Crime Story 86 “Michael Mann es un crack”

Durante estos últimos días hay una canción, que no se me va de la cabeza. Ya no sé si es parte del proceso, de lluvia desértica, denominada sangre roja, lo que me ha llevado a que el tema de Runaway de Del Shannon se ha estado en mi cabeza enquistadamente. Pues, va a ser otro motivo, muy más divertido e ilustrativo. Ya que la serie Crime Story, fue un policiaco de corta duración que se desarrolló de 1986 a 1988 y duró solo dos temporadas. Tuve la suerte de verla por aquella TVE en su canal 2. Crime Story se convirtió en un clásico de culto de los años 80 y 90. Actualmente, ya ha entrado en ese salón de la beatificación televisiva. Si no mal recuerdo, aquí se llamaba“Historia del crimen” A mediados de la década de 1980, el éxito de Miami Vice había convertido al productor y director Michael Mann en un beneficio ardiente. La todopoderosa NBC de aquellos años, le dio carta blanca para dirigir otro programa, en 1986, estrenó Crime Story. Un drama policial creado por Gustave Reininger y Chuck Adamson. Ambientada en el Chicago de 1963, la serie fue un retrato sin límites del auge del crimen organizado y los tenaces esfuerzos de la dedicada fuerza policial que trató de evitar que los mafiosos se apoderaran de todo el botín. Como una versión actualizada de Los intocables donde los buenos no son cruzados — absolutamente limpios— sino clientes duros que hacen el trabajo de una manera malvada y sibilina, muy diferente a la de otros hombres nunca podrían hacerlo así. Crime Story duró dos temporadas, donde se llegó a un total 44 episodios. Comienza con un piloto de dos horas dirigido por Abel Ferrara  (Bad Lieutenant, The Funeral, Welcome to New York o Pasolini) que funciona parcialmente como una película independiente y también como la alineación de lo que está por venir. El conflicto central de la serie fue entre el teniente de policía Mike Torello, en la piel del extraordinario y fallecido actor; Dennis Farina, (Get Shorty,  Striking Distance o Luck) y el gángster en ascenso Ray Luca interpretado por el solvente Anthony Denison, (The Closer, City of Hope y Dementia). El gangster Luca representó una nueva escuela del crimen estadounidense, la imagen ahora cliché de un hombre hecho que busca tomar su negocio sucio y pasar a transacciones legítimas. Como jefe de la Unidad de Crímenes Mayores en Chicago, Torello hace de la detención del pérfido Luca, sea su máxima prioridad, incluso cuando el malo elimina sistemáticamente a rivales y aliados por igual. Si Luca realmente es la criminalidad de la nueva escuela, entonces Torello es la justicia de la vieja escuela. Más allá de los adornos centrales de escopetas y sombreros de ala versus pistolas y copetes; el choque entre estas dos fuerzas opuestas es casi operístico en su furia. Estos tipos son mitos tanto como hombres, y su rivalidad adictiva, solo es comparable a sus idénticos apetitos por la sangre, el alcohol y las femmes fatales. La primera mitad de temporada de Crime Story detalla la elevación de Luca en Chicago, trabajando con los capos de la mafia con sede en Florida para construir la reestructuración del negocio del juego por todo el país y —algo que eventualmente— los lleve a apoderarse de los casinos en Las Vegas. Torello y sus hombres arrojan llaves en las obras, pero se encuentran esencialmente bloqueados a cada paso, culminando en un juicio federal en el que un delincuente que entregó las pruebas del estado intenta acusar a Torello de ser un policía corrupto y sucio.

Una de las grandes subtramas de la gran historia central, entre la policía y los ladrones, está en el ascenso del abogado David Abrams. Este personaje lo interpreta un joven Stephen Lang (The Last Exit to Brooklyn, Tombstone, Gods and Generals o Avatar). Abrams es un defensor público y activista de derechos civiles que intenta superar la reputación de su padre como abogado de la mafia. Él rechaza los avances de Luca, en cambio se hace amigo de Torello y lo ayuda en su estrategia. De igual modo, desarrolla una hermosa subtrama romántica con una periodista, que también es afroamericana, lo que lleva a puntos de arranque, de la auténtica historia de la lucha de los derechos de la gente de color en los EEUU a principios de la década de los 60. El papel de reportera fue para la gran actriz que es  Pam Grier (Foxy Brown, Fort Apache, el Bronx y Jackie Brown), y se conocen durante un caso en el que Abrams defiende a un hombre afroamericano contra su señor de los barrios marginales. El acusado en este caso es el genial Ving Rhames (Tour of Duty, The Long Walk, Home Mission Imposible Pulp Fiction). El telón de fondo de la década de 1960 a veces parece poco más que una excusa para tocar música genial, conducir autos grandes y usar ropa elegante. La atención al lenguaje y a los detalles de la época no es tan rigurosa como, digamos, Mad Men, aunque el espectáculo hace uso de los paisajes de neón de la americana de los años 60 y la escena emergente del arte pop (mira las paredes del apartamento de la primera amante de Torello, por ejemplo). Los problemas sociales surgen de vez en cuando. Además de las historias raciales, también hay, por ejemplo, un episodio sobre la lucha laboral y la manipulación de los sindicatos (Lee Ving de la banda Fear y Anthony Heald de Silence of the Lambs interpretan a líderes sindicales que pelean por lo que creen es suyo). El estilo de aplicación de la ley particularmente brutal de Torello también refleja una época anterior a representaciones más delicadas del trabajo policial. No escucharás leer aquí los derechos humanos de nadie. Irónicamente, Crime Story también llegó en un momento en que los estándares de censura eran muy diferentes y, como resultado, a pesar de su violencia, el programa es mucho menos sangriento de lo que podríamos ver hoy en las series de televisión más sensibles. Una de las grandes curiosidades del show, fue ver el poder que había acumulado Michael Mann, por Miami Vice, ya que no solo eligió a un forastero de Hollywood más sistémico. Pues, la decisión de hacer de Dennis Farina protagonista (cuyo aspecto poco convencional debe haber aterrorizado a los ejecutivos de NBC), hizo, que algún trajeado de Armani chorrease gotas de sudor. Aún más, cuando el cineasta neoyorkino y complejo del Bronx —por aquel entonces un enfant terrible del Neonoir—, Abel Ferrara, dirigiera el episodio piloto. El resultado es un drama mezquino y sórdido, en el cual, se presenta a grupo de policía —políticamente incorrectos— que luchan contra criminales desagradables. Una de las secuencias que quedarán para la posteridad es la secuencia inicial del piloto.

Crime Story arranca con un atrevido robo a un restaurante que salió mal. Del Shannon canta “Runaway” (regrabado especialmente para el programa) mientras el atraco se convierte en una situación de rehenes. Tres detectives de la policía liderados por Mike Torello (Dennis Farina) corren hacia la escena (entre los cuales nos vemos a un bisoño Michael Rooker, antes de ser Henry en retrato de un asesino o el villano manco de Walking Dead, como policía de turno). No se dicen palabras entre los hombres mientras revisan tranquilamente sus armas y se preparan. Cuando los criminales están a punto de soltarse de sus rehenes, Torello se inclina amenazadoramente, y le dice a un matón: “lastima a alguien más, cuando todo esto termine, encontraré lo que más amas y lo mataré”. “Tu madre, tu padre, tu perro. No importa lo que sea, están muertos”. Bienvenido al mundo de Crime Story. Mann ha dicho que fue influenciado por trabajar en la serie de televisión Police Story (1973-1977), que fue dirigida por el dramaturgo Liam O’Brien e incluyó al famoso escritor criminal Joseph Wambaugh (quien escribió The Onion Field) como colaborador. Pidió a Reininger y Adamson que escribieran el piloto de la serie y una “Biblia”. Reininger era un ex banquero de inversión internacional de Wall Street que llamó la atención de Mann por un guion que había escrito sobre investigadores de incendios provocados y una película francesa que había escrito y producido. Reininger investigó Crime Story y se ganó la confianza del detective William Hanhardt, quien lo puso en contacto con oficiales encubiertos en Chicago. Lo enviaron a reuniones con figuras del crimen organizado. Reininger se arriesgó a llevar un micrófono corporal y una grabadora. Después de visitar la escena del crimen del espantoso asesinato del corredor de apuestas Al Brown, Reininger retiró sus entrevistas con la mafia. Cada episodio se basó en un evento real, trabajando con el policía en cuya historia se basó. Mann “aprendió mucho, sobre el  cómo escribir, y, trabajar con gente real”. Crime Story se basó en las experiencias de Chuck Adamson, ex detective de la policía de Chicago durante 17 años. Afirmó que las historias presentadas en el programa estaban desarrolladas, en lugares donde se ocurrieron muchos de los hechos auténticos. Eso, sí. Empero éstas se ajustaban y simulaban lo máximo posible”. Según, Michael Mann, la génesis del proyecto fue seguir a un grupo de policías en una unidad de delitos mayores de 1963 y cómo cambian durante 20 horas de televisión. Luca había estado actuando como un independiente fuera de la jerarquía habitual de la familia del crimen organizado que controlaba la ciudad. Esto coloca a Luca en una posición precaria, no solo trabajando fuera de la ley, sino fuera de los alejados de la protección de la mafia tradicional. Después de algunos trabajos altamente rentables y ejecutados por expertos, Luca llama la atención de un jefe del crimen, Manny Weisbord (Joseph Wiseman MasadaTV). La tripulación de Lucas está formada por un núcleo de criminales de carrera muy versados en el arte de los robos; Pauli Taglia (John Santucci House IV) y Frank Holman (Ted Levine The Silence of Lambs o Monk). Una vez que Luca se somete a la tutela del mafioso mayor, sufre un cambio significativo en su modus operandi que es obvio para Torello; Luca ha madurado de pasar a ser un impulsivo capullo callejero, a un sagaz administrador criminal que maneja trabajos de alto perfil con precisión militar.

Finalmente, algunos gánsteres se apoderan del casino, pero para lavar su dinero recurren a Luca, que se ha convertido en el jefe criminal número uno en Las Vegas. A pesar de tener una historia en curso, Crime Story sufrió de  anhelo repetitivo. Cada vez que hubo un gran avance en el caso contra Luca, sucede algo que lo hace salir limpio. Del mismo modo, que alguien está dispuesto a testificar, nunca llega la conclusión del episodio. Al final de la temporada uno, que incluso, abre fuego contra Torello y sus hombres en medio de la calle. En la segunda temporada consigue la ansiada inmunidad. El presidente de la NBC, Brandon Tartikoff, ordenó una película de dos horas, que se estrenó en cines en un puñado de cines estadounidenses para invitados. Tartikoff también ordenó 22 episodios que permitieron a Reininger y Adamson desarrollar perfiles más densos de personajes y contar historias continuas (en lugar de programas episódicos y autónomos). Mann predijo una cadena de cinco años para el programa. Sin embargo, debido a limitaciones presupuestarias (la necesidad de cuatro juegos de coches resultó ser demasiado cara). Tartikoff finalmente permitió que su serie se trasladara a Las Vegas durante el último cuarto de los únicos 22 episodios. En la segunda temporada, un capitulo promedio, costaba entre 1.300.000 y 1.400.000  millones de dólares, porque fue filmado en locaciones especiales, ambientado en la década de 1960 y siempre contó con un gran elenco de estrellas invitadas; que eran incipientes estrellas de la futura década de los 90. Los estelares invitados y los rostros, de por aquel entonces, desconocidos, abundan en estos primeros programas. Además de Grier y Rhames, Michael Madsen, Andrew “Dice” Clay y Eric Bogosian interpretan personajes recurrentes que forman parte de la organización de Luca, y un pre-Rocketeer Bill Campbell es uno de los hombres de Torello. Otros actores que hicieron apariciones incluyen, a David Caruso, los músicos de jazz Miles Davis y Dexter Gordon, Lili Taylor, Christian Slater, Lorraine Braco, Stanley Tucci, Debbie Harry, Paul Anka, Billy Zane, Laura San Giacomo y David Hyde Pierce. Gary Sinise (CSI: Nueva York) interpreta a un buen hombre que cae en tiempos difíciles y se mete con el público equivocado, y también dirige dos episodios. Julia Roberts aparece como una víctima de abuso de género, y Kevin Spacey aparece como un senador al estilo de Robert Kennedy al comienzo de la segunda temporada. Uno de los aspectos más distintivos de Crime Story es la apariencia, la atención a los detalles de la época. Hilda Stark trabajó como directora de arte en el piloto y Mann le pidió que regresara después de siete episodios para ser la diseñadora de producción.

