Valley of Tears (2020) “El Vietnam israelí de David”

Durante poco más de seis años, hubo una creencia generalizada en Israel de que el país había encontrado algo parecido a la paz. Nada más lejos de la realidad. Su presidenta: la tenaz y firme Golda Meir (que alardeaba con aquello, de la auténtica raza judía, debía de hablar yiddish) tenía sus reservas, tras de la exitosa “Guerra de los Seis días”. Jerusalén era un hervidero de protestas entre Panteras Negras —israelíes del barrio Musrara de Jerusalén— como reacción a la discriminación contra los judíos sefardíes y mizrajíes. Hartos del trato de la policía y la legislación del nuevo Israel hacía ellos. El 19 de mayo de 1971, llevaron a cabo, la gran concentración de los Black Panthers, tomando la referencia, del grupo norteamericano. El movimiento que aglutinaba a todas las etnias de color y origen oriental, así como  muchos simpatizantes extranjeros de origen judío —muy activos con la causa de este colectivo— juntaron a más de 6.000 personas delante de la plaza de Zion,  reclamando el cambio de nombre del lugar por Kikar Yehadut HaMizrah (Plaza de la Judería Oriental). Aquello fue una batalla campal entre policía y manifestantes que terminaron con la detención de más 100 participantes. Muchos de ellos, acabaron en el hospital, víctimas de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. La historia del propio Israel parte, en ese instante, del inicio del estado hebreo, cuando Musrara pasó de ser un barrio árabe adinerado, a ser el nuevo vecindario de grandes de apartamentos para los migrantes judíos  soviéticos. Meier apagó el fuego, con paños calientes, porque la conflictividad se palpaba en el ambiente. Además, necesitaba al país unido, pues, Israel se enfrentaba a uno de sus momentos más delicados A pesar de ser la nación más democrática en una zona tan hostilmente compleja como es Oriente Próximo. En 1972 le estalló la crisis de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Once miembros del equipo olímpico israelí fueron hechos rehenes y asesinados por elementos del grupo terrorista Septiembre Negro. Y es que Israel, una vez sabida toda la historia, llevó a cabo sus propias represalias —vía Mossad— (servicios secretos del estado) a los terroristas que llevaron a cabo la ejecución de Munich. Sin embargo, 1973, ya estaba en marcha. El país fue imbuyéndose, en un karma cultural, denominado la conceptzia: la concepción.  Una filosofía de bienestar interior, como de alguien, lo suficientemente fuerte y sobrado, para que sus enemigos nunca lo derrotaran. Incluso, ni tan siquiera lo intentarían, pensaba todo el mundo. Era una especie de microimagen digital nacida de una fuerza letal. Y fue una autoimagen la que murió por ello. Y esa autoimagen terminó por volverse en contra. HBO en su versión streaming tiene la gentileza de presentarnos esta serie israelita que es una genialidad. Valley of Tears,  es un producto creado por Ron Leshem y Amit Cohen, escriben un guion sobre la guerra de Yom Kippur,  desde una perspectiva de las FDI. Una historia emocionante, crítica, dura y antibelicista de aquel conflicto 47 años después. La Guerra de Yom Kippur y por los árabes como la Guerra de Octubre o la Guerra del Ramadán (para agregar a su trágico significado, también tuvo lugar durante el mes sagrado musulmán), fue un momento decisivo en la historia de la Estado judío y, de hecho, todo el Medio Oriente.

Curiosamente, los cineastas de Israel han producido muy pocos trabajos al respecto. Una meditación impresionista y bien considerada sobre la guerra, Kippur de Amos Gitai, fue lanzada en 2000, y eso es todo. Hasta la serie que han creado los guionistas que tienen, alucinados a medio TV norteamericana del streaming: los showrunners Ron Leshem y su socio el guionista Amit Cohen, han tardado, casi una década en convertir este proyecto, en la realidad que es, Valley of Tears, en una realidad. Una producción que ahonda atrevida en  las aristas más incomodas de la psicología de un país tan sui generis como es Israel. Desde la singular y original cortinilla de introducción a los episodios, donde se observa un pastiche de imágenes de archivo triunfantes: aviones a reacción y tanques pesados que se impulsan hacia adelante en las celebraciones del 25 aniversario de Israel. Relucientes ciudadanos israelíes que construyen casas en las ciudades y cultivan uvas en los huertos, mientras la atractiva cantante pop Ilanit canta a todo volumen. El debut de su país en el Festival de la Canción de Eurovisión, y así sucesivamente. Imágenes de noticias contemporáneas muestran las sonrisas de la primera ministra israelí Golda Meir, el ministro de defensa Moshe Dayan y el jefe de estado mayor militar David Elazar mientras aseguran al público que todo está bien. Pelearemos la batalla”, dice la obstinada Meir en su hebreo con inflexión yiddish, “y volveremos a ganar”. A la introducción directa del primer personaje y primer día, en la zona cercana a los Altos del Golam. Se estaba cociendo una de las últimas grandes guerras del siglo XX. El joven soldado del ratón, Avinoam Shapiro (Shahar Taboch) obtiene información de las escuchas telefónicas. Esas escuchas son interpretadas como que hay un ataque inminente con la colaboración logística (armas y medios) de la ExURSS. Pero su superior cree que está con sus historias ilusas de conspiraciones cercanas a la Sci-fi. Le reprime que se quite la ropa civil y se ponga el uniforme y se deje de sus típicas extravagancias. Llama la atención de Yoav Mazuz (Avraham Aviv Alush), el comandante del búnker, que está a punto de cogerse unos días de vacaciones, y el chaval,  lo convence sobre lo que ha escuchado. El ataque será inminente. Cuando la base es invadida en pleno Yom Kippur, Yoav y el asustadizo Avinoam dependen el uno del otro para escapar del bunker.

