The Americans (2013) “el matrimonio ruso más amado de la TV moderna”

 

Elisabeth puteando Foto 1

La nueva ficción televisiva, Made in Usa, desde su irrupción en este nuevo siglo audiovisual; se ha caracterizado por la consolidación de un nuevo antihéroe estadounidense. Un tipo que no ha parado de ascender y sentirse querido por la audiencia. Recordemos al carismático gángster, Tony Soprano, a punto de cumplirse su 20 aniversario. ¿Quién no se acuerda del personaje mejor escrito para la TV de calidad? Por entonces, una HBO, algo monopolística. Aquel sagaz grandullón, de oronda y excelsa barriga, con un síndrome maniaco-depresivo. Un tipo entre lo amenazante y el risueño padre de familia, ese vecino de toda la vida. Chillando a todo Dios, sin saber el porqué. O mejor aún, en ese plano, sentado en la piscina de su mansión, con el fusco en la mano, mientras fumaba un Montecristo: vigilaba patos y osos. Tony Soprano fuel el mayor hito de la historia de la ficción televisiva. Pues, introdujo un nivel de complejidad temática y ética de una consistencia, inaudita. Nunca vista hasta entonces en la pequeña pantalla. Un vistazo al principal circuito de premios (Emmys o Globos de Oro) y verán que a lo largo de la última mitad de la década: se observa, no sólo el interés crítico de las páginas de millones de blogs o páginas culturales, que han dedicado chorros de tinta a por estos nuevos personajes y productos, mágicos vía streaming. Inclusive, el de una popularidad sorprendente y enfatizada, gracias a esos de las redes sociales. Creando el fenómeno de la Seriemanía. Miles de seguidores de los lugares más remotos, preguntan por las andadas de sus personajes favoritos. Las magistrales Mad Men, Deadwood, y más recientemente, Ozark de Netflix son solo tres espectáculos que han logrado un amplio reconocimiento por la definición de unos protagonistas moralmente comprometidos. El canal de cable FX, es conocido por su concepto “There is no Box”. Por aquello, de la competencia de reojo. También, por las producciones —inicialmente— sobradas de testosterona. Casos de SOA (2008) o Justified (2010).

 

 

Evidentemente, nunca ha sido ajeno a esta estirpe de personajes en constante conflicto. Pero la serie, por excelencia, que marcó el devenir de estos personajes fue The Shield. Un punto de referencia en la era del antihéroe, considerado por muchos, la respuesta al emblemático buque insignia de HBO. Curiosamente, donde, Tony Soprano ya era el mito dentro del sistema de corrupción, más arraigado, en la historia norteamericana. Vic Mackey era un luchador contra el crimen, uno de los buenos, aparentemente. Sin embargo, en su lujuria maquiavélica por frustrar a los malos, lo presenciamos torturando, chantajeando, manipulando pruebas de su unidad de homicidios —in situ— o llevándose el dinero de los alijos. En ese sentido, The Shield se puede ver como el comienzo de lo que se ha convertido en el paradigma actual del antihéroe televisivo: donde la ambigüedad moral abunda en espacios —más allá de las arenas esperadas— de mafiosos y matones, entre doctores y maestros de escuela secundaria, gente común. Cuando Joe Weisberg y Joel Fields lanzan The Americans en 2013. Una de las mejores series dramáticas de los últimos diez años. Si contamos hacia atrás, hasta septiembre de 2001, y, junto a la emisión de la primera temporada de 24h (2001), y la premiada Homeland (2011) de Showtime, los norteamericanos estaban enganchados al concepto de este, tipo de productos, donde el terrorismo internacional islamista: es la esencia del producto. La televisión estadounidense supo hacer de la vida de un matrimonio de rusos, los protagonistas absolutos, de una ficción de espionaje bajo la presidencia de Reagan tiene algo deliciosamente sugerente: el culto a una década de la que hoy en día hay mucha gente que fue joven y guapa, en aquellos años.

 

El gótico de mi marido Foto 3

 

La historia, a principios de 1980, es muy sencilla. Dos desconocidos, un hombre y una mujer son convertidos en agentes rusos desde la vieja URSS y camuflados, como modélicos ciudadanos estadounidenses, al servicio del KGB en Washington DC. Un show con un aroma a laca y purpurina plateada. Un diseño artístico que recoge todos los detalles del boom ochentero de esta década, en todos sus aspectos: moda, música, pensamiento y fascinación de adictos hípsters a las series en streaming. Luego, ¿quienes son ellos? Un tipo tranquilo, Philip (Matthew Rhys) y una mujer atractiva, con aspecto, de chica de las Bangles: Elizabeth Jennings (Keri Russell). La pareja de soviets enamorados de la America más consumista ha hecho historia a lo largo de seis temporadas. Esa hermosa y deseada vida tranquila de dos ciudadanos estadounidenses son: un matrimonio ejemplar, con un negocio muy en boga, una agencia de viajes. Tienen una pareja de niños a los que crían en la filosofía más campechana del capitalismo, exultante reeganiano, adictos al béisbol y el hockey. Además, de reconocidos fans del maravilloso mundo del mago David Copperfield. Sin embargo, detrás de consufa patomima banal, se esconde una inmensa taparadera para llevar a cabo, todo tipo de actividades de espionaje de grandes proporciones. El sabotaje, la vigilancia, el robo de secretos industriales, la seducción de figuras influyentes, el reclutamiento de fuentes y el cambio de físico, mediante, protesis y disfraces. Así como el asesinato a sangre fría. Todo es bueno para promover la causa de la URSS… ¿El objetivo final? Ganar la guerra fría. Demos un giro de 180 grados ¿Tiene poco o mucho parecido entre sí más allá de su conversación básica sobre lo que significa ser un agente doble? O mejor dicho, en un sentido más amplio, ¿Qué significa llevar una doble vida? Por ejemplo, el concepto de Homeland, visto por un ciudadano medio, de inmediato se ve provocado y sostenido por un complot terrorista que va desde el Capitolio a Afganistán.

 

Marriaged Jennings Foto 4

 

El romance que surge entre Carrie Mathison (Claire Danes) y Nicholas Brody (Damian Lewis) es muy predecible, aunque deje escondida una guarnición muy deliciosa por los segundos platos.  Y es que, en el fondo, The Americans, aunque está tan a tono con la ambigüedad moral, de muchos de sus predecesores, la obra de su creador, Joe Weisberg; ofrece un tipo de protagonista completamente diferente. Algunos dramas antihéroes intentan retratar la lenta degradación del personaje (Walter White de Breaking Bad), otros nos muestran cómo la obsesión profundiza la locura (Dexter Morgan en Dexter, o Nicholas Brody de Homeland) y otros permiten la experiencia superior del poder y sus consecuencias (Don Draper en Mad Men y Nicky Thompson de Boardwalk Empire). Lo que separa a The Americans es su primer plano del dispositivo más simple en la historia de la narrativa. Piensen en algo tan esencial, en el mundo coloquial, como el amor. Y que mejor vector, donde expresarse, que el amor a una familia. Empero, The Americans se convierte en una lección de guion, a la hora de ampliar el método de abertura de cajones y llenas de subtramas. Un producto, que desde el arranque de sus cortinillas esta repleto de los símbolos del espionaje y toda la fanfarria ochentera iconica por un score musical de Nathan Barr memorable. Empero, el show no se olvida de las alocadas persecuciones, brutalidades y las intrigas burocráticas del poliburó que funcionan al servicio de su núcleo romántico. Sin embargo, lo que deja a los espectadores aferrándose a sus apoyabrazos, en estos momentos de pulposa emoción es el terror subyacente que, en cualquier momento, la incipiente relación entre los protagonistas Philip y Elizabeth Jennings sufrirá un golpe, ya sea físicamente, emocionalmente, o ambos, de no sobrevivir a la misión.

