Los 10 mejores films de 2020

 

1. Sound of Metal

 

2.  The Druk

 

 

3. First Cow

 

 

4. The Devil All the Time

 

 

5. Falling

 

 

6 The assistant

 

7 Tesla

 

8 Ammonite

 

9 Possesor

 

10 Shirley

 

Gangs of London (2020) “la maldad digital del crimen organizado”

La nueva ficción de la segunda década sigue su devenir, entre producciones espectaculares —caso de la que nos vamos a ocupar— y la aparición de nuevos jugadores en el negocio audiovisual, donde la tarta cada vez se estira más y los halcones están ávidos de café. Dirigiéndose hacía una producción de lo más virtual dentro de la webesfera más inmediata —me explico— la nuevas ficciones de 5 a 8 minutos el capítulo; una sutil forma de conseguir espectadores instantáneos: los verdaderos hijos del magma digital, con un resultado de productos, de los más sorprendentes del mercado actual. Drama y comedia siguen siendo el alma mater del entretenimiento y la pasión de un público cada vez más frágil, viendo como sus gobiernos son incapaces de contener o superar retos más cercanos; la durabilidad de nuestra especie: la humana.  Esa, misma, la mía y la de todos Uds. Somos todos esos ciudadanos-as atemorizados, regulados, confinados e inquietos, en una guerra invisible y con un nuevo intruso: el Covid19. Empero, hablando de enemigos invisibles en Gangs of London hay muchos y de todo tipo de ralea. Estamos ante un brillante thriller de acción, sustentado en una tragedia Shakesperiana postmoderna, con todos los ingredientes, para ser una de las grandes ficciones del siglo XXI. La productora de la familia Murdoch, Sky Channel y sus divisiones en Italia, Atlantic, junto al satélite de HBO, Cinemax y la pequeña productora del realizador Gareth Evans (Merantau, The Raid, Raid 2, Safe Heaven y The Apostle) son los encargados de brindarnos un espectáculo memorable. Aquellos ya familiarizados con su filmografía; se deleitarán al ver cómo traducen sus historias de crímenes violentos en su vis más —sui generis— a la televisión de larga duración. Mientras, el amigo Evans, suspira con alivio porque este medio tan singular, no ha atenuado ni contenido su inclinación, por untar su lienzo de enormes franjas rojas de hemoglobina. Gangs of London dentro del —mal llamado convencionalismo— drama criminal y la superposición de secuencias de lucha de artes marciales ultraviolenta; puede sonar a videojuego de pedigrí. Lo es. Sí Sres. Ello no es óbice para que en Gangs of London haya muchos homenajes a grandísimos cineastas; desde Leone, Scorsese a Kitano y Peckinpah.

Gangs of London es un drama familiar donde el crimen se ha sofisticado a unas esferas fáusticas multiculturales. Es una serie muy adictiva, desde el tempo tranquilo, en esos diálogos teatrales, al contraposto de unas escenas de acción fabulosas, creadas, ex profeso por Gareth Evans. Es sin duda; uno de sus mayores esfuerzos y con mejor factura de toda su carrera. Una epopeya familiar, dentro un Londres destrozado por las turbulentas luchas de poder de las pandillas locales con conexiones multinacionales. Todo lo que ocurre en Londres, pasa por ellos, de igual modo que todo lo que pasa en Hong Kong. Claro que no hay mayor desgracia en un imperio que perder a su alma mater; el rey de los malvados. Sin un caudillo, el repentino vacío de poder y el caos que se crea es comparable a cualquier tragedia griega clásica. El jefe de la familia criminal más poderosa de Londres, Finn Wallace (Colm Meaney, una leyenda de la interpretación británica, Hell on Wheels Star Trek o The Van), aparece asesinado con varios disparos en su rostro. Lo mejor de todo es que el Sr. Evans y sus colaboradores han esbozado y perfeccionado un guion brillante desde un videojuego desarrollado por Team Soho y publicado por Sony Computer Entertainment para PSP en 2006. En el videojuego se cuenta la misma historia: un Londres destrozado por las luchas de poder de sus pandillas y el vacío de poder que ha dejado el jefe de la familia de gangsters más poderosa de la ciudad del Bing Beng. Siguiendo la historia que —es obvio le tira lo suyo— a Cinemax. Pensemos en sus últimos proyectos: Banshee 2013, Strike Back 2010 y Warrior 2019. Todas ellas tiene un marcado cariz entre el cómic y los toques pulp. Siguiendo lo planteado inicialmente, es evidente, que alguien de los muchos clanes: lo ha ejecutado. Salpicado de rivales por todas partes y sin idea de quién ordenó el golpe. La familia depende de su hijo, el impulsivo Sean Wallace, y, de la ayuda de la familia Dumani encabezada por Ed Dumani, para tomar las riendas del imperio de Finn. Las pandillas quieren el poder y ejercer su control tras veinte años de reinado absoluto; los dientes se afilan por todos los distritos y barrios de la cosmopolita Londres.

