Quarry (2016) “Supervivencia pragmática del pulp”

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El canal pequeño o el hermano menor del cable de la todopoderosa HBO: es Cinemax. Algunos puristas lo consideran el canal satélite y uno de los más atrevidos de la competencia de las empresas de entretenimiento tecnológico. No es la primera ocasión que este canal vuelve a las andadas con sus devaneos de atípicos antihéroes solitarios y adictivos diseñados —ex profeso— para una fidelizada platea. Su última ficción; Quarry se deja querer por los conflictos externos e internos del mundo más Pulp. Tal como ocurría en The Knick con el Dr. John Thackeray o en la divertida, y, taquicárdica Banshee con el atribulado sheriff/ladrón, Lucas Hood. Apenas hace unos meses volvió su nueva apuesta por el terror Outcast —del rey de los zombis R. Kirkman— y de nuevo, con un protagonista angustiado y obcecado; Kyle Barnes. Todos ellos pulidos por el mismo perfil: preparados para realizar grandes hazañas por su propia fuerza y orgullo. Eso sí, pagando un alto precio por el ejercicio de esas acciones. Quarry se basa en la serie de novelas criminales —con el mejor sazonado— de la esencia pulp: violencia, sexo y acción de una gran obra, del siempre prolífico, Max Allan Collins. MAC es uno de los mejores escritores de novela negra del mundo (ha publicado más de un centenar de textos, muchos de ellos bestsellers) les sonará a todos aquellos, que vieron Camino a la perdición —obra de culto— llevada a la gran pantalla por Sam Mendes.  Quarry ha sido reescrita por los guionistas Michael D. Fuller y Graham Gordy (forjados en la fragua de la trascendental Rectify) junto con el propio, Max Allan Collins en la producción ejecutiva. Quarry se presenta en su primera temporada con ocho episodios rodados, íntegramente, en New Orleans y Tennessee, que de algún modo, se han convertido en platós de rodaje que simulan de la ciudad de Memphis. La historia nos traslada a la década de los 70, concretamente, al año 1972.

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A partir de ese instante, observamos en pantalla a su protagonista; Mac Conway interpretado por el actor (Logan Marshall-Green Prometeus) un excepcional intérprete de reparto con unos rasgos similares a los del británico Tom Hardy. MC acaba de llegar de su segundo reenganche, en la guerra de Vietnam, junto a su compañero Arthur (Jamie Hector) el inconfundible: Marlo de The Wire. Implicados, aunque fuera accidentalmente o hipotéticamente, en la matanza de My Lai. Su recepción en el aeropuerto es digna de la puerta de Ferraz 70. No les queda más remedio que cambiarse la ropa militar por otra de civiles y salir destrangis por una puerta colateral, La vida en Memphis es muy diferente, desde la última vez que estuvieron con sus familias. Ahora se sienten solos y desprotegidos por el sistema. Además, el maldito estrés postraumático hace mella. El tío Sam se esfuma y deja a toda una generación de valerosos infantes de marina con la mácula de asesinos de bebés. Iniciar su vida como un ciudadano normal y corriente va a ser muy complicado, pues, el ámbito laboral esgrime un contexto —de crisis cercana al fiasco— debido a la escasez de petróleo en 1973. Pero si tienes contactos; es fácil trabajar. Claro que quienes tienen que intermediar por ti: no saben, no quieren y no contestan. Es muy duro de llevar. Mac está inquieto y sus pensamientos son remordimientos con constantes flashbacks a la jungla vietnamita. Su convivencia con su esposa Joni (Jodi Balfour Bom Girls) se va complicando, a medida, que los días van pasando. Ella mantiene una muy buena amistad con Ruth, la esposa de Arthur, (Nikki Amuka-Bird Luther).

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Un día Mac se da cuenta que alguien le está observando y tras una conversación con Arthur; le dice a Mac que un tipo obscuro y bizarro; the broker (Peter Mullan Trainspotting Top Lake y Olive Kitterige), el cual, le ha ofrecido un trabajo de sicario para él. Mac no está por la labor y, sólo ayudaría como buen amigo que lo es. Arthur parece asentir y estar convencido que este primer trabajo puede ser el principio de algo bueno. Desgraciadamente, el affaire, es un desastre. Arthur muere en el enfrentamiento, a tiro limpio, con los señalados y Mac tiene que afrontar la deuda del trabajo; 30.000 dólares. Ahí nace Quarry, el asesino a sueldo —esclavizado— del personaje The Broker. Mac se siente alicaído, nervioso y ausente. Sólo sabe que se va a convertir en máquina de matar, beber y fumar. Quarry tiene mucho de Mad Men, cuando vemos al protagonista hacer largos sin parar en la piscina de su casa. La comunión con la plástica del crol y la música de fondo; aflora las raíces de Memphis, Soul y Blues, música que se teje a lo largo, de la aguja del tocadiscos. Y es que Quarry tiene una gran cantidad de escenas de grupos en directo. Garitos de la peor calaña. Desde afthers grasientos a puticlubs de strippers. La BSO de la serie es un flujo constante de carácter diegético; que hace de cada episodio sentirte cómplice con algunos momentos del gozo de su protagonista. Mientras la televisión esputa el discurso del candidato a presidente McGovern: “El mundo siente no sólo vivió en pero también resistente, que sobrevivió a los cambios de la última década y se dirige hacia el nuevo con optimismo cauteloso.” De repente, se solapa el canal de noticias para informar del desenlace de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Los silencios y las miradas entre lo ausente y la curiosidad que mostraba Aden Young en Rectify vuelven a verse en Marshall-Green.

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La evolución de Mac en esa eterna dualidad de Mr Jekyll&Mr Hyde. Está a punto de triturar todo ese optimismo utópico juvenal de McGovern. Cuando es Quarry, en ese preciso, ejercicio de exploración de la transformación de lo personal. Ambivalentes sentimientos acerca del mundo en el que está y convive en la sempiterna herida —que se guardado— en su mente, de la guerra. Un viaje homéricamente familiar donde Quarry intenta envolver, entre destellos simbólicos, el submundo de los sueños donde Mac y el karma del agua están vigilantes en la piscina del placer y su juventud. Es misma, cómoda, piscina es el espanto —del río repleto de montones— de personas suspendidas bajo el agua y una máscara vietnamita flotante. La paciencia del suave y hermoso ritmo de Rectify es una parte vital de la narración. Empero el compromiso con esa cadencia de migración —de un hombre a sueldo— matando hace que, toda esa convivencia, sea brutalmente inquieta. ¿Dónde estoy? ¿Qué quiero? Sólo se matar… Soy un Sr. Lobo muy violento y silencioso. No obstante, el propio protagonista, de Quarry tiene un grandísimo potencial para actuar bajo ese rictus. Aunque, una de las grandes bazas ganadoras, de la serie, es el inmenso plantel de actores de reparto; que le da ese fuste pulp desenfrenado. Entre lo más kitsch, divertido y surrealista, a ojos del espectador, dejando grandes registros interpretativos. Uno de los más destacados es el enlace operativo entre el bróker (Mullan) y Mac Quarry, desarrollado por el fantástico actor australiano, Damon Herriman, en el papel de Buddy, un personaje impagable, con todo aquel encanto ladino, donde dio a conocer en Justified de FX.

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Aquí es un secuaz gay, enmadrado, adicto a los opiáceos y el karaoke personal a la espera de lo que mande el jefe Broker. Hay una secuencia que ya es un hit parade e incluso convertida en viral por la red. Cuando DH comienza a cantar y bailar, en español, el tema “Whithout you” de Harry Nilsson. Un momentazo, por no decir, el puntazo del éxtasis bufón. Luego, en el segundo capítulo hay otro, tumbado, en la mesa de cocina, de su madre Naomi (Ann Dowd, The Leftovers y Olive Kitterige) cosiéndole un balazo en el muslo femoral. A modo de costurera, de toda la vida, contando chistes de su padre —como un bordado lagarterano— cuando termina la sutura le sugiere; si quiere una salchicha bien asada. Desternillante. Peter Mullan sigue en su línea ya desarrollada en la magnífica Top Lake, como capo superior, proyectando una menor ferocidad y manifestado mayores dosis de cinismo, más cercano a los personajes de Elmore Leonard. En todo momento, proyecta un aura de absoluto control, en todos los movimientos, del equipo y la satisfacción del trabajo bien hecho. A toda esa banda hay que añadir dos adeptos muy valiosos para el pérfido Broker; Karl (Edoardo Ballerini Boardwalk Empire) y Moses (Mustafa Shakir The Night of). Quarry tiene una fotografía exquisita del mexicano, Pepe Ávila del Pino y la dirección de un viejo conocido de la casa, como es el veterano de Banshee; Greg Yaitanes.Cada plano es una estampa, casi un lienzo postmoderno del delta del Mississippi. Luego estamos ante un producto muy bien manufacturado (más cercano a Sundance TV) y brillante ejecución. De un tono más sombrío que la fargonita/camp de la pareja de buscavidas; Hap&Leonard. Cinemax con esta producción híbrida, incorpora ciertas dosis de crítica social, en unos diálogos contenidos, pero llenos de cianuro.

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Sugiriendo la dramatización de la acción de un contexto tan desgarrador como fue el inicio de la década de los 70. El mismo Yainates reivindica: “que los años setenta fueron un tiempo donde muchas personas se parecían a las propias circunstancias más sórdidas.” Puede que haya ese paralelismo de la crisis del 73 Vietnam, Nixon, el caos de la OPEP con la última recesión de los bonos basura, las hipotecas subprime, el rescate de la banca norteamericana de 2007/8 o la aparición de un revival de frikismo político, del diabólico títere Trump. Siempre se ha observado la constante evolución de lo artístico en tiempos duros y la irrupción de grandes obras maestras; en manos de cineastas puros; R. Altman, F. Ford Coppola, Sam Peckinpah, Paul Schrader o M. Scorsese y etc. De algún modo los 70 trajeron a tipos como los citados en EE.UU. Un buen puñado de grandes trabajos y la mayor coherencia del auténtico cine moderno de la historia contemporánea. Junto a todo ese acervo de cine más preciosista también están esos personajes que viven el filo de la navaja. Arriesgando lo único que les queda; la duda de su identidad. Mac Conway lee a John Mc Donnald, mientras ve la huida, El confidente y el expreso de Corea o Nieve que quema. Se siente como un quinceañero recién salido de una tienda de discos, al recuperar, el mítico Otis blue.  En el fondo, no está tan lejos de un tipo llamado Don Draper que —entre medias de rayón y lencería de la perla— leía “Meditaciones de emergencia” de Frank O´Hara. La diferencia no está la función ejecutiva; ventas o sicarios. Quarry y Draper son depredadores de la supervivencia pragmática al servicio del espectador. Es decir, el disfrute de la nueva  narración este nuevo héroe en Cinemax. Nota: 8,2

Hap & Leonard (2016) “Pure enjoyment”

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No es la primera vez que advertimos sobre un panorama, algo saturado, en esto de la ficción televisiva. Pero no se alarmen y veámoslo como un pequeño toque de atención. Sé que muchos de Uds. se hacen la misma elucubración ¿Está agotándose la ficción Made in USA?—les contesto: No. Si volviéramos a otras viejas críticas, no sería extraño comprobar que el arranque del artículo es el mismo; pero es que han pasado demasiados años y la parroquia—en estos tiempos de vigilia postrera—no es la misma. Los espectadores cambian como los semáforos de las ciudades y uno, por alusiones—servidor—, anda algo mayor. Una generación que creció con SWAT, Cannon, Mike Hammer o Canción triste de Hill Street y el adictivo Falcon Crest, hasta aterrizar en la amadísima y mater familias de la nueva edad de oro de la TV; la mítica Twin Peaks y los pelotazos de HBO, The Sopranos, The Wire o A Six Feet Under. Luego, el caudal de búsqueda de nuevos paramos fértiles, vía streaming y la irrupción de nuevas productoras, sigue en la senda de la explotación, para  un mercado aparentemente inaudito y plausible. Un negocio donde el ingenio cuanto más sutil; mejor ejercicio. Bueno, y ¿dónde quiero ir a parar con toda esta valoración de los nuevos parámetros televisivos? Muy fácil, a un lugar donde los campos abonen semillas fructíferas y verdaderas. Por ejemplo, hará unos cinco años —aproximadamente— el canal del guaperas actor de los 70 y nuevo mecenas del buen talento; Robert Redford. Desde su factoría/laboratorio del mejor cine independiente norteamericano y la nueva productora de ficción televisiva Sundance TV está haciendo proyectos realmente adictivos. Algo que comenzó con aquella miniserie australiana dirigida por la no menos prestigiosa, Jane Campion en Top Lake un drama que escondía un thriller de abusos y pequeños ajustes de cuentas políticos, en un lugar recóndito, muy bien hecho. Después nos llegó la magnífica Rectify (a la espera de la 5 temporada, ya estuvimos hablando de ella) con un aura emocional y vibrante denuncia sobre la pena de muerte: exquisita. Manteniendo algunos de esos réditos y formas plásticas de la concepción audiovisual nos encontramos con el film Cold in July (2014). Obra que se ganó el favor de la crítica y fue dirigido por el mismo creador de nuestra nueva serie a comentar; Jim Mickle. Al lado de su inseparable guionista Nick Damici, siguen con la labor de continuar adaptando las novelas del genial escritor Neonoir gótico y slatterpunk; Joe R. Lansdale.

