Feud (2017) “Hollywood Decrépito”

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Podríamos estar hablando horas y más horas, en torno, a las biografías de las icónicas actrices del siglo XX. Afortunadamente, de las muchas que han existido, tenemos la suerte —en esta ocasión—, de contar con la presencia histórica de dos divas del Hollywood dorado: Joan Crawford y Bette Davis. Y redundando, en la propuesta, parece irónico que tenga que hablar de ellas aquí, y, no en ese lugar, donde ya saben Uds., que acostumbramos a realizar nuestras crónicas tan sui generis. De repente, nos encontramos con el chico de oro de la ficción norteamericana, Ryan Murphy. Nuevamente, en la productora que lo ha hecho mundialmente reconocido, FXNetworks. ¿Qué puede decirse de este creador, que no se haya dicho, en toda la webesfera? Poco más, que no sepa este mundillo, sobre l´enfant terrible de Indianápolis; exagerado, excesivo, socarrón, macabro y retorcidamente cínico. Empero, con mucho talento. Lo dije, aquel día que filmó, una de las mejores joyas de la TV, “Nip/Tuck” (2003). Evidentemente, sabe a lo que juega y lo que pretende: entretener en la pantalla pequeña con presupuestos de cine. Feud (2017), tal como suena, es una legendaria historia sobre una enemistad, cuasi, divina y de proporciones cercanas al cainismo más bíblico. Aunque esto, tiene un toque más cool. Estamos en Hollywood, no lo olviden. Un producto suculento, donde se atisba, una propensión exuberante de la exaltación del deseo y la neurosis. Una pelea constante, donde la revancha: es la aniquilación de tu alter ego. Regocijo y horror en el estudio. Mientras, la insolencia de Murphy, navega en la gran broma, de la subyugación de los corazones yankees, donde gravitan ellas: dos divas de finales del S.XX. Jessica Lange (Joan Crawford) y Susan Sarandon (Bette Davis). Bajo mi punto de vista, mucho más cómoda la Sarandon, ya que físicamente, tiene unos rasgos más cómplices, a su canibalización, con la Davis. Su partenaire, Lange, de una belleza felina y eslava, recordemos ese primer plano de ella, delante del King Kong (1976) de Guillermin; exquisito e inolvidable rostro. Ahora embalsamada de maquillaje y otras maravillas del equipo Max Factor, que por momentos, tras los baños de Vodka, llega a parecer un guiñol de la auténtica cara de Crawford (Propongo un visionado de esta actriz en la fascinante Johnny Guitar/1954 de N. Ray) y luego hablamos. Sin embargo, ello no es óbice, para comprobar las magníficas interpretaciones, una vez más, en esta nueva serie de Murphy. Dejándose la piel como contendientes perennes, en pleno apogeo, de la decrepitud personal de ambos íconos, de un Hollywood irrepetible. Un lugar con el mayor número de divinitys por m2, que jamás un milenial hubiera imaginado. Una visión más introspectiva de la flaqueza del ser humano; cuando la edad se convierte en tu peor enemigo. Feud arranca en 1978, con el pretexto de la filmación de un documental acerca de la enemistad entre las míticas actrices —un mecanismo narrativo que subraya el concepto de Murphy, en todo show—, en pleno despliegue mediático por la reavivación de sus carreras. Olivia de Havilland (Catherine Zeta-Jones) magnífica interpretación de reparto y Joan Blondell (Kathy Bates), como nos tiene acostumbrados, a lo largo de sus apariciones de la franquicia AHS.

