The Serpent (2021) “The Bikini Serial killer”

La ficción sólo tiene dos vertientes; la buena y la mala. Hoy en día el 70% de toda la ficción mundial para televisión es basura —en muchas ocasiones de difícil consumo— y el restante, 30% es buena. A veces, muy buena, y tiene denominación de origen Made in UK. El brexit me ha alejado de la isla de mis fantasías y sueños de adolescentes. Todavía tengo allí grandísimas amistades, que nos sentimos más alejados, a raíz de lo político: brexit y la seguridad: la demoledora pandemia de la Covid19. Todo daría para trabajar en un buen guion. Empero, no se preocupen, ya está ese bendito sitio, llamado BBC y todo su departamento de creativos y desarrolladores de grandes historias. Ayer terminé de visionar, gracias a la parabólica de 200mgHz, el último capítulo de The Serpent —la asombrosa historia real— que hay detrás de esta tremenda serie desgarradora y retorcida. Un thriller de esos que te quedas con la sensación; aquí hay algo que traspasa lo puramente, imaginado, para comprobar que estamos ante un hecho real muy bien documentado.  Redundo, en el supuesto del espectador medio de cualquier país, éste se hallaría, ante la disyuntiva si creer o no creerse la propuesta. Insisto es una historia demoledora, y con todo, puede que tenga problemas para creerla. The serpent 2020, cuenta la historia de un tal Charles Sobhraj, un psicópata encantador y demoledor; que aterrorizó la conocida ruta del Hippy Trail. Un clásico itinerario del hipismo de los 70. A día de hoy en gran parte inaccesible, entre Europa y el sudeste asiático que alguna vez fue tomada por jóvenes viajeros, donde se llevaron a cabo, toda una serie de asesinatos brutales a mediados de la década de 1970. Sobhraj, el psicópata del suroeste oriental se hacía  pasar por fotógrafo o comerciante de gemas. Como un encantador de serpientes, encandilaría a sus víctimas, las drogaría y secuestraría para que pensaran que tenían disentería. Fingiría cuidarles para luego robarles y deshacerse de ellos. Y que lista de liquidación de seres humanos, desde el estrangulamiento, al  apuñalamiento o el ahogamiento de dos jóvenes mochileros holandeses, tras haber sido quemados vivos. La serie es inquietante, incomoda e insufriblemente tensa.

Al final del episodio tres, puedo decirles que tuve que tomarme un copazo de viejo malta para aliviar la zozobra. El cuerpo que me dejó este psicópata del fingimiento elegante y letal: es tremendo. Obviamente, es una historia poco conocida por estos lares, pero en el sudeste asiático, Sobhraj (interpretado escalofriantemente en la serie por el actor de Un Prophète Tahar Rahim) fue noticia de primera plana en 2014, cuando fue condenado por un tribunal nepalí, mientras cumplía una cadena perpetua, por un asesinato que había cometido casi 40 años antes. Sin embargo, el director de la serie, Tom Shankland, había escuchado hablar de él muchos años antes, mientras caminaba por Nepal a los 18 años. “Estás mirando la silueta de la cordillera del Annapurna, con el dosel de estrellas sobre tu cabeza, y estás pensando, ¡Guaauu! esto es tan maravilloso”,— me dice, “Y luego alguien, creo que un australiano que acababa de conocer, dijo: “Sí, pero ya sabes, tienes que tener cuidado, está este tipo, él y su novia, te conocen y se hacen amigos, luego te drogan y te matan. Y está en la cárcel, pero siempre sale. Entonces, ya sabes, no confíes en todos los que pululan por aquí”. Shankland admite que, con el optimismo de la juventud, su perturbación no duró mucho, pero la historia permaneció en su mente hasta hace unos años, cuando comenzó a pensar minuciosamente en realizar un thriller. Intentándose alejarse de la faceta puramente biopic; tarea demasiado compleja.  No obstante, Sobhraj, se ganó el apodo del “asesino del bikini” porque se encontró que dos de sus diez víctimas conocidas la utilizaban, ésta no es una letanía de mujeres muertas: detestaba la condición humana occidental, ya fuera hombre o mujer; considerándolos idiotas blancos privilegiados. El asesino del bikini era de origen vietnamita e hindú, y fue intimidado por ello, en su infancia, durante su periplo por la escuela en Francia.

El drama no quiere hacer de él una especie de starman del showbussines. Vista la mitad de toda la serie, su director, ha sido cuidadosamente calibrado para evitar convertir al personaje en un icono adictivo. Tremendamente manipulador y narcisista. En cambio, la narrativa se centra deliberadamente en los personajes que se sustenta en sus tretas, y las personas que pronto lo seguirán. El tratamiento del guion es completamente deliberado, dice el escritor de la serie y showrunner, Richard Warlow. “Sobhraj es la horrible y oscura antimateria en el corazón de la historia hacia la que todo se inclina”—ratifica. “A lo largo de la serie, fuimos quitamos algunas capas y entramos, supongo, en una versión de la verdad de él”. Nunca se puede saber, admite, lo que impulsa a un hombre así, “pero creo que verlo como los demás, es decir, una visión de un tipo muy importante”. Unos actores en estado de gracia, en parte, a la excelente dirección de Shankland. Fantástica dirección artística, a través, del mínimo detalle de una época que marcó una antes y un después, en la contracultura occidental. La inquietante fotografía de los rincones más oscuros del sudoeste asiático por Seppe Van Grieken. No se han escatimado medios para conseguir el tempo de thriller que progresa a un ritmo lento, pero retorcidamente mortal. Uno de los prismas más fascinantes, de todo el entramado que acompaña al asesino en serie: es la amante de Sobhraj, Marie-Andrée Leclerc, conocida como Monique (al “Alain” de Charles), interpretado brillantemente aquí por la actriz británica, Jenna Coleman. “Disfruté escribiéndola más que nadie”, Dixit: Warlow, “el trayecto de esta joven es realmente de los más  sugestivos que he visto”. Indagando en el libro que ha sido una de las partes más sustanciosas de toda la historia: “On the trail. The Life and Crimes of Charles Sbhraj” escrita por Richard Neville y Julie Clarke. Un libro que fue un éxito de ventas en su momento —y nuevamente, reeditado a sabiendas de lo que vendría— allá por 1979. Un laborioso trabajo, donde RW indaga en su infancia, por los suburbios de Quebec, observamos: lo triste y solitaria que fue su vida.

De repente, aparece este hombre que entra en juego, y, se ofrece a sí mismo como la cura seductora, glamurosa y erotizada para todo esa operación. Creo que realmente se puede ver el auténtico  porqué, de cómo se introdujo en ese viaje y nunca se detuvo. Sólo, un arrebato de desesperación e intriga lo que llevo él. Y obviamente, éste le trajo a su vida algo muy grande, a modo de lazo kármico. Llegó a decir en palabras suyas: creo que es tan mundano como yo. “Era una joven monótona, fea y poco interesante que se volvió hermosa y amada, siendo el centro de todas las fiestas y la diversión. Amén, de la aventura y la vida desesperada que vivió de una forma extrema. Y él era la razón”. Leclerc murió en Quebec de cáncer en 1984, por lo que Warlow y Shankland nunca tuvieron que tomar la decisión de hablar con ella. Sin embargo, sí pasaron tiempo con muchos de los personajes que ves en la pantalla, incluido Dominique Rennelleau, un hombre que Sobhraj y Leclerc adoptaron como una especie de cuerpo de perro en general con el pretexto de cuidarlo mientras estaba enfermo (nunca se adivinó el cómo); Nadine Gires, la vecina de la pareja, quien fue la primera en sospechar de sus actividades, y Sompol Suthimai, el oficial tailandés de Interpol que se involucra en la segunda mitad de la serie, poco después. Sin embargo, su fuente más importante fue Herman Knippenberg, quien en 1975 era un diplomático holandés modesto, muy joven y honestamente circunspecto (interpretado aquí por Billy Howle) que trabajaba en la embajada en Bangkok. Se topó con el caso cuando los padres de un joven turista holandés le escribieron al embajador pidiendo ayuda para localizar a su hija y su novio, que aparentemente habían desaparecido. Mutismo absoluto, vías burocráticas y policiales: nadie sabía nada de ellos. Sus superiores le dijeron a Knippenberg que lo dejara en paz, pero no pudo dejarlo pasar, anotando informes y rumores hasta que se encontró rastreando los hilos de seda de la compleja red de mentiras de Sobhraj.

“Herman es un tipo muy inteligente, muy apasionado y comprometido, y tiene la memoria más increíble para todo”, se maravilla Shankland. Fue la evidencia de Knippenberg la que ayudó a condenar a Sobhraj por primera vez (cumplió 20 años en la prisión de Tihar en Nueva Delhi hasta 1997) y su prodigiosa memoria para los detalles y el mantenimiento meticuloso de registros significaron que pudo recurrir a ella nuevamente en 2004, momento en el que la mayoría de las órdenes de arresto, y las pruebas en poder, de diversas autoridades se perdieron. En la serie, él emerge como la estrella inverosímil, avanzando pesadamente con su espantosa camisa de manga corta, pisando los faldones de un asesino. La única persona con la que el equipo de producción decidió no contactar fue Sobhraj, todavía en Nepal. “Es un autopublicista desenfrenado”, dice Warlow con firmeza. “No quería hacer nada que alimentara eso, y tampoco hay ninguna posibilidad de sacar algo revelador o verdadero de él”. Sobhraj, que tiene un historial de cobrar por entrevistas y negociar acuerdos lucrativos por los derechos de las películas, es experto, dice Warlow, en “monetizar su notoriedad, y yo estaba muy, muy interesado en que eso ni por asomo tuviera el mínimo resquicio de posibilidad”. “Para mí, para todos nosotros, y especialmente para Herman, eso es importante: la idea de que podamos decir: no, no lo eran, solo eran jóvenes, algunos de ellos estaban un poco jugando con los deslices típicos de un contexto de algunos gramos de marihuana y un poco diversión, a lo mejor, no muy saludable, visto el contexto. Pero, ninguno de todos ellos se merece lo que les pasó”, dice Shankland. “Todos tenían vidas y personas a las que querían y  los amaban y con quienes estaban perdidos. La capacidad de reclamar la verdad sobre las vidas de esas víctimas ha sido importante”.

La descripción de la serie de la primera víctima de Sobhraj, Teresa Knowlton, lo confirma. Una joven que se dirige a un monasterio para estudiar budismo, conoce a Sobhraj y su compañero Ajay Chowdhury  (Amesh Edireweeraun) joven indio que lo ayudaría a estafar a los turistas ayudándolos a salir de las situaciones que había causado, por ejemplo, brindando refugio a las víctimas que había envenenado. En su última noche de libertad, una noche de decir sí a todo. Es contraproducente, por supuesto, pero no antes de que ella diga que ha sido drogada, es demasiado tarde para pedir ayuda coherentemente. Es desgarrador, más aún, por el tiempo que pasó antes en el episodio estableciendo su corazón abierto y su fe sincera. Shankland está de acuerdo, citando el “gran nivel de narcisismo y vanidad de Sobhraj y también un gran nivel de tonterías” como razones para no avivar esos detalles más macabros. “Esta no es en absoluto una película biográfica de Charles Sobhraj. Se trata de un tiempo, un lugar y personas, y las muchas formas tortuosas en las que este hombre terminó siendo parte de los viajes de otras personas”. Muchos de esos viajes terminaron horriblemente, por supuesto, y sin embargo, la mayoría de las víctimas fueron despedidas a lo largo de los años por la policía, la prensa y el público como de alguna manera, mercancía del día a día. No eran importantes. Para Shankland y Warlow, esta es una de las razones para hacer la serie. “Hace mucho tiempo ahora, pero no tanto”, dice Warlow. “Hay muchas personas cercanas a ellos que todavía están cerca”. “De alguna manera, Sobhraj casi fue rehabilitado en el tribunal de la opinión pública en años posteriores”, agrega Shankland.

