Feud (2017) “Hollywood Decrépito”

r9SSeTSksoKhy8SRhGcsbJcVScX

Podríamos estar hablando horas y más horas, en torno, a las biografías de las icónicas actrices del siglo XX. Afortunadamente, de las muchas que han existido, tenemos la suerte —en esta ocasión—, de contar con la presencia histórica de dos divas del Hollywood dorado: Joan Crawford y Bette Davis. Y redundando, en la propuesta, parece irónico que tenga que hablar de ellas aquí, y, no en ese lugar, donde ya saben Uds., que acostumbramos a realizar nuestras crónicas tan sui generis. De repente, nos encontramos con el chico de oro de la ficción norteamericana, Ryan Murphy. Nuevamente, en la productora que lo ha hecho mundialmente reconocido, FXNetworks. ¿Qué puede decirse de este creador, que no se haya dicho, en toda la webesfera? Poco más, que no sepa este mundillo, sobre l´enfant terrible de Indianápolis; exagerado, excesivo, socarrón, macabro y retorcidamente cínico. Empero, con mucho talento. Lo dije, aquel día que filmó, una de las mejores joyas de la TV, “Nip/Tuck” (2003). Evidentemente, sabe a lo que juega y lo que pretende: entretener en la pantalla pequeña con presupuestos de cine. Feud (2017), tal como suena, es una legendaria historia sobre una enemistad, cuasi, divina y de proporciones cercanas al cainismo más bíblico. Aunque esto, tiene un toque más cool. Estamos en Hollywood, no lo olviden. Un producto suculento, donde se atisba, una propensión exuberante de la exaltación del deseo y la neurosis. Una pelea constante, donde la revancha: es la aniquilación de tu alter ego. Regocijo y horror en el estudio. Mientras, la insolencia de Murphy, navega en la gran broma, de la subyugación de los corazones yankees, donde gravitan ellas: dos divas de finales del S.XX. Jessica Lange (Joan Crawford) y Susan Sarandon (Bette Davis). Bajo mi punto de vista, mucho más cómoda la Sarandon, ya que físicamente, tiene unos rasgos más cómplices, a su canibalización, con la Davis. Su partenaire, Lange, de una belleza felina y eslava, recordemos ese primer plano de ella, delante del King Kong (1976) de Guillermin; exquisito e inolvidable rostro. Ahora embalsamada de maquillaje y otras maravillas del equipo Max Factor, que por momentos, tras los baños de Vodka, llega a parecer un guiñol de la auténtica cara de Crawford (Propongo un visionado de esta actriz en la fascinante Johnny Guitar/1954 de N. Ray) y luego hablamos. Sin embargo, ello no es óbice, para comprobar las magníficas interpretaciones, una vez más, en esta nueva serie de Murphy. Dejándose la piel como contendientes perennes, en pleno apogeo, de la decrepitud personal de ambos íconos, de un Hollywood irrepetible. Un lugar con el mayor número de divinitys por m2, que jamás un milenial hubiera imaginado. Una visión más introspectiva de la flaqueza del ser humano; cuando la edad se convierte en tu peor enemigo. Feud arranca en 1978, con el pretexto de la filmación de un documental acerca de la enemistad entre las míticas actrices —un mecanismo narrativo que subraya el concepto de Murphy, en todo show—, en pleno despliegue mediático por la reavivación de sus carreras. Olivia de Havilland (Catherine Zeta-Jones) magnífica interpretación de reparto y Joan Blondell (Kathy Bates), como nos tiene acostumbrados, a lo largo de sus apariciones de la franquicia AHS.