Mientras, Ed Dumani intenta mantener el orden y el consenso, Sean Wallace abre una cruzada para encontrar al asesino de su padre, la cual, causa ondas sísmicas en el mundo del crimen internacional en las calles de Londres. Todo el crimen organizado está en pie de guerra. Desde la mafia albanesa encabezada por Luan Dushaj, la mafia turca, italianos ndrangheta, el cartel de la droga paquistaní, las tríadas chinas, los jamaicanos de las yarkies, los gitanos galeses “col rizada” en sus caravanas y otros elementos criminales mucho más marginales. Entre todo este caos, nos encontraremos con un personaje que se queda atrapado en una hendidura de las familias del crimen: Elliot Finch. Un tipo que hasta ahora ha sido un pobre desgraciado de clase baja que vive con su padre enfermo de alzhéimer. De repente, acaba introduciéndose en  la familia Wallace, creando un montón de incógnitas, entre los más conocidos de ese clan y resto de competidores. Elliot se ve transportado al funcionamiento interno de la organización criminal más grande de Londres. Cada clan tiene sus propios ejecutores y categóricos jefes que están tratando de volver a los negocios después de esta gran muerte, y los señalamientos que se han forjado. Además del clan Wallace y los Finch, hay una banda ecléctica de miembros de la familia, tanto inmediatos como del lado opuesto que desarrolla una saga en expansión. La escena de apertura, donde observamos a Sean incendiando a otra víctima desde lo alto de un rascacielos, de la City, que construyen con el dinero —ya lavado de todas sus transacciones criminales— mientras trata de encontrar información. Nos deja con el pálpito en un puño. Gangs of London a lo largo de los nueve episodios, de esta primera temporada se abre paso entre las diversas grietas del inframundo criminal que ha construido Evans con el coguionista y director de fotografía Matt Flannery. Una pareja que han sido colaboradores frecuentes, en todos sus proyectos, desde sus comienzos. Las secuencias de acción se ejecutan perfectamente, desde las minuciosas coreografías de las secuencias de combate, hasta la perspectiva de filmado y su narración. Un engranaje perfecto.

Mención especial al capítulo número cinco que es un homenaje —en toda regla— a la magistral, Perros de Paja (1971) de Peckinpah. De un poderío deslumbrante y enorme poso épico. Si bien es violencia, no existe por el bien de la violencia, pues, hay consecuencias que vienen con cada acción y una vez que los cuerpos comienzan a acumularse; es solo cuestión de tiempo que la coalición que existe entre las diversas familias comience a desmoronarse. En principio se podría hablar de la serie como un desarrollo coral, donde las tramas se salen del rail y se revuelve para entrar por otra vía del trayecto. Todos son auténticos protagonistas de este gran espectáculo con letras mayúsculas. Las actuaciones en el conjunto global, bien podríamos decir; que ningún personaje lleva la serie sobre sus hombros. Obviamente, hay algunos personajes realmente magníficos que —tienen profundidad y ferocidad, con algunas historias y bagajes muy interesantes—  atravesando la temporada. Caso de Ed Dumani, el jefe de la familia Dumani y el mejor amigo del Finn desde la infancia, durante los últimos años de la difícil década de los 50: “No negros, no irlandeses”. Sus intentos de mantener el negocio funcionando sin problemas, a la ausencia de sus amigos, mientras se aferra a los secretos de un hombre muerto. Intentando controlar a un heredero que es pura cólera y fluctuación: Hay que evitar que Sean siga prendiendo fuego a todo lo que él, que levante sospecha, de ser el hipotético asesino de su padre. Hay que reconocer que el trabajo de Lucian Msamati (His Dark Materials , Black Earth Rising, Taboo y una larga lista de grandes trabajos) es lo suficientemente convincente, en un mundo donde la personalidad de individuo juega un gran papel. La madre de Sean, la actriz Michelle Fairley, nos ofrece una interpretación de primer nivel, como Marian Wallace (GOT, Philomena, Harry Potter o Fortitude) vendría a ser una nueva versión de aquella Lady Stoneheart de Game of Thrones: que nunca vimos, ya que, está envuelta de aura encarnizada de Lady Macbeth.  Se alza sobre todo esto y se muestra como la encarnizada Lady Macbeth cuando el derramamiento de sangre aterriza a la puerta de su hogar. Luego, la mera posibilidad de su hijo, el príncipe Sean, (un Joe Cole que no para, Black Mirror, Skins y Peaky Blinders)— impasible, pensativo y volcánico, invoque al orgullo dela madre herida. Obviamente, su madre es la leona del hogar, una irlandesa, que ante la adversidad no dudará en apoyarse en los mejores guerreros de su tierra para la batalla.

Sean Wallace da un tono de bravuconería melancólica como el hijo que debe de estar a la altura de su padre. Una figura imponente que está en un desorden de prioridades, al que observamos su vulnerabilidad en flashbacks, donde se muestran instantes de su infancia que dan forma a la figura que vemos en el presente. Muy especial es la relación que mantiene con su hermano pequeño, Bill Wallace (Brian Vernel, Dunkirk, Papillon y Last Kingmdon) el heroinómano, aparentemente, débil. Un personaje infravalorado capaz de sorprender a más de un espectador y después, estaría la hermana, el personaje de menor peso que interpreta la actriz Valene Kane (The Fall y Thirteen), Jacqueline Wallace, que está embarazada y trabaja como sanitaria. Nunca se ha identificado con su familia, sin apenas relación con los padres del clan y avergonzada de todos ellos, excepto de su hermano Billy. Y uno de los personajes que más ha impactado a toda la crítica internacional, el aplauso ha sido unánime; Sope Dirisu (Humans y The Halcyon) con su portentosa interpretación como Elliot Finch, tanto físicamente como en su vis más dramática. Una de las grandes bazas del director y creador Gareth Evans. Todo un diamante en bruto. Sope obtiene la mayoría de las escenas de lucha y ver a este misterioso soldado de infantería Wallace de bajo rango inicial, que termina convirtiéndose en la mano derecha de Sean, te agarra profundamente hasta su punto culminante ya en el última capitulo con un final alucinante. Haciendo de todos sus personajes un viaje en la barca de Caronte. Así como en la relación en desarrollo con la hija de Ed, Shannon Dumani, otra excelente interpretación, de Pippa Bennett-Warner (Harlots y MotherFatherSon). Siguiendo con el reparto coral, hay un personaje femenino, que tendría su Spinoff cuando quisiera, maravillosa actuación de la iraní Narges Rashidi (The Girlfriend Experience, Hanna y Spuren des Bösen) como, Lale, militante kurda del PKK que es miembro de la coalición, aunque tiene una historia de fondo interesante, donde se hallan involucrados por una disputa antigua su rival, el paquistaní Asif Afridi (Asif Raza Mir). Otro personaje que te deja temblando es el actor británico/albanés Orli Shuka como Luan Dushaj con su interpretación salvaje y real. Líder de la mafia albanesa que se ve implicado en un affaire con unos mafiosos nigerianos, que Tarantino se quedaría babeando con la secuencia. Empero, de toda esta historia, hay una que me llega al alma, es la persecución y espíritu de supervivencia del jefe del clan gitano galés que interpreta Mark Lewis Jones, como Kinney Edwards actuación grabada en la retina de los espectadores ha sido la de Mark Lewis Jones (The Crown, Chernobyl, Carnival Row y un largo etcétera).

