemax como Channel Four buscaban un nuevo tipo de productos que se salieran de lo común para captar a una audiencia joven y diferente. La idea de la coproducción era cada vez más palpable. Pero diferencias de criterio artístico y la evaluación del presupuesto final, hizo que ambos canales no llegasen al esperado acuerdo. Delante del Thompson con puerta y llave de seguridad me quedaba alucinando. Es obvio que la cadena ABC ha sido uno de esos canales que se ha destacado por el sambenito de ser la tercera empresa audiovisual, en discordia. Aquellos años 80 fueron tiempos, donde la guerra entre emisoras estadounidenses, una competencia feroz que animaba el nuevo dueño de la Casa Blanca Ronald Reagan.  Muy por debajo, en los shares de audiencia, de las eternas Queens: NBC y CBS. Buscaban nuevos proyectos, dirigidos a una audiencia joven y que acortase la diferencia con los target de sus competidoras. Obviamente, esta historia cincelada de un modo u otro. Independientemente de matices precisos menos, es conocida de sobra por los grandes amantes de la TV Gourmet y el buen cine. Como el nacimiento de otras obras de culto —importantísimas— a la larga, véase los casos de Twin Peaks o Lost. Bajo mi punto de vista es una gran suerte, tener esa cantidad de canales en EE.UU, pues la competencia, genera creatividad y eso redunda en el beneficio del espectador. ABC, a día de hoy, ya no es aquella cadena ingenua de los 80,s. Ahora, es un gran grupo de comunicación como sus competidores y sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: crear nuevas series, buscando nuevas experiencias para los espectadores de todo el planeta. En cualquier caso, también el azar tuvo su importancia, la suerte es esencial, ya sea desde cualquier perspectiva de la vida. De repente, apareció Stu Bloomberg, jefe de desarrollo de proyectos de la cadena en aquellos tiempos, en Londres la noche en que se emitió Un viaje al futuro. Peter Wagg, que había intentado vender la idea tanto a la NBC como a la CBS (los cuales les ofrecían realizar una TV Movie). Encontraron en ABC el acomodo perfecto cuando le dieron el sí —a la emisión de una temporada de 6 episodios—, que serían producidos por Lorimar, un icono de la producción televisiva, con series como Los Walton y la megaexitosa Dallas. Curiosamente, con el paso del tiempo se convertiría en una de las peores enemigas de Max Headron. Empero, dejando fuera del proyecto a Annabel Jankel y a Rocky Morton, de muy malas formas —no les quisieron reconocer ni un solo un crédito, como creadores originales, ni tampoco a George Stone— a pesar de que litigaron por mantener los derechos sobre el personaje. Steve Roberts sería el productor ejecutivo (o showrunner) y se haría con un nuevo equipo de guionistas para desarrollar la primera temporada, la mayoría provenientes de la versión ochentera de The Twilight Zone que se emitió en CBS.

El 31 de marzo de 1987 se emitió Blipverts, el primer episodio de Max Headroom para ABC que era una versión remozada de la película inglesa emitida en Channel Four un año antes. La historia venía a ser básicamente la misma, si bien tan solo Matt Frewer y Amanda Pays repitieron en sus roles principales y se le dio bastante más importancia a Murray, el jefe de la sección de noticias de la cadena XXIII y superior de Edison y Theora que ahora tendría el rostro —y la estupenda voz— de Jeffrey Tambor. Se mejoró bastante la imagen de Ben Cheviot (ahora interpretado por George Coe), bastante ofendido porque la cadena que presidirá a partir del segundo episodio utilice spots con la capacidad de matar a su audiencia sedentaria, dando una visión más positiva del mismo que en su contrapartida británica. El personaje que sufrirá un mayor cambio será el adolescente genio de la informática Bryce Lynch (Chris Young en la serie), que si bien también es el causante del accidente que por poco mata a Edison y genera el nacimiento de Max Headroom , al contrario que su hermano inglés terminará por trabajar del lado de los buenos. Este nuevo Max Headroom no se irá con la cadena anarquista Big Time TV, sino que se quedará con la cadena XXIII. Pero la biblia desarrollada por Stone sería usada con frecuencia a lo largo de los capítulos y Reg Blank (de nuevo interpretado por W. Morgan Sheppard), Dominique (ahora Concetta Tomei) y la citada cadena aparecerán por primera vez en el tercer episodio: Body Banks, que habla sobre el tráfico de órganos desarrollando con más paciencia esa trama de la tv movie (del piloto americano) y ya se quedarían como colaboradores habituales de los protagonistas, teniendo directamente Sheppard incluso crédito propio en la segunda temporada. La música también tendría un tono más acorde a los gustos americanos, cambiando los teclados de los exmiembros de Ultravox por el sonido guitarrero sintetizado de Cory Lerios, miembro de la banda Pablo Cruise. Toda una herejía. La primera temporada de Max Headroom parece un gran banco de pruebas de un universo de ciencia ficción que se va construyendo un poco sobre la marcha, pero que tiene claras sus influencias cyberpunk, y mantiene el tono irreverente y un tanto histriónico de su computerizado protagonista: el mundo en el que nace semejante criatura es el único en el que podría ser. Y así veremos deportes futuristas clandestinos donde sus participantes pueden morir, una suerte de gladiadores en monopatín. Los cuales son el oscuro objeto de deseo de las cadenas del mañana a sabiendas de la audiencia que podrían capturar con semejante espectáculo (Rakers), espionaje industrial a gran escala que terminará con nuestro héroe (bueno, al menos nuestro héroe humano) perseguido por fraude, un crimen peor que el asesinato en ese universo (Security Systems), guerras descontroladas entre cadenas de televisión cuando una de ellas emita en directo atentados terroristas, como si supieran perfectamente cuando van a suceder y llevando a Carter y cía a investigar el asunto con aroma a podrido (War), o la rebelión por parte de un grupo de ciudadanos clandestinos, aquellos que no están “fichados” por la sociedad, al igual que Reg y Dominique (The Blanks).

Todavía tiene aristas y flojea en algunos aspectos, como en el desarrollo de los protagonistas principales, algo que mejorará (como el resto de muchas más cosas) en su segunda temporada.La audiencia no conseguiría unos números brillantes —competía en el mismo horario que Luz de Luna, indiscutible líder de su franja horaria, pero la fama del personaje y el torbellino generado por su popularidad hacían en ese momento impensable sacarlo de antena. Como ocurrió antes con obras destinadas a la controversia y a formar parte del panteón de la TV de culto (lo cual en muchas ocasiones no va acompañado al éxito), el propio equipo no era muy consciente de la importancia de lo que hacía en ese momento: comentarios bastante provocadores para los cánones de la tv americana— se colaban en los guiones, presentaban los escritos lo más tarde posible para que los “censores” de la cadena (a los que dedicarían un episodio entero el segundo año) tuvieran el menor tiempo posible para detectar las puyas. Según algunos comentarios del productor Ben Frankish en los rodajes parecía reinar en ocasiones cierta anarquía, y como decía el guionista Michael Cassutt, con todo mi cariño y respeto a Steve Roberts y a Peter Wagg, en ciertos aspectos se notaba que era gente que nunca había trabajado para la televisión norteamericana, y que ni tan solo la veía. Había mucho que aprender en términos de producción, emisión y gestión de dinero. Esa “inocencia” es palpable en el creer de la serie —en lo bueno y en lo malo—. Guste o no guste, es evidente que Max Headroom no se parecía en nada (ni se sigue pareciendo) a lo que se emitía en televisión. Con un serial de ciencia ficción innovador, un programa de vídeos y entrevistas inmensamente popular, un videojuego recién lanzado para Spectrum y Commodore 64 y un single navideño editado ese 1986 para promocionar su propio especial televisivo Max Headroom Giant’s Christmas Turkey, la popularidad de Headroom estaba en lo más alto. Pero la ley del más fuerte es la que domina el mundo de la TV, y tarde o temprano, todo lo que sube, tiene que bajar. Es en su segunda temporada cuando Max Headroom empieza a desarrollar todo su potencial. En el primer año, el background era lo esencial, sus seis primeras horas debían establecer un universo enorme y complejo y el tono adecuado para el mismo, pero descuidando aspectos que mejorarán considerablemente en su secuela. Los personajes tendrán un mundo interior más elaborado. Conoceremos mucho más a Edison y empezará a mostrar muchos más matices que en las primeras horas, donde aparecía como el prototípico héroe, periodista temerario sin apenas fondo. En los 8 episodios que compondrían la segunda temporada conoceríamos a sus exnovias, antiguos compañeros, y nuevos rasgos compondrían su carácter, como ciertas actitudes infantiles, como los celos que desarrolla hacia Max o el rebote que coge cuando descubre que Theora tiene pareja. En ese aspecto la serie también se muestra más inteligente, ya que mientras en la primera temporada las insinuaciones sobre el romance entre ambos lo mostraban como algo cantado, en la segunda se verá que no es así, y si bien hay tensión sexual entre ambos ésta no terminará de explotar. La anteriormente mencionada Moonlighting había enseñado una gran lección a los medidores de audiencia de la época. La segunda temporada comenzó a emitirse el 18 de septiembre de 1987, en un horario que la obligaba a competir contra Dallas y Corrupción en Miami, dos de los grandes éxitos de la época. Las audiencias fueron paupérrimas, y a la emisión del tercer capítulo ABC dio la orden de cortarles la cabeza. Para mayor inri, las disputas entre Four Channel, Cinemax,  ABCTV Y Lorimar Pdnes en los juzgados por los derechos de la serie Max fueron un dolor de muelas insoportable. Al final el magistrado le dio la razón al canal británico y se editaron las dos temporadas, en DVD (2010) para el mercado anglosajón. En Amazon se puede encontrar. Lo dicho una reliquia de culto, a partir de un concepto, de TV demasiado avanzada, desde sus planteamientos anarcotecnológicos y el humor Ciberpunk, de un personaje loco por los videoclip y los videojuegos. Nota: 7,1

