The Americans (2013) “el matrimonio ruso más amado de la TV moderna”

 

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La nueva ficción televisiva, Made in Usa, desde su irrupción en este nuevo siglo audiovisual; se ha caracterizado por la consolidación de un nuevo antihéroe estadounidense. Un tipo que no ha parado de ascender y sentirse querido por la audiencia. Recordemos al carismático gángster, Tony Soprano, a punto de cumplirse su 20 aniversario. ¿Quién no se acuerda del personaje mejor escrito para la TV de calidad? Por entonces, una HBO, algo monopolística. Aquel sagaz grandullón, de oronda y excelsa barriga, con un síndrome maniaco-depresivo. Un tipo entre lo amenazante y el risueño padre de familia, ese vecino de toda la vida. Chillando a todo Dios, sin saber el porqué. O mejor aún, en ese plano, sentado en la piscina de su mansión, con el fusco en la mano, mientras fumaba un Montecristo: vigilaba patos y osos. Tony Soprano fuel el mayor hito de la historia de la ficción televisiva. Pues, introdujo un nivel de complejidad temática y ética de una consistencia, inaudita. Nunca vista hasta entonces en la pequeña pantalla. Un vistazo al principal circuito de premios (Emmys o Globos de Oro) y verán que a lo largo de la última mitad de la década: se observa, no sólo el interés crítico de las páginas de millones de blogs o páginas culturales, que han dedicado chorros de tinta a por estos nuevos personajes y productos, mágicos vía streaming. Inclusive, el de una popularidad sorprendente y enfatizada, gracias a esos de las redes sociales. Creando el fenómeno de la Seriemanía. Miles de seguidores de los lugares más remotos, preguntan por las andadas de sus personajes favoritos. Las magistrales Mad Men, Deadwood, y más recientemente, Ozark de Netflix son solo tres espectáculos que han logrado un amplio reconocimiento por la definición de unos protagonistas moralmente comprometidos. El canal de cable FX, es conocido por su concepto “There is no Box”. Por aquello, de la competencia de reojo. También, por las producciones —inicialmente— sobradas de testosterona. Casos de SOA (2008) o Justified (2010).

 

 

Evidentemente, nunca ha sido ajeno a esta estirpe de personajes en constante conflicto. Pero la serie, por excelencia, que marcó el devenir de estos personajes fue The Shield. Un punto de referencia en la era del antihéroe, considerado por muchos, la respuesta al emblemático buque insignia de HBO. Curiosamente, donde, Tony Soprano ya era el mito dentro del sistema de corrupción, más arraigado, en la historia norteamericana. Vic Mackey era un luchador contra el crimen, uno de los buenos, aparentemente. Sin embargo, en su lujuria maquiavélica por frustrar a los malos, lo presenciamos torturando, chantajeando, manipulando pruebas de su unidad de homicidios —in situ— o llevándose el dinero de los alijos. En ese sentido, The Shield se puede ver como el comienzo de lo que se ha convertido en el paradigma actual del antihéroe televisivo: donde la ambigüedad moral abunda en espacios —más allá de las arenas esperadas— de mafiosos y matones, entre doctores y maestros de escuela secundaria, gente común. Cuando Joe Weisberg y Joel Fields lanzan The Americans en 2013. Una de las mejores series dramáticas de los últimos diez años. Si contamos hacia atrás, hasta septiembre de 2001, y, junto a la emisión de la primera temporada de 24h (2001), y la premiada Homeland (2011) de Showtime, los norteamericanos estaban enganchados al concepto de este, tipo de productos, donde el terrorismo internacional islamista: es la esencia del producto. La televisión estadounidense supo hacer de la vida de un matrimonio de rusos, los protagonistas absolutos, de una ficción de espionaje bajo la presidencia de Reagan tiene algo deliciosamente sugerente: el culto a una década de la que hoy en día hay mucha gente que fue joven y guapa, en aquellos años.

 

El gótico de mi marido Foto 3

 

La historia, a principios de 1980, es muy sencilla. Dos desconocidos, un hombre y una mujer son convertidos en agentes rusos desde la vieja URSS y camuflados, como modélicos ciudadanos estadounidenses, al servicio del KGB en Washington DC. Un show con un aroma a laca y purpurina plateada. Un diseño artístico que recoge todos los detalles del boom ochentero de esta década, en todos sus aspectos: moda, música, pensamiento y fascinación de adictos hípsters a las series en streaming. Luego, ¿quienes son ellos? Un tipo tranquilo, Philip (Matthew Rhys) y una mujer atractiva, con aspecto, de chica de las Bangles: Elizabeth Jennings (Keri Russell). La pareja de soviets enamorados de la America más consumista ha hecho historia a lo largo de seis temporadas. Esa hermosa y deseada vida tranquila de dos ciudadanos estadounidenses son: un matrimonio ejemplar, con un negocio muy en boga, una agencia de viajes. Tienen una pareja de niños a los que crían en la filosofía más campechana del capitalismo, exultante reeganiano, adictos al béisbol y el hockey. Además, de reconocidos fans del maravilloso mundo del mago David Copperfield. Sin embargo, detrás de consufa patomima banal, se esconde una inmensa taparadera para llevar a cabo, todo tipo de actividades de espionaje de grandes proporciones. El sabotaje, la vigilancia, el robo de secretos industriales, la seducción de figuras influyentes, el reclutamiento de fuentes y el cambio de físico, mediante, protesis y disfraces. Así como el asesinato a sangre fría. Todo es bueno para promover la causa de la URSS… ¿El objetivo final? Ganar la guerra fría. Demos un giro de 180 grados ¿Tiene poco o mucho parecido entre sí más allá de su conversación básica sobre lo que significa ser un agente doble? O mejor dicho, en un sentido más amplio, ¿Qué significa llevar una doble vida? Por ejemplo, el concepto de Homeland, visto por un ciudadano medio, de inmediato se ve provocado y sostenido por un complot terrorista que va desde el Capitolio a Afganistán.

