Waco (2018) 25 años después, la misma sangre

 

El clima político actual de EE.UU, está viviendo un cambio radical en la cultura popular —algo que se percibe— en el sustancioso y adictivo mundo de la ficción. Las películas y los programas de televisión son inevitablemente sopesadas por la actualidad más inmediata. La misma que refleja los acontecimientos más presentes de la más cercana historia contemporánea de Norteamérica. Caso adyacente y que ha trascendido —dada su personalidad— lo tenemos, en el film “The Post”, de Spielberg. Candidata a mejor película, en la última entrega de los Oscars, es un film —claramente— contestatario a la feroz guerra, de la administración Trump, contra los medios de comunicación, especialmente, los escritos. A la luz de esa inclinación natural, no es de extrañar, que la cuestión de cuánto podrá confiar en la nueva administración gubernamental la sociedad estadounidense (dada la fractura entre los críticos y los acólitos) se haya convertido en un tema prominente, a la hora, de afrontar cualquier historia de la mayoría de las obras contemporáneas. Sin embargo, hoy mismo las calles de todos los estados que forman esa gran democracia están diciendo que hay que parar a las armas. Un debate, que a pesar de su actualidad, lleva golpeando a la nación norteamericana desde el final de la IIGM. Partiendo de este preámbulo, la factoría de la todo poderosa Paramount, ha creado, su nuevo canal de TV, Paramount Network. Presentando en pleno invierno y nuevo año; Waco (2018) es una apuesta, por una serie compleja y muy interesante. Hablamos de la historia del sectario líder y su troupe. Así como del triste asedio del Rancho Daviniano, que habitaban, defendido hasta la muerte y armados hasta los dientes, por el jefe espiritual  David Koresh, en 1993. La serie se inicia, con la presentación del personaje dirigente —de la secta davidiana— y el resto de sus protagonistas más importantes. A principios de los 90, la administración Clinton tiene que manejar feos asuntos domésticos de carácter subversivo. Algo así, como el fenómeno antisistema europeo de esta última década en Europa. Muchos fueron los iluminados fanáticos y grupos que sembraron el caos en los EE.UU.

 

 

Atentados y disturbios de primer orden. En Waco, no se pierde la oportunidad de mostrar —en un pequeño cambio de escenario— el sitio de 1992, en Idaho. Donde un grupo supremacista ario, se atrincheró en una atalaya, mostrando una actitud de violenta rebeldía contra todos las legalidades de la administración del gobierno estadounidense. El responsable del equipo de asalto de la ATF, sufrió un sonoro revés. El negociador, un hábil y siempre ejemplar Gary Noesner que interpreta, el inefable Michael Shannon, /99 Homes (2014) Nocturnals Animals (2016) The Shape of wáter (2017)/, todo un invitado de excepción. La ATF, junto al negociador GN, y parte del FBI, se las vio y deseo con el personaje David Koresh y sus prosélitos en la dura y salvaje Texas. Aquel tipo se veía como un auténtico profeta. Vivió con sus seguidores en Monte Carmelo cerca de Waco, Texas. Los adeptos a la causa —su rama davidiana— parecen básicamente gente de buen corazón y algo bobalicones, en apariencia. Es verdad, que todo el mundo es un enigma. Cuando la cámara abre con el primer plano de la cara de David Koresh y sus características gafas de montura metálica—muy propias de un asesino en serie autoestopista— parece ese tipo de hippie enrollado, con toque payés, en su huerto de Formentera; que desprende generosidad y bondad. El David Koresh de Waco está muy lejos de ser un tipo violento y feroz. Con un tono de voz suave, optimista y amabilísimo. Pero en el salón del rancho está el escenario con los instrumentos y ahí el amigo DK se arranca con “My Sharona” de The Knack. Y saca un poderío de estrella del Rock System que te deja absorto. Y es que Taylor Kitsch es un pedazo de actor, como la copa de un pino; True Detective (2015) Normal Heart (2014) o Lone Survivor (2013).

