Feud (2017) “Hollywood Decrépito”

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Podríamos estar hablando horas y más horas, en torno, a las biografías de las icónicas actrices del siglo XX. Afortunadamente, de las muchas que han existido, tenemos la suerte —en esta ocasión—, de contar con la presencia histórica de dos divas del Hollywood dorado: Joan Crawford y Bette Davis. Y redundando, en la propuesta, parece irónico que tenga que hablar de ellas aquí, y, no en ese lugar, donde ya saben Uds., que acostumbramos a realizar nuestras crónicas tan sui generis. De repente, nos encontramos con el chico de oro de la ficción norteamericana, Ryan Murphy. Nuevamente, en la productora que lo ha hecho mundialmente reconocido, FXNetworks. ¿Qué puede decirse de este creador, que no se haya dicho, en toda la webesfera? Poco más, que no sepa este mundillo, sobre l´enfant terrible de Indianápolis; exagerado, excesivo, socarrón, macabro y retorcidamente cínico. Empero, con mucho talento. Lo dije, aquel día que filmó, una de las mejores joyas de la TV, “Nip/Tuck” (2003). Evidentemente, sabe a lo que juega y lo que pretende: entretener en la pantalla pequeña con presupuestos de cine. Feud (2017), tal como suena, es una legendaria historia sobre una enemistad, cuasi, divina y de proporciones cercanas al cainismo más bíblico. Aunque esto, tiene un toque más cool. Estamos en Hollywood, no lo olviden. Un producto suculento, donde se atisba, una propensión exuberante de la exaltación del deseo y la neurosis. Una pelea constante, donde la revancha: es la aniquilación de tu alter ego. Regocijo y horror en el estudio. Mientras, la insolencia de Murphy, navega en la gran broma, de la subyugación de los corazones yankees, donde gravitan ellas: dos divas de finales del S.XX. Jessica Lange (Joan Crawford) y Susan Sarandon (Bette Davis). Bajo mi punto de vista, mucho más cómoda la Sarandon, ya que físicamente, tiene unos rasgos más cómplices, a su canibalización, con la Davis. Su partenaire, Lange, de una belleza felina y eslava, recordemos ese primer plano de ella, delante del King Kong (1976) de Guillermin; exquisito e inolvidable rostro. Ahora embalsamada de maquillaje y otras maravillas del equipo Max Factor, que por momentos, tras los baños de Vodka, llega a parecer un guiñol de la auténtica cara de Crawford (Propongo un visionado de esta actriz en la fascinante Johnny Guitar/1954 de N. Ray) y luego hablamos. Sin embargo, ello no es óbice, para comprobar las magníficas interpretaciones, una vez más, en esta nueva serie de Murphy. Dejándose la piel como contendientes perennes, en pleno apogeo, de la decrepitud personal de ambos íconos, de un Hollywood irrepetible. Un lugar con el mayor número de divinitys por m2, que jamás un milenial hubiera imaginado. Una visión más introspectiva de la flaqueza del ser humano; cuando la edad se convierte en tu peor enemigo. Feud arranca en 1978, con el pretexto de la filmación de un documental acerca de la enemistad entre las míticas actrices —un mecanismo narrativo que subraya el concepto de Murphy, en todo show—, en pleno despliegue mediático por la reavivación de sus carreras. Olivia de Havilland (Catherine Zeta-Jones) magnífica interpretación de reparto y Joan Blondell (Kathy Bates), como nos tiene acostumbrados, a lo largo de sus apariciones de la franquicia AHS.

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De repente, se escucha, una frase genial de OdH, “Las peleas no sustentan en el odio, si no en algo más hondo, el dolor”. Saliendo el plano de su cara, en un prolongado flashback, que alterna con la década de 1960; Joan y Bette están enfrentadas estratégicamente, por dispersos y personalísimos intereses con la Warner Bros, y la falsa apariencia de una deuda moral con Jack Warner —nada más lejos de la verdad— concretamente, en el dinosaurio JW, protagonizado por (Stanley Tucci). Portentosa lección del oficio teatral de un actor impagable. Además, de ser uno de los últimos patriarcas del desvergonzado y viejo Hollywood, que ve su estudio como una especie de establo o burdel, animando la obsesión de cada estrella contra la otra, disfrutando como un niño,  en medio de la disputa por los papeles selectos. Así como, su aprobación tácita. Crawford y Davis, llegan a dar, —tal semejante escala— de subordinación laboral y vital, de esta sociedad dónde esos otros, que no vemos, pero, ven en ellas: un modo de nutrición de complejos personales. Decálogo sutil de un maniquiesmo letal. Plasmados en la inferioridad suplementaria que requerirá —probablemente para siempre la asunción, de la culpa—, en particular, la hija de Bette, Barbara Sherry, interpretada por (Kiernan Shipka), algunos la recordarán como la hija mayor de Don Draper en la obra de arte, Mad Men. En el caso de Joan, la maternidad no fue biológica, pero la adopción le trajo unos cuantos disgustos con su primogénita, Christina. Y es que, volviendo a la figura de Joan Crawford, en términos generales, fue la estrella más grande, atractiva y descomunal de la historia del 7º arte. Había sobrevivido al periodo del primer cine mudo, y, gracias a una voz suculenta y con brío, transitó al páramo del sonoro, sin problemas. Cosa que a otras divas de aquella época no consiguieron; Clara Bow, Mary Pickford, Mirna Loy o Lilian Gish. Impresionante recorrido de bailarina flapper a decadente figura del terror gótico de serie B. En el primer episodio, se nos pone al corriente, de los acontecimientos, en el mismo instante que Marilyn Monroe va a recoger su Globo de Oro, “por Faldas y a lo loco” (1959) de B. Wilder. Crawford, bien cocidita de Smirnoff, hace un comentario demoledor, sobre los senos de la rubia californiana…Dejando entrever, el chascarrillo de turno, en torno, a que ambas fueron amantes. Bien, concluyendo esta línea argumental, las películas de Joan eran a menudo más directamente espeluznantes. Posiblemente, por esa mirada que congelaba la pantalla y dejaba al espectador petrificado por una belleza, entre lo andrógino, racial y artificial —ex profeso— vía cirugía plástica. Una reina que salió de Texas a por un sueño y lo conquistó. Por el contrario, las películas de Bette Davis, de un modo más ingenioso habían subsumido su propia vistosidad. Pues, hablamos de la actriz pre-Actors Studio, técnica y personalidad pura (10 nominaciones a los Oscars y dos estatuillas, como mejor actriz) en una especie de siniestra respetabilidad. Eso, lo sabía su rival, que sólo consiguió tres y una estatuilla. Volviendo al rodaje que sirve de nexo para narrar toda esta serie y el resto de personajes.