Su corazón muestra un coraje y una tensión dramática de premio a la búsqueda de su único hijo, cuando ve que todos quieren hacerle desaparecer. Son de esos actores británicos que pertenecen a una estirpe del teatro y suelen funcionar en un reparto coral, de un modo excepcional. Hay un miembro de la coalición, la tríada china, que aparece en el primer episodio y luego desaparece durante el transcurso de la temporada. Si bien Asif Afridi está diseñado para ser un personaje a quien temer, se mantiene alejado de la historia durante demasiado tiempo en la parte media y su hijo, Nasir, un futurible alcalde de la gran metrópoli del Támesis (el hindú, Parth Thakerar visto en The Good Karma Hospital) también se solapa entre la cantidad de subtramas del show. Una pena está bastante limitado con su tiempo de pantalla, aunque su historia también tiene un propósito. Otra interpretación de un papel de lo más sugerente ha sido la del personaje Jevan Kapadia, el actor británico Ray Panthaki (Collete, Marcella u Official Secrets) cuyo elemento central en el plano de la historia es sustancioso; algo así como el personaje del Mercader de Venecia. Avaricia y justicia a mi manera. El Houdini del crimen organizado. Obviamente, Gangs of London aplica el drama tanto como el dolor, a veces, pero esto no es tan equilibrado como podría ser. Por un lado, Cole como el jefe de la mafia líder, de la serie en esa postura de todo ladrar y no morder y el desarrollo del personaje es confuso, lo que plantea preguntas sobre su pasado con algunas respuestas bastante dudosas. Lo mismo ocurre con el resto del clan Wallace y sus aliados más cercanos, la familia Dumani, que están marcando los tratos y negocios gordos, flotando entre la carnicería a medida que se desarrolla la trama principal. A ello habría que sumarle una soundtrack fantástica, con una selección de 34 temas espléndidos y que conectan con cada momento del producto. Desde opera a coros de voces albanesas, pasando por el mejor hardrock actual y la electrónica de Dj actuales. En definitiva, toda esa falta de escrúpulos en cualquier instante, solapados de historias desgarradoras barridas bajo la alfombra, el este europeo como el nuevo enemigo bárbaro que amenaza al establishment civilizado y acomodado, y todo el cóctel que tanto nos gusta ver, aparecen en este acorazado que arrasa y genera un disfruté total, a lo largo del viaje de la serie, y aunque me alegro de que haya suficiente para esperar si Evans y Flannery (Sky y Cinemax) deciden hacer otra temporada. Si no me equivoco, habrá una segunda temporada y podremos ver todo el potencial de Evans en la nueva ficción televisiva. Lo dicho, nunca un videojuego, me ha producido tanto gozo, como los gansters de Londres. Nota: 8,5

 

 

Los 10 mejores films de 2019

  1. Il traditore by Marco Bellochio

 

 

2. The Irishman by Martin Scorsese

 

3. Joker by Todd Phillips

 

4. Parasite by Bong Joon-ho

 

5. Light of My Life by Casey Affleck

 

6. Once Upon a Time… in Hollywood by Quentin Tarantino

 

7. The Nightingale by Jennifer Kent

 

8. The Gangster, the Cop, the Devil  by Lee Won-Tae

 

 

9. Midsommar  by Ari Aster

 

10. The Souvenir by Joanna Hogg

 

 

Vinyl (2016) “25 years less and so happy”

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El episodio piloto de la veterana e intocable, HBO, en su incansable búsqueda por la ficción de calidad; nos ha traído Vinyl—todo el mundo sabe lo que significa— un producto, que se definiría en tres nociones: Sexo, drogas y Rock&Roll. Nueva serie que, el canal lleva promocionando, desde el último mes de diciembre pasado; como su gran apuesta por sentar—nuevamente—catedra, en esa máxima, por la libertad creativa de la ficción Made in USA. En esta ocasión, repiten formula con un dueto, bien avenido, de la añorada y magistral Boardwalk Empire: Martin Scorsese y Terence Winter. A este dúo hay que añadirle el morbo de la estrella de los Stones, un gran amigo, del legendario director neoyorkino; Mick Jagger. Obviamente, el proyecto, pueden ir imaginando, que itinerario tomará. Bien, en principio, creo que han acertado: Vinyl es un drama —en toda regla— centrado en el mundo del Rock con ecos a biopic y la mácula del crimen pseudomafioso. No olvidemos que en el apartado de la producción ejecutiva están; Allen Coulter de Los Soprano (1999), George Mastras de Breaking Bad y (2008) John P. Melfi de la sensual Flesh&Bone (2015). Series que se caracterizan por unas virtudes muy específicas. Luego, como concepto, en sí, de su planteamiento: es original. Matizo y pongo el énfasis en el significado de la propuesta. El protagonista del show es el actor italoamericano, Richie Finestra (Bobby Cannavale) presidente ejecutivo del sello discográfico American Century. La primera secuencia vemos al personaje, en una esquina del Soho, al lado de un dealer, dentro de su Mercedes comprando cocaína y desesperado por esnifar el material. Una vez adquirido, comienza el estado de taquicárdico de Finestra, tras la inhalación de un par de líneas. A lo lejos, a través, del cristal las oscuras y sucias calles del barrio. Inmediatamente, el punto de éxtasis del subidón andrenalínico; se observa un abarrotado club de aquel convulso Nueva York de 1973. De repente, está dentro y alucinado con el concierto de la famosa banda de Rock-glam, The New York Dolls, mientras tocan “Personality crisis”. Así arranca el legendario director de Queens, MS, el show. A modo, de deuda personal, transformada en un proyecto entusiasta pero fallido —bajo mi punto de vista— pues, el principal problema con este denso episodio piloto; es que se quiere decir tantas cosas al público sobre la Ciudad de Nueva York en 1973 y de su escena musical, que se olvida de mencionar el porqué central de la historia. En ese entusiasmo desmesurado termina atropellándose de pastiches y tópicos, por momentos mareantes. Vaya por delante, que según relató el mismísimo Jagger, Vinyl era una historia que, inicialmente, iba a ser un largometraje. Bien, la verdad, que no será por metraje, ya que para la presentación de la misma, han contado con 120 minutos, en lo que podíamos denominar: un largometraje en toda regla. Es decir, toda la vieja pirotecnia —de las antiguas películas— factoría Scorsese; recreando con habilidad, garbo, y, el continuo ritmo adrenalínico. Bien, si volviéramos a la esquina del Soho donde nuestro personaje ve caer delante de sus narices el viejo Mercer Arts Center.