Bette is Sister Crazy- Foto 4

De repente, se escucha, una frase genial de OdH, “Las peleas no sustentan en el odio, si no en algo más hondo, el dolor”. Saliendo el plano de su cara, en un prolongado flashback, que alterna con la década de 1960; Joan y Bette están enfrentadas estratégicamente, por dispersos y personalísimos intereses con la Warner Bros, y la falsa apariencia de una deuda moral con Jack Warner —nada más lejos de la verdad— concretamente, en el dinosaurio JW, protagonizado por (Stanley Tucci). Portentosa lección del oficio teatral de un actor impagable. Además, de ser uno de los últimos patriarcas del desvergonzado y viejo Hollywood, que ve su estudio como una especie de establo o burdel, animando la obsesión de cada estrella contra la otra, disfrutando como un niño,  en medio de la disputa por los papeles selectos. Así como, su aprobación tácita. Crawford y Davis, llegan a dar, —tal semejante escala— de subordinación laboral y vital, de esta sociedad dónde esos otros, que no vemos, pero, ven en ellas: un modo de nutrición de complejos personales. Decálogo sutil de un maniquiesmo letal. Plasmados en la inferioridad suplementaria que requerirá —probablemente para siempre la asunción, de la culpa—, en particular, la hija de Bette, Barbara Sherry, interpretada por (Kiernan Shipka), algunos la recordarán como la hija mayor de Don Draper en la obra de arte, Mad Men. En el caso de Joan, la maternidad no fue biológica, pero la adopción le trajo unos cuantos disgustos con su primogénita, Christina. Y es que, volviendo a la figura de Joan Crawford, en términos generales, fue la estrella más grande, atractiva y descomunal de la historia del 7º arte. Había sobrevivido al periodo del primer cine mudo, y, gracias a una voz suculenta y con brío, transitó al páramo del sonoro, sin problemas. Cosa que a otras divas de aquella época no consiguieron; Clara Bow, Mary Pickford, Mirna Loy o Lilian Gish. Impresionante recorrido de bailarina flapper a decadente figura del terror gótico de serie B. En el primer episodio, se nos pone al corriente, de los acontecimientos, en el mismo instante que Marilyn Monroe va a recoger su Globo de Oro, “por Faldas y a lo loco” (1959) de B. Wilder. Crawford, bien cocidita de Smirnoff, hace un comentario demoledor, sobre los senos de la rubia californiana…Dejando entrever, el chascarrillo de turno, en torno, a que ambas fueron amantes. Bien, concluyendo esta línea argumental, las películas de Joan eran a menudo más directamente espeluznantes. Posiblemente, por esa mirada que congelaba la pantalla y dejaba al espectador petrificado por una belleza, entre lo andrógino, racial y artificial —ex profeso— vía cirugía plástica. Una reina que salió de Texas a por un sueño y lo conquistó. Por el contrario, las películas de Bette Davis, de un modo más ingenioso habían subsumido su propia vistosidad. Pues, hablamos de la actriz pre-Actors Studio, técnica y personalidad pura (10 nominaciones a los Oscars y dos estatuillas, como mejor actriz) en una especie de siniestra respetabilidad. Eso, lo sabía su rival, que sólo consiguió tres y una estatuilla. Volviendo al rodaje que sirve de nexo para narrar toda esta serie y el resto de personajes.