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De repente, se escucha, una frase genial de OdH, “Las peleas no sustentan en el odio, si no en algo más hondo, el dolor”. Saliendo el plano de su cara, en un prolongado flashback, que alterna con la década de 1960; Joan y Bette están enfrentadas estratégicamente, por dispersos y personalísimos intereses con la Warner Bros, y la falsa apariencia de una deuda moral con Jack Warner —nada más lejos de la verdad— concretamente, en el dinosaurio JW, protagonizado por (Stanley Tucci). Portentosa lección del oficio teatral de un actor impagable. Además, de ser uno de los últimos patriarcas del desvergonzado y viejo Hollywood, que ve su estudio como una especie de establo o burdel, animando la obsesión de cada estrella contra la otra, disfrutando como un niño,  en medio de la disputa por los papeles selectos. Así como, su aprobación tácita. Crawford y Davis, llegan a dar, —tal semejante escala— de subordinación laboral y vital, de esta sociedad dónde esos otros, que no vemos, pero, ven en ellas: un modo de nutrición de complejos personales. Decálogo sutil de un maniquiesmo letal. Plasmados en la inferioridad suplementaria que requerirá —probablemente para siempre la asunción, de la culpa—, en particular, la hija de Bette, Barbara Sherry, interpretada por (Kiernan Shipka), algunos la recordarán como la hija mayor de Don Draper en la obra de arte, Mad Men. En el caso de Joan, la maternidad no fue biológica, pero la adopción le trajo unos cuantos disgustos con su primogénita, Christina. Y es que, volviendo a la figura de Joan Crawford, en términos generales, fue la estrella más grande, atractiva y descomunal de la historia del 7º arte. Había sobrevivido al periodo del primer cine mudo, y, gracias a una voz suculenta y con brío, transitó al páramo del sonoro, sin problemas. Cosa que a otras divas de aquella época no consiguieron; Clara Bow, Mary Pickford, Mirna Loy o Lilian Gish. Impresionante recorrido de bailarina flapper a decadente figura del terror gótico de serie B. En el primer episodio, se nos pone al corriente, de los acontecimientos, en el mismo instante que Marilyn Monroe va a recoger su Globo de Oro, “por Faldas y a lo loco” (1959) de B. Wilder. Crawford, bien cocidita de Smirnoff, hace un comentario demoledor, sobre los senos de la rubia californiana…Dejando entrever, el chascarrillo de turno, en torno, a que ambas fueron amantes. Bien, concluyendo esta línea argumental, las películas de Joan eran a menudo más directamente espeluznantes. Posiblemente, por esa mirada que congelaba la pantalla y dejaba al espectador petrificado por una belleza, entre lo andrógino, racial y artificial —ex profeso— vía cirugía plástica. Una reina que salió de Texas a por un sueño y lo conquistó. Por el contrario, las películas de Bette Davis, de un modo más ingenioso habían subsumido su propia vistosidad. Pues, hablamos de la actriz pre-Actors Studio, técnica y personalidad pura (10 nominaciones a los Oscars y dos estatuillas, como mejor actriz) en una especie de siniestra respetabilidad. Eso, lo sabía su rival, que sólo consiguió tres y una estatuilla. Volviendo al rodaje que sirve de nexo para narrar toda esta serie y el resto de personajes.

