The Terror (2018)“Miedo y horror en el Ártico”

En estos días, muy cercanos a cualquier cambio de década o finalización del siglo de turno; la ficción audiovisual tiende a cambios —de estilos y géneros— con la trillada muletilla del “ya tocaba”. Evidentemente, esto se ha visto con el péplum romano de Gladiator de (Scott) en 2000 y unas décadas antes, con Cleopatra 1963 de (Mankwiecz) y la supervivencia en la naturaleza de The Revenant (Iñárritu) en 2015 y la maravillosa Jeremiah Johnson de (Pollack) en 1972. A dos años de la finalización de la segunda década de este enigmático y supratecnológico siglo XXI; aparecen nuevos proyectos de gran calibre artístico, como The Terror (2018) —un  drama de suspense, con aroma a gesta, donde el ser humano da lo mejor y lo peor de sí—  que solían reservarse para ser films de prestigio con aspiraciones a Oscar. Nos acordaríamos de la interesantísima Master and Commander: The Far Side of the World  de Peter Weir, en 2003. Independientemente, de la temática y estética del film, la armonía de ambas historias es asombrosa. Sin embargo, vivimos en este tiempo donde la red social, lo adelanta todo, y las grandes productoras del cable, están al acecho de esos productos que fluyen pedigrí. The Terror (2018) tiene todos esos ingredientes de una gran superproducción cinematográfica, pero en una pequeña pantalla, que demanda un espectador de paladar exquisito. Ese público tan sui generis de chaise longe y pantalla gigante ultraplana 4K, será el dueño del tiempo y duración del proyecto —que dependiendo del visto bueno de la clientela— podrá marcar ciclo y tendencia. Formalismos y exigencias a un lado, los cinéfilos de todos los pelajes estamos de enhorabuena con AMC TV. Desde Mad Men, el redundante canal de los zombis, no era capaz de crear una ficción tan apasionante y adictiva. Además, vaya por delante, mi enhorabuena y agradecimiento a Sir Ridley Scott, y su gran amor por la literatura.

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Una vez más, se ha hecho con los derechos de distribución de la obra de Dan Simmons. Bien, ahí, es donde entra su productora que fundó con el desgraciadamente fallecido Tony. El sello Scott Free. Poniendo todo un equipo de enormes profesionales, a trabajar en esta serie, dando un gran “do de pecho”, con una impecable dirección artística. Desde el fastuoso vestuario, a la recreación de una isla y un océano helado, que es el invernal Ártico, dentro de un estudio de rodaje húngaro. Hermoso y demoledor paisaje cubierto de hielo, entre afloramientos rocosos y aguas gélidas. Una tundra helada marcada, sólo por túmulos funerarios. Un gran todo infinito; que parece extenderse para siempre. Podría ser un alienígena planeta yermo (lugares cercanos al cineasta, a lo largo de su dilatada carrera) o el terreno blanqueado de un western épico. Sin embargo, estamos ante uno de esos viajes que van más allá de la grandioso y homérico. La novela de Dan Simmons The Terror está cimentada sobre la base de una historia real. Donde, en un gran ejercicio de construcción de guion, se conjuga una mezcla de géneros, que van, desde la aventura histórica, hasta las sagas de supervivencia humana en un lugar inhóspito. Finalizando, la biblia de trabajo, en un perfecto thriller psicológico: donde el terror pivota en la mente humana y las criaturas monstruosas del lugar. En este caso, es sólo una, pero que da mucho miedo. La novela, un buen tocho de más de 900 páginas, apunta detalladamente la expedición —que se llevó a cabo en 1845— por dos punteros veleros, orgullo de la Armada Real británica: el Erebus y el Terror. Dos naves que iniciaron un viaje en busca de una nueva ruta de mar. A través, del amargo pasadizo del Noroeste Ártico: una siniestra travesía cercada por el gélido hielo invernal del paisaje polar. Aquel canal nunca lo encontraron los 128 hombres que se embarcaron en susodicha andanza.

