The Americans (2013) “el matrimonio ruso más amado de la TV moderna”

 

Elisabeth puteando Foto 1

La nueva ficción televisiva, Made in Usa, desde su irrupción en este nuevo siglo audiovisual; se ha caracterizado por la consolidación de un nuevo antihéroe estadounidense. Un tipo que no ha parado de ascender y sentirse querido por la audiencia. Recordemos al carismático gángster, Tony Soprano, a punto de cumplirse su 20 aniversario. ¿Quién no se acuerda del personaje mejor escrito para la TV de calidad? Por entonces, una HBO, algo monopolística. Aquel sagaz grandullón, de oronda y excelsa barriga, con un síndrome maniaco-depresivo. Un tipo entre lo amenazante y el risueño padre de familia, ese vecino de toda la vida. Chillando a todo Dios, sin saber el porqué. O mejor aún, en ese plano, sentado en la piscina de su mansión, con el fusco en la mano, mientras fumaba un Montecristo: vigilaba patos y osos. Tony Soprano fuel el mayor hito de la historia de la ficción televisiva. Pues, introdujo un nivel de complejidad temática y ética de una consistencia, inaudita. Nunca vista hasta entonces en la pequeña pantalla. Un vistazo al principal circuito de premios (Emmys o Globos de Oro) y verán que a lo largo de la última mitad de la década: se observa, no sólo el interés crítico de las páginas de millones de blogs o páginas culturales, que han dedicado chorros de tinta a por estos nuevos personajes y productos, mágicos vía streaming. Inclusive, el de una popularidad sorprendente y enfatizada, gracias a esos de las redes sociales. Creando el fenómeno de la Seriemanía. Miles de seguidores de los lugares más remotos, preguntan por las andadas de sus personajes favoritos. Las magistrales Mad Men, Deadwood, y más recientemente, Ozark de Netflix son solo tres espectáculos que han logrado un amplio reconocimiento por la definición de unos protagonistas moralmente comprometidos. El canal de cable FX, es conocido por su concepto “There is no Box”. Por aquello, de la competencia de reojo. También, por las producciones —inicialmente— sobradas de testosterona. Casos de SOA (2008) o Justified (2010).

 

 

Evidentemente, nunca ha sido ajeno a esta estirpe de personajes en constante conflicto. Pero la serie, por excelencia, que marcó el devenir de estos personajes fue The Shield. Un punto de referencia en la era del antihéroe, considerado por muchos, la respuesta al emblemático buque insignia de HBO. Curiosamente, donde, Tony Soprano ya era el mito dentro del sistema de corrupción, más arraigado, en la historia norteamericana. Vic Mackey era un luchador contra el crimen, uno de los buenos, aparentemente. Sin embargo, en su lujuria maquiavélica por frustrar a los malos, lo presenciamos torturando, chantajeando, manipulando pruebas de su unidad de homicidios —in situ— o llevándose el dinero de los alijos. En ese sentido, The Shield se puede ver como el comienzo de lo que se ha convertido en el paradigma actual del antihéroe televisivo: donde la ambigüedad moral abunda en espacios —más allá de las arenas esperadas— de mafiosos y matones, entre doctores y maestros de escuela secundaria, gente común. Cuando Joe Weisberg y Joel Fields lanzan The Americans en 2013. Una de las mejores series dramáticas de los últimos diez años. Si contamos hacia atrás, hasta septiembre de 2001, y, junto a la emisión de la primera temporada de 24h (2001), y la premiada Homeland (2011) de Showtime, los norteamericanos estaban enganchados al concepto de este, tipo de productos, donde el terrorismo internacional islamista: es la esencia del producto. La televisión estadounidense supo hacer de la vida de un matrimonio de rusos, los protagonistas absolutos, de una ficción de espionaje bajo la presidencia de Reagan tiene algo deliciosamente sugerente: el culto a una década de la que hoy en día hay mucha gente que fue joven y guapa, en aquellos años.

 

El gótico de mi marido Foto 3

 

La historia, a principios de 1980, es muy sencilla. Dos desconocidos, un hombre y una mujer son convertidos en agentes rusos desde la vieja URSS y camuflados, como modélicos ciudadanos estadounidenses, al servicio del KGB en Washington DC. Un show con un aroma a laca y purpurina plateada. Un diseño artístico que recoge todos los detalles del boom ochentero de esta década, en todos sus aspectos: moda, música, pensamiento y fascinación de adictos hípsters a las series en streaming. Luego, ¿quienes son ellos? Un tipo tranquilo, Philip (Matthew Rhys) y una mujer atractiva, con aspecto, de chica de las Bangles: Elizabeth Jennings (Keri Russell). La pareja de soviets enamorados de la America más consumista ha hecho historia a lo largo de seis temporadas. Esa hermosa y deseada vida tranquila de dos ciudadanos estadounidenses son: un matrimonio ejemplar, con un negocio muy en boga, una agencia de viajes. Tienen una pareja de niños a los que crían en la filosofía más campechana del capitalismo, exultante reeganiano, adictos al béisbol y el hockey. Además, de reconocidos fans del maravilloso mundo del mago David Copperfield. Sin embargo, detrás de consufa patomima banal, se esconde una inmensa taparadera para llevar a cabo, todo tipo de actividades de espionaje de grandes proporciones. El sabotaje, la vigilancia, el robo de secretos industriales, la seducción de figuras influyentes, el reclutamiento de fuentes y el cambio de físico, mediante, protesis y disfraces. Así como el asesinato a sangre fría. Todo es bueno para promover la causa de la URSS… ¿El objetivo final? Ganar la guerra fría. Demos un giro de 180 grados ¿Tiene poco o mucho parecido entre sí más allá de su conversación básica sobre lo que significa ser un agente doble? O mejor dicho, en un sentido más amplio, ¿Qué significa llevar una doble vida? Por ejemplo, el concepto de Homeland, visto por un ciudadano medio, de inmediato se ve provocado y sostenido por un complot terrorista que va desde el Capitolio a Afganistán.

 

Marriaged Jennings Foto 4

 

El romance que surge entre Carrie Mathison (Claire Danes) y Nicholas Brody (Damian Lewis) es muy predecible, aunque deje escondida una guarnición muy deliciosa por los segundos platos.  Y es que, en el fondo, The Americans, aunque está tan a tono con la ambigüedad moral, de muchos de sus predecesores, la obra de su creador, Joe Weisberg; ofrece un tipo de protagonista completamente diferente. Algunos dramas antihéroes intentan retratar la lenta degradación del personaje (Walter White de Breaking Bad), otros nos muestran cómo la obsesión profundiza la locura (Dexter Morgan en Dexter, o Nicholas Brody de Homeland) y otros permiten la experiencia superior del poder y sus consecuencias (Don Draper en Mad Men y Nicky Thompson de Boardwalk Empire). Lo que separa a The Americans es su primer plano del dispositivo más simple en la historia de la narrativa. Piensen en algo tan esencial, en el mundo coloquial, como el amor. Y que mejor vector, donde expresarse, que el amor a una familia. Empero, The Americans se convierte en una lección de guion, a la hora de ampliar el método de abertura de cajones y llenas de subtramas. Un producto, que desde el arranque de sus cortinillas esta repleto de los símbolos del espionaje y toda la fanfarria ochentera iconica por un score musical de Nathan Barr memorable. Empero, el show no se olvida de las alocadas persecuciones, brutalidades y las intrigas burocráticas del poliburó que funcionan al servicio de su núcleo romántico. Sin embargo, lo que deja a los espectadores aferrándose a sus apoyabrazos, en estos momentos de pulposa emoción es el terror subyacente que, en cualquier momento, la incipiente relación entre los protagonistas Philip y Elizabeth Jennings sufrirá un golpe, ya sea físicamente, emocionalmente, o ambos, de no sobrevivir a la misión.

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Los críticos alaban de inmediato la calidad narrativa de la serie. Como ex agente de la CIA, Joe Weisberg es el garante de su credibilidad. Se saborea la audacia de poner al público estadounidense del lado de los soviéticos: inclusive si Philip y Elizabeth nunca son heroicos, aquí lo son. Ya que, los puntos de identificación del espectador, son aquellos a quienes queremos ver triunfar. Al final, o en cualquier caso, escapar del agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), que resulta ser su vecino. En un estilo de suspense, la serie tiene éxito en el retrato sutil de un matrimonio complejo y la supuesta normalidad familiar. Finalmente, una miríada de detalles de los años 80, que deleitan el paladar del más esteta: pantalones de talle alto, los inevitables peinados cardados y otros videos aeróbicos, y por supuesto la música: Phil Collins, Sting, Peter Gabriel, U2, Elton John o Duran Duran y etc… Son inmensos momentazos dentro de la pantalla. ¿Por qué? Pues, que nos hallamos, ante el vademecum típico de la Guerra Fría. No existe un objetivo claro y generalizado. De ese modo, el conflicto de larga duración que va emergendiendo “in crescendo” dependerá, en gran medida del carácter, que impriman los personajes con sus originales devaneos. En los episodios que siguen el apogeo emocional del clímax de capítulo piloto, no decepciona. Todo lo contrario. Vemos que los dos confrontan infidelidades pasadas y presentes. Por ejemplo, la manipulación sexual de Philip a la secretaria del FBI Martha Hanson —papel interpretado por la actriz Alison Wright— es sencillamente, puro beluga. Y gracias a este trabajo la confirmación de una excelente interprete como es la singular Alison Wright. Luego, está nuestra querida Elizabeth lidiando con su amor de correrias al margen de la ley; un antiguo trabajador afroamericano. Dilemas profesionales que generan disputas que se sienten más personales que políticas.

