Perry Mason (1957-1966) El genuino

Uno de los géneros más imperecederos en la historia de la televisión ha sido, por excelencia, el drama judicial. La sala del juicio Made in Usa. Esa, donde, los abogados se convierten en mitad héroes, pedagogos, histriones o profetas de la verdad. Parece haber algo en los abogados que luchan contra los puntos más sutiles de la ley —en su sempiterna búsqueda— de la verdadera justicia. Éste era un remanente de los días de seriales radiados, y  antes de eso, los motivos de los abogados eran extremadamente populares en las novelas de misterio. Los abogados de esta serie no solo hicieron trámites y discutieron frente a los jurados. Eso no habría sido muy emocionante y, después de todo, se supone que la televisión tiene una máxima y es la del entretenimiento a su audiencia. Máxima que tuvieron que asumir ellos mismos para llegar al fondo del caso. Esto generalmente significaba no confiar en los hechos tal como los presentaba la policía. Esta parecía ser la otra cara de la moneda de los dramas policiales —que a menudo— se transmitían frente a los programas de abogados. En esos programas, la policía siempre tenía razón y los abogados defensores eran equivalentes a los malos, pero envueltos de un barniz heroico. En los anales de los programas de abogados hay uno que está por encima del resto. Fue el máximo defensor de los falsamente acusados. Su nombre era Perry Mason. Si algunos de ustedes hubieran sido acusados de un crimen atroz, en ese supuesto, no necesitaba un equipo de abogados de ensueño: todo lo que tenía que tener de su lado era un abogado, de la persistencia de Perry Mason. Éste producto, es el humus seminal, de grandes series como “la Ley de los Angeles 1986” o “Murder One 1995”  que programas como, “El abogado 1997″ e incluso “Ley y Orden 1990” le deben mucho.

Perry Mason definió los cánones del drama legal en la televisión y debería ser parte de cualquier colección doméstica seria. Algunos de nuestros hijos, sobrinos o amigos (ya sean vecinos milenials) en su hogar pueden pensar que el televisor está mal configurado; no hay color. Solo dígales que en el pasado había unas pantallas algo panzudas y con largas antenas de hormigas gigantes. Además emitían unas chuladas de series en blanco y negro. Mason ya era un famoso abogado de ficción mucho antes de que apareciera en la televisión. Más de ochenta novelas de misterio de su creador y alma mater: el escritor  Erle Stanley Gardner. Perry Mason es un descendiente directo de los pulps de misterio serie B, de las décadas de los 30 y 40, con detectives como Charlie Chan y Sherlock Holmes. Y poco después, se produjeron varias versiones de películas sorprendentemente mal concebidas. Curiosamente, ninguna de ellas tuvo éxito. Un programa de radio posterior lo hizo algo mejor, pero también luchó por encontrar el tono adecuado para el programa y su personaje principal. Gardner fue más cuidadoso cuando autorizó sus historias para la televisión. Ahí, entró en acción, la actriz convertida en productora ejecutiva; Gail Patrick Jackson y el productor de línea Ben Brady. Gail cuidó y mimó el proyecto, como si de un hijo suyo se tratará. La CBS, encontró la horma de su zapato en el actor Raymond Burr. De inmediato, su presencia, lo convirtió en la estrella del programa. Empero, fue el conjunto de la dinámica de equipo del quien hizo de Perry Mason un megahit de la protohistoria televisiva. A menudo, se oía al acusado injustamente gritar la coletilla: “Te mataré”, justo antes de la muerte.

