90 Anniversary of Bill Haley

rockroll_006_bill_haley1 Foto 3

 

Decía el sabio Frank Zappa que los desparrames de la mítica “The Black Board Jungle” (1955) de R. Brooks—aquí, conocida como “Semilla de maldad”— le hicieron frotarse los ojos con agua helada y preguntarse; ¿los jóvenes de aquella generación, fuimos nosotros? Llegó muy tarde a las pantallas franquistas y en la vieja Gran Bretaña estuvo vetada durante 11 años. Ahora seguimos siendo los mismos, algo más viejos. Igual que el bueno de Haley que estaría celebrando su 90 aniversario.  No pasa nada, nuevos jóvenes esperan a los Strokes como agua de mayo en agosto por Benicasim. Tuvo que aparecer un George Lucas—premonitorio— con su obra de culto “Star Wars” y una  otra cinta reveladora de su generación cinéfila de los 70,  “American Graffiti” para escuchar la sensacional canción que destilaba  puro aroma a Rock&Roll. De la mano de un irrepetible de la historia del S.XX, Bill Haley con su mítico “We’re Gonna Rock Around the Clock” La idiosincrasia del  tema de Haley consiguió que el hombre de las galaxias nos recordara la hazaña del genio de Detroit, cuando vendió un millón de singles y entró  en el Top 16 de la lista más “in” de UK, como mejor disco de aquel año. Viendo la evolución del rock y la industria todavía impresiona más el hito. Si lo tratamos con toda la delicadeza que requiere una canción de semejante calibre y el contexto que la rodeaba, le diré que hasta impone analizar el episodio. Piensen por un instante en un chaval, que con 18 años y la guitarra a la espalda salió a la búsqueda de  eso que llamamos Rock, en un país embardunado hasta las entrañas de Country, Jazz y Blues.

Bill Haley & His Comets at a Rehearsal

Como todo debutante se inició, aporreando la guitarra y al final consiguió su dominio. En 1945, fíjense lo pasaba en el mundo y los nuevos EE.UU. El olor a barbacoa y country salvaje era la solfa de las tierras de Booth Winns. Quién diría que este genio firmó su primer disco “Candy Kisses”, y dónde fue a parar… Fácil, en las estanterías de las reliquias. Cervezas, banjos y rodeos en las verbenas locales era la diversión por excelencia. El bueno de Bill, apenas sacaba unos cuartos de dólar para ir tirando hasta que dio de bruces con otra banda de animadores, a la postre, su grupo acompañante; los primitivos Saddlemen, que se transformaron en The Comets. Donde nos encontramos con unos instrumentos de lo más variado del Country —acordeón— y del Rhythm and Blues (el maravilloso saxo de Rudy Pompilli) y nada menos que una guitarra eléctrica. Suena bizarro para aquellos años, pero muy fresco y original. Comenzaron los bolos, actuaciones en las habituales “High School” y los jóvenes estaban cardiacos por nuevos sonidos. El country se empezaba a hacer tedioso para una generación con ganas de contoneos pélvicos. Se miraba de reojo al nuevo icono del cine, y la cultura beat: las malas bestias de Marlon Brando en “The Wild One” (1954). Los Dj´s  apostaron por el sonido de Bill Haley y se fue dando un fenómeno pausado, pero in crescendo. El ritmo calaba donde las audiencias blancas les reclamaban. Sus letras no gustaban a Hoover y McCarthy: los demonios del puritanismo y el anticomunismo feroz. Éstas, se añadieron a unas listas negras soliviantadas por las masas que abarrotaban los conciertos. Haley se lanzó con la máxima de mezclar  jazz de Dixieland, Rhythtm and Blues y Country and Western para conseguir un ritmo que la gente coreara los estribillos y bailar, algo que colmaba sus esperanzas.

Bill Haley - Elvis Presley

El resto fue fácil—cito textualmente— BH: “cogí expresiones de uso diario, como Crazy Man Crazy, See You Later Alligator o Shake Rattle and Roll, y, siguiendo el método descrito, hice canciones sobre ellas”. Con el matiz de que “Shake Rattle and Roll” no era suya, sino de Joe Turner, y “See You Later Alligator”, de Bobby Charles. Pero daba igual. Gracias a estos covers se le catalogó dentro de la crítica musical como Fox Trot. Bill Haley consiguió que el rock se convirtiera en la mayor revolución musical de la historia. En pocos años, llegaron los auténticos reyes con el repertorio lleno de combustible y hambre de romper escenarios, como Presley, Perkins, Lee Lewis, Berry, Richard o Cochran. Eso sí: él les abrió el camino. Europa adoraba al rubio simpático de la capital del motor y el blues norteño, que no le vieron hasta 1957. Posiblemente, el bueno de Bill era demasiado—James Stewart— no quiero decir blando, pero si un careto de muy buen tío en una época donde las miradas felinas y cínicas iban a comérselo todo. De ahí, que nunca terminara de  personificar con la solvencia suficiente al auténtico héroe del rock and roll. En el fondo, era como aquel susurrador de Montana que interpretó Robert Redford, un vaquero con talento, bueno y sentido del humor. Los años fueron dejándole de lado y muy poco, quedaba de palabras tan hermosas como las de Pau Casals donde afirmaba que Haley era “un destilado de todas las degeneraciones de nuestro tiempo”. No era verdad. O mejor dicho ni calvo ni tres pelucas. No obstante, resulta agradable que en algún momento un personaje de semejante respetabilidad tuviera esa idea. Bill Haley, el chico bueno de la greña rubia, nativo de Highland Park falleció a la edad de 53 años, prácticamente olvidado, en el pequeño pueblo de Harlingen (Texas, Estados Unidos). Las causas de su muerte nunca quedaron claras del todo. Aunque, la principal tesis sigue siendo un infarto. Gracias, Bill. Siempre nos quedará aquel inmenso “We’re Gonna Rock Around the Clock” y feliz aniversario, maestro