 

A pesar de algunas lagunas que se observan en el guion y la dirección de un par de episodios. Posiblemente, por decisión mayor. Ya que las mismas, si están constatadas en los libros de referencia. Donde se repasa, a fondo, la figura del fanático y magnético DK. El joven Vernon Howell (nombre de pila) se mudó a Waco, Texas, uniéndose a un grupo escindido religioso (el ala más disidente de los Davidianos) llamado los Adventistas del séptimo día. El supuesto profeta y protagonista de toda esta historia; nació el 17 de agosto de 1959 en Houston, Texas. Vernon Howell nunca conoció a su padre, y su madre tenía catorce años, cuando ella dio a luz, entregándole, la criatura, a su abuela, cuando él era solo un bebé de chupete. Cuatro años más tarde, a la edad de ocho años; un año después de que su madre regresara y se casara con un nuevo amante; Howell afirmó que fue violado —en grupo— por una pandilla de niños mayores. Era un estudiante en una clase de escuela primaria para necesidades especiales, donde la intimidación se intensificó hasta el punto, que la violencia sexual estaba a la orden del día. David abandonó la Escuela Secundaria de Garland. A partir de ese momento, trabajó en tareas domésticas y a los veintidós años, tuvo una aventura amorosa con una adolescente de quince años, a la que dejó embarazada. Debido a esta autopercepción de vergüenza, Howell, se declaró a sí mismo: Nacido de Nuevo para unirse a la iglesia de su madre: Los Adventistas del Séptimo Día. El trepa de Howell fue ganando autoridad y finalmente, el liderazgo del grupo, reclamando el poder de la profecía y posteriormente siendo visto como el último profeta del movimiento, Howell cambió su nombre por el de David Koresh, evocando el linaje espiritual que pretendía tener (es decir, él era “descendiente” auténtico y puro).

 

Desde la línea del rey David y se hicieron comparaciones con el pseudomesiánico Ciro el Grande (llamado Kores en la Biblia). En la Iglesia del Séptimo Día, Koresh se enamoró de la hija de un predicador y, mientras rezaba para recibir orientación sobre cómo manejaría estos pecados, abrió su Biblia en Isaías 34:16. “Nadie debería querer a su compañero…” decía, y David se convenció de que esto era una señal de Dios, antes de informarle al padre de la niña que el Señor quería —que tomase— a su hija por esposa. El pastor no estuvo de acuerdo con esta versión del evento y arrojó a David de su congregación y comunidad. En el exilio, Koresh viajó a Waco, Texas, y se unió al culto del rancho Davidiano, una escisión de los Adventistas del Séptimo Día: los Davidianos, allá por 1983. Casi de inmediato, tomó la decisión de tomar el control del grupo y luchó por el poder contra el líder George Roden, hasta que Roden fue encarcelado por matar a otro rival. Waco es una historia escrita por el dueto cinematográfico: John Erick y Drew Dowdle. A partir de los libros de memorias de dos personajes reales:  “Stalling For Time: My Life”  de Gary Noesner  y “Thibodeau’s A Place Called Waco: A Survivor’s Story de David Thibodeau”. Curiosamente, ambos cineastas venían de producciones de terror con presupuestos ajustados: The Poughkeepsie Tapes (2007), Devil (2010), y lo más reciente un drama de acción, con golpe de estado de por medio, No Escape (2015) protagonizado por los actores Owen Wilson y Pierce Brosnan. Obviamente, el paso del terror y la acción al relato ficción televisiva de la historia naciente de los Estados Unidos; es quizás tan grande como el que va del largometraje a series televisivas de grandes eventos señalados. Dado el actual estado de la televisión y su gran capacidad de recursos (además, del apasionado deseo de quienes lo hacen) para competir con lanzamientos teatrales, entretenimiento y el cine. Atrayendo a estrellas reconocibles y ofreciéndoles material potencialmente atractivo para interpretar. Entonces, ya no es una cuestión de darle un impulso anecdótico al estudio. Se está intentado promover las muchas sinergias que comparten, y dando signos, más que evidentes del inminente cambio.