Para lograr el aspecto de época del programa, Stark y su equipo iban a tiendas de antigüedades y de segunda mano, publicaban anuncios en los periódicos en busca de artículos de la época y, a veces, construían muebles si no podían encontrarlos. Según Stark, el diseño general o la apariencia del programa mostraba “muchas líneas exageradas. Optamos por un alto estilo: líneas elegantes y un alto estilo… Así como, por las formas exageradas que recuerdan la época”. Stark y su equipo artístico, también idearon un esquema de color para el programa que presentaba “colores saturados y ciertas combinaciones (negro y fucsia) que recuerdan a los años 50″. Se inspira en una biblioteca de libros y revistas antiguos, en particular Life. Para los automóviles antiguos de la feria, se compraban o alquilan a propietarios privados. Sin embargo, Universal Pictures decidió no hacer Crime Story porque consideraron que era demasiado costoso pasar por varios cambios de período diferentes en una sola temporada y un pequeño estudio llamado New World Pictures Ltd. intensificó su financiación. Les permitió trabajar en las grandes prime time, con una importante cadena de televisión como NBC, y la oportunidad de vender el programa en el extranjero. Mientras que Universal Studios conservaría los derechos de distribución nacional. Obviamente, si lo pensamos bien, todos aquellos adictos a la buena ficción, la forma en que pasamos la misma cantidad de tiempo con los buenos y los malos es algo que The Wire también usaría con mucho ingenio. Ambas series también tratan sobre policías, narcotraficantes, política y corrupción. Aunque The Wire es una serie un estante mejor, ya que está, más enfocada y de algún modo, su tratamiento de guion es mayestático. Esto significa que un número extremadamente raro y pequeño de series será elegible para ingresar a las filas de los mejores —de entre los miles de otros— zapatos de policía. Aquí se analiza una serie que se ha ganado su lugar en ese ranking; Crime Story es un hito en la historia audiovisual de la televisión norteamericana. Este programa, que se emitió originalmente en 1986, ha resistido la prueba del tiempo y sigue definiendo el género después de un cuarto de siglo. Ambas temporadas se recopilan en la caja completa, muy bonita, relanzada para el 25 aniversario del programa. El pack deja algo que desear, las conversiones de visionado no cumplen con los estándares actuales y no hay extras, pero con todo, sigue siendo un espléndido espectáculo, muy recomendable y entretenido. Hoy en día se ha publicado la versión del pack en bluray zona Usa y creo que hay una versión para Italia. Nota: 8,2

 

Valley of Tears (2020) “El Vietnam israelí de David”

Durante poco más de seis años, hubo una creencia generalizada en Israel de que el país había encontrado algo parecido a la paz. Nada más lejos de la realidad. Su presidenta: la tenaz y firme Golda Meir (que alardeaba con aquello, de la auténtica raza judía, debía de hablar yiddish) tenía sus reservas, tras de la exitosa “Guerra de los Seis días”. Jerusalén era un hervidero de protestas entre Panteras Negras —israelíes del barrio Musrara de Jerusalén— como reacción a la discriminación contra los judíos sefardíes y mizrajíes. Hartos del trato de la policía y la legislación del nuevo Israel hacía ellos. El 19 de mayo de 1971, llevaron a cabo, la gran concentración de los Black Panthers, tomando la referencia, del grupo norteamericano. El movimiento que aglutinaba a todas las etnias de color y origen oriental, así como  muchos simpatizantes extranjeros de origen judío —muy activos con la causa de este colectivo— juntaron a más de 6.000 personas delante de la plaza de Zion,  reclamando el cambio de nombre del lugar por Kikar Yehadut HaMizrah (Plaza de la Judería Oriental). Aquello fue una batalla campal entre policía y manifestantes que terminaron con la detención de más 100 participantes. Muchos de ellos, acabaron en el hospital, víctimas de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. La historia del propio Israel parte, en ese instante, del inicio del estado hebreo, cuando Musrara pasó de ser un barrio árabe adinerado, a ser el nuevo vecindario de grandes de apartamentos para los migrantes judíos  soviéticos. Meier apagó el fuego, con paños calientes, porque la conflictividad se palpaba en el ambiente. Además, necesitaba al país unido, pues, Israel se enfrentaba a uno de sus momentos más delicados A pesar de ser la nación más democrática en una zona tan hostilmente compleja como es Oriente Próximo. En 1972 le estalló la crisis de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Once miembros del equipo olímpico israelí fueron hechos rehenes y asesinados por elementos del grupo terrorista Septiembre Negro. Y es que Israel, una vez sabida toda la historia, llevó a cabo sus propias represalias —vía Mossad— (servicios secretos del estado) a los terroristas que llevaron a cabo la ejecución de Munich. Sin embargo, 1973, ya estaba en marcha. El país fue imbuyéndose, en un karma cultural, denominado la conceptzia: la concepción.  Una filosofía de bienestar interior, como de alguien, lo suficientemente fuerte y sobrado, para que sus enemigos nunca lo derrotaran. Incluso, ni tan siquiera lo intentarían, pensaba todo el mundo. Era una especie de microimagen digital nacida de una fuerza letal. Y fue una autoimagen la que murió por ello. Y esa autoimagen terminó por volverse en contra. HBO en su versión streaming tiene la gentileza de presentarnos esta serie israelita que es una genialidad. Valley of Tears,  es un producto creado por Ron Leshem y Amit Cohen, escriben un guion sobre la guerra de Yom Kippur,  desde una perspectiva de las FDI. Una historia emocionante, crítica, dura y antibelicista de aquel conflicto 47 años después. La Guerra de Yom Kippur y por los árabes como la Guerra de Octubre o la Guerra del Ramadán (para agregar a su trágico significado, también tuvo lugar durante el mes sagrado musulmán), fue un momento decisivo en la historia de la Estado judío y, de hecho, todo el Medio Oriente.

Curiosamente, los cineastas de Israel han producido muy pocos trabajos al respecto. Una meditación impresionista y bien considerada sobre la guerra, Kippur de Amos Gitai, fue lanzada en 2000, y eso es todo. Hasta la serie que han creado los guionistas que tienen, alucinados a medio TV norteamericana del streaming: los showrunners Ron Leshem y su socio el guionista Amit Cohen, han tardado, casi una década en convertir este proyecto, en la realidad que es, Valley of Tears, en una realidad. Una producción que ahonda atrevida en  las aristas más incomodas de la psicología de un país tan sui generis como es Israel. Desde la singular y original cortinilla de introducción a los episodios, donde se observa un pastiche de imágenes de archivo triunfantes: aviones a reacción y tanques pesados que se impulsan hacia adelante en las celebraciones del 25 aniversario de Israel. Relucientes ciudadanos israelíes que construyen casas en las ciudades y cultivan uvas en los huertos, mientras la atractiva cantante pop Ilanit canta a todo volumen. El debut de su país en el Festival de la Canción de Eurovisión, y así sucesivamente. Imágenes de noticias contemporáneas muestran las sonrisas de la primera ministra israelí Golda Meir, el ministro de defensa Moshe Dayan y el jefe de estado mayor militar David Elazar mientras aseguran al público que todo está bien. Pelearemos la batalla”, dice la obstinada Meir en su hebreo con inflexión yiddish, “y volveremos a ganar”. A la introducción directa del primer personaje y primer día, en la zona cercana a los Altos del Golam. Se estaba cociendo una de las últimas grandes guerras del siglo XX. El joven soldado del ratón, Avinoam Shapiro (Shahar Taboch) obtiene información de las escuchas telefónicas. Esas escuchas son interpretadas como que hay un ataque inminente con la colaboración logística (armas y medios) de la ExURSS. Pero su superior cree que está con sus historias ilusas de conspiraciones cercanas a la Sci-fi. Le reprime que se quite la ropa civil y se ponga el uniforme y se deje de sus típicas extravagancias. Llama la atención de Yoav Mazuz (Avraham Aviv Alush), el comandante del búnker, que está a punto de cogerse unos días de vacaciones, y el chaval,  lo convence sobre lo que ha escuchado. El ataque será inminente. Cuando la base es invadida en pleno Yom Kippur, Yoav y el asustadizo Avinoam dependen el uno del otro para escapar del bunker.

La esposa de Yoav, Dafna (Joy Rieger), estacionada en el cuartel general, quiere quedarse allí y ver qué está pasando en el búnker, pero le ordenan ir a un puesto de avanzada con el resto de las mujeres en el cuartel general. Y por ahora, todo lo que vemos de Dafna es que está tratando de desafiar las órdenes sexistas de que ella y las otras mujeres no deben estar cerca durante el combate, solo para asegurarse de que se entere de que su esposo está bien. Mientras tanto, cuando tres amigos se ven envueltos en una protesta contra el gobierno, participando en las marchas de los Panteras Negras. Uno de ellos, Malachi Ben Sur (Maor Schwitzer) es atrapado y tiene que escapar de su celda para reunirse con sus amigos Jackie Alush (Imri Biton) y Marco Dolzi (Ofer Hayun) en su puesto de tanques en la frontera siria que termina en primera línea. Además, el mismo Malachi es conocido por su pericia en la conducción de carros de combate. Jackie tiene que convencer a Marco, un orgulloso Pantera Negra, de regresar a la unidad y no desertar. No obstante, durante la batalla inicial con los tanques sirios, ambos se entregan al combate con heroísmo. A pesar de sus impactos directos, su comandante de torreta; el teniente Aviram (Ido Bartal), degraciadamente, es alcanzado por francotiradores y uno de los tanques es destruido. En su camino de regreso con sus amigos, Malachi es recogido por Menny Ben-Dror (Lior Ashkenazi), un actor que tiene un estilo de vida bohemio. Su exesposa lo llama enojada y le dice que tiene que encontrar a su hijo, que acaba de alistarse y podría estar en primera línea. Mientras conducen, los dos se unen por su buena fe de gente con ideas de izquierdas, ya que Manny estuvo en un grupo que precedió a las Panteras Negras. Muy pronto empezarán a caer los soldados israelitas. Sangre, vísceras y extremidades, en cierto modo, es el conflicto que trajo, el Vietnam americano al desierto del Sinaí. Los muertos, sus placas de identificación y sus colgantes con las cruces de David. El director de Valley of Tears, Yaron Zilberman. “Te muestra que es muy difícil para la gente tocar la historia”. La historia es un relato ficticio en cuatro frentes diferentes. Valley Of Tears casi se siente como uno de esos retrocesos de miniseries de guerra como Band of Brothers de Tom Hanks o Generation Kill de David Simon (Made in HBO) considerando que se nos muestran múltiples historias en múltiples frentes. Tiene todo lo bueno del cine bélico hecho en miniserie. Además, de su buena ejecución, está muy bien fotografiada y editada.

El montaje es fantástico, debido a la fluidez del guion. También, el hecho de contar un elenco de lo mejor de la industria audiovisual de Israel hace que la producción se deje querer. Mantener la tensión de la guerra, en un formato de gran melodrama, con unas interpretaciones muy realistas, de personas que no están seguras de la guerra. Tan solo saben lo que se les avecina, no el 100%. Aparentemente orgullosos de defender su bandera como ciudadanos de Israel e inseguras de su papel en la batalla. Pero cuando los cohetes comienzan a aterrizar, los soldados más reacios y tocados moralmente, por los feos del gobierno, hacen su trabajo. La historia de la escuadrilla del grupo de tanques es genial. Así como esa miniRoadmovie por los campos del paso de Mitla. La vanguardia de Bar Lev se rompía por la cantidad de efectivos y conjugación de fuerzas aéreas, artillería y carros. De ahí, que se sienta esa tensión y a la vez, mucha ironía y sascarmo entre los personajes. Estamos muy seguros de hacía dónde va el viaje por carretera de Malachi-Menny, aunque agradecemos la presencia de Ashkenazi, uno de los mejores actores del país. Algo que viene caracterizando a la ficción de estos grandes creadores, es hacer mucho con muy poco. Pensemos que esta ha sido, la primera producción de ficción en la historia de Israel, en tener un millón de dólares por capítulo. Leshem y Atmi Cohen son especialistas en hacer virguerías con presupuestos estrictos. Recurren a la imaginación de la economía de pocos recursos o trucos muy bien trabajados. Por ejemplo, nunca vemos a los tanques sirios de cerca: pero recibimos mucha acción de los tres tanques israelíes que disparan a los sirios en la distancia. Las imágenes de las catacumbas del búnker son realmente claustrofóbicas, especialmente cuando Avinoam es arrojado por Yoav a un armario fuera de la sala de escucha de inteligencia. Y todo lo demás tiene un alcance relativamente pequeño. Es una forma eficaz de mostrar una guerra de múltiples frentes sin necesidad de amplias vistas de batalla. Resumiendo, podemos decir que nos hallamos ante un producto muy interesante y entretenido. ¿Y qué hay de la audiencia en Estados Unidos? Pues, al igual que el boom de Euphoria. Ahora mismo, se está trabajando en una obra de teatro para  espectadores que quieren una nueva vuelta de tuerca, de esta ficción israelita, algo poco común para una serie de televisión israelí. No obstante, el hecho, que cada día, se hayan más interesados en la creación audiovisual hebrea: es solo el último paso en un mercado en crecimiento para la televisión israelí en Estados Unidos. Ejemplificado por adaptaciones como Homeland de Gideon Raff y Euphoria (cuya versión israelí fue creada por Leshem, de hecho)  y exportaciones directas como Fauda de Lior Raz, En terapia y Our Boys de Hagai Levi. Valley of Tears, se filmó unos meses antes que la enfermedad emergiera en el escenario mundial, se ha lanzado inadvertidamente en el contexto de un nuevo fracaso fatal de liderazgo, lo que le da a la serie un significado inquietante para los israelíes y, según esperan sus creadores, uno similar para los estadounidenses. Es una táctica atrevida en la medida que representa un tour de forcé para la  población israelita, fuera de todo orden psicológico. Los hebreos dicen que la historia tiene la desagradable costumbre de rimar de la manera más trágica, y esa rima ha sido notoria en el momento del lanzamiento de la serie.

