Why Banshee? (2013)

 

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¿Qué es  Banshee? Buena pregunta. Bien, vayamos por partes y empecemos por la etimología del vocablo. Palabra de origen gaélico que significa mujer en un túmulo— por no decir una auténtica tumba— que transita entre este mundo y los que no, ya están en él. O mucho mejor, esta definición más ambigua; un ectoplasma de largos cabellos y abundantes largas uñas. ¿No les suena esto a un pastiche entre un cuadro de Munch y una novela del mejor  hardboiled  Made in Carroll John Dalyse? O el collage de los primeros cartoon  spicy & saucy salidos de la mano más negra del mismísimo Hammett. Ya me doy cuenta, que estas cosas pueden provocar un tremendo schock a determinada grey de la erudición literaria. Pues, en el fondo, no es más que un género popular y chabacano. Lo sé, amigos-as. Empero, las mejores plumas del universo Pulp pasaron por la editorial Black Mask o  Street and Smith Publications. Ahí quedan patentes: London, Conrad, Crane Goodis o Burroghs y un largo etcétera inacabable. Volviendo a la parte sustantiva de la novela negra y sus variantes. Por ponernos a jugar y enumerar los elementos más repugnantes del género. Haberlos, haylos. Evidentemente, no es agradable contemplar la violación física de un ser humano, la brutalidad en la lucha y las parafilias sexuales más perversas de las que disfrutan millones de lectores. Ahora, la literatura es así de caprichosa y la industria visual siempre se ha nutrido de ella. Luego, experimentemos la siguiente propuesta; ¿metemos todos esos matices en una coctelera y lo agitamos en su punto? Y…, Voilà!, ya tenemos a nuestra simpática Banshee. Su descripción más sinóptica será la siguiente: un tipo llamado Lucas Hood (Anthony Starr) — Made in Nueva Zelanda— además, de ser un ladrón de qualité, especializado, en el robo de diamantes: arte o grandes fortunas. Una vez que ha cumplido condena en la prisión estatal sale a la búsqueda de su amada, Anastasia, en el papel de Carrie Hopewell (Ivana Milicevic).

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Un portento de 175 centímetros con unos ojos que hipnotizan. Es una experta ladrona de cajas fuertes, gran luchadora de artes marciales e hija de uno de capos del crimen ucraniano en USA. Todo lo que viene a continuación parece que sea obra de una PS4  a 200km/h. Como tomar un café en un bareto, en menos de un minuto y medio. Veamos. Hood entra a un bar, pide un café,  mira a la atractiva camarera que se lo sirve, y en pocos segundos está copulando con ella, tras la despensa. Después roba un coche y hace una lista de tareas pendientes. La primera es ir a un salón de peluquería, regentado por un asiático-americano travestido, Job (Hoon Lee). La conversación que ambos mantienen—en un tono, más bien tirando a tenso— da a entender, que la amistad no viene de hace un día y todo huele a más de un affaire. Una vez conseguida la información de la nueva ubicación de Anastasia. Se sube en el coche y arranca a toda pastilla, cruzando el bajo Manhattan, en una persecución vibrante con los esbirros de Rabbit y padre de la ella (Ben Cross). Ya en la localidad de Banshee, (Pennsylvania). Hace una parada en un garito que regenta Sugar Bates (Frankie Faison), uno de los grandes actores de toda la serie, el cual, interpreta a un viejo exboxeador que ha pasado por muchos devaneos de la vida, incluida la cárcel. Los caprichos del  destino son inescrutables y hacen que coincida nuestro recién llegado —exconvicto—  con el nuevo sheriff asignado a la ciudad. Un asunto, más que desafortunado para este último y muy dichoso para el desesperado ladrón, hacen de nuevo—que la teoría del caos, prevalezca—pues, el que iba a ser el nuevo jefe de la comisaría local muere y Hood asume su identidad. Así se introduce, de facto, en Banshee, el personaje Lucas Hood. Nuevo trabajo nuevo al servicio del ciudadano y derecho a posesión de armas para que el orden prevalezca en una ciudad aparentemente tranquila, donde el crimen se solapa en cualquier esquina. El hecho es que Banshee no tardará mucho, en revelar su último gran malo; Kai Proctor protagonizado por el actor danés (Ulrich Thomsen, una delicia y un acierto del casting), cuyos tortuosos dedos orquestan el destino de los tratos subterráneos en el apacible Banshee. El personaje—reiteramos— es una de las grandes diversiones de este producto.