 

El interés de la TV en streaming, por realizar proyectos cinematográficos, se demuestra —claramente— con una relativa restricción en la producción, de términos, en cuanto al propio tamaño de la serie en sí.  Algo, muy parecido a las producciones televisivas británicas; el modelo de los seis episodios. La reivindicación del formato miniserie. Waco aporta una sensación de brevedad, especialmente cuando se compara con los 10 episodios de The X-Files o los 9 de American Crime Story of Versace. Pero es una magnífica producción. Hay tanta televisión a la espera de ser vista, y con múltiples redes, expectantes, por obtener los ojos de los televidentes, en sus productos, que cuando llega el día de su emisión, parece que pedir un compromiso de seis semanas: se atisba como una victoria. Empero el propio producto, Waco, tiene potencial de sobra para ser candidata en los próximos Emmys. A ello, le sumariamos, una cortinilla de presentación muy hermosa, la excelente fotografía de Steven Finestone y una hermosa BSO del compositor de moda, Jeff Russo.  Siguiendo el itinerario del visionado, vemos que los acontecimientos que se están desarrollando son tan horribles que podrían separarse fácilmente de la realidad. Sin embargo, las tres actuaciones están tan bien fundamentadas que mantienen la serie anclada, ofreciendo tres perspectivas diferentes sobre el asedio. Schneider, que ha vivido en el complejo durante años, tiene un interés evidente en mantener las cosas como están. Noesner, a veces, resulta lo más extraño e impolíticamente correcto, que se ha traído para ayudar a resolver el caso. Otro gran personaje es Jacob Vázquez —papel que borda— un veterano John Leguizamo Bloodline (2015) The Infiltrator (2016) y John Wick: Chapter Two (2017). Un agente encubierto de la ATF, que conoce el medio, ya que sabe que hay algo muy raro y perverso, en el complejo. No obstante, siente cierta responsabilidad por las personas, que están adentro, y tan sólo han sido más que amables con él. De ahí la accesibilidad de Vázquez con el clan. Además del conflicto entre los negociadores y los presentadores de cargos: el principal peligro en Waco es entre estadounidenses razonables que simplemente viven de una manera extraña, y un gobierno que no los va a dejar en paz. No se cederá ni un centímetro.

Son consignas que vienen desde muy arriba. No se mencionan —estrictamente— las creencias controvertidas de los Davidianos. La secta había albergado ocurrencias como concursos de resurrección, en los que un candidato a líder desenterró un cadáver y creían que el Armagedón era inminente. Incluso una boda falsa, diseñada para ocultar el hecho de que Koresh engendró un hijo con una niña menor de edad, es retratada con un encanto caprichoso. La niña sonríe dulcemente mientras Koresh toca la marcha nupcial con una guitarra eléctrica. A modo, del gran Slash en el video “November Rain”. Cuando toca la Fender siente el éxtasis de cualquier estrella del Rock. Se lo cree. Es magnífica la secuencia. La humanización íntima de Koresh y sus seguidores se presenta como una defensa pura, una reivindicación de los derechos de los grupos marginales a existir con enormes reservas de armas sin atraer la atención de la ley. Además de los espectadores potenciales, muchas actuaciones sobresalientes vienen a la mente. Paul Sparks, un clásico Made in HBO, The Night of, The Girlfriend Experience (2016) y House of Cards (2013) es Steve Schneider. Para Koresh es su mano derecha. Schneider aporta el mismo tipo de humanidad y fundamento, en un lugar donde campa la alucinación colectiva. El personaje de Schneider es fascinante, pues, estamos ante un profesor de Teología, un tipo, leído y muy viajado. Es curioso ver, como la mayor parte del tiempo, lidia con el estrés del estilo de vida davidiano (especialmente con su mujer, una de las esposas espirituales de Koresh, del cual tiene un hijo) y teniendo la tarea de mantener el complejo unido durante el asedio. Schneider es la duda constante, en más de una ocasión, ha amagado con abandonar a toda la comunidad. Salir de aquel engendro de iluminados o desgraciados abducidos.

