The Serpent (2021) “The Bikini Serial killer”

La ficción sólo tiene dos vertientes; la buena y la mala. Hoy en día el 70% de toda la ficción mundial para televisión es basura —en muchas ocasiones de difícil consumo— y el restante, 30% es buena. A veces, muy buena, y tiene denominación de origen Made in UK. El brexit me ha alejado de la isla de mis fantasías y sueños de adolescentes. Todavía tengo allí grandísimas amistades, que nos sentimos más alejados, a raíz de lo político: brexit y la seguridad: la demoledora pandemia de la Covid19. Todo daría para trabajar en un buen guion. Empero, no se preocupen, ya está ese bendito sitio, llamado BBC y todo su departamento de creativos y desarrolladores de grandes historias. Ayer terminé de visionar, gracias a la parabólica de 200mgHz, el último capítulo de The Serpent —la asombrosa historia real— que hay detrás de esta tremenda serie desgarradora y retorcida. Un thriller de esos que te quedas con la sensación; aquí hay algo que traspasa lo puramente, imaginado, para comprobar que estamos ante un hecho real muy bien documentado.  Redundo, en el supuesto del espectador medio de cualquier país, éste se hallaría, ante la disyuntiva si creer o no creerse la propuesta. Insisto es una historia demoledora, y con todo, puede que tenga problemas para creerla. The serpent 2020, cuenta la historia de un tal Charles Sobhraj, un psicópata encantador y demoledor; que aterrorizó la conocida ruta del Hippy Trail. Un clásico itinerario del hipismo de los 70. A día de hoy en gran parte inaccesible, entre Europa y el sudeste asiático que alguna vez fue tomada por jóvenes viajeros, donde se llevaron a cabo, toda una serie de asesinatos brutales a mediados de la década de 1970. Sobhraj, el psicópata del suroeste oriental se hacía  pasar por fotógrafo o comerciante de gemas. Como un encantador de serpientes, encandilaría a sus víctimas, las drogaría y secuestraría para que pensaran que tenían disentería. Fingiría cuidarles para luego robarles y deshacerse de ellos. Y que lista de liquidación de seres humanos, desde el estrangulamiento, al  apuñalamiento o el ahogamiento de dos jóvenes mochileros holandeses, tras haber sido quemados vivos. La serie es inquietante, incomoda e insufriblemente tensa.

Al final del episodio tres, puedo decirles que tuve que tomarme un copazo de viejo malta para aliviar la zozobra. El cuerpo que me dejó este psicópata del fingimiento elegante y letal: es tremendo. Obviamente, es una historia poco conocida por estos lares, pero en el sudeste asiático, Sobhraj (interpretado escalofriantemente en la serie por el actor de Un Prophète Tahar Rahim) fue noticia de primera plana en 2014, cuando fue condenado por un tribunal nepalí, mientras cumplía una cadena perpetua, por un asesinato que había cometido casi 40 años antes. Sin embargo, el director de la serie, Tom Shankland, había escuchado hablar de él muchos años antes, mientras caminaba por Nepal a los 18 años. “Estás mirando la silueta de la cordillera del Annapurna, con el dosel de estrellas sobre tu cabeza, y estás pensando, ¡Guaauu! esto es tan maravilloso”,— me dice, “Y luego alguien, creo que un australiano que acababa de conocer, dijo: “Sí, pero ya sabes, tienes que tener cuidado, está este tipo, él y su novia, te conocen y se hacen amigos, luego te drogan y te matan. Y está en la cárcel, pero siempre sale. Entonces, ya sabes, no confíes en todos los que pululan por aquí”. Shankland admite que, con el optimismo de la juventud, su perturbación no duró mucho, pero la historia permaneció en su mente hasta hace unos años, cuando comenzó a pensar minuciosamente en realizar un thriller. Intentándose alejarse de la faceta puramente biopic; tarea demasiado compleja.  No obstante, Sobhraj, se ganó el apodo del “asesino del bikini” porque se encontró que dos de sus diez víctimas conocidas la utilizaban, ésta no es una letanía de mujeres muertas: detestaba la condición humana occidental, ya fuera hombre o mujer; considerándolos idiotas blancos privilegiados. El asesino del bikini era de origen vietnamita e hindú, y fue intimidado por ello, en su infancia, durante su periplo por la escuela en Francia.

