Black Bird (2022) «Cuando tu compañero de celda es un friki depredador sexual»

Es evidente que todos nosotros compartimos un apetito voraz, casi victoriano, por las historias de crímenes reales. A pesar que mucha de esa ansia para ser saciada —recae— en auténticos orfebres del género, para suerte de los amantes del submundo criminal de los asesinos en serie. Caso del inefable Dennis Lehane, capaz de saciar la sed de True Crime, del más adicto a estos shows. La verdad es que Apple lo está haciendo cada día mejor y cuando dijo, mejor es la forma de llevar a cabo la selección de proyectos, de su canal de ficción. Continúa su excelente 2022, tras el éxito de “Severance”, “Slow Horses”, “Pachinko” y “The Last Days of Ptolemy Grey”, ahora, llega la extraordinaria Black Bird (2022) del año hasta la fecha. Tener en nómina a un autor, de la categoría de Dennis Lehane, es un gran acierto. Un tipo convertido en guionista, que ha demostrado repetidamente su talento para el misterio y la ficción policial. Algunas de sus obras son memorables, convertidas en proyectos, al lado de genios de la talla de Martin Scorsese y la fascinante Shutter Island o  con el enorme Clint Eastwood en Misty River. Así como Gone Baby, Gone con Ben Affleck o colaborando en The Wire, con David Simon. Dice mucho del bardo de Boston. Sin dejar pasar por alto, su último trabajo, más reciente, que incluyó la adaptación de Stephen King, para HBO «The Outsider». Curiosamente, estamos delante de una serie que está rodeada de  destellos de esa influencia de ambos en esta terrorífica y maravillosa historia. DL, lleva a cabo, la adaptación construida de las memorias In With The Devil: A Fallen Hero, A Serial Killer, And A Dangerous Bargain For Redemption de James Keene. Ese largo subtítulo, ya nos va dando una idea, sobre qué podemos esperar: éste es el tipo de asunto enjundioso que parecería exagerado si no fuera esencialmente cierto. Cualquier preocupación que otra historia esté poniendo a un asesino y un violador en el centro de una narración se disipa en gran medida por la consideración y el cuidado con el que Lehane la va tratando, explorando, con sutil habilidad dentro de la misoginia de nuestros peores crímenes. Algo que sería demasiado fuerte —decirles— que a menudo puede reflejarse en nosotros. El hecho de estar adaptando las propias memorias de Keene, hace de su historia, el motor de arranque inicial, pero aquí hay narrativas gemelas en juego, las líneas de tiempo saltan entre 1996 y 1993 cuando la policía comienza a investigar los asesinatos de niñas aparentemente conectados. Un gran Taron Egerton, el británico, que muestra un rango en el que nunca antes había tenido la oportunidad de profundizar, (capo de la droga de nivel medio en Chicago a mediados de los 90 quien, a cambio de una sentencia más corta, acepta ir de incógnito a una prisión de máxima seguridad para acercarse al violador y asesino convicto Larry Hall/Paul Walter Hauser, tan bueno en un papel tan inquietante).

Egerton, que tan a menudo desaparece en personajes más grandes caso del biopic del gran Elton John o Eddie The Eagle. Aquí es azuzado a traer su carisma natural al frente, interpretando a Jimmy como un criminal de carrera, que se las arregla, con diplomacia y encanto de vendedor estrella de Mad Men. Un extraordinario puzzle donde las fichas tienen unas texturas y formas muy comunes. Es un caso complejo, a través de las fronteras estatales, contado con un ritmo lento y preciso, con un ritmo que requiere en unos crímenes de esta envergadura: paciencia. Sin embargo, el guion, nos tiene reservada una sorpresa que vale mucho la pena; cuando el espectáculo se transforma desde la dinámica del procedimiento puro de encaje de pistas y burocracia policial, a un drama carcelario nada convencional. Incluso, lo lleva a cabo, en una casa de los horrores. Golpea ritmos familiares de tramas previas a la cárcel, pero evoca efectivamente una sensación de amenaza. Desde un motín en la prisión espectacularmente organizado, a una orgía de violencia sin sentido, subraya el peligro que se está enfrentando Jimmy, mientras que los guardias y los reclusos demuestran una amenaza existencial. Sin embargo, es Larry Hall (Walter Hauser) quien es el más fascinante y potencialmente el más peligroso. Su voz aguda sugiere, una especie de friki inofensivo e inclasificable para la mayoría de las fuerzas del orden locales, que lo descartan como un confidente en serie; en prisión, lleva una vida tranquila en el taller de limpieza y carpintería. Pero él es, como lo describe un personaje, «espeluznante como la mierda», y Paul Walter Hauser, cuya especialidad se ha convertido en basura de la pantalla, tiene una figura escalofriantemente patética, cuidando de hacerlo miserable sin parecer nada simpático. La densa escritura de Lehane y la hermosa dirección cinematográfica de Michaël R. Roskam merecen mucho la pena. No obstante, donde la cosa se pone muy seria; es en las actuaciones —dignas de los mejores premios— las que realmente destacan aquí, mucho y son la esencia del show. Como en uno de sus papeles finales, es difícil no sentirse conmovido por el difunto Ray Liotta, como Jimmy padre. Interpretado casi como una coda, de aquellos primeros papeles de gángster, muy emotivo. Es un policía corrupto retirado, que solo vive con la mochila del arrepentimiento y remordimiento. Todo un giro desgarrador, y un claro y resonante recordatorio del actor que hemos perdido. El diálogo de Lehane es nítido desde la primera escena hasta la última de los seis episodios de Black Bird 2002, y todo el conjunto cobra vida a través de sus palabras.

Egerton encuentra el equilibrio perfecto entre determinación y vulnerabilidad. Es solo un criminal oportunista, no alguien que quiere hablar sobre la violación y el asesinato de niños. Egerton captura lo que está en juego emocionalmente al tener que escuchar a un monstruo de una manera que recuerda a la excelente «Mindhunter» de Netflix, que también parece ser una influencia en los procedimientos que suceden con una gran actuación. McCauley&Miller que interpreta un enorme Greg Kinnear tiene un intelectualismo severo papel que encaja perfectamente con el personaje, y una astuta, agente federal en el papel de Sepideh Moafi. Alguien que presiona un poco más que los policías que parecen estar demasiado dispuesto a creer que Hall es un confesor en serie. Lo tienen por ahora, pero Hall tiene una apelación pendiente que parece tener éxito, por lo que necesitan más. Hall ha sido sospechoso de múltiples asesinatos en el Medio Oeste, pero es uno de esos tipos que nunca cuenta la misma historia dos veces. Hauser es un poco más que una bolsa mixta. Probablemente fiel al tipo real, interpreta a Hall con un tono agudo que a veces puede ser como una muleta o incluso una distracción. Es mejor cuando no se apoya en la amplitud del físico y los tics vocales de Hall, particularmente en el quinto episodio, que es casi un juego de dos manos entre Hauser y Egerton. Finalmente, está el trabajo desgarrador de Liotta, quien en realidad estaba enfermo en el set. Imbuye a su padre moribundo preocupado con una verdad que sirve como telón de fondo emocional para todo lo que sucede en el programa. Otra cosa gratificante de Black Bird es cómo usa su espacio de seis episodios. Estamos en una era de series limitadas en la que la mayoría de los programas no tienen la mejor duración, con demasiada frecuencia estructurados como un guion de película estirado para cumplir con la forma de una miniserie.

Empero Black Bird 2022 usa su tiempo para meterse debajo de tu piel. Keene sabe que no puede simplemente ir a prisión y comenzar a hacerle preguntas a Hall, quien sospecharía que su apelación pendiente podría ser saboteada. Tiene que hacerse amigo de él durante días, y la estructura de Black Bird 2022 permite que esa combustión lenta sea genuina, acompañada de una gran Soundtrack de Mogwai. También ayuda mucho que Egerton esté siempre en el momento, transmitiendo el estado mental de Keene a través de una mirada nerviosa o una mandíbula apretada. Se nos otorgan flashbacks de Keene y Hall cuando eran niños, que profundizan nuestra comprensión de cada personaje, pero que ciertamente no ofrecen excusas para ninguno de sus crímenes. La serie tiene un episodio tardío destinado a centrar la atención en una de las víctimas de Hall, usándola como punto focal pero sin ofrecer mucha profundidad en la construcción de su personaje. Su hermano gemelo Gary (un Jake McLaughlin, fantástico) y otros detectives piensan que Hall es solo un narrador roto, uno de esos tipos que confiesa cosas que no hizo. Miller cree que es un verdadero monstruo que está jugando, y que Hall cometió estas horribles violaciones y asesinatos. En definitiva, ya sea que mire fijamente a una pared como un maniquí frío y sin vida o muestre rastros de interés sincero en Keene (y su amistad), Hauser convierte a Hall en un asesino en serie fascinantemente idiosincrático, uno cuyos oscuros impulsos están en la superficie para que todos los vean y, sin embargo, al mismo tiempo. Enterrado profundamente bajo capas de invenciones, en el aire, verdades a medias y fantasías, una dualidad que se extiende a su energía somnolienta pero enroscada y su intelecto tonto pero astuto. Desde el principio, no hay duda de que Hall es culpable de lo que se le acusa. Aún así, la perversa conjurabilidad de Hauser mantiene todo en duda y al borde del abismo. Intimidante e inquietante precisamente porque es tan difícil de precisar, la actuación del actor es todo un tour de force de resbaladiza amenaza psicosexual. Nota:8,8

Pistol (2022) ¿Anarquía en el Reino Unido? El legado del Punk por Danny Boyle

Los años 70 tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos fueron una extraña época de transición repletas de tragedias descarnadas; de imperios masivos a punto de entrar en la era hipercapitalista. Sin embargo, la música estaba en una de sus cumbres, la invasión musical británica en USA fue un éxito y la retroalimentación norteamericana que fagocitó el reino de las islas todo un beneficio mutuo. Posiblemente, llegó el tiempo de las melenas y los pantacas pata de elefante y la sinfonización del Rock. Curiosamente, existe una razón por la cual el cine estadounidense alcanzó su punto máximo, con obras maestras como The GoodFather (1972) de gran Coppola, La Naranja Mecánica Kubrick (1971), Perros de Paja (1971) Peckinpah o Malas Tierras (1973) del imprevisible Malick. En esa era y poco después se hundió, en los llamativos mínimos, de Tiburón (1975) y Star Wars (1977); esto fue, en términos generales, la muerte del individuo frente al capitalismo devorador, y la música punk fue una expresión inarticulada pero muy poderosa de los jóvenes que lo vieron venir. Puede que lo odiaran, empero solo pudieron expresar su dolor con rabia. El dinero era tan adictivo como un casoplón de la extrema izquierda milénica en la piel de toro. Algo que pasa y seguirá pasando. ¿Quién no ha sido joven y ha soñado con ser una estrella del Rock? La educación de Jones estuvo muy lejos de ser agradable, él y su madre sufrían abusos constantes por parte de su cruel padrastro; un frustrado alcohólico. Margaret Thatcher fue designada por el gobierno de Edward Heath Ministra de Educación desde 1970 a 1974. A partir de ese momento, los chavales de primaria vieron suprimido su vaso de leche, a media mañana. Soplaban nuevos tiempos, ya que en 1979, esa misma dama se convirtió en la todopoderosa primera ministra de UK. La competencia económica, por encima de todas la prebendas, en lugar de la igualdad de oportunidades y la cohesión social. El sistema educativo inglés debía basarse, para los thatcherianos, en la idea de efectividad y eficiencia dejando la equidad para un segundo término; si molestaba para la consecución de esos principios. La guía que dirigió la transformación fue el concepto del nuevo mercado. SJ entraba y salía de los centros de detención juvenil y era analfabeto. El último sueño de Jones en la vida, era ser una estrella de rock de la talla del ínclito David Bowie.

De repente, entran las cortinillas de show de FX Pistol (2022). El director de fotografía Anthony Dod Mantle, consigue ese efecto asombroso, del aspecto aburrido y cutre del Londres de mediados a finales de los años 70, todos los grises, verdes y marrones desgastados que hacen que los colores brillantes de La moda de Vivienne Westwood y el brillo diurno de los diseños gráficos de Jamie Reid para los Pistols resaltan aún más. La energía de la serie y la música de la banda adquieren un poder adicional a través del trabajo de edición de Jon Harris, quien trabaja intensamente en imágenes de época de trabajadores de las cuencas mineras de Yorkshire, en huelga, colas de parados en las grandes ciudades, inflación descontrolada, un Londres que tenía aspecto de vertedero: ¿y cómo no? el Jubileo de Plata de Isabel II. Volvemos al atormentado Jones y sus ilusiones frustradas. Comienza saliendo con micrófono, en ristre, mesa de mezclas y una Gibson Les Paul 1974 del Hammersmith Odeon, donde Bowie (no queda muy claro si los acontecimientos fueron así, si se constata los robos a Bob Marley y Roxy Music) dejó su carmín en la rejilla del micro. Lame el micro y comienza a aporrear la maravillosa Les Paul que se ha apalancado. La guitarra eléctrica comienza a producir una relativa fascinación al ignoto de SJ. Pero Jones se da cuenta que él y sus compañeros nunca podrán ser auténticas superestrellas sexys como los Beatles. En ese instante, se percata que él y sus colegas representan a la clase obrera de Inglaterra, que no se ve ni se preocupa por ellos. La serie de FX y que distribuirá la plataforma Disney+ en España ha sido —digámosle—  semiautorizada.  Basada en la autobiografía del guitarrista Steve Jones, y su memorias “Lonely Boy”(2017) «Historias de un Sex Pistol» escrito por Ben Thompson (aunque, ha tenido que vérselas con la resistencia del cantante del mítico grupo, John Lydon, ya que no estaba de acuerdo, en nada con este proyecto, ya que se ha sentido vilipendiado). El episodio piloto y a la postre, número uno, se puede ver demasiado familiar en su ejecución. Su creador y guionista de la serie, es Craig Pearce.