Bonanza TV (1959/1973) “61 años”

 

Hubo un tiempo donde todos los chiquillos del barrio queríamos ser como los Cartwright y vestir como auténticos vaqueros del Far West. No había navidades que no soñáramos con pedirle a algún rey mago nuestro correspondiente “modelito” de tejanos y un Colt enfundado en su cartuchera rodeada de balas plateadas. A uno que siempre le han acompañado las hermanas, le fue más difícil hacer de ellas sus admirables cómplices de correrías. Todo era muy inocente, idílico y decoroso. La candidez iluminaba el corazón de los malvados que atrevían a poner sus pies en la Ponderosa con principios nobles: “Un hombre puede beber de un vaso a la vez y comer de un único plato; es un hombre”. Así se las gastaban por Bonanza. Viendo estos días pandémicos de falacias, de dimes, diretes, mayorías, minorías y de nuevas tribus de todo pelaje: con cara de envinagrados. A la espera de quien tira la primera piedra en   —la carrera de San Jerónimo— la nueva distópica guerra civil.  Aquella quimera televisiva de Bonanza era tan reconfortante como los efectos del Vicks Vaporub en un frío invierno o el chapoteo del agua —en una tarde de caluroso verano— de cualquier piscina pública los muchos pueblos de España. El western tranquilo y de sonrisas Fordianas había llegado a la pequeña pantalla. Entre los años 1959 a enero de 1973, el canal NBC emitió los 430 episodios de uno de los mejores shows de la historia de la televisión.

Todo un récord de longevidad tras Ley y Orden —serie— a día de hoy, en emisión. Y sus diferentes versiones, de la gran serie de Dick Wolf. Sin embargo, el perspicaz guionista, David Dortort sorprendió al respetable con una serie sobre un western estático para la televisión. La audiencia de su primera temporada fue muy baja y estuvo a punto de ser cancelada. En su tercera temporada, era una de las series del Top 5 Made in Usa. Bonanza era una máquina de hacer dinero. La serie televisiva por excelencia; una veta de oro que no tocaba fondo. Toda esa imaginería de estudio y su argumento melodramático nos hacían dudar, si estábamos ante un western o un culebrón contemporáneo. La sinopsis era muy sencilla: el día a día de la familia Cartwright. Su cabeza de familia es un hombre viudo con tres hijos, que habitan en un pequeño rancho; La Ponderosa en el hermoso estado de Nevada. Ben Cartwright (Lorne Greene), un actor veterano que logró el papel de su vida. Es el pater familias, con la singularidad de haber enviudado tres veces, y de cada una de sus esposas, tuvo un hijo. Hijos, de marcadas y diferentes personalidades: Adam, protagonizado por Pernell Roberts un actor con gran experiencia en el western “Desire Under the Elms” (1958) dirigida por el ínclito Delbert Mann. Daba el toque intelectual, retoño de una madre inglesa de modales exquisitos. Se quedó anhelando la universidad. No tuvo más remedio que supeditarse a las órdenes de su padre. También fue —llamémosle— a nivel interno de la producción, el actor más conflictivo. En definitiva, era el más preparado para la interpretación pero, de un ego exacerbado.

El hijo, mediano es Hoss (Dan Blocker, otro desconocido) una mole de 190 centímetros —de madre nórdica— cuya fortaleza la llevaba en los genes. Típico grandullón, torpe y bonachón. Un personaje, que proporcionaba la mayoría de los momentos cómicos del show. Por último, Little Joe (Michael Landon) es el pequeño de la familia.  Hijo de una mujer de ascendencia criolla francesa, con un carácter vehemente y lleno de romanticismo. Especialista en enredarse en todo tipo de causas perdidas. Las tramas de Bonanza, supusieron una dinámica de lo políticamente correcto. Dentro de un contexto espacio-tiempo cercano a la guerra civil norteamericana: racismo, esclavitud, robos, enfermedades mentales, alcoholismo y violencia de género. Un show realmente visionario, viendo nuestra más candente actualidad. El episodio comenzaba con la llegada de un personaje, a modo de forastero. Éste, se convertía en el foco de atención. Y en ese instante, se desarrollaba el conflicto. El cierre de daba con la interacción de los habitantes del rancho, créditos, y el superscore de Jay Livingston y Ray Evans. Por la Ponderosa, deambularon, algunas estrellas del divino Hollywood como Buddy Ebsen, Cameron Mitchell, Claude Atkins, Dianne Foster, Dean Stockwell, Edgar Buchanan, Lee Marvin, Harry Dean Stanton, James Corburn, ,John Saxon, James Garner, Jack Warden, John Anderson, Patricia Donahue, Steve Forrest, Vic Morrow e Yvonne de Carlo. Con el paso de la temporadas, los propios Cartwrihgt ganaron mayor protagonismo y el número de estrellas invitadas se fue reduciendo.

Pocas ocasiones se veían personajes femeninos; pues las pulsiones de Cupido eran muy discretas. Nunca terminaba de cuajar relación alguna. A pesar, de dar un toque de misoginia y una atmósfera muy oxigenada de moralina, no empalagaba el paladar. Pues se imponía su plus de bonhomía dentro de un contexto sano, sin ánimo de adoctrinar. Algo tendría Bonanza para que genios como Robert Altman, John Brahm, Tay Garnett o Jacques Tourneur dirigieran algún que otro capítulo. La popularísima sintonía de la serie, compuesta por Ray Evans y Jay Livingston se ha convertido en una de los scores televisivos más famosos de toda la historia. En 1993, se llevó a cabo un nuevo proyecto de la mano de Michael Landon y la NBC con el título El regreso de Bonanza a modo de telefilme, dirigido por Jerry Jameson, un viejo conocido de la televisión en los 70/80. Todo envuelto entre un enorme halo de nostalgia y anhelo ecologista por la vieja Ponderosa. Se habló hace unos años de resucitar un nuevo proyecto sobre la original, pero Hollywood sigue sin respuesta. Y a día de hoy, se habla, pues el western ha vuelto por las pantallas y el streaming.  Pero, va a ser que no. De momento, todos aquellos que quieran disfrutarla se pueden adquirir las 7 primeras entregas en Amazon V.O. para la región 2 y comprobar 61 años después, que Bonanza ya es épica de la primera edad de oro de la TV. Nota: 7,6

 

 

“Alfred Hitchcock presenta” TV (1955)

 

En aquellos viejos y oscuros años, los políticos experimentaban el sabor chic de asomarse por los pasillos de Paseo de la Habana. El olor a nuevo de la vetusta TVE era de su gusto. Aún redoblaban los ecos del resacón eurovisivo de la boda real en el país, del chocolate y las frías trincheras del héroe Alastriste. Todo era un flan Dhul continuado y sopa boba. Nuestros abuelos, padres, tíos y demás grey eran los mayores acólitos al escaparate de cristal en las nuevas tiendas de cajas mágicas. Tanta magia que el maestro del suspense se enamoró de este aparato y nos trajo historias de crueles pesadillas, que quebraron los sueños de nuestros progenitores y pasaron a ser de dos rombos por decreto notarial. Todo el mudo se quedó alucinando al ver a un Sr. Gordo en la TV multifranja.

 

 

“Buenas noches, soy Alfred Hitchcock y esta noche les presento la primera de una serie de historias de suspense y misterio curiosamente tituladas: Alfred Hitchcock Presenta. Yo no actuaré en estas historias pero sí que haré pequeñas apariciones, antes y después de cada capítulo, para explicar el título del episodio a aquellos que no sepan leer y finalmente para poner todo en orden y explicar el final de la historia a aquellos que no lo hayan comprendido.” De fondo sonaba el corte musical de la marcha fúnebre para una marioneta de Gounod.  Así, con un descaro —sui generis—, comenzaba el show del maestro de la intriga del cine y ahora, la TV. Corrían los años 50. Hitchcock no sólo se hallaba en la cima de su popularidad cinematográfica, sino que también encontró la cúspide creativa en un nuevo medio tan adictivo como la TV.

 

 

Al parecer tras una idea sugerida por el presidente de MCA, Lew Wasserman; el director y productor británico se encargaría de presentar cada episodio, haciendo gala de su fino e irónico sentido del humor. La legendaria serie de 268 capítulos, los cuales, fueron emitidos a lo largo de siete temporadas son uno de los mayores tesoros audiovisuales de la humanidad. Desde 1955 hasta 1960 en la CBS, y entre 1960 y 1962 en la NBC, que adquirió sus derechos a posteriori, el mago del suspense dirigió 17 historias. No obstante, aportó a la serie su presencia como anfitrión, una garantía de éxito y una manera de hacer televisión comercial, de calidad y factura creativa. Hitchcok hizo pura imaginería al servicio de la televisión moderna. Algo así como el edén de las futuras producciones de Lynch para ABC o David Simon en HBO.

 

La serie está compuesta por pequeñas historias originales, llenas de toques escabrosos; una cascada de humor negro y evidentemente, unos finales que resultaban tan impactantes, como difíciles de olvidar. A lo largo de los años nos encontramos a realizadores como Sydney Pollack, Robert Altman, Don Taylor, Arthur Hiller, Norman Lloyd, Robert Stevenson, Paul Henreid, Robert Stevens o Lewis Teague, que dirigieron diversos episodios. Entre los guionistas figuraron reputados autores literarios como Ray Bradbury, Richard Matheson o Roald Dahl y también se adaptaron relatos procedentes de escritores tan exquisitos, como Patricia Highsmith o H.G. Wells. La serie consiguió un Globo de Oro al mejor programa en 1957 y tres premios Emmy, aparece también como una de las cien mejores series de la historia de la TV. Memorable fue su capítulo inicial “Venganza”, sobre un marido (Ralph Meeker), que —erróneamente— se vengaba de un supuesto atacante a su mujer cuando descansaba, plácidamente, en la caravana del camping (Vera Miles). Dejándonos un final grandilocuente y apoteósico.