 

“Él, convenció a todos de que estas personas a las que ‘pudo o no’ haber asesinado, estas víctimas, eran infrahumanas de alguna manera: drogadictos, traficantes de drogas. No merece nuestra compasión”. Algunas de las familias de las víctimas no estaban dispuestas a estar en contacto, dice, “creo que porque muchos de los relatos de esta historia se han apoyado ligeramente en esa narrativa. Sobhraj siempre supo lo que estaba haciendo cuando eligió a sus víctimas, piensa Warlow. “Hay una especie de prestidigitador que encanta a las serpientes más letales del Indostán dentro su alma.” Siento con confianza que cualquiera que fuera lo suficientemente equilibrado y maduro para ver el mundo como es, no se habría dejado seducir por él. Eligió gente que era muy sensible a carisma —de índole seductor y sugestionable—, y no perdió el tiempo con nadie que no lo fuera. Creo que, en muchos sentidos, vio lo que la gente necesitaba: comprendió lo que le faltaba a la gente en sus vidas y se presentó a sí mismo como el medio por el cual esa ausencia podría ser suplida”. Algo así como uno de las planos secuencia donde se observa la buena mano de Shankland  para dejar cautivados, a los espectadores,  por el glamour de las lujosas fiestas de Charles y Monique, la embriagadora vida nocturna de Bangkok y la indudable elegancia de la pareja. Al siguiente, te sorprende la facilidad con la que Charles es capaz de manipular a quienes lo rodean con una total falta de empatía y humanidad. Lo dicho, para aquellos más jóvenes es algo así como una fábula, donde las apariencias los son todo. A veces, detrás del juego de la seducción, sólo se esconde el diablo. Esperamos que esta serie sirva como un recordatorio de podrían haber sido esas vidas de aquellos jóvenes que acabaron con sus esperanzas. Nota:7,8

 

Yellowstone 2020 “El triunfo de Sheridan y Kevin”

Según el creador de Yellowstone, guionista y showrunner y director, Taylor dixit: una buena forma de pensar en la serie es preguntarse ¿Qué pasaría si El Padrino del maestro Coppola tuviera lugar en el rancho más grande de Montana? El comentario deja muy claro cómo le gustaría que pensáramos sobre el dueño del rancho John Dutton (Kevin Costner), su familia y los hombres que trabajan para él, muchos de los cuales tienen el logo de la ganadería a la que pertenecen: esa letra Y de Yellowstone grabada en el pecho, literalmente, y desprendiendo un aroma a carne quemada. El rancho cuenta con vaqueros de carrera, Cowboys puros. Empero con todo tipo de fugitivos-as, ex convictos-as y marginados-as sociales que aterrizan allí como último recurso. Están incluidos en el mundo de Yellowstone y nunca se les permite irse: Rip Wheeler (Cole Hauser) como el búfalo del barracón. A pesar de contar con una cabaña, independiente, de la que disfruta de los privilegios de Sr. Lobo (ya que goza de patente de corso para hacer desaparecer a aquel que contradiga el modus vivendi del clan Yellowstone) del patriarca Kevin Costner. No tiene ninguna queja, de su manera de vivir, de hacer lo que le diga el jefe Dutton. A él, le debe todo. Incluso el amor que siente por su hija Beth, la actriz británica (Kelly Reilly). Consentido, como algo que viene desde la adolescencia y de algún modo, visto como ese hijo que hubiera sido el perfecto reemplazo junto a Lee. Por muy humanos y comprensivos que puedan ser por la forma de ocuparse de sus asuntos: no deben confundirse con los buenos. Sheridan es un gran contador de historias cuando se trata de crear (la mayoría) de los personajes, y conduce a grandes actuaciones y escenarios abrasivos de vida o muerte. Numerosas personas aquí son especialmente atractivas porque Sheridan las define —más que nada— por su concepto de filosofía Amerindia. Sabe del mundo de los Nativoamericanos, lo que puede que sepan pocos antropólogos, y su perspectiva, muy fundamentada, en un discurso que dejó muy bien descrito en su trilogía Neowester: Sicario, Hell or High Water y  Wind River. Es posiblemente, un tejano que se ha hecho a sí mismo, y de ahí que sólo, por eso muchos lo quieran. A menudo hablan de tópicos en conversaciones casuales, y casi quieres escribirlos. Empero estamos ante una demostración más de la habilidad de Sheridan para escribir un guion. Esa es la diferencia en una historia que nos podría parecer tan sobreescrita; si los personajes no estuvieran tan bien cimentados. Kevin Costner es, por supuesto, un ícono de Hollywood y tiene toda la arrogancia que los espectadores deben esperar, pero no hay nadie en este conjunto cuya actuación parezca faltarle. Kevin Costner y la televisión no se reúnen con tanta frecuencia, pero cuando lo hacen, funciona tanto para él como para el público. El actor ganó un Emmy por su papel en la aclamada miniserie Hatfields & McCoy’s, y en algunos episodios de Yellowstone, los televidentes pueden estar convencidos de que merece más premios por su interpretación del ranchero endurecido John Dutton. Con un fuerte elenco de personajes intrigantes, este drama occidental empapado en sangre tomará calma de verano de TV mucho más entretenido y puede hacer que este Yellowstone tan famoso como el parque. Es curioso, saber cómo un tipo tan intimidante en el western, del calibre de Costner y siendo productor ejecutivo; nunca sepa nada de lo que está cociendo en el próximo guion del siguiente capítulo.

Eso, sí. Los 500.000 dólares que —recibe del canal de cable de Paramount— nuestro querido Kevin se lleva al bolsillo, se los curra, centavo a centavo. ¿Quién tiene cojones a decirle al director y protagonista de Dancing with Wolwes,  Wyatt Earp,  Silverado, y aquella joya llamada Open Range…Mira, Kevin hemos pensado bajarte el sueldo? Obviamente, hay personajes realmente desagradables que provocan ira desde el primer momento, pero Yellowstone incluso nos hace empatizar con un par de esos personajes a medida que la serie continúa. La actuación de Kevin Costner como John Dutton proporcionará escalofríos, a más de un espectador, en el acompañamiento de las diversas emociones del espectáculo, y, hay muchas en ambos aspectos. Si el público aún no se ha dado cuenta de lo que Paramount Network es capaz de hacer con la televisión. Recuerden esa joya, de la que hablamos, ya hace unos cuantos meses: Waco (2019), y sabrán como trabajan por con guiones, por CBSViacom. Yellowstone es la serie que ha colocado a este desconocido canal de cable en el mapamundi, en un lugar tan grande como Montana. Y así como el modus operandi de la familia Corleone de El Padrino y los capullos —que llevan a cabo— sus órdenes; se inspiraron en las formas que operan las grandes empresas. Yellowstone se basa en las formas en que los Estados Unidos contemporáneos miden su lugar en el mundo. Ambos pertenecen a géneros estadounidenses clásicos: El padrino (1972) es una película de gansters ambientada durante la década de 1940; Yellowstone es un oeste firmemente anclado en la actualidad. Y ambos tienen mucho en mente las duras realidades que afligen a Estados Unidos. Si rebobinamos en el estudio de los westerns norteamericanos, por excelencia, siempre han sido, cuentos sobre el estado de la nación. Durante los años, en que el género estaba en su apogeo, aproximadamente desde la década de 1930 hasta finales de los 60 y principios de los 70, películas como Stagecoach (1939), My Darling Clementine (1946), The Man Who Shot Liberty Valance (1962), The Wild Bunch (1969) y McCabe & Mrs Miller (1971) se desarrollaron en un contexto de historias del nacimiento de una nación ambientadas durante el siglo XIX: el desplazamiento de los nativos americanos. En muchas ocasiones, no siempre, reducido a hordas que atacan intrusos de rostro pálido. La llegada de colonos en carros cubiertos, de generosas lonas tiza, extendiéndose por vastos y vacíos paisajes, hasta la lucha entre los agricultores que querían cercar sus cultivos y los ganaderos que necesitaban esos pastizales completamente abiertos para que sus rebaños deambularan.

La progresiva invasión de las grandes empresas desde el Este al Oeste; la Guerra Civil (1861-1865), que enfrentó al norte contra el sur, en un conflicto cuyas consecuencias aún resuenan de costa a costa. Sus héroes eran personajes muy similares al protagonista de la serie; el patriarca John Dutton de Yellowstone. Ese tipo de hombres que pueden saber si les estás mintiendo; simplemente mirándote a los ojos. Lo que hacen, lo hacen porque el destino viene de la mano de ellos —o al menos así les gustaría verlo— si alguna vez lo pensaran. Son una ley en sí mismos, y, en ausencia de supervisión oficial, lo que dicen vale. Hace 150 años, podría estar bien, hoy en día, siguen siendo encarnaciones vivientes del aforismo del poder. Dutton no es desalmado, pero es despiadado, y su visión del mundo, los valores patriarcales que encarna y los extremos a los que está dispuesto a llegar para hacerlos cumplir lo hacen peligroso. Cree que tiene una misión moral, anunciando constantemente que todo lo que está haciendo es por su familia. Como si eso fuera razón suficiente. El drama y la intriga política en Yellowstone se derivan de las disputas de propiedad, sobre la tierra y el ganado propiedad de John Dutton (Kevin Costner). Dutton es el propietario arruinado y obsesivo del inmenso Rancho Yellowstone, desesperado por proteger su propiedad de posibles invasores: el nuevo jefe, un tipo con estudios universitarios e inteligente, de la Reserva de Broken Rock, Thomas Rainwater (Gil Birmingham). Él está utilizando la presión política para tratar de recuperar las Dutton tierras —y toda una legión de vendedores de urbanizaciones de tierra yuppie— que están construyendo condominios que bordean la propiedad de Yellowstone. El espectáculo de Montana se presenta como un área legal gris, donde el único requisito para ser dueño de ganado es tenerlos deambulando por su tierra, y donde los políticos son activos útiles. Gran parte del drama de Yellowstone proviene de esperar a que intervenga una autoridad responsable a medida que los conflictos se descontrolan. Hay poco tiempo para el respiro en Yellowstone, donde la  tensión corta el aliento.

La ley está en manos del mejor postor. Y mientras Dutton les dice a los intrusos sobre su propiedad, “Esto es Estados Unidos. Aquí no compartimos la tierra”, su familia está formada por almas perdidas, atrapadas por su conexión familiar. Beth (Kelly Reilly) es en gran medida la hija de su padre, empuñando ferozmente su sexualidad, su astucia, y el apellido como armas. Por otro lado, tenemos al hijo mayor Lee (Dave Annable) fallecido en el primer episodio piloto del show. Algo que le consume interiormente a Mr. Dutton. Después, estaría el hijo mediano; el abogado Jamie (Wes Bentley). Esteta, chico de Harvard y refinadas formas. Sobremirado por su falta de coraje y desprovisto de un centro moral. Su cabeza está con el recurrente pensamiento de ser despreciado por todos. Vive un tormento, que pone en duda, si es en realidad un hijo biológico de John Dutton. Y el pequeño Kayce (Luke Grimes) el joven sexy, rebelde, que se fue al ejercito para convertirse en un Seal. De vuelta a casa, siente la persecución de sus experiencias en Afganistán, casado con una hermosa mujer nativa americana Monica (Kelsey Asbille) y luchando con ella para evitar ser consumido por la dinastía Dutton. Sin embargo, en el corazón de Yellowstone se encuentra una ideología que lo separa del grupo de imitaciones de prestigio, un llamamiento desesperado y amenazado a la identidad estadounidense y la masculinidad blanca, que hace del este producto sui generis de Paramount algo palpablemente diferente de otros dramas de rivalidad familiar como Billions o Succession. En la típica dinámica de la historia, se parece a esos programas y otros proyectos de prestigio: mezcla el drama familiar interno con juegos de poder a mayor escala y —como tantas series de este género—, su radiografía central es un triste hombre blanco triste de mediana edad. Empero el drama generacional, por antonomasia, típico en la televisión estadounidense trata sobre el poder por el poder, y sobre la ansiedad de la nueva generación; que está en ese nivel y superando con nota a los que vinieron antes. En Yellowstone, todos esos ritmos, van de la mano de una ansiedad más existencial. Los auténticos  enemigos de John Dutton no son simplemente malos genéricos que quieren lo que él posee; si lo fueran, no le importaría tanto si lo golpeasen tan bajo. Las batallas en Yellowstone tratan sobre la idea de: ¿Cuál es una forma de vida, mucho  mejor que las del resto? Ser un ranchero, o mejor aún, un vaquero, un verdadero vaquero aquel icónico hombre que se echaba un pitillo de Marlboro paseando con su corcel ¿recuerdan la publicidad de aquellos 70/80?— dado a una vida más pura, más auténtica y mejor. Y no es casualidad que este programa sobre la dolorosa ansiedad de que a uno le quiten la vida, en un instante, sea en su tercera temporada, uno de los dramas más vistos por cable. Yellowstone se puede jactar de tener más audiencia que The Walking Dead y muchas otras producciones actuales de HBO o Netflix.

