Quarry (2016) “Supervivencia pragmática del pulp”

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El canal pequeño o el hermano menor del cable de la todopoderosa HBO: es Cinemax. Algunos puristas lo consideran el canal satélite y uno de los más atrevidos de la competencia de las empresas de entretenimiento tecnológico. No es la primera ocasión que este canal vuelve a las andadas con sus devaneos de atípicos antihéroes solitarios y adictivos diseñados —ex profeso— para una fidelizada platea. Su última ficción; Quarry se deja querer por los conflictos externos e internos del mundo más Pulp. Tal como ocurría en The Knick con el Dr. John Thackeray o en la divertida, y, taquicárdica Banshee con el atribulado sheriff/ladrón, Lucas Hood. Apenas hace unos meses volvió su nueva apuesta por el terror Outcast —del rey de los zombis R. Kirkman— y de nuevo, con un protagonista angustiado y obcecado; Kyle Barnes. Todos ellos pulidos por el mismo perfil: preparados para realizar grandes hazañas por su propia fuerza y orgullo. Eso sí, pagando un alto precio por el ejercicio de esas acciones. Quarry se basa en la serie de novelas criminales —con el mejor sazonado— de la esencia pulp: violencia, sexo y acción de una gran obra, del siempre prolífico, Max Allan Collins. MAC es uno de los mejores escritores de novela negra del mundo (ha publicado más de un centenar de textos, muchos de ellos bestsellers) les sonará a todos aquellos, que vieron Camino a la perdición —obra de culto— llevada a la gran pantalla por Sam Mendes.  Quarry ha sido reescrita por los guionistas Michael D. Fuller y Graham Gordy (forjados en la fragua de la trascendental Rectify) junto con el propio, Max Allan Collins en la producción ejecutiva. Quarry se presenta en su primera temporada con ocho episodios rodados, íntegramente, en New Orleans y Tennessee, que de algún modo, se han convertido en platós de rodaje que simulan de la ciudad de Memphis. La historia nos traslada a la década de los 70, concretamente, al año 1972.

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A partir de ese instante, observamos en pantalla a su protagonista; Mac Conway interpretado por el actor (Logan Marshall-Green Prometeus) un excepcional intérprete de reparto con unos rasgos similares a los del británico Tom Hardy. MC acaba de llegar de su segundo reenganche, en la guerra de Vietnam, junto a su compañero Arthur (Jamie Hector) el inconfundible: Marlo de The Wire. Implicados, aunque fuera accidentalmente o hipotéticamente, en la matanza de My Lai. Su recepción en el aeropuerto es digna de la puerta de Ferraz 70. No les queda más remedio que cambiarse la ropa militar por otra de civiles y salir destrangis por una puerta colateral, La vida en Memphis es muy diferente, desde la última vez que estuvieron con sus familias. Ahora se sienten solos y desprotegidos por el sistema. Además, el maldito estrés postraumático hace mella. El tío Sam se esfuma y deja a toda una generación de valerosos infantes de marina con la mácula de asesinos de bebés. Iniciar su vida como un ciudadano normal y corriente va a ser muy complicado, pues, el ámbito laboral esgrime un contexto —de crisis cercana al fiasco— debido a la escasez de petróleo en 1973. Pero si tienes contactos; es fácil trabajar. Claro que quienes tienen que intermediar por ti: no saben, no quieren y no contestan. Es muy duro de llevar. Mac está inquieto y sus pensamientos son remordimientos con constantes flashbacks a la jungla vietnamita. Su convivencia con su esposa Joni (Jodi Balfour Bom Girls) se va complicando, a medida, que los días van pasando. Ella mantiene una muy buena amistad con Ruth, la esposa de Arthur, (Nikki Amuka-Bird Luther).