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No podemos pasar por alto, el director del film, un clásico del oficio, Robert Aldrich. El actor elegido para su recreación no ha sido otro que el británico Alfred Molina, que ha estado a un nivel altísimo. Aquí en el papel del cineasta, que rodó, una película de culto, una obra mayor con un presupuesto de serie B, que se convertiría en un éxito gigantesco y acabaría por conseguir una nueva nominación al Oscar de Bette Davis. Observaremos capítulo a capítulo como la presión del rodaje, el dirimir con los egos de ambas estrellas y de enlace con Jack Warner terminará con su matrimonio.Volviendo al rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? Aquellos días, de trabajo, en el estudio fueron una zona de guerra. Bette Davies es unos pocos años menor que Joan Crawford, lo que enerva la contienda por el orden de papeles, ubicaciones, quien tiene los mejores diálogos, los mejores detalles con el set de rodaje, si Pepsi o Coca/Cola. Joan Crawford se casó con el dueño de Pepsi-Cola y enviudó. Algo que la convirtió de la noche a la mañana en una especie de Ceo de la empresa. No había sitio —que pisara— en donde, no sacase algo relacionado con el merchandising de la marca. El asunto fue a más en el rodaje y la Davis, sin temblarle la mano, al segundo día de rodaje puso una máquina de Coca-Cola enfrente de la suya. Los cuatro primeros episodios son los más atractivos y donde Feud —deja a uno con mejor sabor de boca— con una dinámica narrativa que hereda los mejores artificios de la espléndida The Sopranos (1999). Otros personajes que no se pueden dejar fuera son las columnistas/alcahuetas del Hollywood más Underground. Hedda Hopper (Judy Davis) y Louella Parsons fuera de la pantalla. Nadie está exento a estos amarres del sálvese quien pueda y detestar a la vez. Carne del higadillo pura y dura. La ayudante de dirección y Script personal de Robert Aldrich, Pauline Jamenson (Alison Wright) The Americans. Curiosa anécdota, pues la auténtica, PJ fue una actriz con un recorrido interesante.  Cada vez que aparecen sus cejas, te quedas pegado a la pantalla, pues, es uno de los rostros más inspiradores de la nueva ficción televisiva. Bien, en este rol, que la licencia creativa de Murphy se permite: nos presenta a una mujer, en busca del sueño, independiente, por ser directora de cine. Algo que propia Crawford, le remarca; ¿quiénes somos nosotras en este mundo sin dinero? Nadie. Pauline, le recuerda a las grandes pioneras del cine mudo, D. Arzner y L. Riefenstahl. JC, se llena una copa de vodka y sigue jactándose del sistema y la serpiente capitalista. “El cine mudo era de juguete, no costaba dinero, como el cine que hacemos ahora. Hollywood es un monstruo que sólo quiere dinero, más y más.” Un depredador de cartón-piedra insaciable. Incluso, el discurso de R. Aldridch no le queda muy alejado del que transmite la Crawford: “mujer esto es una cadena sin fin, no vayas con esa postura por estos lares.” Además, de recriminarle —con tono paternalista— su posición privilegiada, como asistente personal. Por cierto, Aldrich, se deja caer un affair con Bette Davis y una gran lista de amoríos que tienen hartísima a su esposa Harriet Aldrich (Molly Price).

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De algún, modo Murphy, reivindica la igualdad de sexos, derechos y remuneración. Intenta denunciar a una industria misógina y hostil con las mujeres. Puede que la forma de manifestarlo sea demasiado amable. Pero ahí lo deja caer. Crítica la sátira —de esa inculcación— de una cultura salvaje, donde el capitalismo, es el arquitecto de un sistema que enfrenta gargantas contra gargantas. Hay una escena magnífica que pone de relieve esa situación. Cuando se lleva a cabo la pool delante de la prensa para la formalización de los contratos y, a renglón seguido, la gresca por la ubicación de los nombres en los créditos del film. Obviamente, la desvergonzada y caustica visión de Murphy, hasta este estadio es embriagador, ya que no sólo imprime la leyenda de lo mítico o el chascarrillo, sino esa idea, que es el sello de su factoría. Cómo lo hizo en la magistral The People Vs O.J.Simpson. Siguiendo una tonalidad que ya consiguió con el gran elenco de actores de la citada serie, aquí vuelve a alcanzar ese plus de brillantez. En este contexto, es lógico que la imaginación empática de Murphy gravité en: BetteVsJoan, lo que es igual Jessica LangeVsSusan Sarandon. Todo un suculento ardid —muy propio de esa cultura divinizada Pop 60,s— que sirve para distraernos, de cuánto podemos falsear, nuestra propia jerarquía social contra nosotros mismos, guardándonos, el sojuzgar a los vecinos con pequeñas distracciones. Generalmente, las vidas sexuales de los ricos omnipotentes y celebritys —quienes son revelados por Murphy— pues, no puede evitar el karma compulsivo de los mismos defectos. Tal es su superstición personal, que no se olvidó de su actriz fetiche personal, la siempre elegante, Sarah Paulson como la gran dama del teatro Geraldine Page. A la que muy bien, embaucó Miss Crawford, junto a la hermosa Anne Bancroft (Serinda Swan) en la noche de la entrega de los Oscars de 1962. Davis pierde y el Oscar es para la Bancroft (que en su lugar, es recogido por Crawford, leyendo una nota de agradecimientos). JC pasa de puntillas con la estatuilla por delante de una Davis enfurecida, al lado de una O. de Havilland que no salía de su asombro.

