Lou Reed,2 de marzo,in Memoriam

 

UNSPECIFIED - CIRCA 1970: Photo of Lou Reed Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

 

Somos muchos los que apenas podríamos imaginarnos que significa meterte ese sucedáneo tan goloso llamado morfina: el alma mater de esa sustancia llamada heroína. Lou Reed, sí que lo sabía. Posiblemente, en exceso. Es un viaje a la quietud, la felicidad y la retirada de lo existente a tu alrededor. Una huida sólo para paladares, que saben de buenos cocineros; aquellos que extraen —de la bella flor original— la diacetil morfina 100%. W. Burroughs sabía mucho sobre heroína y un montón de sustancias penadas por la ley. Vivió 83 años. Su prosa y vida inspiró la cultura Underground. Ese submundo de carácter urbano, lumpen callejero, seres y criaturas que nadie quiere ver ni tener; los incomprendidos, y, sustancialmente, los perdedores. En ese detritus, se forjó el poeta neoyorkino: Lewis Allen Reed. Mejor conocido por sus fans como “Lou” y por sus amigos más cercanos como “Lulu”. Una de mis canciones favoritas ha sido, es y será, “I’m Waiting for the Man”. Un relato en primera persona sobre la compra de polvo afgano en Harlem, mientras esperas angustiado a tu dealer. Pura experiencia personal del propio Reed, un consabido adicto a las drogas. Ellas, han sido parte de su vida. Y según dicen todos los galenos, lo que llevó a Lou —en sus últimos años— al conocido y desastroso cuadro hepático. En abril de 2013 le fue trasplantado un hígado, que inicialmente fue un éxito. Desde aquel marzo de 1942 hasta hoy han pasado 75 años. 71 (cuando se nos marchó) años, donde, bromeaba con colegas del oficio quién sería el siguiente acompañante a la otra dimensión, cerca del maestro Hendrix. Lou Reed se ha marchado. El chico de Long Island, ya no está con nosotros, mientras suena su música de fondo. ¿Qué hubiera sido de la historia del Rock sin Lou Reed? No me lo imagino. El adolescente incomprendido por su familia. Un chico, que muy tempranamente manifestó una orientación sexual ambigua, pero honesta y consecuente. Algo, que le costó ser tratado con terapia electroconvulsiva en un viejo manicomio, para “curar” su inclinación sexual —Barbarie de método—, práctica, que se documenta en la canción “Kill Your Sons”(1974).

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Reed siempre utilizó New York como fuente de inspiración musical. Algo así, como Woody Allen y su imperecedero plató de rodaje favorito. Al poco tiempo, llegó la literatura inglesa y el periodismo en la Universidad de Syracuse en 1960. El periodismo, el cine, la poesía, la literatura y cómo no, la música. Ésta, fue su gran pasión. La mejor droga que había probado. “Cuando llegué a la universidad, yo quería escribir la gran novela americana” (Sic) “Pero me gusta el Rock & Roll. Así que yo quería utilizar temas de adultos, los temas de las novelas, en las canciones. Una manera de ampliar los parámetros de mi realidad y una forma de introducirme, en lo que estaba escribiendo acerca de temas pop.” (Sic). Es Pickwick Records, el punto de partida donde como compositor, escribiendo cancioncillas Pop, para irse curtiendo oficio, A pesar, de estar empapado de mil influencias musicales. Y el lugar donde se produce uno de los momentos cumbres del Rock; el encuentro entre Reed y Cale, que desembocó en la formación de la legendaria Velvet Underground. Junto al guitarrista Sterling Morrison y la batería Maureen Tucker. Andy Warhol consiguió el mecenazgo del grupo —que fue incluido en el Rock and Roll Hall de la Fama en 1996— y lo hizo gracias a sus innovadores manejos del marketing en la multidisciplinar Factory. Mezclando la música —unas letras de un inspiradísimo Reed, donde las odas a las historias de yonkis, travestis, prostitutas, fauna urbana y depravación sexual, se solapaban entre tonos mundanos del nuevo trovador del rock sucio— con el arte y un merchandising espectacular del simbolismo francés. Vendiendo unos trabajos extraordinarios donde esas canciones sonaban, como las nuevas flores del mal, de un Baudelaire neoyorkino. El legado de aquel encuentro fueron cuatro álbumes estratosféricos.

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Un pequeño flashback que nos aluniza, al breve período como oficinista, en la empresa de su padre, Reed se decidió a lanzar su carrera de solista en 1971. Un álbum homónimo, a modo de debut, para calentar motores y seguidamente, la joya de Transformer, co-producido por David Bowie y el guitarrista Mick Ronson. El álbum llegó al número 29 en el Billboard 200. Aparecían canciones como “Vicious”, “Perfect day”, “Satellite of love” y la legendaria/ultraconcocidísima, “Walk on the Wild Side”. Su letra levantó una polvareda, en torno, a sus polémicas referencias a travestis y fellatios en un tono rompedor. La cuestión, es que la mítica canción alcanzó el número 16 del Hot 100. Caprichos de la hemeroteca y el paladar del personal más adicto, a la gloria de la gramola comercial: aquella canción fue su único hit del Popstar. En el fondo, aquel tema rezumaba una gran ovatio a los explosivos años del personal —más transgresor— que rulaba por la Factory de Warhol. Los iconos de Ginsberg y Genet eran sus mutaciones en calidad de solfas. Posteriormente, siguió con esa atmósfera oscura y lleva de tristeza envuelta en una imaginería sadomasoquista del exitoso Berlin. Ahí, se rodeó de músicos tan solventes, como Steve Winwood, Jack Bruce, Michael Brecker o el joven prodigio Steve Hunter. También, es un punto de partida hacia ese status de outsider y persona nada sociable, que condicionó una larga parte de su carrera. El abuso de las drogas y los problemas domésticos estuvieron a la orden del día. Un Lou Reed, obstinado en desafiar al público con salidas de tono muy absurdas. Empero, había nacido la estrella mundial; Lou Reed. Rolling Stone dijo sobre este álbum: “es tan claramente ofensivo, el cual, produce un deseo de tomarte la venganza física por tu cuenta sobre el artista neoyorkino” (Sic). Incluso se le tildó, “de completo pervertido depravado y patético enano mortal” (Sic).

AMSTERDAM, NETHERLANDS: Lou Reed posed in Amsterdam, Netherlands in March 1975 (Photo by Gijsbert Hanekroot/Redferns)

Mayor escándalo produjo su siguiente trabajo, el cual, fue reprochado por la crítica oficialista: como una banalidad de la historia del Rock en 1975. El doble álbum Metal Machine Music inspirado en la música electrónica y experimental lleno de una acústica bizarra. Muy difícil de comprender, pues muchos de sus fans asumieron, que se trataba de una broma retorcida. Pero de Reed es comprensible: la genialidad levita por encima de la mediocridad. El duende de Long Island lo hizo y punto. Aquel disco, que puso fin a su relación con RCA, en plena década de los 70. No sin antes, dejarnos otro trabajo muy apacible y hermoso; Coney Island Baby. Temas bellos y cercanos de un Reed —aparentemente calmado— con guitarra, bajo y batería, a modo de homenaje, a los deliciosos viejos tiempos con la Velvet. Así vivió durante muchos años Reed, dándose sus andares de pasarela y divinity. Entre pitadas y escapadas a puerta de escenario. En España organizó una memorable, a principios de los 80. Esa, la recuerdo porque un viejo amigo, la comprobó in situ y se escribió una maravillosa crónica, en la fascinante Popular 1. Siguió con su vena experimental y apareció con The Blue Mask (1982), como de refilón. Sin hacer ruido. Entre la apatía de la crítica y una relativa desidia de sus incondicionales. Eran los tiempos de Superestrella del Rock Reed. Vivía al margen del mundo humano.

 

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Hasta que en 1989 volvió a demostrar, que el duende no lo había perdido, con “New York”. Un disco a la altura de “Transformer” que nos devolvía al poeta y cronista del New York, oculto entre perdedores y outsiders. Son los 90 y parece que La voz de “Satellite of Love”, animó el nuevo renacimiento de su carrera. En 1990 grabó con John Cale, ex compañero de la Velvet Underground, el álbum Songs For Drella, letras que homenajeaban al genio de Poe y cómo no, al rey del pop-art Andy Warhol, el cual,  actuó como catalizador, para un apasionado quorum de la Velvet Underground dos años después. Esta reunión se produjo, grabando el álbum en directo, “Live MCMXCIII” en 1993. El resto, lo han dicho todos los medios y es de sobra conocido. El último viaje, ese artista que no tuvo reparos en tocar con la banda de Thrash Metal, Metallica en 2011 “Lulu”; un hermoso cumplido a la diva del cine mudo, la inefable, Louise Brooks. Actriz norteamericana, que se convirtió, en la interprete fetiche, del maestro alemán G.W.Pabst y su Caja de Pandora (1928). Letras que trascienden la esencia de la obra teatral, in situ, y el camino hasta el infierno de esta femme fatale, en su encuentro con Jack “el destripador”. Ironía y crudeza, al son, de los acordes salvajes de Kirk Hammett. De nuevo, rompiendo con lo establecido, puro Reed. Y es que es, solamente, aquel chico con chupa de cuero, que paseaba de Harlem a Coney Island era un personaje sui generis. No muy conversador, dependiendo, del interlocutor. Solitario y creativo. Su nombre de pila es; Lewis Allen Reed. Para los amigos, Lou Red y los íntimos, Lulu. Sigue descansando en paz y saluda a tu viejo amigo, Bowie. Parece que fue ayer, pero han pasado casi cuatro años, mañana puede que llueva en la Malvarrosa; otro Coney Island. Gracias por todo lo que nos diste.

