ZeroZeroZero (2020) La última odisea de Saviano

Basada en la novela del mismo nombre de 2013 y segunda en la exitosa carrera del periodista italiano, Robert Saviano. Zerozerozero (2020) es la nueva serie, en dónde, el narcotráfico se narra desde el certero punto de vista del escritor. Una producción internacional, de alto calibre; que une a Amazon con las plataformas europeas Sky Channel y Canal Plus. El libro es adaptado brillantemente por Stefano Sollima, Leonardo Fasoli y Mauricio Katz. ZeroZeroZero se centra especialmente en el tráfico de drogas entre México y el sindicato italiano del crimen organizado conocido como ‘Ndrangheta. Se juntan con la productora gen de la marca Made in Saviano Cattaleya Prdnes; que tan buen hacer dejó en su gran obra maestra Gomorra (2014). No se han escatimado medios para esta fascinante producción.  ZeroZeroZero es la historia del daño causado por el envío de 5.000 kilos de cocaína; que induce a tres conjuntos de personajes en una carrera de colisiones estruendosas por el poder, donde los daños colaterales trascenderán dimensiones trágicas.

 

El abundante cargamento de cocaína ha sido ordenado por un anciano jefe de la mafia calabresa conocido como Don Minu (interpretado por un estupendo Adriamo Chiaramida), quien salió de una cueva fortificada secreta después del final de una guerra de pandillas y quiere volver al juego. El Capo, de los Capos de Calabria. Sin embargo el pago de las drogas es secuestrado por su nieto Stefano (el joven actor Giuseppe de Domenico), buscando venganza por una vieja disputa familiar y nada reacio a hacerse rico en el proceso. El quid del supuesto poder en la poltrona, del viejo huraño, depende de la llegada del cargamento de cocaína que arriva desde México. Manuel (Harold Torres), un soldado de las fuerzas especiales del ejército mexicano entra en acción. Un tipo de ojos fríos que no le tiembla la mano con el arma y se comporta como un auténtico Terminator de oscuras cábalas. Lleva a su equipo de soldados contra el cartel a una aventura despiadada y sangrienta en su vida privada, mientras mantiene su asistencia a los servicios evangélicos de la iglesia.

Valiéndose de su aprendizaje, en la precisión militar y tácticas abyectas para destruir la infraestructura local corrupta, originará demoledores conflictos en ese lado de la ecuación. Gracias a la relativa disminución en el procedimiento legal y médico, se siente olvidado como héroe de gran calado refugiado en su guardia pretoriana, su unidad de operaciones especialesque es vista con lupa, en los medios de comunicación como un peligro de las libertades civiles. La absoluta falta de ética y conciencia, tiene sus réditos más pírricos: los niños que terminan muertos sin saber el porqué. Sus enfrentamientos suelen terminar con grandes daños colaterales y trifulcas que causan pavor y espanto. Obviamente, es un proyecto internacional, muy bien nutrido, para contar una historia del narcotráfico mundial. ZZZ, evoca el spinoff televisivo de Steven Soderbergh “Traffic”(2000). Me atrevería, a decir, que mucho más cercana a esa miniserie que dirigió Stephen Hopkins, a la postre todas deudoras de la original serie de TV británica “Traffik” del Channel 4 dirigida por Alastair Reid. El título no se explica, pero presumiblemente se refiere a las grandes sumas de dinero intercambiadas, a través, de aplicaciones bancarias o bolsas de lona. Empero la auténtica alegoría de Saviano es la siguiente: ZeroZeroZero — es una referencia a otro narcotraficante que dice; toda una obra de teatro sobre el sistema de clasificación de la harina italiana para hornear, en la que “cero, cero” es el mejor grado— es una historia sombría, arenosa y sangrienta del tráfico de cocaína.

 

 

Un producto comprado en México y transportado a Italia por un corredor estadounidense, es un contenedor de envío de latas de jalapeños que en realidad contienen cocaína. Son un dispositivo narrativo y visual familiar pero efectivo, viajeros cansados pero decididos cuyo progreso buscamos al subir y bajar de barcos y transportar camiones por desiertos y montañas. También son mudos testigos de las tribulaciones de sus vendedores mexicanos, compradores italianos y exportadores estadounidenses No tiene nada del glamour o la sexualidad de alto octanaje del mítico Scarface o elegante Miami Vice. La mayoría de los jefes viven no en espaciosos palacios Art-deco sino en fortificaciones monótonas; no usan Armani, ni Dior o Paul Smith. Todo lo contrario petos de polietileno, a modo, de armadura corporal; pasan su tiempo libre no acariciando supermodelos sino contemplando paranoicamente quién podría estar conspirando contra ellos. Uniendo a los dos grupos están los intermediarios; la familia naviera con sede en Nueva Orleans, los Lynwood. Liderados por el primer patriarca de los negocios, Edward (Gabriel Byrne) y la hija Emma (Andrea Riseborough), con el hijo protegido Chris, éste sufre una enfermedad genética que le destruirá neurona a neurona (impresionante interpretación Dane DeHaan) inesperadamente empujado a la refriega. El motivo central de ZZZ es la traición.

 

 

Cada personaje está maquinando uno contra el otro, o pronto lo estará; ni la sangre ni el dinero aseguran la lealtad. Tanto los traficantes como los policías que los cazan no tienen alma. Zerozerozero es un programa fascinante, pero solo porque la trama es sociopáticamente penetrante; no hay nadie a quien apoyar, ni siquiera en contra. Cada vez que crees que has identificado al personaje —que puede llegar a empatizar contigo— te das de bruces contra la malignidad del resto del grupo. A medida que avanza la trama tornará hacia una depravación mucho mayor. Estamos ante una epopeya expansiva y sombría como esta se completa con su vigor cinematográfico, del cual ZeroZeroZero tiene mucho. Sus escenas de acción pueden estallar en algunas persecuciones de autos, tiroteos y asesinatos impactantes realmente emocionantes. Todo lo cual hace que algunos de sus golpes visuales más espeluznantes dejen sus señas de identidad de cineastas, con solera, casos de Iñárritu, Mann, Miike, Ferrara o Sheridan.

 

La maestría, en esa forma, de hacer entrar la cámara, al contenido, moviéndola muy suave, daándole el tempo lento justo para que el do mayor dramático para cambiar el escenario sean pura imaginería cromática. ZeroZeroZero sobresale en la creación de un mundo rico que envuelve su propia naturaleza interconectada; su alcance se convierte en un arma en sí misma, lo que le permite saber hasta dónde llega todo. Es el tipo de thriller que causa una impresión tan profunda; ya que puede pensar en grande y pequeño al mismo tiempo, uniendo tres historias individuales apasionantes en una odisea masiva. ZZZ adopta la postura moral del clásico cine de Martin Scorsese, en el sentido de que se aleja de tantos grados de maldad y permite que Dios los resuelva. Enredarse con tales villanos en una historia trepidante puede ser estimulante al principio, seguramente. Aunque, por experiencia propia, no tienen un buen final, palabra de pecador. Un detalle que chirriaba un poco, fue en el primer episodio, la utilización del recurso de la voz en off de Gabriel Byrne, el cual, se vuelve demasiado didáctico, en torno, al tráfico de drogas. No transmite en la narración visual, ninguna sorpresa ni soporte de sugestión al espectador.

 

Esta ficción depende más de su estilo narrativo firme, de traiciones interminables y ofertas de poder. Todo ello, mientras trata de darle un poco de frialdad al negocio en cuestión. Si que es verdad, que los planos largos y panorámicos dan ese aire intimista. Las ubicaciones en el norte de México, el sur de Italia y el Sahara entre Senegal y Marruecos, se fotografían de forma que son al mismo tiempo llamativas y poco sorprendentes.  El ambiente de texturas de la marca de la casa, Gomorra —acción violenta representada con un melancólico minimalismo de tono y estilo— se ve reforzada por la música fascinante de la banda escocesa Mogwai. La misma que es inesperadamente soñadora en un mundo convertido en una pesadilla terrorífica. Esta es una historia en la que aparentemente todos los principales implicados en el tráfico de drogas han utilizado sus ganancias obtenidas ilegalmente para comprar una residencia en enclaves protegidos por organismos y autoridades locales.

 

Una auténtica clientela de todo tipo de pelaje que se prestan al soborno y al juego de estos individuos que capan por el mundo a sus anchas. El pueblo llano vive completamente ausente en este show, ya que ZZZ, los tritura como otro fardo de cocaína. El ser humano es un objeto desechable e invisible para el poder. Tal vez, es aquí donde los directores de fotografía Paolo Carnera y Romain Lacourbas son los espectadores de lujo que contemplan esta locura. ZZZ en cada episodio de 55 minutos es una toma o un plano secuencia, que desborda con la belleza natural de la costa de Calabria o el desierto africano entre Senegal y Marruecos, o los altiplanos de Monterrey en México. Todo ello de las manos de tres grandes cineastas: Janus Metz, Stephano Sollima y Pablo Trapero. El mismo acopio de contenedores en el puerto se convierte en belleza mientras son llevados milimétricamente por las grúas o la escala industrial de un vasto patio de embarque o carguero apilado de contenedores. El mal y la frialdad, parecen ir juntos de la mano. Siempre trayendo la eterna odisea de los tormentos de Saviano Nota:8,4

 

 

“El padrino afroamericano de Harlem, Bumpy Johnson”(2019)

En algún momento entre el lanzamiento de Scarface de Howard Hawks en (1932) y el final de The Sopranos de David Chase (1999), 75 años después, el mafioso se convirtió en el paradigma estadounidense por excelencia: un insólito sin una avenida tradicional hacia la riqueza. Éste, siempre ha buscado su fortuna, por los lares de la violencia. Al Capone y Lucky Luciano consiguieron su estatus mítico décadas después de su muerte. Sin embargo, Bumpy Johnson, un jefe del crimen negro que gobernó Harlem a mediados del siglo XX, —una era crucial tanto para el crimen organizado como para las relaciones raciales— ha seguido siendo una figura relativamente oscura en la cultura criminal más icónicamente pop. El épico drama policial realizado por Epix —una de las OTT,s más interesantes de estos últimos años— donde confluyen tres grandes estudios: Paramount, Metro Goldwyn Mayer y Lion Golden Films. Ha puesto toda la carne en el asador por buscar esencias y complejidades cercanas al mítico Tony Soprano o su delfín Nucky Thompson. Independientemente, de que las obras maestras están ahí por algo. The Godfather of Harlem (2019) es una gran serie de un padrino de la mafia, histórico y el primero por peso específico, de etnia afroamericana.