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Feud es un cuerno de oro de una sociedad, donde la riqueza bullía, como en el mundo de la maravillosa Mad Men “Un lugar donde la verdad miente”. Pero ese cuerno comenzaba a presentar serios daños estructurales. Hollywood tiene un nuevo enemigo llamado TV. Aunque, no sea muy dañina, ya que ese negocio está en la Costa Este. Los sapiens del viejo Hollywood se apolillan y mantener los lujos se hace una ardua tarea imprescindible. Un aroma a decrépitud naftalínica va haciendo mella en la atmósfera.  Las nuevas generaciones puede que observen a estas reliquias de antaño —como lo que son— fotografías en blanco y negro en mundo utópico. Empero, para otros muchos, son hermosos talentos que ennoblecen la pequeña pantalla. Susan Sarandon y Jessica Lange relucen el nuevo OLED coreano del salón de casa. Una presencia omnipotente y adictiva. Ambas retratan la increíble vulnerabilidad e implacable determinación de dos actrices irrepetibles: Davis y Crawford. Dos mujeres que puede que fueran obligadas por aquel Hollywood a competir en papeles similares; que yacieran humilladas por las pocas opciones que le dejaban, abuelas de estrellas del Rock y poco más. Tuvieron que hacer público el olvido del fracaso personal. Ante semejante zarandeo y castigo sólo les quedaban sus grandes mansiones solitarias de Beverly Hills. Ahí, tumbadas en la chaise longe, rodeadas de botellas de vodka y suscripciones caducadas al Variety. Mientras las amas de llaves, confidentes y porteadoras personales, como “la Mamacita”—particular— de Crawford,  en el papel de Jackie Hoffman. No es la primera, ni la última mujer que doblegada desde el misterio de su nacimiento, consiente y dirige el crepúsculo de esas diosas. Al son de la notas de Mac Quayle, mientras aparece la cortinilla de presentación del episodio de turno: un hermoso de homenaje de Mr. Murphy al genio de Saul Bass. Bienvenidos al feroz y viejo Hollywood. Nota: 7,8

 

Hap & Leonard (2016) “Pure enjoyment”

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No es la primera vez que advertimos sobre un panorama, algo saturado, en esto de la ficción televisiva. Pero no se alarmen y veámoslo como un pequeño toque de atención. Sé que muchos de Uds. se hacen la misma elucubración ¿Está agotándose la ficción Made in USA?—les contesto: No. Si volviéramos a otras viejas críticas, no sería extraño comprobar que el arranque del artículo es el mismo; pero es que han pasado demasiados años y la parroquia—en estos tiempos de vigilia postrera—no es la misma. Los espectadores cambian como los semáforos de las ciudades y uno, por alusiones—servidor—, anda algo mayor. Una generación que creció con SWAT, Cannon, Mike Hammer o Canción triste de Hill Street y el adictivo Falcon Crest, hasta aterrizar en la amadísima y mater familias de la nueva edad de oro de la TV; la mítica Twin Peaks y los pelotazos de HBO, The Sopranos, The Wire o A Six Feet Under. Luego, el caudal de búsqueda de nuevos paramos fértiles, vía streaming y la irrupción de nuevas productoras, sigue en la senda de la explotación, para  un mercado aparentemente inaudito y plausible. Un negocio donde el ingenio cuanto más sutil; mejor ejercicio. Bueno, y ¿dónde quiero ir a parar con toda esta valoración de los nuevos parámetros televisivos? Muy fácil, a un lugar donde los campos abonen semillas fructíferas y verdaderas. Por ejemplo, hará unos cinco años —aproximadamente— el canal del guaperas actor de los 70 y nuevo mecenas del buen talento; Robert Redford. Desde su factoría/laboratorio del mejor cine independiente norteamericano y la nueva productora de ficción televisiva Sundance TV está haciendo proyectos realmente adictivos. Algo que comenzó con aquella miniserie australiana dirigida por la no menos prestigiosa, Jane Campion en Top Lake un drama que escondía un thriller de abusos y pequeños ajustes de cuentas políticos, en un lugar recóndito, muy bien hecho. Después nos llegó la magnífica Rectify (a la espera de la 5 temporada, ya estuvimos hablando de ella) con un aura emocional y vibrante denuncia sobre la pena de muerte: exquisita. Manteniendo algunos de esos réditos y formas plásticas de la concepción audiovisual nos encontramos con el film Cold in July (2014). Obra que se ganó el favor de la crítica y fue dirigido por el mismo creador de nuestra nueva serie a comentar; Jim Mickle. Al lado de su inseparable guionista Nick Damici, siguen con la labor de continuar adaptando las novelas del genial escritor Neonoir gótico y slatterpunk; Joe R. Lansdale.

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Y ahí es donde Sundance TV nos trae Hap and Leonard. Una historia de un par de personajes muy en la línea de los protagonistas de la mencionada CIJ. Partiendo de la colección de novelas del mismo nombre H&L de este singular y divertido escritor: JRL. Los creadores del show Mickle y Damici nos adaptan a estos antihéroes de la Texas de finales de los 80/principios de los 90. Una extraña pareja: Hap Collins, blanco anglosajón, objetor de conciencia al servicio militar, que termina preso (James Purefoy Roma 1997) y Leonard Pine (Michael Kenneth Williams The Wire 2002), veterano afroamericano miembro del cuerpo de marines en Vietnam y abiertamente homosexual. Hay que reconocer que mucha gente no hubiera dado un duro por este dúo de actores. Pero la verdad es que nos encontramos con una pareja muy bien avenida de fina química. Sus vidas están condicionadas por los empleos de poca monta para salir del paso —dando tumbos— por la profunda Texas de finales de los 80 Reeganniana y a un paso de la nueva era de Bush padre. De repente, aparece una hermosa y fantástica, Trudy (Christina Hendricks Mad Men), la ex esposa de Hap con un asunto muy atractivo y con su toque puramente del viejo cine negro. Propuesta de mujer fatal…, cariño sé de un lugar donde hay un potosí. Claro que para llegar a ese Dorado hay que bucear muy hondo, en un río cerca de los cayos, donde los caimanes pasean hambrientos y las aguas son turbiamente profundas: hay que abrir el maletero de un viejo coche, donde reposan los codiciados dólares. Hap&Leonard es un espectáculo muy bien hecho con ecos al disparatado y brillante Hardboiled Banshee de Cinemax, que empuja al género con un ritmos muy sui generis, propios del sello Sundance. La aventura se acompaña de Howard (Bill Sage) —el nuevo esposo de Trudy— en el papel del hippie obsesionado, con salvemos el dinero en paraísos fiscales. Chub (Jeff Pope) un tipo gordo y grandullón heredero de la tipología más Made in Fargo de la factoría Coen Brothers y el ex activista y mercenario revolucionario de rostro desfigurado; Paco (Neil Sandilands) más cercano a un film del difunto Craven. Reunidos en una vieja hacienda semi-abandonada planean la estrategia de recuperación del dinero. No obstante, a todo el variopinto grupo de cazadores de tesoros —que piensan que el dinero se ha quedado atascado en el fango— pero reposa en el maletero de un viejo Ford en lo más hondo del río.