Obviamente parece tener mucha pasión por el tema, sin embargo, el diálogo y la narración de dicha presentación se ven algo agotados y demasiado formulados. Afortunadamente, a medida que avanza la serie, Pearce parece encontrar un ritmo que funciona para contar la historia de los Sex Pistols. Graig Pearce está acostumbrado a escribir para directores maximalistas o demasiado impulsados por la pomposidad y el barroquismo, del estilo excesivo, como Baz Luhrmann. Después de trabajar con el archipremiado e ícono, del cine británico de los últimos 20 años, Danny Boyle, dicho por él mismo, ha sido una combinación pluscuamperfecta. Un cineasta como Boyle, a menudo, puede tomar historias que le resultan familiares y darles un impulso de su propia visión que ayuda al material a encontrar su voz y ese fue especialmente el caso con Pistol (2022). Si bien algunos ex miembros de la banda pueden estar descontentos con Pistol, es probable que sea para mejor. El estilo y el talento siguen ahí, pero hay una honestidad oculta en la serie que la hace digna de ver y que incluso los que no son fanáticos de los Sex Pistols podrían disfrutar. Muchos se preguntarán: ¿y qué demonios significaba toda esa historia del Punk? Desde un prisma, más visceral, esto funciona. La historia de Sex Pistols y ¿Cómo unos músicos —de un talento tan nulo y mediocre— lograron cautivar, emocionar y horrorizar a toda una nación? Poniendo en marcha, el movimiento punk de la nación del té a las 17,00h: es fascinante por sí sola, especialmente, cuando se considera que solo estaban juntos inicialmente. Durante tres años, los herederos, de lo que sonaba en aquel tugurio de NY, en el viejo Lower East, el mítico CBGB, donde New York Dolls, Television, Ramones, The Voidoids o Patti Smith crean el puto Punk. Empero sus hijos después de la vomitona son los Sex Pistols. De ahí, que la serie Pistol (2022) de FX, sea una historia de estilo, actitud y rebelión percibida en lugar de habilidad musical y, por lo tanto, encaja cómodamente en el modo narrativo de Boyle. Toby Wallace, ejerce como el motor de combustión interna, tiene una especie de encanto desaliñado, casi violento, y visualmente la miniserie es una delicia; Boyle es un maestro en capturar los amplios panoramas de un clima cultural de corta duración, y siempre se ha destacado especialmente cuando la pobreza social es uno de los temas destacados, resultado, quizás, el propio origen inglés de clase trabajadora. A medida que van pasando los capítulos, se irán cobrando algunos pequeños botines muy exquisitos. La obtención de pequeños escalofríos de satisfacción.

Entre los primeros, obtienes a la gran Chrissie Hynde, más tarde le llegó la fama de Pretenders, Siouxsie e incluso Billy Idol. Luego llegarán los críticos que quieren comportarse como sociólogos del periodo y no saben dónde está Re en un mástil de una Fender. O los que no han pisado un universidad, en su divina vida, y criticarán a Pistol 2022, de un modo, dolorosamente obvio; «como un jugueteo superficial. Los personajes son en su mayoría unidimensionales, y nunca parece comprometerse o incluso comprender completamente las fuerzas que impulsan esta extraña revolución en la cultura británica.» Bien, pues, allá con su cantinela… En lugar de una verdadera introspección, tenemos a Thomas Brodie-Sangster como Malcolm McClaren. Brodie-Sangster, mejor conocido por los estadounidenses por su papel en The Queen’s Gambit (2020) y como Jojen Reed en GOT(2011), es un excelente actor al que se le ha encomendado la poco envidiable tarea de Pistol (2022) de plantear el tema una y otra y otra vez. Escena tras escena, la misma monserga: los Sex Pistols son muchachos furiosos y rabiosos de clase trabajadora sin esperanza, sin futuro, simplemente empeñados en el caos y la destrucción, y a la cuarta o quinta vez que lo escuchas, te preguntas si tal vez esto debería haber sido mostrado estéticamente que reiterativamente vía megáfono. Así es el personaje de Malcolm McLaren, manager de los Pistols, el provocador de inspiración situacionista, Malcolm McLaren, con quien Brodie Sangster tiene más que un parecido pasajero. La serie evita las trampas de la mala actuación. Todos los habituales son muy buenos aquí, como hemos ya mencionado los casos de Toby Wallace como Steve Jones, Sydney Chandler como Chrissie Hynde, Talulah Riley como la diseñadora/dueña Vivienne Westwood, de la tienda underground «Sex», en Kings Road en el barrio de Chelsea. Allí creo al lado de su pareja puntual de Malcom Mclaren (Thomas Brodie-Sangster). El creador y cabeza pensante de su gran broma de arcilla. La serie también hace un trabajo admirablemente agradable al retratar la estrecha amistad de Jones y el baterista Paul Cook. Pasaron a tocar juntos en The Professionals después de la ruptura de The Sex Pistols. También pone de relieve la profunda amistad entre Jones y C. Hynde. Johnny Lydon interpretado por Anson Boon y Sid Vicious por el joven Louis Partridge. Insisto en la representación de Mclaren como un charlatán oportunista —por momentos, pseudorepugnante— y la enorme capacidad interpretativa de Brodie-Sangter es muy superior al resto del elenco. Esto, se nota. Cuando aparece, entra en escena, habla y come pantalla. En esa vis del perfecto estafador para la partitura rápida, empero Boyle y Pearce están demasiado contentos para dejar que sus divagantes monólogos sustituyan una exploración real del tiempo y el lugar.

El estilo de dirección de Boyle es esporádico, amañado y más en sintonía con su trabajo en Trainspotting que, digamos, en comparación a Slumdog Millionaire. Hay una estética vintage en la forma en que se enmarca la serie, Boyle y su equipo no estaban obsesionados con hacer que Pistol (2002) se sintiera como esa TV de prestigio, acuñado a menudo, sino que era algo único. Eso es lo que termina haciendo que Pistol sea tan entretenido como es. El siguiente episodio, en parte, sigue a dos chicas de Huddersfield (Catriona Chandler y Sade Malone) que abrazan el punk después de ver la aparición del grupo en el programa de televisión So It Goes de Tony Wilson. Ambos escapan a Londres para buscar a los Pistols y la escena punk, pero pronto se ven sumergidos en una ola de fría realidad. Conocido como el Contingente de Bromley, presentó íconos futuros como Billy Idol, Don Letts y Adam Ant. (Están presentes en el fondo de muchas escenas, pero no tienen nombre fuera de los créditos finales). Sin sentimientos por nadie más: El elemento importante a tener en cuenta al abordar esta serie, se revela, en su título: Pistol, es decir, pistola en singular. El impacto de los Pistols a través de personajes secundarios. En el capítulo 3 “Bodies”, nos trae a Pauline (Bianca Stephens), una mujer mentalmente muy inestable e imprevisible —que supuestamente— estaba tan conmovida al ver a la banda en vivo que se presentó en la casa de Lydon con un feto abortado, en una bolsa, inspirando así a los Pistols; la canción «Bodies». Algo muy característico de Boyle, la introducción de un surrealismo lisérgico como en Trainspotting con el personaje de Mark Renton (Ewan McGregor). Sorprende hasta este capítulo, la ausencia de egos ni esqueletos escondidos en el armario; en cambio, en su mayor parte, nos enfrentamos a la realidad a menudo sombría de los Sex Pistols. Cuando la serie muestra una escena con esa banda en desacuerdo, no opta por seguirla mostrando con una secuencia de toda la pandilla de la banda abrazándose momentos después. La visión de Boyle hace que el ritmo del programa se sienta como una descarga de adrenalina.

Acompañado por una actuación estelar, en particular, de Anson Boon como el notorio Johnny Rotten. Boon entiende claramente el tipo de energía que emana de una serie sobre una banda tan antisistema como los Sex Pistols. Desde la escena introductoria de la audición hasta los momentos finales de la serie, Boon nunca pierde de vista a Rotten. Si bien algunas de sus coprotagonistas se sienten ocasionalmente marginadas o bidimensionales, Boon le da a la serie, esa descarga eléctrica, cada vez que la necesita. Otra notable actuación es la de M. Williams; Si bien su papel como Pamela Rooke se siente pequeño, realmente impresiona en su primera escena, montando una bicicleta, en dirección, a la estación de tren. Tan sólo, con una blusa de plástico transparente amarilla aparentemente sin preocuparse por el mundo de las miradas de espectadores petrificados. Se vislumbra la vida de Jordan, también conocida como Pamela Rooke (Maisie Williams) GOT(2011) es una de las actrices de su generación más talento de momento. Si bien, Pistol (2022) es, intrínsecamente, la historia de Steve Jones. Una decisión creativa, muy particular, que finalmente hace que Pistol funcione tan bien como se atisba en el resultado final. Si bien hay aspectos del programa que pisan terreno familiar con respecto a las biografías de Rock&Roll, incluida la tensión entre los miembros de la banda, el hecho de que Jones sea el único sujeto de la banda que consultó con el programa lo hace sentir más honesto. Pistol (2022) nunca trata de hacer que a la audiencia le gusten sus personajes, sino que intenta que los entiendas.  Está claro que los actores y Boyle habían visto a Sid&Nancy (1986) y absorbieron su espíritu al crear esta nueva serie. Lo mismo podría decirse de la serie en su conjunto. Pero, ¿por qué estirar la verdad cuando es una historia lo suficientemente fascinante por sí sola, sin retoques? Por ejemplo, (spoiler pequeño adelante) Hynde, nacida en Ohio, ha dicho que nunca intentó casarse con Jones para quedarse en el Reino Unido, a pesar de que la serie muestra lo contrario. Sin embargo, a pesar de estos obstáculos, es un espectáculo entretenido. No obstante, inicialmente, el proyecto fue pensado como una miniserie limitada de «uno y listo», ¿podría profundizar en los proyectos posteriores a los Pistols de los miembros individuales, así como en los de los notables contingentes de Bromley como Siouxsie Sioux y Billy Idol? Pregunta de respuesta complicada. Además, la serie tiene problemas que resolver, la perspectiva de otra temporada (o más) que detalla lo que hicieron los miembros después sería fascinante de ver y tal vez menos caricaturesca que los aspectos de la primera temporada que han sido documentados hasta la saciedad. Sin embargo, el espectador ha de saber que es una miniserie de 6 episodios y punto.

La anemia del programa es un efecto contrario a su fuerza: si estás empeñado en combinar la energía anárquica de los Sex Pistols con un cine que parece igualmente caótico, sacrificas la profundidad. Aunque ahondar no algo imposible, más cuando hay tanto talento detrás. Vuelves a ver “Sid and Nancy” de Alex Cox (1986) para ver una representación de los Sex Pistols que es igualmente frenética, pero logra capturar un tipo de realismo duro y la tristeza humana que lo acompaña. Por ejemplo como se sacrifica a Glen Matlock bajista original que interpreta el actor Christian Lees (tratándose del tipo que mejor formación musical tenía del cuarteto del caos, todo ello debido al forro de los caprichos de un manager y un Lydon que la tenían tomada con él, por su cariño hacía Paul McCartney). El recambio fue un zumbado con un candado colgado del cuello, que no sabía, ni aporrear el bajo, a la postre, el icónico Sid Vicius. Sin embargo, se basan demasiado en un lenguaje figurado de dibujos animados aparentemente tomados de la película Sid and Nancy de 1986, maravillosamente interpretada por un portentoso Gary Oldman. O, si quieres ver una contracultura drogada representada con empatía, con sólo buscar en Google, Trainspotting. Fetén. Empero, Danny Boyle no busca ese tipo de cosas aquí. Solo quiere divertirse, aunque ello tenga un precio, y el coste es que nadie llamará a este espectáculo “genial”, solo “entretenido”. Cuando se trata de mantras creativos, podrías hacerlo peor que el aparentemente adoptado por Danny Boyle: “Nunca, nunca dejes que la audiencia se aburra”. Algo que no es nuevo el gran «Hitch» o Hawks, ya lo predicaron. En realidad, esto no es tan fácil como parece, ni es un insulto encubierto. Si adoptar un ritmo vertiginoso con mil cortes de salto por minuto y mucha música a todo volumen y gente guapa haciendo cosas calientes fuera suficiente para hacer una película o un programa de televisión de éxito, todos seríamos directores estrella. De hecho, hay un estilo artístico muy Made in Boyle para implementar todas estas tácticas y convertir la suma en un producto interesante, y desde Trainspotting hasta 28 Days Later, Slumdog Millionaire y Steve Jobs. Boyle ha estado alcanzando ese punto dulce artístico de manera eficiente durante más o menos toda una carrera. Pensemos que quedan dos capítulos por visionar y tienen todo el aspecto de ser esas joyas de la factoría del genio de Gran Manchester. Recuerden la presentación artística de los juegos olímpicos de Londres de 2012, están considerados los mejores de la historia y Danny estaba detrás de 40 cámaras. Y ese puntazo de los Pistols tocando «God Save The Queen” en una barcaza —propiedad de un jovencísimo, Richard Manson (Mr. Virgin)— resoplando por el río Támesis y su aparición en los titulares de toda la prensa del país Así como ese momentazo en Thames Tv en el añejo programa «Today with Bill Grundy«. Nota: 7,7

