“Too Old to Die Young” (2019) Lisergia de NWR

Too Old to Die Young (2019), se estrenó en Amazon Prime el 14 de junio. El mismo día de su estreno, me involucré —en el entusiasta esfuerzo— de un visionado; que me dejó cataléptico. Ha sido una de las series más alucinantes e hipnóticas de estos últimos 19 años de new ficción de qualité. Su co-creador y director; el inefable Nicolas Winding Refn no dejó indiferente a nadie con su denominación de emisión televisiva de 754 minutos. Cuando compareció ante los medios de comunicación en Cannes. Too Old To Die Young (2019), es el cine conceptual del arte, más allá de los límites de la televisión. Nuevamente, Mr. Bezos, volvió a anotarse un tanto. Ya que un proyecto de estas características es difícil de acondicionar en las nuevas OTT,s. Empero, Cannes, no es ajeno a los estrenos de televisión. En 2017, el festival proyectó episodios de Twin Peaks: The Return (David Lynch) y Top of the Lake: China Girl (Jane Campion). Nicolas Winding Refn, es un creador al que no vamos a descubrir hoy. Eso es obvio. Pero sí que es verdad que aporta un estilo distintivo centrado en la vis más dramática y la inclinación por todas las cosas de neón al festival. Too Old to Die Young se redujo en un pase de los 2 primeros episodios, del total de la 10 partes que componen esta obra de culto para muchos y denostada para otros. Dos episodios donde se observan muchas de las líneas argumentales de este hiperfilm y por donde virará (eso puede creer uno), haciéndose una idea muy loca y disparatada. Al igual que The Neon Demon (2016), el escenario (como lo indica el título) es la taquicárdica capital del oeste. El hervidero de la ciudad de Los Ángeles —con un desvío directo— a los desiertos de Nuevo México. Pero no esperen mucho sol glorioso: Refn es una criatura nocturna, amante de los seres nocturnos y demás pelajes por donde la acción se desarrolla, en la gran mayoría de sus trabajos.

 

Además de recurrir, a su propio cuerpo de trabajo, con guiños claros a Pusher (1996) y Only God Forgives (2013), también hay ligeros toques a Tarantino y muchos elementos Lynchianos. En el corazón de la historia está Martin (Miles Teller), pedazo de actor, en todas sus vertientes. Un fenómeno de su generación. Aquí es un sheriff del condado de Los Ángeles que —a través de una organización clandestina— está a la luz de la luna como un Ronin que elimina la bancarrota moral de la sociedad. Teller se presenta como ese proteico Ryan Gosling de Drive (2011), el cual, tiene una relación con Janey (Nell Tiger Free), una adolescente de 17 años, con quien comenzó a salir cuando acababa de cumplir los 16. Su padre es un tipo (con mucho dinero) de lo más retorcido —que se come ácidos como si fueran pictolines— un personaje interpretado por un recuperado William Baldwin que borda el papel. En una actuación solapada por eternos silencios inquietantes y miradas a media distancia. Ofreciendo una marca de masculinidad (tipo duro, que suele escupir como un vaquero en las películas del maestro Ford) que hemos llegado a asociar con el trabajo de Refn. Es una historia —donde el cine negro/Neonoir puro— y el thriller van de la mano. Aunque, tampoco desvariaría mucho de la dinámica folletinesca de Ley & Orden. Algo que podría venir por parte de la vena artística del guionista; el escritor de cómics Ed Brubaker, curiosamente, los submundos de la trama del mundo de los narcos mexicanos tienen una vis muy cercana al cómic. Dejando a un lado, a Martin (Miles Teller), tenemos a Viggo (John Hawkes), un asesino que tiene los riñones destrozados y está al servicio de Diana (Jena Malone) la reina del mundo zen y el decálogo del misticismo.

 

 

Lo más parecido, a la Naomi Watts de David Lynch. Solo matan lo peor de lo peor; su misiva es proteger a los inocentes, y su convicción es tan firme que Martin al menos rechaza el pago por su trabajo. Lo más curioso es que sus empleadores son como una especie de banda que administra sus trapicheos y despachan la moral, de otros: Narcos mexicanos que trafican con personas. Aquí aparece una de las subtramas más importantes de toda la historia, la cual, no aconsejamos dejarse llevar por ella. A pesar de contar con unos personajes que enganchan al más pintado. Un mexicano criado en los Ángeles; Jesús (Augusto Aguilera). El tipo de hombre que venga a su madre Magdalena en el primer episodio y se lleva por delante al corrupto compañero de Martin. Jesús escapa a México para hacerse cargo del negocio familiar, donde se encontrara con unos personajes surrealistas. Desde el patriarca D. Ricardo, su supuesto tío/padre, interpretado por el actor, Emiliano Diez. Atado a una silla de ruedas, donde diariamente, le cambian la bolsa que sirve de estercolero a su estómago. La pitonisa/cuidadora del mandamás es Yaritza (Cristina Rodlo). Una fémina justiciera que va vengándose de todo aquel que subyuga o trafica con mujeres o son explotadas sexualmente. Las canciones populares y el mundo más esotérico se refieren a ella como “La suma Sacerdotisa”. Curioso el dueto el de Jesús convertido en un efebo de Versace y la dominamtrix Yaritza van creciendo, como nuevos capos, a medida que en el cartel los acontecimientos se desbordan. Cocaína a raudales, sangre y sexo en cualquier momento. No se pierdan un partido de fútbol entre policías sobornados de la villa mexicana de D. Emiliano y su ejército de narcos. Creo que el mismo Pelé hubiera opinado. Por otro lado, tenemos a Martin que va por libre y en una de sus vendettas dará con ellos. Nuestro querido amigo, Mr. Jones apunta hacía una catarsis, cohibida y delimitada. La venganza solo se puede administrar después de que haya ocurrido un crimen. ¡Ojo!, detrás del mismo, se cierne la amenaza de violencia sobre el nuevo espectáculo que el cineasta Refn nos depara, una especie, de velo sangriento palpitante.

El nihilismo de sus personajes principales puede sentirse algo violento e incoherente, especialmente, cuando entran en determinados monólogos sobre la lenta destrucción de la sociedad y la naturaleza. Redundando en el soliloquio de lo inherentemente humano dentro de su violencia interior. Empero, cuando las persecuciones de coches por el desierto de Nuevo México, se organizan con un vehículo eléctrico, donde una trifulca por el hecho de escuchar en la radio, un tema, en concreto, la interpretación completa de “Mandy” de Barry Manilow, es imposible tomarlo como ironía. Ya que el disparate psicodélico, adquiere dimensiones lisérgicas, en medio del desierto de Nevada. Obviamente, todo ese mundo que Refn crea es una mezcla surrealista de policías fascistas que tocan el ukelele, prestamistas de dinero de clanes Yakuza (con cameo incluido de Hideo Kojima) , bandas callejeras que pelean la cuestión racial y productores chiquilicuatres de porno, realmente, repugnantes. Observamos cómo Martin acecha la noche, matando a quienes han escapado de la ley en escenas muy violentas salpicadas de sangre. Cuando Martin descubre que ha sido enviado a matar a alguien que está atrasado en sus pagos a un prestamista, se vuelve contra sus empleadores y les exige que le den información sobre los peores objetivos, a quienes está feliz de sacar gratis. Esto lo lleva a Albuquerque en una misión para asesinar a dos hermanos que dirigen un brutal emporio —más propio de personajes fargonitas de los hermanos Coen— del porno. Too Old to Die Young es un feroz neonoir fantasmagórico lleno de desazón y que genera relativa preocupación por examinar una sociedad en decadencia moral. Este es el declive y la caída del imperio estadounidense de Refn y muestra, a su manera estilizada, que cuando la sociedad se derrumba, se necesita un vaquero armado para corregir los errores. Lo que el resto de la serie tiene para ofrecer, solo podemos esperar y ver, pero para este catador es más que suficiente para entusiasmarse. Los diez episodios pueden resultar demasiado desagradables y mezquinos para algunos de Uds. Algo muy comprensible.

 

 

El tratamiento de las mujeres puede ser cuestionable a veces, aunque la violencia y la crueldad, con el tiempo, influyen en todos sus personajes. El programa equilibra lo cuestionable con personajes de carácter fuerte y fascinante, donde las mujeres logran convertirse en el poder y balancear el péndulo de ese control, en el horario de apertura, que no mostró signos, como con la mencionada Yaritza. El espectáculo también puede ser lento y metódico, letárgico en su cansino movimiento de la cámara, como de sus personajes. A Refn le encantan las buenas tomas de seguimiento, llenándolas con tanta información visual, aunque sin una señal de la historia. Todo se hace sin prisa, dejando que los momentos respiren y jueguen a su tamaño absolutamente sostenible. Es casi impenetrable en un instante, e ilimitado y emocionante en el siguiente, casi aberrantemente amplio. Pero todos sienten la misma historia cohesiva, esta historia épica de dos hombres perdidos en un ciclo de violencia y enojo. La gran lucha sin contención, a través de los momentos menos cohesivos, y habrá momentos profundamente gratificantes, tal vez no de carácter, sino de liberación artística y catártica. El espectáculo es una inmersión larga en una idea oscura y cutre: que las cosas tienen que empeorar mucho antes de que puedan mejorar. Empeoran, potencialmente demasiado lejos para una audiencia más amplia. Pero la voz y el estilo brillan tan intensamente, marcando a Too Old To Die Young como algo diferente y potencialmente muy original de la televisión que está a punto de entrar en el 2020. Tiene los mismos defectos que virtudes. Aunque muchas de esas virtudes son realmente adictivas para cualquier enamorado de cine y del arte. Al igual que Twin Peaks: The Return de David Lynch, depende de qué tan lejos seguirás a un creador por su visión como artista, tocando su trabajo pasado y colocando el nihilismo en el núcleo de la madriguera de una chistera repleta de conejos. Mientras Cliff Martinez pone la música electrónica para conseguir el machacón trance, la entrada del espectador en un estado equidistante e idílico. Nota: 7,8

 

 

 

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Warrior (2019), “el legado de Bruce Lee.”

 

La última vez que Jonathan Tropper hizo una serie de televisión para Cinemax fue Banshee (2013). Un thriller criminal lleno de acción y violencia extrema —envuelto de un salteado pulp riquísimo— que encaja perfectamente con la calidad de engranaje y aceleración, propia del canal satélite de la poderosa HBO: Cinemax. Series como la mercenaria Strike Back (2011) y el enigmático drama de Quarry (2016); que desgraciadamente fue cancelado al final de su primera temporada son buena muestra del perfil y apuesta de este singular canal de cable. Las tres series irradian un producto pleno de condimentos como; testosterona y un regusto de pequeñas trazas pulp, muy definidos en la génesis personal del estilo de Cinemax. Es obvio, que si lo realizado en el pasado funcionó, ¿por qué no repetir la misma fórmula?  Su showrunner favorito, Mr. Tropper, es el encargado de su nueva serie, Warrior (2019). 50 años después, la visión original del mítico Brece Lee, ha llegado a la televisión gracias a su hija Shannon Lee, al director de “Fast and the Furious” y “True Detective”, Justin Lin. Así como el incondicional apoyo de Mr. Tropper. Directa y contundente como el giro de brazo de Bruce Lee retirándose una gota de sangre. Warrior nos ofrece la mejor colección de golpes del maestro de las artes marciales. Y sí, ahora, se vería reflejado, en la esencia de su legado y no con la mística Kung Fu (1972) con su protagonista, el ya desaparecido, David Carradine.