Estableciendo el paralelismo las primeras etapas de la pandemia de COVID-19, cuando parecía que la población estaba manejando la enfermedad relativamente bien, gracias a la superioridad tecnológica, la movilización masiva de poder hacerlo y el sentido de propósito colectivo del que se han enorgullecido. Pero algo, ha vuelto a fallar, un tipo diferente de autoconcepción había surgido en Israel. Ya que las últimas semanas han traído una segunda ola devastadora de infecciones y la curva de contagios se disparó a niveles nunca conocidos hasta entonces. Ha habido protestas masivas que están poniendo de rodillas al gobierno y a los propios gobernados, quienes más lo sufren. Pero la entropía suele ser el verdadero ganador después de momentos de estúpido orgullo. El espectáculo ofrece una media hora de ambientación en la que personajes judíos israelíes de muchos tipos (religiosos, seculares, viejos, jóvenes, soldados, civiles, blancos, no blancos) se preparan y entran en el día más sagrado del calendario judío, Yom Kippur. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) están técnicamente en guardia, pero carecen de personal y están distraídas debido a las vacaciones. Entonces, cuando las fuerzas egipcias y sirias lanzan un ataque sorpresa, todo el mundo se pone de pie. Sobreviene el caos. El concepto se hace añicos, sin posibilidad de reparación, para nunca regresar por completo. De nuevo, la historia, se puso del lado israelí, recuperando la ventaja y técnicamente ganó el conflicto en poco más de dos semanas. Pero fue una victoria pírrica: hubo alrededor de 10,000 víctimas israelíes, lo que representa aproximadamente el 27 por ciento de la población del país (en comparación, ese porcentaje en los Estados Unidos hoy sumaría más de un cuarto de millón de personas). Como tal, es difícil exagerar el impacto de la guerra en el país. “La primera sirena de ataque aéreo significó que el primer Israel murió y nació un segundo Israel”. Valley of Tears desafía a sus espectadores a verse a sí mismos a través de su implacable enfoque en cómo reaccionan las personas ante un cataclismo. Ninguna persona o nación sobrevive a una guerra sin cambios, y eso es tanto más cierto cuando los orígenes de la guerra se encuentran en la idiotez de un concepto u otro. Ahora, por primera vez en la historia, estadounidenses e israelíes están luchando contra el mismo enemigo: la plaga que está asolando nuestro planeta. Si en la guerra del Yom Kippur Simbolizó el cambio de una sociedad unificada, una sociedad que se siente más importante que el individuo, a una sociedad diferente, donde el individuo es casi sagrado. De Igual modo, la tecnología, según los hebreos más conservadores hace que la gente sea más egoísta. Sin embargo, se trata de mirarte a ti mismo. Tú, lo primero y después, ya hablaremos del país. Todavía dentro de ese campo entrópico del propio Israel existe, esa idea nacional de todo hebreo, que en esto estamos juntos, en gran parte debido a la constante amenaza de un conflicto terrible. La plaga es un enemigo invisible que no se puede cachear. Todo aquello que esta fuera de control para Israel se vuelve traumático. Y del mismo, modo que la pandemia es enemigo mundial, por una vez, el mundo árabe e Israel no tienen más remedio que ir de la mano juntos. Sera un proceso largo y profundo, pero podrá hacer buena aquella máxima de; La experiencia es una de las causas del éxito o fracaso. No sufrimos el impacto de nuestras experiencias, llamadas traumas, sino que las adaptamos a nuestros propósitos.” Como bien dijo, el ínclito, Alfred Adler. Nota: 8,2

 

 

 

Bagdad Central (2019) “El detective Al-Khadaji”

Mi recuerdo la guerra de Irak fue una lluvia de misiles a modo de reguero de fuegos artificiales retransmitida por el erario público de turno. La verdad que, el cielo se iluminaba en la ciudad del Tigris, aquel lugar lleno de historia parecía una “nit del foc”. Del mismo, modo que la contaba, uno de mis reporteros favoritos de cabecera del New Yorker: Jon Lee Thompson.  Dijo sobre este fascinante y singular país —protagonista directo del S.XXI— en su ensayo: Caída de Bagdad: “Viajé a Iraq por primera vez para estudiar el fenómeno de Sadam Hussein, quería ser testigo directo de su tiranía”. Estando en Bagdad tuvo la suerte de hablar y llegar a entrevistar a personajes que eran la idiosincrasia iraquí. Como un tipo, listo como un zorro, y sabedor de las piedras del mismo Irak. Alá Bashir, el médico de Sadam Husein apostilló en aquella charla: si los iraquíes quieren seguir vivos, no pueden decir la verdad. Su tío abuelo en 2002 Abu Mohsen, uno de los primeros ministros del Iraq independiente, acabó suicidándose en 1929 tras ser engañado por los británicos. Una ironía, idéntica, a la de nuestro protagonista de la serie de hoy “Bagdad Central” (2019). Nos presenta a nuestro personaje de ficción, el detective o mejor dicho exdetective, Muhsin Kadr al-Khafaji (Walled Zuatier). Un tipo con el que muy pronto todo el mundo empatizará. Un actor de un talento aplastante (Altered Carbon, House of Cards o The Spy). Un tipo envuelto en una atmósfera triste, de aire polvoriento y chaquetón 3/4 de cuero oxidado. Como en día a día, en la cuna de la civilización. Ese, que —delante de su bigote— se hace añicos como un jarrón chino. No hay tanta distancia del Marlowe de Chandler con Al-Khadaji. Ambos, son obra de dos autores norteamericanos y tienen que caminar para seguir, en busca de una verdad o lo más parecido a ella. No hay más alternativa. La ironía y el cinismo son sus armas de destrucción masiva. Elementos esenciales de toda trama de la novela negra por excelencia. Bagdad Central, producida por el siempre adictivo británico Channel 4, está basada en la novela del erudito, Elliott Colla, quien enseña literatura árabe en la Universidad de Georgetown. Un intelectual profundamente inmerso en los asuntos del Medio Oriente. Escrita en 2014, nos presenta un libro que es una radiografía de los primeros meses de la invasión de los EE.UU y sus aliados en Irak —concretamente— la capital Bagdad es el escenario central.

Lo más curioso, una vez vista esta magnífica serie, es que estamos ante una gran novela negra. Ya sea por un gran mérito de sus creadores y el guionista principal de la adaptación al formato televisivo: Stephen Butchard, me dejó con la boca abierta en la magistral House of Saddam 2008. Uno de los guionistas más ingeniosos de esta última década. Otros trabajos a destacar son (Good Cop o The Last Kingdom). En el primer episodio se nos describe de un modo muy ilustrativo toda la historia para ir desgajando en los capítulos posteriores, una narrativa de final a principio. Hay momentos, en los cuales, sientes el déjà vu, del efecto flashback de la legendaria Memento (2000). A lo largo de sus 6 episodios iremos viendo una capital destartalada y descontrolada por los bombardeos. Repleta de fuerzas de ocupación, esencialmente, marines norteamericanos. Esto se observa   un plano brillante. El caos de una época en la que un caballo de pura sangre podría aparecer repentinamente en una intersección de tráfico concurrida.  Cuando un jeep estadounidense choca misteriosamente choca contra el corcel en la intersección, pero no se molesta en detenerse, a las casas en ruinas donde la población temerosa del estado de violencia; se halla tratando de hacer frente a la falta de agua y suministros de energía. Tan solo el lamento, de una mujer misteriosa, a bordo de un viejo, pero reluciente Mercedes de clase 200 de los 80—en su momento, todo un vehículo de lujo con cristales blindados— que conduce un conductor, muy atento y desolado: maldice el atropello. Mientras una mujer de rasgos iraquíes, desde el asiento trasero, esboza casi unas lágrimas al comprobar que el corcel de pura sangre es un saco de tripas fuera a 40 grados. Nos pone en alerta. Muhsin Al-Khafaji sale de su casa y le espera su chófer de confianza. Un taxista con un destartalado y decorado Renault 18. Yo lo denomino el taxi del bueno de Karl. Un tipo habilidoso, tierno y muy ingenioso. Al que el detective Al-Khafaji le dejaría sus hijas, a su cuidado. Leal y comprometido. La hija de nuestro singular detective ha desaparecido en el caos de Bagdad. Al-Khadaji ha perdido mucho, entre la dictadura de Saddam y la invasión. Perdió su trabajo, su casa y su esposa víctima del cáncer, a quien el régimen le retiro el tratamiento de quimioterapia. Su hija pequeña Mrouj (July Namir vista en la magnífica The Looming Tower, Collateral y The Homeland) está enferma y necesita diálisis regularmente. Al-Khafaji no para de dar vueltas con Karl, y por su cuenta, intentando localizar a su hija desaparecida, Sawsa. Al-Khafaji se permite ser reclutado para trabajar como policía al servicio de las fuerzas estadounidenses y británicas, dentro del complejo la Green Zone (el mayor palacio de Bagdad del dictador, conocido como palacio presidencial), que también retrato Paul Greengrass en Green Zone 2010.

 

Al –Khafaji esperanzado por conseguir las inmediatas sesiones de diálisis para los afectados riñones de Mrouj y de paso, indagar y llegar a su hija secuestrada. Su búsqueda que lleva al ex policía y a su hija a descubrir que algo muy siniestro está en juego. Por ejemplo dentro del complejo, le dicen que hable con un tal Frank Temple —oficial británico— de la coalición que tras una perversa sonrisa sardónica se esconde el alma de un psicópata. De repente, vemos en pantalla que Al- Khafaji se convierta en víctima de arresto y tortura a manos del ejército estadounidense, la escena de la tortura, es brutal y realista. Los estadounidenses literalmente agarran el bigote a nuestro protagonista, con unos alicates, y lo desgajan. Por suerte, y decir algo positivo, su caso es un error de identidad equivocada, del cual se hace responsable y le pide disculpas el capitán de la policía militar; Corey Stoll (House of Cards, The Romanov The Strain). Luego el bizarro, Frank Temple, que lo recluta como oficial de policía en la Zona Verde y le invita a un té en vaso de plástico. En esta situación, bien vendría aquello de jugarse el bigote; pues Al Khafaji entra con un bigote muy de peluquería Baazista y sale sin un pelo de mostacho. La serie, es un grandísimo drama Noir, con chispazos de thriller. Los más osados han definido el show como un “Noir del desierto”. Habría que matizar que lo de polvoriento, a paladas tenemos en el mundo. Y sigo creyendo que la definición Noir postSaddam, hubiera sido lo correcto. Esa fuerte narración nítida, personajes fuertes y un oído enérgico para el diálogo cauteloso. Tan sencillo como la frase del retorcido Temple:—Mañana viene Ud. a trabajar y a cambio le daremos un poco de Seguridad Social Made in Coalición liberadora a su hija. Al Kahafaji en un plano impagable empuja la silla de ruedas hacía el punto de control de la entrada de la Zona Verde. Él, sabe que Sawsan tenía grandes esperanzas de que la llegada de los estadounidenses traería democracia a Irak, y también sabemos que ella estaba escaqueándose de la universidad, sin decirle a sus padres o a su tío con quienes estaba quedando, ya que aceptó un empleo de traductora para los estadounidenses. Lo que hace que AK es intentar hablar con la profesora de Sawsan, Zubeida Rashid (Clara Khoury de Arab Labor, Homeland e Inheritance). La mujer misteriosa del viejo Mercedes con chofer: sabe algo pero no lo dice. Mientras tanto, una de las amigas de Sawsan, Sanaa (Nora El Koussour, de Micromafia 2018), aparece muy magullada. Su primo, un militante iraquí, ha secuestrado a un tipo estadounidense con el que estaba involucrada sentimentalmente. Y terminan por ajusticiar. Definiéndose como grupo de resistencia democrática iraquí. Sawsan (Leem Lubany) recientemente vista en el remake para TV (Condor 2018) tiene una opinión controvertida y contundente: el enemigo es el invasor americano.

Sin embargo, todo el andamiaje del espectáculo se sustenta, en la excelente actuación de Zuatier, Corey Stoll y el británico Bertie Cravel (Babylon, Dra. Foster y Jonathan Strange & Mr Norrell). Un trío sobresaliente, donde Zuatier siempre sale airoso del enfrentamiento. Es un actor muy bueno, realmente bueno. Lo he dicho al principio y cada capítulo que vas viendo te hace seguir la trama, en parte, gracias a su buen hacer. La caracterización marca claramente la línea entre la confianza y la desesperación. La serie entrelaza cuidadosamente tonos cínicos y sinceros. Bagdad Central es una novedad: un drama de la guerra de Irak contado desde la perspectiva de los iraquíes. Está claro que la desaparición de la hija de Khafaji, Sawsan va a ser el comienzo de un camino que lleva al corazón corrupto del Coalición de ocupación. El robo y expolio del oro, alhajas, grifería de oro, en sus ostentosos y gigantescos palacios, contenedores de dólares, esclavos y esclavas del dictador, quedarán al desnudo. Así como una serie de conductas fuera de la convicción de todo ser humano. Desde los servicios privados de mercenarios a auténticos psicópatas de ambos bandos: marines, fuerzas especiales británicas o números de la extinta guardia republicana. El personaje de Zubeida ofrece una provocación convincente para el posible subtexto feminista: “Las mujeres en el Iraq actual tienen la costumbre de desaparecer “— espeta.  “Es muy difícil de ver, y luego es fácil de ver, luego difícil de ver de nuevo.” Aunque sus entradas en plano y salidas serías plausibles con los cánones de la femme fatale, por excelencia. No obstante, Walled Zuaiter lo trata todo con mucha sutileza. De un modo, que su presente no se vea afectado para preparar un futuro esperanzador. Bagdad Central es un muy buen drama apretado y bien concebido. Ya que la dosis calamitosa es imposible inmiscuirse de ella. Del mismo modo, que los estadounidenses de la mano dura, se imponen en un Iraq destrozado por la guerra de 2003.