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No podemos pasar por alto, el director del film, un clásico del oficio, Robert Aldrich. El actor elegido para su recreación no ha sido otro que el británico Alfred Molina, que ha estado a un nivel altísimo. Aquí en el papel del cineasta, que rodó, una película de culto, una obra mayor con un presupuesto de serie B, que se convertiría en un éxito gigantesco y acabaría por conseguir una nueva nominación al Oscar de Bette Davis. Observaremos capítulo a capítulo como la presión del rodaje, el dirimir con los egos de ambas estrellas y de enlace con Jack Warner terminará con su matrimonio.Volviendo al rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? Aquellos días, de trabajo, en el estudio fueron una zona de guerra. Bette Davies es unos pocos años menor que Joan Crawford, lo que enerva la contienda por el orden de papeles, ubicaciones, quien tiene los mejores diálogos, los mejores detalles con el set de rodaje, si Pepsi o Coca/Cola. Joan Crawford se casó con el dueño de Pepsi-Cola y enviudó. Algo que la convirtió de la noche a la mañana en una especie de Ceo de la empresa. No había sitio —que pisara— en donde, no sacase algo relacionado con el merchandising de la marca. El asunto fue a más en el rodaje y la Davis, sin temblarle la mano, al segundo día de rodaje puso una máquina de Coca-Cola enfrente de la suya. Los cuatro primeros episodios son los más atractivos y donde Feud —deja a uno con mejor sabor de boca— con una dinámica narrativa que hereda los mejores artificios de la espléndida The Sopranos (1999). Otros personajes que no se pueden dejar fuera son las columnistas/alcahuetas del Hollywood más Underground. Hedda Hopper (Judy Davis) y Louella Parsons fuera de la pantalla. Nadie está exento a estos amarres del sálvese quien pueda y detestar a la vez. Carne del higadillo pura y dura. La ayudante de dirección y Script personal de Robert Aldrich, Pauline Jamenson (Alison Wright) The Americans. Curiosa anécdota, pues la auténtica, PJ fue una actriz con un recorrido interesante.  Cada vez que aparecen sus cejas, te quedas pegado a la pantalla, pues, es uno de los rostros más inspiradores de la nueva ficción televisiva. Bien, en este rol, que la licencia creativa de Murphy se permite: nos presenta a una mujer, en busca del sueño, independiente, por ser directora de cine. Algo que propia Crawford, le remarca; ¿quiénes somos nosotras en este mundo sin dinero? Nadie. Pauline, le recuerda a las grandes pioneras del cine mudo, D. Arzner y L. Riefenstahl. JC, se llena una copa de vodka y sigue jactándose del sistema y la serpiente capitalista. “El cine mudo era de juguete, no costaba dinero, como el cine que hacemos ahora. Hollywood es un monstruo que sólo quiere dinero, más y más.” Un depredador de cartón-piedra insaciable. Incluso, el discurso de R. Aldridch no le queda muy alejado del que transmite la Crawford: “mujer esto es una cadena sin fin, no vayas con esa postura por estos lares.” Además, de recriminarle —con tono paternalista— su posición privilegiada, como asistente personal. Por cierto, Aldrich, se deja caer un affair con Bette Davis y una gran lista de amoríos que tienen hartísima a su esposa Harriet Aldrich (Molly Price).

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De algún, modo Murphy, reivindica la igualdad de sexos, derechos y remuneración. Intenta denunciar a una industria misógina y hostil con las mujeres. Puede que la forma de manifestarlo sea demasiado amable. Pero ahí lo deja caer. Crítica la sátira —de esa inculcación— de una cultura salvaje, donde el capitalismo, es el arquitecto de un sistema que enfrenta gargantas contra gargantas. Hay una escena magnífica que pone de relieve esa situación. Cuando se lleva a cabo la pool delante de la prensa para la formalización de los contratos y, a renglón seguido, la gresca por la ubicación de los nombres en los créditos del film. Obviamente, la desvergonzada y caustica visión de Murphy, hasta este estadio es embriagador, ya que no sólo imprime la leyenda de lo mítico o el chascarrillo, sino esa idea, que es el sello de su factoría. Cómo lo hizo en la magistral The People Vs O.J.Simpson. Siguiendo una tonalidad que ya consiguió con el gran elenco de actores de la citada serie, aquí vuelve a alcanzar ese plus de brillantez. En este contexto, es lógico que la imaginación empática de Murphy gravité en: BetteVsJoan, lo que es igual Jessica LangeVsSusan Sarandon. Todo un suculento ardid —muy propio de esa cultura divinizada Pop 60,s— que sirve para distraernos, de cuánto podemos falsear, nuestra propia jerarquía social contra nosotros mismos, guardándonos, el sojuzgar a los vecinos con pequeñas distracciones. Generalmente, las vidas sexuales de los ricos omnipotentes y celebritys —quienes son revelados por Murphy— pues, no puede evitar el karma compulsivo de los mismos defectos. Tal es su superstición personal, que no se olvidó de su actriz fetiche personal, la siempre elegante, Sarah Paulson como la gran dama del teatro Geraldine Page. A la que muy bien, embaucó Miss Crawford, junto a la hermosa Anne Bancroft (Serinda Swan) en la noche de la entrega de los Oscars de 1962. Davis pierde y el Oscar es para la Bancroft (que en su lugar, es recogido por Crawford, leyendo una nota de agradecimientos). JC pasa de puntillas con la estatuilla por delante de una Davis enfurecida, al lado de una O. de Havilland que no salía de su asombro.