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Los críticos alaban de inmediato la calidad narrativa de la serie. Como ex agente de la CIA, Joe Weisberg es el garante de su credibilidad. Se saborea la audacia de poner al público estadounidense del lado de los soviéticos: inclusive si Philip y Elizabeth nunca son heroicos, aquí lo son. Ya que, los puntos de identificación del espectador, son aquellos a quienes queremos ver triunfar. Al final, o en cualquier caso, escapar del agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), que resulta ser su vecino. En un estilo de suspense, la serie tiene éxito en el retrato sutil de un matrimonio complejo y la supuesta normalidad familiar. Finalmente, una miríada de detalles de los años 80, que deleitan el paladar del más esteta: pantalones de talle alto, los inevitables peinados cardados y otros videos aeróbicos, y por supuesto la música: Phil Collins, Sting, Peter Gabriel, U2, Elton John o Duran Duran y etc… Son inmensos momentazos dentro de la pantalla. ¿Por qué? Pues, que nos hallamos, ante el vademecum típico de la Guerra Fría. No existe un objetivo claro y generalizado. De ese modo, el conflicto de larga duración que va emergendiendo “in crescendo” dependerá, en gran medida del carácter, que impriman los personajes con sus originales devaneos. En los episodios que siguen el apogeo emocional del clímax de capítulo piloto, no decepciona. Todo lo contrario. Vemos que los dos confrontan infidelidades pasadas y presentes. Por ejemplo, la manipulación sexual de Philip a la secretaria del FBI Martha Hanson —papel interpretado por la actriz Alison Wright— es sencillamente, puro beluga. Y gracias a este trabajo la confirmación de una excelente interprete como es la singular Alison Wright. Luego, está nuestra querida Elizabeth lidiando con su amor de correrias al margen de la ley; un antiguo trabajador afroamericano. Dilemas profesionales que generan disputas que se sienten más personales que políticas.

 

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En el caso, del intento de asesinato de Reagan se usa aquí para resaltar sus diferentes lealtades. Así como un nuevo jefe de los servicios de trabajo de campo de todos los espías, que interpreta la siempre carismática y manipuladora Claudia/Margo Martindale, en sustitución del cabal y más heterodoxo Gabriel que interpreta Frank Langella, muy mayor, al que el poliburó quiere pasarlo a la reseva. Por no decir, a la jubilación forzosa. Claudia les informa que el trabajo está a punto de volverse más amenazador para la vida, de lo que por si ya era, anteriormente. Un romance es tan bueno como sus obstáculos, y, como ya hemos mencionado, aquí no encontramos escasez de obstáculos. Todo lo contrario, en The Americans es un deleite, la cantidad de capas barnizadas que se pueden llegar a desvelar. En todo caso, el grado de coincidencia incorporado en la creación de estas barreras ha sido, para algunos espectadores, el defecto principal del programa. Reiteramos, para alugnos. No obstante, cuando la coincidencia profundiza el conflicto en lugar de ayudar a resolverlo —inculcando un cierto grado de inevitabilidad en lugar de dejar a deus ex machina— la mayoría se apresura a perdonar. Entonces, cuando el agente de la CIA Stan Beeman (el análogo más sagaz de Noah Emmerich sería el cuñado Hank de Breaking Bad) se mueve por la calle de los Jennings, estamos más interesados en el estrés de su arma cargada , la cual, le llega a generar; que en desacreditar su improbabilidad. The Americans se asemeja más a Deadwood de HBO, un programa más interesado en cómo se construyen las comunidades que en marinar con sus propios conceptos. Pensemos, por un momento, donde la magia de Deadwood estaba en su molde expansivo, el encanto de los estadounidenses está en su enfoque limitado; hay algo embriagador en su estrecho ecosistema de momentos sosegados, su énfasis en la acumulación de gestos en la creación de significado.

 

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En todo caso, una discusión sobre el linaje es importante aquí en un sentido global; hay un cierto grado de previsibilidad para cualquier espectáculo, pero después de más de una década de escritores dispuestos a poner a sus seres queridos, a través del tono, sabemos mucho mejor como dejarnos sentir más cómodos; cuando las cosas parecen ir bien para el Sr. y la Sra. Jennings. Al final, no queremos que Philip y Elizabeth tengan un camino fácil hasta que realmente se lo hayan ganado, y somos ampliamente recompensados por nuestro masoquismo. La represión y lo tácito forman el fulcro dramático de los estadounidenses. De la misma manera en que los roles de género de los años 60 arrojaron un conflicto de carácter en Mad Men, el empleo de los Jennings como espías opera como una especie de silenciador de facto. Como todos los dramas de época efectivos, esto habla tanto del espíritu de la década de 1980 —la capa de seguridad cuidadosamente construida a pesar de las ansiedades profundamente arraigadas— como del actual espíritu de época posterior al 11 de septiembre. Entonces, cuando Philip se acerca a Elizabeth sobre como desertar a Estados Unidos en el piloto, nos damos cuenta de que hay varios tules, maniobrando la psicología del respetable, que han puesto en marcha. Aunque, para ello hayan engañado a todos los que los rodean, incluidos sus hijos, siempre han sabido que su matrimonio es solo un vehículo para su verdadero matrimonio con el jodido KGB. Ya que su verdadera tapadera reside en los suburbios estadounidenses. El momento en que se interpone en el camino de una misión es el momento en que pierde eficacia. Por ejemplo, cuando Philip empuja a la deserción, Elizabeth no solo se enfrenta a descifrar sus intenciones —puede estar en una misión privada desde el cuartel general con la intención de poner a prueba su lealtad— sino que navega la corriente subyacente de sus aparentes sentimientos hacia ella (particularmente al foco de la distancia emocional que ha cultivado con cualquier cosa relacionada con su vida estadounidense). Algo así, la respuesta a su patriotismo erosionado (el modus operandi del la agencia y su entrenamiento le obligaría a delatarlo en la sede).