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Todo ello guiado por el gurú del grupo Howard, un tipo que se refleja el progreso de la contracultura del individuo blanco, en su transformación de viejo hippie a yuppie. (El gran Lebowski era un tipo muy perseverante en la cómoda propuesta). Luego, él y toda su cascabelera cuadrilla  hippie trasnochada,  quiere tomar el dinero y establecer una paz verde del tipo sin animosidad de lucro para cambiar el mundo,  Habría que añadir a toda esta tropa, un traficante de droga local (Jimmi Simpson) aquel hacker de la exquisita House en Cards T3 y exuberante novia punkie sanguinaria la escocesa (Pollyanna McIntosh The Woman y The Filth) personajes que introducen el elemento del caos a la historia; ya que son los dueños del terror que inunda la ciudad con sus execrables asesinatos. Sin embargo el mayor efectivo del producto y posiblemente el empuje más seductor del mismo siguen siendo la pareja H&L en sí muy significativos. Partiendo de la prosa original, de Lansdlale son los prototipos, de hombres dignos de un estudio—cuasi— antropológico. Todo ello contrastando los entornos, de ese norte liberal postindustrial, y ese sur conservador agrícola. La unión de ambos por su imperecedera lealtad de uno al otro, sin cuestionarse ni el color de piel, ideología o identidad sexual. Hap es blanco, sureño, tolerante, y ex activista contra la guerra del tío Sam. Tampoco se le podría etiquetar del típico votante progresista del partido demócrata, pero lo que es más evidente; es su animadversión hacia las proclamas de los conservadores fanáticos. Mujeriego por antonomasia y amante de las causas perdidas. En cambio, Leonard es un veterano de Vietnam, ideológicamente conservador, a pesar de ser estigmatizado por esa mácula del color, y su identidad de Gay en una América sureña en los años donde se atisba una América que tiene en el cambio al gobernador Michael Dukakis contra el republicano Bush padre. Ellos dan señales de preocupación, en ese instante, donde todo salvaje vividor va viendo que los años de grandes fechorías y diversión están contados; los 50 tacos les persiguen como un cazador de patos en un lago. Y mojarse la tripa en la mitad del trayecto puede ser un viaje peligroso.

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Una de las grandes sorpresas del show es la interpretación, del siempre carismático, actor Michael Kenneth Williams, mítico Omar Little de la legendaria The Wire y el fiel gangster de color Chalky White de Boardwalk Empire. Todo un lujo observar el cambio de registro, alejándose de esos ecos —llamémosle— violentos de alto voltaje y meterse en la piel de un tipo con sensibilidad, honorabilidad y sentido de la heroica. Todo lo contrario del gentleman James Purefoy cuestionado por su origen británico, dio mucho que hablar, sobre la idoneidad de su elección para ser Hap Collins. Obviamente, el resultado no puede ser mejor, su solvencia a la hora de poner el acento texano y ese toque cínico, propio del personaje, original de las novelas. Siempre he dicho que sólo han habido dos Marcos Antonios impagables: Richard Burton y James Puferoy en Roma de HBO.  Y es que desde el primer contacto con la cámara, Purefoy y Williams venden la compenetración entre sus caracteres. Así como el contoneo juguetón de Hap Collins con su ex Trudy, una Cristina Hendricks (en pleno esplendor con sus recién 40 años cumplidos) que trae a la mujer fatal de los años 50. Hap y Leonard nos devuelve a ese tiempo donde las estrellas del celuloide eran Don Johnson, Mickey Rourke, Geena Davis, Wesley Snipes o Rob Lowe que se encuentra en aquella divertida y coloreada 1980. H&L se suspende en el tiempo, su frondosa geografía nos retrotrae a la encantadora y sugestiva primera temporada de silencios y personajes muy típicos de esa oculta y desvencijada; América profunda. Estableciendo un estudio en profundidad en la pantalla, cercano a la primera temporada de extraordinaria True Detective. Sabores locales de un contexto regional que esconden pasiones y personajes altamente peligrosos. La serie también utiliza sus flashbacks con moderación pero eficazmente para mostrar y no decir, los orígenes de estos personajes las conexiones. Pero la serie, a veces, pierde algo el tono y la narración de un estilo no siempre coherente. Así como algunas lagunas de su edición y continuidad pueden pecar de episodios demasiado nerviosos. No obstante, el elemento de unos diálogos muy solventes y precisos que nos acercan a aquel humor de muchos dramas criminales de los de antes. Y es que Hap and Leonard es realmente divertido. Su bandera como auténtico divertimento es asesinar por un camino imparable a los idealistas corrompidos. El resultado es algo así como unas fresas en su mejor estado de madurez que terminan irresistiblemente en el paladar de los adictos al género negro.

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La adaptación, en cualquier caso, es por lo general fiel a la novela, con la inclusión de nuevos elementos para conseguir en los momentos más excitantes mayor pirotecnia. La combinación del espectáculo de seriedad temática con momentos hilarantes de situaciones que nos llevan a las novelas de Carl Hiaasen terminando por conectar con el resto del más escéptico y los 45 minutos del episodio se convierten en un pis-pas. “Estos tipos son la clase de vaqueros fuera de tiempo”, según Jim Mickle, de ahí, la ubicación del contexto de los divertidos años 80. Y que el ambiente occidental, con un “sentido y moralidad que vuelve y se mantiene por los siglos de los siglos”. Algo que demuestra; cual es la especia perfecta para atar este guiso de género. Los diálogos son inteligentes y conmovedores, y de los seis episodios formato garantiza que el espacio se mantenga agarrado y recorta cualquier narrativa larda. No hay mucho relleno, por lo que será muy interesante ver cómo la exhibición de sus dobleces en la segunda mitad. No le hace falta moverse a una velocidad de vértigo, pero los polvorines se establecen para una conclusión explosiva. El espectáculo es sin duda característica de este calibre, con una magnífica dirección de Mickle y el operador de fotografía, Ryan Samul. Así como la excelente BSO del compositor, Jeff Grace. De esta manera, Hap and Leonard se siente realmente como una especie de secuela de la fantástica Cold in July. No sabemos la continuidad de los próximos libros pero quién sabe si Mickle sería capaz de traer al personaje de Bob interpretado por Don Johnson, que sigue siendo uno de los personajes principales en las obras de Lansdale. Empero el espectáculo a medida que va avanzando consigue una gran influencia del tono fílmico de la gran Justified. Al igual que recuerda a una vieja serie de James Garner: The Rockford Files. Donde pasó a ser el detective que estaba de paso de todo, lidiando con los problemas de los extraños personajes que encontraba por el camino y la cutre/hermosa California del sur que descubría en su recorrido. Evidentemente, Hap and Leonard es un sueño hecho realidad. Es un muy buen punto de partida y si el resto de la temporada es tan buena como los cuatro episodios vistos por servidor, posiblemente, estamos delante del nacimiento de dos tipos, con el suficiente currículum, a iconos de gran ficción de este S.XXI. Esperamos plácidamente, mientras suena el buen country de la divertida, explosiva y encantadora Texas. Claro, contando con el elemento sorpresa de algún purista que se haya dejado caer con por bellos parajes de Louisiana, por aquello, de las facilidades fiscales a la producción. Ironías a un lado; Hap&Leonard creo que han entrado por la puerta grande de Sundance. Al tiempo. Nota: 7,8