La esposa de Yoav, Dafna (Joy Rieger), estacionada en el cuartel general, quiere quedarse allí y ver qué está pasando en el búnker, pero le ordenan ir a un puesto de avanzada con el resto de las mujeres en el cuartel general. Y por ahora, todo lo que vemos de Dafna es que está tratando de desafiar las órdenes sexistas de que ella y las otras mujeres no deben estar cerca durante el combate, solo para asegurarse de que se entere de que su esposo está bien. Mientras tanto, cuando tres amigos se ven envueltos en una protesta contra el gobierno, participando en las marchas de los Panteras Negras. Uno de ellos, Malachi Ben Sur (Maor Schwitzer) es atrapado y tiene que escapar de su celda para reunirse con sus amigos Jackie Alush (Imri Biton) y Marco Dolzi (Ofer Hayun) en su puesto de tanques en la frontera siria que termina en primera línea. Además, el mismo Malachi es conocido por su pericia en la conducción de carros de combate. Jackie tiene que convencer a Marco, un orgulloso Pantera Negra, de regresar a la unidad y no desertar. No obstante, durante la batalla inicial con los tanques sirios, ambos se entregan al combate con heroísmo. A pesar de sus impactos directos, su comandante de torreta; el teniente Aviram (Ido Bartal), degraciadamente, es alcanzado por francotiradores y uno de los tanques es destruido. En su camino de regreso con sus amigos, Malachi es recogido por Menny Ben-Dror (Lior Ashkenazi), un actor que tiene un estilo de vida bohemio. Su exesposa lo llama enojada y le dice que tiene que encontrar a su hijo, que acaba de alistarse y podría estar en primera línea. Mientras conducen, los dos se unen por su buena fe de gente con ideas de izquierdas, ya que Manny estuvo en un grupo que precedió a las Panteras Negras. Muy pronto empezarán a caer los soldados israelitas. Sangre, vísceras y extremidades, en cierto modo, es el conflicto que trajo, el Vietnam americano al desierto del Sinaí. Los muertos, sus placas de identificación y sus colgantes con las cruces de David. El director de Valley of Tears, Yaron Zilberman. “Te muestra que es muy difícil para la gente tocar la historia”. La historia es un relato ficticio en cuatro frentes diferentes. Valley Of Tears casi se siente como uno de esos retrocesos de miniseries de guerra como Band of Brothers de Tom Hanks o Generation Kill de David Simon (Made in HBO) considerando que se nos muestran múltiples historias en múltiples frentes. Tiene todo lo bueno del cine bélico hecho en miniserie. Además, de su buena ejecución, está muy bien fotografiada y editada.

El montaje es fantástico, debido a la fluidez del guion. También, el hecho de contar un elenco de lo mejor de la industria audiovisual de Israel hace que la producción se deje querer. Mantener la tensión de la guerra, en un formato de gran melodrama, con unas interpretaciones muy realistas, de personas que no están seguras de la guerra. Tan solo saben lo que se les avecina, no el 100%. Aparentemente orgullosos de defender su bandera como ciudadanos de Israel e inseguras de su papel en la batalla. Pero cuando los cohetes comienzan a aterrizar, los soldados más reacios y tocados moralmente, por los feos del gobierno, hacen su trabajo. La historia de la escuadrilla del grupo de tanques es genial. Así como esa miniRoadmovie por los campos del paso de Mitla. La vanguardia de Bar Lev se rompía por la cantidad de efectivos y conjugación de fuerzas aéreas, artillería y carros. De ahí, que se sienta esa tensión y a la vez, mucha ironía y sascarmo entre los personajes. Estamos muy seguros de hacía dónde va el viaje por carretera de Malachi-Menny, aunque agradecemos la presencia de Ashkenazi, uno de los mejores actores del país. Algo que viene caracterizando a la ficción de estos grandes creadores, es hacer mucho con muy poco. Pensemos que esta ha sido, la primera producción de ficción en la historia de Israel, en tener un millón de dólares por capítulo. Leshem y Atmi Cohen son especialistas en hacer virguerías con presupuestos estrictos. Recurren a la imaginación de la economía de pocos recursos o trucos muy bien trabajados. Por ejemplo, nunca vemos a los tanques sirios de cerca: pero recibimos mucha acción de los tres tanques israelíes que disparan a los sirios en la distancia. Las imágenes de las catacumbas del búnker son realmente claustrofóbicas, especialmente cuando Avinoam es arrojado por Yoav a un armario fuera de la sala de escucha de inteligencia. Y todo lo demás tiene un alcance relativamente pequeño. Es una forma eficaz de mostrar una guerra de múltiples frentes sin necesidad de amplias vistas de batalla. Resumiendo, podemos decir que nos hallamos ante un producto muy interesante y entretenido. ¿Y qué hay de la audiencia en Estados Unidos? Pues, al igual que el boom de Euphoria. Ahora mismo, se está trabajando en una obra de teatro para  espectadores que quieren una nueva vuelta de tuerca, de esta ficción israelita, algo poco común para una serie de televisión israelí. No obstante, el hecho, que cada día, se hayan más interesados en la creación audiovisual hebrea: es solo el último paso en un mercado en crecimiento para la televisión israelí en Estados Unidos. Ejemplificado por adaptaciones como Homeland de Gideon Raff y Euphoria (cuya versión israelí fue creada por Leshem, de hecho)  y exportaciones directas como Fauda de Lior Raz, En terapia y Our Boys de Hagai Levi. Valley of Tears, se filmó unos meses antes que la enfermedad emergiera en el escenario mundial, se ha lanzado inadvertidamente en el contexto de un nuevo fracaso fatal de liderazgo, lo que le da a la serie un significado inquietante para los israelíes y, según esperan sus creadores, uno similar para los estadounidenses. Es una táctica atrevida en la medida que representa un tour de forcé para la  población israelita, fuera de todo orden psicológico. Los hebreos dicen que la historia tiene la desagradable costumbre de rimar de la manera más trágica, y esa rima ha sido notoria en el momento del lanzamiento de la serie.