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Proctor es de origen Amish (su padre es uno de ellos), aunque la comunidad lo repudia, regenta el imperio del negocio de la carne. Desde donde controla el juego, la prostitución y el negocio de las drogas sintéticas. Algo así, como el antagonista del malvado padre de Anastasia; el malvado capo ucraniano Mr. Rabbit. Anastasia se ha convertido en Carrie Hopewell, la perfecta ama de casa con un pasado tan volcánico como la Nikita de Besson. Vive con un marido honesto—fiscal de la ciudad— Russ Blackwell y dos hijos: una joven adolescente, Deva (Ryann Shane) y el pequeño Max que sufre un problema congénito de insuficiencia respiratoria. Carrie es una mujer angustiada por un pasado que intenta enterrar, pero la vuelta de su eterno compañero de robos y necesidades conyugales ha llegado como un huracán al lugar más recóndito de la tierra. Por otra parte, nos encontramos con el pequeño departamento del sheriff, un lugar  al más puro estilo— comisaria de la América profunda— especializada en pecata minuta o mirar hacia otro lado. Donde destaca el ayudante del sheriff, Brock Lotus interpretado por el extraordinario actor, que es Matt Servitto—sempiterno agente del FBI, detrás de Tony Soprano—aquí más preocupado de los derechos civiles, que de aplicar la ley con mayor contundencia. Algo, que chocará con las maneras del nuevo jefe Mr. Hood. Otra de las protagonistas femeninas es la agente Siobhan Kelly, una buena chica, guapa con un toque sexy,  a pesar de los acartonados pantalones de poli, que con el tiempo irá empatizando con el jefe Hood. Y por último, el agente Emmett Yanners (Demetrius  Grosse), un ex jugador de Futbol, de un físico imponente, y hombre de fuertes creencias, aguanta de un modo estoico el tufo racista que desprende la pequeña ciudad. En el lado del mal, no podemos olvidarnos de la exuberante y nabukoniana sobrina de Kai Proctor, Rebeca Bowmann (Triete Kelly Dum) y el jefe de la tribu india, Alex longshadow (Anthony Ruivivar) que anda metido hasta las cejas en negocios turbios, coetáneos a la onda de Proctor, desde el sillón del casino propiedad de la tribu.

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Estos son los mimbres que han creado unos desconocidos; Jonathan Tropper  y David Schickler, novelistas y guionistas con limitada experiencia, pero muy bien parapetados en viejos zorros de este negocio, que les han dado vía libre a su imaginación: Greg Yaitanes (“House M.D.”) y Alan Ball (“True Blood” “Six Feet Under”) productores ejecutivos y productores de facto. Así como directores de sus productos, donde la apuesta es firme por el cómic, en su  versión más dura de las crónicas pulp. Un producto hiperbólico y explícito de violencia, sexo y el ritmo frenético en sus imágenes: un American Gothic Noir con ecos de Jim Thompson, Horace McCoy y el dibujante Frank Miller y, especialmente, Quentin Tarantino (toda la vis de divertimentos que aporta). Por momentos, deudora del sentimiento lacónico del universo de Goodis en su vieja Filadelfia; “la vida es un infierno”. A ello le sumamos los créditos iniciales, en una originalísima cortinilla, marca de la casa, y el score musical del dueto electrónico (Methodic Doubt) que remarca la sensación de algo completamente turbio y alocado. Y es que Banshee es un pueblo donde todo vale y todo cuenta. Hay drogas, alcohol, Amish, moteros, una tribu india gestionada por jefes corruptos y sobre todo muchas vacas que generan el negocio de la Pensylvania rural: la carne de primera. Eso, sería Banshee y el porqué de su éxito tras dos temporadas completas y cinco capítulos emitidos hasta ahora en su tercera temporada. Con una audiencia mayor, que la obra maestra de su otro logro “The Knick”. Cinemax ha encontrado al personaje de la canción de los Pistones y la renovación de su cuarta y última temporada. Ha llegado un pistolero a la ciudad, su nombre es Lucas Hood y tiene patente de agente corso, al margen de la ley. Por la noche espera el Watering Hole y una mesa donde humea un gran filete de carne, acompañado de un buen Jameson. La frente de Hood está llena  de gotas de sangre y sudor, mientras Sugar Bates llena el vaso vacío y le ofrece una servilleta. ¿Les suena? Nota: 7,0