En 1985, la NBC preparó un revival conocido como “El nuevo Alfred Hitchcok presenta” Se volvieron a rodar 76 capítulos de aquellos fabulosos, ya emitidos en los 50. La principal novedad, es el color y la aparición de nuevos actores de esta última época. Destacamos al extraordinario elenco de estrellas que aparecieron en la entrega original y este posterior remake. Nombres tan célebres como los mítico-as; Joseph Cotten, John Cassavetes, Vera Miles, Thelma Ritter, Joan Woodward, Mary Astor, Bette Davis, Barbara Bel Geddes, George Peppard, William Shatner, Charles Bronson, Claire Trevor, James Coburn, Walter Matthau, Roger Moore, Dean Stockwell, Lee Majors, June Lockhart, James Caan, David Carradine, Robert Redford, David Soul o Melissa Sue Anderson y un larguísimo etcétera, de una lista —interminable— que es historia contemporánea del cine y la TV. En España se pasó por primera vez en el año 1965 y posteriormente, en la década de los 80. Actualmente, se pueden localizar en Amazon las 6 primeras temporadas en V.O. Y recuerden, la buena ficción televisiva tiene muchos años y buen fundamento. Como bien dijo el maestro;  “La televisión ha devuelto al crimen a su origen: el hogar”. Nota: 9,1

The best news series of TV 2018

 

  1. The Terror

 

 

2.Escape at Dannemora

 


 

 

3. Mistery Road

 

 

4. Sharp Objects

 

 

5. Hommecoming

 

 

 

 

6. Patrick Melrose

 

 

 

7. Killing Eve

 

8. Jack Ryan

 

 

9. Yellowstone

 

 

10. The Haunting of Hill House

 

11. Waco

 

 

12. McMafia

13. Trust

 

14. Counterpart

 

 

15. Altered Carbon

 

 

16. The Looming Tower

 

17. A Very English Scandal

 

18. The assassination of Gianni Versace

 

 

 

19. The Marvelous Mrs. Maisel

 

 

 

20. Narcos Mexico

 

 

21.The Little Drummer Girl

 

22. Mr. Inbetween

 

 

 

23. Mosaic

 

 

24. La Tréve

 

25. Black Earth Rising

 

 

26. Seven Seconds

 

 

27. Mayans

 

28. Pose

 

29. Castle Rock

 

 

30. Dietland

 

Rich Man, Poor Man (1976)

 

Father Jordache Foto 1

Si les soy sincero, me gusta mucho, por no decir muchísimo la ficción de antaño tanto o casi más, que la actual. Y una de mis razones, esenciales,  es descubrir que ahora —muchas de aquellas series y miniseries— el paso del tiempo les ha dado el grado óptimo de un buen vino. A día de hoy se pueden encontrar un buen puñado de ellas que siguen siendo fantásticas. Además, unas cuantas ya han sido comentadas por estos lares. ¿Qué es lo que nos lleva a apostillar esta aseveración? Su gran factura en todos los apartados y evidentemente, esa vis creativa cuasi visionaria en algunas propuestas. Es el caso de la miniserie que vamos a analizar hoy. Hubo un tiempo, donde la otrora TVE (única e impoluta, apenas tenía competencia y era su segundo canal) se implicó en una propuesta nocturna —alter prime time ochentero— donde se dejaron ver miniseries y series con un denominador común: la madurez. Cuando aludo a la madurez, lo digo en todos los sentidos. Pues, las temáticas que abarcaban es lo que la vida nos deparará más tarde o más temprano: familia, trabajo enfrentamientos, matrimonios, divorcios, celos, riqueza, pobreza, traición o lealtad. La vida y la muerte. El éxito y el fracaso, tan sólo unas décimas de diferencia. Es la época de unos seriales muy bien hechos, caso de Raíces, Eduardo y la Señora Simpson, Capitanes y Reyes, Vientos de Guerra, Shogun y otras muchas más que intentaremos traer a esta sección de la TV Vintage. En este sentido nos adentramos en una producción que tuvo una audiencia tremenda y generó una gran tómbola mediática —entre los corrillos de los mercados— así como en los almuerzos de trabajo de aquella divertida e ingenua época de la transición Made in Spain. Hombre rico, hombre pobre (1976) es la adaptación de novela del prestigioso escritor, Irvin Shaw de origen judío-ruso (autor del libro el baile de los malditos y víctima del Macartismo) que mantuvo un espaciado exilio en Europa. Periodo en donde su abundancia de títulos fue prolija.

Tom in The Room Staff Foto 2

La novela tuvo un itinerario curioso, pues una buena parte de ella se publicó, a modo de pequeñas entregas, en la revista Playboy y terminó convertido en un gran best-seller, allá por 1969. Hasta que la cadena ABC— heredera del espíritu innovador— del gran E. Noble compró los derechos, y, en febrero de 1976 puso a trabajar al prestigioso guionista Dean Riesner (Dirty Harry/1971) y tres directores de un gran prestigio televisivo: David Greene, Bill Bixby y Boris Sagal La novela comprende un período de tiempo entre 1945 a 1965 y gira, en torno a dos hermanos de una familia inmigrante: los Jordache. La adaptación sigue los pasos de los vástagos de la familia Jordache —Rudy el apuesto ganador (Peter Strauss) y el perdedor Tom (Nick Nolte)— hasta mediados de los años 60. La ausencia en la miniserie del personaje de la hermana Gretchen  Jordache— nunca sabremos muy bien porque se eliminó, pero Riesner era mucho Riesner y lo sustituyó por Julie Prescott (Susan Blakely), novia del instituto de Rudy. Hombre rico, hombre pobre pivotaba en un eje central: la disputa entre los hermanos Jordache. Ejecutando el vetusto, aunque no menos efectivo recurso del paralelismo bíblico; la historia de la historias por excelencia, el conflicto entre Caín y Abel. Hijos de un inmigrante alemán rudo y feroz, Axel Jordache (Edward Asner) y su esposa Mary (Dorothy McGuire), quienes dirigen una panadería en estado de Nueva York. Rudy y Tom inicialmente parecen bien avenidos en los primeros días del fin de la IIGM, pero poco a poco, irán tomando nuevos y distantes itinerarios. Rudy va al colegio y  se hace notar, y muy pronto comienza a trabajar para el magnate de los grandes almacenes Duncan Calderwood (Ray Milland). Tom comienza una relación con un ama de casa irlandesa, Clothilde (Fionnula Flanagan), que nos recuerda un poco a ese personaje de la novela de James M. Cain —muy de refilón— pues, el jovenzuelo Tom se enamora de una forma más inocente. Clothilde es la esposa del dueño del taller donde Tom comienza a  trabajar como mecánico aprendiz. El esposo se huele el percal  y en menos de lo que dura un telediario, Tom se queda sin la compañía de Clothilde.

Falconetti Foto 3

En este tramo de la serie se observarán algunas secuencias memoriales, en un tono erótico, de alto voltaje para una audiencia más acostumbrada a un material mucho más políticamente correcto del dial; La mujer biónica, Los Walton o el hombre de seis millones de dólares y etc. Tom termina conociendo a Teresa Santoro (Talia Shire, que estaba muy cerca de convertirse en la Sra. Balboa) y decide marcharse a California para hacerse boxeador. Curiosa pareja, Shire ya era una de las grandes tras pasar por “El padrino” de Coppola y Nolte estaba a punto de dar el gran salto a Hollywood. El azar le llevará por un viaje, directo a las aguas más profundas del mundo del boxeo. Las cosas se complican por enésima vez y finalmente sale por piernas, enrolándose en un barco mercante. La aureola de Loser la deja caer con gran mimo el guionista Reisner. Paralelamente, vemos el ascenso Rudy dentro de ese hermoso envoltorio del americano protoKennedyano. Su rostro es la expresión de la decencia del trabajo y el éxito el secreto de la supuesta honorabilidad que huele a Washington. No menos interesante es el viraje de Julie; la novia de toda la vida de Rudy. De su trabajo como voluntaria ayudante de enfermería, en el hospital de veteranos y sus coqueteos con un soldado de color, hasta ese viaje —iniciático y rebelde— a un mundo desconocido y excitante: NY. Explorando su lado más artístico, sexual y aventurero como una actriz, escritora y fotógrafa eventual. Todo ello con los antecedentes del rico y depravado empresario Teddy Boylan (Robert Reed), que encandila con su posición —de gurú— una preintroducción de Julie, en los placeres más sofisticados de los llamados “adultos”. Reisner logró incorporar cuestiones tan prístinas como  “el ojo por ojo” y  el insoportable peso de los remordimientos. Así como la carga punitiva de la interpretación  de los pecados, en un contexto multicultural, dejándonos caer la pregunta; si estos son transferidos por el obcecado y bruto padre hacía sus hijos. Al igual que esa revisión de los daños colaterales del utópico sueño americano, cuando el mismo desaparece del circuito ante su propio fracaso y ruina. Hombre rico, hombre pobre contaba con unas subtramas secundarias de alto calibre, que de algún modo tuvo su recompensa en la interpretaciones de los implicados, unos rodajes donde en más de una ocasión saltaban, algo más que chispas en los face to face entre Strauss, Nolte y Blakely.