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Ambos barcos desaparecieron de la faz de los icebergs árticos. Durante el visionado, uno, sentado en el sillón de casa, puede sentir el glacial viento, y el paralizante frío, acariciando tu cara, en cada escena. Como dice un personaje: “A la naturaleza no le importan nuestros planes”. Algunos de los mejores momentos de The Terror se basan en la idea de que no es nada sobrenatural o desconocido lo que matará a estas personas, sino el orgullo humano y estúpido de los implicados. Eso los convenció de que podían hacer algo, que nunca debería haberse intentado. Hay planos muy hermosos, a vista de pájaro o dron, de pequeñas embarcaciones contra los lienzos de un fondo masivo de hielo y nieve que paralizan los sentidos. Una sensación de escalofrío que te recorre la espina dorsal. Y en cuestión de minutos, comienza una brutal carnicería. Algo que tiene mucho sentido cuando podemos considerar la drásticamente escarpada adaptación literaria. Dentro de un tono dramático robusto y ejecutada por el comandante de la expedición. A partir de un excelente reparto, de intérpretes por rangos, tendríamos a Sir John Franklin (Ciaran Hinds en Rome y Game of Thrones HBO) como comandante jefe de toda la expedición desde la nave Erebus. Luego, los capitanes más inmediatos, caso del segundo, Francis Crozier (Jared Harris, Mad Men y The Crown), capitanea el Terror. Un tipo sui generis. El tercero de la cadena es James Fitzjames (Tobias Menzies Rome y The Honourable Woman), un presumido fanfarrón que le hace la rosca a Franklin con halagos obsequiosos o jactándose de su propia heroicidad del pasado, en galantes relatos —ex profeso— para el efecto como maestro de ceremonias. El capitán Crozier tiene poca paciencia con el autobombo petulante de Fitzjames. Una animadversión mutua que va en crescendo. “No hay nada peor que un hombre que ha perdido su alegría”, comenta Fitzjames de él a Franklin, en una de sus constantes observaciones.

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Curiosamente, el paso de los acontecimientos, a medida que la serie avance, nos brindará un prisma cognitivo, de ambos, muy diferente. Obviamente, la desgracia humana comparte la empatía de una calamidad irremediable. Empero, en la página de guion y capitulo que nos encontramos; tenemos un frustración axiomática de Crozier, por su condición de irlandés —que le marcará— su improbable escalada hacia los primeros galones de la armada británica. Sin embargo, el concurso de su presencia también entra en juego. El conocimiento de otras expediciones por la misma zona le hace ganar enteros, para finalizar una carrera militar, con su justa gloria. Todo lo contrario que el autocomplaciente Franklin, al margen de las circunstancias reales y obviando las advertencias de Francis Crozier y su reiteradas advertencias, en torno, al fatal desenlace de la expedición. Crozier, tiene un respeto por Franklin —cuasi familiar, Crozier casi termina siendo yerno de Franklin— pero como profesional de la marina, es un indolente, de los que siempre piensa que Dios tiene un paraguas y un milagro, en el bolsillo de su túnica, ante cualquier revés. Y en esta ocasión, el desastre es inminente. Se palpa constantemente en el ambiente. La caras del pasaje y resto del tropel; la cámara los dice todo. Después de un buen tiempo, de pantalla notable, se aventuran a buscar algún pasaje, por donde, salir del atolladero. La serie mantiene esos momentos de penetración emocional en la acción temprana. The Terror es un estudio fascinante, entre choques convulsos de la conducta humana. Caso del compañero de la tripulación de marinería, que enferma violentamente. Mientras estaba en el comedor con el resto de compañeros, de inmediato, comienza a convulsionar y a toser sangre. Algo que irremediablemente le conducirá a una muerte inmediata. Este percance nos dirá mucho, sobre el mal de todos estos hombres de grandes hazañas y es la enfermedad del escorbuto.

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Ahí cuando, entra en escena, uno de los oficiales alejado de los labios rígidos y la cara larga: el Dr. Harry Goodsir (Paul Ready), un joven, cercano, entusiasta y culto patólogo, posiblemente la mejor persona, de todo el pasaje. Muestra una profunda compasión al consolar al joven que acaba de enfermar y ha entrado en una fase terminal. Goodsir sigue absorto por la convicción de la mirada del moribundo marinero, haciéndole creer que había otra presencia en la habitación, cuasi divina. La cercanía de Dios. Esa poderosa escena junto con otros interludios tensos —como el de un hombre que cae por la borda y una atrevida incursión de un buzo en las profundidades para remover el hielo acumulado de una hélice dañada— aumenta las apuestas de vida o muerte entre el pasaje, bien temprano. Planos largos silenciosos y oblicuos por la desviación del hielo en la nave. Algunos episodios, sin aspavientos de efectos especiales. De repente, suena un encontronazo que nos deja en alerta. Amén, de todo un concierto de ruidos desconocidos y sonidos guturales de algún animal indocumentado. Una genialidad propia de la magnífica BSO de David Michael Frank; mostrando la angustia y corroborando la soledad del paisaje. Otro aspecto interesantísimo son las largas escenas de diálogo (dándole un toque muy teatral al producto) y un claro carácter salpicado por violencia extrema —que hábilmente representa una misión que fue inacabable durante la mayor parte del día— hasta los momentos, en que el encuentro con la fatalidad era cuestión de horas. La dirección del germano Edward Berger (Deutschland 83 y Jack), quien filmó las dos horas de apertura, se beneficia enormemente de la incorporación de actores de primer nivel para conseguir una texturas dramáticas espléndidas. A partir de la vida interior de ese grupo de hombres uniformados algo constreñidos por la política Imperial de la reina Victoria del Reino Unido. “Dios, Rey y País”. Eso aplicado a la tropa de marinería y los rangos inferiores, significaba castigos por desobediencia o insurrección.

