Los 10 mejores films de 2020

 

1. Sound of Metal

 

2.  The Druk

 

 

3. First Cow

 

 

4. The Devil All the Time

 

 

5. Falling

 

 

6 The assistant

 

7 Tesla

 

8 Ammonite

 

9 Possesor

 

10 Shirley

 

Yellowstone 2020 “El triunfo de Sheridan y Kevin”

Según el creador de Yellowstone, guionista y showrunner y director, Taylor dixit: una buena forma de pensar en la serie es preguntarse ¿Qué pasaría si El Padrino del maestro Coppola tuviera lugar en el rancho más grande de Montana? El comentario deja muy claro cómo le gustaría que pensáramos sobre el dueño del rancho John Dutton (Kevin Costner), su familia y los hombres que trabajan para él, muchos de los cuales tienen el logo de la ganadería a la que pertenecen: esa letra Y de Yellowstone grabada en el pecho, literalmente, y desprendiendo un aroma a carne quemada. El rancho cuenta con vaqueros de carrera, Cowboys puros. Empero con todo tipo de fugitivos-as, ex convictos-as y marginados-as sociales que aterrizan allí como último recurso. Están incluidos en el mundo de Yellowstone y nunca se les permite irse: Rip Wheeler (Cole Hauser) como el búfalo del barracón. A pesar de contar con una cabaña, independiente, de la que disfruta de los privilegios de Sr. Lobo (ya que goza de patente de corso para hacer desaparecer a aquel que contradiga el modus vivendi del clan Yellowstone) del patriarca Kevin Costner. No tiene ninguna queja, de su manera de vivir, de hacer lo que le diga el jefe Dutton. A él, le debe todo. Incluso el amor que siente por su hija Beth, la actriz británica (Kelly Reilly). Consentido, como algo que viene desde la adolescencia y de algún modo, visto como ese hijo que hubiera sido el perfecto reemplazo junto a Lee. Por muy humanos y comprensivos que puedan ser por la forma de ocuparse de sus asuntos: no deben confundirse con los buenos. Sheridan es un gran contador de historias cuando se trata de crear (la mayoría) de los personajes, y conduce a grandes actuaciones y escenarios abrasivos de vida o muerte. Numerosas personas aquí son especialmente atractivas porque Sheridan las define —más que nada— por su concepto de filosofía Amerindia. Sabe del mundo de los Nativoamericanos, lo que puede que sepan pocos antropólogos, y su perspectiva, muy fundamentada, en un discurso que dejó muy bien descrito en su trilogía Neowester: Sicario, Hell or High Water y  Wind River. Es posiblemente, un tejano que se ha hecho a sí mismo, y de ahí que sólo, por eso muchos lo quieran. A menudo hablan de tópicos en conversaciones casuales, y casi quieres escribirlos. Empero estamos ante una demostración más de la habilidad de Sheridan para escribir un guion. Esa es la diferencia en una historia que nos podría parecer tan sobreescrita; si los personajes no estuvieran tan bien cimentados. Kevin Costner es, por supuesto, un ícono de Hollywood y tiene toda la arrogancia que los espectadores deben esperar, pero no hay nadie en este conjunto cuya actuación parezca faltarle. Kevin Costner y la televisión no se reúnen con tanta frecuencia, pero cuando lo hacen, funciona tanto para él como para el público. El actor ganó un Emmy por su papel en la aclamada miniserie Hatfields & McCoy’s, y en algunos episodios de Yellowstone, los televidentes pueden estar convencidos de que merece más premios por su interpretación del ranchero endurecido John Dutton. Con un fuerte elenco de personajes intrigantes, este drama occidental empapado en sangre tomará calma de verano de TV mucho más entretenido y puede hacer que este Yellowstone tan famoso como el parque. Es curioso, saber cómo un tipo tan intimidante en el western, del calibre de Costner y siendo productor ejecutivo; nunca sepa nada de lo que está cociendo en el próximo guion del siguiente capítulo.