 

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En el caso, del intento de asesinato de Reagan se usa aquí para resaltar sus diferentes lealtades. Así como un nuevo jefe de los servicios de trabajo de campo de todos los espías, que interpreta la siempre carismática y manipuladora Claudia/Margo Martindale, en sustitución del cabal y más heterodoxo Gabriel que interpreta Frank Langella, muy mayor, al que el poliburó quiere pasarlo a la reseva. Por no decir, a la jubilación forzosa. Claudia les informa que el trabajo está a punto de volverse más amenazador para la vida, de lo que por si ya era, anteriormente. Un romance es tan bueno como sus obstáculos, y, como ya hemos mencionado, aquí no encontramos escasez de obstáculos. Todo lo contrario, en The Americans es un deleite, la cantidad de capas barnizadas que se pueden llegar a desvelar. En todo caso, el grado de coincidencia incorporado en la creación de estas barreras ha sido, para algunos espectadores, el defecto principal del programa. Reiteramos, para alugnos. No obstante, cuando la coincidencia profundiza el conflicto en lugar de ayudar a resolverlo —inculcando un cierto grado de inevitabilidad en lugar de dejar a deus ex machina— la mayoría se apresura a perdonar. Entonces, cuando el agente de la CIA Stan Beeman (el análogo más sagaz de Noah Emmerich sería el cuñado Hank de Breaking Bad) se mueve por la calle de los Jennings, estamos más interesados en el estrés de su arma cargada , la cual, le llega a generar; que en desacreditar su improbabilidad. The Americans se asemeja más a Deadwood de HBO, un programa más interesado en cómo se construyen las comunidades que en marinar con sus propios conceptos. Pensemos, por un momento, donde la magia de Deadwood estaba en su molde expansivo, el encanto de los estadounidenses está en su enfoque limitado; hay algo embriagador en su estrecho ecosistema de momentos sosegados, su énfasis en la acumulación de gestos en la creación de significado.

 

Margo& Frank Foto 7

 

En todo caso, una discusión sobre el linaje es importante aquí en un sentido global; hay un cierto grado de previsibilidad para cualquier espectáculo, pero después de más de una década de escritores dispuestos a poner a sus seres queridos, a través del tono, sabemos mucho mejor como dejarnos sentir más cómodos; cuando las cosas parecen ir bien para el Sr. y la Sra. Jennings. Al final, no queremos que Philip y Elizabeth tengan un camino fácil hasta que realmente se lo hayan ganado, y somos ampliamente recompensados por nuestro masoquismo. La represión y lo tácito forman el fulcro dramático de los estadounidenses. De la misma manera en que los roles de género de los años 60 arrojaron un conflicto de carácter en Mad Men, el empleo de los Jennings como espías opera como una especie de silenciador de facto. Como todos los dramas de época efectivos, esto habla tanto del espíritu de la década de 1980 —la capa de seguridad cuidadosamente construida a pesar de las ansiedades profundamente arraigadas— como del actual espíritu de época posterior al 11 de septiembre. Entonces, cuando Philip se acerca a Elizabeth sobre como desertar a Estados Unidos en el piloto, nos damos cuenta de que hay varios tules, maniobrando la psicología del respetable, que han puesto en marcha. Aunque, para ello hayan engañado a todos los que los rodean, incluidos sus hijos, siempre han sabido que su matrimonio es solo un vehículo para su verdadero matrimonio con el jodido KGB. Ya que su verdadera tapadera reside en los suburbios estadounidenses. El momento en que se interpone en el camino de una misión es el momento en que pierde eficacia. Por ejemplo, cuando Philip empuja a la deserción, Elizabeth no solo se enfrenta a descifrar sus intenciones —puede estar en una misión privada desde el cuartel general con la intención de poner a prueba su lealtad— sino que navega la corriente subyacente de sus aparentes sentimientos hacia ella (particularmente al foco de la distancia emocional que ha cultivado con cualquier cosa relacionada con su vida estadounidense). Algo así, la respuesta a su patriotismo erosionado (el modus operandi del la agencia y su entrenamiento le obligaría a delatarlo en la sede).

 

 

So Sorry, Stan but we going to Russia Foto 8

 

The Americans es un espectáculo sobre cómo lidiar con las consecuencias de las decisiones tomadas en la juventud, sobre confiar en la intuición y amar a pesar del miedo, sobre aceptar que lo que más nos amamos el uno al otro es también lo que más odiamos y lo que más tememos de la vida. Ese proceso de aceptación de lo que más amamos, el uno del otro, es también lo que podemos llegar a odiar o temer más. Incluso para aquellos de nosotros que no estamos inmersos en una existencia paranoica, el mundo, a veces, puede hacer sentir a cualquiera de nosotros: un lugar duro y solitario. Con la inevitabilidad de nuestra mortalidad, lo mejor que podemos esperar es una verdadera conexión humana mientras todavía tenemos tiempo para ello. Ese tipo de redención, que The Americans busca ofrecer, es un faro raro, algo, sin darse cuenta, que hemos estado esperando desesperadamente para ver. Como hemos visto en los últimos catorce años, la televisión es un medio increíble para retratar un deterioro lento. Pero los estadounidenses revelan que la televisión es igualmente capaz de mostrar lo contrario: los pasos precarios que tomamos para construir una comunidad, cómo nos mantenemos frente a la obstrucción y cómo nos enseñamos a amar y ser vulnerables en un mundo que sabe exactamente cómo para explotar y destruirnos. Siempre nos quedarán los rostros de Philip y Elizabeth cruzándose con su joven colega de la KGB, un juvenal Vladimir Putin. Nada más lejos de la realidad. Pero, no que les pique la curiosidad, de echar cuentas…Si estuvo destinado en la RDA de 1985 a 1987. Cuántos de nosotros hubiéramos pagado por ver esta escena. Muchos. Y todo sigue igual de otrora KGB de nuestro matrimonio de desconocidos hasta el final de la guerra fría. Ahora el actual, FSB. Las técnicas de espionaje son idénticas y que los objetivos, sean siendo los mismos. Después, de contarte todo esto, No creen que merece la pena ver una de las mejores y más queridas series de la historia de la TV, según, la AFI. Ojalá! la Academía de televisión norteamerica, le de un epitafio, como mandan los dioses y por fin, sea la mejor serie de drama. A igual, que los Soprano, Mad Men, Breaking Bad o Homeland. Gracias por estos años y suerte. Nota: 8,5

 

 

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Waco (2018) 25 años después, la misma sangre

 

El clima político actual de EE.UU, está viviendo un cambio radical en la cultura popular —algo que se percibe— en el sustancioso y adictivo mundo de la ficción. Las películas y los programas de televisión son inevitablemente sopesadas por la actualidad más inmediata. La misma que refleja los acontecimientos más presentes de la más cercana historia contemporánea de Norteamérica. Caso adyacente y que ha trascendido —dada su personalidad— lo tenemos, en el film “The Post”, de Spielberg. Candidata a mejor película, en la última entrega de los Oscars, es un film —claramente— contestatario a la feroz guerra, de la administración Trump, contra los medios de comunicación, especialmente, los escritos. A la luz de esa inclinación natural, no es de extrañar, que la cuestión de cuánto podrá confiar en la nueva administración gubernamental la sociedad estadounidense (dada la fractura entre los críticos y los acólitos) se haya convertido en un tema prominente, a la hora, de afrontar cualquier historia de la mayoría de las obras contemporáneas. Sin embargo, hoy mismo las calles de todos los estados que forman esa gran democracia están diciendo que hay que parar a las armas. Un debate, que a pesar de su actualidad, lleva golpeando a la nación norteamericana desde el final de la IIGM. Partiendo de este preámbulo, la factoría de la todo poderosa Paramount, ha creado, su nuevo canal de TV, Paramount Network. Presentando en pleno invierno y nuevo año; Waco (2018) es una apuesta, por una serie compleja y muy interesante. Hablamos de la historia del sectario líder y su troupe. Así como del triste asedio del Rancho Daviniano, que habitaban, defendido hasta la muerte y armados hasta los dientes, por el jefe espiritual  David Koresh, en 1993. La serie se inicia, con la presentación del personaje dirigente —de la secta davidiana— y el resto de sus protagonistas más importantes. A principios de los 90, la administración Clinton tiene que manejar feos asuntos domésticos de carácter subversivo. Algo así, como el fenómeno antisistema europeo de esta última década en Europa. Muchos fueron los iluminados fanáticos y grupos que sembraron el caos en los EE.UU.

 

 

Atentados y disturbios de primer orden. En Waco, no se pierde la oportunidad de mostrar —en un pequeño cambio de escenario— el sitio de 1992, en Idaho. Donde un grupo supremacista ario, se atrincheró en una atalaya, mostrando una actitud de violenta rebeldía contra todos las legalidades de la administración del gobierno estadounidense. El responsable del equipo de asalto de la ATF, sufrió un sonoro revés. El negociador, un hábil y siempre ejemplar Gary Noesner que interpreta, el inefable Michael Shannon, /99 Homes (2014) Nocturnals Animals (2016) The Shape of wáter (2017)/, todo un invitado de excepción. La ATF, junto al negociador GN, y parte del FBI, se las vio y deseo con el personaje David Koresh y sus prosélitos en la dura y salvaje Texas. Aquel tipo se veía como un auténtico profeta. Vivió con sus seguidores en Monte Carmelo cerca de Waco, Texas. Los adeptos a la causa —su rama davidiana— parecen básicamente gente de buen corazón y algo bobalicones, en apariencia. Es verdad, que todo el mundo es un enigma. Cuando la cámara abre con el primer plano de la cara de David Koresh y sus características gafas de montura metálica—muy propias de un asesino en serie autoestopista— parece ese tipo de hippie enrollado, con toque payés, en su huerto de Formentera; que desprende generosidad y bondad. El David Koresh de Waco está muy lejos de ser un tipo violento y feroz. Con un tono de voz suave, optimista y amabilísimo. Pero en el salón del rancho está el escenario con los instrumentos y ahí el amigo DK se arranca con “My Sharona” de The Knack. Y saca un poderío de estrella del Rock System que te deja absorto. Y es que Taylor Kitsch es un pedazo de actor, como la copa de un pino; True Detective (2015) Normal Heart (2014) o Lone Survivor (2013).