Lo llamativo de esta primera mitad de temporada es la variedad de historias y, a su vez, ubicaciones. En lugar de limitar la acción a los mismos pocos escenarios: la oficina de Perry, la sala del tribunal y algunas casas y oficinas genéricas que podrían repararse y reciclarse. Hablamos del  tipo de cosas que se encuentran en otros programas de una cámara como Superman, The Life, Legend. Wyatt Earp, etc., CBS le dio a Perry Mason locaciones en el sur de California: el centro de Los Ángeles, en el Valle, el desierto alto y en Big Bear Mountain. Los interiores durante la primera temporada —de todos modos— se rodaron en los antiguos Western Avenue Studios de Fox. Luego está el arresto y el desafortunado acusado que busca su último recurso para la libertad, ahí está el implacable, Perry Mason. A continuación, se llevaba a cabo, la investigación donde Mason y su equipo descubrían las pistas del verdadero asesino. Finalmente, se remataba en un acerado enfrentamiento en la sala del tribunal. Una cosa que es muy poco realista; es que el verdadero asesino con frecuencia se derrumbaba en el estrado y confesaba. Pregúntele a cualquier abogado de un estrado auténtico ¿con qué frecuencia sucede eso? Mason no tenía mucho personal. Por otra parte, tal vez esta ambigüedad moral fue intencionada, dado el elenco de Raymond Burr, un actor que hasta 1957 había interpretado casi exclusivamente a villanos especialmente despiadados. El más famoso de los cuales fue aquel siniestro asesino en “La ventana indiscreta 1954” de Sir Alfred Hitchcock.

Casi impactante es cuánto peso despegó Burr en los tres cortos años desde esa película. Aunque todavía estaba bastante orondo y de complexión de huesos grandes; Burr en la primera temporada estuvo más delgado que nunca. Empero el recio Burr fue una elección inspirada para interpretar a Perry. Cuando el sagaz RB se eleva sobre aquellos a los que interroga en el estrado de los testigos, su voz autoritaria, sus ojos ceñudos y expresivos aún pueden ser intimidantes, sin embargo, sus modales tranquilos y sosegados conectaban rápidamente con el respetable (curiosamente, en la vida real, Raymond Burr era muy sociable, extremadamente generoso y dulce). Fue una cualidad hasta ahora inexplorada del protagonista, que realmente deslumbra en este show. El resto de su equipo lo componía su secretaria Della Street (Barbara Hale) y un investigador privado, a cargo perpetuo de Mason, Paul Drake (William Hopper). Della contestaría los teléfonos y concertaría citas con su jefe. Recuerden que esta fue una época en la que el lugar de una mujer en los negocios era una tarea muy gregaria. Della también era la persona en la que Mason confiaba sus mayores corazonadas. Discutiría el caso con ella, estimaba su opinión y de paso, se veía en ella, una mujer de ese atisbo, de lo que—afortunadamente— iría llegando: la revolución feminista y la incorporación de la mujer en cargos de mayor calado en la justicia o la docencia jurídica. Pero Della fue un personaje algo inusual para aquellos finales de la década de los 50.

Mason estaría demasiado ocupado con informes y otros asuntos, por lo que Paul también saldría a la calle. En busca de esas pistas e información que los detectives de la policía de Los Ángeles pasaban por alto. Este fue uno de los mejores métodos de la vieja escuela conocida como la “caja de zapatos de piel” para resolver crímenes. Ahora tenemos laboratorios para analizar la más mínima partícula de materia que queda en la escena del crimen. En ese entonces, Drake tendría que ir a hablar con la gente y reunir información lentamente que conduciría a una ruptura en el caso. Lo mejor que le habían tomado las huellas digitales a la policía, y siempre había una razón lógica por la que estaban en el arma homicida. Drake también era un puro arquetipo de compañero de los cincuenta; lo golpearon en más de una ocasión y con ganas. Esto normalmente pondría a Mason y Drake en oposición directa con el hombre a cargo de la investigación policial, el teniente Arthur Tragg (Ray Collins). Cuando llegó el momento de comparecer ante el juez y el jurado, el adversario de Mason era el fiscal de distrito Hamilton Burger (William Talman). Es sorprendente que Burger y Tragg mantuvieran sus trabajos; tenían el peor historial delictivo posible. Cada semana preparaban su caso hermético que Mason hacía pedazos. Considerando que cada uno de los clientes de Mason era inocente. Obviamente, se trataba de una grandísima noticia, ya que en la vida real la ciudad se habría arruinado por todas las demandas de procesamiento civil ilícito que se hubieran presentado. Después de todo, no se puede tratar a la estrella de esa manera. Hubo algunas variaciones sobre el tema presente aquí. En un episodio, Burger tuvo que dejar la acusación. Resulta que un viejo amigo suyo es el sospechoso. Por una vez, Burger se alegró de que Mason estuviera en el caso y  que no tendría que perder todos los pleitos; por una semana. Algunos de los recursos de la trama utilizados aquí datan la serie. La razón del éxito de esta serie se debe a la atención a los detalles y la gran calidad de la producción. Cada episodio se construyó como una película de cine negro de una hora de duración en lugar de un programa de televisión normal de 30 a 40 minutos. Así llegaron a rodar 9 temporadas y 271 episodios desde 1957 a 1966. Todo un hito histórico de la TV de la primera edad dorada.

