The Serpent (2021) “The Bikini Serial killer”

La ficción sólo tiene dos vertientes; la buena y la mala. Hoy en día el 70% de toda la ficción mundial para televisión es basura —en muchas ocasiones de difícil consumo— y el restante, 30% es buena. A veces, muy buena, y tiene denominación de origen Made in UK. El brexit me ha alejado de la isla de mis fantasías y sueños de adolescentes. Todavía tengo allí grandísimas amistades, que nos sentimos más alejados, a raíz de lo político: brexit y la seguridad: la demoledora pandemia de la Covid19. Todo daría para trabajar en un buen guion. Empero, no se preocupen, ya está ese bendito sitio, llamado BBC y todo su departamento de creativos y desarrolladores de grandes historias. Ayer terminé de visionar, gracias a la parabólica de 200mgHz, el último capítulo de The Serpent —la asombrosa historia real— que hay detrás de esta tremenda serie desgarradora y retorcida. Un thriller de esos que te quedas con la sensación; aquí hay algo que traspasa lo puramente, imaginado, para comprobar que estamos ante un hecho real muy bien documentado.  Redundo, en el supuesto del espectador medio de cualquier país, éste se hallaría, ante la disyuntiva si creer o no creerse la propuesta. Insisto es una historia demoledora, y con todo, puede que tenga problemas para creerla. The serpent 2020, cuenta la historia de un tal Charles Sobhraj, un psicópata encantador y demoledor; que aterrorizó la conocida ruta del Hippy Trail. Un clásico itinerario del hipismo de los 70. A día de hoy en gran parte inaccesible, entre Europa y el sudeste asiático que alguna vez fue tomada por jóvenes viajeros, donde se llevaron a cabo, toda una serie de asesinatos brutales a mediados de la década de 1970. Sobhraj, el psicópata del suroeste oriental se hacía  pasar por fotógrafo o comerciante de gemas. Como un encantador de serpientes, encandilaría a sus víctimas, las drogaría y secuestraría para que pensaran que tenían disentería. Fingiría cuidarles para luego robarles y deshacerse de ellos. Y que lista de liquidación de seres humanos, desde el estrangulamiento, al  apuñalamiento o el ahogamiento de dos jóvenes mochileros holandeses, tras haber sido quemados vivos. La serie es inquietante, incomoda e insufriblemente tensa.

Al final del episodio tres, puedo decirles que tuve que tomarme un copazo de viejo malta para aliviar la zozobra. El cuerpo que me dejó este psicópata del fingimiento elegante y letal: es tremendo. Obviamente, es una historia poco conocida por estos lares, pero en el sudeste asiático, Sobhraj (interpretado escalofriantemente en la serie por el actor de Un Prophète Tahar Rahim) fue noticia de primera plana en 2014, cuando fue condenado por un tribunal nepalí, mientras cumplía una cadena perpetua, por un asesinato que había cometido casi 40 años antes. Sin embargo, el director de la serie, Tom Shankland, había escuchado hablar de él muchos años antes, mientras caminaba por Nepal a los 18 años. “Estás mirando la silueta de la cordillera del Annapurna, con el dosel de estrellas sobre tu cabeza, y estás pensando, ¡Guaauu! esto es tan maravilloso”,— me dice, “Y luego alguien, creo que un australiano que acababa de conocer, dijo: “Sí, pero ya sabes, tienes que tener cuidado, está este tipo, él y su novia, te conocen y se hacen amigos, luego te drogan y te matan. Y está en la cárcel, pero siempre sale. Entonces, ya sabes, no confíes en todos los que pululan por aquí”. Shankland admite que, con el optimismo de la juventud, su perturbación no duró mucho, pero la historia permaneció en su mente hasta hace unos años, cuando comenzó a pensar minuciosamente en realizar un thriller. Intentándose alejarse de la faceta puramente biopic; tarea demasiado compleja.  No obstante, Sobhraj, se ganó el apodo del “asesino del bikini” porque se encontró que dos de sus diez víctimas conocidas la utilizaban, ésta no es una letanía de mujeres muertas: detestaba la condición humana occidental, ya fuera hombre o mujer; considerándolos idiotas blancos privilegiados. El asesino del bikini era de origen vietnamita e hindú, y fue intimidado por ello, en su infancia, durante su periplo por la escuela en Francia.

