Max Headroom (1987) “El presentador Cyberpunk de la TV”

El vídeo mató la estrella de la radio. ¿Lo recuerdan? Al menos, eso pretendieron el grupo The Buggles. Luego está lo que cada uno se creyó. Demasiado. En 1984 la MTV se había convertido en un karma vital de la industria discográfica. El videoclip era un elemento tan importante como la propia canción para vender un disco. Consciente de ello, el “asesor creativo” de la compañía Chrysalis en aquellos tiempos, Peter Wagg, tuvo una idea revolucionaria cuando se le acercaron desde la recién nacida cadena británica Channel Four para contemplar la creación de un nuevo programa de videoclips: crear un presentador virtual. Wagg llevó la idea a George Stone, un guionista y publicista especializado en trabajar en el mundillo de la música, y ambos crearon el concepto junto con su pareja: Annabel Jankel. Morton y Jankel estuvieron —en el  desarrollo de videoclips— usando animación para Elvis Costello, Talking Heads o Tom Tom Club. Empero, el inquieto R. Morton fue el encargado poner en marcha la idea más surrealista posible para la Generación MTV (un señor de mediana edad con traje presentando videoclips con aburrida cháchara, no sé demasiado tedioso), y de repente, damos un giro de 360 grados, convirtiendo al personaje en algo innovador y atractivo, insolente, mordaz y muy divertido. Además de ser generado por ordenador (o más o menos, ya que había una gran cultura de Sci-fi) aunque la tecnología Android sonaba al Netflix del siglo XXI. La cuestión es que se creó a un tipo con el que yo y muchos bichos raros flipábamos lo nuestro. A partir de ahí a Stone le fueron llegando ideas: gran parte de la mitología que serían utilizadas después en la película y en la serie posterior. Pero creando discrepancias con Wagg, al que le quedaban grandes los conceptos provenientes de la ciencia ficción y más específicamente la literatura cyberpunk —y que le bastaba con tener a la criatura sin todo ese background a la zaga— hacía un mundo futurista donde la audiencia televisiva es lo más importante y todo está informatizado. A Matt Frewer se le colocó una máscara que diera cierta sensación de “virtualidad”, si bien no fue generado nunca por ordenador como se llegó a creer. Los prostéticos y la física interpretación de Frewer iban acompañados de los fondos, las rayas que se repetían una y otra vez, sí que lo eran. De igual forma se generaban cortes múltiples para parecer que los diálogos estaban pasados por el túrmix de un DJ especializado en scratching. Funcionó, nadie se dio cuenta y a día de hoy aún hay quién sigue creyendo que Max Headroom era un dibujo tridimensional muy trabajado, cuando si uno se fija bien nota perfectamente que hay un señor con una máscara delante suyo. El look videoclipero es indiscutible, con una iluminación que haría enorgullecerse a Russell Mulcahy y con una banda sonora tecno-pop compuesta por dos de los miembros de uno de los grupos de mayor éxito mundial en aquel entonces, Midge Ure y Chris Cross de Ultravox. Ciertas tendencias de la época se mantenían (como por ejemplo, que el prota de la función fuera un temerario buscador de la verdad “cayera quién cayera” ¿les suena, eso? Proto-héroe en boga de los 70 y que se mantendría buena parte de los 80, desde Carl Kolchak hasta Mike Donovan) pero además sabía leer el zeitgeist de su era. Algo así como, en un curioso pastiche entre un futuro cercano, que parece que con el tiempo se convertirá en el de Blade Runner, con un fondo cyberpunk empapado en William Gibson y un estilo visual que parecía el sueño húmedo de Gary Numan. Así, andaban las cosas por el UK, ya que el mismo Boris Johnson era otro más sentado delante de la TV.