Ahora, en pleno siglo XXI, después de que se mostraran por primera vez estos episodios, siguen siendo tan buenos como lo fueron desde sus inicios. Un ejemplo fue cuando una chica cigarrera es amenazada y luego acusada de asesinato. Para aquellos que son demasiado jóvenes. El recuerdo de los clubes nocturnos, o cabarets de los años 50 es algo muy alejado de lo que se vemos en 2020. En su caso contratarían a una mujer joven y atractiva para que desfilara con diminutos atuendos vendiendo cigarrillos de una bandeja atada a ellos. Evidentemente, a día de hoy esa escena de la chica escasa de ropa y el cajón de cigarrillos y chocolatinas sería una ofensa para una gran parte del público femenino. Otro caso curioso, sería el episodio del título “El caso de la cantante arisca”. Intenten llamar a una mujer brusca en 2020 y observarán que las cosas han cambiado algo. Afortunadamente. Pero insisto, Perry Mason arranca de lo que llamamos la cultura del cómic pulp. Luego, yo soy partidario de observar las cosas con el conocimiento y la mesura del contexto. Si no somos capaces de ponernos en las diferentes aristas de la vida, no tardaremos en quemar el cine mudo o determinadas letras del RockPunk más glorioso. Otro de los grandes reclamos de la propia serie fue el gran elenco de grandes estrellas que fueron invitadas, muchas de ellas ya consagradas; Bette Davis, Angie Dickinson, Fay Wray, Mona Freeman, George Kennedy, Elisha Cook Jr, Lee Van Cleef  o Walter Pidgeon. Así como muchos y muchas de ellas, caras nuevas que pasaron rápidamente a ser famosas tanto en la gran pantalla como en la TV; Ellen Burstyn o David Hedison. Todos esos grandes fans, de los actores de personajes de la época, encontrarán una verdadera mina de oro en cada episodio de Perry Mason. Sólo en “El caso del doliente enojado”, por ejemplo, aparecen Dorothy Adams, Malcolm Atterbury, una jovencísima Barbara Eden, Sylvia Field, Paul Fix, Joan Weldon y James Westerfield. Otros actores que aparecen en estos primeros diecinueve episodios son: Vaughn Taylor, Hillary Brooke, Greta Thyssen, Robert Cornthwaite, William Schallert, Frances Bavier, Joi Lansing, Michael Fox (el patólogo forense), Virginia Gregg, Brett Halsey y muchos más. Los seguidores de la serie “Three Stooges 1922-1970″ se deleitarán al ver al villano perenne Kenneth MacDonald aparecer con frecuencia como juez y como la chica mala de los últimos Stooge, Connie Cezon, desempeñando a la secretaria, en gran parte, invisible de Perry.