Estableciendo el paralelismo las primeras etapas de la pandemia de COVID-19, cuando parecía que la población estaba manejando la enfermedad relativamente bien, gracias a la superioridad tecnológica, la movilización masiva de poder hacerlo y el sentido de propósito colectivo del que se han enorgullecido. Pero algo, ha vuelto a fallar, un tipo diferente de autoconcepción había surgido en Israel. Ya que las últimas semanas han traído una segunda ola devastadora de infecciones y la curva de contagios se disparó a niveles nunca conocidos hasta entonces. Ha habido protestas masivas que están poniendo de rodillas al gobierno y a los propios gobernados, quienes más lo sufren. Pero la entropía suele ser el verdadero ganador después de momentos de estúpido orgullo. El espectáculo ofrece una media hora de ambientación en la que personajes judíos israelíes de muchos tipos (religiosos, seculares, viejos, jóvenes, soldados, civiles, blancos, no blancos) se preparan y entran en el día más sagrado del calendario judío, Yom Kippur. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) están técnicamente en guardia, pero carecen de personal y están distraídas debido a las vacaciones. Entonces, cuando las fuerzas egipcias y sirias lanzan un ataque sorpresa, todo el mundo se pone de pie. Sobreviene el caos. El concepto se hace añicos, sin posibilidad de reparación, para nunca regresar por completo. De nuevo, la historia, se puso del lado israelí, recuperando la ventaja y técnicamente ganó el conflicto en poco más de dos semanas. Pero fue una victoria pírrica: hubo alrededor de 10,000 víctimas israelíes, lo que representa aproximadamente el 27 por ciento de la población del país (en comparación, ese porcentaje en los Estados Unidos hoy sumaría más de un cuarto de millón de personas). Como tal, es difícil exagerar el impacto de la guerra en el país. “La primera sirena de ataque aéreo significó que el primer Israel murió y nació un segundo Israel”. Valley of Tears desafía a sus espectadores a verse a sí mismos a través de su implacable enfoque en cómo reaccionan las personas ante un cataclismo. Ninguna persona o nación sobrevive a una guerra sin cambios, y eso es tanto más cierto cuando los orígenes de la guerra se encuentran en la idiotez de un concepto u otro. Ahora, por primera vez en la historia, estadounidenses e israelíes están luchando contra el mismo enemigo: la plaga que está asolando nuestro planeta. Si en la guerra del Yom Kippur Simbolizó el cambio de una sociedad unificada, una sociedad que se siente más importante que el individuo, a una sociedad diferente, donde el individuo es casi sagrado. De Igual modo, la tecnología, según los hebreos más conservadores hace que la gente sea más egoísta. Sin embargo, se trata de mirarte a ti mismo. Tú, lo primero y después, ya hablaremos del país. Todavía dentro de ese campo entrópico del propio Israel existe, esa idea nacional de todo hebreo, que en esto estamos juntos, en gran parte debido a la constante amenaza de un conflicto terrible. La plaga es un enemigo invisible que no se puede cachear. Todo aquello que esta fuera de control para Israel se vuelve traumático. Y del mismo, modo que la pandemia es enemigo mundial, por una vez, el mundo árabe e Israel no tienen más remedio que ir de la mano juntos. Sera un proceso largo y profundo, pero podrá hacer buena aquella máxima de; La experiencia es una de las causas del éxito o fracaso. No sufrimos el impacto de nuestras experiencias, llamadas traumas, sino que las adaptamos a nuestros propósitos.” Como bien dijo, el ínclito, Alfred Adler. Nota: 8,2

 

 

 

The Americans (2013) “el matrimonio ruso más amado de la TV moderna”

 