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Y ahí es donde Sundance TV nos trae Hap and Leonard. Una historia de un par de personajes muy en la línea de los protagonistas de la mencionada CIJ. Partiendo de la colección de novelas del mismo nombre H&L de este singular y divertido escritor: JRL. Los creadores del show Mickle y Damici nos adaptan a estos antihéroes de la Texas de finales de los 80/principios de los 90. Una extraña pareja: Hap Collins, blanco anglosajón, objetor de conciencia al servicio militar, que termina preso (James Purefoy Roma 1997) y Leonard Pine (Michael Kenneth Williams The Wire 2002), veterano afroamericano miembro del cuerpo de marines en Vietnam y abiertamente homosexual. Hay que reconocer que mucha gente no hubiera dado un duro por este dúo de actores. Pero la verdad es que nos encontramos con una pareja muy bien avenida de fina química. Sus vidas están condicionadas por los empleos de poca monta para salir del paso —dando tumbos— por la profunda Texas de finales de los 80 Reeganniana y a un paso de la nueva era de Bush padre. De repente, aparece una hermosa y fantástica, Trudy (Christina Hendricks Mad Men), la ex esposa de Hap con un asunto muy atractivo y con su toque puramente del viejo cine negro. Propuesta de mujer fatal…, cariño sé de un lugar donde hay un potosí. Claro que para llegar a ese Dorado hay que bucear muy hondo, en un río cerca de los cayos, donde los caimanes pasean hambrientos y las aguas son turbiamente profundas: hay que abrir el maletero de un viejo coche, donde reposan los codiciados dólares. Hap&Leonard es un espectáculo muy bien hecho con ecos al disparatado y brillante Hardboiled Banshee de Cinemax, que empuja al género con un ritmos muy sui generis, propios del sello Sundance. La aventura se acompaña de Howard (Bill Sage) —el nuevo esposo de Trudy— en el papel del hippie obsesionado, con salvemos el dinero en paraísos fiscales. Chub (Jeff Pope) un tipo gordo y grandullón heredero de la tipología más Made in Fargo de la factoría Coen Brothers y el ex activista y mercenario revolucionario de rostro desfigurado; Paco (Neil Sandilands) más cercano a un film del difunto Craven. Reunidos en una vieja hacienda semi-abandonada planean la estrategia de recuperación del dinero. No obstante, a todo el variopinto grupo de cazadores de tesoros —que piensan que el dinero se ha quedado atascado en el fango— pero reposa en el maletero de un viejo Ford en lo más hondo del río.

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Todo ello guiado por el gurú del grupo Howard, un tipo que se refleja el progreso de la contracultura del individuo blanco, en su transformación de viejo hippie a yuppie. (El gran Lebowski era un tipo muy perseverante en la cómoda propuesta). Luego, él y toda su cascabelera cuadrilla  hippie trasnochada,  quiere tomar el dinero y establecer una paz verde del tipo sin animosidad de lucro para cambiar el mundo,  Habría que añadir a toda esta tropa, un traficante de droga local (Jimmi Simpson) aquel hacker de la exquisita House en Cards T3 y exuberante novia punkie sanguinaria la escocesa (Pollyanna McIntosh The Woman y The Filth) personajes que introducen el elemento del caos a la historia; ya que son los dueños del terror que inunda la ciudad con sus execrables asesinatos. Sin embargo el mayor efectivo del producto y posiblemente el empuje más seductor del mismo siguen siendo la pareja H&L en sí muy significativos. Partiendo de la prosa original, de Lansdlale son los prototipos, de hombres dignos de un estudio—cuasi— antropológico. Todo ello contrastando los entornos, de ese norte liberal postindustrial, y ese sur conservador agrícola. La unión de ambos por su imperecedera lealtad de uno al otro, sin cuestionarse ni el color de piel, ideología o identidad sexual. Hap es blanco, sureño, tolerante, y ex activista contra la guerra del tío Sam. Tampoco se le podría etiquetar del típico votante progresista del partido demócrata, pero lo que es más evidente; es su animadversión hacia las proclamas de los conservadores fanáticos. Mujeriego por antonomasia y amante de las causas perdidas. En cambio, Leonard es un veterano de Vietnam, ideológicamente conservador, a pesar de ser estigmatizado por esa mácula del color, y su identidad de Gay en una América sureña en los años donde se atisba una América que tiene en el cambio al gobernador Michael Dukakis contra el republicano Bush padre. Ellos dan señales de preocupación, en ese instante, donde todo salvaje vividor va viendo que los años de grandes fechorías y diversión están contados; los 50 tacos les persiguen como un cazador de patos en un lago. Y mojarse la tripa en la mitad del trayecto puede ser un viaje peligroso.

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Una de las grandes sorpresas del show es la interpretación, del siempre carismático, actor Michael Kenneth Williams, mítico Omar Little de la legendaria The Wire y el fiel gangster de color Chalky White de Boardwalk Empire. Todo un lujo observar el cambio de registro, alejándose de esos ecos —llamémosle— violentos de alto voltaje y meterse en la piel de un tipo con sensibilidad, honorabilidad y sentido de la heroica. Todo lo contrario del gentleman James Purefoy cuestionado por su origen británico, dio mucho que hablar, sobre la idoneidad de su elección para ser Hap Collins. Obviamente, el resultado no puede ser mejor, su solvencia a la hora de poner el acento texano y ese toque cínico, propio del personaje, original de las novelas. Siempre he dicho que sólo han habido dos Marcos Antonios impagables: Richard Burton y James Puferoy en Roma de HBO.  Y es que desde el primer contacto con la cámara, Purefoy y Williams venden la compenetración entre sus caracteres. Así como el contoneo juguetón de Hap Collins con su ex Trudy, una Cristina Hendricks (en pleno esplendor con sus recién 40 años cumplidos) que trae a la mujer fatal de los años 50. Hap y Leonard nos devuelve a ese tiempo donde las estrellas del celuloide eran Don Johnson, Mickey Rourke, Geena Davis, Wesley Snipes o Rob Lowe que se encuentra en aquella divertida y coloreada 1980. H&L se suspende en el tiempo, su frondosa geografía nos retrotrae a la encantadora y sugestiva primera temporada de silencios y personajes muy típicos de esa oculta y desvencijada; América profunda. Estableciendo un estudio en profundidad en la pantalla, cercano a la primera temporada de extraordinaria True Detective. Sabores locales de un contexto regional que esconden pasiones y personajes altamente peligrosos. La serie también utiliza sus flashbacks con moderación pero eficazmente para mostrar y no decir, los orígenes de estos personajes las conexiones. Pero la serie, a veces, pierde algo el tono y la narración de un estilo no siempre coherente. Así como algunas lagunas de su edición y continuidad pueden pecar de episodios demasiado nerviosos. No obstante, el elemento de unos diálogos muy solventes y precisos que nos acercan a aquel humor de muchos dramas criminales de los de antes. Y es que Hap and Leonard es realmente divertido. Su bandera como auténtico divertimento es asesinar por un camino imparable a los idealistas corrompidos. El resultado es algo así como unas fresas en su mejor estado de madurez que terminan irresistiblemente en el paladar de los adictos al género negro.

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La adaptación, en cualquier caso, es por lo general fiel a la novela, con la inclusión de nuevos elementos para conseguir en los momentos más excitantes mayor pirotecnia. La combinación del espectáculo de seriedad temática con momentos hilarantes de situaciones que nos llevan a las novelas de Carl Hiaasen terminando por conectar con el resto del más escéptico y los 45 minutos del episodio se convierten en un pis-pas. “Estos tipos son la clase de vaqueros fuera de tiempo”, según Jim Mickle, de ahí, la ubicación del contexto de los divertidos años 80. Y que el ambiente occidental, con un “sentido y moralidad que vuelve y se mantiene por los siglos de los siglos”. Algo que demuestra; cual es la especia perfecta para atar este guiso de género. Los diálogos son inteligentes y conmovedores, y de los seis episodios formato garantiza que el espacio se mantenga agarrado y recorta cualquier narrativa larda. No hay mucho relleno, por lo que será muy interesante ver cómo la exhibición de sus dobleces en la segunda mitad. No le hace falta moverse a una velocidad de vértigo, pero los polvorines se establecen para una conclusión explosiva. El espectáculo es sin duda característica de este calibre, con una magnífica dirección de Mickle y el operador de fotografía, Ryan Samul. Así como la excelente BSO del compositor, Jeff Grace. De esta manera, Hap and Leonard se siente realmente como una especie de secuela de la fantástica Cold in July. No sabemos la continuidad de los próximos libros pero quién sabe si Mickle sería capaz de traer al personaje de Bob interpretado por Don Johnson, que sigue siendo uno de los personajes principales en las obras de Lansdale. Empero el espectáculo a medida que va avanzando consigue una gran influencia del tono fílmico de la gran Justified. Al igual que recuerda a una vieja serie de James Garner: The Rockford Files. Donde pasó a ser el detective que estaba de paso de todo, lidiando con los problemas de los extraños personajes que encontraba por el camino y la cutre/hermosa California del sur que descubría en su recorrido. Evidentemente, Hap and Leonard es un sueño hecho realidad. Es un muy buen punto de partida y si el resto de la temporada es tan buena como los cuatro episodios vistos por servidor, posiblemente, estamos delante del nacimiento de dos tipos, con el suficiente currículum, a iconos de gran ficción de este S.XXI. Esperamos plácidamente, mientras suena el buen country de la divertida, explosiva y encantadora Texas. Claro, contando con el elemento sorpresa de algún purista que se haya dejado caer con por bellos parajes de Louisiana, por aquello, de las facilidades fiscales a la producción. Ironías a un lado; Hap&Leonard creo que han entrado por la puerta grande de Sundance. Al tiempo. Nota: 7,8

The best 10 series TV (2015)

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Public Morals (2015) Hell´s Kitchen

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Hay algo reconfortante en el camino que definiría al director/ actor estrella y guionista Edward Burns: un físico bien parecido, a modo de híbrido, entre Richard Gere y Robert de Niro hace unos cuantos años. Así como, su admiración por la obra de Fuller y Ford. Ya ha llovido desde que la gran cocina del cine independiente —Made in Redford— le brindase el reconocimiento por su opera prima; los hermanos McMullen (1995). La crítica y público se enamoraron del chico de Queens. Burns interpretó, escribió y actuó de maravilla en una comedia romántica, soñadora y con un intenso aroma irlandés fordiano. Siguió dirigiendo e interpretando hasta que se cruzó con Spielberg y lo convirtió en un icono, de una generación, de actores en busca de Ryan/Matt Damon. Nunca dejaron de flirtear el genio de Ohio y el neoyorkino. Esos cotejos que son tan inescrutables como los caminos del señor. Bien, 20 años después vuelve a la carga, con muchos de aquellos elementos, que lo catapultaron al mirador, de las grandes estrellas del mainstream. El inquieto Burns se nos presenta junto a Steven Spielberg y TNT TV en una nueva revisión del Neonoir de policías con su serie; Public Morals. La historia, de un oficial jefe de la brigada antivicio que lucha por sacar adelante a su familia. Mientras coquetea con la delgada línea que separa la honorabilidad y la integridad de la corrupción y el crimen. Un lado oscuro implicado, en pleno contexto criminal del Nueva York del West side, a mediados de los 60, concretamente, en el famoso barrio de gangsters irlandeses e italianos Hell´s Kitchen. La cocina del infierno, de  siempre se ha caracterizado por ser un lugar—llamémosle— divertido, creativo y “movidito”. Parte de lo que se conocería en una terminología más urbanita: el Midtown. Un sitio donde el mundo del cine es parte de él. Algunos actores como Burt Reynolds, Charlton Heston, James Dean, Madonna, Jerry Seinfeld y Sylvester Stallone han sido vecinos y residentes a lo largo del tiempo. Public Morals es un producto 100% deudor de aquel contexto de finales de los 60 y principios de los 70. Ecos de admiración que rezuma en muchos de sus planos, a El Padrino (1972) de Coppola, Malas calles (1973) de Scorsese, Madigan (1968) de Siegel o French Conection de Friedkin (1971). Un reenésimo homenaje a los trapicheos de devanes entre  los kármicas relaciones; poli-delincuente.