 

 

So Sorry, Stan but we going to Russia Foto 8

 

The Americans es un espectáculo sobre cómo lidiar con las consecuencias de las decisiones tomadas en la juventud, sobre confiar en la intuición y amar a pesar del miedo, sobre aceptar que lo que más nos amamos el uno al otro es también lo que más odiamos y lo que más tememos de la vida. Ese proceso de aceptación de lo que más amamos, el uno del otro, es también lo que podemos llegar a odiar o temer más. Incluso para aquellos de nosotros que no estamos inmersos en una existencia paranoica, el mundo, a veces, puede hacer sentir a cualquiera de nosotros: un lugar duro y solitario. Con la inevitabilidad de nuestra mortalidad, lo mejor que podemos esperar es una verdadera conexión humana mientras todavía tenemos tiempo para ello. Ese tipo de redención, que The Americans busca ofrecer, es un faro raro, algo, sin darse cuenta, que hemos estado esperando desesperadamente para ver. Como hemos visto en los últimos catorce años, la televisión es un medio increíble para retratar un deterioro lento. Pero los estadounidenses revelan que la televisión es igualmente capaz de mostrar lo contrario: los pasos precarios que tomamos para construir una comunidad, cómo nos mantenemos frente a la obstrucción y cómo nos enseñamos a amar y ser vulnerables en un mundo que sabe exactamente cómo para explotar y destruirnos. Siempre nos quedarán los rostros de Philip y Elizabeth cruzándose con su joven colega de la KGB, un juvenal Vladimir Putin. Nada más lejos de la realidad. Pero, no que les pique la curiosidad, de echar cuentas…Si estuvo destinado en la RDA de 1985 a 1987. Cuántos de nosotros hubiéramos pagado por ver esta escena. Muchos. Y todo sigue igual de otrora KGB de nuestro matrimonio de desconocidos hasta el final de la guerra fría. Ahora el actual, FSB. Las técnicas de espionaje son idénticas y que los objetivos, sean siendo los mismos. Después, de contarte todo esto, No creen que merece la pena ver una de las mejores y más queridas series de la historia de la TV, según, la AFI. Ojalá! la Academía de televisión norteamerica, le de un epitafio, como mandan los dioses y por fin, sea la mejor serie de drama. A igual, que los Soprano, Mad Men, Breaking Bad o Homeland. Gracias por estos años y suerte. Nota: 8,5

 

 

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Las mejores series estrenadas en 2017

1. The handmaid´s tale

 

2. Godless

 

3. Mindhunter

 

 

4.The Sinner

 

 

5. Umbre

 

6 Feud

 

 

7. Manhunt: Unabomber

 

8. The Deuce

 

9. Ozark

 

10.Taboo

 

 

11. Pustina

 

 

12. Cardinal

 

 

 

13. American Gods 

 

14. Big Little lies

 

15. Fauda

 

16. Sorjonen

17. Glow

 

 

18. Snowfall

 

19.The Punisher

 

20. Sneaky Pete 

21. Alias Grace

22. Rellik

 

23. Valkiryen

 

24. Mary Kills People

 

25. Philip K. Dick’s Electric Dreams

 

 

Pustina (2016) El pozo de Havel

Una de las grandes sorpresas de este año viene desde las atractivas y misteriosas tierras marcómanas; la actual República de Chequia. Pustina (2016) en un producto HBO, con la excepcional factura, marca de la casa. El canal hace unos cuantos años que comenzó su implantación logística; entre Polonia, Chequia y Rumania. Por citar algunos de los países que comprenden el nudo mayúsculo de este proyecto. Donde reivindicamos algunas series exitosas y desconocidas para el gran público, caso de la rumana Umbre (2014), o la polaca Wataha (2014). Un humus que rebosa creatividad en pleno centro de Europa, que está dando savia fresca al siempre exigente público de las ficciones HBO. Pustina tiene detrás a un joven equipo —al 100% Made in Chequia— avalado por la cineasta Agnieszka Holland. Una directora que dejó su buen oficio en series tan míticas como The Wire (2002) o Treme (2010). Su condición y reputación de realizadora polaca todo terreno y de sublime sensibilidad, le llevó a filmar lo que sería la antesala de Pustina, en la mismísima Chequia: “Horící ker” (2013) una miniserie de tres episodios, sobre el affaire Jan Palach, en la Primavera de Praga. Comento estos antecedentes para comprender, un poco más, el detritus que inunda el proyecto de Septan Hulik y la dirección de Alice Nellis & Ivan Zachariás. ¿Qué es Pustina? Lo esencial, sería empezar por la definición de la palabra… Vendría a ser, algo así, como un páramo o desierto abandonado. Afinando la gramática, quedaría mucho mejor el término tierra yerma o baldía. Tampoco hay que ir a Harvard para darse cuenta que, para HBO en USA, ya viene editada con el término anglosajón, “Wasteland” (2016). Sí que es cierto, que la pequeña villa de Pustina es un lugar fronterizo entre la Silesia polaca y el linde checo más septentrional. Podría ser una aldea del territorio de Ostrava

 

 

Dijo una vez, el talentoso político checo, Václav Havel; “Estoy solo con el dolor y no tengo más remedio que saborearlo hasta el fondo. He estado cerca de la desesperación.” Esta frase —que es una metáfora de su lucha—, y resistencia, a lo largo de su vida, es parte de la propia idiosincrasia de un pueblo liberal como es Chequia. De algún modo, sería el leitmotiv de esta magnífica serie. Pustina (2016) es un drama de 8 episodios, solapado en un brillante thriller policíaco centroeuropeo, ambientado en el pueblo minero, que da nombre a la propia serie. Pustina se halla circundada en un espinoso dilema; ceder las tierras y casas donde han vivido toda su vida, a cambio de la obtención de una atractiva oferta económica, por parte de la nueva empresa que explota el carbón del territorio, o resistir con lo puesto. El nuevo conglomerado moderno que gestiona la turba era en el pasado una propiedad más del viejo estado comunista. El debate tiene los ánimos más que caldeados entre los habitantes del lugar y la alcaldesa Hanna Sirikorova, una inmensa (Zuzana Stivínová). La decisión, aparentemente parece fácil, en un pequeño pueblo, donde la pobreza y desempleo hace mella. Es muy interesante como se introduce el viejo y cansino debate del viejo modelo comunista y el nuevo capitalismo. Los posicionamientos de quienes no quieren ir con la nueva política gubernamental del gobierno —de favorecer la viabilidad del modelo productivo privado— y finiquitar la historia de un lugar imperecedero en el tiempo. Modelos contrapuestos, y viejas reyertas del pasado, se observan entre la cotidianidad vecinal, donde el reclamo del viejo modelo controlador y dictatorial comunista, choca con quienes han encontrado un nueva salida a su pobreza, en la posibilidades de la voracidad del libre mercado. Esa definición tan prosaica y jocosa, el pelotazo fácil, en la burbuja inmobiliaria. Es obvio, que la población de Pustina tiene derecho a una oportunidad de prosperar. ¿Pero no todo vale? La discusión está en el aire. El ambiente respira, el efluvio de la confrontación perpetua.

