“The People v. O.J. Simpson: American Crime Story” (2016) is Orange Juice

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The People v. O.J. de FX Simpson, siendo prosaicos, nos dice algo así; lo del color de la piel no importa, lo importante es tu cartera y cuánto dinero tienes en ella. Volviendo a lo que nos atañe: el nuevo show del provocador Ryan Murphy, que vuelve a la carga, con el concepto American, y esta vez, Crime Story. En esta ocasión, RM, se desprende por completo del contenido de sus últimos trabajos para el FoxFX. Alejándose de las antológicas, macabras y carnavalescas de Murder, Asylum o el reciente Hotel. Murphy parece encontrar aquel tono —de la fantástica Nip/Tuck— y nos presenta un producto con grandes ambiciones políticas y sociales. Una serie de prestigio y calado; que ha sido un éxito de audiencia. Empero, en American Crime Story, ha puesto toda la carne en el asador para evidenciar lo delicado y embarazoso del fatal affaire. Y es que, 22 años después, ha sido una de las grandes sorpresas de la ficción televisiva de 2016. El juicio de Simpson era a la vez un reflejo de la sociedad tal como era por aquellos 90 y un presagio de la actual sociedad —que en ese trayecto— tan corto tiempo se convertiría. Desde su primer fotograma, la historia del crimen estadounidense deja muy claro, que el éxito del juicio de O.J. Simpson fue la intersección de dos temas fogosos y discutibles en los Estados Unidos: la raza y la celebridad. Es más, la historia del crimen estadounidense —fílmicamente— no arranca con el asesinato de Nicole Brown Simpson y Ron Goldman 1994, sino que se abre dos años antes, con imágenes de la paliza de varios agentes del cuerpo de policía de Los Angeles a Rodney King. El enfado del pueblo afroamericano transformado en rabia desembocó en uno de los mayores altercados sociales y caóticos en la urbe angelina. El sueño de la utópica California se tambaleaba. A este respecto, la miniserie no es un drama histórico, sino una historia contemporánea. Situando al espectador en un mundo que, todavía sigue desgajando aturdimiento, por el insólito ultraje que puede surgir; cuando un ciudadano negro es humillado por la policía, los tribunales en un mar sin islas a las que llegar y encontrar el alivio de la ley. Un territorio donde las vagas excusas y, el resguárdese por su propia cuenta, del nadie conoce a nadie. Desgraciadamente, esto sigue siendo el mismo mundo en el que vivimos y aguantamos. Repasen las páginas de sucesos de los principales diarios norteamericanos, a lo largo del último año, el resultado saca los colores al más crédulo. Obviamente, el personaje O.J. Simpson y su caso judicial, no es más que la extrapolación de una simiente que sigue solapada en la sociedad norteamericana, y en aquel contexto, una de las mayores injusticias de la historia racial del estado de California. Posiblemente, la serie de FX tiene su mejor baza, en la veracidad definitiva que transmite de todo este cruel enredo del mediático juicio de O.J. Simpson: el juicio del S.XX, como muchos incondicionales apodaron. No. Es evidente, que ha habido otros juicios, pero el affaire O.J. Simpson es el pater familias de la sociedad actual de las redes sociales y la nueva televisión digital, donde la ficción y la realidad, conviven en un extraño limbo, de la afectividad repudiada.

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El guion con el que ha trabajado R. Murphy, al lado de Scott Alexander y Larry Karaszewski, para crear esta magnífica serie, se basa en el libro de Jeffrey Tobin “la carrera de su vida”, que es ampliamente considerado como uno de los mejores y más creíbles de todas las versiones habladas, cacareadas y conjeturadas, en torno al asunto de O.J. el juicio de Simpson. Toobin ha trabajado como consultor para los remates finales del show. Incluso, como la propia productora ha utilizado el reclamo en sus tráileres: “Usted lo ha visto todo, pero no se sabe ni la mitad”. Uno de los datos más destacables de las primeras secuencias del primer episodio del total de los 10 que completan la miniserie: es que no vemos a la auténtica Nicole, pero sí; su cadáver. Es presentada de la misma manera que la mayoría de los estadounidenses se toparon con ella por primera vez. Y es que el 13 de junio de 1994, la noticia de que Nicole Brown Simpson, ex esposa del jugador de fútbol retirado O.J. Simpson, había sido apuñalada a los pies de su propia puerta. El que mató a ella, también había atacado y ejecutado Ronald Goldman —un camarero de 25 años de edad—, que trabajaba en el restaurante en el que Nicole había compartido la cena con su madre, unas pocas horas antes. Ron había llegado a la casa de Nicole para dejar un par de gafas que la madre de Nicole había olvidado en el restaurante. Ambos fueron encontrados muertos. De ahí que American Crime Story es en sí mismo, un docudrama, no un documental, y en fondo una serie con una factura impecable. La serie reflexiona constantemente sobre el tema de la fama en sí, como el estado del sequito de celebridades del propio Simpson. Creando un espectáculo alrededor de sus conocidos, abogados defensores, fiscales, familiares de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman, testigos, periodistas, los miembros del jurado y sus familiares más cercanos. Es increíble, el clima de paranoia mediática que se organizó, cuando hasta el mismísimo juez Lance Ito, interpretado por el actor Kenneth Choi, termina cayendo en las garras del engendro de Vocerolandya: el juicio/circo es una realidad. Cuando se trata de los detalles del caso O.J., American Crime history no quiere quedarse a un lado. Todo lo contrario se limita a narrar las pruebas y coincidencias del terrible crimen, con un increíble detallismo. Algo que se deja al espectador con la palabra en la lengua para contrastar que las evidencias expuestas hablen por sí mismas. Y como de una novela de Wolfe, en un tono de gran broma cercana a Twain, el hedor de la certidumbre culpa de Simpson: es escandaloso. A pesar de ello, el show del enjuiciamiento consigue formar una guardia pretoriana; descrita como el “Dream Team” de los abogados de alto perfil: Robert Shapiro (John Travolta), F. Lee Bailey (Nathan Lane), Robert Kardashian (David Schwimmer), y Johnnie Cochran (Courtney B. Vance). Al servicio del petulante O.J. Simpson, alardeando de inocencia frente a un cuerpo fiscal abrumado y sacudido por las contrarréplicas. Y es ahí donde, Cuba Gooding Jr. hace una extraordinaria interpretación (bajo mi punto de vista) del personaje O.J.Simpson que le obliga a alternar entre la histeria y la retirada del consentimiento de niño caprichoso.

