White House Farm (2020)

Nueva década y nuevas propuestas vistas y revistas —refritas y a la plancha— nos vienen de cualquier parte del mundo a la vetusta pequeña pantalla. Ésta, a día de hoy, plana, muchas pulgadas y con streaming. Desde EE.UU, siguen a lo suyo y si les soy sincero… Se echa de menos la frescura de esas dos o tres series —que a día de hoy— ya finalizando este pseudoveraniego febrero: no aparecen. En 200mgHz, tenemos cierto hastío del más de lo mismo: un negocio el del streaming hipersaturado de proyectos, en su gran mayoría, fast food que genera el Air Force One del negocio comprimido Netflix. Plataforma de contenidos audiovisuales que está hasta las trancas de deuda, pues la avalancha de proyectos que está estrenando es insostenible. Además de buscar un público muy tenagger de usar y tirar. Matizando y dejando claro que hay un material audiovisual de carácter adolescente de primer nivel, como ha sido el caso más reciente, de este último año, la fascinante Euphoria (2019) de HBO. Bien, nosotros nos vamos a páramos más cercanos que siempre ha creado ficción de qualité. Como dice un viejo amigo: “siempre nos quedará nuestro Britaniabrexit” y sus supercanales de la bendita BBC, pública, inmaculada e incansable factoría de profesionales para el TV y el cine. El inquietante ITV, creativo por los cuatro costados, y esa maravilla llamada, Channel Four. Llegados a este punto, nosotros traemos a la palestra un producto muy bien elaborado, con un casting de luxe y con un guion a toro pasado (se darán cuenta del término a lo largo de la lectura): el nuevo drama de ITV con tintes de thriller escabrosísimo. White House Farm ficciona los asesinatos en una casona de campo en 1985.

 

 

El problema con la dramatización de eventos famosos, o infames, que tuvieron lugar dentro de la memoria viva es que no eres tan libre de dramatizar nada. Uno no es libre de eludir momentos, pasar por alto incómodos o suavizar la narrativa a través de la ficción de la luz. La realidad, llega a empantanarte. Y esa contundente realidad puede ser bastante increíble. La historia que desarrollan los showrunners de WHF, Kris Mrksa y Giula Sandler; que ya habían coincidido en Nowhere Boys (2016). Kris Mrksa hizo un gran trabajo con los fantasmas galeses de Requiem (2018). De nuevo, a partir de una gran cantidad de material muy bien definido. Por una parte, se trabajó con el libro de Carol Ann Lee  The Murders at White House Farm  (2015) y In Search of the Rainbow’s End de (1994) de Colin Caffell, el ex marido de Sheila y padre de Daniel y Nicholas muy implicado en el proyecto y en todo momento, muy cooperante en las diferentes charlas de desarrollo del proyecto con KM y GS. Es evidente, que en todo momento, ha existido una impoluta precaución con el enfoque de la guionista Kris Mrksa. Ya que los terribles crímenes, el caso, aún está bajo escrutinio, a pesar de la condena de Bamber en 1986. El director de los 6 episodios, un veterano de la TV Made in UK, el gentil y sobrio Paul Whitington. White House Farm es una producción que aparentemente puede parecer anodina, pero silenciosamente muy atractiva. La historia del parricidio en los años 80 del condado de Essex; treinta y cinco años después, los asesinatos, llevados, a cabo por el homicida, el hijo menor, Jeremy Bamber. El caso sigue teniendo una gran dosis de impacto en el público de cualquier clase. Como todo el material gráfico publicado en la prensa británica de aquellos desinhibidos 80,s.

La historia del crimen in situ es sencilla: agosto de 1985, el joven Jeremy Bamber de 24 años, llamó a la policía de Essex en medio de la noche. Informó que sus padres Nevill y June Bamber, su hermana Sheila y sus gemelos de seis años, Nicholas y Daniel, estaban encerrados dentro de la casa de la familia y Sheila tenía un rifle de caza. Cuando la policía entró, encontraron cinco cadáveres, incluida Sheila, que aparentemente se había disparado a sí misma después de matar a sus padres e hijos. En parte es por la enormidad de los crímenes. Al principio, el caso parecía abierto y cerrado. Luego aparecieron grietas en la historia de Bamber. Finalmente, fue juzgado y condenado por los cinco asesinatos. Los hechos desnudos fueron embellecidos por los detalles. Tanto Bamber como Sheila habían sido adoptados. Él era un colegial de cara al público encantador, pero poco pulcro. Ella era una ex modelo con esquizofrenia. Pero la otra razón por la que la historia ha permanecido en la imaginación del público es que Bamber; es de los únicos prisioneros británicos que cumplen una cadena perpetua sin esperanza de libertad condicional. Siempre ha protestado por su inocencia. Apeló en numerosas ocasiones durante su sentencia y atrajo a simpatizantes famosos, incluidos Peter Tatchell y el ex diputado Andrew Hunter. No obstante, el condenado permanece tras las rejas, cumpliendo día a día su cadena perpetua. El primer episodio nos muestra los eventos tal como aparecieron por primera vez a la policía, y revela un elenco fuerte. Un extraordinario Freddie Fox interpreta al asustadizo Bamber, un joven marchoso, amante de los excesos etílicos, la ropa cara y los placeres carnales. Siempre se dijo de Bamber que era el chico de ojos azules brillantes y oscuro corazón. Cressida Bonas está excelente como la trastornada Sheila. Ella la interpreta con suficiente oscuridad para hacer que el asesinato-suicidio parezca plausible, pero sin desviarnos del lado equivocado de nuestras simpatías. 