                                                                                                                                                                                                                                       Artículo publicado en la revista Culturamas  (2-XI-2013)

 

 

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The best albums of 2016

  1. David Bowie “Black Star”

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2.   Radiohead “A Moon Shaped Pool”

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3. Nick Cave&The Bad Seeds  “Skeleton Tree”

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4. Iggy Pop “Post Pop Depression”

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5.  The Hotelier “Goodness”

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6. Alcest “Kodama”

 

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7. Charles Bradley  “Changes”

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8. Leonard Cohen “You want it Darker”

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9. Lucinda Williams “The Ghosts of Highway 20”

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10. Sticky Fingers “Westway” (The glitter&the slums)

 

 

 

 

Vinyl (2016) “25 years less and so happy”

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El episodio piloto de la veterana e intocable, HBO, en su incansable búsqueda por la ficción de calidad; nos ha traído Vinyl—todo el mundo sabe lo que significa— un producto, que se definiría en tres nociones: Sexo, drogas y Rock&Roll. Nueva serie que, el canal lleva promocionando, desde el último mes de diciembre pasado; como su gran apuesta por sentar—nuevamente—catedra, en esa máxima, por la libertad creativa de la ficción Made in USA. En esta ocasión, repiten formula con un dueto, bien avenido, de la añorada y magistral Boardwalk Empire: Martin Scorsese y Terence Winter. A este dúo hay que añadirle el morbo de la estrella de los Stones, un gran amigo, del legendario director neoyorkino; Mick Jagger. Obviamente, el proyecto, pueden ir imaginando, que itinerario tomará. Bien, en principio, creo que han acertado: Vinyl es un drama —en toda regla— centrado en el mundo del Rock con ecos a biopic y la mácula del crimen pseudomafioso. No olvidemos que en el apartado de la producción ejecutiva están; Allen Coulter de Los Soprano (1999), George Mastras de Breaking Bad y (2008) John P. Melfi de la sensual Flesh&Bone (2015). Series que se caracterizan por unas virtudes muy específicas. Luego, como concepto, en sí, de su planteamiento: es original. Matizo y pongo el énfasis en el significado de la propuesta. El protagonista del show es el actor italoamericano, Richie Finestra (Bobby Cannavale) presidente ejecutivo del sello discográfico American Century. La primera secuencia vemos al personaje, en una esquina del Soho, al lado de un dealer, dentro de su Mercedes comprando cocaína y desesperado por esnifar el material. Una vez adquirido, comienza el estado de taquicárdico de Finestra, tras la inhalación de un par de líneas. A lo lejos, a través, del cristal las oscuras y sucias calles del barrio. Inmediatamente, el punto de éxtasis del subidón andrenalínico; se observa un abarrotado club de aquel convulso Nueva York de 1973. De repente, está dentro y alucinado con el concierto de la famosa banda de Rock-glam, The New York Dolls, mientras tocan “Personality crisis”. Así arranca el legendario director de Queens, MS, el show. A modo, de deuda personal, transformada en un proyecto entusiasta pero fallido —bajo mi punto de vista— pues, el principal problema con este denso episodio piloto; es que se quiere decir tantas cosas al público sobre la Ciudad de Nueva York en 1973 y de su escena musical, que se olvida de mencionar el porqué central de la historia. En ese entusiasmo desmesurado termina atropellándose de pastiches y tópicos, por momentos mareantes. Vaya por delante, que según relató el mismísimo Jagger, Vinyl era una historia que, inicialmente, iba a ser un largometraje. Bien, la verdad, que no será por metraje, ya que para la presentación de la misma, han contado con 120 minutos, en lo que podíamos denominar: un largometraje en toda regla. Es decir, toda la vieja pirotecnia —de las antiguas películas— factoría Scorsese; recreando con habilidad, garbo, y, el continuo ritmo adrenalínico. Bien, si volviéramos a la esquina del Soho donde nuestro personaje ve caer delante de sus narices el viejo Mercer Arts Center.

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Entre la alucinación y la zozobra de los ladrillos cayendo junto con la vetusta lámpara de araña: el piloto está lleno de adornos gastados, incluso, ya algo reiterativos. A uno, le viene el recuerdo de hace 22 años, la primera vez que vi “Goodfellas” (1990). Es fácil sentirse hastiado, de la reiterada narración, de abertura Made in Litle Italy. La apuesta de la voz en off —el enésimo recurso de cicerone— que la explota hasta la extenuación. Todavía le hace parecer más melancólico que el interés del contexto de aquellos setenta: “Tenía un oído de oro, una lengua de plata y un par de pelotas de hierro”. ¡Pero el problema era mi maldita nariz que era insaciable, aspiraba como un oso hormiguero!  Todos hasta las trancas de polvo cristalino colombiano, fumando, bebiendo Coca-Cola, envueltos en sus llamativos trajes de solapas patas de cangrejo, hablando —espíticamente— sobre de la esencia del Rock and Roll y cómo afrontar sus propias dudas y problemas financieros de la discográfica que dirigen: American Century. El sello muscial está en un punto del disparadero, pues, la competencia tras 20 años en el candelero es feroz. Bromean con sus siglas, llamándola, American Cementery. La única opción en unos tiempos tan complicados para la supervivencia de las discográficas independientes; es que una gran multinacional del sector los absorba. Y es cuando, por esas cosas del azar, el legendario sello alemán PolyGram quiere adquirir a AC. Finestra y socios; su mano derecha, Zak Yankovich Jefe de Producción y contratos (Ray Ramano), el jefe de ventas Skip Fontaine (J. C. Mackenzie), junto con el tercer socio y abogado de la compañía Scott Levitt (P.J. Byrne). Este trío podría ser el alter ego, de los gangs, prototipo de la historia contemporánea norteamericana; esas tres culturas donde se asentó el crimen organizado: italianos e irlandeses católicos y judíos. El mayor problema de AC es su falta de grandes éxitos de sus representados en los últimos tiempos. Sobreviviendo de los derechos de autor fritos por la polilla, como su vieja estrella, Donny Osmond. Igualmente, que la búsqueda por encontrar financiación, genera una dependencia de idénticas proporciones a su consumo de psicotrópicos, con los servicios de emisiones de la radio comercial. Han sobornado a todo tipo de gente, han falsificado la contabilidad y viven de pose en pose. No obstante, en ese juego de apariencias, American Century tiene un as en la manga que jugar: Led Zeppelin, quienes Richie espera firmar con Polygram. Empero, Vinyl tiene sexo, drogas, asesinato, estafa, Doo-Wop a tutiplén y hasta un clip de Bo Diddley tocando “Hey BD” en la piscina de la casa de RF, en el día de su aniversario cumpleaños. Esta última, tomémosla como una broma ilusoria muy divertida, firma de la factoría Winter&Cia. Luego, partiendo de todos estos mimbres y estándares del rey del cine de Scorsese. A uno se le viene la pregunta del millón: ¿Si todo es tan chulo e idílico, entre un ávido bombardeo visual, hasta el núcleo de nuestras retinas con subtramas y más subtramas, tiene lógica recordar el argumento central? La respuesta que observo; es el elevado calado de este proyecto. Pues, sólo, un excesivo prurito —del propio Scorsese— en su estado de excitación por abarcar demasiado, se asemeja a la ansiedad de su protagonista. Tanta voracidad que acaba por fagocitar la línea narrativa, lo que termina incrustándose en el esófago del personal. Del mismo modo, que una groupie de 1973, en plena gira de los Stones.