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Hell´s Kitchen está a un paso de Broadway (prostitución, drogas, dealers y chulazos de aquellos tiempos). Así como las zonas más pudientes de la gran manzana y el mítico Central Park. Y es que la bahía del  Hudson entre las calles 34 y 59, muy pronto, se convirtieron a principios de siglo en un lugar donde Los mafiosos, destilan el recuerdo de los veteranos del barrio, y a la postre, institución cultural de aquel peligroso lugar de antaño: protección del barrio, y, desde ese pacto, de si hay problemas para el propietario; no va conmigo. El pago era la moneda de cambio habitual. Así como las tradicionales prácticas más comunes; extorsión y el control de las apuestas deportivas. Eso sí, alejados de esa vitola legendaria, de asesinos a sueldo, más propia de los clanes italianos. Sí que es evidente que a mediados de los 70 toda la vieja generación se marchó de Hell´s Kitchen y  comenzaron a florecer nuevos chavales, muchos de ellos, familiares directos o indirectos, de los exiliados que ya no estaban por la labor del dialogo, y sí de la hiperviolencia. En ese contexto Burns se lanza como inspector jefe del grupo de antivicio, bajo el subterfugio, guardar el orden, servir y proteger al sufrido ciudadano. En el fondo, este actor siempre ha sido uno de los tipos más listos de la clase. Su bagaje cultural es alto; cinéfilo empedernido y amante del FilmNoir. Repetir con TNT, desde una perspectiva idéntica (Mob City) 2013 adaptación del libro de John Buntin durante los años 40/50. La crítica aplaudió el resultado y de nuevo, el canal apostó por Burns. Además, eso de llevarse a Spielberg a esta aventura; tiene mucho encanto. Luego,  Public Morals no trata de reinventar lo ya inventado y creado, sino más bien impregnar a los espectadores de una absorbente historia Neonoir para la TV con ecos  Shakesperianos. Vistos 6 capítulos del total de los 10 que completan la miniserie; nos encontramos ante un producto muy bien hecho. Por ejemplo, es muy difícil evitar, por momentos, en algún garito o burdel hallarnos a Don Draper de Mad Men o a Silvio Dante The Sopranos arreglándose el tupé en el lavabo de un restaurante de lujo italiano. Las localizaciones son una gozada, desde Silvercup Studios, y en lugares, auténticos baluartes, históricos de la ciudad de NY, como el salón de té ruso, el Hotel Park Lane y Barrow’s Pub en Greenwich Village.

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El primer capítulo se desarrolla a partir de un affaire con una prostituta que trabaja por su cuenta, es decir, tiene un apartamento alquilado. Ed Burns (Terry Muldoon), y su socio Charlie Bullman (Michael Rapaport) “Beautiful Girls” Copland y Justified”. Se presentan como garantes de la ley, dándole una charla sobre la moral y las relaciones con la vecindad a ésta. Dad al César lo que es del César y a poli, lo que es, de la poli. Ed Burns es muy bueno en su papel, del zorro oficial, de policía impartiendo la vieja moral, del palo y la zanahoria. Como Muldoon explica muy bien un poco más tarde en el episodio, “los policías no están allí, porque la policía tiene tantos ojos como Dios… Pero sí que desempeñan la labor de la gerencia de los llamados crímenes sin víctimas”. Es decir,  un delito en la Norteamérica de mediados de los 60 era salir de una casa de una supuesta prostituta. No hay pruebas, pero si la placa de un poli que conoce a esa chica: la situación la pintan calva…, le dicen al ciudadano que esto es un delito grave y él se acojona. Pero hay una forma de arreglarlo. Siempre hay una forma de arreglarlo: unos pocos dólares y aquí no ha pasado nada. El director de fotografía William Rexer y la directora artística Tina Khayat hacen un trabajo fantástico. Por momentos estamos paseando por el viejo West Side de Manhattan y es muy creíble. No sería difícil ver en Public Morals emparejada con movimiento rápido del cine clásico de gangsters. Todo fluye rápidamente, a través de la  pantalla, en grandes taxis y una línea del estribillo de vasos pequeños de chupitos de whisky y botellas de cerveza, propulsados por un transitar de sombreros: Fedoras, Porkpies y Homburgs.  Hombres vistiendo que asienten con la cabeza, como en las viejas películas de Edward G. Robinson James Cagney y Gene Hackman. “Nosotros hacemos lo que se ha hecho durante los últimos 100 años. Gestionamos,” dice sabiamente en uno de las más elocuentes defensas de corrupción policial. “Creo que nosotros, como los terratenientes, hemos de ser remunerados con una renta—digámosle—acorde con la coyuntura económica. Si quieres estar en negocio tienes que pagar la renta”. Algunos encontrarán la serie, que tiene una larga y dura mirada a la incómoda alianza entre la delincuencia organizada y policías en la cocina del infierno demasiado conscientemente fresco y estilizado. Muldoon colabora estrechamente con su tío John O’Bannon (Timothy Hutton) “American Crime, El buen Pastor y  Beautiful Girls”, un gángster que ejerce la jefatura en el lado Oeste hasta que es asesinado. En una de las primeras escenas, O’Bannon su hijo Sean (Austin Stowell) “Whiplash y Behind the Candelabra” miembro de la brigada aparece de paisano y entra en su garito amenazándole con  matarlo; “si vuelves a pegar a mi madre de nuevo te mato”. O’Bannon está subordinado al gran boss del barrio: el viejo y sagaz Joe Patton (Brian Dennehy)” Acorralado, Best Seller, Cocoon Presunto Inocente,” que está fantástico en su papel.

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Éste, también tiene un conflicto muy dilatado con su un hijo, Rusty (Neal McDonough) “Hermanos de Sangre, Minority Report, Justified” y el tío Tommy (Fredric Lehne) “/mano derecha ejecutora de Patton y ahora de conspirador cercano con el pequeño Rusty Patton.También está el teniente de la brigada King (Rubén Santiago-Hudson) “Selma, Castle, The Good Wife”, y, el capitán jefe Johanson (Robert Knepper) “Buenas noches y buena suerte, Carnivale, Prision Break.” Otro magnífico personaje es el de Peter Gerety “El año más violento, Rubicon, Syriana” (el jubilado Sgto Mike Muldom)  padre de Terry Muldom; que es el poli de toda la vida. Su olfato y manera de ver la vida es y ha sido la vieja escuela. Indaga por su cuenta y sigue estando al día sobre lo que se mueve por el barrio. La relación con su hijo es buena, no por ello exenta de pequeñas discusiones, por el hecho de que su padre ya no esta en el cuerpo ni lleva uniforme. Entre los veteranos de la brigada es el oficial Vince Latucci (Wass Stevens) “El luchador, The Blacklist, Ley y Orden”. Descendiente de italianos y muy bien relacionado con los clanes organizados. Viste como un personaje de Goodfellas, al lado de su atractiva esposa, Deirdre Duffy (Lyndon Smith) “Extant, CSI Cyber, Stalker”. Dos efectivos de la brigada con menos edad son  Pat Duffy (Keith Nobbs) “Bluebird, Ley y Orden, The Pacific” y el novato del equipo. Un joven de buena familia y universitario, que viene recomendado, no muy bien visto por el núcleo fuerte del grupo; Jimmy Shea (Brian Wiles) “Imborrable y Person of Interest”. Otros actores que hacen del casting uno de los más interesantes de este año serían algunos de los irlandeses hampones. Casi todos ellos, hombres de confianza de Patton, como el machaca y chico para todo; Smitty. Interpretado por el siempre fiable de Kevin Corrigan “American Gangster, 7 psicópatas, Fringe”. La muerte de O´Bannon ha alterado todos los delicados equilibrios y parches que hacían del barrio un sitio tranquilo, relativamente, hasta que la cerilla va prendiendo la mecha poco a poco. La venganza en Hell´s Kitcken no se sirve fría, sino en caliente y contundente. Una posible relación entre el socio de Muldoon, Charlie Bullman y una chica llamada Linda (Katrina Bowden) “American Pie 2, Rockefeller Plaza, Piraña 2”, que va en ninguna parte y luego sorprenderá con su nuevo itinerario. Algunos de los miembros de la brigada antivicio siguen con la mosca en la oreja con O´ Shea y dedicen ponerle en el camino de las tentaciones más primitivas y carnales del ser humano. El cebo funciona y las sospechas se disipan. Stowell tiene un amiguete de la infancia que lo va a meter en algún berenjenal, y, el hijo de Muldoon está llegando a la adolescencia. Evidentemente eso: son más problemas adicionales o mejor dicho, los daños colaterales de una familia con sangre irlandesa. Así como la relación marital de TM con su esposa; Christine (Elizabeth Masucci) “Gossip Girl”, “NY22” y “Shame” Es digno de agradecer el pundonor de Burns al asumir la difícil tarea de echarse la serie a los hombros. Detalles tan minuciosos como la elaboración de una soundtrack fantástica, donde no faltan clásicos de la Motown; Marvin Gaye, James Brown o Jackie Wilson, los clásicos del Rock&Roll como The Who, The Yardbirds, Rolling Stones y The Doors. Y las canciones de clásicos de los 60 para bailar muy agarradito; Bobby Vinton, Connie Francis, Frankie Avalon o el enorme Nat King Cole. Lo dicho una OST, que en Spotify es, muy fácil de localizar. Bien, ahora a la espera de la finalización del resto de episodios esperamos, con muchas ganas, el gran tour de forcé que sea capaz de conseguir, una fluidez más acorde a los senderos del Neonoir. Reiteramos, un casting muy bien compensado y la confirmación de Burns como uno de los grandes talentos de su generación. Luego, crucemos los dedos, para que esta serie que tiene buenas cartas, al final pueda renovar y convertirse en toda una realidad para los muchos incondicionales, del buen cine negro policíaco, de la pequeña y gran pantalla. Nota: 6,9

Narcos (2015) “Escobar, Gabo y Nancy ”

The Medellin Cartel in the Netflix Original Series NARCOS. Photo credit: Daniel Daza/Netflix

 

“Una droga más dañina que las mal llamadas heroicas se introdujo en la cultura nacional: el dinero fácil. Prosperó la idea de que la ley es el mayor obstáculo para la felicidad, que de nada sirve aprender a leer y escribir, se vive mejor y más seguro como delincuente que como gente de bien”

