The Handmaid’s tale (2017) Terror y Caos

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A tres años del final de la segunda década de este siglo; los nuevos productos televisivos están brillando por la ausencia de calidad, en este 2017, y reitero, nuevos. No es el caso de las entregas —que van llegando— de otras series estrenadas años anteriores. Bien, así como el que no quiere verlo: la pantalla reluce píxeles y demás jarcia digital con la gran sorpresa del año; The Handmaiden´s Tale (2017). A partir de la novela Margaret Atwood publicada en 1985, la productora de televisión Hulu, estrena una serie de grandísima calidad. Y, ahora, quisiera hablar de Hulu —un joven canal de cable norteamericano— propiedad del grupo NBC creado en 2007, y la atiborrante frivolidad, con la que determinados escritores, críticos y blogueros de turno; endosan el producto y gloria de esta adaptación a la todapoderosa HBO. Dejemos una cosa bien clarita. HBO, funciona como un imperio audiovisual y todos aquellos que estamos formados en producción audivisual sabemos —de sobra— cuales son las funciones de negocio de una productora: en propiedad, coproducción o distribución. Bien, en el caso del Cuento de la criada en nuestro país (con eso de que ha llegado, el internet milenial de tropecientos mil gigas). HBO España tiene comprados los derechos de emisión para sus abonados. Del mismo modo, que la plataforma Movistar series presenta en su programación Ray Donovan (2013) de Showtiwe. Ejemplo que me viene a bote pronto. Y, de igual modo, caso de otras series que propiedad de otras cadenas de cable, pues, son proyectadas por Netflix. Aclarado el inciso y la ablución, de los conceptos, así como de la autoría. Hulu, a día de hoy, está convirtiéndose, en ese canal que va haciendo cosas diferentes y con estilo. Caso de Shut Eye (2016) y The Path (2016).  Sin mucho ruido, pero anhelado por las vacas sagradas del cable. Uno de los mejores productos que he visto este año, también obra del Ceo, Mike Hopkins es su drama —de época Georgiana— sobre la prostitución: Harlots (2017). Una de esas series que a final de año estarán en nuestro top 10. Bien volviendo a lo sustantivo. A mediados de los 80, el dramaturgo Harold Pinter escribió el guion de la obra de Atwood. Era una historia que no terminaba de seducir a las grandes actrices de cartel y caché de aquella década. Por ende, los grandes estudios también dieron la espalda al proyecto de aquella otrora y kármica América de Reagan. Al final el cineasta germano, Volker Schlöndorff, en 1989, y su productora se implicaron, en la fascinante historia de Atwood, con una producción pequeña y el aporte de dos viejas estrellas de Hollywood, Robert Duval y Fayne Dunnaway. Handmaiden´s Tale (1990) tenía como protagonista a la actriz británica Natacha Richardson (desgraciadamente, fallecida) y el papel de Moira lo interpretaba Elisabeth McGovern.

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A pesar del buen guion, y la BSO de R.Sakamoto junto a la labor de los implicados; el film fue un fracaso absoluto. VS mutiló el excelente recurso de la voz en off del montaje final. El guionista Pinter y N. Richardson se lo reprocharon. Ya que el resultado fue un film muy plano, a pesar de contar con una material extraordinario. Película con aroma a telefilm que se le puede echar un ojo por los rediles de la webesfera. Posiblemente, el éxito de Hulu, sea el de haber encontrado a una actriz que no es una gran estrella del Hollywood Blockbuster. Pero, Elisabeth Moos es Peggy Olson. Aquella emotiva y creativa secretaria de Don Draper en Mad Men (2007). ¿La recuerdan? Claro que sí. Nuevamente, la australiana, nos brinda un recital interpretativo rodeada de actores de reparto de series, muy interesantes, caso de la magnífica Yvonne Strahovski (Dexter 2006) —compatriota de Moos— en el papel de Serena Joy Waterfrond. Alexis Bledel (Gilmore Girls 2000), como Ofglen y Samira Wiley como Moira (Orange Is the New Black 2013) —exceptuando— su dueño, un Joseph Finnes, que vuelve a ser aquel actor que enamoró al publico en “Shakespeare in Love (1998)”. Como el comandante Fred Waterford, y el servil, Nick (Max Minghella, Ágora 2009 y los Idus de Marzo 2011) chófer de la residencia. Personaje que juega entre ambages de la delación y la autosatisfacción sexual. Y evidentemente, el gran arrojo de los guionistas Bruce Miller (ER, Los 100) e Ilene Chaiken (Empire y El príncipe de Bel-Air) a la hora de adapatar una obra. Este libro, todo un clásico, del siglo XX tiene un toque de vanidad muy provocativa y realista. Y como hemos comentado, Hollywood, a lo largo de casi 33 años, hizo mutis por el foro, con un material de semejante calibre. Narrada en un doble tempo. Donde, en el actual presente, es la nueva comcubina —valga el efemismo— por no decir, una auéntica esclava sexual del comandante de turno. Unos comandantes, representados, a modo de ministros civiles que, guardan una estética más castrense, dependiendo del acto social donde se desenvuelvan. Algo así como unos Masas de plantación sureña — de principios del S.XIX — con estética steampunk/híspter al servicio del régimen teocrático. Y en el tempo de la felicidad. Moos es la editorialista June, que vive con su esposo Luke y su hija, conviviendo en una ciudad moderna del estado de Massachusetts que, poco a poco, va avanzando hacia un agujero sin retorno. El gobierno como lo conocemos a día del hoy en Washington ha sido derrocado por el nuevo gobierno de la dictadura teocrática de la República de Gilead. El aire está pleno de inumerables substancias químicas y la radiación que; “Dios fustigó la plaga, la plaga de la infertilidad”. Es ahí, donde unas pocas mujeres —las llamadas criadas— pueden dar a luz a niños. Hay una constate progresiva de la nueva dictadura a rehusar derechos. Los nuevos líderes culpan a cualquier opositor de terroristas y suspenden la Constitución. Las mujeres son las principales afectadas por este régimen fascista. No pueden tener cuentas bancarias, tarjetas de crédito o dinero. Se les prohíbe trabajar y estudiar. Cualquier propiedad a su nombre es embargada, en nombre de la república dictatorial. Entonces pierden sus derechos sobre sus propios cuerpos. El acto de sexo es regulado por el estado.