Aquel personaje enamoró a uno de los canales más prometedores del UK, Channel Four. Encantado con el resultado final. Llegó el canto digital a otro canal que arrancaba en USA; Cinemax. Una plataforma satélite de la entonces joven y muy pugilística HBO. Tanto Cinemax como Channel Four buscaban un nuevo tipo de productos que se salieran de lo común para captar a una audiencia joven y diferente. La idea de la coproducción era cada vez más palpable. Pero diferencias de criterio artístico y la evaluación del presupuesto final, hizo que ambos canales no llegasen al esperado acuerdo. Delante del Thompson con puerta y llave de seguridad me quedaba alucinando. Es obvio que la cadena ABC ha sido uno de esos canales que se ha destacado por el sambenito de ser la tercera empresa audiovisual, en discordia. Aquellos años 80 fueron tiempos, donde la guerra entre emisoras estadounidenses, una competencia feroz que animaba el nuevo dueño de la Casa Blanca Ronald Reagan.  Muy por debajo, en los shares de audiencia, de las eternas Queens: NBC y CBS. Buscaban nuevos proyectos, dirigidos a una audiencia joven y que acortase la diferencia con los target de sus competidoras. Obviamente, esta historia cincelada de un modo u otro. Independientemente de matices precisos menos, es conocida de sobra por los grandes amantes de la TV Gourmet y el buen cine. Como el nacimiento de otras obras de culto —importantísimas— a la larga, véase los casos de Twin Peaks o Lost. Bajo mi punto de vista es una gran suerte, tener esa cantidad de canales en EE.UU, pues la competencia, genera creatividad y eso redunda en el beneficio del espectador. ABC, a día de hoy, ya no es aquella cadena ingenua de los 80,s. Ahora, es un gran grupo de comunicación como sus competidores y sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: crear nuevas series, buscando nuevas experiencias para los espectadores de todo el planeta. En cualquier caso, también el azar tuvo su importancia, la suerte es esencial, ya sea desde cualquier perspectiva de la vida. De repente, apareció Stu Bloomberg, jefe de desarrollo de proyectos de la cadena en aquellos tiempos, en Londres la noche en que se emitió Un viaje al futuro. Peter Wagg, que había intentado vender la idea tanto a la NBC como a la CBS (los cuales les ofrecían realizar una TV Movie). Encontraron en ABC el acomodo perfecto cuando le dieron el sí —a la emisión de una temporada de 6 episodios—, que serían producidos por Lorimar, un icono de la producción televisiva, con series como Los Walton y la megaexitosa Dallas. Curiosamente, con el paso del tiempo se convertiría en una de las peores enemigas de Max Headron. Empero, dejando fuera del proyecto a Annabel Jankel y a Rocky Morton, de muy malas formas —no les quisieron reconocer ni un solo un crédito, como creadores originales, ni tampoco a George Stone— a pesar de que litigaron por mantener los derechos sobre el personaje. Steve Roberts sería el productor ejecutivo (o showrunner) y se haría con un nuevo equipo de guionistas para desarrollar la primera temporada, la mayoría provenientes de la versión ochentera de The Twilight Zone que se emitió en CBS.

El 31 de marzo de 1987 se emitió Blipverts, el primer episodio de Max Headroom para ABC que era una versión remozada de la película inglesa emitida en Channel Four un año antes. La historia venía a ser básicamente la misma, si bien tan solo Matt Frewer y Amanda Pays repitieron en sus roles principales y se le dio bastante más importancia a Murray, el jefe de la sección de noticias de la cadena XXIII y superior de Edison y Theora que ahora tendría el rostro —y la estupenda voz— de Jeffrey Tambor. Se mejoró bastante la imagen de Ben Cheviot (ahora interpretado por George Coe), bastante ofendido porque la cadena que presidirá a partir del segundo episodio utilice spots con la capacidad de matar a su audiencia sedentaria, dando una visión más positiva del mismo que en su contrapartida británica. El personaje que sufrirá un mayor cambio será el adolescente genio de la informática Bryce Lynch (Chris Young en la serie), que si bien también es el causante del accidente que por poco mata a Edison y genera el nacimiento de Max Headroom , al contrario que su hermano inglés terminará por trabajar del lado de los buenos. Este nuevo Max Headroom no se irá con la cadena anarquista Big Time TV, sino que se quedará con la cadena XXIII. Pero la biblia desarrollada por Stone sería usada con frecuencia a lo largo de los capítulos y Reg Blank (de nuevo interpretado por W. Morgan Sheppard), Dominique (ahora Concetta Tomei) y la citada cadena aparecerán por primera vez en el tercer episodio: Body Banks, que habla sobre el tráfico de órganos desarrollando con más paciencia esa trama de la tv movie (del piloto americano) y ya se quedarían como colaboradores habituales de los protagonistas, teniendo directamente Sheppard incluso crédito propio en la segunda temporada. La música también tendría un tono más acorde a los gustos americanos, cambiando los teclados de los exmiembros de Ultravox por el sonido guitarrero sintetizado de Cory Lerios, miembro de la banda Pablo Cruise. Toda una herejía. La primera temporada de Max Headroom parece un gran banco de pruebas de un universo de ciencia ficción que se va construyendo un poco sobre la marcha, pero que tiene claras sus influencias cyberpunk, y mantiene el tono irreverente y un tanto histriónico de su computerizado protagonista: el mundo en el que nace semejante criatura es el único en el que podría ser. Y así veremos deportes futuristas clandestinos donde sus participantes pueden morir, una suerte de gladiadores en monopatín. Los cuales son el oscuro objeto de deseo de las cadenas del mañana a sabiendas de la audiencia que podrían capturar con semejante espectáculo (Rakers), espionaje industrial a gran escala que terminará con nuestro héroe (bueno, al menos nuestro héroe humano) perseguido por fraude, un crimen peor que el asesinato en ese universo (Security Systems), guerras descontroladas entre cadenas de televisión cuando una de ellas emita en directo atentados terroristas, como si supieran perfectamente cuando van a suceder y llevando a Carter y cía a investigar el asunto con aroma a podrido (War), o la rebelión por parte de un grupo de ciudadanos clandestinos, aquellos que no están “fichados” por la sociedad, al igual que Reg y Dominique (The Blanks).