Rectify (2013) “Vivir de nuevo”

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En las montañas nevadas de Utah, la gran estrella de Hollywood il bello de la década de los 70, Robert Redford tomó una decisión histórica; apostar por el cine independiente y por ende, la industria audiovisual indie. Desde 1978,  ya ha llovido y nevado de aquello. Tanto como de las palabras del creador de esta utopía postmoderna. “Estamos aquí porque el cine necesita de nuevas voces y talentos (R.Redford).”  De todo ese emporio llamado Sundance Festival, surge ahora con más fuerza que nunca, su canal de TV. Sundance Channel es una realidad. 100% puro estilo Sundance por sus cuatro costados. Y es en este hermoso páramo donde nos hemos  encontrado con esta maravilla, que un servidor dejó pasar por alto el año pasado; Rectify es una serie de seis capítulos de duración fascinante, sobre la historia de la  absolución de un preso, Daniel Holden (Aden Young)— actor canadiense, extraordinario— en el  corredor de la muerte. La semana pasada se estrenaba el primer capítulo de la segunda entrega. Bien, la cuestión es que  gracias a la aportación de una prueba pericial de ADN, de la mano del abogado defensor John Stern (Luke Kirby), nuestro protagonista Daniel Holden es liberado de la prisión estatal de Georgia. Todo el affaire se remonta 20 años atrás, en su pueblo natal —de la profunda  América sureña—, siendo acusado del asesinato y la violación de una chica compañera de clase en la escuela de secundaria. Fue detenido tras confesar el crimen en extrañas circunstancias. A esto se le sumó,  un torticero y ambiguo testimonio de un amigo de colegio. Dando fe de haber presenciado el acto de violación y asesinato in situ.

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A lo largo de esta primera entrega presenciamos flashbacks, donde se atisba a Daniel Holden al lado del cadáver ensangrentado, exánime  y cárdeno. Mientras, DH lo acuna. Holden está anonadado y ensimismado con su liberación. Apenas sabe colocarse la americana. Está alucinando con la actitud generosa de uno de sus guardias del corredor. Ya está fuera de prisión y junto a sus familiares muy excitados e igual de nerviosos que los medios de comunicación, presencian su primera rueda de prensa. Daniel Holden está en libertad. Ahí, arranca esta magnífica serie con el tema central de Linda Cohen. Un drama, que adopta un tono más cercano a la espiritual y corrosiva, “A dos metros bajo tierra” (2001) que fue el debut en la HBO de Alan Ball. Holden emite un aura zen, pacífica y lisérgica ante los acontecimientos más peregrinos de la vida: el césped, el cielo, caminar, pedalear en una bicicleta y observar la naturaleza. Una postura entre la angustia de lo pasado en prisión y la sensación de libertad, ante un mundo que ha cambio muy ráopi. Un ejercicio de exploración interior donde la mente y el alma de un hombre, se confunden como el personaje de Starman que personificó Jeff Brigdes y el Bowie musical. Empapada en un déjà vu continuado con esos travellings lentos y la aparición de su mejor amigo en el corredor de la muerte, el recluso afroamericano Kevin Whitman (Johnny Ray Gill), donde mantienen conversaciones a través de la rejilla de ventilación situada en los bajos de la pared.

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Una charla donde Whitman, como afroamericano, le dice a Daniel que no puede aceptar su sugerencia de lectura, de Somerset Maugham sobre la esclavitud humana, porque trata de alejarse de la literatura. Y continuamente,  expresa  una  gran admiración  hacía Daniel por su capacidad de meditación ante la vida que soportan. Lo dicho, por momentos Daniel Holden derrocha ternura y compasión, con la complejidad de no saber si es culpable o inocente.Hay un hilo conductor envuelto de elementos bizarros, en la atmósfera, que a lo largo de estos seis capítulos flotaran, a modo de sombra, sobre Holden. Un singular complot de intereses espurios; se irán dibujando a medida que el serial avance. Las sospechas sobre un ávido y trepa, senador Roland Foulkes (Michael O’Neill. Actor televisivo, inconmensurable y camaleón). Deseoso por cerrar el caso a su favor, es decir, mantener la tesis de que DH, es culpable. Presionando a la mínima que puede sobre el sheriff del condado; Carl Dagget (J.D. Evermore) y la fiscal del condado Sondra Pearson (Sharon Conley). Al igual  que la camarilla de viejos amigos del colegio envueltos en un extraño halo de desconfianza. Creada y escrita por Ray McKinnon, un actor conocido por sus actuaciones en Deadwood (el reverendo atormentado y alocado) y  Sons of Anarchy, puntualmente. Acierta con la propuesta de drama, cuasi, metafísico, exquisito y de candencia muy lenta, tremendamente paciente. Por momentos, parece que Malick esté detrás de la cámara. No por ello, aburrido ni pretencioso. Directo a la Georgia rural y profunda. Igual que True Detective se marchó a la Luisiana del horror. Ambas surcan los mismos parámetros del desasosiego y el desencanto.