Cocreado por el equipo de la archiconocida Narcos (Netflix), los showrunners; Chris Brancato y Paul Eckstein.  Además, de contar en el papel de productor con el propio Forest Whitaker. El veloz y cautivador “Padrino de Harlem” explora la tensión de una época convulsa —de la historia contemporánea de los EE.UU— basada en los personajes que fueron participes, en aquella lucha humana como esos Goodfellas de Nueva York. John Ridley, el escritor de “12 Years a Slave” y “American Crime”, dirige el episodio piloto, que comienza con Bumpy Johnson (Whitaker) siendo liberado de Alcatraz y regresando a un Harlem que ha cambiado significativamente mientras estuvo fuera. Un Harlem de mediados de siglo, aunque no sea tan atractivo como el centro de Manhattan de Don Draper en Mad Men. Aquí, el entorno que se ha creado es hermoso: las piedras rojizas, los clubes de jazz, los apartamentos de lujo y los sótanos asesinos cobran vida con una autenticidad y un profundo respeto por un regionalismo pasado que ahora está enterrado bajo varias capas de auges y caídas de propiedades. Cuando regresa al vecindario del alto Manhattan después de cumplir 10 años en Alcatraz por un cargo de narcóticos.

Se atisba un cambio radical del mundo, donde Johnson habitaba y dirigía el cotarro. La gente y el corazón de Harlem han cambiado. Mucho, demasiado, para alguien de la vieja escuela. Las empresas que son propiedad de afroamericanos; están luchando a puñetazo y tiro limpio contra el monopolio italiano del mal. El consumo de drogas entre los lugareños es rampante y la afluencia de narcóticos está siendo controlada y suministrada por la familia Genovese. El mafioso italiano Vincent “The Chin” Gigante (Vincent D’Onofrio) no está por la labor de ceder su territorio al padrino que regresa de San Quintín, ni de liberar a los policías corruptos de la policía de Nueva York que compró en ausencia de Bumpy. Para recuperar el control, Bumpy debe navegar, por las complejas realidades de una comunidad al borde de una mutación masiva, gracias al movimiento por los derechos civiles y las alianzas cambiantes en todo el estado de Nueva York. Es un nuevo día, y mientras el anciano jefe del crimen quiere ver crecer a su gente —su imperio del inframundo depende de la corrupción— el vicio y la violencia los está abatiendo. Malcolm X (Nigél Thatch, quien también interpretó a la figura de los derechos civiles en “Selma” de Ava DuVernay) es una pieza clave en la serie, y sirve como conciencia de facto, o quizás, a modo de una justicia social olvidada, para Bumpy.

El joven líder de derechos civiles, por supuesto, está molestando a la vieja guardia en su búsqueda para convertir a los negros en las enseñanzas verdaderas del Corán. El resbaladizo congresista de Harlem Adam Clayton Powell Jr. (un excelente, casi irreconocible Giancarlo Esposito, realizando una interpretación soberbia) ha usado el púlpito y el evangelio regularmente para impulsar sus intereses y ganarse el favor de todas las demás facciones políticas poco éticas de Nueva York y la nación. Dejando a un lado los tratos turbios, el pueblo de Harlem se encuentra, entre las dos religiones en un tira y afloja; que refleja la lucha más amplia entre las enseñanzas de Malcolm X y Martin Luther King Jr. La corriente cultural es una de las muchas subtramas que empujan esta historia en direcciones inesperadas, y le infunde una profundidad densa. Dentro de un contexto —que a menudo— peca de relativa ausencia del drama del pater familias del crimen organizado. Whitaker está fenomenal como el padrino desterrado, durante un tiempo, donde el proceso de cambio de la sociedad norteamericana iba a velocidad de crucero. Su actitud y facilidad con la que está poniendo al día en su nuevo Harlem; es brillante.

Una interpretación de su personaje con —ese matiz silencioso— pero muy inquietante, marca de la casta de este singular actor. La relación de Bumpy con el mentor Frank Costello (Paul Sorvino) es uno de los mejores momentos en los primeros episodios: un mafioso italiano que le transmitió secretos y consejos a su protegido negro. Siempre es un seguro a todo riesgo contar con un actor en una película de criminales mafiosos, más aún, con esta legendario interprete italonorteamericano. Por otro lado, tenemos a la adicta, Elise (Antoinette Crowe-Legacy). Auténtico talón de Aquiles de Bumpy, su mayor fracaso personal. Desgraciadamente, ella es más que una simple drogadicta, y su horquilla, como personaje que eleva la trama principal es uno de los mejores viajes en una serie que está llena de trayectorias graduales y puntuales altibajos. Sin embargo, éste es un espectáculo repleto de muchísimo talento interpretativo, —incluidos—; Luis Guzmán (Guapo Villanueva), el aludido, anteriormente, Paul Sorvino, Kelvin Harrison Jr., Giancarlo Esposito y el enorme Chazz Palminteri como el gánster Joe Bonnano. Es una serie de períodos ambiciosos y envuelto de cientos de capas sobre Harlem a mediados de los años 60 que busca dramatizar los movimientos a menudo cruzados de la mafia y la batalla por los derechos civiles.

Incluso los papeles pequeños están bien seleccionados y escritos (aunque una trama secundaria que involucra a la hija adicta de Johnson se hunde en el melodrama con asidua frecuencia). Caso de algunos actores, que son viejos conocidos de la parroquia del streaming: Ilfenesh Hadera (She’s Gotta Have It, Billions), Lucy Fry (Wolf Creek, 22.11.63, Bright), Erik LaRay Harvey (Luke Cage, Boardwalk Empire, Rounders), Elvis Nolasco (American Crime). Evidentemente, es posible que hayamos escuchado esta historia antes, pero nunca con este grupo particular de artistas talentosos. Pensemos, en ello, como un avivamiento de Shakespeare. Johnson les dice a los condenados amantes de Teddy y Olympia que no deberían tratar de emular a Romeo y Julieta. Uno se pregunta si no podría aprender una lección similar de Ricardo III. El padrino de Harlem es la rara epopeya del gángster con algo nuevo que decir — TGOH— presenta una gran actuación, una profundidad inusual y una banda sonora salvaje. Los años 60 segregacionistas, la historia de Harlem, la política familiar criminal de Nueva York y la soundtrack más arriesgada de la televisión de este año se entrelazan en este drama primer de la joven Epix.

Una banda sonora creada por Swizz Beatz, la cual, le da a esta historia de época una sensación moderna gracias a su mezcla de pistas antiguas y reconocibles. Nuevas composiciones de Soul que podrían haberse cantado en los clubes de mediados de siglo de Harlem y melodías originales de hip-hop que conectan el pasado con el presente. Por momentos, entramos en una pequeña confusión con el nombre Ridley y el apellido, por aquello de American Gangster (Johnson fue interpretado por Laurence Fishburne en “Hoodlum” y Clarence Williams III en American Gangster). Entonces, ¿qué ilumina esta narración de una historia a menudo contada sobre este capítulo en la historia? No es suficiente el mismo tiempo, recreado una vez y otra vez. Coñas, a un lado. Sí, es verdad. Hay tantos personajes e hilos que cualquier búsqueda de foco temático parece infructuosa. Empero, The Wire ¿cuántos personajes tenía? Sin embargo en todo este drama se respira un latir, el cual, te ata como esa la nostalgia de la época: salas de estar hundidas, relojes Starburst, Wagon Train (1957) en la televisión, el anillo de Cassius Clay lucha como sindicatos negros, mafiosos cubanos, policías corruptos de la policía de Nueva York y la pandilla de Little Italy desecharlo por el poder. Pero su representación de un mundo racialmente dividido, corrupto y a menudo venal suena igual de cierto hoy en día. Si de verdad, les soy sincero, es un gustazo, a pesar de los pesares, ver un producto de tan alta elegancia. Nota: 7,7

 

“Too Old to Die Young” (2019) Lisergia de NWR

Too Old to Die Young (2019), se estrenó en Amazon Prime el 14 de junio. El mismo día de su estreno, me involucré —en el entusiasta esfuerzo— de un visionado; que me dejó cataléptico. Ha sido una de las series más alucinantes e hipnóticas de estos últimos 19 años de new ficción de qualité. Su co-creador y director; el inefable Nicolas Winding Refn no dejó indiferente a nadie con su denominación de emisión televisiva de 754 minutos. Cuando compareció ante los medios de comunicación en Cannes. Too Old To Die Young (2019), es el cine conceptual del arte, más allá de los límites de la televisión. Nuevamente, Mr. Bezos, volvió a anotarse un tanto. Ya que un proyecto de estas características es difícil de acondicionar en las nuevas OTT,s. Empero, Cannes, no es ajeno a los estrenos de televisión. En 2017, el festival proyectó episodios de Twin Peaks: The Return (David Lynch) y Top of the Lake: China Girl (Jane Campion). Nicolas Winding Refn, es un creador al que no vamos a descubrir hoy. Eso es obvio. Pero sí que es verdad que aporta un estilo distintivo centrado en la vis más dramática y la inclinación por todas las cosas de neón al festival. Too Old to Die Young se redujo en un pase de los 2 primeros episodios, del total de la 10 partes que componen esta obra de culto para muchos y denostada para otros. Dos episodios donde se observan muchas de las líneas argumentales de este hiperfilm y por donde virará (eso puede creer uno), haciéndose una idea muy loca y disparatada. Al igual que The Neon Demon (2016), el escenario (como lo indica el título) es la taquicárdica capital del oeste. El hervidero de la ciudad de Los Ángeles —con un desvío directo— a los desiertos de Nuevo México. Pero no esperen mucho sol glorioso: Refn es una criatura nocturna, amante de los seres nocturnos y demás pelajes por donde la acción se desarrolla, en la gran mayoría de sus trabajos.

 

Además de recurrir, a su propio cuerpo de trabajo, con guiños claros a Pusher (1996) y Only God Forgives (2013), también hay ligeros toques a Tarantino y muchos elementos Lynchianos. En el corazón de la historia está Martin (Miles Teller), pedazo de actor, en todas sus vertientes. Un fenómeno de su generación. Aquí es un sheriff del condado de Los Ángeles que —a través de una organización clandestina— está a la luz de la luna como un Ronin que elimina la bancarrota moral de la sociedad. Teller se presenta como ese proteico Ryan Gosling de Drive (2011), el cual, tiene una relación con Janey (Nell Tiger Free), una adolescente de 17 años, con quien comenzó a salir cuando acababa de cumplir los 16. Su padre es un tipo (con mucho dinero) de lo más retorcido —que se come ácidos como si fueran pictolines— un personaje interpretado por un recuperado William Baldwin que borda el papel. En una actuación solapada por eternos silencios inquietantes y miradas a media distancia. Ofreciendo una marca de masculinidad (tipo duro, que suele escupir como un vaquero en las películas del maestro Ford) que hemos llegado a asociar con el trabajo de Refn. Es una historia —donde el cine negro/Neonoir puro— y el thriller van de la mano. Aunque, tampoco desvariaría mucho de la dinámica folletinesca de Ley & Orden. Algo que podría venir por parte de la vena artística del guionista; el escritor de cómics Ed Brubaker, curiosamente, los submundos de la trama del mundo de los narcos mexicanos tienen una vis muy cercana al cómic. Dejando a un lado, a Martin (Miles Teller), tenemos a Viggo (John Hawkes), un asesino que tiene los riñones destrozados y está al servicio de Diana (Jena Malone) la reina del mundo zen y el decálogo del misticismo.