Todavía tiene aristas y flojea en algunos aspectos, como en el desarrollo de los protagonistas principales, algo que mejorará (como el resto de muchas más cosas) en su segunda temporada.La audiencia no conseguiría unos números brillantes —competía en el mismo horario que Luz de Luna, indiscutible líder de su franja horaria, pero la fama del personaje y el torbellino generado por su popularidad hacían en ese momento impensable sacarlo de antena. Como ocurrió antes con obras destinadas a la controversia y a formar parte del panteón de la TV de culto (lo cual en muchas ocasiones no va acompañado al éxito), el propio equipo no era muy consciente de la importancia de lo que hacía en ese momento: comentarios bastante provocadores para los cánones de la tv americana— se colaban en los guiones, presentaban los escritos lo más tarde posible para que los “censores” de la cadena (a los que dedicarían un episodio entero el segundo año) tuvieran el menor tiempo posible para detectar las puyas. Según algunos comentarios del productor Ben Frankish en los rodajes parecía reinar en ocasiones cierta anarquía, y como decía el guionista Michael Cassutt, con todo mi cariño y respeto a Steve Roberts y a Peter Wagg, en ciertos aspectos se notaba que era gente que nunca había trabajado para la televisión norteamericana, y que ni tan solo la veía. Había mucho que aprender en términos de producción, emisión y gestión de dinero. Esa “inocencia” es palpable en el creer de la serie —en lo bueno y en lo malo—. Guste o no guste, es evidente que Max Headroom no se parecía en nada (ni se sigue pareciendo) a lo que se emitía en televisión. Con un serial de ciencia ficción innovador, un programa de vídeos y entrevistas inmensamente popular, un videojuego recién lanzado para Spectrum y Commodore 64 y un single navideño editado ese 1986 para promocionar su propio especial televisivo Max Headroom Giant’s Christmas Turkey, la popularidad de Headroom estaba en lo más alto. Pero la ley del más fuerte es la que domina el mundo de la TV, y tarde o temprano, todo lo que sube, tiene que bajar. Es en su segunda temporada cuando Max Headroom empieza a desarrollar todo su potencial. En el primer año, el background era lo esencial, sus seis primeras horas debían establecer un universo enorme y complejo y el tono adecuado para el mismo, pero descuidando aspectos que mejorarán considerablemente en su secuela. Los personajes tendrán un mundo interior más elaborado. Conoceremos mucho más a Edison y empezará a mostrar muchos más matices que en las primeras horas, donde aparecía como el prototípico héroe, periodista temerario sin apenas fondo. En los 8 episodios que compondrían la segunda temporada conoceríamos a sus exnovias, antiguos compañeros, y nuevos rasgos compondrían su carácter, como ciertas actitudes infantiles, como los celos que desarrolla hacia Max o el rebote que coge cuando descubre que Theora tiene pareja. En ese aspecto la serie también se muestra más inteligente, ya que mientras en la primera temporada las insinuaciones sobre el romance entre ambos lo mostraban como algo cantado, en la segunda se verá que no es así, y si bien hay tensión sexual entre ambos ésta no terminará de explotar. La anteriormente mencionada Moonlighting había enseñado una gran lección a los medidores de audiencia de la época. La segunda temporada comenzó a emitirse el 18 de septiembre de 1987, en un horario que la obligaba a competir contra Dallas y Corrupción en Miami, dos de los grandes éxitos de la época. Las audiencias fueron paupérrimas, y a la emisión del tercer capítulo ABC dio la orden de cortarles la cabeza. Para mayor inri, las disputas entre Four Channel, Cinemax,  ABCTV Y Lorimar Pdnes en los juzgados por los derechos de la serie Max fueron un dolor de muelas insoportable. Al final el magistrado le dio la razón al canal británico y se editaron las dos temporadas, en DVD (2010) para el mercado anglosajón. En Amazon se puede encontrar. Lo dicho una reliquia de culto, a partir de un concepto, de TV demasiado avanzada, desde sus planteamientos anarcotecnológicos y el humor Ciberpunk, de un personaje loco por los videoclip y los videojuegos. Nota: 7,1