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Feud es un cuerno de oro de una sociedad, donde la riqueza bullía, como en el mundo de la maravillosa Mad Men “Un lugar donde la verdad miente”. Pero ese cuerno comenzaba a presentar serios daños estructurales. Hollywood tiene un nuevo enemigo llamado TV. Aunque, no sea muy dañina, ya que ese negocio está en la Costa Este. Los sapiens del viejo Hollywood se apolillan y mantener los lujos se hace una ardua tarea imprescindible. Un aroma a decrépitud naftalínica va haciendo mella en la atmósfera.  Las nuevas generaciones puede que observen a estas reliquias de antaño —como lo que son— fotografías en blanco y negro en mundo utópico. Empero, para otros muchos, son hermosos talentos que ennoblecen la pequeña pantalla. Susan Sarandon y Jessica Lange relucen el nuevo OLED coreano del salón de casa. Una presencia omnipotente y adictiva. Ambas retratan la increíble vulnerabilidad e implacable determinación de dos actrices irrepetibles: Davis y Crawford. Dos mujeres que puede que fueran obligadas por aquel Hollywood a competir en papeles similares; que yacieran humilladas por las pocas opciones que le dejaban, abuelas de estrellas del Rock y poco más. Tuvieron que hacer público el olvido del fracaso personal. Ante semejante zarandeo y castigo sólo les quedaban sus grandes mansiones solitarias de Beverly Hills. Ahí, tumbadas en la chaise longe, rodeadas de botellas de vodka y suscripciones caducadas al Variety. Mientras las amas de llaves, confidentes y porteadoras personales, como “la Mamacita”—particular— de Crawford,  en el papel de Jackie Hoffman. No es la primera, ni la última mujer que doblegada desde el misterio de su nacimiento, consiente y dirige el crepúsculo de esas diosas. Al son de la notas de Mac Quayle, mientras aparece la cortinilla de presentación del episodio de turno: un hermoso de homenaje de Mr. Murphy al genio de Saul Bass. Bienvenidos al feroz y viejo Hollywood. Nota: 7,8

 

“The Big Heat” (1953)

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The best 10 movies of 2015

 

  1. The Revenant

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2. Beasts of no Nation

 

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3.  Ex Machina

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4. Mad Max “Fury Road”

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5. Slow West

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6. Creed

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7. Pasolini

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8. The Hateful 8

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9. Carol

 

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10.  45 Years

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Sunset Boulevard (1950)

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Where Danger Lives (1950)

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Public Morals (2015) Hell´s Kitchen