Tom in The Ring Foto 4

Mención aparte, es el personaje malvado por excelencia y recordado por todo el mundo. Uno de mayores malos de la historia cinematográfica y el rey de villanos en la historia de TV. Anthony Falconetti (William Smith) tenía ese plus de un físico muy Jack Palance y una mente más perversa que otro gran  malvado de la serie B, Neville Brand. Todavía es recordada con pavor la violación en el barco del amigo de Tom, Ray Dwyer (el actor afroamericano Herbert Jefferson, Jr.) Momento hit de la historia del prime time televisivo. En la lectura del libro hay una descripción mucho más minuciosa del personaje. Todo haya que decirlo que el propio Smith confesó que aquel papel, si bien lo hizo archifamoso, también es verdad que fue su propia cripta. Pues, recibió todo tipo de amenazas de chiflados y los productores veían, en él, la faz de Falconetti, que su auténtico perfil, es decir, el actor William Smith. Un fenómeno digno de tesis doctoral. Hombre Rico, hombre pobre era el tipo de serial que consiguió reunir a un montón de gente, soltándose la lengua para  hablar de los temas más tabús en un tiempo donde muchas heridas aún sangraban: raza, clase, sexo y por encima de todo; la vida. Lo duro que es el camino hacia una felicidad absoluta, pues no existe ese estado perpetuo. Por el mismo itinerario se van perdiendo baluartes y pluses que son irrecuperables. No obstante, la vida es dura y en pocas ocasiones fácil. A pesar de que el mundo se empecine en vendernos los contrario. Y el mensaje de Hombre rico, hombre pobre podía ser incomodo pero no alejado de lo que es el día a día. Obviamente, a nadie le sorprendió todas las nominaciones a los Emmy y los Globos de Oro, ganando 4 premios en ambas. Los Emmy dieron sus estatuillas a la música de Alex North, la dirección de David Greene y a los actores de reparto: Edward Asner y Fionnula Flanagan.

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A todo ello, se sumaba un excelente casting, donde brillaron todos y todas en sus papeles; Andrew Duggan, Berry Kroeger, Bill Bixby, Dick Butkus, Dennis Dugan,  Dorothy McGuire, Ray Milland, Gloria Grahame, Dick Sargent, Dorothy Malone, Craig Stevens, George Maharis, George Wyner, Harvey Jason, Herbert Jefferson Jr., Kim Darby, Lawrence Pressman, Lynda Day, George, Steve Allen, Norman Fell, Talia Shire, Kay Lenz, Murray Hamilton, Mike Evans, Tim McIntire, Robert Reed y Van Johnson. Posteriormente, la ABC tras el empacho de  éxito del fenómeno HRHP, trató de recobrar el meteoro y le encargó una segunda parte de esta historia a Irwin Shaw. El resultado fue un libro de menor calidad, eso sí, convertido en un nuevo best- seller. La adaptación de la nueva historia pecaba de excesivo humus melodramático. A pesar de contar con el mismo guionista. Recogiendo parte del final cerrado de la primera entrega y con notables ausencias. El protagonismo fue para Peter Strauss, que ejercía de nuevo padre de los hijos de Tom y Julie, junto con el psicópata de Falconetti acaba por imponerse como el mayor reclamo de la nueva entrega. Siguiendo el registro de villano rencoroso pero en otro plano menor. Los nuevos actores, se esforzaron por sacar adelante el producto pero muy lejos de la perfección que logró aquellos 12 primeros capítulos. Hombre rico, hombre pobre es una opción para paladares de buen nivel, pues poco tiene que anhelar a más de un producto de HBO. No sería extraño ver un remake por la cadena de TimeWarner en un futuro no muy lejano. El año que viene se cumplirá el 40 aniversario de realización y se habla de una nueva edición exclusiva en formato Blue-Ray, sería una noticia excelente. Hasta ese momento, la miniserie se puede comprar en formato DVD y para los más internautas; la webesfera es otra buena opción. Nota: 8,9

After 30 years “Moonlighting” (1985/89)

BRUCE WILLIS, CYBILL SHEPHERD

 

Probablemente no  habrá concepción más rica y fértil en la historia de la televisión que el drama de detectives. Las décadas han florecido con ellos, esencialmente, en la prodigiosa y policíaca de los 50, y básicamente, a partir de los 70. Pero el advenimiento de los 80 fue un periodo de sobreexposición a un público, curtido en el visionado de seriales de todo tipo y pelajes, muy difícil de sorprender. Los problemas —que a menudo— se produjeron en las propuestas de las grandes cadenas no terminaban de sortearse y la vis creativa andaba algo dormida. Muy pocos tomaron la idea y la desarrollaron, en algo único, atractivo y fresco.  En el año 1984, cuando el guionista y productor Glenn Gordon Caron —creador de la mítica Remington Steele (1982) y la más reciente Medium (2005)—  se encargó de escribir una serie de detectives de gama alta, con una gran estrella al frente de ella. Basándose en las comedias clásicas de enredo del maestro Howard Hawks. Creó un símil televisivo lleno de equívocos constantes, diálogos vertiginosos y punzantes. Así como una TSR (tensión sexual no resuelta) entre ambos protagonistas. Aquello fue acuñado por los gurús de la escritura creativa como “dramedy” (un mix entre el drama y la comedia, en idénticas proporciones). Ya, lo sé que algunos pensarán aquello de: “Si Hawks levantará la cabeza…” Pues, que estaría la mar de contento y punto. En fin, nuevamente, la cadena ABC apostó todo al rojo y saltó la banca. Luz de Luna, se convirtió en un gran éxito de audiencia; innovadora, cínica y romántica. Un espectáculo que quería ser diferente, literalmente, se dirigió a su público; al que supo darle capitulo a capitulo, semana tras semana el meritorio lugar de ser una de las mejores series de la historia contemporánea.

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A lo largo de 5 temporadas (1985-1989) y un total de 66 episodios supo mantener un altísimo listón, con sus originales y brillantes historias, a millones de televidentes. Coincidiendo con el lanzamiento del capítulo piloto hace 30 años, aprovechamos la ocasión para hacer hincapié en este gran show, que tenía a toda una generación “bola de cristal”, de pelos largos, melenas rizadas, onduladas, tintadas, neones y gafas de sol enganchada a ella. Ropa grande y con unas hombreras, que ni las gargantas del cañón de Colorado. Eran parte del aquel divertimento con mucho estilo ochentero. De la noche a la mañana dos actores—llamémosles—nuevos, en aquel mundo mediático, de la época irrumpieron con gran fuerza y solvencia. Por momentos, la bella Shepherd y el machote Willis llegaron a darnos la sensación de haberse pasado la vida haciendo esta serie. El casting estaba compuesto—aludidos, anteriormente— por la guapa y estilosa, Cybill Shepherd (Maddie Hayes), que gran parte del equipo de producción la tenía en agenda como su primera opción. Y por la parte del partenaire masculino fue difícil dar en el candidato. Sin embargo la valiente apuesta de la productora de proponer a un desconocido, Bruce Willis como el detective David Addison Jr. fue todo un acierto. Tras un complejo casting con más de 3.000 pretendientes, ahí estaba aquel tipo crápula, extrovertido, amante de  la diversión, atrevido y seductor se convirtió en la sensación de los ochenta. Estaba naciendo la leyenda de una superestrella Made in Hollywood; el héroe Bruce Willis.

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La trama partía desde una flagrante estafa—que la  jefa y ex modelo Maddie Hayes— había sufrido por su contable. Ante semejante revés, no le queda más remedio que cerrar la agencia de detectives. Ya que ésta, era una de los lavaderos favoritos de evasión fiscal, que utilizó el corrupto gestor de Miss Hayes. La agencia la dirige nuestro juguetón detective D. Addison. En este primer episodio piloto, ante la disyuntiva, en que Addison se ve envuelto, le propone a Maddie crear una nueva agencia de detectives, donde serían socios y algunas cosas más. Las líneas argumentales giran alrededor de los casos investigados por ambos detectives, donde ellos serán quienes supervisen todo, previo acuerdo, como socios y amigos. La agencia de detectives pasa a llamarse Luna Azul, por ser ese el más famoso producto (un champú) que anunciaba Hayes en su etapa de modelo. Ambos estarán asistidos por Allyce Beasley como Agnes Topisto (DiPesto en la versión original), la recepcionista y posteriormente, la llegada de Curtis Armstrong en el papel de Herbert Viola, el  detective ayudante. “Luz de Luna” tenía un primer reclamo con el público que la hacía muy especial. Ya que el score de la cortinilla de presentación compuesto y cantado por All Jarreau “Moonlighting” te hacia mover el pie de lado a lado, y, después comenzaba la acción, a través de las largas y bellas piernas de Miss Shepherd. Una dinámica muy ácida en un entorno —curiosamente—, habitual y cercano: la agencia.

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Donde la guerra de sexos, muy Hepburn&Tracey se repetía, algo que gusta y seguirá gustando: Maddie y David estaban siempre en desacuerdo, uno siempre tenía que estar en lo cierto y otro tenía que estar equivocado; sus valores y filosofías de vida eran antagónicos. A pesar de sus despotriques, del uno  sobre el otro; terminaban siempre juntos y se dieron cuenta, que tenían una gran dependencia como pareja de hecho y comercial. Si algo malo le ha pasado a uno de los dos: se intentaba dejar para un momento más relajado. Sin embargo, los problemas personales y las diferencias de criterio iban implícitamente relacionadas al trabajo y viceversa… En el fondo, eran detectives y se debían a su profesión, de un modo, alocado, chocante y extravagante; pero sacaban el trabajo adelante. Shepherd contaba que siempre se “hacían la puñeta”, el uno al otro antes de una escena sólo para entrar con el pie acelerado. Es difícil de creer, que no podían ser el mejor de sus amigos o incluso los mejores amantes. Cada episodio revelaría algo maravilloso que tiene lugar entre los dos. Si se trata de una mirada de amor, una sonrisa, un resbalón o un simple roce. Todo era creíble, en este gran show; sexy y dinámico, con momentos realmente hilarantes y surrealistas. Es curioso, ver que en esta serie se seguía manteniendo el formato de artistas, actores o actrices invitados. No obstante, con un matiz, pues podían ser grandes estrellas del cine clásico; Eva Marie Saint, Brooke Adams, Robert Webber, o el mismísimo Orson Welles (espectacular y glorioso instante).

