Las mejores series estrenadas en 2016

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1.People Vs O.J.Simpson

 

 

 

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2.  The Night Of (HBO)

 

 

3. Quarry (Cinemax)

 

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4.  The Crown (Netflix)

 

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5.  The Night Manager (BBC)

 

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6.  Rillington Place (BBC)

 

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7.  The Get Down (Netflix)

 

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8.  Harp&Leonard (Sundance Channel)

 

 

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9.  The Girl Experience (Starz)

 

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10.  Channel Zero (Syfy)

 

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Vinyl (2016) “25 years less and so happy”

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El episodio piloto de la veterana e intocable, HBO, en su incansable búsqueda por la ficción de calidad; nos ha traído Vinyl—todo el mundo sabe lo que significa— un producto, que se definiría en tres nociones: Sexo, drogas y Rock&Roll. Nueva serie que, el canal lleva promocionando, desde el último mes de diciembre pasado; como su gran apuesta por sentar—nuevamente—catedra, en esa máxima, por la libertad creativa de la ficción Made in USA. En esta ocasión, repiten formula con un dueto, bien avenido, de la añorada y magistral Boardwalk Empire: Martin Scorsese y Terence Winter. A este dúo hay que añadirle el morbo de la estrella de los Stones, un gran amigo, del legendario director neoyorkino; Mick Jagger. Obviamente, el proyecto, pueden ir imaginando, que itinerario tomará. Bien, en principio, creo que han acertado: Vinyl es un drama —en toda regla— centrado en el mundo del Rock con ecos a biopic y la mácula del crimen pseudomafioso. No olvidemos que en el apartado de la producción ejecutiva están; Allen Coulter de Los Soprano (1999), George Mastras de Breaking Bad y (2008) John P. Melfi de la sensual Flesh&Bone (2015). Series que se caracterizan por unas virtudes muy específicas. Luego, como concepto, en sí, de su planteamiento: es original. Matizo y pongo el énfasis en el significado de la propuesta. El protagonista del show es el actor italoamericano, Richie Finestra (Bobby Cannavale) presidente ejecutivo del sello discográfico American Century. La primera secuencia vemos al personaje, en una esquina del Soho, al lado de un dealer, dentro de su Mercedes comprando cocaína y desesperado por esnifar el material. Una vez adquirido, comienza el estado de taquicárdico de Finestra, tras la inhalación de un par de líneas. A lo lejos, a través, del cristal las oscuras y sucias calles del barrio. Inmediatamente, el punto de éxtasis del subidón andrenalínico; se observa un abarrotado club de aquel convulso Nueva York de 1973. De repente, está dentro y alucinado con el concierto de la famosa banda de Rock-glam, The New York Dolls, mientras tocan “Personality crisis”. Así arranca el legendario director de Queens, MS, el show. A modo, de deuda personal, transformada en un proyecto entusiasta pero fallido —bajo mi punto de vista— pues, el principal problema con este denso episodio piloto; es que se quiere decir tantas cosas al público sobre la Ciudad de Nueva York en 1973 y de su escena musical, que se olvida de mencionar el porqué central de la historia. En ese entusiasmo desmesurado termina atropellándose de pastiches y tópicos, por momentos mareantes. Vaya por delante, que según relató el mismísimo Jagger, Vinyl era una historia que, inicialmente, iba a ser un largometraje. Bien, la verdad, que no será por metraje, ya que para la presentación de la misma, han contado con 120 minutos, en lo que podíamos denominar: un largometraje en toda regla. Es decir, toda la vieja pirotecnia —de las antiguas películas— factoría Scorsese; recreando con habilidad, garbo, y, el continuo ritmo adrenalínico. Bien, si volviéramos a la esquina del Soho donde nuestro personaje ve caer delante de sus narices el viejo Mercer Arts Center.

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Entre la alucinación y la zozobra de los ladrillos cayendo junto con la vetusta lámpara de araña: el piloto está lleno de adornos gastados, incluso, ya algo reiterativos. A uno, le viene el recuerdo de hace 22 años, la primera vez que vi “Goodfellas” (1990). Es fácil sentirse hastiado, de la reiterada narración, de abertura Made in Litle Italy. La apuesta de la voz en off —el enésimo recurso de cicerone— que la explota hasta la extenuación. Todavía le hace parecer más melancólico que el interés del contexto de aquellos setenta: “Tenía un oído de oro, una lengua de plata y un par de pelotas de hierro”. ¡Pero el problema era mi maldita nariz que era insaciable, aspiraba como un oso hormiguero!  Todos hasta las trancas de polvo cristalino colombiano, fumando, bebiendo Coca-Cola, envueltos en sus llamativos trajes de solapas patas de cangrejo, hablando —espíticamente— sobre de la esencia del Rock and Roll y cómo afrontar sus propias dudas y problemas financieros de la discográfica que dirigen: American Century. El sello muscial está en un punto del disparadero, pues, la competencia tras 20 años en el candelero es feroz. Bromean con sus siglas, llamándola, American Cementery. La única opción en unos tiempos tan complicados para la supervivencia de las discográficas independientes; es que una gran multinacional del sector los absorba. Y es cuando, por esas cosas del azar, el legendario sello alemán PolyGram quiere adquirir a AC. Finestra y socios; su mano derecha, Zak Yankovich Jefe de Producción y contratos (Ray Ramano), el jefe de ventas Skip Fontaine (J. C. Mackenzie), junto con el tercer socio y abogado de la compañía Scott Levitt (P.J. Byrne). Este trío podría ser el alter ego, de los gangs, prototipo de la historia contemporánea norteamericana; esas tres culturas donde se asentó el crimen organizado: italianos e irlandeses católicos y judíos. El mayor problema de AC es su falta de grandes éxitos de sus representados en los últimos tiempos. Sobreviviendo de los derechos de autor fritos por la polilla, como su vieja estrella, Donny Osmond. Igualmente, que la búsqueda por encontrar financiación, genera una dependencia de idénticas proporciones a su consumo de psicotrópicos, con los servicios de emisiones de la radio comercial. Han sobornado a todo tipo de gente, han falsificado la contabilidad y viven de pose en pose. No obstante, en ese juego de apariencias, American Century tiene un as en la manga que jugar: Led Zeppelin, quienes Richie espera firmar con Polygram. Empero, Vinyl tiene sexo, drogas, asesinato, estafa, Doo-Wop a tutiplén y hasta un clip de Bo Diddley tocando “Hey BD” en la piscina de la casa de RF, en el día de su aniversario cumpleaños. Esta última, tomémosla como una broma ilusoria muy divertida, firma de la factoría Winter&Cia. Luego, partiendo de todos estos mimbres y estándares del rey del cine de Scorsese. A uno se le viene la pregunta del millón: ¿Si todo es tan chulo e idílico, entre un ávido bombardeo visual, hasta el núcleo de nuestras retinas con subtramas y más subtramas, tiene lógica recordar el argumento central? La respuesta que observo; es el elevado calado de este proyecto. Pues, sólo, un excesivo prurito —del propio Scorsese— en su estado de excitación por abarcar demasiado, se asemeja a la ansiedad de su protagonista. Tanta voracidad que acaba por fagocitar la línea narrativa, lo que termina incrustándose en el esófago del personal. Del mismo modo, que una groupie de 1973, en plena gira de los Stones.