Bagdad Central (2019) “El detective Al-Khadaji”

Mi recuerdo la guerra de Irak fue una lluvia de misiles a modo de reguero de fuegos artificiales retransmitida por el erario público de turno. La verdad que, el cielo se iluminaba en la ciudad del Tigris, aquel lugar lleno de historia parecía una “nit del foc”. Del mismo, modo que la contaba, uno de mis reporteros favoritos de cabecera del New Yorker: Jon Lee Thompson.  Dijo sobre este fascinante y singular país —protagonista directo del S.XXI— en su ensayo: Caída de Bagdad: “Viajé a Iraq por primera vez para estudiar el fenómeno de Sadam Hussein, quería ser testigo directo de su tiranía”. Estando en Bagdad tuvo la suerte de hablar y llegar a entrevistar a personajes que eran la idiosincrasia iraquí. Como un tipo, listo como un zorro, y sabedor de las piedras del mismo Irak. Alá Bashir, el médico de Sadam Husein apostilló en aquella charla: si los iraquíes quieren seguir vivos, no pueden decir la verdad. Su tío abuelo en 2002 Abu Mohsen, uno de los primeros ministros del Iraq independiente, acabó suicidándose en 1929 tras ser engañado por los británicos. Una ironía, idéntica, a la de nuestro protagonista de la serie de hoy “Bagdad Central” (2019). Nos presenta a nuestro personaje de ficción, el detective o mejor dicho exdetective, Muhsin Kadr al-Khafaji (Walled Zuatier). Un tipo con el que muy pronto todo el mundo empatizará. Un actor de un talento aplastante (Altered Carbon, House of Cards o The Spy). Un tipo envuelto en una atmósfera triste, de aire polvoriento y chaquetón 3/4 de cuero oxidado. Como en día a día, en la cuna de la civilización. Ese, que —delante de su bigote— se hace añicos como un jarrón chino. No hay tanta distancia del Marlowe de Chandler con Al-Khadaji. Ambos, son obra de dos autores norteamericanos y tienen que caminar para seguir, en busca de una verdad o lo más parecido a ella. No hay más alternativa. La ironía y el cinismo son sus armas de destrucción masiva. Elementos esenciales de toda trama de la novela negra por excelencia. Bagdad Central, producida por el siempre adictivo británico Channel 4, está basada en la novela del erudito, Elliott Colla, quien enseña literatura árabe en la Universidad de Georgetown. Un intelectual profundamente inmerso en los asuntos del Medio Oriente. Escrita en 2014, nos presenta un libro que es una radiografía de los primeros meses de la invasión de los EE.UU y sus aliados en Irak —concretamente— la capital Bagdad es el escenario central.