 

 

Lo más parecido, a la Naomi Watts de David Lynch. Solo matan lo peor de lo peor; su misiva es proteger a los inocentes, y su convicción es tan firme que Martin al menos rechaza el pago por su trabajo. Lo más curioso es que sus empleadores son como una especie de banda que administra sus trapicheos y despachan la moral, de otros: Narcos mexicanos que trafican con personas. Aquí aparece una de las subtramas más importantes de toda la historia, la cual, no aconsejamos dejarse llevar por ella. A pesar de contar con unos personajes que enganchan al más pintado. Un mexicano criado en los Ángeles; Jesús (Augusto Aguilera). El tipo de hombre que venga a su madre Magdalena en el primer episodio y se lleva por delante al corrupto compañero de Martin. Jesús escapa a México para hacerse cargo del negocio familiar, donde se encontrara con unos personajes surrealistas. Desde el patriarca D. Ricardo, su supuesto tío/padre, interpretado por el actor, Emiliano Diez. Atado a una silla de ruedas, donde diariamente, le cambian la bolsa que sirve de estercolero a su estómago. La pitonisa/cuidadora del mandamás es Yaritza (Cristina Rodlo). Una fémina justiciera que va vengándose de todo aquel que subyuga o trafica con mujeres o son explotadas sexualmente. Las canciones populares y el mundo más esotérico se refieren a ella como “La suma Sacerdotisa”. Curioso el dueto el de Jesús convertido en un efebo de Versace y la dominamtrix Yaritza van creciendo, como nuevos capos, a medida que en el cartel los acontecimientos se desbordan. Cocaína a raudales, sangre y sexo en cualquier momento. No se pierdan un partido de fútbol entre policías sobornados de la villa mexicana de D. Emiliano y su ejército de narcos. Creo que el mismo Pelé hubiera opinado. Por otro lado, tenemos a Martin que va por libre y en una de sus vendettas dará con ellos. Nuestro querido amigo, Mr. Jones apunta hacía una catarsis, cohibida y delimitada. La venganza solo se puede administrar después de que haya ocurrido un crimen. ¡Ojo!, detrás del mismo, se cierne la amenaza de violencia sobre el nuevo espectáculo que el cineasta Refn nos depara, una especie, de velo sangriento palpitante.

El nihilismo de sus personajes principales puede sentirse algo violento e incoherente, especialmente, cuando entran en determinados monólogos sobre la lenta destrucción de la sociedad y la naturaleza. Redundando en el soliloquio de lo inherentemente humano dentro de su violencia interior. Empero, cuando las persecuciones de coches por el desierto de Nuevo México, se organizan con un vehículo eléctrico, donde una trifulca por el hecho de escuchar en la radio, un tema, en concreto, la interpretación completa de “Mandy” de Barry Manilow, es imposible tomarlo como ironía. Ya que el disparate psicodélico, adquiere dimensiones lisérgicas, en medio del desierto de Nevada. Obviamente, todo ese mundo que Refn crea es una mezcla surrealista de policías fascistas que tocan el ukelele, prestamistas de dinero de clanes Yakuza (con cameo incluido de Hideo Kojima) , bandas callejeras que pelean la cuestión racial y productores chiquilicuatres de porno, realmente, repugnantes. Observamos cómo Martin acecha la noche, matando a quienes han escapado de la ley en escenas muy violentas salpicadas de sangre. Cuando Martin descubre que ha sido enviado a matar a alguien que está atrasado en sus pagos a un prestamista, se vuelve contra sus empleadores y les exige que le den información sobre los peores objetivos, a quienes está feliz de sacar gratis. Esto lo lleva a Albuquerque en una misión para asesinar a dos hermanos que dirigen un brutal emporio —más propio de personajes fargonitas de los hermanos Coen— del porno. Too Old to Die Young es un feroz neonoir fantasmagórico lleno de desazón y que genera relativa preocupación por examinar una sociedad en decadencia moral. Este es el declive y la caída del imperio estadounidense de Refn y muestra, a su manera estilizada, que cuando la sociedad se derrumba, se necesita un vaquero armado para corregir los errores. Lo que el resto de la serie tiene para ofrecer, solo podemos esperar y ver, pero para este catador es más que suficiente para entusiasmarse. Los diez episodios pueden resultar demasiado desagradables y mezquinos para algunos de Uds. Algo muy comprensible.

 

 

El tratamiento de las mujeres puede ser cuestionable a veces, aunque la violencia y la crueldad, con el tiempo, influyen en todos sus personajes. El programa equilibra lo cuestionable con personajes de carácter fuerte y fascinante, donde las mujeres logran convertirse en el poder y balancear el péndulo de ese control, en el horario de apertura, que no mostró signos, como con la mencionada Yaritza. El espectáculo también puede ser lento y metódico, letárgico en su cansino movimiento de la cámara, como de sus personajes. A Refn le encantan las buenas tomas de seguimiento, llenándolas con tanta información visual, aunque sin una señal de la historia. Todo se hace sin prisa, dejando que los momentos respiren y jueguen a su tamaño absolutamente sostenible. Es casi impenetrable en un instante, e ilimitado y emocionante en el siguiente, casi aberrantemente amplio. Pero todos sienten la misma historia cohesiva, esta historia épica de dos hombres perdidos en un ciclo de violencia y enojo. La gran lucha sin contención, a través de los momentos menos cohesivos, y habrá momentos profundamente gratificantes, tal vez no de carácter, sino de liberación artística y catártica. El espectáculo es una inmersión larga en una idea oscura y cutre: que las cosas tienen que empeorar mucho antes de que puedan mejorar. Empeoran, potencialmente demasiado lejos para una audiencia más amplia. Pero la voz y el estilo brillan tan intensamente, marcando a Too Old To Die Young como algo diferente y potencialmente muy original de la televisión que está a punto de entrar en el 2020. Tiene los mismos defectos que virtudes. Aunque muchas de esas virtudes son realmente adictivas para cualquier enamorado de cine y del arte. Al igual que Twin Peaks: The Return de David Lynch, depende de qué tan lejos seguirás a un creador por su visión como artista, tocando su trabajo pasado y colocando el nihilismo en el núcleo de la madriguera de una chistera repleta de conejos. Mientras Cliff Martinez pone la música electrónica para conseguir el machacón trance, la entrada del espectador en un estado equidistante e idílico. Nota: 7,8

 

 

 

Mirzapur (2018) mafiosos hindúes

Mirzapur, es un lugar tan cercano a los arrabales de Nápoles que la historia, podría haberla escrito Roberto Saviano —que, está de enhorabuena— pues, se presenta en la Berlinale, su última creación, ya como guionista: “Piranhas” Adaptación de su último libro “la banda de los niños” (2017). Sin embargo, el húmedo clima y la tórrida temperatura del subcontinente indio marca, una peculiar barrera geografía con el apacible y canalla Mediterráneo. Y es que Mirzapur es uno de esos pequeños placeres que uno puede disfrutar en nuestros templos de la cocina Made in Euskadi. El acierto de los guionistas Karan Anshuman y Puneet Krishna ha sido contundente. Así, como la esmerada y efectiva dirección de Gurmmeet Singh, un tipo al que no hay perderle la matricula. Artesano de la cámara y expresionista de un lenguaje provocador y pictórico enamorado del maestro Satyajit Ray&Quentin Tarantino. La serie de 9 episodios fue adquirida por Amazon e incluida en su contenido audiovisual Prime. Son muchos los negocios del capo Bezos en el rico continente de la meditación y mercadeo de todo tipo. Y no es el primer producto que se pueda encontrar en él curioso catálogo de ficciones —de la plataforma— de la millonaria firma de Seattle. Hace unos días, ya se puede ver en su versión doblada para aquellos que sufran, con el lenguaje hindú y sus dialectos autóctonos. Otro ingrediente más, a este suculento plato, a degustar.

La serie sigue a dos hermanos que se cruzan con el hijo errático de un don de la mafia, en una historia llena de violencia de pandillas en una ciudad sin ley en el interior de la India. La retorcida serie está protagonizada por Pankaj Tripathi, Ali Fazal, Vikrant Massey, Divyendu Sharma, Kulbhushan Kharbanda, Shweta Tripathi, Shriya Pilgaonkar y Rasika Dugal. Nombres que a un servidor, sin grandes conocimientos del megacine indio actual, no ne suena mucho. A pesar, que no son los primeros actorues de origen hindú que están trabajando para la ficción británica y norteamericana. Repito, no todos, pues con la cantidad de peliculas y series que se ruedan en Bollywood, viven más que bien. Nos embarcamos en el viaje de estos dos hermanos atraídos por la idea de poder; sólo para ser consumido por el propia casta gangster dominante. Mirzapur es una representación amplificada del corazón y la juventud de la India. Es un mundo repleto de drogas, armas y anarquía, donde la estirpe, el poder, el ego y la soberbia se entrecruzan para dar a la violencia el salvoconducto hacía la única forma de vida respetable. El puño de hierro, lo obstenta, Akhandanand Tripathi, un exportador de alfombras millonario y el mafioso, a modo de “Don” de Mirzapur. Su hijo, Munna, un heredero indigno y hambriento de poder, no se detendrá ante nada para obtener el legado de su padre. Un incidente en una procesión de bodas lo obliga a cruzarse con Ramakant Pandit, un abogado destacado, y sus hijos, Guddu y Bablu. Esta bola de nieve se convierte en un juego de ambición, poder y codicia que amenaza todo el entramado de la ciudad sin ley. Con una acción conmovedora, violencia a escala operística, mafiosos con mentes afiladas y un turbio humor seco: Mirzapur es una historia del interior indostánico, tan cruda como la hiel.

Su escritura está cuidadosamente calibrada, ya que confía en la psicología de sus personajes sobre las elaboraciones de un gran argumento y subtramas. Como resultado, el magnífico Mirzapur, se conforma como, un drama legado de gángsters de la India media que podría presumir de las dos actuaciones más fascinantes de este último 2018. Estamos, ante un estudio sobre la construcción de mundos de larga duración. Además, de ser inteligente e intuitiva, no se aleja de los episodios de indulgencia sangrienta y audaz que han plagado este género de cine en la última década. Sin embargo, en contraste con las películas, el programa de nueve episodios tiene el tiempo y el ancho de banda para dar forma a sus caras vanguardistas, deslineando su núcleo narrativo y persuadir los momentos individuales de un conjunto talentoso. Reitero, estamos ante una gran película seriada. No es sorprendente que los puristas, especialmente aquellos que juran por su competidor, de Netflix, sean los que hayan rechazado este espectáculo como una estafa barata de Gangs of Wasseypur. Eso, en mi opinión, es quizás una señal del inusual, de lo bien hecha que esta Mirzapur y de su triunfo. Va la envidia va por todos los barrios del mundo. Un espectáculo que resalta descaradamente, “el relato” en la narración de cuentos y la “realización” en la dirección de películas. Eso no quiere decir que los otros en Mirzapur no importan. Con un conjunto que presenta a algunos de los actores más talentosos (y poco utilizados) del cine hindú, no es de extrañar que el papel de las presentaciones sobre las grietas incómodas en el equilibrio narrativo.