Elisabeth puteando Foto 1

La nueva ficción televisiva, Made in Usa, desde su irrupción en este nuevo siglo audiovisual; se ha caracterizado por la consolidación de un nuevo antihéroe estadounidense. Un tipo que no ha parado de ascender y sentirse querido por la audiencia. Recordemos al carismático gángster, Tony Soprano, a punto de cumplirse su 20 aniversario. ¿Quién no se acuerda del personaje mejor escrito para la TV de calidad? Por entonces, una HBO, algo monopolística. Aquel sagaz grandullón, de oronda y excelsa barriga, con un síndrome maniaco-depresivo. Un tipo entre lo amenazante y el risueño padre de familia, ese vecino de toda la vida. Chillando a todo Dios, sin saber el porqué. O mejor aún, en ese plano, sentado en la piscina de su mansión, con el fusco en la mano, mientras fumaba un Montecristo: vigilaba patos y osos. Tony Soprano fuel el mayor hito de la historia de la ficción televisiva. Pues, introdujo un nivel de complejidad temática y ética de una consistencia, inaudita. Nunca vista hasta entonces en la pequeña pantalla. Un vistazo al principal circuito de premios (Emmys o Globos de Oro) y verán que a lo largo de la última mitad de la década: se observa, no sólo el interés crítico de las páginas de millones de blogs o páginas culturales, que han dedicado chorros de tinta a por estos nuevos personajes y productos, mágicos vía streaming. Inclusive, el de una popularidad sorprendente y enfatizada, gracias a esos de las redes sociales. Creando el fenómeno de la Seriemanía. Miles de seguidores de los lugares más remotos, preguntan por las andadas de sus personajes favoritos. Las magistrales Mad Men, Deadwood, y más recientemente, Ozark de Netflix son solo tres espectáculos que han logrado un amplio reconocimiento por la definición de unos protagonistas moralmente comprometidos. El canal de cable FX, es conocido por su concepto “There is no Box”. Por aquello, de la competencia de reojo. También, por las producciones —inicialmente— sobradas de testosterona. Casos de SOA (2008) o Justified (2010).

 

 

Evidentemente, nunca ha sido ajeno a esta estirpe de personajes en constante conflicto. Pero la serie, por excelencia, que marcó el devenir de estos personajes fue The Shield. Un punto de referencia en la era del antihéroe, considerado por muchos, la respuesta al emblemático buque insignia de HBO. Curiosamente, donde, Tony Soprano ya era el mito dentro del sistema de corrupción, más arraigado, en la historia norteamericana. Vic Mackey era un luchador contra el crimen, uno de los buenos, aparentemente. Sin embargo, en su lujuria maquiavélica por frustrar a los malos, lo presenciamos torturando, chantajeando, manipulando pruebas de su unidad de homicidios —in situ— o llevándose el dinero de los alijos. En ese sentido, The Shield se puede ver como el comienzo de lo que se ha convertido en el paradigma actual del antihéroe televisivo: donde la ambigüedad moral abunda en espacios —más allá de las arenas esperadas— de mafiosos y matones, entre doctores y maestros de escuela secundaria, gente común. Cuando Joe Weisberg y Joel Fields lanzan The Americans en 2013. Una de las mejores series dramáticas de los últimos diez años. Si contamos hacia atrás, hasta septiembre de 2001, y, junto a la emisión de la primera temporada de 24h (2001), y la premiada Homeland (2011) de Showtime, los norteamericanos estaban enganchados al concepto de este, tipo de productos, donde el terrorismo internacional islamista: es la esencia del producto. La televisión estadounidense supo hacer de la vida de un matrimonio de rusos, los protagonistas absolutos, de una ficción de espionaje bajo la presidencia de Reagan tiene algo deliciosamente sugerente: el culto a una década de la que hoy en día hay mucha gente que fue joven y guapa, en aquellos años.

 

El gótico de mi marido Foto 3

 

La historia, a principios de 1980, es muy sencilla. Dos desconocidos, un hombre y una mujer son convertidos en agentes rusos desde la vieja URSS y camuflados, como modélicos ciudadanos estadounidenses, al servicio del KGB en Washington DC. Un show con un aroma a laca y purpurina plateada. Un diseño artístico que recoge todos los detalles del boom ochentero de esta década, en todos sus aspectos: moda, música, pensamiento y fascinación de adictos hípsters a las series en streaming. Luego, ¿quienes son ellos? Un tipo tranquilo, Philip (Matthew Rhys) y una mujer atractiva, con aspecto, de chica de las Bangles: Elizabeth Jennings (Keri Russell). La pareja de soviets enamorados de la America más consumista ha hecho historia a lo largo de seis temporadas. Esa hermosa y deseada vida tranquila de dos ciudadanos estadounidenses son: un matrimonio ejemplar, con un negocio muy en boga, una agencia de viajes. Tienen una pareja de niños a los que crían en la filosofía más campechana del capitalismo, exultante reeganiano, adictos al béisbol y el hockey. Además, de reconocidos fans del maravilloso mundo del mago David Copperfield. Sin embargo, detrás de consufa patomima banal, se esconde una inmensa taparadera para llevar a cabo, todo tipo de actividades de espionaje de grandes proporciones. El sabotaje, la vigilancia, el robo de secretos industriales, la seducción de figuras influyentes, el reclutamiento de fuentes y el cambio de físico, mediante, protesis y disfraces. Así como el asesinato a sangre fría. Todo es bueno para promover la causa de la URSS… ¿El objetivo final? Ganar la guerra fría. Demos un giro de 180 grados ¿Tiene poco o mucho parecido entre sí más allá de su conversación básica sobre lo que significa ser un agente doble? O mejor dicho, en un sentido más amplio, ¿Qué significa llevar una doble vida? Por ejemplo, el concepto de Homeland, visto por un ciudadano medio, de inmediato se ve provocado y sostenido por un complot terrorista que va desde el Capitolio a Afganistán.