Los veteranos de Juego de Tronos abundan en otros lugares. Como esta singular pareja de actores que en GOT eran hermanos del clan Greyjoys. Alfie Allen aquí representa el papel de Brett, un gay vividor australiano, que siente un afecto muy cariñoso por Jeremy (además, de ser perista de tres al cuarto). Gemma Whelan, es Ann Eaton, la prima de JB. De quien, no se fía nada y hace que el detective Jones abra sus ojos, a un caso que no termina de encajar. El mismo Robert Baratheon, Mark Addy, interpreta al Sargento Stan Jones. Él, es el primero en sospechar de los hallazgos oficiales aunque, debe persuadir a su superior, el capitán “Taffy” Jones del departamento de policía de distrito —interpretado por un siempre vibrante y convincente Stephen Graham, con un mostacho ochentero y un galés tan exagerado como la estrella de futbol Garrett Bale— que quiere una conclusión rápida de todo este macabro affaire.  Los ojos de medio mundo están sobre él y el UK thatcherista, en pleno apogeo. White House Farm no puede escapar, a pesar del mimo y la sensibilidad que ponen en toda la serie, por anteponer la ficción a lo que parece, en la mente de una parte del público le es difícil separar lo real de lo ficticio. Empero, los destellos de elegancia de director son patentes. El buen gusto por las panorámicas de las enormes extensiones de cereales —de esa profunda GB— hacedores y defensores del actual Brexit. El Essex, rural, se dibuja, entre inacabables planos aéreos elegantes y puntuales. El plano de apertura, de un teléfono sonando en una vetusta estación de policía, todo ello podría estar a la altura de los thrillers coreanos de Bong Joon-ho. Una conversación entre Sheila y sus padres en el camino de entrada de su casa, da un lienzo de plano, con una caravana amarilla entre ellos. Los detalles crean un sentido de lo atroz de estos crímenes en este lugar. Serían igual de horribles en cualquier lugar, pero especialmente aquí, un lugar donde se puede dejar la puerta abierta y el mayor acontecimiento es la cosecha de cereales o el parto del ternero de turno.

No hay grandes sucesos, en el idílico medio rural británico. Resumiendo, la dirección se conforma con dejar que los hechos hablen por sí mismos. En un caso como este, son muchos los hilos de donde tirar, pudiendo darse de bruces con un árbol. El drama no se abre (o al menos) nada más comenzar todo el procedimiento. Más allá de los asesinatos el componente de desidia laboral y no investigar, más a fondo, todas las pistas. No se profundiza la cuestión, ya que las altas instancias no están por la labor; es mucho más fácil colgar el sambenito a una joven madre, o para creer que cualquier indicio de inestabilidad femenina, es sinónimo de ser capaz de llevar a cabo un asesinato múltiple. Hay machismo, estamos a mediados de los 80,s, la publicidad se haya en pleno apogeo de vender coches con bellas modelos, encima del capó del automóvil de turno. Después, está el papel de la prensa, ese periodismo tan imbuido entre todo tipo de clases, en Gran Bretaña. Los tabloides se encargaron de publicar las entrañas y las cábalas más insidiosas de la historia del papel cuché. Y, si bien, los asesinatos tienen un significado poco más amplio, surge una pregunta ¿cuál es el propósito de todo esto? da para crear este espectáculo. Es obvio, que sí. El motivo de Bamber era mundano (la búsqueda de una herencia) y su expresión era anómala (pocos se sienten trasladados a tal violencia y aquellos que seguramente sufren el tipo de psicopatología) que, como sociedad, podemos hacer poco para evitar. Un drama criminal perfectamente decente que establece claramente, en el estante de “basado en hechos reales”, no pretende ser un análisis forense de lo que realmente sucedió. El director Paul Whittington se concentra en la incomodidad de Sheila, amplifica ciertos ruidos y se sumerge en su perturbada experiencia, especialmente en su viaje final a la granja de sus padres adoptivos. Si Sheila es el héroe trágico en todo esto, Jeremy (Freddie Fox) es el villano de la serie. Revelada con aterradora prudencia por la desconcertante representación de un Freddie Fox de pelo negro, si algo un poco menos bonito que el verdadero Bamber, da vida a un personaje extraño y mercurial, lloroso y empático. Del mismo modo, que pasa de frívolo, manipulador y frío al tiempo que; quiere recompensar el silencio de su novia confidente Julie Mugford, interpretada por una maravillosa Alexa Davis.

