Lou Reed,2 de marzo,in Memoriam

 

UNSPECIFIED - CIRCA 1970: Photo of Lou Reed Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

 

Somos muchos los que apenas podríamos imaginarnos que significa meterte ese sucedáneo tan goloso llamado morfina: el alma mater de esa sustancia llamada heroína. Lou Reed, sí que lo sabía. Posiblemente, en exceso. Es un viaje a la quietud, la felicidad y la retirada de lo existente a tu alrededor. Una huida sólo para paladares, que saben de buenos cocineros; aquellos que extraen —de la bella flor original— la diacetil morfina 100%. W. Burroughs sabía mucho sobre heroína y un montón de sustancias penadas por la ley. Vivió 83 años. Su prosa y vida inspiró la cultura Underground. Ese submundo de carácter urbano, lumpen callejero, seres y criaturas que nadie quiere ver ni tener; los incomprendidos, y, sustancialmente, los perdedores. En ese detritus, se forjó el poeta neoyorkino: Lewis Allen Reed. Mejor conocido por sus fans como “Lou” y por sus amigos más cercanos como “Lulu”. Una de mis canciones favoritas ha sido, es y será, “I’m Waiting for the Man”. Un relato en primera persona sobre la compra de polvo afgano en Harlem, mientras esperas angustiado a tu dealer. Pura experiencia personal del propio Reed, un consabido adicto a las drogas. Ellas, han sido parte de su vida. Y según dicen todos los galenos, lo que llevó a Lou —en sus últimos años— al conocido y desastroso cuadro hepático. En abril de 2013 le fue trasplantado un hígado, que inicialmente fue un éxito. Desde aquel marzo de 1942 hasta hoy han pasado 75 años. 71 (cuando se nos marchó) años, donde, bromeaba con colegas del oficio quién sería el siguiente acompañante a la otra dimensión, cerca del maestro Hendrix. Lou Reed se ha marchado. El chico de Long Island, ya no está con nosotros, mientras suena su música de fondo. ¿Qué hubiera sido de la historia del Rock sin Lou Reed? No me lo imagino. El adolescente incomprendido por su familia. Un chico, que muy tempranamente manifestó una orientación sexual ambigua, pero honesta y consecuente. Algo, que le costó ser tratado con terapia electroconvulsiva en un viejo manicomio, para “curar” su inclinación sexual —Barbarie de método—, práctica, que se documenta en la canción “Kill Your Sons”(1974).

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Reed siempre utilizó New York como fuente de inspiración musical. Algo así, como Woody Allen y su imperecedero plató de rodaje favorito. Al poco tiempo, llegó la literatura inglesa y el periodismo en la Universidad de Syracuse en 1960. El periodismo, el cine, la poesía, la literatura y cómo no, la música. Ésta, fue su gran pasión. La mejor droga que había probado. “Cuando llegué a la universidad, yo quería escribir la gran novela americana” (Sic) “Pero me gusta el Rock & Roll. Así que yo quería utilizar temas de adultos, los temas de las novelas, en las canciones. Una manera de ampliar los parámetros de mi realidad y una forma de introducirme, en lo que estaba escribiendo acerca de temas pop.” (Sic). Es Pickwick Records, el punto de partida donde como compositor, escribiendo cancioncillas Pop, para irse curtiendo oficio, A pesar, de estar empapado de mil influencias musicales. Y el lugar donde se produce uno de los momentos cumbres del Rock; el encuentro entre Reed y Cale, que desembocó en la formación de la legendaria Velvet Underground. Junto al guitarrista Sterling Morrison y la batería Maureen Tucker. Andy Warhol consiguió el mecenazgo del grupo —que fue incluido en el Rock and Roll Hall de la Fama en 1996— y lo hizo gracias a sus innovadores manejos del marketing en la multidisciplinar Factory. Mezclando la música —unas letras de un inspiradísimo Reed, donde las odas a las historias de yonkis, travestis, prostitutas, fauna urbana y depravación sexual, se solapaban entre tonos mundanos del nuevo trovador del rock sucio— con el arte y un merchandising espectacular del simbolismo francés. Vendiendo unos trabajos extraordinarios donde esas canciones sonaban, como las nuevas flores del mal, de un Baudelaire neoyorkino. El legado de aquel encuentro fueron cuatro álbumes estratosféricos.

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Un pequeño flashback que nos aluniza, al breve período como oficinista, en la empresa de su padre, Reed se decidió a lanzar su carrera de solista en 1971. Un álbum homónimo, a modo de debut, para calentar motores y seguidamente, la joya de Transformer, co-producido por David Bowie y el guitarrista Mick Ronson. El álbum llegó al número 29 en el Billboard 200. Aparecían canciones como “Vicious”, “Perfect day”, “Satellite of love” y la legendaria/ultraconcocidísima, “Walk on the Wild Side”. Su letra levantó una polvareda, en torno, a sus polémicas referencias a travestis y fellatios en un tono rompedor. La cuestión, es que la mítica canción alcanzó el número 16 del Hot 100. Caprichos de la hemeroteca y el paladar del personal más adicto, a la gloria de la gramola comercial: aquella canción fue su único hit del Popstar. En el fondo, aquel tema rezumaba una gran ovatio a los explosivos años del personal —más transgresor— que rulaba por la Factory de Warhol. Los iconos de Ginsberg y Genet eran sus mutaciones en calidad de solfas. Posteriormente, siguió con esa atmósfera oscura y lleva de tristeza envuelta en una imaginería sadomasoquista del exitoso Berlin. Ahí, se rodeó de músicos tan solventes, como Steve Winwood, Jack Bruce, Michael Brecker o el joven prodigio Steve Hunter. También, es un punto de partida hacia ese status de outsider y persona nada sociable, que condicionó una larga parte de su carrera. El abuso de las drogas y los problemas domésticos estuvieron a la orden del día. Un Lou Reed, obstinado en desafiar al público con salidas de tono muy absurdas. Empero, había nacido la estrella mundial; Lou Reed. Rolling Stone dijo sobre este álbum: “es tan claramente ofensivo, el cual, produce un deseo de tomarte la venganza física por tu cuenta sobre el artista neoyorkino” (Sic). Incluso se le tildó, “de completo pervertido depravado y patético enano mortal” (Sic).

AMSTERDAM, NETHERLANDS: Lou Reed posed in Amsterdam, Netherlands in March 1975 (Photo by Gijsbert Hanekroot/Redferns)

Mayor escándalo produjo su siguiente trabajo, el cual, fue reprochado por la crítica oficialista: como una banalidad de la historia del Rock en 1975. El doble álbum Metal Machine Music inspirado en la música electrónica y experimental lleno de una acústica bizarra. Muy difícil de comprender, pues muchos de sus fans asumieron, que se trataba de una broma retorcida. Pero de Reed es comprensible: la genialidad levita por encima de la mediocridad. El duende de Long Island lo hizo y punto. Aquel disco, que puso fin a su relación con RCA, en plena década de los 70. No sin antes, dejarnos otro trabajo muy apacible y hermoso; Coney Island Baby. Temas bellos y cercanos de un Reed —aparentemente calmado— con guitarra, bajo y batería, a modo de homenaje, a los deliciosos viejos tiempos con la Velvet. Así vivió durante muchos años Reed, dándose sus andares de pasarela y divinity. Entre pitadas y escapadas a puerta de escenario. En España organizó una memorable, a principios de los 80. Esa, la recuerdo porque un viejo amigo, la comprobó in situ y se escribió una maravillosa crónica, en la fascinante Popular 1. Siguió con su vena experimental y apareció con The Blue Mask (1982), como de refilón. Sin hacer ruido. Entre la apatía de la crítica y una relativa desidia de sus incondicionales. Eran los tiempos de Superestrella del Rock Reed. Vivía al margen del mundo humano.

 

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Hasta que en 1989 volvió a demostrar, que el duende no lo había perdido, con “New York”. Un disco a la altura de “Transformer” que nos devolvía al poeta y cronista del New York, oculto entre perdedores y outsiders. Son los 90 y parece que La voz de “Satellite of Love”, animó el nuevo renacimiento de su carrera. En 1990 grabó con John Cale, ex compañero de la Velvet Underground, el álbum Songs For Drella, letras que homenajeaban al genio de Poe y cómo no, al rey del pop-art Andy Warhol, el cual,  actuó como catalizador, para un apasionado quorum de la Velvet Underground dos años después. Esta reunión se produjo, grabando el álbum en directo, “Live MCMXCIII” en 1993. El resto, lo han dicho todos los medios y es de sobra conocido. El último viaje, ese artista que no tuvo reparos en tocar con la banda de Thrash Metal, Metallica en 2011 “Lulu”; un hermoso cumplido a la diva del cine mudo, la inefable, Louise Brooks. Actriz norteamericana, que se convirtió, en la interprete fetiche, del maestro alemán G.W.Pabst y su Caja de Pandora (1928). Letras que trascienden la esencia de la obra teatral, in situ, y el camino hasta el infierno de esta femme fatale, en su encuentro con Jack “el destripador”. Ironía y crudeza, al son, de los acordes salvajes de Kirk Hammett. De nuevo, rompiendo con lo establecido, puro Reed. Y es que es, solamente, aquel chico con chupa de cuero, que paseaba de Harlem a Coney Island era un personaje sui generis. No muy conversador, dependiendo, del interlocutor. Solitario y creativo. Su nombre de pila es; Lewis Allen Reed. Para los amigos, Lou Red y los íntimos, Lulu. Sigue descansando en paz y saluda a tu viejo amigo, Bowie. Parece que fue ayer, pero han pasado casi cuatro años, mañana puede que llueva en la Malvarrosa; otro Coney Island. Gracias por todo lo que nos diste.