Y es que hablamos de un espectáculo sobre un terreno ingente, Dutton/Yellowstone: es lo suficientemente grande como para ser esencialmente un estado-nación. En realidad solo hay dos edificios que importan. El más grande, el más conspicuo y aparentemente impresionante, es el albergue Dutton, una mansión de madera y piedra del río que se avecina. Está diseñado para intimidar por dentro y por fuera, y su decoración, es una mezcla específica de riqueza y occidentalidad estadounidense. Los enemigos más sofocantes y persuasivos de Dutton son a menudo inversionistas de Silicon Valley repugnantes y desalmados. Ese tipo de personas que tienden a preferir techos súperaltos, rigidez moderna, enormes láminas de vidrio y acabados en tonos brillantes y de corte minimalista. Por el contrario, el palacio de los Dutton es un lugar de madera oscura y una chimenea crepitante. Hay cabezas de ciervo en la pared, sillas de cuero con tachuelas de latón y patrones Pendleton. Los Dutton tienen un chef privado, pero también usan sus botas de vaquero dentro de la casa. Además, el nombre del chef es Gator. Es riqueza, de acuerdo, pero se filtra. a través de un prisma de un estilo aceptado. Es obstentación, sí lo es. Empero está bien vista, ya que los Dutton obtienen lo que se supone que es Montana. El villano más puro de la serie es Dan Jenkins (Danny Huston), una caricatura, de un magnate inmobiliario que intenta inundar Montana con condominios y heladerías artesanales. Se lo conoce como un vampiro en la serie, y la palabra se emplea con el vigor odioso, más cercano, a la difamación. Sin embargo, lo único que parece separar a Jenkins de Rainwater y Dutton es que este tiburón está abierto, en caso de éxito, a mercantilizar una visión romántica del país originario. Más desolladora fue la aparición en escena del extraordinario actor, Neal McDonough, como Malcom Beck y su hermano Teal Beck (Terry Serpico). Posiblemente, el adversario más sanguinario al que el clan Dutton tuvieron que presentar batalla. Actualmente, los productores nos han familiarizado, con un nuevo halcón de los negocios oscuros. Nos referimos al nuevo fichaje de esta tercera temporada Roarke Morris (Josh Holloway).

Otro personaje al que le han caído los años, tantas como cirugías faciales se ha marcado, para seguir siendo aquel machote, de otrora tiempos mozos, se marcaba anuncios en paraísos hawaianos de la fresca colonia Davidoff. Holloway, no se arruga y ahí, lo vemos con su peto y gorra de Masey Ferguson, pescando truchas asalmonadas en territorio de Dutton. El extraño se presenta a sí mismo como, uno más del clan familiar vecino, dueño de otro gran rancho en el área de confrontación. Y miren por dónde, que la portentosa Beth iba con su coche pasando por un puente, cuando se da de bruces con el galán de Lost, en una escena muy de femme fatale de época. Ahora, convertido en un ejecutivo voraz, que practica Tai Chi, como lo hacía el ex ministro Rato (actualmente, en el trullo) que se jacta de estar pescando, en un lugar familiar, y esencialmente, por puro divertimento. Beth le ha tomado la matrícula y eso es peor, que una notificación del Estado de Defensa de EE.UU. La otra gran estructura de importancia sostenida en Yellowstone se encuentra en la zona Oeste del rancho de Dutton: el barracón. Ese lugar donde viven todos los peones del rancho. Es estrecho y sencillo, dos o tres habitaciones de espacio habitable, con una cocina, un baño y una habitación donde media docena o más de vaqueros duermen en literas dobles.

La gran barraca está llena de mantas a cuadros, latas de cerveza vacías y alfombras anudadas a mano. Es donde personajes con nombres, ya habituales para el espectador, caso de Lloyd (Forrie J. Smith), Colby (Denim Richards) y Ryan (Ian Bohen) escupen tabaco. Juegan a las cartas se hartan a risas, mientras se beben el Mississippi de Bourbon y cerveza se desmayan antes de levantarse. Un amanecer hermoso en un plano, muy de Sheridan, tambaleándose, en busca del chorro de agua de la manguera. Comienza el día, y de nuevo, el traslado del rebaño a un nuevo prado. Es cuando, la gran cabaña, de curreles se queda vacía y se observan las paredes empapeladas de fotos de mujeres hermosas —no desnudas, ni pornográficas— arrancadas de magazines con estilo. Mujeres castamente invitantes y alegremente sonrientes. Hay obscenidad y rudeza en el barracón, pero es varonil, limpia de escabrosidad  y grosería cutre. Es un lugar difícil, no todos sirven para vivir y trabajar en aquel sudoroso lugar de camaradería. La ideología del barracón es brillantemente pura, simple e implacable. Los tipos urbanos adinerados son remilgados gastados que no valoran las cosas buenas: la suciedad. Vacas, horizontes infinitos y el silencio. Esas personas están menos sudorosas, menos callosas, no son dignas. Y, sin embargo, pasaban los primeros episodios de la primera temporada de Yellowstone con la impresión de que la política del programa estaba extrañamente confusa. Si el barracón es la única forma de vivir, el lujoso albergue de John Dutton es un problema para el alma de Dutton. Lo pringa, no. La buena mugre de un largo día pastoreando ganado, es sudor limpio. La suciedad que asquea en Yellowstone es la de los tratos de acciones clandestinas, el chantaje y las maniobras políticas estatales. Yellowstone lo sabe.

La hija de Dutton, Beth (Kelly Reilly), es la emisaria de la familia en el mundo de las repugnantes corporaciones estadounidenses, pero también es la que dice la verdad de la familia. Incluso mientras trabaja para destruir a los enemigos del rancho, Beth escupe veneno a sus hermanos y resiente a su padre. “Sigamos con la ilusión de que somos una gran familia feliz”, le dice a Dutton en la mesa. “Eso es exactamente lo que es”, dice. “Eso es lo que era”—le corrige. “Ya no sé cómo diablos llamarlo”. Sólo hay un elemento de Yellowstone que actúa como un viento predominante, una voz contraria que interviene ocasionalmente para preguntar si quizás, solo quizás, la forma de vida de John Dutton no es la manifestación física de la grandeza estadounidense. No son solo los gestores y promotores inmobiliarios. También están los fondos buitre de Wall Street  que quieren destruir el rancho de Dutton, luego está Thomas Rainwater (Gil Birmingham), el jefe de la reserva de nativos americanos del programa. Quiere terrenos del rancho Dutton para construir un nuevo casino, pero ese Hotel/complejo de juego, es solo una herramienta para acumular recursos y poder comprar todo el valle. Rainwater quiere devolver la tierra al estado sin vallas, sin ganado y propiedad de nativos que alguna vez fue la nación india. Según las propias jerarquías de valor de Yellowstone, el reclamo de Rainwater sobre la propiedad de la familia debería ser aún más fuerte que el de Dutton: es más antiguo y su uso imaginado de la tierra es aún más honorable, incluso más puro. Yellowstone, la visión del mundo de Dutton gana sobre cualquier otra cosa. Es la base más profunda de la idea de americanidad del programa. También es lo que menos examina Yellowstone. La idea de que ser un vaquero es mejor que cualquier otra cosa es un fundamento que el programa no tiene interés en reconsiderar. Obviamente es una causa perdida; Dutton acepta que bien podría ser la última generación en mantener vivo el rancho. Pero el hecho de que esté amenazado solo arroja su causa a una luz más grande y más trágicamente noble. Sin embargo Dutton lo ignora. Después de que algunas vacas de Yellowstone vagan por las tierras de la reserva y la gente de Rainwater no las devuelve, Dutton le dice: “Si actúas como un ladrón, Thomas, te trataré como a uno”. “¿Cómo puedes estar parado en un rancho del tamaño de Rhode Island y acusarme de robo?”

el jefe Rainwater responde. Dutton no tiene respuesta y Yellowstone tampoco. En cambio, Rainwater es clasificado como otro de los muchos adversarios de Dutton, como una oposición a las cosas que hacen que John Dutton sea quien es, una alteridad a la blancura de Dutton. Yellowstone y John Dutton no tienen una respuesta para Thomas Rainwater porque no hay una, y el hecho de que el programa avance sin abordarlo habla de la vacuidad de su visión estadounidense de manera más potente que cualquiera de los constantes lamentos, sobre si Dutton termina, justificando sus medios, en busca del verdadero fin. La única respuesta que Yellowstone puede reunir es Tate (Brecken Merrill), nieto de Dutton. La madre de Tate es nativa americana y nació en la reserva, y ahora ella y Tate viven con los Dutton en el albergue. Yellowstone plantea la cuestión de la soberanía nativa, pero lo máximo que está dispuesta a hacer es asimilar la identidad nativa en el código moral del programa. Dutton convierte a Tate en el presunto heredero del rancho y le da un caballo para enseñarle las primera máximas sobre la responsabilidad. Pero el episodio se cierra en un momento agradable y sereno cuando John se sienta con Tate cerca de una fogata nocturna, discutiendo la naturaleza de las pesadillas. Yellowstone, como muchos buenos westerns, combina acción enérgica con los paisajes de ensueño de las exuberantes fronteras de Estados Unidos. Sin embargo, en sus subtextos también tiene algunas ideas notables. Para un programa sobre el excepcionalísimo estadounidense, Yellowstone es un mundo increíblemente insular Volvamos al barracón para reinterpretar la cuestión de la virilidad estadounidense.

En la primera temporada había un zagal que vivía en una caravana, con un par de balas perdidas, haciendo metanfetamina y escuchando rap a toda tralla: Jimmy (Jefferson White), el chaval, rubito, de ojos azules, que no tiene familia directa y las drogas pueden acabar con él o quizás un balazo de un adicto en peligro de perderse, en pleno síndrome de abstinencia. El problema de Jimmy se encuentra en un punto sin retorno. Cuando un pariente preocupado le ruega a Dutton que acoja a Jimmy y lo ponga en el buen camino. John Dutton, lo tiene muy claro, primero, envía a Rip a incendiar la caravana cochambrosa, donde residía y a bofetones, como panes, entra directamente en el barracón de Yellowstone. Es un inútil. Lleva los pantalones por debajo de los calzoncillos. No sabe montar a caballo, va con gorra con visera girada hacia atrás, en vez de llevar un sombrero de Cowboy y no tiene empatía con el ganado. Poco a poco, Jimmy aprende a montar, a respetar a sus mayores, a inseminar una vaca y a permanecer sobre un toro y a llevar un sombrero de ala ancha. Para la tercera temporada, todavía es un tonto, pero ha sido aceptado. El tipo de Montana, en el que vivió Jimmy antes era pequeño, empobrecido, holgazán y esperando una limosna de los servicios sociales. Dutton, lo dejó muy claro: el trabajo real y la barraca le otorgan dignidad a Jimmy. Sigue siendo un bobo, por tener buen corazón. Pero un bobo respetable. Tanto que entre la segunda temporada y la tercera se convertirá en un personaje con mucho tirón y una estimable subtrama para el show. De ahí, insistimos, en la gran contradicción de un programa, tan obsesionado con la grandeza. Pero en el fondo, Yellowstone es un programa sobre la ineludible minucia de sentirse resentido y asediado. Ese espíritu es tan poderoso que los miembros del hangar de Yellowstone lo usan en su piel. Un bardo vagabundo llamado Walker (Ryan Bingham), muerto y supuestamente, resucitado, dice que “hay algo malvado en este lugar”. No va muy desencaminado y deberíamos creerle. Sin duda, se avecina una gran confrontación, como debe ser en un espectáculo tan apasionado y tan hermosamente extenso. De ahí que Yellowstone se ve como el verdadero y más auténtico  lugar del mundo. O el mejor de ese canal que va creciendo día a día, Paramount Network. La moneda está en el aire y aquí, Sheridan juega a caballo ganador. Recién finalizada la 3ª temporada y firmada una 4ª. La audiencia no hace más que crecer día a día. Los derechos de exhibición mundial, andan entre Netflix y Hulu. No se preocupen, muy pronto el western con 5G y manzana mordida de Montana en sus hogares. Nota: 7,9

