Valley of Tears (2020) “El Vietnam israelí de David”

Durante poco más de seis años, hubo una creencia generalizada en Israel de que el país había encontrado algo parecido a la paz. Nada más lejos de la realidad. Su presidenta: la tenaz y firme Golda Meir (que alardeaba con aquello, de la auténtica raza judía, debía de hablar yiddish) tenía sus reservas, tras de la exitosa “Guerra de los Seis días”. Jerusalén era un hervidero de protestas entre Panteras Negras —israelíes del barrio Musrara de Jerusalén— como reacción a la discriminación contra los judíos sefardíes y mizrajíes. Hartos del trato de la policía y la legislación del nuevo Israel hacía ellos. El 19 de mayo de 1971, llevaron a cabo, la gran concentración de los Black Panthers, tomando la referencia, del grupo norteamericano. El movimiento que aglutinaba a todas las etnias de color y origen oriental, así como  muchos simpatizantes extranjeros de origen judío —muy activos con la causa de este colectivo— juntaron a más de 6.000 personas delante de la plaza de Zion,  reclamando el cambio de nombre del lugar por Kikar Yehadut HaMizrah (Plaza de la Judería Oriental). Aquello fue una batalla campal entre policía y manifestantes que terminaron con la detención de más 100 participantes. Muchos de ellos, acabaron en el hospital, víctimas de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. La historia del propio Israel parte, en ese instante, del inicio del estado hebreo, cuando Musrara pasó de ser un barrio árabe adinerado, a ser el nuevo vecindario de grandes de apartamentos para los migrantes judíos  soviéticos. Meier apagó el fuego, con paños calientes, porque la conflictividad se palpaba en el ambiente. Además, necesitaba al país unido, pues, Israel se enfrentaba a uno de sus momentos más delicados A pesar de ser la nación más democrática en una zona tan hostilmente compleja como es Oriente Próximo. En 1972 le estalló la crisis de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Once miembros del equipo olímpico israelí fueron hechos rehenes y asesinados por elementos del grupo terrorista Septiembre Negro. Y es que Israel, una vez sabida toda la historia, llevó a cabo sus propias represalias —vía Mossad— (servicios secretos del estado) a los terroristas que llevaron a cabo la ejecución de Munich. Sin embargo, 1973, ya estaba en marcha. El país fue imbuyéndose, en un karma cultural, denominado la conceptzia: la concepción.  Una filosofía de bienestar interior, como de alguien, lo suficientemente fuerte y sobrado, para que sus enemigos nunca lo derrotaran. Incluso, ni tan siquiera lo intentarían, pensaba todo el mundo. Era una especie de microimagen digital nacida de una fuerza letal. Y fue una autoimagen la que murió por ello. Y esa autoimagen terminó por volverse en contra. HBO en su versión streaming tiene la gentileza de presentarnos esta serie israelita que es una genialidad. Valley of Tears,  es un producto creado por Ron Leshem y Amit Cohen, escriben un guion sobre la guerra de Yom Kippur,  desde una perspectiva de las FDI. Una historia emocionante, crítica, dura y antibelicista de aquel conflicto 47 años después. La Guerra de Yom Kippur y por los árabes como la Guerra de Octubre o la Guerra del Ramadán (para agregar a su trágico significado, también tuvo lugar durante el mes sagrado musulmán), fue un momento decisivo en la historia de la Estado judío y, de hecho, todo el Medio Oriente.

Curiosamente, los cineastas de Israel han producido muy pocos trabajos al respecto. Una meditación impresionista y bien considerada sobre la guerra, Kippur de Amos Gitai, fue lanzada en 2000, y eso es todo. Hasta la serie que han creado los guionistas que tienen, alucinados a medio TV norteamericana del streaming: los showrunners Ron Leshem y su socio el guionista Amit Cohen, han tardado, casi una década en convertir este proyecto, en la realidad que es, Valley of Tears, en una realidad. Una producción que ahonda atrevida en  las aristas más incomodas de la psicología de un país tan sui generis como es Israel. Desde la singular y original cortinilla de introducción a los episodios, donde se observa un pastiche de imágenes de archivo triunfantes: aviones a reacción y tanques pesados que se impulsan hacia adelante en las celebraciones del 25 aniversario de Israel. Relucientes ciudadanos israelíes que construyen casas en las ciudades y cultivan uvas en los huertos, mientras la atractiva cantante pop Ilanit canta a todo volumen. El debut de su país en el Festival de la Canción de Eurovisión, y así sucesivamente. Imágenes de noticias contemporáneas muestran las sonrisas de la primera ministra israelí Golda Meir, el ministro de defensa Moshe Dayan y el jefe de estado mayor militar David Elazar mientras aseguran al público que todo está bien. Pelearemos la batalla”, dice la obstinada Meir en su hebreo con inflexión yiddish, “y volveremos a ganar”. A la introducción directa del primer personaje y primer día, en la zona cercana a los Altos del Golam. Se estaba cociendo una de las últimas grandes guerras del siglo XX. El joven soldado del ratón, Avinoam Shapiro (Shahar Taboch) obtiene información de las escuchas telefónicas. Esas escuchas son interpretadas como que hay un ataque inminente con la colaboración logística (armas y medios) de la ExURSS. Pero su superior cree que está con sus historias ilusas de conspiraciones cercanas a la Sci-fi. Le reprime que se quite la ropa civil y se ponga el uniforme y se deje de sus típicas extravagancias. Llama la atención de Yoav Mazuz (Avraham Aviv Alush), el comandante del búnker, que está a punto de cogerse unos días de vacaciones, y el chaval,  lo convence sobre lo que ha escuchado. El ataque será inminente. Cuando la base es invadida en pleno Yom Kippur, Yoav y el asustadizo Avinoam dependen el uno del otro para escapar del bunker.