Lo más curioso, una vez vista esta magnífica serie, es que estamos ante una gran novela negra. Ya sea por un gran mérito de sus creadores y el guionista principal de la adaptación al formato televisivo: Stephen Butchard, me dejó con la boca abierta en la magistral House of Saddam 2008. Uno de los guionistas más ingeniosos de esta última década. Otros trabajos a destacar son (Good Cop o The Last Kingdom). En el primer episodio se nos describe de un modo muy ilustrativo toda la historia para ir desgajando en los capítulos posteriores, una narrativa de final a principio. Hay momentos, en los cuales, sientes el déjà vu, del efecto flashback de la legendaria Memento (2000). A lo largo de sus 6 episodios iremos viendo una capital destartalada y descontrolada por los bombardeos. Repleta de fuerzas de ocupación, esencialmente, marines norteamericanos. Esto se observa   un plano brillante. El caos de una época en la que un caballo de pura sangre podría aparecer repentinamente en una intersección de tráfico concurrida.  Cuando un jeep estadounidense choca misteriosamente choca contra el corcel en la intersección, pero no se molesta en detenerse, a las casas en ruinas donde la población temerosa del estado de violencia; se halla tratando de hacer frente a la falta de agua y suministros de energía. Tan solo el lamento, de una mujer misteriosa, a bordo de un viejo, pero reluciente Mercedes de clase 200 de los 80—en su momento, todo un vehículo de lujo con cristales blindados— que conduce un conductor, muy atento y desolado: maldice el atropello. Mientras una mujer de rasgos iraquíes, desde el asiento trasero, esboza casi unas lágrimas al comprobar que el corcel de pura sangre es un saco de tripas fuera a 40 grados. Nos pone en alerta. Muhsin Al-Khafaji sale de su casa y le espera su chófer de confianza. Un taxista con un destartalado y decorado Renault 18. Yo lo denomino el taxi del bueno de Karl. Un tipo habilidoso, tierno y muy ingenioso. Al que el detective Al-Khafaji le dejaría sus hijas, a su cuidado. Leal y comprometido. La hija de nuestro singular detective ha desaparecido en el caos de Bagdad. Al-Khadaji ha perdido mucho, entre la dictadura de Saddam y la invasión. Perdió su trabajo, su casa y su esposa víctima del cáncer, a quien el régimen le retiro el tratamiento de quimioterapia. Su hija pequeña Mrouj (July Namir vista en la magnífica The Looming Tower, Collateral y The Homeland) está enferma y necesita diálisis regularmente. Al-Khafaji no para de dar vueltas con Karl, y por su cuenta, intentando localizar a su hija desaparecida, Sawsa. Al-Khafaji se permite ser reclutado para trabajar como policía al servicio de las fuerzas estadounidenses y británicas, dentro del complejo la Green Zone (el mayor palacio de Bagdad del dictador, conocido como palacio presidencial), que también retrato Paul Greengrass en Green Zone 2010.

 