 

Desde la taberna, a los paseos, de una casa a otra, desde la panadería, hasta la recogida de los niños, en la guardería de la propia alcaldesa, Hana. El runrún está suspendido en las mentes de los habitantes de la villa. La disyuntiva se hace mayor en una de las últimas votaciones del pleno consistorial. Hana Sikorova busca, entre sus acólitos, y no tan cercanos, el voto de confianza para detener la expropiación, individualizada de las viviendas, por parte de la hullera. En un intento desesperado, apelando a la nostalgia y el orgullo de un viejo pueblo trabajador. Poniendo, todo su corazón, para demorar la respuesta, y riesgo personal por conseguir un frenazo a las ventas de las propiedades vecinales. Una incansable búsqueda de oxígeno que relaje la tensión de la comarca. Pero cada día que pasa la situación es más insostenible. En Pustina, el elemento climatológico y el carácter rural de las gentes —que habitan estas tierras—, no facilitan la honestidad. Además, el dinero cada día se persona y avisa que no está para más esperas. En esa burbuja tan hostil, se cuela una fatídica noticia, que cae como un carámbano de enero, en la boca del estómago de Hanna. Su hija pequeña ha desaparecido. Una pequeña adolescente muy sui generis. Es cuando, nos encontramos con el ex marido de Hana, Karel Zikorova. En un papel de Globo de Oro, el actor Jaroslav Dusek, nos brinda una colosal interpretación. Profesor del instituto de secundaria, ahora prejubilado, tras un ataque de locura y diagnosticado de una compleja enfermedad mental. La investigación se pone en marcha y toma las riendas otro magnífico personaje, de esta ficción, el capitán de la policía criminal, Rajner, Un tipo duro, convincente y muy bien interpretado por el actor, Leos Noha. Le dan un empaque a esta angustiosa historia que convive entre los misterios de la primitiva Twin Peaks (1990) y la atmósfera exasperada de True Detective (2014) de Pizzolatto, hasta ese existencialismo reservado de la ficción policiaca nórdica de Forbrydelsen (2009).

 

Pustina es un ejercicio arriesgado de combinación creativa, entre un brillante guion, basado en una realidad actual, como es la propia historia de Chequia, de hace 27 años: la amada Checoslovaquia de V. Havel. Y una dirección artesanal —que nos retrotrae— a aquel cine de mediados y finales de los 60 Made in Checoslovaquia. Pustina es una historia compleja —que debajo de algunas subtramas adolescentes, de amigos, colegio, drogas, reformatorios y familias— propia del modus operandi de investigación, en casos de niñas-os desaparecidas, vista en algunas otras producciones. Pustina oculta el aliento y revela evidencias a fuego lento. Espolvorea la miga, dejándola, a la mitad de su tamaño. Indagando su verdadero propósito y urdimbre. Esta historia del crimen es puro tejido conectivo que adviene los factores del misterio y el suspense más canónicos. Una pequeña pieza, done la historia le da un toque personal, como condimento. Sirve como excusa para entrar en la intimidad de todo el pueblo: cada casa, habitaciones y hasta los rincones más oscuros de su psique. La propia Pustina nos da todas las suposiciones y preferencias, a fin de interpretar conclusiones personales, intentando sacar el abatimiento del espectador. Pues el foco, también incluye el otro lado del LCD. Es decir; los mismos pecados expiados, una y otra vez, por ese animal equivoco y complejo, llamado, humano. La verdadera razón de ese lugar húmedo, gélido, oscuro y frío, no es otra, que el tiempo en un espejo. Ese humano, es un inocente lobo, víctima de la bipolaridad del propio hombre lobo depredador, donde cada individuo es dueño para sí mismo y de sus propios intereses. Donde come el gran pequeño, donde todo tiene un precio y nada es sagrado. No hay ninguna empatía, ayuda, solidaridad, y cuando la hay: rezuma un aroma tan hipócrita y falso que tira para atrás. Y es que en Pustina, todos estamos dentro de un pozo. El mismo pozo, al que el mismísimo V. Havel definió así: “A veces se necesita tocar el fondo de la miseria para poder entender la verdad, igual que hay que lanzarse hasta el fondo del pozo para llegar a ver las estrellas.”. En Pustina, la noche es tan oscura, que nunca se ven estrellas en el cielo. Nota: 8,6

 

Las mejores series estrenadas en 2016

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1.People Vs O.J.Simpson

 

 

 

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2.  The Night Of (HBO)

 

 

3. Quarry (Cinemax)

 

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4.  The Crown (Netflix)

 

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5.  The Night Manager (BBC)

 

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6.  Rillington Place (BBC)

 

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7.  The Get Down (Netflix)

 

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8.  Harp&Leonard (Sundance Channel)

 

 

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9.  The Girl Experience (Starz)

 

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10.  Channel Zero (Syfy)

 

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Vinyl (2016) “25 years less and so happy”

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El episodio piloto de la veterana e intocable, HBO, en su incansable búsqueda por la ficción de calidad; nos ha traído Vinyl—todo el mundo sabe lo que significa— un producto, que se definiría en tres nociones: Sexo, drogas y Rock&Roll. Nueva serie que, el canal lleva promocionando, desde el último mes de diciembre pasado; como su gran apuesta por sentar—nuevamente—catedra, en esa máxima, por la libertad creativa de la ficción Made in USA. En esta ocasión, repiten formula con un dueto, bien avenido, de la añorada y magistral Boardwalk Empire: Martin Scorsese y Terence Winter. A este dúo hay que añadirle el morbo de la estrella de los Stones, un gran amigo, del legendario director neoyorkino; Mick Jagger. Obviamente, el proyecto, pueden ir imaginando, que itinerario tomará. Bien, en principio, creo que han acertado: Vinyl es un drama —en toda regla— centrado en el mundo del Rock con ecos a biopic y la mácula del crimen pseudomafioso. No olvidemos que en el apartado de la producción ejecutiva están; Allen Coulter de Los Soprano (1999), George Mastras de Breaking Bad y (2008) John P. Melfi de la sensual Flesh&Bone (2015). Series que se caracterizan por unas virtudes muy específicas. Luego, como concepto, en sí, de su planteamiento: es original. Matizo y pongo el énfasis en el significado de la propuesta. El protagonista del show es el actor italoamericano, Richie Finestra (Bobby Cannavale) presidente ejecutivo del sello discográfico American Century. La primera secuencia vemos al personaje, en una esquina del Soho, al lado de un dealer, dentro de su Mercedes comprando cocaína y desesperado por esnifar el material. Una vez adquirido, comienza el estado de taquicárdico de Finestra, tras la inhalación de un par de líneas. A lo lejos, a través, del cristal las oscuras y sucias calles del barrio. Inmediatamente, el punto de éxtasis del subidón andrenalínico; se observa un abarrotado club de aquel convulso Nueva York de 1973. De repente, está dentro y alucinado con el concierto de la famosa banda de Rock-glam, The New York Dolls, mientras tocan “Personality crisis”. Así arranca el legendario director de Queens, MS, el show. A modo, de deuda personal, transformada en un proyecto entusiasta pero fallido —bajo mi punto de vista— pues, el principal problema con este denso episodio piloto; es que se quiere decir tantas cosas al público sobre la Ciudad de Nueva York en 1973 y de su escena musical, que se olvida de mencionar el porqué central de la historia. En ese entusiasmo desmesurado termina atropellándose de pastiches y tópicos, por momentos mareantes. Vaya por delante, que según relató el mismísimo Jagger, Vinyl era una historia que, inicialmente, iba a ser un largometraje. Bien, la verdad, que no será por metraje, ya que para la presentación de la misma, han contado con 120 minutos, en lo que podíamos denominar: un largometraje en toda regla. Es decir, toda la vieja pirotecnia —de las antiguas películas— factoría Scorsese; recreando con habilidad, garbo, y, el continuo ritmo adrenalínico. Bien, si volviéramos a la esquina del Soho donde nuestro personaje ve caer delante de sus narices el viejo Mercer Arts Center.