Eso, sí. Los 500.000 dólares que —recibe del canal de cable de Paramount— nuestro querido Kevin se lleva al bolsillo, se los curra, centavo a centavo. ¿Quién tiene cojones a decirle al director y protagonista de Dancing with Wolwes,  Wyatt Earp,  Silverado, y aquella joya llamada Open Range…Mira, Kevin hemos pensado bajarte el sueldo? Obviamente, hay personajes realmente desagradables que provocan ira desde el primer momento, pero Yellowstone incluso nos hace empatizar con un par de esos personajes a medida que la serie continúa. La actuación de Kevin Costner como John Dutton proporcionará escalofríos, a más de un espectador, en el acompañamiento de las diversas emociones del espectáculo, y, hay muchas en ambos aspectos. Si el público aún no se ha dado cuenta de lo que Paramount Network es capaz de hacer con la televisión. Recuerden esa joya, de la que hablamos, ya hace unos cuantos meses: Waco (2019), y sabrán como trabajan por con guiones, por CBSViacom. Yellowstone es la serie que ha colocado a este desconocido canal de cable en el mapamundi, en un lugar tan grande como Montana. Y así como el modus operandi de la familia Corleone de El Padrino y los capullos —que llevan a cabo— sus órdenes; se inspiraron en las formas que operan las grandes empresas. Yellowstone se basa en las formas en que los Estados Unidos contemporáneos miden su lugar en el mundo. Ambos pertenecen a géneros estadounidenses clásicos: El padrino (1972) es una película de gansters ambientada durante la década de 1940; Yellowstone es un oeste firmemente anclado en la actualidad. Y ambos tienen mucho en mente las duras realidades que afligen a Estados Unidos. Si rebobinamos en el estudio de los westerns norteamericanos, por excelencia, siempre han sido, cuentos sobre el estado de la nación. Durante los años, en que el género estaba en su apogeo, aproximadamente desde la década de 1930 hasta finales de los 60 y principios de los 70, películas como Stagecoach (1939), My Darling Clementine (1946), The Man Who Shot Liberty Valance (1962), The Wild Bunch (1969) y McCabe & Mrs Miller (1971) se desarrollaron en un contexto de historias del nacimiento de una nación ambientadas durante el siglo XIX: el desplazamiento de los nativos americanos. En muchas ocasiones, no siempre, reducido a hordas que atacan intrusos de rostro pálido. La llegada de colonos en carros cubiertos, de generosas lonas tiza, extendiéndose por vastos y vacíos paisajes, hasta la lucha entre los agricultores que querían cercar sus cultivos y los ganaderos que necesitaban esos pastizales completamente abiertos para que sus rebaños deambularan.

La progresiva invasión de las grandes empresas desde el Este al Oeste; la Guerra Civil (1861-1865), que enfrentó al norte contra el sur, en un conflicto cuyas consecuencias aún resuenan de costa a costa. Sus héroes eran personajes muy similares al protagonista de la serie; el patriarca John Dutton de Yellowstone. Ese tipo de hombres que pueden saber si les estás mintiendo; simplemente mirándote a los ojos. Lo que hacen, lo hacen porque el destino viene de la mano de ellos —o al menos así les gustaría verlo— si alguna vez lo pensaran. Son una ley en sí mismos, y, en ausencia de supervisión oficial, lo que dicen vale. Hace 150 años, podría estar bien, hoy en día, siguen siendo encarnaciones vivientes del aforismo del poder. Dutton no es desalmado, pero es despiadado, y su visión del mundo, los valores patriarcales que encarna y los extremos a los que está dispuesto a llegar para hacerlos cumplir lo hacen peligroso. Cree que tiene una misión moral, anunciando constantemente que todo lo que está haciendo es por su familia. Como si eso fuera razón suficiente. El drama y la intriga política en Yellowstone se derivan de las disputas de propiedad, sobre la tierra y el ganado propiedad de John Dutton (Kevin Costner). Dutton es el propietario arruinado y obsesivo del inmenso Rancho Yellowstone, desesperado por proteger su propiedad de posibles invasores: el nuevo jefe, un tipo con estudios universitarios e inteligente, de la Reserva de Broken Rock, Thomas Rainwater (Gil Birmingham). Él está utilizando la presión política para tratar de recuperar las Dutton tierras —y toda una legión de vendedores de urbanizaciones de tierra yuppie— que están construyendo condominios que bordean la propiedad de Yellowstone. El espectáculo de Montana se presenta como un área legal gris, donde el único requisito para ser dueño de ganado es tenerlos deambulando por su tierra, y donde los políticos son activos útiles. Gran parte del drama de Yellowstone proviene de esperar a que intervenga una autoridad responsable a medida que los conflictos se descontrolan. Hay poco tiempo para el respiro en Yellowstone, donde la  tensión corta el aliento.