Noticia de un secuestro (1996) Gabriel García Márquez

A veces un no, contundente, por respuesta es duro y tiene un precio que pagar. Alto o bajo, pero no gratis. Depende de quién, cómo, cuándo y el porqué. Puede ser una buena excusa para conseguir un fin o descansar los remordimientos. Bien, dejémoslo por aquí y no seamos tan rebuscados. Tan sólo es una aseveración, que depende del tono, para manifestar el estado de cualquiera. Aunque más abajo recordarán la miga de toda esta elucubración. La nueva apuesta, del pudiente canal Netflix, con una serie fascinante y de excelsa calidad; Narcos (2015) está dejando muy buen sabor de boca a la crítica televisiva de todo el mundo.  Vistos los primeros 120 minutos de este apoteósico y deslumbrante producto es obvio —que nuevos ecos desde  la colina de las vanidades—den por hecho la firma de su segunda temporada. Y digo lo de que es evidente, su inminente segunda temporada, pues vistos los ocho capítulos restantes; se observa una relativa ambiguedad, mas que sospechosa, en su resolución (gritando una continuidad redundante). Narcos es uno de los pasos más en firme y decisivos, por parte de la directiva de esta plataforma, desde que se apostó por la producción de series en formato streaming. Netflix consigue con Narcos un plus de exquisitez y reivindica la figura de este sello, en el selecto club de los canales de la ficción delicatesen por antonomasia: HBO, AMC o Showtime. Si miramos a través del retrovisor y nos fijamos en los páramos de lo excepcional; The Sopranos, The Wire, Rome o Mad Men hay que hilar muy fino con lo que puedas romper y traer originalidad. Todo el mundo que sabe algo de esto de la nueva ficción Made in USA tiene muy claro, que aquellas series fueron un punto y aparte en la historia de la TV. Un medio que se le suele despreciar pero el viejo Hitchcock adoraba. Hoy en día es un lugar fascinante, competitivo y seductor. Más aún, dentro un contexto donde se destilan aspectos más peregrinos; como la moda en el cine y la TV de este siglo. Curiosamente ha sido en estos últimos tres años, cuando parte de toda esa ficción —aludida— transcurre durante la administración de Reagan. Ejemplos cercanos son los de (The Americans de FX y 83 Deutschland de Sundance TV). Productos de una calidad excepcional. En el fondo, muchos de los que hablamos —de la adictiva caja tonta catódica— ahora inteligente LCD estábamos flipados, con algún disco de Bowie y el nacimiento de bandas, muy del gusto republicano, como Bon Jovi. Evidentemente, Narcos es un producto en esa línea —que tiene un plusvalía mucho mayor— y junto a House of Cards u Orange is The New Black son las joyas de la corona de una Netflix muy crecida. No muy lejano tenemos el éxito de audiencia y crítica de una de sus apuestas de la pasada primavera, Bloodline (2015) con un reparto de lujo —algo que en Narcos no sé ve, ni falta que le hace— y nominaciones a los Emmys junto a OITNB, esta última, sigue repitiendo en muchas de las disciplinas del año pasado. Sumémosle el experimento de Sense8 con los hermanos Wachowski: un pastiche, a modo de drama entre el New age, la Sci-fi muy “Lost” y chutes de felicidad ¡Viva San Francisco! bajo el arco iris multicultural. A pesar de la gran factura —de la misma— el resultado es delusorio, y esas noticias suben a toda velocidad a las plantas altas, de los directivos, que invierten los cuartos y contabilizan cifras. No sería muy sospechoso, que los ejecutivos de Netflix se apiñaran en un laboratorio de plasma con LCD u Oled, y, jugasen a becarios de laboratorio de química orgánica. Tomando botellas diminutas, de las mejores esencias de otros espectáculos y después de un meditabundo ritual; comenzasen el proceso de concentración. Todo ello dosificado, en precisas cantidades, gracias a las pipetas. Después de un cuidado y mesurado hervir en la caldera, que burbujea a fuego muy lento, hasta conseguir  la estructura ideal de gran espectáculo y absorber —directamente— todo el vapor pensante. Bueno, bromas a un lado, el espectáculo de Narcos es emocionante, vibrante y desbordante. La serie denota estilo y ahí se evidencia, que es un caballo ganador, ahondando en el retrato de un personaje real dentro de un periodo histórico muy convulso.

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Pero con el cincel más seguro de la vieja escuela. Es decir; rebuscar en el personaje, sus relaciones y su psicología personal. Así como el perfilado y detallado retrato de sus aláteres, auténticas piezas, que se mueven al ritmo de un tablero de ajedrez pleno de humedad y exuberancia. En definitiva, Narcos es pura sociología de un contexto violento e ilusorio, donde la ingenuidad pasaba a convertirse en paranoia. Igual que el capullo en mariposa y el jaguar busca tapires o tortugas; es evidente quien termina ganando. Narcos es por encima de todo; la efervescencia de dos tabletas de aspirina en un vaso de agua y por momentos, una tormenta eléctrica de auténtico divertimento a ritmo de vallenato. Y es que la biografía de Pablo Escobar ha dejado montañas de documentos en comisarías, servicios de brigadas especiales antidroga y embajadas. Desde el rincón más inhóspito de las selvas colombianas hasta Washington. Uno de los grandes logros de los creadores de Narcos son sus creadores: Chris Brancato, Eric Newman y Carlo Bernard. Brancato ya estuvo escribiendo guiones de la historia que desarrolló B. Fuller en Hannibal. Finalizada, recientemente, y convertida en serie de culto. Un tipo al que se le ve el oficio. Este trío de ases ha conseguido una de las primeras victorias de Narcos; hacer que Escobar y sus sicarios hablarán en su lengua: español con el deje de Medellín, apoyados en subtítulos, consiguiendo un plus de  autenticidad y realismo, que deja un —eventual—  poso a documental. Inspirada —no toda la historia— en el libro Killing Pablo, del periodista estadounidense Mark Bowden, que se centró en el agente de la DEA, Steve Murphy. El agente Murphy se puede decir que fue el aguijón de la operación de acecho y captura sobre  Pablo Escobar en 1993. Reitero, el trabajo de construcción de este guion es impresionante, pues, estamos analizando la antropología y sociología política del fenómeno de los Narcotraficantes. No es sólo Pablo  Escobar, es un país que sangra por los cuatro costados,  ya que sus principales capitales están dentro, de lo que conocemos como carteles de la droga: enjambres de sicarios. Haciendo de Colombia un primer ensayo de Narconación. Termino irritante para las autoridades y personalidades intelectuales de Colombia. Pero que se llegó a acuñar. Desde el inicio de la década de  los 80 a principios de los 90 llegan a pasar dos presidentes por los EE.UU. Durante ese periodo, en Colombia son asesinados: Rodrigo Lara (ministro de justicia), Carlos Galán (un candidato a la presidencia) e intentan matar en más de una ocasión al presidente César Gaviria (gran interpretación del mexicano Raúl Méndez) que pasó a la historia por derogar el convenio de extradición directa con EE.UU de los narcos, ante el constante reguero de sangre y terror, que Escobar y su clan instauró. El presidente Gaviria no le quedó más remedio que  ceder a las consignas de narco: cumplimiento de una pena menor en un cárcel/hotel surrealista dentro del territorio colombiano pero con unas distancias de seguridad muy sui generis. Obviamente, algo con lo que no contaban las autoridades fue el desmadre y lugar de perdición, en que se convirtió La Catedral. Escobar campaba como Pedro por su casa, rodeado de su grey de matones y unos pocos vigilantes de prisión, a modo de hermanas de la caridad. Ni siquiera los capos napolitanos de Gomorra (2014) le llegarían a la suela del zapato a este criminal. Nadie en la historia del crimen organizado ha gozado de un sitio igual. Un lugar donde un gangster puede vivir su mejor experiencia en cautividad: juego, whisky de Malta, Ron añejo, cocaína a gogó, putas y yacusi particular. Pero, eso sí, encerrado. Escobar sabía que la privación— independientemente del entorno lúdico— era de alguno modo, esclavitud y el principio de su fin. En Narcos se nos ofrece un torrente de imágenes profundas e impactantes. Así del cómo y cuándo; Escobar y la cocaína se dieron de bruces. Capítulo a capítulo se va entretejiendo la historia de la política de drogas, los cuestionables métodos de aplicación de la ley, guerra de pandillas, asesinatos despiadados, atentados con explosivos, secuestros a la carta y una acción estelar llena de espionaje y  contrainteligencia. Todo tipo de complots, matanzas históricas y detalles acerca de los sistemas intrincados de contrabando que mantiene al cártel de Medellín en la parte superior de la pirámide. En el episodio piloto vamos comprendiendo el estatus inicial de joven Pablo Escobar —como un contrabandista en toda regla— un dealer, de otro tipo de productos, que el azar le pondrá en contacto con la droga mágica. El encuentro con un personaje conocido como el Cucaracha —que viene corriendo desde Chile con el rabo entre las piernas— cocinero de laboratorio de pasta de coca en el Chile de los 70.

TV STILL -- DO NOT PURGE -- (L to R) MAURICE COMPTE, BOYD HOLBROOK and PEDRO PASCAL star in NARCOS. Season 1 Episode 3. Netflix. NARCOS S01E03 "The Men of Always"

Estos laboratorios se hallaban en las bajas faldas de los Andes cercanas a la frontera de Bolivia no tienen desperdicio. Ver para creer. Y es más, cuando la magnífica narración de esta historia nos pone en conocimiento, que fue la CIA durante la dictadura de Pinochet, quien estaba detrás de este negocio. Claro que la CIA siempre ha sido así: ha hecho lo que le ha pasado por la funda del escroto. El cucaracha tiene mucho de personaje humorista en una nochevieja de las de Luis Aguilé (lenguaraz y descarado) y un protoMr.White de corto recorrido: no pasó los 60 minutos de rigor sin su correspondiente tiro entre ceja y ceja. Su encuentro con Escobar y su primo hermano Gustavo Gaviria (el actor colombiano Juan Pablo Raba/otra brillante interpretación), en una cantina de Medellín. Es uno de esos momentos inolvidables que pasaran a la historia de la ficción. —Escobar le ha calado a una legua, y, cuando le muestra el material a éste, el cucaracha sigue parloteando, como una cacatúa. La mirada de D. Pablo corta las notas de la cumbia que está tocando la banda del garito. El cucaracha le dice a Escobar que la coca se vende por gramos y lo que cuesta en Chile, 10 dólares… Escobar  barrunta: “Si la cocaína se vende aquí a lo que tú dices… Cuánto crees que vale un gramo de esto en Miami…” Escobar  toma la decisión de expandirse a los EE.UU. Y es aquí donde decide que el rumbo de sus actividades irá directamente a Miami. Mención aparte merece el casting de Narcos. Pudiendo haber contratado a caras famosas, se  decidió una selección de actores conocidos en sus países de origen. Pero apostando por el  perfil bajo, es decir, sin grandes nombres de estanterías repletas de Oscars y grandes honores que hoy son quienes llaman a las productoras de TV. Increíble pero real. La apuesta ha tenido una de las  recompensas más gratas de los últimos años —un casting  originalísimo y explosivo—, esencialmente, la elección de Pablo Escobar que recayó en el actor brasileño Wagner Moura (estuvo aprendiendo español en la Universidad Pontificia Bolivariana durante más de 4 meses y trabajando el acento paisa, propio del territorio de Medellín), lejos del exceso y el histrionismo —se mantiene hermético con esa barriga— que le hizo sacar la cintura, en los 20 kilos que engordó. A medida que pasan los capítulos va cogiendo fuste y la potencialidad kármica con el auténtico Escobar. Por momentos, los planos entre la realidad y la ficción llegan a confundir, quien es Moura y quien Escobar.  Actor que puede mirarle a los ojos, sin que se le caigan los anillos, al último Escobar; el ínclito Benicio del Toro. Moura/Escobar es venerado como el Robin Hood de Medellín, ya que regala dinero a los más pobres de las barriadas y viviendas a tutiplén. Un hombre convencido que Dios le ha dado una misión: cambiar el destino de Colombia. Todo ello no es más que un ardid, ante el aluvión de montones de millones de dólares que acumula en garajes y zaguanes. A partir de ese instante, el capo comienza el show del blanqueamiento a marchas forzadas, pero con su propia ley. Es decir; la cara más brutal del personaje. El impasible y despiadado gangster. Un ejecutor implacable de todo aquello que pueda serle un obstáculo en su política de expansionismo criminal, ya sean los policías locales y sus familias, o embarazosos  campesinos que le dificulten su planificación. Esa actitud de genocida es la que el pueblo calla por miedo y será la que le haga caer de su trono de oro. Echando por tierra la imagen de  hombre de familia, honorable y generoso. A pesar de la oscura mitología del personaje y la enorme cantidad de documentación conocida y desconocida que sólo Escobar sabrá y algunos de los verdaderos agentes de la DEA, CIA, escuadrones paramilitares, narcos delatores de la competencia y demás fauna que participaron en todo este affaire. Steve Murphy (Boyd Holbrook) es el otro protagonista de esta intrigante historia. Su voz en off —que va narrando los acontecimientos— y te atrapa en las estrofas que repite y son reafirmadas por un montaje espectacular entre imagen real y ficcionada. En esa variable que algunos definen como la ley de la teoría del caos; nos vemos al jovenzuelo agente Murphy, que pasa de perseguir a hippies trapichas y fumetas estudiantes de medio pelo en 1980, a hostigar al mayor narcotraficante de la historia contemporánea. SM se une a la DEA —que trabaja destrangis en la embajada de EEUU en Bogotá— en la batalla de Colombia, donde se une a Javier Peña (el actor chileno, Pedro Pascal conocido por ser uno de los grandes personajes de GOT) agente veterano de la DEA que se mueve muy bien entre aguas turbulentas y con una red de informadores de los más variopinto.