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Evidentemente, no vamos a descubrir al gran Marty, una de sus señas de identidad, ha sido su gusto por lo descomunal y presumiblemente abundante, como para permanecer centrado en el auténtico ardid del mensaje central: el negocio de las discográficas en la década de los 70. A partir de esa premisa, el análisis del contexto socio-histórico-cultural de aquel momento en NY es muy interesante. Cualquier entusiasta de la buena música algo ilustrado sabe que es una de las épocas más fecundas del Rock. De repente, Scorsese, Jagger y Winter se ven deseosos de revelar; el cutre negocio de una discográfica de comienzos de la década de los 70. La historia de un chico intentando conquistar sus deseos más retorcidos, el nacimiento del punk-rock o el ego de la época. Y es que su extenso metraje, evidentemente, lo sustenta la celestial BSO y algún chispazo ingenioso —propio— de la reputación, de quienes escriben esta historia. Sin embargo, no se puede pegar un volantazo, desde el Madison con una discusión de Finestra con Robert Plant de Leed Zeppelin, por esa falta de lealtad (todo ello tras una gran  bronca con Peter Grant, el mítico manager de los LZ y los Yardbirds interpretado por el actor británico Ian Hart, presentado aquí, como un representante agrío y tacaño) del propio RF con su grupo estrella, minutos antes de salir al escenario, y sincopadamente, nos aparece una escena de la discográfica, donde se está debatiendo sobre el descubrimiento de los suecos ABBA. Vinyl se aturulla. Este contratiempo podría destruir el acuerdo con PolyGram y Richie sólo ve más y más problemas financieros; lo que significa malas noticias para su acogedor hogar con su esposa, Devon Finestra (Olivia Wilde) y los niños en su mansión señorial de Greenwich (Connecticut). Cuando, de repente, todo el mundo está en la gran mansión de Richie, preparando su fiesta de cumpleaños, donde su esposa, Devon hace un emotivo brindis y cuenta la historia de cómo ella y Richie se escaparon de Woodstock porque estuvieron muy ocupados disfrutando, de los placeres conyugales, en su confortable dormitorio. Por instantes, todo es felicidad en el universo de Richie Finistra y Devon; la versión satisfecha de una Betty Draper infrautilizada viviendo una vida de princesa en su lujosa mansión de Conneticituc se encarga, de que el aniversario de Bobby, sea una noche inolvidable de emoción y complicidad. Pero, Richie, tiene que lidiar con un gran problema que le persigue como una sombra; “el puto amo” Frank “Buck” Rogers (Andrew Dice Clay), un tipo nada agradable y encharcado hasta las trancas en alcohol y cocaína. Amenaza a RF con boicotear el álbum más reciente de la reliquia dorada: Donny Osmond. Pues, muy a pesar de su aroma a alcanfor seguía siendo muy comercial y demandable en las ondas radiofónicas. RF recibe la llamada del intermediario Joe Corso (Bo Dietl) —jefe de promoción y enlace con el hampa— de la cadena de Buck. Éste, le dice que desde la fiesta en el burdel no ha parado de esnifar ingentes cantidades de polvo colombiano y sólo quiere hablar con él. Richie sale de su mansión, en Conennticut, y viaja en su Mercedes, hasta la finca del puto amo de las estaciones de radio de EE.UU, en Long Island. Llegados, a este momento, lo primero que te viene a la cabeza es la secuencia de Boogie Nights de Paul Thomas Anderson y el robo de la supuesta estrella del porno, Dirk Diggler (Mark Walhberg) en la casa de aquel Alfred Molina que simulaba al gangster (Eddie Nash). Todo pasado de vueltas, desnudo con una bata y bebiendo, junto a un chino que encendía petardos constantemente. Aquí la situación es idéntica, el tipo, tiene un gran parecido a la ex estrella del porno Ron Jeremy, mientras juguetea con un 38. Hasta que intenta besar a Richie y la cosa se sale de madre tras un forcejeo. Algo que se puede interpretar, como enfrentamiento a sus miedos, Buck es un tipo violento y engreído, que en esa relación amor/odio; desprende un aura de enamoramiento fingido. Y sólo, las manos de Buck en el cuello de Richie pueden frenar la frustración de éste.

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Finalmente, Joe coge un micrófono de cristal —premio de los certámenes de empresas de radio— como productor y empresario, y, golpea la cabeza de Buck. Cuando, creen que esté puede estar muerto, vuelve a moverse y es ahí cuando Richie, emulando a un Joe Pesci, destruye lo que queda del micrófono de cristal en la cabeza hasta convertir su parietal en cartílago gelatinoso con la masa encefálica. Sorprendido y aterrorizado por lo que acaba de suceder, Richie está flipando y patidifuso. Joe le dice a Richie que sabe como deshacerse del cuerpo. Lo sacan de la mansión en una estera y llevan, el cuerpo, en el maletero del automóvil de Joe, hasta que llegan a un descampado cerca de los suburbios del extrarradio de la ciudad, donde hay una gran agujero. Joe coge el muerto y lo tira. Cuando Richie regresa a casa, comienza a beber como un descosido; ya no es el limpio y sobrio Mr. Finestra, el hombre imaculado y rehabilitado, que se había ganado el respeto de su esposa, sino todo lo contrario: un Mr. Hyde descontrolado y borracho. El confortable y agradable estilo de vida lo lanza por la ventana. Ya en ese estado de enajenación —botella de Chivas 12 en mano— inicia una pantomima a lo Bo Diddley con su guitarra Gretsch. El regalo de su aniversario, con el que sus socios, y amigos de American Century le entregaban con orgullo. Su esposa, Devon, aparece en escena, pues, el escandalo que está armando es insoportable y le lee la cartilla. Él, es una caricatura, que no sabe ni lo que dice y le invita, a unirse al esperpento; que beba con él. Ella bebe de la botella y escupe el trago en su cara. Uno de grandes focos de atención y aciertos, en todo este puzzle aturullado, es el actor Bobby Cannavale, quien ya ganó dos Emmy por Boardwalk Empire (2010) y Will&Grace (1998). Lo recuerdo en una magnífica película de Michael Cuesta, “Roadie” (2011) donde ya se le apreciaba una vis perfecta, para este mundo del Rock&Roll. Su mera presencia y gesto es pura provocación. En esos primeros 15 minutos deja muy claro el fuste y su calidad interpretativa. Ahora que todo el mundo de Richie Finestra parece derrumbarse. Comienza, el runrún por una de las perspectivas, que genera más desesperación en el espectador: la pose Don Draper. Ese cigarrillo siempre entre sus dedos, que se quema en el sillón de ejecutivo de su apartamento personal, mientras escucha presuntas maquetas de grupos que buscan con anhelo en una discográfica que hace aguas por todos los costados. Al tiempo que esto está sucediendo, un flashback nos retrotrae a 1963 cuando Richie no era más que un joven camarero. Una noche, oye el alma sacudida del blues de Lester Grimes (Ato Essandoh) y se ofrece para conseguirle una gran carrera musical y lo que termina es por destruir la vida de Lester. Mientras tanto, la oficina de NYC de American Century tiene un visitante algo persistente llamado Kip Stevens (James Jagger, hijo de Mick) que no dejará de persuadir a la compañía para dejarle la maqueta de su banda, Nasty Bits. Aquí tenemos otra de las apuestas de casting del proyecto, Jamie Vine (Juno Temple), la cual, se ha planteado ser la descubridora de esta nueva banda. Un trabajo masculino, hecho por una fémina atrevida y valiente. De nuevo, entra el karma de Mad Men, ya que su personaje sería el alter ego de la emblemática, Peggy Olsen. La atenta secretaria/recepcionista que asiste a Richie Finestra y asume el rol, en el sello discográfico, con asertividad. Obviamente, se siente con las fuerzas y ganas para dar ese salto como promotora y ojeadora de nuevos talentos. Además, es el camello de confianza en la discográfica de Richie (un elemento muy Breaking Bad). Ella, se va al concierto de los Nasty Bits.

 

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Un espectáculo que termina en pelea entre la inexperta banda y público —en una especie de perfomance— versus Sex Pistols e Iggy Pop. Puro atisbo de proto-punk, liderado por Kip Stevens. Tras el concierto se acuestan y tienen sexo. Al poco tiempo, ella cuando se levanta del camastro y se arregla. En ese mismo instante, KS está preparándose un chute de heroína, y pone cara de póker. La historia, ahora, se traslada a la incertidumbre del resto de empleados de la discográfica, ya que una vez PolyGram compré A&R: todos se verán sin trabajo. El edificio entero es la vida del propio Richie, que ve como se levanta de los escombros, entre la alucinación teñida de cocaína y lo dantesco del personaje; algo le está diciendo que hay que pelear. ¿Se revela este Richie como el Superhombre? Eso es desconocido, pero lo que sí se sabe es que el hombre que surgió de los escombros está planeando algo grande. RF tiene la solución a todo este caos que ha dispensado los 120 minutos de locura y disparate. Un emboltorio gigantesco —muy Made in Scorsese— ya lo hemos mencionado, anteriormente, pero pisando demasiados charcos incongruentes o lo que es lo mismo: la superposición de ambas historias, no tienen el suficiente tiempo para impregnar y generar un humus suficientemente compacto. Los derroteros de un contexto subcultural son tan voraces, que el vademécum musical no aguanta el lastre para estirar la continuidad narrativa del guion. ¡Demonios! ¿No recuerdo en la historia sobre grupos de Rock un asesinato como subtrama intentando acaparar la curiosidad del espectador? Si que conocemos movidas de tipos muy sui generis como Keith Moon o estrellas del Rock; subida y caída libre de los ídolos. ¿Empero una trama criminal, en la que ni siquiera encontramos antagonista del propio Finestra? Hay como una manta fina que deja la pelusa de acrílico, que desprende, un plomizo aire pestilente a nostalgia en Do mayor. Aquí y allá, tenemos atisbos de subculturas sórdidas y espectáculos animados. Scorsese pone una factura espléndida como viejo zorro que es, pero independientemente, del gran trabajo de fotografía de Rodrigo Prieto, la dirección artística y los efectos especiales para recrear el contexto. Algo falta, no engarza. Marty sigue ensimismado con llenar el show de sonidos de Slade y Otis Redding, junto con toques de Punk, Rock-glam, y los primeros signos tempranos de Hip-hop por las calles del Bronx Sur. No muy distinto de su obra maestra Boardwalk Empire, pero en esencia, es sólo un sucedáneo de aquel encanto poético y fascinante de Nucky Tompshon. El espectáculo mejora tras abandonar algunas de esas escaramuzas del pasado. Sin embargo, esa aureola a Old fashion y anhelo de dulce pájaro de juventud, del maestro de Queens, la misma que toda su vida viene escuchando la mejor música del mundo, le pasa factura. Qué pena, pues ha hecho unos documentales de la historia del Rock que son patrimonio cultural del propio movimiento sociológico: maravillosos. No sé, puede que David Chase tenía la clave de toda la historia de la gran novela (digo novela y no serie) americana: Los Soprano. DC, dixit; los Soprano la tenía que haber hecho Dylan, Costello y los Stones. Lo dicho, un gran espectáculo tremendo, a medias, entre la falta de brío y una definición más transparente de la historia que nos quiere contar. Una serie discutible, y de obligado visionado para todo melómano, ya que el prisma óptico, sin quererlo, te hace perder objetividad. Creo que Marty, como el que teclea quisiera tener 25 años menos. Nota: 6,2