Otras muchas producciones —Made in India— podrían hacer bien en reconocer la importancia de un asesor lingüístico de los dialectos: los actores más jóvenes han trabajado visiblemente para captar la física sin ley. Empero, no solo de las palabras se devora la narración, sino también de las acciones entre ellos. Ali Fazal es una revelación como la fuerza física de los cerebros de Massey: su forma de andar encorvada como un culturista enérgico recuerda al Tom Hardy de The Warrior (2011). Al igual que lo hizo en Gurgaon, Pankaj Tripathi enmascara hábilmente el cansancio de un hombre adulto dividido entre el papel de un padrino asesino y un padre indio. Inicialmente, parece que contrata a los dos hermanos para provocar a su hijo para que supere el lujo de la herencia. Pero el rostro inexpresivo de Tripathi apenas deja ver que su personaje es mucho más sistemático; de hecho, ha contratado a dos personalidades ocurrentes para ayudar a su hijo a aprender —que debe evolucionar desde la fuerza física— como un auténtico psicópata, hasta el cerebro metodico de un villano. Reiterar el gran talento que existe en el cine hindú y algunos pequeños excesos, como la superboda y la profesión, a pesar, de su plástica y expresividad. Lo dicho, el equilibrio narrativo es una obviedad. Así, que sin más preámbulos, el espectáculo está servido. La nueva ficción televisiva, no tiene fronteras en un mundo globalizado donde el llanto, la risa, la vida y la muerte van cogidas de la mano desde Los Angeles, pasando por Londres, un café en Napolés y aterrizando en Mumbai. Nota: 8,3

 

 

True Detective 3 (2019) “Cuando el creador aburre”

 

En julio de 2015, Nic Pizzolatto, el escritor y creador del drama criminal, True Detective de HBO, le dijo a Vanity Fair que la única conexión entre la primera y la segunda temporada del programa sería: Nic Pizzolatto. “Yo, sí. Yo”. “Además de “detectives, intimidades e ideas… Pero sólo soy yo. Eso es lo que hace que sea el mismo programa”. La primera temporada de True Detective fue, como todos los programas de televisión, una colaboración entre cientos de personas, y en este caso, Cuatro en particular: Nic Pizzolatto, el director Cary Fukunaga y los actores Matthew McConaughey y Woody Harrelson. El resultado de este esfuerzo de grupo, un crimen negro embadurnado de un aura filosófica, que sacó de las madrigueras a todo tipo de tribus ante un hype sin parangón en la historia de la novela negra, adaptada a la TV de luxe del Siglo XXI. Critica de todos los pelajes aclamaron el producto Made in HBO. Nominaciones a los Emmys, Globos de Oro y más premios. En definitiva, el bote del Euromillón para un escritor novicio que sólo había escrito una novela del montón llamada Galveston (curiosamente, este pasado año se ha estrenado la película, que adapta la novela de Pizzolatto y me pregunté…¿Por qué demonios, no la dirigió su creador, ahora que le ha cogido tanto gusto a la cámara?) sirvió de germen para todo el boom que arrasó la ficción del planeta. Pizzolatto se creyó Dios y el inventor del cine negro; un nuevo Poe. Pero HBO, es como dicen los periodistas deportivos del Madrid o del Barcelona. Por encima de sus estrellas están los escudos. El negocio sigue y se necesitan nuevas temporadas. Pero el vanidoso de Pizzolatto comenzó a enfatizar su papel, evidentemente enorme, en el proyecto con la inseguridad camuflada y sustancial de una verdadera pieza de trabajo. Y creo una segunda temporada llena de vacíos, prisas e incongruencias. Todo lo que le hizo grande en la primera temporada. Crecer como un notable guionista o showrunner se fue al traste, por culpa de su maldito ego (el estado de ánimo, el humor, las consultas existenciales, los personajes singulares, los detalles genuinamente extraños) se convirtió en puro plomo, tostón, y desdén sin humor. En aquella desastrosa segunda parte que terminó por cortar de pleno la amistad entre guionista/director: Pizziolatto/Fukunaga. Pero de todas las antologías recientes y de alto perfil en las que la unidad de medida es la temporada más que el episodio, parece tener, en última instancia, el sentido más débil de su propia estética. ¿Qué era realmente True Detective? ¿Sabe su creador de que va esto? Aquella temporada sólo sirvió para darle rienda suelta al poder y el ego de escritor/guionista muy creativo sin control de sus obligaciones.

 

Todo un desorden subvertido y sin rumbo que prometía entregar una inquisición al estilo de Chinatown sobre la corrupción en las grandes ciudades, pero estaba contenta de revolcarse en la autocompasión masculina y en los clichés del tipo rudo. La configuración regional cambió de un planteamiento a lo Flannery O’Connor contra el encanto de H.P. Lovecraft en Louisiana de las calles medias Neonoir de Los Ángeles. Un entorno que se ha hecho y se ha vuelto a hacer. Los guiones con problemas de humor se duplicaron en un machismo desesperado incluso cuando trataban con el único personaje femenino prominente del elenco principal. Al final, la serie ejemplificó la caída libre cualitativa más extrema de la temporada. Lo más triste de aquel fracaso, fue como se vio disminuir de manera retroactiva la primera temporada, que, en retrospectiva, también se vio afectada por cierta vis de machismo, la mala conspiración y la autosuficiencia. En la gerencia de HBO, cortaron cabezas y todo el mundo tuvo un larguísimo tiempo para reflexionar. No obstante, True Detective se convirtió en una franquicia de primera línea. A pesar del descarrilamiento de la fallida 2T —que convirtió todo vínculo— con el producto en basura. Se dudaba de la viabilidad del proyecto. A punto estuvieron de cancelar el show. Hasta que Pizziolatto comprendió al canal de que lo que querían: era la frescura de la fascinante primera entrega. No se pusieron plazos, pero si refuerzos o cualquier tipo de sinergias. Caso de la colaboración en el guion del veterano David Milch (Deadwood). Bien, hace unas seis semanas que se estrenó el nuevo “True detective”2019 es ligeramente más pretencioso, manejable, ridículo y aburrido. La historia está ambientada en los Ozarks de Arkansas, durante los años 80, 90. Además, el pasado reciente, no responde a esa molesta y fundamental pregunta sobre la serie, a saber, qué es exactamente True Detective: ¿una colección de historias? Por ejemplo, el título de su primer episodio “La gran guerra y la memoria moderna” hace referencia al libro de Paul Fussell sobre la Primera Guerra Mundial y la poesía inspirada desde sus trincheras: es una medida de su pomposidad permanente. “¡Gas! ¡Gas! ¡Vamos, vamos muchachos. Rápido!”

 

 

Los detectives de la Policía Estatal de Arkansas Wayne Hays (Mahershala Ali) y Roland West (Stephen Dorff) se apresuraron a subir al escenario a darlo todo. Estamos delante de la típica pareja de policías fronterizos, tipos curtidos y a la vez, veteranos de Vietnam. Hays hizo dos misiones de servicio como un especialista de reconocimiento de largo alcance. Un explorador de élite, detrás de las líneas enemigas, un pionero solitario en la selva. Ahora rastrea a un jabalí, en sus días libres por diversión y caza con arco. Pero su intensidad innata no permite la diversión. “Él tiene su propia cosa”, como dice su compañero. Una tarde de 1980, en un rincón ligeramente deprimido de los Ozarks, un niño de doce años y su hermana de diez años se suben a sus bicicletas y se meten en un caso de personas desaparecidas. Después de decirle a su padre, Tom Purcell —un colosal Scott McNairy— que van a dar una vuelta y volverán antes de que se ponga el sol. Éste sigue reparando su automóvil y mientras suena la música de fondo, se le hace de noche. La madre, Lucy Purcell, de los niños vive es una mujer muy conflictiva —alcohólica prostituta— interpretada por Mamie Gummer (es la hija de la gran Meryl Streep, lleva el oficio en los genes). Junto con Ali, lo mejor de la entrega. Su desaparición coincide con el 7 de noviembre: “el día en que murió Steve McQueen”, se nos dice con nostalgia, como si fuéramos llamados a observar un momento de silencio por los ideales masculinos caducados. Una fiesta de búsqueda de voluntarios también es el sitio de la primera cita de Hays con Amelia Reardon (Carmen Ejogo, su futura esposa), la maestra de inglés del niño desaparecido. En un estentóreo eco del truco filosófico de la temporada 1 (“El tiempo es un círculo plano”), Hays explica un poema de Robert Penn Warren, y Amelia vuelve a galantear citando a Einstein: “La distinción entre pasado, presente y futuro es solo persistentemente obstinada”. Espejismo.” Pizzolatto estructura la nueva temporada en la imagen de este concepto. Antes de que sea 1980, es 1990: insistiendo en la evidencia, ha anudado el arco de búsqueda que ató el caso. Hays y West reabren la investigación. Lo que causa algunos momentos de fricción entre Hays y Amelia, ahora casada, con dos hijos. Amelia acaba de terminar “una novela de no ficción” sobre el crimen. Una mirada a la copia de una galera sugiere que el libro supera las cuatrocientas páginas, en un claro paralelismo y cuasi homenaje a la obra de culto de Capote. Empero la sencillez es antitética al movimiento del espectáculo.

 

 

Antes de que sea 1990, es 2015: Hays, un viudo de setenta años que lidia con el inicio de la demencia (Alzheimer); se mete en su sala de estar para encontrarse con una documentalista del programa Making a Murderer cuyo programa está examinando el caso. Sus preguntas lo inspiran a tomar otra grieta al romperlo; está luchando por reconstruir tanto el misterio como su mente. Su hijo lo lleva al escondite hermético de su ex pareja, que se ha convertido en otro anciano, tullido, por el affaire del tiroteo del chatarrero. Medio trastornado por su adicción al whisky y amante de los perros. West está muy triste de que Hays nunca se haya disculpado, pero “True detective 3” no nos ha mostrado el porqué de las supuestas disculpas. La tensión entre ellos es dilatada, pero se retiene la razón de su existencia. Los Hays de 2015 quieren revisar el caso, pero el público ni siquiera sabe lo que determinaron las visitas anteriores. Y parece que el anciano ha descubierto información crucial, cuando, finalmente, comienza a leer el primer libro de su difunta esposa. Han pasado 25 años desde su publicación. Sustituyendo la ofuscación por la intriga y la complicación por la complejidad. El espectáculo simula un movimiento narrativo al tirar de tu cadena. Y así nos encontramos con todos estos personajes —hipotéticos sospechosos— una cuadrilla de adolescentes malhumorados, un primo mayor con el comportamiento de un tipo espantoso, un hombre de mediana edad afroamericano tuerto, sin identificar. Luego, para seguir el latir de la actualidad más escabrosa, la maldita institución del catolicismo en general. Y el supuesto, MacGuffin, cabeza de turco: un chatarrero nativoamericano que explica que no pudo readaptarse a la vida civil después de su regreso de Vietnam. Hay una frase del personaje que resaltamos: “¿Alguna vez has estado en algún lugar al que no pudiste dejar y no pudiste quedarte? ¿Ambos al mismo tiempo? “(Otro de los diálogos que ha dejado su sello por el mal gusto y no voy a dar ningún spolier es;¡Tengo el alma de una puta!”).