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Entre la alucinación y la zozobra de los ladrillos cayendo junto con la vetusta lámpara de araña: el piloto está lleno de adornos gastados, incluso, ya algo reiterativos. A uno, le viene el recuerdo de hace 22 años, la primera vez que vi “Goodfellas” (1990). Es fácil sentirse hastiado, de la reiterada narración, de abertura Made in Litle Italy. La apuesta de la voz en off —el enésimo recurso de cicerone— que la explota hasta la extenuación. Todavía le hace parecer más melancólico que el interés del contexto de aquellos setenta: “Tenía un oído de oro, una lengua de plata y un par de pelotas de hierro”. ¡Pero el problema era mi maldita nariz que era insaciable, aspiraba como un oso hormiguero!  Todos hasta las trancas de polvo cristalino colombiano, fumando, bebiendo Coca-Cola, envueltos en sus llamativos trajes de solapas patas de cangrejo, hablando —espíticamente— sobre de la esencia del Rock and Roll y cómo afrontar sus propias dudas y problemas financieros de la discográfica que dirigen: American Century. El sello muscial está en un punto del disparadero, pues, la competencia tras 20 años en el candelero es feroz. Bromean con sus siglas, llamándola, American Cementery. La única opción en unos tiempos tan complicados para la supervivencia de las discográficas independientes; es que una gran multinacional del sector los absorba. Y es cuando, por esas cosas del azar, el legendario sello alemán PolyGram quiere adquirir a AC. Finestra y socios; su mano derecha, Zak Yankovich Jefe de Producción y contratos (Ray Ramano), el jefe de ventas Skip Fontaine (J. C. Mackenzie), junto con el tercer socio y abogado de la compañía Scott Levitt (P.J. Byrne). Este trío podría ser el alter ego, de los gangs, prototipo de la historia contemporánea norteamericana; esas tres culturas donde se asentó el crimen organizado: italianos e irlandeses católicos y judíos. El mayor problema de AC es su falta de grandes éxitos de sus representados en los últimos tiempos. Sobreviviendo de los derechos de autor fritos por la polilla, como su vieja estrella, Donny Osmond. Igualmente, que la búsqueda por encontrar financiación, genera una dependencia de idénticas proporciones a su consumo de psicotrópicos, con los servicios de emisiones de la radio comercial. Han sobornado a todo tipo de gente, han falsificado la contabilidad y viven de pose en pose. No obstante, en ese juego de apariencias, American Century tiene un as en la manga que jugar: Led Zeppelin, quienes Richie espera firmar con Polygram. Empero, Vinyl tiene sexo, drogas, asesinato, estafa, Doo-Wop a tutiplén y hasta un clip de Bo Diddley tocando “Hey BD” en la piscina de la casa de RF, en el día de su aniversario cumpleaños. Esta última, tomémosla como una broma ilusoria muy divertida, firma de la factoría Winter&Cia. Luego, partiendo de todos estos mimbres y estándares del rey del cine de Scorsese. A uno se le viene la pregunta del millón: ¿Si todo es tan chulo e idílico, entre un ávido bombardeo visual, hasta el núcleo de nuestras retinas con subtramas y más subtramas, tiene lógica recordar el argumento central? La respuesta que observo; es el elevado calado de este proyecto. Pues, sólo, un excesivo prurito —del propio Scorsese— en su estado de excitación por abarcar demasiado, se asemeja a la ansiedad de su protagonista. Tanta voracidad que acaba por fagocitar la línea narrativa, lo que termina incrustándose en el esófago del personal. Del mismo modo, que una groupie de 1973, en plena gira de los Stones.