La ley está en manos del mejor postor. Y mientras Dutton les dice a los intrusos sobre su propiedad, “Esto es Estados Unidos. Aquí no compartimos la tierra”, su familia está formada por almas perdidas, atrapadas por su conexión familiar. Beth (Kelly Reilly) es en gran medida la hija de su padre, empuñando ferozmente su sexualidad, su astucia, y el apellido como armas. Por otro lado, tenemos al hijo mayor Lee (Dave Annable) fallecido en el primer episodio piloto del show. Algo que le consume interiormente a Mr. Dutton. Después, estaría el hijo mediano; el abogado Jamie (Wes Bentley). Esteta, chico de Harvard y refinadas formas. Sobremirado por su falta de coraje y desprovisto de un centro moral. Su cabeza está con el recurrente pensamiento de ser despreciado por todos. Vive un tormento, que pone en duda, si es en realidad un hijo biológico de John Dutton. Y el pequeño Kayce (Luke Grimes) el joven sexy, rebelde, que se fue al ejercito para convertirse en un Seal. De vuelta a casa, siente la persecución de sus experiencias en Afganistán, casado con una hermosa mujer nativa americana Monica (Kelsey Asbille) y luchando con ella para evitar ser consumido por la dinastía Dutton. Sin embargo, en el corazón de Yellowstone se encuentra una ideología que lo separa del grupo de imitaciones de prestigio, un llamamiento desesperado y amenazado a la identidad estadounidense y la masculinidad blanca, que hace del este producto sui generis de Paramount algo palpablemente diferente de otros dramas de rivalidad familiar como Billions o Succession. En la típica dinámica de la historia, se parece a esos programas y otros proyectos de prestigio: mezcla el drama familiar interno con juegos de poder a mayor escala y —como tantas series de este género—, su radiografía central es un triste hombre blanco triste de mediana edad. Empero el drama generacional, por antonomasia, típico en la televisión estadounidense trata sobre el poder por el poder, y sobre la ansiedad de la nueva generación; que está en ese nivel y superando con nota a los que vinieron antes. En Yellowstone, todos esos ritmos, van de la mano de una ansiedad más existencial. Los auténticos  enemigos de John Dutton no son simplemente malos genéricos que quieren lo que él posee; si lo fueran, no le importaría tanto si lo golpeasen tan bajo. Las batallas en Yellowstone tratan sobre la idea de: ¿Cuál es una forma de vida, mucho  mejor que las del resto? Ser un ranchero, o mejor aún, un vaquero, un verdadero vaquero aquel icónico hombre que se echaba un pitillo de Marlboro paseando con su corcel ¿recuerdan la publicidad de aquellos 70/80?— dado a una vida más pura, más auténtica y mejor. Y no es casualidad que este programa sobre la dolorosa ansiedad de que a uno le quiten la vida, en un instante, sea en su tercera temporada, uno de los dramas más vistos por cable. Yellowstone se puede jactar de tener más audiencia que The Walking Dead y muchas otras producciones actuales de HBO o Netflix.

Y es que hablamos de un espectáculo sobre un terreno ingente, Dutton/Yellowstone: es lo suficientemente grande como para ser esencialmente un estado-nación. En realidad solo hay dos edificios que importan. El más grande, el más conspicuo y aparentemente impresionante, es el albergue Dutton, una mansión de madera y piedra del río que se avecina. Está diseñado para intimidar por dentro y por fuera, y su decoración, es una mezcla específica de riqueza y occidentalidad estadounidense. Los enemigos más sofocantes y persuasivos de Dutton son a menudo inversionistas de Silicon Valley repugnantes y desalmados. Ese tipo de personas que tienden a preferir techos súperaltos, rigidez moderna, enormes láminas de vidrio y acabados en tonos brillantes y de corte minimalista. Por el contrario, el palacio de los Dutton es un lugar de madera oscura y una chimenea crepitante. Hay cabezas de ciervo en la pared, sillas de cuero con tachuelas de latón y patrones Pendleton. Los Dutton tienen un chef privado, pero también usan sus botas de vaquero dentro de la casa. Además, el nombre del chef es Gator. Es riqueza, de acuerdo, pero se filtra. a través de un prisma de un estilo aceptado. Es obstentación, sí lo es. Empero está bien vista, ya que los Dutton obtienen lo que se supone que es Montana. El villano más puro de la serie es Dan Jenkins (Danny Huston), una caricatura, de un magnate inmobiliario que intenta inundar Montana con condominios y heladerías artesanales. Se lo conoce como un vampiro en la serie, y la palabra se emplea con el vigor odioso, más cercano, a la difamación. Sin embargo, lo único que parece separar a Jenkins de Rainwater y Dutton es que este tiburón está abierto, en caso de éxito, a mercantilizar una visión romántica del país originario. Más desolladora fue la aparición en escena del extraordinario actor, Neal McDonough, como Malcom Beck y su hermano Teal Beck (Terry Serpico). Posiblemente, el adversario más sanguinario al que el clan Dutton tuvieron que presentar batalla. Actualmente, los productores nos han familiarizado, con un nuevo halcón de los negocios oscuros. Nos referimos al nuevo fichaje de esta tercera temporada Roarke Morris (Josh Holloway).