After 10 years, Sleeper Cell (2005-2015)

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Vivimos unos tiempos donde la tecnología sabe más por diablo que por vieja, y es que el castizo refranero español, en sus diferentes versiones y particulares geografías: es uno de los idiomas de mayor plenitud verbal y con mayor cuantía de adjetivos. Si la prosa es adjetivar; es obvio que por estos lares nos esmeramos en utilizarlos de forma precisa y delicada. A veces, acertamos y en otras ocasiones, no. Hablar de Sleeper Cell (2005), puede que sea un poco atrevido e insolente dadas las circunstancias y los acontecimientos acaecidos—nuevamente— sobre nuestro rico, multicultural y generoso occidente del bienestar. Mucho más sorprendente es que esta obra de imaginería del terrorismo y fanatismo religioso haya cumplido 10 años. No es la primera vez, que he recomendado esta miniserie; obra de culto que en sus 18 episodios nos adentra en los vericuetos de la angustia, la sinrazón y el caos. La fagocitación del individuo en el mundo de la series por todo el planeta es evidente. De toda la cosecha que se presenta anualmente el 90% de las producciones son Made in Usa, y casualmente, las más consumidas por todos los espectadores del mundo. Es curioso, pero las estadísticas no pecan de ambigüedad  pertenecen al mundo de lo exacto. La verdad puede doler, no obstante eso es lo que hay. En ese contexto, encontramos series como la aclamada Homeland (2011) — un filón lleno de histeria, tramposo y facilón—  que gozó, y goza del aplauso de una inmensa mayoría de la audiencia  y la crítica de puntilla en blanco. Incluso, Obama la jaleó.

 

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Sin embargo, si hemos podido disfrutar de Homeland (no es mi caso, evidentemente) o la exquisita The honourable Woman (2014), no hace mucho comentada y recomendada por nuestra redacción.  Es gracias, a que en el año 2005, los pocos adictos a esto de la tramoya digital accedimos a este delicioso e impecable beluga en todos sus aspectos. Así mismo, la cineasta Kathryne Bigelow, nos deleitó con otra obra maestra Zero Dark Thirty (2012) deudora de esta maravillosa joya audiovisual del canal Showtime. Empero, cuando el gran bucle de las series era cosa de HBO y paremos de contar; nuevos embriones se pusieron en marcha, caso del polémico canal FOX —acusado de tener una editorial republicana y belicista— en su versión de cable, FX. Creó, una de las mejores series, en torno a toda esta locura del post11S y los daños colaterales. Disparó con posta del 18 y acertó de lleno con la extraordinaria 24 (2001), un fenómeno mediático desde su puesta en escena, pasando por la escritura de los capítulos y el desarrollo de la misma, sustentado en la figura de su protagonista: el agente de la Unidad antiterrorista, Jack Bauer. Esta hipertaquicárdica y original historia del patriótico y original Jack Bauer, interpretado por un impecable Kiefer Sutherland. Recibió odas del mismísimo Mario Vargas Llosa y miles de críticas de otros intelectuales y críticos de diversos pelajes. La serie 24, dirigida en sus dos primeras temporadas por Stephen Hopkins se labró su prestigio como serie de culto. Pero lo que me lleva a hablar de Slepper Cell (2005), es su idiosincrasia; el plus del activo sobre un globo terráqueo de la invisibilidad, y, eso es este producto; un pequeño escuadrón de lobos solitarios reclutados con una asepsia digna de enmarcar.

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El terror camuflado en ese apocalipsis llamado fanatismo. Del que día sí, día no nos encontramos con alguna tragedia en los informativos de todo el mundo. Una locura, un viaje a las tinieblas donde individuos de apariencia campechana e inocente lo refrendan y es alentado mediante un minucioso trabajo de captación entre jóvenes por todo el planeta, independientemente, de su estatus social o posibles creencias. ¿Les suena? Desgraciadamente, sí. Estoy convencido. En Sleeper Cell todo lo dicho en estas líneas se pone de relieve. Desde las transferencias millonarias de grandes fortunas de Oriente Medio al servicio de la causa, hasta los dobles agentes, los mensajes en lenguaje encriptado en la seductora webesfera y los subterfugios por donde el mal sigue a la suya. Es la guerra total, donde las víctimas se cuentan por millares. 11S, 11M, 7J y 7E, a ello habría que sumarle la operación de exterminio llevada a cabo con las etnias cristianas en Irak, Siria o Egipto y etc. Volviendo a nuestra serie, estamos delante de un guión fascinante que pasó, como el que no quiere con más pena que gloria. Aquellos pretéritos años (de 1999 a 2006), donde Los Sopranos eran dueños de las audiencias del cable y lo de hacerse un hueco, entre tanto nivel era empresa de alto calibre. Sleeper Cell se ha ganado el título de pieza de museo y joya con derecho a pulpito propio. Creada por Ethan Reiff, Cyrus VorisEl monje (2003) o Robin Hood (2010)— junto al  productor  y director Clark Johnson Brimstone (1998) y The Wire (2002), The Shield (2002) o la mencionada Homeland. Así como directores de prestigio, dentro de la ficción Made in Usa como Nick Gomez, Guy Ferland o el genial Charles S. Dutton (actor, guionista, productor y etc.)

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Luego, una manera de acceder a esta maravilla es a través de su edición en DVD o de un modo, más prosaico, vía meollo Walternativo de la descarga rápida y a la hora que mejor le convenga al personal. Sleeper Cell se divide en dos partes: la primera entrega compuesta por 10 capítulos y la segunda de 8 con un nuevo título; Sleeper Cell American terror, donde el melodrama y thriller convergen hasta llegar a un punto entrópico: el ultrarealismo en su mayor definición. El argumento de Sleeper Cell se centra en la figura de Darwyn Al-Sayeed (Michael Ealy), un joven agente  del FBI afroamericano, que profesa la religión musulmana, además de ser un ferviente devoto del significado del concepto Islam como su religión. Es requerido por unidad antiterrorista del cuerpo federal y propuesto para infiltrarse en una célula terrorista durmiente que está planeando un gran ataque en un lugar emblemático de Los Angeles. La célula está dirigida por un extremista árabe llamado Faris Al-Farik (interpretado por el magnífico actor israelita, Oded Fehr conocido por sus papeles de reparto de la versión digital en la Momia I y II, así como Residen Evil 3 y 5)  que se disfraza como un prestigioso hombre de negocios de origen judío. Los miembros de la célula provienen de una variedad de orígenes raciales y personalidades conflictivas. Desde un  skinhead decepcionado de sus antiguos amigos; Cristian Aumont (Alex Nesic) o un norteamericano rubio: Tommy (Blake Shields), un tipo retorcido que trabaja en una bolera, cuyos padres son profesores en Berkeley. Muy curioso resulta, otro de sus integrantes, el bosnio profesor de matemáticas y química, Ilija (Heri Lubatti), que le gusta escuchar viejos discos de Hip-Hop. Hablando de música, no podemos dejar pasar por alto su magnífica BSO, creada por el gran Paul Haslinger, sonidos étnicos orientales y electrónica muy trip hop.