Empero, da marcha atrás, pues, hay algo de prestidigitador en el discurso de Koresh que encandila a Schneider, volviendo a ubicarlo en su labor de hilvanador de la crisis interna dentro del rancho, quien muestra la gravedad de la situación que se cierne sobre Schneider en todo momento. Melissa Benoist conocida por interpretar el Supergirl (2015) y Patriots Day (2016). Está fantástica, en el papel, de la esposa de Koresh (lo más cercano a la compañera principal). Rachel, que muestra a su vez la vulnerabilidad de una madre que trata de mantener a sus hijos seguros en una situación extremadamente peligrosa y en el interior la fuerza de esa líder de grupo tratando de aglutinar a todos juntos. A pesar de que su papel se ver reducido de lo que podría haber sido. Shea Whigham (que Scorsese le dio la vida, en Boardwalk Empire, The Wolf of Wall Street y Kong: Skull Island) proporciona la fuente del lado más militarista de las cosas como el agente del FBI Mitch Decker, cuya sombría cosmovisión y dureza en sus metodologías chocan con las de Shannon. Y ese actor Rory Culkin… no puedo evitar el preguntarme, ¿han pasado realmente dieciséis años desde Signs? Me miro, en el espejo y claro que sí. Aporta un sentido de humanidad y comprensión del ya mencionado Thibodeau, a quien vemos unirse al grupo, involucrarse personalmente con los miembros y, finalmente, de algún modo salir vivo del otro lado. En un agradable gesto con las magníficas fuentes, de Noesner y Thibodeau. Cada vez que parece que la narración se inclinará demasiado, a favor de un lado sobre otro, se lanza una nueva finura en la obra. Cuando Koresh amenaza con ser demasiado comprensivos, nos recuerda el hecho de que fue acusado de violación legal.

 

Cuando la ATF o el FBI parecen demasiado heroicos, se nos recuerda que es muy posible que hayan instigado el tiroteo y tapado los detalles para parecer menos incompetentes. Con ese fin, Waco se convierte en una de las series más efectivas de intriga, suspense y acción, en la memoria reciente. No sucumbe a la presión de declarar un héroe o un villano, ni crear una narración que sea clara en términos de quién era responsable. Y, como una advertencia para los débiles de corazón: Waco tampoco corta las esquinas cuando el sitio realmente comienza. Los desacuerdos entre el equipo de negociación del FBI y los defensores de la contundencia llevaron a la desorganización y la indecisión. Después de 51 días, el FBI lanzó un ataque con gas lacrimógeno. En Monte Carmelo ardía todo, mientras las cámaras de las TVs rodaban. Dos años después, Timothy McVeigh colocaba 1800 kilos de explosivos y hacía volar el edificio federal de Oklahoma City. Curiosamente, citando a Waco como evidencia de un gobierno intimidante —cuya nariz— pedía sangre. El tiroteo es salvaje y ensordecedor. Incluidos carros de combate del ejército norteamericano. Dejando cuatro agentes federales muertos y dieciséis heridos, mientras que cinco Davidianos yacían muertos y más heridos, incluido Koresh. Lo que siguió fue una lucha burocrática muy larga, a degüello, entre la ATF, FBI y elementos del ejército. Los davidianos aguantaron cincuenta y un días. Y ahora qué ¿Cuántas pistolas tenían los Davidianos? Algo fallo o fallaba desde el principio. Tampoco se obtiene una gran explicación sobre cómo Koresh apoyó financieramente a todos sus seguidores, que ocupan una gran casa llena de niños. Otro elemento discordante es la historia del líder Koresh viene de la licencia del gurú, para dormir, con mujeres menores de edad, supuestas “novias”, en su opinión. Es una parte de la historia que no está del todo bien desarrollada, siempre, partiendo del excelente material biográfico. Entonces o ahora, tal comportamiento sería profundamente inquietante, si no ilegal, pero estas preocupaciones se plantean brevemente solo para dejarlas de lado. Michelle Jones (Julia Garner) The Americans (2013) Grandma (2015) Ozark (2017) tiene una escena en la que se queja de haber sido obligada a tener relaciones sexuales con Koresh a una edad muy temprana, y ella tuvo a su hijo, como muchas mujeres en el complejo.