 

 

El argumento nos cuenta la historia de Ah Sahm, un inmigrante chino (Andrew Koji, “American Gods”) que llega a San Francisco 1878, con una ilusión muy personal, pero cuando sus habilidades de combate salen a la luz, del radar del sindicato del crimen local a través de Wang Chao, interpretado por el hacker LGBT de Banshee (Hoon Lee, Bosch 2015 y Outcast 2017). Ah Sahm, es vendido como un hacha para el Hop Wei, la triada más poderosa de Chinatown y rápidamente, es observado por Young Jin (Jason Tobin, “Jasmine” 2015), quien hará de él su compiche más cercano, generando una química divertida y llena de personalidad, entre ambos. El ambiente va caldeandose en la jolgoriosa “Pequeña China” y la banda rival, el Long Xii, está comenzando a desafiar esa supremacía, mientras que la policía blanca y los políticos responden a un creciente sentimiento antichino en Estados Unidos y las populares guerras de los Tong Wars, en aquel San Francisco inquieto del ferrocarril y grandes obras civiles, tras la locura de la fiebre del oro. Obviamente, Warrior podría haber sido fácilmente una serie de acción directa y un drama de época, uno que se mezcla y prueba sus artes marciales de buena fe con una regularidad sorprendente.

 

Durante los primeros episodios (ocho, vistos de un total de 10, a día de hoy) darían la lectura del atisbo del último renglón aportado, ya que las audiencias son así. Lo dicho, de menos a más y subiendo el share. Las peleas del show —perfectamente coreografiadas— explosionan con regularidad, principalmente para mostrar el brillo arrogante de Ah Sahm (Andrew Koji) y para establecer —quién es quién— en las polvorientas y salvajes calles de San Francisco, en la década de 1870. Por cierto, esas calles con aroma a western/manga son los estudios de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, donde se ha llevado a cabo el rodaje, una recreación modélica. También hay otras reyertas, como los combates de los nudillos desnudos favorecidos por la población irlandesa de la ciudad, encabezada por el corrupto Dylan Leary (Dean Jagger), y algunas batallas más sangrientas que involucran instrumentos más afilados, como cuchillos y hachas. Warrior tiene secuencias de lucha que quitan el hipo. No obstante, se propone abordar el racismo y la opresión de los chinos en San Francisco y sus alrededores. La secuencia de apertura del programa hace todo lo posible para ejemplificar los dos lados de sus ambiciones narrativas, poniendo a Ah Sahm —cara a cara— con un trío de trabajadores portuarios que abusan de los inmigrantes chinos cuando llegan a la ciudad. Empero, Ah Sahm no ha llegado a territorio estadounidense solo para lanzar algunos puñetazos y servir, como un machaca más de presa, por una soldada para un jefe del crimen. Está buscando a su querida hermana que fue separada de él en la adolescencia; Mai Ling (Dianne Doan, Vikings 2016 y Good Trouble 2019).

 

 

La dinámica hermano/hermana ayuda a darle cierto peso a la historia de Ah Sahm, ya que conduce directamente a la misteriosa historia de él y de Mai Ling, una que involucra decisiones difíciles tomadas por ambos; que los colocan en lo que parece ser un camino moralmente destructivo. La storyline por la que discurre el pasadizo de Ah Sahm y Mai Ling al continuar caminando por ese sendero inseguro; es parte de lo que hace de Warrior un producto, mucho más interesante, más allá de sus copiosas peleas y los encuentros cada vez más sangrientos por los que probablemente se hará un nombre por sí mismo. Otras subtramas no son tan interesantes desde el principio, pero son prometedoras a pesar de todo. Kieran Bew (DaVinci´s Demons 2013) interpreta al policía ludópata Bill O’Hara, cuyas cicatrices emocionales de la Guerra Civil son más profundas que las físicas y empeoran debido a que su nuevo socio Richard Lee (Tom Weston-Jones, Cooper 2012 y The Terror 2018) es un trasplante nacido en el sur del país. Un personaje que con el paso de los capítulos irá ganando peso. También están representados el lujurioso y corrupto alcalde de la ciudad, Samuel Blake (Christian McKay Grantchester 2014 y Frontier 2016) y su nueva esposa, Penélope (Joanna Vanderham), ya que se encuentran en una posición incómoda, cuando San Francisco está en los albores de una guerra histórica de opio entre los clanes rivales Tong. Koji es un líder encantador que es tan convincente en los segmentos marciales, del mismo modo que lo es durante otros intercambios más acalorados, como aquellos entre él y Mai Ling o con la madame del gineceo local, Ah Toy (Olivia Cheng Arrow 2013 y Marco Polo 2014). En particular, Koji no intenta imitar a Bruce Lee, algo que Shannon Lee dejó muy claro; pues no estaba interesada en ver.

 

Al contrario, Ah Sahm, es un tipo de una confianza muy similar y un sentido del humor equidistante, del que Bruce Lee dio a muchos de sus amigos. Sin embargo, Warrior tiene sus encantos y hay una pseudoestética entre los postmodernos “Peaky Blinders” o los “Gangs of New York”, pasando por algún capítulo surrealista que haría las delicias del maestro Tarantino, en mitad del Oeste de California. Hay alguien en la serie, diría que es Ah Toy, donde en un dialogo con Ah Sahm, le llega a decir “que América es un país de emigrantes.” No es como la China feudal de donde ellos huyen en busca de la libertad. Aunque la realidad sea muy diferente. Toy y Shaw tienen mil razones, para demostrar que ellos, no son peores que los irlandeses o los nórdicos o los eslavos que llegaron a la tierra prometida. Empero, los creadores sacan lo mejor de esta serie cuando se apoyan en la reacción de la humanidad a la corrupción y la injusticia. En un mundo cada vez más enojado que sigue demonizando a las personas por miedo, Warrior, proporciona un reflejo de la épica de mediados del siglo XIX, —en el San Francisco de Chinatown— envuelta de clanes que tienen como reverencia y gran apego idiosincrático, por las artes marciales cuya idea proviene, nada menos, que del maestro de artes marciales más famoso de todos los tiempos, Bruce Lee. BL escribió el tratamiento —de su propio Warrior— para terminar convirtiéndose en este Warrior (2019), ya que hace más de medio siglo, no pudo ver cómo el proyecto llegaba a buen término. Desde el cielo, estamos seguros que se encontrará muy orgulloso de su hija Shannon, y la puesta en marcha de esta estupenda serie. En otras palabras, la serie se pone rápidamente al trabajo de marcar las casillas requeridas demostrando, de que están hechos los sueños de Cinemax. Nota:7,9

 

Vikings (2013-2019) el Valhalla de M. Hirst

 

El director Michael Hirst se ha construido una excelsa reputación como creador de historias y obras de época, que son historia universal y parte de la cultura, de la TV de luxe, como: “The Tudors”, “The Borgias” o la reina “Elizabeth”(1998). Esta película fue el enamoramiento de Hirst con la historia de su país, ya que volvió a repetir film, con en el mismo director y equipo en 2007. Aquel primer debut en la gran pantalla (primera nominación al mejor guion en los BAFTA) y el descubrimiento por la crítica internacional —de la excelente actriz australiana Cate Blanchet— maceró a un gran estudioso del guion y el arte audiovisual. Un estudiante de historia que pasó un tiempo en Oxford y en la London School of Economics; escribe los episodios basándose en su minucioso método de investigación. Empero, el intuitivo MH, en el verano de 2008, comenzó a imaginar y darle vueltas por su cabeza, sobre una gran drama para la televisión basado en la mitología nórdica. Algo caprichoso y como no, animado por un par de copas de vino de más, en Francia. Ahora, en pleno 2019, se halla estupefacto, por la meteórica ascensión de la serie Vikings bajo su control y el equipo del prestigioso canal de TV Channel History, en Canadá. Después de 5 temporadas de gran éxito, este gigante, es visto por millones de fans en más de 250 países del globo terraqueo.

 

A partir de todo este boom, el propio M. Hirst reflexiona sobre uno de los elementos más fascinantes de la historia del pueblo vikingo: cómo aquellos merodeadores pasaron de ser paganos, a cristianos alrededor del año en el año 1.000 d. C. A finales, de la era vikinga. “Eran guerreros formidables y magníficos navegantes, empero su cultura: sus dioses, todo lo demás acerca de ellos fue reprimido deliberadamente por los monjes y por los cristianos escandinavos cuando, por supuesto, después de 400 años, más o menos todos los países escandinavos se hicieron cristianos, y derribaron los templos paganos”, comentó Hirst en un medio de comunicación relacionado con la historia antigua de los EE.UU. Hicieron todos los esfuerzos posibles para destruir cualquier evidencia de vida y creencias paganas. El drama está nebulosamente basado (o en gran parte imaginado) en la vida de un granjero nórdico convertido en explorador llamado Ragnar Lothbrok. Es en parte un estudio sobre liderazgo, ya que Lothbrok gana poder y debe maniobrar con cuidado (y con violencia) entre los jefes vikingos y los reyes europeos para mantener ese poder.

 

 

Las guerras llenan el espectáculo con batallas de hachas, espadas y escudos, donde la sangre cae a borbotones. Pero, en medio de esa violencia, encontramos giros en la trama que involucran disputas fraternales, personajes fuertes, incluidas mujeres rubias con espadas con temibles cortes de pelo, y unos hermosos parajes de Irlanda, Canadá y los fiordos noruegos. Se atisba una fauna y flora en estado salvaje. Admiradores del filólogo de Oxford J.R.R, dejar caer la coda, del homenaje de Tolkien a las epopeyas, mitos e idiomas europeos, a lo largo del devenir, de sus obras literarias clásicas; “El hobbit” y “El señor de los anillos”. Hay quienes dicen que se puede encontrar en Vikings, una versión a modo de, gran emulsión histórica que—digamos, sería ese sucedáneo— del exitoso programa de fantasía de reinos antiguos de HBO: “Juego de tronos”. Sin embargo, esa aseveración, tiene cierta malicia. Ya que los trabajos académicos de la comunidad histórica, parecen indicar que R. Lothbrok (también conocido como Ragnar Hairy Breeches) fue, de hecho, uno de los primeros héroes vikingos descritos en la poesía y las sagas del noruego antiguo. Una crónica anglosajona dice que fue el padre de muchos hijos, incluyendo a Inwaer (Ivar el Deshuesado), Halfdan Ragnarsson y Hubba (Ubbe)

 

Estos hijos se convirtieron en líderes vikingos después de él y vengaron su muerte liderando posteriores invasiones de Inglaterra. El poema islandés del siglo XII Krákumál describe el matrimonio de Loobrok con una hija del asesino del dragón Sigurd (Siegfried) y la escudera Valkyrie Brynhildr (Brunhild), leyendas germánicas y nórdicas. El espectáculo representa a esa hija como Aslaug. Empero, M.Hirst, sabe de qué va este producto, conoce la historia, es su mundo, y en ello, le va el oficio: es una delicia poder tener a un showrunner con tanto bagaje académico. Un tipo que a partir de esa investigación, lectura y contemplación que las ideas: los personajes y las historias comienzan a surgir. Ese proceso es muy importante para mí. Lo que le gusta son las historias que están arraigadas en la realidad y prefiero escribir sobre personas reales, en situaciones reales, pero cuyas historias son fantásticas”, es un trabajo con el que se deleita. 