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Evidentemente, no vamos a descubrir al gran Marty, una de sus señas de identidad, ha sido su gusto por lo descomunal y presumiblemente abundante, como para permanecer centrado en el auténtico ardid del mensaje central: el negocio de las discográficas en la década de los 70. A partir de esa premisa, el análisis del contexto socio-histórico-cultural de aquel momento en NY es muy interesante. Cualquier entusiasta de la buena música algo ilustrado sabe que es una de las épocas más fecundas del Rock. De repente, Scorsese, Jagger y Winter se ven deseosos de revelar; el cutre negocio de una discográfica de comienzos de la década de los 70. La historia de un chico intentando conquistar sus deseos más retorcidos, el nacimiento del punk-rock o el ego de la época. Y es que su extenso metraje, evidentemente, lo sustenta la celestial BSO y algún chispazo ingenioso —propio— de la reputación, de quienes escriben esta historia. Sin embargo, no se puede pegar un volantazo, desde el Madison con una discusión de Finestra con Robert Plant de Leed Zeppelin, por esa falta de lealtad (todo ello tras una gran  bronca con Peter Grant, el mítico manager de los LZ y los Yardbirds interpretado por el actor británico Ian Hart, presentado aquí, como un representante agrío y tacaño) del propio RF con su grupo estrella, minutos antes de salir al escenario, y sincopadamente, nos aparece una escena de la discográfica, donde se está debatiendo sobre el descubrimiento de los suecos ABBA. Vinyl se aturulla. Este contratiempo podría destruir el acuerdo con PolyGram y Richie sólo ve más y más problemas financieros; lo que significa malas noticias para su acogedor hogar con su esposa, Devon Finestra (Olivia Wilde) y los niños en su mansión señorial de Greenwich (Connecticut). Cuando, de repente, todo el mundo está en la gran mansión de Richie, preparando su fiesta de cumpleaños, donde su esposa, Devon hace un emotivo brindis y cuenta la historia de cómo ella y Richie se escaparon de Woodstock porque estuvieron muy ocupados disfrutando, de los placeres conyugales, en su confortable dormitorio. Por instantes, todo es felicidad en el universo de Richie Finistra y Devon; la versión satisfecha de una Betty Draper infrautilizada viviendo una vida de princesa en su lujosa mansión de Conneticituc se encarga, de que el aniversario de Bobby, sea una noche inolvidable de emoción y complicidad. Pero, Richie, tiene que lidiar con un gran problema que le persigue como una sombra; “el puto amo” Frank “Buck” Rogers (Andrew Dice Clay), un tipo nada agradable y encharcado hasta las trancas en alcohol y cocaína. Amenaza a RF con boicotear el álbum más reciente de la reliquia dorada: Donny Osmond. Pues, muy a pesar de su aroma a alcanfor seguía siendo muy comercial y demandable en las ondas radiofónicas. RF recibe la llamada del intermediario Joe Corso (Bo Dietl) —jefe de promoción y enlace con el hampa— de la cadena de Buck. Éste, le dice que desde la fiesta en el burdel no ha parado de esnifar ingentes cantidades de polvo colombiano y sólo quiere hablar con él. Richie sale de su mansión, en Conennticut, y viaja en su Mercedes, hasta la finca del puto amo de las estaciones de radio de EE.UU, en Long Island. Llegados, a este momento, lo primero que te viene a la cabeza es la secuencia de Boogie Nights de Paul Thomas Anderson y el robo de la supuesta estrella del porno, Dirk Diggler (Mark Walhberg) en la casa de aquel Alfred Molina que simulaba al gangster (Eddie Nash). Todo pasado de vueltas, desnudo con una bata y bebiendo, junto a un chino que encendía petardos constantemente. Aquí la situación es idéntica, el tipo, tiene un gran parecido a la ex estrella del porno Ron Jeremy, mientras juguetea con un 38. Hasta que intenta besar a Richie y la cosa se sale de madre tras un forcejeo. Algo que se puede interpretar, como enfrentamiento a sus miedos, Buck es un tipo violento y engreído, que en esa relación amor/odio; desprende un aura de enamoramiento fingido. Y sólo, las manos de Buck en el cuello de Richie pueden frenar la frustración de éste.

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Finalmente, Joe coge un micrófono de cristal —premio de los certámenes de empresas de radio— como productor y empresario, y, golpea la cabeza de Buck. Cuando, creen que esté puede estar muerto, vuelve a moverse y es ahí cuando Richie, emulando a un Joe Pesci, destruye lo que queda del micrófono de cristal en la cabeza hasta convertir su parietal en cartílago gelatinoso con la masa encefálica. Sorprendido y aterrorizado por lo que acaba de suceder, Richie está flipando y patidifuso. Joe le dice a Richie que sabe como deshacerse del cuerpo. Lo sacan de la mansión en una estera y llevan, el cuerpo, en el maletero del automóvil de Joe, hasta que llegan a un descampado cerca de los suburbios del extrarradio de la ciudad, donde hay una gran agujero. Joe coge el muerto y lo tira. Cuando Richie regresa a casa, comienza a beber como un descosido; ya no es el limpio y sobrio Mr. Finestra, el hombre imaculado y rehabilitado, que se había ganado el respeto de su esposa, sino todo lo contrario: un Mr. Hyde descontrolado y borracho. El confortable y agradable estilo de vida lo lanza por la ventana. Ya en ese estado de enajenación —botella de Chivas 12 en mano— inicia una pantomima a lo Bo Diddley con su guitarra Gretsch. El regalo de su aniversario, con el que sus socios, y amigos de American Century le entregaban con orgullo. Su esposa, Devon, aparece en escena, pues, el escandalo que está armando es insoportable y le lee la cartilla. Él, es una caricatura, que no sabe ni lo que dice y le invita, a unirse al esperpento; que beba con él. Ella bebe de la botella y escupe el trago en su cara. Uno de grandes focos de atención y aciertos, en todo este puzzle aturullado, es el actor Bobby Cannavale, quien ya ganó dos Emmy por Boardwalk Empire (2010) y Will&Grace (1998). Lo recuerdo en una magnífica película de Michael Cuesta, “Roadie” (2011) donde ya se le apreciaba una vis perfecta, para este mundo del Rock&Roll. Su mera presencia y gesto es pura provocación. En esos primeros 15 minutos deja muy claro el fuste y su calidad interpretativa. Ahora que todo el mundo de Richie Finestra parece derrumbarse. Comienza, el runrún por una de las perspectivas, que genera más desesperación en el espectador: la pose Don Draper. Ese cigarrillo siempre entre sus dedos, que se quema en el sillón de ejecutivo de su apartamento personal, mientras escucha presuntas maquetas de grupos que buscan con anhelo en una discográfica que hace aguas por todos los costados. Al tiempo que esto está sucediendo, un flashback nos retrotrae a 1963 cuando Richie no era más que un joven camarero. Una noche, oye el alma sacudida del blues de Lester Grimes (Ato Essandoh) y se ofrece para conseguirle una gran carrera musical y lo que termina es por destruir la vida de Lester. Mientras tanto, la oficina de NYC de American Century tiene un visitante algo persistente llamado Kip Stevens (James Jagger, hijo de Mick) que no dejará de persuadir a la compañía para dejarle la maqueta de su banda, Nasty Bits. Aquí tenemos otra de las apuestas de casting del proyecto, Jamie Vine (Juno Temple), la cual, se ha planteado ser la descubridora de esta nueva banda. Un trabajo masculino, hecho por una fémina atrevida y valiente. De nuevo, entra el karma de Mad Men, ya que su personaje sería el alter ego de la emblemática, Peggy Olsen. La atenta secretaria/recepcionista que asiste a Richie Finestra y asume el rol, en el sello discográfico, con asertividad. Obviamente, se siente con las fuerzas y ganas para dar ese salto como promotora y ojeadora de nuevos talentos. Además, es el camello de confianza en la discográfica de Richie (un elemento muy Breaking Bad). Ella, se va al concierto de los Nasty Bits.