 

 

La falta de curiosidad sobre el daño infligido a las mujeres en los alrededores de Koresh representa una oportunidad perdida, y es aún más decepcionante dado que los miembros del elenco, además de Garner. Caso de Melissa Benoist y Andrea Riseborough  de Cocodrilo de Black Mirror (2017) y la muerte de Stalin (2017) son actores hábiles que podrían haber aliviado los dilemas de las mujeres. Decenas estaban dispuestos a morir por Koresh, o arriesgaron sus vidas en el intento de frenar su influencia. Pero a pesar del conato parcialmente exitoso por aclarar las cosas, Waco rara vez ofrece el tipo de profundidad, que haría que el examen de estas poderosas motivaciones sea convincente. Por lo tanto, a aquellos fanáticos de los derechos de armas (La asociación de amigos del rifle&Cia) saciarán una curiosidad puramente mórbida, y seguirán disintiendo de la posición gubernamental. Otros, nos quedaremos pensando, en la figura de aquel simpático mormón (el fallecido Bill Paxton) de la serie de culto de la factoría de HBO, Big Love (2006) y sus perspicaces esposas. Existe como un karma, que no sé muy bien cómo definirlo, en esa extraña interpretación de Taylor Kitsch. Cuando todas las mañanas, inicia el mismo ritual, el chándal y las zapatillas. Y a correr por la pradera, como un runner de fin de semana, con sus hijos. Y volvemos a preguntarnos: ¿qué le pasa por la cabeza y que esconde en esos ausentes ojos tras las gafas metálicas de Psychokiller? Esas jodidas gafas que los hípsters de 2018 las compran como churros. No voy a preguntarle a la vicepresidenta de mi gobierno, ya que es otra fashion victim. Me quedo con la cara de Michael Shannon, ese rostro de poliédrico de tipo duro, que es un poema. Algo así, como el agricultor, que ve la llegada de la tormenta de las tormentas y no va a quedar nada en aquel polvoriento y desvencijado rancho de Monte Carmelo. Posiblemente, tras un segundo visionado, algunos estaremos más contentos de ser ciudadanos europeos y convivir con una ley sobre el uso de armas, con unos cánones de seguridad, relativamente equilibrados. En Waco hay sangre de sobra —que mancha a las mascotas de turno— de los dos partidos; que son la Norteamérica utópica de la libertad. Demócratas y republicanos son cómplices del fascinante espectáculo de delirio, fanatismo y violencia colectiva. 25 años después, la sangre del fantasma de Waco sigue en los corazones de los estadounidenses. Nota: 7,6

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Channel Zero (2016) “Creepypasta horror”

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Si somos honestos con la realidad de la ficción actual, diríamos, que el fenómeno zombi de Walking Dead ha arrasado y, de algún modo, ha abierto nuevos senderos —en la nueva ficción norteamericana— del nuevo siglo, por el género terror. Obviamente, uno de los creadores más prolíficos y culpables de este hype/revival por las crónicas sórdidas y las leyendas urbanas; es Ryan Murphy. Eso sí, con permiso del maestro Stephen King. RM es un tipo, de esos, a los que amas o detestas fervorosamente. Empero, la industria audiovisual le debe mucho —ese plus— no es otro; que mucho dinero y gloria. La popularidad, en la solidificación de la serie, por antonomasia y antología: American Horror Story. Archiconocida y famosísima ficción, donde toda una generación de teleadictos ha crecido junto a ella. A partir de su repaso a la historia más escabrosa y oscura de la violenta Norteamérica, por itinerarios, que han hecho mella en el aluvión de nuevas propuestas. Desde los revival 70/80,s con psychokiller fugado de un manicomio. Hasta el fenómeno poltergeist, pasando por las casas encantadas y los salvajes habitantes de esa profunda América  con motosierra en ristre. Los ecos del nuevo terror bizarro Made in UK con Black Mirror en Netflix, el tennager de Scream, en la MTV, FOX y su Scream Queens. Nuevamente, Netflix con sus dos novísimas apuestas; Hemlock Grove/ Strange Things. La hermana pequeña de HBO, Cinemax, con Outcast, de la mano, del rey de los zombis: Robert Kirkman. Y por último, el terror policíaco, en HBO de Pizzolatto y su adictivo, True Detective. Evidentemente, la lista podría ser todo el artículo, pero no me quiero exceder, y terminaría el recorrido, tras la huellas de Noah Hawley con los remakes de Fargo, mitíco film de culto de los hermanos Coen. Desde el fragor  de esta larga  subasta —permítanme el deseo— he sucumbido al canal Syfy (caracterizado por su clara apuesta por la ciencia ficción y por producciones de perfil correcto-pasable) con el tráiler de Channel Zero. Obviamente, el interés que ha suscitado esta historieta de terror virtual, es embelesador. Syfy propone con CZ un buen homenaje al género de horror y el buen suspense de los 80. Su adaptación del conocido creepypasta sobre una serie infantil de televisión de los años 80. La pesadilla de Candle Cove parte de una idea de Kris Straub conocido por su web y actividad en la red social. El guionista Nick Antosca (forjado en Hannibal, Last Resort y The Forest) hace un planteamiento —ad libitum— que no deja indiferente a nadie.