Incluso los asesinos pueden llorar, después de todo. La música espeluznante de Niall Byrne, sin dominar nunca, subraya la atmósfera de miedo escalofriante. Me quedaría con lo dicho por el actor Mark Addy “La enfermedad mental se veía de manera muy diferente en la década de 1980. La gente sabía relativamente poco al respecto, por lo que se podía ver cómo la gente inicialmente habría aceptado que debía haberse vuelto muy trastornada y haber llevado a cabo los asesinatos. Era un alma atribulada pero no una asesina. Si hay algo que nos haga que tomemos conciencia de toda esta horrible pesadilla. Es la lectura del director de la serie Paul Whittington dixit: “Una de las cosas más importantes para mí al contar esta historia fue comprender la actitud hacia la enfermedad mental en ese momento y cómo eso todavía puede informar las actitudes del enfermo a día de hoy. La falta de comprensión sobre la salud mental fue definitivamente parte de los defectos de la investigación inicial.” Evidentemente, estamos ante uno de los conceptos erróneos más importantes sobre la psicosis, breve, pasajera, escondida y persistente. Es un síntoma clave de la esquizofrenia; la propia confusión con la psicopatía. Este tema a menudo surge en relación con representaciones de TV y películas. White House Farm 2020 demuestra cómo el estigma puede tener consecuencias dramáticas. Demasiadas veces convertidos en perjudiciales para la sociedad y los individuos. De algún modo, nos está recordando, que no hay porque juzgar a las personas con problemas de salud mental y el caso de del parricidio de Essex muestra el impacto potencial en las personas si lo hacemos. También es un guiño a esa Gran Bretaña profunda, alejada de Picadilly Circus, Coven Garden, Chelsea o la torre Shard. Ese Reino Unido, donde pasan cosas como en Minnesota o Puerto Hurraco. Nota: 7,6

The Handmaid’s tale (2017) Terror y Caos

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A tres años del final de la segunda década de este siglo; los nuevos productos televisivos están brillando por la ausencia de calidad, en este 2017, y reitero, nuevos. No es el caso de las entregas —que van llegando— de otras series estrenadas años anteriores. Bien, así como el que no quiere verlo: la pantalla reluce píxeles y demás jarcia digital con la gran sorpresa del año; The Handmaiden´s Tale (2017). A partir de la novela Margaret Atwood publicada en 1985, la productora de televisión Hulu, estrena una serie de grandísima calidad. Y, ahora, quisiera hablar de Hulu —un joven canal de cable norteamericano— propiedad del grupo NBC creado en 2007, y la atiborrante frivolidad, con la que determinados escritores, críticos y blogueros de turno; endosan el producto y gloria de esta adaptación a la todapoderosa HBO. Dejemos una cosa bien clarita. HBO, funciona como un imperio audiovisual y todos aquellos que estamos formados en producción audivisual sabemos —de sobra— cuales son las funciones de negocio de una productora: en propiedad, coproducción o distribución. Bien, en el caso del Cuento de la criada en nuestro país (con eso de que ha llegado, el internet milenial de tropecientos mil gigas). HBO España tiene comprados los derechos de emisión para sus abonados. Del mismo modo, que la plataforma Movistar series presenta en su programación Ray Donovan (2013) de Showtiwe. Ejemplo que me viene a bote pronto. Y, de igual modo, caso de otras series que propiedad de otras cadenas de cable, pues, son proyectadas por Netflix. Aclarado el inciso y la ablución, de los conceptos, así como de la autoría. Hulu, a día de hoy, está convirtiéndose, en ese canal que va haciendo cosas diferentes y con estilo. Caso de Shut Eye (2016) y The Path (2016).  Sin mucho ruido, pero anhelado por las vacas sagradas del cable. Uno de los mejores productos que he visto este año, también obra del Ceo, Mike Hopkins es su drama —de época Georgiana— sobre la prostitución: Harlots (2017). Una de esas series que a final de año estarán en nuestro top 10. Bien volviendo a lo sustantivo. A mediados de los 80, el dramaturgo Harold Pinter escribió el guion de la obra de Atwood. Era una historia que no terminaba de seducir a las grandes actrices de cartel y caché de aquella década. Por ende, los grandes estudios también dieron la espalda al proyecto de aquella otrora y kármica América de Reagan. Al final el cineasta germano, Volker Schlöndorff, en 1989, y su productora se implicaron, en la fascinante historia de Atwood, con una producción pequeña y el aporte de dos viejas estrellas de Hollywood, Robert Duval y Fayne Dunnaway. Handmaiden´s Tale (1990) tenía como protagonista a la actriz británica Natacha Richardson (desgraciadamente, fallecida) y el papel de Moira lo interpretaba Elisabeth McGovern.