 

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Un espectáculo que termina en pelea entre la inexperta banda y público —en una especie de perfomance— versus Sex Pistols e Iggy Pop. Puro atisbo de proto-punk, liderado por Kip Stevens. Tras el concierto se acuestan y tienen sexo. Al poco tiempo, ella cuando se levanta del camastro y se arregla. En ese mismo instante, KS está preparándose un chute de heroína, y pone cara de póker. La historia, ahora, se traslada a la incertidumbre del resto de empleados de la discográfica, ya que una vez PolyGram compré A&R: todos se verán sin trabajo. El edificio entero es la vida del propio Richie, que ve como se levanta de los escombros, entre la alucinación teñida de cocaína y lo dantesco del personaje; algo le está diciendo que hay que pelear. ¿Se revela este Richie como el Superhombre? Eso es desconocido, pero lo que sí se sabe es que el hombre que surgió de los escombros está planeando algo grande. RF tiene la solución a todo este caos que ha dispensado los 120 minutos de locura y disparate. Un emboltorio gigantesco —muy Made in Scorsese— ya lo hemos mencionado, anteriormente, pero pisando demasiados charcos incongruentes o lo que es lo mismo: la superposición de ambas historias, no tienen el suficiente tiempo para impregnar y generar un humus suficientemente compacto. Los derroteros de un contexto subcultural son tan voraces, que el vademécum musical no aguanta el lastre para estirar la continuidad narrativa del guion. ¡Demonios! ¿No recuerdo en la historia sobre grupos de Rock un asesinato como subtrama intentando acaparar la curiosidad del espectador? Si que conocemos movidas de tipos muy sui generis como Keith Moon o estrellas del Rock; subida y caída libre de los ídolos. ¿Empero una trama criminal, en la que ni siquiera encontramos antagonista del propio Finestra? Hay como una manta fina que deja la pelusa de acrílico, que desprende, un plomizo aire pestilente a nostalgia en Do mayor. Aquí y allá, tenemos atisbos de subculturas sórdidas y espectáculos animados. Scorsese pone una factura espléndida como viejo zorro que es, pero independientemente, del gran trabajo de fotografía de Rodrigo Prieto, la dirección artística y los efectos especiales para recrear el contexto. Algo falta, no engarza. Marty sigue ensimismado con llenar el show de sonidos de Slade y Otis Redding, junto con toques de Punk, Rock-glam, y los primeros signos tempranos de Hip-hop por las calles del Bronx Sur. No muy distinto de su obra maestra Boardwalk Empire, pero en esencia, es sólo un sucedáneo de aquel encanto poético y fascinante de Nucky Tompshon. El espectáculo mejora tras abandonar algunas de esas escaramuzas del pasado. Sin embargo, esa aureola a Old fashion y anhelo de dulce pájaro de juventud, del maestro de Queens, la misma que toda su vida viene escuchando la mejor música del mundo, le pasa factura. Qué pena, pues ha hecho unos documentales de la historia del Rock que son patrimonio cultural del propio movimiento sociológico: maravillosos. No sé, puede que David Chase tenía la clave de toda la historia de la gran novela (digo novela y no serie) americana: Los Soprano. DC, dixit; los Soprano la tenía que haber hecho Dylan, Costello y los Stones. Lo dicho, un gran espectáculo tremendo, a medias, entre la falta de brío y una definición más transparente de la historia que nos quiere contar. Una serie discutible, y de obligado visionado para todo melómano, ya que el prisma óptico, sin quererlo, te hace perder objetividad. Creo que Marty, como el que teclea quisiera tener 25 años menos. Nota: 6,2

The New bets of the cable (2015) for the decade end

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Mucho se está hablando y mascullando, en torno, a esta temporada televisiva en EE.UU, y resto de las islas británicas. Hablamos de todos esos productos con calidad, a día de hoy, para ser los finalistas de los inminentes Emmy 2015. El mes que viene sabremos si GOT recibe un aluvión de premios ,o como suele ser en estas lindes, por parte de la academia vuelve a ponerse el mejor Nenuco de la añada y nostalgia, para obsequiarnos un hiperhomenaje a una de las grandes series de la historia de la televisión: Mad Men. Nadie pondría el grito en el cielo. Pero viendo las nominaciones, las opiniones sos todos los colores y plausibles. Recordemos que el año pasado, el Sr. White de Breaking Bad se marchó para siempre de la caja tonta (como gustan llamarla los snobs del cine trascendente) con su anfetamina cristalizada azul para siempre, y los Emmy, la encumbraron a los altares, cuando ya estaba en el mismísimo cielo. Es humano y en este tipo de saraos; las emociones venden. No es más que eso, así de sencillo: las amamos o las detestamos. Evidentemente, si viviéramos en Corea del Norte no lo podríamos saborear. Luego, no sé Uds., pero yo no tengo la más mínima intención de irme por aquellos lares. El Show business es parte de nuestra cultura y un ingrediente más, como lo pueda ser el azafrán en una buena paella. Series del calibre de Mad Men se lo merecen, pues, de facto pasan a ser patrimonio de la historia de la TV, y, occidente es un lugar que necesita de esa historia para mirar atrás y sonreír de vez en cuando. Sin embargo, observamos en este ya bien entrado 2015, se percibe un recambio en los banquillos. Nuevas generaciones de gente que han mamado buena televisión y viene con currículos que apabullan y dejan del revés al más pintado. De las mejores universidades y factorías del guion. Ya sea para la TV o el cine. A día de hoy, vemos que los saltos son idénticos, por el trasiego de estrellas, de una alfombra a la otra. Bien, lo más importante de este post es saber, como serán algunos de los nuevos shows, que tienen que dar el relevo al último lustro de la década, y si alguno de esos productos llegará a sobrepasar los ya legendarios 7 años, con última temporada dividida en dos partes, de la mencionada Mad Men. Estas son nuestras propuestas para un Otoño/invierno en el sofá de los sueños en VOS.