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Y es que, del mismo modo, que en el escándalo de por sí, O.J. se convierte en un nuevo maniquí pleno de acción, que se pasa alrededor de varios hombres poderosos, alternativamente acosados y que acabó embelecando, mitigando y complaciendo ante el gran jurado. Como una especie de ególatra encogido en un pequeño Hyde sabía —que era el ciudadano más fuertemente observado de los Estados Unidos— que era un gran nombre: un legendario jugador de fútbol, actor ocasional, y personaje fetiche en el mundo de la publicidad de marcas como Hertz. Evidentemente, Simpson comienza la narrativa como una celebridad y, no pasa mucho tiempo, antes de que el resto de los participantes del ensayo terminen uniéndose a la gran representación de la toxicidad del famoso afroamericano de los 90. American Crime Story es fascinante desde muchas perspectivas y, es que ese instante, donde, O.J, asumió el papel —indiscutiblemente— reservado a toda víctima de un crimen: el cuerpo frío e indiferente. Ese mismo, que contrae un karma contradictorio en las diferentes personas subyugadas en toda esta opereta de cariz trágico. Proyectando diferentes deseos y creencias, no confirmar o contradecir nada, lo que permite diversas ficciones que pueden hilar a su alrededor. En precisos movimientos de cámara, obra del excelente operador e iluminador: Nelson Cragg, en la sala del jurado, hasta que ya uno es incapaz de percibir la verdad. Para replicar esta narrativa, Cuba Gooding —que interpreta a O.J.— casi no tiene más remedio que desaparecer de la acción. En el procedimiento de encausamiento, ante el pánico de verse encerrado, el personaje O.J, huye en lo que ya ha pasado a la historia como la retrasmisión de una celebrity dentro de un Ford Bronco blanco, a vista de pájaro, en todos monitores de TV de EE.UU. Enmascarando una imagen de personaje trastornado y adicto a un chorro de estupefacientes con un arma en la mano y otra en el móvil. Es el momento de gloria para los helicópteros de las cadenas televisivas. A lo largo de la gran autopista —libre de peaje— de Los Angeles. Una escapada que ni Godard hubiera imaginado; con medio cuerpo de policía vigilante al hipotético desenlace. Y detrás, del fantoche Simpson, una cohorte de letrados, cajas de caramelos, palomitas, tabloides a diferentes horas, especialistas en psiquiatría y criminalística por la TV convertida en la gran telenovela financiada por los contribuyentes. Una historia —aparentemente— interminable que gradualmente llevó a su fin, lo previsto —perversamente— como meta. Algo tan sencillo y liberador como; la absolución. Otro de los grandes aciertos de PVOJS es el personaje de Robert Kardashian —que interpreta un David Schwimmer— con un aroma a Grammy de este próximo otoño. Su labor como abogado personal y amigo de toda la vida de O.J. Simpson; es soberbio. La recreación del equipo de maquillaje hace maravillas con todo el reparto de la serie. Pero lo de Mr. Kardashian tiene un eco de persistente papel cuché diario o tuit de turno.

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David Schwimmer se mete de lleno, en la historia real del auténtico Robert Kardashian de los 90. Fue el apoyo casi diario de O.J. Simpson que derivó en una amistad más allá de lo puramente profesional. Administrador y garante de todo lo que significaba el apellido Simpson y curiosamente, a medida que iban saliendo más tretas del proceso, asqueado de todo lo que representó el gran Orange Juice. Desde el momento de la contratación del famoso Dream Team de abogados, asesores y resto de especialistas, etc, etc. Hay una secuencia en la que RK se lleva a sus hijos a una comida, donde los chicos se quedan deslumbrados, al observar que la anfitriona lo reconoce, y se presta rápido a ofrecerles a toda la familia una mesa VIP. Detrás otros clientes esperan. Robert Kardashian (fallecido en 2003) ofrece a su prole (Kim, Khloe &Cia) una advertencia acerca de los que buscan la fama. Y como esas criaturas —a día de hoy— no son conocidas. Realmente es chocante lo rápido que encontraron el acomodo en lo del mundillo celebrity. Huelga decir que es uno de esos momentazos brillantes del show, pura ingeniera de guion, de elegante resonancia e ingeniosa ironía. Al igual que otro personaje que no tiene desperdicio; el vanidoso Robert Shapiro, aquí interpretado por un John Travolta muy solvente.  Presuntuoso en sus constantes enredos legales de las contrapartidas de la misma. Además de ser productor de la serie tras quedarse hipnotizado por el proyecto de Murphy, de su propia palabra. Y es que a medida que van pasando los minutos y capítulos se produce una atracción real en esta historia, algo que hace de toda la tramoya legislativa, un juego diabólico, que sigue igual, a pesar de las décadas de retrospectiva. El todopoderoso abogado se vanagloriosa que sabiamente ha detectado algunos tempranos errores de la policía (en el procedimiento del encausamiento de Simpson) y los fiscales de la audiencia de Los Angeles han abierto una ventana inflamable en el tema de la raza. Aunque Shapiro, como judío y blanco, no quiere abril la anilla, de esa lata de gasolina, en vista de los antecedentes, y la previsible nueva reacción de conflictividad social —que podían desquebrajar la gran urbe— de todo lo que significa. Sí que se imagina, en el nuevo rol, de defender a un nuevo cliente, más aún, a sabiendas del personaje y su celebridad como afroamericano triunfador y rico heredero del sueño americano. Ahí es cuando se sube al caballo ganador de introducir en el equipo de la defensa al legendario abogado Johnnie Cochran (Courtney B. Vance, en una actuación salvaje y contundente), que no sólo le da contundencia al equipo de la nueva defensa. Una apuesta, que termina por desbancar del sillón jefe y tomar el control del propio Saphiro y resto del equipo. Erigiéndose en el líder de las exposiciones. En uno de los episodios de la mitad de la miniserie; “La tarjeta de la raza”, la serie se adentra en el fondo de Cochran y su estilo en la defensa de Simpson, en contraste con el conflicto interno experimentado por Christopher Darden (Sterling K. Brown), un fiscal que siempre debe preguntarse si su papel en el caso es meramente la parte de la cuota simbólica racial.