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Entre la alucinación y la zozobra de los ladrillos cayendo junto con la vetusta lámpara de araña: el piloto está lleno de adornos gastados, incluso, ya algo reiterativos. A uno, le viene el recuerdo de hace 22 años, la primera vez que vi “Goodfellas” (1990). Es fácil sentirse hastiado, de la reiterada narración, de abertura Made in Litle Italy. La apuesta de la voz en off —el enésimo recurso de cicerone— que la explota hasta la extenuación. Todavía le hace parecer más melancólico que el interés del contexto de aquellos setenta: “Tenía un oído de oro, una lengua de plata y un par de pelotas de hierro”. ¡Pero el problema era mi maldita nariz que era insaciable, aspiraba como un oso hormiguero!  Todos hasta las trancas de polvo cristalino colombiano, fumando, bebiendo Coca-Cola, envueltos en sus llamativos trajes de solapas patas de cangrejo, hablando —espíticamente— sobre de la esencia del Rock and Roll y cómo afrontar sus propias dudas y problemas financieros de la discográfica que dirigen: American Century. El sello muscial está en un punto del disparadero, pues, la competencia tras 20 años en el candelero es feroz. Bromean con sus siglas, llamándola, American Cementery. La única opción en unos tiempos tan complicados para la supervivencia de las discográficas independientes; es que una gran multinacional del sector los absorba. Y es cuando, por esas cosas del azar, el legendario sello alemán PolyGram quiere adquirir a AC. Finestra y socios; su mano derecha, Zak Yankovich Jefe de Producción y contratos (Ray Ramano), el jefe de ventas Skip Fontaine (J. C. Mackenzie), junto con el tercer socio y abogado de la compañía Scott Levitt (P.J. Byrne). Este trío podría ser el alter ego, de los gangs, prototipo de la historia contemporánea norteamericana; esas tres culturas donde se asentó el crimen organizado: italianos e irlandeses católicos y judíos. El mayor problema de AC es su falta de grandes éxitos de sus representados en los últimos tiempos. Sobreviviendo de los derechos de autor fritos por la polilla, como su vieja estrella, Donny Osmond. Igualmente, que la búsqueda por encontrar financiación, genera una dependencia de idénticas proporciones a su consumo de psicotrópicos, con los servicios de emisiones de la radio comercial. Han sobornado a todo tipo de gente, han falsificado la contabilidad y viven de pose en pose. No obstante, en ese juego de apariencias, American Century tiene un as en la manga que jugar: Led Zeppelin, quienes Richie espera firmar con Polygram. Empero, Vinyl tiene sexo, drogas, asesinato, estafa, Doo-Wop a tutiplén y hasta un clip de Bo Diddley tocando “Hey BD” en la piscina de la casa de RF, en el día de su aniversario cumpleaños. Esta última, tomémosla como una broma ilusoria muy divertida, firma de la factoría Winter&Cia. Luego, partiendo de todos estos mimbres y estándares del rey del cine de Scorsese. A uno se le viene la pregunta del millón: ¿Si todo es tan chulo e idílico, entre un ávido bombardeo visual, hasta el núcleo de nuestras retinas con subtramas y más subtramas, tiene lógica recordar el argumento central? La respuesta que observo; es el elevado calado de este proyecto. Pues, sólo, un excesivo prurito —del propio Scorsese— en su estado de excitación por abarcar demasiado, se asemeja a la ansiedad de su protagonista. Tanta voracidad que acaba por fagocitar la línea narrativa, lo que termina incrustándose en el esófago del personal. Del mismo modo, que una groupie de 1973, en plena gira de los Stones.

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Evidentemente, no vamos a descubrir al gran Marty, una de sus señas de identidad, ha sido su gusto por lo descomunal y presumiblemente abundante, como para permanecer centrado en el auténtico ardid del mensaje central: el negocio de las discográficas en la década de los 70. A partir de esa premisa, el análisis del contexto socio-histórico-cultural de aquel momento en NY es muy interesante. Cualquier entusiasta de la buena música algo ilustrado sabe que es una de las épocas más fecundas del Rock. De repente, Scorsese, Jagger y Winter se ven deseosos de revelar; el cutre negocio de una discográfica de comienzos de la década de los 70. La historia de un chico intentando conquistar sus deseos más retorcidos, el nacimiento del punk-rock o el ego de la época. Y es que su extenso metraje, evidentemente, lo sustenta la celestial BSO y algún chispazo ingenioso —propio— de la reputación, de quienes escriben esta historia. Sin embargo, no se puede pegar un volantazo, desde el Madison con una discusión de Finestra con Robert Plant de Leed Zeppelin, por esa falta de lealtad (todo ello tras una gran  bronca con Peter Grant, el mítico manager de los LZ y los Yardbirds interpretado por el actor británico Ian Hart, presentado aquí, como un representante agrío y tacaño) del propio RF con su grupo estrella, minutos antes de salir al escenario, y sincopadamente, nos aparece una escena de la discográfica, donde se está debatiendo sobre el descubrimiento de los suecos ABBA. Vinyl se aturulla. Este contratiempo podría destruir el acuerdo con PolyGram y Richie sólo ve más y más problemas financieros; lo que significa malas noticias para su acogedor hogar con su esposa, Devon Finestra (Olivia Wilde) y los niños en su mansión señorial de Greenwich (Connecticut). Cuando, de repente, todo el mundo está en la gran mansión de Richie, preparando su fiesta de cumpleaños, donde su esposa, Devon hace un emotivo brindis y cuenta la historia de cómo ella y Richie se escaparon de Woodstock porque estuvieron muy ocupados disfrutando, de los placeres conyugales, en su confortable dormitorio. Por instantes, todo es felicidad en el universo de Richie Finistra y Devon; la versión satisfecha de una Betty Draper infrautilizada viviendo una vida de princesa en su lujosa mansión de Conneticituc se encarga, de que el aniversario de Bobby, sea una noche inolvidable de emoción y complicidad. Pero, Richie, tiene que lidiar con un gran problema que le persigue como una sombra; “el puto amo” Frank “Buck” Rogers (Andrew Dice Clay), un tipo nada agradable y encharcado hasta las trancas en alcohol y cocaína. Amenaza a RF con boicotear el álbum más reciente de la reliquia dorada: Donny Osmond. Pues, muy a pesar de su aroma a alcanfor seguía siendo muy comercial y demandable en las ondas radiofónicas. RF recibe la llamada del intermediario Joe Corso (Bo Dietl) —jefe de promoción y enlace con el hampa— de la cadena de Buck. Éste, le dice que desde la fiesta en el burdel no ha parado de esnifar ingentes cantidades de polvo colombiano y sólo quiere hablar con él. Richie sale de su mansión, en Conennticut, y viaja en su Mercedes, hasta la finca del puto amo de las estaciones de radio de EE.UU, en Long Island. Llegados, a este momento, lo primero que te viene a la cabeza es la secuencia de Boogie Nights de Paul Thomas Anderson y el robo de la supuesta estrella del porno, Dirk Diggler (Mark Walhberg) en la casa de aquel Alfred Molina que simulaba al gangster (Eddie Nash). Todo pasado de vueltas, desnudo con una bata y bebiendo, junto a un chino que encendía petardos constantemente. Aquí la situación es idéntica, el tipo, tiene un gran parecido a la ex estrella del porno Ron Jeremy, mientras juguetea con un 38. Hasta que intenta besar a Richie y la cosa se sale de madre tras un forcejeo. Algo que se puede interpretar, como enfrentamiento a sus miedos, Buck es un tipo violento y engreído, que en esa relación amor/odio; desprende un aura de enamoramiento fingido. Y sólo, las manos de Buck en el cuello de Richie pueden frenar la frustración de éste.