 

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El romance que surge entre Carrie Mathison (Claire Danes) y Nicholas Brody (Damian Lewis) es muy predecible, aunque deje escondida una guarnición muy deliciosa por los segundos platos.  Y es que, en el fondo, The Americans, aunque está tan a tono con la ambigüedad moral, de muchos de sus predecesores, la obra de su creador, Joe Weisberg; ofrece un tipo de protagonista completamente diferente. Algunos dramas antihéroes intentan retratar la lenta degradación del personaje (Walter White de Breaking Bad), otros nos muestran cómo la obsesión profundiza la locura (Dexter Morgan en Dexter, o Nicholas Brody de Homeland) y otros permiten la experiencia superior del poder y sus consecuencias (Don Draper en Mad Men y Nicky Thompson de Boardwalk Empire). Lo que separa a The Americans es su primer plano del dispositivo más simple en la historia de la narrativa. Piensen en algo tan esencial, en el mundo coloquial, como el amor. Y que mejor vector, donde expresarse, que el amor a una familia. Empero, The Americans se convierte en una lección de guion, a la hora de ampliar el método de abertura de cajones y llenas de subtramas. Un producto, que desde el arranque de sus cortinillas esta repleto de los símbolos del espionaje y toda la fanfarria ochentera iconica por un score musical de Nathan Barr memorable. Empero, el show no se olvida de las alocadas persecuciones, brutalidades y las intrigas burocráticas del poliburó que funcionan al servicio de su núcleo romántico. Sin embargo, lo que deja a los espectadores aferrándose a sus apoyabrazos, en estos momentos de pulposa emoción es el terror subyacente que, en cualquier momento, la incipiente relación entre los protagonistas Philip y Elizabeth Jennings sufrirá un golpe, ya sea físicamente, emocionalmente, o ambos, de no sobrevivir a la misión.

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Los críticos alaban de inmediato la calidad narrativa de la serie. Como ex agente de la CIA, Joe Weisberg es el garante de su credibilidad. Se saborea la audacia de poner al público estadounidense del lado de los soviéticos: inclusive si Philip y Elizabeth nunca son heroicos, aquí lo son. Ya que, los puntos de identificación del espectador, son aquellos a quienes queremos ver triunfar. Al final, o en cualquier caso, escapar del agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), que resulta ser su vecino. En un estilo de suspense, la serie tiene éxito en el retrato sutil de un matrimonio complejo y la supuesta normalidad familiar. Finalmente, una miríada de detalles de los años 80, que deleitan el paladar del más esteta: pantalones de talle alto, los inevitables peinados cardados y otros videos aeróbicos, y por supuesto la música: Phil Collins, Sting, Peter Gabriel, U2, Elton John o Duran Duran y etc… Son inmensos momentazos dentro de la pantalla. ¿Por qué? Pues, que nos hallamos, ante el vademecum típico de la Guerra Fría. No existe un objetivo claro y generalizado. De ese modo, el conflicto de larga duración que va emergendiendo “in crescendo” dependerá, en gran medida del carácter, que impriman los personajes con sus originales devaneos. En los episodios que siguen el apogeo emocional del clímax de capítulo piloto, no decepciona. Todo lo contrario. Vemos que los dos confrontan infidelidades pasadas y presentes. Por ejemplo, la manipulación sexual de Philip a la secretaria del FBI Martha Hanson —papel interpretado por la actriz Alison Wright— es sencillamente, puro beluga. Y gracias a este trabajo la confirmación de una excelente interprete como es la singular Alison Wright. Luego, está nuestra querida Elizabeth lidiando con su amor de correrias al margen de la ley; un antiguo trabajador afroamericano. Dilemas profesionales que generan disputas que se sienten más personales que políticas.

 

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En el caso, del intento de asesinato de Reagan se usa aquí para resaltar sus diferentes lealtades. Así como un nuevo jefe de los servicios de trabajo de campo de todos los espías, que interpreta la siempre carismática y manipuladora Claudia/Margo Martindale, en sustitución del cabal y más heterodoxo Gabriel que interpreta Frank Langella, muy mayor, al que el poliburó quiere pasarlo a la reseva. Por no decir, a la jubilación forzosa. Claudia les informa que el trabajo está a punto de volverse más amenazador para la vida, de lo que por si ya era, anteriormente. Un romance es tan bueno como sus obstáculos, y, como ya hemos mencionado, aquí no encontramos escasez de obstáculos. Todo lo contrario, en The Americans es un deleite, la cantidad de capas barnizadas que se pueden llegar a desvelar. En todo caso, el grado de coincidencia incorporado en la creación de estas barreras ha sido, para algunos espectadores, el defecto principal del programa. Reiteramos, para alugnos. No obstante, cuando la coincidencia profundiza el conflicto en lugar de ayudar a resolverlo —inculcando un cierto grado de inevitabilidad en lugar de dejar a deus ex machina— la mayoría se apresura a perdonar. Entonces, cuando el agente de la CIA Stan Beeman (el análogo más sagaz de Noah Emmerich sería el cuñado Hank de Breaking Bad) se mueve por la calle de los Jennings, estamos más interesados en el estrés de su arma cargada , la cual, le llega a generar; que en desacreditar su improbabilidad. The Americans se asemeja más a Deadwood de HBO, un programa más interesado en cómo se construyen las comunidades que en marinar con sus propios conceptos. Pensemos, por un momento, donde la magia de Deadwood estaba en su molde expansivo, el encanto de los estadounidenses está en su enfoque limitado; hay algo embriagador en su estrecho ecosistema de momentos sosegados, su énfasis en la acumulación de gestos en la creación de significado.