 

Hirst quiere compartir con el público todo ello. En el fondo, soy un narrador de historias, aunque los guiones estén basados en hechos, los uso como un punto de partida para crear historias . Caso de los reinos británicos donde el rey Ecbert y su hijo el príncipe Aethelwulf en Wessex y con familia política en Mercia; la princesa Judith (Jennie Jacques). En Wessex mantienen un reino feudal, sostenido en un vasallaje de nobles, donde los obispos tenían mucho que decir. Empero el personaje que ha cautivado a dos de los grandes protagonistas de las tres primeras temporadas fue el monje Athelstan (George Blagden) y condición de clérigo ultraestudioso; bondadoso y asertivo. Amén, de determinadas intrigas palaciegas, hay hechos fascinantes, caso del papel de la mujer dentro de la cultura vikinga, como “mujeres escuderas” o “skjaldmo”, una suerte de “vírgenes guerreras” que renunciaban a su papel “femenino” para dedicarse a guerrear. Pero las sagas también recogen tradiciones sobre mujeres que, pese a tener responsabilidades familiares, también se lanzaron al combate. Es evidente que en Vikings, reúne la suficiente violencia de aquellos tiempos; saqueo, violaciones, lucha con espada en mano e intriga política, para satisfacer a los espectadores más clásicos. No obstante, los vikingos también están empapados de religión y tradiciones como hombres de mar, por ello, el gran aplauso, para un Michael Hirst que consigue su mejor historia desde sus inicios, como escritor y director.

 

 

Ya que este énfasis no solo es históricamente exacto, sino que también resiste a la ortodoxia dominante en gran parte de la industria del entretenimiento. Ya que los personajes deben presentarse como si fueran indiferentes al mundo de la fe. En los capítulos de esta última temporada vista —la 5ª— un misionero cristiano que, se presenta en Kattegat, es llevado ante la reina Aslaug (Alyssa Sutherland) por predicar contra “falsos dioses” y lo someten a la siguiente prueba: aguantar una barra de metal incandescente, al rojo vivo, que da miedo solo de verla, para demostrar que su dios es más fuerte que los dioses nórdicos. El pobre feligrés se derrumba en el suelo gritando de dolor con las manos ensangrentadas y llenas de enormes ampollas, mientras los vikingos ríen a carcajadas. Finalmente, la reina le dice a uno de sus guardias, que mate al cristiano. En el mismo episodio, el marido de Aslaug, el rey Ragnar Lothbrok (Travis Fimmel), encabeza a un ejército vikingo en su primer sitio del París medieval. Hasta su unión con otro personaje histórico, el rey Harald Finehair de Noruega interpretado por un convincente Peter Frazén. Todo un personaje que irá tomando protagonismo, tras la enemistad que irá yaciendo entre el Ragnar y su fiel, alocado e ingenioso, amigo Floki que protagoniza un enorme, Gustaf Skargård. Desde el fallecimiento del monje Athelstan, este constructor de los mejores Drakkar de Escandinavia, se siente más introvertido.

 

 

Durante las conversaciones de paz con los comandantes militares de París, Lothbrok exige ser bautizado para que pueda ver a su amigo cristiano, el bueno del clérigo Athelstan y reunirse, con él, en el cielo. Sus capitanes vikingos se sorprenden cuando lo encuentran en esta conversión. La lucha encarnizada con su hermano Rollo (Clive Standen) que toma partido por la hija del príncipe parisino. Un Ragnar que no encuentra respuesta a tanta traición. Pero la gloria, la riqueza y el poder salpica a la familia más unida Esa dedicación, su atención a los detalles y sus historias creíbles pero fantásticas le han valido a Hirst la aclamación. También ha reavivado un fervor mundial por la mitología nórdica y las aventuras vikingas. Si va a durar otro milenio o no queda por verse. Las tensiones se filtran en medio de sangrientas batallas que representan la cultura escandinava primitiva en las cuatro temporadas, desde su inicio, ha convertido a “Vikings” en un programa de televisión por cable, con unas medios de 4,5 millones de espectadores por episodio emitido.

 

 

El próximo otoño se pasará por las diferentes plataformas de fibra los 10 primeros capítulos de la sexta entrega y última, de esta mítica serie que adquiere, la vitola de culto, que alcanza una media de 8,6 según la página IMDB. La dirección de sus episodios, dirección artística y una hermosísima fotografía de un gran John S. Barley no dejan ninguna duda que es una grandísima producción. Mención al trabajo de la Sountrack de Trevor Morris, grandísimo compositor, que da el tono en cada momento. Sin dejar de lado ese aura, Shakesperiana, ya mostrada en The Tudors o Elizabeth, marca de la gran escritura de MH. Obviamente, estamos ante un espectáculo, donde se nos presentan unos cristianos perfectos o vikingos desinfectados. Nos muestra la manera desordenada, sangrienta y engañosa de los humanos en una búsqueda de poder y en interés propio. En ese proceso, también nos muestra cómo la idea del cristianismo venció a las religiones paganas del Norte, convirtiendo a una feroz comunidad de guerreros en algunas de las personas más civilizadas y pacíficas del planeta. Algo si que vamos a echar de menos y será otra serie que pasará, a su mayor gloria, el Valhalla.  Nota: 8,4

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mirzapur (2018) mafiosos hindúes

Mirzapur, es un lugar tan cercano a los arrabales de Nápoles que la historia, podría haberla escrito Roberto Saviano —que, está de enhorabuena— pues, se presenta en la Berlinale, su última creación, ya como guionista: “Piranhas” Adaptación de su último libro “la banda de los niños” (2017). Sin embargo, el húmedo clima y la tórrida temperatura del subcontinente indio marca, una peculiar barrera geografía con el apacible y canalla Mediterráneo. Y es que Mirzapur es uno de esos pequeños placeres que uno puede disfrutar en nuestros templos de la cocina Made in Euskadi. El acierto de los guionistas Karan Anshuman y Puneet Krishna ha sido contundente. Así, como la esmerada y efectiva dirección de Gurmmeet Singh, un tipo al que no hay perderle la matricula. Artesano de la cámara y expresionista de un lenguaje provocador y pictórico enamorado del maestro Satyajit Ray&Quentin Tarantino. La serie de 9 episodios fue adquirida por Amazon e incluida en su contenido audiovisual Prime. Son muchos los negocios del capo Bezos en el rico continente de la meditación y mercadeo de todo tipo. Y no es el primer producto que se pueda encontrar en él curioso catálogo de ficciones —de la plataforma— de la millonaria firma de Seattle. Hace unos días, ya se puede ver en su versión doblada para aquellos que sufran, con el lenguaje hindú y sus dialectos autóctonos. Otro ingrediente más, a este suculento plato, a degustar.

La serie sigue a dos hermanos que se cruzan con el hijo errático de un don de la mafia, en una historia llena de violencia de pandillas en una ciudad sin ley en el interior de la India. La retorcida serie está protagonizada por Pankaj Tripathi, Ali Fazal, Vikrant Massey, Divyendu Sharma, Kulbhushan Kharbanda, Shweta Tripathi, Shriya Pilgaonkar y Rasika Dugal. Nombres que a un servidor, sin grandes conocimientos del megacine indio actual, no ne suena mucho. A pesar, que no son los primeros actorues de origen hindú que están trabajando para la ficción británica y norteamericana. Repito, no todos, pues con la cantidad de peliculas y series que se ruedan en Bollywood, viven más que bien. Nos embarcamos en el viaje de estos dos hermanos atraídos por la idea de poder; sólo para ser consumido por el propia casta gangster dominante. Mirzapur es una representación amplificada del corazón y la juventud de la India. Es un mundo repleto de drogas, armas y anarquía, donde la estirpe, el poder, el ego y la soberbia se entrecruzan para dar a la violencia el salvoconducto hacía la única forma de vida respetable. El puño de hierro, lo obstenta, Akhandanand Tripathi, un exportador de alfombras millonario y el mafioso, a modo de “Don” de Mirzapur. Su hijo, Munna, un heredero indigno y hambriento de poder, no se detendrá ante nada para obtener el legado de su padre. Un incidente en una procesión de bodas lo obliga a cruzarse con Ramakant Pandit, un abogado destacado, y sus hijos, Guddu y Bablu. Esta bola de nieve se convierte en un juego de ambición, poder y codicia que amenaza todo el entramado de la ciudad sin ley. Con una acción conmovedora, violencia a escala operística, mafiosos con mentes afiladas y un turbio humor seco: Mirzapur es una historia del interior indostánico, tan cruda como la hiel.

Su escritura está cuidadosamente calibrada, ya que confía en la psicología de sus personajes sobre las elaboraciones de un gran argumento y subtramas. Como resultado, el magnífico Mirzapur, se conforma como, un drama legado de gángsters de la India media que podría presumir de las dos actuaciones más fascinantes de este último 2018. Estamos, ante un estudio sobre la construcción de mundos de larga duración. Además, de ser inteligente e intuitiva, no se aleja de los episodios de indulgencia sangrienta y audaz que han plagado este género de cine en la última década. Sin embargo, en contraste con las películas, el programa de nueve episodios tiene el tiempo y el ancho de banda para dar forma a sus caras vanguardistas, deslineando su núcleo narrativo y persuadir los momentos individuales de un conjunto talentoso. Reitero, estamos ante una gran película seriada. No es sorprendente que los puristas, especialmente aquellos que juran por su competidor, de Netflix, sean los que hayan rechazado este espectáculo como una estafa barata de Gangs of Wasseypur. Eso, en mi opinión, es quizás una señal del inusual, de lo bien hecha que esta Mirzapur y de su triunfo. Va la envidia va por todos los barrios del mundo. Un espectáculo que resalta descaradamente, “el relato” en la narración de cuentos y la “realización” en la dirección de películas. Eso no quiere decir que los otros en Mirzapur no importan. Con un conjunto que presenta a algunos de los actores más talentosos (y poco utilizados) del cine hindú, no es de extrañar que el papel de las presentaciones sobre las grietas incómodas en el equilibrio narrativo.

Otras muchas producciones —Made in India— podrían hacer bien en reconocer la importancia de un asesor lingüístico de los dialectos: los actores más jóvenes han trabajado visiblemente para captar la física sin ley. Empero, no solo de las palabras se devora la narración, sino también de las acciones entre ellos. Ali Fazal es una revelación como la fuerza física de los cerebros de Massey: su forma de andar encorvada como un culturista enérgico recuerda al Tom Hardy de The Warrior (2011). Al igual que lo hizo en Gurgaon, Pankaj Tripathi enmascara hábilmente el cansancio de un hombre adulto dividido entre el papel de un padrino asesino y un padre indio. Inicialmente, parece que contrata a los dos hermanos para provocar a su hijo para que supere el lujo de la herencia. Pero el rostro inexpresivo de Tripathi apenas deja ver que su personaje es mucho más sistemático; de hecho, ha contratado a dos personalidades ocurrentes para ayudar a su hijo a aprender —que debe evolucionar desde la fuerza física— como un auténtico psicópata, hasta el cerebro metodico de un villano. Reiterar el gran talento que existe en el cine hindú y algunos pequeños excesos, como la superboda y la profesión, a pesar, de su plástica y expresividad. Lo dicho, el equilibrio narrativo es una obviedad. Así, que sin más preámbulos, el espectáculo está servido. La nueva ficción televisiva, no tiene fronteras en un mundo globalizado donde el llanto, la risa, la vida y la muerte van cogidas de la mano desde Los Angeles, pasando por Londres, un café en Napolés y aterrizando en Mumbai. Nota: 8,3

 

 

True Detective 3 (2019) “Cuando el creador aburre”

 