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Habla perfectamente español, algo que le vendrá a Murphy de maravilla y adaptarse mucho mejor a toda esta guerra por el poder, entre narcos, gobierno colombiano y los EE.UU. Independientemente al hecho de que Murphy es el narrador y la voz en off de la historia, el ritmo es puro Scorsese, en Goodfellas (1990) o Mereilles en Ciudad de Dios (2002). En algunos momentos, nos da la sensación de estar dentro de la gran fiesta de Thomas Anderson en su obra maestra, Boogie Nights (1997). Avionetas, kilos de cocaína por encima de los cuerpos de las prostitutas de Medellín con Champán, ron añejo y enormes langostas bajo la batuta del director brasileño Jose Padilha, quien se hizo un nombre con el magnífico film, Tropa de élite y su posterior secuela. Fue reclamado por el Mainstream Hollywoodense para realizar el remake de la mítica  Robocop del holandés P. Verhoeven (1987). Obviamente, la empresa se antojaba de alto calibre. Robocop 2014 (pasó con una discreción anodina, recibiendo algún que otro palo de la crítica más exigente), pero tampoco es una película horrible. Jose Padilha demuestra oficio y brinda un ágil dominio del subgénero del crimen organizado. Podría haberse elegido otro director, quién sabe… Hoy en día el trabajo de las series de televisión Top suelen realizarlas directores Made in HBO. Algunos ejemplos  de ellos fueron pródigos y gozaron de relativa gloria en los 80 o 90; J. Foley, J. Dahl o C. Franklin  o A. Holland… Pero la nómina es enorme. Lo dicho, no soy yo quien criticara el entusiasmo de Padilha tras la cámara y el fantástico montaje de secuencias. Se ha hecho un trabajo de condensación de casi 10 horas de rodaje. Donde, él mismo Padilha se ha encargado de supervisar  el resto de episodios donde también ha dirigido un par de capítulos Guillermo Navarro y el resto jóvenes talentos que lo han bordado: el cineasta colombiano Andi Baiz y el brasileño Fernando Coimbra. Narcos ve a Escobar,  como se ve a sí mismo; el ingenioso empresario dotado para los negocios y como el gran visionario de los narcos contemporáneos. Ahí están los hermanos Ochoa José Luis, que interpreta el brasileño (André Mattos) y Fabio (el colombiano Roberto Urbina) o el personaje de José Rodríguez Gacha “el mexicano”, aquí el enorme (Luis Guzmán, nacido en Puerto Rico, actor fetiche de Soderbergh o Paul Thomas Anderson uno de los mejores actores de su generación de origen latino) le da vida, en una interpretación memorable. Otro personaje que tiene una importancia vital (es el jefe del escuadrón de los paramilitares) el coronel de operaciones especiales Horacio Carrillo (Maurice Compte un actor mexicano muy bueno), con un inglés fantástico. Así como el personaje más malvado que se recuerda en los últimos años del mundo del hampa: “Poison” o Veneno (intepreado por el mexicano Jorge A. Jiménez) es uno de sus sicarios más fieles y letales de Escobar en su trabajo. Ya ha quedado para los anales de ficción criminal; la búsqueda de una chica muy joven y su bebé, donde el killer demuestra sus maneras. Mata y respira con la facilidad de un chaval a la hora del almuerzo devorando su Bollycao de turno La verdad que Narcos despide un coraje y aplomo, que se evidencia, en todo el elenco de personajes. Entre las féminas destacaríamos a Connie (Joanna Christie), esposa del agente Murphy, o el caso de la femme fatale y trepa periodista Valeria Vélez (interpretado por la bella actriz mexicana Stephanie Sigman e inspirado en la verdadera periodista Virginia Vallejo) que fue amante oficial de Escobar. Por otro lado, estaría su más ferviente rival: Victoria Escobar, la Tata, su esposa y madre de sus hijos (la mexicana Paulina Gaitán). Narcos” ofrece estimular ideas acerca de las motivaciones de Escobar y su pasmosa frialdad a la hora de ordenar asesinatos: la matanza de los guerrilleros del M-19, donde vemos a una magnífica actriz como es Ana de la Reguera, dando vida a la guerrillera (Elisa). La guerrillera salvó su pellejo gracias a un artificio de la casualidad, entre ella y el matrimonio del agente Murphy. Gran parte de sus compañeros acaban troceados y fotografiados, como castigo por el secuestro de la sobrina de los hermanos Ochoa; Marta Ochoa. Del mismo modo, se desarrolla una vis cuasi de pueril y compasiva, cuando de repente, observamos como denota angustia y afligimiento, en una escena donde una perra (pastor alemán) recibe disparo a quemarropa del capo Gaba. Una contradicción o un halo de inocencia dentro del mismísimo diablo como llegó a denominar sus socios más cercanos.

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Todo ese caudal de acontecimientos le basta a una mesa de montaje, que a modo, de trabajo de un vieja moviola, de las viejas mesas de montaje,  nos retrotrae a las cortinillas del show; entenderemos y sabremos un poco más del porqué, de esa aureola de belleza, que recorre a Narcos con la música de Rodrigo Amarante y el bello score “tuyo”. Ahora entramos en un sueño y nos encontramos con el agente de la DEA, SF, hablando con el difunto maestro García Márquez, para que le explique, ¿qué es el realismo mágico? “Es lo que sucede cuando un entorno realista y detallado se ve invadido por algo demasiado extraño para ser real. No es de extrañar que el realismo mágico haya nacido en Colombia”. A pesar de las veces que García Márquez espetó con respeto: “el realismo es la diplomacia entre colombianos, pero por favor no se inventen más subterfugios para defender la intromisión de la soberanía nacional.” Obviamente,  que Escobar se convirtió en el narcotraficante más rico en la historia, a través de una implacable cruzada de violencia, gracias a la repetitiva práctica de la extorsión. Métodos horribles sustentados en la tortura y el soborno sistemático del pueblo. Narcos es el retrato del gangster, el político, el agorero, el marido de la virgen de los Sicarios, el mártir y el puto amo de Colombia (la escena que le perdona la vida al cabecilla de la guerrilla y se queda con la espada de Bolivar) es alucinante. Mientras un avión de la DEA intercepta las comunicaciones con radares de finales de los 80. Aquellos primeros zapatófonos vía satélite, de los secuaces del patrón Escobar le espera el otro mundo. Realismo mágico y política real, de un Reagan tosco, malhumorado y esquilmado con el capital norteamericano que salía de los bancos. Estaba en juego el capitalismo y la libertad de poner y quitar gobiernos. De eso sabe mucho el gabinete gubernamental. El mismo que se pasa el bote —de los  caramelos— como ácidos en Woodstock. Mientras se preparaba el dossier de guerra total a las drogas con la supervisión de los asesores de la CIA. El Boos de la Casa Blanca, con el agua al cuello, lanzaba su último As ganador. No le quedaba otro. Esa carta fue genial, pues, apoyarse en la angelical cara de su esposa Nancy para espetar aquello; “decir que no” fue directo a la retina de los campechanos ciudadanos norteamericanos. Fetén. En política vale todo, hasta los payasos de un circo, pues el poder es codicioso y tiene gula como el espectáculo, que se observaba cuando la prensa comentaba la inutilidad y la hipocresía de la guerra de los Estados Unidos en materia de drogas sin forzar las palabras de los personajes. Ya que la propia CIA era quien tenía el control, de lo que sí tenía que entrar en EE.UU, y lo que no debía. Y es que si uno quiere buscar lo puntilloso o la hipocresía del mensaje. Aquella Nancy Reagan dijo: No!, igual que Maradona en el FC Barcelona. Si te ofrecen droga: Di No! Y así día tras día las cadenas de TV norteamericanas seguían con el cover machacón; Díganles a los Narcos que no queremos nada de Uds. Ni el mejor Ken Burns lo hubiera bordado en los planos desde el helicóptero de noche saliendo de la montaña y Medellín iluminada como una boda por orden del patrón D. Pablo. Ese personaje que también se creyó pertenecer a la clase dominante que usó la droga para financiar sus guerras domesticas hasta que la DEA apareció con las barras y estrellas contrarrevolucionarias. Don Pablo no entendió aquella frase de Doña Nancy. The Wire desde el ghetto de Baltimore daba las gracias por los servicios prestados a la primera dama y los gringos con chaleco DEA le ofrecían una pala para cavar su fosa o trullo. El Medellingate se cerraba por reforma sine die para pasar el cambio de cocina, que fue sustituida por la metanfetamina de México, y el Sr. White de paso cambiaba el color de los caramelos del córner de Baltimore. Obama respira tranquilo y aplaude una serie que es tan grande como las esmeraldas de Colombia. ¡Bendito Netflix, cuánto talento! Nota: 8,6

 

 

The New bets of the cable (2015) for the decade end

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Mucho se está hablando y mascullando, en torno, a esta temporada televisiva en EE.UU, y resto de las islas británicas. Hablamos de todos esos productos con calidad, a día de hoy, para ser los finalistas de los inminentes Emmy 2015. El mes que viene sabremos si GOT recibe un aluvión de premios ,o como suele ser en estas lindes, por parte de la academia vuelve a ponerse el mejor Nenuco de la añada y nostalgia, para obsequiarnos un hiperhomenaje a una de las grandes series de la historia de la televisión: Mad Men. Nadie pondría el grito en el cielo. Pero viendo las nominaciones, las opiniones sos todos los colores y plausibles. Recordemos que el año pasado, el Sr. White de Breaking Bad se marchó para siempre de la caja tonta (como gustan llamarla los snobs del cine trascendente) con su anfetamina cristalizada azul para siempre, y los Emmy, la encumbraron a los altares, cuando ya estaba en el mismísimo cielo. Es humano y en este tipo de saraos; las emociones venden. No es más que eso, así de sencillo: las amamos o las detestamos. Evidentemente, si viviéramos en Corea del Norte no lo podríamos saborear. Luego, no sé Uds., pero yo no tengo la más mínima intención de irme por aquellos lares. El Show business es parte de nuestra cultura y un ingrediente más, como lo pueda ser el azafrán en una buena paella. Series del calibre de Mad Men se lo merecen, pues, de facto pasan a ser patrimonio de la historia de la TV, y, occidente es un lugar que necesita de esa historia para mirar atrás y sonreír de vez en cuando. Sin embargo, observamos en este ya bien entrado 2015, se percibe un recambio en los banquillos. Nuevas generaciones de gente que han mamado buena televisión y viene con currículos que apabullan y dejan del revés al más pintado. De las mejores universidades y factorías del guion. Ya sea para la TV o el cine. A día de hoy, vemos que los saltos son idénticos, por el trasiego de estrellas, de una alfombra a la otra. Bien, lo más importante de este post es saber, como serán algunos de los nuevos shows, que tienen que dar el relevo al último lustro de la década, y si alguno de esos productos llegará a sobrepasar los ya legendarios 7 años, con última temporada dividida en dos partes, de la mencionada Mad Men. Estas son nuestras propuestas para un Otoño/invierno en el sofá de los sueños en VOS.

 

 

De la mano del guionista, actor y creador de SOA; Kurt Sutter. Nos llega con una historia en pleno siglo S.XIV ultraviolenta, queriendo recoger o estar a la altura de Juego de Tronos

 

Del guionista y hermano de la perla de oro del cine británico; Jonathan Nolan. Un remake de Sci-fi con un reparto de lujo en el canal por antonomasia del cable, HBO

 

Del director de cine brasileño, José Padilha creador de la fascinante y premiada; Tropa de Élite. Nos llega una historia alucinante sobre el narcotraficante P. Escobar en Netflix

 

De una de las guionistas de la serie de culto Breaking Bad, Moira Walley-Beckett. Nos llega un drama hipnótico  sobre el mundo de la mejor escuela de ballet de USA  para el canal Starz

 

Del actor, guionista y director independiente Edward Burns. Nos llega una historia verídica sobre polícias corruptos y su división por vigilancia de la moral americana. Neonoir en TNT

 

Del actor, productor y estrella de la gran pantalla Bradley Cooper. El canal CBS adapta el film, que ya encarnó para el cine, el mísmisimo Cooper. Sci-fi y Thriller que prometen emociones

 

Frank Spotnitz uno de los guionistas de Expediente-X  y Sir Ridley Scott como productor ejecutivo realizan para Amazon TV una adaptación, del libro de Philip K. Dick, que apunta muy alto

 

Adjuntamos listado de nominados en las diferentes categorías, que concurren este año, y comprobarán la gran cantidad de títulos reseñados en nuestra publicación. Lo dicho, suerte y a disfrutar de la ficción.