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Un día Mac se da cuenta que alguien le está observando y tras una conversación con Arthur; le dice a Mac que un tipo obscuro y bizarro; the broker (Peter Mullan Trainspotting Top Lake y Olive Kitterige), el cual, le ha ofrecido un trabajo de sicario para él. Mac no está por la labor y, sólo ayudaría como buen amigo que lo es. Arthur parece asentir y estar convencido que este primer trabajo puede ser el principio de algo bueno. Desgraciadamente, el affaire, es un desastre. Arthur muere en el enfrentamiento, a tiro limpio, con los señalados y Mac tiene que afrontar la deuda del trabajo; 30.000 dólares. Ahí nace Quarry, el asesino a sueldo —esclavizado— del personaje The Broker. Mac se siente alicaído, nervioso y ausente. Sólo sabe que se va a convertir en máquina de matar, beber y fumar. Quarry tiene mucho de Mad Men, cuando vemos al protagonista hacer largos sin parar en la piscina de su casa. La comunión con la plástica del crol y la música de fondo; aflora las raíces de Memphis, Soul y Blues, música que se teje a lo largo, de la aguja del tocadiscos. Y es que Quarry tiene una gran cantidad de escenas de grupos en directo. Garitos de la peor calaña. Desde afthers grasientos a puticlubs de strippers. La BSO de la serie es un flujo constante de carácter diegético; que hace de cada episodio sentirte cómplice con algunos momentos del gozo de su protagonista. Mientras la televisión esputa el discurso del candidato a presidente McGovern: “El mundo siente no sólo vivió en pero también resistente, que sobrevivió a los cambios de la última década y se dirige hacia el nuevo con optimismo cauteloso.” De repente, se solapa el canal de noticias para informar del desenlace de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Los silencios y las miradas entre lo ausente y la curiosidad que mostraba Aden Young en Rectify vuelven a verse en Marshall-Green.

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La evolución de Mac en esa eterna dualidad de Mr Jekyll&Mr Hyde. Está a punto de triturar todo ese optimismo utópico juvenal de McGovern. Cuando es Quarry, en ese preciso, ejercicio de exploración de la transformación de lo personal. Ambivalentes sentimientos acerca del mundo en el que está y convive en la sempiterna herida —que se guardado— en su mente, de la guerra. Un viaje homéricamente familiar donde Quarry intenta envolver, entre destellos simbólicos, el submundo de los sueños donde Mac y el karma del agua están vigilantes en la piscina del placer y su juventud. Es misma, cómoda, piscina es el espanto —del río repleto de montones— de personas suspendidas bajo el agua y una máscara vietnamita flotante. La paciencia del suave y hermoso ritmo de Rectify es una parte vital de la narración. Empero el compromiso con esa cadencia de migración —de un hombre a sueldo— matando hace que, toda esa convivencia, sea brutalmente inquieta. ¿Dónde estoy? ¿Qué quiero? Sólo se matar… Soy un Sr. Lobo muy violento y silencioso. No obstante, el propio protagonista, de Quarry tiene un grandísimo potencial para actuar bajo ese rictus. Aunque, una de las grandes bazas ganadoras, de la serie, es el inmenso plantel de actores de reparto; que le da ese fuste pulp desenfrenado. Entre lo más kitsch, divertido y surrealista, a ojos del espectador, dejando grandes registros interpretativos. Uno de los más destacados es el enlace operativo entre el bróker (Mullan) y Mac Quarry, desarrollado por el fantástico actor australiano, Damon Herriman, en el papel de Buddy, un personaje impagable, con todo aquel encanto ladino, donde dio a conocer en Justified de FX.

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Aquí es un secuaz gay, enmadrado, adicto a los opiáceos y el karaoke personal a la espera de lo que mande el jefe Broker. Hay una secuencia que ya es un hit parade e incluso convertida en viral por la red. Cuando DH comienza a cantar y bailar, en español, el tema “Whithout you” de Harry Nilsson. Un momentazo, por no decir, el puntazo del éxtasis bufón. Luego, en el segundo capítulo hay otro, tumbado, en la mesa de cocina, de su madre Naomi (Ann Dowd, The Leftovers y Olive Kitterige) cosiéndole un balazo en el muslo femoral. A modo de costurera, de toda la vida, contando chistes de su padre —como un bordado lagarterano— cuando termina la sutura le sugiere; si quiere una salchicha bien asada. Desternillante. Peter Mullan sigue en su línea ya desarrollada en la magnífica Top Lake, como capo superior, proyectando una menor ferocidad y manifestado mayores dosis de cinismo, más cercano a los personajes de Elmore Leonard. En todo momento, proyecta un aura de absoluto control, en todos los movimientos, del equipo y la satisfacción del trabajo bien hecho. A toda esa banda hay que añadir dos adeptos muy valiosos para el pérfido Broker; Karl (Edoardo Ballerini Boardwalk Empire) y Moses (Mustafa Shakir The Night of). Quarry tiene una fotografía exquisita del mexicano, Pepe Ávila del Pino y la dirección de un viejo conocido de la casa, como es el veterano de Banshee; Greg Yaitanes.Cada plano es una estampa, casi un lienzo postmoderno del delta del Mississippi. Luego estamos ante un producto muy bien manufacturado (más cercano a Sundance TV) y brillante ejecución. De un tono más sombrío que la fargonita/camp de la pareja de buscavidas; Hap&Leonard. Cinemax con esta producción híbrida, incorpora ciertas dosis de crítica social, en unos diálogos contenidos, pero llenos de cianuro.