El drama no quiere hacer de él una especie de starman del showbussines. Vista la mitad de toda la serie, su director, ha sido cuidadosamente calibrado para evitar convertir al personaje en un icono adictivo. Tremendamente manipulador y narcisista. En cambio, la narrativa se centra deliberadamente en los personajes que se sustenta en sus tretas, y las personas que pronto lo seguirán. El tratamiento del guion es completamente deliberado, dice el escritor de la serie y showrunner, Richard Warlow. “Sobhraj es la horrible y oscura antimateria en el corazón de la historia hacia la que todo se inclina”—ratifica. “A lo largo de la serie, fuimos quitamos algunas capas y entramos, supongo, en una versión de la verdad de él”. Nunca se puede saber, admite, lo que impulsa a un hombre así, “pero creo que verlo como los demás, es decir, una visión de un tipo muy importante”. Unos actores en estado de gracia, en parte, a la excelente dirección de Shankland. Fantástica dirección artística, a través, del mínimo detalle de una época que marcó una antes y un después, en la contracultura occidental. La inquietante fotografía de los rincones más oscuros del sudoeste asiático por Seppe Van Grieken. No se han escatimado medios para conseguir el tempo de thriller que progresa a un ritmo lento, pero retorcidamente mortal. Uno de los prismas más fascinantes, de todo el entramado que acompaña al asesino en serie: es la amante de Sobhraj, Marie-Andrée Leclerc, conocida como Monique (al “Alain” de Charles), interpretado brillantemente aquí por la actriz británica, Jenna Coleman. “Disfruté escribiéndola más que nadie”, Dixit: Warlow, “el trayecto de esta joven es realmente de los más  sugestivos que he visto”. Indagando en el libro que ha sido una de las partes más sustanciosas de toda la historia: “On the trail. The Life and Crimes of Charles Sbhraj” escrita por Richard Neville y Julie Clarke. Un libro que fue un éxito de ventas en su momento —y nuevamente, reeditado a sabiendas de lo que vendría— allá por 1979. Un laborioso trabajo, donde RW indaga en su infancia, por los suburbios de Quebec, observamos: lo triste y solitaria que fue su vida.

De repente, aparece este hombre que entra en juego, y, se ofrece a sí mismo como la cura seductora, glamurosa y erotizada para todo esa operación. Creo que realmente se puede ver el auténtico  porqué, de cómo se introdujo en ese viaje y nunca se detuvo. Sólo, un arrebato de desesperación e intriga lo que llevo él. Y obviamente, éste le trajo a su vida algo muy grande, a modo de lazo kármico. Llegó a decir en palabras suyas: creo que es tan mundano como yo. “Era una joven monótona, fea y poco interesante que se volvió hermosa y amada, siendo el centro de todas las fiestas y la diversión. Amén, de la aventura y la vida desesperada que vivió de una forma extrema. Y él era la razón”. Leclerc murió en Quebec de cáncer en 1984, por lo que Warlow y Shankland nunca tuvieron que tomar la decisión de hablar con ella. Sin embargo, sí pasaron tiempo con muchos de los personajes que ves en la pantalla, incluido Dominique Rennelleau, un hombre que Sobhraj y Leclerc adoptaron como una especie de cuerpo de perro en general con el pretexto de cuidarlo mientras estaba enfermo (nunca se adivinó el cómo); Nadine Gires, la vecina de la pareja, quien fue la primera en sospechar de sus actividades, y Sompol Suthimai, el oficial tailandés de Interpol que se involucra en la segunda mitad de la serie, poco después. Sin embargo, su fuente más importante fue Herman Knippenberg, quien en 1975 era un diplomático holandés modesto, muy joven y honestamente circunspecto (interpretado aquí por Billy Howle) que trabajaba en la embajada en Bangkok. Se topó con el caso cuando los padres de un joven turista holandés le escribieron al embajador pidiendo ayuda para localizar a su hija y su novio, que aparentemente habían desaparecido. Mutismo absoluto, vías burocráticas y policiales: nadie sabía nada de ellos. Sus superiores le dijeron a Knippenberg que lo dejara en paz, pero no pudo dejarlo pasar, anotando informes y rumores hasta que se encontró rastreando los hilos de seda de la compleja red de mentiras de Sobhraj.