La esposa de Yoav, Dafna (Joy Rieger), estacionada en el cuartel general, quiere quedarse allí y ver qué está pasando en el búnker, pero le ordenan ir a un puesto de avanzada con el resto de las mujeres en el cuartel general. Y por ahora, todo lo que vemos de Dafna es que está tratando de desafiar las órdenes sexistas de que ella y las otras mujeres no deben estar cerca durante el combate, solo para asegurarse de que se entere de que su esposo está bien. Mientras tanto, cuando tres amigos se ven envueltos en una protesta contra el gobierno, participando en las marchas de los Panteras Negras. Uno de ellos, Malachi Ben Sur (Maor Schwitzer) es atrapado y tiene que escapar de su celda para reunirse con sus amigos Jackie Alush (Imri Biton) y Marco Dolzi (Ofer Hayun) en su puesto de tanques en la frontera siria que termina en primera línea. Además, el mismo Malachi es conocido por su pericia en la conducción de carros de combate. Jackie tiene que convencer a Marco, un orgulloso Pantera Negra, de regresar a la unidad y no desertar. No obstante, durante la batalla inicial con los tanques sirios, ambos se entregan al combate con heroísmo. A pesar de sus impactos directos, su comandante de torreta; el teniente Aviram (Ido Bartal), degraciadamente, es alcanzado por francotiradores y uno de los tanques es destruido. En su camino de regreso con sus amigos, Malachi es recogido por Menny Ben-Dror (Lior Ashkenazi), un actor que tiene un estilo de vida bohemio. Su exesposa lo llama enojada y le dice que tiene que encontrar a su hijo, que acaba de alistarse y podría estar en primera línea. Mientras conducen, los dos se unen por su buena fe de gente con ideas de izquierdas, ya que Manny estuvo en un grupo que precedió a las Panteras Negras. Muy pronto empezarán a caer los soldados israelitas. Sangre, vísceras y extremidades, en cierto modo, es el conflicto que trajo, el Vietnam americano al desierto del Sinaí. Los muertos, sus placas de identificación y sus colgantes con las cruces de David. El director de Valley of Tears, Yaron Zilberman. “Te muestra que es muy difícil para la gente tocar la historia”. La historia es un relato ficticio en cuatro frentes diferentes. Valley Of Tears casi se siente como uno de esos retrocesos de miniseries de guerra como Band of Brothers de Tom Hanks o Generation Kill de David Simon (Made in HBO) considerando que se nos muestran múltiples historias en múltiples frentes. Tiene todo lo bueno del cine bélico hecho en miniserie. Además, de su buena ejecución, está muy bien fotografiada y editada.

El montaje es fantástico, debido a la fluidez del guion. También, el hecho de contar un elenco de lo mejor de la industria audiovisual de Israel hace que la producción se deje querer. Mantener la tensión de la guerra, en un formato de gran melodrama, con unas interpretaciones muy realistas, de personas que no están seguras de la guerra. Tan solo saben lo que se les avecina, no el 100%. Aparentemente orgullosos de defender su bandera como ciudadanos de Israel e inseguras de su papel en la batalla. Pero cuando los cohetes comienzan a aterrizar, los soldados más reacios y tocados moralmente, por los feos del gobierno, hacen su trabajo. La historia de la escuadrilla del grupo de tanques es genial. Así como esa miniRoadmovie por los campos del paso de Mitla. La vanguardia de Bar Lev se rompía por la cantidad de efectivos y conjugación de fuerzas aéreas, artillería y carros. De ahí, que se sienta esa tensión y a la vez, mucha ironía y sascarmo entre los personajes. Estamos muy seguros de hacía dónde va el viaje por carretera de Malachi-Menny, aunque agradecemos la presencia de Ashkenazi, uno de los mejores actores del país. Algo que viene caracterizando a la ficción de estos grandes creadores, es hacer mucho con muy poco. Pensemos que esta ha sido, la primera producción de ficción en la historia de Israel, en tener un millón de dólares por capítulo. Leshem y Atmi Cohen son especialistas en hacer virguerías con presupuestos estrictos. Recurren a la imaginación de la economía de pocos recursos o trucos muy bien trabajados. Por ejemplo, nunca vemos a los tanques sirios de cerca: pero recibimos mucha acción de los tres tanques israelíes que disparan a los sirios en la distancia. Las imágenes de las catacumbas del búnker son realmente claustrofóbicas, especialmente cuando Avinoam es arrojado por Yoav a un armario fuera de la sala de escucha de inteligencia. Y todo lo demás tiene un alcance relativamente pequeño. Es una forma eficaz de mostrar una guerra de múltiples frentes sin necesidad de amplias vistas de batalla. Resumiendo, podemos decir que nos hallamos ante un producto muy interesante y entretenido. ¿Y qué hay de la audiencia en Estados Unidos? Pues, al igual que el boom de Euphoria. Ahora mismo, se está trabajando en una obra de teatro para  espectadores que quieren una nueva vuelta de tuerca, de esta ficción israelita, algo poco común para una serie de televisión israelí. No obstante, el hecho, que cada día, se hayan más interesados en la creación audiovisual hebrea: es solo el último paso en un mercado en crecimiento para la televisión israelí en Estados Unidos. Ejemplificado por adaptaciones como Homeland de Gideon Raff y Euphoria (cuya versión israelí fue creada por Leshem, de hecho)  y exportaciones directas como Fauda de Lior Raz, En terapia y Our Boys de Hagai Levi. Valley of Tears, se filmó unos meses antes que la enfermedad emergiera en el escenario mundial, se ha lanzado inadvertidamente en el contexto de un nuevo fracaso fatal de liderazgo, lo que le da a la serie un significado inquietante para los israelíes y, según esperan sus creadores, uno similar para los estadounidenses. Es una táctica atrevida en la medida que representa un tour de forcé para la  población israelita, fuera de todo orden psicológico. Los hebreos dicen que la historia tiene la desagradable costumbre de rimar de la manera más trágica, y esa rima ha sido notoria en el momento del lanzamiento de la serie.