                                                                                                                                                                                                                                       Artículo publicado en la revista Culturamas  (2-XI-2013)

 

 

Taboo 2017 “karma Dickesiano”

 

TABOO -- "Episode 1" (Airs Tuesday, January 10, 10:00 pm/ep) -- Pictured: Tom Hardy as James Keziah Delaney. CR: Robert Viglasky/FX

Dicen los británicos que Charles Dickens ha sido el mejor representante de los valores del perfecto inglés. Posiblemente, ningún escritor haya dejado una estantería literaria, de semejante calado, sobre la injusticia social. La misma a la que fueron sometidos, aquellos más pobres y débiles de nuestra sociedad. Miles de niños, discapacitados, prostitutas y ancianos fueron el gran botín de los más poderosos. Una interminable conjura de aristócratas y comerciantes que marcó el devenir de un imperio subyugado a las intrigas palaciegas del cuerpo regio victoriano. Dickens, describió todos los rincones del viejo Londres y dejó patente la insalubridad de una ciudad, dura, enferma y pestilente. Una villa donde esos desheredados del bienestar comían restos de animales muertos: perros o caballos, que se agolpaban en el cauce del Támesis. El alma de Taboo, es el detritus de la rabia y la impotencia, de un estómago vacío. Así se presenta esta nueva serie de la prodigiosa BBC. Una creación, del siempre prolífico, Steven Knight y Chips Hardy (padre del actor, protagonista del show). Y el inagotable Ridley Scott. Tom Hardy se podría decir que mantiene una relación profesional con Steven Knight muy cercana. Puro feeling. En 2013 rodaron la brillante Locke (2013) y ahora mismo, está trabajando, en otra de las series estrella de la BBC, Peaky Blinders junto al norirlandés Cillian Murphy, el jefe de la pandilla de gangsters de Birmingham. Steven Knight nos propone una ambiciosa, barroca, oscura y cruda ficción. Un hombre, James Keziah Delany,  que se la había dado por muerto, tras un largo viaje a África donde ha pasado, una década, conviviendo con diferentes nativos y gentes, en los lugares más remotos y peligrosos de allende. La primera secuencia del episodio piloto es apoteósica. Un rápido travelling aéreo, nos hace divisar un bergantín, de donde se ve navegar a un hombre, dentro de un pequeño bote. Su figura parece la guadaña de las almas: la muerte. El agua está repleta de una densa niebla. Al fondo se descubre entre claroscuros y grises tonos; la ciudad de Londres. Nuestro protagonista está subido a un espléndido caballo. Se acerca hasta un roble y se baja del equino. Al lado del gran árbol cava en la tierra un agujero y guarda una bolsa de cuero con diamantes. En el puerto y la zona del embarcadero la actividad comercial es excitante: animales y pescados pululan junto al lumpen. La cámara se fija en una de las pasarelas/puente del río y aparece un sequito fúnebre, encabezado por una carroza —que porta un ataúd— tirado por cuatro corceles. Personajes de diversa índole lo integran. Desde un enano ataviado con ropas caras —de un luto riguroso— hasta la joven mujer que se yergue en una hermosa grisácea yegua.

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Finalmente, Tom Hardy, llega a la sala de la morgue, donde un cadáver completamente desnudo (su padre), se deja acariciar por la luz —que entra— por las claraboyas de la cúpula. Dos monedas en sus ojos lo exhiben ante Hardy, empapado en lluvia, que le pide perdón a su oído, mientras recoge los metales de sus cuencas y guarda en su bolsillo. Entra la cortinilla de presentación con motivos caleidoscópicos, donde el agua del océano y la infografía juegan con la introducción de los créditos. La fotografía es de Mark Patten, un mago de la luz, que dio el salto de la mano de Mr. Scott con The Martian (2015), realmente exquisita. Los tonos de la pintura de Courbet y Fildes se palpan en cada plano. Al igual que la dirección del episodio, obra del danés, Kristoffer Nyholm. Un cineasta con buen tino, deja su buen oficio, en las interesantes Forbrydelsen (2007) y The Enfield Haunting (2015). Por momentos, Tom Hardy, parece ser el nuevo Edmond Dantès de A. Dumas. Y es que Mr. Knight ha vuelto, a sus texturas favoritas, como viene haciéndolo con su exitosa Peaky Blinders. En Taboo, muestra su devota pasión por el paroxismo teatral y la cruda exuberancia de la escenografía. Eso sí, cambiando el Punk/Gothic/Rock de N. Cave y los White Stripes, por los violines y la electrónica de Max Richter. Una notas musicales que contienen el aliento. Taboo es un gran drama, con elementos históricos, que nos trasladan al Londres de 1815. De repente, nuestro fascinante protagonista, se exhibe en la ceremonia —del réquiem por su padre— como alma en vilo, envuelto en un halo de misterio. La mirada cansada y unas facciones que están marcadas por unas singulares cicatrices. Pasando por delante de los bancos —de la iglesia— donde están sentados su hermana Zilpha (Oona Chaplin) /Black Mirror, The Hour, Quantum of Solace/ y el codicioso esposo, de ésta, Thorne (Jefferson Hall)/Get on the bus, Emma y Powder/. Todo son miradas soslayadas y temerosas. Ellos saben que James Keziah va a reclamar su herencia. Después de la solemne ceremonia, comienza el ágape/pésame, donde el albacea de la familia Robert Thoyt (Nicholas Wooedeson) /Hannah Arendt, Skyfall, Rome/ le comunica, cuál y cómo, es la herencia de su querido padre: un pedazo de tierra envenenada y deseada por muchos miserables en la zona. James Keziah Delany comienza su periplo de visitas y ajustes de asuntos personales. Descubrimos a un gentleman con un abrigo de lo más cool, largo liso, y un sombrero de copa, que encarnan su parodia despectiva hacia la clase alta, dándose pompa y atrevimiento con una cicatriz que arrolla su ojo izquierdo, en forma de estilete.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 03/01/2017 - Programme Name: Taboo - TX: 07/01/2017 - Episode: Taboo - Ep 1 (No. n/a) - Picture Shows: Brace. Brace (DAVID HAYMAN) - (C) Scott Free Prods - Photographer: Olly Robinson

 

Andares sobrados y un pulido bastón que anhelan al pendenciero Dorian Grey de Penny Dreadful. Eso sí, en cuanto cambia el gesto produce en su contrincante; mucho miedo. No obstante, la venganza y la sangre parecen olerse en la pantalla. Uno de los affaires más importantes, es el asunto, de su testamento. Pero lo primero es volver a casa de su padre. Allí se encontrará con su fiel y viejo criado, de toda la vida, Brace (David Hayman) /Sid&Nancy, My name is Joe, Macbeth/. Un hombre de su padre, uno de los suyos. Un personaje, en el cual, se nos presenta una curiosa relación. Esa, ya conocida, de las viejas historias de época; criado/dueño. Muy cómplice. Algo así, como un Bruce Wayne (C. Bale) y Alfred (Michael Caine) del Batman de Nolan. Poco después, se marcha a lo que eran las viejas instalaciones de la empresa naviera y se encuentra con una prostituta, con la que mantuvo un contacto —cuando era un adolescente— ahora reconvertida en una Madame callejera, Helga (Franka Potente) /Corre Lola corre, El caso Bourne, American Horror Story, Asylum/. Ésta, ocupa el local como sitio para llevar los contactos sexuales, creando un tétrico gineceo portuario. Siguiendo con su ruta de asuntos personales, ahora tendrá que ternar con un tema muy íntimo, y la más que probable hipótesis sobre el asesinato de su padre, por parte de los especuladores de la Sociedad de las Indias del Este. Los representantes de la auténtica, caterva de lores y señoritos, que se convierten en lenguaraces buitres. Picapleitos de medio pelo del intocable imperio británico para establecer sistemas de castas todavía en juego en ese país. A pesar de los ataques e intentos por avergonzar a su padre, en boca del oficial al mando de la East India Company; Sir. Stuart Strange (Jonathan Pryce) /Brazil, Game of Thrones, Pirates of the Caribbean/. JKD desestima, la oferta de la selecta empresa comercial y súbita de la corona británica. James quiere la propiedad de su padre y se niega rotundamente a vender ese islote —estratégico— en la Columbia Británica. Territorio que, posiblemente, sea el remedio al fin del conflicto bélico entre los 15 Estados Unidos independizados y el Imperio Británico. El producto parece un pastiche de series que han influido a su creador SK, desde Heart of Darkness (1993) de Nicolas Roeg, la maravillosa Ripper Street (2012) de Richard Warlow. La deliciosa Penny Dreadful (2014) de John Logan y The Frankenstein Crhonicles (2015) de Benjamin Ross. Todas ellas con el denominador común de ese Londres embelesado en barro y miseria —estrictamente Dickesiano— páramo sordidez y ocaso, por donde pululan podredumbres de putas y travestidos de encajes de puntilla en blanco, escanciados en motas de carbón, que esgrimen dagas escondidas y mosquetes. Por momentos, nos recuerda al polvoriento y encharcado Deadwood.