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Y es que el propio juicio devoró a todo el mundo, por no decir, que se fagocitó a sí mismo, a través del caos mediático de la inexorable avidez del individuo. The People v. O.J. pone de relieve, el engullimiento de la principal fiscal, Marcia Clark. Representada por la actriz Sarah Paulson (una actriz de enorme talento) del caso Simpson que, en la tradición permanente de la vista, debe asumir no sólo la carga del proceso judicial: sino el ignominioso y cruel escrutinio del pueblo americano. Cuando todo parecía ya resuelto y al final fracasa en el intento. Fracaso no apelable a la propia Marcia Clark. Es el fiasco del sistema y la balanza del cuerpo legal. Pues, desde la perspectiva y el contexto de su significado, son los propios espectadores quienes experimentamos la candidez de Clark sobre su propia notoriedad repentina.  Así como observamos el mecanismo de destrucción de la persona como ser humano. En la ínsula feroz y adictiva del megasintonizador, donde residen los medios de comunicación, los mismos, que despedazaron su actuación en la sala. No fue suficiente, su representación, sino que cada gesto, cada palabra o cada detalle estético se convirtió en un calvario personal. Mientras que paralelamente al affaire O.J. corría su vista privada; la angustia de una atormentada Clark, batallando por la custodia de sus hijas, con su ex esposo. Digamos que ese es uno de los típicos esfumatos Made Ryan Murphy. Como la dedicación de un capítulo con el nombre en tono glorioso de Marcia Clark; esa estoica heroína. A pesar del alto componente capcioso y venenoso del efecto O.J. que hace de la violencia de genero una bomba de plutonio contra la fiscal Clark; “The People v. O.J. Simpson”es una joya televisiva de alto calibre. Hermosa e inestable, pero aquello ya lo dijo Wilder; nadie es perfecto. No obstante, seguimos atónitos desmembrando su ambiciosa producción, la cual, sigue sorprendiendo en un segundo visionado el infalible tono dramático, sentido del ritmo y una dirección artística que quita el hipo. El tiempo podrá declararla como historia de culto y estudio. Pero lo que dejó muy claro este oscuro e ignominioso asunto de O.J. Simpson es que hay un antes y un después desde el discurso a toda la nación de un Clinton superado por la furia de una sociedad libre y envuelta en rabia contenida. Así, como el 11S fue la caída del ícono de libertad en la Babel intercultural del mundo y el revolcón al celoso guardián de occidente. Nuevamente, la creatividad y el trabajo bien hecho redescubren la fragilidad de inmenso país lleno de injusticias y gente maravillosa. En lo que todo el mundo está de acuerdo es la espera del nuevo American Crime Story de Ryan Murphy 2017 sobre las consecuencias del huracán Katrina. A veces, la buena televisión, puede hacerte soñar, tanto como el buen cine; y eso, si que es una gran noticia. Posiblemente, sea ahí, donde resida la gran grandeza de la libertad creativa de la ficción Made in USA. Un talento innato e inagotable… El  Nota: 8,5

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Scandal Sheet (1952)

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Bloodline (2015) “The prodigal son”

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Dos cosas son —más que ciertas y hermosas— en esta vida; un amanecer en otoño y una puesta de sol veraniega. Luego, estaría la TV, a pesar de los pesares, la aseveración es categórica: ya que el medio en sí, sigue siendo un gran entrenamiento. Hoy la ficción televisiva goza de un más que reconocido prestigio —lo hemos dicho en otras ocasiones— donde muchos teóricos del séptimo arte, día a día, ven en este entorno una amalgama de posibilidades infinitas. Empero, no corramos y observemos las realidades más inmediatas que están condicionando el mundo televisivo en el siglo XXI.  La primera es que la familia sea del tipo que sea, sigue siendo el alma mater de todo guionista—el cual—, se precie a realizar un  producto de  gran calibre. La segunda que el canal, en comprimido, Netflix está cambiando los hábitos de ver la TV como hasta ahora la habíamos concebido. Buena muestra de ello es la magnífica tercera entrega de House of Cards (vista por este amanuense que les habla, no hace mucho). El dueto Reed Hastings&Marc Randolph —hombres forjados en el negocio del videoclub— saben cómo fidelizar a la parroquia sedienta de entretenimiento. Bajo unas premisas, esencialmente, universales: productos de exquisita factura. Una grandísima promoción. Y por último, una clientela  bien fidelizada, que está a punto de superar los 50 millones de consumidores. Eso es Netflix, Sres. Guste o no guste al más pintado,y, futuro ya es presente para la nueva ficción. Recalcado lo dicho. El canal en  streaming —nuevamente—  ha rebuscado en su chistera mágica y nos han traído una de sus últimas producciones: Bloodline (2015). Luego, ¿qué mejor manera de mantener vigilante a su voraz grey, capaz de fagocitar 13 capítulos de golpe? Sencillo, contar una historia muy lenta, que a modo, de sinfonía decimonónica va, in crescendo, hasta  llegar al último capítulo con un final demoledor.

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Bloodline se apunta a  esa táctica, que ya lleva muchos años en los manuales de guion y siempre ha dado tan buenos resultados. De momento, las expectativas creadas, en torno a este thriller melodramático son altas, ya que los telespectadores del canal quieren más. Pero eso, será el año que viene. Una vez vista la primera entrega, crítica y  público han aplaudido la nueva serie. Claro, que la pregunta del millón sería; ¿De qué va Bloodline? Fácil, para los más castizos el termino anglosajón podría traducirse por el vocablo “linaje”. Y puede que haya mucho de linaje Shakesperiano y redenciones, a propósito de la parábola del hijo pródigo. Porque Bloodline es en toda regla, un drama familiar disfuncional, relajado, convencional y atípico que se desarrolla por los Cayos de la hermosa Florida. Una serie escrita por los creadores de la inquietante y ambiciosa Damages(2007), Todd Kessler, Daniel Zelman y Glenn Kessler forman un trio muy bien avenido —los cuales—, además de tener buena pluma, suelen dirigir y aquí no han perdido la ocasión, en alguno de los capítulos de esta primera entrega. Vuelven a la carga con una trama más Neonoir, la cual, no por ello deja de tener una miga adictivamente sustanciosa. Si Damages se movía por los vericuetos de la tramoya judicial, con abogados corruptos, peces gordos de corporaciones fantasma e ingenuas trepas a aspirantes a gran toga, donde Gleen Close era la omnipotens domina de la pantalla, en aquel cuerpo a cuerpo, con una jovial Rose Byrne. Aquí, el equipo de guionistas mantienen los ecos repetitivos —concentrados— en una mater familias de la talla de Sally Rayburn (Sissy Spacek) y un marido Robert Rayburn (Sam Shepard); auténticos  reyes del clan Rayburn.