Los fanáticos de la ciencia ficción de los 50 notarán las apariciones de incondicionales del género como Morris Ankrum (otro juez a tiempo parcial), Thomas Browne Henry, Whit Bissell y Robert Clarke. Obviamente, quien quedó marcado para el resto de su vida personal como la auténtica estrella de la TV, en su primera era fue Burr. Su cara era de las más reconocidas en todo el mundo. Después de su carrera de nueve años en CBS, se lanzó un programa de televisión de revitalizar el personaje en 1973 que duró una temporada. Esa encarnación derivó en unas veinticinco películas hechas para televisión que se emitieron entre 1985 y 1993 y solo terminó con la muerte del hombre que siempre será recordado como Mason, Raymond Burr. Actualmente, el prestigioso canal de TV de cable, y ahora en streaming, HBO, ha adquirido los derechos de la mano del actor galés, Matthew Rhys, (“The Americans” 2013) ofrece una actualización impresionante y elegante del drama de la auténtica CBS de mediados de siglo. Situada la acción, en los años finales de la década, de los 20 y comienzos de los 30, en plena depresión económica. Actualmente, es el productor del proyecto. Donde se encuentra respaldado por los productores ejecutivos Amanda Burrell, Ron Fitzgerald y el no menos conocido actor, Robert Downey Jr. Además, de un viejo conocido de la edad de oro del icónico canal como Tim Van Patten. Por cierto, la serie entera con todas sus entregas y episodios se puede en encontrar en Amazon y para aquellos más inquietos en Youtube y otros lugares de la webesfera. Lo dicho, siempre hay tiempo para visionar aquella primera edad de oro de la TV y poder disfrutar de un show con más de 9 nominaciones a los Emmys, donde su protagonista siempre era el foco de la pasaralela. Disfruten del genuino Perry Mason. Nota: 8,5

 

 

“Alfred Hitchcock presenta” TV (1955)

 

En aquellos viejos y oscuros años, los políticos experimentaban el sabor chic de asomarse por los pasillos de Paseo de la Habana. El olor a nuevo de la vetusta TVE era de su gusto. Aún redoblaban los ecos del resacón eurovisivo de la boda real en el país, del chocolate y las frías trincheras del héroe Alastriste. Todo era un flan Dhul continuado y sopa boba. Nuestros abuelos, padres, tíos y demás grey eran los mayores acólitos al escaparate de cristal en las nuevas tiendas de cajas mágicas. Tanta magia que el maestro del suspense se enamoró de este aparato y nos trajo historias de crueles pesadillas, que quebraron los sueños de nuestros progenitores y pasaron a ser de dos rombos por decreto notarial. Todo el mudo se quedó alucinando al ver a un Sr. Gordo en la TV multifranja.

 

 

“Buenas noches, soy Alfred Hitchcock y esta noche les presento la primera de una serie de historias de suspense y misterio curiosamente tituladas: Alfred Hitchcock Presenta. Yo no actuaré en estas historias pero sí que haré pequeñas apariciones, antes y después de cada capítulo, para explicar el título del episodio a aquellos que no sepan leer y finalmente para poner todo en orden y explicar el final de la historia a aquellos que no lo hayan comprendido.” De fondo sonaba el corte musical de la marcha fúnebre para una marioneta de Gounod.  Así, con un descaro —sui generis—, comenzaba el show del maestro de la intriga del cine y ahora, la TV. Corrían los años 50. Hitchcock no sólo se hallaba en la cima de su popularidad cinematográfica, sino que también encontró la cúspide creativa en un nuevo medio tan adictivo como la TV.

 

 

Al parecer tras una idea sugerida por el presidente de MCA, Lew Wasserman; el director y productor británico se encargaría de presentar cada episodio, haciendo gala de su fino e irónico sentido del humor. La legendaria serie de 268 capítulos, los cuales, fueron emitidos a lo largo de siete temporadas son uno de los mayores tesoros audiovisuales de la humanidad. Desde 1955 hasta 1960 en la CBS, y entre 1960 y 1962 en la NBC, que adquirió sus derechos a posteriori, el mago del suspense dirigió 17 historias. No obstante, aportó a la serie su presencia como anfitrión, una garantía de éxito y una manera de hacer televisión comercial, de calidad y factura creativa. Hitchcok hizo pura imaginería al servicio de la televisión moderna. Algo así como el edén de las futuras producciones de Lynch para ABC o David Simon en HBO.