 

 

 

 

“Too Old to Die Young” (2019) Lisergia de NWR

Too Old to Die Young (2019), se estrenó en Amazon Prime el 14 de junio. El mismo día de su estreno, me involucré —en el entusiasta esfuerzo— de un visionado; que me dejó cataléptico. Ha sido una de las series más alucinantes e hipnóticas de estos últimos 19 años de new ficción de qualité. Su co-creador y director; el inefable Nicolas Winding Refn no dejó indiferente a nadie con su denominación de emisión televisiva de 754 minutos. Cuando compareció ante los medios de comunicación en Cannes. Too Old To Die Young (2019), es el cine conceptual del arte, más allá de los límites de la televisión. Nuevamente, Mr. Bezos, volvió a anotarse un tanto. Ya que un proyecto de estas características es difícil de acondicionar en las nuevas OTT,s. Empero, Cannes, no es ajeno a los estrenos de televisión. En 2017, el festival proyectó episodios de Twin Peaks: The Return (David Lynch) y Top of the Lake: China Girl (Jane Campion). Nicolas Winding Refn, es un creador al que no vamos a descubrir hoy. Eso es obvio. Pero sí que es verdad que aporta un estilo distintivo centrado en la vis más dramática y la inclinación por todas las cosas de neón al festival. Too Old to Die Young se redujo en un pase de los 2 primeros episodios, del total de la 10 partes que componen esta obra de culto para muchos y denostada para otros. Dos episodios donde se observan muchas de las líneas argumentales de este hiperfilm y por donde virará (eso puede creer uno), haciéndose una idea muy loca y disparatada. Al igual que The Neon Demon (2016), el escenario (como lo indica el título) es la taquicárdica capital del oeste. El hervidero de la ciudad de Los Ángeles —con un desvío directo— a los desiertos de Nuevo México. Pero no esperen mucho sol glorioso: Refn es una criatura nocturna, amante de los seres nocturnos y demás pelajes por donde la acción se desarrolla, en la gran mayoría de sus trabajos.

 

Además de recurrir, a su propio cuerpo de trabajo, con guiños claros a Pusher (1996) y Only God Forgives (2013), también hay ligeros toques a Tarantino y muchos elementos Lynchianos. En el corazón de la historia está Martin (Miles Teller), pedazo de actor, en todas sus vertientes. Un fenómeno de su generación. Aquí es un sheriff del condado de Los Ángeles que —a través de una organización clandestina— está a la luz de la luna como un Ronin que elimina la bancarrota moral de la sociedad. Teller se presenta como ese proteico Ryan Gosling de Drive (2011), el cual, tiene una relación con Janey (Nell Tiger Free), una adolescente de 17 años, con quien comenzó a salir cuando acababa de cumplir los 16. Su padre es un tipo (con mucho dinero) de lo más retorcido —que se come ácidos como si fueran pictolines— un personaje interpretado por un recuperado William Baldwin que borda el papel. En una actuación solapada por eternos silencios inquietantes y miradas a media distancia. Ofreciendo una marca de masculinidad (tipo duro, que suele escupir como un vaquero en las películas del maestro Ford) que hemos llegado a asociar con el trabajo de Refn. Es una historia —donde el cine negro/Neonoir puro— y el thriller van de la mano. Aunque, tampoco desvariaría mucho de la dinámica folletinesca de Ley & Orden. Algo que podría venir por parte de la vena artística del guionista; el escritor de cómics Ed Brubaker, curiosamente, los submundos de la trama del mundo de los narcos mexicanos tienen una vis muy cercana al cómic. Dejando a un lado, a Martin (Miles Teller), tenemos a Viggo (John Hawkes), un asesino que tiene los riñones destrozados y está al servicio de Diana (Jena Malone) la reina del mundo zen y el decálogo del misticismo.

 

 

Lo más parecido, a la Naomi Watts de David Lynch. Solo matan lo peor de lo peor; su misiva es proteger a los inocentes, y su convicción es tan firme que Martin al menos rechaza el pago por su trabajo. Lo más curioso es que sus empleadores son como una especie de banda que administra sus trapicheos y despachan la moral, de otros: Narcos mexicanos que trafican con personas. Aquí aparece una de las subtramas más importantes de toda la historia, la cual, no aconsejamos dejarse llevar por ella. A pesar de contar con unos personajes que enganchan al más pintado. Un mexicano criado en los Ángeles; Jesús (Augusto Aguilera). El tipo de hombre que venga a su madre Magdalena en el primer episodio y se lleva por delante al corrupto compañero de Martin. Jesús escapa a México para hacerse cargo del negocio familiar, donde se encontrara con unos personajes surrealistas. Desde el patriarca D. Ricardo, su supuesto tío/padre, interpretado por el actor, Emiliano Diez. Atado a una silla de ruedas, donde diariamente, le cambian la bolsa que sirve de estercolero a su estómago. La pitonisa/cuidadora del mandamás es Yaritza (Cristina Rodlo). Una fémina justiciera que va vengándose de todo aquel que subyuga o trafica con mujeres o son explotadas sexualmente. Las canciones populares y el mundo más esotérico se refieren a ella como “La suma Sacerdotisa”. Curioso el dueto el de Jesús convertido en un efebo de Versace y la dominamtrix Yaritza van creciendo, como nuevos capos, a medida que en el cartel los acontecimientos se desbordan. Cocaína a raudales, sangre y sexo en cualquier momento. No se pierdan un partido de fútbol entre policías sobornados de la villa mexicana de D. Emiliano y su ejército de narcos. Creo que el mismo Pelé hubiera opinado. Por otro lado, tenemos a Martin que va por libre y en una de sus vendettas dará con ellos. Nuestro querido amigo, Mr. Jones apunta hacía una catarsis, cohibida y delimitada. La venganza solo se puede administrar después de que haya ocurrido un crimen. ¡Ojo!, detrás del mismo, se cierne la amenaza de violencia sobre el nuevo espectáculo que el cineasta Refn nos depara, una especie, de velo sangriento palpitante.

El nihilismo de sus personajes principales puede sentirse algo violento e incoherente, especialmente, cuando entran en determinados monólogos sobre la lenta destrucción de la sociedad y la naturaleza. Redundando en el soliloquio de lo inherentemente humano dentro de su violencia interior. Empero, cuando las persecuciones de coches por el desierto de Nuevo México, se organizan con un vehículo eléctrico, donde una trifulca por el hecho de escuchar en la radio, un tema, en concreto, la interpretación completa de “Mandy” de Barry Manilow, es imposible tomarlo como ironía. Ya que el disparate psicodélico, adquiere dimensiones lisérgicas, en medio del desierto de Nevada. Obviamente, todo ese mundo que Refn crea es una mezcla surrealista de policías fascistas que tocan el ukelele, prestamistas de dinero de clanes Yakuza (con cameo incluido de Hideo Kojima) , bandas callejeras que pelean la cuestión racial y productores chiquilicuatres de porno, realmente, repugnantes. Observamos cómo Martin acecha la noche, matando a quienes han escapado de la ley en escenas muy violentas salpicadas de sangre. Cuando Martin descubre que ha sido enviado a matar a alguien que está atrasado en sus pagos a un prestamista, se vuelve contra sus empleadores y les exige que le den información sobre los peores objetivos, a quienes está feliz de sacar gratis. Esto lo lleva a Albuquerque en una misión para asesinar a dos hermanos que dirigen un brutal emporio —más propio de personajes fargonitas de los hermanos Coen— del porno. Too Old to Die Young es un feroz neonoir fantasmagórico lleno de desazón y que genera relativa preocupación por examinar una sociedad en decadencia moral. Este es el declive y la caída del imperio estadounidense de Refn y muestra, a su manera estilizada, que cuando la sociedad se derrumba, se necesita un vaquero armado para corregir los errores. Lo que el resto de la serie tiene para ofrecer, solo podemos esperar y ver, pero para este catador es más que suficiente para entusiasmarse. Los diez episodios pueden resultar demasiado desagradables y mezquinos para algunos de Uds. Algo muy comprensible.

 

 

El tratamiento de las mujeres puede ser cuestionable a veces, aunque la violencia y la crueldad, con el tiempo, influyen en todos sus personajes. El programa equilibra lo cuestionable con personajes de carácter fuerte y fascinante, donde las mujeres logran convertirse en el poder y balancear el péndulo de ese control, en el horario de apertura, que no mostró signos, como con la mencionada Yaritza. El espectáculo también puede ser lento y metódico, letárgico en su cansino movimiento de la cámara, como de sus personajes. A Refn le encantan las buenas tomas de seguimiento, llenándolas con tanta información visual, aunque sin una señal de la historia. Todo se hace sin prisa, dejando que los momentos respiren y jueguen a su tamaño absolutamente sostenible. Es casi impenetrable en un instante, e ilimitado y emocionante en el siguiente, casi aberrantemente amplio. Pero todos sienten la misma historia cohesiva, esta historia épica de dos hombres perdidos en un ciclo de violencia y enojo. La gran lucha sin contención, a través de los momentos menos cohesivos, y habrá momentos profundamente gratificantes, tal vez no de carácter, sino de liberación artística y catártica. El espectáculo es una inmersión larga en una idea oscura y cutre: que las cosas tienen que empeorar mucho antes de que puedan mejorar. Empeoran, potencialmente demasiado lejos para una audiencia más amplia. Pero la voz y el estilo brillan tan intensamente, marcando a Too Old To Die Young como algo diferente y potencialmente muy original de la televisión que está a punto de entrar en el 2020. Tiene los mismos defectos que virtudes. Aunque muchas de esas virtudes son realmente adictivas para cualquier enamorado de cine y del arte. Al igual que Twin Peaks: The Return de David Lynch, depende de qué tan lejos seguirás a un creador por su visión como artista, tocando su trabajo pasado y colocando el nihilismo en el núcleo de la madriguera de una chistera repleta de conejos. Mientras Cliff Martinez pone la música electrónica para conseguir el machacón trance, la entrada del espectador en un estado equidistante e idílico. Nota: 7,8

 

 

 

Warrior (2019), “el legado de Bruce Lee.”

 

La última vez que Jonathan Tropper hizo una serie de televisión para Cinemax fue Banshee (2013). Un thriller criminal lleno de acción y violencia extrema —envuelto de un salteado pulp riquísimo— que encaja perfectamente con la calidad de engranaje y aceleración, propia del canal satélite de la poderosa HBO: Cinemax. Series como la mercenaria Strike Back (2011) y el enigmático drama de Quarry (2016); que desgraciadamente fue cancelado al final de su primera temporada son buena muestra del perfil y apuesta de este singular canal de cable. Las tres series irradian un producto pleno de condimentos como; testosterona y un regusto de pequeñas trazas pulp, muy definidos en la génesis personal del estilo de Cinemax. Es obvio, que si lo realizado en el pasado funcionó, ¿por qué no repetir la misma fórmula?  Su showrunner favorito, Mr. Tropper, es el encargado de su nueva serie, Warrior (2019). 50 años después, la visión original del mítico Brece Lee, ha llegado a la televisión gracias a su hija Shannon Lee, al director de “Fast and the Furious” y “True Detective”, Justin Lin. Así como el incondicional apoyo de Mr. Tropper. Directa y contundente como el giro de brazo de Bruce Lee retirándose una gota de sangre. Warrior nos ofrece la mejor colección de golpes del maestro de las artes marciales. Y sí, ahora, se vería reflejado, en la esencia de su legado y no con la mística Kung Fu (1972) con su protagonista, el ya desaparecido, David Carradine.