 

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El romance que surge entre Carrie Mathison (Claire Danes) y Nicholas Brody (Damian Lewis) es muy predecible, aunque deje escondida una guarnición muy deliciosa por los segundos platos.  Y es que, en el fondo, The Americans, aunque está tan a tono con la ambigüedad moral, de muchos de sus predecesores, la obra de su creador, Joe Weisberg; ofrece un tipo de protagonista completamente diferente. Algunos dramas antihéroes intentan retratar la lenta degradación del personaje (Walter White de Breaking Bad), otros nos muestran cómo la obsesión profundiza la locura (Dexter Morgan en Dexter, o Nicholas Brody de Homeland) y otros permiten la experiencia superior del poder y sus consecuencias (Don Draper en Mad Men y Nicky Thompson de Boardwalk Empire). Lo que separa a The Americans es su primer plano del dispositivo más simple en la historia de la narrativa. Piensen en algo tan esencial, en el mundo coloquial, como el amor. Y que mejor vector, donde expresarse, que el amor a una familia. Empero, The Americans se convierte en una lección de guion, a la hora de ampliar el método de abertura de cajones y llenas de subtramas. Un producto, que desde el arranque de sus cortinillas esta repleto de los símbolos del espionaje y toda la fanfarria ochentera iconica por un score musical de Nathan Barr memorable. Empero, el show no se olvida de las alocadas persecuciones, brutalidades y las intrigas burocráticas del poliburó que funcionan al servicio de su núcleo romántico. Sin embargo, lo que deja a los espectadores aferrándose a sus apoyabrazos, en estos momentos de pulposa emoción es el terror subyacente que, en cualquier momento, la incipiente relación entre los protagonistas Philip y Elizabeth Jennings sufrirá un golpe, ya sea físicamente, emocionalmente, o ambos, de no sobrevivir a la misión.

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Los críticos alaban de inmediato la calidad narrativa de la serie. Como ex agente de la CIA, Joe Weisberg es el garante de su credibilidad. Se saborea la audacia de poner al público estadounidense del lado de los soviéticos: inclusive si Philip y Elizabeth nunca son heroicos, aquí lo son. Ya que, los puntos de identificación del espectador, son aquellos a quienes queremos ver triunfar. Al final, o en cualquier caso, escapar del agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), que resulta ser su vecino. En un estilo de suspense, la serie tiene éxito en el retrato sutil de un matrimonio complejo y la supuesta normalidad familiar. Finalmente, una miríada de detalles de los años 80, que deleitan el paladar del más esteta: pantalones de talle alto, los inevitables peinados cardados y otros videos aeróbicos, y por supuesto la música: Phil Collins, Sting, Peter Gabriel, U2, Elton John o Duran Duran y etc… Son inmensos momentazos dentro de la pantalla. ¿Por qué? Pues, que nos hallamos, ante el vademecum típico de la Guerra Fría. No existe un objetivo claro y generalizado. De ese modo, el conflicto de larga duración que va emergendiendo “in crescendo” dependerá, en gran medida del carácter, que impriman los personajes con sus originales devaneos. En los episodios que siguen el apogeo emocional del clímax de capítulo piloto, no decepciona. Todo lo contrario. Vemos que los dos confrontan infidelidades pasadas y presentes. Por ejemplo, la manipulación sexual de Philip a la secretaria del FBI Martha Hanson —papel interpretado por la actriz Alison Wright— es sencillamente, puro beluga. Y gracias a este trabajo la confirmación de una excelente interprete como es la singular Alison Wright. Luego, está nuestra querida Elizabeth lidiando con su amor de correrias al margen de la ley; un antiguo trabajador afroamericano. Dilemas profesionales que generan disputas que se sienten más personales que políticas.

 

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En el caso, del intento de asesinato de Reagan se usa aquí para resaltar sus diferentes lealtades. Así como un nuevo jefe de los servicios de trabajo de campo de todos los espías, que interpreta la siempre carismática y manipuladora Claudia/Margo Martindale, en sustitución del cabal y más heterodoxo Gabriel que interpreta Frank Langella, muy mayor, al que el poliburó quiere pasarlo a la reseva. Por no decir, a la jubilación forzosa. Claudia les informa que el trabajo está a punto de volverse más amenazador para la vida, de lo que por si ya era, anteriormente. Un romance es tan bueno como sus obstáculos, y, como ya hemos mencionado, aquí no encontramos escasez de obstáculos. Todo lo contrario, en The Americans es un deleite, la cantidad de capas barnizadas que se pueden llegar a desvelar. En todo caso, el grado de coincidencia incorporado en la creación de estas barreras ha sido, para algunos espectadores, el defecto principal del programa. Reiteramos, para alugnos. No obstante, cuando la coincidencia profundiza el conflicto en lugar de ayudar a resolverlo —inculcando un cierto grado de inevitabilidad en lugar de dejar a deus ex machina— la mayoría se apresura a perdonar. Entonces, cuando el agente de la CIA Stan Beeman (el análogo más sagaz de Noah Emmerich sería el cuñado Hank de Breaking Bad) se mueve por la calle de los Jennings, estamos más interesados en el estrés de su arma cargada , la cual, le llega a generar; que en desacreditar su improbabilidad. The Americans se asemeja más a Deadwood de HBO, un programa más interesado en cómo se construyen las comunidades que en marinar con sus propios conceptos. Pensemos, por un momento, donde la magia de Deadwood estaba en su molde expansivo, el encanto de los estadounidenses está en su enfoque limitado; hay algo embriagador en su estrecho ecosistema de momentos sosegados, su énfasis en la acumulación de gestos en la creación de significado.