The best albums of 2015

1. Alabama Shakes “Sound&Color”

 

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2. The Sonics “This Is The Sonics”

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3. Wilco “Star Wars”

 

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4. Courtney Barnett “Sometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit”

 

 

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5. Sufjan Stevens “Carrie & Lowell”

 

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6.Father John Misty “I love you, Honeybear”

 

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7. Sleater-Kinney ”No Cities To Love”

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8. Richard Hawley “Hollow Meadows”

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9. Björk “Vulnicura”

 

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10. Jason Isbell

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Jimi: All Is by My Side (2013) Why?

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Hay cosas en la vida que tienen un precio impagable. Una de ellas —montarse en una máquina del tiempo— para acercarse al espíritu de una de las etapas más fecundas en la historia del Rock. Vaya por Dios! Sigo embobado con las lecturas de Wells y las pelis de Kubrick. Seamos realistas, a finales de la década de los 60 apareció el mayor genio de esto que llamamos Rock en estado puro. Bueno, entre lecturas y más relecturas, todas ellas conjugadas con mi enfermedad crónica; a veces puedo escribir unas pocas líneas. Otras veces, el dolor, sólo me da tregua en la cama, con el cuerpo envuelto de morfina de última generación. La cuestión es que no paro de escuchar Purple Haze, Little Wing o Voodoo Child del zurdo de oro; Jimi Hendrix. Y toda esa música me persigue a lo largo del último mes. La vida suele ser caprichosa: es evidente. En demasiadas ocasiones; azarosa y fantástica. El Rock&Roll se ha dejado la piel en intentar contarlo mediante letras fascinantes y acordes celestiales. Bien, siguiendo con el devenir de los acontecimientos. No hace mucho tropecé con esa providencia que te llena de gozo. Un viejo amigo, que es hombre de radio, y, de muy buena música; Paco Cremades. Ahora en la 99,9 Valencia Radio. Me invitó a su nuevo programa tras casi treita y tantos años de vidas separadas, pero como le gustaba al bueno de Carver decir: A veces se cruzan. Paco presenta un programa cojonudo, que suele rematar con la gente de esta ciudad, los cuales, hemos sido luciérnagas de agitación musical, cinéfila o literaria y etc. Es un espacio muy interesante, donde el gran Paquito, te lo pone absolutamente dificilísimo: elige las 5 canciones de tu vida. Imagínenselo, el vademécum musical de un servidor, en sólo 5 temas. Elegí en primer lugar Purple Haze del glorioso Jimi Hendrix. Antes de escuchar el tema, Paco me dijo: ¿Por qué has elegido esta canción, Jon? Mi respuesta fue sencilla y divertida. Me encanta, amigo. Ahora, cuando entré a valorar e intentar explicar algo de la figura de Hendrix, Paco me decía: Corta, Jon, que nos quedamos toda la noche hablando del duende de Seattle… Es obvio, se podría estar hablando un año entero de su obra y posiblemente, al año siguiente la tertulia seguiría igual de eléctrica. Bien, una vez aclarado el punto de arranque sobre el personaje a valorar, retomamos el análisis de este antojadizo film —del nuevo biopic musical — estrenado el año pasado, y, que hace unos días pude visionar.

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Hablamos de una película, en torno, a la figura de Hendrix. “Jimi: All Is By My Side” (2013). Es un film que no fue estrenado en España ni fui capaz de localizarla vía DVD. No obstante, gracias a esto, de las nuevas tecnologías: di con él. La verdad que toda esa ilusión de este último mes quedó por los suelos tras unas larguísimas dos horas visionado. El film está escrito y dirigido por John Ridley. Un cineasta conocido —principalmente— por sus credenciales, como el guionista de “12 años de esclavitud” de Steve McQueen (ganador del  Oscar al mejor guion adaptado de la Academia de Hollywood). Maravillosa película y una historia muy bien escrita. Es evidente, el sublime esfuerzo, por parte de John Ridley. Actualmente, en la TV, con una miniserie que ha recibido el aplauso unánime de la crítica: American Crime (2015). Luego, una cosa es pretender crear a base de rodar cosas, que todo aquel, bien avenido, en el negocio audiovisual pueda llegar a encandilar. Eso sí, también hay que contar con la variable de la exasperación con el más advenedizo del entretenimiento de la gran pantalla. Ridley debutó como director con un bodrio llamado; “Cold Around the Heart” en 1997 con David Caruso (el pelirrojo de CSI Miami). Lamentable en todos sus aspectos. A modo de una especie, de comedia negra con el trasfondo de unos ladrones de tres al cuarto. De ahí hasta, ésta, Jimi: All Is by My Side. JR ha escrito buenos guiones, esencialmente, para la televisión, capítulos de “Turno de Guardia” que se emitió entre 1999-2004 y alguno para el cine, caso de las estupendas; “Giro al infierno” (1997)“Tres reyes” (1999) . Sin embargo, Jimi Hendrix es algo demasiado grande. Muy grande, querido Sr. Ridley. Además me hago las siguientes preguntas a mí y a Ud. ¿Cómo se puede concebir un film que hable de una de las mayores leyendas del Rock sin su música? Más aún, cuando Ud. sabía de sobra, que nunca podría utilizarse el más mínimo acorde, de las míticas canciones del genio de Seattle. Obviamente, si no estamos delante de la pantalla para disfrutar de la música, entonces ¿qué hacemos aquí? Aquel músico deslumbrante lleno de personalidad y vida social. ¿Cómo puede ser sustituido la mera presencia de su voz, si lo que nos plantea Mr. Ridley es el vacío más aséptico en muchos años? John Ridley se acomoda en la pretenciosidad y la indulgencia de un hipotético cineasta de autor, y, para mayor inri, se arma de valor, presentando, al gran Jimmi Hendrix más parsimónico de higiene sexual, racial y política de los años 60.

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Un Hendrix desde un prisma lisérgico, que es el caleidoscopio, de una sociedad bulliciosa y convulsa, a través, de una  mirada autocomplaciente. El director nos presenta una lánguida psicología del mito y su devenir por el Londres de mediados de los 60 y poco más. Fetén. La tristeza se apodera de servidor, en el salón de casa, que comprende un poco más, a algunos avispados distribuidores, a la hora, de elegir el pescado que vender al espectador. Es increíble e insisto en esta cláusula del contrato de la película. Si vas a hacer una película sobre la vida de Jimi Hendrix sin poder utilizar una sola canción suya, mejor salta del piso más alto de tu edificio o vuelve al set de TV. Todo ello está muy claro, Sr. Ridley, ya que los propietarios de los derechos del legado musical de Jimmi Hendrix son propiedad de Experience Hendrix LLC v PPX Enterprises Inc., quienes le dejaron muy claro, que no se los otorgaría a Ud. y a su productora audiovisual; si el fondo de gestión no tenía una participación completa en la producción de la película. No pasa nada. El ínclito guionista y productor John Ridley con unos 5 millones de dólares, lo tuvo muy claro desde el principio; ya que Jimi no será el clásico biopic lineal de la época y Ridley tiene en mente un historia apasionante, envuelta, de un montón de imágenes de archivo de los 60. Pero aborda su tema con una sensación de caduca nouvelle vague de querer y no poder. André Benjamin /Jimi Hendrix  —o mejor dicho sea— para los colegas; André 3000 ha llegado. Un artista con una pobre experiencia como actor y de triste CV.  Lo localizamos en un film de  John Singlenton, “4 hermanos” (cineasta venido a menos). Así como una película completamente olvidable de G. Ritchie, que se llamaba “Revolver”. Incondicional en cameos para series de televisión adolescentes y Late Nights Show. André 3000 tiene una relativa reputación como músico rapero, pues el líder de su grupo; Outkast. Banda que alardea de jugar con muchos géneros musicales, desde el hip hop al funk alternativo. Algo que siempre es bienvenido: el interés por la música y la experimentación. Ah!, se me olvidaba. Nuestro carismático líder nunca más volverá a cumplir 39 años, pues ya tiene 40 tacos. ¿Recuerdan la edad de nuestro querido Hendrix? AB ofrece un rendimiento cerca de lo insustancial y anonadado. Difuminando la línea, que separa al actor  del personaje, para la grandeza del enorme JH. Benjamin es Hendrix, desgraciadamente, porque las cosas son así. En un papel completamente plano y sin verbo. AB capta un profundo retrato de un artista impulsado por la potencia de la música y su conexión con el espíritu humano que le llevará a tierra de nadie.