“Herman es un tipo muy inteligente, muy apasionado y comprometido, y tiene la memoria más increíble para todo”, se maravilla Shankland. Fue la evidencia de Knippenberg la que ayudó a condenar a Sobhraj por primera vez (cumplió 20 años en la prisión de Tihar en Nueva Delhi hasta 1997) y su prodigiosa memoria para los detalles y el mantenimiento meticuloso de registros significaron que pudo recurrir a ella nuevamente en 2004, momento en el que la mayoría de las órdenes de arresto, y las pruebas en poder, de diversas autoridades se perdieron. En la serie, él emerge como la estrella inverosímil, avanzando pesadamente con su espantosa camisa de manga corta, pisando los faldones de un asesino. La única persona con la que el equipo de producción decidió no contactar fue Sobhraj, todavía en Nepal. “Es un autopublicista desenfrenado”, dice Warlow con firmeza. “No quería hacer nada que alimentara eso, y tampoco hay ninguna posibilidad de sacar algo revelador o verdadero de él”. Sobhraj, que tiene un historial de cobrar por entrevistas y negociar acuerdos lucrativos por los derechos de las películas, es experto, dice Warlow, en “monetizar su notoriedad, y yo estaba muy, muy interesado en que eso ni por asomo tuviera el mínimo resquicio de posibilidad”. “Para mí, para todos nosotros, y especialmente para Herman, eso es importante: la idea de que podamos decir: no, no lo eran, solo eran jóvenes, algunos de ellos estaban un poco jugando con los deslices típicos de un contexto de algunos gramos de marihuana y un poco diversión, a lo mejor, no muy saludable, visto el contexto. Pero, ninguno de todos ellos se merece lo que les pasó”, dice Shankland. “Todos tenían vidas y personas a las que querían y  los amaban y con quienes estaban perdidos. La capacidad de reclamar la verdad sobre las vidas de esas víctimas ha sido importante”.

La descripción de la serie de la primera víctima de Sobhraj, Teresa Knowlton, lo confirma. Una joven que se dirige a un monasterio para estudiar budismo, conoce a Sobhraj y su compañero Ajay Chowdhury  (Amesh Edireweeraun) joven indio que lo ayudaría a estafar a los turistas ayudándolos a salir de las situaciones que había causado, por ejemplo, brindando refugio a las víctimas que había envenenado. En su última noche de libertad, una noche de decir sí a todo. Es contraproducente, por supuesto, pero no antes de que ella diga que ha sido drogada, es demasiado tarde para pedir ayuda coherentemente. Es desgarrador, más aún, por el tiempo que pasó antes en el episodio estableciendo su corazón abierto y su fe sincera. Shankland está de acuerdo, citando el “gran nivel de narcisismo y vanidad de Sobhraj y también un gran nivel de tonterías” como razones para no avivar esos detalles más macabros. “Esta no es en absoluto una película biográfica de Charles Sobhraj. Se trata de un tiempo, un lugar y personas, y las muchas formas tortuosas en las que este hombre terminó siendo parte de los viajes de otras personas”. Muchos de esos viajes terminaron horriblemente, por supuesto, y sin embargo, la mayoría de las víctimas fueron despedidas a lo largo de los años por la policía, la prensa y el público como de alguna manera, mercancía del día a día. No eran importantes. Para Shankland y Warlow, esta es una de las razones para hacer la serie. “Hace mucho tiempo ahora, pero no tanto”, dice Warlow. “Hay muchas personas cercanas a ellos que todavía están cerca”. “De alguna manera, Sobhraj casi fue rehabilitado en el tribunal de la opinión pública en años posteriores”, agrega Shankland.

 

“Él, convenció a todos de que estas personas a las que ‘pudo o no’ haber asesinado, estas víctimas, eran infrahumanas de alguna manera: drogadictos, traficantes de drogas. No merece nuestra compasión”. Algunas de las familias de las víctimas no estaban dispuestas a estar en contacto, dice, “creo que porque muchos de los relatos de esta historia se han apoyado ligeramente en esa narrativa. Sobhraj siempre supo lo que estaba haciendo cuando eligió a sus víctimas, piensa Warlow. “Hay una especie de prestidigitador que encanta a las serpientes más letales del Indostán dentro su alma.” Siento con confianza que cualquiera que fuera lo suficientemente equilibrado y maduro para ver el mundo como es, no se habría dejado seducir por él. Eligió gente que era muy sensible a carisma —de índole seductor y sugestionable—, y no perdió el tiempo con nadie que no lo fuera. Creo que, en muchos sentidos, vio lo que la gente necesitaba: comprendió lo que le faltaba a la gente en sus vidas y se presentó a sí mismo como el medio por el cual esa ausencia podría ser suplida”. Algo así como uno de las planos secuencia donde se observa la buena mano de Shankland  para dejar cautivados, a los espectadores,  por el glamour de las lujosas fiestas de Charles y Monique, la embriagadora vida nocturna de Bangkok y la indudable elegancia de la pareja. Al siguiente, te sorprende la facilidad con la que Charles es capaz de manipular a quienes lo rodean con una total falta de empatía y humanidad. Lo dicho, para aquellos más jóvenes es algo así como una fábula, donde las apariencias los son todo. A veces, detrás del juego de la seducción, sólo se esconde el diablo. Esperamos que esta serie sirva como un recordatorio de podrían haber sido esas vidas de aquellos jóvenes que acabaron con sus esperanzas. Nota:7,8