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Desde Whoopi Goldberg y Judd Nelson estrellas ochenteras de por aquel entonces, a futuras y futuribles de la TV, en diferentes formatos: Billy Drago, Brian Thompson, Gary Graham, James Avery, Mark Hammon, Virginia Madsen, Richard Belzer, Rita Wilson, Paul Sorvino, Tim Robbins, Vincent Shiavelli y un largo etcétera. Otro de los grandes alicientes del serial era su fantástica BSO, con temas clásicos de Little Richard, Otis Redding, Rolling Stones, The O’Jays, Patti LaBelle, Mitch Ryder & The Detroit Wheels y muchísimos más. A todo ello, se le sumaban en las voces de los propios: Shepherd&Willis las versiones a dúo de clásicos míticos. Luz de luna murió de éxito y rota por una relación profesional insoportable. Tanto Bruce Willis como Cybill Shepherd se habían desgastado—sus carreras profesionales iban como un misil, sobre todo la de Willis— tras una borrachera de Globos de Oro, Emmys y millones de dólares que cobraron temporada a temporada.  Hipernominados en todos los apartados, premio tras premio y la fama en medio mundo… La pareja de hecho, se deshizo  el 14 de mayo de 1989. Por última vez, el bello tema de All Jarreau sonó y muchos de sus incondicionales no pudieron remediar esgrimir alguna pequeña lágrima. ¡Qué besos se daban en cualquier lugar, aquella pareja tenía algo! Química o feeling… “ese algo” tan americano y que sólo ellos son capaces de hacerlo. La oficina de detectives echó el cierre. Lo dicho, ¿Han a volver a esperar 30 años? Es fácil, DVD,s o soportes digitales por esto de la webesfera. Nota: 8,4

Kojak is cool (1973-78)

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La televisión en los años 70 se embutió de espectáculos policíacos —muchos de ellos, ya comentados por estos lares— de las diferentes cadenas Made in USA. Cada uno de ellos tenía a su héroe, heroína o heroínas de turno. Desde Baretta y su cotorra al hombro, hasta el vaquero McCloud subido en un hermoso corcel por la Quinta avenida, Colt en mano, a  la sexy “Mujer policía” y  aquellos deliciosos “Ángeles de Charlie”. Sin embargo, fue en 1973 cuando apareció un título contundente, de una absorbente intriga, con un protagonista duro  y categórico: ese, fue Kojak. Desde la contundencia del nombre propio, a la propuesta de un New York realista, donde los dealers y canallas de turno eran deudores del cine de aquella maravillosa década. El humus de esta —mítica— serie  hay que buscarla en el origen del éxito, asociado a un actor fantástico como lo fue Telly Savalas. Sin este actor, hubiera sido imposible la grandeza de este producto. Todo arranca cuando el guionista Abby Mann, el cual, escribe  una TV-movie: “The Marcus-Nelson Murders”(1973) /basado en unos hechos reales de un espeluznante asesinato en 1963/. La cinta nos destapaba el papel del teniente, Theo Kojak, toda una revelación de vitalismo, alma mater, de  la investigación del atroz crimen y violación en el Upper East Side of Manhattan. Tal fue su éxito, que Telly Savalas, en aquel año fue nominado a los Emmy en la categoría al mejor actor de drama de TVmovie. El asunto estaba claro, ya se tenía muy perfilado —al futurible policía— sólo  había que ubicarlo en la gran metrópoli de NY. CBS dio el OK para comenzar a trabajar en el serial de Kojak, con Savalas como absoluto protagonista. A finales de Octubre de 1973 se estrenaba en el prime time con un éxito de audiencia notable. El show se mantuvo en pantalla hasta 1978, a lo largo de 5 temporadas, y un total de 118 episodios. Tanto Abby Mann como Teddy Savalas tuvieron carreras llenas de triunfos y decepciones en el pasado. Eso es parte de la vida, cuando se te presentan las oportunidades. En el caso del creador de Kojak fue guionista de la extraordinaria “Vencedores o vencidos”(1961). Dirigida por Stanley Kramer. Telly Savalas, se inició en la mítica serie los Intocables (1959), en el lado del mal —frente a Robert Stack —protagonizando al gangster Leo Stazak.

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Posteriormente, trabajó con Frankenheimer, uno de los grandes directores de aquella generación televisiva— realizando una interpretación brillante del  recluso Feto Gómez en la película “el hombre de Alcatraz”(1962). Continúo su trabajo y estuvo a las órdenes de J.L. Thompson en la intrigante; “el Cabo del Terror”(1962). Savalas, encarnaba al detective privado; Charles Sievers, y, en la película “007 On Her Majesty’s Secret Service” (1969) dirigida por Peter Hunt, como el villano Blofeld. Pero es en el papel del Teniente Theo Kojak donde se perpetúa la leyenda del especial Aristoteles Savalas, nuestro querido Telly. Por último, no quiero dejar pasar por alto un film espléndido al lado de Clint Eastwood y Donald Shuterland; “los Violentos de Kelly”(1970) de Brian G. Hutton, en el papel del sargento primero, huraño y trapicheador; Big Joe. Ya en el último año de la serie Kojak, cuando la productora CBS le dijo a  Savalas, que la audiencia se estaba marchando. Savalas comprendió que en aquel lugar, su tiempo ya estaba amortizado y emprendió nuevos proyectos de diversa índole internacional.  Cinco años en la pequeña pantalla que le dieron dos Globos de Oro y muchas nominaciones a los Emmy tanto a él, como el resto del equipo técnico, artístico y compositor musical. El éxito y la originalidad de esta serie descansaban en la fuerte personalidad del protagonista, Theo Kojak, pues alcanzó la fama y la gloria que le marcaría el resto de su carrera cinematográfica. El hábito del teniente TK parecía estar hecho a su medida. Muy difícil separar al hombre del perfil ficticio. Kojak era un poli con malas pulgas, que se jactaba de las diferentes etnias del NY más underground y violento de aquellos años. Un tipo de escrupulosa pulcritud en su indumentaria; coqueto con los sombreros, las gafas de sol y la quincalla que portaba. Calvo como una bola de billar, al que todos los delincuentes de la gran manzana temen. El poli de la comisaria distrito 11 de Manhattan Sur, que no duda en sacarte la lengua a tirones para que cuentes lo que sabes, mientras saborea un pitillo o un purito.

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La cuestión del tabaco fue muy divertida, ya que Kojak era un fumador empedernido y los productores decían que no daba una imagen muy correcta. Se recurrió a una estratagema que fue un icono del merchandising; el famoso chupachups (aquí en España). Pues, en los EE.UU eran unos pirulís de caramelo, que derivaron en el chupachups Kojak, el cual, aterrizó en nuestras tiendas de golosinas y el mundo entero. ¿Quién no se ha comido un mítico Kojak-Fiesta con chicle? Se sentía orgulloso de su origen griego, mostraba sagacidad y cinismo con los criminales, funcionarios, camareros o superiores… Su equipo estaba compuesto por George Savalas, hermano verídico de Telly, un tipo orondo, grandullón y de pelo rizado. Un gran conocedor del patear diario de las calles. Bobby Crocker, interpretado por Kevin Dobson, el típico detective que sigue al pie de la letra todo lo que propone Kojak, de algún modo, es su fiel compañero y hombre de confianza. Mark Russell como el Detective Saperstein. Así como Vince Conti, que es el detective Rizzo y Borah Silver como el inspector Prince. Por último, el jefe de todos ellos capitán Frank McNeil, interpretado por Dan Frazer, que es el superior de Kojak, pero realmente no actúa como tal. McNeil puede poner a veces los métodos de Kojak, en duda, de cara a la galería. Una especie de paripé, pues, está con él a muerte. Sabe muy bien de la agudeza  de Kojak, la cual, es más que precisa. Cuando algo le dice que hay gato encerrado: no se equivoca. Algo hay. Luego, capitán y teniente son dos más del grupo. Con el tiempo habrá un cambio de mandos, es decir, cada uno tendrá una nueva ubicación y rango. A Kojak, le gusta marcar su territorio y mostrar jerarquía, aunque a veces, las cosas se salgan de madre. Las tramas no están muy lejos de lo que es la típica actualidad, a día de hoy en día, en cualquier telediario o páginas de sucesos; corrupción a tutiplén, conspiraciones de la mafia, asesinos en serie, algún caso de intento de atentado contra la infraestructuras de la ciudad y tráfico de drogas a pequeña y gran escala.