Otro personaje al que le han caído los años, tantas como cirugías faciales se ha marcado, para seguir siendo aquel machote, de otrora tiempos mozos, se marcaba anuncios en paraísos hawaianos de la fresca colonia Davidoff. Holloway, no se arruga y ahí, lo vemos con su peto y gorra de Masey Ferguson, pescando truchas asalmonadas en territorio de Dutton. El extraño se presenta a sí mismo como, uno más del clan familiar vecino, dueño de otro gran rancho en el área de confrontación. Y miren por dónde, que la portentosa Beth iba con su coche pasando por un puente, cuando se da de bruces con el galán de Lost, en una escena muy de femme fatale de época. Ahora, convertido en un ejecutivo voraz, que practica Tai Chi, como lo hacía el ex ministro Rato (actualmente, en el trullo) que se jacta de estar pescando, en un lugar familiar, y esencialmente, por puro divertimento. Beth le ha tomado la matrícula y eso es peor, que una notificación del Estado de Defensa de EE.UU. La otra gran estructura de importancia sostenida en Yellowstone se encuentra en la zona Oeste del rancho de Dutton: el barracón. Ese lugar donde viven todos los peones del rancho. Es estrecho y sencillo, dos o tres habitaciones de espacio habitable, con una cocina, un baño y una habitación donde media docena o más de vaqueros duermen en literas dobles.

La gran barraca está llena de mantas a cuadros, latas de cerveza vacías y alfombras anudadas a mano. Es donde personajes con nombres, ya habituales para el espectador, caso de Lloyd (Forrie J. Smith), Colby (Denim Richards) y Ryan (Ian Bohen) escupen tabaco. Juegan a las cartas se hartan a risas, mientras se beben el Mississippi de Bourbon y cerveza se desmayan antes de levantarse. Un amanecer hermoso en un plano, muy de Sheridan, tambaleándose, en busca del chorro de agua de la manguera. Comienza el día, y de nuevo, el traslado del rebaño a un nuevo prado. Es cuando, la gran cabaña, de curreles se queda vacía y se observan las paredes empapeladas de fotos de mujeres hermosas —no desnudas, ni pornográficas— arrancadas de magazines con estilo. Mujeres castamente invitantes y alegremente sonrientes. Hay obscenidad y rudeza en el barracón, pero es varonil, limpia de escabrosidad  y grosería cutre. Es un lugar difícil, no todos sirven para vivir y trabajar en aquel sudoroso lugar de camaradería. La ideología del barracón es brillantemente pura, simple e implacable. Los tipos urbanos adinerados son remilgados gastados que no valoran las cosas buenas: la suciedad. Vacas, horizontes infinitos y el silencio. Esas personas están menos sudorosas, menos callosas, no son dignas. Y, sin embargo, pasaban los primeros episodios de la primera temporada de Yellowstone con la impresión de que la política del programa estaba extrañamente confusa. Si el barracón es la única forma de vivir, el lujoso albergue de John Dutton es un problema para el alma de Dutton. Lo pringa, no. La buena mugre de un largo día pastoreando ganado, es sudor limpio. La suciedad que asquea en Yellowstone es la de los tratos de acciones clandestinas, el chantaje y las maniobras políticas estatales. Yellowstone lo sabe.