 

 

De la mano del guionista, actor y creador de SOA; Kurt Sutter. Nos llega con una historia en pleno siglo S.XIV ultraviolenta, queriendo recoger o estar a la altura de Juego de Tronos

 

Del guionista y hermano de la perla de oro del cine británico; Jonathan Nolan. Un remake de Sci-fi con un reparto de lujo en el canal por antonomasia del cable, HBO

 

Del director de cine brasileño, José Padilha creador de la fascinante y premiada; Tropa de Élite. Nos llega una historia alucinante sobre el narcotraficante P. Escobar en Netflix

 

De una de las guionistas de la serie de culto Breaking Bad, Moira Walley-Beckett. Nos llega un drama hipnótico  sobre el mundo de la mejor escuela de ballet de USA  para el canal Starz

 

Del actor, guionista y director independiente Edward Burns. Nos llega una historia verídica sobre polícias corruptos y su división por vigilancia de la moral americana. Neonoir en TNT

 

Del actor, productor y estrella de la gran pantalla Bradley Cooper. El canal CBS adapta el film, que ya encarnó para el cine, el mísmisimo Cooper. Sci-fi y Thriller que prometen emociones

 

Frank Spotnitz uno de los guionistas de Expediente-X  y Sir Ridley Scott como productor ejecutivo realizan para Amazon TV una adaptación, del libro de Philip K. Dick, que apunta muy alto

 

Adjuntamos listado de nominados en las diferentes categorías, que concurren este año, y comprobarán la gran cantidad de títulos reseñados en nuestra publicación. Lo dicho, suerte y a disfrutar de la ficción.

 

http://www.emmys.com/awards/nominees-winners

The best scores of TV (2014) in 200mgHz

1. Cliff Martinez for The Knick

 

 

2. Max Richter for The Leftovers

 

3. Jeff Beal for The House of Cards

 

4. Mokadelic for The Gomora

 

5. Abel Korzeniowski   for Penny Dreadful

 

 

Why Banshee? (2013)

 

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¿Qué es  Banshee? Buena pregunta. Bien, vayamos por partes y empecemos por la etimología del vocablo. Palabra de origen gaélico que significa mujer en un túmulo— por no decir una auténtica tumba— que transita entre este mundo y los que no, ya están en él. O mucho mejor, esta definición más ambigua; un ectoplasma de largos cabellos y abundantes largas uñas. ¿No les suena esto a un pastiche entre un cuadro de Munch y una novela del mejor  hardboiled  Made in Carroll John Dalyse? O el collage de los primeros cartoon  spicy & saucy salidos de la mano más negra del mismísimo Hammett. Ya me doy cuenta, que estas cosas pueden provocar un tremendo schock a determinada grey de la erudición literaria. Pues, en el fondo, no es más que un género popular y chabacano. Lo sé, amigos-as. Empero, las mejores plumas del universo Pulp pasaron por la editorial Black Mask o  Street and Smith Publications. Ahí quedan patentes: London, Conrad, Crane Goodis o Burroghs y un largo etcétera inacabable. Volviendo a la parte sustantiva de la novela negra y sus variantes. Por ponernos a jugar y enumerar los elementos más repugnantes del género. Haberlos, haylos. Evidentemente, no es agradable contemplar la violación física de un ser humano, la brutalidad en la lucha y las parafilias sexuales más perversas de las que disfrutan millones de lectores. Ahora, la literatura es así de caprichosa y la industria visual siempre se ha nutrido de ella. Luego, experimentemos la siguiente propuesta; ¿metemos todos esos matices en una coctelera y lo agitamos en su punto? Y…, Voilà!, ya tenemos a nuestra simpática Banshee. Su descripción más sinóptica será la siguiente: un tipo llamado Lucas Hood (Anthony Starr) — Made in Nueva Zelanda— además, de ser un ladrón de qualité, especializado, en el robo de diamantes: arte o grandes fortunas. Una vez que ha cumplido condena en la prisión estatal sale a la búsqueda de su amada, Anastasia, en el papel de Carrie Hopewell (Ivana Milicevic).

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Un portento de 175 centímetros con unos ojos que hipnotizan. Es una experta ladrona de cajas fuertes, gran luchadora de artes marciales e hija de uno de capos del crimen ucraniano en USA. Todo lo que viene a continuación parece que sea obra de una PS4  a 200km/h. Como tomar un café en un bareto, en menos de un minuto y medio. Veamos. Hood entra a un bar, pide un café,  mira a la atractiva camarera que se lo sirve, y en pocos segundos está copulando con ella, tras la despensa. Después roba un coche y hace una lista de tareas pendientes. La primera es ir a un salón de peluquería, regentado por un asiático-americano travestido, Job (Hoon Lee). La conversación que ambos mantienen—en un tono, más bien tirando a tenso— da a entender, que la amistad no viene de hace un día y todo huele a más de un affaire. Una vez conseguida la información de la nueva ubicación de Anastasia. Se sube en el coche y arranca a toda pastilla, cruzando el bajo Manhattan, en una persecución vibrante con los esbirros de Rabbit y padre de la ella (Ben Cross). Ya en la localidad de Banshee, (Pennsylvania). Hace una parada en un garito que regenta Sugar Bates (Frankie Faison), uno de los grandes actores de toda la serie, el cual, interpreta a un viejo exboxeador que ha pasado por muchos devaneos de la vida, incluida la cárcel. Los caprichos del  destino son inescrutables y hacen que coincida nuestro recién llegado —exconvicto—  con el nuevo sheriff asignado a la ciudad. Un asunto, más que desafortunado para este último y muy dichoso para el desesperado ladrón, hacen de nuevo—que la teoría del caos, prevalezca—pues, el que iba a ser el nuevo jefe de la comisaría local muere y Hood asume su identidad. Así se introduce, de facto, en Banshee, el personaje Lucas Hood. Nuevo trabajo nuevo al servicio del ciudadano y derecho a posesión de armas para que el orden prevalezca en una ciudad aparentemente tranquila, donde el crimen se solapa en cualquier esquina. El hecho es que Banshee no tardará mucho, en revelar su último gran malo; Kai Proctor protagonizado por el actor danés (Ulrich Thomsen, una delicia y un acierto del casting), cuyos tortuosos dedos orquestan el destino de los tratos subterráneos en el apacible Banshee. El personaje—reiteramos— es una de las grandes diversiones de este producto.