 

 

Entre las evidencias recogidas se incluyen: un puñado de muñecas sin rostro, manojos de paja diminutos, vestidos de novia, que son portentosos a primera vista y cursis en muchas miradas posteriores, no muy diferentes de la serie en sí. Mientras observaba por el Smartv de 50´ seguí dándole vueltas a todo este pequeño juego de salón en mi cabeza, pensé: ¿Y si esta hubiera sido la segunda temporada del programa, en lugar de la tercera?  ¿Pensaría más o menos de eso? ¿Me gustaría menos si no es tan buena como la primera? ¿O lo pensaría más porque no me incliné a pensar en toda la serie como una especie de broma pretenciosa? ¿Ser mejor que la segunda temporada es realmente un uso preciso de la palabra “mejor”? ¿Ser “peor” que la primera temporada es tan malo? Luego me pregunté qué pensaría si no hubiera existido ninguna de las dos temporadas anteriores, y me di cuenta de que probablemente no estaría pensando en ello. El desempeño de Mahershala Ali es un ejemplo de lo que puede ser el show, pero la tercera temporada en su conjunto permanece como un recordatorio decepcionante de lo que fue. Algo, así, como la maldición de todos los estrenos auspiciosos. True Detective es un espectáculo que siempre estará condicionado por su glorioso pasado, medido contra los máximos de su primera temporada y los mínimos de su segunda. Está tan lleno de clichés que a veces aparece como una sátira: no puedes poner los ojos en blanco ante Ali. Evidentemente, es lo más notable de la temporada. Es posiblemente, el mejor actor afroamericano de su generación y uno de los mejores de la historia de Hollywood. A pesar del material delgado, su actuación aquí es siempre sincera y profundamente sentida. Lo que finalmente hunde esta temporada, o al menos tras los siete episodios vistos, es la monotonía de todo ello. Con la excepción de un par de secuencias de acción, casi todas las escenas tienen el mismo ritmo, cansino, lánguido y rompiendo la narrativa del lenguaje, por excelencia. A menudo, se centran, en dos o tres personas; que se reúnen solemnemente a sotto voce. Lo más fascinante, es ver a mi esposa, escritora—nada famosa— y adicta a las series de detectives. Ha escrito cinco libros y dos de sus novelas son Pulp/NeoNoir. Pues, sí. La gran fan de True Detective 2019 era todo deleite verla roncar en el sofá. Anécdotas, a un lado, evidentemente, desenredar la inteligente cronología: es la confrontación de un espectáculo de policías del medio Oeste. Sin garra, ni ganas y dirigido por un escritor de guiones de cine negro italoamericano que aburre. Nota: 6,7

 

 

 

De Dag (2018) El gofre poliédrico belga

 

Siguiendo con el nuevo itinerario de nuestra publicación; en busca de nuevas ficciones audiovisuales por todos los rincones del planeta. Hemos topado con una genialidad Made in Belgium. Ya sabemos de sobra que los belgas se caracterizan por su riquísimos Gofres y excelentes bombones. Lo curioso de la nueva hornada de realizadores —de este divido país— es que la gran mayoría de las producciones se llevan a cabo en territorio flamenco. También, hemos visto cosas muy interesantes, en la parte Valona, caso del thriller: “La Trêve” (2015) en Sundance TV y Movistar. Pero lo de estos tipos está calando muy hondo. En EE.UU, no paran de halagar el nuevo producto de los creadores de De Dag “The day 1” (2018). Cuando los productores de la serie; Jonas Geirnaert y Julie Mahieu y el productor ejecutivo de Telenet John Porter: afirmaron que “De dag”(2018) es la mejor ficción criminal de este año. No se estaban marcando un lobo.

 

 

Una vez visionados los primeros 6 episodios; sigo todavía en un estado de shock. Evidentemente, si vieron otras dos joyas de estos creadores como fueron “Beau Séjour” (2016), producida por Netflix —mediante el convenio de coproducciones con los países, donde exhibe su material— y “Tabula Rasa” (2017), distribuida por el gigante del streaming de Scotts Valley. El thriller belga está rompiendo muchos esquemas desde que David Fincher abrumara al mundo con su film de culto; Seven (1995). Qué es lo que hace de De Dag (2018) un producto pluscuamperfecto: su frescura, la ejecución en la dirección, con planos realmente originales y que dentro del lenguaje narrativo nos hacen cómplice de toda la historia, que gira, tuerce, vuelve al inicio, le da tiempo a fumarse un pitillo y tocar una subtrama que aparentemente es prescindible. Ahí reside la inteligencia de este producto, en hacer de lo insubstancial, algo erudito.

 

 

A partir de un atraco a una sucursal bancaria de un pueblo flamenco residencial. Comienza un tira y afloja entre los atracadores y las unidades de policía que se acostan en los alrededores. Comienza una historia, entre los aromas de Lumet y la histeria del gran carnaval de Wilder. Una situación asfixiante y a la vez inquietante, donde los puntos de inflexión y observación son imprescindibles. A medida que transcurren los episodios la piezas del puzzle comienzan a tener sentido. No por ello, habrá, golpes y nuevos giros de guion que dejarán al espectador fuera de cobertura. A destacar, el elenco de actores, muchos de ellos, casi familares de los espectadores de las series salteadas de Beluga. Caso de Bob Snijers, Jeroen Perceval, Lynn Van Royen, Lukas de Wolf, Sofie Decleir, o Willy Thomas. Lo dicho, si parpadean o se van al WC, están perdidos. Pongan la tecla en pausa y vuelvan a darle al play. Nota: 8,2

 

McMafia (2018) “El crimen entre Cupertino y el aroma a Dior”

Todos los años, la prestigiosa y bendita, BBC (que suerte tienen los británicos) se reserva una gran estreno anual para competir de tú a tú con las grandes plataformas del streaming. Este año, no iba a ser menos y han vuelto a la carga, con muchos de los ingredientes y sabores, vistos a lo largo de producciones de esta última década. A partir la novela/bestseller McMafia “Un viaje por el inframundo criminal global” (2008) escrito por el periodista británico Misha Glenny; se desarrolla un magnífico drama con todos los alicientes y giros propios de la dramaturgia de la tragedia Skakespeariana. En esta ocasión, la trama se ubica en la cosmopolita y sobrada capital de UK (Londres). Una elección muy interesante, pues aquellos que hayan tenido contacto con el libro, sabrán que es el enclave intrínseco, de la novela, en gran medida por la conocida reputación de la capital británica. Ejemplos son sus encomiables ventajas fiscales para todo tipo de individuos que traigan una cartera repleta de euros, dólares o cualquier moneda de curso legal a la adorada City financiera. El efecto imán del nuevo Londres (ejemplificado en los JJ.OO de 2012) con una exhibición de riqueza y poderío, básicamente, es la muestra del gran pastel del mercado inmobiliario de lujo. En donde millonarios de medio mundo, tienen fijada residencia y parte de su patrimonio. No obstante, si a uno le dijeran que toda esta obra es del maestro John Le Carre, podríamos hasta creérnoslo —caso de la reputada— The Night Manager con un fantástico Tom Hiddleston y un guion muy bien cosido entre el thriller y el suspense. Incluso ha habido sugerencias de que la estrella principal James Norton podría convertirse en el próximo James Bond. Maneras y estilo, las muestra y de físico va sobrado.  El trabajo de McMafia se ha realizado, a modo, coproducción entre BBC One y el canal estadounidense AMC.

También, colabora Amazon como distribuidor directo en su plataforma de abonados Vips. El espectáculo tiene lugar en varios lugares que se mueven desde Londres a Rusia (Centroeuropa de por medio y toda la franja caliente que va de Israel hasta la India por el sur). McMafia es un título que desde el principio produjo odios, pasiones, risas y desconcierto. Sin embargo, el prestigio de Misha Glenny, es más que evidente. Llevando a cabo una ingente recopilación de información del mundo criminal, en torno, a las grandes familias de cuello blanco y lencerías de Chanel. Para construir el guion Hossein Amini fue quien se encargó de adaptarlo y como director de los episodios, a James Watkins (el mismo, trabajó, en el desarrollo de ese guion, en los tres primeros episodios) joven director con experiencia en las producciones de acción dirigió hace poco “Asalto en Paris”(2016) con Idris Elba de protagonista. No obstante, todo el mundo, que sea fan de todos estos entramados saben de sobra, que el crimen organizado representa aproximadamente el 15% del PIB que genera el mundo: algo más que simple calderilla. Hagan números y se darán cuenta de la riqueza, que representa este negocio. Empero, hay algo en toda esta lectura, por parte de Amini —esencialmente— en la exposición de un modo exclusivo, a la globalización. Tiene claro, que la globalización es mala y en ella, viven los más malos. No entraré en este debate, pues, daría para mucha tinta sobre blanco. La globalización es la utopía del capitalismo, según Amini, ya que fomenta el florecimiento de empresas delictivas, por ende, multinacionales —las cuales— realmente no necesitan ayuda para trasladar sus actividades al infierno social.

Desde esconder sus activos en paraísos fiscales y mantener la corrupción que le es propicia y beneficia. Proponiendo una historia que tiene lugar en casi todos los continentes, Asia, Europa, África y América. Un mundo cruel y corrupto, con mayor fortuna dependiendo del paralelo. Los matones son siempre los mismos, tienen formas más o menos similares, más allá de sus diferencias culturales: una cortesía de la fachada que oculta una violencia sin escrúpulos. Las sumas de dinero y las apuestas de poder son tales que la brutalidad es un recurso natural de estos depredadores. Y ahí en esa jungla, nuestro protagonista tiene mucho que decir. Alex Godman (War & Peace y Happy Valley), nacido en Gran Bretaña, es el único hijo varón, de un jefe de la mafia rusa exiliado, que interpreta Aleksey Serebryakov (The Method y Leviathan). El padre de Alex, es Dimitri Godman, uno de los mayores capos de la mafia rusa, el cual, fue expulsado junto a su clan, del negocio en Moscú, por su acérrimo rival y enemigo personal Vadim Kalyagin. Un papel que desarrolla el actor georgiano Merab Ninidze (The Americans, Deustchland 83 y el puente de los espías). Un odio que sigue inamovible y envenenado. Dimitri, vive como un rey Lear (en su exilio londinense), eso sí, con una cartera de dinero y oro muy grande. No tanto como todo, el que tuvo en su reinado. Su vástago, Alex, ha tratado de escapar de los lazos familiares entrando en los negocios como administrador de fondos de mercados emergentes sin usar ninguna de sus conexiones o dinero Godman.