 

http://www.emmys.com/awards/nominees-winners

Bosch (2014) The Old School

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Últimamente observamos en la ficción norteamericana como la idea de un trauma, de la infancia o algún suceso del pasado, pasan a ser los protagonistas sustantivos de todo comportamiento criminal. Partiendo de semejante obviedad; es evidente que  la cultura del crimen está de moda. Ayer por la noche, HBO celebró uno de sus mayores acontecimientos de la temporada: el estreno de la segunda entrega de True Detective. Ante este contexto de revitalización de los Noir (o exaltación del NeoNoir). Autores de la vieja escuela también han buscado hueco a sus héroes, caso de Andrew Vachss, Elmore Leonard, Ross McDonald o Walter Mosley en la figura del icónico Raymond Chandler. El virtuosismo, la ironía y la soledad de muchos de estos detectives pasan por la ciudad del crimen: Los Ángeles. Si hubiéramos de ubicar a los nuevos amos de la literatura Noir Made in L.A., ahora mismo, no cabe duda que James Ellroy y Michael Connelly se han convertido en los mejores cronistas de la bulliciosa, despiadada y solitaria urbe. El caso de Ellroy con viajes constantes a las décadas doradas del viejo Hollywood y Connelly cogido de la mano de su inefable Harry Bosco. El detective de homicidios que ya ha recorrido 17 novelas, desde su primera aparición en 1992, con la extraordinaria Black Echo. El detective Harry Bosch (nombre sacado de la imaginación de Connelly, en un giño de amor por la pintura flamenca y el gran artista del siglo S.XV “El bosco”) es la nueva apuesta televisiva del gigante de internet; Amazon. Amazon studios, reciente canal de TV vía streaming, en la línea que abrió el poderoso Netflix. Es nueva apuesta audiovisual que ya se ha estrenado en la historia de los premios televisivos. Su serie franquicia, la comedia dramática sobre un padre Transexual; “Transparent”(2014), ya ha ganado 2 Globos de Oro. Además, muy pronto veremos en este canal la futura serie de televisión de Woody Allen. Lo dicho, un buen lugar para desarrollar ese guion definitivo que Michael Connely, llevaba tiempo en mente, en torno a su detective de homicidios por excelencia.

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La Story line de Bosch se ha basa en dos libros: The Concrete Blonde (1994) y  City of Bones (2002). Bosch es un drama policial bien hecho, en principio con un contrato de 10 capítulos de 45 minutos de duración con el bonus de una nueva temporada, ya confirmada. El capítulo piloto arranca con Harry Bosco y su compañero Jerry Edgar persiguiendo sin descanso a un sospechoso desde el coche. Harry baja de éste, y en solitario continua el acecho en metro, y luego a pie, por la noche cerrada de las calles de Los Ángeles. Definitivamente, Harry se queda solas —y saltándose  la política del departamento de policía de los Ángeles— con el sospechoso en un callejón. Arrecia una lluvia (muy del gusto de esas que tanto le agrada filmar a David Fincher) consistente y torrencial. Se produce un tiroteo—mejor dicho—un par de disparos del protagonista al presunto delincuente. Unas imágenes algo ambiguas nos llevan a la mano del proscrito, sin revelar del todo que portaba en ella. Sí que se observa sacar de su bolsillo, a Bosch, un pequeño revolver. La secuencia funde a negro y entramos, en una soleada mañana, en la gran metrópoli, pasados dos años. Bosch se acerca a las escaleras de los juzgados para intervenir en la audiencia del juicio por homicidio involuntario. Harry Bosch es defendido por un abogado del departamento y la familia del fallecido le reclama 1 millón de dólares. Así como la condena penal por parte de ayudante del fiscal Honey Chandler, representada por una magnífica Mimi Rogers. Bien, con el caso de fondo, Bosch está deseando volver al trabajo, a pesar de que su vida va a ser vista por microscopio y el mínimo traspiés puede darle el definitivo final de una larga carrera llena de tropiezos y éxitos. Harry Bosch es un personaje, sui generis, pertenece a esa escuela de viejos detectives, de vetustas maneras: solitarios, bebedores, amantes del Jazz y con un vehículo pidiendo a gritos un plan renove. Desde Marlowe a Archer pasando por el afroamericano Rawlins hasta llegar al guerrillero Cole, sin dejar de abandonar ese aroma de la vieja comisaria de Hill Street Blues. Personajes deudores de las fascinantes historias del viejo Noir Made in LA. Harry Bosch está interpretado por Titus Welliver, actor de tono de voz grave. Serio, lacónico, sarcástico y extenso currículo tanto en la gran pantalla como en la TV (NYPD, Brooklyn South, Deadwood, Lost, Good Wife, Sons of Anarchy, Gone Baby Gone, Argo o Transformers 2014). Personaje donde los haya. Un chico de origen humilde con una infancia complicada, bajo la tutela de una madre prostituta que fue asesinada. Apenas con 20 años, siendo un policía novato, decide enrolarse en las fuerzas especiales del ejército tras el 11S. Donde fue condecorado por su valor y participación en misiones de alto riesgo.

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Una vez licenciado del tío Sam, entra en el departamento de policía. Poli investigador de poca empatía con el armatoste burocrático, así como una vida conyugal complicada: su trabajo es lo que mejor sabe hacer. Se mira al espejo y contempla sus 47 años mientras se dice una y otra vez; he de dejar de fumar… Aparte de su juicio, los casos que va investigando son una ilustración la podredumbre de la urbe occidental y  de la bajeza humana; la desigualdad social dentro de esa jungla de 4 millones de habitantes. Una llamada lo pone en contacto con un médico quiropráctico que le advierte sobre unos huesos localizados por su perro labrador. Los despojos son identificados como humanos y pertenecen a un niño de apenas 12 años. El estudio antropológico demuestra que la mayoría de los huesos sufren  fracturas pre-mortem. Algo que pone en alerta su olfato sobre un posible asesino en serie y con rasgos pedófilos. Por otro lado, aparece un tipo con una furgoneta y un cadáver dentro rondando por los arrabales del sur camino al valle de San Fernando. Comienza el juego en el tablero de ajedrez y Bosch sabe que cada movimiento o gesto puede ser un triunfo o fiasco.  El tratamiento de toda la serie en sí, nos retrotrae al universo de la novela Neonoir de los 90 y ciudad de LA. Aquellas obras que firmaba Harold Becker, John Dalh o James Foley (estos dos últimos muy enchufados en la dirección de TV de calidad) empapada del viejo sabor policiaco y poso detectivesco por la búsqueda de la verdad. La progresión narrativa se revela rápidamente apasionante. Más allá de la escritura del propio personaje es muy destacable la cantidad de subtramas que pivotan sobre la línea protagonista de toda la entrega de episodios. Los giros y los rebotes son continuos al igual que una vieja novela de los años 40, pero con una urdimbre impregnada del aura Noir de los 90, que se deja querer en algunos planos realmente hermosos; el apartamento del protagonista y las puestas de sol desde las alturas de ese gran mirador que muestra el esplendor de las luces del L.A. nocturno. La atalaya y fortaleza del guerrero. Por momentos, creemos ver a Harry Ross (Paul Newman con Catherine Ames/Susan Sarandon en aquella magnífica crepuscular “Al caer el sol” (1998) de R. Benton o al Neil McCauley/Robert de Niro y Eady/Amy Brenneman en “Heat”(1995) de Michael Mann. Un homenaje a ese Neonoir que es parte de la vieja escuela.

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El elenco de actores, de reparto es exquisito, empezando por el compañero de Bosch, Jerry Edgar (Jamie Hector, el mítico Marlo Stanfield de The Wire). La protectora y maternal teniente Grace Billets (Amy Aquino “Lost”, “ER”), el jefe comisario Irvin Irving interpretado por un flemático y siempre estiloso Lance Reddick (el teniente Daniels de The Wire). El médico antropólogo-forense el emotivo, cercano y preciso Dr. William Golliher (Alan Rosenberg pasó por Chicago Hope y The Guardian). La novata patrullera Julia Braser (Annie Wersching recordada por “24”), que está enamorada del  héroe callejero Bosch. El detective Johnson Troy Evans (otro legendario de “ER”) o el sargento Manckiewicz (Scott Klace Weeds, The Closer, True Blood, aquí como el seleccionador de alertas). La ex esposa de Harry,  una especialista en perfiles del FBI Eleanor (Sarah Clarke, la “Nina Meyers” de 24) o  Scott Wilson el médico quiropráctico, que interpreta (el fabuloso Dick Hickock en  A Cold Blood 1967 y Hershel Greene el veterinario de Walking Dead) Así como el psicópata  Jason Gedrick  (otro papel histórico de la TV, Neil Avedon en Murder One). Todo ello bajo la supervisión ejecutiva de Eric Obermyer (The Wire y The Treme). Así como los productores ejecutivos; Pieter Jan Brugge (El dilema, corrupción en Miami y Defiance) y Diane Frolow (Los Soprano o Boardwalk Empire). Michael Connelly que había escrito los guiones de Deuda de sangre (2002) y el Inocente (2011) demuestra sus tablas en este medio. En la dirección Alex Zakrzewski (The Wire, The Brigde, Tyrant) Ernest R. Dickerson (Walking Dead, Treme, Dexter) o Jim McKay (Ley y Orden, En terapia o Good Wife). Un producto que mantiene un digno nivel de producciones con el sabor añejo de los viejos detectives y los entresijos de comisaria. Pues, Bosch quiere denunciar y actuar contra el mal. Algo que no tiene una encarnación absoluta y estereotipada, menos aún viene determinado por la libertad o la voluntad del individuo sino que aparece como fruto de una ambición o sed de poder, de la huida de la pobreza de la infancia o de un psiquismo enfermo que domina la voluntad del sujeto. Posiblemente o nulamente haya reflexionado, en torno, a las posibilidades de su ejercicio  moral o de identidad moral, el mismo  héroe/antihéroe que es Harry Boch. Y es que la vieja escuela es mucha escuela, aunque el sistema se empeñe en lo contrario. Nota: 7,6

Bloodline (2015) “The prodigal son”

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Dos cosas son —más que ciertas y hermosas— en esta vida; un amanecer en otoño y una puesta de sol veraniega. Luego, estaría la TV, a pesar de los pesares, la aseveración es categórica: ya que el medio en sí, sigue siendo un gran entrenamiento. Hoy la ficción televisiva goza de un más que reconocido prestigio —lo hemos dicho en otras ocasiones— donde muchos teóricos del séptimo arte, día a día, ven en este entorno una amalgama de posibilidades infinitas. Empero, no corramos y observemos las realidades más inmediatas que están condicionando el mundo televisivo en el siglo XXI.  La primera es que la familia sea del tipo que sea, sigue siendo el alma mater de todo guionista—el cual—, se precie a realizar un  producto de  gran calibre. La segunda que el canal, en comprimido, Netflix está cambiando los hábitos de ver la TV como hasta ahora la habíamos concebido. Buena muestra de ello es la magnífica tercera entrega de House of Cards (vista por este amanuense que les habla, no hace mucho). El dueto Reed Hastings&Marc Randolph —hombres forjados en el negocio del videoclub— saben cómo fidelizar a la parroquia sedienta de entretenimiento. Bajo unas premisas, esencialmente, universales: productos de exquisita factura. Una grandísima promoción. Y por último, una clientela  bien fidelizada, que está a punto de superar los 50 millones de consumidores. Eso es Netflix, Sres. Guste o no guste al más pintado,y, futuro ya es presente para la nueva ficción. Recalcado lo dicho. El canal en  streaming —nuevamente—  ha rebuscado en su chistera mágica y nos han traído una de sus últimas producciones: Bloodline (2015). Luego, ¿qué mejor manera de mantener vigilante a su voraz grey, capaz de fagocitar 13 capítulos de golpe? Sencillo, contar una historia muy lenta, que a modo, de sinfonía decimonónica va, in crescendo, hasta  llegar al último capítulo con un final demoledor.