 

A pesar de algunas lagunas que se observan en el guion y la dirección de un par de episodios. Posiblemente, por decisión mayor. Ya que las mismas, si están constatadas en los libros de referencia. Donde se repasa, a fondo, la figura del fanático y magnético DK. El joven Vernon Howell (nombre de pila) se mudó a Waco, Texas, uniéndose a un grupo escindido religioso (el ala más disidente de los Davidianos) llamado los Adventistas del séptimo día. El supuesto profeta y protagonista de toda esta historia; nació el 17 de agosto de 1959 en Houston, Texas. Vernon Howell nunca conoció a su padre, y su madre tenía catorce años, cuando ella dio a luz, entregándole, la criatura, a su abuela, cuando él era solo un bebé de chupete. Cuatro años más tarde, a la edad de ocho años; un año después de que su madre regresara y se casara con un nuevo amante; Howell afirmó que fue violado —en grupo— por una pandilla de niños mayores. Era un estudiante en una clase de escuela primaria para necesidades especiales, donde la intimidación se intensificó hasta el punto, que la violencia sexual estaba a la orden del día. David abandonó la Escuela Secundaria de Garland. A partir de ese momento, trabajó en tareas domésticas y a los veintidós años, tuvo una aventura amorosa con una adolescente de quince años, a la que dejó embarazada. Debido a esta autopercepción de vergüenza, Howell, se declaró a sí mismo: Nacido de Nuevo para unirse a la iglesia de su madre: Los Adventistas del Séptimo Día. El trepa de Howell fue ganando autoridad y finalmente, el liderazgo del grupo, reclamando el poder de la profecía y posteriormente siendo visto como el último profeta del movimiento, Howell cambió su nombre por el de David Koresh, evocando el linaje espiritual que pretendía tener (es decir, él era “descendiente” auténtico y puro).

 

Desde la línea del rey David y se hicieron comparaciones con el pseudomesiánico Ciro el Grande (llamado Kores en la Biblia). En la Iglesia del Séptimo Día, Koresh se enamoró de la hija de un predicador y, mientras rezaba para recibir orientación sobre cómo manejaría estos pecados, abrió su Biblia en Isaías 34:16. “Nadie debería querer a su compañero…” decía, y David se convenció de que esto era una señal de Dios, antes de informarle al padre de la niña que el Señor quería —que tomase— a su hija por esposa. El pastor no estuvo de acuerdo con esta versión del evento y arrojó a David de su congregación y comunidad. En el exilio, Koresh viajó a Waco, Texas, y se unió al culto del rancho Davidiano, una escisión de los Adventistas del Séptimo Día: los Davidianos, allá por 1983. Casi de inmediato, tomó la decisión de tomar el control del grupo y luchó por el poder contra el líder George Roden, hasta que Roden fue encarcelado por matar a otro rival. Waco es una historia escrita por el dueto cinematográfico: John Erick y Drew Dowdle. A partir de los libros de memorias de dos personajes reales:  “Stalling For Time: My Life”  de Gary Noesner  y “Thibodeau’s A Place Called Waco: A Survivor’s Story de David Thibodeau”. Curiosamente, ambos cineastas venían de producciones de terror con presupuestos ajustados: The Poughkeepsie Tapes (2007), Devil (2010), y lo más reciente un drama de acción, con golpe de estado de por medio, No Escape (2015) protagonizado por los actores Owen Wilson y Pierce Brosnan. Obviamente, el paso del terror y la acción al relato ficción televisiva de la historia naciente de los Estados Unidos; es quizás tan grande como el que va del largometraje a series televisivas de grandes eventos señalados. Dado el actual estado de la televisión y su gran capacidad de recursos (además, del apasionado deseo de quienes lo hacen) para competir con lanzamientos teatrales, entretenimiento y el cine. Atrayendo a estrellas reconocibles y ofreciéndoles material potencialmente atractivo para interpretar. Entonces, ya no es una cuestión de darle un impulso anecdótico al estudio. Se está intentado promover las muchas sinergias que comparten, y dando signos, más que evidentes del inminente cambio.

 

El interés de la TV en streaming, por realizar proyectos cinematográficos, se demuestra —claramente— con una relativa restricción en la producción, de términos, en cuanto al propio tamaño de la serie en sí.  Algo, muy parecido a las producciones televisivas británicas; el modelo de los seis episodios. La reivindicación del formato miniserie. Waco aporta una sensación de brevedad, especialmente cuando se compara con los 10 episodios de The X-Files o los 9 de American Crime Story of Versace. Pero es una magnífica producción. Hay tanta televisión a la espera de ser vista, y con múltiples redes, expectantes, por obtener los ojos de los televidentes, en sus productos, que cuando llega el día de su emisión, parece que pedir un compromiso de seis semanas: se atisba como una victoria. Empero el propio producto, Waco, tiene potencial de sobra para ser candidata en los próximos Emmys. A ello, le sumariamos, una cortinilla de presentación muy hermosa, la excelente fotografía de Steven Finestone y una hermosa BSO del compositor de moda, Jeff Russo.  Siguiendo el itinerario del visionado, vemos que los acontecimientos que se están desarrollando son tan horribles que podrían separarse fácilmente de la realidad. Sin embargo, las tres actuaciones están tan bien fundamentadas que mantienen la serie anclada, ofreciendo tres perspectivas diferentes sobre el asedio. Schneider, que ha vivido en el complejo durante años, tiene un interés evidente en mantener las cosas como están. Noesner, a veces, resulta lo más extraño e impolíticamente correcto, que se ha traído para ayudar a resolver el caso. Otro gran personaje es Jacob Vázquez —papel que borda— un veterano John Leguizamo Bloodline (2015) The Infiltrator (2016) y John Wick: Chapter Two (2017). Un agente encubierto de la ATF, que conoce el medio, ya que sabe que hay algo muy raro y perverso, en el complejo. No obstante, siente cierta responsabilidad por las personas, que están adentro, y tan sólo han sido más que amables con él. De ahí la accesibilidad de Vázquez con el clan. Además del conflicto entre los negociadores y los presentadores de cargos: el principal peligro en Waco es entre estadounidenses razonables que simplemente viven de una manera extraña, y un gobierno que no los va a dejar en paz. No se cederá ni un centímetro.

Son consignas que vienen desde muy arriba. No se mencionan —estrictamente— las creencias controvertidas de los Davidianos. La secta había albergado ocurrencias como concursos de resurrección, en los que un candidato a líder desenterró un cadáver y creían que el Armagedón era inminente. Incluso una boda falsa, diseñada para ocultar el hecho de que Koresh engendró un hijo con una niña menor de edad, es retratada con un encanto caprichoso. La niña sonríe dulcemente mientras Koresh toca la marcha nupcial con una guitarra eléctrica. A modo, del gran Slash en el video “November Rain”. Cuando toca la Fender siente el éxtasis de cualquier estrella del Rock. Se lo cree. Es magnífica la secuencia. La humanización íntima de Koresh y sus seguidores se presenta como una defensa pura, una reivindicación de los derechos de los grupos marginales a existir con enormes reservas de armas sin atraer la atención de la ley. Además de los espectadores potenciales, muchas actuaciones sobresalientes vienen a la mente. Paul Sparks, un clásico Made in HBO, The Night of, The Girlfriend Experience (2016) y House of Cards (2013) es Steve Schneider. Para Koresh es su mano derecha. Schneider aporta el mismo tipo de humanidad y fundamento, en un lugar donde campa la alucinación colectiva. El personaje de Schneider es fascinante, pues, estamos ante un profesor de Teología, un tipo, leído y muy viajado. Es curioso ver, como la mayor parte del tiempo, lidia con el estrés del estilo de vida davidiano (especialmente con su mujer, una de las esposas espirituales de Koresh, del cual tiene un hijo) y teniendo la tarea de mantener el complejo unido durante el asedio. Schneider es la duda constante, en más de una ocasión, ha amagado con abandonar a toda la comunidad. Salir de aquel engendro de iluminados o desgraciados abducidos.

Empero, da marcha atrás, pues, hay algo de prestidigitador en el discurso de Koresh que encandila a Schneider, volviendo a ubicarlo en su labor de hilvanador de la crisis interna dentro del rancho, quien muestra la gravedad de la situación que se cierne sobre Schneider en todo momento. Melissa Benoist conocida por interpretar el Supergirl (2015) y Patriots Day (2016). Está fantástica, en el papel, de la esposa de Koresh (lo más cercano a la compañera principal). Rachel, que muestra a su vez la vulnerabilidad de una madre que trata de mantener a sus hijos seguros en una situación extremadamente peligrosa y en el interior la fuerza de esa líder de grupo tratando de aglutinar a todos juntos. A pesar de que su papel se ver reducido de lo que podría haber sido. Shea Whigham (que Scorsese le dio la vida, en Boardwalk Empire, The Wolf of Wall Street y Kong: Skull Island) proporciona la fuente del lado más militarista de las cosas como el agente del FBI Mitch Decker, cuya sombría cosmovisión y dureza en sus metodologías chocan con las de Shannon. Y ese actor Rory Culkin… no puedo evitar el preguntarme, ¿han pasado realmente dieciséis años desde Signs? Me miro, en el espejo y claro que sí. Aporta un sentido de humanidad y comprensión del ya mencionado Thibodeau, a quien vemos unirse al grupo, involucrarse personalmente con los miembros y, finalmente, de algún modo salir vivo del otro lado. En un agradable gesto con las magníficas fuentes, de Noesner y Thibodeau. Cada vez que parece que la narración se inclinará demasiado, a favor de un lado sobre otro, se lanza una nueva finura en la obra. Cuando Koresh amenaza con ser demasiado comprensivos, nos recuerda el hecho de que fue acusado de violación legal.