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Ahí, es donde, el personaje más intrigante hasta el momento, es el marinero irlandés Cornelius Hickey (Adam Nagaitis). De repente, es pillado, in fraganti, mientras practica sexo furtivo con un compañero de tripulación, debajo de la cubierta.  El teniente John Irving (Ronan Raftery) lo interrumpe, algo confundido y sorprendido. Empero el personaje Hickey sabe que un buscavidas irlandés, como él, que lleva muchos años en Inglaterra, rulando entre el lumpen más conocido de la villa. Lo sabe todo. Un tipo que ve en el malvivir y el caos auténtica diversión. Hickey sabe demasiado —pues su oreja está en todos los recovecos de la nave— seguro de sus interlocutores, y por donde flaquean. Lo suficiente, para saber que el teniente Irving, es el prototipo de hombre religioso timorato y pacato, el cual, se convencerá a sí mismo, de que no vio nada. La nacionalidad de Hickey también proporciona una leve conexión con Crozier que parece que funcionará en su beneficio. Aparentemente. Mientras el capitán Franklin esboza las típicas grandilocuentes palabras de ánimo sobre la grandeza y la aventura, en un claro intento de espolear a la tripulación, pues, el ánimo va en caída libre. Al igual que su discurso vacío y artificioso. Ciaran Hinds, sigue teniendo aquel aura de César de la majestuosa Roma de 2005. Habiendo permanecido embarrancado hasta la primavera, como lo advirtió el inquieto Crozier, Franklin envía dos grupos de exploración con trineos hacia el este y el oeste para indagar el estado de hipotéticas aguas navegables. Ninguno de los dos grupos regresa con noticias prometedoras, y un teniente se pierde en el caótico desenlace de una violenta tormenta de hielo —generada— por lo que los otros hombres creen que fue un oso gigante. La imagen visual de la criatura sugiere lo contrario. El desarrollo de esta situación, clave en el argumento, promete aumentar de peso a medida que avanza la serie. No obstante, es el disparo accidental durante la confusión del rescate —deja una bala perdida— que impacta, en un anciano nativo inuit. Arriban al barco, pues, el anciano está muy mal.

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Su hija, la esquimal, interpretada por la actriz y compositora groenlandesa (Nive Nielsen) está muy disgustada. Ésta, advierte, con gran disgusto, a uno de los oficiales de la nave que había vivido entre ellos el Sr. Thomas Blanky (Ian Hart, The Boardwalk Empire, Beuatiful Girls, The Last Kingdom). Fantástico actor. Para finalizar con la siguiente frase: “Dile a los que vengan después que no se queden aquí. Los barcos se han ido. Nos hemos ido”. Y hace mención a una extraña criatura llamada Tuunbaq. El cirujano patólogo Goodsir hace lo imposible junto al flemático y circunspecto Dr. Stanley/Allistair Petri (The Night Manager, Sherlock y Whitechapel) del Erebus que demuestra desgana e indiferencia. Pero todo es en vano, delante de su hija. El moribundo esquimal exhala su último hálito. Goodsir no puede ver la visión de un chamán inuit que aparece durante los agonizantes momentos finales del paciente. La destrozada joven inuit —que parece saber mucho sobre el monstruo— desconfía instintivamente de los extranjeros. Estos son los intrusos que traen el infortunio. A pesar de la gentileza esgrimida por el capitán Crozier y el Sr. Blanky que tienen un relativo dominio de la lengua Inuit. De repente, el comandante Franklin, apostilla: Estas personas no son de nuestra competencia. A pesar de las desesperadas y frustrantes maniobras por intentar salvar al viejo esquimal. Es como si los showrunners David Kajganich (Invasión y True Story) junto a Soo Hugh (The Killing y Passengers) nos hubiesen sumergido en las frías aguas de allende Bering. Son muy buenos y han hecho un grandísimo trabajo en todos los aspectos. Empezando por desarrollar un marcando tempo —impecablemente bien dosificado— con la narración. Asegurándose de que el metrónomo da una mayor cronometro a los personajes, aunque dando en su justa y meticulosa medida al entorno. La inmensa atmosfera y todos los recursos que la contienen; un denso paisaje sonoro, hielo cambiante y los rayos de madera de los barcos.