 

La serie está compuesta por pequeñas historias originales, llenas de toques escabrosos; una cascada de humor negro y evidentemente, unos finales que resultaban tan impactantes, como difíciles de olvidar. A lo largo de los años nos encontramos a realizadores como Sydney Pollack, Robert Altman, Don Taylor, Arthur Hiller, Norman Lloyd, Robert Stevenson, Paul Henreid, Robert Stevens o Lewis Teague, que dirigieron diversos episodios. Entre los guionistas figuraron reputados autores literarios como Ray Bradbury, Richard Matheson o Roald Dahl y también se adaptaron relatos procedentes de escritores tan exquisitos, como Patricia Highsmith o H.G. Wells. La serie consiguió un Globo de Oro al mejor programa en 1957 y tres premios Emmy, aparece también como una de las cien mejores series de la historia de la TV. Memorable fue su capítulo inicial “Venganza”, sobre un marido (Ralph Meeker), que —erróneamente— se vengaba de un supuesto atacante a su mujer cuando descansaba, plácidamente, en la caravana del camping (Vera Miles). Dejándonos un final grandilocuente y apoteósico.

En 1985, la NBC preparó un revival conocido como “El nuevo Alfred Hitchcok presenta” Se volvieron a rodar 76 capítulos de aquellos fabulosos, ya emitidos en los 50. La principal novedad, es el color y la aparición de nuevos actores de esta última época. Destacamos al extraordinario elenco de estrellas que aparecieron en la entrega original y este posterior remake. Nombres tan célebres como los mítico-as; Joseph Cotten, John Cassavetes, Vera Miles, Thelma Ritter, Joan Woodward, Mary Astor, Bette Davis, Barbara Bel Geddes, George Peppard, William Shatner, Charles Bronson, Claire Trevor, James Coburn, Walter Matthau, Roger Moore, Dean Stockwell, Lee Majors, June Lockhart, James Caan, David Carradine, Robert Redford, David Soul o Melissa Sue Anderson y un larguísimo etcétera, de una lista —interminable— que es historia contemporánea del cine y la TV. En España se pasó por primera vez en el año 1965 y posteriormente, en la década de los 80. Actualmente, se pueden localizar en Amazon las 6 primeras temporadas en V.O. Y recuerden, la buena ficción televisiva tiene muchos años y buen fundamento. Como bien dijo el maestro;  “La televisión ha devuelto al crimen a su origen: el hogar”. Nota: 9,1

Feud (2017) “Hollywood Decrépito”

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Podríamos estar hablando horas y más horas, en torno, a las biografías de las icónicas actrices del siglo XX. Afortunadamente, de las muchas que han existido, tenemos la suerte —en esta ocasión—, de contar con la presencia histórica de dos divas del Hollywood dorado: Joan Crawford y Bette Davis. Y redundando, en la propuesta, parece irónico que tenga que hablar de ellas aquí, y, no en ese lugar, donde ya saben Uds., que acostumbramos a realizar nuestras crónicas tan sui generis. De repente, nos encontramos con el chico de oro de la ficción norteamericana, Ryan Murphy. Nuevamente, en la productora que lo ha hecho mundialmente reconocido, FXNetworks. ¿Qué puede decirse de este creador, que no se haya dicho, en toda la webesfera? Poco más, que no sepa este mundillo, sobre l´enfant terrible de Indianápolis; exagerado, excesivo, socarrón, macabro y retorcidamente cínico. Empero, con mucho talento. Lo dije, aquel día que filmó, una de las mejores joyas de la TV, “Nip/Tuck” (2003). Evidentemente, sabe a lo que juega y lo que pretende: entretener en la pantalla pequeña con presupuestos de cine. Feud (2017), tal como suena, es una legendaria historia sobre una enemistad, cuasi, divina y de proporciones cercanas al cainismo más bíblico. Aunque esto, tiene un toque más cool. Estamos en Hollywood, no lo olviden. Un producto suculento, donde se atisba, una propensión exuberante de la exaltación del deseo y la neurosis. Una pelea constante, donde la revancha: es la aniquilación de tu alter ego. Regocijo y horror en el estudio. Mientras, la insolencia de Murphy, navega en la gran broma, de la subyugación de los corazones yankees, donde gravitan ellas: dos divas de finales del S.XX. Jessica Lange (Joan Crawford) y Susan Sarandon (Bette Davis). Bajo mi punto de vista, mucho más cómoda la Sarandon, ya que físicamente, tiene unos rasgos más cómplices, a su canibalización, con la Davis. Su partenaire, Lange, de una belleza felina y eslava, recordemos ese primer plano de ella, delante del King Kong (1976) de Guillermin; exquisito e inolvidable rostro. Ahora embalsamada de maquillaje y otras maravillas del equipo Max Factor, que por momentos, tras los baños de Vodka, llega a parecer un guiñol de la auténtica cara de Crawford (Propongo un visionado de esta actriz en la fascinante Johnny Guitar/1954 de N. Ray) y luego hablamos. Sin embargo, ello no es óbice, para comprobar las magníficas interpretaciones, una vez más, en esta nueva serie de Murphy. Dejándose la piel como contendientes perennes, en pleno apogeo, de la decrepitud personal de ambos íconos, de un Hollywood irrepetible. Un lugar con el mayor número de divinitys por m2, que jamás un milenial hubiera imaginado. Una visión más introspectiva de la flaqueza del ser humano; cuando la edad se convierte en tu peor enemigo. Feud arranca en 1978, con el pretexto de la filmación de un documental acerca de la enemistad entre las míticas actrices —un mecanismo narrativo que subraya el concepto de Murphy, en todo show—, en pleno despliegue mediático por la reavivación de sus carreras. Olivia de Havilland (Catherine Zeta-Jones) magnífica interpretación de reparto y Joan Blondell (Kathy Bates), como nos tiene acostumbrados, a lo largo de sus apariciones de la franquicia AHS.