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Un matrimonio bien avenido lleno de amor, secretos y mentiras. Si bien, en el capítulo piloto destilan cariño, sentimiento y complicidad por los cuatro costados. Así como el resto de su progenie, formada por tres varones y una mujer (dejémoslo ahí). Ya que narrativamente la  historia central sigue siendo la vuelta a casa de Dan o Danny Rayburn—  curiosamente—, el hijo mayor: Danny, un colosal  Ben Mendelsohn  (Animal Kingdom, Cosi, The Place Beyond the Pine, Killing Them Softly o The Dark Knight Rises). Actor australiano que enamora en cada gesto o frase que pronuncia. Impresionante, el acento americano en su dicción. A partir de la celebración de la entrega de un galardón al patriarca Robert Rayburns, por su labor como empresario, en la construcción y gestión del complejo idílico  Rayburns Resort en los Cayos de Monroe arranca toda esta historia de remordimientos, reencuentros y cuentas pendientes. Ahí nos encontramos con el factor hijo pródigo, envuelto de una mácula de perdedor, problemático y en definitiva, dolido, entre toda esta estirpe familiar. Al margen del eje central, que es él, protagonista absoluto del show. Se introducen diferentes subtramas, con la más directa intención de atrapar al telespectador. El abordaje de golpes y saltos en el tiempo narrativo, a través de flashbacks, que no paran de mostrar el pasado, donde  un suceso muy crudo y oscuro está liberando toda la problemática del presente. No por ello, los guionistas están por la labor de renunciar al fascinaste elemento narrativo del flashforward o viaje visual hacia el futuro.

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En ese recorrido se hayan sus hermanos; John (Kyle Chandler  un viejo conocido de gran solvencia tanto en  TV y  cine Early Edition, Friday Night Lights, Zero Dark thirty o The Wolf The Wall of Strett),  el segundo hijo que ejerce como el gran garante del clan y valedor de la estabilidad familiar. No en vano, es el sheriff del pueblo. A ello, habría que añadirle el tercer hermano Kevin—Impulsivo y bebedor—es Nobert Leo Butz  (Greetings from Tim Buckley The Miraculous Year)  y la hermana pequeña, Meg la actriz Linda Cardellini  (ER, Mad Men o Butz). Completado el elenco principal de actores implicados en lo que sería la primera línea de confrontación y de algún modo el gran clan. Si a ellos les sumamos los partenaires de John y Meg. Tenemos a Diana Rayburns, interpretada por Jacinda Barrett (Middle men, The Namesake  o Zero hour) y Marco Díaz — el siempre eficiente, Enrique Murciano— (Dawn of the Planet of the Apes, Black Hawk, Traffic o Without a Trace)  pareja de Meg  que trabaja como ayudante del Sheriff John Rayburn. Por último, un par de personajes, a modo de pobres diablos —residentes de toda la vida en el condado—  al filo de la ilegalidad, como Eric O’Bannon que interpreta  Jamie McShame (Southland, Murder in the First e In My Pocket). Un perdedor nado, adicto al alcohol, drogas y chapuzas de medio pelo que vive junto su hermana Chelsea, una extraordinaria Chloë Sevigny (Big Love, AHS/Asylum My Son, My Son, What Have Ye Done o Zodiac) siempre poniendo el lado más ardiente. A modo, de femme fatal rural. Mujer que puede acabar con tus huesos en algún lugar deseado o indeseable. No tiene desperdicio la entrada en acción de estos dos personajes. Finalmente, un joven abogado del bufete donde trabaja Meg, un tal Alex Wolos, que es intrepretado por el actor Steven Pasquale (Rescue me y AlienVsPredator) que le da ese plus de la componenda legal o ilegal respecto al negocio familiar.

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Por momentos, el guion tiene visos de drama a lo Tennessee Williams y cuando uno vuelve, a la desgracia del patriarca, envuelta en el comezón de un desvalido y afligido rey Lear; Robert Rayburn. En otro tiempo, el señor que movía las fichas a su antojo, y ahora, se nos acerca con devoción a una novela realista de John Updike en una tarde calurosa de verano. Bloodline es solo el principio de algo que necesita gestionar un relativo acervo samaritano por parte del televidente que, con el paso de los capítulos, verá recompensado y entenderá eso que se repite al final de episodio piloto: “No somos malas personas, pero hicimos algo malo” en un tono, de voz, dolorido y triste. Las diferencias de los Rayburns residen en ese entorno pantanoso de la costa este sureña. El paisaje y la climatología es una parte notable de la propia Bloodline, la cual,  se acerca muy sutilmente  a la magistral sensación de la temporada pasada: The Affair (2014) Showtime. Donde el tempo narrativo y la expectación por saber de todo ese humus inmundo, que esconde esta familia, aflora en un paisaje idéntico al de los universos Lovecraftianos de Pizzolatto. Y es ahí, donde Danny Rayburn anda muy sobrado. Algunos instantes se vuelven mágicos, cuando en sus reflexiones, emerge el karma turbador de Cohle Rust. Bloodline puede ser lenta, previsible, burguesa y algo comercial. A mí me parece que es escalofriante, descorazonadora, violenta, cruel y amarga. El drama del hijo pródigo y el tercer grado al que se tiene que someter por una familia —que posiblemente— sea tan sucia y deshonesta como algunas de sus borracheras, sin calzoncillos y vomitona a cobro revertido. Mientras, los caimanes del manglar secan sus lágrimas a la espera del primogénito outsider. Nota: 8,1

Kojak is cool (1973-78)

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La televisión en los años 70 se embutió de espectáculos policíacos—muchos de ellos, ya comentados por estos lares— de las diferentes cadenas Made in USA. Cada uno de ellos tenía a su héroe, heroína o heroínas de turno. Desde Baretta y su cotorra al hombro, hasta el vaquero McCloud subido en un hermoso corcel por la Quinta avenida, Colt en mano, a  la sexy “Mujer policía” y  aquellos deliciosos “Ángeles de Charlie”. Sin embargo, fue en 1973 cuando apareció un título contundente, de una absorbente intriga, con un protagonista duro  y categórico, ese, fue Kojak. Desde la contundencia del nombre propio, a la propuesta de un New York realista, donde los dealers y canallas de turno eran deudores del cine de aquella maravillosa década. El humus de esta —mítica— serie  hay que buscarla en el origen del éxito, asociado a un actor fantástico como lo fue Telly Savalas. Sin este actor, hubiera sido imposible la grandeza de este producto. Todo arranca cuando el guionista Abby Mann, el cual, escribe  una TV-movie: “The Marcus-Nelson Murders”(1973) /basado en unos hechos reales de un espeluznante asesinato en 1963/. La cinta nos destapaba el papel del teniente, Theo Kojak, toda una revelación de vitalismo, alma mater, de  la investigación del atroz crimen y violación en el Upper East Side of Manhattan. Tal fue su éxito, que Teddy Savalas, en aquel año fue nominado a los Emmy en la categoría al mejor actor de drama de TVmovie. El asunto estaba claro, ya se tenía muy perfilado —al futurible policía— sólo  había que ubicarlo en la gran metrópoli de NY. CBS dio el OK para comenzar a trabajar en el serial de Kojak, con Savalas como absoluto protagonista. A finales de Octubre de 1973 se estrenaba en el prime time con un éxito de audiencia notable. El show se mantuvo en pantalla hasta 1978, a lo largo de 5 temporadas, y un total de 118 episodios. Tanto Abby Mann como Teddy Savalas tuvieron carreras llenas de triunfos y decepciones en el pasado. Eso es parte de la vida, cuando se te presentan las oportunidades. En el caso del creador de Kojak fue guionista de la extraordinaria “Vencedores o vencidos”(1961). Dirigida por Stanley Kramer. Telly Savalas, se inició en la mítica serie los Intocables (1959), en el lado del mal —frente a Robert Stack —protagonizando al gangster Leo Stazak.