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El lloriqueo ominoso del perro de la nave, las lecturas de la brújula siniestra debido al campo magnético ártico, el resplandor del otro mundo de las luces del norte y la naturaleza gráficamente sangrienta de la autopsia de la sierra sobre el marinero muerto contribuyen aún más al escalofriante factor. The Terror juega más con la tensión que con la acción, a pesar de las tremendas sorpresas que nos deparará la serie a medida que pasen los capítulos. Además de la extraordinaria labor interpretativa de Harris, no podemos olvidarnos del dueto Hinds y Menzies —de nuevo juntos— pasados casi 14 años, de la obra maestra Roma de HBO. César y Bruto, ahora en la armada real británica. Los elementos físicos de la producción también son de primera categoría, desde los interiores de los buques ricamente detallados a las miniaturas y los efectos digitales de amplios planos aéreos. Veremos a un Jared Harris, convertido en uno de esos intérpretes a los que podemos llamar “siempre buenos”. Y la mirada única de un Ciaran Hinds —que lo borda— apto para un capitán de barco posiblemente hambriento de poder. Y no pasando por alto la presencia femenina muy definidos. Dejando a un lado a la bautizada Lady silencio (la Inuit esquimal). El espectáculo recoge mediante varios flashbacks en Londres, a la esposa de Franklin, Lady Jane Franklin (Greta Scacchi) y la sobrina, Sophia Cracroft (Caroline Boulton) que han instado reiteradamente a rechazar las propuestas de matrimonio de Crozier. Hasta hay un maravilloso cameo literario del ínclito Dickens con estas distinguidas damas. No obstante, hay una confianza impresionante en la narración que atrapará a los espectadores con un gusto por el suspense sofisticado. Este espectáculo ataca el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual.

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Esta es una serie que te llena de temor implacable. Como sugiere el título de la serie; a The Terror le interesa el miedo mismo, cómo nos transforma, cómo nos vuelve crueles y salvajes. El Terror, se convierte en horror. La investigación de ese miedo desde diferentes prismas, es todo un ejercicio de imaginería y pedagogía de guion. Cuando se hace aparece la conjura de un pánico penetrante, tan familiar como inconcebible; un retrato del hombre y la naturaleza, en su forma más cruel y fría. Al igual que The Thing (1982) de Carpenter, “The Terror” se vuelve más interesante como un estudio de lo que el miedo, es capaz de hacer a las personas, especialmente a los hombres, más que una historia de monstruos. Al margen, que estemos delante de un extraordinario un show de época de género. Es obvio, que también se trata de elementos adversos, inherentes al paso del tiempo, de la condición humana. Esos que nunca desaparecen, incluido el clásico orgullo estúpido —en este caso, ese tan británico— que mata a los hombres. A veces, propio deseo de conquistar a la madre naturaleza y el impulso competitivo entre colegas, terminan por confundir a los hombres de su verdadera realidad: el auténtico peligro que tiene a su alrededor. Casi tan letal, como su propia sombra. La sensación claustrofóbica de atrapamiento se refuerza cada vez que la cámara del cinematógrafo Florian Hoffmeister se lanza hacia atrás para revelar a los dos barcos como juguetes, encajados en mármol agrietado que parece destinado a envolverlos. La ausencia perenne de signos de un deshielo en ninguna dirección y suministros de alimentos menguados o podridos, las cosas claramente se volverán mucho más desesperadas ya que el hambre, la enfermedad y el posible motín se combinan con la amenaza externa para romper la compostura deshilachada de los hombres.

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El meticuloso grabado de los personajes y su complicada dinámica, la diseminación del terror, la vivida sensación de aislamiento prolongado, todos proporcionan las bases para lo que promete ser una creciente pesadilla de enfermedades, inanición y carnicería monstruosa. En el fondo, The Terror se toma su tiempo, conoce la oscura tristeza hacia la que se dirige y no tiene prisa por llegar allí. Las dos naves son dos enormes mansiones versión Downton Abbey en los mares altos, aunque congelados. Los miembros de la tripulación de bajo nivel que quedan fuera de las sesiones de estrategia de alto nivel incluso conexiones, propias. El resultado es una dinámica claustrofóbica en el piso de arriba y en el piso de abajo, una especie agonía existencial atacada por el miedo lentamente, desde todos los ángulos: existe una tensión de construcción lenta entre la tripulación de los barcos, la implacable violencia de la naturaleza y el elemento sobrenatural que lo eleva a un reino elevado de violencia psicológica y espiritual. Esta es una serie que te llena de pavor implacable. Si visionáramos todos estos títulos, Atanarjuat: The Fast Runner (2001) Roald Amundsens Sydpolsferd (1912) Shackleton (2002) The Last Place on Earth (1985) Scott of the Antarctic 1948 y Ravenous (1999). Posiblemente, estarían de acuerdo con servidor, en que el horror, no hace diferenciaciones entre hombres y bestias. Cuando la necesidad es supervivencia. La delgada línea roja de lo éticamente salvaje, de lo moralmente cruel. Es la vida misma en un acto desesperado por sobrevivir en esa fatalidad que es el lecho de Fausto. El horror del apocalipsis Ártico es una evidencia. Como dijo el maestro Poe: “El demonio del mal es uno de los instintos primeros del corazón humano”. Nota: 8,9