 

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En todo caso, una discusión sobre el linaje es importante aquí en un sentido global; hay un cierto grado de previsibilidad para cualquier espectáculo, pero después de más de una década de escritores dispuestos a poner a sus seres queridos, a través del tono, sabemos mucho mejor como dejarnos sentir más cómodos; cuando las cosas parecen ir bien para el Sr. y la Sra. Jennings. Al final, no queremos que Philip y Elizabeth tengan un camino fácil hasta que realmente se lo hayan ganado, y somos ampliamente recompensados por nuestro masoquismo. La represión y lo tácito forman el fulcro dramático de los estadounidenses. De la misma manera en que los roles de género de los años 60 arrojaron un conflicto de carácter en Mad Men, el empleo de los Jennings como espías opera como una especie de silenciador de facto. Como todos los dramas de época efectivos, esto habla tanto del espíritu de la década de 1980 —la capa de seguridad cuidadosamente construida a pesar de las ansiedades profundamente arraigadas— como del actual espíritu de época posterior al 11 de septiembre. Entonces, cuando Philip se acerca a Elizabeth sobre como desertar a Estados Unidos en el piloto, nos damos cuenta de que hay varios tules, maniobrando la psicología del respetable, que han puesto en marcha. Aunque, para ello hayan engañado a todos los que los rodean, incluidos sus hijos, siempre han sabido que su matrimonio es solo un vehículo para su verdadero matrimonio con el jodido KGB. Ya que su verdadera tapadera reside en los suburbios estadounidenses. El momento en que se interpone en el camino de una misión es el momento en que pierde eficacia. Por ejemplo, cuando Philip empuja a la deserción, Elizabeth no solo se enfrenta a descifrar sus intenciones —puede estar en una misión privada desde el cuartel general con la intención de poner a prueba su lealtad— sino que navega la corriente subyacente de sus aparentes sentimientos hacia ella (particularmente al foco de la distancia emocional que ha cultivado con cualquier cosa relacionada con su vida estadounidense). Algo así, la respuesta a su patriotismo erosionado (el modus operandi del la agencia y su entrenamiento le obligaría a delatarlo en la sede).

 

 

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The Americans es un espectáculo sobre cómo lidiar con las consecuencias de las decisiones tomadas en la juventud, sobre confiar en la intuición y amar a pesar del miedo, sobre aceptar que lo que más nos amamos el uno al otro es también lo que más odiamos y lo que más tememos de la vida. Ese proceso de aceptación de lo que más amamos, el uno del otro, es también lo que podemos llegar a odiar o temer más. Incluso para aquellos de nosotros que no estamos inmersos en una existencia paranoica, el mundo, a veces, puede hacer sentir a cualquiera de nosotros: un lugar duro y solitario. Con la inevitabilidad de nuestra mortalidad, lo mejor que podemos esperar es una verdadera conexión humana mientras todavía tenemos tiempo para ello. Ese tipo de redención, que The Americans busca ofrecer, es un faro raro, algo, sin darse cuenta, que hemos estado esperando desesperadamente para ver. Como hemos visto en los últimos catorce años, la televisión es un medio increíble para retratar un deterioro lento. Pero los estadounidenses revelan que la televisión es igualmente capaz de mostrar lo contrario: los pasos precarios que tomamos para construir una comunidad, cómo nos mantenemos frente a la obstrucción y cómo nos enseñamos a amar y ser vulnerables en un mundo que sabe exactamente cómo para explotar y destruirnos. Siempre nos quedarán los rostros de Philip y Elizabeth cruzándose con su joven colega de la KGB, un juvenal Vladimir Putin. Nada más lejos de la realidad. Pero, no que les pique la curiosidad, de echar cuentas…Si estuvo destinado en la RDA de 1985 a 1987. Cuántos de nosotros hubiéramos pagado por ver esta escena. Muchos. Y todo sigue igual de otrora KGB de nuestro matrimonio de desconocidos hasta el final de la guerra fría. Ahora el actual, FSB. Las técnicas de espionaje son idénticas y que los objetivos, sean siendo los mismos. Después, de contarte todo esto, No creen que merece la pena ver una de las mejores y más queridas series de la historia de la TV, según, la AFI. Ojalá! la Academía de televisión norteamerica, le de un epitafio, como mandan los dioses y por fin, sea la mejor serie de drama. A igual, que los Soprano, Mad Men, Breaking Bad o Homeland. Gracias por estos años y suerte. Nota: 8,5

 

 

Hap & Leonard (2016) “Pure enjoyment”

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No es la primera vez que advertimos sobre un panorama, algo saturado, en esto de la ficción televisiva. Pero no se alarmen y veámoslo como un pequeño toque de atención. Sé que muchos de Uds. se hacen la misma elucubración ¿Está agotándose la ficción Made in USA?—les contesto: No. Si volviéramos a otras viejas críticas, no sería extraño comprobar que el arranque del artículo es el mismo; pero es que han pasado demasiados años y la parroquia—en estos tiempos de vigilia postrera—no es la misma. Los espectadores cambian como los semáforos de las ciudades y uno, por alusiones—servidor—, anda algo mayor. Una generación que creció con SWAT, Cannon, Mike Hammer o Canción triste de Hill Street y el adictivo Falcon Crest, hasta aterrizar en la amadísima y mater familias de la nueva edad de oro de la TV; la mítica Twin Peaks y los pelotazos de HBO, The Sopranos, The Wire o A Six Feet Under. Luego, el caudal de búsqueda de nuevos paramos fértiles, vía streaming y la irrupción de nuevas productoras, sigue en la senda de la explotación, para  un mercado aparentemente inaudito y plausible. Un negocio donde el ingenio cuanto más sutil; mejor ejercicio. Bueno, y ¿dónde quiero ir a parar con toda esta valoración de los nuevos parámetros televisivos? Muy fácil, a un lugar donde los campos abonen semillas fructíferas y verdaderas. Por ejemplo, hará unos cinco años —aproximadamente— el canal del guaperas actor de los 70 y nuevo mecenas del buen talento; Robert Redford. Desde su factoría/laboratorio del mejor cine independiente norteamericano y la nueva productora de ficción televisiva Sundance TV está haciendo proyectos realmente adictivos. Algo que comenzó con aquella miniserie australiana dirigida por la no menos prestigiosa, Jane Campion en Top Lake un drama que escondía un thriller de abusos y pequeños ajustes de cuentas políticos, en un lugar recóndito, muy bien hecho. Después nos llegó la magnífica Rectify (a la espera de la 5 temporada, ya estuvimos hablando de ella) con un aura emocional y vibrante denuncia sobre la pena de muerte: exquisita. Manteniendo algunos de esos réditos y formas plásticas de la concepción audiovisual nos encontramos con el film Cold in July (2014). Obra que se ganó el favor de la crítica y fue dirigido por el mismo creador de nuestra nueva serie a comentar; Jim Mickle. Al lado de su inseparable guionista Nick Damici, siguen con la labor de continuar adaptando las novelas del genial escritor Neonoir gótico y slatterpunk; Joe R. Lansdale.