A sabiendas de que encontrar a su hija desaparecida parece una utopía. Empero es un puzzle que está delante del propio AK. Irak era lo suficientemente malo cuando Saddam todavía estaba a cargo. Sin embargo, ahora, Al-Khafaji ni siquiera puede confiar en la endeble apariencia de autoridad que disfrutaba como policía. Ahora, él es solo carne de cañón, para cualquier grupo de gangsters que pululan entre calles de asfalto quebrado y alcantarillado roto. Siempre al mando de cualquier banda, el más fuerte de turno. Esencialmente jóvenes, desanimados y sin futuro. Separando los estereotipos, explora cómo la ocupación diseñada por la camarilla de Bush fue experimentada por sus supuestos beneficiarios. Al-Khafaji viaja por Bagdad alucinado, la serie describe cosas que no hemos visto: la forma en que la vida cotidiana se volvió casi imposible en el Iraq ocupado, la razón por la que algunos iraquíes colaboraron mientras que otros no, y cómo la Coalición desató las cosas tan mal que los iraquíes pensaban de los estadounidenses, que eran una pandilla de bobos chavales inexpertos, envueltos en una burocracia incompetente. Nunca los vieron como libertadores y gente con ganas de traer democracia y generar riqueza. Todo lo contrario. Por su parte, Al- Khafaji tiene un plan claro: encontrar a su hija desaparecida, sanar a la otra y abandonar el país. Objetivo: salir por piernas a Jordania. El sueño es plausible. Y es que en el fondo, aquello del viejo médico del malvado de Saddam era la moraleja de toda esta historia: “si los iraquís quieren seguir vivos, no pueden decir la verdad”. Bagdad Central (2019) es un oasis, para reflexionar sobre el 11-S y el nuevo siglo. Donde el mundo, de hoy en día, se empieza a parecer a aquel Bagdad. El mismo donde comenzó la civilización en el año 761 AC, la vieja Babilonia. Como dice nuestro protagonista, tal vez haya que darle una oportunidad a la tierra de los poetas. Muhsin Kadr al-Khafaji, ya es el detective postSaddam, con licencia para para investigar los delitos más oscuros de una ciudad, llena de malvados y soñadores de odas. Ahora, que occidente, ha cambiado el afán de consumir móviles por el miedo y desconfianza a golpe de mascarilla de un caos. Del que se tardará en salir. Nota: 7,5

 

ZeroZeroZero (2020) La última odisea de Saviano

Basada en la novela del mismo nombre de 2013 y segunda en la exitosa carrera del periodista italiano, Robert Saviano. Zerozerozero (2020) es la nueva serie, en dónde, el narcotráfico se narra desde el certero punto de vista del escritor. Una producción internacional, de alto calibre; que une a Amazon con las plataformas europeas Sky Channel y Canal Plus. El libro es adaptado brillantemente por Stefano Sollima, Leonardo Fasoli y Mauricio Katz. ZeroZeroZero se centra especialmente en el tráfico de drogas entre México y el sindicato italiano del crimen organizado conocido como ‘Ndrangheta. Se juntan con la productora gen de la marca Made in Saviano Cattaleya Prdnes; que tan buen hacer dejó en su gran obra maestra Gomorra (2014). No se han escatimado medios para esta fascinante producción.  ZeroZeroZero es la historia del daño causado por el envío de 5.000 kilos de cocaína; que induce a tres conjuntos de personajes en una carrera de colisiones estruendosas por el poder, donde los daños colaterales trascenderán dimensiones trágicas.

 

El abundante cargamento de cocaína ha sido ordenado por un anciano jefe de la mafia calabresa conocido como Don Minu (interpretado por un estupendo Adriamo Chiaramida), quien salió de una cueva fortificada secreta después del final de una guerra de pandillas y quiere volver al juego. El Capo, de los Capos de Calabria. Sin embargo el pago de las drogas es secuestrado por su nieto Stefano (el joven actor Giuseppe de Domenico), buscando venganza por una vieja disputa familiar y nada reacio a hacerse rico en el proceso. El quid del supuesto poder en la poltrona, del viejo huraño, depende de la llegada del cargamento de cocaína que arriva desde México. Manuel (Harold Torres), un soldado de las fuerzas especiales del ejército mexicano entra en acción. Un tipo de ojos fríos que no le tiembla la mano con el arma y se comporta como un auténtico Terminator de oscuras cábalas. Lleva a su equipo de soldados contra el cartel a una aventura despiadada y sangrienta en su vida privada, mientras mantiene su asistencia a los servicios evangélicos de la iglesia.

Valiéndose de su aprendizaje, en la precisión militar y tácticas abyectas para destruir la infraestructura local corrupta, originará demoledores conflictos en ese lado de la ecuación. Gracias a la relativa disminución en el procedimiento legal y médico, se siente olvidado como héroe de gran calado refugiado en su guardia pretoriana, su unidad de operaciones especialesque es vista con lupa, en los medios de comunicación como un peligro de las libertades civiles. La absoluta falta de ética y conciencia, tiene sus réditos más pírricos: los niños que terminan muertos sin saber el porqué. Sus enfrentamientos suelen terminar con grandes daños colaterales y trifulcas que causan pavor y espanto. Obviamente, es un proyecto internacional, muy bien nutrido, para contar una historia del narcotráfico mundial. ZZZ, evoca el spinoff televisivo de Steven Soderbergh “Traffic”(2000). Me atrevería, a decir, que mucho más cercana a esa miniserie que dirigió Stephen Hopkins, a la postre todas deudoras de la original serie de TV británica “Traffik” del Channel 4 dirigida por Alastair Reid. El título no se explica, pero presumiblemente se refiere a las grandes sumas de dinero intercambiadas, a través, de aplicaciones bancarias o bolsas de lona. Empero la auténtica alegoría de Saviano es la siguiente: ZeroZeroZero — es una referencia a otro narcotraficante que dice; toda una obra de teatro sobre el sistema de clasificación de la harina italiana para hornear, en la que “cero, cero” es el mejor grado— es una historia sombría, arenosa y sangrienta del tráfico de cocaína.

 

 

Un producto comprado en México y transportado a Italia por un corredor estadounidense, es un contenedor de envío de latas de jalapeños que en realidad contienen cocaína. Son un dispositivo narrativo y visual familiar pero efectivo, viajeros cansados pero decididos cuyo progreso buscamos al subir y bajar de barcos y transportar camiones por desiertos y montañas. También son mudos testigos de las tribulaciones de sus vendedores mexicanos, compradores italianos y exportadores estadounidenses No tiene nada del glamour o la sexualidad de alto octanaje del mítico Scarface o elegante Miami Vice. La mayoría de los jefes viven no en espaciosos palacios Art-deco sino en fortificaciones monótonas; no usan Armani, ni Dior o Paul Smith. Todo lo contrario petos de polietileno, a modo, de armadura corporal; pasan su tiempo libre no acariciando supermodelos sino contemplando paranoicamente quién podría estar conspirando contra ellos. Uniendo a los dos grupos están los intermediarios; la familia naviera con sede en Nueva Orleans, los Lynwood. Liderados por el primer patriarca de los negocios, Edward (Gabriel Byrne) y la hija Emma (Andrea Riseborough), con el hijo protegido Chris, éste sufre una enfermedad genética que le destruirá neurona a neurona (impresionante interpretación Dane DeHaan) inesperadamente empujado a la refriega. El motivo central de ZZZ es la traición.

 

 

Cada personaje está maquinando uno contra el otro, o pronto lo estará; ni la sangre ni el dinero aseguran la lealtad. Tanto los traficantes como los policías que los cazan no tienen alma. Zerozerozero es un programa fascinante, pero solo porque la trama es sociopáticamente penetrante; no hay nadie a quien apoyar, ni siquiera en contra. Cada vez que crees que has identificado al personaje —que puede llegar a empatizar contigo— te das de bruces contra la malignidad del resto del grupo. A medida que avanza la trama tornará hacia una depravación mucho mayor. Estamos ante una epopeya expansiva y sombría como esta se completa con su vigor cinematográfico, del cual ZeroZeroZero tiene mucho. Sus escenas de acción pueden estallar en algunas persecuciones de autos, tiroteos y asesinatos impactantes realmente emocionantes. Todo lo cual hace que algunos de sus golpes visuales más espeluznantes dejen sus señas de identidad de cineastas, con solera, casos de Iñárritu, Mann, Miike, Ferrara o Sheridan.

 

La maestría, en esa forma, de hacer entrar la cámara, al contenido, moviéndola muy suave, daándole el tempo lento justo para que el do mayor dramático para cambiar el escenario sean pura imaginería cromática. ZeroZeroZero sobresale en la creación de un mundo rico que envuelve su propia naturaleza interconectada; su alcance se convierte en un arma en sí misma, lo que le permite saber hasta dónde llega todo. Es el tipo de thriller que causa una impresión tan profunda; ya que puede pensar en grande y pequeño al mismo tiempo, uniendo tres historias individuales apasionantes en una odisea masiva. ZZZ adopta la postura moral del clásico cine de Martin Scorsese, en el sentido de que se aleja de tantos grados de maldad y permite que Dios los resuelva. Enredarse con tales villanos en una historia trepidante puede ser estimulante al principio, seguramente. Aunque, por experiencia propia, no tienen un buen final, palabra de pecador. Un detalle que chirriaba un poco, fue en el primer episodio, la utilización del recurso de la voz en off de Gabriel Byrne, el cual, se vuelve demasiado didáctico, en torno, al tráfico de drogas. No transmite en la narración visual, ninguna sorpresa ni soporte de sugestión al espectador.

 

Esta ficción depende más de su estilo narrativo firme, de traiciones interminables y ofertas de poder. Todo ello, mientras trata de darle un poco de frialdad al negocio en cuestión. Si que es verdad, que los planos largos y panorámicos dan ese aire intimista. Las ubicaciones en el norte de México, el sur de Italia y el Sahara entre Senegal y Marruecos, se fotografían de forma que son al mismo tiempo llamativas y poco sorprendentes.  El ambiente de texturas de la marca de la casa, Gomorra —acción violenta representada con un melancólico minimalismo de tono y estilo— se ve reforzada por la música fascinante de la banda escocesa Mogwai. La misma que es inesperadamente soñadora en un mundo convertido en una pesadilla terrorífica. Esta es una historia en la que aparentemente todos los principales implicados en el tráfico de drogas han utilizado sus ganancias obtenidas ilegalmente para comprar una residencia en enclaves protegidos por organismos y autoridades locales.

 

Una auténtica clientela de todo tipo de pelaje que se prestan al soborno y al juego de estos individuos que capan por el mundo a sus anchas. El pueblo llano vive completamente ausente en este show, ya que ZZZ, los tritura como otro fardo de cocaína. El ser humano es un objeto desechable e invisible para el poder. Tal vez, es aquí donde los directores de fotografía Paolo Carnera y Romain Lacourbas son los espectadores de lujo que contemplan esta locura. ZZZ en cada episodio de 55 minutos es una toma o un plano secuencia, que desborda con la belleza natural de la costa de Calabria o el desierto africano entre Senegal y Marruecos, o los altiplanos de Monterrey en México. Todo ello de las manos de tres grandes cineastas: Janus Metz, Stephano Sollima y Pablo Trapero. El mismo acopio de contenedores en el puerto se convierte en belleza mientras son llevados milimétricamente por las grúas o la escala industrial de un vasto patio de embarque o carguero apilado de contenedores. El mal y la frialdad, parecen ir juntos de la mano. Siempre trayendo la eterna odisea de los tormentos de Saviano Nota:8,4

 

 

White House Farm (2020)

Nueva década y nuevas propuestas vistas y revistas —refritas y a la plancha— nos vienen de cualquier parte del mundo a la vetusta pequeña pantalla. Ésta, a día de hoy, plana, muchas pulgadas y con streaming. Desde EE.UU, siguen a lo suyo y si les soy sincero… Se echa de menos la frescura de esas dos o tres series —que a día de hoy— ya finalizando este pseudoveraniego febrero: no aparecen. En 200mgHz, tenemos cierto hastío del más de lo mismo: un negocio el del streaming hipersaturado de proyectos, en su gran mayoría, fast food que genera el Air Force One del negocio comprimido Netflix. Plataforma de contenidos audiovisuales que está hasta las trancas de deuda, pues la avalancha de proyectos que está estrenando es insostenible. Además de buscar un público muy tenagger de usar y tirar. Matizando y dejando claro que hay un material audiovisual de carácter adolescente de primer nivel, como ha sido el caso más reciente, de este último año, la fascinante Euphoria (2019) de HBO. Bien, nosotros nos vamos a páramos más cercanos que siempre ha creado ficción de qualité. Como dice un viejo amigo: “siempre nos quedará nuestro Britaniabrexit” y sus supercanales de la bendita BBC, pública, inmaculada e incansable factoría de profesionales para el TV y el cine. El inquietante ITV, creativo por los cuatro costados, y esa maravilla llamada, Channel Four. Llegados a este punto, nosotros traemos a la palestra un producto muy bien elaborado, con un casting de luxe y con un guion a toro pasado (se darán cuenta del término a lo largo de la lectura): el nuevo drama de ITV con tintes de thriller escabrosísimo. White House Farm ficciona los asesinatos en una casona de campo en 1985.

 

 

El problema con la dramatización de eventos famosos, o infames, que tuvieron lugar dentro de la memoria viva es que no eres tan libre de dramatizar nada. Uno no es libre de eludir momentos, pasar por alto incómodos o suavizar la narrativa a través de la ficción de la luz. La realidad, llega a empantanarte. Y esa contundente realidad puede ser bastante increíble. La historia que desarrollan los showrunners de WHF, Kris Mrksa y Giula Sandler; que ya habían coincidido en Nowhere Boys (2016). Kris Mrksa hizo un gran trabajo con los fantasmas galeses de Requiem (2018). De nuevo, a partir de una gran cantidad de material muy bien definido. Por una parte, se trabajó con el libro de Carol Ann Lee  The Murders at White House Farm  (2015) y In Search of the Rainbow’s End de (1994) de Colin Caffell, el ex marido de Sheila y padre de Daniel y Nicholas muy implicado en el proyecto y en todo momento, muy cooperante en las diferentes charlas de desarrollo del proyecto con KM y GS. Es evidente, que en todo momento, ha existido una impoluta precaución con el enfoque de la guionista Kris Mrksa. Ya que los terribles crímenes, el caso, aún está bajo escrutinio, a pesar de la condena de Bamber en 1986. El director de los 6 episodios, un veterano de la TV Made in UK, el gentil y sobrio Paul Whitington. White House Farm es una producción que aparentemente puede parecer anodina, pero silenciosamente muy atractiva. La historia del parricidio en los años 80 del condado de Essex; treinta y cinco años después, los asesinatos, llevados, a cabo por el homicida, el hijo menor, Jeremy Bamber. El caso sigue teniendo una gran dosis de impacto en el público de cualquier clase. Como todo el material gráfico publicado en la prensa británica de aquellos desinhibidos 80,s.