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A pesar del buen guion, y la BSO de R.Sakamoto junto a la labor de los implicados; el film fue un fracaso absoluto. VS mutiló el excelente recurso de la voz en off del montaje final. El guionista Pinter y N. Richardson se lo reprocharon. Ya que el resultado fue un film muy plano, a pesar de contar con una material extraordinario. Película con aroma a telefilm que se le puede echar un ojo por los rediles de la webesfera. Posiblemente, el éxito de Hulu, sea el de haber encontrado a una actriz que no es una gran estrella del Hollywood Blockbuster. Pero, Elisabeth Moos es Peggy Olson. Aquella emotiva y creativa secretaria de Don Draper en Mad Men (2007). ¿La recuerdan? Claro que sí. Nuevamente, la australiana, nos brinda un recital interpretativo rodeada de actores de reparto de series, muy interesantes, caso de la magnífica Yvonne Strahovski (Dexter 2006) —compatriota de Moos— en el papel de Serena Joy Waterfrond. Alexis Bledel (Gilmore Girls 2000), como Ofglen y Samira Wiley como Moira (Orange Is the New Black 2013) —exceptuando— su dueño, un Joseph Finnes, que vuelve a ser aquel actor que enamoró al publico en “Shakespeare in Love (1998)”. Como el comandante Fred Waterford, y el servil, Nick (Max Minghella, Ágora 2009 y los Idus de Marzo 2011) chófer de la residencia. Personaje que juega entre ambages de la delación y la autosatisfacción sexual. Y evidentemente, el gran arrojo de los guionistas Bruce Miller (ER, Los 100) e Ilene Chaiken (Empire y El príncipe de Bel-Air) a la hora de adapatar una obra. Este libro, todo un clásico, del siglo XX tiene un toque de vanidad muy provocativa y realista. Y como hemos comentado, Hollywood, a lo largo de casi 33 años, hizo mutis por el foro, con un material de semejante calibre. Narrada en un doble tempo. Donde, en el actual presente, es la nueva comcubina —valga el efemismo— por no decir, una auéntica esclava sexual del comandante de turno. Unos comandantes, representados, a modo de ministros civiles que, guardan una estética más castrense, dependiendo del acto social donde se desenvuelvan. Algo así como unos Masas de plantación sureña — de principios del S.XIX — con estética steampunk/híspter al servicio del régimen teocrático. Y en el tempo de la felicidad. Moos es la editorialista June, que vive con su esposo Luke y su hija, conviviendo en una ciudad moderna del estado de Massachusetts que, poco a poco, va avanzando hacia un agujero sin retorno. El gobierno como lo conocemos a día del hoy en Washington ha sido derrocado por el nuevo gobierno de la dictadura teocrática de la República de Gilead. El aire está pleno de inumerables substancias químicas y la radiación que; “Dios fustigó la plaga, la plaga de la infertilidad”. Es ahí, donde unas pocas mujeres —las llamadas criadas— pueden dar a luz a niños. Hay una constate progresiva de la nueva dictadura a rehusar derechos. Los nuevos líderes culpan a cualquier opositor de terroristas y suspenden la Constitución. Las mujeres son las principales afectadas por este régimen fascista. No pueden tener cuentas bancarias, tarjetas de crédito o dinero. Se les prohíbe trabajar y estudiar. Cualquier propiedad a su nombre es embargada, en nombre de la república dictatorial. Entonces pierden sus derechos sobre sus propios cuerpos. El acto de sexo es regulado por el estado.