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Evidentemente, no vamos a descubrir al gran Marty, una de sus señas de identidad, ha sido su gusto por lo descomunal y presumiblemente abundante, como para permanecer centrado en el auténtico ardid del mensaje central: el negocio de las discográficas en la década de los 70. A partir de esa premisa, el análisis del contexto socio-histórico-cultural de aquel momento en NY es muy interesante. Cualquier entusiasta de la buena música algo ilustrado sabe que es una de las épocas más fecundas del Rock. De repente, Scorsese, Jagger y Winter se ven deseosos de revelar; el cutre negocio de una discográfica de comienzos de la década de los 70. La historia de un chico intentando conquistar sus deseos más retorcidos, el nacimiento del punk-rock o el ego de la época. Y es que su extenso metraje, evidentemente, lo sustenta la celestial BSO y algún chispazo ingenioso —propio— de la reputación, de quienes escriben esta historia. Sin embargo, no se puede pegar un volantazo, desde el Madison con una discusión de Finestra con Robert Plant de Leed Zeppelin, por esa falta de lealtad (todo ello tras una gran  bronca con Peter Grant, el mítico manager de los LZ y los Yardbirds interpretado por el actor británico Ian Hart, presentado aquí, como un representante agrío y tacaño) del propio RF con su grupo estrella, minutos antes de salir al escenario, y sincopadamente, nos aparece una escena de la discográfica, donde se está debatiendo sobre el descubrimiento de los suecos ABBA. Vinyl se aturulla. Este contratiempo podría destruir el acuerdo con PolyGram y Richie sólo ve más y más problemas financieros; lo que significa malas noticias para su acogedor hogar con su esposa, Devon Finestra (Olivia Wilde) y los niños en su mansión señorial de Greenwich (Connecticut). Cuando, de repente, todo el mundo está en la gran mansión de Richie, preparando su fiesta de cumpleaños, donde su esposa, Devon hace un emotivo brindis y cuenta la historia de cómo ella y Richie se escaparon de Woodstock porque estuvieron muy ocupados disfrutando, de los placeres conyugales, en su confortable dormitorio. Por instantes, todo es felicidad en el universo de Richie Finistra y Devon; la versión satisfecha de una Betty Draper infrautilizada viviendo una vida de princesa en su lujosa mansión de Conneticituc se encarga, de que el aniversario de Bobby, sea una noche inolvidable de emoción y complicidad. Pero, Richie, tiene que lidiar con un gran problema que le persigue como una sombra; “el puto amo” Frank “Buck” Rogers (Andrew Dice Clay), un tipo nada agradable y encharcado hasta las trancas en alcohol y cocaína. Amenaza a RF con boicotear el álbum más reciente de la reliquia dorada: Donny Osmond. Pues, muy a pesar de su aroma a alcanfor seguía siendo muy comercial y demandable en las ondas radiofónicas. RF recibe la llamada del intermediario Joe Corso (Bo Dietl) —jefe de promoción y enlace con el hampa— de la cadena de Buck. Éste, le dice que desde la fiesta en el burdel no ha parado de esnifar ingentes cantidades de polvo colombiano y sólo quiere hablar con él. Richie sale de su mansión, en Conennticut, y viaja en su Mercedes, hasta la finca del puto amo de las estaciones de radio de EE.UU, en Long Island. Llegados, a este momento, lo primero que te viene a la cabeza es la secuencia de Boogie Nights de Paul Thomas Anderson y el robo de la supuesta estrella del porno, Dirk Diggler (Mark Walhberg) en la casa de aquel Alfred Molina que simulaba al gangster (Eddie Nash). Todo pasado de vueltas, desnudo con una bata y bebiendo, junto a un chino que encendía petardos constantemente. Aquí la situación es idéntica, el tipo, tiene un gran parecido a la ex estrella del porno Ron Jeremy, mientras juguetea con un 38. Hasta que intenta besar a Richie y la cosa se sale de madre tras un forcejeo. Algo que se puede interpretar, como enfrentamiento a sus miedos, Buck es un tipo violento y engreído, que en esa relación amor/odio; desprende un aura de enamoramiento fingido. Y sólo, las manos de Buck en el cuello de Richie pueden frenar la frustración de éste.

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Finalmente, Joe coge un micrófono de cristal —premio de los certámenes de empresas de radio— como productor y empresario, y, golpea la cabeza de Buck. Cuando, creen que esté puede estar muerto, vuelve a moverse y es ahí cuando Richie, emulando a un Joe Pesci, destruye lo que queda del micrófono de cristal en la cabeza hasta convertir su parietal en cartílago gelatinoso con la masa encefálica. Sorprendido y aterrorizado por lo que acaba de suceder, Richie está flipando y patidifuso. Joe le dice a Richie que sabe como deshacerse del cuerpo. Lo sacan de la mansión en una estera y llevan, el cuerpo, en el maletero del automóvil de Joe, hasta que llegan a un descampado cerca de los suburbios del extrarradio de la ciudad, donde hay una gran agujero. Joe coge el muerto y lo tira. Cuando Richie regresa a casa, comienza a beber como un descosido; ya no es el limpio y sobrio Mr. Finestra, el hombre imaculado y rehabilitado, que se había ganado el respeto de su esposa, sino todo lo contrario: un Mr. Hyde descontrolado y borracho. El confortable y agradable estilo de vida lo lanza por la ventana. Ya en ese estado de enajenación —botella de Chivas 12 en mano— inicia una pantomima a lo Bo Diddley con su guitarra Gretsch. El regalo de su aniversario, con el que sus socios, y amigos de American Century le entregaban con orgullo. Su esposa, Devon, aparece en escena, pues, el escandalo que está armando es insoportable y le lee la cartilla. Él, es una caricatura, que no sabe ni lo que dice y le invita, a unirse al esperpento; que beba con él. Ella bebe de la botella y escupe el trago en su cara. Uno de grandes focos de atención y aciertos, en todo este puzzle aturullado, es el actor Bobby Cannavale, quien ya ganó dos Emmy por Boardwalk Empire (2010) y Will&Grace (1998). Lo recuerdo en una magnífica película de Michael Cuesta, “Roadie” (2011) donde ya se le apreciaba una vis perfecta, para este mundo del Rock&Roll. Su mera presencia y gesto es pura provocación. En esos primeros 15 minutos deja muy claro el fuste y su calidad interpretativa. Ahora que todo el mundo de Richie Finestra parece derrumbarse. Comienza, el runrún por una de las perspectivas, que genera más desesperación en el espectador: la pose Don Draper. Ese cigarrillo siempre entre sus dedos, que se quema en el sillón de ejecutivo de su apartamento personal, mientras escucha presuntas maquetas de grupos que buscan con anhelo en una discográfica que hace aguas por todos los costados. Al tiempo que esto está sucediendo, un flashback nos retrotrae a 1963 cuando Richie no era más que un joven camarero. Una noche, oye el alma sacudida del blues de Lester Grimes (Ato Essandoh) y se ofrece para conseguirle una gran carrera musical y lo que termina es por destruir la vida de Lester. Mientras tanto, la oficina de NYC de American Century tiene un visitante algo persistente llamado Kip Stevens (James Jagger, hijo de Mick) que no dejará de persuadir a la compañía para dejarle la maqueta de su banda, Nasty Bits. Aquí tenemos otra de las apuestas de casting del proyecto, Jamie Vine (Juno Temple), la cual, se ha planteado ser la descubridora de esta nueva banda. Un trabajo masculino, hecho por una fémina atrevida y valiente. De nuevo, entra el karma de Mad Men, ya que su personaje sería el alter ego de la emblemática, Peggy Olsen. La atenta secretaria/recepcionista que asiste a Richie Finestra y asume el rol, en el sello discográfico, con asertividad. Obviamente, se siente con las fuerzas y ganas para dar ese salto como promotora y ojeadora de nuevos talentos. Además, es el camello de confianza en la discográfica de Richie (un elemento muy Breaking Bad). Ella, se va al concierto de los Nasty Bits.