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Y ahí es donde Sundance TV nos trae Hap and Leonard. Una historia de un par de personajes muy en la línea de los protagonistas de la mencionada CIJ. Partiendo de la colección de novelas del mismo nombre H&L de este singular y divertido escritor: JRL. Los creadores del show Mickle y Damici nos adaptan a estos antihéroes de la Texas de finales de los 80/principios de los 90. Una extraña pareja: Hap Collins, blanco anglosajón, objetor de conciencia al servicio militar, que termina preso (James Purefoy Roma 1997) y Leonard Pine (Michael Kenneth Williams The Wire 2002), veterano afroamericano miembro del cuerpo de marines en Vietnam y abiertamente homosexual. Hay que reconocer que mucha gente no hubiera dado un duro por este dúo de actores. Pero la verdad es que nos encontramos con una pareja muy bien avenida de fina química. Sus vidas están condicionadas por los empleos de poca monta para salir del paso —dando tumbos— por la profunda Texas de finales de los 80 Reeganniana y a un paso de la nueva era de Bush padre. De repente, aparece una hermosa y fantástica, Trudy (Christina Hendricks Mad Men), la ex esposa de Hap con un asunto muy atractivo y con su toque puramente del viejo cine negro. Propuesta de mujer fatal…, cariño sé de un lugar donde hay un potosí. Claro que para llegar a ese Dorado hay que bucear muy hondo, en un río cerca de los cayos, donde los caimanes pasean hambrientos y las aguas son turbiamente profundas: hay que abrir el maletero de un viejo coche, donde reposan los codiciados dólares. Hap&Leonard es un espectáculo muy bien hecho con ecos al disparatado y brillante Hardboiled Banshee de Cinemax, que empuja al género con un ritmos muy sui generis, propios del sello Sundance. La aventura se acompaña de Howard (Bill Sage) —el nuevo esposo de Trudy— en el papel del hippie obsesionado, con salvemos el dinero en paraísos fiscales. Chub (Jeff Pope) un tipo gordo y grandullón heredero de la tipología más Made in Fargo de la factoría Coen Brothers y el ex activista y mercenario revolucionario de rostro desfigurado; Paco (Neil Sandilands) más cercano a un film del difunto Craven. Reunidos en una vieja hacienda semi-abandonada planean la estrategia de recuperación del dinero. No obstante, a todo el variopinto grupo de cazadores de tesoros —que piensan que el dinero se ha quedado atascado en el fango— pero reposa en el maletero de un viejo Ford en lo más hondo del río.

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Todo ello guiado por el gurú del grupo Howard, un tipo que se refleja el progreso de la contracultura del individuo blanco, en su transformación de viejo hippie a yuppie. (El gran Lebowski era un tipo muy perseverante en la cómoda propuesta). Luego, él y toda su cascabelera cuadrilla  hippie trasnochada,  quiere tomar el dinero y establecer una paz verde del tipo sin animosidad de lucro para cambiar el mundo,  Habría que añadir a toda esta tropa, un traficante de droga local (Jimmi Simpson) aquel hacker de la exquisita House en Cards T3 y exuberante novia punkie sanguinaria la escocesa (Pollyanna McIntosh The Woman y The Filth) personajes que introducen el elemento del caos a la historia; ya que son los dueños del terror que inunda la ciudad con sus execrables asesinatos. Sin embargo el mayor efectivo del producto y posiblemente el empuje más seductor del mismo siguen siendo la pareja H&L en sí muy significativos. Partiendo de la prosa original, de Lansdlale son los prototipos, de hombres dignos de un estudio—cuasi— antropológico. Todo ello contrastando los entornos, de ese norte liberal postindustrial, y ese sur conservador agrícola. La unión de ambos por su imperecedera lealtad de uno al otro, sin cuestionarse ni el color de piel, ideología o identidad sexual. Hap es blanco, sureño, tolerante, y ex activista contra la guerra del tío Sam. Tampoco se le podría etiquetar del típico votante progresista del partido demócrata, pero lo que es más evidente; es su animadversión hacia las proclamas de los conservadores fanáticos. Mujeriego por antonomasia y amante de las causas perdidas. En cambio, Leonard es un veterano de Vietnam, ideológicamente conservador, a pesar de ser estigmatizado por esa mácula del color, y su identidad de Gay en una América sureña en los años donde se atisba una América que tiene en el cambio al gobernador Michael Dukakis contra el republicano Bush padre. Ellos dan señales de preocupación, en ese instante, donde todo salvaje vividor va viendo que los años de grandes fechorías y diversión están contados; los 50 tacos les persiguen como un cazador de patos en un lago. Y mojarse la tripa en la mitad del trayecto puede ser un viaje peligroso.