 

Cuando la ATF o el FBI parecen demasiado heroicos, se nos recuerda que es muy posible que hayan instigado el tiroteo y tapado los detalles para parecer menos incompetentes. Con ese fin, Waco se convierte en una de las series más efectivas de intriga, suspense y acción, en la memoria reciente. No sucumbe a la presión de declarar un héroe o un villano, ni crear una narración que sea clara en términos de quién era responsable. Y, como una advertencia para los débiles de corazón: Waco tampoco corta las esquinas cuando el sitio realmente comienza. Los desacuerdos entre el equipo de negociación del FBI y los defensores de la contundencia llevaron a la desorganización y la indecisión. Después de 51 días, el FBI lanzó un ataque con gas lacrimógeno. En Monte Carmelo ardía todo, mientras las cámaras de las TVs rodaban. Dos años después, Timothy McVeigh colocaba 1800 kilos de explosivos y hacía volar el edificio federal de Oklahoma City. Curiosamente, citando a Waco como evidencia de un gobierno intimidante —cuya nariz— pedía sangre. El tiroteo es salvaje y ensordecedor. Incluidos carros de combate del ejército norteamericano. Dejando cuatro agentes federales muertos y dieciséis heridos, mientras que cinco Davidianos yacían muertos y más heridos, incluido Koresh. Lo que siguió fue una lucha burocrática muy larga, a degüello, entre la ATF, FBI y elementos del ejército. Los davidianos aguantaron cincuenta y un días. Y ahora qué ¿Cuántas pistolas tenían los Davidianos? Algo fallo o fallaba desde el principio. Tampoco se obtiene una gran explicación sobre cómo Koresh apoyó financieramente a todos sus seguidores, que ocupan una gran casa llena de niños. Otro elemento discordante es la historia del líder Koresh viene de la licencia del gurú, para dormir, con mujeres menores de edad, supuestas “novias”, en su opinión. Es una parte de la historia que no está del todo bien desarrollada, siempre, partiendo del excelente material biográfico. Entonces o ahora, tal comportamiento sería profundamente inquietante, si no ilegal, pero estas preocupaciones se plantean brevemente solo para dejarlas de lado. Michelle Jones (Julia Garner) The Americans (2013) Grandma (2015) Ozark (2017) tiene una escena en la que se queja de haber sido obligada a tener relaciones sexuales con Koresh a una edad muy temprana, y ella tuvo a su hijo, como muchas mujeres en el complejo.

 

 

La falta de curiosidad sobre el daño infligido a las mujeres en los alrededores de Koresh representa una oportunidad perdida, y es aún más decepcionante dado que los miembros del elenco, además de Garner. Caso de Melissa Benoist y Andrea Riseborough  de Cocodrilo de Black Mirror (2017) y la muerte de Stalin (2017) son actores hábiles que podrían haber aliviado los dilemas de las mujeres. Decenas estaban dispuestos a morir por Koresh, o arriesgaron sus vidas en el intento de frenar su influencia. Pero a pesar del conato parcialmente exitoso por aclarar las cosas, Waco rara vez ofrece el tipo de profundidad, que haría que el examen de estas poderosas motivaciones sea convincente. Por lo tanto, a aquellos fanáticos de los derechos de armas (La asociación de amigos del rifle&Cia) saciarán una curiosidad puramente mórbida, y seguirán disintiendo de la posición gubernamental. Otros, nos quedaremos pensando, en la figura de aquel simpático mormón (el fallecido Bill Paxton) de la serie de culto de la factoría de HBO, Big Love (2006) y sus perspicaces esposas. Existe como un karma, que no sé muy bien cómo definirlo, en esa extraña interpretación de Taylor Kitsch. Cuando todas las mañanas, inicia el mismo ritual, el chándal y las zapatillas. Y a correr por la pradera, como un runner de fin de semana, con sus hijos. Y volvemos a preguntarnos: ¿qué le pasa por la cabeza y que esconde en esos ausentes ojos tras las gafas metálicas de Psychokiller? Esas jodidas gafas que los hípsters de 2018 las compran como churros. No voy a preguntarle a la vicepresidenta de mi gobierno, ya que es otra fashion victim. Me quedo con la cara de Michael Shannon, ese rostro de poliédrico de tipo duro, que es un poema. Algo así, como el agricultor, que ve la llegada de la tormenta de las tormentas y no va a quedar nada en aquel polvoriento y desvencijado rancho de Monte Carmelo. Posiblemente, tras un segundo visionado, algunos estaremos más contentos de ser ciudadanos europeos y convivir con una ley sobre el uso de armas, con unos cánones de seguridad, relativamente equilibrados. En Waco hay sangre de sobra —que mancha a las mascotas de turno— de los dos partidos; que son la Norteamérica utópica de la libertad. Demócratas y republicanos son cómplices del fascinante espectáculo de delirio, fanatismo y violencia colectiva. 25 años después, la sangre del fantasma de Waco sigue en los corazones de los estadounidenses. Nota: 7,6

The Handmaid’s tale (2017) Terror y Caos

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A tres años del final de la segunda década de este siglo; los nuevos productos televisivos están brillando por la ausencia de calidad, en este 2017, y reitero, nuevos. No es el caso de las entregas —que van llegando— de otras series estrenadas años anteriores. Bien, así como el que no quiere verlo: la pantalla reluce píxeles y demás jarcia digital con la gran sorpresa del año; The Handmaiden´s Tale (2017). A partir de la novela Margaret Atwood publicada en 1985, la productora de televisión Hulu, estrena una serie de grandísima calidad. Y, ahora, quisiera hablar de Hulu —un joven canal de cable norteamericano— propiedad del grupo NBC creado en 2007, y la atiborrante frivolidad, con la que determinados escritores, críticos y blogueros de turno; endosan el producto y gloria de esta adaptación a la todapoderosa HBO. Dejemos una cosa bien clarita. HBO, funciona como un imperio audiovisual y todos aquellos que estamos formados en producción audivisual sabemos —de sobra— cuales son las funciones de negocio de una productora: en propiedad, coproducción o distribución. Bien, en el caso del Cuento de la criada en nuestro país (con eso de que ha llegado, el internet milenial de tropecientos mil gigas). HBO España tiene comprados los derechos de emisión para sus abonados. Del mismo modo, que la plataforma Movistar series presenta en su programación Ray Donovan (2013) de Showtiwe. Ejemplo que me viene a bote pronto. Y, de igual modo, caso de otras series que propiedad de otras cadenas de cable, pues, son proyectadas por Netflix. Aclarado el inciso y la ablución, de los conceptos, así como de la autoría. Hulu, a día de hoy, está convirtiéndose, en ese canal que va haciendo cosas diferentes y con estilo. Caso de Shut Eye (2016) y The Path (2016).  Sin mucho ruido, pero anhelado por las vacas sagradas del cable. Uno de los mejores productos que he visto este año, también obra del Ceo, Mike Hopkins es su drama —de época Georgiana— sobre la prostitución: Harlots (2017). Una de esas series que a final de año estarán en nuestro top 10. Bien volviendo a lo sustantivo. A mediados de los 80, el dramaturgo Harold Pinter escribió el guion de la obra de Atwood. Era una historia que no terminaba de seducir a las grandes actrices de cartel y caché de aquella década. Por ende, los grandes estudios también dieron la espalda al proyecto de aquella otrora y kármica América de Reagan. Al final el cineasta germano, Volker Schlöndorff, en 1989, y su productora se implicaron, en la fascinante historia de Atwood, con una producción pequeña y el aporte de dos viejas estrellas de Hollywood, Robert Duval y Fayne Dunnaway. Handmaiden´s Tale (1990) tenía como protagonista a la actriz británica Natacha Richardson (desgraciadamente, fallecida) y el papel de Moira lo interpretaba Elisabeth McGovern.

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A pesar del buen guion, y la BSO de R.Sakamoto junto a la labor de los implicados; el film fue un fracaso absoluto. VS mutiló el excelente recurso de la voz en off del montaje final. El guionista Pinter y N. Richardson se lo reprocharon. Ya que el resultado fue un film muy plano, a pesar de contar con una material extraordinario. Película con aroma a telefilm que se le puede echar un ojo por los rediles de la webesfera. Posiblemente, el éxito de Hulu, sea el de haber encontrado a una actriz que no es una gran estrella del Hollywood Blockbuster. Pero, Elisabeth Moos es Peggy Olson. Aquella emotiva y creativa secretaria de Don Draper en Mad Men (2007). ¿La recuerdan? Claro que sí. Nuevamente, la australiana, nos brinda un recital interpretativo rodeada de actores de reparto de series, muy interesantes, caso de la magnífica Yvonne Strahovski (Dexter 2006) —compatriota de Moos— en el papel de Serena Joy Waterfrond. Alexis Bledel (Gilmore Girls 2000), como Ofglen y Samira Wiley como Moira (Orange Is the New Black 2013) —exceptuando— su dueño, un Joseph Finnes, que vuelve a ser aquel actor que enamoró al publico en “Shakespeare in Love (1998)”. Como el comandante Fred Waterford, y el servil, Nick (Max Minghella, Ágora 2009 y los Idus de Marzo 2011) chófer de la residencia. Personaje que juega entre ambages de la delación y la autosatisfacción sexual. Y evidentemente, el gran arrojo de los guionistas Bruce Miller (ER, Los 100) e Ilene Chaiken (Empire y El príncipe de Bel-Air) a la hora de adapatar una obra. Este libro, todo un clásico, del siglo XX tiene un toque de vanidad muy provocativa y realista. Y como hemos comentado, Hollywood, a lo largo de casi 33 años, hizo mutis por el foro, con un material de semejante calibre. Narrada en un doble tempo. Donde, en el actual presente, es la nueva comcubina —valga el efemismo— por no decir, una auéntica esclava sexual del comandante de turno. Unos comandantes, representados, a modo de ministros civiles que, guardan una estética más castrense, dependiendo del acto social donde se desenvuelvan. Algo así como unos Masas de plantación sureña — de principios del S.XIX — con estética steampunk/híspter al servicio del régimen teocrático. Y en el tempo de la felicidad. Moos es la editorialista June, que vive con su esposo Luke y su hija, conviviendo en una ciudad moderna del estado de Massachusetts que, poco a poco, va avanzando hacia un agujero sin retorno. El gobierno como lo conocemos a día del hoy en Washington ha sido derrocado por el nuevo gobierno de la dictadura teocrática de la República de Gilead. El aire está pleno de inumerables substancias químicas y la radiación que; “Dios fustigó la plaga, la plaga de la infertilidad”. Es ahí, donde unas pocas mujeres —las llamadas criadas— pueden dar a luz a niños. Hay una constate progresiva de la nueva dictadura a rehusar derechos. Los nuevos líderes culpan a cualquier opositor de terroristas y suspenden la Constitución. Las mujeres son las principales afectadas por este régimen fascista. No pueden tener cuentas bancarias, tarjetas de crédito o dinero. Se les prohíbe trabajar y estudiar. Cualquier propiedad a su nombre es embargada, en nombre de la república dictatorial. Entonces pierden sus derechos sobre sus propios cuerpos. El acto de sexo es regulado por el estado.