                                                                                                 CHANNEL ZERO: CANDLE COVE -- "You Have To Go Inside" Episode 101 -- Pictured: Paul Schneider as Mike Painter -- (Photo by: Allen Fraser/Syfy)

Y uno se pregunta: ¿qué demonios es Candle Cove?  Pues, eso, una serie de televisión hecha con marionetas —que narraba las aventuras— de un joven pirata que viajaba en su barco junto a sus compañeros, una pandilla de compinches piratas de rasgos infantiles, pero con unos sentimientos muy retorcidos. Y es que, en los foros y rediles del corral social se afirma que varias personas aseguraban haberla visto en televisión en esa época. Un material que provocaba infinidad de pesadillas y terrores nocturnos al recordar algunas de las angustiosas imágenes emitidas durante la serie. Evidentemente, las inquietantes marionetas, son la constante fuente del escenario perturbador y grotesco del show. Pero es lo que hay, es decir, el concepto creepypasta es eso. Tan sencillas, como los chistes más castizos de tradición oral: historias creadas en la webesfera y compartidas por las redes sociales. Un terror que es horrorífico, desde el plano más ingenuo de la vida, en muchos casos con resultados dañinos. El capítulo piloto mostró visos muy prometedores y, finalmente, Syfy ha firmado dos temporadas de 6 episodios, por entrega. Cada una de ellas se centrará en una nueva historia de terror. El protagonista —absoluto— Mike Painter (Paul Schneider visto por Elisabethtown, The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford o Café Society) es la cara que da vida, a la estrella de Channel Zero. Un actor de reparto muy solvente de  mirada penetrante. Painter está obsesionado con un misterioso programa de televisión de los años 80, y, como influyó, en los acotamientos mortales, de un grupo de chavales que vivían en la localidad de Iron Hill (Ohio). Mike Painter ejerce como psicólogo infantil y se ve obligado a volver para investigar lo que realmente pasó en su ciudad; el cómo, cuándo, dónde y el porqué de esas desapariciones y muertes de su hermano gemelo Eddie y junto, a él, cuatro niños más del pueblo, aquel día, de 1988. Todo ello bajo la pretensión de escribir un libro.