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Posteriormente, trabajó con Frankenheimer, uno de los grandes directores de aquella generación televisiva— realizando una interpretación brillante del  recluso Feto Gómez en la película “el hombre de Alcatraz”(1962). Continúo su trabajo y estuvo a las órdenes de J.L. Thompson en la intrigante; “el Cabo del Terror”(1962). Savalas, encarnaba al detective privado; Charles Sievers, y, en la película “007 On Her Majesty’s Secret Service” (1969) dirigida por Peter Hunt, como el villano Blofeld. Pero es en el papel del Teniente Theo Kojak donde se perpetúa la leyenda del especial Aristoteles Savalas, nuestro querido Telly. Por último, no quiero dejar pasar por alto un film espléndido al lado de Clint Eastwood y Donald Shuterland; “los Violentos de Kelly”(1970) de Brian G. Hutton, en el papel del sargento primero, huraño y trapicheador; Big Joe. Ya en el último año de la serie Kojak, cuando la productora CBS le dijo a  Savalas, que la audiencia se estaba marchando. Savalas comprendió que en aquel lugar, su tiempo ya estaba amortizado y emprendió nuevos proyectos de diversa índole internacional.  Cinco años en la pequeña pantalla que le dieron dos Globos de Oro y muchas nominaciones a los Emmy tanto a él, como el resto del equipo técnico, artístico y compositor musical. El éxito y la originalidad de esta serie descansaban en la fuerte personalidad del protagonista, Theo Kojak, pues alcanzó la fama y la gloria que le marcaría el resto de su carrera cinematográfica. El hábito del teniente TK parecía estar hecho a su medida. Muy difícil separar al hombre del perfil ficticio. Kojak era un poli con malas pulgas, que se jactaba de las diferentes etnias del NY más underground y violento de aquellos años. Un tipo de escrupulosa pulcritud en su indumentaria; coqueto con los sombreros, las gafas de sol y la quincalla que portaba: calvo como una bola de billar, al que todos los delincuentes de la gran manzana temen. El poli de la comisaria distrito 11 de Manhattan Sur, que no duda en sacarte la lengua a tirones para que cuentes lo que sabes, mientras saborea un pitillo o un purito.

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La cuestión del tabaco fue muy divertida, ya que Kojak era un fumador empedernido y los productores decían que no daba una imagen muy correcta. Se recurrió a una estratagema que fue un icono del merchandising; el famoso chupachups (aquí en España). Pues, en los EE.UU eran unos pirulís de caramelo, que derivaron en el chupachups Kojak, el cual, aterrizó en nuestras tiendas de golosinas y el mundo entero. ¿Quién no se ha comido un mítico Kojak-Fiesta con chicle? Se sentía orgulloso de su origen griego, mostraba sagacidad y cinismo con los criminales, funcionarios, camareros o superiores… Su equipo estaba compuesto por George Savalas, hermano verídico de Telly, un tipo orondo, grandullón y de pelo rizado. Un gran conocedor del patear diario de las calles. Bobby Crocker, interpretado por Kevin Dobson, el típico detective que sigue al pie de la letra todo lo que propone Kojak, de algún modo, es su fiel compañero y hombre de confianza. Mark Russell como el Detective Saperstein. Así como Vince Conti, que es el detective Rizzo y Borah Silver como el inspector Prince. Por último, el jefe de todos ellos capitán Frank McNeil, interpretado por Dan Frazer, que es el superior de Kojak, pero realmente no actúa como tal. McNeil puede poner a veces los métodos de Kojak, en duda, de cara a la galería. Una especie de paripé, pues, está con él a muerte. Sabe muy bien de la agudeza  de Kojak, la cual, es más que precisa. Cuando algo le dice que hay gato encerrado: no se equivoca. Algo hay. Luego, capitán y teniente son dos más del grupo. Con el tiempo habrá un cambio de mandos, es decir, cada uno tendrá una nueva ubicación y rango. A Kojak, le gusta marcar su territorio y mostrar jerarquía, aunque a veces, las cosas se salgan de madre. Las tramas no están muy lejos de lo que es la típica actualidad, a día de hoy en día, en cualquier telediario o páginas de sucesos; corrupción a tutiplén, conspiraciones de la mafia, asesinos en serie, algún caso de intento de atentado contra la infraestructuras de la ciudad y tráfico de drogas a pequeña y gran escala.