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Aquel del malvado y codicioso, Al Swearengen. Ahora, uno de los mayores atractivos de Taboo es Tom Hardy, cada paso, cada mirada o frase que pronuncia: es puro talento. Obviamente, estamos ante uno de los 3 mejores actores de su generación. Tenemos al Charles Bronson, violento y feroz del film que rodó con Nicolas Winding Refn. Incluso al Bane de C. Nolan en El caballero oscuro: La leyenda renace. Hasta la épica y la honorabilidad del superviviente Max Rockatansky, en el remake de Mad Max Furia en la carretera. Hasta el desvergonzado e insolente judío mafioso, Alfie Solomons, que interpreta en los Peaky Blinders. Esos momentos, cuando comienza a tocarle la fibra escrotal al comandante de la Indias Sir. Stuart Strange, en unos diálogos perversamente pastoriles. Todo ello, irá apareciendo, en pequeños flashes, a modo, de visiones de muertos esclavos africanos y miembros de las tribus indias nativoamericanas. A ello habría que sumarle el elemento Shelley cuando ordena la flamante autopsia de su padre, a un tal Dr. Powell, (Michael Shaeffer) /Black Mirror/Rogue One Star Wars/ adicto al vino de Madeira y traficante cazatumbas. En un guiño muy directo al joven Victor Frankenstein, de Penny Dreadful. Éste, consigue desvelar, científicamente, el envenenamiento de su padre y confirmar, las sospechas que mantenía nuestro protagonista. Pero los demonios siguen dentro nuestro protagonista. Entre el remordimiento y la conducta salvaje. En un mundo nuevo y viejo, que lucha contra la conciencia del propia James K. Dellany, está corroído por el remordimiento y sus experiencias extremas en un mundo salvaje. La fractura de la psique en James Keziah se aprecia, en su exterior arquitectónico. Si analizamos detalladamente, el caminar con extrema amargura y altanería letal, enmarcada en ese largo abrigo (casi una parca) y ese sombrero de copa que encarnan su pertinaz desprecio de la clase. En esa firme mirada, que marca su salvaje pasado e insinúa todo animalismo. La luz deslumbrante constante, insípida, que petrifica del actor podría parar un león de oro en la planicie. De ahí, el excepcional magnetismo del personaje con el espectador.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 03/01/2017 - Programme Name: Taboo - TX: 07/01/2017 - Episode: Taboo - Ep 1 (No. n/a) - Picture Shows: Helga. Helga (FRANKA POTENTE) - (C) Scott Free Prods - Photographer: Robert Viglasky

Sus objetivos nunca son exactamente claros, aunque él mismo los ponga en peligro, para llevar a cabo su apuesta comercial del legado de su padre (también hay un escorzo al lugar de nacimiento de la supuesta madre nativa americana de James, otro elemento dramático que abre el gran abanico de subtramas). Hasta ahora, James es sobre todo, un compendio de rasgos de antihéroe en nueva TV del S.XXI, incluyendo una moderna relación incestuosa con su hermanastra Zilpha. De alguna manera, uno percibe que la figura de Gentleman y Hardy está activamente filtrando parte de una soslayada iconografía pop. Empero, pueda reflejar cierta timidez de JKD, como él, está creando un monstruo para sacudir los cimientos de Londres. En el fondo, transmite la sensación del tipo más duro de la ciudad, ese que “de tonterías”, por favor, las justas. Descubriendo el ego de un tipo muy viril. ¿Un arrogante o un leviatán? Firme y capaz de doblegar a sus oponentes, en los salones de la distinguida ciudad. Como en las mejores temporadas de American Horror History, Taboo se atreve a hacer girar un ultraviolento comic gótico, intencionadamente agregando un plus de imaginería atroz. A la vez, hermosa y cruel. Triste y emocionante. Dentro de la tensión clásica de las crónicas de Dickens, tanto como esa escena que hiela la sangre; con James hacia abajo por la orilla, donde un conocido le informa que los perros se comen la carne de las víctimas. Esas que se suicidan desde lo alto del puente. Posiblemente, la mayor baza de Taboo sea, Tom Hardy y el entramado generalizado de subtramas que irán desarrollándose en los próximos episodios. Veremos si Steven Knight nos dejará un final feliz para este drama. Algo que sabemos de sobra que al maestro Dickens le encantaba. Pero la historia puede terminar como una tragedia griega, o quizás en algo más fastuoso, como en el Conrad del Corazón de las tinieblas. El karma Dickensiano también puede ser un asunto de virtuosismo Conradniano. Por último, les puedo decir que esta noche se estrena su segundo episodio en HBO y que FX Networks tiene los derechos de emisión para EE.UU. Según últimas informaciones, su creador, Steven Knight ha propuesto un mínimo de tres temporadas. En fin, lo bueno se hace querer. Nota; 8,3

Los mejores films de 2016

1.Nocturnal Animals by Tom Ford

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2. Land of Mine by Martin Zandvliet

 

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3. Hell or High Water by David MacKenzie

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4. Arrival by Dennis Villeneuve

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5. Hacksaw Ridge by Mel Gibson

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6. Sully by Clint Eastwood

 

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7. One More Time with Feeling by Andrew Dominik

 

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8. Elle by Paul Verhoeven

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9. The Handmaiden by Park Chan-Wook

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  1. Neruda by Pablo Larraín

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The best albums of 2016

  1. David Bowie “Black Star”

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2.   Radiohead “A Moon Shaped Pool”

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3. Nick Cave&The Bad Seeds  “Skeleton Tree”

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4. Iggy Pop “Post Pop Depression”

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5.  The Hotelier “Goodness”

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6. Alcest “Kodama”

 

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7. Charles Bradley  “Changes”

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8. Leonard Cohen “You want it Darker”

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9. Lucinda Williams “The Ghosts of Highway 20”

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10. Sticky Fingers “Westway” (The glitter&the slums)

 

 

 

 

Las mejores series estrenadas en 2016

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1.People Vs O.J.Simpson

 

 

 

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2.  The Night Of (HBO)

 

 

3. Quarry (Cinemax)

 

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4.  The Crown (Netflix)

 

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5.  The Night Manager (BBC)

 

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6.  Rillington Place (BBC)

 

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7.  The Get Down (Netflix)

 

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8.  Harp&Leonard (Sundance Channel)

 

 

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9.  The Girl Experience (Starz)

 

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10.  Channel Zero (Syfy)

 

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Channel Zero (2016) “Creepypasta horror”