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Hay algo reconfortante en el camino que definiría al director/ actor estrella y guionista Edward Burns: un físico bien parecido, a modo de híbrido, entre Richard Gere y Robert de Niro hace unos cuantos años. Así como, su admiración por la obra de Fuller y Ford. Ya ha llovido desde que la gran cocina del cine independiente —Made in Redford— le brindase el reconocimiento por su opera prima; los hermanos McMullen (1995). La crítica y público se enamoraron del chico de Queens. Burns interpretó, escribió y actuó de maravilla en una comedia romántica, soñadora y con un intenso aroma irlandés fordiano. Siguió dirigiendo e interpretando hasta que se cruzó con Spielberg y lo convirtió en un icono, de una generación, de actores en busca de Ryan/Matt Damon. Nunca dejaron de flirtear el genio de Ohio y el neoyorkino. Esos cotejos que son tan inescrutables como los caminos del señor. Bien, 20 años después vuelve a la carga, con muchos de aquellos elementos, que lo catapultaron al mirador, de las grandes estrellas del mainstream. El inquieto Burns se nos presenta junto a Steven Spielberg y TNT TV en una nueva revisión del Neonoir de policías con su serie; Public Morals. La historia, de un oficial jefe de la brigada antivicio que lucha por sacar adelante a su familia. Mientras coquetea con la delgada línea que separa la honorabilidad y la integridad de la corrupción y el crimen. Un lado oscuro implicado, en pleno contexto criminal del Nueva York del West side, a mediados de los 60, concretamente, en el famoso barrio de gangsters irlandeses e italianos Hell´s Kitchen. La cocina del infierno, de  siempre se ha caracterizado por ser un lugar—llamémosle— divertido, creativo y “movidito”. Parte de lo que se conocería en una terminología más urbanita: el Midtown. Un sitio donde el mundo del cine es parte de él. Algunos actores como Burt Reynolds, Charlton Heston, James Dean, Madonna, Jerry Seinfeld y Sylvester Stallone han sido vecinos y residentes a lo largo del tiempo. Public Morals es un producto 100% deudor de aquel contexto de finales de los 60 y principios de los 70. Ecos de admiración que rezuma en muchos de sus planos, a El Padrino (1972) de Coppola, Malas calles (1973) de Scorsese, Madigan (1968) de Siegel o French Conection de Friedkin (1971). Un reenésimo homenaje a los trapicheos de devanes entre  los kármicas relaciones; poli-delincuente.

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Hell´s Kitchen está a un paso de Broadway (prostitución, drogas, dealers y chulazos de aquellos tiempos). Así como las zonas más pudientes de la gran manzana y el mítico Central Park. Y es que la bahía del  Hudson entre las calles 34 y 59, muy pronto, se convirtieron a principios de siglo en un lugar donde Los mafiosos, destilan el recuerdo de los veteranos del barrio, y a la postre, institución cultural de aquel peligroso lugar de antaño: protección del barrio, y, desde ese pacto, de si hay problemas para el propietario; no va conmigo. El pago era la moneda de cambio habitual. Así como las tradicionales prácticas más comunes; extorsión y el control de las apuestas deportivas. Eso sí, alejados de esa vitola legendaria, de asesinos a sueldo, más propia de los clanes italianos. Sí que es evidente que a mediados de los 70 toda la vieja generación se marchó de Hell´s Kitchen y  comenzaron a florecer nuevos chavales, muchos de ellos, familiares directos o indirectos, de los exiliados que ya no estaban por la labor del dialogo, y sí de la hiperviolencia. En ese contexto Burns se lanza como inspector jefe del grupo de antivicio, bajo el subterfugio, guardar el orden, servir y proteger al sufrido ciudadano. En el fondo, este actor siempre ha sido uno de los tipos más listos de la clase. Su bagaje cultural es alto; cinéfilo empedernido y amante del FilmNoir. Repetir con TNT, desde una perspectiva idéntica (Mob City) 2013 adaptación del libro de John Buntin durante los años 40/50. La crítica aplaudió el resultado y de nuevo, el canal apostó por Burns. Además, eso de llevarse a Spielberg a esta aventura; tiene mucho encanto. Luego,  Public Morals no trata de reinventar lo ya inventado y creado, sino más bien impregnar a los espectadores de una absorbente historia Neonoir para la TV con ecos  Shakesperianos. Vistos 6 capítulos del total de los 10 que completan la miniserie; nos encontramos ante un producto muy bien hecho. Por ejemplo, es muy difícil evitar, por momentos, en algún garito o burdel hallarnos a Don Draper de Mad Men o a Silvio Dante The Sopranos arreglándose el tupé en el lavabo de un restaurante de lujo italiano. Las localizaciones son una gozada, desde Silvercup Studios, y en lugares, auténticos baluartes, históricos de la ciudad de NY, como el salón de té ruso, el Hotel Park Lane y Barrow’s Pub en Greenwich Village.