Publicado en la Revista Culturamas el 22-abril-2013

Anuncios

80 anniversary of Elvis Presley

ElvBike

 

Johnnie Ray, el llanto desdichado

Foto 1 johnnie ray_singing_546331

 

Johnnie Ray fue una figura de la música pre-rock en un periodo donde todo era monoarual. Al igual que otras estrellas blancas fue un intérprete entre lo rebuscado y el adolescente vaporoso de algodón. Sus azucaradas baladas, muchas de ellas, auténticos himnos teen de los 50, todavía, se pueden encontrar en acetatos envueltos entre fotos de boda de algún papá de la primavera de Praga. Dicen que todo ese fenómeno —que rodeaba al genio de JR— era la maldición de una triste alma india. Aquel apuesto joven de Oregón llevaba, en sus venas, sangre de la tribu Pies negros. Obviamente, dejando a un lado el tono caleidoscópico, en torno, a su persona: la cosa era más dura de aceptar. Johnny Ray sufrió un accidente durante la adolescencia que le dejó sordo de su oído izquierdo y tuvo que llevar un sonotone desde los 14 años hasta el final de sus días. JR, acabó siendo un chico retraído, solitario y muy tímido. Tan solo la música de Billie Holliday, Kay Starr, Ivory Joe Hunter, Jelly Roll Morton y W.C Handy le abrieron su autoestima; un prurito apasionado por el R&B y un camino a seguir. Ese vivero de exquisitas influencias le trajo más de un problema para actuar en locales de medio pelo. Los dueños siempre le espetaban: “oye chaval, es que… eres demasiado raro para tocar aquí”. Finamente, en uno de los interminables garitos a los que llamó a la puerta, dio con el Dj. Robin Seymour y no se lo pensó dos veces. Le presentó al productor Danny Kessler, el cual, se quedó patidifuso con lo que escuchó y vio en primera persona. Firmando su primer contrato con la CBS, para dejarlo en el sello filial, Okeh Records. Aquella franquicia estaba dedicada a la producción de artistas negros y fue con esta productora, donde se grabó el mítico “Cry”. En 1951, JR, era el número uno en las listas de R&B. Canción de corte almibarada y muy emotiva, la cual, le permitía en sus conciertos realizar un directo psicodramático, entre sollozos y convulsiones que terminaba llorando junto al respetable. El tema corrió como la pólvora y el público blanco descubrió a un nuevo ídolo.

Foto 2

 

Las chicas y chicos de aquella época se fueron a la tiendas a comprar el disco con una voracidad feroz. Vendió tantos vinilos, que el tema estuvo como número 1 en las listas oficiales del Billboard, durante 11 semanas consecutivas. Y no solo eso, sino que la canción que estaba en el Top 2, era “The little white cloud that cried”, la cara B de “Cry”. JR, se había convertido en un héroe de masas. Muy por encima del rey de Mississippi. Los teatros rugían, repletos de adolescentes de ambos sexos que mataban por tocarle y arrancarle algún jirón de la americana para llevársela como recuerdo. Los padres de media Norteamérica vieron en el pávido Johnnie Ray una amenaza. El “príncipe de las lágrimas” era tachado de enemigo público entre los sectores más conservadores y reaccionarios de la vieja América de los 50. CBS le subió de categoría e instó a que grabase covers de Cole Porter y similares. Llegó el show de Ed Sullivan y las actuaciones en el espectacular Copacabana de New York. JR, siguió en sus trece. La música negra era su alma mater y no se pudo resistir a grabar el cover de The Prisionaries, “Just Walking in the rain”, todo un pelotazo bajo su autoría. Hasta Hollywood se rindió al encanto del crooner, el corazón de las teenagers de la ingenua América que saludaba a otro icono del Séptimo Arte, Marilyn Monroe.  Evidentemente, no tardaron en llamar al chico afable y tristón al musical “Luces de Candilejas” (1954), dirigido por el inefable Walter Lang. Allí, compartió cartel con la rubia de L.A. Eran muy buenos tiempos para el bueno de Johnnie Ray, el público lo quería. ¡Demonios!, lo adoraba. Años donde se le vio acompañado de un modo cariñoso junto a la periodista Dorothy Killgallen (personaje que daría para un tesis sobre periodismo de investigación de lo más entretenido), que le sirvió de apagafuegos en más de una ocasión al ingenuo de Ray. Incluso, Ava Gardner estaba loca por su música y Sinatra lo detestaba. Pero en el fondo era pura envidia. Aunque, el  destino, fue mucho más caprichoso, con la sarga de todos los aludidos. B. Darin tampoco era de los que se entusiasmaba con el chico del pinganillo. Mientras el mundo continuaba su particular devenir y el artista en su nube particular. Bien, llegamos a un momento crucial en su carrera, el artista se enamoró de un tema de los Drifters, “Such a Night” que se convirtió en una auténtica pesadilla.