 

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La ciudad que se llamaba Boston, al igual que el resto del país, y otros países, se ha contaminado aplicándose una severísima interpretación de la Biblia. De ahí el modelo de procreación y control de las vidas de todas las mujeres. Aquellas que su capacidad reproductiva les permite ser madres pasan a convertirse en “criadas”: mujeres adjudicadas al dominus de turno, o ministro del régimen que tiene problemas de esterilidad. Una vez al mes, dentro de una escenografía de lo más aséptica se lleva a cabo el coito entre el dueño y la sirvienta. Las criadas son violadas —con la ayuda de las esposas de estos— que participan de denominanada “ceremonia” con aroma al antiguo testamento, y una única pretensión, que se queden embarazadas. Lo más detestable, puede que sea, la determinación con aquellas mujeres que no son fértiles, ya que irán recluidas a la zona de contaminación radiactiva: las colonias. No hallamos ante el anagrama visual de un útero que se manosea, al antojo de unos gerifaltes, y así vemos la corruptela de estos tipos, con sus secretos no confesados, dentro de un sistema, donde subyace un submundo de perversión sexual, en garitos, a modo de afterhours. Donde se codean, con muchas de las confinadas-prisioneras. Esclavizadas, a su antojo, como stripers destrangis. Prostitutas del capitalismo de toda la vida. Obligadas a beber, consumir drogas y tener sexo duro. Metáfora de la explotación sexual que nos traslada a ese viejo mapa de la ficción de lujo. Desde el contenedor de Baltimore en The Wire (2002) a las Matrioshki (2005) de Amberes  en Bélgica. Nuestra protagonista y colegas se han convertido en una especie de zombies —con un vestuario estricto— estéticamente impactante, y conocido, de los primeros pobladores de la America del S.XVII. Hasta el ambiente de excitación que se genera en las esposas de estos esclavistas es puro frenesí mental. Y ahí aparece la figura de la tía, unas individuas (a modo de mediadoras y adoctrinadoras) que denotan sadismo y acoso mental en los campamentos de adaptación a la preselección de las familias receptoras del nuevo útero andante. El papel de Ann Dowd (The Leftovers, Quarry o True Detective) es impagable, como la tía Lydia Hasta el mismísimo Javier Bardem saldría acojonado al verla con su palo eléctrico para atizar al ganado. Ellas se encargar de la supervisión y coordinación, con las esposas de los comandantes, sobre las actividades de las criadas, y esencialmente, el estricto control de calendario de los días fértiles. Hasta la ropa interior que se le entrega a la cocinera de la mansión (una especie de casa señorial Art-Deco versus campo de concentración en Polonia). Más tarde o más temprano, llegará el niño que entregarán el mismo día de la concepción a las nuevas madres de atrezo. El cuento de la criada de Margaret Atwood es una novela, donde se observa una identificación, plena con una generación nacida en el comienzo de la II GM —consciente del contexto— de como las órdenes establecidas podrían desaparecer durante la noche. Una noche de cristales rotos… Atwood vivió una parte de su vida en Berlín y nunca ha escondido sus admiración por la obra de Orwell. Cito una frase de la entrevista que concedió la escritora al New York Times en el mes de marzo: “Justo después de la caída del telón de acero la gente no paraba de cantar y continuar con aquel traralalá (…) Que esto es el final. Pero es que en aquel tiempo la distopia era menos sorprendente, porque se consideraba menos posible. Cuando cualquier cosa podía suceder en cualquier lugar, dadas las circunstancias. Ahora mismo podría caer un rayo”.Quién iba a decir que 32 años después, EEUU, estaría bajo la batuta de un tipo con tan penoso aplomo democrático. Y su novela convertida en un nuevo betseller de culto.

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Tampoco hay que pasar por alto —lo que muy bien han reflejado los guionistas— como son esos guiños al despreciable y teocrático Irán, los talibanes de Afganistán, el DAESH, Siria, Venezuela o Corea del Norte. 32 años, con mayores avances y efímera estabilidad —perecedera— pera todavía latente. THT nos advierte sobre un futuro que ya es posible, además nos muestra la inanadidad y futilidad de quienes velan por el estado de libertades. Nos llegamos a preguntar como se podrán acometer determinadas medidas preventivas para evitar el caos. The handmaid´s Tale es aún más inquietante que la mayor parte de ficción postapocalíptica, ya que Atwood —implicada en el proyecto como supervisora del guion— usa la historia como guía narrativa. Y la verdad, que no queda nada artificioso. Mucho de lo que ocurre en el show —el surgimiento de un estado totalitario, la subyugación de la mujer utilizando la religión como una herramienta en una fascista teocracia— ha ocurrido en otros lugares del mundo. Evidentemente, toda distopía se presenta como un cuento aleccionador. Pero dada la complejidad del orden mundial en nuestro tiempo.  En esta producción se observa con nitidez —un marcado halo de nostalgia muy fuerte— del engaño y el fanatismo religioso.  Una sensación de opresión en el tórax— que desata la paranoia, entre el espectador viendo como esa locura, sin sentido, crece cada minuto que pasa. Un poder ciego y delirante de lo más poderosos —decididos— a destruir todo derecho social y meritorio de las mujeres. THT (El cuento de la criada) se observa como algo verídico, enrevesado y a la vez, esencial. Atwood homenajea al novelista británico George Orwell en el uso ornamentado del lenguaje ambiguo. En The Handmaid’s Tale, los homosexuales y transexuales se les denomina “el género traidor”(algo que viene como anillo del dedo, después de ver el documental de O. Stone, sobre Putin) delito castigado con la muerte. El muro de la vergüenza, el ahorcamiento publico, colgado de una grua Caterpillar. Y a pesar de estas lecturas, más internas, fílmicamente, la narración de Hulu es un triunfo del lenguaje audivisual, como dijo Hitchcock, el arte de la televisión. Aquí, no hay platillos voladores o monstruos mágicos que los guardan como presa de culto. La realidad se hace aún más alarmante en el desecho de este Frankenstein de valores fundamentalistas religiosos. La fundación de la república, después de todo, proviene del Puritanismo que burbujea debajo de la América actual. La salvación pasa por contactar con los pocos renegados que viven en la indigencia, a modo de resistencia, y poder llegar a la frontera con el Canadá: la salvación.

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Lo que resulta sorprendentemente mágico en la serie; es el formidable contraste entre la desolación del material y la opulencia del tratamiento. Hay una abundancia visual que gratamente termina por encantar. Un ejercicio de manierismo de este frágil nuevo mundo terriblemente oprimido. La directora Reed Morano (Vinyl 2016), que filma los tres episodios iniciales, tiene un extenso currículum como operadora de cámara y su habilidad, la pone de manifiesto con unos nutridos picados y primeros planos dignos del mejor de Palma y del mejor Spielberg. Los puzzles corales de las cofias de estas siervas que están obligadas a llevar. Es imposible, no pensar en las mujeres Amish en Witness (1985) de Peter Weir y aquella Kelly McGillis. Hay mucho de la pintura, que nos remiten a la escuela flamenca, en las composiciones de los planos a contraluz y el paisaje contaminado de la nueva América. Y ahí esta la grandeza de la australiana, con un leve momento de ojo, sus labios, su sonrisa o sus lágrimas del vestidos mientras talla con la pequeña cuchilla, alguna frase, el nombre de su esposa o su hija. Por momentos nos hallamos ante planos, donde aquellas criadas de casas pudientes eran retratadas por Vermeer, de Hooch, Metsu y Ter Borch. Como se contiene las náuseas en las surrealistas partidas de Scrabble en el grandioso y poblado despacho, donde literatura llega al latín de Virgilio. Una historia universal, el drama de la supervivencia del ser humano. Desde lo más abyecto a lo más admirable que habita en esos verdaderos valores de vida norteamericana y la historia más reciente. Su significado universal, en una clamorosa, memorable y absolutamente auténtica interpretación de la dignidad de una mujer. THT tiene una gran lectura filosófica y a la vez tiene la habilidad narrativa de la vieja escuela Hollywoodense. Ahí, es donde obtiene el beneplácito de toda la crítica y el público de los diferentes ámbitos de la sociedad. En ese imput denominado; el elemento Spielberiagno. Algo tan sencillo y comúnmente humano, como la búsqueda de la familia, el sentido del humor y el toque de un thriller. Una heroína atrapada en la sinrazón —que se reinventa— entre escapadas de pensamientos y emociones contenidas. Defred sabe que es una mujer culta, independiente, valiente y por encima de todo, madre.Y una madre lo da todo por los suyos. Incluso, la vida y la muerte, a cambio de nada en el desfiladero del terror y el caos.  Nota: 8,7