La historia del crimen in situ es sencilla: agosto de 1985, el joven Jeremy Bamber de 24 años, llamó a la policía de Essex en medio de la noche. Informó que sus padres Nevill y June Bamber, su hermana Sheila y sus gemelos de seis años, Nicholas y Daniel, estaban encerrados dentro de la casa de la familia y Sheila tenía un rifle de caza. Cuando la policía entró, encontraron cinco cadáveres, incluida Sheila, que aparentemente se había disparado a sí misma después de matar a sus padres e hijos. En parte es por la enormidad de los crímenes. Al principio, el caso parecía abierto y cerrado. Luego aparecieron grietas en la historia de Bamber. Finalmente, fue juzgado y condenado por los cinco asesinatos. Los hechos desnudos fueron embellecidos por los detalles. Tanto Bamber como Sheila habían sido adoptados. Él era un colegial de cara al público encantador, pero poco pulcro. Ella era una ex modelo con esquizofrenia. Pero la otra razón por la que la historia ha permanecido en la imaginación del público es que Bamber; es de los únicos prisioneros británicos que cumplen una cadena perpetua sin esperanza de libertad condicional. Siempre ha protestado por su inocencia. Apeló en numerosas ocasiones durante su sentencia y atrajo a simpatizantes famosos, incluidos Peter Tatchell y el ex diputado Andrew Hunter. No obstante, el condenado permanece tras las rejas, cumpliendo día a día su cadena perpetua. El primer episodio nos muestra los eventos tal como aparecieron por primera vez a la policía, y revela un elenco fuerte. Un extraordinario Freddie Fox interpreta al asustadizo Bamber, un joven marchoso, amante de los excesos etílicos, la ropa cara y los placeres carnales. Siempre se dijo de Bamber que era el chico de ojos azules brillantes y oscuro corazón. Cressida Bonas está excelente como la trastornada Sheila. Ella la interpreta con suficiente oscuridad para hacer que el asesinato-suicidio parezca plausible, pero sin desviarnos del lado equivocado de nuestras simpatías. 

Los veteranos de Juego de Tronos abundan en otros lugares. Como esta singular pareja de actores que en GOT eran hermanos del clan Greyjoys. Alfie Allen aquí representa el papel de Brett, un gay vividor australiano, que siente un afecto muy cariñoso por Jeremy (además, de ser perista de tres al cuarto). Gemma Whelan, es Ann Eaton, la prima de JB. De quien, no se fía nada y hace que el detective Jones abra sus ojos, a un caso que no termina de encajar. El mismo Robert Baratheon, Mark Addy, interpreta al Sargento Stan Jones. Él, es el primero en sospechar de los hallazgos oficiales aunque, debe persuadir a su superior, el capitán “Taffy” Jones del departamento de policía de distrito —interpretado por un siempre vibrante y convincente Stephen Graham, con un mostacho ochentero y un galés tan exagerado como la estrella de futbol Garrett Bale— que quiere una conclusión rápida de todo este macabro affaire.  Los ojos de medio mundo están sobre él y el UK thatcherista, en pleno apogeo. White House Farm no puede escapar, a pesar del mimo y la sensibilidad que ponen en toda la serie, por anteponer la ficción a lo que parece, en la mente de una parte del público le es difícil separar lo real de lo ficticio. Empero, los destellos de elegancia de director son patentes. El buen gusto por las panorámicas de las enormes extensiones de cereales —de esa profunda GB— hacedores y defensores del actual Brexit. El Essex, rural, se dibuja, entre inacabables planos aéreos elegantes y puntuales. El plano de apertura, de un teléfono sonando en una vetusta estación de policía, todo ello podría estar a la altura de los thrillers coreanos de Bong Joon-ho. Una conversación entre Sheila y sus padres en el camino de entrada de su casa, da un lienzo de plano, con una caravana amarilla entre ellos. Los detalles crean un sentido de lo atroz de estos crímenes en este lugar. Serían igual de horribles en cualquier lugar, pero especialmente aquí, un lugar donde se puede dejar la puerta abierta y el mayor acontecimiento es la cosecha de cereales o el parto del ternero de turno.

No hay grandes sucesos, en el idílico medio rural británico. Resumiendo, la dirección se conforma con dejar que los hechos hablen por sí mismos. En un caso como este, son muchos los hilos de donde tirar, pudiendo darse de bruces con un árbol. El drama no se abre (o al menos) nada más comenzar todo el procedimiento. Más allá de los asesinatos el componente de desidia laboral y no investigar, más a fondo, todas las pistas. No se profundiza la cuestión, ya que las altas instancias no están por la labor; es mucho más fácil colgar el sambenito a una joven madre, o para creer que cualquier indicio de inestabilidad femenina, es sinónimo de ser capaz de llevar a cabo un asesinato múltiple. Hay machismo, estamos a mediados de los 80,s, la publicidad se haya en pleno apogeo de vender coches con bellas modelos, encima del capó del automóvil de turno. Después, está el papel de la prensa, ese periodismo tan imbuido entre todo tipo de clases, en Gran Bretaña. Los tabloides se encargaron de publicar las entrañas y las cábalas más insidiosas de la historia del papel cuché. Y, si bien, los asesinatos tienen un significado poco más amplio, surge una pregunta ¿cuál es el propósito de todo esto? da para crear este espectáculo. Es obvio, que sí. El motivo de Bamber era mundano (la búsqueda de una herencia) y su expresión era anómala (pocos se sienten trasladados a tal violencia y aquellos que seguramente sufren el tipo de psicopatología) que, como sociedad, podemos hacer poco para evitar. Un drama criminal perfectamente decente que establece claramente, en el estante de “basado en hechos reales”, no pretende ser un análisis forense de lo que realmente sucedió. El director Paul Whittington se concentra en la incomodidad de Sheila, amplifica ciertos ruidos y se sumerge en su perturbada experiencia, especialmente en su viaje final a la granja de sus padres adoptivos. Si Sheila es el héroe trágico en todo esto, Jeremy (Freddie Fox) es el villano de la serie. Revelada con aterradora prudencia por la desconcertante representación de un Freddie Fox de pelo negro, si algo un poco menos bonito que el verdadero Bamber, da vida a un personaje extraño y mercurial, lloroso y empático. Del mismo modo, que pasa de frívolo, manipulador y frío al tiempo que; quiere recompensar el silencio de su novia confidente Julie Mugford, interpretada por una maravillosa Alexa Davis.

Incluso los asesinos pueden llorar, después de todo. La música espeluznante de Niall Byrne, sin dominar nunca, subraya la atmósfera de miedo escalofriante. Me quedaría con lo dicho por el actor Mark Addy “La enfermedad mental se veía de manera muy diferente en la década de 1980. La gente sabía relativamente poco al respecto, por lo que se podía ver cómo la gente inicialmente habría aceptado que debía haberse vuelto muy trastornada y haber llevado a cabo los asesinatos. Era un alma atribulada pero no una asesina. Si hay algo que nos haga que tomemos conciencia de toda esta horrible pesadilla. Es la lectura del director de la serie Paul Whittington dixit: “Una de las cosas más importantes para mí al contar esta historia fue comprender la actitud hacia la enfermedad mental en ese momento y cómo eso todavía puede informar las actitudes del enfermo a día de hoy. La falta de comprensión sobre la salud mental fue definitivamente parte de los defectos de la investigación inicial.” Evidentemente, estamos ante uno de los conceptos erróneos más importantes sobre la psicosis, breve, pasajera, escondida y persistente. Es un síntoma clave de la esquizofrenia; la propia confusión con la psicopatía. Este tema a menudo surge en relación con representaciones de TV y películas. White House Farm 2020 demuestra cómo el estigma puede tener consecuencias dramáticas. Demasiadas veces convertidos en perjudiciales para la sociedad y los individuos. De algún modo, nos está recordando, que no hay porque juzgar a las personas con problemas de salud mental y el caso de del parricidio de Essex muestra el impacto potencial en las personas si lo hacemos. También es un guiño a esa Gran Bretaña profunda, alejada de Picadilly Circus, Coven Garden, Chelsea o la torre Shard. Ese Reino Unido, donde pasan cosas como en Minnesota o Puerto Hurraco. Nota: 7,6

Ric Ocasek, The Cars, el larguírucho de Baltimore (In Memoriam)

Dicen que hay dos números fijos en tu vida. Uno el día de nacimiento y el otro el de tu muerte. Nadie sabe —a ciencia cierta— cuando va a ser. Pero es una obviedad que siempre está ahí desgraciadamente. Hoy hablo de ese número fatídico, el cual, ha sido para un músico al que admiraba en mi adolescencia. Si hablamos de Ric Ocasek, hablamos de mucha estatura rockandlorea y frescura musical, en los 80. Un ícono musical de esos tiempos mozos que sólo se dan una vez , en la vida. Esta madrugada del domingo peninsular —todavía resacoso por la tragedia de las inundaciones del temporal de la DANA— la NBC informaba del hallazgo de un varón que no respondía y no tenía signos de violencia. El familiar, confirmó que el muerto era Ric Ocasek, en la cama del dormitorio de su bungaló en NY. La causa real del fallecimiento, nos la darán los chicos del departamento forense, una vez sea haya realizado la autopsia de rigor. Un palo. Demasiado grande, pero también comprensible. Curiosamente, a Rick Ocasek se le adjuntan dos fechas de nacimiento; la primera es de 1944 y la segunda de 1949. Si nos guiamos, por la que toda la webesfera da como la auténtica, tenía 74 años. No está mal para un rockero de Baltimore que lo dio todo en la alocada década de los 80. Ric Ocasek (Richard Theodore Otcasek) era nativo de Baltimore y formó The Cars en Boston, actuando al lado de su inseparable compañero de banda Benjamin Orr. Se conocieron en Ohio y acabaron formando su primer proyecto, Milkwood. Comenzaron a trabajar en el circuito del Nordeste durante varios años, como teloneros de las bandas protopunk: The Stooges y MC5 a principios de los 70. Pero el capítulo del dueto Milkwood, entró en una fase de replanteamiento, de sus letras y nuevos sonidos apareció el guitarra solista Elliot Easton e iniciaron un periplo —ya convertidos en trío— como Captain Swing. El sonido de la banda despertó la curiosidad de algunos Djs. Empero, su sonido era demasiado bizarro para la propuesta del momento. Ric se hizo con un batería muy interesante, David Robinson y el teclista Greg Hawkes. Decididos a comenzar un nuevo itinerario como Modern Lovers. Una noche de copas (algo normal, en el flirteo de los inicios de toda banda) Robinson se le ocurrió el nombre de The Cars. Cuando, repentinamente, la banda en 1978 editaron su primera maqueta, la cual, a base de mucha argucia pudieron colocarla —en una de las estaciones de radio del Boston más irlandés y nuevaolero— de esa joya musical de “Just What I Needed”. No tardaron muchos día en estampar sus rubricas en el respetado sello Elektra, donde se unieron a una lista que incluía a Queen, Carly Simon, AC/DC y docenas de otros Rockeros de los 70 como Iggy Pop, Jackson Brown, David Gates o la propia Nico.

 

 

En 1980 My Best Friend’s Girl “y” Good Times Roll” lo petaron en el Billboard. En aquella América de pelos largos y pantalones elásticos de otra banda que lo reventaba, desde la Costa Oeste, los glammetaleros Mötley Crüe. Los pelazos y coletazos del hippismo y el nuevo metal se cubrían una frontera hacia el noroeste, donde los sonidos de Boston se llenaban de New Wave y PowerPop, condensando un sonido único y vanguardista perfecto para los tiempos en que la década se desvanecía ante el nuevo horizonte del hip hop y los ritmos noventeros. Ocasek escribió la mayoría de las canciones de la banda y fue su cantante principal, aunque Orr, en muchas ocasiones, cantaba la voz principal. Su popularidad continuó hasta mediados de la década de 1980, con éxitos como “Since You’re Gone”, “Magic” y “Tonight She Comes”. Su álbum de 1984 “Heart Break City” fue un gran éxito, y el vídeo del sencillo principal “You Might Think” se convirtió en el primer clip del año; en los primeros MTV Video Music Awards. Ric Ocasek era un tipo flacucho y escuálido de 193 centímetros. De melena corta, entre picos desgarbados y un tupé muy de la factoría de dibujos del pájaro loco. Solía comentar que su inspiración verdadera, la descubrió en Lou Reed, mientras se conducía un Chevy con hermosas mujeres de chaquetas con hombreras interminables, como un cantante de Rockabilly. Ocasek adulaba: las “botas nucleares” y los “ojos azules de gamuza” de una antigua llama en “My Best Friend’s Girl”. Para “Bye Bye Love”, Ocasek destacó una “medianoche ondulada” rica en “insinuaciones ocultas” y “sustitución, las masas llenas de confusión, nubes dentro de tu cabeza”. Letras que susurraban en el oído de todo el mundo.

Otra curiosidad, es aquella máxima de los feos ligan a espuertas…El discreto y magnánimo carisma de Ocasek fue tal que se casó con la supermodelo Paulina Porizkova en la cima de la fama para ambos, y al hacerlo, ofreció un camino a seguir para los cantantes, sin pretensiones, menos interesados en las bufonadas de pavo real versus Mick Jagger o Freddie Mercury. El cortejo con Paulina fue durante 1984, mientras filmaban el vídeo musical de la canción “Drive”. De aquel amor quedaron dos hijos y 28 años después, se acabó el amor y el pastel como dijo Carly Simon y se separaron en 2018, después de 28 años de matrimonio. Nunca tuvo la necesidad de agitarse como un loco, y mucho menos, mostrando una ceja arqueada, y un pequeño elegante movimiento de cadera, podían dejar a la platea alucinando con el personaje. Gracias a sus trabajos: toda una nueva ola de músicos inspirados por el movimiento punk británico y estadounidense en la corriente principal. Esperaban, ansiosos, saltar al escenario. Todavía quedaba la traca final, cuando The Cars fue multiplatino. Vendieron millones de copias para ser una banda de auténtico New Wave, allanando el camino a esos grupos que estaban sedientos como los B-52,s Devo y más tarde R.E.M. para saltar a las grandes discográficas. The Cars se disolvían en 1988 y Ric Ocasek grabó varios álbumes en solitario, con un éxito modesto. Cuando su viejo compañero de banda y bajista Benjamin Orr, enfermó, Ric quedó recubierto de una súbita tristeza, mucho mayor, cuando terminó sucumbiendo a la malignidad de la enfermedad en 2000, también desapareció cualquier esperanza de una reunión completa del grupo original. Pero, el tiempo, sigue su camino. Al igual que la vida y el ánimo personal. Siguió una carrera como productor de grupos tan interesantes, de la talla de los pioneros del synth-punk de Nueva York, Suicide.