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Eso sí, los de HBO en solfa de un thriller 100%. No por ello,  el ritmo rural y arcaico pretende juzgar a nadie por los modelos de vida o contextos geográficos. Se agradece en todo momento la enorme cantidad de referencias literarias, a modo de metáforas de la concepción de libertad. Cautelosamente, estamos ante una denuncia en Do mayor de la pena de muerte. El ritmo y los movimientos de cámara milimétricos, mérito del operador de cámara Paul M. Sommers. Un punto aparte, es su familia, que no sabe dónde se halla y como enfrentarse a un hijo que ha pasado la mitad de su vida encerrado en  prisión. Manty (Abigail Spencer), hermana de Daniel devota y ferviente defensora de la inocencia de su hermano. Junto a su novio y abogado de todo este proceso;  John Stern. En esta nueva etapa tiene que aprender a dejar que las cosas corran por su nuevo meandro. Daniel ya está libre. (Spencer ha aparecido en muchas series de TV, incluyendo Mad Men). Luego, están su hermanastro Ted (Clayne Crawford), un vendedor de neumáticos y accesorios de automóvil, que no deja de dudar de la inocencia de Daniel. Es superado por la agresividad y celos hacía el ex reo. Y el enamoramiento desde una perspectiva muy inocente, casi angelical con la esposa de Ted: la dulce y encantadora Tawney, interpretada por Adelaide Clemens. De enorme parecido con la británica Carey Mulligan. Entabla un cuadro de diálogo, en torno, a la congregación eclesiástica que pertenece sobre la vida y la muerte: delicioso.

 

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Las reflexiones de Daniel fascinan a Tawney y el  lenguaje gestual que desprende la esposa de Ted Jr. es hipnótico.  En mitad de todo este puzle familiar: estaría la mater familias, Janet (Cameron J-Smith). Durante el tiempo que Daniel estuvo en prisión ella volvió a casarse. Ahora tiene un padrastro Ted (Bruce McKinnon)  y un hermanastro teenager, Jared  (Jake Austin Walker). Daniel, parece importarle muy poco el mundo material; dinero, ambición, poder y las cosas por las que medio mundo se pelea todos los días. Cuando la madre pone sobre mantel el futuro de la familia o el papel de Daniel en el nuevo contexto de lo cotidiano. El drama da su pequeño tour de force hacia la comedia negra y nos recuerda a las reuniones de los Fisher en “A dos metros bajo tierra”. Janet afirma: “Demonios, nada de esto ha sido normal” y su hija le espeta: es cuestión de tiempo… Mientras Daniel juega con su vieja consola Atari a los comecocos. La mancha del cautiverio es obvia y ahí el retrato psicológico de un tipo ha perdido los mejores años de su vida recluido y que ahora choca con el presente, con internet, móviles, dvds, cds, los grandes almacenes y más. Lo dicho, prepárense para vivir una experiencia sobre sus propias vidas y en un ejercicio de vértigo háganse la gran pregunta: ¿qué pasa con mi vida cuándo ocurre lo imprevisible? Daniel Holden ha conseguido algo muy importante y es darle una repuesta espiritual a su angustia. Un bicho raro no por antonomasia sino por obligación. Convencido de su inminente muerte. Lo dicho, un estupendo escáner sobre el aislamiento carcelario, la soledad y el avasallamiento anímico. En definitiva, un hermoso lienzo sobre el individuo que acepta su propia muerte, la descomposición humana y sorpresa que genera una segunda oportunidad. Un viaje iniciático en busca de la dignidad del ser humano. No se la pierdan. Nota: 8,1