Peaky Blinders (2013) “Blessed BBC”

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Finalizado el visionado del último episodio de Peaky Blinders, uno no puede que pensar en la suerte que tienen los británicos con su maravillosa BBC. Harto de escuchar a políticos de tres al cuarto, mientras se llenan el bolsillo con los dineros públicos que pagamos los sufridos ciudadanos y su perpetua milonga del futuro de TVE. ¿Cuántas veces habré escuchado el redundante mensaje petado de humo vacío? —“Nuestra meta es fijarnos en el modelo público británico de su televisión: la BBC.” Pues, lo siento muchos Sres. Pero va a ser que no.  Si el Reino Unido se caracteriza por su altanería y la hipocresía a la hora de tomar el té. La BBC es suya y no hay otra, con tan particular idiosincrasia en el mundo entero. A la vieja Hispania se nos conoce —de sobra— por nuestro carácter envidioso y esa incansable voracidad de “trincasubvenciones”. No sabemos hacer televisión. A pesar de que algunos se empeñen en vendernos “Cuéntame” como “Aquellos maravillosos años” e “Isabel” como los Tudor Vs Austrias. Si me permiten el exabrupto,… Creo que empieza por “M” y no digo más por decoro británico. Evidentemente, La BBC vuelve otra vez a ser el canal que nos enamora, crea, innova y para mayor inri; entretiene a la ciudadanía con una ficción que es una mina de Coltán. Mantiene el espíritu vivo de lo que fue uno de sus viejos estatutos: la formación de profesionales del audiovisual. Y qué plantel de profesionales: Guionistas, directores y futuros productores ejecutivos, que se mueven como peces en el agua. Desde las Islas a la utópica USA, no paran de trabajar. Bien sea adaptando sus propias creaciones Made in UK a la ficción USA o viceversa. Lo dicho, bendita BBC y todos sus canales multiplex. Luego, una vez dejada y expuesta mi pataleta de turno, hemos de ir al análisis de una de las series que más devotos ha encontrado a lo largo del viejo continente y allende del nuevo. Esta vez de la mano de BBC2 aterriza un producto apasionante. Partiendo de las viejas leyendas urbanas del vetusto Cheshire Quarry Bank en la década de 1830, saltando unas cuantas lunas en el calendario hasta llegar a 1919, asistimos a una mezcla fascinante de epopeyas familiares y gansteriles. Un drama criminal, en torno a una pandilla —cuasi idéntica, a las de Asbury— muy Gangs of NY versus England; los Peaky  Blinders. Personajes tal como hemos precisado de corte histórico, que surgieron a finales del S. XIX. Tipos que marcaban su territorio y las condiciones de supervivencia, que imponía el clan, rasurando en la reyerta al personal con sus hojas de afeitar, que cosían en los bordes de sus gorras de paño. Un producto muy imaginativo que ha escrito, producido y dirigido Steven Knight a un público moderno y en general, cualquier amante de la buena ficción. Uno de los mejores creadores de su generación.

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Un tipo que se maceró en  programas de entretenimiento y similares, que  ha acabado realizando guiones de películas tan excelsas como “Negocios Ocultos” (2002) o “Promesas Del Este” (2007). Es más, este último año, ha dirigido otro de los films más notables que hemos podido ver por nuestras pantallas Locke (2013), siendo un éxito de crítica con una discreta taquilla, donde su actor fetiche Tom Hardy interpreta un papel memorable. Steven Knight es ya un valor seguro, reclamado a ambos lados del Atlántico. En Peaky Blinders nos adentra en el Birmingham de principios del 20. Partiendo de una trama con fuerte componenda histórica (como hemos citado anteriormente) de una banda de ladronzuelos que con el tiempo irán convirtiéndose, en auténticos gangsters de finales del Siglo XIX, en las zonas industriales del Noroeste de aquella alquitranada GB. El hilo conductor de los Peaky Blinders parte de un protagonista absoluto, Thomas Shelby, interpretado por el excelente actor irlandés (Cillian Murphy), primoroso donde los hayan. Llevando las riendas de la mayor organización criminal de la ciudad y alrededores de Birmingham. Su gran negocio son las apuestas clandestinas de las carreras de caballos (posteriormente, con el paso de los capítulos serán legales). Así como el trapicheo de alcohol, comida, armas o lo que se tercie. Su forma de tomar las decisiones tiene una gran dosis de compromiso tribal. Pues se reúnen, torno a la mesa del local de apuestas y votan todas las disposiciones que tome el clan (familia al completo). En la primera temporada descubriremos las relaciones puramente comerciales y puntuales de esta banda con el negocio de las carreras de caballos y un affaire con el IRA. Ese primer capítulo se inicia con la aparición del inspector jefe Chester Campbell (Sam Neill), conocido por sus tácticas brutales de represión  contra el  IRA, cuando era un jefe de la brigada de inteligencia  británica asignado en Belfast. Campbell tiene la misión de recuperar las armas de un cargamento, que previamente han sido robadas, al gobierno de su graciosa majestad. Y, de paso, sofocar el humus de violencia y revolución social que animan los nuevos líderes sindicales comunistas, en las fábricas de Birmingham y geografía adyacentes el clima de revueltas y descontento. Shelby tendrá que tratar con el este personaje, y, el acecho que ha puesto a su cabeza. Algo que le hará perder tiempo, en el desarrollo de sus planes expansionistas del negocio familiar.

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No obstante, Shelby tiene un don especial para terminar vigilándolo todo, con un tempo preciso y constante. Ésta es una gran oportunidad para entrar en la liga de la selecta distinción, en el  Londres del Charlestón, champán y caviar iraní: un baluarte de Sodoma y Gomorra, donde el control por el pastel gordo ha sido un reclamo muy seductor. El duelo Murphy&Neill es una maravillosa partida de ajedrez, que en la segunda entrega encuentra su momento cúspide. Shelby como héroe de guerra y convertido en una leyenda, entre amigos del combate, vecinos y conocidos de Birmingham. Se ha ganado el respeto de pequeño “Padrino” de la ciudad. Así como la lealtad y gratitud del burgo por derecho propio. Sólo ver en el primer capítulo, cuando Shelby aparece subido a  un caballo dentro del barrio chino, en el instante, que paga a un oriental para que esparza un polvo mágico sobre los hocicos del caballo. El equino correrá en el Derby del domingo y las apuestas están  que arden. A modo de conjuro, deja muy claras las intenciones del itinerario que tomará la serie. Marcado por el dolor de las heridas de una guerra espantosa, que le persigue en forma de pesadillas; lo asume de un modo estoico e intenta ayudar a aquellos que les supera en momentos precisos. El elemento de la contienda tiene estigmatizados a todos los que estuvieron allí; hermanos, viejos amigos y conocidos—muchos de ellos, miembros de la banda—, que gestionan un daño psíquico de maneras diferentes. Tanto el escenario, la trama y los personajes funcionan como un reloj suizo. Al igual que la gran banda sonora que acumula la serie; una de las grandes sorpresas del show. Los creadores no han optado por una tipo de composición clásica o Jazzistica de aquellos años 20, sino que han apostado por las composiciones de Nick Cave y Jack White para formar la banda sonora del espectáculo. Esencialmente, el temazo de “Red Right Hand” convertido en score del producto y que sirve de cortilla de presentación. Incluso nos vemos a un Winston Churchill (Andy Nyman) con ganas de rock y ardiente en deseos de conocer al héroe Shelby. Knight, siguiendo el estilo de grandes cineastas como Scorsese o Tarantino, que se gustan  de buen oído y utilizar el recurso de la Soundtrack editada en covers específicos. La apuesta ha sido muy  clara en este sentido y el resultado una experiencia fantástica. A día de hoy es una de las BSO más escuchadas en streaming.  El trabajo de Cave&White nos han dejado una generosa muestra de buen folk/blues/rock noir y afterpunk  de maravillosos temas obra de Nick Cave & The Bad Seeds, The White Stripes, The Raconteurs, Tom Waits y etc.

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Obviamente, el resultado se  refleja en la inquietante acción que ocurre en pantalla. En otros momentos la música es simplemente anacrónica, sobre todo cuando las canciones intensas se usan en transiciones cortas. Peaky Blinders recorre un itinerario que arranca desde las revueltas sociales (anarquismo, comunismo, hambruna o procesos de reindustrialización y la aparición de nuevas modas en la sociedad, conflictos de carácter racial —affaires con los gitanos— por el control de determinados negocios) hasta el drama más Shakesperiano de una familia con tintes nómadas —que por momentos nos retrotrae al universo del Coppola de los 70— en pleno estado de ebullición. Un jefe de una banda que con el paso del tiempo reafirma el liderazgo de los Peaky Blinders.  A medida que la segunda temporada avanza, se observa una mayor madurez del gangster y su empatía por las amistades con pedigrí. Caso de la aristócrata entrenadora de caballos de carreras, la elegante May Carlenton (Chalotte Riley). Sin perder un ápice de elegancia, sabedor del físico que posee y el toque exótico que le da una pequeña parte de  sangre gitana que lleva en sus venas. Por momentos, metódico, cínico, frío y directo. Alcanzando la plenitud personal, en la propia comprensión de la identidad del grupo y la autoridad como líder de ese colectivo. Desde que “tía Polly” (Helen McCrory) —la auténtica matriarca del clan Shelby—, gracias a su obstinación mantuvo el negocio, mientras los hombres se batían en las trincheras franco-belgas. Y ese momento, casi Dickensiano, de la aparición del hijo que le fue arrebatado; el joven Michael Gray (Finn Cole). El resto de la familia lo componen: el visceral y alcohólico hermano mayor Arthur —en la segunda entrega este personaje ganará muchos enteros— (Paul Anderson), los  hermanos pequeños John (Joe Cole) y Finn (Alfie Evans-Meese).