The Old Man (2022)  “No es país para viejos agentes de contrainteligencia duros”

Hay una vieja regla narrativa, en Hollywood, que dice, cuando se trata de libros o películas, nadie hace una buena digestión. Luego, llevar las tripas bien, es una bendición. Todos sabemos que malo es ir con esas tripas desajustadas y los consiguientes devaneos por el cuarto del Sr. Roca. Un viaje al baño es una violación del principio de las armas de Chéjov, en el que todos los detalles deben contribuir a la narrativa general. Además, nadie quiere ver esa máxima literaria en el fondo del inodoro. Sin embargo, The Old Man es la novela de Thomas Perry, que adaptan Jonathan E. Steinberg y Robert Levine (2022). La historia se abre, en la pantalla, con el personaje de Jeff Bridges haciendo sus necesidades, no una, sino tres veces durante una sola noche. Es un anciano, después de todo, o quiere dar esa imagen, aunque quisiéramos estar, como está la estrella de L.A. menudos años lleva… ¡Vamos llevadísimos! Jeff Bridges, a los 72 tacos, después, de lo pasado en estos tres últimos años. Y eso nos lo deja muy claro el show: es un superviviente nato. En un momento, un asaltante con muy mala leche, le dice: “Vete a la mierda, viejo” en medio de una pelea con cuchillos; y solo unos momentos después, otro se burla de “ser sacudido por un anciano”. Casi parece cruel, dada la historia personal reciente de Bridges: una batalla prolongada contra el COVID-19 mientras recibía quimioterapia por un linfoma, lo dejó, “muy cerca de la tumba” el año pasado. (La producción se detuvo al comienzo de la pandemia y luego nuevamente después del diagnóstico de Bridges). Incluso, podría parecer desalmado, si no fuera por el aura infalible del desapego divertido de ese tipo llamado “el nota” que lleva con mucha guasa, por esos espléndidos 72 años. Bridges tiene la seriedad envejecida de un personaje de una canción de Tom Waits, el tipo de persona que está a punto de hablar con nostalgia sobre todos los coches que ha tenido y conducido, a lo largo de su vida. De hecho, parece que Bridges ha ido a una de esas peluquerías vintages, regentadas por hípsters con la barba muy bien cortada, aseada y acicalada, con aceites nobles. Lo dicho, su barba, queda igual de bien, que más de un personaje del western de los Coen “The Ballad Of Buster Scruggs.”(2018) Se adapta bien al peso curtido del personaje, Dan Chase, quejándose de las bromas que le gasta a su médico de cabecera, las guasas con una camarera mientras lee con las gafas de presbicia  y las bromas de papá con una primera cita. ¿Pero quienes son ellos? Demonios, una pareja de rottweileres americanos con nombres de personas muy americanas. Fieles, educados y letales con sólo un chiflido de Chase.

Hay que reconocer que el tipo tiene esa gracia de los viejos tiempos que le permite encontrar el golpe perfecto de Robert Plant en la radio, cuando dicha cita no puede hacer funcionar el bluetooth. Pues sí. Así de majo es papá Dan Chase. Empero, DC no es el padre que Uds., creen o que hubieran querido tener. Un abuelo o un bisabuelo ExLed Zeppelin o ExDeep Purple. El apuesto abuelete, que es un exagente de la CIA, cuya despreocupación en Connecticut se ve destrozada por un asesino a sueldo de medianoche, uno de esos malvados, el cual, no han alertado al pobre Chase, las grandes multinacionales de la seguridad Prosegur o Securitas. Todo lo contrario, gracias a su habilidad, en plan McGyver, y el bricolaje, con latas vacías —de comida para perros— horadados por una cuerda.  De este, modo su tapadera ha quedado descubierta y comienza una escapatoria, adonde le lleve su cabeza. Esto es serio, demasiado. Dave y Carol (su pareja de perros), y sobre todo le preocupa que su mente pueda deteriorarse a medida que envejece.  Dan se da cuenta que su secreto de 30 años ha saltado por los aires. La jugada de enviar a un asesino a sueldo y hacer que parezca una invasión a tu hogar, lo persigue y deja atrás su antigua vida. Harold Harper (John Lithgow, The Crown, Terms of Endearment o Ricochet), Subdirector de Contrainteligencia del FBI, es llamado de nuevo a la acción mientras sigue llorando la muerte de su hijo y su nuera, que le han dejado a un niño, al cual Harold, y su esposa tienen que cuidar. Harper tiene una historia de naturaleza poco clara con Chase y está molesto al verlo resurgir, nuevamente, porque cualquier secreto que Chase tenga puede hacer algún daño no solo al FBI sino al propio Harper. HH llama a Chase como cortesía y le da dos opciones: Harper puede enviar a sus matones del FBI a liquidar a Chase, o Chase puede “desaparecer nuevamente, pero hacerlo esta vez significará terminar todo contacto con su hija, con quien Chase está cerca. Debido a que no sería un gran espectáculo si eligiera este último, Chase decide que el riesgo de ser asesinado, vale la pena,  y mantener su relación con su hija, cuya identidad y paradero son desconocidos para el FBI. Y así comienza la odisea de una escapada y el ansia de una búsqueda. Ya que está huyendo de sus antiguos jefes y de su pasado, confiando en viejas habilidades, y verso, a pesar que los años no pasan en balde. También le advirtieron de las nuevas reglas: “No tienes idea de lo diferente que es el juego desde la última vez que jugaste, Dan” y “Tú, no eres el tipo que recuerdas.” Es una trama tan arraigada en la obra actual de Liam Neeson que puede haber regalías adeudadas.

Incluso hay una hija amenazada, puesta en peligro, precisamente por el conjunto único de habilidades de Chase. Es un hombre que se siente cómodo con ataques inquietantes de increíble y explosiva violencia, que luce de lo más natural, en planos cortos, de lucha israelita y Jiujitsu, cuerpo a cuerpo, realmente brutales e implacables que podrían hacer que los pacifistas se pregunten: “¿Qué es exactamente lo que aprenden los tipos de la CIA? ¿Están educados en las películas de Steven Seagal? Pero ésta es una historia más relacionada con el pasado. Los flashbacks y las conversaciones telefónicas llenas de exposición y los mensajes de voz entran cada vez más en juego. A menudo llenando demasiado bien los vacíos narrativos y, a veces, conduciendo a soliloquios de Shakespeare de la hija de Chase que no suenan en absoluto como un treinta y tantos hablando con su padre: Alia Shawkat (Angela Adams, interpreta a una agente del FBI bajo el mando de Harper) como nuestras propias lealtades, están en curso de colisión entre sí. Ella es alguien que sospecho que tiene sus propios secretos y está más profundamente conectada con el caso de lo que se nos permite. Dan encuentra un lugar para esconderse en la casa de huéspedes de Zoe (Amy Brenneman), una mujer solitaria y deprimida que encuentra consuelo en la presencia de Dan, aunque no se da cuenta de que Dan la mataría en una fracción de segundo si eso significara salvar su propia vida. Amy Brenneman —que está inmensa, magnífica actriz— se enfrenta a Zoe, ella misma, la conciencia tranquila pero firme del programa, una arrendadora díscola de Chase que se enreda románticamente en su trayectoria. Esos flashbacks que lentamente comienzan a llenar la historia de fondo, vemos a  Harper, 30 años en el pasado, trabajando con Chase a espaldas del FBI, y espero que sea este acuerdo, el que le dio a Dan la influencia para usar los recursos de Harper para ayudarlo a abandonar el juego; dejando atrás muchos secretos que están a punto de ser desenterrados. También es una historia de fantasmas, de una forma menos metafórica, ya que la difunta esposa de Chase, Abbey —interpretada por la joven actriz israelita, Leem Lubany— aparece como un espectro lo suficientemente escalofriante como para sentirse casi un nuevo personaje, dentro de un espectáculo completamente diferente.

Su proceso de deterioro, de la enfermedad del Alzheimer es magistral. Así, como el feeling que mantuvo, durante, el flirteo con el joven Chase; Bill Heck (Ray Donovan y The Ballad Of Buster Scruggs), durante la invasión soviética de Afganistan. Estando en las montañas del valle de Panshir. Obviamente, Harper, un rastrero madamas burócrata del FBI y ex alto jefe de la CIA con el rostro adusto y condescendiente de un profesor de química de secundaria: que está obsesionado por sórdidos enredos en las montañas de Afganistán. Cuando la URSS salió corrida a hostias por los talibanes y perdió su virginidad imperial. Obviamente, que el verdadero héroe en aquel periodo era Chase, el ratón y Harper el gato perfecto —joven burócrata— que trepaba entre Quántico y  Langley. Cuando vemos volver al pasado del periodo talibán. Esa historia de violencia y amor, con un invitado mayor. El marido de Abbey, el joven jefe de la resistencia local  Faraz Hamzad (Pej Vahdat), un tipo que parece, también, que 30 años no son nada para olvidar un poco de rencor. Cuando, tengan la oportunidad de ver el primer episodio, observen, ese algo de Bridges, que encandila, en sus silencios o en sus vueltas al pasado. Algo así, como, el año después de su estallido como actor, de gran nivel, con The Last Picture Show de (1971). Jeff Bridges coprotagonizó junto a Stacy Keach la muy infravalorada Fat City (1972) de John Huston. En los últimos minutos de este film, La última escena encuentra a los dos boxeadores, en extremos opuestos de sus carreras, y bebiendo unas tazas de café de la cafetería. Ambos, todavía golpeados, derrotados, magullados y asediados. Acurrucados y agazapados, y casi desesperados. El personaje de Keach asiente con simpatía a un anciano camarero de origen asiático y le pregunta a Bridges:”¿Crees que alguna vez fue joven?”. A lo queBridges se toma un ritmo perfecto y relajado, antes de responder: “No”. Cuidado con los sitios, dónde su país no es para viejos, a veces, el señalado está con una fuerza como la del F-35 de Tom Cruise. Nota: 8,4

Ozark «la familia unida»(2017-2022)

Si alguien hubiera dicho que el exitoso drama criminal familiar de Ozark, entraba en su recta final; muchos hubieran dado a entender que la propia Netflix se estaba pegando un tiro en el pie. Lo decimos porque el final tiene mucho que ver con un familiar directo de los Byrde. No les decimos más y vaya por delante, que merece la pena, esperar el desenlace final: no les decepcionará. Empero, si bien la muerte, puede parecer un hecho en un programa en el que cinco personajes cruciales fueron asesinados en los ocho episodios anteriores, casi nada ha sido obvio en lo que respecta al surgimiento de este programa oscuro y adictivo, que pasó de ser apodado —grotescamente— como la imitación en el medio oeste lacustre del fronterizo Breaking Bad (serie, endiosada, como un entretenimiento pueril y soleado del hermoso Nuevo México). ¡Válgame, Dios! Benditos personajes toda la familia Birdy. Me dejan con la lágrima llorona, en medio, de una despedida ejemplar y perfectamente ejecutada de esta fascinante serie; que ya está entre los mejores belugas de la ficción Made in Usa. A finales del mes de abril se despidieron de Netflix. Justo hoy se cumple un mes y una semana. Durante cuatro temporadas, hemos, reído, llorado y vibrado con los vericuetos y movidas de este clan familiar, en los bellos Ozarks, de ese fascinante centro de la Norteamérica que marca el día a día del americano que intenta salir adelante.  Ozark ha demostrado que no es una serie de televisión tradicional y que los Byrdes no son una familia de televisión convencional. Claro, Wendy (Laura Linney), Marty (Jason Bateman), Jonah (Skylar Gaertner) y Charlotte (Sofia Hublitz) se sientan alrededor de la mesa, pero esas conversaciones nocturnas se centran muy poco en los cuchicheos del share y las calificaciones del show y más en el tráfico de drogas y los encubrimientos de asesinatos. “Si hubiera un programa sobre como soy yo, como padre, en el día a día: sería bastante aburrido”, dixit: Jason Bateman, quien, también se desempeña como director y productor ejecutivo del programa. “Espero tomar decisiones que sean algo predecibles y responsables, mientras que Marty y Wendy tienen algunas ideas emocionantemente torcidas sobre lo que está bien y lo que está mal”. “He tenido la suerte de estar trabajando durante un tiempo y sé que estas situaciones no ocurren muy a menudo”, comentaba Laura Linney, la reconocida actriz detrás de Wendy, esa obsesiva astuta matriarca de Byrde; que no se le pasa el más mínimo detalle. La cultura de la televisión puede ser un poco extraña, y si realmente quieres contar una historia, no siempre se adapta necesariamente a eso. “Muy pronto, todos nos dimos cuenta del potencial de filmar, en los primeros episodios. Recuerdo estar en el set, mirar a mi alrededor y pensar: ¡Vaya, creo que esto podría ser la hostia!” Eso, es decirlo a la ligera. Inicialmente, la vida criminal estaba reservada para Marty, un asesor financiero de Chicago, aparentemente reservado y reacio al riesgo que limpiaba dinero en secreto para el segundo cartel de drogas más grande de México. Sin embargo, poco después, que su socio robase 8 millones de dólares a sus jefes; la vida de Marty, comienza a verse amenazada. Él, presa del pánico, propone una idea que —incluso, el mismísimo, Marty— no creía que funcionaría: mudarse a bella región de los Ozarks, donde poder lavar más de 500 millones de dólares, en los próximos cinco años. Nació oficialmente una empresa familiar del blanqueo de capitales, al servicio del crimen organizado. Desde esa reubicación, de vive o muere. Mi familia y yo. A partir de esa escapada a aquellos tranquilos y hermosos parajes lacustres: los Byrde robaron, mataron, compraron un club de striptease, una funeraria, y, flipen un poco, más, ya que las risas fueron del 29. Intentaron lavar todo ese dinero, a través de una iglesia, sólo para que el pastor desquiciado por la situación, terminase por secuestrar a Wendy. Lo que los obliga a asesinarlo, “en defensa propia”, y tener que criar a su bebé, recién nacido. Finalmente, cambian al niño por un psicópata violento, gracias a la bula del derecho a construir un casino. Y eso es solo la punta del iceberg.