 

Margo& Frank Foto 7

 

En todo caso, una discusión sobre el linaje es importante aquí en un sentido global; hay un cierto grado de previsibilidad para cualquier espectáculo, pero después de más de una década de escritores dispuestos a poner a sus seres queridos, a través del tono, sabemos mucho mejor como dejarnos sentir más cómodos; cuando las cosas parecen ir bien para el Sr. y la Sra. Jennings. Al final, no queremos que Philip y Elizabeth tengan un camino fácil hasta que realmente se lo hayan ganado, y somos ampliamente recompensados por nuestro masoquismo. La represión y lo tácito forman el fulcro dramático de los estadounidenses. De la misma manera en que los roles de género de los años 60 arrojaron un conflicto de carácter en Mad Men, el empleo de los Jennings como espías opera como una especie de silenciador de facto. Como todos los dramas de época efectivos, esto habla tanto del espíritu de la década de 1980 —la capa de seguridad cuidadosamente construida a pesar de las ansiedades profundamente arraigadas— como del actual espíritu de época posterior al 11 de septiembre. Entonces, cuando Philip se acerca a Elizabeth sobre como desertar a Estados Unidos en el piloto, nos damos cuenta de que hay varios tules, maniobrando la psicología del respetable, que han puesto en marcha. Aunque, para ello hayan engañado a todos los que los rodean, incluidos sus hijos, siempre han sabido que su matrimonio es solo un vehículo para su verdadero matrimonio con el jodido KGB. Ya que su verdadera tapadera reside en los suburbios estadounidenses. El momento en que se interpone en el camino de una misión es el momento en que pierde eficacia. Por ejemplo, cuando Philip empuja a la deserción, Elizabeth no solo se enfrenta a descifrar sus intenciones —puede estar en una misión privada desde el cuartel general con la intención de poner a prueba su lealtad— sino que navega la corriente subyacente de sus aparentes sentimientos hacia ella (particularmente al foco de la distancia emocional que ha cultivado con cualquier cosa relacionada con su vida estadounidense). Algo así, la respuesta a su patriotismo erosionado (el modus operandi del la agencia y su entrenamiento le obligaría a delatarlo en la sede).

 

 

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The Americans es un espectáculo sobre cómo lidiar con las consecuencias de las decisiones tomadas en la juventud, sobre confiar en la intuición y amar a pesar del miedo, sobre aceptar que lo que más nos amamos el uno al otro es también lo que más odiamos y lo que más tememos de la vida. Ese proceso de aceptación de lo que más amamos, el uno del otro, es también lo que podemos llegar a odiar o temer más. Incluso para aquellos de nosotros que no estamos inmersos en una existencia paranoica, el mundo, a veces, puede hacer sentir a cualquiera de nosotros: un lugar duro y solitario. Con la inevitabilidad de nuestra mortalidad, lo mejor que podemos esperar es una verdadera conexión humana mientras todavía tenemos tiempo para ello. Ese tipo de redención, que The Americans busca ofrecer, es un faro raro, algo, sin darse cuenta, que hemos estado esperando desesperadamente para ver. Como hemos visto en los últimos catorce años, la televisión es un medio increíble para retratar un deterioro lento. Pero los estadounidenses revelan que la televisión es igualmente capaz de mostrar lo contrario: los pasos precarios que tomamos para construir una comunidad, cómo nos mantenemos frente a la obstrucción y cómo nos enseñamos a amar y ser vulnerables en un mundo que sabe exactamente cómo para explotar y destruirnos. Siempre nos quedarán los rostros de Philip y Elizabeth cruzándose con su joven colega de la KGB, un juvenal Vladimir Putin. Nada más lejos de la realidad. Pero, no que les pique la curiosidad, de echar cuentas…Si estuvo destinado en la RDA de 1985 a 1987. Cuántos de nosotros hubiéramos pagado por ver esta escena. Muchos. Y todo sigue igual de otrora KGB de nuestro matrimonio de desconocidos hasta el final de la guerra fría. Ahora el actual, FSB. Las técnicas de espionaje son idénticas y que los objetivos, sean siendo los mismos. Después, de contarte todo esto, No creen que merece la pena ver una de las mejores y más queridas series de la historia de la TV, según, la AFI. Ojalá! la Academía de televisión norteamerica, le de un epitafio, como mandan los dioses y por fin, sea la mejor serie de drama. A igual, que los Soprano, Mad Men, Breaking Bad o Homeland. Gracias por estos años y suerte. Nota: 8,5

 

 

After 10 years, Sleeper Cell (2005-2015)