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Proctor es de origen Amish (su padre es uno de ellos), aunque la comunidad lo repudia, regenta el imperio del negocio de la carne. Desde donde controla el juego, la prostitución y el negocio de las drogas sintéticas. Algo así, como el antagonista del malvado padre de Anastasia; el malvado capo ucraniano Mr. Rabbit. Anastasia se ha convertido en Carrie Hopewell, la perfecta ama de casa con un pasado tan volcánico como la Nikita de Besson. Vive con un marido honesto—fiscal de la ciudad— Russ Blackwell y dos hijos: una joven adolescente, Deva (Ryann Shane) y el pequeño Max que sufre un problema congénito de insuficiencia respiratoria. Carrie es una mujer angustiada por un pasado que intenta enterrar, pero la vuelta de su eterno compañero de robos y necesidades conyugales ha llegado como un huracán al lugar más recóndito de la tierra. Por otra parte, nos encontramos con el pequeño departamento del sheriff, un lugar  al más puro estilo— comisaria de la América profunda— especializada en pecata minuta o mirar hacia otro lado. Donde destaca el ayudante del sheriff, Brock Lotus interpretado por el extraordinario actor, que es Matt Servitto—sempiterno agente del FBI, detrás de Tony Soprano—aquí más preocupado de los derechos civiles, que de aplicar la ley con mayor contundencia. Algo, que chocará con las maneras del nuevo jefe Mr. Hood. Otra de las protagonistas femeninas es la agente Siobhan Kelly, una buena chica, guapa con un toque sexy,  a pesar de los acartonados pantalones de poli, que con el tiempo irá empatizando con el jefe Hood. Y por último, el agente Emmett Yanners (Demetrius  Grosse), un ex jugador de Futbol, de un físico imponente, y hombre de fuertes creencias, aguanta de un modo estoico el tufo racista que desprende la pequeña ciudad. En el lado del mal, no podemos olvidarnos de la exuberante y nabukoniana sobrina de Kai Proctor, Rebeca Bowmann (Triete Kelly Dum) y el jefe de la tribu india, Alex longshadow (Anthony Ruivivar) que anda metido hasta las cejas en negocios turbios, coetáneos a la onda de Proctor, desde el sillón del casino propiedad de la tribu.

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Estos son los mimbres que han creado unos desconocidos; Jonathan Tropper  y David Schickler, novelistas y guionistas con limitada experiencia, pero muy bien parapetados en viejos zorros de este negocio, que les han dado vía libre a su imaginación: Greg Yaitanes (“House M.D.”) y Alan Ball (“True Blood” “Six Feet Under”) productores ejecutivos y productores de facto. Así como directores de sus productos, donde la apuesta es firme por el cómic, en su  versión más dura de las crónicas pulp. Un producto hiperbólico y explícito de violencia, sexo y el ritmo frenético en sus imágenes: un American Gothic Noir con ecos de Jim Thompson, Horace McCoy y el dibujante Frank Miller y, especialmente, Quentin Tarantino (toda la vis de divertimentos que aporta). Por momentos, deudora del sentimiento lacónico del universo de Goodis en su vieja Filadelfia; “la vida es un infierno”. A ello le sumamos los créditos iniciales, en una originalísima cortinilla, marca de la casa, y el score musical del dueto electrónico (Methodic Doubt) que remarca la sensación de algo completamente turbio y alocado. Y es que Banshee es un pueblo donde todo vale y todo cuenta. Hay drogas, alcohol, Amish, moteros, una tribu india gestionada por jefes corruptos y sobre todo muchas vacas que generan el negocio de la Pensylvania rural: la carne de primera. Eso, sería Banshee y el porqué de su éxito tras dos temporadas completas y cinco capítulos emitidos hasta ahora en su tercera temporada. Con una audiencia mayor, que la obra maestra de su otro logro “The Knick”. Cinemax ha encontrado al personaje de la canción de los Pistones y la renovación de su cuarta y última temporada. Ha llegado un pistolero a la ciudad, su nombre es Lucas Hood y tiene patente de agente corso, al margen de la ley. Por la noche espera el Watering Hole y una mesa donde humea un gran filete de carne, acompañado de un buen Jameson. La frente de Hood está llena  de gotas de sangre y sudor, mientras Sugar Bates llena el vaso vacío y le ofrece una servilleta. ¿Les suena? Nota: 7,0

The best series of TV (2014)

1The Knick

 

2 Fargo

 

3 Gomorra

 

4 The honorable woman

 

5 The Affair

 

6 True Detective

 

7 Happy Valley

 

 

8 Penny Dreadful

 

9  The Leftovers

 

10 The Strain

 

 

The 45 years of fucking McNulty

 

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“Hay que aprovechar cada oportunidad que se presenta” Dominic West/Jimmy McNulty in The Wire (1969-Yorkshire/ UK )

53 Aniversario de James Gandolfini

 

kinopoisk.ru

 

“He sido un tipo muy afortunado, considerando  lo que parezco y lo que hago” James Gandolfini  (18 Sept 1961New Jersey/19 Junio 2013 Roma)

 

The Knick (2014) “higienización”

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H.G. Wells dijo en una ocasión que “La historia humana es en esencia una historia de ideas.” Y es que, obviamente, no ha habido un periodo para la  humanidad desde el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX, donde la condensación de inventos, ingenios y avances técnicos dejase a uno —asombrado— de la trascendencia de otrora, visionarios, que ya apuntaban a nuestro actual siglo XXI. Este primer cuarto, al que hemos bautizado, como el periodo de la tecnología y la comunicación digital. No es más que el siguiente salto, en la validación de todos aquellos prehistóricos proyectos. En el fondo, somos una pequeña —esencia deudora—de aquellos bisabuelos con anteojos metálicos, barbas y bigotes puntiagudos. El cineasta Steven Soderbergh junto a la productora del canal Cinemax (sucursal de la HBO y gran apuesta en Latinoamérica del grupo Time Warner) junto a tres jóvenes guionistas, en calidad de productores ejecutivos; Jack Amiel, Michael Begler y Steven Kantz han creado una de las series más originales, vibrantes y hermosas, en un tiempo donde el talento de Alva Edison iluminaba la babel de los prodigios: New York. Una historia, en torno a un  brillante cirujano muy lejano de toda aparatología Made in CSI y diagnósticos vía Iphone.

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Eso sí, no renegando de sus manos,— bien limpias— con un primitivo fórceps en la izquierda y escarpelo a la diestra. Dueño absoluto del show, nuestro imperioso protagonista es un médico cirujano, perseverante adicto al trabajo y otros placeres inquietantes: el Dr. Thackery. Interpretado con gran solvencia por el actor británico Clive Owen. Asistimos a su ceremonia de cirugías, desde la platea del claustro universitario, donde alumnos y doctores eméritos asisten a las ingeniosas intervenciones. Todos los procesos están recubiertos de un halo realista no apto para estómagos flojos. Bajo una dirección artística milimetrada, donde destaca esa luz oscura, que nos recuerda a un caótico New York de principios de siglo. Desprendiendo un hálito a las crónicas de Herbert Asbury por todos sus rincones. Así como el perverso aroma al viejo western en Deadwood. Tras una secuencia de diez minutos magistrales de Mr. Soderbergh, donde la cámara empieza la acción tras un John Thackery, que se despierta al lado de una mujer oriental completamente desnuda en la cama de un patético fumadero de opio de ChinaTown, de la vieja calle Mott.