“A lo largo de la serie, se conocen muy bien a todos los implicados, y se les intuye muy bien, a sí mismos…Ves lo que le sucede a una relación, cuando hay presión, ya sea presión financiera, presión social o, en su caso, solo la presión de, literalmente, sobrevivir físicamente”. A partir de ese instante, los Byrdes esperan que la familia que lava ropa se mantenga unida fuera de la cárcel, pero con amenazas que se acercan desde todas las direcciones, todavía hay tiempo para que las cosas se pongan muy mal en los siete episodios restantes. Pero a medida que Ozark se acerca a la línea de meta, sin importar la reacción a lo que Bateman llama una conclusión «opaca», el legado del programa como uno de los mejores de Netflix, ya está consolidado. Ozark exploró en el transcurso de 44 episodios. El concepto de la «Familia”, pensando en lo que cada día comemos en el desayuno. Paradoja que resume —brevemente— la visión de la vida en esos momentos finales. Y es ahí, cuando, Ozark reafirmó la supremacía de la familia, específicamente, en su forma que tiene, para corromper a un individuo, con el tiempo. La familia Byrde son: el padre Marty (Jason Bateman), la madre Wendy (Laura Linney), la hija mayor Charlotte (Sofia Hublitz) y el hijo menor Jonah (Skylar Gaertner). Todas esa inversiones en negocios locales como el Blue Cat Lodge, a través del cual, lavaron dinero del cártel, e hicieron nuevos amigos como la maravillosa Ruth Langmore (Julia Garner), a quien reclutaron, para su operación ilegal. En el transcurso de estas cuatro temporadas, aseguraron su fortuna mientras arruinaban lentamente la vida de casi todas las personas con las que alguna vez entraron en contacto. Ese es el poder de la familia. El empuje y empeño del pater familias y productor ejecutivo de la historia,  amén, de dirigir más de un capítulo con matrícula de honor: Jason Bateman. Ozark siempre ha abordado algunos de los mismos temas que la amada serie de comedia; el núcleo moralmente en bancarrota de los negocios estadounidenses, el autoengaño desenfrenado de los ricos, y la forma en que las élites se aferran a la «familia» como excusa para su comportamiento poco ético. (Relevante: una trama clave de la temporada 4 de Ozark tiene a Bateman diciendo que quiere que sus «niños vuelvan»). Donde se observa en el capítulo, semejanzas con la sitcom de culto que puso a Jason Bateman en el disparadero de Hollywood Arrested Development 2003 tiene meta/chistes, trampas y narración en off de Ron Howard, Ozark ofrece asesinato, montones de dinero, en efectivo, y sombrías proclamaciones sobre el destino. Pero ambos hicieron una crítica similar de la vida estadounidense moderna: el juego está amañado. De dónde Bateman fagocita una cantidad sorprendente de su peculiar sentido del humor para el capítulo final cut «A Hard Way to Go», el final de la serie escrito por el showrunner Chris Mundy y dirigido por Bateman, porque en su escena final, Ozark, esencialmente terminó con una mordaza. A través de una serie de maniobras complejas, Marty y Wendy aseguraron su futuro empujando al jefe del cártel Omar Navarro llevándolo con ejemplar hipocresía a un precipicio. Aunque, el precio, fuera llegar a un acuerdo con el FBI para mantener a flote sus negocios de lavado de dinero en Missouri, estableciendo una fundación benéfica que los haría importantes. Donde, políticos de pedigrí (al estilo de los Kennedy o los Koch, cuyos nombres fueron verificados), pudieran echar unas partidas de cartas y regresar a los suburbios de Chicago con mucho más dinero del que llevaban en su viaje de ida. Sin duda, ganaron. ¿El precio? Sacrificar a su última aliada leal, Ruth, entregándola a la hermana de Navarro, Camila Elizondo, interpretada por la maravillosa actriz Verónica Falcón que busca venganza, quien finalmente se enteró de que su hermano Javi fue asesinado a tiros por Ruth. De este modo, el dulce hijo de los Byrde, Jonah, —que aprendió a lavar dinero bajo la tutela de su padre— irá haciéndose un gélida adolescencia que le marcará su más inmediato futuro. Sin apenas amigos y aprendiendo, de un supuesto abuelo/vecino que venía con la nueva casa que compran; el enfermo terminal Buddy Dieker, inmenso (Harris Yulin). Buddy es un personaje extravagante, inteligente y con un pasado muy ambiguo.

Sí, como gran parte de Ozark, el final fue sombrío, cínico y brutal. No obstante, la filmación, tenía el ritmo de un chiste de mal gusto, uno que los escritores decidieron en la Temporada 3; cuando Jonah persiguió a la abogada Helen Pierce con la misma arma y no pudo apretar el gatillo. En ese momento, Jonah todavía estaba tratando de encontrar su camino en el mundo, todavía lidiando con el bien y el mal. También, le vino a la cabeza, lo que le enseñó sobre el mundo de la caza, su gran amigo/mentor Buddy Dieker. De ahí, la sombra de la duda, en ese instante. En el último episodio, Ozark eliminó más o menos los tonos de gris o la punzada de ambigüedad. El final, con Wendy explicando con seriedad «el dinero no sabe de dónde vino», no podría haber sido más literal. Es posible que la escena se haya cortado a negro antes de que Mel recibiera una bala en la cabeza, pero hay poco espacio para el debate posterior al final de Los Soprano. No hay posibilidad de una teoría de «todo fue un sueño» aquí. ¿Hay algo admirable en el enfoque de «Estas personas son malas»? En abstracto, sí. En el pasado, programas como Ozark han usado fragmentos de subtexto y el florecimiento ocasional del escritor para humanizar monstruos irredimibles, intentando atraer simpatía cuando el desdén podría ser más apropiado. La franqueza y la claridad pueden ser refrescantes. Aun así, hubo un vacío en el tramo final de Ozark. En un nivel narrativo, todas las piezas encajaron en su lugar y las configuraciones importantes (como el bote de cerámica para las galletas) obtuvieron sus recompensas. Jason Bateman, que ya era una superestrella de la comedia en la pantalla grande y pequeña, no buscaba explícitamente pasar de ser el padre de una comedia de situación a un antihéroe poco probable (hablaremos más sobre esa palabra usada en exceso) como lo hicieron Bryan Cranston y Michael Chiklis en Breaking Bad y The Shield, respectivamente.  Más bien, quería seguir los caminos de cineastas como Cary Joji Fukunaga de True Detective y Jean-Marc Vallée de Big Little Lies, quienes asumieron la dirección de una temporada completa de un gran proyecto. La búsqueda de Bateman condujo a Ozark, un lanzamiento proveniente del guionista de The Accountant (2016), Bill Dubuque, y el productor Mark Williams. “Fue el desafío de asumir lo que básicamente sería una película de 600 páginas”—dice Bateman: “Quería deliberadamente asumir algo dramático y oscuro como director, porque estaba realmente interesado en algunas de esas técnicas que estaba observando y con las que estaba impresionado y tratando de aprender de personas como David Fincher”. «Dije que no lo hiciera un par de veces», admite el showrunner Chris Mundy, quien, en ese momento, ya estaba comprometido con terminar Bloodline de Kyle Chandler. Pero cuando la fecha de inicio de Ozark se retrasó repetidamente y Bloodline terminó su carrera de tres temporadas, Mundy estuvo repentinamente disponible para actuar como showrunner. “Bill escribió un gran piloto, y debido a que ninguno de nosotros lo había escrito, todos pudimos poseerlo juntos. Y entonces, el punto de partida fue, «OK, aquí está esta cosa, ¿qué podemos hacer con esto?” El objetivo de Bateman de dirigir los 10 episodios de la temporada 1 resultó ser demasiado ambicioso debido al tiempo y al presupuesto, por lo que se conformó con el primero y los dos últimos. Si bien dice que ahora está aún más ansioso por tener esa experiencia de “inmersión total”, su papel como productor ejecutivo le proporcionó suficientes desafíos abrumadores para mantenerlo ocupado, comenzando por ganarse a la única persona que tenía en mente para ser su compañero en la pantalla.

“Nos conocimos en Nueva York”, recuerda Linney, que ya había sido tres veces nominada al Oscar y cuatro veces ganadora del Emmy. “Solo recuerdo estar sentada allí con él y tener la sensación de, «Oh, esto es algo que debería hacer». Ni siquiera sabía por qué pensaba eso, simplemente parecía interesante”. Esta era de la televisión, ha estado, plagada de series centradas en antihéroes masculinos blancos que hacen lo que quieren y cuando quieren, mientras que las esposas de los personajes son odiadas por no animarlo a él ni a sus hazañas. El equipo de Ozark convirtió en una prioridad obligar a la audiencia a alejarse de este tipo de pensamiento de Walter White&family. Buscar en Laura Linney un papel digno de su tiempo y talento. Mundy dice que desde el principio, decidieron no incluir nunca escenas que “tienen que ser sobre cosas que otras personas no sabían”, por lo que el conocimiento de Wendy sobre el verdadero trabajo de Marty es anterior a los eventos de la serie, lo que la convierte en cómplice total de su actividad. “Estás siendo realmente tonto si no le das a Laura Linney tanto trabajo como sea posible dentro de cualquier programa del que forma parte”, dice Bateman. “Simplemente delegarla a algún cliché, el rol de esposa tradicional sería simplemente dejar un brazo atado a la espalda y no aprovechar todo lo que puede aportar a un proyecto”. Y Linney lo trajo, yendo a la ciudad con un personaje que se rompe tan mal que Wendy con frecuencia se convirtió en la cosa más aterradora de Ozark. “Ella es una madre absolutamente terrible, es un desastre y tiene problemas serios, pero nunca querría cambiar eso”, —dixit: Linney. “Es solo quién es ella”. Completando la familia principal estaban Hublitz, de 17 años (ex concursante de MasterChef Junior), como la adolescente rebelde Charlotte, y Gaertner, de 13 años (que interpretó al joven Matt Murdock en Daredevil de Netflix), como el talentoso e introvertido Jonah. “No tenía idea de quién demonios era Jason Bateman”: —dice Gaertner, reflexionando sobre su audición. Pero eso cambió muy pronto. La producción comenzó en el verano de 2016 en Atlanta, que serviría como el lugar principal de filmación (el final del piloto es una de las pocas secuencias filmadas en los Ozarks reales). Incluso con la falta de conocimiento de Gaertner sobre Teen Wolf Too, la química con Byrde fue instantánea. «La mayoría de las escenas que el núcleo familiar principal tiene juntos son escenas de cenas, que suelen ser largas y difíciles de filmar, manteniendo la continuidad de la comida y la iluminación, y escenarios para cuatro actores diferentes», comparte Hublitz, quien también probó para el papel de la protegida criminal amante de los improperios de Marty, Ruth Langmore, que fue para la futura estrella emergente, perdón, ya lo es, la gran Julia Garner. Una de las primeras escenas que filmamos juntos fue esa escena en familia en el piloto donde estamos comiendo burritos. Estábamos bromeando, conociéndonos, y así fue como todos nos unimos”. Pero Netflix aún necesitaba estar convencida, y el listón estaba alto. Unos años después de su impulso de programación original, la plataforma había encontrado un éxito temprano con los ganadores del Emmy House of Cards y Orange Is the New Black, los favoritos de los fanáticos: The Crown y Stranger Things. Mundy señala el cuarto episodio, «Tonight We Improvise», que comienza con Marty explicando el lavado de dinero y cierra con la revelación de que la persona con la que está hablando es Jonah, como lo que aseguró la confianza de Netflix desde el principio. “Esto fue casi como una especie de prueba de concepto”, explica Mundy. «Entre el guion y el primer corte, MRC y Netflix pudieron respirar un poco de alivio, como, “Está bien, al menos saben lo que están haciendo”. No significaba que a la gente le iba a gustar, pero teníamos un plan interno”. La carta del comodín de la familia Jennings (los espías rusos ochenteros, estaba por ahí).