 

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La ciudad que se llamaba Boston, al igual que el resto del país, y otros países, se ha contaminado aplicándose una severísima interpretación de la Biblia. De ahí el modelo de procreación y control de las vidas de todas las mujeres. Aquellas que su capacidad reproductiva les permite ser madres pasan a convertirse en “criadas”: mujeres adjudicadas al dominus de turno, o ministro del régimen que tiene problemas de esterilidad. Una vez al mes, dentro de una escenografía de lo más aséptica se lleva a cabo el coito entre el dueño y la sirvienta. Las criadas son violadas —con la ayuda de las esposas de estos— que participan de denominanada “ceremonia” con aroma al antiguo testamento, y una única pretensión, que se queden embarazadas. Lo más detestable, puede que sea, la determinación con aquellas mujeres que no son fértiles, ya que irán recluidas a la zona de contaminación radiactiva: las colonias. No hallamos ante el anagrama visual de un útero que se manosea, al antojo de unos gerifaltes, y así vemos la corruptela de estos tipos, con sus secretos no confesados, dentro de un sistema, donde subyace un submundo de perversión sexual, en garitos, a modo de afterhours. Donde se codean, con muchas de las confinadas-prisioneras. Esclavizadas, a su antojo, como stripers destrangis. Prostitutas del capitalismo de toda la vida. Obligadas a beber, consumir drogas y tener sexo duro. Metáfora de la explotación sexual que nos traslada a ese viejo mapa de la ficción de lujo. Desde el contenedor de Baltimore en The Wire (2002) a las Matrioshki (2005) de Amberes  en Bélgica. Nuestra protagonista y colegas se han convertido en una especie de zombies —con un vestuario estricto— estéticamente impactante, y conocido, de los primeros pobladores de la America del S.XVII. Hasta el ambiente de excitación que se genera en las esposas de estos esclavistas es puro frenesí mental. Y ahí aparece la figura de la tía, unas individuas (a modo de mediadoras y adoctrinadoras) que denotan sadismo y acoso mental en los campamentos de adaptación a la preselección de las familias receptoras del nuevo útero andante. El papel de Ann Dowd (The Leftovers, Quarry o True Detective) es impagable, como la tía Lydia Hasta el mismísimo Javier Bardem saldría acojonado al verla con su palo eléctrico para atizar al ganado. Ellas se encargar de la supervisión y coordinación, con las esposas de los comandantes, sobre las actividades de las criadas, y esencialmente, el estricto control de calendario de los días fértiles. Hasta la ropa interior que se le entrega a la cocinera de la mansión (una especie de casa señorial Art-Deco versus campo de concentración en Polonia). Más tarde o más temprano, llegará el niño que entregarán el mismo día de la concepción a las nuevas madres de atrezo. El cuento de la criada de Margaret Atwood es una novela, donde se observa una identificación, plena con una generación nacida en el comienzo de la II GM —consciente del contexto— de como las órdenes establecidas podrían desaparecer durante la noche. Una noche de cristales rotos… Atwood vivió una parte de su vida en Berlín y nunca ha escondido sus admiración por la obra de Orwell. Cito una frase de la entrevista que concedió la escritora al New York Times en el mes de marzo: “Justo después de la caída del telón de acero la gente no paraba de cantar y continuar con aquel traralalá (…) Que esto es el final. Pero es que en aquel tiempo la distopia era menos sorprendente, porque se consideraba menos posible. Cuando cualquier cosa podía suceder en cualquier lugar, dadas las circunstancias. Ahora mismo podría caer un rayo”.Quién iba a decir que 32 años después, EEUU, estaría bajo la batuta de un tipo con tan penoso aplomo democrático. Y su novela convertida en un nuevo betseller de culto.

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Tampoco hay que pasar por alto —lo que muy bien han reflejado los guionistas— como son esos guiños al despreciable y teocrático Irán, los talibanes de Afganistán, el DAESH, Siria, Venezuela o Corea del Norte. 32 años, con mayores avances y efímera estabilidad —perecedera— pera todavía latente. THT nos advierte sobre un futuro que ya es posible, además nos muestra la inanadidad y futilidad de quienes velan por el estado de libertades. Nos llegamos a preguntar como se podrán acometer determinadas medidas preventivas para evitar el caos. The handmaid´s Tale es aún más inquietante que la mayor parte de ficción postapocalíptica, ya que Atwood —implicada en el proyecto como supervisora del guion— usa la historia como guía narrativa. Y la verdad, que no queda nada artificioso. Mucho de lo que ocurre en el show —el surgimiento de un estado totalitario, la subyugación de la mujer utilizando la religión como una herramienta en una fascista teocracia— ha ocurrido en otros lugares del mundo. Evidentemente, toda distopía se presenta como un cuento aleccionador. Pero dada la complejidad del orden mundial en nuestro tiempo.  En esta producción se observa con nitidez —un marcado halo de nostalgia muy fuerte— del engaño y el fanatismo religioso.  Una sensación de opresión en el tórax— que desata la paranoia, entre el espectador viendo como esa locura, sin sentido, crece cada minuto que pasa. Un poder ciego y delirante de lo más poderosos —decididos— a destruir todo derecho social y meritorio de las mujeres. THT (El cuento de la criada) se observa como algo verídico, enrevesado y a la vez, esencial. Atwood homenajea al novelista británico George Orwell en el uso ornamentado del lenguaje ambiguo. En The Handmaid’s Tale, los homosexuales y transexuales se les denomina “el género traidor”(algo que viene como anillo del dedo, después de ver el documental de O. Stone, sobre Putin) delito castigado con la muerte. El muro de la vergüenza, el ahorcamiento publico, colgado de una grua Caterpillar. Y a pesar de estas lecturas, más internas, fílmicamente, la narración de Hulu es un triunfo del lenguaje audivisual, como dijo Hitchcock, el arte de la televisión. Aquí, no hay platillos voladores o monstruos mágicos que los guardan como presa de culto. La realidad se hace aún más alarmante en el desecho de este Frankenstein de valores fundamentalistas religiosos. La fundación de la república, después de todo, proviene del Puritanismo que burbujea debajo de la América actual. La salvación pasa por contactar con los pocos renegados que viven en la indigencia, a modo de resistencia, y poder llegar a la frontera con el Canadá: la salvación.

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Lo que resulta sorprendentemente mágico en la serie; es el formidable contraste entre la desolación del material y la opulencia del tratamiento. Hay una abundancia visual que gratamente termina por encantar. Un ejercicio de manierismo de este frágil nuevo mundo terriblemente oprimido. La directora Reed Morano (Vinyl 2016), que filma los tres episodios iniciales, tiene un extenso currículum como operadora de cámara y su habilidad, la pone de manifiesto con unos nutridos picados y primeros planos dignos del mejor de Palma y del mejor Spielberg. Los puzzles corales de las cofias de estas siervas que están obligadas a llevar. Es imposible, no pensar en las mujeres Amish en Witness (1985) de Peter Weir y aquella Kelly McGillis. Hay mucho de la pintura, que nos remiten a la escuela flamenca, en las composiciones de los planos a contraluz y el paisaje contaminado de la nueva América. Y ahí esta la grandeza de la australiana, con un leve momento de ojo, sus labios, su sonrisa o sus lágrimas del vestidos mientras talla con la pequeña cuchilla, alguna frase, el nombre de su esposa o su hija. Por momentos nos hallamos ante planos, donde aquellas criadas de casas pudientes eran retratadas por Vermeer, de Hooch, Metsu y Ter Borch. Como se contiene las náuseas en las surrealistas partidas de Scrabble en el grandioso y poblado despacho, donde literatura llega al latín de Virgilio. Una historia universal, el drama de la supervivencia del ser humano. Desde lo más abyecto a lo más admirable que habita en esos verdaderos valores de vida norteamericana y la historia más reciente. Su significado universal, en una clamorosa, memorable y absolutamente auténtica interpretación de la dignidad de una mujer. THT tiene una gran lectura filosófica y a la vez tiene la habilidad narrativa de la vieja escuela Hollywoodense. Ahí, es donde obtiene el beneplácito de toda la crítica y el público de los diferentes ámbitos de la sociedad. En ese imput denominado; el elemento Spielberiagno. Algo tan sencillo y comúnmente humano, como la búsqueda de la familia, el sentido del humor y el toque de un thriller. Una heroína atrapada en la sinrazón —que se reinventa— entre escapadas de pensamientos y emociones contenidas. Defred sabe que es una mujer culta, independiente, valiente y por encima de todo, madre.Y una madre lo da todo por los suyos. Incluso, la vida y la muerte, a cambio de nada en el desfiladero del terror y el caos.  Nota: 8,7