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Sugiriendo la dramatización de la acción de un contexto tan desgarrador como fue el inicio de la década de los 70. El mismo Yainates reivindica: “que los años setenta fueron un tiempo donde muchas personas se parecían a las propias circunstancias más sórdidas.” Puede que haya ese paralelismo de la crisis del 73 Vietnam, Nixon, el caos de la OPEP con la última recesión de los bonos basura, las hipotecas subprime, el rescate de la banca norteamericana de 2007/8 o la aparición de un revival de frikismo político, del diabólico títere Trump. Siempre se ha observado la constante evolución de lo artístico en tiempos duros y la irrupción de grandes obras maestras; en manos de cineastas puros; R. Altman, F. Ford Coppola, Sam Peckinpah, Paul Schrader o M. Scorsese y etc. De algún modo los 70 trajeron a tipos como los citados en EE.UU. Un buen puñado de grandes trabajos y la mayor coherencia del auténtico cine moderno de la historia contemporánea. Junto a todo ese acervo de cine más preciosista también están esos personajes que viven el filo de la navaja. Arriesgando lo único que les queda; la duda de su identidad. Mac Conway lee a John Mc Donnald, mientras ve la huida, El confidente y el expreso de Corea o Nieve que quema. Se siente como un quinceañero recién salido de una tienda de discos, al recuperar, el mítico Otis blue.  En el fondo, no está tan lejos de un tipo llamado Don Draper que —entre medias de rayón y lencería de la perla— leía “Meditaciones de emergencia” de Frank O´Hara. La diferencia no está la función ejecutiva; ventas o sicarios. Quarry y Draper son depredadores de la supervivencia pragmática al servicio del espectador. Es decir, el disfrute de la nueva  narración este nuevo héroe en Cinemax. Nota: 8,2

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The Leftovers; el Postapocalypse

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The Leftovers es la nueva apuesta del decano y espectacular canal de cable, HBO—mágicas oficinas neoyorquinas del grupo Time Warner—que ha hecho de la TV, un lugar de obligada peregrinación al mando a distancia y el pago por visión. Mucho ha llovido desde las obras maestras Made in 11S; The Sopranos, The Wire y Six Feet Under. Hablando de este último producto—bajo mi punto de vista, una de las cinco mejores series de la historia de la TV contemporánea—parece ser que la cúpula directiva ha decidido explorar nuevos territorios, partiendo de una absoluta y determinante premisa: la muerte. Magistralmente, creada, por el  Sr. Ball. Y nos preguntamos: ¿Cómo somos capaces de gestionar la pérdida de los seres queridos cuándo desaparecen? Difícil respuesta. Más aún, si abrimos uno de los clips promocionales del canal, y escuchamos —muy atentos— los créditos dónde se anuncian a bombo y platillo: “Del co-creador de  la aclamada serie que batió records en la TV del S.XXI, Lost —Damon Lindelof— llega con un nuevo espectáculo sobre las almas perdidas”. Un drama, en torno, a la desesperación del ser humano. Un combate en el cuadrilátero de la vida contra eso llamado angustia, dolor y pérdida. The Leftovers es la serie que  lleva emitidos siete capítulos, en la parrilla veraniega del susodicho canal, con la vista puesta, en fidelizar a una audiencia con este nuevo producto. El termino Leftovers, a groso modo, significa sobras. O sea, lo prescindible, desecho o desposeído. Dentro del contexto puramente literario, la novela —alma mater— original del escritor Tom Perrota se publicó en España bajo el título “La ascensión”, sí ya sé que les parecerá chocante. Pero ese concepto cuasi místico y teológico impregna la historia, trasladada al contexto audiovisual letra a letra. Tom Perrota, se ha convertido en un escritor y guionista de prestigio con dos libros: Election y Juego de niños. Ambas convertidas en film maravillosos. La primera una fue una comedia ácida y llena de mala baba, que nos descubrió a uno de los nuevos cineastas del club recuperador de la nueva comedia norteamericana de finales del XX/principios del XXI; Alexander Payne. La segunda, un drama de historias entrecruzadas, que fue dirigida por otro director de culto: bizarro y minimalista, tras la cámara: Todd Field. Aquí, T. Perrota debutó junto a Field como, coguionista. Hago este inciso, (para todos aquellos que duden de la solvencia del creador y coguionista del producto que estamos tratando en esta crítica), con la finalidad de dejar bien clara la personalidad de los creadores: Tom Perrota y el guionista Damon Lindelof (Lost, Fringe o Prometheus).