En julio de 2015, Nic Pizzolatto, el escritor y creador del drama criminal, True Detective de HBO, le dijo a Vanity Fair que la única conexión entre la primera y la segunda temporada del programa sería: Nic Pizzolatto. “Yo, sí. Yo”. “Además de “detectives, intimidades e ideas… Pero sólo soy yo. Eso es lo que hace que sea el mismo programa”. La primera temporada de True Detective fue, como todos los programas de televisión, una colaboración entre cientos de personas, y en este caso, Cuatro en particular: Nic Pizzolatto, el director Cary Fukunaga y los actores Matthew McConaughey y Woody Harrelson. El resultado de este esfuerzo de grupo, un crimen negro embadurnado de un aura filosófica, que sacó de las madrigueras a todo tipo de tribus ante un hype sin parangón en la historia de la novela negra, adaptada a la TV de luxe del Siglo XXI. Critica de todos los pelajes aclamaron el producto Made in HBO. Nominaciones a los Emmys, Globos de Oro y más premios. En definitiva, el bote del Euromillón para un escritor novicio que sólo había escrito una novela del montón llamada Galveston (curiosamente, este pasado año se ha estrenado la película, que adapta la novela de Pizzolatto y me pregunté…¿Por qué demonios, no la dirigió su creador, ahora que le ha cogido tanto gusto a la cámara?) sirvió de germen para todo el boom que arrasó la ficción del planeta. Pizzolatto se creyó Dios y el inventor del cine negro; un nuevo Poe. Pero HBO, es como dicen los periodistas deportivos del Madrid o del Barcelona. Por encima de sus estrellas están los escudos. El negocio sigue y se necesitan nuevas temporadas. Pero el vanidoso de Pizzolatto comenzó a enfatizar su papel, evidentemente enorme, en el proyecto con la inseguridad camuflada y sustancial de una verdadera pieza de trabajo. Y creo una segunda temporada llena de vacíos, prisas e incongruencias. Todo lo que le hizo grande en la primera temporada. Crecer como un notable guionista o showrunner se fue al traste, por culpa de su maldito ego (el estado de ánimo, el humor, las consultas existenciales, los personajes singulares, los detalles genuinamente extraños) se convirtió en puro plomo, tostón, y desdén sin humor. En aquella desastrosa segunda parte que terminó por cortar de pleno la amistad entre guionista/director: Pizziolatto/Fukunaga. Pero de todas las antologías recientes y de alto perfil en las que la unidad de medida es la temporada más que el episodio, parece tener, en última instancia, el sentido más débil de su propia estética. ¿Qué era realmente True Detective? ¿Sabe su creador de que va esto? Aquella temporada sólo sirvió para darle rienda suelta al poder y el ego de escritor/guionista muy creativo sin control de sus obligaciones.

 

Todo un desorden subvertido y sin rumbo que prometía entregar una inquisición al estilo de Chinatown sobre la corrupción en las grandes ciudades, pero estaba contenta de revolcarse en la autocompasión masculina y en los clichés del tipo rudo. La configuración regional cambió de un planteamiento a lo Flannery O’Connor contra el encanto de H.P. Lovecraft en Louisiana de las calles medias Neonoir de Los Ángeles. Un entorno que se ha hecho y se ha vuelto a hacer. Los guiones con problemas de humor se duplicaron en un machismo desesperado incluso cuando trataban con el único personaje femenino prominente del elenco principal. Al final, la serie ejemplificó la caída libre cualitativa más extrema de la temporada. Lo más triste de aquel fracaso, fue como se vio disminuir de manera retroactiva la primera temporada, que, en retrospectiva, también se vio afectada por cierta vis de machismo, la mala conspiración y la autosuficiencia. En la gerencia de HBO, cortaron cabezas y todo el mundo tuvo un larguísimo tiempo para reflexionar. No obstante, True Detective se convirtió en una franquicia de primera línea. A pesar del descarrilamiento de la fallida 2T —que convirtió todo vínculo— con el producto en basura. Se dudaba de la viabilidad del proyecto. A punto estuvieron de cancelar el show. Hasta que Pizziolatto comprendió al canal de que lo que querían: era la frescura de la fascinante primera entrega. No se pusieron plazos, pero si refuerzos o cualquier tipo de sinergias. Caso de la colaboración en el guion del veterano David Milch (Deadwood). Bien, hace unas seis semanas que se estrenó el nuevo “True detective”2019 es ligeramente más pretencioso, manejable, ridículo y aburrido. La historia está ambientada en los Ozarks de Arkansas, durante los años 80, 90. Además, el pasado reciente, no responde a esa molesta y fundamental pregunta sobre la serie, a saber, qué es exactamente True Detective: ¿una colección de historias? Por ejemplo, el título de su primer episodio “La gran guerra y la memoria moderna” hace referencia al libro de Paul Fussell sobre la Primera Guerra Mundial y la poesía inspirada desde sus trincheras: es una medida de su pomposidad permanente. “¡Gas! ¡Gas! ¡Vamos, vamos muchachos. Rápido!”

 

 

Los detectives de la Policía Estatal de Arkansas Wayne Hays (Mahershala Ali) y Roland West (Stephen Dorff) se apresuraron a subir al escenario a darlo todo. Estamos delante de la típica pareja de policías fronterizos, tipos curtidos y a la vez, veteranos de Vietnam. Hays hizo dos misiones de servicio como un especialista de reconocimiento de largo alcance. Un explorador de élite, detrás de las líneas enemigas, un pionero solitario en la selva. Ahora rastrea a un jabalí, en sus días libres por diversión y caza con arco. Pero su intensidad innata no permite la diversión. “Él tiene su propia cosa”, como dice su compañero. Una tarde de 1980, en un rincón ligeramente deprimido de los Ozarks, un niño de doce años y su hermana de diez años se suben a sus bicicletas y se meten en un caso de personas desaparecidas. Después de decirle a su padre, Tom Purcell —un colosal Scott McNairy— que van a dar una vuelta y volverán antes de que se ponga el sol. Éste sigue reparando su automóvil y mientras suena la música de fondo, se le hace de noche. La madre, Lucy Purcell, de los niños vive es una mujer muy conflictiva —alcohólica prostituta— interpretada por Mamie Gummer (es la hija de la gran Meryl Streep, lleva el oficio en los genes). Junto con Ali, lo mejor de la entrega. Su desaparición coincide con el 7 de noviembre: “el día en que murió Steve McQueen”, se nos dice con nostalgia, como si fuéramos llamados a observar un momento de silencio por los ideales masculinos caducados. Una fiesta de búsqueda de voluntarios también es el sitio de la primera cita de Hays con Amelia Reardon (Carmen Ejogo, su futura esposa), la maestra de inglés del niño desaparecido. En un estentóreo eco del truco filosófico de la temporada 1 (“El tiempo es un círculo plano”), Hays explica un poema de Robert Penn Warren, y Amelia vuelve a galantear citando a Einstein: “La distinción entre pasado, presente y futuro es solo persistentemente obstinada”. Espejismo.” Pizzolatto estructura la nueva temporada en la imagen de este concepto. Antes de que sea 1980, es 1990: insistiendo en la evidencia, ha anudado el arco de búsqueda que ató el caso. Hays y West reabren la investigación. Lo que causa algunos momentos de fricción entre Hays y Amelia, ahora casada, con dos hijos. Amelia acaba de terminar “una novela de no ficción” sobre el crimen. Una mirada a la copia de una galera sugiere que el libro supera las cuatrocientas páginas, en un claro paralelismo y cuasi homenaje a la obra de culto de Capote. Empero la sencillez es antitética al movimiento del espectáculo.

 

 

Antes de que sea 1990, es 2015: Hays, un viudo de setenta años que lidia con el inicio de la demencia (Alzheimer); se mete en su sala de estar para encontrarse con una documentalista del programa Making a Murderer cuyo programa está examinando el caso. Sus preguntas lo inspiran a tomar otra grieta al romperlo; está luchando por reconstruir tanto el misterio como su mente. Su hijo lo lleva al escondite hermético de su ex pareja, que se ha convertido en otro anciano, tullido, por el affaire del tiroteo del chatarrero. Medio trastornado por su adicción al whisky y amante de los perros. West está muy triste de que Hays nunca se haya disculpado, pero “True detective 3” no nos ha mostrado el porqué de las supuestas disculpas. La tensión entre ellos es dilatada, pero se retiene la razón de su existencia. Los Hays de 2015 quieren revisar el caso, pero el público ni siquiera sabe lo que determinaron las visitas anteriores. Y parece que el anciano ha descubierto información crucial, cuando, finalmente, comienza a leer el primer libro de su difunta esposa. Han pasado 25 años desde su publicación. Sustituyendo la ofuscación por la intriga y la complicación por la complejidad. El espectáculo simula un movimiento narrativo al tirar de tu cadena. Y así nos encontramos con todos estos personajes —hipotéticos sospechosos— una cuadrilla de adolescentes malhumorados, un primo mayor con el comportamiento de un tipo espantoso, un hombre de mediana edad afroamericano tuerto, sin identificar. Luego, para seguir el latir de la actualidad más escabrosa, la maldita institución del catolicismo en general. Y el supuesto, MacGuffin, cabeza de turco: un chatarrero nativoamericano que explica que no pudo readaptarse a la vida civil después de su regreso de Vietnam. Hay una frase del personaje que resaltamos: “¿Alguna vez has estado en algún lugar al que no pudiste dejar y no pudiste quedarte? ¿Ambos al mismo tiempo? “(Otro de los diálogos que ha dejado su sello por el mal gusto y no voy a dar ningún spolier es;¡Tengo el alma de una puta!”).

 

 

Entre las evidencias recogidas se incluyen: un puñado de muñecas sin rostro, manojos de paja diminutos, vestidos de novia, que son portentosos a primera vista y cursis en muchas miradas posteriores, no muy diferentes de la serie en sí. Mientras observaba por el Smartv de 50´ seguí dándole vueltas a todo este pequeño juego de salón en mi cabeza, pensé: ¿Y si esta hubiera sido la segunda temporada del programa, en lugar de la tercera?  ¿Pensaría más o menos de eso? ¿Me gustaría menos si no es tan buena como la primera? ¿O lo pensaría más porque no me incliné a pensar en toda la serie como una especie de broma pretenciosa? ¿Ser mejor que la segunda temporada es realmente un uso preciso de la palabra “mejor”? ¿Ser “peor” que la primera temporada es tan malo? Luego me pregunté qué pensaría si no hubiera existido ninguna de las dos temporadas anteriores, y me di cuenta de que probablemente no estaría pensando en ello. El desempeño de Mahershala Ali es un ejemplo de lo que puede ser el show, pero la tercera temporada en su conjunto permanece como un recordatorio decepcionante de lo que fue. Algo, así, como la maldición de todos los estrenos auspiciosos. True Detective es un espectáculo que siempre estará condicionado por su glorioso pasado, medido contra los máximos de su primera temporada y los mínimos de su segunda. Está tan lleno de clichés que a veces aparece como una sátira: no puedes poner los ojos en blanco ante Ali. Evidentemente, es lo más notable de la temporada. Es posiblemente, el mejor actor afroamericano de su generación y uno de los mejores de la historia de Hollywood. A pesar del material delgado, su actuación aquí es siempre sincera y profundamente sentida. Lo que finalmente hunde esta temporada, o al menos tras los siete episodios vistos, es la monotonía de todo ello. Con la excepción de un par de secuencias de acción, casi todas las escenas tienen el mismo ritmo, cansino, lánguido y rompiendo la narrativa del lenguaje, por excelencia. A menudo, se centran, en dos o tres personas; que se reúnen solemnemente a sotto voce. Lo más fascinante, es ver a mi esposa, escritora—nada famosa— y adicta a las series de detectives. Ha escrito cinco libros y dos de sus novelas son Pulp/NeoNoir. Pues, sí. La gran fan de True Detective 2019 era todo deleite verla roncar en el sofá. Anécdotas, a un lado, evidentemente, desenredar la inteligente cronología: es la confrontación de un espectáculo de policías del medio Oeste. Sin garra, ni ganas y dirigido por un escritor de guiones de cine negro italoamericano que aburre. Nota: 6,7