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Otro de los reclamos utilizados en el serial era la utilización de estrellas invitadas de la gran pantalla: desde las viejas glorias a los nuevos talentos que iban pujando por la época: Danny Aiello, F. Murray Abraham, Paul Anka, Armand Assante, Eileen Brennan, Blair Brown, Dabney Coleman, Héctor Elizondo, Richard Gere, Gloria Grahame, Harvey Keitel, Sally Kirkland, Carol Lynley, Geraldine Page, Kathleen Quinlan, Lynn Redgrave, John Ritter, Sylvester Stallone, Forrest Tucker, Christopher Walken, Eli Wallach, Shelley Winters o James Woods de entre los muchos que se dejaron ver a lo largo de sus cinco temporadas. También, es verdad que Kojak tuvo problemas con algún capitulo por mostrar conductas poco apropiadas de tipo ético y moral. Se le acusaba desde determinados colectivos; del reiterado abuso de la fuerza bruta y una solapada glorificación de la falta de derechos civiles. Algo que llegó a provocar un conflicto con su vecino Canadá. Kojak era la calle, los garitos, los dealers de las esquinas, el argot de ese submundo y su frase de culto: “Who loves ya baby”. Esa voz grave y profunda que te recordaba al enorme Barry White. De fondo sonaba la celestial  música de John Cacavas: un score, puro, del sonido Philadelphia. Kojak, con el chupachups en una mano y en la otra buscando su  Smith & Wesson del 38, metida en el bolsillo de la gabardina o portándolo en la mano en plan sicario vivo. Estilo que marcó escuela en la policía y la delincuencia de aquellos tiempos. El toque Kojak a la hora de llevar la pipa. El teniente Kojak se acerca a la escena del crimen con su flamante Buick de color bronce perla y la sirena roja marcando la ruta del guardián del Lower Neoyorkino. La serie Kojak se volvió a llevar en el año 2005 a la TV, en esta ocasión, el actor seleccionado para el papel fue el afroamericano Ving Rhames. Se pasó una primera temporada y fue cancelada por su escasa audiencia. A pesar de contar con actores, en el reparto, tan interesantes como Chazz Palmenteri o Roselyn Sánchez; el remake no cuajó. Se rumorea con la posibilidad de llevar el show a la gran pantalla con Vin Diesel como el teniente Theo Kojak. Este otoño de 2015 la serie cumplirá su 42 aniversario. Que mejor recomendación para un día de asueto que volver a revisar alguna de sus temporadas vía DVD o alternativas digitales. Y por favor, no olviden unos cuantos chupachups a mano. Nota: 8,1

Nip/Tuck (2003-2010) “Perfect Surgery”

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Nip / Tuck es una serie de culto, y,  lo de culto ahora mismo: son palabras mayores. Tras comprobar los desencadenantes y daños colaterales en las redes sociales de algunas celebridades de Hollywoodland y sus devaneos con el bisturí —véase, los nuevos looks de Renée Zellweger, Demie Moore y la recién sacada del microondas Uma Thurman— hablar de cirugía plástica es volver al año 2003. El tiempo de la superpoderosa HBO, y las nuevas televisiones del cable, que ebullían material fresco en esa lucha por la audiencia. FX se lanzaba con una historia de cirujanos plásticos rompedora en todos sus aspectos. Reitero, pasa el tiempo, y la historia se hace mayúscula. En una sola pregunta se condensa todo este collage de frivolidad carnavalesca de vanidades, debilidades, traiciones, crímenes, drogas y cultura del Kleenex: usar y tirar. ¿Qué es lo que no le gusta de su cuerpo? Así comenzaba el show de su creador, Ryan Murphy, uno de los niños de oro de la TV Made in Usa. Nip / Tuck es la creación satírica de Ryan Murphy, con una estética muy cuidada y un objetivo muy claro: llegar un poco más allá de los límites de la permisividad televisiva, en especial con los temas sexuales, la hizo ser en sus primeros años una serie muy alabada por la crítica y el público. Mucha gente le sonará el nombre de este nuevo “genio” de las nuevas pantallas hercianas led´s, en parte a sus recientes éxitos, como Glee y la adorada American Horror Story. Sin embargo, todo ese humus se fragua en el proceso de maceración de Nip/Tuck. Un producto muy bien hecho, diseñado y muy bien cosido, dentro de un discurso políticamente incorrecto en todos sus aspectos. Nip/Tuck es una amalgama de referencias recalcitrantes a la cultura pop, el sexo en todas sus variantes (ya fueran relaciones o actos físicos). El estilo y la forma de un lenguaje que llegaba desde las cortinillas de presentación y su tema original de Engine Room con “A perfect lie”.

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Hasta el gran acervo de cinismo, en las cuestiones de tipo moral y el horror que inunda a los humanos. Hay que reconocer que Murphy puede pecar de ser un tipo, que puede irse de “varetas”—en más de una ocasión— en todo ese discurso metalingüístico, cuasi anfetamínico. Pero es obvio, que sabe lo que quiere y hacia donde va. Sus habilidades a la hora de definir  personajes de los pelajes más increíbles de este nuevo siglo tecnológico, decadente y frágil son obvias. La complejidad de esas relaciones y sus capacidad para hacerlos impredecibles son factura del loco del eufemismo, como gozan definirlo algunos de sus amigos del gremio. La sinopsis del producto sería ésta: La vida de dos cirujanos plásticos con sede en Miami, y posteriormente, las dos últimas temporadas se trasladarán a Los Ángeles. Amigos desde los tiempos universitarios y muy diferentes; siempre han compartido casi todo en sus vidas. Saben muy bien que cosas le gustan; el uno del otro. En esa dicotomía y contraposición nos encontramos con el profesional responsable; Sean McNamara (Dylan Walsh),  casado y con hijos. Y en la otra orilla del quirófano, Christian Troy (Julian McMahon). Un playboy, adicto a las mujeres, los coches deportivos, el alcohol, las drogas y las orgías sexuales. A pesar de los perfiles de ambos; es tal el grado de amistad, que sería imposible la vida sin uno de ellos. Es más, se palpa en diversos momentos una cierta TSR (tensión sexual no resuelta). Algo que nos confunde, pues podría partir de Troy. Empero, la sutileza de las situaciones nos llega a desorientar. Bien, alrededor de ellos tenemos una extraordinaria galería de personajes que pululan por los capítulos como en gran parque temático. Una de ellas —importantísima— para ambos, es Julia McNamara (Joely Richardson) la esposa de Sean, la cual, siente una fuerte atracción, hacia Christian  —correspondida—, por éste.  Todo ello va a crear un triángulo, en el que no sólo estarán ellos y Julia, pues el hijo mayor de los McNamara; Matt (John Hensley) será el nuevo ángulo de la discordia y principal afectado. Un personaje muy complejo y atormentado. Posiblemente, el mayor hándicap resida, en el joven actor JH, que presenta unas limitaciones algo frustrantes. A pesar de ello, el resto del reparto tiene la suficiente solvencia para que el ritmo del producto no decrezca ni un sólo instante.

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Otro gran aliciente es el paso por la serie de la modelo (Kelly Carlson), protagonizando el personaje de Kimber, que terminará convirtiéndose en la Barbie experimento de Christian Troy. El canal, además, de contar con el talento fresco de Ryan Murphy  estaba asistido de dos excelentes productores ejecutivos: Greer Shephard y Michael M. Robin. Tanto el staff de escritores de guion como los directores de los capítulos eran en su  mayoría, veteranos de las series de televisión de calidad (Guy Ferland, Jerry Podeswa o Tin Hunter). Durante los siguientes tres episodios, de la primera temporada, fueron un éxito de crítica y audiencia, algo que desencadenó en la renovación automática de una segunda temporada. No podemos olvidarnos del personaje número 3 en el equipo de la clínica: la anestesista, Valerie Cruz, interpretado por la gran actriz (Roma Maffia). Así como la aparición de la siempre insinuante, atractiva y tentadora actriz holandesa; Famke Janssen en el papel de (Ava Moore), que a lo largo del devenir de los capítulos nos dará más de una sorpresa. Otro argumento de peso para ver Nip/Tuck es descubir en acción a un principiante Bradley Cooper (eran los tiempos de sus primeros papeles en TV, desde su debut en 1999) representando un rol digno de lo que más tarde veríamos en su trampolín a la gloria cinematográfica: “Resacón en las Vegas” (2009). Divertidísimo y descontrolado, al lado del Dr. Sean McNamara. Un gran elenco de excelentes actores consagrados irían pasando y convirtiéndose en protagonistas de algunas entregas. Otros se dejaron ver por el mero cameo o su insitencia a salir en el show. A medida que la serie avance se podrán ir descubriendo a la gran Vanessa Redgrave, haciendo de madre de Julia McNamara (Joely Richardson), madre real de la misma y aquí en la ficción. Al igual que una madura exhuberante Brooke Shields o una de las últimas apariciones de malvado JR, el enorme  Larry Hagman, el pequeño Peter Dinklage (Tyrion Lannister) , o un Oliver Platt (que fue nominado a un globo de oro),  Alec Baldwin o la mismísima Jacqueline Bisset. Nip/Tuck contaba con una BSO excepcional, esencialmente, compuesta por música disco y algunos clásicos memorables. Y fue nominada al Globo de Oro en varias ocasiones como mejor serie de drama. En cambio, sólo ganaba todos los Emmys en el apartado de mejor maquillaje y efectos especiales. Cosas de la competencia y los territorios de Vanityland.

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Mucha electrónica ochentera y sonido pista, Dj de luxe, Made in Ibiza. El mejor epitafio para este extraordinario show: es que murió de éxito como la estrella de la radio. A veces, el triunfo y demasiado laurel diario puede darte un retorcijón de estómago letal. Y ese fue el veneno de Nip/Tuck, la mismísima originalidad, insolencia, y frescura que la hicieron una serie tan entretenida como los Soprano, acabarán con su estrella. A diferencia de la obra maestra de David Chase, es que tenía muy claro el final y Chase es punto y aparte, por mucha irreverencia del astuto Murphy. Una serie que fue directa a la cabeza del esternón de la gallina de los huevos de oro; la estética y el culto al cuerpo. De la banalidad y la bajeza moral del individuo a la superficialidad de unos capítulos finales que habían desafiado a los nuevos GPS de última generación. Seis temporadas de 2003 a 2010 ,y, a modo de capricho votivo, finalizada en el capítulo 100, de un modo forzadísimo.  Me quedo con esa dicotomía entre Epicuro de Samos y Hume; dejándome un sonrisa en la boca y un movimiento de pie al son de la música de fondo. No soy un hipócrita. Sí una persona con muchas limitaciones, que siempre ha sido bien parecido, lo cual, puede abrirte muchas puertas o cerrártelas —ex profeso— por suerte o por desgracia. La gente le gusta mirar lo bello y huir de la fealdad. Es extraño pero demasiado obvio. Lo dicho, si quieren pasar un buen rato y tener una buena tertulia sobre el tema. Aquí no hay títere que no sea descabezado y desgañitado hasta el paroxismo. A través de un laborioso estudio sobre la virtud y la miseria del ser humano. Nota: 7,9

After 20 years Murder One (1995)