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Finalmente, Joe coge un micrófono de cristal —premio de los certámenes de empresas de radio— como productor y empresario, y, golpea la cabeza de Buck. Cuando, creen que esté puede estar muerto, vuelve a moverse y es ahí cuando Richie, emulando a un Joe Pesci, destruye lo que queda del micrófono de cristal en la cabeza hasta convertir su parietal en cartílago gelatinoso con la masa encefálica. Sorprendido y aterrorizado por lo que acaba de suceder, Richie está flipando y patidifuso. Joe le dice a Richie que sabe como deshacerse del cuerpo. Lo sacan de la mansión en una estera y llevan, el cuerpo, en el maletero del automóvil de Joe, hasta que llegan a un descampado cerca de los suburbios del extrarradio de la ciudad, donde hay una gran agujero. Joe coge el muerto y lo tira. Cuando Richie regresa a casa, comienza a beber como un descosido; ya no es el limpio y sobrio Mr. Finestra, el hombre imaculado y rehabilitado, que se había ganado el respeto de su esposa, sino todo lo contrario: un Mr. Hyde descontrolado y borracho. El confortable y agradable estilo de vida lo lanza por la ventana. Ya en ese estado de enajenación —botella de Chivas 12 en mano— inicia una pantomima a lo Bo Diddley con su guitarra Gretsch. El regalo de su aniversario, con el que sus socios, y amigos de American Century le entregaban con orgullo. Su esposa, Devon, aparece en escena, pues, el escandalo que está armando es insoportable y le lee la cartilla. Él, es una caricatura, que no sabe ni lo que dice y le invita, a unirse al esperpento; que beba con él. Ella bebe de la botella y escupe el trago en su cara. Uno de grandes focos de atención y aciertos, en todo este puzzle aturullado, es el actor Bobby Cannavale, quien ya ganó dos Emmy por Boardwalk Empire (2010) y Will&Grace (1998). Lo recuerdo en una magnífica película de Michael Cuesta, “Roadie” (2011) donde ya se le apreciaba una vis perfecta, para este mundo del Rock&Roll. Su mera presencia y gesto es pura provocación. En esos primeros 15 minutos deja muy claro el fuste y su calidad interpretativa. Ahora que todo el mundo de Richie Finestra parece derrumbarse. Comienza, el runrún por una de las perspectivas, que genera más desesperación en el espectador: la pose Don Draper. Ese cigarrillo siempre entre sus dedos, que se quema en el sillón de ejecutivo de su apartamento personal, mientras escucha presuntas maquetas de grupos que buscan con anhelo en una discográfica que hace aguas por todos los costados. Al tiempo que esto está sucediendo, un flashback nos retrotrae a 1963 cuando Richie no era más que un joven camarero. Una noche, oye el alma sacudida del blues de Lester Grimes (Ato Essandoh) y se ofrece para conseguirle una gran carrera musical y lo que termina es por destruir la vida de Lester. Mientras tanto, la oficina de NYC de American Century tiene un visitante algo persistente llamado Kip Stevens (James Jagger, hijo de Mick) que no dejará de persuadir a la compañía para dejarle la maqueta de su banda, Nasty Bits. Aquí tenemos otra de las apuestas de casting del proyecto, Jamie Vine (Juno Temple), la cual, se ha planteado ser la descubridora de esta nueva banda. Un trabajo masculino, hecho por una fémina atrevida y valiente. De nuevo, entra el karma de Mad Men, ya que su personaje sería el alter ego de la emblemática, Peggy Olsen. La atenta secretaria/recepcionista que asiste a Richie Finestra y asume el rol, en el sello discográfico, con asertividad. Obviamente, se siente con las fuerzas y ganas para dar ese salto como promotora y ojeadora de nuevos talentos. Además, es el camello de confianza en la discográfica de Richie (un elemento muy Breaking Bad). Ella, se va al concierto de los Nasty Bits.

 

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Un espectáculo que termina en pelea entre la inexperta banda y público —en una especie de perfomance— versus Sex Pistols e Iggy Pop. Puro atisbo de proto-punk, liderado por Kip Stevens. Tras el concierto se acuestan y tienen sexo. Al poco tiempo, ella cuando se levanta del camastro y se arregla. En ese mismo instante, KS está preparándose un chute de heroína, y pone cara de póker. La historia, ahora, se traslada a la incertidumbre del resto de empleados de la discográfica, ya que una vez PolyGram compré A&R: todos se verán sin trabajo. El edificio entero es la vida del propio Richie, que ve como se levanta de los escombros, entre la alucinación teñida de cocaína y lo dantesco del personaje; algo le está diciendo que hay que pelear. ¿Se revela este Richie como el Superhombre? Eso es desconocido, pero lo que sí se sabe es que el hombre que surgió de los escombros está planeando algo grande. RF tiene la solución a todo este caos que ha dispensado los 120 minutos de locura y disparate. Un emboltorio gigantesco —muy Made in Scorsese— ya lo hemos mencionado, anteriormente, pero pisando demasiados charcos incongruentes o lo que es lo mismo: la superposición de ambas historias, no tienen el suficiente tiempo para impregnar y generar un humus suficientemente compacto. Los derroteros de un contexto subcultural son tan voraces, que el vademécum musical no aguanta el lastre para estirar la continuidad narrativa del guion. ¡Demonios! ¿No recuerdo en la historia sobre grupos de Rock un asesinato como subtrama intentando acaparar la curiosidad del espectador? Si que conocemos movidas de tipos muy sui generis como Keith Moon o estrellas del Rock; subida y caída libre de los ídolos. ¿Empero una trama criminal, en la que ni siquiera encontramos antagonista del propio Finestra? Hay como una manta fina que deja la pelusa de acrílico, que desprende, un plomizo aire pestilente a nostalgia en Do mayor. Aquí y allá, tenemos atisbos de subculturas sórdidas y espectáculos animados. Scorsese pone una factura espléndida como viejo zorro que es, pero independientemente, del gran trabajo de fotografía de Rodrigo Prieto, la dirección artística y los efectos especiales para recrear el contexto. Algo falta, no engarza. Marty sigue ensimismado con llenar el show de sonidos de Slade y Otis Redding, junto con toques de Punk, Rock-glam, y los primeros signos tempranos de Hip-hop por las calles del Bronx Sur. No muy distinto de su obra maestra Boardwalk Empire, pero en esencia, es sólo un sucedáneo de aquel encanto poético y fascinante de Nucky Tompshon. El espectáculo mejora tras abandonar algunas de esas escaramuzas del pasado. Sin embargo, esa aureola a Old fashion y anhelo de dulce pájaro de juventud, del maestro de Queens, la misma que toda su vida viene escuchando la mejor música del mundo, le pasa factura. Qué pena, pues ha hecho unos documentales de la historia del Rock que son patrimonio cultural del propio movimiento sociológico: maravillosos. No sé, puede que David Chase tenía la clave de toda la historia de la gran novela (digo novela y no serie) americana: Los Soprano. DC, dixit; los Soprano la tenía que haber hecho Dylan, Costello y los Stones. Lo dicho, un gran espectáculo tremendo, a medias, entre la falta de brío y una definición más transparente de la historia que nos quiere contar. Una serie discutible, y de obligado visionado para todo melómano, ya que el prisma óptico, sin quererlo, te hace perder objetividad. Creo que Marty, como el que teclea quisiera tener 25 años menos. Nota: 6,2