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Vivimos unos tiempos donde la tecnología sabe más por diablo que por vieja, y es que el castizo refranero español, en sus diferentes versiones y particulares geografías: es uno de los idiomas de mayor plenitud verbal y con mayor cuantía de adjetivos. Si la prosa es adjetivar; es obvio que por estos lares nos esmeramos en utilizarlos de forma precisa y delicada. A veces, acertamos y en otras ocasiones, no. Hablar de Sleeper Cell (2005), puede que sea un poco atrevido e insolente dadas las circunstancias y los acontecimientos acaecidos—nuevamente— sobre nuestro rico, multicultural y generoso occidente del bienestar. Mucho más sorprendente es que esta obra de imaginería del terrorismo y fanatismo religioso haya cumplido 10 años. No es la primera vez, que he recomendado esta miniserie; obra de culto que en sus 18 episodios nos adentra en los vericuetos de la angustia, la sinrazón y el caos. La fagocitación del individuo en el mundo de la series por todo el planeta es evidente. De toda la cosecha que se presenta anualmente el 90% de las producciones son Made in Usa, y casualmente, las más consumidas por todos los espectadores del mundo. Es curioso, pero las estadísticas no pecan de ambigüedad  pertenecen al mundo de lo exacto. La verdad puede doler, no obstante eso es lo que hay. En ese contexto, encontramos series como la aclamada Homeland (2011) — un filón lleno de histeria, tramposo y facilón—  que gozó, y goza del aplauso de una inmensa mayoría de la audiencia  y la crítica de puntilla en blanco. Incluso, Obama la jaleó.

 

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Sin embargo, si hemos podido disfrutar de Homeland (no es mi caso, evidentemente) o la exquisita The honourable Woman (2014), no hace mucho comentada y recomendada por nuestra redacción.  Es gracias, a que en el año 2005, los pocos adictos a esto de la tramoya digital accedimos a este delicioso e impecable beluga en todos sus aspectos. Así mismo, la cineasta Kathryne Bigelow, nos deleitó con otra obra maestra Zero Dark Thirty (2012) deudora de esta maravillosa joya audiovisual del canal Showtime. Empero, cuando el gran bucle de las series era cosa de HBO y paremos de contar; nuevos embriones se pusieron en marcha, caso del polémico canal FOX —acusado de tener una editorial republicana y belicista— en su versión de cable, FX. Creó, una de las mejores series, en torno a toda esta locura del post11S y los daños colaterales. Disparó con posta del 18 y acertó de lleno con la extraordinaria 24 (2001), un fenómeno mediático desde su puesta en escena, pasando por la escritura de los capítulos y el desarrollo de la misma, sustentado en la figura de su protagonista: el agente de la Unidad antiterrorista, Jack Bauer. Esta hipertaquicárdica y original historia del patriótico y original Jack Bauer, interpretado por un impecable Kiefer Sutherland. Recibió odas del mismísimo Mario Vargas Llosa y miles de críticas de otros intelectuales y críticos de diversos pelajes. La serie 24, dirigida en sus dos primeras temporadas por Stephen Hopkins se labró su prestigio como serie de culto. Pero lo que me lleva a hablar de Slepper Cell (2005), es su idiosincrasia; el plus del activo sobre un globo terráqueo de la invisibilidad, y, eso es este producto; un pequeño escuadrón de lobos solitarios reclutados con una asepsia digna de enmarcar.

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El terror camuflado en ese apocalipsis llamado fanatismo. Del que día sí, día no nos encontramos con alguna tragedia en los informativos de todo el mundo. Una locura, un viaje a las tinieblas donde individuos de apariencia campechana e inocente lo refrendan y es alentado mediante un minucioso trabajo de captación entre jóvenes por todo el planeta, independientemente, de su estatus social o posibles creencias. ¿Les suena? Desgraciadamente, sí. Estoy convencido. En Sleeper Cell todo lo dicho en estas líneas se pone de relieve. Desde las transferencias millonarias de grandes fortunas de Oriente Medio al servicio de la causa, hasta los dobles agentes, los mensajes en lenguaje encriptado en la seductora webesfera y los subterfugios por donde el mal sigue a la suya. Es la guerra total, donde las víctimas se cuentan por millares. 11S, 11M, 7J y 7E, a ello habría que sumarle la operación de exterminio llevada a cabo con las etnias cristianas en Irak, Siria o Egipto y etc. Volviendo a nuestra serie, estamos delante de un guión fascinante que pasó, como el que no quiere con más pena que gloria. Aquellos pretéritos años (de 1999 a 2006), donde Los Sopranos eran dueños de las audiencias del cable y lo de hacerse un hueco, entre tanto nivel era empresa de alto calibre. Sleeper Cell se ha ganado el título de pieza de museo y joya con derecho a pulpito propio. Creada por Ethan Reiff, Cyrus VorisEl monje (2003) o Robin Hood (2010)— junto al  productor  y director Clark Johnson Brimstone (1998) y The Wire (2002), The Shield (2002) o la mencionada Homeland. Así como directores de prestigio, dentro de la ficción Made in Usa como Nick Gomez, Guy Ferland o el genial Charles S. Dutton (actor, guionista, productor y etc.)