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Si somos honestos con la realidad de la ficción actual, diríamos, que el fenómeno zombi de Walking Dead ha arrasado y, de algún modo, ha abierto nuevos senderos —en la nueva ficción norteamericana— del nuevo siglo, por el género terror. Obviamente, uno de los creadores más prolíficos y culpables de este hype/revival por las crónicas sórdidas y las leyendas urbanas; es Ryan Murphy. Eso sí, con permiso del maestro Stephen King. RM es un tipo, de esos, a los que amas o detestas fervorosamente. Empero, la industria audiovisual le debe mucho —ese plus— no es otro; que mucho dinero y gloria. La popularidad, en la solidificación de la serie, por antonomasia y antología: American Horror Story. Archiconocida y famosísima ficción, donde toda una generación de teleadictos ha crecido junto a ella. A partir de su repaso a la historia más escabrosa y oscura de la violenta Norteamérica, por itinerarios, que han hecho mella en el aluvión de nuevas propuestas. Desde los revival 70/80,s con psychokiller fugado de un manicomio. Hasta el fenómeno poltergeist, pasando por las casas encantadas y los salvajes habitantes de esa profunda América  con motosierra en ristre. Los ecos del nuevo terror bizarro Made in UK con Black Mirror en Netflix, el tennager de Scream, en la MTV, FOX y su Scream Queens. Nuevamente, Netflix con sus dos novísimas apuestas; Hemlock Grove/ Strange Things. La hermana pequeña de HBO, Cinemax, con Outcast, de la mano, del rey de los zombis: Robert Kirkman. Y por último, el terror policíaco, en HBO de Pizzolatto y su adictivo, True Detective. Evidentemente, la lista podría ser todo el artículo, pero no me quiero exceder, y terminaría el recorrido, tras la huellas de Noah Hawley con los remakes de Fargo, mitíco film de culto de los hermanos Coen. Desde el fragor  de esta larga  subasta —permítanme el deseo— he sucumbido al canal Syfy (caracterizado por su clara apuesta por la ciencia ficción y por producciones de perfil correcto-pasable) con el tráiler de Channel Zero. Obviamente, el interés que ha suscitado esta historieta de terror virtual, es embelesador. Syfy propone con CZ un buen homenaje al género de horror y el buen suspense de los 80. Su adaptación del conocido creepypasta sobre una serie infantil de televisión de los años 80. La pesadilla de Candle Cove parte de una idea de Kris Straub conocido por su web y actividad en la red social. El guionista Nick Antosca (forjado en Hannibal, Last Resort y The Forest) hace un planteamiento —ad libitum— que no deja indiferente a nadie.

                                                                                                 CHANNEL ZERO: CANDLE COVE -- "You Have To Go Inside" Episode 101 -- Pictured: Paul Schneider as Mike Painter -- (Photo by: Allen Fraser/Syfy)

Y uno se pregunta: ¿qué demonios es Candle Cove?  Pues, eso, una serie de televisión hecha con marionetas —que narraba las aventuras— de un joven pirata que viajaba en su barco junto a sus compañeros, una pandilla de compinches piratas de rasgos infantiles, pero con unos sentimientos muy retorcidos. Y es que, en los foros y rediles del corral social se afirma que varias personas aseguraban haberla visto en televisión en esa época. Un material que provocaba infinidad de pesadillas y terrores nocturnos al recordar algunas de las angustiosas imágenes emitidas durante la serie. Evidentemente, las inquietantes marionetas, son la constante fuente del escenario perturbador y grotesco del show. Pero es lo que hay, es decir, el concepto creepypasta es eso. Tan sencillas, como los chistes más castizos de tradición oral: historias creadas en la webesfera y compartidas por las redes sociales. Un terror que es horrorífico, desde el plano más ingenuo de la vida, en muchos casos con resultados dañinos. El capítulo piloto mostró visos muy prometedores y, finalmente, Syfy ha firmado dos temporadas de 6 episodios, por entrega. Cada una de ellas se centrará en una nueva historia de terror. El protagonista —absoluto— Mike Painter (Paul Schneider visto por Elisabethtown, The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford o Café Society) es la cara que da vida, a la estrella de Channel Zero. Un actor de reparto muy solvente de  mirada penetrante. Painter está obsesionado con un misterioso programa de televisión de los años 80, y, como influyó, en los acotamientos mortales, de un grupo de chavales que vivían en la localidad de Iron Hill (Ohio). Mike Painter ejerce como psicólogo infantil y se ve obligado a volver para investigar lo que realmente pasó en su ciudad; el cómo, cuándo, dónde y el porqué de esas desapariciones y muertes de su hermano gemelo Eddie y junto, a él, cuatro niños más del pueblo, aquel día, de 1988. Todo ello bajo la pretensión de escribir un libro.

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Comenzando a revisar documentación y lugares donde ocurrieron los acontecimientos in situ. El primer conocido con quien topa, es su viejo amigo, de aquella infancia, ahora sheriff de la localidad: Gary (Shaun Benson). Un tipo que, en el fondo, mostrará entusiasmo por el retorno de MP y con los días —cierto agobio— por la idea de sacar todo aquel traumático pasado. La madre de Mike, una de las mejores actrices de la serie, Marla (la irlandesa Fiona Shaw) veterana actriz de reparto de largo recorrido; El Árbol de la vida, Harry Potter o la Dalia Negra. En su reencuentro con Mike, deja muy claras sus intenciones, por no revolver el desgraciado pasado de la muerte del pequeño Eddie. Luego está la esposa de Gary, Jessica (Natalie Brown). La amiga de la infancia de Mike, Amy (Luisa D’Oliveira). Todos susceptibles de dejar, en el baúl del trastero, el tormentoso affaire. En el fondo, la herida sigue abierta, y de algún modo, la vuelta de MP no hace más que entorpecer el proceso de cicatrización. Aunque, en el fondo, nadie de Iron Hill ha olvidado la tragedia de aquellos ochenta. Sin embargo, Mike, no está por la labor de olvidar de inmediato, como aparentemente, parece apostar todo el mundo. Más turbador resulta, observar a Mike iniciar un proceso de regresión, en el cual, se verá de nuevo atrapado en los nudos más espeluznantes del corazón de esta perversa historia. Una conexión repentina cuasi esquizofrénica con los personajes del barco pirata, y en ese estado, vuelve a aparecer su hermano pequeño Eddie (interpretado por Luca Villacis) a través, de unos fascinantes y amenazantes flashbacks. El espectáculo va adquiriendo un tono admirable, aquel de las viejas películas de serie B, ochenteras, como aquellas adaptaciones del siempre alucinante Stephen King en los “Los chicos del maíz”. Los sustos son de consideración, y el horror online, de la leyenda urbana va sigilosamente entrando por la rejilla del ordenador, hasta la pantalla. Syfy ha tocado una tecla, donde los propios mitos, miedos y horrores de una generación se revuelven en un ambiente de absoluta angustia y desconcierto. Otros elementos destacables del show, es la inquietante y lacónica BSO, de la mano, del compositor musical de moda en la pequeña pantalla, de este S.XXI, Jeff Russo. La exquisita fotografía de Noah Greenberg —con un gusto cartesiano— por el encuadre y la iluminación que recuerda tanto a las producciones basadas en las novelas del maestro S.King.

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En medio del caos del silente medio oeste del cinturón agrícola de la América sin final. Channel Zero ejecuta un material sólido y espeluznante de una leyenda urbana esquizofrénica. La criatura principal —encaja perfectamente con el insólito monstruito— que se convierte en el combustible vital de toda esta surrealista y angustiosa pesadilla. A pesar de algunos finales de la evolución del juego carezcan de mayor recorrido imaginativo. Luego, Channel Zero consigue, el beneficio de la duda, en esa enésima reinterpretación de las pulsiones de los títeres/asesinos del mal, donde los niños se convierten en cómplices absolutos, de cualquier programa de televisión o una película de las últimas décadas. Los peros, son demasiados y la legión de detractores todavía mayor. No obstante, el esqueleto emocional es admirable, y a la vez, muy bueno de relatar. Una historia sutilmente calculada, en los miedos de la infancia, y una gama de sustos de la vieja escuela, capaces de ser uno de los alicientes ,tras estos últimos días del pasado Halloween. Y es que, “la edad adulta es sólo una máscara, una careta sofisticada, seguro,” esputa Mike en el episodio piloto. La misma que se convierte en su vaso de leche nocturno y convive detrás de él, y a los mismos niños que desaparecieron. “No es la primera de su tipo, y el Señor sabe que no será la última. Pero detrás de él, todos somos los niños que estábamos allí” Ese es el mismo punto, donde Stephen King afirma que el horror es parte de un período en el tiempo, que coincide, con episodios de desequilibrios económicos y políticos; los libros y películas parecen reflejar esas desazones que flotan libremente –a falta de un mejor término– que acompañan esos espacios de tensión, graves pero no mortales”. Channel Zero no es más que un mensaje más, de entre las millones, de historias espeluznantes que se transmiten, como viejas historias terroríficas, y seguirá siendo así, a lo largo de la historia.  Algo así como, el déjà vu de Mike, que se convierte en pura niebla mental. El viaje de 1998 a 2016 es difícil de digerir. Aunque, no estamos seguros, si esos destellos de imágenes, en su cabeza, son alucinaciones, memorias basadas en realidad o cosas que, realmente, le están pasando a él en su devenir diario. Hay algo en esa atmósfera que, el propio Mike Painter, guarda y amaga. Al igual que el irrepetible e inquietante Norman Bates (la sombra de la sospecha de su implicación es obvia), y sólo la atmosfera de Candle Cove podrá dar las señales a la incógnita de la fantasía y el mal. En el fondo, no hay nada mejor que un empacho de televisión, claro que no está de menos observar a los niños que hacen con el mando. Lo dicho, un vaso de leche y felices sueños o pesadillas… Nota: 7,1

Quarry (2016) “Supervivencia pragmática del pulp”