La hija de Dutton, Beth (Kelly Reilly), es la emisaria de la familia en el mundo de las repugnantes corporaciones estadounidenses, pero también es la que dice la verdad de la familia. Incluso mientras trabaja para destruir a los enemigos del rancho, Beth escupe veneno a sus hermanos y resiente a su padre. “Sigamos con la ilusión de que somos una gran familia feliz”, le dice a Dutton en la mesa. “Eso es exactamente lo que es”, dice. “Eso es lo que era”—le corrige. “Ya no sé cómo diablos llamarlo”. Sólo hay un elemento de Yellowstone que actúa como un viento predominante, una voz contraria que interviene ocasionalmente para preguntar si quizás, solo quizás, la forma de vida de John Dutton no es la manifestación física de la grandeza estadounidense. No son solo los gestores y promotores inmobiliarios. También están los fondos buitre de Wall Street  que quieren destruir el rancho de Dutton, luego está Thomas Rainwater (Gil Birmingham), el jefe de la reserva de nativos americanos del programa. Quiere terrenos del rancho Dutton para construir un nuevo casino, pero ese Hotel/complejo de juego, es solo una herramienta para acumular recursos y poder comprar todo el valle. Rainwater quiere devolver la tierra al estado sin vallas, sin ganado y propiedad de nativos que alguna vez fue la nación india. Según las propias jerarquías de valor de Yellowstone, el reclamo de Rainwater sobre la propiedad de la familia debería ser aún más fuerte que el de Dutton: es más antiguo y su uso imaginado de la tierra es aún más honorable, incluso más puro. Yellowstone, la visión del mundo de Dutton gana sobre cualquier otra cosa. Es la base más profunda de la idea de americanidad del programa. También es lo que menos examina Yellowstone. La idea de que ser un vaquero es mejor que cualquier otra cosa es un fundamento que el programa no tiene interés en reconsiderar. Obviamente es una causa perdida; Dutton acepta que bien podría ser la última generación en mantener vivo el rancho. Pero el hecho de que esté amenazado solo arroja su causa a una luz más grande y más trágicamente noble. Sin embargo Dutton lo ignora. Después de que algunas vacas de Yellowstone vagan por las tierras de la reserva y la gente de Rainwater no las devuelve, Dutton le dice: “Si actúas como un ladrón, Thomas, te trataré como a uno”. “¿Cómo puedes estar parado en un rancho del tamaño de Rhode Island y acusarme de robo?”

el jefe Rainwater responde. Dutton no tiene respuesta y Yellowstone tampoco. En cambio, Rainwater es clasificado como otro de los muchos adversarios de Dutton, como una oposición a las cosas que hacen que John Dutton sea quien es, una alteridad a la blancura de Dutton. Yellowstone y John Dutton no tienen una respuesta para Thomas Rainwater porque no hay una, y el hecho de que el programa avance sin abordarlo habla de la vacuidad de su visión estadounidense de manera más potente que cualquiera de los constantes lamentos, sobre si Dutton termina, justificando sus medios, en busca del verdadero fin. La única respuesta que Yellowstone puede reunir es Tate (Brecken Merrill), nieto de Dutton. La madre de Tate es nativa americana y nació en la reserva, y ahora ella y Tate viven con los Dutton en el albergue. Yellowstone plantea la cuestión de la soberanía nativa, pero lo máximo que está dispuesta a hacer es asimilar la identidad nativa en el código moral del programa. Dutton convierte a Tate en el presunto heredero del rancho y le da un caballo para enseñarle las primera máximas sobre la responsabilidad. Pero el episodio se cierra en un momento agradable y sereno cuando John se sienta con Tate cerca de una fogata nocturna, discutiendo la naturaleza de las pesadillas. Yellowstone, como muchos buenos westerns, combina acción enérgica con los paisajes de ensueño de las exuberantes fronteras de Estados Unidos. Sin embargo, en sus subtextos también tiene algunas ideas notables. Para un programa sobre el excepcionalísimo estadounidense, Yellowstone es un mundo increíblemente insular Volvamos al barracón para reinterpretar la cuestión de la virilidad estadounidense.