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Bloodline se apunta a  esa táctica, que ya lleva muchos años en los manuales de guion y siempre ha dado tan buenos resultados. De momento, las expectativas creadas, en torno a este thriller melodramático son altas, ya que los telespectadores del canal quieren más. Pero eso, será el año que viene. Una vez vista la primera entrega, crítica y  público han aplaudido la nueva serie. Claro, que la pregunta del millón sería; ¿De qué va Bloodline? Fácil, para los más castizos el termino anglosajón podría traducirse por el vocablo “linaje”. Y puede que haya mucho de linaje Shakesperiano y redenciones, a propósito de la parábola del hijo pródigo. Porque Bloodline es en toda regla, un drama familiar disfuncional, relajado, convencional y atípico que se desarrolla por los Cayos de la hermosa Florida. Una serie escrita por los creadores de la inquietante y ambiciosa Damages(2007), Todd Kessler, Daniel Zelman y Glenn Kessler forman un trio muy bien avenido —los cuales—, además de tener buena pluma, suelen dirigir y aquí no han perdido la ocasión, en alguno de los capítulos de esta primera entrega. Vuelven a la carga con una trama más Neonoir, la cual, no por ello deja de tener una miga adictivamente sustanciosa. Si Damages se movía por los vericuetos de la tramoya judicial, con abogados corruptos, peces gordos de corporaciones fantasma e ingenuas trepas a aspirantes a gran toga, donde Gleen Close era la omnipotens domina de la pantalla, en aquel cuerpo a cuerpo, con una jovial Rose Byrne. Aquí, el equipo de guionistas mantienen los ecos repetitivos —concentrados— en una mater familias de la talla de Sally Rayburn (Sissy Spacek) y un marido Robert Rayburn (Sam Shepard); auténticos  reyes del clan Rayburn.

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Un matrimonio bien avenido lleno de amor, secretos y mentiras. Si bien, en el capítulo piloto destilan cariño, sentimiento y complicidad por los cuatro costados. Así como el resto de su progenie, formada por tres varones y una mujer (dejémoslo ahí). Ya que narrativamente la  historia central sigue siendo la vuelta a casa de Dan o Danny Rayburn—  curiosamente—, el hijo mayor: Danny, un colosal  Ben Mendelsohn  (Animal Kingdom, Cosi, The Place Beyond the Pine, Killing Them Softly o The Dark Knight Rises). Actor australiano que enamora en cada gesto o frase que pronuncia. Impresionante el acento americano en su dicción. A partir de la celebración de la entrega de un galardón al patriarca Robert Rayburns, por su labor como empresario, en la construcción y gestión del complejo idílico  Rayburns Resort en los Cayos de Monroe arranca toda esta historia de remordimientos, reencuentros y cuentas pendientes. Ahí nos encontramos con el factor hijo pródigo, envuelto de una mácula de perdedor, problemático y en definitiva, dolido, entre toda esta estirpe familiar. Al margen del eje central, que es él, protagonista absoluto del show. Se introducen diferentes subtramas, con la más directa intención de atrapar al telespectador. El abordaje de golpes y saltos en el tiempo narrativo, a través de flashbacks, que no paran de mostrar el pasado, donde  un suceso muy crudo y oscuro está liberando toda la problemática del presente. No por ello, los guionistas están por la labor de renunciar al fascinaste elemento narrativo del flashforward o viaje visual hacia el futuro.

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En ese recorrido se hayan sus hermanos; John (Kyle Chandler  un viejo conocido de gran solvencia tanto en  TV y  cine Early Edition, Friday Night Lights, Zero Dark thirty o The Wolf The Wall of Strett),  el segundo hijo que ejerce como el gran garante del clan y valedor de la estabilidad familiar. No en vano, es el sheriff del pueblo. A ello, habría que añadirle el tercer hermano Kevin—Impulsivo y bebedor—es Nobert Leo Butz  (Greetings from Tim Buckley The Miraculous Year)  y la hermana pequeña, Meg la actriz Linda Cardellini  (ER, Mad Men o Butz). Completado el elenco principal de actores implicados en lo que sería la primera línea de confrontación y de algún modo el gran clan. Si a ellos les sumamos los partenaires de John y Meg. Tenemos a Diana Rayburns, interpretada por Jacinda Barrett (Middle men, The Namesake  o Zero hour) y Marco Díaz — el siempre eficiente, Enrique Murciano— (Dawn of the Planet of the Apes, Black Hawk, Traffic o Without a Trace)  pareja de Meg  que trabaja como ayudante del Sheriff John Rayburn. Por último, un par de personajes, a modo de pobres diablos —residentes de toda la vida en el condado—  al filo de la ilegalidad, como Eric O’Bannon que interpreta  Jamie McShame (Southland, Murder in the First e In My Pocket). Un perdedor nado, adicto al alcohol, drogas y chapuzas de medio pelo que vive junto su hermana Chelsea, una extraordinaria Chloë Sevigny (Big Love, AHS/Asylum My Son, My Son, What Have Ye Done o Zodiac) siempre poniendo el lado más ardiente. A modo, de femme fatal rural. Mujer que puede acabar con tus huesos en algún lugar deseado o indeseable. No tiene desperdicio la entrada en acción de estos dos personajes. Finalmente, un joven abogado del bufete donde trabaja Meg, un tal Alex Wolos, que es intrepretado por el actor Steven Pasquale (Rescue me y AlienVsPredator) que le da ese plus de la componenda legal o ilegal respecto al negocio familiar.

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Por momentos, el guion tiene visos de drama a lo Tennessee Williams y cuando uno vuelve, a la desgracia del patriarca, envuelta en el comezón de un desvalido y afligido rey Lear; Robert Rayburn, otrora el señor que movía las fichas a su antojo y ahora se nos acerca, más a una novela realista de John Updike en una tarde calurosa de verano. Bloodline es solo el principio de algo que necesita gestionar un relativo acervo samaritano por parte del televidente, que con el paso de los capítulos verá recompensado y entenderá eso que repite al final de episodio piloto: “No somos malas personas, pero hicimos algo malo” en un tono, de voz, dolorido y triste. Las diferencias de los Rayburns residen en ese entorno pantanoso de la costa este sureña. El paisaje y la climatología es una parte notable de la propia Bloodline, la cual,  se acerca muy sutilmente  a la magistral sensación de la temporada pasada: The Affair (2014) Showtime. Donde el tempo narrativo y la expectación por saber de todo ese humus inmundo, que esconde esta familia, aflora en un paisaje idéntico al de los universos Lovecraftianos de Pizzolatto. Y es ahí, donde Danny Rayburn anda muy sobrado. Algunos instantes se vuelven mágicos, cuando en sus reflexiones, emerge el karma turbador de Cohle Rust. Bloodline puede ser lenta, previsible, burguesa y algo comercial. A mí me parece que es escalofriante, descorazonadora, violenta, cruel y amarga. El drama del hijo pródigo y el tercer grado al que se tiene que someter por una familia —que posiblemente— sea tan sucia y deshonesta como algunas de sus borracheras, sin calzoncillos y vomitona a cobro revertido. Mientras, los caimanes del manglar secan sus lágrimas a la espera del primogénito outsider. Nota: 8,1

Kojak is cool (1973-78)

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La televisión en los años 70 se embutió de espectáculos policíacos—muchos de ellos, ya comentados por estos lares— de las diferentes cadenas Made in USA. Cada uno de ellos tenía a su héroe, heroína o heroínas de turno. Desde Baretta y su cotorra al hombro, hasta el vaquero McCloud subido en un hermoso corcel por la Quinta avenida, Colt en mano, a  la sexy “Mujer policía” y  aquellos deliciosos “Ángeles de Charlie”. Sin embargo, fue en 1973 cuando apareció un título contundente, de una absorbente intriga, con un protagonista duro  y categórico, ese, fue Kojak. Desde la contundencia del nombre propio, a la propuesta de un New York realista, donde los dealers y canallas de turno eran deudores del cine de aquella maravillosa década. El humus de esta —mítica— serie  hay que buscarla en el origen del éxito, asociado a un actor fantástico como lo fue Telly Savalas. Sin este actor, hubiera sido imposible la grandeza de este producto. Todo arranca cuando el guionista Abby Mann, el cual, escribe  una TV-movie: “The Marcus-Nelson Murders”(1973) /basado en unos hechos reales de un espeluznante asesinato en 1963/. La cinta nos destapaba el papel del teniente, Theo Kojak, toda una revelación de vitalismo, alma mater, de  la investigación del atroz crimen y violación en el Upper East Side of Manhattan. Tal fue su éxito, que Teddy Savalas, en aquel año fue nominado a los Emmy en la categoría al mejor actor de drama de TVmovie. El asunto estaba claro, ya se tenía muy perfilado —al futurible policía— sólo  había que ubicarlo en la gran metrópoli de NY. CBS dio el OK para comenzar a trabajar en el serial de Kojak, con Savalas como absoluto protagonista. A finales de Octubre de 1973 se estrenaba en el prime time con un éxito de audiencia notable. El show se mantuvo en pantalla hasta 1978, a lo largo de 5 temporadas, y un total de 118 episodios. Tanto Abby Mann como Teddy Savalas tuvieron carreras llenas de triunfos y decepciones en el pasado. Eso es parte de la vida, cuando se te presentan las oportunidades. En el caso del creador de Kojak fue guionista de la extraordinaria “Vencedores o vencidos”(1961). Dirigida por Stanley Kramer. Telly Savalas, se inició en la mítica serie los Intocables (1959), en el lado del mal —frente a Robert Stack —protagonizando al gangster Leo Stazak.

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Posteriormente, trabajó con Frankenheimer, uno de los grandes directores de aquella generación televisiva— realizando una interpretación brillante del  recluso Feto Gómez en la película “el hombre de Alcatraz”(1962). Continúo su trabajo y estuvo a las órdenes de J.L. Thompson en la intrigante; “el Cabo del Terror”(1962). Savalas, encarnaba al detective privado; Charles Sievers, y, en la película “007 On Her Majesty’s Secret Service” (1969) dirigida por Peter Hunt, como el villano Blofeld. Pero es en el papel del Teniente Theo Kojak donde se perpetúa la leyenda del especial Aristoteles Savalas, nuestro querido Telly. Por último, no quiero dejar pasar por alto un film espléndido al lado de Clint Eastwood y Donald Shuterland; “los Violentos de Kelly”(1970) de Brian G. Hutton, en el papel del sargento primero, huraño y trapicheador; Big Joe. Ya en el último año de la serie Kojak, cuando la productora CBS le dijo a  Savalas, que la audiencia se estaba marchando. Savalas comprendió que en aquel lugar, su tiempo ya estaba amortizado y emprendió nuevos proyectos de diversa índole internacional.  Cinco años en la pequeña pantalla que le dieron dos Globos de Oro y muchas nominaciones a los Emmy tanto a él, como el resto del equipo técnico, artístico y compositor musical. El éxito y la originalidad de esta serie descansaban en la fuerte personalidad del protagonista, Theo Kojak, pues alcanzó la fama y la gloria que le marcaría el resto de su carrera cinematográfica. El hábito del teniente TK parecía estar hecho a su medida. Muy difícil separar al hombre del perfil ficticio. Kojak era un poli con malas pulgas, que se jactaba de las diferentes etnias del NY más underground y violento de aquellos años. Un tipo de escrupulosa pulcritud en su indumentaria; coqueto con los sombreros, las gafas de sol y la quincalla que portaba: calvo como una bola de billar, al que todos los delincuentes de la gran manzana temen. El poli de la comisaria distrito 11 de Manhattan Sur, que no duda en sacarte la lengua a tirones para que cuentes lo que sabes, mientras saborea un pitillo o un purito.