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Roots (2016), el nuevo lifting de Raíces

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Dicen los más castizos, aquello, de… “la morcilla siempre se repite”, y la historia también. Han pasado, casi 40 años, del estreno de la legendaria miniserie Raíces en enero de 1977—mejor dicho en enero de este inmediato 2017— por el canal ABC (producida por un viejo conocido en el mundo de los documentales David L. Wolper), cuando se convertía en lo que los popes de hoy en día denominan, eso, de un Hype. Pero no un Hype cualquiera. Raíces fue un grandísimo acontecimiento socio-histórico-cultural, en todos los sentidos, y para la TV una enorme sorpresa dentro del mundo del drama clásico norteamericano de los 70. Hito que superó a la mismísima Nashville de Robert Altman, en 1975, de la gran epopeya, de la película americana por excelencia. Raíces conseguía los laureles, de la auténtica turbia y patética historia de la esclavitud —de un modo más sangrante— a todo el intocable mainstream de clásicas series históricas donde el hombre blanco velaba por los intereses de los ciudadanos de color y los nativo/americanos: aquellos indios, tan queridos por Ford, auténticos pobladores de esa utopía llamada América.

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Raíces puso en dedo en la llaga y su alegoría de la sociedad afroamericana, como un tema social urgente. Raíces fue capaz de concentrar —delante de pequeña pantalla— a más de 80 millones de espectadores y unos 100, en su capítulo final. Los premios y la crítica coincidían con el trabajo que deslumbraba a propios y extraños. Raíces consiguió más de 39 nominaciones a los Emmys y ganó 9. Además de un Globo de oro. La obra de Alex Haley, un elaboradísimo best seller desmembraba el movimiento genealógico de infinidad de memorándums de investigadores universitarios, donde AH invirtió años en trazar un árbol ascendente del primer afroamericano hasta llegar al continente africano en 1750. No entraremos en el análisis de determinados revisionistas, al respecto de las denuncias por plagio, a las que el autor tuvo que enfrentarse. Empero, más sorprendente, es el hecho, en sí, de la nueva narración del remake, en un ejercicio de revisión de la cuestionada obra de Alex Haley. Alguno se preguntará del porqué de susodicho alboroto, cuando un tal Richard Fleischer rodó toda esta vergonzosa humillación, en torno, a la esclavitud en su maravillosa Mandingo (1975). Claro, que también deberíamos de hablar con el amanuense de esta excelente obra, Kyle Onstott. Pero, ese, es otro cantar.

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Ahora, en mitad de un país fracturado, que durante estos últimos años ha tenido el primer presidente de color, desde su constitución como nación independiente; Barack Obama. Lo sigue siendo, todavía, ya cuenta los días por horas… Un hombre que parece despedirse de su país, con el pesar de no haber podido cauterizar las viejas heridas raciales, que siguen sangrando a borbotones. Obviamente, el hecho de ponerse delante de un informativo local o nacional de los EE.UU, es una radiografía de un país que narra sin parar enfrentamientos constantes por el odio racial, el abuso de la autoridad policial y las armas de fuego. California, Kentucky, Ohio o Milwaukee son lugares cercanos para cualquier ciudadano anónimo de occidente que anduviese por sus calles comprobaría que Norteamérica dejó de ser una anuncio de Benetton en Venice Beach. Sin embargo, el país, para mayor inri, sigue en metido en una contienda electoral de alto voltaje, con dos candidatos que poco aportan a este problema.

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Solamente, la observación reiterada, del fenómeno, en ese ir y venir, entre ese insaciable arsenal de armas callejero, y, una policía que tiene el gatillo fácil hacen “bonus extra” para volar por los aires cualquier escorzo de atisbo pacificador. Mientras la calle arde, entre diálogos estivales, de rabia contenida. Unos que se postulan, entre “el ojo por ojo” y los que apuntan con el dedo, a los culpables, advirtiendo que la justicia es igual para todo el mundo. Un conflicto tan fogoso como los incendios de California, aunque de imprevisibles resultados. La nueva versión Roots 2016 es una miniserie de 4 episodios, que ha costado 50 millones de dólares. Esta nueva Raíces, o mejor dicho, Roots (2016) está producida por A&E cable y Channel History probablemente no tiene el impacto social de la original, dentro de la perspectiva social, de la América de 1977/78 a esta sociedad de las nuevas tecnologías de 2016. Roots 2016 es más agresiva, violenta y repulsiva que su original setentera. No obstante, en su interior puede que, comparativamente, menos profunda.

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En cambio, es fundamental entender que esa nueva dosis, aparentemente, de superficialidad no es tanto un problema, puramente artístico. Los propios productores ejecutivos son muy escrupulosos en sus intenciones, socialmente, conscientes. Aunque inconscientemente y de un modo muy sutil, parte de ese espectáculo, está proyectando el problema político de turno. Eso sí, Roots está muy bien hecha, con una espléndida factura. Se nota la mano que yace detrás de todo este espectáculo. Hay un gran alarde de producción y gran trabajo de dirección. Cada episodio se aprecia la mácula del director de turno. La confianza y el oficio —que tienen— se transforman en pura energía propulsiva bajo las batutas de Phillip Noyce, Mario Van Peebles, Thomas Carter y Bruce Beresford, dan brío a un satisfactorio final, el cual, es en gran parte, el acierto de la gente de Channel History. Las ocho horas de narración (originales) divididas, en cuatro episodios de 90 minutos, donde se atisba la odisea del africano Kunta Kinte (Malaquías Kirby), atrapado por una de las tribus rivales de su pueblo, vendido a los británicos esclavistas por cuatro mosquetes e iniciando un camino, desde su adolescencia, sobreviviendo, en parte a su fuerte carácter y deshojando —todo un tratado ancestral antropológico de su pueblo—, que le acompañará, en la larga pesadilla del paso de un continente a otro, para ser comprado como un animal de labranza, y vivir en el terror adicional de la esclavitud en los Estados Unidos del S.XVIII.