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Sale a toda pastilla del antro, en un taxi-carruaje y se dirige al hospital Knickerbocker (no desvelamos lo que hace, nuestro querido doctor dentro del coche). La cámara se detiene en el friso del edificio hasta acabar en un plano detalle del delantal de faena y ponerse al lado de su mentor; el jefe de cirugía Dr. Jules Christiansen (Matt Frewer). La cirugía que llevan a cabo, es diga de atención por parte de todo aquel que tenga interés en este campo de la ciencia —reiteramos, nuevamente, la excepción de pálpitos aprensivos por la sangre humana— desgraciadamente, la operación es un fracaso y el Dr. Christiansen acaba suicidándome. Su muerte deja a Thackery muy afectado y tras el funeral el reciente consejo de administración— unos nuevos ricos— con aires filantrópicos, los cuales, quieren un nuevo organigrama y una renovación del utillaje y las estructuras arquitectónicas del viejo hospital. El plan es presentado por  la gerente, Cornelia (Juliet Rylance), hija del capitán August Robertson (Grainger Hines). Thackery será el relevo de  Christiansen y deciden  poner como nuevo adjunto a un cirujano de color; el Dr. Algernon Edwards (André Holland). El Dr. Algermon, viene avalado por una trayectoria impoluta y prestigiosa tanto en Europa como en hospitales del norte de EE.UU.

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Ante el descontento de Thackery y su equipo de allegados. Cornelia vuelve a insistir en Algernon como revulsivo y su prestigio para hacer del Knickerbocker el hospital más puntero de la ciudad de NY. Obviamente, para la época no deja ser sorprendente y algo difícil de encajar esta situación. Sin embargo, no es tan arriesgado, pues, tanto un personaje como el otro se basan en dos viejas leyendas de la medicina de por aquel entonces. Se podría decir que el fallecido Dr. Christiansen y su legado pasaría a directamente John Thackery estarían inspirados en una de la eminencias de la cirugía norteamericana y mundial de aquella época; el Dr. William Stewart Halsted. Un personaje que convivió con auténticas primeras espadas de la comunidad científica de finales del XIX. En el caso del intrigante Dr. Edward,  podría estar basado en un cirujano de Chicago—auténtica rara avis—que asombró al resto de especialistas de su época por sus habilidades para la práctica de la medicina de élite;  Dr. Daniel Hale Williams. Lo dicho, se agradece el laborioso trabajo de documentación dosis de realismo en The Knick. Siguiendo con el reparto, otro personaje interesantísimo es el administrador Herman Barrow (Jeremy Bobb) un avaricioso e ineficaz  gestor, que anda metido en todo tipo de trapicheos envueltos de corrupción de alto calibre.

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En la tramoya del hospital encontramos a su mayor contrincante; la hermana Harriet (Cara Seymour) dura y entregada a sus hábitos, en una labores de caridad con los enfermos y más débiles que pululan  por la voraz ciudad. Muy cera de ella, aparece el rudo y tosco conductor de ambulancia/carruaje: Tom Cleary (Chris Sullivan). Otro pobre diablo, a modo, de tunante callejero, vividor  y desprendido de cualquier escrúpulo. Se siente como un pez en el agua traficando por cadáveres, accidentados o enfermos de diversa índole, esencialmente, al final de su jornada de trabajo, que remata  en las tabernas irlandesas, emborrachándose y de bronca con el personal. Mantiene su alma vendida al voraz inspector Jacob Speight (David Fierro) del departamento de la salud e investigación del ayuntamiento. Es curioso, pero con el paso del tiempo la hermana Harriet y el conductor, Tom Cleary establecerán unos puentes de trabajo muy interesantes. Obviamente, el equipo de confianza de Thackery está muy definido. Empezando por todos los que le muestran lealtad y atención; caso del Dr. Everett Gallinger (Eric Johnson), cuya antipatía hacia Edwards, es obvia. Ya que él se ve como el adjunto de Thackery. Sigue siendo el asistente principal de JT en el quirófano hasta que Algermon consiga una relativa confianza. Luego, estaría el Dr. Bertram “Bernie” Chickering (Michael Angarano) cirujano residente y en formación. Finalmente, la  joven ingenua enfermera Lucy Elkins (Eve Hewson, una curiosidad para el cotilleo del papel couché, es la hija del músico irlandes Bono: líder la banda U2), que en muy poco tiempo ha descubierto el mayor secreto del protagonista; John Thackery.

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Alusiones a temas tan controvertidos tales como aborto, racismo, corrupción y explotación social se van viendo entre los pacientes y las gentes que pueblan una ciudad en contante proceso de expansión. En el fondo, la cuestión individual del ser humano no ha cambiado, si la revolución industrial y manufacturera de un momento fascinante para la ciencia. Empero, todos aquellos que quieran ver en este producto un nuevo House o algo de Anatomía de Grey van mal dirigidos. Aquí la maquinaria quirúrgica de última generación no se acompaña de música indie/pop para impresionar al espectador. Todo lo contrario, la banda sonora a cargo del vigoroso, Cliff Martinez hacen que el realismo estético todavía impacte más en nuestras entrañas. El sonido electrónico, entre el minimalismo y el techno industrial; una joya. Cinemax ha sabido encontrar un filón apasionante en los avances que revolucionaron la historia de la medicina. Una virtud de esta serie son los visos de la aparición de un  higienismo que formaba parte de un discurso sobre el progreso y la civilización, que intentaba efectuar una política de construcción del estado.

 

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Las medidas preventivas y disciplinarias en cuestión de salud física y moral. Ahí el prestigio de Soderbergh se deja ver, como en algunos de sus últimos films: Efectos secundarios (2013) o Contagio (2011) por la temática de la medicina, ciencia y drogas. El propio SS, se considera otro adicto de la cámara, el trabajo de fotografía y edición que hace de The Knick uno de los mejores shows de los que llevamos en este 2014. En principio, en esta primera temporada se ha comprometido con los 10 primeros episodios y parece confirmarse su segunda entrega. Reitero, un trabajo lleno de gran dignidad personal y un oficio exquisito. Y bien, si permiten una precisión, a modo personalísimo, como coda final, quiero expresar la gracia, que me produce toda esa gente que crítica el realismo de The Knick y su excesivo prurito por la sangre y lo escabroso del detallismo anatómico. Después, de pasarse horas y horas delante de Walking Dead o de los Tarantinos Killer. Me sigo preguntando, dónde reside lo aprensivo y lo cínico más allá de aspectos éticos y la moralina cutre. En fin, uno que conoce a los galenos, y, se precia de habilidoso: es evidente el cariño por todo lo que sucede en The Knick y Soderbergh. En el fondo, Wells no se equivocaba. Nota; 8,5