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Una de las grandes sorpresas del show es la interpretación, del siempre carismático, actor Michael Kenneth Williams, mítico Omar Little de la legendaria The Wire y el fiel gangster de color Chalky White de Boardwalk Empire. Todo un lujo observar el cambio de registro, alejándose de esos ecos —llamémosle— violentos de alto voltaje y meterse en la piel de un tipo con sensibilidad, honorabilidad y sentido de la heroica. Todo lo contrario del gentleman James Purefoy cuestionado por su origen británico, dio mucho que hablar, sobre la idoneidad de su elección para ser Hap Collins. Obviamente, el resultado no puede ser mejor, su solvencia a la hora de poner el acento texano y ese toque cínico, propio del personaje, original de las novelas. Siempre he dicho que sólo han habido dos Marcos Antonios impagables: Richard Burton y James Puferoy en Roma de HBO.  Y es que desde el primer contacto con la cámara, Purefoy y Williams venden la compenetración entre sus caracteres. Así como el contoneo juguetón de Hap Collins con su ex Trudy, una Cristina Hendricks (en pleno esplendor con sus recién 40 años cumplidos) que trae a la mujer fatal de los años 50. Hap y Leonard nos devuelve a ese tiempo donde las estrellas del celuloide eran Don Johnson, Mickey Rourke, Geena Davis, Wesley Snipes o Rob Lowe que se encuentra en aquella divertida y coloreada 1980. H&L se suspende en el tiempo, su frondosa geografía nos retrotrae a la encantadora y sugestiva primera temporada de silencios y personajes muy típicos de esa oculta y desvencijada; América profunda. Estableciendo un estudio en profundidad en la pantalla, cercano a la primera temporada de extraordinaria True Detective. Sabores locales de un contexto regional que esconden pasiones y personajes altamente peligrosos. La serie también utiliza sus flashbacks con moderación pero eficazmente para mostrar y no decir, los orígenes de estos personajes las conexiones. Pero la serie, a veces, pierde algo el tono y la narración de un estilo no siempre coherente. Así como algunas lagunas de su edición y continuidad pueden pecar de episodios demasiado nerviosos. No obstante, el elemento de unos diálogos muy solventes y precisos que nos acercan a aquel humor de muchos dramas criminales de los de antes. Y es que Hap and Leonard es realmente divertido. Su bandera como auténtico divertimento es asesinar por un camino imparable a los idealistas corrompidos. El resultado es algo así como unas fresas en su mejor estado de madurez que terminan irresistiblemente en el paladar de los adictos al género negro.

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La adaptación, en cualquier caso, es por lo general fiel a la novela, con la inclusión de nuevos elementos para conseguir en los momentos más excitantes mayor pirotecnia. La combinación del espectáculo de seriedad temática con momentos hilarantes de situaciones que nos llevan a las novelas de Carl Hiaasen terminando por conectar con el resto del más escéptico y los 45 minutos del episodio se convierten en un pis-pas. “Estos tipos son la clase de vaqueros fuera de tiempo”, según Jim Mickle, de ahí, la ubicación del contexto de los divertidos años 80. Y que el ambiente occidental, con un “sentido y moralidad que vuelve y se mantiene por los siglos de los siglos”. Algo que demuestra; cual es la especia perfecta para atar este guiso de género. Los diálogos son inteligentes y conmovedores, y de los seis episodios formato garantiza que el espacio se mantenga agarrado y recorta cualquier narrativa larda. No hay mucho relleno, por lo que será muy interesante ver cómo la exhibición de sus dobleces en la segunda mitad. No le hace falta moverse a una velocidad de vértigo, pero los polvorines se establecen para una conclusión explosiva. El espectáculo es sin duda característica de este calibre, con una magnífica dirección de Mickle y el operador de fotografía, Ryan Samul. Así como la excelente BSO del compositor, Jeff Grace. De esta manera, Hap and Leonard se siente realmente como una especie de secuela de la fantástica Cold in July. No sabemos la continuidad de los próximos libros pero quién sabe si Mickle sería capaz de traer al personaje de Bob interpretado por Don Johnson, que sigue siendo uno de los personajes principales en las obras de Lansdale. Empero el espectáculo a medida que va avanzando consigue una gran influencia del tono fílmico de la gran Justified. Al igual que recuerda a una vieja serie de James Garner: The Rockford Files. Donde pasó a ser el detective que estaba de paso de todo, lidiando con los problemas de los extraños personajes que encontraba por el camino y la cutre/hermosa California del sur que descubría en su recorrido. Evidentemente, Hap and Leonard es un sueño hecho realidad. Es un muy buen punto de partida y si el resto de la temporada es tan buena como los cuatro episodios vistos por servidor, posiblemente, estamos delante del nacimiento de dos tipos, con el suficiente currículum, a iconos de gran ficción de este S.XXI. Esperamos plácidamente, mientras suena el buen country de la divertida, explosiva y encantadora Texas. Claro, contando con el elemento sorpresa de algún purista que se haya dejado caer con por bellos parajes de Louisiana, por aquello, de las facilidades fiscales a la producción. Ironías a un lado; Hap&Leonard creo que han entrado por la puerta grande de Sundance. Al tiempo. Nota: 7,8

“Get on Up” (2014)

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En ese viaje donde la cámara conecta con la leyenda del individuo y su testamento: nos encontramos con todo tipo y formas de itinerarios; que son los géneros cinematográficos. Últimamente, la simbiosis Rock&Cine ha encontrado una empática alquimia. Los biopics de aquellas legendarias estrellas del Rock son una caja de bombones, con más peligro que un puma, suelto en Times Square. Bromas aparte. La cuestión es que cuando se llevan este tipo de proyectos, en torno, a una leyenda del Rock hay que tener detrás de la cámara a directores con una gran cultura y pasión por ese estilo. Algo así como los directores más sensibles con el arte y figuras del mismo. Caso de algunos genios de la pintura y demás afines. Sin embargo, en esta ocasión, tenemos la suerte de presentar y comentar un film, sobre una de las mayores figuras musicales contemporáneas —de un sonido único y legendario— que se confabuló en la ciudad de Detroit. Todos Uds. estarán pensando en las grandes voces negras de los 60. Es evidente, no van nada mal encaminados. Y Es que no todos los días podemos ver en la gran pantalla del Led, un film del padrino del Soul, el inefable James Brown. Película que cuenta en su producción con el favor del gran Mick Jagger  —en otra de sus múltiples facetas— y el reputado productor Brian Grazer. Jagger, anunció a bombo y platillo que estaría encantado, de realizar un biopic, de una de las figuras musicales, que más ha influido en su estilo musical.  El elegido para dirigir el interesante biopic de James Brown fue Tate Taylor que, alcanzó la fama, con la adaptación de la novela “The Help” (Criadas y Señoras) en 2011, todo un éxito de taquilla y crítica. Por cierto, este año nos llegará con otra película que viene con la vitola de gran novela “La chica del tren”. Bien, de vuelta a Get on Up, siguiendo el guion de los hermanos Butterworth (Fair Game y Edge of Tomorrow). Taylor nos propone un ejercicio de acercamiento al interior y la naturaleza más humana del mito Brown: el padrino del Soul.