Aunque fuera con los de la gran manzana un trabajo seminal. No fue el caso de Weezer, banda donde sí dejó su eterna mácula, incluido el icónico “Blue Album” de la banda, así como discos para los afro-punks, Bad Brains. Así como, Romeo Void, Guided by Voices y muchos más. Sin embargo, el aprecio por el oficio de Ocasek se extendió mucho más allá de la comunidad de artistas exitosos. Cuando los cuatro miembros supervivientes se reunieron para “Move Like This” en 2010, el álbum debutó en la lista de álbumes de Billboard en el número 7. Ocho años después, en 2018, en su tercera nominación, la banda fue elegida para entrar en el Salón de la Fama del Rock & Roll. La institución describió el atractivo de The Cars como: “un arpón inteligente, barnizado de unas sutiles armonias perfectamente combinadas de la New Wave y Classic Rock.” The Cars realizaron una mezcla de sus éxitos en la ceremonia de inducción del Rock Hall 2018. Ya en pleno escenario, a parte de la bromas de rigor, se sinceró con el respetable, comentando que daba las gracias a su abuela por “obligarme a cantar para sus amigos en el salón cuando tenía 5 años”. También le compró una guitarra en Sears & Roebuck cuando era un adolescente. “Entonces, un día escuché en la radio una canción llamada” That’ll Be The Day” de un tal Buddy Holly. A partir, de ese momento, comencé a tocar la guitarra con más ahínco. Durante la ceremonia de admisión de la banda, Ocasek, rindió un emocionado homenaje al compañero de banda Benjamin Orr. “Es bastante extraño estar aquí sin él”, dijo Ocasek en ese momento. En las redes sociales, fanáticos, compañeros y discípulos del genio de Baltimore no han parado de publicar tributos llenos de amor. Evidentemente, uno, no iba a perder la ocasión de rendir este pequeño homenaje a tan célebre rockero. Si tuviera que citar un epitafio. Posiblemente, el mejor sea el dedicado por el gran cantante de country Jason Isbell. Una palabras llenas de poesía y encanto. Al citar una de las mejores líneas de Ocasek, de “Just What I Needed”, donde tuiteo: “No importa dónde hayas estado, siempre que haya sido profundo”. Hoy en la red de Twitter tenemos un hashtag muy hermoso: hay una letra de #ricocasek para ti.” El último número de nuestras vidas siempre llega, cuando posiblemente menos lo esperamos. DEP, Ric

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

True Detective 3 (2019) “Cuando el creador aburre”

 

En julio de 2015, Nic Pizzolatto, el escritor y creador del drama criminal, True Detective de HBO, le dijo a Vanity Fair que la única conexión entre la primera y la segunda temporada del programa sería: Nic Pizzolatto. “Yo, sí. Yo”. “Además de “detectives, intimidades e ideas… Pero sólo soy yo. Eso es lo que hace que sea el mismo programa”. La primera temporada de True Detective fue, como todos los programas de televisión, una colaboración entre cientos de personas, y en este caso, Cuatro en particular: Nic Pizzolatto, el director Cary Fukunaga y los actores Matthew McConaughey y Woody Harrelson. El resultado de este esfuerzo de grupo, un crimen negro embadurnado de un aura filosófica, que sacó de las madrigueras a todo tipo de tribus ante un hype sin parangón en la historia de la novela negra, adaptada a la TV de luxe del Siglo XXI. Critica de todos los pelajes aclamaron el producto Made in HBO. Nominaciones a los Emmys, Globos de Oro y más premios. En definitiva, el bote del Euromillón para un escritor novicio que sólo había escrito una novela del montón llamada Galveston (curiosamente, este pasado año se ha estrenado la película, que adapta la novela de Pizzolatto y me pregunté…¿Por qué demonios, no la dirigió su creador, ahora que le ha cogido tanto gusto a la cámara?) sirvió de germen para todo el boom que arrasó la ficción del planeta. Pizzolatto se creyó Dios y el inventor del cine negro; un nuevo Poe. Pero HBO, es como dicen los periodistas deportivos del Madrid o del Barcelona. Por encima de sus estrellas están los escudos. El negocio sigue y se necesitan nuevas temporadas. Pero el vanidoso de Pizzolatto comenzó a enfatizar su papel, evidentemente enorme, en el proyecto con la inseguridad camuflada y sustancial de una verdadera pieza de trabajo. Y creo una segunda temporada llena de vacíos, prisas e incongruencias. Todo lo que le hizo grande en la primera temporada. Crecer como un notable guionista o showrunner se fue al traste, por culpa de su maldito ego (el estado de ánimo, el humor, las consultas existenciales, los personajes singulares, los detalles genuinamente extraños) se convirtió en puro plomo, tostón, y desdén sin humor. En aquella desastrosa segunda parte que terminó por cortar de pleno la amistad entre guionista/director: Pizziolatto/Fukunaga. Pero de todas las antologías recientes y de alto perfil en las que la unidad de medida es la temporada más que el episodio, parece tener, en última instancia, el sentido más débil de su propia estética. ¿Qué era realmente True Detective? ¿Sabe su creador de que va esto? Aquella temporada sólo sirvió para darle rienda suelta al poder y el ego de escritor/guionista muy creativo sin control de sus obligaciones.

 

Todo un desorden subvertido y sin rumbo que prometía entregar una inquisición al estilo de Chinatown sobre la corrupción en las grandes ciudades, pero estaba contenta de revolcarse en la autocompasión masculina y en los clichés del tipo rudo. La configuración regional cambió de un planteamiento a lo Flannery O’Connor contra el encanto de H.P. Lovecraft en Louisiana de las calles medias Neonoir de Los Ángeles. Un entorno que se ha hecho y se ha vuelto a hacer. Los guiones con problemas de humor se duplicaron en un machismo desesperado incluso cuando trataban con el único personaje femenino prominente del elenco principal. Al final, la serie ejemplificó la caída libre cualitativa más extrema de la temporada. Lo más triste de aquel fracaso, fue como se vio disminuir de manera retroactiva la primera temporada, que, en retrospectiva, también se vio afectada por cierta vis de machismo, la mala conspiración y la autosuficiencia. En la gerencia de HBO, cortaron cabezas y todo el mundo tuvo un larguísimo tiempo para reflexionar. No obstante, True Detective se convirtió en una franquicia de primera línea. A pesar del descarrilamiento de la fallida 2T —que convirtió todo vínculo— con el producto en basura. Se dudaba de la viabilidad del proyecto. A punto estuvieron de cancelar el show. Hasta que Pizziolatto comprendió al canal de que lo que querían: era la frescura de la fascinante primera entrega. No se pusieron plazos, pero si refuerzos o cualquier tipo de sinergias. Caso de la colaboración en el guion del veterano David Milch (Deadwood). Bien, hace unas seis semanas que se estrenó el nuevo “True detective”2019 es ligeramente más pretencioso, manejable, ridículo y aburrido. La historia está ambientada en los Ozarks de Arkansas, durante los años 80, 90. Además, el pasado reciente, no responde a esa molesta y fundamental pregunta sobre la serie, a saber, qué es exactamente True Detective: ¿una colección de historias? Por ejemplo, el título de su primer episodio “La gran guerra y la memoria moderna” hace referencia al libro de Paul Fussell sobre la Primera Guerra Mundial y la poesía inspirada desde sus trincheras: es una medida de su pomposidad permanente. “¡Gas! ¡Gas! ¡Vamos, vamos muchachos. Rápido!”

 

 

Los detectives de la Policía Estatal de Arkansas Wayne Hays (Mahershala Ali) y Roland West (Stephen Dorff) se apresuraron a subir al escenario a darlo todo. Estamos delante de la típica pareja de policías fronterizos, tipos curtidos y a la vez, veteranos de Vietnam. Hays hizo dos misiones de servicio como un especialista de reconocimiento de largo alcance. Un explorador de élite, detrás de las líneas enemigas, un pionero solitario en la selva. Ahora rastrea a un jabalí, en sus días libres por diversión y caza con arco. Pero su intensidad innata no permite la diversión. “Él tiene su propia cosa”, como dice su compañero. Una tarde de 1980, en un rincón ligeramente deprimido de los Ozarks, un niño de doce años y su hermana de diez años se suben a sus bicicletas y se meten en un caso de personas desaparecidas. Después de decirle a su padre, Tom Purcell —un colosal Scott McNairy— que van a dar una vuelta y volverán antes de que se ponga el sol. Éste sigue reparando su automóvil y mientras suena la música de fondo, se le hace de noche. La madre, Lucy Purcell, de los niños vive es una mujer muy conflictiva —alcohólica prostituta— interpretada por Mamie Gummer (es la hija de la gran Meryl Streep, lleva el oficio en los genes). Junto con Ali, lo mejor de la entrega. Su desaparición coincide con el 7 de noviembre: “el día en que murió Steve McQueen”, se nos dice con nostalgia, como si fuéramos llamados a observar un momento de silencio por los ideales masculinos caducados. Una fiesta de búsqueda de voluntarios también es el sitio de la primera cita de Hays con Amelia Reardon (Carmen Ejogo, su futura esposa), la maestra de inglés del niño desaparecido. En un estentóreo eco del truco filosófico de la temporada 1 (“El tiempo es un círculo plano”), Hays explica un poema de Robert Penn Warren, y Amelia vuelve a galantear citando a Einstein: “La distinción entre pasado, presente y futuro es solo persistentemente obstinada”. Espejismo.” Pizzolatto estructura la nueva temporada en la imagen de este concepto. Antes de que sea 1980, es 1990: insistiendo en la evidencia, ha anudado el arco de búsqueda que ató el caso. Hays y West reabren la investigación. Lo que causa algunos momentos de fricción entre Hays y Amelia, ahora casada, con dos hijos. Amelia acaba de terminar “una novela de no ficción” sobre el crimen. Una mirada a la copia de una galera sugiere que el libro supera las cuatrocientas páginas, en un claro paralelismo y cuasi homenaje a la obra de culto de Capote. Empero la sencillez es antitética al movimiento del espectáculo.

 

 

Antes de que sea 1990, es 2015: Hays, un viudo de setenta años que lidia con el inicio de la demencia (Alzheimer); se mete en su sala de estar para encontrarse con una documentalista del programa Making a Murderer cuyo programa está examinando el caso. Sus preguntas lo inspiran a tomar otra grieta al romperlo; está luchando por reconstruir tanto el misterio como su mente. Su hijo lo lleva al escondite hermético de su ex pareja, que se ha convertido en otro anciano, tullido, por el affaire del tiroteo del chatarrero. Medio trastornado por su adicción al whisky y amante de los perros. West está muy triste de que Hays nunca se haya disculpado, pero “True detective 3” no nos ha mostrado el porqué de las supuestas disculpas. La tensión entre ellos es dilatada, pero se retiene la razón de su existencia. Los Hays de 2015 quieren revisar el caso, pero el público ni siquiera sabe lo que determinaron las visitas anteriores. Y parece que el anciano ha descubierto información crucial, cuando, finalmente, comienza a leer el primer libro de su difunta esposa. Han pasado 25 años desde su publicación. Sustituyendo la ofuscación por la intriga y la complicación por la complejidad. El espectáculo simula un movimiento narrativo al tirar de tu cadena. Y así nos encontramos con todos estos personajes —hipotéticos sospechosos— una cuadrilla de adolescentes malhumorados, un primo mayor con el comportamiento de un tipo espantoso, un hombre de mediana edad afroamericano tuerto, sin identificar. Luego, para seguir el latir de la actualidad más escabrosa, la maldita institución del catolicismo en general. Y el supuesto, MacGuffin, cabeza de turco: un chatarrero nativoamericano que explica que no pudo readaptarse a la vida civil después de su regreso de Vietnam. Hay una frase del personaje que resaltamos: “¿Alguna vez has estado en algún lugar al que no pudiste dejar y no pudiste quedarte? ¿Ambos al mismo tiempo? “(Otro de los diálogos que ha dejado su sello por el mal gusto y no voy a dar ningún spolier es;¡Tengo el alma de una puta!”).