Al –Khafaji esperanzado por conseguir las inmediatas sesiones de diálisis para los afectados riñones de Mrouj y de paso, indagar y llegar a su hija secuestrada. Su búsqueda que lleva al ex policía y a su hija a descubrir que algo muy siniestro está en juego. Por ejemplo dentro del complejo, le dicen que hable con un tal Frank Temple —oficial británico— de la coalición que tras una perversa sonrisa sardónica se esconde el alma de un psicópata. De repente, vemos en pantalla que Al- Khafaji se convierta en víctima de arresto y tortura a manos del ejército estadounidense, la escena de la tortura, es brutal y realista. Los estadounidenses literalmente agarran el bigote a nuestro protagonista, con unos alicates, y lo desgajan. Por suerte, y decir algo positivo, su caso es un error de identidad equivocada, del cual se hace responsable y le pide disculpas el capitán de la policía militar; Corey Stoll (House of Cards, The Romanov The Strain). Luego el bizarro, Frank Temple, que lo recluta como oficial de policía en la Zona Verde y le invita a un té en vaso de plástico. En esta situación, bien vendría aquello de jugarse el bigote; pues Al Khafaji entra con un bigote muy de peluquería Baazista y sale sin un pelo de mostacho. La serie, es un grandísimo drama Noir, con chispazos de thriller. Los más osados han definido el show como un “Noir del desierto”. Habría que matizar que lo de polvoriento, a paladas tenemos en el mundo. Y sigo creyendo que la definición Noir postSaddam, hubiera sido lo correcto. Esa fuerte narración nítida, personajes fuertes y un oído enérgico para el diálogo cauteloso. Tan sencillo como la frase del retorcido Temple:—Mañana viene Ud. a trabajar y a cambio le daremos un poco de Seguridad Social Made in Coalición liberadora a su hija. Al Kahafaji en un plano impagable empuja la silla de ruedas hacía el punto de control de la entrada de la Zona Verde. Él, sabe que Sawsan tenía grandes esperanzas de que la llegada de los estadounidenses traería democracia a Irak, y también sabemos que ella estaba escaqueándose de la universidad, sin decirle a sus padres o a su tío con quienes estaba quedando, ya que aceptó un empleo de traductora para los estadounidenses. Lo que hace que AK es intentar hablar con la profesora de Sawsan, Zubeida Rashid (Clara Khoury de Arab Labor, Homeland e Inheritance). La mujer misteriosa del viejo Mercedes con chofer: sabe algo pero no lo dice. Mientras tanto, una de las amigas de Sawsan, Sanaa (Nora El Koussour, de Micromafia 2018), aparece muy magullada. Su primo, un militante iraquí, ha secuestrado a un tipo estadounidense con el que estaba involucrada sentimentalmente. Y terminan por ajusticiar. Definiéndose como grupo de resistencia democrática iraquí. Sawsan (Leem Lubany) recientemente vista en el remake para TV (Condor 2018) tiene una opinión controvertida y contundente: el enemigo es el invasor americano.

Sin embargo, todo el andamiaje del espectáculo se sustenta, en la excelente actuación de Zuatier, Corey Stoll y el británico Bertie Cravel (Babylon, Dra. Foster y Jonathan Strange & Mr Norrell). Un trío sobresaliente, donde Zuatier siempre sale airoso del enfrentamiento. Es un actor muy bueno, realmente bueno. Lo he dicho al principio y cada capítulo que vas viendo te hace seguir la trama, en parte, gracias a su buen hacer. La caracterización marca claramente la línea entre la confianza y la desesperación. La serie entrelaza cuidadosamente tonos cínicos y sinceros. Bagdad Central es una novedad: un drama de la guerra de Irak contado desde la perspectiva de los iraquíes. Está claro que la desaparición de la hija de Khafaji, Sawsan va a ser el comienzo de un camino que lleva al corazón corrupto del Coalición de ocupación. El robo y expolio del oro, alhajas, grifería de oro, en sus ostentosos y gigantescos palacios, contenedores de dólares, esclavos y esclavas del dictador, quedarán al desnudo. Así como una serie de conductas fuera de la convicción de todo ser humano. Desde los servicios privados de mercenarios a auténticos psicópatas de ambos bandos: marines, fuerzas especiales británicas o números de la extinta guardia republicana. El personaje de Zubeida ofrece una provocación convincente para el posible subtexto feminista: “Las mujeres en el Iraq actual tienen la costumbre de desaparecer “— espeta.  “Es muy difícil de ver, y luego es fácil de ver, luego difícil de ver de nuevo.” Aunque sus entradas en plano y salidas serías plausibles con los cánones de la femme fatale, por excelencia. No obstante, Walled Zuaiter lo trata todo con mucha sutileza. De un modo, que su presente no se vea afectado para preparar un futuro esperanzador. Bagdad Central es un muy buen drama apretado y bien concebido. Ya que la dosis calamitosa es imposible inmiscuirse de ella. Del mismo modo, que los estadounidenses de la mano dura, se imponen en un Iraq destrozado por la guerra de 2003.