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Los cuatro están a las órdenes de Farik (Oded Fehr) para matar a estadounidenses y atentar contra intereses norteamericanos. En medio de toda esta red de intereses y recelos, se encuentra Darwyn tratando de convencer de su llamada yihadista a sus “hermanos”, prometiendo fidelidad a la causa y cohesionando al grupo, mantiene una relación con una madre soltera y entrometida Gyale Bipshop (Melissa Sagemiller). Sleeper Cell trata de desafiarnos con el engaño de las apariencias de los chicos malos. En los primeros 10 episodios, son una visión más introspectiva de los personajes desde una óptica más humana y cercana, así como los entresijos de la financiación de estos grupos terroristas, y las alegorías constantes al  verdadero significado del Corán. La serie también retrata la hipocresía y la dicotomía de los miembros de la célula que dicen ser musulmanes, sin tener un comportamiento que es pecado en el Islam (por ejemplo, el sexo fuera del matrimonio) y sin embargo profesan un deseo de ser martirizado por el islam estadounidense. Darwyn pasa informes continuos a su supervisor jefe del FBI, Ray Fuller (James Le Gros). Un tipo muy cercano a Darwyn y que vela por la seguridad del mismo, a costa del pasotismo de la burocracia de Washington, poniendo en peligro su propia vida. En la segunda temporada, Darwyn se infiltra en una nueva célula que se ha formado para vengar la derrota de la célula original. Cuando su segundo supervisor, Patrice Serxner, es asesinado en Sudán, Darwyn debe tratar de trabajar con otro nuevo jefe; el agente especial Russell. Mientras tanto, su novia Gayle se dibuja más profundamente en la intriga cuando a medida, que transcurren los episodios se verá atrapada en un triángulo peliagudo que componen Russell, Darwyn y un miembro de la célula. Desde muchos prismas se ve el desarrollo del producto. Una de las premisas que se observan en ella, es el respeto y el esfuerzo de comprensión hacia la religión la religión musulmana (la convivencia de una sociedad etnicocultural, de libertad de culto y personajes que te dejan del revés), cosa que en 24 o Homeland se observan pequeños geisers islamofóbicos, donde el tránsito hacia la Yihad es una locura y el intento de justificación de la salvación y redención de la causa mártir.

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El minucioso trabajo de los guionistas, introduciendo elementos alejados de los estereotipos en la mezcla de individuos que forman la célula. Incluyendo una mujer blanca europea, un hombre Latinoamericano y, por primera vez en la TV la aparición de un hombre musulmán gay: el ingeniero químico Salim (Omid Abtahi), en un papel inolvidable. Darwyn de la noche a la mañana se convierte en un tipo respetado dentro de la comunidad musulmana y una cabeza visible de alta jerarquía dentro de la nueva célula. No del todo seguro de su misión Darwyn es destronado del poder antes de que pueda aprender lo suficiente sobre la nueva amenaza a gran escala dentro de las células terroristas. Al enterarse de la nueva misión Darwyn entra en acción y contribuye a impedir que el nuevo ataque terrorista en Los Ángeles. Pero para salvar la ciudad Darwyn finalmente pierde a alguien cercano a él, que lo envía a una misión personal suicida para matar a Faris al-Farik (su verdadero nombre Saad bin Safwan). Incluso con el trasfondo de situaciones tristemente reales, que ya son parte de nuestra historia universal más reciente, no es fácil hacer el yihadista ni uno de los papeles más apetecibles en estos momentos para un actor de renombre. Sí que hay que reconocer los innumerables puntos de vista que se acometen en el show y son parte del día a día del mundo islámico radical crónico. Se habló en su momento de un posible spin-off, o volver a retomar el hilo conductor donde finalizó el segundo capítulo. La cuestión es que Showtime se volcó con su apuesta de Homeland y no sabemos si en próximos años veremos un producto de un detallismo tan delicado, cuidado en el tratamiento de los personajes y un realismo tan voraz sobre las consecuencias de la locura y el fanatismo integrista. Nota: 8,7

53 Aniversario de James Gandolfini

 

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“He sido un tipo muy afortunado, considerando  lo que parezco y lo que hago” James Gandolfini  (18 Sept 1961New Jersey/19 Junio 2013 Roma)

 

The Leftovers; el Postapocalypse

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The Leftovers es la nueva apuesta del decano y espectacular canal de cable, HBO—mágicas oficinas neoyorquinas del grupo Time Warner—que ha hecho de la TV, un lugar de obligada peregrinación al mando a distancia y el pago por visión. Mucho ha llovido desde las obras maestras Made in 11S; The Sopranos, The Wire y Six Feet Under. Hablando de este último producto—bajo mi punto de vista, una de las cinco mejores series de la historia de la TV contemporánea—parece ser que la cúpula directiva ha decidido explorar nuevos territorios, partiendo de una absoluta y determinante premisa: la muerte. Magistralmente, creada, por el  Sr. Ball. Y nos preguntamos: ¿Cómo somos capaces de gestionar la pérdida de los seres queridos cuándo desaparecen? Difícil respuesta. Más aún, si abrimos uno de los clips promocionales del canal, y escuchamos —muy atentos— los créditos dónde se anuncian a bombo y platillo: “Del co-creador de  la aclamada serie que batió records en la TV del S.XXI, Lost —Damon Lindelof— llega con un nuevo espectáculo sobre las almas perdidas”. Un drama, en torno, a la desesperación del ser humano. Un combate en el cuadrilátero de la vida contra eso llamado angustia, dolor y pérdida. The Leftovers es la serie que  lleva emitidos siete capítulos, en la parrilla veraniega del susodicho canal, con la vista puesta, en fidelizar a una audiencia con este nuevo producto. El termino Leftovers, a groso modo, significa sobras. O sea, lo prescindible, desecho o desposeído. Dentro del contexto puramente literario, la novela —alma mater— original del escritor Tom Perrota se publicó en España bajo el título “La ascensión”, sí ya sé que les parecerá chocante. Pero ese concepto cuasi místico y teológico impregna la historia, trasladada al contexto audiovisual letra a letra. Tom Perrota, se ha convertido en un escritor y guionista de prestigio con dos libros: Election y Juego de niños. Ambas convertidas en film maravillosos. La primera una fue una comedia ácida y llena de mala baba, que nos descubrió a uno de los nuevos cineastas del club recuperador de la nueva comedia norteamericana de finales del XX/principios del XXI; Alexander Payne. La segunda, un drama de historias entrecruzadas, que fue dirigida por otro director de culto: bizarro y minimalista, tras la cámara: Todd Field. Aquí, T. Perrota debutó junto a Field como, coguionista. Hago este inciso, (para todos aquellos que duden de la solvencia del creador y coguionista del producto que estamos tratando en esta crítica), con la finalidad de dejar bien clara la personalidad de los creadores: Tom Perrota y el guionista Damon Lindelof (Lost, Fringe o Prometheus).