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La torpeza y lo desatinado del conjunto no tiene nada que aportar a la intensidad de un músico racial y atrevido con una guitarra. Mientras que ninguno de los actores tiene mucho que trabajar en términos de profundidad. En el caso de las féminas, las actrices, que aparecen dan un resultado excelente y posiblemente, sean lo mejor del olvidable film. Andre Benjamin es evidente que, como todo aquel bien ceñido a la profesionalidad, llega a sentirse parte del auténtico Hendrix. Empero el carácter —de sí mismo— es más bien una caricatura, de lo que realmente era el auténtico artista. No obstante, descubrimos unas cuantas alegrías en el resto del reparto que acompañan a nuestro querido rapero/Hendrix. Bien, en la otra orilla, nos encontramos con el contingente femenino, y el resto de actores, de reparto encabezado por Linda Keith (Imogen Poots) una joven actriz con un currículum muy interesante; 28 Weeks Later con JC Fresnadillo, Centurion de Neill Marsall, El último concierto al lado del desaparecido Philip Seymour Hoffman, Flith “el sucio”, Lío en Broadway de Peter Bogdanovich. Y este año acaba de rodar Knight of Cups el último film de Terence Malick. Después tenemos a la novia británica de Hendrix; Kathy Etchingham — realizando su papel con gran solvencia— la excelente actriz, Hayley Atwell (chica Marvel con la que todo el mundo quiere estar Capitán América, Los Vengadores, Cenicienta, Agent Carter en TV, al igual que la serie de culto británica, Black Mirror). Chas Chandler (Andrew Buckley) de The Animals, buenísima actuación, (la de este actorazo Made in UK, básicamente, bregado en  series de TV y teatro, Extras, Whitechapel o la muy reciente The Neighbors). Otro personaje, muy a tener en cuenta, sería el manager socio de Chandler: Michael Jeffrey. El personaje es interpretado por el acreditado actor norteamericano, Burn Gorman. Actor y músico de gran talento. Se le ha podido ver junto a Daniel Graig en Layer Cake, El caballero Oscuro (Batman) o en los Crímenes de Oxford de Álex de la Iglesia. Así como el activista de color londinense, Michael X, interpretado por el veterano actor británico Andrian Lester (Primary Colors, el día de mañana, Expediente 39 y un telefilm que dirigió Sam Mendes hace unos cuantos años Company (1996) era su segundo trabajo; un telefilm que tiene la curiosidad de contar con otro actor que iniciaba su andadura profesional, Clive Owen. Otra gran sorpresa han sido las pequeñas apariciones de los legendarios: Noel Redding en un papel interpretado por un joven actor (Oliver Bennett, pequeños papeles en cortos y alguna TV movie).

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Al igual que ‘Mitch’ Mitchell  en manos del actor, Tom Dunlea (con un currículum de pura figuración) haciendo del batería de la genial Jimi Experience Band. Ambos tocan sus instrumentos correspondientes con gran soltura. Y por último, destacaríamos a Eric Clapton, un papel que reside, en un jovencísimo actor irlandés: Danny McColgan (pequeños papeles, como cortos y figuraciones especiales, a la espera de lo que se presente). Por último, el legendario Keith Richards, en un rol —casi residual— que es interpretado por Ashley Charles. Actor bien parecido, muy conocido por sus papeles televisivos, en series británicas como en la exitosa Reina Blanca (2013). Una vez enumerado todos los efectivos con los que tiene a su disposición: John Ridley despedaza estos magníficos mimbres. Volvemos, de nuevo, al camino de la descomposición y incomprensión de un film—reitero—desesperante. La ausencia de intensidad de la guitarra del músico es un K.O. del que cuesta recuperarse. Desde su fotografía visualmente monótona, el atracón de diálogos vacíos que acabas hastiado. Así como los constantes saltos de película, demasido predecibles, de escena a escena y omitidas de brío. Muy a pesar de que muchísimos neófitos y desconocedores de la obra de Hendrix puedan quedar extasiados con el tono de determinadas escenas, en las que la estética del vestuario y la ambientación junto a esa manera bizarra y exasperante manera de mover la cámara. Creando una narrativa, entre saltos y cortes torpes, con los congelados de foto-fija, en la mesa de edición, para aclararnos como eran los miembros de aquella década de los 60. Terminan por mostrarse acartonados, frívolos y condescendientes. Ahondando en ese fluir desparramado de imágenes de archivo recortadas. Presentando a un Jimi que carga contra el espíritu errático de la escena musical de Londres de los años sesenta. A través de un viaje sensorial, en parte delirio del propio LSD, recorrido como vislumbre a una inmersión de la psique, de un modo, muy poco convencional, en un Hendrix que estaba en otras labores. Ridley quiere imbuir al film de aquel viejo aroma y sabor del viejo cine europeo psicodélico. Pero no acierta.

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Algo que posiblemente no nos extrañé, y que, algunos verán e interpretaran la historia con un suflé poético de alguien que sufre. Obviamente, yo si entiendo al hombre que sufre pero el director no se lo cuenta a quienes no lo saben. En realidad, no añade nada a nuestra comprensión de Hendrix el hombre o la leyenda del rock. La Sinopsis es muy sencilla: Jimmy Hendrix,  entre los años 1966 y 1967,  se da de bruces con Linda Keith —una groopie— que era íntima amiga de casi todos los músicos que inundaban el panorama musical de la época. Sentada en un garito del viejo Harlem ve por primera vez a JH tocando con una banda, conocida, como The Squires. Se queda anonadada por el virtuosismo del músico de Seattle y comienza a mover su agenda. Invita a Andrew Loog-Oldham—pues, es muy amiga de su novia— manager de los Rolling Stones que le dice, que está bien, pero tipos de esos se encuentran a tutiplén. Ahora no es buen momento, querida. Ella sigue insistiendo, a la vez, que su flirteo con el guitarrista es más cercano. Pero Linda Keith estaba en todos los saraos, y, finalmente, ésta, le presenta a Chas Chandler, el bajista del grupo The Animals, y desde ese momento convence a Hendrix para que se vaya a Londres. Jimi Hendrix llega a Londres e inicia su carrera hacia el estrellato, en medio de una ciudad llena de vitalidad musical y socialmente convulsa. Hendrix se introducirá en esa escena social, entre el acercamiento al mundo de las drogas, las groupies y la diversidad musical de un Londres radiante. Entonces comienza a preparar la grabación de su primer disco, Are you Experienced? Hay dos momentos de este film que tienen una relativa épica y grandeza: dos fogonazos históricos del Rock. El primero es cuando Jimi sube al escenario donde Eric Clapton estaba tocando con su banda -por entonces, Cream- y toca el tema con una viveza que hizo quedar patidifuso a Clapton, hasta el punto, que bajó del escenario ante la magia de Jimi. Este hecho fue conocido, vulgarmente, como el momento en el que “Jimi mató a Dios”. Sí, Clapton era reconocido por entonces como un Dios de la guitarra. Ahora en Inglaterra sabían que existía un Zeus con sangre Cherokee, mientras en esa escena sonaba el Killing Floor de los Howlin’ Wolf y Hendrix desprendía un magma inagotable. Y el segundo nos muestra una interpretación conmovedora de Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band frente a dos Beatles. Los temas musicales que aparecen en la película están cantados por André, en ningún momento escucharemos la voz original de Jimi. Se ofrece una vaga imagen sobre la escena musical americana y británica de los sesenta, haciendo referencia directa o indirectamente a bandas como los Stones, Beatles, The Who o The Animals entre otros. Y es que, si Hendrix es entre otras muchas cosas, conocido, aparte de su música fue por su prematura muerte. La revolución de un género y estilo musical, que hoy en día, sigue influyendo a muchísimos músicos de la escena del Rock actual.