 

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25. Cacht 22

The Cry (2018) “El dolor del alma y la mentira”

 

En 200mgHz, iniciamos el nuevo año con nuevas series. Vamos a intentar bucear en los 5 continentes, a través, de la webesfera. El fenómeno de la ficción está creando una compleja red de sinergias audiovisuales, donde convivimos cinéfilos, seriefilos y gente que adora la literatura. Habría que añadir la coletilla del escritor Jorge Carrión y ese gran título de su libro sobre las series más creativas de los inicios del S.XXI; Teleshakespeare. Bien, ya han terminado unos Globos de Oro, donde hemos visto cosas interesantes y nos atreveríamos a significar el golpe de efecto de la sorpresa y la decepción. Desde la ejemplar The Americans (2013) a la maravillosa Patricia Arquette en Escape to Dannemora (2018). Series comentadas y muchas de ellas—dentro del Top 30 de la redacción— con muy buenos premios. Pero, el pasado ya es hemeroteca, y hoy, ya estamos cumpliendo los primeros 8 días del año. Aquí llegamos con nuestra primera recomendación: “The Cry”(2018) emitida por Sundance TV y BBCOne. Producción británica, dentro de un proyecto de colaboración, junto al consejo audiovisual del estado de Victoria (Australia).

 

 

Dirige un notabilísimo Glendyn Ivin, doctorado en Cannes en el año 2003 con una ópera prima el cortometraje “Cracker Bag” Palma de Oro. Un clásico del audiovisual australiano, esencialmente, como realizador de miniseries del país de los canguros. Aquí, nos encontramos con dos actores de gran carisma, los cuales, sustentan el argumento de esta dolorosa y cruel historia. A partir, de la adaptación de la novela original de Helen Fitzgerald, en manos, de la guionista Jacqueline Perske; nos traslada a una trama, en lo más hondo, del dolor del alma de unos padre. El matrimonio entre Joanna Lindsay (Jenna Coleman, actriz británica, conocida por sus papeles de Dr.Who) y su compañero, un jefe de prensa del gobierno escocés, de origen australiano Alistair Lindsay (Ewen Leslie, australiano) que dejó muy buen sabor de boca en Top Lake (China Girl) (2017). The Cry, atisba, algunos trazos de la gran Nicole Kidman de The Big Little lies (2017), la singular Ruth Wilson, The Affair (2014) y también, a Jessica Biel en The Sinner (2017). En The Cry (2018) observaremos un viaje oscuro y tortuoso del día a día de una pareja rota.

 

El concepto de paternidad del nuevo occidente, la crisis de identidad, las mentiras y la perdida de lo único que podía hilvanar a la unión como pareja: se desmorona. Glendyn Ivin ha puesto sobre la pantalla un modelo narrativo, de tiempos fracturados  que se desplaza , con el ya célebre recurso del Flashforward para crear un lenguaje audiovisual sobre el esquema de un tiempo que viaja como un carrusel de feria. El pasado es presente, el futuro es presente y el presente está en todos los tiempos. Un magnífico trabajo, donde las hebras narrativas tienden girar, en pequeños apretones, de esa soga que aprieta tenazmente los movimientos de la pareja protagonista. A destacar la exesposa de Alistair, una fantástica Alexandra Lindsay, interpretada por una maravillosa (Asher Keddie), y cómo no, la hija adolescente que tuvieron en común Chloe (Marella Kavanagh). Lo dicho, 4 episodios de 60 minutos y un estupendo thriller psicológico. Dónde Uds. asistirán a la insoportable degradación de un matrimonio con un trasfondo —realmente tóxico— que les mantendrá pegados a la pantalla de su dispositivo de TV. Seguiremos informando Nota:7,7