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Bien, llegados a este punto, comencemos a desgranar el material que va a ser humus de primera, el cual, terminará solidificándose, como nuevo celuloide Made in HBO. Empezando por el giro copernicano del bostoniano y su nueva novela. Un libro que parte desde  un contexto entre la  ciencia ficción postmoderna y el drama social más contemporáneo una década después del 11S. The Leftovers es la historia de una ciudad llamada Mapleton, donde el 14 de Octubre del año 2008/2009 —en apenas segundos— millones de personas de todo el mundo desaparecen por arte de magia. Por no decir que se esfuman, a modo, de tornados —idénticos a los vistos en TV por la zona del corredor al Golfo de México—con una boca, directa al cielo. Seres humanos que no mueren en el sentido—más estrictamente— biológico de la concepción, sino que desaparecen, sin dejar ningún rastro. Entre los desaparecidos —una voz en off, se erige en la narración omnisciente— personajes mediáticos de todos los patios; Jennifer López, el Papa Benedicto XVI, Adam Sandler, Vladimir Putin y un tirano latinoamericano, cuyo nombre no nos es revelado. Bien, tres años después de lo acuñado como la “Partida Repentina” (concepto, medioempanado de los versículos del antiguo testamento 1 Tesalonicenses 4:15-17), y, que, en contra de la profecía bíblica, parece haber afectado a todas las religiones y edades por igual: cristianos, budistas, mahometanos, ateos, viejos, niños, gente buena o malvada, desaparecieron todos, sin distinción ni razón de ser. Aquí, Perrota se nos columpia con una de la epístolas de San Pablo para explicar la tesis del rapto; también conocida como el arrebatamiento. Es básicamente, la idea de que Cristo vendrá de forma invisible, para levantar su iglesia en el cielo, para no sufrir la gran tribulación de 7 años, que creen encontrar en las profecías bíblicas. Todo ello, servido entre dosis de un absurdo fanatismo y solapadamente, con un suflé cáustico, que se observan en todos esos movimientos milenaristas. Entre los que se encuentran los cristianos dispensacionalistas: Tim LaHaye y Jerry Jenkins.

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Una vuelta de tuerca, desde un plano laico y sátiro a la popular serie de libros Dejados atrás, que dentro de unos meses estrenará la película basada en la adaptación de este superventas, con Nicholas Cage de protagonista. En fin, tampoco quieran buscarle la quinta pata al gato, pues Perrota no es Lutero ni mucho menos, Heidegger explicándonos el catecismo de San Pablo o haciendo una disertación sobre la fenomenología. Luego, ¿Quiénes son los The Leftovers nos volvemos a preguntar? ¿los ascendidos o aspirados por ese rapto divino? No. Siguen siendo  los restantes o  sobrantes que sobrellevan el remordimiento de ese fatídico acontecimiento en Octubre del 2008/09. Utilizando la asepsia; el desguace del caos en un Carpe diem. Apenas un año después del extraño y espeluznante suceso de la desaparición de todos esos humanos por el planeta, aparece una especie de secta nueva: los ‘Guilty Remnant’ (los Vestigios Culpables). Imitando el voto de silencio de los monjes cartujos, visten ropas blancas y viven de forma bastante espartana. Otra cosa que los hace peculiares, es que están a todas horas fumando cigarrillos, cuando se hallan en presencia de otras personas. Su misión es reclutar nuevos practicantes de su culto y esperar el fin del mundo. En espera de la llegada de ese final; el grupo se dedica a la vigilancia de los pecados, distribuyéndose en parejas de guardianes que simplemente siguen y miran fijamente a ciudadanos normales, mientras sostienen un cigarrillo encendido, siempre en silencio. Y no digo más porque el libro está bien escrito. No me ha aburrido. Otra cosa son las dudas de su traslación al medio audiovisual. Es decir, la adaptación al medio televisivo tendría que ser impecable. Pues, miren por dónde, que lo es: plano a plano. Peter Berg (sin ser la octava maravilla de la dirección y además, firma como productor ejecutivo) filma las escaletas de Perrota y Lindelof, al pie de la letra. Dejando muy claro, que la familia Garvey son los protagonistas absolutos de la serie. Ellos no perdieron a ninguno de sus miembros el 14 de octubre, pero sus consecuencias resultaron ser dramáticas para todos ellos. El padre, Kevin Garvey (Justin Theroux) asumió el puesto de  jefe de la policía tras un incidente, en el que hubo un allanamiento del cuartel general de los Vestigios Culpables y mató a uno de ellos. Tiene pesadillas en las que él, intenta torturarlos o  prenderles fuego.