El drama no quiere hacer de él una especie de starman del showbussines. Vista la mitad de toda la serie, su director, ha sido cuidadosamente calibrado para evitar convertir al personaje en un icono adictivo. Tremendamente manipulador y narcisista. En cambio, la narrativa se centra deliberadamente en los personajes que se sustenta en sus tretas, y las personas que pronto lo seguirán. El tratamiento del guion es completamente deliberado, dice el escritor de la serie y showrunner, Richard Warlow. “Sobhraj es la horrible y oscura antimateria en el corazón de la historia hacia la que todo se inclina”—ratifica. “A lo largo de la serie, fuimos quitamos algunas capas y entramos, supongo, en una versión de la verdad de él”. Nunca se puede saber, admite, lo que impulsa a un hombre así, “pero creo que verlo como los demás, es decir, una visión de un tipo muy importante”. Unos actores en estado de gracia, en parte, a la excelente dirección de Shankland. Fantástica dirección artística, a través, del mínimo detalle de una época que marcó una antes y un después, en la contracultura occidental. La inquietante fotografía de los rincones más oscuros del sudoeste asiático por Seppe Van Grieken. No se han escatimado medios para conseguir el tempo de thriller que progresa a un ritmo lento, pero retorcidamente mortal. Uno de los prismas más fascinantes, de todo el entramado que acompaña al asesino en serie: es la amante de Sobhraj, Marie-Andrée Leclerc, conocida como Monique (al “Alain” de Charles), interpretado brillantemente aquí por la actriz británica, Jenna Coleman. “Disfruté escribiéndola más que nadie”, Dixit: Warlow, “el trayecto de esta joven es realmente de los más  sugestivos que he visto”. Indagando en el libro que ha sido una de las partes más sustanciosas de toda la historia: “On the trail. The Life and Crimes of Charles Sbhraj” escrita por Richard Neville y Julie Clarke. Un libro que fue un éxito de ventas en su momento —y nuevamente, reeditado a sabiendas de lo que vendría— allá por 1979. Un laborioso trabajo, donde RW indaga en su infancia, por los suburbios de Quebec, observamos: lo triste y solitaria que fue su vida.

De repente, aparece este hombre que entra en juego, y, se ofrece a sí mismo como la cura seductora, glamurosa y erotizada para todo esa operación. Creo que realmente se puede ver el auténtico  porqué, de cómo se introdujo en ese viaje y nunca se detuvo. Sólo, un arrebato de desesperación e intriga lo que llevo él. Y obviamente, éste le trajo a su vida algo muy grande, a modo de lazo kármico. Llegó a decir en palabras suyas: creo que es tan mundano como yo. “Era una joven monótona, fea y poco interesante que se volvió hermosa y amada, siendo el centro de todas las fiestas y la diversión. Amén, de la aventura y la vida desesperada que vivió de una forma extrema. Y él era la razón”. Leclerc murió en Quebec de cáncer en 1984, por lo que Warlow y Shankland nunca tuvieron que tomar la decisión de hablar con ella. Sin embargo, sí pasaron tiempo con muchos de los personajes que ves en la pantalla, incluido Dominique Rennelleau, un hombre que Sobhraj y Leclerc adoptaron como una especie de cuerpo de perro en general con el pretexto de cuidarlo mientras estaba enfermo (nunca se adivinó el cómo); Nadine Gires, la vecina de la pareja, quien fue la primera en sospechar de sus actividades, y Sompol Suthimai, el oficial tailandés de Interpol que se involucra en la segunda mitad de la serie, poco después. Sin embargo, su fuente más importante fue Herman Knippenberg, quien en 1975 era un diplomático holandés modesto, muy joven y honestamente circunspecto (interpretado aquí por Billy Howle) que trabajaba en la embajada en Bangkok. Se topó con el caso cuando los padres de un joven turista holandés le escribieron al embajador pidiendo ayuda para localizar a su hija y su novio, que aparentemente habían desaparecido. Mutismo absoluto, vías burocráticas y policiales: nadie sabía nada de ellos. Sus superiores le dijeron a Knippenberg que lo dejara en paz, pero no pudo dejarlo pasar, anotando informes y rumores hasta que se encontró rastreando los hilos de seda de la compleja red de mentiras de Sobhraj.