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Así como la chica de la familia Ada, una magnífica (Sophie Rundle), que termina enamorándose del comunista de la ciudad, Freddie Thorne (Iddo Goldberg). Al igual que la enigmática cantante/camarera —convertida en espía— que se enamora de Thommy y viceversa: Grace (Annabelle Wallis), una atractiva joven enviada por Campbell para infiltrarse en el bar de Shelby y proveerle de toda la información que escuche. Obviamente, la serie ha ido de menos a más y todo el cambio ha llegado con la permuta del director Otto Bathurst Pues, se atisbaban algunos errores de encuadres y  una fotografía fallida, que desde la llegada de Tom Harper, ha hecho que todo el producto consiga ese plus de serie muy en la onda de drama histórico de gangsters (caso de la obra maestra “Boardwalk Empire”). Todavía sin alcanzar ese Nirvana de perfección. Así como un pequeño detalle, algo pejiguero, pero que pertenece a ese vademécum de las obras maestras. El famoso acento de Birmingham. Un deje inapreciable, pero muy significativo para belugas de la V.O. y conocedores de la lengua de Shakespeare. El acento de ciudades como Birmingham, Yorkshire o Liverpool es muy peculiar. Y que los creadores han pasado por alto. Por último, veremos los vericuetos de la banda irrumpiendo en el Londres criminal donde se nos brindará la oportunidad de encontrarnos con dos personajes fascinantes y que han hecho subir muchísimos enteros a la trama: los actores Tom Hardy interpretando al extravagante judío mafioso (Alfie Solomons).  Y en la orilla de enfrente, el italiano paranoico Darby Sabini (Noah Taylor). En definitiva, una segunda temporada recién acabada con un final fantástico, donde siguen brillando Murphy y McCrory. El oficio de ambos, hace de la serie un auténtico deleite para el espectador, que se enorgullece de la calidad del sello BBC. A la espera de la tercera y quién sabe si habrá cuarta. Los Peaky Blinders quieren reinar en el periodo de entreguerras donde el buen gusto impregnó al viejo Imperio británico. Después, sólo queda cantar “God save the Queen” y bendita BBC. Nota: 7,6

After 10 years, Sleeper Cell (2005-2015)

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Vivimos unos tiempos donde la tecnología sabe más por diablo que por vieja, y es que el castizo refranero español, en sus diferentes versiones y particulares geografías: es uno de los idiomas de mayor plenitud verbal y con mayor cuantía de adjetivos. Si la prosa es adjetivar; es obvio que por estos lares nos esmeramos en utilizarlos de forma precisa y delicada. A veces, acertamos y en otras ocasiones, no. Hablar de Sleeper Cell (2005), puede que sea un poco atrevido e insolente dadas las circunstancias y los acontecimientos acaecidos—nuevamente— sobre nuestro rico, multicultural y generoso occidente del bienestar. Mucho más sorprendente es que esta obra de imaginería del terrorismo y fanatismo religioso haya cumplido 10 años. No es la primera vez, que he recomendado esta miniserie; obra de culto que en sus 18 episodios nos adentra en los vericuetos de la angustia, la sinrazón y el caos. La fagocitación del individuo en el mundo de la series por todo el planeta es evidente. De toda la cosecha que se presenta anualmente el 90% de las producciones son Made in Usa, y casualmente, las más consumidas por todos los espectadores del mundo. Es curioso, pero las estadísticas no pecan de ambigüedad  pertenecen al mundo de lo exacto. La verdad puede doler, no obstante eso es lo que hay. En ese contexto, encontramos series como la aclamada Homeland (2011) — un filón lleno de histeria, tramposo y facilón—  que gozó, y goza del aplauso de una inmensa mayoría de la audiencia  y la crítica de puntilla en blanco. Incluso, Obama la jaleó.

 

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Sin embargo, si hemos podido disfrutar de Homeland (no es mi caso, evidentemente) o la exquisita The honourable Woman (2014), no hace mucho comentada y recomendada por nuestra redacción.  Es gracias, a que en el año 2005, los pocos adictos a esto de la tramoya digital accedimos a este delicioso e impecable beluga en todos sus aspectos. Así mismo, la cineasta Kathryne Bigelow, nos deleitó con otra obra maestra Zero Dark Thirty (2012) deudora de esta maravillosa joya audiovisual del canal Showtime. Empero, cuando el gran bucle de las series era cosa de HBO y paremos de contar; nuevos embriones se pusieron en marcha, caso del polémico canal FOX —acusado de tener una editorial republicana y belicista— en su versión de cable, FX. Creó, una de las mejores series, en torno a toda esta locura del post11S y los daños colaterales. Disparó con posta del 18 y acertó de lleno con la extraordinaria 24 (2001), un fenómeno mediático desde su puesta en escena, pasando por la escritura de los capítulos y el desarrollo de la misma, sustentado en la figura de su protagonista: el agente de la Unidad antiterrorista, Jack Bauer. Esta hipertaquicárdica y original historia del patriótico y original Jack Bauer, interpretado por un impecable Kiefer Sutherland. Recibió odas del mismísimo Mario Vargas Llosa y miles de críticas de otros intelectuales y críticos de diversos pelajes. La serie 24, dirigida en sus dos primeras temporadas por Stephen Hopkins se labró su prestigio como serie de culto. Pero lo que me lleva a hablar de Slepper Cell (2005), es su idiosincrasia; el plus del activo sobre un globo terráqueo de la invisibilidad, y, eso es este producto; un pequeño escuadrón de lobos solitarios reclutados con una asepsia digna de enmarcar.

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El terror camuflado en ese apocalipsis llamado fanatismo. Del que día sí, día no nos encontramos con alguna tragedia en los informativos de todo el mundo. Una locura, un viaje a las tinieblas donde individuos de apariencia campechana e inocente lo refrendan y es alentado mediante un minucioso trabajo de captación entre jóvenes por todo el planeta, independientemente, de su estatus social o posibles creencias. ¿Les suena? Desgraciadamente, sí. Estoy convencido. En Sleeper Cell todo lo dicho en estas líneas se pone de relieve. Desde las transferencias millonarias de grandes fortunas de Oriente Medio al servicio de la causa, hasta los dobles agentes, los mensajes en lenguaje encriptado en la seductora webesfera y los subterfugios por donde el mal sigue a la suya. Es la guerra total, donde las víctimas se cuentan por millares. 11S, 11M, 7J y 7E, a ello habría que sumarle la operación de exterminio llevada a cabo con las etnias cristianas en Irak, Siria o Egipto y etc. Volviendo a nuestra serie, estamos delante de un guión fascinante que pasó, como el que no quiere con más pena que gloria. Aquellos pretéritos años (de 1999 a 2006), donde Los Sopranos eran dueños de las audiencias del cable y lo de hacerse un hueco, entre tanto nivel era empresa de alto calibre. Sleeper Cell se ha ganado el título de pieza de museo y joya con derecho a pulpito propio. Creada por Ethan Reiff, Cyrus VorisEl monje (2003) o Robin Hood (2010)— junto al  productor  y director Clark Johnson Brimstone (1998) y The Wire (2002), The Shield (2002) o la mencionada Homeland. Así como directores de prestigio, dentro de la ficción Made in Usa como Nick Gomez, Guy Ferland o el genial Charles S. Dutton (actor, guionista, productor y etc.)

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Luego, una manera de acceder a esta maravilla es a través de su edición en DVD o de un modo, más prosaico, vía meollo Walternativo de la descarga rápida y a la hora que mejor le convenga al personal. Sleeper Cell se divide en dos partes: la primera entrega compuesta por 10 capítulos y la segunda de 8 con un nuevo título; Sleeper Cell American terror, donde el melodrama y thriller convergen hasta llegar a un punto entrópico: el ultrarealismo en su mayor definición. El argumento de Sleeper Cell se centra en la figura de Darwyn Al-Sayeed (Michael Ealy), un joven agente  del FBI afroamericano, que profesa la religión musulmana, además de ser un ferviente devoto del significado del concepto Islam como su religión. Es requerido por unidad antiterrorista del cuerpo federal y propuesto para infiltrarse en una célula terrorista durmiente que está planeando un gran ataque en un lugar emblemático de Los Angeles. La célula está dirigida por un extremista árabe llamado Faris Al-Farik (interpretado por el magnífico actor israelita, Oded Fehr conocido por sus papeles de reparto de la versión digital en la Momia I y II, así como Residen Evil 3 y 5)  que se disfraza como un prestigioso hombre de negocios de origen judío. Los miembros de la célula provienen de una variedad de orígenes raciales y personalidades conflictivas. Desde un  skinhead decepcionado de sus antiguos amigos; Cristian Aumont (Alex Nesic) o un norteamericano rubio: Tommy (Blake Shields), un tipo retorcido que trabaja en una bolera, cuyos padres son profesores en Berkeley. Muy curioso resulta, otro de sus integrantes, el bosnio profesor de matemáticas y química, Ilija (Heri Lubatti), que le gusta escuchar viejos discos de Hip-Hop. Hablando de música, no podemos dejar pasar por alto su magnífica BSO, creada por el gran Paul Haslinger, sonidos étnicos orientales y electrónica muy trip hop.