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En resumidas cuentas, un film que tiene más de telefilm que de gran película, a modo de biopic, affaire, que desciframos como uno de los mayores errores del guion. En este caso, ya que el efecto biopic ha funcionado en otras películas y han salido maravillosas. Y es triste que, un guionista de la categoría de, John Ridley haya caído en la trampa de ejercer—aleatoriamente— un montón de trivialidades, alrededor de la la figura de JH. Dos horas de tedio y engorro disperso. Una pena que el cineasta no haya recurrido a las biografías de Charles R. Cross o Lawrence Sharon. Todavía se lo pongo más fácil a Mr. Ridley, una charla con Leon Hendrix, uno de los muchos hermanos, que anduvieron de casa en casa, entre familias de adopción. La vida de este inimitable Jimi Hendrix fue inmensa, en esos 27 años, hasta la veleidosa muerte de un suicidio, del cual, no sabremos el auténtico porqué. Sí que se ha constatado que ha Hendrix le mató una mala posición en la camilla que lo trasladaba al hospital, pero digamos que cuando uno engulle la Ribera del Duero y lo mezcla con una farmacia militar pocas posibilidades de resurrección quedan. Cualquier persona interesada por la música sabe que su escueta discografía abarca cientos de reediciones y más remasterizaciones. Lo dicho, todo en Jimi es alucinante y gigantesco. Hablando de discografía, adjunto, el listado de temas que he logrado localizar en el film, ya que la música, llamémosle más Hendrixana está compuesta por Waddy Wachtel. Éste es el resto: The Sun Went Down by T-Bone Walker, Reed streams by Terry Riey, Lacrimosa diez by Slovak Philharmonic Orchestras and Chorus, Leopard-Skin Pill-Box Hat by Bob Dylan, All your love by Otis Push, Gimme some lovin by Steve Winwood, Lightly Drift by Helen Jane, Long Can´t Seem to make you Mine by Seeds, Totom by The Creation, Hound Dog by Elvis Presley, Bleeding Heart by Elmore James, I had a litlle Dog by Jack Reynolds, Mannish Boy by Muddy Waters, Spread a Little treacle on your plate Mary Ann by Tommy Proding, Train the Nowhere by Savoy Brown, Itchycooo Park by Small faces, Little Games by The Yardbirds,  Obvius fire Belivers by Bob Dylan House Of the Rising Sun by The Animals y Wild Thing by Troggs. Lo dicho, no se le queda a uno, eso, de Qué pena lo de este proyecto…Tan sólo nos hacemos una última pregunta ¿Ha visto el Sr. Ridley estos films? Sid and Nancy Alex Cox (1986), Bird by Clint Eastwood (1988), The Doors (1991) Oliver Stone, Ray (2004) Taylor Hackford, Control (2007), Anton Corbijn, Walk the line (2005) James Mangold  o Serge Gainsbourg, “vie héroïque” de Joann Sfar (2010). Querido Jimi: descansa en paz, siempre te echaremos de menos los que tanto te debemos. Nota: 5,0

Thanks, Mr. Weiner

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La serie Mad Men se despidió hace un par de semanas. Durante ese tiempo he podido ver los últimos capítulos de la última temporada, a duras penas, con la salud medio embargada y todavía renqueante. No obstante, tenía que hablar de este acontecimiento; lo necesitaba. Mad Men es una parte de mi vida catódica, posiblemente, en ese interludio, de nuestras vidas. La entrada en ese segundo acto, cuando el camino de este amanuense va menguando. Bien, llegados a este punto, a lo mejor, todo lo que se haya escrito, en torno a Mad Men puede que sea breve o una erupción de textos panegíricos. Evidentemente, no es papel mojado ni en balde. El producto es algo más que una serie sobre una agencia de publicidad y su protagonista principal, Don Draper, el cual, ya una vez rematado su itinerario entra en la fase del mito. Ya no quedan más capítulos. Sí se ha terminado, de verdad. Es tan cierto como que esta serie de TV; es una obra de arte. Igual de hermosa que la vista de una astronauta, desde su nave espacial. Lo dicho y redundo; Mad Men es pura maestría. Un producto especial, como las citadas obras de arte. Esas que están todos los días, en lugares, repletos de armonía, sosiego y los fines de semana colmados de ciudadanos en busca del éxtasis admirativo. Afortunadamente, la democratización de la webesfera permite en pocos minutos ponerse en contacto con el primer capítulo, de la primera temporada emitido en 2007. Increíble, pero tan cierto como que nos quedan 20 días para que sea verano. A un golpe de teclado podemos observar esta lección de escritura audiovisual, de igual modo que podemos contemplar un Goya del Prado online. Mattew Weiner fue a una muy buena escuela y trabajó con un tipo visionario, en eso, que se nos ha antojado, como: la nueva ficción Made in USA. Nada menos, que estuvo escribiendo guiones del homoantecesor Draper/Whitman: Mad Soprano… Y es así, como muy bien le explicó su maestro Chase:si vas a escribir el guion de tu vida, al igual que la novela con la que tanto soñaste. Nunca, nunca te arrepientas del final que tengas en mente. Tan sólo, hazlo”.

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A partir de ese instante, todo lo que ha ocurrido durante estos casi ocho últimos años en Mad Men es pura imaginería y exaltación del talento por el buen gusto. Weiner declaró no hace mucho en una entrevista lo siguiente: “Es mi serie de televisión favorita. Es adictiva. Creo que es especial por dos cosas: tiene un estilo muy riguroso y está muy bien escrita. Los personajes son más que reales, son personajes con defectos”. En pocas palabras, yo, lo interpreto como la definición de una historia con gente que tiene alma y corazón por contar un viaje homérico, en torno al mundo de la publicidad. La virtud de Mad Men, es que todo lo que te cuenta en una gran mentira que admiras y sabes que es verdad. Donde su protagonista, es un tipo que se ha inventado, a sí mismo y nunca termina de encontrarse en ningún lugar pero está en todos nosotros. El juego de antítesis lo borda con el oficio de su pluma el ingenioso Weiner. Congregando en Madison Avenue (a esos hombres locos e intrépidos). El escenario principal donde pivotan acontecimientos que han configurado la historia del siglo XX en tres décadas: finales de los 50, los locos 60 y apenas medio cuarto de los 70. Ingredientes de primera calidad que convulsionaron a la sociedad y ésta acabo acariciando (estableciendo una relación kármica producto/individuo). La revolución sexual de la píldora femenina, el psicoanálisis de las masas de Manhattan, la Generación Beat, la llegada de los Rolling Stones y  The Beatles a EE.UU. El magnicidio de JFK, el asesinato del Dr. Martin Luther King, Vietnam o el hombre en la luna y un largo etcétera. Un protagonista que se mueve como un funambulista, desde el viaje inicial de las cortinillas, en caída libre, desde el despacho de la agencia, mientras los iconos publicitarios que ha creado observan saludables su vuelo.

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El  inefable e inescrutable, Don Draper es uno de los personajes más interesantes nacidos en esta Edad de Oro, junto a Tony Soprano desde aquel estreno en la idílica y pugilística HBO, en 1999. Y es que Mad Men tiene mucho de esa inmersión profunda, en una ambigüedad, que se permite la licencia de salir a tomar aire cuando quiere. Los tórridos asuntos del personaje Draper, entre aristas de primera vanguardia dan paso a los placeres confidenciales del amor romántico. Una visión —entre elipses perversas del movimiento — que tuvo el virtuosismo inexorable de la forma y la precisión, dentro de  ese contexto histórico irrevocable. La adoración y excitación del capitalismo transmutado en un envoltorio cool sobre la  competencia a muerte, entre agencias. La exigencia de profesionalidad, o la multiplicación de los recursos creativos. Todo ello, unido a una narrativa y perfección semántica hace de Mad Men, un hábitat único donde acabas por saborear a través del LCD o Led, de turno; el éxito, el poder, el dinero, el lujo, el sexo, la mentira, la rivalidad, la infelicidad y el desamor son algunos de los temas dominantes en un relato que muestra las relaciones laborales, pero también las personales, desde su perspectiva más pragmática y descarnada, lejos de cualquier enfoque sentimental. De ahí que el personaje, que huye de su pasado y va reinventándose, venga a presentarse como un golpe de suerte, de la metáfora de América: un héroe, uno muy realista. Tiene el tipo de habilidades personales exageradas que necesita un ídolo y en situaciones de crisis hace lo correcto, toma decisiones difíciles, aunque también tiene mucha cobardía dentro de él.

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Es alguien que está intentando ser una mejor persona y hacer lo correcto. Pero claro estamos hablado de Don Draper y eso no agua de un día, si no lo sopesamos en su verdadero contexto: The Man, Draper. Así, comprenderíamos su aceptación del estado beodo, que nos trasladaría a un acervo de ilimitadas posibilidades cercanas al vértigo del Rock psicodélico Beatle que se aleja del Pop británico en Revolver. Empero, cuando estás sobrio, el único sobresalto —que transmite la pantalla— proviene de las aspirinas que burbujean dentro de un vaso de agua. Mientras saboreas el amargor del ácido acetilsalicílico, lo más cercano a ese tedioso runrún de ir y venir de la gente, donde nadie se despide. Ya que Mad Men se ha despedido haciendo historia en la televisión mostrando un fragmento de la vida de un personaje. El personaje Draper/Whitman no ha terminado en el último capítulo. Al igual que Tony Soprano en su último plano; ese de su peculiar y maliciosa sonrisa, oculta en mil interpretaciones. A Don Draper le ha salido el guiño, en una explosión del alarido zen, mientras el gurú de la meditación y la creatividad se convierten en el hipericónico anuncio de la Coca-Cola en 1971. A modo de exaltación hippie y pacífica, que Benetton explotó en los 80; el jingle en boca de todos esos chicos y chicas: termina por dejarnos entre la carcajada y la fascinación por el atrevimiento. Irradiando una sensación kármica—con el hombre sin identidad— que ha llegado al Nirvana. Otros, en cambio, aún siguen enfadados con Weiner por la litrona de Coca-Cola que les ha dejado encima de la mesa. Y es que Mad Men, nunca hubiera terminado con una botella de Pepsi, en las manos de mi querido Weiner. De ahí, que el maestro Wilder, sí que se hubiera atrevido a embotellarlo en la competencia, a pesar de que a Don Draper no le gusta el sabor de Pepsi. Aun así, sólo puedo decir; gracias por estos últimos siete años de alegría y magia televisiva, Mr. Weiner. Nota:9,1