Ozark es algo más adulto, estoy convencido, creo que USA, quería volver a ver, salvando algunos obstáculos una pequeña parte de edad de oro televisiva del inicios del nuevo siglo: Ozark fue que estaba tratando de aprovechar los rebufos de la tendencia antihéroe formada por The Sopranos, The Shield, Mad Men y The Americans pero era una tendencia que también había comenzado a sentirse de memoria por 2017. Mundy pensaba; que Ozark y Marty nunca pertenecieron a esa conversación. “No pienso en Marty como un antihéroe”, dice: “Era alguien que estaba atrapado en una pendiente resbaladiza e intentaba salir de ella y volver a algún tipo de normalidad y familia… naturalmente, no nos atrajo esa trampa, en la medida en que es un arma de doble filo, a veces te puedes cortar”. En cambio, Ozark se concentró en el matrimonio de Byrde, que en sí mismo era una pendiente un poco resbaladiza. Apenas unos minutos después del piloto, se ve a Marty viendo una grabación secreta de Wendy teniendo sexo con otro hombre subida a una red social. Es un video al que regresa a lo largo de la primera temporada, mucho después  que aquel hombre/amante muriese arrojado desde su rascacielos justo delante de Marty y Wendy. Ni siquiera el consejero matrimonial más adorable y sobornable podría resolver problemas como ese (DEP). “No soy lo suficientemente inteligente para escribir, pero imagino que si lo fuera, realmente estaría interesado en las posibilidades de conectar a dos personas en un matrimonio que comienza en el punto más bajo, a las puertas del divorcio, pero luego encuentra por una circunstancia en la que es imposible divorciarse”—reflexiona Bateman. “Eso desde el principio genera un fascinante conflicto y una obtusa tensión”. A pesar de lo oscuro que se puso el matrimonio y Ozark, en general, ese pesimismo no se filtró en la realización real de la serie. Mundy se ganó el apodo de «Grim Reaper» debido a la cantidad de personajes que se encontraron con su muerte prematura, y Linney organizó una procesión fúnebre falsa al final de la temporada 2 para honrar a todos los actores que fueron desapareciendo. Tuvo lugar en la casa de Linney en Atlanta, y el elenco y el equipo se vistieron de negro para un evento en el que Mundy elogió a actores memorables de Ozark como Jacob Snell (Peter Mullan), Roy Petty (Jason Butler Harner) y Cade Langmore (Trevor Long). Así como sus retratistas. Al crecer en un escenario tan letal, Gaertner, que ahora tiene 18 años, dice que el estado de ánimo siempre fue “muy ligero”, especialmente, cuando los momentos más pesados ​​son interrumpidos por actores que sacan selfies mientras yacen en un charco de su propia sangre falsa. Y realmente se convirtió en un gran problema. Tras las críticas positivas de la primera temporada, Bateman obtuvo nominaciones al Globo de Oro y al Emmy, mientras que Daniel Sackheim fue nominado por la impactante «Tonight We Improvise». El rumor subió un nivel con la temporada 2, especialmente cuando se trataba de la temporada de premios: Bateman fue nominado una vez más a un Emmy por su actuación, y Linney y Ozark se colaron en los campos de Mejor Actriz y Mejor Drama. Pero fueron dos victorias sorpresa las que cimentaron oficialmente el lugar de Ozark en el panorama televisivo. “Recuerdo cuando todo cambió; fue la noche en que Julia ganó como Mejor Actriz de Reparto y Jason ganó como Mejor Director”, recuerda Hublitz. “Sabía que todo iba a ser diferente a partir de entonces. Volaba de regreso a Atlanta después de una visita a mi hogar en Nueva York, y Charlie Tahan que interpreta al personaje de Wyatt Langmoreque; se había convertido en uno de mis mejores amigos, me llamó mientras me dirigía a recoger el equipaje. Uno de esos interpretes que terminó de consorte de la viuda de Jacob Snell, la enorme Darlene Snell (Lisa Emery), lleva a cabo, una de esas interpretaciones que revolucionó a crítica y público. Me había esforzado tanto por poner los premios Emmy en la pequeña pantalla del avión, pero no podía verlos. Entonces, mi teléfono acababa de encenderse, e inmediatamente me llamó y me dijo: ‘¡Hey, colega, ganó! ¡Ella ganó! “Estaba gritando frente a todas estas personas en el aeropuerto de Hartsfield”.

La tercera temporada de Ozark se lanzó el 27 de marzo de 2020, aproximadamente dos semanas después de que el mundo se cerrara y miles de millones de personas quedaran atrapadas con su historia. Para entonces, todos bromeaban diciendo que ya se habían quedado sin cosas para ver, pero luego llegaron 10 episodios emocionantes y llenos de adrenalina de Ozark. Con el apoyo de una actuación poderosa de Tom Pelphrey como el hermano de Wendy con trastorno bipolar, un magnífico Ben Davis, que interpretó (Tom Pelphrey) (RIP), la imponente y escalofriante presencia de Janet McTeer como la abogada del cartel Helen Pierce (RIP) y un suspenso sangriento e impactante, la temporada 3 obtuvo un 98 por ciento de audiencia en la webesfera. Ozark se había convertido en un fenómeno mediático, pasando de ser una obra de teatro de alto nivel para Netflix; a una de sus series más originales y más prestigiosas hasta ese momento. “En las dos primeras temporadas, recibí más comentarios, mensajes de texto y correos electrónicos de personas que no había visto en mucho tiempo”, dice Mundy. “la Temporada 3, fue menos la cantidad de personas que parecían estar mirando, pero tuvimos suerte que, la mejor temporada que habíamos hecho, hasta ese momento, también llegó en el momento en que la mayoría de la gente estaba probando eso. «Temáticamente, con unos EE.UU propio país pasando por una crisis de identidad, al igual que todo el planeta, viendo a una familia pasar por su propia crisis de compatibilidad conectada. La familia siempre fue el ancla. Estar con Jason, Sophia y Skylar, particularmente en la casa, es donde muchas de las escenas pueden simplemente relajarse y realmente encenderse. Esperando a una transformación colectiva. A pesar de que Ozark alcanzó nuevas cotas de éxito con la Temporada 3, pasaron meses antes del anuncio oficial de la renovación de la Temporada 4. Esa buena noticia vino con una advertencia: el pedido ampliado de 14 episodios más se dividiría por la mitad y cerraría la serie. Teniendo en cuenta el aumento de la audiencia, Netflix seguramente habría acogido una carrera más larga para Ozark, pero Mundy y Bateman estaban decididos en su misión original de no quedarse más tiempo del esperado. “Este es un programa serializado, por lo que es lineal: hay un comienzo, un desarrollo por medio y un final”, explicaba Bateman. “No nos detenemos porque sentimos que el interés estaba disminuyendo, nos detenemos porque logramos mantener el interés el tiempo suficiente para que Chris llegara al final que comenzó a ver desarrollarse”. “Vamos a parar, ya que sentimos que el interés estaba disminuyendo”. —Jason Bateman. Los primeros siete episodios de la cuarta y última temporada se estrenaron en enero y abrieron con la familia montada, en su SUV, a punto de dejar atrás a los Ozark y regresar a Chicago, solo para que Marty diera —repentinamente— un volantazo, para evitar una colisión, que provocó el volcado del vehículo. Rodar insistentemente. El destino de la familia queda sin respuesta, con la última secuencia de eventos aún por alcanzar hasta ese momento, pero aún ha habido drama más que de sobra. A medida que Grim Reaper continúa apilando cadáveres (RIP para el Sheriff Nix, Frank Sr., Darlene y, especialmente, Wyatt), los Byrdes intentan volverse legítimos, al mismo tiempo que se entrelazan cada vez más con el líder del cartel encarcelado Omar Navarro (Félix Solís) y su sobrino hambriento de poder Javi (Alfonso Herrera).

Marty parece haber superado todo, tratando de convencerse a sí mismo de que pueden volver a sus antiguas vidas, lo que Wendy le señala que era una mentira. “No creo que haya crecido tan notablemente más de lo que uno crecería naturalmente en el transcurso de cuatro años, cuando se tiene en cuenta el tipo de circunstancias por las que ha pasado”—dixit: Bateman.“Entonces, se ha vuelto cuatro años más inteligente. Desde el punto de vista del crimen, ha mejorado cuatro años en su oficio de lavado y manipulación. Desde el prisma familiar… se le ha vuelto un poco más difícil justificar lo que está haciendo como colíder de la casa. Eso fue parte de la tensión que estaba provocando la Temporada 3 y luego realmente culminó en la Temporada 4: Marty estaba buscando una rampa de salida, mientras que Wendy estaba duplicando la apuesta”. Eso es decirlo, de algún modo, con gentileza. Además de convertirse en una confidente de sangre fría para Navarro, Wendy también parece estar perdiendo el control de la realidad. Hizo el último sacrificio en la temporada 3 al decirse a sí misma que entregar al cartel al problemático; Ben era la única manera de salvar a su familia. Pero desde entonces, lo reformuló como un adicto a las drogas desaparecido como parte de la promoción de la nueva fundación de los Byrdes, y no está claro si ha ensayado tanto la mentira que ahora la cree. “Lo que me encanta de ella es lo astuta y emocionalmente inmadura que es”, comparte Linney. “Es una gran combinación, porque entonces tienes a alguien que está dando vueltas por todos lados, pero que es muy aguda y clara sobre lo que quiere y cómo lo va a conseguir. Ella es potencialmente muy peligrosa”. La falta de control, al menos sobre las emociones, también podría describir con precisión cómo el elenco manejó la filmación de su escena final. Apropiadamente, se envolvieron juntos como una familia; el recuerdo de ese momento lleva a Hublitz a sugerir que podría necesitar algunos pañuelos, nuevamente: “Nada podría haberme preparado para ese corte final.» Instantáneamente todos comenzamos a llorar y nos abrazamos. Solo recuerdo mirar a todos y pensar: “Vaya, estas son las personas que me sacaron de mi adolescencia”. La tradición narrativa de ver a personas comunes y corrientes verse arrastradas por el caos del crimen es tan antigua como el tiempo. Queremos estas historias ya que aprovechan nuestra fascinación por ver a las personas caer en desgracia, dejándonos preguntándonos a dónde los llevará esta vida y si hay alguna esperanza de que salgan limpios del otro lado. Esta es la pregunta fundamental que ronda la última temporada de la serie de Netflix Ozark. Durante cuatro temporadas, hemos visto a Martin «Marty» Byrde, interpretado por Jason Bateman, arrastra a su familia a un mundo delictivo que los deja cada vez con menos formas de escapar. Lo que comenzó como una forma desesperada de sobrevivir a una muerte segura ahora se ha convertido en un negocio frío pero próspero construido sobre la sangre. Con cada decisión y traición, hemos visto a la familia Byrde volverse irredimible en su insensible crueldad mientras aún se aferra a una oportunidad de salvación que se desvanece.

En esta temporada final, todo lo que necesitan hacer es conseguir un acuerdo más, y estarán limpios. Al menos, eso es lo que se dicen a sí mismos para dormir; la noche después de todo lo que han hecho. Al representar cómo sería el final de este programa después de su estreno hace más de cuatro años, uno podría ver como se estaban sentando las bases para este enfoque central. Desde los ominosos momentos iniciales donde comenzó todo el espectáculo, escuchamos a Marty, en un monólogo sobre la forma, en que había construido su existencia, en torno, al dinero como poder. Así se medía, del mismo modo, que ante un espejo antojado, viéndose en él: ese hombre y padre ejemplar que cree ser. Un discurso que se convertiría en una acusación condenatoria de todo lo que muy pronto haría pasar a su familia en pos de este anhelo de riqueza. Este trasfondo cínico cortante ha estado resonando en el fondo del programa desde entonces, una pregunta sin respuesta que quedó pendiente, mientras esperábamos que cayera el zapato inevitable. Cuando Ozark aborda esta pregunta y el descenso de la familia Byrde, es tan fascinante como siempre. Bateman ha dirigido solo dos episodios desde que ganó su Emmy, lo que abrió la puerta para que Linney y la estrella de House of Cards, Robin Wright, estuvieran entre los que se colocarían detrás de la cámara en la temporada 4. Pero no iba a perder la oportunidad de volver a la silla del director para el final y terminar lo que empezó. Marty y Wendy cada vez ya no se esconden detrás de una falsa sensación de bondad. En cambio, han abrazado por completo su naturaleza grotesca con una desvergüenza que es tan enfermiza, como destacada en la forma, en que se expone nuestra propia capacidad para el mal en un mundo que lo recompensa. Los momentos clave y los cortes establecen cómo viene el arreón. Dejando muy claro que la tragedia es inevitable para cualquiera; que entre en contacto con ellos. Un pequeño instante pasa notablemente de una escena de tortura a la preparación que se está realizando para una recaudación de fondos de la fundación, poniéndolos en una conversación clara entre ellos, como si estuvieran interrelacionados. Ozark ya es parte de la historia de la TV de USA. Todos los premios de la industria audiovisual más prestigiosos los tiene; es lo de menos. Mientras, el menú que nos proporciona se instaura cómo, el barniz brillante, que lo sustenta, sobre eso que han construido para sí mismos, en la sociedad educada; Marty y Wendy son tan malvados como las personas de las que inicialmente huían. En cambio, un ingenuo como yo, sigue viéndooslos como esos encantadores vecinos de urbanización —que todo el mundo iría encantado, a cenar, en su casa— con un ramo de flores y una botella de Pingus. Gracias a los Byrde por tan buenos momentos y disfruten de esta serie todos aquellos, que todavía, no hayan devorado este delicioso beluga. Además en redes musicales de prestigio está su excelente Soundtrack, un selección de canciones, que son historia de la música contemporánea. Nota:8,8