 

 

El argumento nos cuenta la historia de Ah Sahm, un inmigrante chino (Andrew Koji, “American Gods”) que llega a San Francisco 1878, con una ilusión muy personal, pero cuando sus habilidades de combate salen a la luz, del radar del sindicato del crimen local a través de Wang Chao, interpretado por el hacker LGBT de Banshee (Hoon Lee, Bosch 2015 y Outcast 2017). Ah Sahm, es vendido como un hacha para el Hop Wei, la triada más poderosa de Chinatown y rápidamente, es observado por Young Jin (Jason Tobin, “Jasmine” 2015), quien hará de él su compiche más cercano, generando una química divertida y llena de personalidad, entre ambos. El ambiente va caldeandose en la jolgoriosa “Pequeña China” y la banda rival, el Long Xii, está comenzando a desafiar esa supremacía, mientras que la policía blanca y los políticos responden a un creciente sentimiento antichino en Estados Unidos y las populares guerras de los Tong Wars, en aquel San Francisco inquieto del ferrocarril y grandes obras civiles, tras la locura de la fiebre del oro. Obviamente, Warrior podría haber sido fácilmente una serie de acción directa y un drama de época, uno que se mezcla y prueba sus artes marciales de buena fe con una regularidad sorprendente.

 

Durante los primeros episodios (ocho, vistos de un total de 10, a día de hoy) darían la lectura del atisbo del último renglón aportado, ya que las audiencias son así. Lo dicho, de menos a más y subiendo el share. Las peleas del show —perfectamente coreografiadas— explosionan con regularidad, principalmente para mostrar el brillo arrogante de Ah Sahm (Andrew Koji) y para establecer —quién es quién— en las polvorientas y salvajes calles de San Francisco, en la década de 1870. Por cierto, esas calles con aroma a western/manga son los estudios de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, donde se ha llevado a cabo el rodaje, una recreación modélica. También hay otras reyertas, como los combates de los nudillos desnudos favorecidos por la población irlandesa de la ciudad, encabezada por el corrupto Dylan Leary (Dean Jagger), y algunas batallas más sangrientas que involucran instrumentos más afilados, como cuchillos y hachas. Warrior tiene secuencias de lucha que quitan el hipo. No obstante, se propone abordar el racismo y la opresión de los chinos en San Francisco y sus alrededores. La secuencia de apertura del programa hace todo lo posible para ejemplificar los dos lados de sus ambiciones narrativas, poniendo a Ah Sahm —cara a cara— con un trío de trabajadores portuarios que abusan de los inmigrantes chinos cuando llegan a la ciudad. Empero, Ah Sahm no ha llegado a territorio estadounidense solo para lanzar algunos puñetazos y servir, como un machaca más de presa, por una soldada para un jefe del crimen. Está buscando a su querida hermana que fue separada de él en la adolescencia; Mai Ling (Dianne Doan, Vikings 2016 y Good Trouble 2019).

 

 

La dinámica hermano/hermana ayuda a darle cierto peso a la historia de Ah Sahm, ya que conduce directamente a la misteriosa historia de él y de Mai Ling, una que involucra decisiones difíciles tomadas por ambos; que los colocan en lo que parece ser un camino moralmente destructivo. La storyline por la que discurre el pasadizo de Ah Sahm y Mai Ling al continuar caminando por ese sendero inseguro; es parte de lo que hace de Warrior un producto, mucho más interesante, más allá de sus copiosas peleas y los encuentros cada vez más sangrientos por los que probablemente se hará un nombre por sí mismo. Otras subtramas no son tan interesantes desde el principio, pero son prometedoras a pesar de todo. Kieran Bew (DaVinci´s Demons 2013) interpreta al policía ludópata Bill O’Hara, cuyas cicatrices emocionales de la Guerra Civil son más profundas que las físicas y empeoran debido a que su nuevo socio Richard Lee (Tom Weston-Jones, Cooper 2012 y The Terror 2018) es un trasplante nacido en el sur del país. Un personaje que con el paso de los capítulos irá ganando peso. También están representados el lujurioso y corrupto alcalde de la ciudad, Samuel Blake (Christian McKay Grantchester 2014 y Frontier 2016) y su nueva esposa, Penélope (Joanna Vanderham), ya que se encuentran en una posición incómoda, cuando San Francisco está en los albores de una guerra histórica de opio entre los clanes rivales Tong. Koji es un líder encantador que es tan convincente en los segmentos marciales, del mismo modo que lo es durante otros intercambios más acalorados, como aquellos entre él y Mai Ling o con la madame del gineceo local, Ah Toy (Olivia Cheng Arrow 2013 y Marco Polo 2014). En particular, Koji no intenta imitar a Bruce Lee, algo que Shannon Lee dejó muy claro; pues no estaba interesada en ver.

 

Al contrario, Ah Sahm, es un tipo de una confianza muy similar y un sentido del humor equidistante, del que Bruce Lee dio a muchos de sus amigos. Sin embargo, Warrior tiene sus encantos y hay una pseudoestética entre los postmodernos “Peaky Blinders” o los “Gangs of New York”, pasando por algún capítulo surrealista que haría las delicias del maestro Tarantino, en mitad del Oeste de California. Hay alguien en la serie, diría que es Ah Toy, donde en un dialogo con Ah Sahm, le llega a decir “que América es un país de emigrantes.” No es como la China feudal de donde ellos huyen en busca de la libertad. Aunque la realidad sea muy diferente. Toy y Shaw tienen mil razones, para demostrar que ellos, no son peores que los irlandeses o los nórdicos o los eslavos que llegaron a la tierra prometida. Empero, los creadores sacan lo mejor de esta serie cuando se apoyan en la reacción de la humanidad a la corrupción y la injusticia. En un mundo cada vez más enojado que sigue demonizando a las personas por miedo, Warrior, proporciona un reflejo de la épica de mediados del siglo XIX, —en el San Francisco de Chinatown— envuelta de clanes que tienen como reverencia y gran apego idiosincrático, por las artes marciales cuya idea proviene, nada menos, que del maestro de artes marciales más famoso de todos los tiempos, Bruce Lee. BL escribió el tratamiento —de su propio Warrior— para terminar convirtiéndose en este Warrior (2019), ya que hace más de medio siglo, no pudo ver cómo el proyecto llegaba a buen término. Desde el cielo, estamos seguros que se encontrará muy orgulloso de su hija Shannon, y la puesta en marcha de esta estupenda serie. En otras palabras, la serie se pone rápidamente al trabajo de marcar las casillas requeridas demostrando, de que están hechos los sueños de Cinemax. Nota:7,9

 

De Dag (2018) El gofre poliédrico belga

 

Siguiendo con el nuevo itinerario de nuestra publicación; en busca de nuevas ficciones audiovisuales por todos los rincones del planeta. Hemos topado con una genialidad Made in Belgium. Ya sabemos de sobra que los belgas se caracterizan por su riquísimos Gofres y excelentes bombones. Lo curioso de la nueva hornada de realizadores —de este divido país— es que la gran mayoría de las producciones se llevan a cabo en territorio flamenco. También, hemos visto cosas muy interesantes, en la parte Valona, caso del thriller: “La Trêve” (2015) en Sundance TV y Movistar. Pero lo de estos tipos está calando muy hondo. En EE.UU, no paran de halagar el nuevo producto de los creadores de De Dag “The day 1” (2018). Cuando los productores de la serie; Jonas Geirnaert y Julie Mahieu y el productor ejecutivo de Telenet John Porter: afirmaron que “De dag”(2018) es la mejor ficción criminal de este año. No se estaban marcando un lobo.

 

 

Una vez visionados los primeros 6 episodios; sigo todavía en un estado de shock. Evidentemente, si vieron otras dos joyas de estos creadores como fueron “Beau Séjour” (2016), producida por Netflix —mediante el convenio de coproducciones con los países, donde exhibe su material— y “Tabula Rasa” (2017), distribuida por el gigante del streaming de Scotts Valley. El thriller belga está rompiendo muchos esquemas desde que David Fincher abrumara al mundo con su film de culto; Seven (1995). Qué es lo que hace de De Dag (2018) un producto pluscuamperfecto: su frescura, la ejecución en la dirección, con planos realmente originales y que dentro del lenguaje narrativo nos hacen cómplice de toda la historia, que gira, tuerce, vuelve al inicio, le da tiempo a fumarse un pitillo y tocar una subtrama que aparentemente es prescindible. Ahí reside la inteligencia de este producto, en hacer de lo insubstancial, algo erudito.

 

 

A partir de un atraco a una sucursal bancaria de un pueblo flamenco residencial. Comienza un tira y afloja entre los atracadores y las unidades de policía que se acostan en los alrededores. Comienza una historia, entre los aromas de Lumet y la histeria del gran carnaval de Wilder. Una situación asfixiante y a la vez inquietante, donde los puntos de inflexión y observación son imprescindibles. A medida que transcurren los episodios la piezas del puzzle comienzan a tener sentido. No por ello, habrá, golpes y nuevos giros de guion que dejarán al espectador fuera de cobertura. A destacar, el elenco de actores, muchos de ellos, casi familares de los espectadores de las series salteadas de Beluga. Caso de Bob Snijers, Jeroen Perceval, Lynn Van Royen, Lukas de Wolf, Sofie Decleir, o Willy Thomas. Lo dicho, si parpadean o se van al WC, están perdidos. Pongan la tecla en pausa y vuelvan a darle al play. Nota: 8,2

 

The Best films of 2018

1. Roma (2018) by Alfonso Cuaron

 

 

2. The Ballad of Buster Scruggs (2018) by Joel Coen&Ethan Coen

 

 

 

3. First Reformed (2018) by Paul Schrader

 

 

4. Annihilation (2018) by Alex Garland

 

 

5. Windows (2018) by Steve McQueen

 

 

 

6. The Old Man&The Gun (2018) by David Lowery

 

 

 

 

7. Burning (2018) by Lee Chang-Dong

 

 

8. The death of Stalin (2017) by Armando Iannucci

 

 

9. Revenge (2017) by Coralie Fargeat

 

10. Mandy by Panos Cosmatos

 

“A Very English Scandal”(2018) La diversión del partido liberal y la BBC

 

Hay que reconocer que la nueva televisión del streaming está con el cuchillo entre los dientes. El jugador por excelencia y gran capó de este negocio es Mr. Hastings y su imperio de Netflix. Bien, HBO, sigue con su programación semanal de estrenos y en el resto del mundo ha optado por la tecnología de los californianos que hace milagros. El Outsider de Hulu, siendo la más pequeñas de todas, ahora mismo, hay hostias por firmar acuerdos de distribución de sus producciones. Caso del “Cuento de la criada” en España, ya que los abonados patrios la ven, a través de HBO Spain. ¿Pero, creo que nos estamos olvidando de un jugador que tiene barra libre y silla vip en la partida de la nueva ficción del S. XX? Sí, queridos amigos, se lo están imaginando. Hablamos del hombre más rico del planeta, ese tipo que tiene aspecto de calvo del anuncio de la lotería y ancestros de origen español: Mr. Bezos. Y muy mala fama entre sus trabajadores del empaquetado. Su plataforma Amazon Prime, lo está petando con producciones de luxe y creadores de gran pedigrí caso de las exitosas Homecoming de Sam Esmail y Julia Roberts, la grandiosa The Looming Tower, The Romanoffs del alma mater de Mad Men, Matthew Weiner. El pelotazo del nuevo Jack Ryan (con nuevo héroe, el actor John Krasinski). Ahí están The Purge de James DeMonaco o sus bizarras; Dietland o Bite Made in Germany. Así como la aclamada en los últimos Emmys: The Marvelous Mrs. Maisel. Sus convenios de coproducción la ingeniosa y prestigiosa BBC, han dado dos joyas, envueltas el mejor de los encantos británicos: McMafia, y ahora, La miniserie “A very English Scandal”. Un producto impactante, divertido, basado en hechos reales y con un guion muy bien escrito. Es evidente, que el binomio Amazon y BBC, se sienten cómodos. Al igual que la dupla: Stephen Frears y Russell T. Davies. Como sugiere el título, A Very English Scandal está plagado de síntomas y símbolos del British Establishment. Hago el inciso de que esta miniserie hay que tener muy claro que hay que verla para ser creída. Es la adaptación de la novela del mismo título, escrita por John Preston, y adaptada por Russel T. Davies. Una ficción de tres horas o partes que tiene muchos perros y mucha política. Además de un buen puñado de aristócratas dandis que regatearon en Cambridge y de largos almuerzos en el Carlton Club. También hay jornadas de caza a la búsqueda de la liebre o conejo de turno. Una carne muy apreciada por fino paladar de los aristocráticos Gentleman´s de la campiña británica. Y, lo que es más prominente, tiene un gran relato central, donde un político ambicioso —educado en el Eton College y con un sombrío armario— que conspira para asesinar a su ex amante mediante un escuadrón de sicarios aficionados, que terminó en uno de los complots más surrealistas y chapuceros de la historia política del Reino Unido de este último siglo XX.