The New bets of the cable (2015) for the decade end

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Mucho se está hablando y mascullando, en torno, a esta temporada televisiva en EE.UU, y resto de las islas británicas. Hablamos de todos esos productos con calidad, a día de hoy, para ser los finalistas de los inminentes Emmy 2015. El mes que viene sabremos si GOT recibe un aluvión de premios ,o como suele ser en estas lindes, por parte de la academia vuelve a ponerse el mejor Nenuco de la añada y nostalgia, para obsequiarnos un hiperhomenaje a una de las grandes series de la historia de la televisión: Mad Men. Nadie pondría el grito en el cielo. Pero viendo las nominaciones, las opiniones sos todos los colores y plausibles. Recordemos que el año pasado, el Sr. White de Breaking Bad se marchó para siempre de la caja tonta (como gustan llamarla los snobs del cine trascendente) con su anfetamina cristalizada azul para siempre, y los Emmy, la encumbraron a los altares, cuando ya estaba en el mismísimo cielo. Es humano y en este tipo de saraos; las emociones venden. No es más que eso, así de sencillo: las amamos o las detestamos. Evidentemente, si viviéramos en Corea del Norte no lo podríamos saborear. Luego, no sé Uds., pero yo no tengo la más mínima intención de irme por aquellos lares. El Show business es parte de nuestra cultura y un ingrediente más, como lo pueda ser el azafrán en una buena paella. Series del calibre de Mad Men se lo merecen, pues, de facto pasan a ser patrimonio de la historia de la TV, y, occidente es un lugar que necesita de esa historia para mirar atrás y sonreír de vez en cuando. Sin embargo, observamos en este ya bien entrado 2015, se percibe un recambio en los banquillos. Nuevas generaciones de gente que han mamado buena televisión y viene con currículos que apabullan y dejan del revés al más pintado. De las mejores universidades y factorías del guion. Ya sea para la TV o el cine. A día de hoy, vemos que los saltos son idénticos, por el trasiego de estrellas, de una alfombra a la otra. Bien, lo más importante de este post es saber, como serán algunos de los nuevos shows, que tienen que dar el relevo al último lustro de la década, y si alguno de esos productos llegará a sobrepasar los ya legendarios 7 años, con última temporada dividida en dos partes, de la mencionada Mad Men. Estas son nuestras propuestas para un Otoño/invierno en el sofá de los sueños en VOS.

 

 

De la mano del guionista, actor y creador de SOA; Kurt Sutter. Nos llega con una historia en pleno siglo S.XIV ultraviolenta, queriendo recoger o estar a la altura de Juego de Tronos

 

Del guionista y hermano de la perla de oro del cine británico; Jonathan Nolan. Un remake de Sci-fi con un reparto de lujo en el canal por antonomasia del cable, HBO

 

Del director de cine brasileño, José Padilha creador de la fascinante y premiada; Tropa de Élite. Nos llega una historia alucinante sobre el narcotraficante P. Escobar en Netflix

 

De una de las guionistas de la serie de culto Breaking Bad, Moira Walley-Beckett. Nos llega un drama hipnótico  sobre el mundo de la mejor escuela de ballet de USA  para el canal Starz

 

Del actor, guionista y director independiente Edward Burns. Nos llega una historia verídica sobre polícias corruptos y su división por vigilancia de la moral americana. Neonoir en TNT

 

Del actor, productor y estrella de la gran pantalla Bradley Cooper. El canal CBS adapta el film, que ya encarnó para el cine, el mísmisimo Cooper. Sci-fi y Thriller que prometen emociones

 

Frank Spotnitz uno de los guionistas de Expediente-X  y Sir Ridley Scott como productor ejecutivo realizan para Amazon TV una adaptación, del libro de Philip K. Dick, que apunta muy alto

 

Adjuntamos listado de nominados en las diferentes categorías, que concurren este año, y comprobarán la gran cantidad de títulos reseñados en nuestra publicación. Lo dicho, suerte y a disfrutar de la ficción.

 

http://www.emmys.com/awards/nominees-winners

The best scores of TV (2014) in 200mgHz

1. Cliff Martinez for The Knick

 

 

2. Max Richter for The Leftovers

 

3. Jeff Beal for The House of Cards

 

4. Mokadelic for The Gomora

 

5. Abel Korzeniowski   for Penny Dreadful

 

 

Why Banshee? (2013)

 

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¿Qué es  Banshee? Buena pregunta. Bien, vayamos por partes y empecemos por la etimología del vocablo. Palabra de origen gaélico que significa mujer en un túmulo— por no decir una auténtica tumba— que transita entre este mundo y los que no, ya están en él. O mucho mejor, esta definición más ambigua; un ectoplasma de largos cabellos y abundantes largas uñas. ¿No les suena esto a un pastiche entre un cuadro de Munch y una novela del mejor  hardboiled  Made in Carroll John Dalyse? O el collage de los primeros cartoon  spicy & saucy salidos de la mano más negra del mismísimo Hammett. Ya me doy cuenta, que estas cosas pueden provocar un tremendo schock a determinada grey de la erudición literaria. Pues, en el fondo, no es más que un género popular y chabacano. Lo sé, amigos-as. Empero, las mejores plumas del universo Pulp pasaron por la editorial Black Mask o  Street and Smith Publications. Ahí quedan patentes: London, Conrad, Crane Goodis o Burroghs y un largo etcétera inacabable. Volviendo a la parte sustantiva de la novela negra y sus variantes. Por ponernos a jugar y enumerar los elementos más repugnantes del género. Haberlos, haylos. Evidentemente, no es agradable contemplar la violación física de un ser humano, la brutalidad en la lucha y las parafilias sexuales más perversas de las que disfrutan millones de lectores. Ahora, la literatura es así de caprichosa y la industria visual siempre se ha nutrido de ella. Luego, experimentemos la siguiente propuesta; ¿metemos todos esos matices en una coctelera y lo agitamos en su punto? Y…, Voilà!, ya tenemos a nuestra simpática Banshee. Su descripción más sinóptica será la siguiente: un tipo llamado Lucas Hood (Anthony Starr) — Made in Nueva Zelanda— además, de ser un ladrón de qualité, especializado, en el robo de diamantes: arte o grandes fortunas. Una vez que ha cumplido condena en la prisión estatal sale a la búsqueda de su amada, Anastasia, en el papel de Carrie Hopewell (Ivana Milicevic).