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La cuestión del tabaco fue muy divertida, ya que Kojak era un fumador empedernido y los productores decían que no daba una imagen muy correcta. Se recurrió a una estratagema que fue un icono del merchandising; el famoso chupachups (aquí en España). Pues, en los EE.UU eran unos pirulís de caramelo, que derivaron en el chupachups Kojak, el cual, aterrizó en nuestras tiendas de golosinas y el mundo entero. ¿Quién no se ha comido un mítico Kojak-Fiesta con chicle? Se sentía orgulloso de su origen griego, mostraba sagacidad y cinismo con los criminales, funcionarios, camareros o superiores… Su equipo estaba compuesto por George Savalas, hermano verídico de Telly, un tipo orondo, grandullón y de pelo rizado. Un gran conocedor del patear diario de las calles. Bobby Crocker, interpretado por Kevin Dobson, el típico detective que sigue al pie de la letra todo lo que propone Kojak, de algún modo, es su fiel compañero y hombre de confianza. Mark Russell como el Detective Saperstein. Así como Vince Conti, que es el detective Rizzo y Borah Silver como el inspector Prince. Por último, el jefe de todos ellos capitán Frank McNeil, interpretado por Dan Frazer, que es el superior de Kojak, pero realmente no actúa como tal. McNeil puede poner a veces los métodos de Kojak, en duda, de cara a la galería. Una especie de paripé, pues, está con él a muerte. Sabe muy bien de la agudeza  de Kojak, la cual, es más que precisa. Cuando algo le dice que hay gato encerrado: no se equivoca. Algo hay. Luego, capitán y teniente son dos más del grupo. Con el tiempo habrá un cambio de mandos, es decir, cada uno tendrá una nueva ubicación y rango. A Kojak, le gusta marcar su territorio y mostrar jerarquía, aunque a veces, las cosas se salgan de madre. Las tramas no están muy lejos de lo que es la típica actualidad, a día de hoy en día, en cualquier telediario o páginas de sucesos; corrupción a tutiplén, conspiraciones de la mafia, asesinos en serie, algún caso de intento de atentado contra la infraestructuras de la ciudad y tráfico de drogas a pequeña y gran escala.

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Otro de los reclamos utilizados en el serial era la utilización de estrellas invitadas de la gran pantalla: desde las viejas glorias a los nuevos talentos que iban pujando por la época: Danny Aiello, F. Murray Abraham, Paul Anka, Armand Assante, Eileen Brennan, Blair Brown, Dabney Coleman, Héctor Elizondo, Richard Gere, Gloria Grahame, Harvey Keitel, Sally Kirkland, Carol Lynley, Geraldine Page, Kathleen Quinlan, Lynn Redgrave, John Ritter, Sylvester Stallone, Forrest Tucker, Christopher Walken, Eli Wallach, Shelley Winters o James Woods de entre los muchos que se dejaron ver a lo largo de sus cinco temporadas. También, es verdad que Kojak tuvo problemas con algún capitulo por mostrar conductas poco apropiadas de tipo ético y moral. Se le acusaba desde determinados colectivos; del reiterado abuso de la fuerza bruta y una solapada glorificación de la falta de derechos civiles. Algo que llegó a provocar un conflicto con su vecino Canadá. Kojak era la calle, los garitos, los dealers de las esquinas, el argot de ese submundo y su frase de culto: “Who loves ya baby”. Esa voz grave y profunda que te recordaba al enorme Barry White. De fondo sonaba la celestial  música de John Cacavas: un score, puro, del sonido Philadelphia. Kojak, con el chupachups en una mano y en la otra buscando su  Smith & Wesson del 38, metida en el bolsillo de la gabardina o portándolo en la mano en plan sicario vivo. Estilo que marcó escuela en la policía y la delincuencia de aquellos tiempos. El toque Kojak a la hora de llevar la pipa. El teniente Kojak se acerca a la escena del crimen con su flamante Buick de color bronce perla y la sirena roja marcando la ruta del guardián del Lower Neoyorkino. La serie Kojak se volvió a llevar en el año 2005 a la TV, en esta ocasión, el actor seleccionado para el papel fue el afroamericano Ving Rhames. Se pasó una primera temporada y fue cancelada por su escasa audiencia. A pesar de contar con actores, en el reparto, tan interesantes como Chazz Palmenteri o Roselyn Sánchez; el remake no cuajó. Se rumorea con la posibilidad de llevar el show a la gran pantalla con Vin Diesel como el teniente Theo Kojak. Este otoño de 2015 la serie cumplirá su 42 aniversario. Que mejor recomendación para un día de asueto que volver a revisar alguna de sus temporadas vía DVD o alternativas digitales. Y por favor, no olviden unos cuantos chupachups a mano. Nota: 8,1

40 years after the Police Woman

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El aprecio de la televisión como medio artístico puede que haya alcanzado nuevos vértices, de telespectador como corriente principal de entretenimiento, gracias a la nueva ficción del cable. Sin embargo, la aceptación de ese estándar principal, sigue en fase de reinvestigación. En el fondo, la protohistoria de la escritura catódica, la hizo Twain y Dickens. Aunque, sean muchos los que sabemos —de mi admirado— David Chase fue el alma mater de los Soprano; pero no el inventor de la dramaturgia episódica. Al igual, que los mesopotámicos ya dominaban el arte de la escritura. Posiblemente, las incertidumbles siguan sembrándose, en torno al modus operandi de su utilidad, sumergidas en un mar de dudas, donde todo es plausible. Desde aterrizar del brazo de Conan Doyle al lado de Colombo, o llamar a  la insigne Patricia Highsmith reivindicando la cuota de paridad, para irse de cañas con la mujer policía. Y es que, allá, por  la década de los cincuenta apareció una chica de Dakota del Norte, llamada Angeline Brown. Un día su familia hizo las maletas y marcharon a la soleada California. Su deslumbrante belleza junto al gran talento que poseía: terminó por crear a la actriz Angie Dickinson. Si bien, dispuso de los mejores comodines, en la partida de cartas cinematográficas;  no jugó bien sus bazas. Llegó a ser partenaire de Frank Sinatra, Dean Martin, Ronald Reegan (el ex presidente) Robert Redford, Marlon  Brando o Richard Burton. El mismísimo Howard Hawks dijo de ella; que sus piernas fueron las mejores de la historia de Hollywood durante el rodaje del western  Río Bravo. Amén, de tener una voz muy sensual, que sirvió para ponerle el inglés Made in Hollywood, que tanto se le atragantaba a nuestra india, Sara Montiel en Yuma. Pues la manchega se enredaba con la lengua de Shakespeare, por no decir que no le entraba, ni con el calzador del inefable Anthony Mann. Por fin llegaron los divertidos 70, y en el año 1974. AD realizó un papel en  la serie  Police story,  que dejó un grandísimo sabor de boca a los a los directivos de la NBC y decidieron crear una serie para ella solita.

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Lincoln C. Hilburn escribió el guion original a instancias de Robert E. Collins —su creador—, y tuvo tal existo que a día de hoy, es el alma mater del boom de series de acción y policiacas femeninas, de aquella década: Los Ángeles de Charlie, La mujer biónica o la mujer maravillosa. La verdad, que fue algo memorable asistir al aluvión de peticiones de mujeres  dispuestas a  trabajar, en los cuerpos de  policía de EE.UU. Los periodistas aseguraban estar realmente sorprendidos por la cantidad de mujeres policías que, al preguntarles cómo habían elegido ese oficio, respondían: “la verdad que desde que vi la serie de Angie Dickinson no me lo pensé dos veces”. Desde el estreno de Hospital Central no se veía una reacción del público de idénticas proporciones. Pero, en aquella ocasión, a las puertas de las facultades de medicina. La sargento Suzanne ‘Pepper’ Anderson levantaba un morbo inexplicable en todos nosotros. Quizá era también un precedente del boom que inició aquella historia del desaparecido Mike Nichols y El Graduado (1967). Daba el  perfil de lo que hoy en día conocemos como MILF –tenía casi 44 años– pero cuantas y cuantos de nosotros quisiéramos haber tenido su extraordinario y sensual físico. Generaciones de cincuentones padres —actuales— tenían en sus habitaciones de adolescente un poster de la carnal Angie Dickinson y su pistola. Nuestra querida sargento Anderson trabajaba de incognito en la brigada antivicio, y muy a menudo tenía que salir disfrazada de azafata, enfermera, prostituta o groupi de Monterrey —que solía flirtear con gangsters, dealers, canallas y demás fauna de la selva californiana—  para resolver casos de asesinatos, violaciones, robos o tráfico de drogas. Así solían iniciarse los episodios. Es más, no había capitulo en la que la sargento Anderson no acabará  molida a palos. Pepper Anderson estaba divorciada y tenía una hermana autista; Cheryl (Nicole Kallis) —hija del productor de la serie— papel que pasó con más pena que gloria. Lo poco que se dejaba ver y la falta de tirón, duró lo que un espejismo en el Sahara.Tan sólo dos episodios en la primera temporada y desaparecida para el resto.

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Pepper, con su pelo ligeramente semipeinado y su mirada penetrante dejaba al personal patidifuso delante del televisor. Disimulada entre un halo de Serpico y otro detective televisivo, sui generis, Baretta, que compitió con ella. Hay un personaje que definiríamos como sexy, cool y amante de la libertad. En el fondo la sargento Anderson era una mujer con un aura feminista desenfadada: dura y angelical. Todo el mundo estaba enamorado de aquella criatura. El sargento Crowley —inmediato superior—, que destilaban una química salvaje. Algo que los guionistas se dieron cuenta desde el principio y decidieron hacer hincapié en esa subtrama. Era tan bueno el rollo entre ellos; Earl Holliman y Angie Dickinson, que la subtrama secundaría pasó a una primera línea del guion. El resto de personajes lo componían: Ed Bernard como el detective Charles Dierkop y Joe Styles, el agente Pete Royster. En la mayoría de las ocasiones estaban al quite de las operaciones de camuflaje Made in Anderson y actuaban como auténticos ángeles guardianes para sacarla de más de un enredo. La serie introdujo temáticas, casi tabú, en un tiempo complejo e inundado por un machismo a calicanto. Recordamos la gran polémica que suscitó el  episodio número ocho, titulado “Las flores del diablo”, donde se narraba la historia de un trío de lesbianas asesinas de ancianos. Los homosexuales estadounidenses montaron en cólera y organizaron manifestaciones delante del edificio de la NBC para protestar por ello. Y es que el serial —solapadamente— pretendió incorporar a las tramas de los guiones; aires aperturistas y toques levemente feministas. Sin embargo, todo este alboroto se frenó en seco, cuando  el presidente Gerald Ford alteró la hora de convocatoria de una rueda de prensa porque coincidía con la emisión de La mujer policía, su serie favorita en palabras del republicano.

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Su éxito fue grandioso, y una década después, el Departamento de Policía de Los Ángeles premió a Dickinson con un Doctorado honorario por aquello. Otro de los recursos de la serie fueron los casting, por donde desfilaron un gran número de rostros conocidos y muchos de ellos convertidos en estrellas del cine y nuevas caras que transitarían por los ochenta; Adam West, Larry Hagman, Danny DeVito, Don Stroud, Ida Lupino, Joan Collins, Robert Englund, Debra Winger, Antonio Fargas, Bob Crane, Erik Estrada, Edward James Olmos, Cheryl Ladd, William Shatner, Morgan Fairchild o el mismísimo Rossano Brazzi. La mujer policía ganó infinidad de premios y nominaciones. Angie Dickinson se alzó con el Globo de Oro y fue tres veces candidata a los premios Emmy. En España se estrenó en 1977 y toda la piel de toro suspiraba por las piernas de la Dickinson. Tras 92 episodios y cuatro temporadas; la serie se canceló. En los ochenta, AD, recuperó el personaje en un especial de televisión junto a Ringo Starr y John Ritter. También lo hizo en los especiales de Navidad —de Bob Hope— para la cadena, y en 1987, volvió a vestirse de policía para ser la estrella invitada en un episodio navideño de Saturday Night Live. Aquel papel consolidó la fama de Dickinson como sex symbol de más de cuarenta años. Después, la intérprete cayó en el olvido, tan solo roto por la popularidad que le brindaron los 35 minutos que duraba su participación en Vestida para matar (1980), de Brian De Palma. La artista pudo superar su ostracismo en 1981, cuando le ofrecieron ser Krystle Carrington en Dinastía (1981), pero rechazó la oferta lo que supuso uno de los mayores errores de su carrera. En 2001 la vimos haciendo un cameo en ‘Ocean´s eleven’, un claro guiño a su participación en ‘La cuadrilla de los once’ y a su amistad con el Rat Pack. Eso sí, siempre nos quedarán esas cortinillas de apertura con el score de Morton Stevens y la hermosa Angie Dickinson sonriendo al respetable mientras bajaba las escaleras de su apartamento. Nota: 7,2

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