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El canal pequeño o el hermano menor del cable de la todopoderosa HBO: es Cinemax. Algunos puristas lo consideran el canal satélite y uno de los más atrevidos de la competencia de las empresas de entretenimiento tecnológico. No es la primera ocasión que este canal vuelve a las andadas con sus devaneos de atípicos antihéroes solitarios y adictivos diseñados —ex profeso— para una fidelizada platea. Su última ficción; Quarry se deja querer por los conflictos externos e internos del mundo más Pulp. Tal como ocurría en The Knick con el Dr. John Thackeray o en la divertida, y, taquicárdica Banshee con el atribulado sheriff/ladrón, Lucas Hood. Apenas hace unos meses volvió su nueva apuesta por el terror Outcast —del rey de los zombis R. Kirkman— y de nuevo, con un protagonista angustiado y obcecado; Kyle Barnes. Todos ellos pulidos por el mismo perfil: preparados para realizar grandes hazañas por su propia fuerza y orgullo. Eso sí, pagando un alto precio por el ejercicio de esas acciones. Quarry se basa en la serie de novelas criminales —con el mejor sazonado— de la esencia pulp: violencia, sexo y acción de una gran obra, del siempre prolífico, Max Allan Collins. MAC es uno de los mejores escritores de novela negra del mundo (ha publicado más de un centenar de textos, muchos de ellos bestsellers) les sonará a todos aquellos, que vieron Camino a la perdición —obra de culto— llevada a la gran pantalla por Sam Mendes.  Quarry ha sido reescrita por los guionistas Michael D. Fuller y Graham Gordy (forjados en la fragua de la trascendental Rectify) junto con el propio, Max Allan Collins en la producción ejecutiva. Quarry se presenta en su primera temporada con ocho episodios rodados, íntegramente, en New Orleans y Tennessee, que de algún modo, se han convertido en platós de rodaje que simulan de la ciudad de Memphis. La historia nos traslada a la década de los 70, concretamente, al año 1972.

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A partir de ese instante, observamos en pantalla a su protagonista; Mac Conway interpretado por el actor (Logan Marshall-Green Prometeus) un excepcional intérprete de reparto con unos rasgos similares a los del británico Tom Hardy. MC acaba de llegar de su segundo reenganche, en la guerra de Vietnam, junto a su compañero Arthur (Jamie Hector) el inconfundible: Marlo de The Wire. Implicados, aunque fuera accidentalmente o hipotéticamente, en la matanza de My Lai. Su recepción en el aeropuerto es digna de la puerta de Ferraz 70. No les queda más remedio que cambiarse la ropa militar por otra de civiles y salir destrangis por una puerta colateral, La vida en Memphis es muy diferente, desde la última vez que estuvieron con sus familias. Ahora se sienten solos y desprotegidos por el sistema. Además, el maldito estrés postraumático hace mella. El tío Sam se esfuma y deja a toda una generación de valerosos infantes de marina con la mácula de asesinos de bebés. Iniciar su vida como un ciudadano normal y corriente va a ser muy complicado, pues, el ámbito laboral esgrime un contexto —de crisis cercana al fiasco— debido a la escasez de petróleo en 1973. Pero si tienes contactos; es fácil trabajar. Claro que quienes tienen que intermediar por ti: no saben, no quieren y no contestan. Es muy duro de llevar. Mac está inquieto y sus pensamientos son remordimientos con constantes flashbacks a la jungla vietnamita. Su convivencia con su esposa Joni (Jodi Balfour Bom Girls) se va complicando, a medida, que los días van pasando. Ella mantiene una muy buena amistad con Ruth, la esposa de Arthur, (Nikki Amuka-Bird Luther).

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Un día Mac se da cuenta que alguien le está observando y tras una conversación con Arthur; le dice a Mac que un tipo obscuro y bizarro; the broker (Peter Mullan Trainspotting Top Lake y Olive Kitterige), el cual, le ha ofrecido un trabajo de sicario para él. Mac no está por la labor y, sólo ayudaría como buen amigo que lo es. Arthur parece asentir y estar convencido que este primer trabajo puede ser el principio de algo bueno. Desgraciadamente, el affaire, es un desastre. Arthur muere en el enfrentamiento, a tiro limpio, con los señalados y Mac tiene que afrontar la deuda del trabajo; 30.000 dólares. Ahí nace Quarry, el asesino a sueldo —esclavizado— del personaje The Broker. Mac se siente alicaído, nervioso y ausente. Sólo sabe que se va a convertir en máquina de matar, beber y fumar. Quarry tiene mucho de Mad Men, cuando vemos al protagonista hacer largos sin parar en la piscina de su casa. La comunión con la plástica del crol y la música de fondo; aflora las raíces de Memphis, Soul y Blues, música que se teje a lo largo, de la aguja del tocadiscos. Y es que Quarry tiene una gran cantidad de escenas de grupos en directo. Garitos de la peor calaña. Desde afthers grasientos a puticlubs de strippers. La BSO de la serie es un flujo constante de carácter diegético; que hace de cada episodio sentirte cómplice con algunos momentos del gozo de su protagonista. Mientras la televisión esputa el discurso del candidato a presidente McGovern: “El mundo siente no sólo vivió en pero también resistente, que sobrevivió a los cambios de la última década y se dirige hacia el nuevo con optimismo cauteloso.” De repente, se solapa el canal de noticias para informar del desenlace de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Los silencios y las miradas entre lo ausente y la curiosidad que mostraba Aden Young en Rectify vuelven a verse en Marshall-Green.

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La evolución de Mac en esa eterna dualidad de Mr Jekyll&Mr Hyde. Está a punto de triturar todo ese optimismo utópico juvenal de McGovern. Cuando es Quarry, en ese preciso, ejercicio de exploración de la transformación de lo personal. Ambivalentes sentimientos acerca del mundo en el que está y convive en la sempiterna herida —que se guardado— en su mente, de la guerra. Un viaje homéricamente familiar donde Quarry intenta envolver, entre destellos simbólicos, el submundo de los sueños donde Mac y el karma del agua están vigilantes en la piscina del placer y su juventud. Es misma, cómoda, piscina es el espanto —del río repleto de montones— de personas suspendidas bajo el agua y una máscara vietnamita flotante. La paciencia del suave y hermoso ritmo de Rectify es una parte vital de la narración. Empero el compromiso con esa cadencia de migración —de un hombre a sueldo— matando hace que, toda esa convivencia, sea brutalmente inquieta. ¿Dónde estoy? ¿Qué quiero? Sólo se matar… Soy un Sr. Lobo muy violento y silencioso. No obstante, el propio protagonista, de Quarry tiene un grandísimo potencial para actuar bajo ese rictus. Aunque, una de las grandes bazas ganadoras, de la serie, es el inmenso plantel de actores de reparto; que le da ese fuste pulp desenfrenado. Entre lo más kitsch, divertido y surrealista, a ojos del espectador, dejando grandes registros interpretativos. Uno de los más destacados es el enlace operativo entre el bróker (Mullan) y Mac Quarry, desarrollado por el fantástico actor australiano, Damon Herriman, en el papel de Buddy, un personaje impagable, con todo aquel encanto ladino, donde dio a conocer en Justified de FX.

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Aquí es un secuaz gay, enmadrado, adicto a los opiáceos y el karaoke personal a la espera de lo que mande el jefe Broker. Hay una secuencia que ya es un hit parade e incluso convertida en viral por la red. Cuando DH comienza a cantar y bailar, en español, el tema “Whithout you” de Harry Nilsson. Un momentazo, por no decir, el puntazo del éxtasis bufón. Luego, en el segundo capítulo hay otro, tumbado, en la mesa de cocina, de su madre Naomi (Ann Dowd, The Leftovers y Olive Kitterige) cosiéndole un balazo en el muslo femoral. A modo de costurera, de toda la vida, contando chistes de su padre —como un bordado lagarterano— cuando termina la sutura le sugiere; si quiere una salchicha bien asada. Desternillante. Peter Mullan sigue en su línea ya desarrollada en la magnífica Top Lake, como capo superior, proyectando una menor ferocidad y manifestado mayores dosis de cinismo, más cercano a los personajes de Elmore Leonard. En todo momento, proyecta un aura de absoluto control, en todos los movimientos, del equipo y la satisfacción del trabajo bien hecho. A toda esa banda hay que añadir dos adeptos muy valiosos para el pérfido Broker; Karl (Edoardo Ballerini Boardwalk Empire) y Moses (Mustafa Shakir The Night of). Quarry tiene una fotografía exquisita del mexicano, Pepe Ávila del Pino y la dirección de un viejo conocido de la casa, como es el veterano de Banshee; Greg Yaitanes.Cada plano es una estampa, casi un lienzo postmoderno del delta del Mississippi. Luego estamos ante un producto muy bien manufacturado (más cercano a Sundance TV) y brillante ejecución. De un tono más sombrío que la fargonita/camp de la pareja de buscavidas; Hap&Leonard. Cinemax con esta producción híbrida, incorpora ciertas dosis de crítica social, en unos diálogos contenidos, pero llenos de cianuro.