“Herman es un tipo muy inteligente, muy apasionado y comprometido, y tiene la memoria más increíble para todo”, se maravilla Shankland. Fue la evidencia de Knippenberg la que ayudó a condenar a Sobhraj por primera vez (cumplió 20 años en la prisión de Tihar en Nueva Delhi hasta 1997) y su prodigiosa memoria para los detalles y el mantenimiento meticuloso de registros significaron que pudo recurrir a ella nuevamente en 2004, momento en el que la mayoría de las órdenes de arresto, y las pruebas en poder, de diversas autoridades se perdieron. En la serie, él emerge como la estrella inverosímil, avanzando pesadamente con su espantosa camisa de manga corta, pisando los faldones de un asesino. La única persona con la que el equipo de producción decidió no contactar fue Sobhraj, todavía en Nepal. “Es un autopublicista desenfrenado”, dice Warlow con firmeza. “No quería hacer nada que alimentara eso, y tampoco hay ninguna posibilidad de sacar algo revelador o verdadero de él”. Sobhraj, que tiene un historial de cobrar por entrevistas y negociar acuerdos lucrativos por los derechos de las películas, es experto, dice Warlow, en “monetizar su notoriedad, y yo estaba muy, muy interesado en que eso ni por asomo tuviera el mínimo resquicio de posibilidad”. “Para mí, para todos nosotros, y especialmente para Herman, eso es importante: la idea de que podamos decir: no, no lo eran, solo eran jóvenes, algunos de ellos estaban un poco jugando con los deslices típicos de un contexto de algunos gramos de marihuana y un poco diversión, a lo mejor, no muy saludable, visto el contexto. Pero, ninguno de todos ellos se merece lo que les pasó”, dice Shankland. “Todos tenían vidas y personas a las que querían y  los amaban y con quienes estaban perdidos. La capacidad de reclamar la verdad sobre las vidas de esas víctimas ha sido importante”.

La descripción de la serie de la primera víctima de Sobhraj, Teresa Knowlton, lo confirma. Una joven que se dirige a un monasterio para estudiar budismo, conoce a Sobhraj y su compañero Ajay Chowdhury  (Amesh Edireweeraun) joven indio que lo ayudaría a estafar a los turistas ayudándolos a salir de las situaciones que había causado, por ejemplo, brindando refugio a las víctimas que había envenenado. En su última noche de libertad, una noche de decir sí a todo. Es contraproducente, por supuesto, pero no antes de que ella diga que ha sido drogada, es demasiado tarde para pedir ayuda coherentemente. Es desgarrador, más aún, por el tiempo que pasó antes en el episodio estableciendo su corazón abierto y su fe sincera. Shankland está de acuerdo, citando el “gran nivel de narcisismo y vanidad de Sobhraj y también un gran nivel de tonterías” como razones para no avivar esos detalles más macabros. “Esta no es en absoluto una película biográfica de Charles Sobhraj. Se trata de un tiempo, un lugar y personas, y las muchas formas tortuosas en las que este hombre terminó siendo parte de los viajes de otras personas”. Muchos de esos viajes terminaron horriblemente, por supuesto, y sin embargo, la mayoría de las víctimas fueron despedidas a lo largo de los años por la policía, la prensa y el público como de alguna manera, mercancía del día a día. No eran importantes. Para Shankland y Warlow, esta es una de las razones para hacer la serie. “Hace mucho tiempo ahora, pero no tanto”, dice Warlow. “Hay muchas personas cercanas a ellos que todavía están cerca”. “De alguna manera, Sobhraj casi fue rehabilitado en el tribunal de la opinión pública en años posteriores”, agrega Shankland.

 

“Él, convenció a todos de que estas personas a las que ‘pudo o no’ haber asesinado, estas víctimas, eran infrahumanas de alguna manera: drogadictos, traficantes de drogas. No merece nuestra compasión”. Algunas de las familias de las víctimas no estaban dispuestas a estar en contacto, dice, “creo que porque muchos de los relatos de esta historia se han apoyado ligeramente en esa narrativa. Sobhraj siempre supo lo que estaba haciendo cuando eligió a sus víctimas, piensa Warlow. “Hay una especie de prestidigitador que encanta a las serpientes más letales del Indostán dentro su alma.” Siento con confianza que cualquiera que fuera lo suficientemente equilibrado y maduro para ver el mundo como es, no se habría dejado seducir por él. Eligió gente que era muy sensible a carisma —de índole seductor y sugestionable—, y no perdió el tiempo con nadie que no lo fuera. Creo que, en muchos sentidos, vio lo que la gente necesitaba: comprendió lo que le faltaba a la gente en sus vidas y se presentó a sí mismo como el medio por el cual esa ausencia podría ser suplida”. Algo así como uno de las planos secuencia donde se observa la buena mano de Shankland  para dejar cautivados, a los espectadores,  por el glamour de las lujosas fiestas de Charles y Monique, la embriagadora vida nocturna de Bangkok y la indudable elegancia de la pareja. Al siguiente, te sorprende la facilidad con la que Charles es capaz de manipular a quienes lo rodean con una total falta de empatía y humanidad. Lo dicho, para aquellos más jóvenes es algo así como una fábula, donde las apariencias los son todo. A veces, detrás del juego de la seducción, sólo se esconde el diablo. Esperamos que esta serie sirva como un recordatorio de podrían haber sido esas vidas de aquellos jóvenes que acabaron con sus esperanzas. Nota:7,8