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Evidentemente, en esta ocasión se ha contado con la aportación de cuatro grandes guionistas, viejos zorros de la televisión, de Los Soprano, Boardwalk Empire o Magic City como Lawrence Konner, o un resucitado Mark Roshental —que ya hacía años— desde aquellos guiones de cine; la Joya del Nilo (1985) y Mercury Rising (1998). Así como las aportaciones de Alison McDonald (Nurse Jackie) y Charles Murray (SOA y Mentes criminales). Cada etapa de este viaje presenta la deshumanización como la experiencia afroamericana eterna y el horror de la desensibilización del itinerario conocedor afroestadounidense. Posiblemente, Roots, nos ha evidenciado la excelente preparación de los actores afroamericanos. Siempre he dicho, que ellos, tienen que demostrar las cosas —dos veces mejor—, que nosotros. Channel History nos presenta un casting seleccionado por Victoria Thomas, donde se vislumbran estrellas del cine y ficción televisiva consagradas, junto a futuros actores extraordinarios afroamericanos. Pueden ir quedándose con estos nombres: Malaquías Kirby (Kunta Kinte), Emayatzy Corinealdi (Belle), Emyri Lee Crutchfield (la joven Kizzi), Regé-Jean Page (George Chicken), Michael James Shaw (Marcelus), Mandela Van Peebles (Noah) y Sedale Threatt Jr. (Tom) para ir junto con estrellas como Forest Whitaker (Fiddler) Chad L. Coleman (Mingo), Anika Noni Rose (Kizzi adulta), Mekhi Phifer (Jerusalem) y, como narrador y autor del libro, Laurence Fishburne (Alex Haley). Un fantástico Jonathan Rhys Meyers como el masa (Tom Lea), James Purefoy, el primer masa (James Waller) y Anne Paquin como la espía del Norte (Nancy Holt).

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Y es que, en esta próxima, ceremonia y fiesta de la TV, por no decir, inmediata —en apenas un mes— comenzará el desfile por la alfombra roja, de la pequeña pantalla de actores y actrices. A día de hoy compiten —en castings— por ser parte de algunas de estas producciones. Los Emmys ya han movido ficha y Roots compite con las grandes series —precedidas por la vitola de favoritas— de este último curso. Acorazados con un chorro de nominaciones y credenciales de la nueva ficción de calidad. Un territorio, donde la estatuilla parece guardar todas sus bazas, para la racial y exquisita; The People v. OJ Simpson y Fargo. El páramo de la división étnica gana enteros y Roots (2016) quiere jugar su única carta —al viejo equino ganador— de un Kunta Kinte con nuevo lifting, de pies a cabeza y generar debate entre los nuevos productos de este 2016. Igualmente, esos 40 años, han significado mucho en el mundo de la TV. La nueva condición —de todos-as— nuevos adictos a las buenas series tienen la oportunidad de descubrir un icono dentro del a historia de la televisión. ¿Cuánta gente habrá nacido en ese 1977 y nunca vio Raíces? Por ganas y ánimos, que no quede. Nota:7

 

 

“The People v. O.J. Simpson: American Crime Story” (2016) is Orange Juice

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The People v. O.J. de FX Simpson, siendo prosaicos, nos dice algo así; lo del color de la piel no importa, lo importante es tu cartera y cuánto dinero tienes en ella. Volviendo a lo que nos atañe: el nuevo show del provocador Ryan Murphy, que vuelve a la carga, con el concepto American, y esta vez, Crime Story. En esta ocasión, RM, se desprende por completo del contenido de sus últimos trabajos para el FoxFX. Alejándose de las antológicas, macabras y carnavalescas de Murder, Asylum o el reciente Hotel. Murphy parece encontrar aquel tono —de la fantástica Nip/Tuck— y nos presenta un producto con grandes ambiciones políticas y sociales. Una serie de prestigio y calado; que ha sido un éxito de audiencia. Empero, en American Crime Story, ha puesto toda la carne en el asador para evidenciar lo delicado y embarazoso del fatal affaire. Y es que, 22 años después, ha sido una de las grandes sorpresas de la ficción televisiva de 2016. El juicio de Simpson era a la vez un reflejo de la sociedad tal como era por aquellos 90 y un presagio de la actual sociedad —que en ese trayecto— tan corto tiempo se convertiría. Desde su primer fotograma, la historia del crimen estadounidense deja muy claro, que el éxito del juicio de O.J. Simpson fue la intersección de dos temas fogosos y discutibles en los Estados Unidos: la raza y la celebridad. Es más, la historia del crimen estadounidense —fílmicamente— no arranca con el asesinato de Nicole Brown Simpson y Ron Goldman 1994, sino que se abre dos años antes, con imágenes de la paliza de varios agentes del cuerpo de policía de Los Angeles a Rodney King. El enfado del pueblo afroamericano transformado en rabia desembocó en uno de los mayores altercados sociales y caóticos en la urbe angelina. El sueño de la utópica California se tambaleaba. A este respecto, la miniserie no es un drama histórico, sino una historia contemporánea. Situando al espectador en un mundo que, todavía sigue desgajando aturdimiento, por el insólito ultraje que puede surgir; cuando un ciudadano negro es humillado por la policía, los tribunales en un mar sin islas a las que llegar y encontrar el alivio de la ley. Un territorio donde las vagas excusas y, el resguárdese por su propia cuenta, del nadie conoce a nadie. Desgraciadamente, esto sigue siendo el mismo mundo en el que vivimos y aguantamos. Repasen las páginas de sucesos de los principales diarios norteamericanos, a lo largo del último año, el resultado saca los colores al más crédulo. Obviamente, el personaje O.J. Simpson y su caso judicial, no es más que la extrapolación de una simiente que sigue solapada en la sociedad norteamericana, y en aquel contexto, una de las mayores injusticias de la historia racial del estado de California. Posiblemente, la serie de FX tiene su mejor baza, en la veracidad definitiva que transmite de todo este cruel enredo del mediático juicio de O.J. Simpson: el juicio del S.XX, como muchos incondicionales apodaron. No. Es evidente, que ha habido otros juicios, pero el affaire O.J. Simpson es el pater familias de la sociedad actual de las redes sociales y la nueva televisión digital, donde la ficción y la realidad, conviven en un extraño limbo, de la afectividad repudiada.