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Sugiriendo la dramatización de la acción de un contexto tan desgarrador como fue el inicio de la década de los 70. El mismo Yainates reivindica: “que los años setenta fueron un tiempo donde muchas personas se parecían a las propias circunstancias más sórdidas.” Puede que haya ese paralelismo de la crisis del 73 Vietnam, Nixon, el caos de la OPEP con la última recesión de los bonos basura, las hipotecas subprime, el rescate de la banca norteamericana de 2007/8 o la aparición de un revival de frikismo político, del diabólico títere Trump. Siempre se ha observado la constante evolución de lo artístico en tiempos duros y la irrupción de grandes obras maestras; en manos de cineastas puros; R. Altman, F. Ford Coppola, Sam Peckinpah, Paul Schrader o M. Scorsese y etc. De algún modo los 70 trajeron a tipos como los citados en EE.UU. Un buen puñado de grandes trabajos y la mayor coherencia del auténtico cine moderno de la historia contemporánea. Junto a todo ese acervo de cine más preciosista también están esos personajes que viven el filo de la navaja. Arriesgando lo único que les queda; la duda de su identidad. Mac Conway lee a John Mc Donnald, mientras ve la huida, El confidente y el expreso de Corea o Nieve que quema. Se siente como un quinceañero recién salido de una tienda de discos, al recuperar, el mítico Otis blue.  En el fondo, no está tan lejos de un tipo llamado Don Draper que —entre medias de rayón y lencería de la perla— leía “Meditaciones de emergencia” de Frank O´Hara. La diferencia no está la función ejecutiva; ventas o sicarios. Quarry y Draper son depredadores de la supervivencia pragmática al servicio del espectador. Es decir, el disfrute de la nueva  narración este nuevo héroe en Cinemax. Nota: 8,2

Roots (2016), el nuevo lifting de Raíces

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Dicen los más castizos, aquello, de… “la morcilla siempre se repite”, y la historia también. Han pasado, casi 40 años, del estreno de la legendaria miniserie Raíces en enero de 1977—mejor dicho en enero de este inmediato 2017— por el canal ABC (producida por un viejo conocido en el mundo de los documentales David L. Wolper), cuando se convertía en lo que los popes de hoy en día denominan, eso, de un Hype. Pero no un Hype cualquiera. Raíces fue un grandísimo acontecimiento socio-histórico-cultural, en todos los sentidos, y para la TV una enorme sorpresa dentro del mundo del drama clásico norteamericano de los 70. Hito que superó a la mismísima Nashville de Robert Altman, en 1975, de la gran epopeya, de la película americana por excelencia. Raíces conseguía los laureles, de la auténtica turbia y patética historia de la esclavitud —de un modo más sangrante— a todo el intocable mainstream de clásicas series históricas donde el hombre blanco velaba por los intereses de los ciudadanos de color y los nativo/americanos: aquellos indios, tan queridos por Ford, auténticos pobladores de esa utopía llamada América.

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Raíces puso en dedo en la llaga y su alegoría de la sociedad afroamericana, como un tema social urgente. Raíces fue capaz de concentrar —delante de pequeña pantalla— a más de 80 millones de espectadores y unos 100, en su capítulo final. Los premios y la crítica coincidían con el trabajo que deslumbraba a propios y extraños. Raíces consiguió más de 39 nominaciones a los Emmys y ganó 9. Además de un Globo de oro. La obra de Alex Haley, un elaboradísimo best seller desmembraba el movimiento genealógico de infinidad de memorándums de investigadores universitarios, donde AH invirtió años en trazar un árbol ascendente del primer afroamericano hasta llegar al continente africano en 1750. No entraremos en el análisis de determinados revisionistas, al respecto de las denuncias por plagio, a las que el autor tuvo que enfrentarse. Empero, más sorprendente, es el hecho, en sí, de la nueva narración del remake, en un ejercicio de revisión de la cuestionada obra de Alex Haley. Alguno se preguntará del porqué de susodicho alboroto, cuando un tal Richard Fleischer rodó toda esta vergonzosa humillación, en torno, a la esclavitud en su maravillosa Mandingo (1975). Claro, que también deberíamos de hablar con el amanuense de esta excelente obra, Kyle Onstott. Pero, ese, es otro cantar.

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Ahora, en mitad de un país fracturado, que durante estos últimos años ha tenido el primer presidente de color, desde su constitución como nación independiente; Barack Obama. Lo sigue siendo, todavía, ya cuenta los días por horas… Un hombre que parece despedirse de su país, con el pesar de no haber podido cauterizar las viejas heridas raciales, que siguen sangrando a borbotones. Obviamente, el hecho de ponerse delante de un informativo local o nacional de los EE.UU, es una radiografía de un país que narra sin parar enfrentamientos constantes por el odio racial, el abuso de la autoridad policial y las armas de fuego. California, Kentucky, Ohio o Milwaukee son lugares cercanos para cualquier ciudadano anónimo de occidente que anduviese por sus calles comprobaría que Norteamérica dejó de ser una anuncio de Benetton en Venice Beach. Sin embargo, el país, para mayor inri, sigue en metido en una contienda electoral de alto voltaje, con dos candidatos que poco aportan a este problema.

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Solamente, la observación reiterada, del fenómeno, en ese ir y venir, entre ese insaciable arsenal de armas callejero, y, una policía que tiene el gatillo fácil hacen “bonus extra” para volar por los aires cualquier escorzo de atisbo pacificador. Mientras la calle arde, entre diálogos estivales, de rabia contenida. Unos que se postulan, entre “el ojo por ojo” y los que apuntan con el dedo, a los culpables, advirtiendo que la justicia es igual para todo el mundo. Un conflicto tan fogoso como los incendios de California, aunque de imprevisibles resultados. La nueva versión Roots 2016 es una miniserie de 4 episodios, que ha costado 50 millones de dólares. Esta nueva Raíces, o mejor dicho, Roots (2016) está producida por A&E cable y Channel History probablemente no tiene el impacto social de la original, dentro de la perspectiva social, de la América de 1977/78 a esta sociedad de las nuevas tecnologías de 2016. Roots 2016 es más agresiva, violenta y repulsiva que su original setentera. No obstante, en su interior puede que, comparativamente, menos profunda.

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En cambio, es fundamental entender que esa nueva dosis, aparentemente, de superficialidad no es tanto un problema, puramente artístico. Los propios productores ejecutivos son muy escrupulosos en sus intenciones, socialmente, conscientes. Aunque inconscientemente y de un modo muy sutil, parte de ese espectáculo, está proyectando el problema político de turno. Eso sí, Roots está muy bien hecha, con una espléndida factura. Se nota la mano que yace detrás de todo este espectáculo. Hay un gran alarde de producción y gran trabajo de dirección. Cada episodio se aprecia la mácula del director de turno. La confianza y el oficio —que tienen— se transforman en pura energía propulsiva bajo las batutas de Phillip Noyce, Mario Van Peebles, Thomas Carter y Bruce Beresford, dan brío a un satisfactorio final, el cual, es en gran parte, el acierto de la gente de Channel History. Las ocho horas de narración (originales) divididas, en cuatro episodios de 90 minutos, donde se atisba la odisea del africano Kunta Kinte (Malaquías Kirby), atrapado por una de las tribus rivales de su pueblo, vendido a los británicos esclavistas por cuatro mosquetes e iniciando un camino, desde su adolescencia, sobreviviendo, en parte a su fuerte carácter y deshojando —todo un tratado ancestral antropológico de su pueblo—, que le acompañará, en la larga pesadilla del paso de un continente a otro, para ser comprado como un animal de labranza, y vivir en el terror adicional de la esclavitud en los Estados Unidos del S.XVIII.

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Evidentemente, en esta ocasión se ha contado con la aportación de cuatro grandes guionistas, viejos zorros de la televisión, de Los Soprano, Boardwalk Empire o Magic City como Lawrence Konner, o un resucitado Mark Roshental —que ya hacía años— desde aquellos guiones de cine; la Joya del Nilo (1985) y Mercury Rising (1998). Así como las aportaciones de Alison McDonald (Nurse Jackie) y Charles Murray (SOA y Mentes criminales). Cada etapa de este viaje presenta la deshumanización como la experiencia afroamericana eterna y el horror de la desensibilización del itinerario conocedor afroestadounidense. Posiblemente, Roots, nos ha evidenciado la excelente preparación de los actores afroamericanos. Siempre he dicho, que ellos, tienen que demostrar las cosas —dos veces mejor—, que nosotros. Channel History nos presenta un casting seleccionado por Victoria Thomas, donde se vislumbran estrellas del cine y ficción televisiva consagradas, junto a futuros actores extraordinarios afroamericanos. Pueden ir quedándose con estos nombres: Malaquías Kirby (Kunta Kinte), Emayatzy Corinealdi (Belle), Emyri Lee Crutchfield (la joven Kizzi), Regé-Jean Page (George Chicken), Michael James Shaw (Marcelus), Mandela Van Peebles (Noah) y Sedale Threatt Jr. (Tom) para ir junto con estrellas como Forest Whitaker (Fiddler) Chad L. Coleman (Mingo), Anika Noni Rose (Kizzi adulta), Mekhi Phifer (Jerusalem) y, como narrador y autor del libro, Laurence Fishburne (Alex Haley). Un fantástico Jonathan Rhys Meyers como el masa (Tom Lea), James Purefoy, el primer masa (James Waller) y Anne Paquin como la espía del Norte (Nancy Holt).