 

Curiosamente, este clan familiar son de origen judío. Ya que el mismo tiene un empresa que gestiona acciones y patrimonios. En el fondo, un pequeño banco —que desafortunadamente— está siendo presa de la rumorología despectiva y comentarios espurios. Sobre la metodología que impone en la gestiones de los capitales. Se ha generado una alarma social, entre la gente guapa de la City, y los fondos extranjeros, que ponen su dinero en sus manos. Se ha orquestado una estrategia de deserción y salida de capitales salvaje. Todo para hacer daño, a él y su entorno familiar. Otro de los grandes atractivos de la serie, la madre y esposa de Dimitri; Osaka Godman. Una espléndida Maria Shukshina (American Daughter, Burnt by the Sun 2: Exodus y Dear Masha Berezina) y después, quedaría en un segundo plano, la hermana, un personaje que va de menos a más: la despreocupada hermana del clan, Katia Godman: una magnífica Faye Marsay, conocida, por su intervención, en la aclamada GOT y ahora mismo en cartelera con “El instante más oscuro 2017”. AG ha nacido para ser un príncipe, que muy pronto será rey. No en vano ha sido educado en las mejores universidades de Inglaterra y USA. Hay quienes dicen que Alex Godman nació con una “cuchara de plata en la boca y un pijama de bebé de Hermes”. Entre su familia exiliada, los matones alejados del hervidero ormetá. Reyes desterrados, viviendo en mansiones de emperadores (con un gusto, algo más cuestionable, por el exceso kitsch y las pasiones carnales).

Él, ha estado tratando desesperadamente de abandonar el pasado sombrío de su familia y los vínculos de la mafia detrás de él, pegándose a la vera de su novia Rebecca Harper, interpretada por la actriz Juliet Rylance (The Knick&Frances Ha). Desde el principio la serie muestra una tendencia a crear el contexto del inmortal The Godfather, en el exilio del caviar y el aroma a Dior. Empero, algo se conjura en la mente de nuestro protagonista; ese esbozo de la figura del chico universitario que quiere ser el rey de la famila. Un nuevo Michael Corleone, en el S.XXI, impregnado, —de una vis muy británica— como es la licencia para matar 007, desde un portátil Mc book Air. Sintiendo la obligación de tomar una decisión firme; entre el negocio familiar o el clan mafioso Godman. La seductora y cómoda vida del yupi banquero en la City de Londres. Al lado de su novia, pasando los fines de semana en el Caribe o Cerdeña. Relajado y tranquilo. Luego, eso de un banquero, que no quiere ser un gángster y de repente, se da cuenta que ya lo es. Es difícil de aceptar, pero Alex Godman tiene empaque y arrojo, para ser el candidato. A pesar, de esos trajes impecables a medida de Armani, Dior y Versace. Obviamente, hay un antes y un después en la psique de Alex Godman (James Norton).

El asesinato delante de sus narices, de su tío Boris, causa genera una mella con una mácula imborrable. Entra en un proceso de catarsis personal y familiar. Casualmente, antes de fallecer su tío, Boris Godman/David Dencik (“El topo”, “Homesman” “The Royal Affair”) le presenta a un singular empresario israelí, Semiyon Kleiman, un David Strathairn (Good Night&G.Luck, Lincoln, Billions) que borda su personaje —no recuerdo una mala interpretación de este pedazo de actor—, que está tratando de invertir en países de todo el mundo, en la República Checa, donde reinan los rusos, y cabecillas checos que controlan el negocio de las imitaciones de ropa y el tráfico de drogas en la bella Praga. Uno de los implicados, que tendrá un papel, relevante es Karel Benes (magnífico actor checo, Karel Roden, un todoterreno de las producciones de acción “Bourne supremacy, Rock&Rolla o Missing TV”). Pero, nos queda el océano Índico y ese gigante que emerge, con la fuerza de un volcán, llamado, India. Allí, dónde, la vieja Bombay, ahora Mumbay, es clave en la entrada de todo tipo de materias primas; trata de blancas, esclavos humanos y drogas a través de un vasto territorio. Allende, se evidencia la enorme brecha de una nueva clase rica, y la mayor de las pobrezas mundiales, escenificados en los conocidos Slumdog y el trepa intermediario —que quiere ser dueño del pastel del conducto mafioso— de un mediador en la agorofóbica Mumbai; Dilly Mahmoos.

Una de la grandes estrellas del cine Made in Bollywood, Nawazuddin Siddiqui. De portentoso carisma, que se hace de querer a la cámara, a primera vista. Es muy famoso por el film “Gangs of Wasseypur”. Por último, tendríamos al representante del cartel mexicano, Antonio Méndez, interpretado por un sorprendente actor brasileño (Caio Blat). Un tipo zaíno e imprevisible tras una máscara de latin lover encantador. McMafia, La serie rebusca y quiere trazar un bypass coronario en el corazón de este sistema transgénico, tomando como punto de partida, la actividad bancaria de Alex Godman, gracias a su gran trabajo y la garantía de un gran hombre de éxito en los negocios. Es este aspecto global, en donde los escritores quisieron presentar, a lo largo de esta historia, que tiene lugar en un escenario diferente: Tel-Aviv, Moscú, Praga, El Cairo o la Riviera francesa. En este maremágnum global, hay peces de todos los tamaños y colores. La cadena alimenticia suele estar muy cerca de la que existe en su estado primitivo. El tablero de ajedrez se convierte en una máquina tragaperras; pues esto es un juego llamado, sobrevivir. Todos los implicados tienen sus propias estratagemas, y evidentemente, todos han desarrollado destrezas para cualquier contingencia, de enfrentamiento caprichoso, dentro de un ecosistema brutal y despiadado. Los Gangsters son una especie más, de entre las otras, más peregrinas o indiferentes. Los motivos —que les atañen— no son tan distintos ni originales: Quieren riqueza y poder. Menos pistolas en público y mayor hackeo en la red.

No por ello, hay una tendencia al abandono del clásico trasfondo alimenticio (drogas, armas y prostitución), las actividades son mucho más variadas y se refieren a sectores más tradicionales. La diferencia es que uno excluye someterse a la legalidad porque va acompañado de menores ganancias e impone un control externo que los matones no pretenden sufrir. Por lo demás, las transacciones financieras se desmaterializan y llevan a cabo. Tal vez el tiempo de duques y reyes de los carteles, versus Pablo Escobar o Chapo Guzmán quedan en un espacio neutro y alejado. A pesar de que la praxis sigue siendo la misma y los métodos de adquisición, de las mercancías, igual de hostiles. La idea no es dejar la elección a aquel a quien le dará su dinero. El ambiente es el de la comunidad empresarial y no los barrios en ruinas de Palermo o Nápoles, como se observa, en esa obra maestra de la TV, que es Gomorra y tan genialmente, narra el señalado Roberto Saviano. McMafia implica la dictadura de los juguetes tecnológicos de Cupertino. Enormes discos duros, millones de bits en la nube virtual y criminal. De las nuevas mafias del S.XXI: las multinacionales de negocio inmobiliario y de ocio. Una diversificación, con las mismas herramientas de ese sistema que nos mueve, a todas las sociedades: el capitalismo puro y duro.

Aquí la miseria se mantiene a distancia, como si una de las prioridades de estos nuevos padrinos hubiera sido poner entre ellos y sus actividades la mayor cantidad posible de muros herméticos. No pueden ser alcanzados, nunca se enfrentan directamente con las consecuencias de sus actividades corruptoras y destructivas. Esto no facilita la compra de una buena conciencia, pero al menos tienen la satisfacción de nunca ensuciarse las manos. El conflicto psicológico es el que encierra Alex Godman que quiere ser un banquero, no un mafioso, siendo el heredero de una práctica mafiosa que pagó sus estudios en Harvard y le permitió el acceso a una posición de privilegiado intocable. El desafío es saber si puede escapar de lo que parece ser un destino para él. Y la gran pregunta; ¿Merece tanto la pena ese dinero y poder? Posiblemente, sí porque la familia es sagrada, su padre Dimitri, lo sabe bien y su contrincante el nuevo rey del Kremlin, Vadim Kalyagin, también. La familia, no me la toques —que no le falte el Dior y el Macbook Air— ,y ya nos vemos, cara a cara. La mirada de los ojos de tu enemigo enmascara una tragedia griega. No lo duden. Nota: 7,9

 

Los mejores films de 2017

  1. “Three Billboard Outside” Ebbing, Missouri

 

  1. You Were Never Really Here

 

3.Wind River

 

 

 

4. Z. La ciudad perdida

5. Dunkerque

6.The Florida Project

 

 

7.Good Times

8. Logan Lucky

 

 

9.The Nile Hilton Incident

 

 

10.The Disaster Artist

Quarry (2016) “Supervivencia pragmática del pulp”

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El canal pequeño o el hermano menor del cable de la todopoderosa HBO: es Cinemax. Algunos puristas lo consideran el canal satélite y uno de los más atrevidos de la competencia de las empresas de entretenimiento tecnológico. No es la primera ocasión que este canal vuelve a las andadas con sus devaneos de atípicos antihéroes solitarios y adictivos diseñados —ex profeso— para una fidelizada platea. Su última ficción; Quarry se deja querer por los conflictos externos e internos del mundo más Pulp. Tal como ocurría en The Knick con el Dr. John Thackeray o en la divertida, y, taquicárdica Banshee con el atribulado sheriff/ladrón, Lucas Hood. Apenas hace unos meses volvió su nueva apuesta por el terror Outcast —del rey de los zombis R. Kirkman— y de nuevo, con un protagonista angustiado y obcecado; Kyle Barnes. Todos ellos pulidos por el mismo perfil: preparados para realizar grandes hazañas por su propia fuerza y orgullo. Eso sí, pagando un alto precio por el ejercicio de esas acciones. Quarry se basa en la serie de novelas criminales —con el mejor sazonado— de la esencia pulp: violencia, sexo y acción de una gran obra, del siempre prolífico, Max Allan Collins. MAC es uno de los mejores escritores de novela negra del mundo (ha publicado más de un centenar de textos, muchos de ellos bestsellers) les sonará a todos aquellos, que vieron Camino a la perdición —obra de culto— llevada a la gran pantalla por Sam Mendes.  Quarry ha sido reescrita por los guionistas Michael D. Fuller y Graham Gordy (forjados en la fragua de la trascendental Rectify) junto con el propio, Max Allan Collins en la producción ejecutiva. Quarry se presenta en su primera temporada con ocho episodios rodados, íntegramente, en New Orleans y Tennessee, que de algún modo, se han convertido en platós de rodaje que simulan de la ciudad de Memphis. La historia nos traslada a la década de los 70, concretamente, al año 1972.