 

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Vinyl (2016) “25 years less and so happy”

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El episodio piloto de la veterana e intocable, HBO, en su incansable búsqueda por la ficción de calidad; nos ha traído Vinyl—todo el mundo sabe lo que significa— un producto, que se definiría en tres nociones: Sexo, drogas y Rock&Roll. Nueva serie que, el canal lleva promocionando, desde el último mes de diciembre pasado; como su gran apuesta por sentar—nuevamente—catedra, en esa máxima, por la libertad creativa de la ficción Made in USA. En esta ocasión, repiten formula con un dueto, bien avenido, de la añorada y magistral Boardwalk Empire: Martin Scorsese y Terence Winter. A este dúo hay que añadirle el morbo de la estrella de los Stones, un gran amigo, del legendario director neoyorkino; Mick Jagger. Obviamente, el proyecto, pueden ir imaginando, que itinerario tomará. Bien, en principio, creo que han acertado: Vinyl es un drama —en toda regla— centrado en el mundo del Rock con ecos a biopic y la mácula del crimen pseudomafioso. No olvidemos que en el apartado de la producción ejecutiva están; Allen Coulter de Los Soprano (1999), George Mastras de Breaking Bad y (2008) John P. Melfi de la sensual Flesh&Bone (2015). Series que se caracterizan por unas virtudes muy específicas. Luego, como concepto, en sí, de su planteamiento: es original. Matizo y pongo el énfasis en el significado de la propuesta. El protagonista del show es el actor italoamericano, Richie Finestra (Bobby Cannavale) presidente ejecutivo del sello discográfico American Century. La primera secuencia vemos al personaje, en una esquina del Soho, al lado de un dealer, dentro de su Mercedes comprando cocaína y desesperado por esnifar el material. Una vez adquirido, comienza el estado de taquicárdico de Finestra, tras la inhalación de un par de líneas. A lo lejos, a través, del cristal las oscuras y sucias calles del barrio. Inmediatamente, el punto de éxtasis del subidón andrenalínico; se observa un abarrotado club de aquel convulso Nueva York de 1973. De repente, está dentro y alucinado con el concierto de la famosa banda de Rock-glam, The New York Dolls, mientras tocan “Personality crisis”. Así arranca el legendario director de Queens, MS, el show. A modo, de deuda personal, transformada en un proyecto entusiasta pero fallido —bajo mi punto de vista— pues, el principal problema con este denso episodio piloto; es que se quiere decir tantas cosas al público sobre la Ciudad de Nueva York en 1973 y de su escena musical, que se olvida de mencionar el porqué central de la historia. En ese entusiasmo desmesurado termina atropellándose de pastiches y tópicos, por momentos mareantes. Vaya por delante, que según relató el mismísimo Jagger, Vinyl era una historia que, inicialmente, iba a ser un largometraje. Bien, la verdad, que no será por metraje, ya que para la presentación de la misma, han contado con 120 minutos, en lo que podíamos denominar: un largometraje en toda regla. Es decir, toda la vieja pirotecnia —de las antiguas películas— factoría Scorsese; recreando con habilidad, garbo, y, el continuo ritmo adrenalínico. Bien, si volviéramos a la esquina del Soho donde nuestro personaje ve caer delante de sus narices el viejo Mercer Arts Center.