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El primer capítulo se desarrolla a partir de un affaire con una prostituta que trabaja por su cuenta, es decir, tiene un apartamento alquilado. Ed Burns (Terry Muldoon), y su socio Charlie Bullman (Michael Rapaport) “Beautiful Girls” Copland y Justified”. Se presentan como garantes de la ley, dándole una charla sobre la moral y las relaciones con la vecindad a ésta. Dad al César lo que es del César y a poli, lo que es, de la poli. Ed Burns es muy bueno en su papel, del zorro oficial, de policía impartiendo la vieja moral, del palo y la zanahoria. Como Muldoon explica muy bien un poco más tarde en el episodio, “los policías no están allí, porque la policía tiene tantos ojos como Dios… Pero sí que desempeñan la labor de la gerencia de los llamados crímenes sin víctimas”. Es decir,  un delito en la Norteamérica de mediados de los 60 era salir de una casa de una supuesta prostituta. No hay pruebas, pero si la placa de un poli que conoce a esa chica: la situación la pintan calva…, le dicen al ciudadano que esto es un delito grave y él se acojona. Pero hay una forma de arreglarlo. Siempre hay una forma de arreglarlo: unos pocos dólares y aquí no ha pasado nada. El director de fotografía William Rexer y la directora artística Tina Khayat hacen un trabajo fantástico. Por momentos estamos paseando por el viejo West Side de Manhattan y es muy creíble. No sería difícil ver en Public Morals emparejada con movimiento rápido del cine clásico de gangsters. Todo fluye rápidamente, a través de la  pantalla, en grandes taxis y una línea del estribillo de vasos pequeños de chupitos de whisky y botellas de cerveza, propulsados por un transitar de sombreros: Fedoras, Porkpies y Homburgs.  Hombres vistiendo que asienten con la cabeza, como en las viejas películas de Edward G. Robinson James Cagney y Gene Hackman. “Nosotros hacemos lo que se ha hecho durante los últimos 100 años. Gestionamos,” dice sabiamente en uno de las más elocuentes defensas de corrupción policial. “Creo que nosotros, como los terratenientes, hemos de ser remunerados con una renta—digámosle—acorde con la coyuntura económica. Si quieres estar en negocio tienes que pagar la renta”. Algunos encontrarán la serie, que tiene una larga y dura mirada a la incómoda alianza entre la delincuencia organizada y policías en la cocina del infierno demasiado conscientemente fresco y estilizado. Muldoon colabora estrechamente con su tío John O’Bannon (Timothy Hutton) “American Crime, El buen Pastor y  Beautiful Girls”, un gángster que ejerce la jefatura en el lado Oeste hasta que es asesinado. En una de las primeras escenas, O’Bannon su hijo Sean (Austin Stowell) “Whiplash y Behind the Candelabra” miembro de la brigada aparece de paisano y entra en su garito amenazándole con  matarlo; “si vuelves a pegar a mi madre de nuevo te mato”. O’Bannon está subordinado al gran boss del barrio: el viejo y sagaz Joe Patton (Brian Dennehy)” Acorralado, Best Seller, Cocoon Presunto Inocente,” que está fantástico en su papel.