 

Vemos a lo largo del trayecto ligeras trazas del Fargo televisivo de Noah Hawley. Además, de un barnizado, de la legendaria “Un hombre en casa” (1973), pidiendo un poco de crema batida y algunos pepinillos al Sr. Roper. Vamos que si somos honestos; hay más de dos horas de “partidón de caja”. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto con una serie y todo ello se debe: al extraordinario guion de Russell. T. Davies (Doctor Who, Queer as Folk) y los actores Hugh Grant (About A Boy) y Ben Whishaw (El perfume,London Spy). Detrás de la cámara uno de los grandes directores británicos de los 90, como el ácido, y, estiloso Stephen Frears (The Queen, etc.). Bien, en todo este complejo y estrafalario affaire hay algo muy british, que lleva en su ADN, el touch de la ejemplar BBC. Nadie, en el mundo, occidental tiene tanto orgullo y satisfacción por el significado de un organismo público, audiovisual y al servicio de los contribuyentes, puede estar tan orgulloso de semejante sitio. Esto va por el bochorno, expolio y fraudulenta TVE. Cuando a los popes —de turno— se les llena la boca de mazapán de Soto del Real y beluga venezolano, reivindicando, la épica TVE bendecida por la bestia del valle. No obstante, el viaje que les presento, está muy lejos de toda algarabía soporífera y mareante de la TDT. En la televisión de luxe, uno puede disfrutar y encontrar formas de concebir nuevos conceptos audiovisuales y ahí es, donde “A Very English Scandal” (2018), nos atrapa y encandila. Desde pequeñas cosas, tan sencillas y cercanas, como el formato: 120 minutos. Es decir, 60 minutos por capitulo y sabiendo que te quedan dos, no podrás hacerte el remolón o poner cualquier excusa de turno, para decir, voy a ver fantasmas familiares en Netflix. No esto es una grandísima serie. Segunda razón, hablamos de una gran historia real; disparatada y desgarradora.  Y en tercer lugar, unos actores en estado de gracia: Hugh Grant (el premier liberal Jeremy Thorpe) y Ben Whisahw (el agredido y desdichado gay moralmente y físicamente lenguaraz). Repito, si hay dos Bafta al mejor actor de serie de TV Made in UK; aquí tienen a los favoritos. El escándalo de la auténtica vida de Jeremy Thorpe, el líder del Partido Liberal británico, consumió los periódicos a fines de la década de 1970, cuando fue acusado y juzgado por intentar organizar el asesinato de Norman Scott. Hugh Grant se presenta, de un modo intrigante, como un Jeremy Thorpe, poliédrico y retratando la cordialidad del carisma del joven político. A veces, uno no llega a diferenciar al personaje y el político. Así como su determinación, en la toma de riesgos y su consabido sentido de estado. Lo que no siempre es evidente, principalmente, por el humor de la escritura del libro original. Es el tipo de malevolencia y desesperación que podría obligar a un hombre a tratar de que maten a otro hombre. En el fondo un ser humano, al que como autoridad representativa de los ciudadanos, es un británico más con sus virtudes y defectos. Empero, hay destellos homicidas, en los ojos de Grant que no puede evitarlos. Pero es aún más persuasivo al transmitir la devastación del propio Jeremy Thorpe. Su plan de asesinato que confabula; se vislumbra con ligereza y frivolidad. Acotaciones que lo pueden hacer más difícil de entender. Si bien, no es tan complejo. Pero si se trabaja la decapación del visionado con mesura y atención verán escorzos imprevisibles.

 

 

El pobre Scott, interpretado, por Ben Whishaw muestra hábilmente que es el hombre más joven, tanto físicamente, como intelectualmente. Todo lo opuesto a Thorpe como su compañero sentimental. Scott se ve representado al principio de la historia como un fantasma inestable; que parece chantajear repetidamente a Thorpe (éste le llega a escribir a la madre de JT una carta de siete páginas que incluía detalles sobre su affair). Lo que Scott y Thorpe parecen tener en común es la capacidad de mantener a otros en la esclavitud, confiando sobradamente, en sus ingeniosas capacidades para manipular a las personas. Empero, Whishaw también transmite el deseo de Scott de ser amado, y cómo su enojo va a más; por la forma en que Thorpe lo ha tratado. Un tacto falso e hipócrita —que está más cercano de la tristeza— que con la verdadera venganza. La comprensión limitada de JT de su propia sexualidad se basa puramente en actos físicos: no parece tener la capacidad o el lujo de imaginar que los hombres puedan realmente amarse unos a otros. Luego está el ejercicio de disección de uno de los momentos más oscuros de las recientes desventuras políticas del Reino Unido. A Very English Scandal es una obra festiva. Muy divertida y tremenda. En menos de tres horas, incluye todos los puntos focales de los tabloides relevantes (el comentario del “perro enfermo”, los pequeños delincuentes ingeniosos, la tarjeta infernal de la Seguridad Social británica). Pero es más efectivo para mostrar lo trágico e innecesario que fue todo el asunto de Thorpe, convirtiendo el fanatismo público en vergüenza privada en una mortificación y su correspondiente ritual. En la corte, Scott sostiene que nunca le importó el dinero de Thorpe. Lo que sí le importa, dice, es cómo “todos los libros de historia se escriben con hombres, como yo, desaparecidos”. Es un placer ver a estos dos grandes actores británicos encontrarse sin tener que hacerlo por medio de doblajes de voces u otras tramoyas del gremio. La serie recuerda a los espectadores aquel apuesto progresista político que podría haber tenido una carrera política mucho más exitosa si se hubiera unido sus escaños con el Partido Conservador, como se esperaba que hiciera alguien de su nacimiento y clase. Como liberal en el sistema electoral británico, Thorpe, sólo tuvo una pequeña esperanza de poder parlamentario, más allá de ser una cuña, entre los dos partidos dominantes: los conservadores y los laboristas. Lo que él también era, según el retrato en “A Very English Scandal”, era un hombre homosexual, encerrado en un momento en que ser abiertamente gay estaba más allá de los límites. Todo ello, muy condicionado, a las aspiraciones personales de una carrera en Westminster y la vida pública. Sin embargo el ingenio del maravilloso guion de Davies llega a un momento supremo. En ese instante, donde la aristocrática segunda esposa de Thorpe, Marion (Monica Dolan), le pregunta con frialdad sobre el uso del plural, su respuesta: “Estaba usando un nombre genérico en una cláusula imperativa”, es una risa tonta. Lineal y cínica. De ahí ese touch british que llega a bordear la cirugía gestual del humor corrosivo. Dicen que en Inglaterra hay más de 1.000 tipos distintos de ceños fruncidos en exhibición, desde irresistibles a trágicos. De irónicos a aplastados. Los ricos fruncen el ceño de manera diferente a los pobres, solo una entre muchas diferencias sutiles que crean la narrativa paralela del conflicto de clases que corre junto con la historia de la liberación gay. Bueno, no en paralelo exactamente: al igual que con Jeremy y Norman, estas ideas chocan entre sí una y otra vez. Pero no lo vean tan de color de rosa.

 

A pesar, de la casa de la madre de Thorpe, una villa rural muy cercana a la vivienda del matrimonio Roper. En “AVSE”; Jeremy es un “pit bull” y tal vez un monstruo. Tiene dos matrimonios heterosexuales basados explícitamente en aumentar su popularidad. Discute su intención de que Norman sea asesinado como si fuera un rompecabezas de estrategia y no un asesinato. Pero como la leyenda y la vida nos enseñan, la gente contiene multitudes, y cuando Jeremy reflexiona brevemente sobre la violencia aterradora que ha experimentado con otros pretendientes y amantes, es difícil no sentir compasión y tristeza. Algunas veces se aprovecha de la misericordia y llega a recordarnos al personaje de Robin (Richard O´Sullivan) en la sitcom “Un hombre en casa” (1973). El Sr. Whishaw a menudo interpreta a personas vulnerables y heridas, y su actuación aquí es tremendamente convincente y desafiante. Su Norman es inquieto pero audaz y provocador: carismático, pero, a veces es un tipo sucio. Ese tipo de persona que tu padre odiaría, lo que solo haría que te gustara más hasta que te acabara por decepcionar y te ofreciera otra excusa fácil. Norman es casi toda postura, y puedes ver lagunas momentáneas en su conocimiento, donde el Sr. Whishaw deja pasar un poco de pánico.Durante el juicio con el que culmina la carrera de Thorpe y este espectáculo, el abogado de Thorpe reconoce que su cliente había tenido “tendencias homosexuales”, pero Thorpe negó vigorosamente una relación íntima con Scott. (El sexo gay entre hombres no se despenalizó hasta la Ley de Infracciones Sexuales de 1967; Scott y Thorpe se conocieron en 1961). Reconocerán que ni el comunismo, ni el fascismo habrían sido capaces de llevar a cabo esta ley, tan importante, para la confianza de muchos ciudadanos-as de Gran Bretaña. El liberalismo es tan divertido como un mini azul con techo blanco o los Beatles. El relato niega la negación de Thorpe y lo muestra comprometido, en el mejor de los casos, es una seducción dominante, y en el peor de los mismos es una especie de depredación violenta. Nunca se ha manejado un frasco de vaselina con tanta autoridad temerosa. No obstante, Stephen Frears nos recuerda a los espectadores que la exposición de un inglés en un armario es más grave de lo que parece. Durante el primer episodio, Bessell consulta a Lord Arran, un excéntrico político conservador que intenta despenalizar la homosexualidad. La escena se desarrolla, con una anécdota, para dar rienda suelta a la risa (los tejones y el paté se repiten), hasta que Arran revela la razón de su misión: ya que su propio hermano gay se suicidó y está decidido a intentar salvar a otros hombres, independientemente de ser expulsado del partido tory, lo que ennoblece su honor, a pesar de su vigoroso sentido del humor. En AVES, no cesa la oscilación, en que esta manera de vivir; está más cerca de una farsa loca y la propia tragedia histórica. Es un tono que refleja cómo los tabloides británicos siempre —se han involucrado con el inmensamente rentable acto de avergonzar al público— mostrando su desgracia y caída con un guiño. El columpiazo de Mr. Scott en los créditos finales, donde esgrime unos 80 años plenos es un puntazo. Donde se puede apreciar el encanto que Scott poseía en su juventud. Ya que se pudo confirmar que está vivo y muy bien, increíblemente. Vive con 11 perros (a ellos les debe gran parte de su historia. Nunca, mejor dicho, que es el mejor amigo del hombre y de toda esta riquísima y fascinante historia). A pesar de, no haber podido recuperar su tarjeta de la Seguridad Social. Thorpe fue diagnosticado de un precoz Parkinson en la década de 1980, con apenas, 51 años, sobrevivió, porque la enfermedad le quitó mucho de lo que aportaba el personaje. En 2014 falleció. Sin embargo, el drama, y su vida pública, terminaron en 1979, como corresponde, al desgarrador momento, donde JT saluda a la prensa y sus acólitos, eufórico celebrando su absolución del juicio. Ahí es donde, la posesiva madre y consagrada, Úrsula. Le espetó: “Jeremy, sabes que estás acabado… Lo sabes. ¿Verdad, cariño? Un año después estaba fuera del partido y de la primera línea de fuego del hercúleo palacio de Westminster. Jeremy Thorpe llegó a presidente del partido liberal, mientras los Beatles dejaban al público alucinado con Revolver (1966). Cuando se retiró de la política activa. Los Beatles estaban missing  (nadie se acordaba de ellos) y Londres estaba llamando a The Clash. Al final, los liberales, ganaron un mártir. El mundo estaba cambiando —como le gustaba decir a Bowie— y Londres volvió a ser el epicentro de la revolución sociocultural. La BBC encandiló a 5 mlles de espectadores en su primer episodio. Nota: 8,2