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Otro de los reclamos utilizados en el serial era la utilización de estrellas invitadas de la gran pantalla: desde las viejas glorias a los nuevos talentos que iban pujando por la época: Danny Aiello, F. Murray Abraham, Paul Anka, Armand Assante, Eileen Brennan, Blair Brown, Dabney Coleman, Héctor Elizondo, Richard Gere, Gloria Grahame, Harvey Keitel, Sally Kirkland, Carol Lynley, Geraldine Page, Kathleen Quinlan, Lynn Redgrave, John Ritter, Sylvester Stallone, Forrest Tucker, Christopher Walken, Eli Wallach, Shelley Winters o James Woods de entre los muchos que se dejaron ver a lo largo de sus cinco temporadas. También, es verdad que Kojak tuvo problemas con algún capitulo por mostrar conductas poco apropiadas de tipo ético y moral. Se le acusaba desde determinados colectivos; del reiterado abuso de la fuerza bruta y una solapada glorificación de la falta de derechos civiles. Algo que llegó a provocar un conflicto con su vecino Canadá. Kojak era la calle, los garitos, los dealers de las esquinas, el argot de ese submundo y su frase de culto: “Who loves ya baby”. Esa voz grave y profunda que te recordaba al enorme Barry White. De fondo sonaba la celestial  música de John Cacavas: un score, puro, del sonido Philadelphia. Kojak, con el chupachups en una mano y en la otra buscando su  Smith & Wesson del 38, metida en el bolsillo de la gabardina o portándolo en la mano en plan sicario vivo. Estilo que marcó escuela en la policía y la delincuencia de aquellos tiempos. El toque Kojak a la hora de llevar la pipa. El teniente Kojak se acerca a la escena del crimen con su flamante Buick de color bronce perla y la sirena roja marcando la ruta del guardián del Lower Neoyorkino. La serie Kojak se volvió a llevar en el año 2005 a la TV, en esta ocasión, el actor seleccionado para el papel fue el afroamericano Ving Rhames. Se pasó una primera temporada y fue cancelada por su escasa audiencia. A pesar de contar con actores, en el reparto, tan interesantes como Chazz Palmenteri o Roselyn Sánchez; el remake no cuajó. Se rumorea con la posibilidad de llevar el show a la gran pantalla con Vin Diesel como el teniente Theo Kojak. Este otoño de 2015 la serie cumplirá su 42 aniversario. Que mejor recomendación para un día de asueto que volver a revisar alguna de sus temporadas vía DVD o alternativas digitales. Y por favor, no olviden unos cuantos chupachups a mano. Nota: 8,1

Better Call Saul 2015 ¿spin-off?

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La primera pregunta que me cuestiono es la siguiente: ¿Era necesario este Spin-off? Y la segunda; ¿Habría creado David Chase una precuela de los Soprano o David Simon con The Wire? Yo tengo mi tesis—discutible— pero es la cábala que más encaja en todo este affaire del nuevo hijo — geográficamente hablando— en el soleado Alburquerque del no muy lejano Breaking Bad. Pienso que la serie del arrogante profesor de química Mr. White y su destroyer alumno Mr. Pinkman es un producto —brutalmente— sobrevalorado. Yo mismo soy uno de los muchos cómplices, que me subí en el cómodo autobús de  halagos sobre esta serie. En mi otro blog, el IBP, la coloqué como la octava serie de la década del primer milenio. Ahora, a toro pasado, todos vamos de ventajistas. Pero es obvio que Breaking Bad tenía un envoltorio muy original, y tras esa capa de tafetán se escondía un melodrama apto para toda la familia con bol de palomitas incluido. Ahí va una de razones más simples que esgrimo: este año se ha estrenado una de las mejores series habidas en muchísimos años, The Knick. Estoy convencidos que los buenos paladares de esto de la ficción televisiva, habrán oído cosas de ella. Estoy convencido que el auténtico público de The Wire, Los Soprano o The Boss habrán disfrutado, como enanos en una gran bacanal, viendo la joya que ha dirigido  Steven Soderbergh para Cinemax, el satélite de HBO. No voy a ser yo— que no soy nadie— quien vaya a restarle credenciales y solvencia a Vince Gilligan (curtidísimo escritor de capítulos en expediente X, en sus tiempos mozos) hasta llegar su  momento y aprovecharlo, en un canal que está hambriento de propuestas a cualquier hora. Sabe que su serie entre pases, ventas de derechos a otras TV,s y el merchandising ha generado un buen Potosí. Luego, ¿por qué no crear al hijo gorrón? Junto a Peter Gould, medio en broma, medio en serio Better Call Saul lleva ya 5 capítulos desde su estreno.

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Todo el mundo tiene ese convencimiento tras el estreno del pulcrísimo y estilizado capítulo, en un inicial B/N, que nos recordaba a la comedia de Payne del año pasado, Nebraska; una delicia. Gracias, en gran parte, al actor Bob Odenkirk. BCS tiene conquistado a todo el mundo; críticos, actores, guionistas, anunciantes y cómo no a casi todo el público. La precuela de Breaking Bad, es más de lo mismo con unos personajes que repiten el esquema y éste, con el mando del Smart TV y sus multifunciones, como muy bien sabe Gilligan funciona de maravilla. Los paralelismos con los arranques son constantes, ya que BB comenzó a medio gas y a partir del  tercer  capítulo dio un pequeño arreón. Lo curioso  de  aquel producto, es  que tras cinco temporadas, no fue hasta la llegada de este magnífico personaje cuando inició un rumbo—digamos más atractivo— ya que la trama comenzó a quitarse gran parte del Nenuco (superficial) para echarse un buen chorretón de Varón Dandy. Es difícil decir esto, pues, seré uno de los pocos bichos raros, pero honesto a los que no nos termina de encajar el producto. Y es que el “bienintencionado” drama se parece más a una Sitcom, que en más de un momento, abusa del chiste fácil y la característica fotografía, grandilocuentemente, tediosa y ultracristalina. Una de las cosas que más me ha sorprendido; es saber que muchos de los los actores de la matriz BB, no veían la lógica de llevar a cabo esta precuela, la cual, todos siendo un poco retorcidos sabemos su final. Eso es más que obvio, Por no decir aquello que tanto le gustaba a la platea escuchar en el doblaje in Spanish del “empanao” Mr. Pinkman: Sr. White, qué pasote! Ahora necesitan volver a escuchar la voz divertida y grave de Odenkirk con su “si tienen problemas, mejor llame a Saul”. Cuando de sobra es sabido, que a la cadena de cable, AMC sólo le ha ido bien con Mad Men, Walking Dead (de la que ya está confirmado el spin que realizará el creador del comic original, Robert Kirkman) y Breaking Bad. El canal de cable que recibió como agua de mayo, el portazo en la cara de HBO a Weiner.