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El film se abre con James Brown bajando de una camioneta Pick- up en dirección a una correduría de seguros. Engalanado con un chándal verde —supervistoso— de terciopelo. Y entra en la correduría de seguros, dándose de bruces con la empleada de la limpieza, la cual, se lleva un susto de muerte —ya que lleva puestos unos cascos con la música de Brown— cuando observa, que quien tiene delante de él; es el mismísimo James Brown. Se dirige a ella, en un estado de narcosis considerable. Coge el pasillo directo que le lleva hasta el WC. Del WC sale una mujer blanca madura y cierra la puerta. La puerta la abre JB y comienza a maldecir a la persona que ha utilizado su WC. Sale del local y vuelve a la Pick-up para descolgar una escopeta repetidora. Entra en mitad de la pesadísima charla sobre la venta de seguros, dada por un coach de asesoramiento. La cosa como el que no quiere, es que, entre el colocón que lleva la estrella del Soul y su monólogo, en torno, a los apretones intestinales, de un domingo cualquiera en la placida Norteamérica. Nos vemos una escena entre lo desternillante y lo patético; más propio de uno de esos soliloquios de un film de Tarantino. La platea de oyentes se sonroja al escuchar las palabras de JB y, a la vez, sienten el pánico como recorre sus carnes. Brown sigue insistiendo, en su discurso, balbuceante, sobre los dichosos apretones mañaneros. Cuando de repente, la escopeta se dispara y el cartucho hace un boquete enorme, cayendo un gran trozo de escayola.

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Todo el personal que estaba temblando sobre las sillas; se echa al suelo. Brown sigue con su movida y ahora le da vueltas al asunto por lo que le costara el desliz del disparo y su reparación. Luego se revuelve contra el personal y pregunta en voz alta —¿quién se ha ciscado en mi WC? Entre sollozos y lágrimas, la mujer que había salido del WC—un par de minutos antes—confiesa que ha sido ella. JB le dice que no la va a matar, incluso se arrodilla y la da la mano para que se levante y se asiente. Comienza un nuevo discurso —flipadísimo— sobre la actitud ante la vida y el arrepentimiento. Termina la frase de un modo lapidario con un: Yo, soy James Brown, y, además, hice lo debía de hacer en mi vida, cambiando el devenir de las cosas. En esos cinco minutos de película descubrimos un material, entre lo surrealista y lo genial. La arrolladora lección de magisterio interpretativo del actor Chadwick Boseman (42, Lincoln Heights, Justified) llega por momentos, a pensar en los documentales sobre el auténtico Brown y su manera de hablar. Una joya de actor que se mete en la piel de la pantera de Carolina del Sur. Alguien podrá decir que es lamentablemente cochambroso y puede que esté en lo cierto. Pero esto es un biopic Sres-as… El personaje deja bien claro cuáles son sus sentimientos y su manera de vivir: su música. El Soul fue él. James Brown era una locura.

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Un tipo que llegaba hasta el final y no le ponía reparos a lo que pretendía.  Taylor apuesta por una narración, tan de boga, por la ficción televisiva: flashforwards y flashbacks. El recurso de ir hacia delante en el tiempo y hacia atrás, haciéndonos entrever la difícil infancia de Brown, se dan cuenta y, puede hacernos entender, de donde provenían esa fuerza y rabia. El viaje rebobina hacia atrás para describirnos al pequeño James. En ese medio rural de Carolina del Sur donde James Brown convive con un padre adultero y alcohólico Joe Brown (el británico Lenie James Snatch: Cerdos y diamantes o Walking Dead) o Susie Brown (la siempre solvente Viola Davis nominada al Oscar dos veces por Doubt y The Help). Además, de una madre prostituta que los abandona. Estos viven en la más absoluta indigencia y la miseria de la vieja América profunda, una época donde la IIGM condiciona todo. Vestido con unos pocos harapos, en una choza del bosque, convive junto a sus violentos padres. No tardará en ponerse a trabajar en un prostíbulo, donde comparte una cama pequeña con un tipo llamado Big Junior, de una obesidad descomunal. Este tipo aleccionó al pequeño James Brown en el enredo y la oferta comercial del burdel donde pernoctaba a los soldados de permiso, que se dirigían como conejos a un campo de zanahorias. La situación del pequeño James Brown fue lo más parecido a un relato Dickensiano. Abandonado por su padre y al lado de su madre en un burdel, donde se ganaba la vida con la visita de soldados que volvían de permiso de la IIGM. Aquel prostíbulo lo manejaba una Madame. Ésta, le gustaba el chaval, su brío y arrojo, en su manera de trabajar (atrayendo a los soldados hacía su casa) y lo mimaba con buenas propinas.

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Empero Brown tenía un don que le lleva un día una iglesia, y, en mitad del éxtasis de los participantes, a modo de un clásico espectáculo, del film de los Blues Brothers; ve como un carismático predicador que le trasmite el espíritu del sonido góspel y la pasión por el baile. El viaje nos lleva a Brown a 1949, con un plano que se aprecia como el chavalín bailón, ya es un joven de 17—que rompe la ventanilla— de un coche, para robar una americana. La policía lo persigue y termina en el calabozo de la comisaria del condado. A la espera de que sea internado en una prisión/reformatorio junto a otros de su edad. La ley de entonces, en Carolina del Sur permitía llevar a una persona mayor de 17 años a la cárcel. La situación del joven pintaba muy fea, pues, como mínimo le caerían 4 años y una posible remisión de la libertad condicional, si mantenía un buen comportamiento. En uno de los descansos del correccional se organiza un pequeño concierto de Gospel/homilía, donde, la casualidad de las casualidades, JB entra en contacto con su mano derecha a lo largo de su carrera musical, Bobby Bird (Nelsan Ellis/True Blood). Prosiguiendo con la narración, nos encontramos con un momentazo para todo devoto del Rock: el minuto, donde el albur hace que Brown conozca a Little Richard. A partir de ese instante, el film toma una velocidad de crucero donde veremos el ascenso de esta estrella a lo largo de los 60 y como se convierte en una superestrella mediática llegados los 70 en medio mundo.  Puede que no sea la magnífica Walk in the line (2005) de James Mangold, pero Tate Taylor consigue una buen tempo narrativo. Una ligera reprimenda sería la historia en sí, los bien contada que esta la primera parte. Todos los insertos, la salida y entrada de los personajes.