En la primera temporada había un zagal que vivía en una caravana, con un par de balas perdidas, haciendo metanfetamina y escuchando rap a toda tralla: Jimmy (Jefferson White), el chaval, rubito, de ojos azules, que no tiene familia directa y las drogas pueden acabar con él o quizás un balazo de un adicto en peligro de perderse, en pleno síndrome de abstinencia. El problema de Jimmy se encuentra en un punto sin retorno. Cuando un pariente preocupado le ruega a Dutton que acoja a Jimmy y lo ponga en el buen camino. John Dutton, lo tiene muy claro, primero, envía a Rip a incendiar la caravana cochambrosa, donde residía y a bofetones, como panes, entra directamente en el barracón de Yellowstone. Es un inútil. Lleva los pantalones por debajo de los calzoncillos. No sabe montar a caballo, va con gorra con visera girada hacia atrás, en vez de llevar un sombrero de Cowboy y no tiene empatía con el ganado. Poco a poco, Jimmy aprende a montar, a respetar a sus mayores, a inseminar una vaca y a permanecer sobre un toro y a llevar un sombrero de ala ancha. Para la tercera temporada, todavía es un tonto, pero ha sido aceptado. El tipo de Montana, en el que vivió Jimmy antes era pequeño, empobrecido, holgazán y esperando una limosna de los servicios sociales. Dutton, lo dejó muy claro: el trabajo real y la barraca le otorgan dignidad a Jimmy. Sigue siendo un bobo, por tener buen corazón. Pero un bobo respetable. Tanto que entre la segunda temporada y la tercera se convertirá en un personaje con mucho tirón y una estimable subtrama para el show. De ahí, insistimos, en la gran contradicción de un programa, tan obsesionado con la grandeza. Pero en el fondo, Yellowstone es un programa sobre la ineludible minucia de sentirse resentido y asediado. Ese espíritu es tan poderoso que los miembros del hangar de Yellowstone lo usan en su piel. Un bardo vagabundo llamado Walker (Ryan Bingham), muerto y supuestamente, resucitado, dice que “hay algo malvado en este lugar”. No va muy desencaminado y deberíamos creerle. Sin duda, se avecina una gran confrontación, como debe ser en un espectáculo tan apasionado y tan hermosamente extenso. De ahí que Yellowstone se ve como el verdadero y más auténtico  lugar del mundo. O el mejor de ese canal que va creciendo día a día, Paramount Network. La moneda está en el aire y aquí, Sheridan juega a caballo ganador. Recién finalizada la 3ª temporada y firmada una 4ª. La audiencia no hace más que crecer día a día. Los derechos de exhibición mundial, andan entre Netflix y Hulu. No se preocupen, muy pronto el western con 5G y manzana mordida de Montana en sus hogares. Nota: 7,9

 

 

 

 

Bonanza TV (1959/1973) “61 años”

 

Hubo un tiempo donde todos los chiquillos del barrio queríamos ser como los Cartwright y vestir como auténticos vaqueros del Far West. No había navidades que no soñáramos con pedirle a algún rey mago nuestro correspondiente “modelito” de tejanos y un Colt enfundado en su cartuchera rodeada de balas plateadas. A uno que siempre le han acompañado las hermanas, le fue más difícil hacer de ellas sus admirables cómplices de correrías. Todo era muy inocente, idílico y decoroso. La candidez iluminaba el corazón de los malvados que atrevían a poner sus pies en la Ponderosa con principios nobles: “Un hombre puede beber de un vaso a la vez y comer de un único plato; es un hombre”. Así se las gastaban por Bonanza. Viendo estos días pandémicos de falacias, de dimes, diretes, mayorías, minorías y de nuevas tribus de todo pelaje: con cara de envinagrados. A la espera de quien tira la primera piedra en   —la carrera de San Jerónimo— la nueva distópica guerra civil.  Aquella quimera televisiva de Bonanza era tan reconfortante como los efectos del Vicks Vaporub en un frío invierno o el chapoteo del agua —en una tarde de caluroso verano— de cualquier piscina pública los muchos pueblos de España. El western tranquilo y de sonrisas Fordianas había llegado a la pequeña pantalla. Entre los años 1959 a enero de 1973, el canal NBC emitió los 430 episodios de uno de los mejores shows de la historia de la televisión.