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y éste voló como Ali en Kinshasa ante Foreman, pues la ocasión la pintaban calva. Volviendo a Mr.Goodman/McGill (Bob Odenkirk) observamos en el episodio piloto a un tipo más envejecido, trabajando en un pizzería de un modo mincioso entre un montón de planos detalle. Posteriormente, cierra el garito y vuelve a su casa. Está en el solitario Noroeste, hace frío y la noche se presenta con una devastadora soledad, hasta que revolviendo en las cajas del armario trastero da con una obsoleta cinta VHS, donde aparecen sus famosos anuncios de “si tienes problemas: mejor llama a Saul.” El flashback nos retrotrae al pasado y un jovial Jimmy McGill, cuando el nombre de  Saul Goodman era una mera quimera. James McGill, como abogado, es el típico picapleitos de oficio que se encarga de llevar casos, de todos los pelajes que el estado de New Mexico le asigna por 700 dólares mensuales. Trabajando como  defensor público de oficio, ensaya sus conclusiones en el baño, aborda en los urinarios a los abogados de acusación y coloca las papeleras del WC como un figurado jurado a la hora de memorizar los alegatos. A veces salva a sus clientes, otras veces no, pero es implacable. Acosa a todo aquello que huela a toga, incluso, los jueces parecen ceder para librarse del personaje. Y cada vez que conduce desde el parking del Palacio de justicia, nunca tiene suficientes pegatinas de validación de horas, y se inventa una milonga para evitar el pago de la sanción, al flemático guardavallas. Jimmy/Saul todavía no sabe el nombre del tipo, pero lo decimos, ya que les resultará un personaje cercano: Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks), quien fue el Sr. Lobo de Saul en “Breaking Bad”. Intenta llegar a final de mes, mientras cuida puntualmente a su hermano Chuck (Michael McKean), un prestigioso abogado con una especio de trastorno obsesivo compulsivo, que ha decidido coger una excedencia laboral para recuperar su salud. Esto provoca un estado de contencioso con el bufete que representa, donde James/Saul tendrá que enfrentarse por la parte de cuota que le corresponde a su extravagante hermano. Bien, ¿no les va sonando el estribillo? Enfermedad, discapacidad, atmosfera de frikismo y algunas cositas muy consumidas por la caja catódica (el detalle de la oficina portatil, que tiene el amigo James en una habitación arrendada a una peluquería vietnamita, que es dormitorio, despacho y bar lounge de turno no tiene desperdicio, a pesar de estar demasido déjà vu) facilona tendencia a la risa fácil.

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Si a esto le añadimos sus primeros pinitos en el mundo de las estafas con dos auténticos “personajillos del monopatín” y su primer encontronazo con la mafia de los carteles mexicanos con zanja en desierto incluida. En fin, queridos amigos-as: esto es el nuevo Breaking Bad, a modo de nuevo parche del viejo Windonws XP. Pero profundicemos en otras subtramas interesantes; el caso de su hermano Chuck, el cual, parece más estable de lo que deja aparente en un primer visionado. Cuando nos da a enternder que es el McGill y a la postre deparará alguna divertida sorpresa con su discursos de pincipios morales y ecologistas, adenás, de velar por la buena conducta de James. Quiere ser algo así como lo fue el cuñado de la DEA de Mr. White en la clónica BB; personaje que da el “touch”, entre las preferencias del público. Yo sigo viendo a un gran actor con mucho oficio, dentro de un papel muy trillado y poco más. Al principio, la serie está más imbuida en la creación de personajes, que cualquier tipo de plan de ajuste en la propia continuidad o dinámica del ritmo narrativo. La verdad, es que no sé si seguiré aguantando el show o terminaré por finalizar la primera entrega para hacer un juicio más contundente. Valga la redundancia jurídica. Sigo creyendo que Better Call Saul no tiene que crear la mezcla particular que Breaking Bad hizo y reproduce del famoso producto que dejó mácula entre sus legiones de incondicionales; su arrogante pureza del 99 % de cristalizado azul. Empero, el cuento ya está en marcha y no me extrañaría que el duelo Goodman/ Heisenberg se derrumbe. ¿Quién sabe? Es pronto y seguro que me equivocaré. Tiempo al tiempo. Ya veremos, pues, el arranque fue uno de los mejores de historia del cable Made in Usa. Magníficamente, bien vendida como TV de qualité. Es más, en un agravio comparativo Breaking Bad era mejor show (a pesar de lo dicho y reafirmado, anteriormente). Sé que muchos estarán discrepando de mi lectura, que no se puede comparar un show con el otro. Lo siento pero me es imposible; separar el tomate de la anchoa. Al igual que “el pa amb tomaca” y una buena paella sin su garrofó de pedigrí. Siento no poder ser más generoso con el esperadísima serie del Sr. Gilligan, ya que como spin-off creía que iba a seguir otros derroteros, pero la tentación del camino fácil y rápido es demasiado goloso. A pesar de contener algunos elementos atractivos (los típicos puntazos de turno) y poco más. Me siento, más que decepcionado con el nuevo producto AMC. ¿Se imaginan un Spin Off de A dos metros bajo tierra”, a qué personaje hubieran elegido? Señorías, los muertos no hablan están en tierra sagrada, pues, han encontrado el Nirvana. Paso la palabra a Uds. Nota: 6,3

Murder, My Sweet (1944)

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The Naked city (1948)

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After 20 years Murder One (1995)

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Aquel otoño de 1995 fue un año interesante en el mundo de la producción audiovisual. Ese año marcó un antes y un después en el devenir de la ficción norteamericana. Me explico, la mitad de los noventa presagiaba una fuerte irrupción del inminente S. XXI y la tercera edad de oro de este medio. Lynch había cambiado las reglas y Bochco recogió el testigo de la búsqueda por nuevos senderos. Además de ser una gran añada para el diseñador Armani —menudo vestuario se marcaba Murder One—, también seguirá siendo recordado por todos aquellos paladares exquisitos a este adictivo medio. La aparición de  Murder One fue un nuevo oasis del canal ABC. A pesar de sus 20 años, sigue manteniendo la brillantez, frescura y el carácter innovador, que el alquimista Steven Bochco acababa de perfilar, modelando la parte más incompleta del legado de Twin Peaks: las reglas de la televisión americana, se transformaron en nuevos guiones más realistas e introspectivos. Eso sí, a un alto precio. Pues ABC, en un primer enfrentamiento con su creador acabó castrando parte de su material y luego, le hizo el mayor daño que pueda sufrir un genio; la cancelación de su obra. A día de hoy estamos delante de una las primeras obras de arte postmodernas de la televisión más cercana al mundo de The Killing o la curiosa The Good Wife con todos los ingredientes del clasicismo sazonados con el magisterio de la vieja escuela. Es imposible analizar las casi 20 horas de visionado y comprobar que no están fuera de lugar, todo lo contrario reafirman la validez de su esencia.

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23 capítulos de una primera temporada extraordinaria. Un retrato complejo, ambiguo, de tempo lento pero lleno de artimañas. Finalmente —tras un pulcrísimo pulido al gusto de los directivos de ABC— se convirtieron en dos entregas reserva vintage. La primera remesa de 23 episodios y la segunda de 18, que no vamos a entrar en ella. Más adelante, haremos unas pequeñas aclaraciones. Obviamente, en un mundo donde la justicia no tiene dueño, lo legal no sabe dónde reside y sólo nos queda la certeza moral de que el resto del sistema está dándote la espalda. En esos vericuetos de sistema judicial norteamericano; cabalgan los personajes de Murder One. Unos individuos que se desarrollan y cambian con  una facilidad asombrosa al compás de la vida real. Donde la moral se examina a sí misma, en torno a cuestiones sin moralejas soporíferas y la esencia de la justica legal de un gran país donde la verdad suele sopesarse en la balanza y la espada de lo cínicamente correcto. Steven Bochco es un viejo rockero con más kilómetros que el viejo Renault 11 de mi difunto abuelo —el hombre que nos habló de las angustias de los policías en  Hill Street Blues,— y las soledades de David Caruso y Jimmy Smits de NYPD Blue, y  los abogados más cool en La ley de Los Angeles.