 

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Un espectáculo que termina en pelea entre la inexperta banda y público —en una especie de perfomance— versus Sex Pistols e Iggy Pop. Puro atisbo de proto-punk, liderado por Kip Stevens. Tras el concierto se acuestan y tienen sexo. Al poco tiempo, ella cuando se levanta del camastro y se arregla. En ese mismo instante, KS está preparándose un chute de heroína, y pone cara de póker. La historia, ahora, se traslada a la incertidumbre del resto de empleados de la discográfica, ya que una vez PolyGram compré A&R: todos se verán sin trabajo. El edificio entero es la vida del propio Richie, que ve como se levanta de los escombros, entre la alucinación teñida de cocaína y lo dantesco del personaje; algo le está diciendo que hay que pelear. ¿Se revela este Richie como el Superhombre? Eso es desconocido, pero lo que sí se sabe es que el hombre que surgió de los escombros está planeando algo grande. RF tiene la solución a todo este caos que ha dispensado los 120 minutos de locura y disparate. Un emboltorio gigantesco —muy Made in Scorsese— ya lo hemos mencionado, anteriormente, pero pisando demasiados charcos incongruentes o lo que es lo mismo: la superposición de ambas historias, no tienen el suficiente tiempo para impregnar y generar un humus suficientemente compacto. Los derroteros de un contexto subcultural son tan voraces, que el vademécum musical no aguanta el lastre para estirar la continuidad narrativa del guion. ¡Demonios! ¿No recuerdo en la historia sobre grupos de Rock un asesinato como subtrama intentando acaparar la curiosidad del espectador? Si que conocemos movidas de tipos muy sui generis como Keith Moon o estrellas del Rock; subida y caída libre de los ídolos. ¿Empero una trama criminal, en la que ni siquiera encontramos antagonista del propio Finestra? Hay como una manta fina que deja la pelusa de acrílico, que desprende, un plomizo aire pestilente a nostalgia en Do mayor. Aquí y allá, tenemos atisbos de subculturas sórdidas y espectáculos animados. Scorsese pone una factura espléndida como viejo zorro que es, pero independientemente, del gran trabajo de fotografía de Rodrigo Prieto, la dirección artística y los efectos especiales para recrear el contexto. Algo falta, no engarza. Marty sigue ensimismado con llenar el show de sonidos de Slade y Otis Redding, junto con toques de Punk, Rock-glam, y los primeros signos tempranos de Hip-hop por las calles del Bronx Sur. No muy distinto de su obra maestra Boardwalk Empire, pero en esencia, es sólo un sucedáneo de aquel encanto poético y fascinante de Nucky Tompshon. El espectáculo mejora tras abandonar algunas de esas escaramuzas del pasado. Sin embargo, esa aureola a Old fashion y anhelo de dulce pájaro de juventud, del maestro de Queens, la misma que toda su vida viene escuchando la mejor música del mundo, le pasa factura. Qué pena, pues ha hecho unos documentales de la historia del Rock que son patrimonio cultural del propio movimiento sociológico: maravillosos. No sé, puede que David Chase tenía la clave de toda la historia de la gran novela (digo novela y no serie) americana: Los Soprano. DC, dixit; los Soprano la tenía que haber hecho Dylan, Costello y los Stones. Lo dicho, un gran espectáculo tremendo, a medias, entre la falta de brío y una definición más transparente de la historia que nos quiere contar. Una serie discutible, y de obligado visionado para todo melómano, ya que el prisma óptico, sin quererlo, te hace perder objetividad. Creo que Marty, como el que teclea quisiera tener 25 años menos. Nota: 6,2