Feud- Blanche in Movie Foto 2

No podemos pasar por alto, el director del film, un clásico del oficio, Robert Aldrich. El actor elegido para su recreación no ha sido otro que el británico Alfred Molina, que ha estado a un nivel altísimo. Aquí en el papel del cineasta, que rodó, una película de culto, una obra mayor con un presupuesto de serie B, que se convertiría en un éxito gigantesco y acabaría por conseguir una nueva nominación al Oscar de Bette Davis. Observaremos capítulo a capítulo como la presión del rodaje, el dirimir con los egos de ambas estrellas y de enlace con Jack Warner terminará con su matrimonio.Volviendo al rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? Aquellos días, de trabajo, en el estudio fueron una zona de guerra. Bette Davies es unos pocos años menor que Joan Crawford, lo que enerva la contienda por el orden de papeles, ubicaciones, quien tiene los mejores diálogos, los mejores detalles con el set de rodaje, si Pepsi o Coca/Cola. Joan Crawford se casó con el dueño de Pepsi-Cola y enviudó. Algo que la convirtió de la noche a la mañana en una especie de Ceo de la empresa. No había sitio —que pisara— en donde, no sacase algo relacionado con el merchandising de la marca. El asunto fue a más en el rodaje y la Davis, sin temblarle la mano, al segundo día de rodaje puso una máquina de Coca-Cola enfrente de la suya. Los cuatro primeros episodios son los más atractivos y donde Feud —deja a uno con mejor sabor de boca— con una dinámica narrativa que hereda los mejores artificios de la espléndida The Sopranos (1999). Otros personajes que no se pueden dejar fuera son las columnistas/alcahuetas del Hollywood más Underground. Hedda Hopper (Judy Davis) y Louella Parsons fuera de la pantalla. Nadie está exento a estos amarres del sálvese quien pueda y detestar a la vez. Carne del higadillo pura y dura. La ayudante de dirección y Script personal de Robert Aldrich, Pauline Jamenson (Alison Wright) The Americans. Curiosa anécdota, pues la auténtica, PJ fue una actriz con un recorrido interesante.  Cada vez que aparecen sus cejas, te quedas pegado a la pantalla, pues, es uno de los rostros más inspiradores de la nueva ficción televisiva. Bien, en este rol, que la licencia creativa de Murphy se permite: nos presenta a una mujer, en busca del sueño, independiente, por ser directora de cine. Algo que propia Crawford, le remarca; ¿quiénes somos nosotras en este mundo sin dinero? Nadie. Pauline, le recuerda a las grandes pioneras del cine mudo, D. Arzner y L. Riefenstahl. JC, se llena una copa de vodka y sigue jactándose del sistema y la serpiente capitalista. “El cine mudo era de juguete, no costaba dinero, como el cine que hacemos ahora. Hollywood es un monstruo que sólo quiere dinero, más y más.” Un depredador de cartón-piedra insaciable. Incluso, el discurso de R. Aldridch no le queda muy alejado del que transmite la Crawford: “mujer esto es una cadena sin fin, no vayas con esa postura por estos lares.” Además, de recriminarle —con tono paternalista— su posición privilegiada, como asistente personal. Por cierto, Aldrich, se deja caer un affair con Bette Davis y una gran lista de amoríos que tienen hartísima a su esposa Harriet Aldrich (Molly Price).

Feud-Aldrich&Warner Foto -3

De algún, modo Murphy, reivindica la igualdad de sexos, derechos y remuneración. Intenta denunciar a una industria misógina y hostil con las mujeres. Puede que la forma de manifestarlo sea demasiado amable. Pero ahí lo deja caer. Crítica la sátira —de esa inculcación— de una cultura salvaje, donde el capitalismo, es el arquitecto de un sistema que enfrenta gargantas contra gargantas. Hay una escena magnífica que pone de relieve esa situación. Cuando se lleva a cabo la pool delante de la prensa para la formalización de los contratos y, a renglón seguido, la gresca por la ubicación de los nombres en los créditos del film. Obviamente, la desvergonzada y caustica visión de Murphy, hasta este estadio es embriagador, ya que no sólo imprime la leyenda de lo mítico o el chascarrillo, sino esa idea, que es el sello de su factoría. Cómo lo hizo en la magistral The People Vs O.J.Simpson. Siguiendo una tonalidad que ya consiguió con el gran elenco de actores de la citada serie, aquí vuelve a alcanzar ese plus de brillantez. En este contexto, es lógico que la imaginación empática de Murphy gravité en: BetteVsJoan, lo que es igual Jessica LangeVsSusan Sarandon. Todo un suculento ardid —muy propio de esa cultura divinizada Pop 60,s— que sirve para distraernos, de cuánto podemos falsear, nuestra propia jerarquía social contra nosotros mismos, guardándonos, el sojuzgar a los vecinos con pequeñas distracciones. Generalmente, las vidas sexuales de los ricos omnipotentes y celebritys —quienes son revelados por Murphy— pues, no puede evitar el karma compulsivo de los mismos defectos. Tal es su superstición personal, que no se olvidó de su actriz fetiche personal, la siempre elegante, Sarah Paulson como la gran dama del teatro Geraldine Page. A la que muy bien, embaucó Miss Crawford, junto a la hermosa Anne Bancroft (Serinda Swan) en la noche de la entrega de los Oscars de 1962. Davis pierde y el Oscar es para la Bancroft (que en su lugar, es recogido por Crawford, leyendo una nota de agradecimientos). JC pasa de puntillas con la estatuilla por delante de una Davis enfurecida, al lado de una O. de Havilland que no salía de su asombro.