 

 

Peaky Blinders (2013) “Blessed BBC”

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Finalizado el visionado del último episodio de Peaky Blinders, uno no puede que pensar en la suerte que tienen los británicos con su maravillosa BBC. Harto de escuchar a políticos de tres al cuarto, mientras se llenan el bolsillo con los dineros públicos que pagamos los sufridos ciudadanos y su perpetua milonga del futuro de TVE. ¿Cuántas veces habré escuchado el redundante mensaje petado de humo vacío? —“Nuestra meta es fijarnos en el modelo público británico de su televisión: la BBC.” Pues, lo siento muchos Sres. Pero va a ser que no.  Si el Reino Unido se caracteriza por su altanería y la hipocresía a la hora de tomar el té. La BBC es suya y no hay otra, con tan particular idiosincrasia en el mundo entero. A la vieja Hispania se nos conoce —de sobra— por nuestro carácter envidioso y esa incansable voracidad de “trincasubvenciones”. No sabemos hacer televisión. A pesar de que algunos se empeñen en vendernos “Cuéntame” como “Aquellos maravillosos años” e “Isabel” como los Tudor Vs Austrias. Si me permiten el exabrupto,… Creo que empieza por “M” y no digo más por decoro británico. Evidentemente, La BBC vuelve otra vez a ser el canal que nos enamora, crea, innova y para mayor inri; entretiene a la ciudadanía con una ficción que es una mina de Coltán. Mantiene el espíritu vivo de lo que fue uno de sus viejos estatutos: la formación de profesionales del audiovisual. Y qué plantel de profesionales: Guionistas, directores y futuros productores ejecutivos, que se mueven como peces en el agua. Desde las Islas a la utópica USA, no paran de trabajar. Bien sea adaptando sus propias creaciones Made in UK a la ficción USA o viceversa. Lo dicho, bendita BBC y todos sus canales multiplex. Luego, una vez dejada y expuesta mi pataleta de turno, hemos de ir al análisis de una de las series que más devotos ha encontrado a lo largo del viejo continente y allende del nuevo. Esta vez de la mano de BBC2 aterriza un producto apasionante. Partiendo de las viejas leyendas urbanas del vetusto Cheshire Quarry Bank en la década de 1830, saltando unas cuantas lunas en el calendario hasta llegar a 1919, asistimos a una mezcla fascinante de epopeyas familiares y gansteriles. Un drama criminal, en torno a una pandilla —cuasi idéntica, a las de Asbury— muy Gangs of NY versus England; los Peaky  Blinders. Personajes tal como hemos precisado de corte histórico, que surgieron a finales del S. XIX. Tipos que marcaban su territorio y las condiciones de supervivencia, que imponía el clan, rasurando en la reyerta al personal con sus hojas de afeitar, que cosían en los bordes de sus gorras de paño. Un producto muy imaginativo que ha escrito, producido y dirigido Steven Knight a un público moderno y en general, cualquier amante de la buena ficción. Uno de los mejores creadores de su generación.

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Un tipo que se maceró en  programas de entretenimiento y similares, que  ha acabado realizando guiones de películas tan excelsas como “Negocios Ocultos” (2002) o “Promesas Del Este” (2007). Es más, este último año, ha dirigido otro de los films más notables que hemos podido ver por nuestras pantallas Locke (2013), siendo un éxito de crítica con una discreta taquilla, donde su actor fetiche Tom Hardy interpreta un papel memorable. Steven Knight es ya un valor seguro, reclamado a ambos lados del Atlántico. En Peaky Blinders nos adentra en el Birmingham de principios del 20. Partiendo de una trama con fuerte componenda histórica (como hemos citado anteriormente) de una banda de ladronzuelos que con el tiempo irán convirtiéndose, en auténticos gangsters de finales del Siglo XIX, en las zonas industriales del Noroeste de aquella alquitranada GB. El hilo conductor de los Peaky Blinders parte de un protagonista absoluto, Thomas Shelby, interpretado por el excelente actor irlandés (Cillian Murphy), primoroso donde los hayan. Llevando las riendas de la mayor organización criminal de la ciudad y alrededores de Birmingham. Su gran negocio son las apuestas clandestinas de las carreras de caballos (posteriormente, con el paso de los capítulos serán legales). Así como el trapicheo de alcohol, comida, armas o lo que se tercie. Su forma de tomar las decisiones tiene una gran dosis de compromiso tribal. Pues se reúnen, torno a la mesa del local de apuestas y votan todas las disposiciones que tome el clan (familia al completo). En la primera temporada descubriremos las relaciones puramente comerciales y puntuales de esta banda con el negocio de las carreras de caballos y un affaire con el IRA. Ese primer capítulo se inicia con la aparición del inspector jefe Chester Campbell (Sam Neill), conocido por sus tácticas brutales de represión  contra el  IRA, cuando era un jefe de la brigada de inteligencia  británica asignado en Belfast. Campbell tiene la misión de recuperar las armas de un cargamento, que previamente han sido robadas, al gobierno de su graciosa majestad. Y, de paso, sofocar el humus de violencia y revolución social que animan los nuevos líderes sindicales comunistas, en las fábricas de Birmingham y geografía adyacentes el clima de revueltas y descontento. Shelby tendrá que tratar con el este personaje, y, el acecho que ha puesto a su cabeza. Algo que le hará perder tiempo, en el desarrollo de sus planes expansionistas del negocio familiar.

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No obstante, Shelby tiene un don especial para terminar vigilándolo todo, con un tempo preciso y constante. Ésta es una gran oportunidad para entrar en la liga de la selecta distinción, en el  Londres del Charlestón, champán y caviar iraní: un baluarte de Sodoma y Gomorra, donde el control por el pastel gordo ha sido un reclamo muy seductor. El duelo Murphy&Neill es una maravillosa partida de ajedrez, que en la segunda entrega encuentra su momento cúspide. Shelby como héroe de guerra y convertido en una leyenda, entre amigos del combate, vecinos y conocidos de Birmingham. Se ha ganado el respeto de pequeño “Padrino” de la ciudad. Así como la lealtad y gratitud del burgo por derecho propio. Sólo ver en el primer capítulo, cuando Shelby aparece subido a  un caballo dentro del barrio chino, en el instante, que paga a un oriental para que esparza un polvo mágico sobre los hocicos del caballo. El equino correrá en el Derby del domingo y las apuestas están  que arden. A modo de conjuro, deja muy claras las intenciones del itinerario que tomará la serie. Marcado por el dolor de las heridas de una guerra espantosa, que le persigue en forma de pesadillas; lo asume de un modo estoico e intenta ayudar a aquellos que les supera en momentos precisos. El elemento de la contienda tiene estigmatizados a todos los que estuvieron allí; hermanos, viejos amigos y conocidos—muchos de ellos, miembros de la banda—, que gestionan un daño psíquico de maneras diferentes. Tanto el escenario, la trama y los personajes funcionan como un reloj suizo. Al igual que la gran banda sonora que acumula la serie; una de las grandes sorpresas del show. Los creadores no han optado por una tipo de composición clásica o Jazzistica de aquellos años 20, sino que han apostado por las composiciones de Nick Cave y Jack White para formar la banda sonora del espectáculo. Esencialmente, el temazo de “Red Right Hand” convertido en score del producto y que sirve de cortilla de presentación. Incluso nos vemos a un Winston Churchill (Andy Nyman) con ganas de rock y ardiente en deseos de conocer al héroe Shelby. Knight, siguiendo el estilo de grandes cineastas como Scorsese o Tarantino, que se gustan  de buen oído y utilizar el recurso de la Soundtrack editada en covers específicos. La apuesta ha sido muy  clara en este sentido y el resultado una experiencia fantástica. A día de hoy es una de las BSO más escuchadas en streaming.  El trabajo de Cave&White nos han dejado una generosa muestra de buen folk/blues/rock noir y afterpunk  de maravillosos temas obra de Nick Cave & The Bad Seeds, The White Stripes, The Raconteurs, Tom Waits y etc.

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Obviamente, el resultado se  refleja en la inquietante acción que ocurre en pantalla. En otros momentos la música es simplemente anacrónica, sobre todo cuando las canciones intensas se usan en transiciones cortas. Peaky Blinders recorre un itinerario que arranca desde las revueltas sociales (anarquismo, comunismo, hambruna o procesos de reindustrialización y la aparición de nuevas modas en la sociedad, conflictos de carácter racial —affaires con los gitanos— por el control de determinados negocios) hasta el drama más Shakesperiano de una familia con tintes nómadas —que por momentos nos retrotrae al universo del Coppola de los 70— en pleno estado de ebullición. Un jefe de una banda que con el paso del tiempo reafirma el liderazgo de los Peaky Blinders.  A medida que la segunda temporada avanza, se observa una mayor madurez del gangster y su empatía por las amistades con pedigrí. Caso de la aristócrata entrenadora de caballos de carreras, la elegante May Carlenton (Chalotte Riley). Sin perder un ápice de elegancia, sabedor del físico que posee y el toque exótico que le da una pequeña parte de  sangre gitana que lleva en sus venas. Por momentos, metódico, cínico, frío y directo. Alcanzando la plenitud personal, en la propia comprensión de la identidad del grupo y la autoridad como líder de ese colectivo. Desde que “tía Polly” (Helen McCrory) —la auténtica matriarca del clan Shelby—, gracias a su obstinación mantuvo el negocio, mientras los hombres se batían en las trincheras franco-belgas. Y ese momento, casi Dickensiano, de la aparición del hijo que le fue arrebatado; el joven Michael Gray (Finn Cole). El resto de la familia lo componen: el visceral y alcohólico hermano mayor Arthur —en la segunda entrega este personaje ganará muchos enteros— (Paul Anderson), los  hermanos pequeños John (Joe Cole) y Finn (Alfie Evans-Meese).