 

 

Entre las evidencias recogidas se incluyen: un puñado de muñecas sin rostro, manojos de paja diminutos, vestidos de novia, que son portentosos a primera vista y cursis en muchas miradas posteriores, no muy diferentes de la serie en sí. Mientras observaba por el Smartv de 50´ seguí dándole vueltas a todo este pequeño juego de salón en mi cabeza, pensé: ¿Y si esta hubiera sido la segunda temporada del programa, en lugar de la tercera?  ¿Pensaría más o menos de eso? ¿Me gustaría menos si no es tan buena como la primera? ¿O lo pensaría más porque no me incliné a pensar en toda la serie como una especie de broma pretenciosa? ¿Ser mejor que la segunda temporada es realmente un uso preciso de la palabra “mejor”? ¿Ser “peor” que la primera temporada es tan malo? Luego me pregunté qué pensaría si no hubiera existido ninguna de las dos temporadas anteriores, y me di cuenta de que probablemente no estaría pensando en ello. El desempeño de Mahershala Ali es un ejemplo de lo que puede ser el show, pero la tercera temporada en su conjunto permanece como un recordatorio decepcionante de lo que fue. Algo, así, como la maldición de todos los estrenos auspiciosos. True Detective es un espectáculo que siempre estará condicionado por su glorioso pasado, medido contra los máximos de su primera temporada y los mínimos de su segunda. Está tan lleno de clichés que a veces aparece como una sátira: no puedes poner los ojos en blanco ante Ali. Evidentemente, es lo más notable de la temporada. Es posiblemente, el mejor actor afroamericano de su generación y uno de los mejores de la historia de Hollywood. A pesar del material delgado, su actuación aquí es siempre sincera y profundamente sentida. Lo que finalmente hunde esta temporada, o al menos tras los siete episodios vistos, es la monotonía de todo ello. Con la excepción de un par de secuencias de acción, casi todas las escenas tienen el mismo ritmo, cansino, lánguido y rompiendo la narrativa del lenguaje, por excelencia. A menudo, se centran, en dos o tres personas; que se reúnen solemnemente a sotto voce. Lo más fascinante, es ver a mi esposa, escritora—nada famosa— y adicta a las series de detectives. Ha escrito cinco libros y dos de sus novelas son Pulp/NeoNoir. Pues, sí. La gran fan de True Detective 2019 era todo deleite verla roncar en el sofá. Anécdotas, a un lado, evidentemente, desenredar la inteligente cronología: es la confrontación de un espectáculo de policías del medio Oeste. Sin garra, ni ganas y dirigido por un escritor de guiones de cine negro italoamericano que aburre. Nota: 6,7

 

 

 

Lou Reed,2 de marzo,in Memoriam

 

UNSPECIFIED - CIRCA 1970: Photo of Lou Reed Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

 

Somos muchos los que apenas podríamos imaginarnos que significa meterte ese sucedáneo tan goloso llamado morfina: el alma mater de esa sustancia llamada heroína. Lou Reed, sí que lo sabía. Posiblemente, en exceso. Es un viaje a la quietud, la felicidad y la retirada de lo existente a tu alrededor. Una huida sólo para paladares, que saben de buenos cocineros; aquellos que extraen —de la bella flor original— la diacetil morfina 100%. W. Burroughs sabía mucho sobre heroína y un montón de sustancias penadas por la ley. Vivió 83 años. Su prosa y vida inspiró la cultura Underground. Ese submundo de carácter urbano, lumpen callejero, seres y criaturas que nadie quiere ver ni tener; los incomprendidos, y, sustancialmente, los perdedores. En ese detritus, se forjó el poeta neoyorkino: Lewis Allen Reed. Mejor conocido por sus fans como “Lou” y por sus amigos más cercanos como “Lulu”. Una de mis canciones favoritas ha sido, es y será, “I’m Waiting for the Man”. Un relato en primera persona sobre la compra de polvo afgano en Harlem, mientras esperas angustiado a tu dealer. Pura experiencia personal del propio Reed, un consabido adicto a las drogas. Ellas, han sido parte de su vida. Y según dicen todos los galenos, lo que llevó a Lou —en sus últimos años— al conocido y desastroso cuadro hepático. En abril de 2013 le fue trasplantado un hígado, que inicialmente fue un éxito. Desde aquel marzo de 1942 hasta hoy han pasado 75 años. 71 (cuando se nos marchó) años, donde, bromeaba con colegas del oficio quién sería el siguiente acompañante a la otra dimensión, cerca del maestro Hendrix. Lou Reed se ha marchado. El chico de Long Island, ya no está con nosotros, mientras suena su música de fondo. ¿Qué hubiera sido de la historia del Rock sin Lou Reed? No me lo imagino. El adolescente incomprendido por su familia. Un chico, que muy tempranamente manifestó una orientación sexual ambigua, pero honesta y consecuente. Algo, que le costó ser tratado con terapia electroconvulsiva en un viejo manicomio, para “curar” su inclinación sexual —Barbarie de método—, práctica, que se documenta en la canción “Kill Your Sons”(1974).

velvet-underground-foto-2

 

Reed siempre utilizó New York como fuente de inspiración musical. Algo así, como Woody Allen y su imperecedero plató de rodaje favorito. Al poco tiempo, llegó la literatura inglesa y el periodismo en la Universidad de Syracuse en 1960. El periodismo, el cine, la poesía, la literatura y cómo no, la música. Ésta, fue su gran pasión. La mejor droga que había probado. “Cuando llegué a la universidad, yo quería escribir la gran novela americana” (Sic) “Pero me gusta el Rock & Roll. Así que yo quería utilizar temas de adultos, los temas de las novelas, en las canciones. Una manera de ampliar los parámetros de mi realidad y una forma de introducirme, en lo que estaba escribiendo acerca de temas pop.” (Sic). Es Pickwick Records, el punto de partida donde como compositor, escribiendo cancioncillas Pop, para irse curtiendo oficio, A pesar, de estar empapado de mil influencias musicales. Y el lugar donde se produce uno de los momentos cumbres del Rock; el encuentro entre Reed y Cale, que desembocó en la formación de la legendaria Velvet Underground. Junto al guitarrista Sterling Morrison y la batería Maureen Tucker. Andy Warhol consiguió el mecenazgo del grupo —que fue incluido en el Rock and Roll Hall de la Fama en 1996— y lo hizo gracias a sus innovadores manejos del marketing en la multidisciplinar Factory. Mezclando la música —unas letras de un inspiradísimo Reed, donde las odas a las historias de yonkis, travestis, prostitutas, fauna urbana y depravación sexual, se solapaban entre tonos mundanos del nuevo trovador del rock sucio— con el arte y un merchandising espectacular del simbolismo francés. Vendiendo unos trabajos extraordinarios donde esas canciones sonaban, como las nuevas flores del mal, de un Baudelaire neoyorkino. El legado de aquel encuentro fueron cuatro álbumes estratosféricos.

lou-berlin-foto-3

 

Un pequeño flashback que nos aluniza, al breve período como oficinista, en la empresa de su padre, Reed se decidió a lanzar su carrera de solista en 1971. Un álbum homónimo, a modo de debut, para calentar motores y seguidamente, la joya de Transformer, co-producido por David Bowie y el guitarrista Mick Ronson. El álbum llegó al número 29 en el Billboard 200. Aparecían canciones como “Vicious”, “Perfect day”, “Satellite of love” y la legendaria/ultraconcocidísima, “Walk on the Wild Side”. Su letra levantó una polvareda, en torno, a sus polémicas referencias a travestis y fellatios en un tono rompedor. La cuestión, es que la mítica canción alcanzó el número 16 del Hot 100. Caprichos de la hemeroteca y el paladar del personal más adicto, a la gloria de la gramola comercial: aquella canción fue su único hit del Popstar. En el fondo, aquel tema rezumaba una gran ovatio a los explosivos años del personal —más transgresor— que rulaba por la Factory de Warhol. Los iconos de Ginsberg y Genet eran sus mutaciones en calidad de solfas. Posteriormente, siguió con esa atmósfera oscura y lleva de tristeza envuelta en una imaginería sadomasoquista del exitoso Berlin. Ahí, se rodeó de músicos tan solventes, como Steve Winwood, Jack Bruce, Michael Brecker o el joven prodigio Steve Hunter. También, es un punto de partida hacia ese status de outsider y persona nada sociable, que condicionó una larga parte de su carrera. El abuso de las drogas y los problemas domésticos estuvieron a la orden del día. Un Lou Reed, obstinado en desafiar al público con salidas de tono muy absurdas. Empero, había nacido la estrella mundial; Lou Reed. Rolling Stone dijo sobre este álbum: “es tan claramente ofensivo, el cual, produce un deseo de tomarte la venganza física por tu cuenta sobre el artista neoyorkino” (Sic). Incluso se le tildó, “de completo pervertido depravado y patético enano mortal” (Sic).

AMSTERDAM, NETHERLANDS: Lou Reed posed in Amsterdam, Netherlands in March 1975 (Photo by Gijsbert Hanekroot/Redferns)

Mayor escándalo produjo su siguiente trabajo, el cual, fue reprochado por la crítica oficialista: como una banalidad de la historia del Rock en 1975. El doble álbum Metal Machine Music inspirado en la música electrónica y experimental lleno de una acústica bizarra. Muy difícil de comprender, pues muchos de sus fans asumieron, que se trataba de una broma retorcida. Pero de Reed es comprensible: la genialidad levita por encima de la mediocridad. El duende de Long Island lo hizo y punto. Aquel disco, que puso fin a su relación con RCA, en plena década de los 70. No sin antes, dejarnos otro trabajo muy apacible y hermoso; Coney Island Baby. Temas bellos y cercanos de un Reed —aparentemente calmado— con guitarra, bajo y batería, a modo de homenaje, a los deliciosos viejos tiempos con la Velvet. Así vivió durante muchos años Reed, dándose sus andares de pasarela y divinity. Entre pitadas y escapadas a puerta de escenario. En España organizó una memorable, a principios de los 80. Esa, la recuerdo porque un viejo amigo, la comprobó in situ y se escribió una maravillosa crónica, en la fascinante Popular 1. Siguió con su vena experimental y apareció con The Blue Mask (1982), como de refilón. Sin hacer ruido. Entre la apatía de la crítica y una relativa desidia de sus incondicionales. Eran los tiempos de Superestrella del Rock Reed. Vivía al margen del mundo humano.

 

metallica-lulu-foto-5

 

Hasta que en 1989 volvió a demostrar, que el duende no lo había perdido, con “New York”. Un disco a la altura de “Transformer” que nos devolvía al poeta y cronista del New York, oculto entre perdedores y outsiders. Son los 90 y parece que La voz de “Satellite of Love”, animó el nuevo renacimiento de su carrera. En 1990 grabó con John Cale, ex compañero de la Velvet Underground, el álbum Songs For Drella, letras que homenajeaban al genio de Poe y cómo no, al rey del pop-art Andy Warhol, el cual,  actuó como catalizador, para un apasionado quorum de la Velvet Underground dos años después. Esta reunión se produjo, grabando el álbum en directo, “Live MCMXCIII” en 1993. El resto, lo han dicho todos los medios y es de sobra conocido. El último viaje, ese artista que no tuvo reparos en tocar con la banda de Thrash Metal, Metallica en 2011 “Lulu”; un hermoso cumplido a la diva del cine mudo, la inefable, Louise Brooks. Actriz norteamericana, que se convirtió, en la interprete fetiche, del maestro alemán G.W.Pabst y su Caja de Pandora (1928). Letras que trascienden la esencia de la obra teatral, in situ, y el camino hasta el infierno de esta femme fatale, en su encuentro con Jack “el destripador”. Ironía y crudeza, al son, de los acordes salvajes de Kirk Hammett. De nuevo, rompiendo con lo establecido, puro Reed. Y es que es, solamente, aquel chico con chupa de cuero, que paseaba de Harlem a Coney Island era un personaje sui generis. No muy conversador, dependiendo, del interlocutor. Solitario y creativo. Su nombre de pila es; Lewis Allen Reed. Para los amigos, Lou Red y los íntimos, Lulu. Sigue descansando en paz y saluda a tu viejo amigo, Bowie. Parece que fue ayer, pero han pasado casi cuatro años, mañana puede que llueva en la Malvarrosa; otro Coney Island. Gracias por todo lo que nos diste.

                                                                                                                                                                                                                                       Artículo publicado en la revista Culturamas  (2-XI-2013)

 

 

“The People v. O.J. Simpson: American Crime Story” (2016) is Orange Juice

landscape-the-people-vs-oj-simpson Foto 1

The People v. O.J. de FX Simpson, siendo prosaicos, nos dice algo así; lo del color de la piel no importa, lo importante es tu cartera y cuánto dinero tienes en ella. Volviendo a lo que nos atañe: el nuevo show del provocador Ryan Murphy, que vuelve a la carga, con el concepto American, y esta vez, Crime Story. En esta ocasión, RM, se desprende por completo del contenido de sus últimos trabajos para el FoxFX. Alejándose de las antológicas, macabras y carnavalescas de Murder, Asylum o el reciente Hotel. Murphy parece encontrar aquel tono —de la fantástica Nip/Tuck— y nos presenta un producto con grandes ambiciones políticas y sociales. Una serie de prestigio y calado; que ha sido un éxito de audiencia. Empero, en American Crime Story, ha puesto toda la carne en el asador para evidenciar lo delicado y embarazoso del fatal affaire. Y es que, 22 años después, ha sido una de las grandes sorpresas de la ficción televisiva de 2016. El juicio de Simpson era a la vez un reflejo de la sociedad tal como era por aquellos 90 y un presagio de la actual sociedad —que en ese trayecto— tan corto tiempo se convertiría. Desde su primer fotograma, la historia del crimen estadounidense deja muy claro, que el éxito del juicio de O.J. Simpson fue la intersección de dos temas fogosos y discutibles en los Estados Unidos: la raza y la celebridad. Es más, la historia del crimen estadounidense —fílmicamente— no arranca con el asesinato de Nicole Brown Simpson y Ron Goldman 1994, sino que se abre dos años antes, con imágenes de la paliza de varios agentes del cuerpo de policía de Los Angeles a Rodney King. El enfado del pueblo afroamericano transformado en rabia desembocó en uno de los mayores altercados sociales y caóticos en la urbe angelina. El sueño de la utópica California se tambaleaba. A este respecto, la miniserie no es un drama histórico, sino una historia contemporánea. Situando al espectador en un mundo que, todavía sigue desgajando aturdimiento, por el insólito ultraje que puede surgir; cuando un ciudadano negro es humillado por la policía, los tribunales en un mar sin islas a las que llegar y encontrar el alivio de la ley. Un territorio donde las vagas excusas y, el resguárdese por su propia cuenta, del nadie conoce a nadie. Desgraciadamente, esto sigue siendo el mismo mundo en el que vivimos y aguantamos. Repasen las páginas de sucesos de los principales diarios norteamericanos, a lo largo del último año, el resultado saca los colores al más crédulo. Obviamente, el personaje O.J. Simpson y su caso judicial, no es más que la extrapolación de una simiente que sigue solapada en la sociedad norteamericana, y en aquel contexto, una de las mayores injusticias de la historia racial del estado de California. Posiblemente, la serie de FX tiene su mejor baza, en la veracidad definitiva que transmite de todo este cruel enredo del mediático juicio de O.J. Simpson: el juicio del S.XX, como muchos incondicionales apodaron. No. Es evidente, que ha habido otros juicios, pero el affaire O.J. Simpson es el pater familias de la sociedad actual de las redes sociales y la nueva televisión digital, donde la ficción y la realidad, conviven en un extraño limbo, de la afectividad repudiada.