 

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La ciudad que se llamaba Boston, al igual que el resto del país, y otros países, se ha contaminado aplicándose una severísima interpretación de la Biblia. De ahí el modelo de procreación y control de las vidas de todas las mujeres. Aquellas que su capacidad reproductiva les permite ser madres pasan a convertirse en “criadas”: mujeres adjudicadas al dominus de turno, o ministro del régimen que tiene problemas de esterilidad. Una vez al mes, dentro de una escenografía de lo más aséptica se lleva a cabo el coito entre el dueño y la sirvienta. Las criadas son violadas —con la ayuda de las esposas de estos— que participan de denominanada “ceremonia” con aroma al antiguo testamento, y una única pretensión, que se queden embarazadas. Lo más detestable, puede que sea, la determinación con aquellas mujeres que no son fértiles, ya que irán recluidas a la zona de contaminación radiactiva: las colonias. No hallamos ante el anagrama visual de un útero que se manosea, al antojo de unos gerifaltes, y así vemos la corruptela de estos tipos, con sus secretos no confesados, dentro de un sistema, donde subyace un submundo de perversión sexual, en garitos, a modo de afterhours. Donde se codean, con muchas de las confinadas-prisioneras. Esclavizadas, a su antojo, como stripers destrangis. Prostitutas del capitalismo de toda la vida. Obligadas a beber, consumir drogas y tener sexo duro. Metáfora de la explotación sexual que nos traslada a ese viejo mapa de la ficción de lujo. Desde el contenedor de Baltimore en The Wire (2002) a las Matrioshki (2005) de Amberes  en Bélgica. Nuestra protagonista y colegas se han convertido en una especie de zombies —con un vestuario estricto— estéticamente impactante, y conocido, de los primeros pobladores de la America del S.XVII. Hasta el ambiente de excitación que se genera en las esposas de estos esclavistas es puro frenesí mental. Y ahí aparece la figura de la tía, unas individuas (a modo de mediadoras y adoctrinadoras) que denotan sadismo y acoso mental en los campamentos de adaptación a la preselección de las familias receptoras del nuevo útero andante. El papel de Ann Dowd (The Leftovers, Quarry o True Detective) es impagable, como la tía Lydia Hasta el mismísimo Javier Bardem saldría acojonado al verla con su palo eléctrico para atizar al ganado. Ellas se encargar de la supervisión y coordinación, con las esposas de los comandantes, sobre las actividades de las criadas, y esencialmente, el estricto control de calendario de los días fértiles. Hasta la ropa interior que se le entrega a la cocinera de la mansión (una especie de casa señorial Art-Deco versus campo de concentración en Polonia). Más tarde o más temprano, llegará el niño que entregarán el mismo día de la concepción a las nuevas madres de atrezo. El cuento de la criada de Margaret Atwood es una novela, donde se observa una identificación, plena con una generación nacida en el comienzo de la II GM —consciente del contexto— de como las órdenes establecidas podrían desaparecer durante la noche. Una noche de cristales rotos… Atwood vivió una parte de su vida en Berlín y nunca ha escondido sus admiración por la obra de Orwell. Cito una frase de la entrevista que concedió la escritora al New York Times en el mes de marzo: “Justo después de la caída del telón de acero la gente no paraba de cantar y continuar con aquel traralalá (…) Que esto es el final. Pero es que en aquel tiempo la distopia era menos sorprendente, porque se consideraba menos posible. Cuando cualquier cosa podía suceder en cualquier lugar, dadas las circunstancias. Ahora mismo podría caer un rayo”.Quién iba a decir que 32 años después, EEUU, estaría bajo la batuta de un tipo con tan penoso aplomo democrático. Y su novela convertida en un nuevo betseller de culto.