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Luego, una manera de acceder a esta maravilla es a través de su edición en DVD o de un modo, más prosaico, vía meollo Walternativo de la descarga rápida y a la hora que mejor le convenga al personal. Sleeper Cell se divide en dos partes: la primera entrega compuesta por 10 capítulos y la segunda de 8 con un nuevo título; Sleeper Cell American terror, donde el melodrama y thriller convergen hasta llegar a un punto entrópico: el ultrarealismo en su mayor definición. El argumento de Sleeper Cell se centra en la figura de Darwyn Al-Sayeed (Michael Ealy), un joven agente  del FBI afroamericano, que profesa la religión musulmana, además de ser un ferviente devoto del significado del concepto Islam como su religión. Es requerido por unidad antiterrorista del cuerpo federal y propuesto para infiltrarse en una célula terrorista durmiente que está planeando un gran ataque en un lugar emblemático de Los Angeles. La célula está dirigida por un extremista árabe llamado Faris Al-Farik (interpretado por el magnífico actor israelita, Oded Fehr conocido por sus papeles de reparto de la versión digital en la Momia I y II, así como Residen Evil 3 y 5)  que se disfraza como un prestigioso hombre de negocios de origen judío. Los miembros de la célula provienen de una variedad de orígenes raciales y personalidades conflictivas. Desde un  skinhead decepcionado de sus antiguos amigos; Cristian Aumont (Alex Nesic) o un norteamericano rubio: Tommy (Blake Shields), un tipo retorcido que trabaja en una bolera, cuyos padres son profesores en Berkeley. Muy curioso resulta, otro de sus integrantes, el bosnio profesor de matemáticas y química, Ilija (Heri Lubatti), que le gusta escuchar viejos discos de Hip-Hop. Hablando de música, no podemos dejar pasar por alto su magnífica BSO, creada por el gran Paul Haslinger, sonidos étnicos orientales y electrónica muy trip hop.

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Los cuatro están a las órdenes de Farik (Oded Fehr) para matar a estadounidenses y atentar contra intereses norteamericanos. En medio de toda esta red de intereses y recelos, se encuentra Darwyn tratando de convencer de su llamada yihadista a sus “hermanos”, prometiendo fidelidad a la causa y cohesionando al grupo, mantiene una relación con una madre soltera y entrometida Gyale Bipshop (Melissa Sagemiller). Sleeper Cell trata de desafiarnos con el engaño de las apariencias de los chicos malos. En los primeros 10 episodios, son una visión más introspectiva de los personajes desde una óptica más humana y cercana, así como los entresijos de la financiación de estos grupos terroristas, y las alegorías constantes al  verdadero significado del Corán. La serie también retrata la hipocresía y la dicotomía de los miembros de la célula que dicen ser musulmanes, sin tener un comportamiento que es pecado en el Islam (por ejemplo, el sexo fuera del matrimonio) y sin embargo profesan un deseo de ser martirizado por el islam estadounidense. Darwyn pasa informes continuos a su supervisor jefe del FBI, Ray Fuller (James Le Gros). Un tipo muy cercano a Darwyn y que vela por la seguridad del mismo, a costa del pasotismo de la burocracia de Washington, poniendo en peligro su propia vida. En la segunda temporada, Darwyn se infiltra en una nueva célula que se ha formado para vengar la derrota de la célula original. Cuando su segundo supervisor, Patrice Serxner, es asesinado en Sudán, Darwyn debe tratar de trabajar con otro nuevo jefe; el agente especial Russell. Mientras tanto, su novia Gayle se dibuja más profundamente en la intriga cuando a medida, que transcurren los episodios se verá atrapada en un triángulo peliagudo que componen Russell, Darwyn y un miembro de la célula. Desde muchos prismas se ve el desarrollo del producto. Una de las premisas que se observan en ella, es el respeto y el esfuerzo de comprensión hacia la religión la religión musulmana (la convivencia de una sociedad etnicocultural, de libertad de culto y personajes que te dejan del revés), cosa que en 24 o Homeland se observan pequeños geisers islamofóbicos, donde el tránsito hacia la Yihad es una locura y el intento de justificación de la salvación y redención de la causa mártir.

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El minucioso trabajo de los guionistas, introduciendo elementos alejados de los estereotipos en la mezcla de individuos que forman la célula. Incluyendo una mujer blanca europea, un hombre Latinoamericano y, por primera vez en la TV la aparición de un hombre musulmán gay: el ingeniero químico Salim (Omid Abtahi), en un papel inolvidable. Darwyn de la noche a la mañana se convierte en un tipo respetado dentro de la comunidad musulmana y una cabeza visible de alta jerarquía dentro de la nueva célula. No del todo seguro de su misión Darwyn es destronado del poder antes de que pueda aprender lo suficiente sobre la nueva amenaza a gran escala dentro de las células terroristas. Al enterarse de la nueva misión Darwyn entra en acción y contribuye a impedir que el nuevo ataque terrorista en Los Ángeles. Pero para salvar la ciudad Darwyn finalmente pierde a alguien cercano a él, que lo envía a una misión personal suicida para matar a Faris al-Farik (su verdadero nombre Saad bin Safwan). Incluso con el trasfondo de situaciones tristemente reales, que ya son parte de nuestra historia universal más reciente, no es fácil hacer el yihadista ni uno de los papeles más apetecibles en estos momentos para un actor de renombre. Sí que hay que reconocer los innumerables puntos de vista que se acometen en el show y son parte del día a día del mundo islámico radical crónico. Se habló en su momento de un posible spin-off, o volver a retomar el hilo conductor donde finalizó el segundo capítulo. La cuestión es que Showtime se volcó con su apuesta de Homeland y no sabemos si en próximos años veremos un producto de un detallismo tan delicado, cuidado en el tratamiento de los personajes y un realismo tan voraz sobre las consecuencias de la locura y el fanatismo integrista. Nota: 8,7