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A partir de ese instante, observamos en pantalla a su protagonista; Mac Conway interpretado por el actor (Logan Marshall-Green Prometeus) un excepcional intérprete de reparto con unos rasgos similares a los del británico Tom Hardy. MC acaba de llegar de su segundo reenganche, en la guerra de Vietnam, junto a su compañero Arthur (Jamie Hector) el inconfundible: Marlo de The Wire. Implicados, aunque fuera accidentalmente o hipotéticamente, en la matanza de My Lai. Su recepción en el aeropuerto es digna de la puerta de Ferraz 70. No les queda más remedio que cambiarse la ropa militar por otra de civiles y salir destrangis por una puerta colateral, La vida en Memphis es muy diferente, desde la última vez que estuvieron con sus familias. Ahora se sienten solos y desprotegidos por el sistema. Además, el maldito estrés postraumático hace mella. El tío Sam se esfuma y deja a toda una generación de valerosos infantes de marina con la mácula de asesinos de bebés. Iniciar su vida como un ciudadano normal y corriente va a ser muy complicado, pues, el ámbito laboral esgrime un contexto —de crisis cercana al fiasco— debido a la escasez de petróleo en 1973. Pero si tienes contactos; es fácil trabajar. Claro que quienes tienen que intermediar por ti: no saben, no quieren y no contestan. Es muy duro de llevar. Mac está inquieto y sus pensamientos son remordimientos con constantes flashbacks a la jungla vietnamita. Su convivencia con su esposa Joni (Jodi Balfour Bom Girls) se va complicando, a medida, que los días van pasando. Ella mantiene una muy buena amistad con Ruth, la esposa de Arthur, (Nikki Amuka-Bird Luther).

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Un día Mac se da cuenta que alguien le está observando y tras una conversación con Arthur; le dice a Mac que un tipo obscuro y bizarro; the broker (Peter Mullan Trainspotting Top Lake y Olive Kitterige), el cual, le ha ofrecido un trabajo de sicario para él. Mac no está por la labor y, sólo ayudaría como buen amigo que lo es. Arthur parece asentir y estar convencido que este primer trabajo puede ser el principio de algo bueno. Desgraciadamente, el affaire, es un desastre. Arthur muere en el enfrentamiento, a tiro limpio, con los señalados y Mac tiene que afrontar la deuda del trabajo; 30.000 dólares. Ahí nace Quarry, el asesino a sueldo —esclavizado— del personaje The Broker. Mac se siente alicaído, nervioso y ausente. Sólo sabe que se va a convertir en máquina de matar, beber y fumar. Quarry tiene mucho de Mad Men, cuando vemos al protagonista hacer largos sin parar en la piscina de su casa. La comunión con la plástica del crol y la música de fondo; aflora las raíces de Memphis, Soul y Blues, música que se teje a lo largo, de la aguja del tocadiscos. Y es que Quarry tiene una gran cantidad de escenas de grupos en directo. Garitos de la peor calaña. Desde afthers grasientos a puticlubs de strippers. La BSO de la serie es un flujo constante de carácter diegético; que hace de cada episodio sentirte cómplice con algunos momentos del gozo de su protagonista. Mientras la televisión esputa el discurso del candidato a presidente McGovern: “El mundo siente no sólo vivió en pero también resistente, que sobrevivió a los cambios de la última década y se dirige hacia el nuevo con optimismo cauteloso.” De repente, se solapa el canal de noticias para informar del desenlace de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Los silencios y las miradas entre lo ausente y la curiosidad que mostraba Aden Young en Rectify vuelven a verse en Marshall-Green.

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La evolución de Mac en esa eterna dualidad de Mr Jekyll&Mr Hyde. Está a punto de triturar todo ese optimismo utópico juvenal de McGovern. Cuando es Quarry, en ese preciso, ejercicio de exploración de la transformación de lo personal. Ambivalentes sentimientos acerca del mundo en el que está y convive en la sempiterna herida —que se guardado— en su mente, de la guerra. Un viaje homéricamente familiar donde Quarry intenta envolver, entre destellos simbólicos, el submundo de los sueños donde Mac y el karma del agua están vigilantes en la piscina del placer y su juventud. Es misma, cómoda, piscina es el espanto —del río repleto de montones— de personas suspendidas bajo el agua y una máscara vietnamita flotante. La paciencia del suave y hermoso ritmo de Rectify es una parte vital de la narración. Empero el compromiso con esa cadencia de migración —de un hombre a sueldo— matando hace que, toda esa convivencia, sea brutalmente inquieta. ¿Dónde estoy? ¿Qué quiero? Sólo se matar… Soy un Sr. Lobo muy violento y silencioso. No obstante, el propio protagonista, de Quarry tiene un grandísimo potencial para actuar bajo ese rictus. Aunque, una de las grandes bazas ganadoras, de la serie, es el inmenso plantel de actores de reparto; que le da ese fuste pulp desenfrenado. Entre lo más kitsch, divertido y surrealista, a ojos del espectador, dejando grandes registros interpretativos. Uno de los más destacados es el enlace operativo entre el bróker (Mullan) y Mac Quarry, desarrollado por el fantástico actor australiano, Damon Herriman, en el papel de Buddy, un personaje impagable, con todo aquel encanto ladino, donde dio a conocer en Justified de FX.

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Aquí es un secuaz gay, enmadrado, adicto a los opiáceos y el karaoke personal a la espera de lo que mande el jefe Broker. Hay una secuencia que ya es un hit parade e incluso convertida en viral por la red. Cuando DH comienza a cantar y bailar, en español, el tema “Whithout you” de Harry Nilsson. Un momentazo, por no decir, el puntazo del éxtasis bufón. Luego, en el segundo capítulo hay otro, tumbado, en la mesa de cocina, de su madre Naomi (Ann Dowd, The Leftovers y Olive Kitterige) cosiéndole un balazo en el muslo femoral. A modo de costurera, de toda la vida, contando chistes de su padre —como un bordado lagarterano— cuando termina la sutura le sugiere; si quiere una salchicha bien asada. Desternillante. Peter Mullan sigue en su línea ya desarrollada en la magnífica Top Lake, como capo superior, proyectando una menor ferocidad y manifestado mayores dosis de cinismo, más cercano a los personajes de Elmore Leonard. En todo momento, proyecta un aura de absoluto control, en todos los movimientos, del equipo y la satisfacción del trabajo bien hecho. A toda esa banda hay que añadir dos adeptos muy valiosos para el pérfido Broker; Karl (Edoardo Ballerini Boardwalk Empire) y Moses (Mustafa Shakir The Night of). Quarry tiene una fotografía exquisita del mexicano, Pepe Ávila del Pino y la dirección de un viejo conocido de la casa, como es el veterano de Banshee; Greg Yaitanes.Cada plano es una estampa, casi un lienzo postmoderno del delta del Mississippi. Luego estamos ante un producto muy bien manufacturado (más cercano a Sundance TV) y brillante ejecución. De un tono más sombrío que la fargonita/camp de la pareja de buscavidas; Hap&Leonard. Cinemax con esta producción híbrida, incorpora ciertas dosis de crítica social, en unos diálogos contenidos, pero llenos de cianuro.

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Sugiriendo la dramatización de la acción de un contexto tan desgarrador como fue el inicio de la década de los 70. El mismo Yainates reivindica: “que los años setenta fueron un tiempo donde muchas personas se parecían a las propias circunstancias más sórdidas.” Puede que haya ese paralelismo de la crisis del 73 Vietnam, Nixon, el caos de la OPEP con la última recesión de los bonos basura, las hipotecas subprime, el rescate de la banca norteamericana de 2007/8 o la aparición de un revival de frikismo político, del diabólico títere Trump. Siempre se ha observado la constante evolución de lo artístico en tiempos duros y la irrupción de grandes obras maestras; en manos de cineastas puros; R. Altman, F. Ford Coppola, Sam Peckinpah, Paul Schrader o M. Scorsese y etc. De algún modo los 70 trajeron a tipos como los citados en EE.UU. Un buen puñado de grandes trabajos y la mayor coherencia del auténtico cine moderno de la historia contemporánea. Junto a todo ese acervo de cine más preciosista también están esos personajes que viven el filo de la navaja. Arriesgando lo único que les queda; la duda de su identidad. Mac Conway lee a John Mc Donnald, mientras ve la huida, El confidente y el expreso de Corea o Nieve que quema. Se siente como un quinceañero recién salido de una tienda de discos, al recuperar, el mítico Otis blue.  En el fondo, no está tan lejos de un tipo llamado Don Draper que —entre medias de rayón y lencería de la perla— leía “Meditaciones de emergencia” de Frank O´Hara. La diferencia no está la función ejecutiva; ventas o sicarios. Quarry y Draper son depredadores de la supervivencia pragmática al servicio del espectador. Es decir, el disfrute de la nueva  narración este nuevo héroe en Cinemax. Nota: 8,2

Hap & Leonard (2016) “Pure enjoyment”

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No es la primera vez que advertimos sobre un panorama, algo saturado, en esto de la ficción televisiva. Pero no se alarmen y veámoslo como un pequeño toque de atención. Sé que muchos de Uds. se hacen la misma elucubración ¿Está agotándose la ficción Made in USA?—les contesto: No. Si volviéramos a otras viejas críticas, no sería extraño comprobar que el arranque del artículo es el mismo; pero es que han pasado demasiados años y la parroquia—en estos tiempos de vigilia postrera—no es la misma. Los espectadores cambian como los semáforos de las ciudades y uno, por alusiones—servidor—, anda algo mayor. Una generación que creció con SWAT, Cannon, Mike Hammer o Canción triste de Hill Street y el adictivo Falcon Crest, hasta aterrizar en la amadísima y mater familias de la nueva edad de oro de la TV; la mítica Twin Peaks y los pelotazos de HBO, The Sopranos, The Wire o A Six Feet Under. Luego, el caudal de búsqueda de nuevos paramos fértiles, vía streaming y la irrupción de nuevas productoras, sigue en la senda de la explotación, para  un mercado aparentemente inaudito y plausible. Un negocio donde el ingenio cuanto más sutil; mejor ejercicio. Bueno, y ¿dónde quiero ir a parar con toda esta valoración de los nuevos parámetros televisivos? Muy fácil, a un lugar donde los campos abonen semillas fructíferas y verdaderas. Por ejemplo, hará unos cinco años —aproximadamente— el canal del guaperas actor de los 70 y nuevo mecenas del buen talento; Robert Redford. Desde su factoría/laboratorio del mejor cine independiente norteamericano y la nueva productora de ficción televisiva Sundance TV está haciendo proyectos realmente adictivos. Algo que comenzó con aquella miniserie australiana dirigida por la no menos prestigiosa, Jane Campion en Top Lake un drama que escondía un thriller de abusos y pequeños ajustes de cuentas políticos, en un lugar recóndito, muy bien hecho. Después nos llegó la magnífica Rectify (a la espera de la 5 temporada, ya estuvimos hablando de ella) con un aura emocional y vibrante denuncia sobre la pena de muerte: exquisita. Manteniendo algunos de esos réditos y formas plásticas de la concepción audiovisual nos encontramos con el film Cold in July (2014). Obra que se ganó el favor de la crítica y fue dirigido por el mismo creador de nuestra nueva serie a comentar; Jim Mickle. Al lado de su inseparable guionista Nick Damici, siguen con la labor de continuar adaptando las novelas del genial escritor Neonoir gótico y slatterpunk; Joe R. Lansdale.