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Y es que, en esta próxima, ceremonia y fiesta de la TV, por no decir, inmediata —en apenas un mes— comenzará el desfile por la alfombra roja, de la pequeña pantalla de actores y actrices. A día de hoy compiten —en castings— por ser parte de algunas de estas producciones. Los Emmys ya han movido ficha y Roots compite con las grandes series —precedidas por la vitola de favoritas— de este último curso. Acorazados con un chorro de nominaciones y credenciales de la nueva ficción de calidad. Un territorio, donde la estatuilla parece guardar todas sus bazas, para la racial y exquisita; The People v. OJ Simpson y Fargo. El páramo de la división étnica gana enteros y Roots (2016) quiere jugar su única carta —al viejo equino ganador— de un Kunta Kinte con nuevo lifting, de pies a cabeza y generar debate entre los nuevos productos de este 2016. Igualmente, esos 40 años, han significado mucho en el mundo de la TV. La nueva condición —de todos-as— nuevos adictos a las buenas series tienen la oportunidad de descubrir un icono dentro del a historia de la televisión. ¿Cuánta gente habrá nacido en ese 1977 y nunca vio Raíces? Por ganas y ánimos, que no quede. Nota:7

 

 

“The People v. O.J. Simpson: American Crime Story” (2016) is Orange Juice

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The People v. O.J. de FX Simpson, siendo prosaicos, nos dice algo así; lo del color de la piel no importa, lo importante es tu cartera y cuánto dinero tienes en ella. Volviendo a lo que nos atañe: el nuevo show del provocador Ryan Murphy, que vuelve a la carga, con el concepto American, y esta vez, Crime Story. En esta ocasión, RM, se desprende por completo del contenido de sus últimos trabajos para el FoxFX. Alejándose de las antológicas, macabras y carnavalescas de Murder, Asylum o el reciente Hotel. Murphy parece encontrar aquel tono —de la fantástica Nip/Tuck— y nos presenta un producto con grandes ambiciones políticas y sociales. Una serie de prestigio y calado; que ha sido un éxito de audiencia. Empero, en American Crime Story, ha puesto toda la carne en el asador para evidenciar lo delicado y embarazoso del fatal affaire. Y es que, 22 años después, ha sido una de las grandes sorpresas de la ficción televisiva de 2016. El juicio de Simpson era a la vez un reflejo de la sociedad tal como era por aquellos 90 y un presagio de la actual sociedad —que en ese trayecto— tan corto tiempo se convertiría. Desde su primer fotograma, la historia del crimen estadounidense deja muy claro, que el éxito del juicio de O.J. Simpson fue la intersección de dos temas fogosos y discutibles en los Estados Unidos: la raza y la celebridad. Es más, la historia del crimen estadounidense —fílmicamente— no arranca con el asesinato de Nicole Brown Simpson y Ron Goldman 1994, sino que se abre dos años antes, con imágenes de la paliza de varios agentes del cuerpo de policía de Los Angeles a Rodney King. El enfado del pueblo afroamericano transformado en rabia desembocó en uno de los mayores altercados sociales y caóticos en la urbe angelina. El sueño de la utópica California se tambaleaba. A este respecto, la miniserie no es un drama histórico, sino una historia contemporánea. Situando al espectador en un mundo que, todavía sigue desgajando aturdimiento, por el insólito ultraje que puede surgir; cuando un ciudadano negro es humillado por la policía, los tribunales en un mar sin islas a las que llegar y encontrar el alivio de la ley. Un territorio donde las vagas excusas y, el resguárdese por su propia cuenta, del nadie conoce a nadie. Desgraciadamente, esto sigue siendo el mismo mundo en el que vivimos y aguantamos. Repasen las páginas de sucesos de los principales diarios norteamericanos, a lo largo del último año, el resultado saca los colores al más crédulo. Obviamente, el personaje O.J. Simpson y su caso judicial, no es más que la extrapolación de una simiente que sigue solapada en la sociedad norteamericana, y en aquel contexto, una de las mayores injusticias de la historia racial del estado de California. Posiblemente, la serie de FX tiene su mejor baza, en la veracidad definitiva que transmite de todo este cruel enredo del mediático juicio de O.J. Simpson: el juicio del S.XX, como muchos incondicionales apodaron. No. Es evidente, que ha habido otros juicios, pero el affaire O.J. Simpson es el pater familias de la sociedad actual de las redes sociales y la nueva televisión digital, donde la ficción y la realidad, conviven en un extraño limbo, de la afectividad repudiada.

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El guion con el que ha trabajado R. Murphy, al lado de Scott Alexander y Larry Karaszewski, para crear esta magnífica serie, se basa en el libro de Jeffrey Tobin “la carrera de su vida”, que es ampliamente considerado como uno de los mejores y más creíbles de todas las versiones habladas, cacareadas y conjeturadas, en torno al asunto de O.J. el juicio de Simpson. Toobin ha trabajado como consultor para los remates finales del show. Incluso, como la propia productora ha utilizado el reclamo en sus tráileres: “Usted lo ha visto todo, pero no se sabe ni la mitad”. Uno de los datos más destacables de las primeras secuencias del primer episodio del total de los 10 que completan la miniserie: es que no vemos a la auténtica Nicole, pero sí; su cadáver. Es presentada de la misma manera que la mayoría de los estadounidenses se toparon con ella por primera vez. Y es que el 13 de junio de 1994, la noticia de que Nicole Brown Simpson, ex esposa del jugador de fútbol retirado O.J. Simpson, había sido apuñalada a los pies de su propia puerta. El que mató a ella, también había atacado y ejecutado Ronald Goldman —un camarero de 25 años de edad—, que trabajaba en el restaurante en el que Nicole había compartido la cena con su madre, unas pocas horas antes. Ron había llegado a la casa de Nicole para dejar un par de gafas que la madre de Nicole había olvidado en el restaurante. Ambos fueron encontrados muertos. De ahí que American Crime Story es en sí mismo, un docudrama, no un documental, y en fondo una serie con una factura impecable. La serie reflexiona constantemente sobre el tema de la fama en sí, como el estado del sequito de celebridades del propio Simpson. Creando un espectáculo alrededor de sus conocidos, abogados defensores, fiscales, familiares de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman, testigos, periodistas, los miembros del jurado y sus familiares más cercanos. Es increíble, el clima de paranoia mediática que se organizó, cuando hasta el mismísimo juez Lance Ito, interpretado por el actor Kenneth Choi, termina cayendo en las garras del engendro de Vocerolandya: el juicio/circo es una realidad. Cuando se trata de los detalles del caso O.J., American Crime history no quiere quedarse a un lado. Todo lo contrario se limita a narrar las pruebas y coincidencias del terrible crimen, con un increíble detallismo. Algo que se deja al espectador con la palabra en la lengua para contrastar que las evidencias expuestas hablen por sí mismas. Y como de una novela de Wolfe, en un tono de gran broma cercana a Twain, el hedor de la certidumbre culpa de Simpson: es escandaloso. A pesar de ello, el show del enjuiciamiento consigue formar una guardia pretoriana; descrita como el “Dream Team” de los abogados de alto perfil: Robert Shapiro (John Travolta), F. Lee Bailey (Nathan Lane), Robert Kardashian (David Schwimmer), y Johnnie Cochran (Courtney B. Vance). Al servicio del petulante O.J. Simpson, alardeando de inocencia frente a un cuerpo fiscal abrumado y sacudido por las contrarréplicas. Y es ahí donde, Cuba Gooding Jr. hace una extraordinaria interpretación (bajo mi punto de vista) del personaje O.J.Simpson que le obliga a alternar entre la histeria y la retirada del consentimiento de niño caprichoso.