HT_oj_simpsoniniseries Foto 2

El guion con el que ha trabajado R. Murphy, al lado de Scott Alexander y Larry Karaszewski, para crear esta magnífica serie, se basa en el libro de Jeffrey Tobin “la carrera de su vida”, que es ampliamente considerado como uno de los mejores y más creíbles de todas las versiones habladas, cacareadas y conjeturadas, en torno al asunto de O.J. el juicio de Simpson. Toobin ha trabajado como consultor para los remates finales del show. Incluso, como la propia productora ha utilizado el reclamo en sus tráileres: “Usted lo ha visto todo, pero no se sabe ni la mitad”. Uno de los datos más destacables de las primeras secuencias del primer episodio del total de los 10 que completan la miniserie: es que no vemos a la auténtica Nicole, pero sí; su cadáver. Es presentada de la misma manera que la mayoría de los estadounidenses se toparon con ella por primera vez. Y es que el 13 de junio de 1994, la noticia de que Nicole Brown Simpson, ex esposa del jugador de fútbol retirado O.J. Simpson, había sido apuñalada a los pies de su propia puerta. El que mató a ella, también había atacado y ejecutado Ronald Goldman —un camarero de 25 años de edad—, que trabajaba en el restaurante en el que Nicole había compartido la cena con su madre, unas pocas horas antes. Ron había llegado a la casa de Nicole para dejar un par de gafas que la madre de Nicole había olvidado en el restaurante. Ambos fueron encontrados muertos. De ahí que American Crime Story es en sí mismo, un docudrama, no un documental, y en fondo una serie con una factura impecable. La serie reflexiona constantemente sobre el tema de la fama en sí, como el estado del sequito de celebridades del propio Simpson. Creando un espectáculo alrededor de sus conocidos, abogados defensores, fiscales, familiares de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman, testigos, periodistas, los miembros del jurado y sus familiares más cercanos. Es increíble, el clima de paranoia mediática que se organizó, cuando hasta el mismísimo juez Lance Ito, interpretado por el actor Kenneth Choi, termina cayendo en las garras del engendro de Vocerolandya: el juicio/circo es una realidad. Cuando se trata de los detalles del caso O.J., American Crime history no quiere quedarse a un lado. Todo lo contrario se limita a narrar las pruebas y coincidencias del terrible crimen, con un increíble detallismo. Algo que se deja al espectador con la palabra en la lengua para contrastar que las evidencias expuestas hablen por sí mismas. Y como de una novela de Wolfe, en un tono de gran broma cercana a Twain, el hedor de la certidumbre culpa de Simpson: es escandaloso. A pesar de ello, el show del enjuiciamiento consigue formar una guardia pretoriana; descrita como el “Dream Team” de los abogados de alto perfil: Robert Shapiro (John Travolta), F. Lee Bailey (Nathan Lane), Robert Kardashian (David Schwimmer), y Johnnie Cochran (Courtney B. Vance). Al servicio del petulante O.J. Simpson, alardeando de inocencia frente a un cuerpo fiscal abrumado y sacudido por las contrarréplicas. Y es ahí donde, Cuba Gooding Jr. hace una extraordinaria interpretación (bajo mi punto de vista) del personaje O.J.Simpson que le obliga a alternar entre la histeria y la retirada del consentimiento de niño caprichoso.

Juez Kochi Foto 3

Y es que, del mismo modo, que en el escándalo de por sí, O.J. se convierte en un nuevo maniquí pleno de acción, que se pasa alrededor de varios hombres poderosos, alternativamente acosados y que acabó embelecando, mitigando y complaciendo ante el gran jurado. Como una especie de ególatra encogido en un pequeño Hyde sabía —que era el ciudadano más fuertemente observado de los Estados Unidos— que era un gran nombre: un legendario jugador de fútbol, actor ocasional, y personaje fetiche en el mundo de la publicidad de marcas como Hertz. Evidentemente, Simpson comienza la narrativa como una celebridad y, no pasa mucho tiempo, antes de que el resto de los participantes del ensayo terminen uniéndose a la gran representación de la toxicidad del famoso afroamericano de los 90. American Crime Story es fascinante desde muchas perspectivas y, es que ese instante, donde, O.J, asumió el papel —indiscutiblemente— reservado a toda víctima de un crimen: el cuerpo frío e indiferente. Ese mismo, que contrae un karma contradictorio en las diferentes personas subyugadas en toda esta opereta de cariz trágico. Proyectando diferentes deseos y creencias, no confirmar o contradecir nada, lo que permite diversas ficciones que pueden hilar a su alrededor. En precisos movimientos de cámara, obra del excelente operador e iluminador: Nelson Cragg, en la sala del jurado, hasta que ya uno es incapaz de percibir la verdad. Para replicar esta narrativa, Cuba Gooding —que interpreta a O.J.— casi no tiene más remedio que desaparecer de la acción. En el procedimiento de encausamiento, ante el pánico de verse encerrado, el personaje O.J, huye en lo que ya ha pasado a la historia como la retrasmisión de una celebrity dentro de un Ford Bronco blanco, a vista de pájaro, en todos monitores de TV de EE.UU. Enmascarando una imagen de personaje trastornado y adicto a un chorro de estupefacientes con un arma en la mano y otra en el móvil. Es el momento de gloria para los helicópteros de las cadenas televisivas. A lo largo de la gran autopista —libre de peaje— de Los Angeles. Una escapada que ni Godard hubiera imaginado; con medio cuerpo de policía vigilante al hipotético desenlace. Y detrás, del fantoche Simpson, una cohorte de letrados, cajas de caramelos, palomitas, tabloides a diferentes horas, especialistas en psiquiatría y criminalística por la TV convertida en la gran telenovela financiada por los contribuyentes. Una historia —aparentemente— interminable que gradualmente llevó a su fin, lo previsto —perversamente— como meta. Algo tan sencillo y liberador como; la absolución. Otro de los grandes aciertos de PVOJS es el personaje de Robert Kardashian —que interpreta un David Schwimmer— con un aroma a Grammy de este próximo otoño. Su labor como abogado personal y amigo de toda la vida de O.J. Simpson; es soberbio. La recreación del equipo de maquillaje hace maravillas con todo el reparto de la serie. Pero lo de Mr. Kardashian tiene un eco de persistente papel cuché diario o tuit de turno.

The-People-v.-O.J.-Simpson- Fiscal Foto 4

David Schwimmer se mete de lleno, en la historia real del auténtico Robert Kardashian de los 90. Fue el apoyo casi diario de O.J. Simpson que derivó en una amistad más allá de lo puramente profesional. Administrador y garante de todo lo que significaba el apellido Simpson y curiosamente, a medida que iban saliendo más tretas del proceso, asqueado de todo lo que representó el gran Orange Juice. Desde el momento de la contratación del famoso Dream Team de abogados, asesores y resto de especialistas, etc, etc. Hay una secuencia en la que RK se lleva a sus hijos a una comida, donde los chicos se quedan deslumbrados, al observar que la anfitriona lo reconoce, y se presta rápido a ofrecerles a toda la familia una mesa VIP. Detrás otros clientes esperan. Robert Kardashian (fallecido en 2003) ofrece a su prole (Kim, Khloe &Cia) una advertencia acerca de los que buscan la fama. Y como esas criaturas —a día de hoy— no son conocidas. Realmente es chocante lo rápido que encontraron el acomodo en lo del mundillo celebrity. Huelga decir que es uno de esos momentazos brillantes del show, pura ingeniera de guion, de elegante resonancia e ingeniosa ironía. Al igual que otro personaje que no tiene desperdicio; el vanidoso Robert Shapiro, aquí interpretado por un John Travolta muy solvente.  Presuntuoso en sus constantes enredos legales de las contrapartidas de la misma. Además de ser productor de la serie tras quedarse hipnotizado por el proyecto de Murphy, de su propia palabra. Y es que a medida que van pasando los minutos y capítulos se produce una atracción real en esta historia, algo que hace de toda la tramoya legislativa, un juego diabólico, que sigue igual, a pesar de las décadas de retrospectiva. El todopoderoso abogado se vanagloriosa que sabiamente ha detectado algunos tempranos errores de la policía (en el procedimiento del encausamiento de Simpson) y los fiscales de la audiencia de Los Angeles han abierto una ventana inflamable en el tema de la raza. Aunque Shapiro, como judío y blanco, no quiere abril la anilla, de esa lata de gasolina, en vista de los antecedentes, y la previsible nueva reacción de conflictividad social —que podían desquebrajar la gran urbe— de todo lo que significa. Sí que se imagina, en el nuevo rol, de defender a un nuevo cliente, más aún, a sabiendas del personaje y su celebridad como afroamericano triunfador y rico heredero del sueño americano. Ahí es cuando se sube al caballo ganador de introducir en el equipo de la defensa al legendario abogado Johnnie Cochran (Courtney B. Vance, en una actuación salvaje y contundente), que no sólo le da contundencia al equipo de la nueva defensa. Una apuesta, que termina por desbancar del sillón jefe y tomar el control del propio Saphiro y resto del equipo. Erigiéndose en el líder de las exposiciones. En uno de los episodios de la mitad de la miniserie; “La tarjeta de la raza”, la serie se adentra en el fondo de Cochran y su estilo en la defensa de Simpson, en contraste con el conflicto interno experimentado por Christopher Darden (Sterling K. Brown), un fiscal que siempre debe preguntarse si su papel en el caso es meramente la parte de la cuota simbólica racial.

The Dream Team Defense Foto 5

Y es que el propio juicio devoró a todo el mundo, por no decir, que se fagocitó a sí mismo, a través del caos mediático de la inexorable avidez del individuo. The People v. O.J. pone de relieve, el engullimiento de la principal fiscal, Marcia Clark. Representada por la actriz Sarah Paulson (una actriz de enorme talento) del caso Simpson que, en la tradición permanente de la vista, debe asumir no sólo la carga del proceso judicial: sino el ignominioso y cruel escrutinio del pueblo americano. Cuando todo parecía ya resuelto y al final fracasa en el intento. Fracaso no apelable a la propia Marcia Clark. Es el fiasco del sistema y la balanza del cuerpo legal. Pues, desde la perspectiva y el contexto de su significado, son los propios espectadores quienes experimentamos la candidez de Clark sobre su propia notoriedad repentina.  Así como observamos el mecanismo de destrucción de la persona como ser humano. En la ínsula feroz y adictiva del megasintonizador, donde residen los medios de comunicación, los mismos, que despedazaron su actuación en la sala. No fue suficiente, su representación, sino que cada gesto, cada palabra o cada detalle estético se convirtió en un calvario personal. Mientras que paralelamente al affaire O.J. corría su vista privada; la angustia de una atormentada Clark, batallando por la custodia de sus hijas, con su ex esposo. Digamos que ese es uno de los típicos esfumatos Made Ryan Murphy. Como la dedicación de un capítulo con el nombre en tono glorioso de Marcia Clark; esa estoica heroína. A pesar del alto componente capcioso y venenoso del efecto O.J. que hace de la violencia de genero una bomba de plutonio contra la fiscal Clark; “The People v. O.J. Simpson”es una joya televisiva de alto calibre. Hermosa e inestable, pero aquello ya lo dijo Wilder; nadie es perfecto. No obstante, seguimos atónitos desmembrando su ambiciosa producción, la cual, sigue sorprendiendo en un segundo visionado el infalible tono dramático, sentido del ritmo y una dirección artística que quita el hipo. El tiempo podrá declararla como historia de culto y estudio. Pero lo que dejó muy claro este oscuro e ignominioso asunto de O.J. Simpson es que hay un antes y un después desde el discurso a toda la nación de un Clinton superado por la furia de una sociedad libre y envuelta en rabia contenida. Así, como el 11S fue la caída del ícono de libertad en la Babel intercultural del mundo y el revolcón al celoso guardián de occidente. Nuevamente, la creatividad y el trabajo bien hecho redescubren la fragilidad de inmenso país lleno de injusticias y gente maravillosa. En lo que todo el mundo está de acuerdo es la espera del nuevo American Crime Story de Ryan Murphy 2017 sobre las consecuencias del huracán Katrina. A veces, la buena televisión, puede hacerte soñar, tanto como el buen cine; y eso, si que es una gran noticia. Posiblemente, sea ahí, donde resida la gran grandeza de la libertad creativa de la ficción Made in USA. Un talento innato e inagotable… El  Nota: 8,5

Marcia&Chris K.O. Foto 5

 

 

Scandal Sheet (1952)

ScandalSheet

 

Hopper in Gloucester

Edward Hopper's work in Gloucester, Massachusetts and beyond

SOPA DE GANSO

Blog de cine de Jordi Batlle Caminal

El sitio tranquilo

Pequeños relatos, pequeñeces.

Diccineario

Cine y palabras

El dolor sí tiene nombre

Vivir con dolor crónico (Neuralgia trigeminal)

Capricho Cinéfilo.

Blog de Fernando Usón Forniés sobre análisis cinematográfico.

IN THE NAME OF CINEMA

El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine.

Observer

People and Trends

Escrito en negro

La vida no es lo que esperabas, nena

Mundo Lumpen

Al filo de la marginalidad y el glamour

CINEBEATS

Confessions of a Cinephile

La mano del extranjero

Blog sobre ficciones del cine, la literatura y el cómic

Tras la última tormenta

Retazos de una vida

Discover Medical London

Find out how one of the world’s greatest cities became an international capital of medicine with our guided walks, tours and events.

rompepaginas.wordpress.com/

Blog de libros young & foolish

Dr. Insermini

Paint It Noir

Doctor Zito

Zitius, Altius, Fortius.