Public Morals (2015) Hell´s Kitchen

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Hay algo reconfortante en el camino que definiría al director/ actor estrella y guionista Edward Burns: un físico bien parecido, a modo de híbrido, entre Richard Gere y Robert de Niro hace unos cuantos años. Así como, su admiración por la obra de Fuller y Ford. Ya ha llovido desde que la gran cocina del cine independiente —Made in Redford— le brindase el reconocimiento por su opera prima; los hermanos McMullen (1995). La crítica y público se enamoraron del chico de Queens. Burns interpretó, escribió y actuó de maravilla en una comedia romántica, soñadora y con un intenso aroma irlandés fordiano. Siguió dirigiendo e interpretando hasta que se cruzó con Spielberg y lo convirtió en un icono, de una generación, de actores en busca de Ryan/Matt Damon. Nunca dejaron de flirtear el genio de Ohio y el neoyorkino. Esos cotejos que son tan inescrutables como los caminos del señor. Bien, 20 años después vuelve a la carga, con muchos de aquellos elementos, que lo catapultaron al mirador, de las grandes estrellas del mainstream. El inquieto Burns se nos presenta junto a Steven Spielberg y TNT TV en una nueva revisión del Neonoir de policías con su serie; Public Morals. La historia, de un oficial jefe de la brigada antivicio que lucha por sacar adelante a su familia. Mientras coquetea con la delgada línea que separa la honorabilidad y la integridad de la corrupción y el crimen. Un lado oscuro implicado, en pleno contexto criminal del Nueva York del West side, a mediados de los 60, concretamente, en el famoso barrio de gangsters irlandeses e italianos Hell´s Kitchen. La cocina del infierno, de  siempre se ha caracterizado por ser un lugar —llamémosle— divertido, creativo y “movidito”. Parte de lo que se conocería en una terminología más urbanita: el Midtown. Un sitio donde el mundo del cine es parte de él. Algunos actores como Burt Reynolds, Charlton Heston, James Dean, Madonna, Jerry Seinfeld y Sylvester Stallone han sido vecinos y residentes a lo largo del tiempo. Public Morals es un producto 100% deudor de aquel contexto de finales de los 60 y principios de los 70. Ecos de admiración que rezuma en muchos de sus planos, a El Padrino (1972) de Coppola, Malas calles (1973) de Scorsese, Madigan (1968) de Siegel o French Conection de Friedkin (1971). Un reenésimo homenaje a los trapicheos de devanes entre  los kármicas relaciones; poli-delincuente.

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Hell´s Kitchen está a un paso de Broadway (prostitución, drogas, dealers y chulazos de aquellos tiempos). Así como las zonas más pudientes de la gran manzana y el mítico Central Park. Y es que la bahía del  Hudson entre las calles 34 y 59, muy pronto, se convirtieron a principios de siglo en un lugar donde Los mafiosos, destilan el recuerdo de los veteranos del barrio, y a la postre, institución cultural de aquel peligroso lugar de antaño: protección del barrio, y, desde ese pacto, de si hay problemas para el propietario; no va conmigo. El pago era la moneda de cambio habitual. Así como las tradicionales prácticas más comunes; extorsión y el control de las apuestas deportivas. Eso sí, alejados de esa vitola legendaria, de asesinos a sueldo, más propia de los clanes italianos. Sí que es evidente que a mediados de los 70 toda la vieja generación se marchó de Hell´s Kitchen y  comenzaron a florecer nuevos chavales, muchos de ellos, familiares directos o indirectos, de los exiliados que ya no estaban por la labor del dialogo, y sí de la hiperviolencia. En ese contexto Burns se lanza como inspector jefe del grupo de antivicio, bajo el subterfugio, guardar el orden, servir y proteger al sufrido ciudadano. En el fondo, este actor siempre ha sido uno de los tipos más listos de la clase. Su bagaje cultural es alto; cinéfilo empedernido y amante del FilmNoir. Repetir con TNT, desde una perspectiva idéntica (Mob City) 2013 adaptación del libro de John Buntin durante los años 40/50. La crítica aplaudió el resultado y de nuevo, el canal apostó por Burns. Además, eso de llevarse a Spielberg a esta aventura; tiene mucho encanto. Luego,  Public Morals no trata de reinventar lo ya inventado y creado, sino más bien impregnar a los espectadores de una absorbente historia Neonoir para la TV con ecos  Shakesperianos. Vistos 6 capítulos del total de los 10 que completan la miniserie; nos encontramos ante un producto muy bien hecho. Por ejemplo, es muy difícil evitar, por momentos, en algún garito o burdel hallarnos a Don Draper de Mad Men o a Silvio Dante The Sopranos arreglándose el tupé en el lavabo de un restaurante de lujo italiano. Las localizaciones son una gozada, desde Silvercup Studios, y en lugares, auténticos baluartes, históricos de la ciudad de NY, como el salón de té ruso, el Hotel Park Lane y Barrow’s Pub en Greenwich Village.

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El primer capítulo se desarrolla a partir de un affaire con una prostituta que trabaja por su cuenta, es decir, tiene un apartamento alquilado. Ed Burns (Terry Muldoon), y su socio Charlie Bullman (Michael Rapaport) “Beautiful Girls” Copland y Justified”. Se presentan como garantes de la ley, dándole una charla sobre la moral y las relaciones con la vecindad a ésta. Dad al César lo que es del César y a poli, lo que es, de la poli. Ed Burns es muy bueno en su papel, del zorro oficial, de policía impartiendo la vieja moral, del palo y la zanahoria. Como Muldoon explica muy bien un poco más tarde en el episodio, “los policías no están allí, porque la policía tiene tantos ojos como Dios… Pero sí que desempeñan la labor de la gerencia de los llamados crímenes sin víctimas”. Es decir,  un delito en la Norteamérica de mediados de los 60 era salir de una casa de una supuesta prostituta. No hay pruebas, pero si la placa de un poli que conoce a esa chica: la situación la pintan calva…, le dicen al ciudadano que esto es un delito grave y él se acojona. Pero hay una forma de arreglarlo. Siempre hay una forma de arreglarlo: unos pocos dólares y aquí no ha pasado nada. El director de fotografía William Rexer y la directora artística Tina Khayat hacen un trabajo fantástico. Por momentos estamos paseando por el viejo West Side de Manhattan y es muy creíble. No sería difícil ver en Public Morals emparejada con movimiento rápido del cine clásico de gangsters. Todo fluye rápidamente, a través de la  pantalla, en grandes taxis y una línea del estribillo de vasos pequeños de chupitos de whisky y botellas de cerveza, propulsados por un transitar de sombreros: Fedoras, Porkpies y Homburgs.  Hombres vistiendo que asienten con la cabeza, como en las viejas películas de Edward G. Robinson James Cagney y Gene Hackman. “Nosotros hacemos lo que se ha hecho durante los últimos 100 años. Gestionamos,” dice sabiamente en uno de las más elocuentes defensas de corrupción policial. “Creo que nosotros, como los terratenientes, hemos de ser remunerados con una renta—digámosle—acorde con la coyuntura económica. Si quieres estar en negocio tienes que pagar la renta”. Algunos encontrarán la serie, que tiene una larga y dura mirada a la incómoda alianza entre la delincuencia organizada y policías en la cocina del infierno demasiado conscientemente fresco y estilizado. Muldoon colabora estrechamente con su tío John O’Bannon (Timothy Hutton) “American Crime, El buen Pastor y  Beautiful Girls”, un gángster que ejerce la jefatura en el lado Oeste hasta que es asesinado. En una de las primeras escenas, O’Bannon su hijo Sean (Austin Stowell) “Whiplash y Behind the Candelabra” miembro de la brigada aparece de paisano y entra en su garito amenazándole con  matarlo; “si vuelves a pegar a mi madre de nuevo te mato”. O’Bannon está subordinado al gran boss del barrio: el viejo y sagaz Joe Patton (Brian Dennehy)” Acorralado, Best Seller, Cocoon Presunto Inocente,” que está fantástico en su papel.