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Bien, llegados a este punto, comencemos a desgranar el material que va a ser humus de primera, el cual, terminará solidificándose, como nuevo celuloide Made in HBO. Empezando por el giro copernicano del bostoniano y su nueva novela. Un libro que parte desde  un contexto entre la  ciencia ficción postmoderna y el drama social más contemporáneo una década después del 11S. The Leftovers es la historia de una ciudad llamada Mapleton, donde el 14 de Octubre del año 2008/2009 —en apenas segundos— millones de personas de todo el mundo desaparecen por arte de magia. Por no decir que se esfuman, a modo, de tornados —idénticos a los vistos en TV por la zona del corredor al Golfo de México—con una boca, directa al cielo. Seres humanos que no mueren en el sentido—más estrictamente— biológico de la concepción, sino que desaparecen, sin dejar ningún rastro. Entre los desaparecidos —una voz en off, se erige en la narración omnisciente— personajes mediáticos de todos los patios; Jennifer López, el Papa Benedicto XVI, Adam Sandler, Vladimir Putin y un tirano latinoamericano, cuyo nombre no nos es revelado. Bien, tres años después de lo acuñado como la “Partida Repentina” (concepto, medioempanado de los versículos del antiguo testamento 1 Tesalonicenses 4:15-17), y, que, en contra de la profecía bíblica, parece haber afectado a todas las religiones y edades por igual: cristianos, budistas, mahometanos, ateos, viejos, niños, gente buena o malvada, desaparecieron todos, sin distinción ni razón de ser. Aquí, Perrota se nos columpia con una de la epístolas de San Pablo para explicar la tesis del rapto; también conocida como el arrebatamiento. Es básicamente, la idea de que Cristo vendrá de forma invisible, para levantar su iglesia en el cielo, para no sufrir la gran tribulación de 7 años, que creen encontrar en las profecías bíblicas. Todo ello, servido entre dosis de un absurdo fanatismo y solapadamente, con un suflé cáustico, que se observan en todos esos movimientos milenaristas. Entre los que se encuentran los cristianos dispensacionalistas: Tim LaHaye y Jerry Jenkins.

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Una vuelta de tuerca, desde un plano laico y sátiro a la popular serie de libros Dejados atrás, que dentro de unos meses estrenará la película basada en la adaptación de este superventas, con Nicholas Cage de protagonista. En fin, tampoco quieran buscarle la quinta pata al gato, pues Perrota no es Lutero ni mucho menos, Heidegger explicándonos el catecismo de San Pablo o haciendo una disertación sobre la fenomenología. Luego, ¿Quiénes son los The Leftovers nos volvemos a preguntar? ¿los ascendidos o aspirados por ese rapto divino? No. Siguen siendo  los restantes o  sobrantes que sobrellevan el remordimiento de ese fatídico acontecimiento en Octubre del 2008/09. Utilizando la asepsia; el desguace del caos en un Carpe diem. Apenas un año después del extraño y espeluznante suceso de la desaparición de todos esos humanos por el planeta, aparece una especie de secta nueva: los ‘Guilty Remnant’ (los Vestigios Culpables). Imitando el voto de silencio de los monjes cartujos, visten ropas blancas y viven de forma bastante espartana. Otra cosa que los hace peculiares, es que están a todas horas fumando cigarrillos, cuando se hallan en presencia de otras personas. Su misión es reclutar nuevos practicantes de su culto y esperar el fin del mundo. En espera de la llegada de ese final; el grupo se dedica a la vigilancia de los pecados, distribuyéndose en parejas de guardianes que simplemente siguen y miran fijamente a ciudadanos normales, mientras sostienen un cigarrillo encendido, siempre en silencio. Y no digo más porque el libro está bien escrito. No me ha aburrido. Otra cosa son las dudas de su traslación al medio audiovisual. Es decir, la adaptación al medio televisivo tendría que ser impecable. Pues, miren por dónde, que lo es: plano a plano. Peter Berg (sin ser la octava maravilla de la dirección y además, firma como productor ejecutivo) filma las escaletas de Perrota y Lindelof, al pie de la letra. Dejando muy claro, que la familia Garvey son los protagonistas absolutos de la serie. Ellos no perdieron a ninguno de sus miembros el 14 de octubre, pero sus consecuencias resultaron ser dramáticas para todos ellos. El padre, Kevin Garvey (Justin Theroux) asumió el puesto de  jefe de la policía tras un incidente, en el que hubo un allanamiento del cuartel general de los Vestigios Culpables y mató a uno de ellos. Tiene pesadillas en las que él, intenta torturarlos o  prenderles fuego.