 

Los 10 mejores discos de 2020

 

1. Fontaines D.C. – A Hero’s Death

 

2. Bob Dylan – Rough and Rowdy Ways

 

 

3. Fionna Apple – Fetch The Bolt Cutters

4. JARV IS… Beyond the Pale

5. Boston Manor – Glue

6. Mark Lanegan -Straight Songs Of Sorrow

7. Moses Sumney – Grae

8. Crack Cloud – Pain Olympics

9. PVRIS – Use Me

10. Phoebe Bridgers – Punisher

Los 10 mejores films de 2020

 

1. Sound of Metal

 

2.  The Druk

 

 

3. First Cow

 

 

4. The Devil All the Time

 

 

5. Falling

 

 

6 The assistant

 

7 Tesla

 

8 Ammonite

 

9 Possesor

 

10 Shirley

 

Las 30 mejores series estrenadas en 2020

 

1. Zero Zero Zero

 

 

2. Gangs of London 

 

 

3. Des

 

 

4. The Queen’s Gambit

 

5. Valley of Tears

 

6. I May Destroy You

 

7. The Great

 

8. Unorthodox

 

 

9. White House Farm

10. Sløborn 

 

 

11. Raised by Wolfes     

 

 

12. The Outsider

 

 

13.  Perry Mason

 

 

 

14. High Town

 

15. Kalifat

 

16. DNA

 

 

17. Baghdad Central

 

 

18. The Trial of Christine Keeler

 

19.  L’effondrement

 

  20. The Luminaries    

 

  21. The Good Lord Bird

 

22. The Liberator

 

23. Hunters

 

24. Stateless

 

 

25. Upload

26. The White Wall

27. No Man´s Land

 

 

28. Twin

  29. Ted Lasso

30. Box 21

Valley of Tears (2020) “El Vietnam israelí de David”

Durante poco más de seis años, hubo una creencia generalizada en Israel de que el país había encontrado algo parecido a la paz. Nada más lejos de la realidad. Su presidenta: la tenaz y firme Golda Meir (que alardeaba con aquello, de la auténtica raza judía, debía de hablar yiddish) tenía sus reservas, tras de la exitosa “Guerra de los Seis días”. Jerusalén era un hervidero de protestas entre Panteras Negras —israelíes del barrio Musrara de Jerusalén— como reacción a la discriminación contra los judíos sefardíes y mizrajíes. Hartos del trato de la policía y la legislación del nuevo Israel hacía ellos. El 19 de mayo de 1971, llevaron a cabo, la gran concentración de los Black Panthers, tomando la referencia, del grupo norteamericano. El movimiento que aglutinaba a todas las etnias de color y origen oriental, así como  muchos simpatizantes extranjeros de origen judío —muy activos con la causa de este colectivo— juntaron a más de 6.000 personas delante de la plaza de Zion,  reclamando el cambio de nombre del lugar por Kikar Yehadut HaMizrah (Plaza de la Judería Oriental). Aquello fue una batalla campal entre policía y manifestantes que terminaron con la detención de más 100 participantes. Muchos de ellos, acabaron en el hospital, víctimas de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. La historia del propio Israel parte, en ese instante, del inicio del estado hebreo, cuando Musrara pasó de ser un barrio árabe adinerado, a ser el nuevo vecindario de grandes de apartamentos para los migrantes judíos  soviéticos. Meier apagó el fuego, con paños calientes, porque la conflictividad se palpaba en el ambiente. Además, necesitaba al país unido, pues, Israel se enfrentaba a uno de sus momentos más delicados A pesar de ser la nación más democrática en una zona tan hostilmente compleja como es Oriente Próximo. En 1972 le estalló la crisis de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Once miembros del equipo olímpico israelí fueron hechos rehenes y asesinados por elementos del grupo terrorista Septiembre Negro. Y es que Israel, una vez sabida toda la historia, llevó a cabo sus propias represalias —vía Mossad— (servicios secretos del estado) a los terroristas que llevaron a cabo la ejecución de Munich. Sin embargo, 1973, ya estaba en marcha. El país fue imbuyéndose, en un karma cultural, denominado la conceptzia: la concepción.  Una filosofía de bienestar interior, como de alguien, lo suficientemente fuerte y sobrado, para que sus enemigos nunca lo derrotaran. Incluso, ni tan siquiera lo intentarían, pensaba todo el mundo. Era una especie de microimagen digital nacida de una fuerza letal. Y fue una autoimagen la que murió por ello. Y esa autoimagen terminó por volverse en contra. HBO en su versión streaming tiene la gentileza de presentarnos esta serie israelita que es una genialidad. Valley of Tears,  es un producto creado por Ron Leshem y Amit Cohen, escriben un guion sobre la guerra de Yom Kippur,  desde una perspectiva de las FDI. Una historia emocionante, crítica, dura y antibelicista de aquel conflicto 47 años después. La Guerra de Yom Kippur y por los árabes como la Guerra de Octubre o la Guerra del Ramadán (para agregar a su trágico significado, también tuvo lugar durante el mes sagrado musulmán), fue un momento decisivo en la historia de la Estado judío y, de hecho, todo el Medio Oriente.