Tokyo Vice (2022) «Michael Mann y un periodista en la noche Yakuza»

Hay un desafío inherente a la hora, de llevar a cabo, la contratación de una leyenda viva de la dirección cinematográfica para dirigir el primer episodio de una serie de televisión, ya sea, porque sea potencialmente sólo una serie limitada o tenga las piernas musculadas, para funcionar durante años. Si se ha contratado al director; es probable que esté allí para llevar su estilo particular a la pequeña pantalla. Ese toque personal tan especial, que podría convertirse en un obstáculo, para quienes dirijan episodios futuros. ¿Puedes replicar el estilo de otra persona? Uds., tienen la respuesta. El nuevo drama de HBO Max Tokyo Vice (2022) se encuentra en un punto crítico —concretamente— difícil destino, tras el final de su episodio piloto, porque como muchas series y films de prestigio, tiene un gran nombre detrás de la cámara: nada menos que el ínclito Michael Mann de Heat (1995), Collateral (2004), The Insider (1999) y, ¡Síii! «Miami Vice»(1984), tanto el programa de televisión como su conversión en film de culto Miami Vice (2006). Un cineasta querido y trabajando dentro de un género que ha manejado en muchas ocasiones, y al que, en este capítulo debut le da un toque con relativas reminiscencias de la fascinante Black Rain(1989), de  otro cineasta en activo y portentoso: Sir Ridley Scott con un Michael Douglas altanero y estupendo. El dibujo de la industrial y futurista Osaka, es la ciudad nocturna que nos pinta: fascinante e hipnótica; tan imponente y grandiosa como decadente y sórdida. Y la maestría no se limita a la fotografía: inolvidable es también su densísima atmosfera sonora (apabullante el festival de sonido de la factoría metalúrgica). Completaba aquel trío protagonista un soberbio Ken Takakura en el papel del adusto agente Matsumoto. Sato (Yusaku Matsuda), un peligroso Yakuza. Todo ello sazonado de una espléndida BSO de un incipiente y joven Hans Zimmer. Sin embargo el título de «Tokyo Vice» implica similitudes temáticas, el programa rara vez alcanza las alturas de su episodio inicial. Sorprendentemente, se debe menos a quién está detrás (o no detrás) de la cámara y más a la figura central en la pantalla.  Michael Mann regresa a la escena del crimen urbano de la pantalla chica con Tokyo Vice, cuyo título implica una conexión con su icónico éxito de los 80, Miami Vice. Empleando, todo lo citado anteriormente, a su repertorio de líneas visuales diagonales, grades enfoques profundos y primeros planos intensos. A menudo enmarcados contra las caras de sus sujetos o sobre sus hombros derechos, para crear un compromiso contundente con la acción en cuestión. Hay una fugacidad dinámica en su trabajo de cámara de mano, que se desliza y hace zoom con cristalina nitidez, y eso se combina con una estructura de montaje rápido, pero sin ser apresurado; su corte sugiere miedo, frustración, alienación, agotamiento e ira sin necesidad de una sola palabra correspondiente. Nadie filma un club nocturno u (transmite la forma en que el poder y el deseo fluyen entre los clientes) como Mann, utilizando sutilmente la luz, la sombra y las siluetas para establecer su entorno sombrío, donde nada es exactamente lo que parece. La base estética que establece para toda la serie es, de hecho, tan conmovedoramente económica y equilibrada que es casi inevitable que las siguientes entregas, aunque hábilmente dirigidas por Josef Kubota Wladyka (Catch the Fair One y The Terror) y Hikari, no puedan igualar el estilo: la impresionante elegancia del estreno.

Sí, como el titular y la foto de este post, es obvio, que nos dejan, al protagonista de Tokyo, el estupendo actor Ansel Elgort, en el papel del periodista y creador de la historia, que tratamos, en de la vida real, Jake Adelstein. Su libro, del mismo nombre, sirve como fuente de inspiración a todo el proyecto. Elgort, dependiendo de cómo se mire, está en lo más alto después de haber protagonizado la superlativa nueva versión de West Side Story (2022) de Steven Spielberg, o se está convirtiendo en una especie de persona non grata en la industria, después de que se le imputaran acusaciones de agresión sexual en los últimos dos años. Dejemos el hilo de los folletines corales de Hollywood, porque estamos hablando de un producto audiovisual notable. Siguiendo el recorrido visual de su presentación de la mano de MM, él, nunca dirigió técnicamente episodios de su icónico programa policial de los 80 Miami Vice. Amén, de descartar la estética visual de la vieja serie de culto con la nueva serie, que tenemos delante. Tokyo Vice es una historia muy diferente a la de Miami Vice. A pesar, de pequeñas esas pequeñas complicidades. El Tokio de principios del siglo XXI (la mayor parte de la primera temporada tiene lugar en 1999) parece haber sido construido para que Mann lo filmara, con sus abundantes superficies frías de vidrio y metal, y su abundante señalización de neón. Hay planos realmente magníficos, particularmente, una de cuatro trenes diferentes que pasan por el mismo lugar a la vez mientras un hombre está de pie enmarcado por todas las vías; la cámara se retira y vemos que el hombre ha sido asesinado a puñaladas por una cuchilla anticuada, en contraste con este telón de fondo moderno. Al igual que cuando estamos en la sala de redacción del periódico, el club de anfitrionas, la comisaría o uno de los lugares de reunión del equipo de Sato (curioso nombre el del malvado), ese primer episodio proporciona otro ejemplo de la eficacia con la que Mann describe a las personas siendo buenas en su trabajo. También saca a relucir una vivacidad en Elgort que no está del todo presente cuando da paso en episodios posteriores a los directores Josef Kubota Wladyka y Hikari. La aceleración y capacidad enérgica de la serie, en su conjunto, desciende y se vuelve más accesible y previsible: la trama se apoya en clichés de múltiples tradiciones de la cultura pop. Pero en Tokyo Vice, Jake Adelstein está destinado a ser lo suficientemente astuto como para detectar una conspiración más grandiosa que va más allá incluso de una serie de muertes misteriosas muertes —que la mayoría de los policías japoneses— se niegan a explorar como asesinatos (incluso en el caso de uno en el que un hombre fue asesinado). Claramente apuñalado y, sin embargo, lo suficientemente ingenuo como para no darse cuenta, aunque demasiado tarde —que su investigación traerá daños colaterales desgarradores. Resumiendo,  Jake está destinado a ser un personaje muy tridimensional, pero que se lee como mucho menos participativo debido a su estilo. No debería ser tan agradable ver a Jake, en un episodio de mitad de temporada, ser golpeado un poco durante una lección de artes marciales. Y sin embargo, ocurre. Michael Mann, así como los otros dos directores, Hikari y Josef Kubota Wladkya, que dirigen los otros cuatro episodios, dan vida a ese Tokio de una manera tan cautivadora que a menudo es tan agradable ver este programa como participar, en el modo de esa vida, tan espítico y embriagador a golpe de neón.

Basada en el libro de no ficción del periodista Jake Adelstein, la serie lleva a los espectadores a las profundidades del sórdido Tokio de los 90. El día que Adelstein fue contratado como reportero becario para Yomiuri Shimbun, describe haber sido tomado bajo el ala de Sekiguchi, un detective mayor. En 1993 Adelstein fue inicialmente asignado al «pegajoso» Saitama, y las memorias cubren los siguientes doce años como miembro del personal del periódico, describiendo semanas laborales de 80 horas, la complejidad de las relaciones e interacciones entre los reporteros del crimen y la policía. Los casos específicos involucran la búsqueda del asesino de Lucie Blackman, y las memorias también detallan las amenazas de muerte, una vez que  publicó un artículo sobre Tadamasa Goto. También descubrió que la prefectura de Saitama estaba alterando los datos científicos sobre la contaminación con dioxinas. Cualquiera que sea el caso, Elgort logra impresionar una vez más con la variedad de sus actuaciones acompañadas de su estupenda apariencia juvenil. Sus mechones más largos y rizados en Tokyo Vice denotan un tipo de personaje muy diferente al que ha interpretado antes. Elgort dixit: —Michael Mann, establece un ambiente atractivo y particularmente elegante que me atrajo de inmediato. La serie se distingue de la amplia gama de series en streaming  al proponer, un elegante, prestigioso y especifico rodaje todo realizado en Tokyo ciudad completamente filmada en Tokio. Jake parece tranquilo y sereno, e insiste en encender un cigarrillo primero para pensar las cosas que tiene en mente.  Tokyo Vice está lleno de algunos personajes excepcionalmente bien escritos y fascinantes. La vida hogareña de Hiroto Katagiri (Ken Watanabe, The Last Samurai, Memorias de una Geisha, Inception) con su familia es encantadora y lo hace querer significativamente contra su duro exterior. Sato (Sho Kasamatsu), uno de los capitanes de las pandillas, está obsesionado con los Backstreet Boys hasta un punto hilarante. Su amor me hizo dudar del significado lírico que había detrás de «I Want It That Way», en el que creo que nunca había pensado tanto. Como la única protagonista femenina, Rachel Keller (Legion y Fargo) interpreta a Samantha, una anfitriona que trabaja en el club nocturno Onyx y anhela escapar y abrir su propio club. No quiero pasar por alto otro de esos personajes femeninos que divaga entre el concubinato y contoneo de la femme fatale occidental que se sobrevive entre los gangs yakuzas, la hermosa Polina, que interpreta la joven actriz Ella Rumpf (Freud y Succession). En un proyecto menor, uno asumiría de inmediato que se convertirá en el interés amoroso de Jake, pero ese no es el caso aquí, ya que los escritores optan por darle a Samantha un papel mucho más jugoso e intrigante en la historia más amplia que se desarrolla. Es cierto que Tokyo Vice es una serie lenta; que se toma su tiempo en todas las formas imaginables. Juega las cosas de cerca, con cuidado de revelar cada nueva información justo cuando es el momento adecuado. El showrunner del proyecto; J.T. Rogers se sumerge profundamente en los personajes principales y colorea el mundo de Tokio con una energía vibrante que supera la intención turística. Se siente como una comprensión clara de este mundo y cómo funciona, o al menos el propio punto de vista de Jake para comprender su funcionamiento interno. A medida que el recuento de cadáveres sigue aumentando, el peligro acechante amenaza con acercarse tanto a Jake como al espectador. Cuando comienza el segundo episodio, se nos regala una introducción adecuada que actúa como un tapiz en movimiento del arte japonés. Una audiencia docta y con buen gusto artístico y cinéfilo, que sea paciente, va a ser una experiencia placentera el visionado de Tokyo City. Se trata de periodistas, mafiosos, policías y chicas de bar, gente que sabe cómo presionar botones para obtener lo que necesita.

Otro de los grandes aspectos más interesantes del show es el hecho de ver a un Elgort algo perdido en los primeros episodios, lo que hace que en su estreno, se sienta más, como un cuento anticuado de «pez fuera del agua» o «choque cultural» de lo que se convierte finalmente el programa cuando Jake se adapta a su papel único en el periódico y los escritores permiten que otros personajes tengan recorrido que ofrecerle; más allá de cómo impactan al protagonista blanco. Mientras convence a su editor para que investigue una serie de suicidios en la ciudad, tiene la costumbre de parecer enterrado en el material, pero eso podría ser parte del punto: que ésta es la historia de un joven que fue empujado a un mundo eso era mucho más complejo de lo que podría haber imaginado y encajaba con la mirada ocasionalmente perdida de Elgort. El chico de Missouri padece haber mudado su funda, como una serpiente de su vieja América y comienza a ser otro alfiler, entre los pasos de cebra, abarrotados de ejecutivos con gabardina beige, que saluda a los compañeros. No está de menos, mencionar al resto del elenco que configura la estupenda Tokyo Vice, el inefable, Ken Watanabe —citado anteriormente—, como el veterano detective de la división del crimen organizado en Tokio que se hace amigo de Adelstein, ayudándolo a investigar algunas historias relacionadas con un inframundo Yakuza que es tan poderoso que básicamente pueden dejar cuerpos asesinados a la vista y saber que nadie informará la verdad sobre ellos. Watanabe aporta un centro de gravedad que equilibra  que da aplomo al  enfoque de joven cachorro con los ojos muy abiertos de Elgort; lo que permite que el programa se convierta en un extranjero que puede meter con más facilidad su cabeza más de lo que implica el incómodo estreno. De hecho, el programa se enriquece a medida que se aleja de la cultura japonesa que Adelstein no comprende plenamente y deja que los personajes se desarrollen en ella. Tomemos como ejemplo al joven soldado Yakuza llamado Sato, interpretado por la futura estrella Shô Kasamatsu, quien ofrece una de las actuaciones más impresionantes de un recién llegado a la televisión en años. La historia de Sato es más interesante que la de Jake, pero el programa realmente se eleva cuando los empareja, ya sea por escenas directas, en las que tienen una fascinante química de amigos o en lo que podría considerarse pistas paralelas, de dos jóvenes aprendiendo las cuerdas de sus organizaciones. Kasamatsu es fascinante, brindando una actuación que nunca es llamativa pero imposible de quitar de la vista. La relación de Jake con Katagiri se desarrolla al mismo ritmo gradual y natural que su vínculo incipiente con la anfitriona del club nocturno Samantha (Rachel Keller) y su cliente cariñoso frecuente, el secuaz del capo Ishida, su machaca, Sato (Show Kasamatsu). Tanto Samantha como Sato están en su propia agua caliente, la primera debido a un pasado que no permanecerá oculto (lo que amenaza sus grandes planes para el futuro), y el segundo debido a las crecientes tensiones entre Ishida (Shun Sugata, magnífico actor con gran recorrido en Japón) y Tozawa (Ayumi Tanida, otro fantástico actor japonés). Un triángulo amoroso entre Jake, Sato y Samantha parece inevitable, pero al menos en sus primeros cinco capítulos, Tokyo Vice se niega a recurrir a giros inesperados. En cambio, su enfoque principal está en la navegación de sus personajes por un entorno plagado de misterios enterrados bajo capas de rituales y códigos de conducta, el más apremiante de los cuales, para Jake, se refiere a las muertes antes mencionadas, que deduce, podrían están vinculadas a un préstamo.