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Tampoco hay que pasar por alto —lo que muy bien han reflejado los guionistas— como son esos guiños al despreciable y teocrático Irán, los talibanes de Afganistán, el DAESH, Siria, Venezuela o Corea del Norte. 32 años, con mayores avances y efímera estabilidad —perecedera— pera todavía latente. THT nos advierte sobre un futuro que ya es posible, además nos muestra la inanadidad y futilidad de quienes velan por el estado de libertades. Nos llegamos a preguntar como se podrán acometer determinadas medidas preventivas para evitar el caos. The handmaid´s Tale es aún más inquietante que la mayor parte de ficción postapocalíptica, ya que Atwood —implicada en el proyecto como supervisora del guion— usa la historia como guía narrativa. Y la verdad, que no queda nada artificioso. Mucho de lo que ocurre en el show —el surgimiento de un estado totalitario, la subyugación de la mujer utilizando la religión como una herramienta en una fascista teocracia— ha ocurrido en otros lugares del mundo. Evidentemente, toda distopía se presenta como un cuento aleccionador. Pero dada la complejidad del orden mundial en nuestro tiempo.  En esta producción se observa con nitidez —un marcado halo de nostalgia muy fuerte— del engaño y el fanatismo religioso.  Una sensación de opresión en el tórax— que desata la paranoia, entre el espectador viendo como esa locura, sin sentido, crece cada minuto que pasa. Un poder ciego y delirante de lo más poderosos —decididos— a destruir todo derecho social y meritorio de las mujeres. THT (El cuento de la criada) se observa como algo verídico, enrevesado y a la vez, esencial. Atwood homenajea al novelista británico George Orwell en el uso ornamentado del lenguaje ambiguo. En The Handmaid’s Tale, los homosexuales y transexuales se les denomina “el género traidor”(algo que viene como anillo del dedo, después de ver el documental de O. Stone, sobre Putin) delito castigado con la muerte. El muro de la vergüenza, el ahorcamiento publico, colgado de una grua Caterpillar. Y a pesar de estas lecturas, más internas, fílmicamente, la narración de Hulu es un triunfo del lenguaje audivisual, como dijo Hitchcock, el arte de la televisión. Aquí, no hay platillos voladores o monstruos mágicos que los guardan como presa de culto. La realidad se hace aún más alarmante en el desecho de este Frankenstein de valores fundamentalistas religiosos. La fundación de la república, después de todo, proviene del Puritanismo que burbujea debajo de la América actual. La salvación pasa por contactar con los pocos renegados que viven en la indigencia, a modo de resistencia, y poder llegar a la frontera con el Canadá: la salvación.

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Lo que resulta sorprendentemente mágico en la serie; es el formidable contraste entre la desolación del material y la opulencia del tratamiento. Hay una abundancia visual que gratamente termina por encantar. Un ejercicio de manierismo de este frágil nuevo mundo terriblemente oprimido. La directora Reed Morano (Vinyl 2016), que filma los tres episodios iniciales, tiene un extenso currículum como operadora de cámara y su habilidad, la pone de manifiesto con unos nutridos picados y primeros planos dignos del mejor de Palma y del mejor Spielberg. Los puzzles corales de las cofias de estas siervas que están obligadas a llevar. Es imposible, no pensar en las mujeres Amish en Witness (1985) de Peter Weir y aquella Kelly McGillis. Hay mucho de la pintura, que nos remiten a la escuela flamenca, en las composiciones de los planos a contraluz y el paisaje contaminado de la nueva América. Y ahí esta la grandeza de la australiana, con un leve momento de ojo, sus labios, su sonrisa o sus lágrimas del vestidos mientras talla con la pequeña cuchilla, alguna frase, el nombre de su esposa o su hija. Por momentos nos hallamos ante planos, donde aquellas criadas de casas pudientes eran retratadas por Vermeer, de Hooch, Metsu y Ter Borch. Como se contiene las náuseas en las surrealistas partidas de Scrabble en el grandioso y poblado despacho, donde literatura llega al latín de Virgilio. Una historia universal, el drama de la supervivencia del ser humano. Desde lo más abyecto a lo más admirable que habita en esos verdaderos valores de vida norteamericana y la historia más reciente. Su significado universal, en una clamorosa, memorable y absolutamente auténtica interpretación de la dignidad de una mujer. THT tiene una gran lectura filosófica y a la vez tiene la habilidad narrativa de la vieja escuela Hollywoodense. Ahí, es donde obtiene el beneplácito de toda la crítica y el público de los diferentes ámbitos de la sociedad. En ese imput denominado; el elemento Spielberiagno. Algo tan sencillo y comúnmente humano, como la búsqueda de la familia, el sentido del humor y el toque de un thriller. Una heroína atrapada en la sinrazón —que se reinventa— entre escapadas de pensamientos y emociones contenidas. Defred sabe que es una mujer culta, independiente, valiente y por encima de todo, madre.Y una madre lo da todo por los suyos. Incluso, la vida y la muerte, a cambio de nada en el desfiladero del terror y el caos.  Nota: 8,7

Channel Zero (2016) “Creepypasta horror”