 

 

 

 

The Americans (2013) “el matrimonio ruso más amado de la TV moderna”

 

Elisabeth puteando Foto 1

La nueva ficción televisiva, Made in Usa, desde su irrupción en este nuevo siglo audiovisual; se ha caracterizado por la consolidación de un nuevo antihéroe estadounidense. Un tipo que no ha parado de ascender y sentirse querido por la audiencia. Recordemos al carismático gángster, Tony Soprano, a punto de cumplirse su 20 aniversario. ¿Quién no se acuerda del personaje mejor escrito para la TV de calidad? Por entonces, una HBO, algo monopolística. Aquel sagaz grandullón, de oronda y excelsa barriga, con un síndrome maniaco-depresivo. Un tipo entre lo amenazante y el risueño padre de familia, ese vecino de toda la vida. Chillando a todo Dios, sin saber el porqué. O mejor aún, en ese plano, sentado en la piscina de su mansión, con el fusco en la mano, mientras fumaba un Montecristo: vigilaba patos y osos. Tony Soprano fuel el mayor hito de la historia de la ficción televisiva. Pues, introdujo un nivel de complejidad temática y ética de una consistencia, inaudita. Nunca vista hasta entonces en la pequeña pantalla. Un vistazo al principal circuito de premios (Emmys o Globos de Oro) y verán que a lo largo de la última mitad de la década: se observa, no sólo el interés crítico de las páginas de millones de blogs o páginas culturales, que han dedicado chorros de tinta a por estos nuevos personajes y productos, mágicos vía streaming. Inclusive, el de una popularidad sorprendente y enfatizada, gracias a esos de las redes sociales. Creando el fenómeno de la Seriemanía. Miles de seguidores de los lugares más remotos, preguntan por las andadas de sus personajes favoritos. Las magistrales Mad Men, Deadwood, y más recientemente, Ozark de Netflix son solo tres espectáculos que han logrado un amplio reconocimiento por la definición de unos protagonistas moralmente comprometidos. El canal de cable FX, es conocido por su concepto “There is no Box”. Por aquello, de la competencia de reojo. También, por las producciones —inicialmente— sobradas de testosterona. Casos de SOA (2008) o Justified (2010).

 

 

Evidentemente, nunca ha sido ajeno a esta estirpe de personajes en constante conflicto. Pero la serie, por excelencia, que marcó el devenir de estos personajes fue The Shield. Un punto de referencia en la era del antihéroe, considerado por muchos, la respuesta al emblemático buque insignia de HBO. Curiosamente, donde, Tony Soprano ya era el mito dentro del sistema de corrupción, más arraigado, en la historia norteamericana. Vic Mackey era un luchador contra el crimen, uno de los buenos, aparentemente. Sin embargo, en su lujuria maquiavélica por frustrar a los malos, lo presenciamos torturando, chantajeando, manipulando pruebas de su unidad de homicidios —in situ— o llevándose el dinero de los alijos. En ese sentido, The Shield se puede ver como el comienzo de lo que se ha convertido en el paradigma actual del antihéroe televisivo: donde la ambigüedad moral abunda en espacios —más allá de las arenas esperadas— de mafiosos y matones, entre doctores y maestros de escuela secundaria, gente común. Cuando Joe Weisberg y Joel Fields lanzan The Americans en 2013. Una de las mejores series dramáticas de los últimos diez años. Si contamos hacia atrás, hasta septiembre de 2001, y, junto a la emisión de la primera temporada de 24h (2001), y la premiada Homeland (2011) de Showtime, los norteamericanos estaban enganchados al concepto de este, tipo de productos, donde el terrorismo internacional islamista: es la esencia del producto. La televisión estadounidense supo hacer de la vida de un matrimonio de rusos, los protagonistas absolutos, de una ficción de espionaje bajo la presidencia de Reagan tiene algo deliciosamente sugerente: el culto a una década de la que hoy en día hay mucha gente que fue joven y guapa, en aquellos años.

 

El gótico de mi marido Foto 3

 

La historia, a principios de 1980, es muy sencilla. Dos desconocidos, un hombre y una mujer son convertidos en agentes rusos desde la vieja URSS y camuflados, como modélicos ciudadanos estadounidenses, al servicio del KGB en Washington DC. Un show con un aroma a laca y purpurina plateada. Un diseño artístico que recoge todos los detalles del boom ochentero de esta década, en todos sus aspectos: moda, música, pensamiento y fascinación de adictos hípsters a las series en streaming. Luego, ¿quienes son ellos? Un tipo tranquilo, Philip (Matthew Rhys) y una mujer atractiva, con aspecto, de chica de las Bangles: Elizabeth Jennings (Keri Russell). La pareja de soviets enamorados de la America más consumista ha hecho historia a lo largo de seis temporadas. Esa hermosa y deseada vida tranquila de dos ciudadanos estadounidenses son: un matrimonio ejemplar, con un negocio muy en boga, una agencia de viajes. Tienen una pareja de niños a los que crían en la filosofía más campechana del capitalismo, exultante reeganiano, adictos al béisbol y el hockey. Además, de reconocidos fans del maravilloso mundo del mago David Copperfield. Sin embargo, detrás de consufa patomima banal, se esconde una inmensa taparadera para llevar a cabo, todo tipo de actividades de espionaje de grandes proporciones. El sabotaje, la vigilancia, el robo de secretos industriales, la seducción de figuras influyentes, el reclutamiento de fuentes y el cambio de físico, mediante, protesis y disfraces. Así como el asesinato a sangre fría. Todo es bueno para promover la causa de la URSS… ¿El objetivo final? Ganar la guerra fría. Demos un giro de 180 grados ¿Tiene poco o mucho parecido entre sí más allá de su conversación básica sobre lo que significa ser un agente doble? O mejor dicho, en un sentido más amplio, ¿Qué significa llevar una doble vida? Por ejemplo, el concepto de Homeland, visto por un ciudadano medio, de inmediato se ve provocado y sostenido por un complot terrorista que va desde el Capitolio a Afganistán.

 

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El romance que surge entre Carrie Mathison (Claire Danes) y Nicholas Brody (Damian Lewis) es muy predecible, aunque deje escondida una guarnición muy deliciosa por los segundos platos.  Y es que, en el fondo, The Americans, aunque está tan a tono con la ambigüedad moral, de muchos de sus predecesores, la obra de su creador, Joe Weisberg; ofrece un tipo de protagonista completamente diferente. Algunos dramas antihéroes intentan retratar la lenta degradación del personaje (Walter White de Breaking Bad), otros nos muestran cómo la obsesión profundiza la locura (Dexter Morgan en Dexter, o Nicholas Brody de Homeland) y otros permiten la experiencia superior del poder y sus consecuencias (Don Draper en Mad Men y Nicky Thompson de Boardwalk Empire). Lo que separa a The Americans es su primer plano del dispositivo más simple en la historia de la narrativa. Piensen en algo tan esencial, en el mundo coloquial, como el amor. Y que mejor vector, donde expresarse, que el amor a una familia. Empero, The Americans se convierte en una lección de guion, a la hora de ampliar el método de abertura de cajones y llenas de subtramas. Un producto, que desde el arranque de sus cortinillas esta repleto de los símbolos del espionaje y toda la fanfarria ochentera iconica por un score musical de Nathan Barr memorable. Empero, el show no se olvida de las alocadas persecuciones, brutalidades y las intrigas burocráticas del poliburó que funcionan al servicio de su núcleo romántico. Sin embargo, lo que deja a los espectadores aferrándose a sus apoyabrazos, en estos momentos de pulposa emoción es el terror subyacente que, en cualquier momento, la incipiente relación entre los protagonistas Philip y Elizabeth Jennings sufrirá un golpe, ya sea físicamente, emocionalmente, o ambos, de no sobrevivir a la misión.

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Los críticos alaban de inmediato la calidad narrativa de la serie. Como ex agente de la CIA, Joe Weisberg es el garante de su credibilidad. Se saborea la audacia de poner al público estadounidense del lado de los soviéticos: inclusive si Philip y Elizabeth nunca son heroicos, aquí lo son. Ya que, los puntos de identificación del espectador, son aquellos a quienes queremos ver triunfar. Al final, o en cualquier caso, escapar del agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), que resulta ser su vecino. En un estilo de suspense, la serie tiene éxito en el retrato sutil de un matrimonio complejo y la supuesta normalidad familiar. Finalmente, una miríada de detalles de los años 80, que deleitan el paladar del más esteta: pantalones de talle alto, los inevitables peinados cardados y otros videos aeróbicos, y por supuesto la música: Phil Collins, Sting, Peter Gabriel, U2, Elton John o Duran Duran y etc… Son inmensos momentazos dentro de la pantalla. ¿Por qué? Pues, que nos hallamos, ante el vademecum típico de la Guerra Fría. No existe un objetivo claro y generalizado. De ese modo, el conflicto de larga duración que va emergendiendo “in crescendo” dependerá, en gran medida del carácter, que impriman los personajes con sus originales devaneos. En los episodios que siguen el apogeo emocional del clímax de capítulo piloto, no decepciona. Todo lo contrario. Vemos que los dos confrontan infidelidades pasadas y presentes. Por ejemplo, la manipulación sexual de Philip a la secretaria del FBI Martha Hanson —papel interpretado por la actriz Alison Wright— es sencillamente, puro beluga. Y gracias a este trabajo la confirmación de una excelente interprete como es la singular Alison Wright. Luego, está nuestra querida Elizabeth lidiando con su amor de correrias al margen de la ley; un antiguo trabajador afroamericano. Dilemas profesionales que generan disputas que se sienten más personales que políticas.

 

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En el caso, del intento de asesinato de Reagan se usa aquí para resaltar sus diferentes lealtades. Así como un nuevo jefe de los servicios de trabajo de campo de todos los espías, que interpreta la siempre carismática y manipuladora Claudia/Margo Martindale, en sustitución del cabal y más heterodoxo Gabriel que interpreta Frank Langella, muy mayor, al que el poliburó quiere pasarlo a la reseva. Por no decir, a la jubilación forzosa. Claudia les informa que el trabajo está a punto de volverse más amenazador para la vida, de lo que por si ya era, anteriormente. Un romance es tan bueno como sus obstáculos, y, como ya hemos mencionado, aquí no encontramos escasez de obstáculos. Todo lo contrario, en The Americans es un deleite, la cantidad de capas barnizadas que se pueden llegar a desvelar. En todo caso, el grado de coincidencia incorporado en la creación de estas barreras ha sido, para algunos espectadores, el defecto principal del programa. Reiteramos, para alugnos. No obstante, cuando la coincidencia profundiza el conflicto en lugar de ayudar a resolverlo —inculcando un cierto grado de inevitabilidad en lugar de dejar a deus ex machina— la mayoría se apresura a perdonar. Entonces, cuando el agente de la CIA Stan Beeman (el análogo más sagaz de Noah Emmerich sería el cuñado Hank de Breaking Bad) se mueve por la calle de los Jennings, estamos más interesados en el estrés de su arma cargada , la cual, le llega a generar; que en desacreditar su improbabilidad. The Americans se asemeja más a Deadwood de HBO, un programa más interesado en cómo se construyen las comunidades que en marinar con sus propios conceptos. Pensemos, por un momento, donde la magia de Deadwood estaba en su molde expansivo, el encanto de los estadounidenses está en su enfoque limitado; hay algo embriagador en su estrecho ecosistema de momentos sosegados, su énfasis en la acumulación de gestos en la creación de significado.