 

 

 

Uspjeh (2019) o Success de HBO en Croacia

La ficción audiovisual se está convirtiendo en una nueva forma de expresión del lenguaje literario y estético. El auge de las grandes cadenas del streaming y su introducción —cada día, a más— dentro del último rincón del planeta es una obviedad. Si Netflix está sondeando sus posibilidades en el mercado africano —suena chocante, pero es verdad— su contrincante, la vetusta HBO, se ha centrado en la vieja Europa que se enfrentó en la última guerra contemporánea, caso de la otrora exyugoslavia. Las cosas han cambiado mucho, en estos últimos 25 años. Aquel paisaje y ahora mismo, la producción televisiva del gigante norteamericano tiene varias bases operativas de desarrollo de proyectos. Desde los Balcanes, a la vecina Centroeuropa. Proyectos que hemos visto desde Chequia con Pustina (2016), Rumania y su magnífica Umbre (2014) o Polonia, The Border (2014). Ahora, habría que sumarle la maravillosa creación croata; Uspjeh (2019) que en serbocroata, significa éxito y para la audiencia norteamericana se ha traducido como Success (2019). Los productores del proyecto son Johnathan Young (HBO Europe) y Ana Balentovic (HBO Adria). Al lado de la productora local Drugi de la ciudad de Zagreb. Una historia de seis episodios escrita por el macedonio Marjan Alčevski (un guionista con gran futuro) y dirigida por el oscarizado Danis Tanović, con la ejemplar, “En tierra de nadie”(2001). Una mano que se nota tanto en la dirección —de unos actores muy notables— y la perfecta narración ceñida a un montaje muy elegante. El resultado no puede ser más prometedor. A modo de cuento Caverniano y en un línea muy Altman nos encontramos con tres absolutos extraños, los cuales, se unirán a través, del azar, en una serie de incidentes desafortunados; cuando intenten ayudar a una víctima por el asalto de un tipo muy violento. A medida que las consecuencias de sus acciones se filtran en cada aspecto de sus vidas; estas personas de diferentes orígenes: deciden recuperar el control de sus vidas. Es una oda amarga a la ciudad de Zagreb, que brinda una visión oscura de las diversas estructuras de la sociedad actual, a través de las vidas de las personas comunes y corrientes conducidas por la misma sociedad. En la moderna capital croata, Success, disecciona las capas de una sociedad urbana, diversa y moderna.

Explorando temas tan interesantes desde el punto de vista del análisis interpretativo, como la frustración, la alienación y el deseo de liberarse de las trampas de la vida cotidiana. Uspjeh o Success, como gustan en USA: es un drama bellamente escrito que roza la superficie de la vida urbana contemporánea. Una historia apasionante que desenreda hilo a hilo. El relato universal de la vida: alegría y desencanto por ser mejores cada día. Aquí nos vemos delante de unos personajes deliciosos: el padre de una familia en apuros que está a punto de perder su casa; Kiki (Toni Gojanovic), la bella joven estudiante y volcánica Blanka, una actriz muy interesante (Tara Thaller). Posiblemente, la gran protagonista —de entre todos los que completan este cuento cotidiano— una chica llena de sueños, entre la adolescencia y la seducción del nuevo capitalismo que envuelve a ese Zagreb Noir.  Siendo la victima de una relación humillante y dolorosa, junto a su novio Viktor: un chico guaperas, caprichoso y muy agresivo. Después, esta una mujer Vinka (Iva Mihalic) que le acaban de ascender en el banco donde trabaja. Cuando de camino, en el coche, a raíz de un atasco es golpeada por un sicario y termina con múltiples contusiones y un brazo roto. Su esposo, Ivo (Goran Bogdan), un actor con un puñado de rodajes, gran profesional; es un abogado que trabaja en el gabinete de relaciones económicas de la capital balcánica con la UE. Se muestra nervioso y acosado por el crimen organizado. Por último, entra en escena, el hombre enigmático y de algún modo el líder del grupo.

 

 

De un gran parecido, con al actor británico, Hugh Laurie de House: El arquitecto Haris interpretado por (Uris Fehmiu) que se siente atrapado —nuevamente— por un encargo de un edificio de lujo que esconde irregularidades y apesta a corrupción política. Una noche tras una discusión que venía de largo, el novio de Blanka, Viktor (Pavle Matusko) persigue a Blanka, que le acaba de dejar y comienza una discusión fortísima. En el intento de defender a la chica, los otros tres coincidirán en un parque, que marca la noche croata. Cada uno tenía asignado el papel que te da la vida. Empero por el caprichoso azar, hace que todos ellos se conviertan en cómplices del asesinato del cruel y fogoso, Viktor. Una muerte de la que nadie le interesa estar implicado debido a que —el muerto de esta historia— es hijo del capo criminal más temido de la capital, Danilo, interpretado por uno de los mejores actores del cine croata: Goran Navojec. No podemos olvidarnos del factor de la indefensión y quien vela por los derechos y la seguridad de los ciudadanos: la policía de Zagreb. Aquí aparece una actriz con mucho carácter y creíble que es la inspectora Kalic (Marija Skaricic). Cuestionada y acosada, continuamente, en su trabajo. Además, de vivir con la espada de Damocles del clan mafioso, en cada paso que va dando. La acción sigue las historias entretejidas de esos extraños, salvadores. Cada uno luchando contra su vida cotidiana, en la ciudad, que vinculó de manera irrevocable al affaire impulsivo. A medida que las consecuencias de sus actos comienzan a atraer cada aspecto de sus vidas.

 

 

Esas mismas personas, comunes y corrientes, con cómplices historias diarias; deciden recuperar el control de sus vidas. Zagreb parece una verdadera metrópolis europea, no una aldea balcánica en el fin del mundo. La BSO es genial, y la música de los años 60 retro de autores locales, parece que nos encontremos escuchando lounge y temas de culto, entre covers de época (el recuerdo de la banda sonora de Kiling Eve o Sharp Objects está ahí) provoca un entusiasmo en la sincronización del visionado.Tanović nos dibuja esa nueva radiografía de la sociedad de Zagreb. La pujanza económica de uno de los países con mayor crecimiento de las enfrentadas exrepúblicas balcánicas. Una ciudad que quiere prosperar e invertir, en grandes infraestructuras y centros de negocio, mientras parece quedarse atrás, en otros temas. Lo perverso del sistema, es que como el que no quiere, simulando ingenuidad, y aparentando; no darse cuenta que el pasadizo más corto para ello, es la senda de las corruptelas de la actual sociedad capitalista. El mismo, que día a día, atrapa a la vieja Europa. Aquel que se revela con sus actuales sentimientos de desamparo, dentro de una enquistada frustración, de la vida en esta nueva Croacia. A la postre, una muestra realista, del día a día de aquellas viejas repúblicas yugoslavas, que mancillaba, el tirano Tito y ahora pelean por encontrar un sillón lo más burocráticamente confortable en Bruselas.

 

 

 

De Dag (2018) El gofre poliédrico belga

 

Siguiendo con el nuevo itinerario de nuestra publicación; en busca de nuevas ficciones audiovisuales por todos los rincones del planeta. Hemos topado con una genialidad Made in Belgium. Ya sabemos de sobra que los belgas se caracterizan por su riquísimos Gofres y excelentes bombones. Lo curioso de la nueva hornada de realizadores —de este divido país— es que la gran mayoría de las producciones se llevan a cabo en territorio flamenco. También, hemos visto cosas muy interesantes, en la parte Valona, caso del thriller: “La Trêve” (2015) en Sundance TV y Movistar. Pero lo de estos tipos está calando muy hondo. En EE.UU, no paran de halagar el nuevo producto de los creadores de De Dag “The day 1” (2018). Cuando los productores de la serie; Jonas Geirnaert y Julie Mahieu y el productor ejecutivo de Telenet John Porter: afirmaron que “De dag”(2018) es la mejor ficción criminal de este año. No se estaban marcando un lobo.

 

 

Una vez visionados los primeros 6 episodios; sigo todavía en un estado de shock. Evidentemente, si vieron otras dos joyas de estos creadores como fueron “Beau Séjour” (2016), producida por Netflix —mediante el convenio de coproducciones con los países, donde exhibe su material— y “Tabula Rasa” (2017), distribuida por el gigante del streaming de Scotts Valley. El thriller belga está rompiendo muchos esquemas desde que David Fincher abrumara al mundo con su film de culto; Seven (1995). Qué es lo que hace de De Dag (2018) un producto pluscuamperfecto: su frescura, la ejecución en la dirección, con planos realmente originales y que dentro del lenguaje narrativo nos hacen cómplice de toda la historia, que gira, tuerce, vuelve al inicio, le da tiempo a fumarse un pitillo y tocar una subtrama que aparentemente es prescindible. Ahí reside la inteligencia de este producto, en hacer de lo insubstancial, algo erudito.

 

 

A partir de un atraco a una sucursal bancaria de un pueblo flamenco residencial. Comienza un tira y afloja entre los atracadores y las unidades de policía que se acostan en los alrededores. Comienza una historia, entre los aromas de Lumet y la histeria del gran carnaval de Wilder. Una situación asfixiante y a la vez inquietante, donde los puntos de inflexión y observación son imprescindibles. A medida que transcurren los episodios la piezas del puzzle comienzan a tener sentido. No por ello, habrá, golpes y nuevos giros de guion que dejarán al espectador fuera de cobertura. A destacar, el elenco de actores, muchos de ellos, casi familares de los espectadores de las series salteadas de Beluga. Caso de Bob Snijers, Jeroen Perceval, Lynn Van Royen, Lukas de Wolf, Sofie Decleir, o Willy Thomas. Lo dicho, si parpadean o se van al WC, están perdidos. Pongan la tecla en pausa y vuelvan a darle al play. Nota: 8,2

 

The best news series of TV 2018

 

  1. The Terror

 

 

2.Escape at Dannemora

 


 

 

3. Mistery Road

 

 

4. Sharp Objects

 

 

5. Hommecoming

 

 

 

 

6. Patrick Melrose

 

 

 

7. Killing Eve

 

8. Jack Ryan

 

 

9. Yellowstone

 

 

10. The Haunting of Hill House

 

11. Waco

 

 

12. McMafia

13. Trust

 

14. Counterpart

 

 

15. Altered Carbon

 

 

16. The Looming Tower

 

17. A Very English Scandal

 

18. The assassination of Gianni Versace

 

 

 

19. The Marvelous Mrs. Maisel

 

 

 

20. Narcos Mexico

 

 

21.The Little Drummer Girl

 

22. Mr. Inbetween

 

 

 

23. Mosaic

 

 

24. La Tréve

 

25. Black Earth Rising

 

 

26. Seven Seconds

 

 

27. Mayans

 

28. Pose

 

29. Castle Rock

 

 

30. Dietland

 

The Americans (2013) “el matrimonio ruso más amado de la TV moderna”

 