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Entre la alucinación y la zozobra de los ladrillos cayendo junto con la vetusta lámpara de araña: el piloto está lleno de adornos gastados, incluso, ya algo reiterativos. A uno, le viene el recuerdo de hace 22 años, la primera vez que vi “Goodfellas” (1990). Es fácil sentirse hastiado, de la reiterada narración, de abertura Made in Litle Italy. La apuesta de la voz en off —el enésimo recurso de cicerone— que la explota hasta la extenuación. Todavía le hace parecer más melancólico que el interés del contexto de aquellos setenta: “Tenía un oído de oro, una lengua de plata y un par de pelotas de hierro”. ¡Pero el problema era mi maldita nariz que era insaciable, aspiraba como un oso hormiguero!  Todos hasta las trancas de polvo cristalino colombiano, fumando, bebiendo Coca-Cola, envueltos en sus llamativos trajes de solapas patas de cangrejo, hablando —espíticamente— sobre de la esencia del Rock and Roll y cómo afrontar sus propias dudas y problemas financieros de la discográfica que dirigen: American Century. El sello muscial está en un punto del disparadero, pues, la competencia tras 20 años en el candelero es feroz. Bromean con sus siglas, llamándola, American Cementery. La única opción en unos tiempos tan complicados para la supervivencia de las discográficas independientes; es que una gran multinacional del sector los absorba. Y es cuando, por esas cosas del azar, el legendario sello alemán PolyGram quiere adquirir a AC. Finestra y socios; su mano derecha, Zak Yankovich Jefe de Producción y contratos (Ray Ramano), el jefe de ventas Skip Fontaine (J. C. Mackenzie), junto con el tercer socio y abogado de la compañía Scott Levitt (P.J. Byrne). Este trío podría ser el alter ego, de los gangs, prototipo de la historia contemporánea norteamericana; esas tres culturas donde se asentó el crimen organizado: italianos e irlandeses católicos y judíos. El mayor problema de AC es su falta de grandes éxitos de sus representados en los últimos tiempos. Sobreviviendo de los derechos de autor fritos por la polilla, como su vieja estrella, Donny Osmond. Igualmente, que la búsqueda por encontrar financiación, genera una dependencia de idénticas proporciones a su consumo de psicotrópicos, con los servicios de emisiones de la radio comercial. Han sobornado a todo tipo de gente, han falsificado la contabilidad y viven de pose en pose. No obstante, en ese juego de apariencias, American Century tiene un as en la manga que jugar: Led Zeppelin, quienes Richie espera firmar con Polygram. Empero, Vinyl tiene sexo, drogas, asesinato, estafa, Doo-Wop a tutiplén y hasta un clip de Bo Diddley tocando “Hey BD” en la piscina de la casa de RF, en el día de su aniversario cumpleaños. Esta última, tomémosla como una broma ilusoria muy divertida, firma de la factoría Winter&Cia. Luego, partiendo de todos estos mimbres y estándares del rey del cine de Scorsese. A uno se le viene la pregunta del millón: ¿Si todo es tan chulo e idílico, entre un ávido bombardeo visual, hasta el núcleo de nuestras retinas con subtramas y más subtramas, tiene lógica recordar el argumento central? La respuesta que observo; es el elevado calado de este proyecto. Pues, sólo, un excesivo prurito —del propio Scorsese— en su estado de excitación por abarcar demasiado, se asemeja a la ansiedad de su protagonista. Tanta voracidad que acaba por fagocitar la línea narrativa, lo que termina incrustándose en el esófago del personal. Del mismo modo, que una groupie de 1973, en plena gira de los Stones.

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Evidentemente, no vamos a descubrir al gran Marty, una de sus señas de identidad, ha sido su gusto por lo descomunal y presumiblemente abundante, como para permanecer centrado en el auténtico ardid del mensaje central: el negocio de las discográficas en la década de los 70. A partir de esa premisa, el análisis del contexto socio-histórico-cultural de aquel momento en NY es muy interesante. Cualquier entusiasta de la buena música algo ilustrado sabe que es una de las épocas más fecundas del Rock. De repente, Scorsese, Jagger y Winter se ven deseosos de revelar; el cutre negocio de una discográfica de comienzos de la década de los 70. La historia de un chico intentando conquistar sus deseos más retorcidos, el nacimiento del punk-rock o el ego de la época. Y es que su extenso metraje, evidentemente, lo sustenta la celestial BSO y algún chispazo ingenioso —propio— de la reputación, de quienes escriben esta historia. Sin embargo, no se puede pegar un volantazo, desde el Madison con una discusión de Finestra con Robert Plant de Leed Zeppelin, por esa falta de lealtad (todo ello tras una gran  bronca con Peter Grant, el mítico manager de los LZ y los Yardbirds interpretado por el actor británico Ian Hart, presentado aquí, como un representante agrío y tacaño) del propio RF con su grupo estrella, minutos antes de salir al escenario, y sincopadamente, nos aparece una escena de la discográfica, donde se está debatiendo sobre el descubrimiento de los suecos ABBA. Vinyl se aturulla. Este contratiempo podría destruir el acuerdo con PolyGram y Richie sólo ve más y más problemas financieros; lo que significa malas noticias para su acogedor hogar con su esposa, Devon Finestra (Olivia Wilde) y los niños en su mansión señorial de Greenwich (Connecticut). Cuando, de repente, todo el mundo está en la gran mansión de Richie, preparando su fiesta de cumpleaños, donde su esposa, Devon hace un emotivo brindis y cuenta la historia de cómo ella y Richie se escaparon de Woodstock porque estuvieron muy ocupados disfrutando, de los placeres conyugales, en su confortable dormitorio. Por instantes, todo es felicidad en el universo de Richie Finistra y Devon; la versión satisfecha de una Betty Draper infrautilizada viviendo una vida de princesa en su lujosa mansión de Conneticituc se encarga, de que el aniversario de Bobby, sea una noche inolvidable de emoción y complicidad. Pero, Richie, tiene que lidiar con un gran problema que le persigue como una sombra; “el puto amo” Frank “Buck” Rogers (Andrew Dice Clay), un tipo nada agradable y encharcado hasta las trancas en alcohol y cocaína. Amenaza a RF con boicotear el álbum más reciente de la reliquia dorada: Donny Osmond. Pues, muy a pesar de su aroma a alcanfor seguía siendo muy comercial y demandable en las ondas radiofónicas. RF recibe la llamada del intermediario Joe Corso (Bo Dietl) —jefe de promoción y enlace con el hampa— de la cadena de Buck. Éste, le dice que desde la fiesta en el burdel no ha parado de esnifar ingentes cantidades de polvo colombiano y sólo quiere hablar con él. Richie sale de su mansión, en Conennticut, y viaja en su Mercedes, hasta la finca del puto amo de las estaciones de radio de EE.UU, en Long Island. Llegados, a este momento, lo primero que te viene a la cabeza es la secuencia de Boogie Nights de Paul Thomas Anderson y el robo de la supuesta estrella del porno, Dirk Diggler (Mark Walhberg) en la casa de aquel Alfred Molina que simulaba al gangster (Eddie Nash). Todo pasado de vueltas, desnudo con una bata y bebiendo, junto a un chino que encendía petardos constantemente. Aquí la situación es idéntica, el tipo, tiene un gran parecido a la ex estrella del porno Ron Jeremy, mientras juguetea con un 38. Hasta que intenta besar a Richie y la cosa se sale de madre tras un forcejeo. Algo que se puede interpretar, como enfrentamiento a sus miedos, Buck es un tipo violento y engreído, que en esa relación amor/odio; desprende un aura de enamoramiento fingido. Y sólo, las manos de Buck en el cuello de Richie pueden frenar la frustración de éste.