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Éste, también tiene un conflicto muy dilatado con su un hijo, Rusty (Neal McDonough) “Hermanos de Sangre, Minority Report, Justified” y el tío Tommy (Fredric Lehne) “/mano derecha ejecutora de Patton y ahora de conspirador cercano con el pequeño Rusty Patton.También está el teniente de la brigada King (Rubén Santiago-Hudson) “Selma, Castle, The Good Wife”, y, el capitán jefe Johanson (Robert Knepper) “Buenas noches y buena suerte, Carnivale, Prision Break.” Otro magnífico personaje es el de Peter Gerety “El año más violento, Rubicon, Syriana” (el jubilado Sgto Mike Muldom)  padre de Terry Muldom; que es el poli de toda la vida. Su olfato y manera de ver la vida es y ha sido la vieja escuela. Indaga por su cuenta y sigue estando al día sobre lo que se mueve por el barrio. La relación con su hijo es buena, no por ello exenta de pequeñas discusiones, por el hecho de que su padre ya no esta en el cuerpo ni lleva uniforme. Entre los veteranos de la brigada es el oficial Vince Latucci (Wass Stevens) “El luchador, The Blacklist, Ley y Orden”. Descendiente de italianos y muy bien relacionado con los clanes organizados. Viste como un personaje de Goodfellas, al lado de su atractiva esposa, Deirdre Duffy (Lyndon Smith) “Extant, CSI Cyber, Stalker”. Dos efectivos de la brigada con menos edad son  Pat Duffy (Keith Nobbs) “Bluebird, Ley y Orden, The Pacific” y el novato del equipo. Un joven de buena familia y universitario, que viene recomendado, no muy bien visto por el núcleo fuerte del grupo; Jimmy Shea (Brian Wiles) “Imborrable y Person of Interest”. Otros actores que hacen del casting uno de los más interesantes de este año serían algunos de los irlandeses hampones. Casi todos ellos, hombres de confianza de Patton, como el machaca y chico para todo; Smitty. Interpretado por el siempre fiable de Kevin Corrigan “American Gangster, 7 psicópatas, Fringe”. La muerte de O´Bannon ha alterado todos los delicados equilibrios y parches que hacían del barrio un sitio tranquilo, relativamente, hasta que la cerilla va prendiendo la mecha poco a poco. La venganza en Hell´s Kitcken no se sirve fría, sino en caliente y contundente. Una posible relación entre el socio de Muldoon, Charlie Bullman y una chica llamada Linda (Katrina Bowden) “American Pie 2, Rockefeller Plaza, Piraña 2”, que va en ninguna parte y luego sorprenderá con su nuevo itinerario. Algunos de los miembros de la brigada antivicio siguen con la mosca en la oreja con O´ Shea y dedicen ponerle en el camino de las tentaciones más primitivas y carnales del ser humano. El cebo funciona y las sospechas se disipan. Stowell tiene un amiguete de la infancia que lo va a meter en algún berenjenal, y, el hijo de Muldoon está llegando a la adolescencia. Evidentemente eso: son más problemas adicionales o mejor dicho, los daños colaterales de una familia con sangre irlandesa. Así como la relación marital de TM con su esposa; Christine (Elizabeth Masucci) “Gossip Girl”, “NY22” y “Shame” Es digno de agradecer el pundonor de Burns al asumir la difícil tarea de echarse la serie a los hombros. Detalles tan minuciosos como la elaboración de una soundtrack fantástica, donde no faltan clásicos de la Motown; Marvin Gaye, James Brown o Jackie Wilson, los clásicos del Rock&Roll como The Who, The Yardbirds, Rolling Stones y The Doors. Y las canciones de clásicos de los 60 para bailar muy agarradito; Bobby Vinton, Connie Francis, Frankie Avalon o el enorme Nat King Cole. Lo dicho una OST, que en Spotify es, muy fácil de localizar. Bien, ahora a la espera de la finalización del resto de episodios esperamos, con muchas ganas, el gran tour de forcé que sea capaz de conseguir, una fluidez más acorde a los senderos del Neonoir. Reiteramos, un casting muy bien compensado y la confirmación de Burns como uno de los grandes talentos de su generación. Luego, crucemos los dedos, para que esta serie que tiene buenas cartas, al final pueda renovar y convertirse en toda una realidad para los muchos incondicionales, del buen cine negro policíaco, de la pequeña y gran pantalla. Nota: 6,9

Dead Reckoning (1947)

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Fallen Angel (1945)

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The Blue Dahlia (1946)

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Pitfall (1948)

 

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Blog de Fernando Usón Forniés sobre análisis cinematográfico.

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El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine.

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