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De repente, se escucha, una frase genial de OdH, “Las peleas no sustentan en el odio, si no en algo más hondo, el dolor”. Saliendo el plano de su cara, en un prolongado flashback, que alterna con la década de 1960; Joan y Bette están enfrentadas estratégicamente, por dispersos y personalísimos intereses con la Warner Bros, y la falsa apariencia de una deuda moral con Jack Warner —nada más lejos de la verdad— concretamente, en el dinosaurio JW, protagonizado por (Stanley Tucci). Portentosa lección del oficio teatral de un actor impagable. Además, de ser uno de los últimos patriarcas del desvergonzado y viejo Hollywood, que ve su estudio como una especie de establo o burdel, animando la obsesión de cada estrella contra la otra, disfrutando como un niño,  en medio de la disputa por los papeles selectos. Así como, su aprobación tácita. Crawford y Davis, llegan a dar, —tal semejante escala— de subordinación laboral y vital, de esta sociedad dónde esos otros, que no vemos, pero, ven en ellas: un modo de nutrición de complejos personales. Decálogo sutil de un maniquiesmo letal. Plasmados en la inferioridad suplementaria que requerirá —probablemente para siempre la asunción, de la culpa—, en particular, la hija de Bette, Barbara Sherry, interpretada por (Kiernan Shipka), algunos la recordarán como la hija mayor de Don Draper en la obra de arte, Mad Men. En el caso de Joan, la maternidad no fue biológica, pero la adopción le trajo unos cuantos disgustos con su primogénita, Christina. Y es que, volviendo a la figura de Joan Crawford, en términos generales, fue la estrella más grande, atractiva y descomunal de la historia del 7º arte. Había sobrevivido al periodo del primer cine mudo, y, gracias a una voz suculenta y con brío, transitó al páramo del sonoro, sin problemas. Cosa que a otras divas de aquella época no consiguieron; Clara Bow, Mary Pickford, Mirna Loy o Lilian Gish. Impresionante recorrido de bailarina flapper a decadente figura del terror gótico de serie B. En el primer episodio, se nos pone al corriente, de los acontecimientos, en el mismo instante que Marilyn Monroe va a recoger su Globo de Oro, “por Faldas y a lo loco” (1959) de B. Wilder. Crawford, bien cocidita de Smirnoff, hace un comentario demoledor, sobre los senos de la rubia californiana…Dejando entrever, el chascarrillo de turno, en torno, a que ambas fueron amantes. Bien, concluyendo esta línea argumental, las películas de Joan eran a menudo más directamente espeluznantes. Posiblemente, por esa mirada que congelaba la pantalla y dejaba al espectador petrificado por una belleza, entre lo andrógino, racial y artificial —ex profeso— vía cirugía plástica. Una reina que salió de Texas a por un sueño y lo conquistó. Por el contrario, las películas de Bette Davis, de un modo más ingenioso habían subsumido su propia vistosidad. Pues, hablamos de la actriz pre-Actors Studio, técnica y personalidad pura (10 nominaciones a los Oscars y dos estatuillas, como mejor actriz) en una especie de siniestra respetabilidad. Eso, lo sabía su rival, que sólo consiguió tres y una estatuilla. Volviendo al rodaje que sirve de nexo para narrar toda esta serie y el resto de personajes.