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Éste, también tiene un conflicto muy dilatado con su un hijo, Rusty (Neal McDonough) “Hermanos de Sangre, Minority Report, Justified” y el tío Tommy (Fredric Lehne) “/mano derecha ejecutora de Patton y ahora de conspirador cercano con el pequeño Rusty Patton.También está el teniente de la brigada King (Rubén Santiago-Hudson) “Selma, Castle, The Good Wife”, y, el capitán jefe Johanson (Robert Knepper) “Buenas noches y buena suerte, Carnivale, Prision Break.” Otro magnífico personaje es el de Peter Gerety “El año más violento, Rubicon, Syriana” (el jubilado Sgto Mike Muldom)  padre de Terry Muldom; que es el poli de toda la vida. Su olfato y manera de ver la vida es y ha sido la vieja escuela. Indaga por su cuenta y sigue estando al día sobre lo que se mueve por el barrio. La relación con su hijo es buena, no por ello exenta de pequeñas discusiones, por el hecho de que su padre ya no esta en el cuerpo ni lleva uniforme. Entre los veteranos de la brigada es el oficial Vince Latucci (Wass Stevens) “El luchador, The Blacklist, Ley y Orden”. Descendiente de italianos y muy bien relacionado con los clanes organizados. Viste como un personaje de Goodfellas, al lado de su atractiva esposa, Deirdre Duffy (Lyndon Smith) “Extant, CSI Cyber, Stalker”. Dos efectivos de la brigada con menos edad son  Pat Duffy (Keith Nobbs) “Bluebird, Ley y Orden, The Pacific” y el novato del equipo. Un joven de buena familia y universitario, que viene recomendado, no muy bien visto por el núcleo fuerte del grupo; Jimmy Shea (Brian Wiles) “Imborrable y Person of Interest”. Otros actores que hacen del casting uno de los más interesantes de este año serían algunos de los irlandeses hampones. Casi todos ellos, hombres de confianza de Patton, como el machaca y chico para todo; Smitty. Interpretado por el siempre fiable de Kevin Corrigan “American Gangster, 7 psicópatas, Fringe”. La muerte de O´Bannon ha alterado todos los delicados equilibrios y parches que hacían del barrio un sitio tranquilo, relativamente, hasta que la cerilla va prendiendo la mecha poco a poco. La venganza en Hell´s Kitcken no se sirve fría, sino en caliente y contundente. Una posible relación entre el socio de Muldoon, Charlie Bullman y una chica llamada Linda (Katrina Bowden) “American Pie 2, Rockefeller Plaza, Piraña 2”, que va en ninguna parte y luego sorprenderá con su nuevo itinerario. Algunos de los miembros de la brigada antivicio siguen con la mosca en la oreja con O´ Shea y dedicen ponerle en el camino de las tentaciones más primitivas y carnales del ser humano. El cebo funciona y las sospechas se disipan. Stowell tiene un amiguete de la infancia que lo va a meter en algún berenjenal, y, el hijo de Muldoon está llegando a la adolescencia. Evidentemente eso: son más problemas adicionales o mejor dicho, los daños colaterales de una familia con sangre irlandesa. Así como la relación marital de TM con su esposa; Christine (Elizabeth Masucci) “Gossip Girl”, “NY22” y “Shame” Es digno de agradecer el pundonor de Burns al asumir la difícil tarea de echarse la serie a los hombros. Detalles tan minuciosos como la elaboración de una soundtrack fantástica, donde no faltan clásicos de la Motown; Marvin Gaye, James Brown o Jackie Wilson, los clásicos del Rock&Roll como The Who, The Yardbirds, Rolling Stones y The Doors. Y las canciones de clásicos de los 60 para bailar muy agarradito; Bobby Vinton, Connie Francis, Frankie Avalon o el enorme Nat King Cole. Lo dicho una OST, que en Spotify es, muy fácil de localizar. Bien, ahora a la espera de la finalización del resto de episodios esperamos, con muchas ganas, el gran tour de forcé que sea capaz de conseguir, una fluidez más acorde a los senderos del Neonoir. Reiteramos, un casting muy bien compensado y la confirmación de Burns como uno de los grandes talentos de su generación. Luego, crucemos los dedos, para que esta serie que tiene buenas cartas, al final pueda renovar y convertirse en toda una realidad para los muchos incondicionales, del buen cine negro policíaco, de la pequeña y gran pantalla. Nota: 6,9

72 Anniversary of Scorsese

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“Mis padres obreros italonorteamericanos no iban a la escuela, no había libros en mi casa” (Martin Scorsese) /17-Noviembre1942 Queens-NY

 

62 aniversario de Joe Strummer

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“Pregúntate si lo que estás haciendo hoy te acerca al lugar en que quieres estar mañana”  Joe Strummer (21 Agosto/Turquía-22 diciembre UK)