Elisabeth puteando Foto 1

La nueva ficción televisiva, Made in Usa, desde su irrupción en este nuevo siglo audiovisual; se ha caracterizado por la consolidación de un nuevo antihéroe estadounidense. Un tipo que no ha parado de ascender y sentirse querido por la audiencia. Recordemos al carismático gángster, Tony Soprano, a punto de cumplirse su 20 aniversario. ¿Quién no se acuerda del personaje mejor escrito para la TV de calidad? Por entonces, una HBO, algo monopolística. Aquel sagaz grandullón, de oronda y excelsa barriga, con un síndrome maniaco-depresivo. Un tipo entre lo amenazante y el risueño padre de familia, ese vecino de toda la vida. Chillando a todo Dios, sin saber el porqué. O mejor aún, en ese plano, sentado en la piscina de su mansión, con el fusco en la mano, mientras fumaba un Montecristo: vigilaba patos y osos. Tony Soprano fuel el mayor hito de la historia de la ficción televisiva. Pues, introdujo un nivel de complejidad temática y ética de una consistencia, inaudita. Nunca vista hasta entonces en la pequeña pantalla. Un vistazo al principal circuito de premios (Emmys o Globos de Oro) y verán que a lo largo de la última mitad de la década: se observa, no sólo el interés crítico de las páginas de millones de blogs o páginas culturales, que han dedicado chorros de tinta a por estos nuevos personajes y productos, mágicos vía streaming. Inclusive, el de una popularidad sorprendente y enfatizada, gracias a esos de las redes sociales. Creando el fenómeno de la Seriemanía. Miles de seguidores de los lugares más remotos, preguntan por las andadas de sus personajes favoritos. Las magistrales Mad Men, Deadwood, y más recientemente, Ozark de Netflix son solo tres espectáculos que han logrado un amplio reconocimiento por la definición de unos protagonistas moralmente comprometidos. El canal de cable FX, es conocido por su concepto “There is no Box”. Por aquello, de la competencia de reojo. También, por las producciones —inicialmente— sobradas de testosterona. Casos de SOA (2008) o Justified (2010).

 

 

Evidentemente, nunca ha sido ajeno a esta estirpe de personajes en constante conflicto. Pero la serie, por excelencia, que marcó el devenir de estos personajes fue The Shield. Un punto de referencia en la era del antihéroe, considerado por muchos, la respuesta al emblemático buque insignia de HBO. Curiosamente, donde, Tony Soprano ya era el mito dentro del sistema de corrupción, más arraigado, en la historia norteamericana. Vic Mackey era un luchador contra el crimen, uno de los buenos, aparentemente. Sin embargo, en su lujuria maquiavélica por frustrar a los malos, lo presenciamos torturando, chantajeando, manipulando pruebas de su unidad de homicidios —in situ— o llevándose el dinero de los alijos. En ese sentido, The Shield se puede ver como el comienzo de lo que se ha convertido en el paradigma actual del antihéroe televisivo: donde la ambigüedad moral abunda en espacios —más allá de las arenas esperadas— de mafiosos y matones, entre doctores y maestros de escuela secundaria, gente común. Cuando Joe Weisberg y Joel Fields lanzan The Americans en 2013. Una de las mejores series dramáticas de los últimos diez años. Si contamos hacia atrás, hasta septiembre de 2001, y, junto a la emisión de la primera temporada de 24h (2001), y la premiada Homeland (2011) de Showtime, los norteamericanos estaban enganchados al concepto de este, tipo de productos, donde el terrorismo internacional islamista: es la esencia del producto. La televisión estadounidense supo hacer de la vida de un matrimonio de rusos, los protagonistas absolutos, de una ficción de espionaje bajo la presidencia de Reagan tiene algo deliciosamente sugerente: el culto a una década de la que hoy en día hay mucha gente que fue joven y guapa, en aquellos años.

 

El gótico de mi marido Foto 3

 

La historia, a principios de 1980, es muy sencilla. Dos desconocidos, un hombre y una mujer son convertidos en agentes rusos desde la vieja URSS y camuflados, como modélicos ciudadanos estadounidenses, al servicio del KGB en Washington DC. Un show con un aroma a laca y purpurina plateada. Un diseño artístico que recoge todos los detalles del boom ochentero de esta década, en todos sus aspectos: moda, música, pensamiento y fascinación de adictos hípsters a las series en streaming. Luego, ¿quienes son ellos? Un tipo tranquilo, Philip (Matthew Rhys) y una mujer atractiva, con aspecto, de chica de las Bangles: Elizabeth Jennings (Keri Russell). La pareja de soviets enamorados de la America más consumista ha hecho historia a lo largo de seis temporadas. Esa hermosa y deseada vida tranquila de dos ciudadanos estadounidenses son: un matrimonio ejemplar, con un negocio muy en boga, una agencia de viajes. Tienen una pareja de niños a los que crían en la filosofía más campechana del capitalismo, exultante reeganiano, adictos al béisbol y el hockey. Además, de reconocidos fans del maravilloso mundo del mago David Copperfield. Sin embargo, detrás de consufa patomima banal, se esconde una inmensa taparadera para llevar a cabo, todo tipo de actividades de espionaje de grandes proporciones. El sabotaje, la vigilancia, el robo de secretos industriales, la seducción de figuras influyentes, el reclutamiento de fuentes y el cambio de físico, mediante, protesis y disfraces. Así como el asesinato a sangre fría. Todo es bueno para promover la causa de la URSS… ¿El objetivo final? Ganar la guerra fría. Demos un giro de 180 grados ¿Tiene poco o mucho parecido entre sí más allá de su conversación básica sobre lo que significa ser un agente doble? O mejor dicho, en un sentido más amplio, ¿Qué significa llevar una doble vida? Por ejemplo, el concepto de Homeland, visto por un ciudadano medio, de inmediato se ve provocado y sostenido por un complot terrorista que va desde el Capitolio a Afganistán.

 

Marriaged Jennings Foto 4

 

El romance que surge entre Carrie Mathison (Claire Danes) y Nicholas Brody (Damian Lewis) es muy predecible, aunque deje escondida una guarnición muy deliciosa por los segundos platos.  Y es que, en el fondo, The Americans, aunque está tan a tono con la ambigüedad moral, de muchos de sus predecesores, la obra de su creador, Joe Weisberg; ofrece un tipo de protagonista completamente diferente. Algunos dramas antihéroes intentan retratar la lenta degradación del personaje (Walter White de Breaking Bad), otros nos muestran cómo la obsesión profundiza la locura (Dexter Morgan en Dexter, o Nicholas Brody de Homeland) y otros permiten la experiencia superior del poder y sus consecuencias (Don Draper en Mad Men y Nicky Thompson de Boardwalk Empire). Lo que separa a The Americans es su primer plano del dispositivo más simple en la historia de la narrativa. Piensen en algo tan esencial, en el mundo coloquial, como el amor. Y que mejor vector, donde expresarse, que el amor a una familia. Empero, The Americans se convierte en una lección de guion, a la hora de ampliar el método de abertura de cajones y llenas de subtramas. Un producto, que desde el arranque de sus cortinillas esta repleto de los símbolos del espionaje y toda la fanfarria ochentera iconica por un score musical de Nathan Barr memorable. Empero, el show no se olvida de las alocadas persecuciones, brutalidades y las intrigas burocráticas del poliburó que funcionan al servicio de su núcleo romántico. Sin embargo, lo que deja a los espectadores aferrándose a sus apoyabrazos, en estos momentos de pulposa emoción es el terror subyacente que, en cualquier momento, la incipiente relación entre los protagonistas Philip y Elizabeth Jennings sufrirá un golpe, ya sea físicamente, emocionalmente, o ambos, de no sobrevivir a la misión.

Stan&Sveltana Foto 5

 

Los críticos alaban de inmediato la calidad narrativa de la serie. Como ex agente de la CIA, Joe Weisberg es el garante de su credibilidad. Se saborea la audacia de poner al público estadounidense del lado de los soviéticos: inclusive si Philip y Elizabeth nunca son heroicos, aquí lo son. Ya que, los puntos de identificación del espectador, son aquellos a quienes queremos ver triunfar. Al final, o en cualquier caso, escapar del agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), que resulta ser su vecino. En un estilo de suspense, la serie tiene éxito en el retrato sutil de un matrimonio complejo y la supuesta normalidad familiar. Finalmente, una miríada de detalles de los años 80, que deleitan el paladar del más esteta: pantalones de talle alto, los inevitables peinados cardados y otros videos aeróbicos, y por supuesto la música: Phil Collins, Sting, Peter Gabriel, U2, Elton John o Duran Duran y etc… Son inmensos momentazos dentro de la pantalla. ¿Por qué? Pues, que nos hallamos, ante el vademecum típico de la Guerra Fría. No existe un objetivo claro y generalizado. De ese modo, el conflicto de larga duración que va emergendiendo “in crescendo” dependerá, en gran medida del carácter, que impriman los personajes con sus originales devaneos. En los episodios que siguen el apogeo emocional del clímax de capítulo piloto, no decepciona. Todo lo contrario. Vemos que los dos confrontan infidelidades pasadas y presentes. Por ejemplo, la manipulación sexual de Philip a la secretaria del FBI Martha Hanson —papel interpretado por la actriz Alison Wright— es sencillamente, puro beluga. Y gracias a este trabajo la confirmación de una excelente interprete como es la singular Alison Wright. Luego, está nuestra querida Elizabeth lidiando con su amor de correrias al margen de la ley; un antiguo trabajador afroamericano. Dilemas profesionales que generan disputas que se sienten más personales que políticas.

 

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En el caso, del intento de asesinato de Reagan se usa aquí para resaltar sus diferentes lealtades. Así como un nuevo jefe de los servicios de trabajo de campo de todos los espías, que interpreta la siempre carismática y manipuladora Claudia/Margo Martindale, en sustitución del cabal y más heterodoxo Gabriel que interpreta Frank Langella, muy mayor, al que el poliburó quiere pasarlo a la reseva. Por no decir, a la jubilación forzosa. Claudia les informa que el trabajo está a punto de volverse más amenazador para la vida, de lo que por si ya era, anteriormente. Un romance es tan bueno como sus obstáculos, y, como ya hemos mencionado, aquí no encontramos escasez de obstáculos. Todo lo contrario, en The Americans es un deleite, la cantidad de capas barnizadas que se pueden llegar a desvelar. En todo caso, el grado de coincidencia incorporado en la creación de estas barreras ha sido, para algunos espectadores, el defecto principal del programa. Reiteramos, para alugnos. No obstante, cuando la coincidencia profundiza el conflicto en lugar de ayudar a resolverlo —inculcando un cierto grado de inevitabilidad en lugar de dejar a deus ex machina— la mayoría se apresura a perdonar. Entonces, cuando el agente de la CIA Stan Beeman (el análogo más sagaz de Noah Emmerich sería el cuñado Hank de Breaking Bad) se mueve por la calle de los Jennings, estamos más interesados en el estrés de su arma cargada , la cual, le llega a generar; que en desacreditar su improbabilidad. The Americans se asemeja más a Deadwood de HBO, un programa más interesado en cómo se construyen las comunidades que en marinar con sus propios conceptos. Pensemos, por un momento, donde la magia de Deadwood estaba en su molde expansivo, el encanto de los estadounidenses está en su enfoque limitado; hay algo embriagador en su estrecho ecosistema de momentos sosegados, su énfasis en la acumulación de gestos en la creación de significado.