El choque entre el individualismo de Jake y el respeto de la sociedad japonesa por la lealtad, la obediencia y la conformidad es central en Tokyo Vice, cuyo drama se ve reforzado por su familiaridad con las costumbres culturales cotidianas. El show se preocupa, tanto por cómo se siente vivir en Japón, especialmente, como estadounidense, como por las complejidades de los dilemas del código Yakuza, de Jake y Katagiri. Al proporcionar una entrada a un mundo extraño que es a la vez fácilmente reconocible y, sin embargo, difícil de comprender por completo (una noción amplificada por el diálogo que está predominantemente subtitulado), la serie genera seducción al provocar constantemente cosas tentadoras: bombas, peligro y una mayor comprensión del tiempo de su entorno. Convenciones honradas, sin recurrir jamás a exposiciones aburridas o tramas toscas. Al igual que la versión cinematográfica de Miami Vice de Mann, Tokyo Vice está enamorada de la noche y, en particular, de las imágenes de hombres resueltos paseando por calles oscuras y locales nocturnos iluminados con luces de neón. En ese y muchos otros aspectos, juega como una serie de novela negra sobre la búsqueda de uno mismo y la verdad por parte de figuras demasiado convencidas de sus propias habilidades, demasiado comprometidas con sus propios principios y demasiado acosadas por sus propios demonios para preocuparse por el peligro que corren. Mann vuelve a cortejar un territorio que conoce mejor que la palma de su mano y se siente muy cómodo. Es un trabajo de puro romanticismo manierista de la vieja escuela machista —no apta, para los bienpagados del casoplonismo— de intrépidos seductores, uno en el que los cruzados, hacen lo que saben y actúan porque es necesario. De igual modo, que se sienten culpables por sus errores, pero siguen adelante. Un proceso que, como Katagiri le deja claro a Jake, por regla general, requiere de una buena dosis de alcohol —como los tipos duros de parvulario del Noir japonés de los 50— para aliviar el dolor y la frustración de un mal día. Empero, la belleza que dispara esta serie prodiga entre la mística y el relativo glamour del estilo de vida Yakuza, es decir, al otorgar el mismo enfoque a la brutalidad de la fuerza bruta de este mundo y al costo emocional que afecta a todos, desde las víctimas de la Yakuza hasta las familias de los miembros individuales. En el fondo, Tokyo Vice esboza un retrato más amplio de la sociedad diversa y competitiva de aquel Japón que deslumbraba al resto de países desarrollados al convertirse en la primera potencia económica de los 70 y 80. Una hegemonía económica mundial que duró hasta el cataclismo de 1989, corporaciones y multinacionales implicadas en escándalos que quebraron el orgullo de una nación triturada tras la IIGM y levantada de sus cenizas. La crónica de un hundimiento que ha dejado un nuevo mapa de la globalización de la economía y la forma de relacionarse un país, donde, política y clanes mafiosos son parte de este intenso recorrido. La despensa que surtió de grandes chorros de tinta la obra de Adelstein, el cual,  refleja parte de ese retrato sociológico y antropológico. 30 años después, la economía del sol naciente, aún no ha levantado cabeza. Su vecino de enfrente, la China maoísta adicta al capitalismo, le ha robado la cartera. De igual modo, que la épica de sus malvados Yakuza son parte del escenario más cercano al postureo de Instagram; que la ferocidad criminal que inspiró grandes obras audiovisuales. Aquella que operaba en las sombras de los rincones más opacos de una sociedad hermética y herida; son carne de geriátrico y redes sociales. Nota: 8

Thirtysomething (1987) “35 largos años”

Los ochenta tuvieron muchos espectáculos por excelencia que traen una sensación de nostalgia y afecto durante una década definida por Blade Runner, la guerra contra las drogas de los Reagan y los carteles colombianos, el auge del Glam Metal, la vieja URSS saliendo por piernas de Afganistán, el Live Aid, los megaconciertos de Madonna, la caída del muro de Berlín, y por ultimo, la llegada de los Yuppies a Wall Street. Programas como The Cosby Show, Beauty and the Beast,  The Golden Girls, Cheers y Growing Pains fueron los más populares en 1987, y dramas, como In the Heat of the Night, LA Law y Dallas entraron entre los 25 productos más vistos de la historia de la televisión de los EE.UU. Una vez que los DVD se hicieron populares, a finales de los noventa, multitud de estos populares programas de los ochenta comenzaron a lanzarse a un ritmo prolífico hasta nuestros días. Curiosamente, como muchos otros teleadictos, se quedaron esperando a una de esas series que cautivaron a un montón de treintañeros, pero no aparecía.

En septiembre de 1987, ABC estrenó Thirtysomething, un drama colectivo sobre un grupo de protoyuppies babyboomers lidiando con la angustia por la hermosa Philly. El programa se centró en Hope Murdoch (una joven licenciada por Princeton en literatura, que deseaba ser escritora, algo que se quedó en el camino por la crianza de su hija)  y Michael Steadman (interpretados por Mel Harris y Ken Olin), una pareja casada, bien educada, que se enfrenta a un nuevo bebé, una casa y un negocio en los suburbios de Filadelfia. Sin embargo, es la historia de la familia y los amigos de Hope y Michael lo que le dio al programa su alma y complejidad. El socio comercial de Michael, Elliot Weston (Timothy Busfield), está lidiando con su matrimonio fallido con Nancy (Patricia Wettig). El profesor Gary Shepherd, papel que desempeñó Peter Horton, el cual, es el mejor amigo de Michael. Siempre, aturullado, por una intensa fobia al compromiso con las mujeres y el mundo académico.

Su anterior relación del pasado, con la prima de Michael, Melissa Steadman (Melanie Mayron), esa fotógrafa creativa que buscaba al Sr. Perfecto, se ha convertido en una profunda amistad. Ellyn, interpretada por la voz áspera, de Polly Draper, completa el conjunto como la mejor amiga de Hope impulsada por la carrera, que constantemente reevalúa y reconsidera una relación con su jefe, Steve Woodman (Terry Kinney). Cada personaje tiene sus propias luchas de vida que enfrentan cada semana, pero son sus relaciones entre ellos; las que elevan a los treintañeros a una imagen compleja y concreta de lo que significa tener «treinta y tantos» y aceptar quiénes son tú y los más cercanos a ti, como se han ido convirtiendo por el paso del tiempo. La fuerza de los treintañeros reside en la increíble escritura de unos de esos guiones considerados de manual por su virtuosismo. Muchos pensaron en el espectáculo como un festival de lamentaciones y de quejas, muchas de ellas, parte de la vida de la gran clase media norteamericana.

En nuestro caso, es una clase media, tirando hacia el escalafón alto. Cuestiones tan peregrinas como: ¡Joder, la casa tan hermosa que compraron los Steadman es una ruina de reparaciones, siempre hay que estar haciendo chapuzas!¡Anda, tú que tener que quedarse en casa con su hija, aunque extrañe la carrera que amaba, no siempre es tan satisfactorio como a uno le gustaría! ¡Qué, estás en la treintena y eres dueño de tu propio negocio, pero no es tan sencillo como pensabas que sería! ¡Te jodes! ¡Puedes llorar todo lo que quieras! Pero esa actitud descarta lo que hace que el programa sea tan grandioso. No todo lo que nos pasa siempre es malo, ni siempre lo mejor de lo mejor. La vida es una constante de altibajos e incesantes desafíos que residen, en cómo pelear el día a día en ella, y a quién recurrir en busca de apoyo. Si hablamos de las personas indicadas o que tu supuestamente crees.

A veces, van saliendo las cosas y pasa, la propia vida. Cuando te das cuenta, casi toda. Las relaciones en el programa son tan aterradoramente realistas, que muchos de los veinteañeros —que la veían— estaban en sus primeros años de universidad, devoraban la serie con pasión (posiblemente, muchos de ellos hubieran sido incapaces de relacionarse con los personajes, pero no podían dejar de hacerlo, figurativamente) pegados a la televisión para presenciar el viaje episódico. Aquellas relaciones eran desordenadas y los personajes cometían errores, pero ser capaz de retratar con precisión eso a través del diálogo y la trama, y aun así sentir algo por estos personajes, no fue una tarea fácil, lo cual, elevó el listón en cuanto a lo que constituye un drama televisivo de calidad. En estos días, ver treinta y tantos significa ver un programa que de alguna manera fue pionero en una gran cantidad de cosas que aceptamos como vitales para nuestro concepto actual de buen drama televisivo.

Pero también es un programa que se ha olvidado en su mayor parte, tal vez porque nunca recibió el elogio de la crítica universal que obtuvo el igualmente influyente Hill Street Blues, simplemente, porque los conflictos comparativamente puedan parecer más pequeños. Aunque los personajes ocasionalmente pueden parecer demasiado quejumbrosos, una acusación común contra la serie, Treinta y tantos hace un buen trabajo, en última instancia, basando toda la angustia en la pregunta central que tienen estas siete personas: ¿Qué significa tener que crecer? Especialmente en los primeros episodios de la temporada, existe la sensación de que los creadores Marshall Herskovitz y Edward Zwick se están esforzando demasiado para que algunos de estos conflictos se ajusten a la narrativa televisiva de la época. Los escritores incluyeron a gente del calibre de Paul Haggis, quien ganó un Emmy en 1988 y luego hizo la película ganadora del Oscar «Crash», así como Ann Lewis Hamilton y Joseph Dougherty.

Si no me equivocó la serie ganó entre 1987 a 1991, un total de 4 temporadas y 85 episodios. 5 nominaciones a los Globos de oro, ganó 1 y 42 nominaciones a los Emmy, donde obtuvo 7 premios. Vamos, está entre las más Top. A fin de cuentas, treinta y tantos se sostiene mucho mejor que la mayoría de los dramas de su época, principalmente debido a la pequeña escala de su narración y al deseo de evitar el tipo de historias sociopolíticas populares en otros dramas de la época. Si bien los adornos de la época han cambiado, los conflictos centrales, no. De hecho, en su devoción por las pequeñas historias contadas con un pequeño equipo de escritores (en su mayoría amigos de los creadores) y un pequeño elenco (de nuevo, en su mayoría amigos de los creadores).