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Aquel otoño de 1995 fue un año interesante en el mundo de la producción audiovisual. Ese año marcó un antes y un después en el devenir de la ficción norteamericana. Me explico, la mitad de los noventa presagiaba una fuerte irrupción del inminente S. XXI y la tercera edad de oro de este medio. Lynch había cambiado las reglas y Bochco recogió el testigo de la búsqueda por nuevos senderos. Además de ser una gran añada para el diseñador Armani —menudo vestuario se marcaba Murder One—, también seguirá siendo recordado por todos aquellos paladares exquisitos a este adictivo medio. La aparición de  Murder One fue un nuevo oasis del canal ABC. A pesar de sus 20 años, sigue manteniendo la brillantez, frescura y el carácter innovador, que el alquimista Steven Bochco acababa de perfilar, modelando la parte más incompleta del legado de Twin Peaks: las reglas de la televisión americana, se transformaron en nuevos guiones más realistas e introspectivos. Eso sí, a un alto precio. Pues ABC, en un primer enfrentamiento con su creador acabó castrando parte de su material y luego, le hizo el mayor daño que pueda sufrir un genio; la cancelación de su obra. A día de hoy estamos delante de una las primeras obras de arte postmodernas de la televisión más cercana al mundo de The Killing o la curiosa The Good Wife con todos los ingredientes del clasicismo sazonados con el magisterio de la vieja escuela. Es imposible analizar las casi 20 horas de visionado y comprobar que no están fuera de lugar, todo lo contrario reafirman la validez de su esencia.

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23 capítulos de una primera temporada extraordinaria. Un retrato complejo, ambiguo, de tempo lento pero lleno de artimañas. Finalmente —tras un pulcrísimo pulido al gusto de los directivos de ABC— se convirtieron en dos entregas reserva vintage. La primera remesa de 23 episodios y la segunda de 18, que no vamos a entrar en ella. Más adelante, haremos unas pequeñas aclaraciones. Obviamente, en un mundo donde la justicia no tiene dueño, lo legal no sabe dónde reside y sólo nos queda la certeza moral de que el resto del sistema está dándote la espalda. En esos vericuetos de sistema judicial norteamericano; cabalgan los personajes de Murder One. Unos individuos que se desarrollan y cambian con  una facilidad asombrosa al compás de la vida real. Donde la moral se examina a sí misma, en torno a cuestiones sin moralejas soporíferas y la esencia de la justica legal de un gran país donde la verdad suele sopesarse en la balanza y la espada de lo cínicamente correcto. Steven Bochco es un viejo rockero con más kilómetros que el viejo Renault 11 de mi difunto abuelo —el hombre que nos habló de las angustias de los policías en  Hill Street Blues,— y las soledades de David Caruso y Jimmy Smits de NYPD Blue, y  los abogados más cool en La ley de Los Angeles.

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Mucha gente le sonará raro el nombre de Murder One, pero cuando vean el clip final del post; estoy seguro que de repente alguien se acordará de Jesús Gil y un jovial Berlusconi en la Telecinco de una sempiterna Ana Rosa Quintana. Al lado de otros dos jóvenes guionistas de gran solvencia: Charles E. Eglee (Dark Angel, Dexter, The Shield) y Channing Gibson (St Elsewhere) pusieron toda la carne en el asador en crear el postkarma de Laura Palmer. Nunca fue el gran éxito que se preveía. Sin embargo, el canal de TV hizo un despliegue promocional tan contundente de su premier en Septiembre del 95: el acontecimiento catódico del año. Murder One tuvo una audiencia record y el beneplácito de la crítica televisiva norteamericana de por entonces, volcada con la nueva propuesta del mago de la ABC, Steven Bochco. Anteriormente, habíamos hablado del concepto castración del creador y eso terminó de la siguiente manera. SB, tuvo una trifulca de mil demonios con los grandes directivos de ABC, a la vez que actor protagonista Daniel Benzali estalló contra Bochco —nunca hubo buen feeling entre ellos— que acorralado por los acontecimientos tuvo que prescindir del personaje de Benzali, en detrimento del talento del joven australiano Anthony LaPaglia (marcado de por vida en su papel de agente del FBI en Sin Rastro), que en ésta y última segunda parte se fraccionó en dos nuevos casos, quitando de en medio la trama principal.

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Tan sólo era una maniobra rápida para despertar el entusiasmo inicial de espectador medio, que se perdió con un argumento demasiado enrevesado y vanguardista, para la ABC de aquellos años. Empero, todos aquellos buenos paladares del invento catódico permanecimos enganchados a las hábiles pericias del inconmensurable guion y la maestría de crear las hábiles incógnitas, preguntas sin respuesta o donde la sospecha del principal acusado del crimen se hallaban en diferentes rincones del propio set de rodaje. A todo ello, sumémosle el enorme talento del trio de ases que se confinaron los protagonistas absolutos del show: esos momentos interpretativos memorables: en los papeles del abogado defensor Ted Hoffman (Daniel Benzali, actor de origen brasileño, puro beluga), Richard Cross (un ambiguo y adictivo Stanley Tucci), y por último, el principal acusado del asesinato y violación de Jessica Costello (Bobbie Phillips, convertida en un icono sexual de la época), Neil Avedon (Jason Gedrick tuvo muy poco fortuna, a pesar del buen oficio que demostró parece que el papel de serial killer lo está resucitando en productos como Dexter o Bosch). A lo largo de los 23 episodios de la primera temporada, la auténtica, se va desarrollando todo el proceso judicial desde el descubrimiento del cadáver de Jessica Costello que se hallaba desnuda, estrangulada y atada a su cama. Inmediatamente, se acusa al empresario millonario Richard Cross (Tucci), el  cual, fue la última persona en ser identificado en la escena del crimen. Él, insiste en su inocencia y trae en su abogado, Ted Hoffman (Benzali) para representarlo.

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Una coartada conveniente pronto emerge y Cross se libera, pero su implicación en el caso de Hoffman no ha terminado. Pronto, el detective Arthur Polson (Baker) atrapa al actor ídolo de adolescentes Neil Avedon  y Hoffman es llamado para llevar su defensa. El caso resulta enormemente complejo, pues se entremezclan las adicciones al alcohol y las drogas del presunto acusado. Así como su reconocida relación sexual con una joven menor de edad y la presencia en el lugar del asesinato. El estado, representado por la fiscal Miriam Grasso (Barbara Bosson, esposa del mismo Bochco) muy conocida en series y filmes por la interpretación de eterna mujer de la ley, ya sea dictando o defendiendo a los implicados. Aquí está convencidísima  que las pruebas son muy obvias y que hay que cerrar lo más rápido posible el caso. Sin embargo, Hoffman no está satisfecho y la constante interferencia de Richard Cross le hace sospechar que hay mucho más que desenmarañar a simple vista. Hoffman es un tipo serio, con cara de pocos amigos y hombre de voz suave mezclada con miel caliente susurrante, que cuando estalla los alrededores tiemblan y la platea se queda hipnotizada. Su sarcasmo es temible y con frecuencia hilarante, pero su furia es capaz derribar a los muros del mismísimo cielo. Este problema se hizo evidente al ver la monstruosa audiencia del episodio piloto y ver como cada semana se iba desangrando, no tanto por una caída de calidad de la serie, sino por el enorme esfuerzo de fidelidad que pedía a sus seguidores, tanto para no perderse ningún capítulo como para entender las complejidades de la densa trama que se nos presentaba.

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A su lado tenía su guardia pretoriana de abogados ayudantes, formada por los actores: Grace Phillips, Mary McCormack, Michael Hayden y J.C.McKenzie. Cada uno sufrió diferentes suertes. Al igual que el inefable  David Blalock, como Sr. Lobo de Ted Hoffman, en unos pocos episodios nos deleitó con su buena hacer. Veterano de grandes producciones cinematográficas en sus papeles de reparto, así como en la actual ficción televisiva. No podemos pasar por alto, otra actriz que era el complemento de TH; su esposa que es interpretada por la espléndida, Patricia Clarkson. A medida, que los capítulos vayan evolucionando, la relación conyugal se irá deteriorando. Irónicamente, uno de los mayores defectos del producto son las escenas familiares que le hacen parecer el Shred simpático de Disney —su fisonomía, no ofrece dudas con el cariñoso personaje— degeneraba en un excesivo baño jabonoso Nenuco, poco creíble, al lado de su hija; una pelirroja encantadora. Sin embargo, por encima de extraños aspectos físicos, Benzali es carisma, bajo cualquier óptica. Posiblemente, uno de los personajes más auténticos en el extraño y fascinante mundo de lo mejor de la TV; el mítico abogado rebeldemente humano de Murder One, Ted Hoffman. Nota: 8,6

After 10 years, Sleeper Cell (2005-2015)

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Vivimos unos tiempos donde la tecnología sabe más por diablo que por vieja, y es que el castizo refranero español, en sus diferentes versiones y particulares geografías: es uno de los idiomas de mayor plenitud verbal y con mayor cuantía de adjetivos. Si la prosa es adjetivar; es obvio que por estos lares nos esmeramos en utilizarlos de forma precisa y delicada. A veces, acertamos y en otras ocasiones, no. Hablar de Sleeper Cell (2005), puede que sea un poco atrevido e insolente dadas las circunstancias y los acontecimientos acaecidos—nuevamente— sobre nuestro rico, multicultural y generoso occidente del bienestar. Mucho más sorprendente es que esta obra de imaginería del terrorismo y fanatismo religioso haya cumplido 10 años. No es la primera vez, que he recomendado esta miniserie; obra de culto que en sus 18 episodios nos adentra en los vericuetos de la angustia, la sinrazón y el caos. La fagocitación del individuo en el mundo de la series por todo el planeta es evidente. De toda la cosecha que se presenta anualmente el 90% de las producciones son Made in Usa, y casualmente, las más consumidas por todos los espectadores del mundo. Es curioso, pero las estadísticas no pecan de ambigüedad  pertenecen al mundo de lo exacto. La verdad puede doler, no obstante eso es lo que hay. En ese contexto, encontramos series como la aclamada Homeland (2011) — un filón lleno de histeria, tramposo y facilón—  que gozó, y goza del aplauso de una inmensa mayoría de la audiencia  y la crítica de puntilla en blanco. Incluso, Obama la jaleó.