Todo un récord de longevidad tras Ley y Orden —serie— a día de hoy, en emisión. Y sus diferentes versiones, de la gran serie de Dick Wolf. Sin embargo, el perspicaz guionista, David Dortort sorprendió al respetable con una serie sobre un western estático para la televisión. La audiencia de su primera temporada fue muy baja y estuvo a punto de ser cancelada. En su tercera temporada, era una de las series del Top 5 Made in Usa. Bonanza era una máquina de hacer dinero. La serie televisiva por excelencia; una veta de oro que no tocaba fondo. Toda esa imaginería de estudio y su argumento melodramático nos hacían dudar, si estábamos ante un western o un culebrón contemporáneo. La sinopsis era muy sencilla: el día a día de la familia Cartwright. Su cabeza de familia es un hombre viudo con tres hijos, que habitan en un pequeño rancho; La Ponderosa en el hermoso estado de Nevada. Ben Cartwright (Lorne Greene), un actor veterano que logró el papel de su vida. Es el pater familias, con la singularidad de haber enviudado tres veces, y de cada una de sus esposas, tuvo un hijo. Hijos, de marcadas y diferentes personalidades: Adam, protagonizado por Pernell Roberts un actor con gran experiencia en el western “Desire Under the Elms” (1958) dirigida por el ínclito Delbert Mann. Daba el toque intelectual, retoño de una madre inglesa de modales exquisitos. Se quedó anhelando la universidad. No tuvo más remedio que supeditarse a las órdenes de su padre. También fue —llamémosle— a nivel interno de la producción, el actor más conflictivo. En definitiva, era el más preparado para la interpretación pero, de un ego exacerbado.

El hijo, mediano es Hoss (Dan Blocker, otro desconocido) una mole de 190 centímetros —de madre nórdica— cuya fortaleza la llevaba en los genes. Típico grandullón, torpe y bonachón. Un personaje, que proporcionaba la mayoría de los momentos cómicos del show. Por último, Little Joe (Michael Landon) es el pequeño de la familia.  Hijo de una mujer de ascendencia criolla francesa, con un carácter vehemente y lleno de romanticismo. Especialista en enredarse en todo tipo de causas perdidas. Las tramas de Bonanza, supusieron una dinámica de lo políticamente correcto. Dentro de un contexto espacio-tiempo cercano a la guerra civil norteamericana: racismo, esclavitud, robos, enfermedades mentales, alcoholismo y violencia de género. Un show realmente visionario, viendo nuestra más candente actualidad. El episodio comenzaba con la llegada de un personaje, a modo de forastero. Éste, se convertía en el foco de atención. Y en ese instante, se desarrollaba el conflicto. El cierre de daba con la interacción de los habitantes del rancho, créditos, y el superscore de Jay Livingston y Ray Evans. Por la Ponderosa, deambularon, algunas estrellas del divino Hollywood como Buddy Ebsen, Cameron Mitchell, Claude Atkins, Dianne Foster, Dean Stockwell, Edgar Buchanan, Lee Marvin, Harry Dean Stanton, James Corburn, ,John Saxon, James Garner, Jack Warden, John Anderson, Patricia Donahue, Steve Forrest, Vic Morrow e Yvonne de Carlo. Con el paso de la temporadas, los propios Cartwrihgt ganaron mayor protagonismo y el número de estrellas invitadas se fue reduciendo.

Pocas ocasiones se veían personajes femeninos; pues las pulsiones de Cupido eran muy discretas. Nunca terminaba de cuajar relación alguna. A pesar, de dar un toque de misoginia y una atmósfera muy oxigenada de moralina, no empalagaba el paladar. Pues se imponía su plus de bonhomía dentro de un contexto sano, sin ánimo de adoctrinar. Algo tendría Bonanza para que genios como Robert Altman, John Brahm, Tay Garnett o Jacques Tourneur dirigieran algún que otro capítulo. La popularísima sintonía de la serie, compuesta por Ray Evans y Jay Livingston se ha convertido en una de los scores televisivos más famosos de toda la historia. En 1993, se llevó a cabo un nuevo proyecto de la mano de Michael Landon y la NBC con el título El regreso de Bonanza a modo de telefilme, dirigido por Jerry Jameson, un viejo conocido de la televisión en los 70/80. Todo envuelto entre un enorme halo de nostalgia y anhelo ecologista por la vieja Ponderosa. Se habló hace unos años de resucitar un nuevo proyecto sobre la original, pero Hollywood sigue sin respuesta. Y a día de hoy, se habla, pues el western ha vuelto por las pantallas y el streaming.  Pero, va a ser que no. De momento, todos aquellos que quieran disfrutarla se pueden adquirir las 7 primeras entregas en Amazon V.O. para la región 2 y comprobar 61 años después, que Bonanza ya es épica de la primera edad de oro de la TV. Nota: 7,6

 

 

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