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La amenaza real e imaginaria de esos demonios; le abocan al alcohol y la paranoia. Sale a correr por las mañanas o de noche y topa con un hombre calvo, que conduce una camioneta, Dean (Michael Gaston), el cual, mata a los perros callejeros que se encuentra por las calles del pueblo con un rifle de caza. Laurie, (Amy Brenneman) como  la esposa de Kevin, quien decide renunciar  a la vida cómoda y placentera que tenía al lado de su marido, tras la marcha de su hijo y su bajo estado anímico (un bajón en la relación marital) convirtiéndose en miembro de los Vestigios culpables. Jill, la hija de Kevin (Margaret Qualley) está en la edad de la rebeldía adolescente. Perdida en una nube de apatía con su amiga Aimee (Emily Meade). Después está Tom (Chris Zylka), el hijo de Kevin que se unió a un grupo alternativo “The Healing Hugs” que lo dirige una especie de predicador—estilo evangelista secta zen— liderado por Wayne (Paterson Joseph). Meg Abbott (Liv Tyler), una mujer con serias dudas al respecto de su inminente boda, la cual, acabará ingresando en la secta de los VC. Después está Senior Garvey (Scott Glenn), padre de Kevin que vive fuera de la realidad, ingresado en una residencia psiquiátrica; Charlie y Max Carver son (Scott y Adam Frost, hermanos gemelos), amigos de Jill y Aimee. Christine (Annie Q), interpreta a una seguidora del grupo de Wayne, en plan groupi, que termina metiendo en un lío a Tom por los intereses sexuales de su gurú. Patti (Ann Dowd), es  una de las  líderes mayores de los  VC. Lucy Warburton (Amanda Warren) es la alcaldesa del condado, muy cercana a Kevin Garvey. Nora Durst (Carrie Coon) es una abogada de una importante empresa de seguros de vida. Ésta, perdió a toda su familia en “La Partida”. Por último, tenemos al reverendo Matt Jamison (Christopher Eccleston), dedicado en cuerpo y alma a probar, que las personas desaparecidas no eran almas puras. Todos ellos compartían secretos espurios. Nuevamente, el elemento del pecado bajo una visión muy Alighieriana de la montaña hacia el purgatorio. Entre secuencias apoyadas en el surrealismo.

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Naturalmente, el traumático acontecimiento ha cambiado las vidas de todos en Mapleton y les conduce a un cierto grado de introspección. En este sentido, Perrotta se la juega, pues no es un tema que atraiga a muchos lectores; más bien, diría uno, que los ahuyenta. El hecho de que la catástrofe no quede explicada (hay algunas nebulosas referencias al 11 de septiembre de 2001 y al tsunami del océano Índico) puede hacer pensar al lector que en realidad la Partida Repentina viene a ser una excusa para que Perrotta y Lindelof investigue las reacciones del comportamiento humano, ante la tragedia y el dolor como respuesta a la pérdida de los seres queridos. Mientras que algunas personas han buscado el retorno a una especie de normalidad, para otras no es ni fácil ni factible. TP&DL, centran este dilema en  muchos de los personajes que se ven implicados en la pérdida vital, en el caso de Nora Durst. Un personaje, que a medida que los capítulos avanzan crea más expectación. Su esposo y los dos niños desaparecieron, aquel 14 de octubre mientras cenaban. Tras una noche en la que baila con ella en un evento social —una estrategia para recuperar algo de normalidad—, Kevin trata de acercarse a Nora  (incluso hacen realizan una escapada a Florida), pero es ella la que decide que, puesto que no puede rehacer su vida. Optando por  una reinvención, hasta que un fortuito hallazgo lo cambiará todo. A todo lo anterior hay que añadir la tensión y el enigma, en torno a un par de asesinatos de miembros de los Vestigios Culpables. Una lapidación misteriosa acaba con la vida de una de sus más carismáticas integrantes Gladys (Marceline Hugot). Pese a que la narración nos da suficientes pistas sobre  este affaire: el caso no queda aclarado.