Feud-Joan&Bette Foto 1

 

Feud es un cuerno de oro de una sociedad, donde la riqueza bullía, como en el mundo de la maravillosa Mad Men “Un lugar donde la verdad miente”. Pero ese cuerno comenzaba a presentar serios daños estructurales. Hollywood tiene un nuevo enemigo llamado TV. Aunque, no sea muy dañina, ya que ese negocio está en la Costa Este. Los sapiens del viejo Hollywood se apolillan y mantener los lujos se hace una ardua tarea imprescindible. Un aroma a decrépitud naftalínica va haciendo mella en la atmósfera.  Las nuevas generaciones puede que observen a estas reliquias de antaño —como lo que son— fotografías en blanco y negro en mundo utópico. Empero, para otros muchos, son hermosos talentos que ennoblecen la pequeña pantalla. Susan Sarandon y Jessica Lange relucen el nuevo OLED coreano del salón de casa. Una presencia omnipotente y adictiva. Ambas retratan la increíble vulnerabilidad e implacable determinación de dos actrices irrepetibles: Davis y Crawford. Dos mujeres que puede que fueran obligadas por aquel Hollywood a competir en papeles similares; que yacieran humilladas por las pocas opciones que le dejaban, abuelas de estrellas del Rock y poco más. Tuvieron que hacer público el olvido del fracaso personal. Ante semejante zarandeo y castigo sólo les quedaban sus grandes mansiones solitarias de Beverly Hills. Ahí, tumbadas en la chaise longe, rodeadas de botellas de vodka y suscripciones caducadas al Variety. Mientras las amas de llaves, confidentes y porteadoras personales, como “la Mamacita”—particular— de Crawford,  en el papel de Jackie Hoffman. No es la primera, ni la última mujer que doblegada desde el misterio de su nacimiento, consiente y dirige el crepúsculo de esas diosas. Al son de la notas de Mac Quayle, mientras aparece la cortinilla de presentación del episodio de turno: un hermoso de homenaje de Mr. Murphy al genio de Saul Bass. Bienvenidos al feroz y viejo Hollywood. Nota: 7,8

 

115 anniversary of Jean Negulesco

jean-negulesco16

 

“Jamás he dejado de ser un niño: cada día que me despierto disfruto más” Jean Negulesco (23F/Ro-18Jul/Spain)

Johnnie Ray, el llanto desdichado

Foto 1 johnnie ray_singing_546331

 