 

johnny_ray Fot 3_elvis_presley

 

La canción fue prohibida —ipso facto— en todas las emisoras de radio de los EE.UU, condenada y vilipendiada por una industria musical establecida en la autocomplacencia. La aureola paranoica de la caza de brujas y el anticomunismo a la vuelta de la esquina tachó el tema de obsceno y lascivo. Se la elevó a la categoría de basura underground de fanzines y revistas pornográficas. La prensa del higadillo se cebó con JR acusándole de homosexual y, la mecha encendió la pólvora de radio macuto, cada minuto cien bulos y doscientas trolas. “Que si el bueno de Johnnie Ray era  drogadicto, un pervertido o el mismísimo Satán…” La cuestión es que JR,  tuvo varias relaciones con hombres. De de algún modo escondía su homosexualidad en contexto más que hostil. Nada sospechoso en nuestra sociedad del siglo XXI. Pero en aquel momento, todo un delito en casi todos los estados de USA. Cuando parecía que escampaban los periodistas de las ignominias. De repente, un policía de paisano lo detiene por solicitarle favores sexuales en un bar gay. El juicio fue otro enredo mediático, el cual, acabo con la absolución de Johnnie Ray pues el jurado lo consideró inocente, ya que era más que evidente que JR, había sufrido una emboscada por parte de la policía. Empero, el golpe fue muy duro y decidió no volver al viejo Detroit. El alcohol fue su nuevo amigo. Es curioso, pero el final de la década se atisbaba un nuevo clima de apertura y tolerancia en los EE.UU tras el periodo del Macartismo y el Hoover más paranoico. Desde entonces no levantó cabeza, sus actuaciones se contaban con los dedos de la mano. La lesión de su oído se agudizó y fue intervenido con un resultado desastroso. Sólo las ventas de sus clásicos álbumes en UK y la devota Australia le daban crédito para ir tirando. Ahora las secuelas le afectaban a ambos oídos. Su salud se deterioraba al ritmo de sus viejos éxitos. Una cirrosis galopante iba carcomiéndole el hígado.

JudyJohnnie Foto 4

Pasaron veintitantos años nebulosos, con más grises que día soleados. Durante un  tiempo de su vida, se estableció con Bill Franklin como pareja. Finalmente, BF terminó hartísimo de las sempiternas crisis personales de JR. Su triste carácter, la autodestrucción y la sordera que no ayudaban para nada, en la  reactivación de una carrera,  ya de por sí perdida. Incluso, una Judy Garland más castigada que él, hizo imposible el proyecto de reactivación del artista. O mejor dicho, un buen lío, pues lo que comenzó como una buena idea acabó en una investigación del fisco. Johnnie Ray se vio obligado a pagar una gran suma de dinero, en concepto de adeudos al erario público. La hacienda norteamericana no se apiado ni un ápice del bueno de JR. Cuando el artista había financiado un montón de escuelas para niños sordos. Jonnie Ray estaba muy tocado, a finales de los 80. Ya nadie recordaba lo increíble de su legado. La figura que se erigió como una de las mayores influencias del Rock&Roll. Es más, uno de sus mayores admiradores: el gran Elvis admitía su enorme deuda con él. Y así la gran mayoría de rockers que conocemos de sobra: los pocos de buen corazón. Ahí quedan las versiones de algunos temas maravillosos, en las voces de Billy Joel o Billy Idol. En 1990 fallecía en los Los Angeles. Su hígado estaba afixiado y cansado. Ni el ínclito Hall of Fame le reconoció su grandeza. No hace mucho, en la Serie The Crown de Netflix, quien si parecía sentirse bien escuchando “Cry”; era la joven princesa Margarita. Hay una frase, en una excelente novela, de gran Murakami que dice: “En este mundo existe un tipo de tristeza que no te permite verter lágrimas.” El 24 de febrero de 1990 se marchó de este mundo sin hacer mucho ruido. Descansa en paz, Johnnie Ray.