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La implicación de Laurie en los entresijos del culto también añade sus buenas dosis de misterio. En el fondo, no es más que miedo a la sempiterna historia de la soledad, magistralmente narrada por Defoe en su Crusoe. Y ahora nos preguntamos: ¿Estamos ante  una obra maestra de la Sci-fi postmoderna de la nueva década, tras el Trhiller True Detective o es tan sólo un nuevo ejemplo más, del deambulatorio embrutecedor del determinismo colonial de la cultura pop para elevar celuloide new age y petardeo bobalicón del movimiento Art Pop TV? No sé cuál es la respuesta. Sinceramente, no la tengo. Puede que todo resida en la fe, o mucho mejor, en la razón del XVIII y el XIX. De la necesidad de releer a Bacon, Descartes, Nietzsche, Derrida o a Deleuze, para entender este nuevo hibrido entre Lost y Six Feet Under, y sus constantes referencias útiles del concepto new art de la literatura, cine, TV y nuevos entornos culturares; redes sociales y revolución tecnológica. Con todo, hay algo en The Leftovers que me ha parecido flácido, engañoso y algo pretencioso. Si el mensaje que Perrotta pretende transmitir; es que el ser humano no puede (ni debe) confiar, en que formas o estructuras externas (la religión organizada es el caso más obvio: cuando la secta se convierte en resquicio mafioso y por ende, una reafirmación del nazismo puro y duro). Obviamente, su reclamo es complejo y también inquietante.  No quiero extenderme más porque podría adelantarles el final del libro, que va a ser el mismo de la serie. Sigo echando de menos una mayor profundización  en las desazones y congojas de los afectados por el dolor. Es muy difícil desmenuzar o buscar la lectura del corazón  tras una experiencia traumática; donde el individuo lucha todos los días con sus demonios interiores, haciéndose preguntas que no tienen respuesta, tratando de exprimirle algo de sentido al sinsentido.

 

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Puede que sus desasosiegos no sean las de otras personas, pero en ningún caso son superficiales. The Leftovers, puede que nos esté vendiendo humo. Puede ser. A veces puede parecer demasiado presuntuosa de su honorabilidad como serie fuera de lo comercialmente correcto y virtuoso. Su lentitud puede parecer liviana y extenuante. Así como su excelsa BSO de Max Richter; una maravilla. HBO, acaba de firmar una nueva temporada para 2015. Y es que la historia de la televisión se llena de espectáculos construidos, en torno a personajes que han sufrido la pérdida: viudas, viudos,  niños que han quedado huérfanos y un largo etcétera. En algunos casos, la fatalidad del día a a día, revivido en familias extensas —Six Feet Under, la cual, comenzó con la muerte del patriarca de la familia— y  comunidades (como, la fascinante, Twin Peaks estaba en su corazón un espectáculo sobre el efecto de un asesinato en un pueblo). El evento de esta historia es el 11S, multiplicado por unos  millones. Todo el mundo conocía a alguien que desapareció. Muchos han recurrido a las drogas o el alcohol o la automutilación. Nadie está dando a nadie ningún descanso, porque están todos en sumidos en un dolor crónico e imborrable. Es la llegada del Postapocalypse a la nueva televisión; ya está aquí y parece que se quiere quedar una larga temporada. Luego, vigilen sus humos. Pues, todos volvemos a nuestras cenizas humeantes de recuerdos. A veces, dicen que se vuelve de ellas. No lo tengo muy claro, juzguen Uds.  Nota: 7,2