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Comenzando a revisar documentación y lugares donde ocurrieron los acontecimientos in situ. El primer conocido con quien topa, es su viejo amigo, de aquella infancia, ahora sheriff de la localidad: Gary (Shaun Benson). Un tipo que, en el fondo, mostrará entusiasmo por el retorno de MP y con los días —cierto agobio— por la idea de sacar todo aquel traumático pasado. La madre de Mike, una de las mejores actrices de la serie, Marla (la irlandesa Fiona Shaw) veterana actriz de reparto de largo recorrido; El Árbol de la vida, Harry Potter o la Dalia Negra. En su reencuentro con Mike, deja muy claras sus intenciones, por no revolver el desgraciado pasado de la muerte del pequeño Eddie. Luego está la esposa de Gary, Jessica (Natalie Brown). La amiga de la infancia de Mike, Amy (Luisa D’Oliveira). Todos susceptibles de dejar, en el baúl del trastero, el tormentoso affaire. En el fondo, la herida sigue abierta, y de algún modo, la vuelta de MP no hace más que entorpecer el proceso de cicatrización. Aunque, en el fondo, nadie de Iron Hill ha olvidado la tragedia de aquellos ochenta. Sin embargo, Mike, no está por la labor de olvidar de inmediato, como aparentemente, parece apostar todo el mundo. Más turbador resulta, observar a Mike iniciar un proceso de regresión, en el cual, se verá de nuevo atrapado en los nudos más espeluznantes del corazón de esta perversa historia. Una conexión repentina cuasi esquizofrénica con los personajes del barco pirata, y en ese estado, vuelve a aparecer su hermano pequeño Eddie (interpretado por Luca Villacis) a través, de unos fascinantes y amenazantes flashbacks. El espectáculo va adquiriendo un tono admirable, aquel de las viejas películas de serie B, ochenteras, como aquellas adaptaciones del siempre alucinante Stephen King en los “Los chicos del maíz”. Los sustos son de consideración, y el horror online, de la leyenda urbana va sigilosamente entrando por la rejilla del ordenador, hasta la pantalla. Syfy ha tocado una tecla, donde los propios mitos, miedos y horrores de una generación se revuelven en un ambiente de absoluta angustia y desconcierto. Otros elementos destacables del show, es la inquietante y lacónica BSO, de la mano, del compositor musical de moda en la pequeña pantalla, de este S.XXI, Jeff Russo. La exquisita fotografía de Noah Greenberg —con un gusto cartesiano— por el encuadre y la iluminación que recuerda tanto a las producciones basadas en las novelas del maestro S.King.

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En medio del caos del silente medio oeste del cinturón agrícola de la América sin final. Channel Zero ejecuta un material sólido y espeluznante de una leyenda urbana esquizofrénica. La criatura principal —encaja perfectamente con el insólito monstruito— que se convierte en el combustible vital de toda esta surrealista y angustiosa pesadilla. A pesar de algunos finales de la evolución del juego carezcan de mayor recorrido imaginativo. Luego, Channel Zero consigue, el beneficio de la duda, en esa enésima reinterpretación de las pulsiones de los títeres/asesinos del mal, donde los niños se convierten en cómplices absolutos, de cualquier programa de televisión o una película de las últimas décadas. Los peros, son demasiados y la legión de detractores todavía mayor. No obstante, el esqueleto emocional es admirable, y a la vez, muy bueno de relatar. Una historia sutilmente calculada, en los miedos de la infancia, y una gama de sustos de la vieja escuela, capaces de ser uno de los alicientes ,tras estos últimos días del pasado Halloween. Y es que, “la edad adulta es sólo una máscara, una careta sofisticada, seguro,” esputa Mike en el episodio piloto. La misma que se convierte en su vaso de leche nocturno y convive detrás de él, y a los mismos niños que desaparecieron. “No es la primera de su tipo, y el Señor sabe que no será la última. Pero detrás de él, todos somos los niños que estábamos allí” Ese es el mismo punto, donde Stephen King afirma que el horror es parte de un período en el tiempo, que coincide, con episodios de desequilibrios económicos y políticos; los libros y películas parecen reflejar esas desazones que flotan libremente –a falta de un mejor término– que acompañan esos espacios de tensión, graves pero no mortales”. Channel Zero no es más que un mensaje más, de entre las millones, de historias espeluznantes que se transmiten, como viejas historias terroríficas, y seguirá siendo así, a lo largo de la historia.  Algo así como, el déjà vu de Mike, que se convierte en pura niebla mental. El viaje de 1998 a 2016 es difícil de digerir. Aunque, no estamos seguros, si esos destellos de imágenes, en su cabeza, son alucinaciones, memorias basadas en realidad o cosas que, realmente, le están pasando a él en su devenir diario. Hay algo en esa atmósfera que, el propio Mike Painter, guarda y amaga. Al igual que el irrepetible e inquietante Norman Bates (la sombra de la sospecha de su implicación es obvia), y sólo la atmosfera de Candle Cove podrá dar las señales a la incógnita de la fantasía y el mal. En el fondo, no hay nada mejor que un empacho de televisión, claro que no está de menos observar a los niños que hacen con el mando. Lo dicho, un vaso de leche y felices sueños o pesadillas… Nota: 7,1