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Y ahí es donde Sundance TV nos trae Hap and Leonard. Una historia de un par de personajes muy en la línea de los protagonistas de la mencionada CIJ. Partiendo de la colección de novelas del mismo nombre H&L de este singular y divertido escritor: JRL. Los creadores del show Mickle y Damici nos adaptan a estos antihéroes de la Texas de finales de los 80/principios de los 90. Una extraña pareja: Hap Collins, blanco anglosajón, objetor de conciencia al servicio militar, que termina preso (James Purefoy Roma 1997) y Leonard Pine (Michael Kenneth Williams The Wire 2002), veterano afroamericano miembro del cuerpo de marines en Vietnam y abiertamente homosexual. Hay que reconocer que mucha gente no hubiera dado un duro por este dúo de actores. Pero la verdad es que nos encontramos con una pareja muy bien avenida de fina química. Sus vidas están condicionadas por los empleos de poca monta para salir del paso —dando tumbos— por la profunda Texas de finales de los 80 Reeganniana y a un paso de la nueva era de Bush padre. De repente, aparece una hermosa y fantástica, Trudy (Christina Hendricks Mad Men), la ex esposa de Hap con un asunto muy atractivo y con su toque puramente del viejo cine negro. Propuesta de mujer fatal…, cariño sé de un lugar donde hay un potosí. Claro que para llegar a ese Dorado hay que bucear muy hondo, en un río cerca de los cayos, donde los caimanes pasean hambrientos y las aguas son turbiamente profundas: hay que abrir el maletero de un viejo coche, donde reposan los codiciados dólares. Hap&Leonard es un espectáculo muy bien hecho con ecos al disparatado y brillante Hardboiled Banshee de Cinemax, que empuja al género con un ritmos muy sui generis, propios del sello Sundance. La aventura se acompaña de Howard (Bill Sage) —el nuevo esposo de Trudy— en el papel del hippie obsesionado, con salvemos el dinero en paraísos fiscales. Chub (Jeff Pope) un tipo gordo y grandullón heredero de la tipología más Made in Fargo de la factoría Coen Brothers y el ex activista y mercenario revolucionario de rostro desfigurado; Paco (Neil Sandilands) más cercano a un film del difunto Craven. Reunidos en una vieja hacienda semi-abandonada planean la estrategia de recuperación del dinero. No obstante, a todo el variopinto grupo de cazadores de tesoros —que piensan que el dinero se ha quedado atascado en el fango— pero reposa en el maletero de un viejo Ford en lo más hondo del río.

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Todo ello guiado por el gurú del grupo Howard, un tipo que se refleja el progreso de la contracultura del individuo blanco, en su transformación de viejo hippie a yuppie. (El gran Lebowski era un tipo muy perseverante en la cómoda propuesta). Luego, él y toda su cascabelera cuadrilla  hippie trasnochada,  quiere tomar el dinero y establecer una paz verde del tipo sin animosidad de lucro para cambiar el mundo,  Habría que añadir a toda esta tropa, un traficante de droga local (Jimmi Simpson) aquel hacker de la exquisita House en Cards T3 y exuberante novia punkie sanguinaria la escocesa (Pollyanna McIntosh The Woman y The Filth) personajes que introducen el elemento del caos a la historia; ya que son los dueños del terror que inunda la ciudad con sus execrables asesinatos. Sin embargo el mayor efectivo del producto y posiblemente el empuje más seductor del mismo siguen siendo la pareja H&L en sí muy significativos. Partiendo de la prosa original, de Lansdlale son los prototipos, de hombres dignos de un estudio—cuasi— antropológico. Todo ello contrastando los entornos, de ese norte liberal postindustrial, y ese sur conservador agrícola. La unión de ambos por su imperecedera lealtad de uno al otro, sin cuestionarse ni el color de piel, ideología o identidad sexual. Hap es blanco, sureño, tolerante, y ex activista contra la guerra del tío Sam. Tampoco se le podría etiquetar del típico votante progresista del partido demócrata, pero lo que es más evidente; es su animadversión hacia las proclamas de los conservadores fanáticos. Mujeriego por antonomasia y amante de las causas perdidas. En cambio, Leonard es un veterano de Vietnam, ideológicamente conservador, a pesar de ser estigmatizado por esa mácula del color, y su identidad de Gay en una América sureña en los años donde se atisba una América que tiene en el cambio al gobernador Michael Dukakis contra el republicano Bush padre. Ellos dan señales de preocupación, en ese instante, donde todo salvaje vividor va viendo que los años de grandes fechorías y diversión están contados; los 50 tacos les persiguen como un cazador de patos en un lago. Y mojarse la tripa en la mitad del trayecto puede ser un viaje peligroso.

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Una de las grandes sorpresas del show es la interpretación, del siempre carismático, actor Michael Kenneth Williams, mítico Omar Little de la legendaria The Wire y el fiel gangster de color Chalky White de Boardwalk Empire. Todo un lujo observar el cambio de registro, alejándose de esos ecos —llamémosle— violentos de alto voltaje y meterse en la piel de un tipo con sensibilidad, honorabilidad y sentido de la heroica. Todo lo contrario del gentleman James Purefoy cuestionado por su origen británico, dio mucho que hablar, sobre la idoneidad de su elección para ser Hap Collins. Obviamente, el resultado no puede ser mejor, su solvencia a la hora de poner el acento texano y ese toque cínico, propio del personaje, original de las novelas. Siempre he dicho que sólo han habido dos Marcos Antonios impagables: Richard Burton y James Puferoy en Roma de HBO.  Y es que desde el primer contacto con la cámara, Purefoy y Williams venden la compenetración entre sus caracteres. Así como el contoneo juguetón de Hap Collins con su ex Trudy, una Cristina Hendricks (en pleno esplendor con sus recién 40 años cumplidos) que trae a la mujer fatal de los años 50. Hap y Leonard nos devuelve a ese tiempo donde las estrellas del celuloide eran Don Johnson, Mickey Rourke, Geena Davis, Wesley Snipes o Rob Lowe que se encuentra en aquella divertida y coloreada 1980. H&L se suspende en el tiempo, su frondosa geografía nos retrotrae a la encantadora y sugestiva primera temporada de silencios y personajes muy típicos de esa oculta y desvencijada; América profunda. Estableciendo un estudio en profundidad en la pantalla, cercano a la primera temporada de extraordinaria True Detective. Sabores locales de un contexto regional que esconden pasiones y personajes altamente peligrosos. La serie también utiliza sus flashbacks con moderación pero eficazmente para mostrar y no decir, los orígenes de estos personajes las conexiones. Pero la serie, a veces, pierde algo el tono y la narración de un estilo no siempre coherente. Así como algunas lagunas de su edición y continuidad pueden pecar de episodios demasiado nerviosos. No obstante, el elemento de unos diálogos muy solventes y precisos que nos acercan a aquel humor de muchos dramas criminales de los de antes. Y es que Hap and Leonard es realmente divertido. Su bandera como auténtico divertimento es asesinar por un camino imparable a los idealistas corrompidos. El resultado es algo así como unas fresas en su mejor estado de madurez que terminan irresistiblemente en el paladar de los adictos al género negro.

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La adaptación, en cualquier caso, es por lo general fiel a la novela, con la inclusión de nuevos elementos para conseguir en los momentos más excitantes mayor pirotecnia. La combinación del espectáculo de seriedad temática con momentos hilarantes de situaciones que nos llevan a las novelas de Carl Hiaasen terminando por conectar con el resto del más escéptico y los 45 minutos del episodio se convierten en un pis-pas. “Estos tipos son la clase de vaqueros fuera de tiempo”, según Jim Mickle, de ahí, la ubicación del contexto de los divertidos años 80. Y que el ambiente occidental, con un “sentido y moralidad que vuelve y se mantiene por los siglos de los siglos”. Algo que demuestra; cual es la especia perfecta para atar este guiso de género. Los diálogos son inteligentes y conmovedores, y de los seis episodios formato garantiza que el espacio se mantenga agarrado y recorta cualquier narrativa larda. No hay mucho relleno, por lo que será muy interesante ver cómo la exhibición de sus dobleces en la segunda mitad. No le hace falta moverse a una velocidad de vértigo, pero los polvorines se establecen para una conclusión explosiva. El espectáculo es sin duda característica de este calibre, con una magnífica dirección de Mickle y el operador de fotografía, Ryan Samul. Así como la excelente BSO del compositor, Jeff Grace. De esta manera, Hap and Leonard se siente realmente como una especie de secuela de la fantástica Cold in July. No sabemos la continuidad de los próximos libros pero quién sabe si Mickle sería capaz de traer al personaje de Bob interpretado por Don Johnson, que sigue siendo uno de los personajes principales en las obras de Lansdale. Empero el espectáculo a medida que va avanzando consigue una gran influencia del tono fílmico de la gran Justified. Al igual que recuerda a una vieja serie de James Garner: The Rockford Files. Donde pasó a ser el detective que estaba de paso de todo, lidiando con los problemas de los extraños personajes que encontraba por el camino y la cutre/hermosa California del sur que descubría en su recorrido. Evidentemente, Hap and Leonard es un sueño hecho realidad. Es un muy buen punto de partida y si el resto de la temporada es tan buena como los cuatro episodios vistos por servidor, posiblemente, estamos delante del nacimiento de dos tipos, con el suficiente currículum, a iconos de gran ficción de este S.XXI. Esperamos plácidamente, mientras suena el buen country de la divertida, explosiva y encantadora Texas. Claro, contando con el elemento sorpresa de algún purista que se haya dejado caer con por bellos parajes de Louisiana, por aquello, de las facilidades fiscales a la producción. Ironías a un lado; Hap&Leonard creo que han entrado por la puerta grande de Sundance. Al tiempo. Nota: 7,8

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