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Si somos honestos con la realidad de la ficción actual, diríamos, que el fenómeno zombi de Walking Dead ha arrasado y, de algún modo, ha abierto nuevos senderos —en la nueva ficción norteamericana— del nuevo siglo, por el género terror. Obviamente, uno de los creadores más prolíficos y culpables de este hype/revival por las crónicas sórdidas y las leyendas urbanas; es Ryan Murphy. Eso sí, con permiso del maestro Stephen King. RM es un tipo, de esos, a los que amas o detestas fervorosamente. Empero, la industria audiovisual le debe mucho —ese plus— no es otro; que mucho dinero y gloria. La popularidad, en la solidificación de la serie, por antonomasia y antología: American Horror Story. Archiconocida y famosísima ficción, donde toda una generación de teleadictos ha crecido junto a ella. A partir de su repaso a la historia más escabrosa y oscura de la violenta Norteamérica, por itinerarios, que han hecho mella en el aluvión de nuevas propuestas. Desde los revival 70/80,s con psychokiller fugado de un manicomio. Hasta el fenómeno poltergeist, pasando por las casas encantadas y los salvajes habitantes de esa profunda América  con motosierra en ristre. Los ecos del nuevo terror bizarro Made in UK con Black Mirror en Netflix, el tennager de Scream, en la MTV, FOX y su Scream Queens. Nuevamente, Netflix con sus dos novísimas apuestas; Hemlock Grove/ Strange Things. La hermana pequeña de HBO, Cinemax, con Outcast, de la mano, del rey de los zombis: Robert Kirkman. Y por último, el terror policíaco, en HBO de Pizzolatto y su adictivo, True Detective. Evidentemente, la lista podría ser todo el artículo, pero no me quiero exceder, y terminaría el recorrido, tras la huellas de Noah Hawley con los remakes de Fargo, mitíco film de culto de los hermanos Coen. Desde el fragor  de esta larga  subasta —permítanme el deseo— he sucumbido al canal Syfy (caracterizado por su clara apuesta por la ciencia ficción y por producciones de perfil correcto-pasable) con el tráiler de Channel Zero. Obviamente, el interés que ha suscitado esta historieta de terror virtual, es embelesador. Syfy propone con CZ un buen homenaje al género de horror y el buen suspense de los 80. Su adaptación del conocido creepypasta sobre una serie infantil de televisión de los años 80. La pesadilla de Candle Cove parte de una idea de Kris Straub conocido por su web y actividad en la red social. El guionista Nick Antosca (forjado en Hannibal, Last Resort y The Forest) hace un planteamiento —ad libitum— que no deja indiferente a nadie.

                                                                                                 CHANNEL ZERO: CANDLE COVE -- "You Have To Go Inside" Episode 101 -- Pictured: Paul Schneider as Mike Painter -- (Photo by: Allen Fraser/Syfy)

Y uno se pregunta: ¿qué demonios es Candle Cove?  Pues, eso, una serie de televisión hecha con marionetas —que narraba las aventuras— de un joven pirata que viajaba en su barco junto a sus compañeros, una pandilla de compinches piratas de rasgos infantiles, pero con unos sentimientos muy retorcidos. Y es que, en los foros y rediles del corral social se afirma que varias personas aseguraban haberla visto en televisión en esa época. Un material que provocaba infinidad de pesadillas y terrores nocturnos al recordar algunas de las angustiosas imágenes emitidas durante la serie. Evidentemente, las inquietantes marionetas, son la constante fuente del escenario perturbador y grotesco del show. Pero es lo que hay, es decir, el concepto creepypasta es eso. Tan sencillas, como los chistes más castizos de tradición oral: historias creadas en la webesfera y compartidas por las redes sociales. Un terror que es horrorífico, desde el plano más ingenuo de la vida, en muchos casos con resultados dañinos. El capítulo piloto mostró visos muy prometedores y, finalmente, Syfy ha firmado dos temporadas de 6 episodios, por entrega. Cada una de ellas se centrará en una nueva historia de terror. El protagonista —absoluto— Mike Painter (Paul Schneider visto por Elisabethtown, The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford o Café Society) es la cara que da vida, a la estrella de Channel Zero. Un actor de reparto muy solvente de  mirada penetrante. Painter está obsesionado con un misterioso programa de televisión de los años 80, y, como influyó, en los acotamientos mortales, de un grupo de chavales que vivían en la localidad de Iron Hill (Ohio). Mike Painter ejerce como psicólogo infantil y se ve obligado a volver para investigar lo que realmente pasó en su ciudad; el cómo, cuándo, dónde y el porqué de esas desapariciones y muertes de su hermano gemelo Eddie y junto, a él, cuatro niños más del pueblo, aquel día, de 1988. Todo ello bajo la pretensión de escribir un libro.