Feud- Blanche in Movie Foto 2

No podemos pasar por alto, el director del film, un clásico del oficio, Robert Aldrich. El actor elegido para su recreación no ha sido otro que el británico Alfred Molina, que ha estado a un nivel altísimo. Aquí en el papel del cineasta, que rodó, una película de culto, una obra mayor con un presupuesto de serie B, que se convertiría en un éxito gigantesco y acabaría por conseguir una nueva nominación al Oscar de Bette Davis. Observaremos capítulo a capítulo como la presión del rodaje, el dirimir con los egos de ambas estrellas y de enlace con Jack Warner terminará con su matrimonio.Volviendo al rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? Aquellos días, de trabajo, en el estudio fueron una zona de guerra. Bette Davies es unos pocos años menor que Joan Crawford, lo que enerva la contienda por el orden de papeles, ubicaciones, quien tiene los mejores diálogos, los mejores detalles con el set de rodaje, si Pepsi o Coca/Cola. Joan Crawford se casó con el dueño de Pepsi-Cola y enviudó. Algo que la convirtió de la noche a la mañana en una especie de Ceo de la empresa. No había sitio —que pisara— en donde, no sacase algo relacionado con el merchandising de la marca. El asunto fue a más en el rodaje y la Davis, sin temblarle la mano, al segundo día de rodaje puso una máquina de Coca-Cola enfrente de la suya. Los cuatro primeros episodios son los más atractivos y donde Feud —deja a uno con mejor sabor de boca— con una dinámica narrativa que hereda los mejores artificios de la espléndida The Sopranos (1999). Otros personajes que no se pueden dejar fuera son las columnistas/alcahuetas del Hollywood más Underground. Hedda Hopper (Judy Davis) y Louella Parsons fuera de la pantalla. Nadie está exento a estos amarres del sálvese quien pueda y detestar a la vez. Carne del higadillo pura y dura. La ayudante de dirección y Script personal de Robert Aldrich, Pauline Jamenson (Alison Wright) The Americans. Curiosa anécdota, pues la auténtica, PJ fue una actriz con un recorrido interesante.  Cada vez que aparecen sus cejas, te quedas pegado a la pantalla, pues, es uno de los rostros más inspiradores de la nueva ficción televisiva. Bien, en este rol, que la licencia creativa de Murphy se permite: nos presenta a una mujer, en busca del sueño, independiente, por ser directora de cine. Algo que propia Crawford, le remarca; ¿quiénes somos nosotras en este mundo sin dinero? Nadie. Pauline, le recuerda a las grandes pioneras del cine mudo, D. Arzner y L. Riefenstahl. JC, se llena una copa de vodka y sigue jactándose del sistema y la serpiente capitalista. “El cine mudo era de juguete, no costaba dinero, como el cine que hacemos ahora. Hollywood es un monstruo que sólo quiere dinero, más y más.” Un depredador de cartón-piedra insaciable. Incluso, el discurso de R. Aldridch no le queda muy alejado del que transmite la Crawford: “mujer esto es una cadena sin fin, no vayas con esa postura por estos lares.” Además, de recriminarle —con tono paternalista— su posición privilegiada, como asistente personal. Por cierto, Aldrich, se deja caer un affair con Bette Davis y una gran lista de amoríos que tienen hartísima a su esposa Harriet Aldrich (Molly Price).