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La amenaza real e imaginaria de esos demonios; le abocan al alcohol y la paranoia. Sale a correr por las mañanas o de noche y topa con un hombre calvo, que conduce una camioneta, Dean (Michael Gaston), el cual, mata a los perros callejeros que se encuentra por las calles del pueblo con un rifle de caza. Laurie, (Amy Brenneman) como  la esposa de Kevin, quien decide renunciar  a la vida cómoda y placentera que tenía al lado de su marido, tras la marcha de su hijo y su bajo estado anímico (un bajón en la relación marital) convirtiéndose en miembro de los Vestigios culpables. Jill, la hija de Kevin (Margaret Qualley) está en la edad de la rebeldía adolescente. Perdida en una nube de apatía con su amiga Aimee (Emily Meade). Después está Tom (Chris Zylka), el hijo de Kevin que se unió a un grupo alternativo “The Healing Hugs” que lo dirige una especie de predicador—estilo evangelista secta zen— liderado por Wayne (Paterson Joseph). Meg Abbott (Liv Tyler), una mujer con serias dudas al respecto de su inminente boda, la cual, acabará ingresando en la secta de los VC. Después está Senior Garvey (Scott Glenn), padre de Kevin que vive fuera de la realidad, ingresado en una residencia psiquiátrica; Charlie y Max Carver son (Scott y Adam Frost, hermanos gemelos), amigos de Jill y Aimee. Christine (Annie Q), interpreta a una seguidora del grupo de Wayne, en plan groupi, que termina metiendo en un lío a Tom por los intereses sexuales de su gurú. Patti (Ann Dowd), es  una de las  líderes mayores de los  VC. Lucy Warburton (Amanda Warren) es la alcaldesa del condado, muy cercana a Kevin Garvey. Nora Durst (Carrie Coon) es una abogada de una importante empresa de seguros de vida. Ésta, perdió a toda su familia en “La Partida”. Por último, tenemos al reverendo Matt Jamison (Christopher Eccleston), dedicado en cuerpo y alma a probar, que las personas desaparecidas no eran almas puras. Todos ellos compartían secretos espurios. Nuevamente, el elemento del pecado bajo una visión muy Alighieriana de la montaña hacia el purgatorio. Entre secuencias apoyadas en el surrealismo.

Lolitas Foto 5

 

Naturalmente, el traumático acontecimiento ha cambiado las vidas de todos en Mapleton y les conduce a un cierto grado de introspección. En este sentido, Perrotta se la juega, pues no es un tema que atraiga a muchos lectores; más bien, diría uno, que los ahuyenta. El hecho de que la catástrofe no quede explicada (hay algunas nebulosas referencias al 11 de septiembre de 2001 y al tsunami del océano Índico) puede hacer pensar al lector que en realidad la Partida Repentina viene a ser una excusa para que Perrotta y Lindelof investigue las reacciones del comportamiento humano, ante la tragedia y el dolor como respuesta a la pérdida de los seres queridos. Mientras que algunas personas han buscado el retorno a una especie de normalidad, para otras no es ni fácil ni factible. TP&DL, centran este dilema en  muchos de los personajes que se ven implicados en la pérdida vital, en el caso de Nora Durst. Un personaje, que a medida que los capítulos avanzan crea más expectación. Su esposo y los dos niños desaparecieron, aquel 14 de octubre mientras cenaban. Tras una noche en la que baila con ella en un evento social —una estrategia para recuperar algo de normalidad—, Kevin trata de acercarse a Nora  (incluso hacen realizan una escapada a Florida), pero es ella la que decide que, puesto que no puede rehacer su vida. Optando por  una reinvención, hasta que un fortuito hallazgo lo cambiará todo. A todo lo anterior hay que añadir la tensión y el enigma, en torno a un par de asesinatos de miembros de los Vestigios Culpables. Una lapidación misteriosa acaba con la vida de una de sus más carismáticas integrantes Gladys (Marceline Hugot). Pese a que la narración nos da suficientes pistas sobre  este affaire: el caso no queda aclarado.

Meg&Laurie Foto 6

La implicación de Laurie en los entresijos del culto también añade sus buenas dosis de misterio. En el fondo, no es más que miedo a la sempiterna historia de la soledad, magistralmente narrada por Defoe en su Crusoe. Y ahora nos preguntamos: ¿Estamos ante  una obra maestra de la Sci-fi postmoderna de la nueva década, tras el Trhiller True Detective o es tan sólo un nuevo ejemplo más, del deambulatorio embrutecedor del determinismo colonial de la cultura pop para elevar celuloide new age y petardeo bobalicón del movimiento Art Pop TV? No sé cuál es la respuesta. Sinceramente, no la tengo. Puede que todo resida en la fe, o mucho mejor, en la razón del XVIII y el XIX. De la necesidad de releer a Bacon, Descartes, Nietzsche, Derrida o a Deleuze, para entender este nuevo hibrido entre Lost y Six Feet Under, y sus constantes referencias útiles del concepto new art de la literatura, cine, TV y nuevos entornos culturares; redes sociales y revolución tecnológica. Con todo, hay algo en The Leftovers que me ha parecido flácido, engañoso y algo pretencioso. Si el mensaje que Perrotta pretende transmitir; es que el ser humano no puede (ni debe) confiar, en que formas o estructuras externas (la religión organizada es el caso más obvio: cuando la secta se convierte en resquicio mafioso y por ende, una reafirmación del nazismo puro y duro). Obviamente, su reclamo es complejo y también inquietante.  No quiero extenderme más porque podría adelantarles el final del libro, que va a ser el mismo de la serie. Sigo echando de menos una mayor profundización  en las desazones y congojas de los afectados por el dolor. Es muy difícil desmenuzar o buscar la lectura del corazón  tras una experiencia traumática; donde el individuo lucha todos los días con sus demonios interiores, haciéndose preguntas que no tienen respuesta, tratando de exprimirle algo de sentido al sinsentido.

 

Holly Wayne& Nora Foto 7

 

Puede que sus desasosiegos no sean las de otras personas, pero en ningún caso son superficiales. The Leftovers, puede que nos esté vendiendo humo. Puede ser. A veces puede parecer demasiado presuntuosa de su honorabilidad como serie fuera de lo comercialmente correcto y virtuoso. Su lentitud puede parecer liviana y extenuante. Así como su excelsa BSO de Max Richter; una maravilla. HBO, acaba de firmar una nueva temporada para 2015. Y es que la historia de la televisión se llena de espectáculos construidos, en torno a personajes que han sufrido la pérdida: viudas, viudos,  niños que han quedado huérfanos y un largo etcétera. En algunos casos, la fatalidad del día a a día, revivido en familias extensas —Six Feet Under, la cual, comenzó con la muerte del patriarca de la familia— y  comunidades (como, la fascinante, Twin Peaks estaba en su corazón un espectáculo sobre el efecto de un asesinato en un pueblo). El evento de esta historia es el 11S, multiplicado por unos  millones. Todo el mundo conocía a alguien que desapareció. Muchos han recurrido a las drogas o el alcohol o la automutilación. Nadie está dando a nadie ningún descanso, porque están todos en sumidos en un dolor crónico e imborrable. Es la llegada del Postapocalypse a la nueva televisión; ya está aquí y parece que se quiere quedar una larga temporada. Luego, vigilen sus humos. Pues, todos volvemos a nuestras cenizas humeantes de recuerdos. A veces, dicen que se vuelve de ellas. No lo tengo muy claro, juzguen Uds.  Nota: 7,2