 

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Sin embargo, si hemos podido disfrutar de Homeland (no es mi caso, evidentemente) o la exquisita The honourable Woman (2014), no hace mucho comentada y recomendada por nuestra redacción.  Es gracias, a que en el año 2005, los pocos adictos a esto de la tramoya digital accedimos a este delicioso e impecable beluga en todos sus aspectos. Así mismo, la cineasta Kathryne Bigelow, nos deleitó con otra obra maestra Zero Dark Thirty (2012) deudora de esta maravillosa joya audiovisual del canal Showtime. Empero, cuando el gran bucle de las series era cosa de HBO y paremos de contar; nuevos embriones se pusieron en marcha, caso del polémico canal FOX —acusado de tener una editorial republicana y belicista— en su versión de cable, FX. Creó, una de las mejores series, en torno a toda esta locura del post11S y los daños colaterales. Disparó con posta del 18 y acertó de lleno con la extraordinaria 24 (2001), un fenómeno mediático desde su puesta en escena, pasando por la escritura de los capítulos y el desarrollo de la misma, sustentado en la figura de su protagonista: el agente de la Unidad antiterrorista, Jack Bauer. Esta hipertaquicárdica y original historia del patriótico y original Jack Bauer, interpretado por un impecable Kiefer Sutherland. Recibió odas del mismísimo Mario Vargas Llosa y miles de críticas de otros intelectuales y críticos de diversos pelajes. La serie 24, dirigida en sus dos primeras temporadas por Stephen Hopkins se labró su prestigio como serie de culto. Pero lo que me lleva a hablar de Slepper Cell (2005), es su idiosincrasia; el plus del activo sobre un globo terráqueo de la invisibilidad, y, eso es este producto; un pequeño escuadrón de lobos solitarios reclutados con una asepsia digna de enmarcar.

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El terror camuflado en ese apocalipsis llamado fanatismo. Del que día sí, día no nos encontramos con alguna tragedia en los informativos de todo el mundo. Una locura, un viaje a las tinieblas donde individuos de apariencia campechana e inocente lo refrendan y es alentado mediante un minucioso trabajo de captación entre jóvenes por todo el planeta, independientemente, de su estatus social o posibles creencias. ¿Les suena? Desgraciadamente, sí. Estoy convencido. En Sleeper Cell todo lo dicho en estas líneas se pone de relieve. Desde las transferencias millonarias de grandes fortunas de Oriente Medio al servicio de la causa, hasta los dobles agentes, los mensajes en lenguaje encriptado en la seductora webesfera y los subterfugios por donde el mal sigue a la suya. Es la guerra total, donde las víctimas se cuentan por millares. 11S, 11M, 7J y 7E, a ello habría que sumarle la operación de exterminio llevada a cabo con las etnias cristianas en Irak, Siria o Egipto y etc. Volviendo a nuestra serie, estamos delante de un guión fascinante que pasó, como el que no quiere con más pena que gloria. Aquellos pretéritos años (de 1999 a 2006), donde Los Sopranos eran dueños de las audiencias del cable y lo de hacerse un hueco, entre tanto nivel era empresa de alto calibre. Sleeper Cell se ha ganado el título de pieza de museo y joya con derecho a pulpito propio. Creada por Ethan Reiff, Cyrus VorisEl monje (2003) o Robin Hood (2010)— junto al  productor  y director Clark Johnson Brimstone (1998) y The Wire (2002), The Shield (2002) o la mencionada Homeland. Así como directores de prestigio, dentro de la ficción Made in Usa como Nick Gomez, Guy Ferland o el genial Charles S. Dutton (actor, guionista, productor y etc.)

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Luego, una manera de acceder a esta maravilla es a través de su edición en DVD o de un modo, más prosaico, vía meollo Walternativo de la descarga rápida y a la hora que mejor le convenga al personal. Sleeper Cell se divide en dos partes: la primera entrega compuesta por 10 capítulos y la segunda de 8 con un nuevo título; Sleeper Cell American terror, donde el melodrama y thriller convergen hasta llegar a un punto entrópico: el ultrarealismo en su mayor definición. El argumento de Sleeper Cell se centra en la figura de Darwyn Al-Sayeed (Michael Ealy), un joven agente  del FBI afroamericano, que profesa la religión musulmana, además de ser un ferviente devoto del significado del concepto Islam como su religión. Es requerido por unidad antiterrorista del cuerpo federal y propuesto para infiltrarse en una célula terrorista durmiente que está planeando un gran ataque en un lugar emblemático de Los Angeles. La célula está dirigida por un extremista árabe llamado Faris Al-Farik (interpretado por el magnífico actor israelita, Oded Fehr conocido por sus papeles de reparto de la versión digital en la Momia I y II, así como Residen Evil 3 y 5)  que se disfraza como un prestigioso hombre de negocios de origen judío. Los miembros de la célula provienen de una variedad de orígenes raciales y personalidades conflictivas. Desde un  skinhead decepcionado de sus antiguos amigos; Cristian Aumont (Alex Nesic) o un norteamericano rubio: Tommy (Blake Shields), un tipo retorcido que trabaja en una bolera, cuyos padres son profesores en Berkeley. Muy curioso resulta, otro de sus integrantes, el bosnio profesor de matemáticas y química, Ilija (Heri Lubatti), que le gusta escuchar viejos discos de Hip-Hop. Hablando de música, no podemos dejar pasar por alto su magnífica BSO, creada por el gran Paul Haslinger, sonidos étnicos orientales y electrónica muy trip hop.

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Los cuatro están a las órdenes de Farik (Oded Fehr) para matar a estadounidenses y atentar contra intereses norteamericanos. En medio de toda esta red de intereses y recelos, se encuentra Darwyn tratando de convencer de su llamada yihadista a sus “hermanos”, prometiendo fidelidad a la causa y cohesionando al grupo, mantiene una relación con una madre soltera y entrometida Gyale Bipshop (Melissa Sagemiller). Sleeper Cell trata de desafiarnos con el engaño de las apariencias de los chicos malos. En los primeros 10 episodios, son una visión más introspectiva de los personajes desde una óptica más humana y cercana, así como los entresijos de la financiación de estos grupos terroristas, y las alegorías constantes al  verdadero significado del Corán. La serie también retrata la hipocresía y la dicotomía de los miembros de la célula que dicen ser musulmanes, sin tener un comportamiento que es pecado en el Islam (por ejemplo, el sexo fuera del matrimonio) y sin embargo profesan un deseo de ser martirizado por el islam estadounidense. Darwyn pasa informes continuos a su supervisor jefe del FBI, Ray Fuller (James Le Gros). Un tipo muy cercano a Darwyn y que vela por la seguridad del mismo, a costa del pasotismo de la burocracia de Washington, poniendo en peligro su propia vida. En la segunda temporada, Darwyn se infiltra en una nueva célula que se ha formado para vengar la derrota de la célula original. Cuando su segundo supervisor, Patrice Serxner, es asesinado en Sudán, Darwyn debe tratar de trabajar con otro nuevo jefe; el agente especial Russell. Mientras tanto, su novia Gayle se dibuja más profundamente en la intriga cuando a medida, que transcurren los episodios se verá atrapada en un triángulo peliagudo que componen Russell, Darwyn y un miembro de la célula. Desde muchos prismas se ve el desarrollo del producto. Una de las premisas que se observan en ella, es el respeto y el esfuerzo de comprensión hacia la religión la religión musulmana (la convivencia de una sociedad etnicocultural, de libertad de culto y personajes que te dejan del revés), cosa que en 24 o Homeland se observan pequeños geisers islamofóbicos, donde el tránsito hacia la Yihad es una locura y el intento de justificación de la salvación y redención de la causa mártir.

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El minucioso trabajo de los guionistas, introduciendo elementos alejados de los estereotipos en la mezcla de individuos que forman la célula. Incluyendo una mujer blanca europea, un hombre Latinoamericano y, por primera vez en la TV la aparición de un hombre musulmán gay: el ingeniero químico Salim (Omid Abtahi), en un papel inolvidable. Darwyn de la noche a la mañana se convierte en un tipo respetado dentro de la comunidad musulmana y una cabeza visible de alta jerarquía dentro de la nueva célula. No del todo seguro de su misión Darwyn es destronado del poder antes de que pueda aprender lo suficiente sobre la nueva amenaza a gran escala dentro de las células terroristas. Al enterarse de la nueva misión Darwyn entra en acción y contribuye a impedir que el nuevo ataque terrorista en Los Ángeles. Pero para salvar la ciudad Darwyn finalmente pierde a alguien cercano a él, que lo envía a una misión personal suicida para matar a Faris al-Farik (su verdadero nombre Saad bin Safwan). Incluso con el trasfondo de situaciones tristemente reales, que ya son parte de nuestra historia universal más reciente, no es fácil hacer el yihadista ni uno de los papeles más apetecibles en estos momentos para un actor de renombre. Sí que hay que reconocer los innumerables puntos de vista que se acometen en el show y son parte del día a día del mundo islámico radical crónico. Se habló en su momento de un posible spin-off, o volver a retomar el hilo conductor donde finalizó el segundo capítulo. La cuestión es que Showtime se volcó con su apuesta de Homeland y no sabemos si en próximos años veremos un producto de un detallismo tan delicado, cuidado en el tratamiento de los personajes y un realismo tan voraz sobre las consecuencias de la locura y el fanatismo integrista. Nota: 8,7

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