A sabiendas de que encontrar a su hija desaparecida parece una utopía. Empero es un puzzle que está delante del propio AK. Irak era lo suficientemente malo cuando Saddam todavía estaba a cargo. Sin embargo, ahora, Al-Khafaji ni siquiera puede confiar en la endeble apariencia de autoridad que disfrutaba como policía. Ahora, él es solo carne de cañón, para cualquier grupo de gangsters que pululan entre calles de asfalto quebrado y alcantarillado roto. Siempre al mando de cualquier banda, el más fuerte de turno. Esencialmente jóvenes, desanimados y sin futuro. Separando los estereotipos, explora cómo la ocupación diseñada por la camarilla de Bush fue experimentada por sus supuestos beneficiarios. Al-Khafaji viaja por Bagdad alucinado, la serie describe cosas que no hemos visto: la forma en que la vida cotidiana se volvió casi imposible en el Iraq ocupado, la razón por la que algunos iraquíes colaboraron mientras que otros no, y cómo la Coalición desató las cosas tan mal que los iraquíes pensaban de los estadounidenses, que eran una pandilla de bobos chavales inexpertos, envueltos en una burocracia incompetente. Nunca los vieron como libertadores y gente con ganas de traer democracia y generar riqueza. Todo lo contrario. Por su parte, Al- Khafaji tiene un plan claro: encontrar a su hija desaparecida, sanar a la otra y abandonar el país. Objetivo: salir por piernas a Jordania. El sueño es plausible. Y es que en el fondo, aquello del viejo médico del malvado de Saddam era la moraleja de toda esta historia: “si los iraquís quieren seguir vivos, no pueden decir la verdad”. Bagdad Central (2019) es un oasis, para reflexionar sobre el 11-S y el nuevo siglo. Donde el mundo, de hoy en día, se empieza a parecer a aquel Bagdad. El mismo donde comenzó la civilización en el año 761 AC, la vieja Babilonia. Como dice nuestro protagonista, tal vez haya que darle una oportunidad a la tierra de los poetas. Muhsin Kadr al-Khafaji, ya es el detective postSaddam, con licencia para para investigar los delitos más oscuros de una ciudad, llena de malvados y soñadores de odas. Ahora, que occidente, ha cambiado el afán de consumir móviles por el miedo y desconfianza a golpe de mascarilla de un caos. Del que se tardará en salir. Nota: 7,5

 

Las mejores series de TV 2019

  1. Chernobyl

 

2. Watchmen

 

3. The Mandalorian

4. Too Old To Die Young

 

 

5. Euphoria

6. The Boys

 

 

 

7. De Dag

 

 

 

8. Wu-Tang: An American Saga

 

 

9. See

 

 

10. The Virtues

 

 

11. Warrior

 

12. Monzón

 

13. The Act

14. Das Boot

 

15. The Spy

 

 

16. The Goodfhater of Harlem

17. Slepnac od Swiatel

18. Kingdom

19. City on Hill

 

20. Servant

21. Success

22. Quicksand

23. Hanna

24. The Cry 2019

25. Cacht 22

The Best films of 2018

1. Roma (2018) by Alfonso Cuaron

 

 

2. The Ballad of Buster Scruggs (2018) by Joel Coen&Ethan Coen

 

 

 

3. First Reformed (2018) by Paul Schrader

 

 

4. Annihilation (2018) by Alex Garland

 

 

5. Windows (2018) by Steve McQueen

 

 

 

6. The Old Man&The Gun (2018) by David Lowery

 

 

 

 

7. Burning (2018) by Lee Chang-Dong

 

 

8. The death of Stalin (2017) by Armando Iannucci

 

 

9. Revenge (2017) by Coralie Fargeat

 

10. Mandy by Panos Cosmatos

 

Las mejores series estrenadas en 2017

1. The handmaid´s tale

 

2. Godless

 

3. Mindhunter

 

 

4.The Sinner

 

 

5. Umbre

 

6 Feud

 

 

7. Manhunt: Unabomber

 

8. The Deuce

 

9. Ozark

 

10.Taboo

 

 

11. Pustina

 

 

12. Cardinal

 

 

 

13. American Gods 

 

14. Big Little lies

 

15. Fauda

 

16. Sorjonen

17. Glow

 

 

18. Snowfall

 

19.The Punisher

 

20. Sneaky Pete 

21. Alias Grace

22. Rellik

 

23. Valkiryen

 

24. Mary Kills People

 

25. Philip K. Dick’s Electric Dreams

 

 

The best 10 movies of 2015

 

  1. The Revenant

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2. Beasts of no Nation

 

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3.  Ex Machina

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4. Mad Max “Fury Road”

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5. Slow West

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6. Creed

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7. Pasolini

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8. The Hateful 8

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9. Carol

 

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10.  45 Years

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