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El guion con el que ha trabajado R. Murphy, al lado de Scott Alexander y Larry Karaszewski, para crear esta magnífica serie, se basa en el libro de Jeffrey Tobin “la carrera de su vida”, que es ampliamente considerado como uno de los mejores y más creíbles de todas las versiones habladas, cacareadas y conjeturadas, en torno al asunto de O.J. el juicio de Simpson. Toobin ha trabajado como consultor para los remates finales del show. Incluso, como la propia productora ha utilizado el reclamo en sus tráileres: “Usted lo ha visto todo, pero no se sabe ni la mitad”. Uno de los datos más destacables de las primeras secuencias del primer episodio del total de los 10 que completan la miniserie: es que no vemos a la auténtica Nicole, pero sí; su cadáver. Es presentada de la misma manera que la mayoría de los estadounidenses se toparon con ella por primera vez. Y es que el 13 de junio de 1994, la noticia de que Nicole Brown Simpson, ex esposa del jugador de fútbol retirado O.J. Simpson, había sido apuñalada a los pies de su propia puerta. El que mató a ella, también había atacado y ejecutado Ronald Goldman —un camarero de 25 años de edad—, que trabajaba en el restaurante en el que Nicole había compartido la cena con su madre, unas pocas horas antes. Ron había llegado a la casa de Nicole para dejar un par de gafas que la madre de Nicole había olvidado en el restaurante. Ambos fueron encontrados muertos. De ahí que American Crime Story es en sí mismo, un docudrama, no un documental, y en fondo una serie con una factura impecable. La serie reflexiona constantemente sobre el tema de la fama en sí, como el estado del sequito de celebridades del propio Simpson. Creando un espectáculo alrededor de sus conocidos, abogados defensores, fiscales, familiares de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman, testigos, periodistas, los miembros del jurado y sus familiares más cercanos. Es increíble, el clima de paranoia mediática que se organizó, cuando hasta el mismísimo juez Lance Ito, interpretado por el actor Kenneth Choi, termina cayendo en las garras del engendro de Vocerolandya: el juicio/circo es una realidad. Cuando se trata de los detalles del caso O.J., American Crime history no quiere quedarse a un lado. Todo lo contrario se limita a narrar las pruebas y coincidencias del terrible crimen, con un increíble detallismo. Algo que se deja al espectador con la palabra en la lengua para contrastar que las evidencias expuestas hablen por sí mismas. Y como de una novela de Wolfe, en un tono de gran broma cercana a Twain, el hedor de la certidumbre culpa de Simpson: es escandaloso. A pesar de ello, el show del enjuiciamiento consigue formar una guardia pretoriana; descrita como el “Dream Team” de los abogados de alto perfil: Robert Shapiro (John Travolta), F. Lee Bailey (Nathan Lane), Robert Kardashian (David Schwimmer), y Johnnie Cochran (Courtney B. Vance). Al servicio del petulante O.J. Simpson, alardeando de inocencia frente a un cuerpo fiscal abrumado y sacudido por las contrarréplicas. Y es ahí donde, Cuba Gooding Jr. hace una extraordinaria interpretación (bajo mi punto de vista) del personaje O.J.Simpson que le obliga a alternar entre la histeria y la retirada del consentimiento de niño caprichoso.

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Y es que, del mismo modo, que en el escándalo de por sí, O.J. se convierte en un nuevo maniquí pleno de acción, que se pasa alrededor de varios hombres poderosos, alternativamente acosados y que acabó embelecando, mitigando y complaciendo ante el gran jurado. Como una especie de ególatra encogido en un pequeño Hyde sabía —que era el ciudadano más fuertemente observado de los Estados Unidos— que era un gran nombre: un legendario jugador de fútbol, actor ocasional, y personaje fetiche en el mundo de la publicidad de marcas como Hertz. Evidentemente, Simpson comienza la narrativa como una celebridad y, no pasa mucho tiempo, antes de que el resto de los participantes del ensayo terminen uniéndose a la gran representación de la toxicidad del famoso afroamericano de los 90. American Crime Story es fascinante desde muchas perspectivas y, es que ese instante, donde, O.J, asumió el papel —indiscutiblemente— reservado a toda víctima de un crimen: el cuerpo frío e indiferente. Ese mismo, que contrae un karma contradictorio en las diferentes personas subyugadas en toda esta opereta de cariz trágico. Proyectando diferentes deseos y creencias, no confirmar o contradecir nada, lo que permite diversas ficciones que pueden hilar a su alrededor. En precisos movimientos de cámara, obra del excelente operador e iluminador: Nelson Cragg, en la sala del jurado, hasta que ya uno es incapaz de percibir la verdad. Para replicar esta narrativa, Cuba Gooding —que interpreta a O.J.— casi no tiene más remedio que desaparecer de la acción. En el procedimiento de encausamiento, ante el pánico de verse encerrado, el personaje O.J, huye en lo que ya ha pasado a la historia como la retrasmisión de una celebrity dentro de un Ford Bronco blanco, a vista de pájaro, en todos monitores de TV de EE.UU. Enmascarando una imagen de personaje trastornado y adicto a un chorro de estupefacientes con un arma en la mano y otra en el móvil. Es el momento de gloria para los helicópteros de las cadenas televisivas. A lo largo de la gran autopista —libre de peaje— de Los Angeles. Una escapada que ni Godard hubiera imaginado; con medio cuerpo de policía vigilante al hipotético desenlace. Y detrás, del fantoche Simpson, una cohorte de letrados, cajas de caramelos, palomitas, tabloides a diferentes horas, especialistas en psiquiatría y criminalística por la TV convertida en la gran telenovela financiada por los contribuyentes. Una historia —aparentemente— interminable que gradualmente llevó a su fin, lo previsto —perversamente— como meta. Algo tan sencillo y liberador como; la absolución. Otro de los grandes aciertos de PVOJS es el personaje de Robert Kardashian —que interpreta un David Schwimmer— con un aroma a Grammy de este próximo otoño. Su labor como abogado personal y amigo de toda la vida de O.J. Simpson; es soberbio. La recreación del equipo de maquillaje hace maravillas con todo el reparto de la serie. Pero lo de Mr. Kardashian tiene un eco de persistente papel cuché diario o tuit de turno.

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David Schwimmer se mete de lleno, en la historia real del auténtico Robert Kardashian de los 90. Fue el apoyo casi diario de O.J. Simpson que derivó en una amistad más allá de lo puramente profesional. Administrador y garante de todo lo que significaba el apellido Simpson y curiosamente, a medida que iban saliendo más tretas del proceso, asqueado de todo lo que representó el gran Orange Juice. Desde el momento de la contratación del famoso Dream Team de abogados, asesores y resto de especialistas, etc, etc. Hay una secuencia en la que RK se lleva a sus hijos a una comida, donde los chicos se quedan deslumbrados, al observar que la anfitriona lo reconoce, y se presta rápido a ofrecerles a toda la familia una mesa VIP. Detrás otros clientes esperan. Robert Kardashian (fallecido en 2003) ofrece a su prole (Kim, Khloe &Cia) una advertencia acerca de los que buscan la fama. Y como esas criaturas —a día de hoy— no son conocidas. Realmente es chocante lo rápido que encontraron el acomodo en lo del mundillo celebrity. Huelga decir que es uno de esos momentazos brillantes del show, pura ingeniera de guion, de elegante resonancia e ingeniosa ironía. Al igual que otro personaje que no tiene desperdicio; el vanidoso Robert Shapiro, aquí interpretado por un John Travolta muy solvente.  Presuntuoso en sus constantes enredos legales de las contrapartidas de la misma. Además de ser productor de la serie tras quedarse hipnotizado por el proyecto de Murphy, de su propia palabra. Y es que a medida que van pasando los minutos y capítulos se produce una atracción real en esta historia, algo que hace de toda la tramoya legislativa, un juego diabólico, que sigue igual, a pesar de las décadas de retrospectiva. El todopoderoso abogado se vanagloriosa que sabiamente ha detectado algunos tempranos errores de la policía (en el procedimiento del encausamiento de Simpson) y los fiscales de la audiencia de Los Angeles han abierto una ventana inflamable en el tema de la raza. Aunque Shapiro, como judío y blanco, no quiere abril la anilla, de esa lata de gasolina, en vista de los antecedentes, y la previsible nueva reacción de conflictividad social —que podían desquebrajar la gran urbe— de todo lo que significa. Sí que se imagina, en el nuevo rol, de defender a un nuevo cliente, más aún, a sabiendas del personaje y su celebridad como afroamericano triunfador y rico heredero del sueño americano. Ahí es cuando se sube al caballo ganador de introducir en el equipo de la defensa al legendario abogado Johnnie Cochran (Courtney B. Vance, en una actuación salvaje y contundente), que no sólo le da contundencia al equipo de la nueva defensa. Una apuesta, que termina por desbancar del sillón jefe y tomar el control del propio Saphiro y resto del equipo. Erigiéndose en el líder de las exposiciones. En uno de los episodios de la mitad de la miniserie; “La tarjeta de la raza”, la serie se adentra en el fondo de Cochran y su estilo en la defensa de Simpson, en contraste con el conflicto interno experimentado por Christopher Darden (Sterling K. Brown), un fiscal que siempre debe preguntarse si su papel en el caso es meramente la parte de la cuota simbólica racial.