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Un portento de 175 centímetros con unos ojos que hipnotizan. Es una experta ladrona de cajas fuertes, gran luchadora de artes marciales e hija de uno de capos del crimen ucraniano en USA. Todo lo que viene a continuación parece que sea obra de una PS4  a 200km/h. Como tomar un café en un bareto, en menos de un minuto y medio. Veamos. Hood entra a un bar, pide un café,  mira a la atractiva camarera que se lo sirve, y en pocos segundos está copulando con ella, tras la despensa. Después roba un coche y hace una lista de tareas pendientes. La primera es ir a un salón de peluquería, regentado por un asiático-americano travestido, Job (Hoon Lee). La conversación que ambos mantienen—en un tono, más bien tirando a tenso— da a entender, que la amistad no viene de hace un día y todo huele a más de un affaire. Una vez conseguida la información de la nueva ubicación de Anastasia. Se sube en el coche y arranca a toda pastilla, cruzando el bajo Manhattan, en una persecución vibrante con los esbirros de Rabbit y padre de la ella (Ben Cross). Ya en la localidad de Banshee, (Pennsylvania). Hace una parada en un garito que regenta Sugar Bates (Frankie Faison), uno de los grandes actores de toda la serie, el cual, interpreta a un viejo exboxeador que ha pasado por muchos devaneos de la vida, incluida la cárcel. Los caprichos del  destino son inescrutables y hacen que coincida nuestro recién llegado —exconvicto—  con el nuevo sheriff asignado a la ciudad. Un asunto, más que desafortunado para este último y muy dichoso para el desesperado ladrón, hacen de nuevo—que la teoría del caos, prevalezca—pues, el que iba a ser el nuevo jefe de la comisaría local muere y Hood asume su identidad. Así se introduce, de facto, en Banshee, el personaje Lucas Hood. Nuevo trabajo nuevo al servicio del ciudadano y derecho a posesión de armas para que el orden prevalezca en una ciudad aparentemente tranquila, donde el crimen se solapa en cualquier esquina. El hecho es que Banshee no tardará mucho, en revelar su último gran malo; Kai Proctor protagonizado por el actor danés (Ulrich Thomsen, una delicia y un acierto del casting), cuyos tortuosos dedos orquestan el destino de los tratos subterráneos en el apacible Banshee. El personaje—reiteramos— es una de las grandes diversiones de este producto.

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Proctor es de origen Amish (su padre es uno de ellos), aunque la comunidad lo repudia, regenta el imperio del negocio de la carne. Desde donde controla el juego, la prostitución y el negocio de las drogas sintéticas. Algo así, como el antagonista del malvado padre de Anastasia; el malvado capo ucraniano Mr. Rabbit. Anastasia se ha convertido en Carrie Hopewell, la perfecta ama de casa con un pasado tan volcánico como la Nikita de Besson. Vive con un marido honesto—fiscal de la ciudad— Russ Blackwell y dos hijos: una joven adolescente, Deva (Ryann Shane) y el pequeño Max que sufre un problema congénito de insuficiencia respiratoria. Carrie es una mujer angustiada por un pasado que intenta enterrar, pero la vuelta de su eterno compañero de robos y necesidades conyugales ha llegado como un huracán al lugar más recóndito de la tierra. Por otra parte, nos encontramos con el pequeño departamento del sheriff, un lugar  al más puro estilo— comisaria de la América profunda— especializada en pecata minuta o mirar hacia otro lado. Donde destaca el ayudante del sheriff, Brock Lotus interpretado por el extraordinario actor, que es Matt Servitto—sempiterno agente del FBI, detrás de Tony Soprano—aquí más preocupado de los derechos civiles, que de aplicar la ley con mayor contundencia. Algo, que chocará con las maneras del nuevo jefe Mr. Hood. Otra de las protagonistas femeninas es la agente Siobhan Kelly, una buena chica, guapa con un toque sexy,  a pesar de los acartonados pantalones de poli, que con el tiempo irá empatizando con el jefe Hood. Y por último, el agente Emmett Yanners (Demetrius  Grosse), un ex jugador de Futbol, de un físico imponente, y hombre de fuertes creencias, aguanta de un modo estoico el tufo racista que desprende la pequeña ciudad. En el lado del mal, no podemos olvidarnos de la exuberante y nabukoniana sobrina de Kai Proctor, Rebeca Bowmann (Triete Kelly Dum) y el jefe de la tribu india, Alex longshadow (Anthony Ruivivar) que anda metido hasta las cejas en negocios turbios, coetáneos a la onda de Proctor, desde el sillón del casino propiedad de la tribu.

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Estos son los mimbres que han creado unos desconocidos; Jonathan Tropper  y David Schickler, novelistas y guionistas con limitada experiencia, pero muy bien parapetados en viejos zorros de este negocio, que les han dado vía libre a su imaginación: Greg Yaitanes (“House M.D.”) y Alan Ball (“True Blood” “Six Feet Under”) productores ejecutivos y productores de facto. Así como directores de sus productos, donde la apuesta es firme por el cómic, en su  versión más dura de las crónicas pulp. Un producto hiperbólico y explícito de violencia, sexo y el ritmo frenético en sus imágenes: un American Gothic Noir con ecos de Jim Thompson, Horace McCoy y el dibujante Frank Miller y, especialmente, Quentin Tarantino (toda la vis de divertimentos que aporta). Por momentos, deudora del sentimiento lacónico del universo de Goodis en su vieja Filadelfia; “la vida es un infierno”. A ello le sumamos los créditos iniciales, en una originalísima cortinilla, marca de la casa, y el score musical del dueto electrónico (Methodic Doubt) que remarca la sensación de algo completamente turbio y alocado. Y es que Banshee es un pueblo donde todo vale y todo cuenta. Hay drogas, alcohol, Amish, moteros, una tribu india gestionada por jefes corruptos y sobre todo muchas vacas que generan el negocio de la Pensylvania rural: la carne de primera. Eso, sería Banshee y el porqué de su éxito tras dos temporadas completas y cinco capítulos emitidos hasta ahora en su tercera temporada. Con una audiencia mayor, que la obra maestra de su otro logro “The Knick”. Cinemax ha encontrado al personaje de la canción de los Pistones y la renovación de su cuarta y última temporada. Ha llegado un pistolero a la ciudad, su nombre es Lucas Hood y tiene patente de agente corso, al margen de la ley. Por la noche espera el Watering Hole y una mesa donde humea un gran filete de carne, acompañado de un buen Jameson. La frente de Hood está llena  de gotas de sangre y sudor, mientras Sugar Bates llena el vaso vacío y le ofrece una servilleta. ¿Les suena? Nota: 7,0

The best series of TV (2014)

1The Knick

 

2 Fargo

 

3 Gomorra

 

4 The honorable woman

 

5 The Affair

 

6 True Detective

 

7 Happy Valley

 

 

8 Penny Dreadful

 

9  The Leftovers

 

10 The Strain

 

 

The 45 years of fucking McNulty

 

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“Hay que aprovechar cada oportunidad que se presenta” Dominic West/Jimmy McNulty in The Wire (1969-Yorkshire/ UK )

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El dolor sí tiene nombre

Vivir con dolor crónico

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