Peaky Blinders Foto 5

Así como la chica de la familia Ada, una magnífica (Sophie Rundle), que termina enamorándose del comunista de la ciudad, Freddie Thorne (Iddo Goldberg). Al igual que la enigmática cantante/camarera —convertida en espía— que se enamora de Thommy y viceversa: Grace (Annabelle Wallis), una atractiva joven enviada por Campbell para infiltrarse en el bar de Shelby y proveerle de toda la información que escuche. Obviamente, la serie ha ido de menos a más y todo el cambio ha llegado con la permuta del director Otto Bathurst Pues, se atisbaban algunos errores de encuadres y  una fotografía fallida, que desde la llegada de Tom Harper, ha hecho que todo el producto consiga ese plus de serie muy en la onda de drama histórico de gangsters (caso de la obra maestra “Boardwalk Empire”). Todavía sin alcanzar ese Nirvana de perfección. Así como un pequeño detalle, algo pejiguero, pero que pertenece a ese vademécum de las obras maestras. El famoso acento de Birmingham. Un deje inapreciable, pero muy significativo para belugas de la V.O. y conocedores de la lengua de Shakespeare. El acento de ciudades como Birmingham, Yorkshire o Liverpool es muy peculiar. Y que los creadores han pasado por alto. Por último, veremos los vericuetos de la banda irrumpiendo en el Londres criminal donde se nos brindará la oportunidad de encontrarnos con dos personajes fascinantes y que han hecho subir muchísimos enteros a la trama: los actores Tom Hardy interpretando al extravagante judío mafioso (Alfie Solomons).  Y en la orilla de enfrente, el italiano paranoico Darby Sabini (Noah Taylor). En definitiva, una segunda temporada recién acabada con un final fantástico, donde siguen brillando Murphy y McCrory. El oficio de ambos, hace de la serie un auténtico deleite para el espectador, que se enorgullece de la calidad del sello BBC. A la espera de la tercera y quién sabe si habrá cuarta. Los Peaky Blinders quieren reinar en el periodo de entreguerras donde el buen gusto impregnó al viejo Imperio británico. Después, sólo queda cantar “God save the Queen” y bendita BBC. Nota: 7,6

90 Anniversary of Bill Haley

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Decía el sabio Frank Zappa que los desparrames de la mítica “The Black Board Jungle” (1955) de R. Brooks—aquí, conocida como “Semilla de maldad”— le hicieron frotarse los ojos con agua helada y preguntarse; ¿los jóvenes de aquella generación, fuimos nosotros? Llegó muy tarde a las pantallas franquistas y en la vieja Gran Bretaña estuvo vetada durante 11 años. Ahora seguimos siendo los mismos, algo más viejos. Igual que el bueno de Haley que estaría celebrando su 90 aniversario.  No pasa nada, nuevos jóvenes esperan a los Strokes como agua de mayo en agosto por Benicasim. Tuvo que aparecer un George Lucas—premonitorio— con su obra de culto “Star Wars” y una  otra cinta reveladora de su generación cinéfila de los 70,  “American Graffiti” para escuchar la sensacional canción que destilaba  puro aroma a Rock&Roll. De la mano de un irrepetible de la historia del S.XX, Bill Haley con su mítico “We’re Gonna Rock Around the Clock” La idiosincrasia del  tema de Haley consiguió que el hombre de las galaxias nos recordara la hazaña del genio de Detroit, cuando vendió un millón de singles y entró  en el Top 16 de la lista más “in” de UK, como mejor disco de aquel año. Viendo la evolución del rock y la industria todavía impresiona más el hito. Si lo tratamos con toda la delicadeza que requiere una canción de semejante calibre y el contexto que la rodeaba, le diré que hasta impone analizar el episodio. Piensen por un instante en un chaval, que con 18 años y la guitarra a la espalda salió a la búsqueda de  eso que llamamos Rock, en un país embardunado hasta las entrañas de Country, Jazz y Blues.

Bill Haley & His Comets at a Rehearsal

Como todo debutante se inició, aporreando la guitarra y al final consiguió su dominio. En 1945, fíjense lo pasaba en el mundo y los nuevos EE.UU. El olor a barbacoa y country salvaje era la solfa de las tierras de Booth Winns. Quién diría que este genio firmó su primer disco “Candy Kisses”, y dónde fue a parar… Fácil, en las estanterías de las reliquias. Cervezas, banjos y rodeos en las verbenas locales era la diversión por excelencia. El bueno de Bill, apenas sacaba unos cuartos de dólar para ir tirando hasta que dio de bruces con otra banda de animadores, a la postre, su grupo acompañante; los primitivos Saddlemen, que se transformaron en The Comets. Donde nos encontramos con unos instrumentos de lo más variado del Country —acordeón— y del Rhythm and Blues (el maravilloso saxo de Rudy Pompilli) y nada menos que una guitarra eléctrica. Suena bizarro para aquellos años, pero muy fresco y original. Comenzaron los bolos, actuaciones en las habituales “High School” y los jóvenes estaban cardiacos por nuevos sonidos. El country se empezaba a hacer tedioso para una generación con ganas de contoneos pélvicos. Se miraba de reojo al nuevo icono del cine, y la cultura beat: las malas bestias de Marlon Brando en “The Wild One” (1954). Los Dj´s  apostaron por el sonido de Bill Haley y se fue dando un fenómeno pausado, pero in crescendo. El ritmo calaba donde las audiencias blancas les reclamaban. Sus letras no gustaban a Hoover y McCarthy: los demonios del puritanismo y el anticomunismo feroz. Éstas, se añadieron a unas listas negras soliviantadas por las masas que abarrotaban los conciertos. Haley se lanzó con la máxima de mezclar  jazz de Dixieland, Rhythtm and Blues y Country and Western para conseguir un ritmo que la gente coreara los estribillos y bailar, algo que colmaba sus esperanzas.

Bill Haley - Elvis Presley

El resto fue fácil—cito textualmente— BH: “cogí expresiones de uso diario, como Crazy Man Crazy, See You Later Alligator o Shake Rattle and Roll, y, siguiendo el método descrito, hice canciones sobre ellas”. Con el matiz de que “Shake Rattle and Roll” no era suya, sino de Joe Turner, y “See You Later Alligator”, de Bobby Charles. Pero daba igual. Gracias a estos covers se le catalogó dentro de la crítica musical como Fox Trot. Bill Haley consiguió que el rock se convirtiera en la mayor revolución musical de la historia. En pocos años, llegaron los auténticos reyes con el repertorio lleno de combustible y hambre de romper escenarios, como Presley, Perkins, Lee Lewis, Berry, Richard o Cochran. Eso sí: él les abrió el camino. Europa adoraba al rubio simpático de la capital del motor y el blues norteño, que no le vieron hasta 1957. Posiblemente, el bueno de Bill era demasiado—James Stewart— no quiero decir blando, pero si un careto de muy buen tío en una época donde las miradas felinas y cínicas iban a comérselo todo. De ahí, que nunca terminara de  personificar con la solvencia suficiente al auténtico héroe del rock and roll. En el fondo, era como aquel susurrador de Montana que interpretó Robert Redford, un vaquero con talento, bueno y sentido del humor. Los años fueron dejándole de lado y muy poco, quedaba de palabras tan hermosas como las de Pau Casals donde afirmaba que Haley era “un destilado de todas las degeneraciones de nuestro tiempo”. No era verdad. O mejor dicho ni calvo ni tres pelucas. No obstante, resulta agradable que en algún momento un personaje de semejante respetabilidad tuviera esa idea. Bill Haley, el chico bueno de la greña rubia, nativo de Highland Park falleció a la edad de 53 años, prácticamente olvidado, en el pequeño pueblo de Harlingen (Texas, Estados Unidos). Las causas de su muerte nunca quedaron claras del todo. Aunque, la principal tesis sigue siendo un infarto. Gracias, Bill. Siempre nos quedará aquel inmenso “We’re Gonna Rock Around the Clock” y feliz aniversario, maestro

Publicado en la Revista Culturamas el 22-abril-2013

71 Anniversary of Nick Mason

Nick Mason

 

“La realidad, es como en cualquier banda. Uno, nunca puede medir quién hace más.” Nick Mason 27/I/1944 (UK)

 

80 anniversary of Elvis Presley

ElvBike

 

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