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Después en la segunda parte, ahí vemos, como el metraje tiende a la pesadez y la reiteración de determinadas actuaciones o tics del propio Brown. A pesar de sus más de dos horas, amén, del terrorífico error sobre la verdadera repercusión en la vida musical y el estrellado del manager de Brown; Ben Bart. Un personaje interpretado por el siempre interesante Dan Aykroyd. Y es que, sobre la relación personal con el propio Brown, pone de manifiesto una especia de karma muy paternal de Bart con Brown. En el film se deja entrever que JB llegó a estar en el funeral del mismo Ben Bart (con un afligimiento terrible) en un cementerio judío. Un asunto que los familiares de Bart han criticado con ahínco, a la productora del film, pues James Brown jamás estuvo en el sepelio de BB. (Aún más, a sabiendas, de que uno de los personajes, que está detrás del film; es Mick Jagger). Bien, con esos defectos y otras grandes virtudes: el montaje final del producto sale victorioso, gracias a una excelente banda sonora rematar costuras que se han quedado fuera de la sarga, mencionada anteriormente, final. Una música donde suenan los mejores temas de este portaaviones del escenario. Afortunadamente, la dirección artística del film es modélica, algo muy cuidado en los biopics con buena producción. El viaje del padrino del Soul por seis décadas— de los 30 a los 80— es un gustazo y toda una lección de dirección de fotografía. James Brown es el producto, de una vida fingida, entre la desgracia del precio de la orfandad y el hecho de su reconocimiento como una de las grandes influencias dentro del Rock&Roll. Mayores son los aciertos que los defectos de un individuo —nuestro James Brown del cine— el maravilloso actor Chadwick Boseman lo borda. Siempre he dicho que los actores de color son mil veces mejores que los blancos norteamericanos.

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No quiero decir con esto que los blancos sean malos actores. Pero las cartas con las que juegan la partida no son las mismas. Algo de esto suena por la corriente del río con las últimas nominaciones de los Oscars a mejores actores y actrices ¿Racismo? En fin, no quiero meterme en este charco, pero hay mucha tela que cortar con todo lo que pasa con la población de color, de un gran país, donde su presidente es afroamericano. Lo dicho, contemplar la interpretación de canciones míticas, en la voz de Boseman es una delicia. Temas como “Caldonia”, “Please, please, please”, “Super bad”, “Try me”, “Soul power”, “Get up” (I feel like being a sex machine). Alucinante. El sonido es perfecto y lo dicho, el film es sensato y coherente con una figura de la historia de la música negra esencial. Referencia legendaria de cientos de bandas de los 80, 90 y este siglo XXI. Magnífico retrato socio-cultural de un tiempo compulso en la historia de los EE.UU son las vinculaciones del propio JB y el debate racial, así como el conflicto bélico de Vietnam y el parricidio del Dr. Martin Luther King tras su pérdida. Subidas y bajadas de un genio, que murió como lo que fue toda su vida: fuego y ritmo. La asepsia con la que se ha dejado fuera los aspectos más oscuros, del personaje y constante relación con la violencia de género. Todo ello bajo el efecto de drogas realmente poderosas y demoledoras que hicieron mella en el astro. Un film recomendable que no pude ver el cine y afortunadamente el Blu-ray da buena fe de que la tecnología cinematográfica tiene mucho futuro. Lo dicho, a los amantes del Soul y su figura pasaran un rato de lo más ameno y entretenido. Y aquellos que desconozcan la figura del personaje; es un buen momento para ponerse al día con una de las grandes leyendas musicales de los 60 y el género Motown. Cómo dijo un grande de la música; que sería de ésta sin el Soul. Disfruten con este homenaje, de otra leyenda viva del Rock, Mick Jagger, a este gran artista que fue James Brown.

Longmire (2012)&Graig Johnson

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Craig Johnson (Huntington, West Virginia, 1961), novelista y dramaturgo estadounidense; es autor de la popular serie de novelas protagonizadas por el sheriff Walt Longmire, las cuales, han sido adaptadas a la televisión con gran éxito. Hace ya dos años que el canal de cable A&E, otro de los nuevos satélites del gigante Warner apostó por ello. GJ, reside en la pequeña localidad de Ucross en el estado de Wyoming, donde ha trabajado como docente y agente de la ley. Aislado del mundanal ruido de la gran ciudad vive en su rancho junto a sus perros y caballos. El protagonista, Walt Longmire no es más que una extensión del escritor G. Johnson en todas sus facetas: el solitario amanuense y alter ego del personaje de su obra. Amén, del ser humano que es Johnson. Una particularidad más del clásico estilo americano de ver la vida. Una visión de la vida, que cala entre el lector y el espectador medio del agreste e infinito Oeste de los EE.UU. Hablamos de Western, Noir fronterizo, y ficción criminal. GJ, ya va por la séptima novela de las andanzas del viejo Wyoming. Su personaje el sheriff Walt Longmire sigue, a lo suyo, atando cabos y bebiendo su cerveza favorita: Rainer. Obra editada, por la no menos interesante editorial Siruela. La verdad, que fue una casualidad que acabará viendo el primer episodio de esta serie con maneras muy Sherlockholmenianas. Bien, la cuestión es que me he imbuido en el mundo criminal que pulula por estos lares. Los productores ejecutivos, Crhistopher Chulack, John Coveny, Hunt Baldwin, Michael M. Robin y Patrick McKee tuvieron la brillante idea de trasladar a New Mexico el contexto geográfico para aprovechar la infraestructura de rodaje que mantienen en aquellos parajes. El resultado no puede ser más notable, haciendo de las estribaciones montañosas de la Sierra de la sangre de Cristo, las idílicas cordilleras de Absaroka (Wyoming).