The Dream Team Defense Foto 5

Y es que el propio juicio devoró a todo el mundo, por no decir, que se fagocitó a sí mismo, a través del caos mediático de la inexorable avidez del individuo. The People v. O.J. pone de relieve, el engullimiento de la principal fiscal, Marcia Clark. Representada por la actriz Sarah Paulson (una actriz de enorme talento) del caso Simpson que, en la tradición permanente de la vista, debe asumir no sólo la carga del proceso judicial: sino el ignominioso y cruel escrutinio del pueblo americano. Cuando todo parecía ya resuelto y al final fracasa en el intento. Fracaso no apelable a la propia Marcia Clark. Es el fiasco del sistema y la balanza del cuerpo legal. Pues, desde la perspectiva y el contexto de su significado, son los propios espectadores quienes experimentamos la candidez de Clark sobre su propia notoriedad repentina.  Así como observamos el mecanismo de destrucción de la persona como ser humano. En la ínsula feroz y adictiva del megasintonizador, donde residen los medios de comunicación, los mismos, que despedazaron su actuación en la sala. No fue suficiente, su representación, sino que cada gesto, cada palabra o cada detalle estético se convirtió en un calvario personal. Mientras que paralelamente al affaire O.J. corría su vista privada; la angustia de una atormentada Clark, batallando por la custodia de sus hijas, con su ex esposo. Digamos que ese es uno de los típicos esfumatos Made Ryan Murphy. Como la dedicación de un capítulo con el nombre en tono glorioso de Marcia Clark; esa estoica heroína. A pesar del alto componente capcioso y venenoso del efecto O.J. que hace de la violencia de genero una bomba de plutonio contra la fiscal Clark; “The People v. O.J. Simpson”es una joya televisiva de alto calibre. Hermosa e inestable, pero aquello ya lo dijo Wilder; nadie es perfecto. No obstante, seguimos atónitos desmembrando su ambiciosa producción, la cual, sigue sorprendiendo en un segundo visionado el infalible tono dramático, sentido del ritmo y una dirección artística que quita el hipo. El tiempo podrá declararla como historia de culto y estudio. Pero lo que dejó muy claro este oscuro e ignominioso asunto de O.J. Simpson es que hay un antes y un después desde el discurso a toda la nación de un Clinton superado por la furia de una sociedad libre y envuelta en rabia contenida. Así, como el 11S fue la caída del ícono de libertad en la Babel intercultural del mundo y el revolcón al celoso guardián de occidente. Nuevamente, la creatividad y el trabajo bien hecho redescubren la fragilidad de inmenso país lleno de injusticias y gente maravillosa. En lo que todo el mundo está de acuerdo es la espera del nuevo American Crime Story de Ryan Murphy 2017 sobre las consecuencias del huracán Katrina. A veces, la buena televisión, puede hacerte soñar, tanto como el buen cine; y eso, si que es una gran noticia. Posiblemente, sea ahí, donde resida la gran grandeza de la libertad creativa de la ficción Made in USA. Un talento innato e inagotable… El  Nota: 8,5

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American Crime (2015)

TIMOTHY HUTTON

Dicen las mentes más ilustradas, esencialmente, aquellas más introducidas en la crítica literaria, que las historias de detectives tienden a caer en el papel del drama moral. Fetén. Pues, yo me hago las siguientes preguntas: ¿qué es la novela negra en el fondo? ¿Por qué toda la cultura del policíaco sigue atrapando a tanta gente? No les pica la nariz… Claro que sí. Es lo más parecido a la realidad diaria. A ver, voy a ponérselo sencillo y práctico: busquen cualquier portada de periódico, la de hoy, ayer o hace un año y mírenlas bien. Leen los mismo que yo: Accidentes aéreos con psicópatas al mando de la nave, asesinatos de menores sin resolver, corrupción política y económica en altos organismos, grandes robos de obras de arte, casos de espionaje por revelación de documentos periodísticos, negligencias médicas y un largo etcétera. En el país de la ficción televisiva por antonomasia, EE.UU, la veterana cadena  ABC, —aquella que hace once años—, rompió las audiencias con el drama de Sci-fi espiritual, “Lost” (2004). De nuevo, ha vuelto con una propuesta muy interesante, junto al guionista/realizador John Ridley  —ganador en el apartado de guion adaptado de la magnífica “12 años de esclavitud”— y no hace mucho, su primer largometraje; un irregular e interesante biopic del mítico músico Jimi Hendrix. Nos propone un drama criminal que explora la complejidad y la omnipresencia del asesinato, en una sociedad violenta como  la norteamericana, desde múltiples puntos de vista. Todo ello aderezado de un sustancioso y bien compactado plus de tensión racial, donde las desigualdades socioeconómicas afloran con fuerza, tras la aparición de un brutal crimen en una pequeña comunidad (Modesto) perteneciente al distrito de los Ángeles.

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American Crime insiste en la candencia de otros grandes films que han tratado el tema desde la magistral; “En el calor de la noche”(1967) de Norman Jewinson o la premiada “Crash”(2005) de Paul Haggis, más cercanas al modelo americano y el caso de “Babel”(2006) de A.G. Iñárratu, desde una perspectiva más globalizadora de los perpetuos temas que acompañan y seguirán acompañando a la sociedad humana. Así como una visible influencia de dos series de culto: The Wire (2002) o Boss (2011) —concretamente en la concepción visual y estética—, con unos primeros planos y encuadres abrumadores, que nos recuerdan muchísimo a la propuesta de Gus Van Saint. Algo que nos deja confundidos, en cuanto a la elección de un canal convencional es todo ese ambiente a cine independiente Made in Usa bien cosido y planteado. Si American Crime estuviera en la parrilla de Showtime o HBO, nadie se lo cuestionaría; pues, el producto desprende mucha calidad. Exquisita fotografía, buen montaje y muy buena dirección de actores. En American Crime, J. Ridley, ahonda en esa América multicultural donde cada una de las partes del conflicto se ha descrito sin adornos. Es una señal, que nos alerta, de un gravísimo problema de rabiosa actualidad y sigue ahí: el embarazo que todo el mundo evita, en mil eufemismos llamado racismo, que sigue tratando de encontrar una dimensión social, entre lo políticamente correcto y la visión más justa de los EE.UU, los cuales, aspiran a ser la máxima expresión de convivencia de todas las partes que intervienen en el eterno conflicto. Sin embargo, la quimera cae en su propia trampa, cuando descubrimos, a través de las magníficas interpretaciones de los aludidos; el ego de sus particulares creencias y prejuicios que terminará por devorarlos.