The Leftovers; el Postapocalypse

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The Leftovers es la nueva apuesta del decano y espectacular canal de cable, HBO—mágicas oficinas neoyorquinas del grupo Time Warner—que ha hecho de la TV, un lugar de obligada peregrinación al mando a distancia y el pago por visión. Mucho ha llovido desde las obras maestras Made in 11S; The Sopranos, The Wire y Six Feet Under. Hablando de este último producto—bajo mi punto de vista, una de las cinco mejores series de la historia de la TV contemporánea—parece ser que la cúpula directiva ha decidido explorar nuevos territorios, partiendo de una absoluta y determinante premisa: la muerte. Magistralmente, creada, por el  Sr. Ball. Y nos preguntamos: ¿Cómo somos capaces de gestionar la pérdida de los seres queridos cuándo desaparecen? Difícil respuesta. Más aún, si abrimos uno de los clips promocionales del canal, y escuchamos —muy atentos— los créditos dónde se anuncian a bombo y platillo: “Del co-creador de  la aclamada serie que batió records en la TV del S.XXI, Lost —Damon Lindelof— llega con un nuevo espectáculo sobre las almas perdidas”. Un drama, en torno, a la desesperación del ser humano. Un combate en el cuadrilátero de la vida contra eso llamado angustia, dolor y pérdida. The Leftovers es la serie que  lleva emitidos siete capítulos, en la parrilla veraniega del susodicho canal, con la vista puesta, en fidelizar a una audiencia con este nuevo producto. El termino Leftovers, a groso modo, significa sobras. O sea, lo prescindible, desecho o desposeído. Dentro del contexto puramente literario, la novela —alma mater— original del escritor Tom Perrota se publicó en España bajo el título “La ascensión”, sí ya sé que les parecerá chocante. Pero ese concepto cuasi místico y teológico impregna la historia, trasladada al contexto audiovisual letra a letra. Tom Perrota, se ha convertido en un escritor y guionista de prestigio con dos libros: Election y Juego de niños. Ambas convertidas en film maravillosos. La primera una fue una comedia ácida y llena de mala baba, que nos descubrió a uno de los nuevos cineastas del club recuperador de la nueva comedia norteamericana de finales del XX/principios del XXI; Alexander Payne. La segunda, un drama de historias entrecruzadas, que fue dirigida por otro director de culto: bizarro y minimalista, tras la cámara: Todd Field. Aquí, T. Perrota debutó junto a Field como, coguionista. Hago este inciso, (para todos aquellos que duden de la solvencia del creador y coguionista del producto que estamos tratando en esta crítica), con la finalidad de dejar bien clara la personalidad de los creadores: Tom Perrota y el guionista Damon Lindelof (Lost, Fringe o Prometheus).

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Bien, llegados a este punto, comencemos a desgranar el material que va a ser humus de primera, el cual, terminará solidificándose, como nuevo celuloide Made in HBO. Empezando por el giro copernicano del bostoniano y su nueva novela. Un libro que parte desde  un contexto entre la  ciencia ficción postmoderna y el drama social más contemporáneo una década después del 11S. The Leftovers es la historia de una ciudad llamada Mapleton, donde el 14 de Octubre del año 2008/2009 —en apenas segundos— millones de personas de todo el mundo desaparecen por arte de magia. Por no decir que se esfuman, a modo, de tornados —idénticos a los vistos en TV por la zona del corredor al Golfo de México—con una boca, directa al cielo. Seres humanos que no mueren en el sentido—más estrictamente— biológico de la concepción, sino que desaparecen, sin dejar ningún rastro. Entre los desaparecidos —una voz en off, se erige en la narración omnisciente— personajes mediáticos de todos los patios; Jennifer López, el Papa Benedicto XVI, Adam Sandler, Vladimir Putin y un tirano latinoamericano, cuyo nombre no nos es revelado. Bien, tres años después de lo acuñado como la “Partida Repentina” (concepto, medioempanado de los versículos del antiguo testamento 1 Tesalonicenses 4:15-17), y, que, en contra de la profecía bíblica, parece haber afectado a todas las religiones y edades por igual: cristianos, budistas, mahometanos, ateos, viejos, niños, gente buena o malvada, desaparecieron todos, sin distinción ni razón de ser. Aquí, Perrota se nos columpia con una de la epístolas de San Pablo para explicar la tesis del rapto; también conocida como el arrebatamiento. Es básicamente, la idea de que Cristo vendrá de forma invisible, para levantar su iglesia en el cielo, para no sufrir la gran tribulación de 7 años, que creen encontrar en las profecías bíblicas. Todo ello, servido entre dosis de un absurdo fanatismo y solapadamente, con un suflé cáustico, que se observan en todos esos movimientos milenaristas. Entre los que se encuentran los cristianos dispensacionalistas: Tim LaHaye y Jerry Jenkins.

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Una vuelta de tuerca, desde un plano laico y sátiro a la popular serie de libros Dejados atrás, que dentro de unos meses estrenará la película basada en la adaptación de este superventas, con Nicholas Cage de protagonista. En fin, tampoco quieran buscarle la quinta pata al gato, pues Perrota no es Lutero ni mucho menos, Heidegger explicándonos el catecismo de San Pablo o haciendo una disertación sobre la fenomenología. Luego, ¿Quiénes son los The Leftovers nos volvemos a preguntar? ¿los ascendidos o aspirados por ese rapto divino? No. Siguen siendo  los restantes o  sobrantes que sobrellevan el remordimiento de ese fatídico acontecimiento en Octubre del 2008/09. Utilizando la asepsia; el desguace del caos en un Carpe diem. Apenas un año después del extraño y espeluznante suceso de la desaparición de todos esos humanos por el planeta, aparece una especie de secta nueva: los ‘Guilty Remnant’ (los Vestigios Culpables). Imitando el voto de silencio de los monjes cartujos, visten ropas blancas y viven de forma bastante espartana. Otra cosa que los hace peculiares, es que están a todas horas fumando cigarrillos, cuando se hallan en presencia de otras personas. Su misión es reclutar nuevos practicantes de su culto y esperar el fin del mundo. En espera de la llegada de ese final; el grupo se dedica a la vigilancia de los pecados, distribuyéndose en parejas de guardianes que simplemente siguen y miran fijamente a ciudadanos normales, mientras sostienen un cigarrillo encendido, siempre en silencio. Y no digo más porque el libro está bien escrito. No me ha aburrido. Otra cosa son las dudas de su traslación al medio audiovisual. Es decir, la adaptación al medio televisivo tendría que ser impecable. Pues, miren por dónde, que lo es: plano a plano. Peter Berg (sin ser la octava maravilla de la dirección y además, firma como productor ejecutivo) filma las escaletas de Perrota y Lindelof, al pie de la letra. Dejando muy claro, que la familia Garvey son los protagonistas absolutos de la serie. Ellos no perdieron a ninguno de sus miembros el 14 de octubre, pero sus consecuencias resultaron ser dramáticas para todos ellos. El padre, Kevin Garvey (Justin Theroux) asumió el puesto de  jefe de la policía tras un incidente, en el que hubo un allanamiento del cuartel general de los Vestigios Culpables y mató a uno de ellos. Tiene pesadillas en las que él, intenta torturarlos o  prenderles fuego.