Johnnie Ray fue una figura de la música pre-rock en un periodo donde todo era monoarual. Al igual que otras estrellas blancas fue un intérprete entre lo rebuscado y el adolescente vaporoso de algodón. Sus azucaradas baladas, muchas de ellas, auténticos himnos teen de los 50, todavía, se pueden encontrar en acetatos envueltos entre fotos de boda de algún papá de la primavera de Praga. Dicen que todo ese fenómeno —que rodeaba al genio de JR— era la maldición de una triste alma india. Aquel apuesto joven de Oregón llevaba, en sus venas, sangre de la tribu Pies negros. Obviamente, dejando a un lado el tono caleidoscópico, en torno, a su persona: la cosa era más dura de aceptar. Johnny Ray sufrió un accidente durante la adolescencia que le dejó sordo de su oído izquierdo y tuvo que llevar un sonotone desde los 14 años hasta el final de sus días. JR, acabó siendo un chico retraído, solitario y muy tímido. Tan solo la música de Billie Holliday, Kay Starr, Ivory Joe Hunter, Jelly Roll Morton y W.C Handy le abrieron su autoestima; un prurito apasionado por el R&B y un camino a seguir. Ese vivero de exquisitas influencias le trajo más de un problema para actuar en locales de medio pelo. Los dueños siempre le espetaban: “oye chaval, es que… eres demasiado raro para tocar aquí”. Finamente, en uno de los interminables garitos a los que llamó a la puerta, dio con el Dj. Robin Seymour y no se lo pensó dos veces. Le presentó al productor Danny Kessler, el cual, se quedó patidifuso con lo que escuchó y vio en primera persona. Firmando su primer contrato con la CBS, para dejarlo en el sello filial, Okeh Records. Aquella franquicia estaba dedicada a la producción de artistas negros y fue con esta productora, donde se grabó el mítico “Cry”. En 1951, JR, era el número uno en las listas de R&B. Canción de corte almibarada y muy emotiva, la cual, le permitía en sus conciertos realizar un directo psicodramático, entre sollozos y convulsiones que terminaba llorando junto al respetable. El tema corrió como la pólvora y el público blanco descubrió a un nuevo ídolo.

Foto 2

 

Las chicas y chicos de aquella época se fueron a la tiendas a comprar el disco con una voracidad feroz. Vendió tantos vinilos, que el tema estuvo como número 1 en las listas oficiales del Billboard, durante 11 semanas consecutivas. Y no solo eso, sino que la canción que estaba en el Top 2, era “The little white cloud that cried”, la cara B de “Cry”. JR, se había convertido en un héroe de masas. Muy por encima del rey de Mississippi. Los teatros rugían, repletos de adolescentes de ambos sexos que mataban por tocarle y arrancarle algún jirón de la americana para llevársela como recuerdo. Los padres de media Norteamérica vieron en el pávido Johnnie Ray una amenaza. El “príncipe de las lágrimas” era tachado de enemigo público entre los sectores más conservadores y reaccionarios de la vieja América de los 50. CBS le subió de categoría e instó a que grabase covers de Cole Porter y similares. Llegó el show de Ed Sullivan y las actuaciones en el espectacular Copacabana de New York. JR, siguió en sus trece. La música negra era su alma mater y no se pudo resistir a grabar el cover de The Prisionaries, “Just Walking in the rain”, todo un pelotazo bajo su autoría. Hasta Hollywood se rindió al encanto del crooner, el corazón de las teenagers de la ingenua América que saludaba a otro icono del Séptimo Arte, Marilyn Monroe.  Evidentemente, no tardaron en llamar al chico afable y tristón al musical “Luces de Candilejas” (1954), dirigido por el inefable Walter Lang. Allí, compartió cartel con la rubia de L.A. Eran muy buenos tiempos para el bueno de Johnnie Ray, el público lo quería. ¡Demonios!, lo adoraba. Años donde se le vio acompañado de un modo cariñoso junto a la periodista Dorothy Killgallen (personaje que daría para un tesis sobre periodismo de investigación de lo más entretenido), que le sirvió de apagafuegos en más de una ocasión al ingenuo de Ray. Incluso, Ava Gardner estaba loca por su música y Sinatra lo detestaba. Pero en el fondo era pura envidia. Aunque, el  destino, fue mucho más caprichoso, con la sarga de todos los aludidos. B. Darin tampoco era de los que se entusiasmaba con el chico del pinganillo. Mientras el mundo continuaba su particular devenir y el artista en su nube particular. Bien, llegamos a un momento crucial en su carrera, el artista se enamoró de un tema de los Drifters, “Such a Night” que se convirtió en una auténtica pesadilla.