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Comenzando a revisar documentación y lugares donde ocurrieron los acontecimientos in situ. El primer conocido con quien topa, es su viejo amigo, de aquella infancia, ahora sheriff de la localidad: Gary (Shaun Benson). Un tipo que, en el fondo, mostrará entusiasmo por el retorno de MP y con los días —cierto agobio— por la idea de sacar todo aquel traumático pasado. La madre de Mike, una de las mejores actrices de la serie, Marla (la irlandesa Fiona Shaw) veterana actriz de reparto de largo recorrido; El Árbol de la vida, Harry Potter o la Dalia Negra. En su reencuentro con Mike, deja muy claras sus intenciones, por no revolver el desgraciado pasado de la muerte del pequeño Eddie. Luego está la esposa de Gary, Jessica (Natalie Brown). La amiga de la infancia de Mike, Amy (Luisa D’Oliveira). Todos susceptibles de dejar, en el baúl del trastero, el tormentoso affaire. En el fondo, la herida sigue abierta, y de algún modo, la vuelta de MP no hace más que entorpecer el proceso de cicatrización. Aunque, en el fondo, nadie de Iron Hill ha olvidado la tragedia de aquellos ochenta. Sin embargo, Mike, no está por la labor de olvidar de inmediato, como aparentemente, parece apostar todo el mundo. Más turbador resulta, observar a Mike iniciar un proceso de regresión, en el cual, se verá de nuevo atrapado en los nudos más espeluznantes del corazón de esta perversa historia. Una conexión repentina cuasi esquizofrénica con los personajes del barco pirata, y en ese estado, vuelve a aparecer su hermano pequeño Eddie (interpretado por Luca Villacis) a través, de unos fascinantes y amenazantes flashbacks. El espectáculo va adquiriendo un tono admirable, aquel de las viejas películas de serie B, ochenteras, como aquellas adaptaciones del siempre alucinante Stephen King en los “Los chicos del maíz”. Los sustos son de consideración, y el horror online, de la leyenda urbana va sigilosamente entrando por la rejilla del ordenador, hasta la pantalla. Syfy ha tocado una tecla, donde los propios mitos, miedos y horrores de una generación se revuelven en un ambiente de absoluta angustia y desconcierto. Otros elementos destacables del show, es la inquietante y lacónica BSO, de la mano, del compositor musical de moda en la pequeña pantalla, de este S.XXI, Jeff Russo. La exquisita fotografía de Noah Greenberg —con un gusto cartesiano— por el encuadre y la iluminación que recuerda tanto a las producciones basadas en las novelas del maestro S.King.

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En medio del caos del silente medio oeste del cinturón agrícola de la América sin final. Channel Zero ejecuta un material sólido y espeluznante de una leyenda urbana esquizofrénica. La criatura principal —encaja perfectamente con el insólito monstruito— que se convierte en el combustible vital de toda esta surrealista y angustiosa pesadilla. A pesar de algunos finales de la evolución del juego carezcan de mayor recorrido imaginativo. Luego, Channel Zero consigue, el beneficio de la duda, en esa enésima reinterpretación de las pulsiones de los títeres/asesinos del mal, donde los niños se convierten en cómplices absolutos, de cualquier programa de televisión o una película de las últimas décadas. Los peros, son demasiados y la legión de detractores todavía mayor. No obstante, el esqueleto emocional es admirable, y a la vez, muy bueno de relatar. Una historia sutilmente calculada, en los miedos de la infancia, y una gama de sustos de la vieja escuela, capaces de ser uno de los alicientes ,tras estos últimos días del pasado Halloween. Y es que, “la edad adulta es sólo una máscara, una careta sofisticada, seguro,” esputa Mike en el episodio piloto. La misma que se convierte en su vaso de leche nocturno y convive detrás de él, y a los mismos niños que desaparecieron. “No es la primera de su tipo, y el Señor sabe que no será la última. Pero detrás de él, todos somos los niños que estábamos allí” Ese es el mismo punto, donde Stephen King afirma que el horror es parte de un período en el tiempo, que coincide, con episodios de desequilibrios económicos y políticos; los libros y películas parecen reflejar esas desazones que flotan libremente –a falta de un mejor término– que acompañan esos espacios de tensión, graves pero no mortales”. Channel Zero no es más que un mensaje más, de entre las millones, de historias espeluznantes que se transmiten, como viejas historias terroríficas, y seguirá siendo así, a lo largo de la historia.  Algo así como, el déjà vu de Mike, que se convierte en pura niebla mental. El viaje de 1998 a 2016 es difícil de digerir. Aunque, no estamos seguros, si esos destellos de imágenes, en su cabeza, son alucinaciones, memorias basadas en realidad o cosas que, realmente, le están pasando a él en su devenir diario. Hay algo en esa atmósfera que, el propio Mike Painter, guarda y amaga. Al igual que el irrepetible e inquietante Norman Bates (la sombra de la sospecha de su implicación es obvia), y sólo la atmosfera de Candle Cove podrá dar las señales a la incógnita de la fantasía y el mal. En el fondo, no hay nada mejor que un empacho de televisión, claro que no está de menos observar a los niños que hacen con el mando. Lo dicho, un vaso de leche y felices sueños o pesadillas… Nota: 7,1

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