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Finalmente, Joe coge un micrófono de cristal —premio de los certámenes de empresas de radio— como productor y empresario, y, golpea la cabeza de Buck. Cuando, creen que esté puede estar muerto, vuelve a moverse y es ahí cuando Richie, emulando a un Joe Pesci, destruye lo que queda del micrófono de cristal en la cabeza hasta convertir su parietal en cartílago gelatinoso con la masa encefálica. Sorprendido y aterrorizado por lo que acaba de suceder, Richie está flipando y patidifuso. Joe le dice a Richie que sabe como deshacerse del cuerpo. Lo sacan de la mansión en una estera y llevan, el cuerpo, en el maletero del automóvil de Joe, hasta que llegan a un descampado cerca de los suburbios del extrarradio de la ciudad, donde hay una gran agujero. Joe coge el muerto y lo tira. Cuando Richie regresa a casa, comienza a beber como un descosido; ya no es el limpio y sobrio Mr. Finestra, el hombre imaculado y rehabilitado, que se había ganado el respeto de su esposa, sino todo lo contrario: un Mr. Hyde descontrolado y borracho. El confortable y agradable estilo de vida lo lanza por la ventana. Ya en ese estado de enajenación —botella de Chivas 12 en mano— inicia una pantomima a lo Bo Diddley con su guitarra Gretsch. El regalo de su aniversario, con el que sus socios, y amigos de American Century le entregaban con orgullo. Su esposa, Devon, aparece en escena, pues, el escandalo que está armando es insoportable y le lee la cartilla. Él, es una caricatura, que no sabe ni lo que dice y le invita, a unirse al esperpento; que beba con él. Ella bebe de la botella y escupe el trago en su cara. Uno de grandes focos de atención y aciertos, en todo este puzzle aturullado, es el actor Bobby Cannavale, quien ya ganó dos Emmy por Boardwalk Empire (2010) y Will&Grace (1998). Lo recuerdo en una magnífica película de Michael Cuesta, “Roadie” (2011) donde ya se le apreciaba una vis perfecta, para este mundo del Rock&Roll. Su mera presencia y gesto es pura provocación. En esos primeros 15 minutos deja muy claro el fuste y su calidad interpretativa. Ahora que todo el mundo de Richie Finestra parece derrumbarse. Comienza, el runrún por una de las perspectivas, que genera más desesperación en el espectador: la pose Don Draper. Ese cigarrillo siempre entre sus dedos, que se quema en el sillón de ejecutivo de su apartamento personal, mientras escucha presuntas maquetas de grupos que buscan con anhelo en una discográfica que hace aguas por todos los costados. Al tiempo que esto está sucediendo, un flashback nos retrotrae a 1963 cuando Richie no era más que un joven camarero. Una noche, oye el alma sacudida del blues de Lester Grimes (Ato Essandoh) y se ofrece para conseguirle una gran carrera musical y lo que termina es por destruir la vida de Lester. Mientras tanto, la oficina de NYC de American Century tiene un visitante algo persistente llamado Kip Stevens (James Jagger, hijo de Mick) que no dejará de persuadir a la compañía para dejarle la maqueta de su banda, Nasty Bits. Aquí tenemos otra de las apuestas de casting del proyecto, Jamie Vine (Juno Temple), la cual, se ha planteado ser la descubridora de esta nueva banda. Un trabajo masculino, hecho por una fémina atrevida y valiente. De nuevo, entra el karma de Mad Men, ya que su personaje sería el alter ego de la emblemática, Peggy Olsen. La atenta secretaria/recepcionista que asiste a Richie Finestra y asume el rol, en el sello discográfico, con asertividad. Obviamente, se siente con las fuerzas y ganas para dar ese salto como promotora y ojeadora de nuevos talentos. Además, es el camello de confianza en la discográfica de Richie (un elemento muy Breaking Bad). Ella, se va al concierto de los Nasty Bits.