 

johnny_ray Fot 3_elvis_presley

 

La canción fue prohibida —ipso facto— en todas las emisoras de radio de los EE.UU, condenada y vilipendiada por una industria musical establecida en la autocomplacencia. La aureola paranoica de la caza de brujas y el anticomunismo a la vuelta de la esquina tachó el tema de obsceno y lascivo. Se la elevó a la categoría de basura underground de fanzines y revistas pornográficas. La prensa del higadillo se cebó con JR acusándole de homosexual y, la mecha encendió la pólvora de radio macuto, cada minuto cien bulos y doscientas trolas. “Que si el bueno de Johnnie Ray era  drogadicto, un pervertido o el mismísimo Satán…” La cuestión es que JR,  tuvo varias relaciones con hombres. De de algún modo escondía su homosexualidad en contexto más que hostil. Nada sospechoso en nuestra sociedad del siglo XXI. Pero en aquel momento, todo un delito en casi todos los estados de USA. Cuando parecía que escampaban los periodistas de las ignominias. De repente, un policía de paisano lo detiene por solicitarle favores sexuales en un bar gay. El juicio fue otro enredo mediático, el cual, acabo con la absolución de Johnnie Ray pues el jurado lo consideró inocente, ya que era más que evidente que JR, había sufrido una emboscada por parte de la policía. Empero, el golpe fue muy duro y decidió no volver al viejo Detroit. El alcohol fue su nuevo amigo. Es curioso, pero el final de la década se atisbaba un nuevo clima de apertura y tolerancia en los EE.UU tras el periodo del Macartismo y el Hoover más paranoico. Desde entonces no levantó cabeza, sus actuaciones se contaban con los dedos de la mano. La lesión de su oído se agudizó y fue intervenido con un resultado desastroso. Sólo las ventas de sus clásicos álbumes en UK y la devota Australia le daban crédito para ir tirando. Ahora las secuelas le afectaban a ambos oídos. Su salud se deterioraba al ritmo de sus viejos éxitos. Una cirrosis galopante iba carcomiéndole el hígado.

JudyJohnnie Foto 4

Pasaron veintitantos años nebulosos, con más grises que día soleados. Durante un  tiempo de su vida, se estableció con Bill Franklin como pareja. Finalmente, BF terminó hartísimo de las sempiternas crisis personales de JR. Su triste carácter, la autodestrucción y la sordera que no ayudaban para nada, en la  reactivación de una carrera,  ya de por sí perdida. Incluso, una Judy Garland más castigada que él, hizo imposible el proyecto de reactivación del artista. O mejor dicho, un buen lío, pues lo que comenzó como una buena idea acabó en una investigación del fisco. Johnnie Ray se vio obligado a pagar una gran suma de dinero, en concepto de adeudos al erario público. La hacienda norteamericana no se apiado ni un ápice del bueno de JR. Cuando el artista había financiado un montón de escuelas para niños sordos. Jonnie Ray estaba muy tocado, a finales de los 80. Ya nadie recordaba lo increíble de su legado. La figura que se erigió como una de las mayores influencias del Rock&Roll. Es más, uno de sus mayores admiradores: el gran Elvis admitía su enorme deuda con él. Y así la gran mayoría de rockers que conocemos de sobra: los pocos de buen corazón. Ahí quedan las versiones de algunos temas maravillosos, en las voces de Billy Joel o Billy Idol. En 1990 fallecía en los Los Angeles. Su hígado estaba afixiado y cansado. Ni el ínclito Hall of Fame le reconoció su grandeza. No hace mucho, en la Serie The Crown de Netflix, quien si parecía sentirse bien escuchando “Cry”; era la joven princesa Margarita. Hay una frase, en una excelente novela, de gran Murakami que dice: “En este mundo existe un tipo de tristeza que no te permite verter lágrimas.” El 24 de febrero de 1990 se marchó de este mundo sin hacer mucho ruido. Descansa en paz, Johnnie Ray.