 

Margo& Frank Foto 7

 

En todo caso, una discusión sobre el linaje es importante aquí en un sentido global; hay un cierto grado de previsibilidad para cualquier espectáculo, pero después de más de una década de escritores dispuestos a poner a sus seres queridos, a través del tono, sabemos mucho mejor como dejarnos sentir más cómodos; cuando las cosas parecen ir bien para el Sr. y la Sra. Jennings. Al final, no queremos que Philip y Elizabeth tengan un camino fácil hasta que realmente se lo hayan ganado, y somos ampliamente recompensados por nuestro masoquismo. La represión y lo tácito forman el fulcro dramático de los estadounidenses. De la misma manera en que los roles de género de los años 60 arrojaron un conflicto de carácter en Mad Men, el empleo de los Jennings como espías opera como una especie de silenciador de facto. Como todos los dramas de época efectivos, esto habla tanto del espíritu de la década de 1980 —la capa de seguridad cuidadosamente construida a pesar de las ansiedades profundamente arraigadas— como del actual espíritu de época posterior al 11 de septiembre. Entonces, cuando Philip se acerca a Elizabeth sobre como desertar a Estados Unidos en el piloto, nos damos cuenta de que hay varios tules, maniobrando la psicología del respetable, que han puesto en marcha. Aunque, para ello hayan engañado a todos los que los rodean, incluidos sus hijos, siempre han sabido que su matrimonio es solo un vehículo para su verdadero matrimonio con el jodido KGB. Ya que su verdadera tapadera reside en los suburbios estadounidenses. El momento en que se interpone en el camino de una misión es el momento en que pierde eficacia. Por ejemplo, cuando Philip empuja a la deserción, Elizabeth no solo se enfrenta a descifrar sus intenciones —puede estar en una misión privada desde el cuartel general con la intención de poner a prueba su lealtad— sino que navega la corriente subyacente de sus aparentes sentimientos hacia ella (particularmente al foco de la distancia emocional que ha cultivado con cualquier cosa relacionada con su vida estadounidense). Algo así, la respuesta a su patriotismo erosionado (el modus operandi del la agencia y su entrenamiento le obligaría a delatarlo en la sede).

 

 

So Sorry, Stan but we going to Russia Foto 8

 

The Americans es un espectáculo sobre cómo lidiar con las consecuencias de las decisiones tomadas en la juventud, sobre confiar en la intuición y amar a pesar del miedo, sobre aceptar que lo que más nos amamos el uno al otro es también lo que más odiamos y lo que más tememos de la vida. Ese proceso de aceptación de lo que más amamos, el uno del otro, es también lo que podemos llegar a odiar o temer más. Incluso para aquellos de nosotros que no estamos inmersos en una existencia paranoica, el mundo, a veces, puede hacer sentir a cualquiera de nosotros: un lugar duro y solitario. Con la inevitabilidad de nuestra mortalidad, lo mejor que podemos esperar es una verdadera conexión humana mientras todavía tenemos tiempo para ello. Ese tipo de redención, que The Americans busca ofrecer, es un faro raro, algo, sin darse cuenta, que hemos estado esperando desesperadamente para ver. Como hemos visto en los últimos catorce años, la televisión es un medio increíble para retratar un deterioro lento. Pero los estadounidenses revelan que la televisión es igualmente capaz de mostrar lo contrario: los pasos precarios que tomamos para construir una comunidad, cómo nos mantenemos frente a la obstrucción y cómo nos enseñamos a amar y ser vulnerables en un mundo que sabe exactamente cómo para explotar y destruirnos. Siempre nos quedarán los rostros de Philip y Elizabeth cruzándose con su joven colega de la KGB, un juvenal Vladimir Putin. Nada más lejos de la realidad. Pero, no que les pique la curiosidad, de echar cuentas…Si estuvo destinado en la RDA de 1985 a 1987. Cuántos de nosotros hubiéramos pagado por ver esta escena. Muchos. Y todo sigue igual de otrora KGB de nuestro matrimonio de desconocidos hasta el final de la guerra fría. Ahora el actual, FSB. Las técnicas de espionaje son idénticas y que los objetivos, sean siendo los mismos. Después, de contarte todo esto, No creen que merece la pena ver una de las mejores y más queridas series de la historia de la TV, según, la AFI. Ojalá! la Academía de televisión norteamerica, le de un epitafio, como mandan los dioses y por fin, sea la mejor serie de drama. A igual, que los Soprano, Mad Men, Breaking Bad o Homeland. Gracias por estos años y suerte. Nota: 8,5

 

 

The Terror (2018)“Miedo y horror en el Ártico”

En estos días, muy cercanos a cualquier cambio de década o finalización del siglo de turno; la ficción audiovisual tiende a cambios —de estilos y géneros— con la trillada muletilla del “ya tocaba”. Evidentemente, esto se ha visto con el péplum romano de Gladiator de (Scott) en 2000 y unas décadas antes, con Cleopatra 1963 de (Mankwiecz) y la supervivencia en la naturaleza de The Revenant (Iñárritu) en 2015 y la maravillosa Jeremiah Johnson de (Pollack) en 1972. A dos años de la finalización de la segunda década de este enigmático y supratecnológico siglo XXI; aparecen nuevos proyectos de gran calibre artístico, como The Terror (2018) —un  drama de suspense, con aroma a gesta, donde el ser humano da lo mejor y lo peor de sí—  que solían reservarse para ser films de prestigio con aspiraciones a Oscar. Nos acordaríamos de la interesantísima Master and Commander: The Far Side of the World  de Peter Weir, en 2003. Independientemente, de la temática y estética del film, la armonía de ambas historias es asombrosa. Sin embargo, vivimos en este tiempo donde la red social, lo adelanta todo, y las grandes productoras del cable, están al acecho de esos productos que fluyen pedigrí. The Terror (2018) tiene todos esos ingredientes de una gran superproducción cinematográfica, pero en una pequeña pantalla, que demanda un espectador de paladar exquisito. Ese público tan sui generis de chaise longe y pantalla gigante ultraplana 4K, será el dueño del tiempo y duración del proyecto —que dependiendo del visto bueno de la clientela— podrá marcar ciclo y tendencia. Formalismos y exigencias a un lado, los cinéfilos de todos los pelajes estamos de enhorabuena con AMC TV. Desde Mad Men, el redundante canal de los zombis, no era capaz de crear una ficción tan apasionante y adictiva. Además, vaya por delante, mi enhorabuena y agradecimiento a Sir Ridley Scott, y su gran amor por la literatura.

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Una vez más, se ha hecho con los derechos de distribución de la obra de Dan Simmons. Bien, ahí, es donde entra su productora que fundó con el desgraciadamente fallecido Tony. El sello Scott Free. Poniendo todo un equipo de enormes profesionales, a trabajar en esta serie, dando un gran “do de pecho”, con una impecable dirección artística. Desde el fastuoso vestuario, a la recreación de una isla y un océano helado, que es el invernal Ártico, dentro de un estudio de rodaje húngaro. Hermoso y demoledor paisaje cubierto de hielo, entre afloramientos rocosos y aguas gélidas. Una tundra helada marcada, sólo por túmulos funerarios. Un gran todo infinito; que parece extenderse para siempre. Podría ser un alienígena planeta yermo (lugares cercanos al cineasta, a lo largo de su dilatada carrera) o el terreno blanqueado de un western épico. Sin embargo, estamos ante uno de esos viajes que van más allá de la grandioso y homérico. La novela de Dan Simmons The Terror está cimentada sobre la base de una historia real. Donde, en un gran ejercicio de construcción de guion, se conjuga una mezcla de géneros, que van, desde la aventura histórica, hasta las sagas de supervivencia humana en un lugar inhóspito. Finalizando, la biblia de trabajo, en un perfecto thriller psicológico: donde el terror pivota en la mente humana y las criaturas monstruosas del lugar. En este caso, es sólo una, pero que da mucho miedo. La novela, un buen tocho de más de 900 páginas, apunta detalladamente la expedición —que se llevó a cabo en 1845— por dos punteros veleros, orgullo de la Armada Real británica: el Erebus y el Terror. Dos naves que iniciaron un viaje en busca de una nueva ruta de mar. A través, del amargo pasadizo del Noroeste Ártico: una siniestra travesía cercada por el gélido hielo invernal del paisaje polar. Aquel canal nunca lo encontraron los 128 hombres que se embarcaron en susodicha andanza.

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Ambos barcos desaparecieron de la faz de los icebergs árticos. Durante el visionado, uno, sentado en el sillón de casa, puede sentir el glacial viento, y el paralizante frío, acariciando tu cara, en cada escena. Como dice un personaje: “A la naturaleza no le importan nuestros planes”. Algunos de los mejores momentos de The Terror se basan en la idea de que no es nada sobrenatural o desconocido lo que matará a estas personas, sino el orgullo humano y estúpido de los implicados. Eso los convenció de que podían hacer algo, que nunca debería haberse intentado. Hay planos muy hermosos, a vista de pájaro o dron, de pequeñas embarcaciones contra los lienzos de un fondo masivo de hielo y nieve que paralizan los sentidos. Una sensación de escalofrío que te recorre la espina dorsal. Y en cuestión de minutos, comienza una brutal carnicería. Algo que tiene mucho sentido cuando podemos considerar la drásticamente escarpada adaptación literaria. Dentro de un tono dramático robusto y ejecutada por el comandante de la expedición. A partir de un excelente reparto, de intérpretes por rangos, tendríamos a Sir John Franklin (Ciaran Hinds en Rome y Game of Thrones HBO) como comandante jefe de toda la expedición desde la nave Erebus. Luego, los capitanes más inmediatos, caso del segundo, Francis Crozier (Jared Harris, Mad Men y The Crown), capitanea el Terror. Un tipo sui generis. El tercero de la cadena es James Fitzjames (Tobias Menzies Rome y The Honourable Woman), un presumido fanfarrón que le hace la rosca a Franklin con halagos obsequiosos o jactándose de su propia heroicidad del pasado, en galantes relatos —ex profeso— para el efecto como maestro de ceremonias. El capitán Crozier tiene poca paciencia con el autobombo petulante de Fitzjames. Una animadversión mutua que va en crescendo. “No hay nada peor que un hombre que ha perdido su alegría”, comenta Fitzjames de él a Franklin, en una de sus constantes observaciones.

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Curiosamente, el paso de los acontecimientos, a medida que la serie avance, nos brindará un prisma cognitivo, de ambos, muy diferente. Obviamente, la desgracia humana comparte la empatía de una calamidad irremediable. Empero, en la página de guion y capitulo que nos encontramos; tenemos un frustración axiomática de Crozier, por su condición de irlandés —que le marcará— su improbable escalada hacia los primeros galones de la armada británica. Sin embargo, el concurso de su presencia también entra en juego. El conocimiento de otras expediciones por la misma zona le hace ganar enteros, para finalizar una carrera militar, con su justa gloria. Todo lo contrario que el autocomplaciente Franklin, al margen de las circunstancias reales y obviando las advertencias de Francis Crozier y su reiteradas advertencias, en torno, al fatal desenlace de la expedición. Crozier, tiene un respeto por Franklin —cuasi familiar, Crozier casi termina siendo yerno de Franklin— pero como profesional de la marina, es un indolente, de los que siempre piensa que Dios tiene un paraguas y un milagro, en el bolsillo de su túnica, ante cualquier revés. Y en esta ocasión, el desastre es inminente. Se palpa constantemente en el ambiente. La caras del pasaje y resto del tropel; la cámara los dice todo. Después de un buen tiempo, de pantalla notable, se aventuran a buscar algún pasaje, por donde, salir del atolladero. La serie mantiene esos momentos de penetración emocional en la acción temprana. The Terror es un estudio fascinante, entre choques convulsos de la conducta humana. Caso del compañero de la tripulación de marinería, que enferma violentamente. Mientras estaba en el comedor con el resto de compañeros, de inmediato, comienza a convulsionar y a toser sangre. Algo que irremediablemente le conducirá a una muerte inmediata. Este percance nos dirá mucho, sobre el mal de todos estos hombres de grandes hazañas y es la enfermedad del escorbuto.