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Walt Longmire está interpretado por un actor australiano, Robert Taylor —todo haya que decirlo— es muy bueno (Matrix, The Fighter, The Unit y etc.) Se le nota que pone el acento del Medio Oeste y sale de apuro con nota. No tiene teléfono móvil, ni parece que esté por la labor de pedirlo para estas navidades. Es muy difícil ponerse en contacto con él. A menos que le suceda algo, a quien esté muy cerca del personaje. Su pequeña comisaria del condado cuenta con tan sólo cuatro oficiales, para cubrir una extensión aproximada a Extremadura. La oficina del retén está coordinada, por la eficiente secretaria, Ruby (Louanne Stephens). La serie arranca un año después de la muerte de la esposa del sheriff, WL en Denver donde estaba recibiendo tratamiento para el cáncer. Después del funeral, el sheriff Longmire  se encerró en sí mismo. Un duelo silente y desterrado en su remota cabaña. Espacio de tiempo, en el que joven ambicioso, puntilloso y rico ayudante Branch Connaly (Bailey Chase, Damages, Salvando a Grace), se ha posicionado como uno de los candidatos a las nueva elecciones para  sheriff del condado. Cuando nadie espera la aparición de WL, los oficiales Fergurson “Ferg” (Adam Bartley) y Victoria “Vic” Moretti Katee Sackhoff, (Battlestar Galactica y las crónicas de Riddick) — un joven y atlética chica que no hace mucho llegó de Philadelphia a Absaroka—informan de la muerte de un hombre en la montaña. Todo el mundo esboza una sonrisa, excepto Branch Connaly cuando Walt Longmire  reaparece en la oficina. Su hija, Cady (Cassidy Freeman), ha llevado la doble carga del luto por su madre y la comezón del estado anímico de su padre. Durante ese periodo de tiempo se han distanciado. Pero es la primera en entusiasmarse al verlo salir del atolladero y recomponer su vida. Ella se ha ganado una buena carrera como abogada de una prestigiosa empresa local. Necesita sentir la cercanía de su padre. Volver a ser el hombre que cuida de la villa de Absaroka. El sheriff comienza a indagar y las pruebas de balística dan con un affaire curioso. Se va hilando una trama que dará con una vieja venganza con forma de rifle de coleccionista del siglo XIX, un Sharps del calibre 45/70.

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Luego, está el problema de la reserva y la jurisdicción del condado  que coincide con las tierras de nativos americanos. Pues la competencia de los asuntos dentro de ese territorio está gestionada por la policía tribal. Así que con frecuencia el departamento del sheriff debe de  trabajar con ellos. En más de una ocasión, chocan los intereses de unos y los otros. El jefe de ese cuerpo es Mathias (Zahn McClarnon)La desconexión de su agenda y jurisdicción requiere con frecuencia la presencia del jefe de la tribu, Jacob Nighthorse (A Martínez). Afortunadamente, el mejor amigo de Longmire y miembro de la tribu es Henry “Oso Permanente” (Lou Diamond Phillips La bamba, arma joven etc) —ex boina verde—, siempre en contacto, entre una comunidad y la otra. Henry está casado con una india Cheyenne y regenta su garito de copas: el Pony Rojo. Allí, conoce y trata con un montón de gente que se deja caer a tomar un trago o cualquier tentempié. De algún modo, es el búho que observa todos los trapos sucios y devaneos, que se cuecen por la ciudad y la reserva india del condado. Podríamos definirlo como un eventual Watson nativo americano. Los hilos se van engarzando hasta relacionarse la venganza del asesinato con un asunto de prostitución. Diálogos irónicos, de Longmire y Henry. Así, como las frases sutiles entre la secretaria y el jefe. En ese papel tan habitual de las clásicas novelas policiacas. Longmire es un tipo reflexivo, se toma su tiempo y es un observador de primera. El guion está bien escrito, pues en gran medida Johnson colabora en él. Sólo queda la duda del propio WL, si será capaz de encerrar a sus propios demonios que lo atenazan. Cómo se aprecia en el despiste de la carretera con su viejo Bronco, saliendo por su propio pie. Un golpe de suerte, tras recorrer un montón de kilómetros para dar el pésame a la viuda del fallecido en la montaña.

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Un momento, muy emotivo. Salé triste y afligido. Su pensamiento vuelve a la pérdida de su esposa. Afortunadamente, emerge airoso con ese gesto entre el Tom Selleck de Magnum y un Dennis Weaver, en plan McCloud. Todo desde esa vis de un lirismo y celosamente lacónico que hacen de él, un tótem Made in Usa. La investigación nos llevará hasta el mundo de las tiendas de segunda mano, la prostitución, los ranchos de ganado, el tráfico de drogas y demás problemática que acechan lugares tan remotos donde el crimen se camufla entre caras bondadosas. Los creadores de este entretenido producto, en el fondo, han logrado ese aroma de los viejos westerns de Hollywood y sazonarlos con los procedimientos criminales de la clásica TV de detectives e investigadores privados de los 70. Saltándose el código episódico, pues cada capítulo es un caso a resolver. La mejor lectura sobre “Longmire,” tal vez sea la fidelidad a los textos de Graig Johnson. Igual que Justified, lo es a Elemore Leonard. Dando por hecho que Leonard esta tres peldaños por encima de la prosa del bueno de Johnson y Justified es más cínico, por ende más kármico. No por ello, ninguno de los dos desprecia la esencia de Conan Doyle, en un territorio virgen y salvaje de la América profunda rodeada de esos pequeños pueblos donde nunca pasa nada y siempre hay algo. Los ecos de Twin Peaks y Fargo se sienten en los tímpanos. Lento pero seguro, con la fiabilidad de un bourbon, reposado y suave. Longmire ha sido cancelada por el canal A&E cuando tenía una audiencia de más de tres millones de espectadores en su tercera temporada. Las críticas llegaron hasta noticiarios del prime time. América tiene sus reglas y la gente quiere al Sheriff. Son las cosas que suelen escribir gente sencilla o fácil, como algunos gustan denominar. Ah! y no se preocupen, que en el país donde más fe tiene la gente, a veces, funciona. La serie Longmire ha sido comprada por la todopoderosa productora del Streaming Netflix. Próximamente, habrá cuarta entrega. No se fíen de las apariencias, mi abuela me lo decía; el que no llora, no mama… Nota: 7,2