Tom Garvey Foto 4

La amenaza real e imaginaria de esos demonios; le abocan al alcohol y la paranoia. Sale a correr por las mañanas o de noche y topa con un hombre calvo, que conduce una camioneta, Dean (Michael Gaston), el cual, mata a los perros callejeros que se encuentra por las calles del pueblo con un rifle de caza. Laurie, (Amy Brenneman) como  la esposa de Kevin, quien decide renunciar  a la vida cómoda y placentera que tenía al lado de su marido, tras la marcha de su hijo y su bajo estado anímico (un bajón en la relación marital) convirtiéndose en miembro de los Vestigios culpables. Jill, la hija de Kevin (Margaret Qualley) está en la edad de la rebeldía adolescente. Perdida en una nube de apatía con su amiga Aimee (Emily Meade). Después está Tom (Chris Zylka), el hijo de Kevin que se unió a un grupo alternativo “The Healing Hugs” que lo dirige una especie de predicador—estilo evangelista secta zen— liderado por Wayne (Paterson Joseph). Meg Abbott (Liv Tyler), una mujer con serias dudas al respecto de su inminente boda, la cual, acabará ingresando en la secta de los VC. Después está Senior Garvey (Scott Glenn), padre de Kevin que vive fuera de la realidad, ingresado en una residencia psiquiátrica; Charlie y Max Carver son (Scott y Adam Frost, hermanos gemelos), amigos de Jill y Aimee. Christine (Annie Q), interpreta a una seguidora del grupo de Wayne, en plan groupi, que termina metiendo en un lío a Tom por los intereses sexuales de su gurú. Patti (Ann Dowd), es  una de las  líderes mayores de los  VC. Lucy Warburton (Amanda Warren) es la alcaldesa del condado, muy cercana a Kevin Garvey. Nora Durst (Carrie Coon) es una abogada de una importante empresa de seguros de vida. Ésta, perdió a toda su familia en “La Partida”. Por último, tenemos al reverendo Matt Jamison (Christopher Eccleston), dedicado en cuerpo y alma a probar, que las personas desaparecidas no eran almas puras. Todos ellos compartían secretos espurios. Nuevamente, el elemento del pecado bajo una visión muy Alighieriana de la montaña hacia el purgatorio. Entre secuencias apoyadas en el surrealismo.

Lolitas Foto 5

 

Naturalmente, el traumático acontecimiento ha cambiado las vidas de todos en Mapleton y les conduce a un cierto grado de introspección. En este sentido, Perrotta se la juega, pues no es un tema que atraiga a muchos lectores; más bien, diría uno, que los ahuyenta. El hecho de que la catástrofe no quede explicada (hay algunas nebulosas referencias al 11 de septiembre de 2001 y al tsunami del océano Índico) puede hacer pensar al lector que en realidad la Partida Repentina viene a ser una excusa para que Perrotta y Lindelof investigue las reacciones del comportamiento humano, ante la tragedia y el dolor como respuesta a la pérdida de los seres queridos. Mientras que algunas personas han buscado el retorno a una especie de normalidad, para otras no es ni fácil ni factible. TP&DL, centran este dilema en  muchos de los personajes que se ven implicados en la pérdida vital, en el caso de Nora Durst. Un personaje, que a medida que los capítulos avanzan crea más expectación. Su esposo y los dos niños desaparecieron, aquel 14 de octubre mientras cenaban. Tras una noche en la que baila con ella en un evento social —una estrategia para recuperar algo de normalidad—, Kevin trata de acercarse a Nora  (incluso hacen realizan una escapada a Florida), pero es ella la que decide que, puesto que no puede rehacer su vida. Optando por  una reinvención, hasta que un fortuito hallazgo lo cambiará todo. A todo lo anterior hay que añadir la tensión y el enigma, en torno a un par de asesinatos de miembros de los Vestigios Culpables. Una lapidación misteriosa acaba con la vida de una de sus más carismáticas integrantes Gladys (Marceline Hugot). Pese a que la narración nos da suficientes pistas sobre  este affaire: el caso no queda aclarado.

Meg&Laurie Foto 6

La implicación de Laurie en los entresijos del culto también añade sus buenas dosis de misterio. En el fondo, no es más que miedo a la sempiterna historia de la soledad, magistralmente narrada por Defoe en su Crusoe. Y ahora nos preguntamos: ¿Estamos ante  una obra maestra de la Sci-fi postmoderna de la nueva década, tras el Trhiller True Detective o es tan sólo un nuevo ejemplo más, del deambulatorio embrutecedor del determinismo colonial de la cultura pop para elevar celuloide new age y petardeo bobalicón del movimiento Art Pop TV? No sé cuál es la respuesta. Sinceramente, no la tengo. Puede que todo resida en la fe, o mucho mejor, en la razón del XVIII y el XIX. De la necesidad de releer a Bacon, Descartes, Nietzsche, Derrida o a Deleuze, para entender este nuevo hibrido entre Lost y Six Feet Under, y sus constantes referencias útiles del concepto new art de la literatura, cine, TV y nuevos entornos culturares; redes sociales y revolución tecnológica. Con todo, hay algo en The Leftovers que me ha parecido flácido, engañoso y algo pretencioso. Si el mensaje que Perrotta pretende transmitir; es que el ser humano no puede (ni debe) confiar, en que formas o estructuras externas (la religión organizada es el caso más obvio: cuando la secta se convierte en resquicio mafioso y por ende, una reafirmación del nazismo puro y duro). Obviamente, su reclamo es complejo y también inquietante.  No quiero extenderme más porque podría adelantarles el final del libro, que va a ser el mismo de la serie. Sigo echando de menos una mayor profundización  en las desazones y congojas de los afectados por el dolor. Es muy difícil desmenuzar o buscar la lectura del corazón  tras una experiencia traumática; donde el individuo lucha todos los días con sus demonios interiores, haciéndose preguntas que no tienen respuesta, tratando de exprimirle algo de sentido al sinsentido.

 

Holly Wayne& Nora Foto 7

 

Puede que sus desasosiegos no sean las de otras personas, pero en ningún caso son superficiales. The Leftovers, puede que nos esté vendiendo humo. Puede ser. A veces puede parecer demasiado presuntuosa de su honorabilidad como serie fuera de lo comercialmente correcto y virtuoso. Su lentitud puede parecer liviana y extenuante. Así como su excelsa BSO de Max Richter; una maravilla. HBO, acaba de firmar una nueva temporada para 2015. Y es que la historia de la televisión se llena de espectáculos construidos, en torno a personajes que han sufrido la pérdida: viudas, viudos,  niños que han quedado huérfanos y un largo etcétera. En algunos casos, la fatalidad del día a a día, revivido en familias extensas —Six Feet Under, la cual, comenzó con la muerte del patriarca de la familia— y  comunidades (como, la fascinante, Twin Peaks estaba en su corazón un espectáculo sobre el efecto de un asesinato en un pueblo). El evento de esta historia es el 11S, multiplicado por unos  millones. Todo el mundo conocía a alguien que desapareció. Muchos han recurrido a las drogas o el alcohol o la automutilación. Nadie está dando a nadie ningún descanso, porque están todos en sumidos en un dolor crónico e imborrable. Es la llegada del Postapocalypse a la nueva televisión; ya está aquí y parece que se quiere quedar una larga temporada. Luego, vigilen sus humos. Pues, todos volvemos a nuestras cenizas humeantes de recuerdos. A veces, dicen que se vuelve de ellas. No lo tengo muy claro, juzguen Uds.  Nota: 7,2

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