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Ahí cuando, entra en escena, uno de los oficiales alejado de los labios rígidos y la cara larga: el Dr. Harry Goodsir (Paul Ready), un joven, cercano, entusiasta y culto patólogo, posiblemente la mejor persona, de todo el pasaje. Muestra una profunda compasión al consolar al joven que acaba de enfermar y ha entrado en una fase terminal. Goodsir sigue absorto por la convicción de la mirada del moribundo marinero, haciéndole creer que había otra presencia en la habitación, cuasi divina. La cercanía de Dios. Esa poderosa escena junto con otros interludios tensos —como el de un hombre que cae por la borda y una atrevida incursión de un buzo en las profundidades para remover el hielo acumulado de una hélice dañada— aumenta las apuestas de vida o muerte entre el pasaje, bien temprano. Planos largos silenciosos y oblicuos por la desviación del hielo en la nave. Algunos episodios, sin aspavientos de efectos especiales. De repente, suena un encontronazo que nos deja en alerta. Amén, de todo un concierto de ruidos desconocidos y sonidos guturales de algún animal indocumentado. Una genialidad propia de la magnífica BSO de David Michael Frank; mostrando la angustia y corroborando la soledad del paisaje. Otro aspecto interesantísimo son las largas escenas de diálogo (dándole un toque muy teatral al producto) y un claro carácter salpicado por violencia extrema —que hábilmente representa una misión que fue inacabable durante la mayor parte del día— hasta los momentos, en que el encuentro con la fatalidad era cuestión de horas. La dirección del germano Edward Berger (Deutschland 83 y Jack), quien filmó las dos horas de apertura, se beneficia enormemente de la incorporación de actores de primer nivel para conseguir una texturas dramáticas espléndidas. A partir de la vida interior de ese grupo de hombres uniformados algo constreñidos por la política Imperial de la reina Victoria del Reino Unido. “Dios, Rey y País”. Eso aplicado a la tropa de marinería y los rangos inferiores, significaba castigos por desobediencia o insurrección.

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Ahí, es donde, el personaje más intrigante hasta el momento, es el marinero irlandés Cornelius Hickey (Adam Nagaitis). De repente, es pillado, in fraganti, mientras practica sexo furtivo con un compañero de tripulación, debajo de la cubierta.  El teniente John Irving (Ronan Raftery) lo interrumpe, algo confundido y sorprendido. Empero el personaje Hickey sabe que un buscavidas irlandés, como él, que lleva muchos años en Inglaterra, rulando entre el lumpen más conocido de la villa. Lo sabe todo. Un tipo que ve en el malvivir y el caos auténtica diversión. Hickey sabe demasiado —pues su oreja está en todos los recovecos de la nave— seguro de sus interlocutores, y por donde flaquean. Lo suficiente, para saber que el teniente Irving, es el prototipo de hombre religioso timorato y pacato, el cual, se convencerá a sí mismo, de que no vio nada. La nacionalidad de Hickey también proporciona una leve conexión con Crozier que parece que funcionará en su beneficio. Aparentemente. Mientras el capitán Franklin esboza las típicas grandilocuentes palabras de ánimo sobre la grandeza y la aventura, en un claro intento de espolear a la tripulación, pues, el ánimo va en caída libre. Al igual que su discurso vacío y artificioso. Ciaran Hinds, sigue teniendo aquel aura de César de la majestuosa Roma de 2005. Habiendo permanecido embarrancado hasta la primavera, como lo advirtió el inquieto Crozier, Franklin envía dos grupos de exploración con trineos hacia el este y el oeste para indagar el estado de hipotéticas aguas navegables. Ninguno de los dos grupos regresa con noticias prometedoras, y un teniente se pierde en el caótico desenlace de una violenta tormenta de hielo —generada— por lo que los otros hombres creen que fue un oso gigante. La imagen visual de la criatura sugiere lo contrario. El desarrollo de esta situación, clave en el argumento, promete aumentar de peso a medida que avanza la serie. No obstante, es el disparo accidental durante la confusión del rescate —deja una bala perdida— que impacta, en un anciano nativo inuit. Arriban al barco, pues, el anciano está muy mal.

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Su hija, la esquimal, interpretada por la actriz y compositora groenlandesa (Nive Nielsen) está muy disgustada. Ésta, advierte, con gran disgusto, a uno de los oficiales de la nave que había vivido entre ellos el Sr. Thomas Blanky (Ian Hart, The Boardwalk Empire, Beuatiful Girls, The Last Kingdom). Fantástico actor. Para finalizar con la siguiente frase: “Dile a los que vengan después que no se queden aquí. Los barcos se han ido. Nos hemos ido”. Y hace mención a una extraña criatura llamada Tuunbaq. El cirujano patólogo Goodsir hace lo imposible junto al flemático y circunspecto Dr. Stanley/Allistair Petri (The Night Manager, Sherlock y Whitechapel) del Erebus que demuestra desgana e indiferencia. Pero todo es en vano, delante de su hija. El moribundo esquimal exhala su último hálito. Goodsir no puede ver la visión de un chamán inuit que aparece durante los agonizantes momentos finales del paciente. La destrozada joven inuit —que parece saber mucho sobre el monstruo— desconfía instintivamente de los extranjeros. Estos son los intrusos que traen el infortunio. A pesar de la gentileza esgrimida por el capitán Crozier y el Sr. Blanky que tienen un relativo dominio de la lengua Inuit. De repente, el comandante Franklin, apostilla: Estas personas no son de nuestra competencia. A pesar de las desesperadas y frustrantes maniobras por intentar salvar al viejo esquimal. Es como si los showrunners David Kajganich (Invasión y True Story) junto a Soo Hugh (The Killing y Passengers) nos hubiesen sumergido en las frías aguas de allende Bering. Son muy buenos y han hecho un grandísimo trabajo en todos los aspectos. Empezando por desarrollar un marcando tempo —impecablemente bien dosificado— con la narración. Asegurándose de que el metrónomo da una mayor cronometro a los personajes, aunque dando en su justa y meticulosa medida al entorno. La inmensa atmosfera y todos los recursos que la contienen; un denso paisaje sonoro, hielo cambiante y los rayos de madera de los barcos.

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El lloriqueo ominoso del perro de la nave, las lecturas de la brújula siniestra debido al campo magnético ártico, el resplandor del otro mundo de las luces del norte y la naturaleza gráficamente sangrienta de la autopsia de la sierra sobre el marinero muerto contribuyen aún más al escalofriante factor. The Terror juega más con la tensión que con la acción, a pesar de las tremendas sorpresas que nos deparará la serie a medida que pasen los capítulos. Además de la extraordinaria labor interpretativa de Harris, no podemos olvidarnos del dueto Hinds y Menzies —de nuevo juntos— pasados casi 14 años, de la obra maestra Roma de HBO. César y Bruto, ahora en la armada real británica. Los elementos físicos de la producción también son de primera categoría, desde los interiores de los buques ricamente detallados a las miniaturas y los efectos digitales de amplios planos aéreos. Veremos a un Jared Harris, convertido en uno de esos intérpretes a los que podemos llamar “siempre buenos”. Y la mirada única de un Ciaran Hinds —que lo borda— apto para un capitán de barco posiblemente hambriento de poder. Y no pasando por alto la presencia femenina muy definidos. Dejando a un lado a la bautizada Lady silencio (la Inuit esquimal). El espectáculo recoge mediante varios flashbacks en Londres, a la esposa de Franklin, Lady Jane Franklin (Greta Scacchi) y la sobrina, Sophia Cracroft (Caroline Boulton) que han instado reiteradamente a rechazar las propuestas de matrimonio de Crozier. Hasta hay un maravilloso cameo literario del ínclito Dickens con estas distinguidas damas. No obstante, hay una confianza impresionante en la narración que atrapará a los espectadores con un gusto por el suspense sofisticado. Este espectáculo ataca el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual.

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Esta es una serie que te llena de temor implacable. Como sugiere el título de la serie; a The Terror le interesa el miedo mismo, cómo nos transforma, cómo nos vuelve crueles y salvajes. El Terror, se convierte en horror. La investigación de ese miedo desde diferentes prismas, es todo un ejercicio de imaginería y pedagogía de guion. Cuando se hace aparece la conjura de un pánico penetrante, tan familiar como inconcebible; un retrato del hombre y la naturaleza, en su forma más cruel y fría. Al igual que The Thing (1982) de Carpenter, “The Terror” se vuelve más interesante como un estudio de lo que el miedo, es capaz de hacer a las personas, especialmente a los hombres, más que una historia de monstruos. Al margen, que estemos delante de un extraordinario un show de época de género. Es obvio, que también se trata de elementos adversos, inherentes al paso del tiempo, de la condición humana. Esos que nunca desaparecen, incluido el clásico orgullo estúpido —en este caso, ese tan británico— que mata a los hombres. A veces, propio deseo de conquistar a la madre naturaleza y el impulso competitivo entre colegas, terminan por confundir a los hombres de su verdadera realidad: el auténtico peligro que tiene a su alrededor. Casi tan letal, como su propia sombra. La sensación claustrofóbica de atrapamiento se refuerza cada vez que la cámara del cinematógrafo Florian Hoffmeister se lanza hacia atrás para revelar a los dos barcos como juguetes, encajados en mármol agrietado que parece destinado a envolverlos. La ausencia perenne de signos de un deshielo en ninguna dirección y suministros de alimentos menguados o podridos, las cosas claramente se volverán mucho más desesperadas ya que el hambre, la enfermedad y el posible motín se combinan con la amenaza externa para romper la compostura deshilachada de los hombres.

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El meticuloso grabado de los personajes y su complicada dinámica, la diseminación del terror, la vivida sensación de aislamiento prolongado, todos proporcionan las bases para lo que promete ser una creciente pesadilla de enfermedades, inanición y carnicería monstruosa. En el fondo, The Terror se toma su tiempo, conoce la oscura tristeza hacia la que se dirige y no tiene prisa por llegar allí. Las dos naves son dos enormes mansiones versión Downton Abbey en los mares altos, aunque congelados. Los miembros de la tripulación de bajo nivel que quedan fuera de las sesiones de estrategia de alto nivel incluso conexiones, propias. El resultado es una dinámica claustrofóbica en el piso de arriba y en el piso de abajo, una especie agonía existencial atacada por el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual. Esta es una serie que te llena de pavor implacable. Si visionáramos todos estos títulos, Atanarjuat: The Fast Runner (2001) Roald Amundsens Sydpolsferd (1912) Shackleton (2002) The Last Place on Earth (1985) Scott of the Antarctic 1948 y Ravenous (1999). Posiblemente, estarían de acuerdo con servidor, en que el horror, no hace diferenciaciones entre hombres y bestias. Cuando la necesidad es supervivencia. La delgada línea roja de lo éticamente salvaje, de lo moralmente cruel. Es la vida misma en un acto desesperado por sobrevivir en esa fatalidad que es el lecho de Fausto. El horror del apocalipsis Ártico es una evidencia. Como dijo el maestro Poe: “El demonio del mal es uno de los instintos primeros del corazón humano”. Nota: 8,9

 

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