 

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Un espectáculo que termina en pelea entre la inexperta banda y público —en una especie de perfomance— versus Sex Pistols e Iggy Pop. Puro atisbo de proto-punk, liderado por Kip Stevens. Tras el concierto se acuestan y tienen sexo. Al poco tiempo, ella cuando se levanta del camastro y se arregla. En ese mismo instante, KS está preparándose un chute de heroína, y pone cara de póker. La historia, ahora, se traslada a la incertidumbre del resto de empleados de la discográfica, ya que una vez PolyGram compré A&R: todos se verán sin trabajo. El edificio entero es la vida del propio Richie, que ve como se levanta de los escombros, entre la alucinación teñida de cocaína y lo dantesco del personaje; algo le está diciendo que hay que pelear. ¿Se revela este Richie como el Superhombre? Eso es desconocido, pero lo que sí se sabe es que el hombre que surgió de los escombros está planeando algo grande. RF tiene la solución a todo este caos que ha dispensado los 120 minutos de locura y disparate. Un emboltorio gigantesco —muy Made in Scorsese— ya lo hemos mencionado, anteriormente, pero pisando demasiados charcos incongruentes o lo que es lo mismo: la superposición de ambas historias, no tienen el suficiente tiempo para impregnar y generar un humus suficientemente compacto. Los derroteros de un contexto subcultural son tan voraces, que el vademécum musical no aguanta el lastre para estirar la continuidad narrativa del guion. ¡Demonios! ¿No recuerdo en la historia sobre grupos de Rock un asesinato como subtrama intentando acaparar la curiosidad del espectador? Si que conocemos movidas de tipos muy sui generis como Keith Moon o estrellas del Rock; subida y caída libre de los ídolos. ¿Empero una trama criminal, en la que ni siquiera encontramos antagonista del propio Finestra? Hay como una manta fina que deja la pelusa de acrílico, que desprende, un plomizo aire pestilente a nostalgia en Do mayor. Aquí y allá, tenemos atisbos de subculturas sórdidas y espectáculos animados. Scorsese pone una factura espléndida como viejo zorro que es, pero independientemente, del gran trabajo de fotografía de Rodrigo Prieto, la dirección artística y los efectos especiales para recrear el contexto. Algo falta, no engarza. Marty sigue ensimismado con llenar el show de sonidos de Slade y Otis Redding, junto con toques de Punk, Rock-glam, y los primeros signos tempranos de Hip-hop por las calles del Bronx Sur. No muy distinto de su obra maestra Boardwalk Empire, pero en esencia, es sólo un sucedáneo de aquel encanto poético y fascinante de Nucky Tompshon. El espectáculo mejora tras abandonar algunas de esas escaramuzas del pasado. Sin embargo, esa aureola a Old fashion y anhelo de dulce pájaro de juventud, del maestro de Queens, la misma que toda su vida viene escuchando la mejor música del mundo, le pasa factura. Qué pena, pues ha hecho unos documentales de la historia del Rock que son patrimonio cultural del propio movimiento sociológico: maravillosos. No sé, puede que David Chase tenía la clave de toda la historia de la gran novela (digo novela y no serie) americana: Los Soprano. DC, dixit; los Soprano la tenía que haber hecho Dylan, Costello y los Stones. Lo dicho, un gran espectáculo tremendo, a medias, entre la falta de brío y una definición más transparente de la historia que nos quiere contar. Una serie discutible, y de obligado visionado para todo melómano, ya que el prisma óptico, sin quererlo, te hace perder objetividad. Creo que Marty, como el que teclea quisiera tener 25 años menos. Nota: 6,2