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Mucha gente le sonará raro el nombre de Murder One, pero cuando vean el clip final del post; estoy seguro que de repente alguien se acordará de Jesús Gil y un jovial Berlusconi en la Telecinco de una sempiterna Ana Rosa Quintana. Al lado de otros dos jóvenes guionistas de gran solvencia: Charles E. Eglee (Dark Angel, Dexter, The Shield) y Channing Gibson (St Elsewhere) pusieron toda la carne en el asador en crear el postkarma de Laura Palmer. Nunca fue el gran éxito que se preveía. Sin embargo, el canal de TV hizo un despliegue promocional tan contundente de su premier en Septiembre del 95: el acontecimiento catódico del año. Murder One tuvo una audiencia record y el beneplácito de la crítica televisiva norteamericana de por entonces, volcada con la nueva propuesta del mago de la ABC, Steven Bochco. Anteriormente, habíamos hablado del concepto castración del creador y eso terminó de la siguiente manera. SB, tuvo una trifulca de mil demonios con los grandes directivos de ABC, a la vez que actor protagonista Daniel Benzali estalló contra Bochco —nunca hubo buen feeling entre ellos— que acorralado por los acontecimientos tuvo que prescindir del personaje de Benzali, en detrimento del talento del joven australiano Anthony LaPaglia (marcado de por vida en su papel de agente del FBI en Sin Rastro), que en ésta y última segunda parte se fraccionó en dos nuevos casos, quitando de en medio la trama principal.

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Tan sólo era una maniobra rápida para despertar el entusiasmo inicial de espectador medio, que se perdió con un argumento demasiado enrevesado y vanguardista, para la ABC de aquellos años. Empero, todos aquellos buenos paladares del invento catódico permanecimos enganchados a las hábiles pericias del inconmensurable guion y la maestría de crear las hábiles incógnitas, preguntas sin respuesta o donde la sospecha del principal acusado del crimen se hallaban en diferentes rincones del propio set de rodaje. A todo ello, sumémosle el enorme talento del trio de ases que se confinaron los protagonistas absolutos del show: esos momentos interpretativos memorables: en los papeles del abogado defensor Ted Hoffman (Daniel Benzali, actor de origen brasileño, puro beluga), Richard Cross (un ambiguo y adictivo Stanley Tucci), y por último, el principal acusado del asesinato y violación de Jessica Costello (Bobbie Phillips, convertida en un icono sexual de la época), Neil Avedon (Jason Gedrick tuvo muy poco fortuna, a pesar del buen oficio que demostró parece que el papel de serial killer lo está resucitando en productos como Dexter o Bosch). A lo largo de los 23 episodios de la primera temporada, la auténtica, se va desarrollando todo el proceso judicial desde el descubrimiento del cadáver de Jessica Costello que se hallaba desnuda, estrangulada y atada a su cama. Inmediatamente, se acusa al empresario millonario Richard Cross (Tucci), el  cual, fue la última persona en ser identificado en la escena del crimen. Él, insiste en su inocencia y trae en su abogado, Ted Hoffman (Benzali) para representarlo.

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Una coartada conveniente pronto emerge y Cross se libera, pero su implicación en el caso de Hoffman no ha terminado. Pronto, el detective Arthur Polson (Baker) atrapa al actor ídolo de adolescentes Neil Avedon  y Hoffman es llamado para llevar su defensa. El caso resulta enormemente complejo, pues se entremezclan las adicciones al alcohol y las drogas del presunto acusado. Así como su reconocida relación sexual con una joven menor de edad y la presencia en el lugar del asesinato. El estado, representado por la fiscal Miriam Grasso (Barbara Bosson, esposa del mismo Bochco) muy conocida en series y filmes por la interpretación de eterna mujer de la ley, ya sea dictando o defendiendo a los implicados. Aquí está convencidísima  que las pruebas son muy obvias y que hay que cerrar lo más rápido posible el caso. Sin embargo, Hoffman no está satisfecho y la constante interferencia de Richard Cross le hace sospechar que hay mucho más que desenmarañar a simple vista. Hoffman es un tipo serio, con cara de pocos amigos y hombre de voz suave mezclada con miel caliente susurrante, que cuando estalla los alrededores tiemblan y la platea se queda hipnotizada. Su sarcasmo es temible y con frecuencia hilarante, pero su furia es capaz derribar a los muros del mismísimo cielo. Este problema se hizo evidente al ver la monstruosa audiencia del episodio piloto y ver como cada semana se iba desangrando, no tanto por una caída de calidad de la serie, sino por el enorme esfuerzo de fidelidad que pedía a sus seguidores, tanto para no perderse ningún capítulo como para entender las complejidades de la densa trama que se nos presentaba.

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A su lado tenía su guardia pretoriana de abogados ayudantes, formada por los actores: Grace Phillips, Mary McCormack, Michael Hayden y J.C.McKenzie. Cada uno sufrió diferentes suertes. Al igual que el inefable  David Blalock, como Sr. Lobo de Ted Hoffman, en unos pocos episodios nos deleitó con su buena hacer. Veterano de grandes producciones cinematográficas en sus papeles de reparto, así como en la actual ficción televisiva. No podemos pasar por alto, otra actriz que era el complemento de TH; su esposa que es interpretada por la espléndida, Patricia Clarkson. A medida, que los capítulos vayan evolucionando, la relación conyugal se irá deteriorando. Irónicamente, uno de los mayores defectos del producto son las escenas familiares que le hacen parecer el Shred simpático de Disney —su fisonomía, no ofrece dudas con el cariñoso personaje— degeneraba en un excesivo baño jabonoso Nenuco, poco creíble, al lado de su hija; una pelirroja encantadora. Sin embargo, por encima de extraños aspectos físicos, Benzali es carisma, bajo cualquier óptica. Posiblemente, uno de los personajes más auténticos en el extraño y fascinante mundo de lo mejor de la TV; el mítico abogado rebeldemente humano de Murder One, Ted Hoffman. Nota: 8,6

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