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De algún, modo Murphy, reivindica la igualdad de sexos, derechos y remuneración. Intenta denunciar a una industria misógina y hostil con las mujeres. Puede que la forma de manifestarlo sea demasiado amable. Pero ahí lo deja caer. Crítica la sátira —de esa inculcación— de una cultura salvaje, donde el capitalismo, es el arquitecto de un sistema que enfrenta gargantas contra gargantas. Hay una escena magnífica que pone de relieve esa situación. Cuando se lleva a cabo la pool delante de la prensa para la formalización de los contratos y, a renglón seguido, la gresca por la ubicación de los nombres en los créditos del film. Obviamente, la desvergonzada y caustica visión de Murphy, hasta este estadio es embriagador, ya que no sólo imprime la leyenda de lo mítico o el chascarrillo, sino esa idea, que es el sello de su factoría. Cómo lo hizo en la magistral The People Vs O.J.Simpson. Siguiendo una tonalidad que ya consiguió con el gran elenco de actores de la citada serie, aquí vuelve a alcanzar ese plus de brillantez. En este contexto, es lógico que la imaginación empática de Murphy gravité en: BetteVsJoan, lo que es igual Jessica LangeVsSusan Sarandon. Todo un suculento ardid —muy propio de esa cultura divinizada Pop 60,s— que sirve para distraernos, de cuánto podemos falsear, nuestra propia jerarquía social contra nosotros mismos, guardándonos, el sojuzgar a los vecinos con pequeñas distracciones. Generalmente, las vidas sexuales de los ricos omnipotentes y celebritys —quienes son revelados por Murphy— pues, no puede evitar el karma compulsivo de los mismos defectos. Tal es su superstición personal, que no se olvidó de su actriz fetiche personal, la siempre elegante, Sarah Paulson como la gran dama del teatro Geraldine Page. A la que muy bien, embaucó Miss Crawford, junto a la hermosa Anne Bancroft (Serinda Swan) en la noche de la entrega de los Oscars de 1962. Davis pierde y el Oscar es para la Bancroft (que en su lugar, es recogido por Crawford, leyendo una nota de agradecimientos). JC pasa de puntillas con la estatuilla por delante de una Davis enfurecida, al lado de una O. de Havilland que no salía de su asombro.

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Feud es un cuerno de oro de una sociedad, donde la riqueza bullía, como en el mundo de la maravillosa Mad Men “Un lugar donde la verdad miente”. Pero ese cuerno comenzaba a presentar serios daños estructurales. Hollywood tiene un nuevo enemigo llamado TV. Aunque, no sea muy dañina, ya que ese negocio está en la Costa Este. Los sapiens del viejo Hollywood se apolillan y mantener los lujos se hace una ardua tarea imprescindible. Un aroma a decrépitud naftalínica va haciendo mella en la atmósfera.  Las nuevas generaciones puede que observen a estas reliquias de antaño —como lo que son— fotografías en blanco y negro en mundo utópico. Empero, para otros muchos, son hermosos talentos que ennoblecen la pequeña pantalla. Susan Sarandon y Jessica Lange relucen el nuevo OLED coreano del salón de casa. Una presencia omnipotente y adictiva. Ambas retratan la increíble vulnerabilidad e implacable determinación de dos actrices irrepetibles: Davis y Crawford. Dos mujeres que puede que fueran obligadas por aquel Hollywood a competir en papeles similares; que yacieran humilladas por las pocas opciones que le dejaban, abuelas de estrellas del Rock y poco más. Tuvieron que hacer público el olvido del fracaso personal. Ante semejante zarandeo y castigo sólo les quedaban sus grandes mansiones solitarias de Beverly Hills. Ahí, tumbadas en la chaise longe, rodeadas de botellas de vodka y suscripciones caducadas al Variety. Mientras las amas de llaves, confidentes y porteadoras personales, como “la Mamacita”—particular— de Crawford,  en el papel de Jackie Hoffman. No es la primera, ni la última mujer que doblegada desde el misterio de su nacimiento, consiente y dirige el crepúsculo de esas diosas. Al son de la notas de Mac Quayle, mientras aparece la cortinilla de presentación del episodio de turno: un hermoso de homenaje de Mr. Murphy al genio de Saul Bass. Bienvenidos al feroz y viejo Hollywood. Nota: 7,8

 

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