Estableciendo el paralelismo las primeras etapas de la pandemia de COVID-19, cuando parecía que la población estaba manejando la enfermedad relativamente bien, gracias a la superioridad tecnológica, la movilización masiva de poder hacerlo y el sentido de propósito colectivo del que se han enorgullecido. Pero algo, ha vuelto a fallar, un tipo diferente de autoconcepción había surgido en Israel. Ya que las últimas semanas han traído una segunda ola devastadora de infecciones y la curva de contagios se disparó a niveles nunca conocidos hasta entonces. Ha habido protestas masivas que están poniendo de rodillas al gobierno y a los propios gobernados, quienes más lo sufren. Pero la entropía suele ser el verdadero ganador después de momentos de estúpido orgullo. El espectáculo ofrece una media hora de ambientación en la que personajes judíos israelíes de muchos tipos (religiosos, seculares, viejos, jóvenes, soldados, civiles, blancos, no blancos) se preparan y entran en el día más sagrado del calendario judío, Yom Kippur. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) están técnicamente en guardia, pero carecen de personal y están distraídas debido a las vacaciones. Entonces, cuando las fuerzas egipcias y sirias lanzan un ataque sorpresa, todo el mundo se pone de pie. Sobreviene el caos. El concepto se hace añicos, sin posibilidad de reparación, para nunca regresar por completo. De nuevo, la historia, se puso del lado israelí, recuperando la ventaja y técnicamente ganó el conflicto en poco más de dos semanas. Pero fue una victoria pírrica: hubo alrededor de 10,000 víctimas israelíes, lo que representa aproximadamente el 27 por ciento de la población del país (en comparación, ese porcentaje en los Estados Unidos hoy sumaría más de un cuarto de millón de personas). Como tal, es difícil exagerar el impacto de la guerra en el país. “La primera sirena de ataque aéreo significó que el primer Israel murió y nació un segundo Israel”. Valley of Tears desafía a sus espectadores a verse a sí mismos a través de su implacable enfoque en cómo reaccionan las personas ante un cataclismo. Ninguna persona o nación sobrevive a una guerra sin cambios, y eso es tanto más cierto cuando los orígenes de la guerra se encuentran en la idiotez de un concepto u otro. Ahora, por primera vez en la historia, estadounidenses e israelíes están luchando contra el mismo enemigo: la plaga que está asolando nuestro planeta. Si en la guerra del Yom Kippur Simbolizó el cambio de una sociedad unificada, una sociedad que se siente más importante que el individuo, a una sociedad diferente, donde el individuo es casi sagrado. De Igual modo, la tecnología, según los hebreos más conservadores hace que la gente sea más egoísta. Sin embargo, se trata de mirarte a ti mismo. Tú, lo primero y después, ya hablaremos del país. Todavía dentro de ese campo entrópico del propio Israel existe, esa idea nacional de todo hebreo, que en esto estamos juntos, en gran parte debido a la constante amenaza de un conflicto terrible. La plaga es un enemigo invisible que no se puede cachear. Todo aquello que esta fuera de control para Israel se vuelve traumático. Y del mismo, modo que la pandemia es enemigo mundial, por una vez, el mundo árabe e Israel no tienen más remedio que ir de la mano juntos. Sera un proceso largo y profundo, pero podrá hacer buena aquella máxima de; La experiencia es una de las causas del éxito o fracaso. No sufrimos el impacto de nuestras experiencias, llamadas traumas, sino que las adaptamos a nuestros propósitos.” Como bien dijo, el ínclito, Alfred Adler. Nota: 8,2