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Los cuatro están a las órdenes de Farik (Oded Fehr) para matar a estadounidenses y atentar contra intereses norteamericanos. En medio de toda esta red de intereses y recelos, se encuentra Darwyn tratando de convencer de su llamada yihadista a sus “hermanos”, prometiendo fidelidad a la causa y cohesionando al grupo, mantiene una relación con una madre soltera y entrometida Gyale Bipshop (Melissa Sagemiller). Sleeper Cell trata de desafiarnos con el engaño de las apariencias de los chicos malos. En los primeros 10 episodios, son una visión más introspectiva de los personajes desde una óptica más humana y cercana, así como los entresijos de la financiación de estos grupos terroristas, y las alegorías constantes al  verdadero significado del Corán. La serie también retrata la hipocresía y la dicotomía de los miembros de la célula que dicen ser musulmanes, sin tener un comportamiento que es pecado en el Islam (por ejemplo, el sexo fuera del matrimonio) y sin embargo profesan un deseo de ser martirizado por el islam estadounidense. Darwyn pasa informes continuos a su supervisor jefe del FBI, Ray Fuller (James Le Gros). Un tipo muy cercano a Darwyn y que vela por la seguridad del mismo, a costa del pasotismo de la burocracia de Washington, poniendo en peligro su propia vida. En la segunda temporada, Darwyn se infiltra en una nueva célula que se ha formado para vengar la derrota de la célula original. Cuando su segundo supervisor, Patrice Serxner, es asesinado en Sudán, Darwyn debe tratar de trabajar con otro nuevo jefe; el agente especial Russell. Mientras tanto, su novia Gayle se dibuja más profundamente en la intriga cuando a medida, que transcurren los episodios se verá atrapada en un triángulo peliagudo que componen Russell, Darwyn y un miembro de la célula. Desde muchos prismas se ve el desarrollo del producto. Una de las premisas que se observan en ella, es el respeto y el esfuerzo de comprensión hacia la religión la religión musulmana (la convivencia de una sociedad etnicocultural, de libertad de culto y personajes que te dejan del revés), cosa que en 24 o Homeland se observan pequeños geisers islamofóbicos, donde el tránsito hacia la Yihad es una locura y el intento de justificación de la salvación y redención de la causa mártir.

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El minucioso trabajo de los guionistas, introduciendo elementos alejados de los estereotipos en la mezcla de individuos que forman la célula. Incluyendo una mujer blanca europea, un hombre Latinoamericano y, por primera vez en la TV la aparición de un hombre musulmán gay: el ingeniero químico Salim (Omid Abtahi), en un papel inolvidable. Darwyn de la noche a la mañana se convierte en un tipo respetado dentro de la comunidad musulmana y una cabeza visible de alta jerarquía dentro de la nueva célula. No del todo seguro de su misión Darwyn es destronado del poder antes de que pueda aprender lo suficiente sobre la nueva amenaza a gran escala dentro de las células terroristas. Al enterarse de la nueva misión Darwyn entra en acción y contribuye a impedir que el nuevo ataque terrorista en Los Ángeles. Pero para salvar la ciudad Darwyn finalmente pierde a alguien cercano a él, que lo envía a una misión personal suicida para matar a Faris al-Farik (su verdadero nombre Saad bin Safwan). Incluso con el trasfondo de situaciones tristemente reales, que ya son parte de nuestra historia universal más reciente, no es fácil hacer el yihadista ni uno de los papeles más apetecibles en estos momentos para un actor de renombre. Sí que hay que reconocer los innumerables puntos de vista que se acometen en el show y son parte del día a día del mundo islámico radical crónico. Se habló en su momento de un posible spin-off, o volver a retomar el hilo conductor donde finalizó el segundo capítulo. La cuestión es que Showtime se volcó con su apuesta de Homeland y no sabemos si en próximos años veremos un producto de un detallismo tan delicado, cuidado en el tratamiento de los personajes y un realismo tan voraz sobre las consecuencias de la locura y el fanatismo integrista. Nota: 8,7

The honourable woman is Great (2014)

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The honourable Woman (2014) es una historia apasionante, resultado de un guion original, que hereda todo el suspense de la excelsa prosa británica del género de espías y misterio. Deudor directo de escritores insignes (Greene, Le Carre, Forsyth o el caso de su última joya, A. Horowith) que nos han dado grandes día de gloria— y, siguen dándolos— ya fueran sus novelas in situ o en las magnificas adaptaciones a la gran pantalla. Tramas donde política, corrupción e información confidencial bailan al son de un tango de Gardel en una embajada de su graciosa majestad. Si todo ello lo aderezamos de una salsa de pistacho con mucho Shakespeare, el público se sentirá más que agradecido. La BBC siempre se ha caracterizado por el trabajo bien hecho; estilo, realismo, detallismo y academicismo. Conceptos que funcionan y de qué manera… Además, en estos últimos años su apuesta por la coproducción es más que evidente. Desde la majestuosa Roma (2005) junto a la omnipresente HBO, hasta este último producto coproducido con el canal del hombre de Utah, Robert Redford y su pulcro Channel Sundance TV. La honorable mujer —para los más castizos— está barnizada de política de altos vuelos, corrupción y dobles espías al servicio de su graciosa majestad. Envuelta en un exquisito halo de misterio y delicado realismo. Dentro de un contexto geoestratégico-político demasiado complejo: Medio Oriente. Tenemos por delante ocho horas (ocho capítulos), donde su creador Hugo Blick ha escrito, dirigido y producido esta ficción que destila autenticidad y complicidad mediática. Puede que se trate de una historia con demasiada enjundia que no sabemos cómo terminará. Lo que sí que podemos afirmar que estamos ante una de las mejores producciones de este 2014. Un fascinante retrato oscuro sobre una mujer en pleno conflicto palestino-israelí sólido y demoledor. Por momentos, se atisba la angustia y tormento de la protagonista. Su reparto es extraordinario —con unos actores muy bien dirigidos— apoyados en unos precisos diálogos, gracias a la brillantez de las costuras del guion de Blick.

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Tenemos, por un lado a su protagonista absoluta; Nessa Stein de 36 años (Maggie Gyllenhaal), hija de un poderoso empresario británico-israelí, Eli Stein. Durante muchos años se ha labrado un prestigio dentro de la alta sociedad británica, como hombre de negocios. Pero la verdad es que Mr. Stein es sólo una mentira y una pose; su corporación encubre una red de tráfico de armas con el beneplácito de los servicios secretos del Reino Unido. La acción se inicia con el brutal asesinato del magnate delante de sus hijos Nessa y Ephra (Andrew Buchan) en un restaurante, que elípticamente, 29 años después vuelve a  ser el escenario natural de una conmemoración  familiar y homenaje a la figura del difunto. En el local, avistamos a nuestros jóvenes protagonistas, los cuales, se han convertido en unos respetables herederos del negocio de su padre; la Fundación Stein Group. Nessa, convertida en un miembro de la cámara de los lores —affaire, el cual, no está exento de una gran polvareda entre los corrillos de Westminster— quiere hacer de la corporación una pasarela filantrópica para establecer puentes de reconciliación entre Occidente y Oriente medio. Sin embargo, los problemas surgen; quid pro quo es un juego diabólico dónde lo que aparentemente es benigno se vuelve turbio y letal.

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Las buenas voluntades y los pretextos de garantizar  una pax romana sobre un bidón de nitroglicerina, no son bien recibidas por parte de todos los implicados (el entorno de la familia Stein, el gobierno británico, la Cia y los mandatarios de Gaza y Jerusalén) llenos de frustración e ira. Nessa y Ephra entran en contacto con Sir Hugh Hayden-Hoyle (Stephen Rea), el jefe saliente de la inteligencia británica en Oriente Medio, y  la funcionaria, Julia Walsh (Janet McTeer), que actúa como espía del MI6. El drama analiza la sensación del concepto de aquel individuo que padece el síndrome del eterno exiliado. Mal visto por los de tu condición y peor visto por los que nos son de tu misma sangre. La sensación de ahogo se percibe en Nessa. Tan sólo su sagacidad y frialdad podrán, en cierta medida, contrarrestar las máximas más arcaicas de su entorno y presentar su cara más humana. Malos disfrazados en cuerpos de cervatillos y corderos escondiendo sus fauces de lobos. Ninguna subtrama de la historia sugiere que es correcto e incorrecto por los pérfidos maximalismos, en ese callejón sin salida del mundo. Una historia de ritmo lento donde se ve la influencia de grandes series cercanas a esta temática. Desde la mítica Sleeper Cell 2005 de Showtime, pasando por Rubicon 2010 (AMC), House of Saddam 2008 (BBC) o la reciente Homeland 2011 (Showtime) en su primera temporada. La revisión de la felicidad del individuo y su modus vivendi: la familia.

The Honourable Woman

La misma que todos hubiéramos querido diseñar, esa que es rehén de su propia arrogancia, la codicia, y la autocomplacencia de la traición. Todo ello enmarcado en una vis multicultural que no avanza por el cerco de los gobiernos y sus aláteres más cercanos: el espionaje y paranoia. Destacar la delicadeza de los movimientos de cámara, la utilización del recurso de la voz en off, los flash-forward y el magnífico casting con interpretaciones muy logradas. En una serie que dará que hablar. No por el hecho de que su momento es carne de telediario. Lo es desde hace más de 30 años. Luego, no es casual por capricho: ni real por pretenciosidad. Y es que no hay ficción real o realidad que no tenga su touch de ficción. Todo el suspense queda para los próximos siete capítulos donde el secretismo va a ser clave para ver  como se despeja la incógnita Stein. Apreciar los matices de la historia que parece mirarnos de reojo y llegar a un puerto donde el desenlace sea portentoso. De eso suelen ir las buenas series. The Honourable Woman deprende ese aroma. Esperemos que no caiga en un ejercicio de corrección política. Pues, de todos es sabido que la política se vuelve personal y cuando algo es demasiado personal, puede encontrarse su mayor peligro: el coto de la vanidad. Obviamente, no les tengo que decir que la vanidad mal calculada es algo muy peligroso. Nota: 8,4

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