Treinta y tantos se siente como si se presagiara la revolución del cine independiente, de los años 90. En cierta medida, contribuyó a un determinado tipo de cine, muy cercano a cineastas como Richard Linklater o Edward Burns. Empero, casi un cuarto de siglo después, el DVD de «treinta y tantos» promete exponer a una nueva generación a Michael, Hope y sus amigos. En esta ocasión, será un capricho exótico para milenials inquietos. No obstante, los creadores fueron resolutivos en una cuestión, que se preguntaba medio planeta: no habrá «cincuenta y tantos». «Todos tenemos hijos mayores y los problemas son muy diferentes», dijo Zwick. Además, bromeó, en estos días no se puede detener “el horror de verse a través de la tecnología UHD”, ya que los actores tienen que mirarse a sí mismos, en comparación con lo que eran antes». Es una putada, pero la vida, también va de eso; envejecer. Nota: 7,6

1883 “Cuando Taylor Sheridan creo su Far West”

La carrera de Taylor Sheridan —si sigue a este ritmo— será materia de estudio en las mejores escuelas de cinematografía. Un tipo, reinventado desde su mediocridad o quién sabe, si su mala suerte, en los repartos de castings, como actor secundario y terciario. Ahora mismo, es un reciclado guionista, productor y director de prestigio mundial. A ello, súmenle la producción de la serie de más vista de la TV digital, desde Walking Dead, el culebrón del rancho Yellowstone y su patriarca, Kevin Costner: una leyenda de los 80 y alma mater de la regeneración de un género perseguido por la desconfianza en la década de los 80. Sheridan, desde su nominación al Oscar por «Hell or High Water»(2016) su vida ha ido como un misil. Al año siguiente, rueda su primer film Wind River (2017) y lo bordó. Lo que sigue, es de sobra  conocido por muchos de Uds., quienes, habrán visto y leído lo que ha hecho, a través de la webesfera. Sheridan tiene su modus operandi, del cual, no se sale una línea, y siempre lo pone de relieve. Le gusta dirigir el episodio piloto y escribe todos los episodios, del tirón. Hasta ahora, en todos sus proyectos televisivos, narra  historias sobre personas, corrientes y sencillas; que viven con el medio que les rodea. Suelen ser habitantes de esa otra América de los estados más duros, donde las comunidades de nativoamericanos, tienen sus espacios y sus miserias. Los territorios donde, es fácil, ver osos Grizzlies en la puerta de tu casa. Gente ruda, curtida y dependiente del sector primario, como lo es ese Medio Oeste. Ganadería y extracción de recursos energéticos. Tipos duros y mordaces que sobreviven, su día a día, muy alejados del mundo tecnológico y mediático de las grandes urbes de la costa este Atlántica y la del Pacífico. Sheridan narra ese oeste, donde el tiempo, parece haberse parado por arte de magia. La época de las personas autosuficientes que vivían de la tierra y la supuesta pureza de estos días, antes de que el progreso, la tecnología y la cultura moderna nos pusieran en el camino de la agonía de los microchips.

Taylor Sheridan, tiene un ego muy grande. Ahora, en la cúspide, siempre aprovecha algún momento dentro de la historia, en la que esté imbuido, para realizar el cameo de turno, y la verdad, que en Yellowstone, durante la 4ª temporada ha desempeñado un papel muy curioso de estrella del rodeo americano. Mostrando sus habilidades a los lomos de hermosos corceles por los torneos de rodeo del país y publicitando el rancho de Kevin Costner. El propio Costner dixit:”—Travis, es muy bueno.” Bien, ese Travis, ya tiene una productora y ahora, mismo un show pendiente de su 5ª temporada, la adrenalínica y carcelaria Major of Kingstow (2022), un nuevo spin-off del rancho Yellowstone que se llamara 6666. Y, esencialmente, la joya que pasamos a comentar, el inicio de todo esto: el clan de clanes de los Dutton de Montana, en el año 1883. Cuando el abuelo de Kevin Costner en la ficción se envolvió de coraje y espíritu aventurero, a la búsqueda de un nuevo hogar en ese Far West, al que Sheridan no quita ojo. No obstante, 1883 tiene los personajes, el alcance y la visión para convertirse en un nuevo y emocionante drama de aventuras de pioneros, explorando las dudas y anhelos, de esa tierra prometida y de joven nacimiento. Toda la crítica se ha puesto en pie para aplaudir este nuevo trabajo que es un western con influencias Fordianas, Eastwoodianas, y Malicknianas “Days of Heaven”(1978). Por momentos hay dos películas y una miniserie de Walter Hill,  que al cinéfilo de pedigrí le vienen a la retina.  Westward the Women (1951) by William A. Wellmnan, Wagon Master by John Ford (1950) Clint Eastwood Unforgiven (1992)  y Broken Trail (2006) by Walter Hill. ¿Taylor está tan empapado de semejante cultura westernmaniaca?

Lo que es evidente, es que sabe lo que quiere y lo tiene claro. Vemos que los dramas interpersonales que crea dentro de estos entornos (las complejidades emocionales, los lazos y las lealtades de la familia, los intrusos del exterior, las maniobras para los juegos de poder y los hombres obstinados que se reproducen como la pólvora en estos lugares) más hostiles, son muy conocidos, aunque nunca formulados. El Oeste, el Viejo Oeste, el Medio Oeste y el Lejano Oeste son lugares que él parece entender de forma innata, y sus sutilezas, distinciones y matices son ricos territorios en los que indagar. La esposa de Dutton, Margaret (Faith Hill), y su familia; incluida la hija mayor, Elsa (Isabel May) y el pequeño John (Audie Rick, el padre de John Dutton (Kevin Costner, décadas más tarde)  llegan a la ciudad en tren. Con ellos está la hermana de James, Claire (Dawn Olivieri) y su hija. Elsa quiere beber en cada experiencia, hasta el punto en que se enfrenta a su madre por casi todo. Pero cuando Dutton apenas puede salvar a Elsa de ser violada por un patrón borracho del burdel de abajo se da cuenta de que viajar con Brennan y ayudar a proteger a los colonos germanos y centroeuropeos puede beneficiar a su familia, y, seguir el camino hacía ese lugar mítico, en las tierras del nuevo Oeste. Taylor Sheridan creó 1883 como precuela de su exitosa serie. Pero también tiene buscó esa violencia de, entorno extremo, en cada lugar que se encontrarán por el camino, recordado al realismo de la genial Deadwood (2004) By David Milch, principalmente gracias a la presencia de Sam Elliott en el papel de Shea Brennan que es el perfil de un hombre marmóreo de mirada gélida y de un gran sentido del honor. Su palabra la cumple y siempre va de frente. La guerra y las epidemias acabaron con su familia. Está solo y eso se ve en sus ojos fríos y tristes: el dolor y la pena de Brennan, lo convierte en un personaje cautivador. Obviamente, Sheridan, está encontrando los puntos de encuentro, entre los grandes jefes de esta epopeya, Elliott y McCraw.

El desafío es un reto para Elliott, ya que su ánimo está roto, para McCraw una utopía; el hogar del héroe. El mero hecho de que no sobreviva nadie en este viaje, no significa que se pueda intentar. Le espeta su fiel compañero, Thomas (LaMonica Garrett), un agente de Pinkerton —personaje afroamericano con galones— (también conocido como una fuerza policial independiente estadounidense) a los que se les ha confiado un trabajo —que les paga— por guiar a una gran masa de inmigrantes europeos a Oregón para que puedan asentarse en algunas tierras (da la sensación que Montana parece ser el destino final, por lo de ser los ancestros del famoso rancho de “Yellowstone”, aunque el estado nadie lo menciona en estos cuatro capítulos. Sólo, Oregón o vagamente Wyoming.) McGraw hace un buen trabajo como Dutton, un hombre decidido a encontrar su parte de la frontera y asentar a su familia. Nos sorprendió que Hill, que tiene algunos créditos de actuación, pero nunca antes habíamos visto interpretar a nadie más que, a sí misma, como la enérgica Margaret, un excelente trabajo, y no sólo en las secuencias en las que McGraw y Hill están juntos. Empero esas escenas muestran la química que tiene la pareja casada desde hace mucho tiempo en la vida real. También, ha causado gran entusiasmo Isabel May, cuya voz, Elsa, es la que escuchamos narrando partes del episodio. Desde su perspectiva, ya que se emociona, con las posibilidades de explorar más allá del «borde de la civilización», como dice la voz en off. Como vemos en la escena del flash-forward, ella puede parecer angelical pero no le tiembla la mano, a la hora de defenderse, y puede terminar, siendo la que realmente consolide la presencia de los Dutton en Montana. Si Sheridan es capaz de acelerar el ritmo en el futuro, tiene una hermosa historia, que convence a público y crítica.

No podemos dejar pasar por alto, esa off poética, de Elsa. Aparentemente arrancada de las páginas de la voz en off de Linda Manz de Days Of Heaven (1978) de Terrence Malick. Si bien hacer que toda la perspectiva de la serie desde un punto de vista femenino (la cosmovisión adolescente de Elsa y cómo admira a su padre y a su madre, pero también siente curiosidad por el mundo que la rodea) es una buena manera para que Sheridan cambie el semblante de su rostro generalmente escarpado y abrir su espectro de nuevos espectadores. Sin importar su condición de género o identidad. Mundos varoniles y machistas empapados de testosterona de la vieja escuela. Empero, la voz en off, en sí misma, es sutil, depurada  y preciosa. Gran parte de toda esa belleza es obra de su operador de cámara habitual, uno de los mejores de su generación, Ben Richardson, además de director de algunos episodios. Este año ha estado nominado al Emmy por Mare Easttown (2021). Otro golpe de efecto, es el score musical, que hereda acordes de la magnífica Soundtrack de Brian Tyler, ya es su músico de referencia, y en el cine las composiciones de Cave&Ellis o la diseñadora de vestuario Janie Bryant (Deadwood o Mad Men). Más importante aún, es simplemente extraño y provoca que los ojos se pongan en blanco: cada vez que Elsa de May comienza sus soliloquios silenciosos y entrecortados sobre las realidades hermosas, aunque haya mucho de lo horrible y la crueldad del mundo. El espectador quizá pueda sentir el esfuerzo por no desconectarse de la textura de la excelsa fotografía. Hay planos muy hermosos entre los largos cuernos y el desfile, a pie, de los inmigrantes más fuertes, y sus familias tirando de carreta. Dando ese rictus de austeridad e inclemencia a una expedición, en constante alerta. La hostilidad es una constante y la necesidad de manos nuevas que aprovechar: un regalo. Como la aparición de hombres experimentados para acompañar a su grupo, Shea Brennan reclutó al reacio y taciturno patriarca de Dutton, James, a regañadientes. Ya que necesidad de un tipo experimentado en mil correrías, y éste, es un viaje calamitoso. Muy necesitado de manos veteranas, a pesar del folio de amonestaciones del quisquilloso Brennan.

Durante el itinerario la fricción entre Shea Brennan y John Dutton es patente. Llegándole a espetar el hierático Elliott; “tú no eres un empleado y no se te paga”. Duttón tiene una familia y un millón de sueños como  futuro granjero hacendado y la forma de  ganarse la vida en el Oeste. Ello, hace que baje la presión y termine por alinearse con S.Brennan, por ahora. Sin embargo, No hay un líder claro y los dos hombres chocan constantemente, a pesar de tenerlas tiesas,  hay un sentido del respeto mutuo entre ellos (una tensión que vale la pena que se siente como mejores amigos en la creación, sino como los líderes de una travesía larga y difícil de llegar al deseado Oregón). A diferencia de algunos de los hombres que finalmente se unen a los vaqueros de Brennan, como los jóvenes y engreídos cowboys, Wade (James Landry Hébert) y Ennis (Eric Nelsen), Ya que hay que añadirle un considerable número de cabezas de ganado salvaje, que sirve como despensa móvil y recambio de semovientes. El joven Ennis se está enamorando rápidamente de la joven hija de Dutton. Este en vista del panorama que se le viene, decide tomar partido en la contienda y se le acerca al cowboy para aflojar tensiones; advirtiéndole que puede cortejar a su hija, siempre que sus intenciones sean nobles. El viaje será duro, al filo de lo imposible, lleno de peligros y regueros de sangre en la pradera. El grupo mayoritario lo conforman  inmigrantes alemanes, holandeses y centroeuropeos, algunos de origen judío, liderados por el único de ellos que habla y entiende inglés, perfectamente.

El atento y comprensible Josef (Marc Rissmann). También hay grupos de zíngaros y otras gentes del Báltico. Su forma de ser, asentada,  en la ingenuidad. Muy ignorantes y cándidos, no están preparados para las arduas tribulaciones de este viaje. La muerte ensombrecerá la gran caravana a cada paso del camino. Por último, destacaríamos a algunos personajes secundarios, que no tienen desperdicio, como el ínclito  Billy Bob Thornton, en el papel de un duro alguacil de Fort Worth (Texas) visto en los primeros episodios, antes de emprender esta odisea. Hay un momentazo en el tercer capítulo con el cameo de un (Tom Hanks también aparece brevemente en el segundo episodio, en un flashback posterior a la Guerra Civil interpretando al general George Meade, lo que tal vez habla del alcance y la influencia de la marca «Yellowstone»). Estamos muy expectantes todos sobre donde se dirigirá la gran historia que ha planteado TS. Quedan 6 capítulos y se nos queda esa gran duda: ¿Cómo mostrará el papel de los pueblos indígenas en esta historia? La primera escena de avance rápido no es prometedora, mostrándolos como la imagen cliché de salvajes nativoamericanos sedientos de sangre en lugar de personas que defienden su tierra de ser invadida y tomada por colonos blancos. En 2022 es imperdonable mostrar la historia de nuestro avance hacia el oeste sin abordar el problema de que la tierra en la que se asentaron nuestros antepasados no era su tierra porque lo decía una ley federal. Hablamos de los auténticos pobladores de la nación donde la libertad, dejó de ser utopía para medio mundo que buscaba su bienestar, en eso que llamamos el lejano Oeste. Nota: 8,2

The 10 best albums of 2021/»Los mejores discos de 2021″

1. Wolf Alice  Blue Weekend

2. Radiohead Kid a Mnesia

3. Nick Cave Ellis  Carnage

4. St. Vicent Dadys Home

5. Sault Nine

6. The Anchores “The art of losing”

7. Illuminati Hotties “Let Me Do One More”

8. John Hiatt whith the Jerry Douglas Band Leftover Feeling

9. Feng Suave Much for Gaderning 

10. Squid «Bringh Green Field»

The Best Movies 2021″Las mejores películas de 2021″

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The Best 10 Series of TV 2021

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