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Es lo que se atisba en esta primera temporada, pues el show ha sido renovado por una segunda temporada, una vez pasado con gran éxito ante la crítica Made in Usa y con una audiencia más que discreta. American Crime se convierte en un rompecabezas, que con el paso de los capítulos, las diferentes historias de todos estos personajes, se irán hilvanando en la urdimbre principal: el asesinato de Matt Skokie, un veterano de guerra con una vida aparentemente normal. (Hijo de los principales protagonistas, Russ Skokie), interpretado por un Timothy Hutton, en plena forma, que nos recuerda aquel joven  deslumbrante de talento en el debut cinematográfico de Robert Redford. Su esposa es Barb Hanlon (la siempre espléndida Felicity Huffman). El matrimonio Skokie está roto y además, se evidencia que es una pareja de divorciados por el poco feeling que transmiten y una falta de comunicación absoluta. Por otro lado, está la esposa del asesinado MS, Gwen, la cual, ha sobrevivido y permanece muy grave en coma, luchando por su vida. Hija de Tom Carlin (W. Earl Brown) y Eve Carlin (Penelope Ann Miller, una gran alegría la vuelta de esta actriz a la primera línea mediática). La otra cara de la moneda la comparten, unos personajes muy bien escritos. Ahí, tenemos al severo padre, mexicano, viudo y dueño de un taller de reparación de automóviles; Alonso Gutiérrez (interpretado por ese gran actor que es  gran Benito Martínez) intentando ayudar a su hijo adolescente Tony (Johnny Ortiz) sospechoso de complicidad por dejar el automóvil de su padre a un ladronzuelo, Hector Tontz (Richard Cabral). La pareja de yonkis adictos a la  metanfetamina y lo que se ponga por delante; Nix (Elvis Nolasco) y Aubry Taylor (Caitlin Gerard). Auténticos calcos de los personajes de la soberbia “Boss”; Emma Kane y Darius Morrison—emulando un amor interracial imposible. Todos luchan por su supervivencia tras el impacto del asesinato de Matt y las consecuencias, que están condicionando una angustia latente, sobre sus propias vidas. Enzarzándose en una lucha sin tregua para salir del meollo, ante un daño colateral que les implica de facto.

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Vemos gente común y corriente, un grupo de individuos afectados y relacionados con las consecuencias de los trágicos acontecimientos que cambiarán las vidas de cada uno de ellos. Y es precisamente este dolor lo más triste,  y a la vez, lo más interesante. American Crime es un drama que explora las relaciones familiares de distintas etnias, el tráfico de drogas y cómo el hecho de un solo crimen puede afectar el destino de sus vidas. La búsqueda se convierte en un camino de espinas, donde los resortes del sistema judicial chocan hasta hacer descarrilar al más pintado. Todo ello aún suena más doliente en los acordes —de la gran BSO de corte étnico/minimalista— del gran Mark Isham.  La información es oro negro que hay que encontrar a cualquier precio y la justicia, una ínsula quimérica. Uno de los mayores atractivos del show pivota en el resto de los afectados en todo ente affaire. El desgate físico y emocional de un proceso que avanza como un depredador voraz de sentimientos humanos convertidos en despojos de esa tramoya incendiaria llamada sistema y el  avance tortuoso en una sociedad supuestamente muy desarrollada. Un dato, American Crime se estrenó el 5 de marzo de este año, con el halo de las revoluciones ventriculares todavía latentes, tras los homicidios provocados por la policía de Ferguson (Missouri), y el asesinato de un policía a sangre fría en NY. El alcalde la ciudad casado con una afroamericana afrontando las soflamas de su propia policía. Y las calles de EE.UU convocadas a la protesta —en plena reivindicación— de los derechos de igualdad entre ciudadanos de un mismo lugar. En el fondo John Ridely no está más que narrando una crónica de un estallido que siempre supura entre paños calientes, pero sigue latente. Capote lo vio muy claro en Kansas, y es que América, no país para viejos ni para jóvenes. Es una utopía, que a veces, se descontrola y como todo ser humano: nadie es perfecto. A pesar de que American Crime puede dejarle a uno, esa sensación de déjà vu merece darle una oportunidad. La intensidad de los actores y la pulcritud de la narración, a través de una cámara incisiva sobre el gesto del eterno drama americano con aroma a historias, que son obras maestras de la ficción histórica de la TV; bien vale su margen de paciencia. Nota: 7,8

Body and Soul (1947)

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41 años sin Pablo Neruda

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“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida” (Pablo Neruda) 1904/1973 Chile

38 años sin Dalton Trumbo

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“La falta de honradez en el gobierno es el negocio de todos los ciudadanos. No es suficiente para hacer su propio trabajo. No hay ninguna virtud particular en eso. La democracia no es un regalo. Es una responsabilidad.”  Dalton Trumbo (9 diciembre 1905/10 septiembre 1976) EE.UU

62 aniversario de Joe Strummer

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“Pregúntate si lo que estás haciendo hoy te acerca al lugar en que quieres estar mañana”  Joe Strummer (21 Agosto/Turquía-22 diciembre UK)

 

Rectify (2013) “Vivir de nuevo”

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En las montañas nevadas de Utah, la gran estrella de Hollywood il bello de la década de los 70, Robert Redford tomó una decisión histórica; apostar por el cine independiente y por ende, la industria audiovisual indie. Desde 1978  ya ha llovido de aquello. Tanto como de las palabras del creador de esta utopía postmoderna. Estamos aquí porque el cine necesita de nuevas voces y talentos (R.Redford).  De todo ese emporio llamado Sundance Festival, surge ahora con más fuerza que nunca, su canal de TV.  Sundance Channel es una realidad.100% puro estilo Sundance por sus cuatro costados. Y es en este hermoso paramo donde nos hemos  encontrado con esta maravilla, que un servidor dejó pasar por alto el año pasado; Rectify es una serie de seis capítulos de duración fascinante, sobre la historia de la  absolución de un preso, Daniel Holden (Aden Young)— actor canadiense, extraordinario— en el  corredor de la muerte. La semana pasada se estrenaba el primer capítulo de la segunda entrega. Bien, la cuestión es que  gracias a la aportación de una prueba pericial de ADN, de la mano del abogado defensor John Stern (Luke Kirby),  nuestro protagonista Daniel Holden es liberado de la prisión estatal de Georgia. Todo el affaire se remonta 20 años atrás, en su pueblo natal —de la profunda  América sureña—, siendo acusado del asesinato y la violación de una chica compañera de clase en la escuela de secundaria. Fue detenido tras confesar el crimen en extrañas circunstancias. A esto se le sumó,  un torticero y ambiguo testimonio de un amigo de colegio. Dando fe de haber presenciado el acto de violación y asesinato in situ.