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Y es que, del mismo modo, que en el escándalo de por sí, O.J. se convierte en un nuevo maniquí pleno de acción, que se pasa alrededor de varios hombres poderosos, alternativamente acosados y que acabó embelecando, mitigando y complaciendo ante el gran jurado. Como una especie de ególatra encogido en un pequeño Hyde sabía —que era el ciudadano más fuertemente observado de los Estados Unidos— que era un gran nombre: un legendario jugador de fútbol, actor ocasional, y personaje fetiche en el mundo de la publicidad de marcas como Hertz. Evidentemente, Simpson comienza la narrativa como una celebridad y, no pasa mucho tiempo, antes de que el resto de los participantes del ensayo terminen uniéndose a la gran representación de la toxicidad del famoso afroamericano de los 90. American Crime Story es fascinante desde muchas perspectivas y, es que ese instante, donde, O.J, asumió el papel —indiscutiblemente— reservado a toda víctima de un crimen: el cuerpo frío e indiferente. Ese mismo, que contrae un karma contradictorio en las diferentes personas subyugadas en toda esta opereta de cariz trágico. Proyectando diferentes deseos y creencias, no confirmar o contradecir nada, lo que permite diversas ficciones que pueden hilar a su alrededor. En precisos movimientos de cámara, obra del excelente operador e iluminador: Nelson Cragg, en la sala del jurado, hasta que ya uno es incapaz de percibir la verdad. Para replicar esta narrativa, Cuba Gooding —que interpreta a O.J.— casi no tiene más remedio que desaparecer de la acción. En el procedimiento de encausamiento, ante el pánico de verse encerrado, el personaje O.J, huye en lo que ya ha pasado a la historia como la retrasmisión de una celebrity dentro de un Ford Bronco blanco, a vista de pájaro, en todos monitores de TV de EE.UU. Enmascarando una imagen de personaje trastornado y adicto a un chorro de estupefacientes con un arma en la mano y otra en el móvil. Es el momento de gloria para los helicópteros de las cadenas televisivas. A lo largo de la gran autopista —libre de peaje— de Los Angeles. Una escapada que ni Godard hubiera imaginado; con medio cuerpo de policía vigilante al hipotético desenlace. Y detrás, del fantoche Simpson, una cohorte de letrados, cajas de caramelos, palomitas, tabloides a diferentes horas, especialistas en psiquiatría y criminalística por la TV convertida en la gran telenovela financiada por los contribuyentes. Una historia —aparentemente— interminable que gradualmente llevó a su fin, lo previsto —perversamente— como meta. Algo tan sencillo y liberador como; la absolución. Otro de los grandes aciertos de PVOJS es el personaje de Robert Kardashian —que interpreta un David Schwimmer— con un aroma a Grammy de este próximo otoño. Su labor como abogado personal y amigo de toda la vida de O.J. Simpson; es soberbio. La recreación del equipo de maquillaje hace maravillas con todo el reparto de la serie. Pero lo de Mr. Kardashian tiene un eco de persistente papel cuché diario o tuit de turno.

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David Schwimmer se mete de lleno, en la historia real del auténtico Robert Kardashian de los 90. Fue el apoyo casi diario de O.J. Simpson que derivó en una amistad más allá de lo puramente profesional. Administrador y garante de todo lo que significaba el apellido Simpson y curiosamente, a medida que iban saliendo más tretas del proceso, asqueado de todo lo que representó el gran Orange Juice. Desde el momento de la contratación del famoso Dream Team de abogados, asesores y resto de especialistas, etc, etc. Hay una secuencia en la que RK se lleva a sus hijos a una comida, donde los chicos se quedan deslumbrados, al observar que la anfitriona lo reconoce, y se presta rápido a ofrecerles a toda la familia una mesa VIP. Detrás otros clientes esperan. Robert Kardashian (fallecido en 2003) ofrece a su prole (Kim, Khloe &Cia) una advertencia acerca de los que buscan la fama. Y como esas criaturas —a día de hoy— no son conocidas. Realmente es chocante lo rápido que encontraron el acomodo en lo del mundillo celebrity. Huelga decir que es uno de esos momentazos brillantes del show, pura ingeniera de guion, de elegante resonancia e ingeniosa ironía. Al igual que otro personaje que no tiene desperdicio; el vanidoso Robert Shapiro, aquí interpretado por un John Travolta muy solvente.  Presuntuoso en sus constantes enredos legales de las contrapartidas de la misma. Además de ser productor de la serie tras quedarse hipnotizado por el proyecto de Murphy, de su propia palabra. Y es que a medida que van pasando los minutos y capítulos se produce una atracción real en esta historia, algo que hace de toda la tramoya legislativa, un juego diabólico, que sigue igual, a pesar de las décadas de retrospectiva. El todopoderoso abogado se vanagloriosa que sabiamente ha detectado algunos tempranos errores de la policía (en el procedimiento del encausamiento de Simpson) y los fiscales de la audiencia de Los Angeles han abierto una ventana inflamable en el tema de la raza. Aunque Shapiro, como judío y blanco, no quiere abril la anilla, de esa lata de gasolina, en vista de los antecedentes, y la previsible nueva reacción de conflictividad social —que podían desquebrajar la gran urbe— de todo lo que significa. Sí que se imagina, en el nuevo rol, de defender a un nuevo cliente, más aún, a sabiendas del personaje y su celebridad como afroamericano triunfador y rico heredero del sueño americano. Ahí es cuando se sube al caballo ganador de introducir en el equipo de la defensa al legendario abogado Johnnie Cochran (Courtney B. Vance, en una actuación salvaje y contundente), que no sólo le da contundencia al equipo de la nueva defensa. Una apuesta, que termina por desbancar del sillón jefe y tomar el control del propio Saphiro y resto del equipo. Erigiéndose en el líder de las exposiciones. En uno de los episodios de la mitad de la miniserie; “La tarjeta de la raza”, la serie se adentra en el fondo de Cochran y su estilo en la defensa de Simpson, en contraste con el conflicto interno experimentado por Christopher Darden (Sterling K. Brown), un fiscal que siempre debe preguntarse si su papel en el caso es meramente la parte de la cuota simbólica racial.

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Y es que el propio juicio devoró a todo el mundo, por no decir, que se fagocitó a sí mismo, a través del caos mediático de la inexorable avidez del individuo. The People v. O.J. pone de relieve, el engullimiento de la principal fiscal, Marcia Clark. Representada por la actriz Sarah Paulson (una actriz de enorme talento) del caso Simpson que, en la tradición permanente de la vista, debe asumir no sólo la carga del proceso judicial: sino el ignominioso y cruel escrutinio del pueblo americano. Cuando todo parecía ya resuelto y al final fracasa en el intento. Fracaso no apelable a la propia Marcia Clark. Es el fiasco del sistema y la balanza del cuerpo legal. Pues, desde la perspectiva y el contexto de su significado, son los propios espectadores quienes experimentamos la candidez de Clark sobre su propia notoriedad repentina.  Así como observamos el mecanismo de destrucción de la persona como ser humano. En la ínsula feroz y adictiva del megasintonizador, donde residen los medios de comunicación, los mismos, que despedazaron su actuación en la sala. No fue suficiente, su representación, sino que cada gesto, cada palabra o cada detalle estético se convirtió en un calvario personal. Mientras que paralelamente al affaire O.J. corría su vista privada; la angustia de una atormentada Clark, batallando por la custodia de sus hijas, con su ex esposo. Digamos que ese es uno de los típicos esfumatos Made Ryan Murphy. Como la dedicación de un capítulo con el nombre en tono glorioso de Marcia Clark; esa estoica heroína. A pesar del alto componente capcioso y venenoso del efecto O.J. que hace de la violencia de genero una bomba de plutonio contra la fiscal Clark; “The People v. O.J. Simpson”es una joya televisiva de alto calibre. Hermosa e inestable, pero aquello ya lo dijo Wilder; nadie es perfecto. No obstante, seguimos atónitos desmembrando su ambiciosa producción, la cual, sigue sorprendiendo en un segundo visionado el infalible tono dramático, sentido del ritmo y una dirección artística que quita el hipo. El tiempo podrá declararla como historia de culto y estudio. Pero lo que dejó muy claro este oscuro e ignominioso asunto de O.J. Simpson es que hay un antes y un después desde el discurso a toda la nación de un Clinton superado por la furia de una sociedad libre y envuelta en rabia contenida. Así, como el 11S fue la caída del ícono de libertad en la Babel intercultural del mundo y el revolcón al celoso guardián de occidente. Nuevamente, la creatividad y el trabajo bien hecho redescubren la fragilidad de inmenso país lleno de injusticias y gente maravillosa. En lo que todo el mundo está de acuerdo es la espera del nuevo American Crime Story de Ryan Murphy 2017 sobre las consecuencias del huracán Katrina. A veces, la buena televisión, puede hacerte soñar, tanto como el buen cine; y eso, si que es una gran noticia. Posiblemente, sea ahí, donde resida la gran grandeza de la libertad creativa de la ficción Made in USA. Un talento innato e inagotable… El  Nota: 8,5

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“The Big Heat” (1953)

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