 

Margo& Frank Foto 7

 

En todo caso, una discusión sobre el linaje es importante aquí en un sentido global; hay un cierto grado de previsibilidad para cualquier espectáculo, pero después de más de una década de escritores dispuestos a poner a sus seres queridos, a través del tono, sabemos mucho mejor como dejarnos sentir más cómodos; cuando las cosas parecen ir bien para el Sr. y la Sra. Jennings. Al final, no queremos que Philip y Elizabeth tengan un camino fácil hasta que realmente se lo hayan ganado, y somos ampliamente recompensados por nuestro masoquismo. La represión y lo tácito forman el fulcro dramático de los estadounidenses. De la misma manera en que los roles de género de los años 60 arrojaron un conflicto de carácter en Mad Men, el empleo de los Jennings como espías opera como una especie de silenciador de facto. Como todos los dramas de época efectivos, esto habla tanto del espíritu de la década de 1980 —la capa de seguridad cuidadosamente construida a pesar de las ansiedades profundamente arraigadas— como del actual espíritu de época posterior al 11 de septiembre. Entonces, cuando Philip se acerca a Elizabeth sobre como desertar a Estados Unidos en el piloto, nos damos cuenta de que hay varios tules, maniobrando la psicología del respetable, que han puesto en marcha. Aunque, para ello hayan engañado a todos los que los rodean, incluidos sus hijos, siempre han sabido que su matrimonio es solo un vehículo para su verdadero matrimonio con el jodido KGB. Ya que su verdadera tapadera reside en los suburbios estadounidenses. El momento en que se interpone en el camino de una misión es el momento en que pierde eficacia. Por ejemplo, cuando Philip empuja a la deserción, Elizabeth no solo se enfrenta a descifrar sus intenciones —puede estar en una misión privada desde el cuartel general con la intención de poner a prueba su lealtad— sino que navega la corriente subyacente de sus aparentes sentimientos hacia ella (particularmente al foco de la distancia emocional que ha cultivado con cualquier cosa relacionada con su vida estadounidense). Algo así, la respuesta a su patriotismo erosionado (el modus operandi del la agencia y su entrenamiento le obligaría a delatarlo en la sede).

 

 

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The Americans es un espectáculo sobre cómo lidiar con las consecuencias de las decisiones tomadas en la juventud, sobre confiar en la intuición y amar a pesar del miedo, sobre aceptar que lo que más nos amamos el uno al otro es también lo que más odiamos y lo que más tememos de la vida. Ese proceso de aceptación de lo que más amamos, el uno del otro, es también lo que podemos llegar a odiar o temer más. Incluso para aquellos de nosotros que no estamos inmersos en una existencia paranoica, el mundo, a veces, puede hacer sentir a cualquiera de nosotros: un lugar duro y solitario. Con la inevitabilidad de nuestra mortalidad, lo mejor que podemos esperar es una verdadera conexión humana mientras todavía tenemos tiempo para ello. Ese tipo de redención, que The Americans busca ofrecer, es un faro raro, algo, sin darse cuenta, que hemos estado esperando desesperadamente para ver. Como hemos visto en los últimos catorce años, la televisión es un medio increíble para retratar un deterioro lento. Pero los estadounidenses revelan que la televisión es igualmente capaz de mostrar lo contrario: los pasos precarios que tomamos para construir una comunidad, cómo nos mantenemos frente a la obstrucción y cómo nos enseñamos a amar y ser vulnerables en un mundo que sabe exactamente cómo para explotar y destruirnos. Siempre nos quedarán los rostros de Philip y Elizabeth cruzándose con su joven colega de la KGB, un juvenal Vladimir Putin. Nada más lejos de la realidad. Pero, no que les pique la curiosidad, de echar cuentas…Si estuvo destinado en la RDA de 1985 a 1987. Cuántos de nosotros hubiéramos pagado por ver esta escena. Muchos. Y todo sigue igual de otrora KGB de nuestro matrimonio de desconocidos hasta el final de la guerra fría. Ahora el actual, FSB. Las técnicas de espionaje son idénticas y que los objetivos, sean siendo los mismos. Después, de contarte todo esto, No creen que merece la pena ver una de las mejores y más queridas series de la historia de la TV, según, la AFI. Ojalá! la Academía de televisión norteamerica, le de un epitafio, como mandan los dioses y por fin, sea la mejor serie de drama. A igual, que los Soprano, Mad Men, Breaking Bad o Homeland. Gracias por estos años y suerte. Nota: 8,5

 

 

Los mejores films de 2017

  1. “Three Billboard Outside” Ebbing, Missouri

 

  1. You Were Never Really Here

 

3.Wind River

 

 

 

4. Z. La ciudad perdida

5. Dunkerque

6.The Florida Project

 

 

7.Good Times

8. Logan Lucky

 

 

9.The Nile Hilton Incident

 

 

10.The Disaster Artist

Pustina (2016) El pozo de Havel

Una de las grandes sorpresas de este año viene desde las atractivas y misteriosas tierras marcómanas; la actual República de Chequia. Pustina (2016) en un producto HBO, con la excepcional factura, marca de la casa. El canal hace unos cuantos años que comenzó su implantación logística; entre Polonia, Chequia y Rumania. Por citar algunos de los países que comprenden el nudo mayúsculo de este proyecto. Donde reivindicamos algunas series exitosas y desconocidas para el gran público, caso de la rumana Umbre (2014), o la polaca Wataha (2014). Un humus que rebosa creatividad en pleno centro de Europa, que está dando savia fresca al siempre exigente público de las ficciones HBO. Pustina tiene detrás a un joven equipo —al 100% Made in Chequia— avalado por la cineasta Agnieszka Holland. Una directora que dejó su buen oficio en series tan míticas como The Wire (2002) o Treme (2010). Su condición y reputación de realizadora polaca todo terreno y de sublime sensibilidad, le llevó a filmar lo que sería la antesala de Pustina, en la mismísima Chequia: “Horící ker” (2013) una miniserie de tres episodios, sobre el affaire Jan Palach, en la Primavera de Praga. Comento estos antecedentes para comprender, un poco más, el detritus que inunda el proyecto de Septan Hulik y la dirección de Alice Nellis & Ivan Zachariás. ¿Qué es Pustina? Lo esencial, sería empezar por la definición de la palabra… Vendría a ser, algo así, como un páramo o desierto abandonado. Afinando la gramática, quedaría mucho mejor el término tierra yerma o baldía. Tampoco hay que ir a Harvard para darse cuenta que, para HBO en USA, ya viene editada con el término anglosajón, “Wasteland” (2016). Sí que es cierto, que la pequeña villa de Pustina es un lugar fronterizo entre la Silesia polaca y el linde checo más septentrional. Podría ser una aldea del territorio de Ostrava

 

 

Dijo una vez, el talentoso político checo, Václav Havel; “Estoy solo con el dolor y no tengo más remedio que saborearlo hasta el fondo. He estado cerca de la desesperación.” Esta frase —que es una metáfora de su lucha—, y resistencia, a lo largo de su vida, es parte de la propia idiosincrasia de un pueblo liberal como es Chequia. De algún modo, sería el leitmotiv de esta magnífica serie. Pustina (2016) es un drama de 8 episodios, solapado en un brillante thriller policíaco centroeuropeo, ambientado en el pueblo minero, que da nombre a la propia serie. Pustina se halla circundada en un espinoso dilema; ceder las tierras y casas donde han vivido toda su vida, a cambio de la obtención de una atractiva oferta económica, por parte de la nueva empresa que explota el carbón del territorio, o resistir con lo puesto. El nuevo conglomerado moderno que gestiona la turba era en el pasado una propiedad más del viejo estado comunista. El debate tiene los ánimos más que caldeados entre los habitantes del lugar y la alcaldesa Hanna Sirikorova, una inmensa (Zuzana Stivínová). La decisión, aparentemente parece fácil, en un pequeño pueblo, donde la pobreza y desempleo hace mella. Es muy interesante como se introduce el viejo y cansino debate del viejo modelo comunista y el nuevo capitalismo. Los posicionamientos de quienes no quieren ir con la nueva política gubernamental del gobierno —de favorecer la viabilidad del modelo productivo privado— y finiquitar la historia de un lugar imperecedero en el tiempo. Modelos contrapuestos, y viejas reyertas del pasado, se observan entre la cotidianidad vecinal, donde el reclamo del viejo modelo controlador y dictatorial comunista, choca con quienes han encontrado un nueva salida a su pobreza, en la posibilidades de la voracidad del libre mercado. Esa definición tan prosaica y jocosa, el pelotazo fácil, en la burbuja inmobiliaria. Es obvio, que la población de Pustina tiene derecho a una oportunidad de prosperar. ¿Pero no todo vale? La discusión está en el aire. El ambiente respira, el efluvio de la confrontación perpetua.

 

Desde la taberna, a los paseos, de una casa a otra, desde la panadería, hasta la recogida de los niños, en la guardería de la propia alcaldesa, Hana. El runrún está suspendido en las mentes de los habitantes de la villa. La disyuntiva se hace mayor en una de las últimas votaciones del pleno consistorial. Hana Sikorova busca, entre sus acólitos, y no tan cercanos, el voto de confianza para detener la expropiación, individualizada de las viviendas, por parte de la hullera. En un intento desesperado, apelando a la nostalgia y el orgullo de un viejo pueblo trabajador. Poniendo, todo su corazón, para demorar la respuesta, y riesgo personal por conseguir un frenazo a las ventas de las propiedades vecinales. Una incansable búsqueda de oxígeno que relaje la tensión de la comarca. Pero cada día que pasa la situación es más insostenible. En Pustina, el elemento climatológico y el carácter rural de las gentes —que habitan estas tierras—, no facilitan la honestidad. Además, el dinero cada día se persona y avisa que no está para más esperas. En esa burbuja tan hostil, se cuela una fatídica noticia, que cae como un carámbano de enero, en la boca del estómago de Hanna. Su hija pequeña ha desaparecido. Una pequeña adolescente muy sui generis. Es cuando, nos encontramos con el ex marido de Hana, Karel Zikorova. En un papel de Globo de Oro, el actor Jaroslav Dusek, nos brinda una colosal interpretación. Profesor del instituto de secundaria, ahora prejubilado, tras un ataque de locura y diagnosticado de una compleja enfermedad mental. La investigación se pone en marcha y toma las riendas otro magnífico personaje, de esta ficción, el capitán de la policía criminal, Rajner, Un tipo duro, convincente y muy bien interpretado por el actor, Leos Noha. Le dan un empaque a esta angustiosa historia que convive entre los misterios de la primitiva Twin Peaks (1990) y la atmósfera exasperada de True Detective (2014) de Pizzolatto, hasta ese existencialismo reservado de la ficción policiaca nórdica de Forbrydelsen (2009).

 

Pustina es un ejercicio arriesgado de combinación creativa, entre un brillante guion, basado en una realidad actual, como es la propia historia de Chequia, de hace 27 años: la amada Checoslovaquia de V. Havel. Y una dirección artesanal —que nos retrotrae— a aquel cine de mediados y finales de los 60 Made in Checoslovaquia. Pustina es una historia compleja —que debajo de algunas subtramas adolescentes, de amigos, colegio, drogas, reformatorios y familias— propia del modus operandi de investigación, en casos de niñas-os desaparecidas, vista en algunas otras producciones. Pustina oculta el aliento y revela evidencias a fuego lento. Espolvorea la miga, dejándola, a la mitad de su tamaño. Indagando su verdadero propósito y urdimbre. Esta historia del crimen es puro tejido conectivo que adviene los factores del misterio y el suspense más canónicos. Una pequeña pieza, done la historia le da un toque personal, como condimento. Sirve como excusa para entrar en la intimidad de todo el pueblo: cada casa, habitaciones y hasta los rincones más oscuros de su psique. La propia Pustina nos da todas las suposiciones y preferencias, a fin de interpretar conclusiones personales, intentando sacar el abatimiento del espectador. Pues el foco, también incluye el otro lado del LCD. Es decir; los mismos pecados expiados, una y otra vez, por ese animal equivoco y complejo, llamado, humano. La verdadera razón de ese lugar húmedo, gélido, oscuro y frío, no es otra, que el tiempo en un espejo. Ese humano, es un inocente lobo, víctima de la bipolaridad del propio hombre lobo depredador, donde cada individuo es dueño para sí mismo y de sus propios intereses. Donde come el gran pequeño, donde todo tiene un precio y nada es sagrado. No hay ninguna empatía, ayuda, solidaridad, y cuando la hay: rezuma un aroma tan hipócrita y falso que tira para atrás. Y es que en Pustina, todos estamos dentro de un pozo. El mismo pozo, al que el mismísimo V. Havel definió así: “A veces se necesita tocar el fondo de la miseria para poder entender la verdad, igual que hay que lanzarse hasta el fondo del pozo para llegar a ver las estrellas.”. En Pustina, la noche es tan oscura, que nunca se ven estrellas en el cielo. Nota: 8,6

 

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