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A lo largo de esta primera entrega presenciamos flashbacks, donde se atisba a Daniel Holden al lado del cadáver ensangrentado, exánime  y cárdeno. Mientras, DH lo acuna. Holden está anonadado y ensimismado con su liberación. Apenas sabe colocarse la americana. Está alucinando con la actitud generosa de uno de sus guardias del corredor. Ya está fuera de prisión y junto a sus familiares muy excitados e igual de nerviosos que los medios de comunicación, presencian su primera rueda de prensa. Daniel Holden está en libertad. Ahí, arranca esta magnífica serie con el tema central de Linda Cohen. Un drama, que adopta un tono más cercano a la espiritual y corrosiva, “A dos metros bajo tierra” (2001) que fue el debut en la HBO de Alan Ball. Holden emite un aura zen, pacífica y lisérgica ante los acontecimientos más peregrinos de la vida: el césped, el cielo, caminar, pedalear en una bicicleta y observar la naturaleza. Una postura entre la angustia de lo pasado en prisión y la sensación de libertad en un mundo que ha cambio demasiado. Un ejercicio de exploración interior donde la mente y el alma de un hombre, se confunden como el personaje de Starman que personificó Jeff Brigdes y el Bowie musical. Empapada en un déjà vu continuado con esos travellings lentos y la aparición de su mejor amigo en el corredor de la muerte, el recluso afroamericano Kevin Whitman (Johnny Ray Gill), donde mantienen conversaciones a través de la rejilla de ventilación situada en los bajos de la pared.

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Una charla donde Whitman, como afroamericano, le dice a Daniel que no puede aceptar su sugerencia de lectura, de Somerset Maugham sobre la esclavitud humana, porque trata de alejarse de la literatura. Y continuamente,  expresa  una  gran admiración  hacía Daniel por su capacidad de meditación ante la vida que soportan. Lo dicho, por momentos Daniel Holden derrocha ternura y compasión, con la complejidad de no saber si es culpable o inocente. Hay una serie de elementos bizarros en la atmósfera que a lo largo de estos seis capítulos flotaran  a modo de sombra, sobre Holden. Algo de complot e intereses espurios se irán dibujando a medida que el serial avance. Las sospechas sobre un ávido y trepa, senador Roland Foulkes (Michael O’Neill. Actor televisivo, inconmensurable y camaleón). Deseoso por cerrar el caso a su favor, es decir, mantener la tesis de que DH, es culpable. Presionando a la mínima que puede sobre el sheriff del condado; Carl Dagget ( J.D. Evermore) y la fiscal del condado Sondra Pearson (Sharon Conley). Al igual  que la camarilla de viejos amigos del colegio envueltos en un extraño halo de desconfianza. Creada y escrita por Ray McKinnon, un actor conocido por sus actuaciones en Deadwood (el reverendo atormentado y alocado) y  Sons of Anarchy, puntualmente. Acierta con la propuesta de drama, cuasi, metafísico, exquisito y de candencia muy lenta, tremendamente paciente. Por momentos, parece que Malick esté detrás de la cámara. No por ello, aburrido ni pretencioso. Directo a la Georgia rural y profunda. Igual que True Detective se marchó a la Luisiana del horror. Ambas surcan los mismos parámetros del desasosiego y el desencanto.

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Eso sí, los de HBO en solfa de thriller 100%. No por ello,  el ritmo rural y arcaico pretende juzgar a nadie por los modelos de vida o contextos geográficos. Se agradece en todo momento la enorme cantidad de referencias literarias, a modo de metáforas de la concepción de libertad. Solapadamente, estamos ante una denuncia en Do mayor de la pena de muerte. El ritmo y los movimientos de cámara milimétricos, mérito del operador de cámara Paul M. Sommers. Un punto aparte, es su familia, que no sabe dónde se halla y como enfrentarse a un hijo que ha pasado la mitad de su vida encerrado en  prisión. Manty (Abigail Spencer), hermana de Daniel devota y ferviente defensora de la inocencia de su hermano. Junto a su novio y abogado de todo este proceso;  John Stern. En esta nueva etapa tiene que aprender a dejar que las cosas corran por su nuevo meandro. Daniel ya está libre. (Spencer ha aparecido en muchas series de TV, incluyendo Mad Men). Luego, están su hermanastro Ted (Clayne Crawford), un vendedor de neumáticos y accesorios de automóvil, que no deja de dudar de la inocencia de Daniel. Es superado por la agresividad y celos hacía el ex reo. Y el enamoramiento desde una perspectiva muy inocente, casi angelical con la esposa de Ted: la dulce y encantadora Tawney, interpretada por Adelaide Clemens. De enorme parecido con la británica Carey Mulligan. Entabla un cuadro de diálogo, en torno, a la congregación eclesiástica que pertenece sobre la vida y la muerte: delicioso.

 

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Las reflexiones de Daniel fascinan a Tawney y el  lenguaje gestual que desprende la esposa de Ted Jr. es hipnótico.  En mitad de todo este puzle familiar estaría la mater familias, Janet (Cameron J-Smith), la cual, volvió a casarse mientras estaba en prisión. Ahora tiene un padrastro Ted (Bruce McKinnon)  y un hermanastro teenager, Jared  (Jake Austin Walker). Daniel, parece importarle muy poco el mundo material; dinero, ambición, poder y las cosas por las que medio mundo se pelea todos los días. Cuando la madre pone sobre mantel el futuro de la familia o el papel de Daniel en el nuevo contexto de lo cotidiano. El drama da su pequeño tour de force hacia la comedia negra y nos recuerda a las reuniones de los Fisher en “A dos metros bajo tierra”. Janet afirma: “Demonios, nada de esto ha sido normal” y su hija le espeta: es cuestión de tiempo… Mientras Daniel juega con su vieja consola Atari a los comecocos. La mancha del cautiverio es obvia y ahí el retrato psicológico de un tipo ha perdido los mejores años de su vida recluido y que ahora choca con el presente, con internet, móviles, dvds, cds, los grandes almacenes y más. Lo dicho, prepárense para vivir una experiencia sobre sus propias vidas y en un ejercicio de vértigo háganse la gran pregunta: ¿qué pasa con mi vida cuándo ocurre lo imprevisible? Daniel Holden ha conseguido algo muy importante y es darle una repuesta espiritual a su angustia. Un bicho raro no por antonomasia sino por obligación. Convencido de su inminente muerte. Lo dicho, un estupendo escáner sobre el asilamiento carcelario, la soledad y el avasallamiento anímico. En definitiva, un hermoso lienzo sobre el individuo que acepta su propia muerte, la descomposición humana y sorpresa que genera una segunda oportunidad. Un viaje iniciatico en busca de la dignidad del ser humano. No se la pierdan. Nota: 7,9

Jack Johnson, The giant

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“Soy negro, nunca me dejaron olvidarlo. Soy negro, nunca dejaré que lo olviden. Pero quiero que me vean como un ser humano. No soy un salvaje. Soy el campeón del mundo.” Jack Johnson, “el gigante de Galveston” (1878-1946)

 

 

 

El dolor sí tiene nombre

Vivir con dolor crónico

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Blog de Fernando Usón Forniés sobre análisis cinematográfico.

IN THE NAME OF CINEMA

El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine.

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