Curiosamente, los cineastas de Israel han producido muy pocos trabajos al respecto. Una meditación impresionista y bien considerada sobre la guerra, Kippur de Amos Gitai, fue lanzada en 2000, y eso es todo. Hasta la serie que han creado los guionistas que tienen, alucinados a medio TV norteamericana del streaming: los showrunners Ron Leshem y su socio el guionista Amit Cohen, han tardado, casi una década en convertir este proyecto, en la realidad que es, Valley of Tears, en una realidad. Una producción que ahonda atrevida en  las aristas más incomodas de la psicología de un país tan sui generis como es Israel. Desde la singular y original cortinilla de introducción a los episodios, donde se observa un pastiche de imágenes de archivo triunfantes: aviones a reacción y tanques pesados que se impulsan hacia adelante en las celebraciones del 25 aniversario de Israel. Relucientes ciudadanos israelíes que construyen casas en las ciudades y cultivan uvas en los huertos, mientras la atractiva cantante pop Ilanit canta a todo volumen. El debut de su país en el Festival de la Canción de Eurovisión, y así sucesivamente. Imágenes de noticias contemporáneas muestran las sonrisas de la primera ministra israelí Golda Meir, el ministro de defensa Moshe Dayan y el jefe de estado mayor militar David Elazar mientras aseguran al público que todo está bien. Pelearemos la batalla”, dice la obstinada Meir en su hebreo con inflexión yiddish, “y volveremos a ganar”. A la introducción directa del primer personaje y primer día, en la zona cercana a los Altos del Golam. Se estaba cociendo una de las últimas grandes guerras del siglo XX. El joven soldado del ratón, Avinoam Shapiro (Shahar Taboch) obtiene información de las escuchas telefónicas. Esas escuchas son interpretadas como que hay un ataque inminente con la colaboración logística (armas y medios) de la ExURSS. Pero su superior cree que está con sus historias ilusas de conspiraciones cercanas a la Sci-fi. Le reprime que se quite la ropa civil y se ponga el uniforme y se deje de sus típicas extravagancias. Llama la atención de Yoav Mazuz (Avraham Aviv Alush), el comandante del búnker, que está a punto de cogerse unos días de vacaciones, y el chaval,  lo convence sobre lo que ha escuchado. El ataque será inminente. Cuando la base es invadida en pleno Yom Kippur, Yoav y el asustadizo Avinoam dependen el uno del otro para escapar del bunker.

La esposa de Yoav, Dafna (Joy Rieger), estacionada en el cuartel general, quiere quedarse allí y ver qué está pasando en el búnker, pero le ordenan ir a un puesto de avanzada con el resto de las mujeres en el cuartel general. Y por ahora, todo lo que vemos de Dafna es que está tratando de desafiar las órdenes sexistas de que ella y las otras mujeres no deben estar cerca durante el combate, solo para asegurarse de que se entere de que su esposo está bien. Mientras tanto, cuando tres amigos se ven envueltos en una protesta contra el gobierno, participando en las marchas de los Panteras Negras. Uno de ellos, Malachi Ben Sur (Maor Schwitzer) es atrapado y tiene que escapar de su celda para reunirse con sus amigos Jackie Alush (Imri Biton) y Marco Dolzi (Ofer Hayun) en su puesto de tanques en la frontera siria que termina en primera línea. Además, el mismo Malachi es conocido por su pericia en la conducción de carros de combate. Jackie tiene que convencer a Marco, un orgulloso Pantera Negra, de regresar a la unidad y no desertar. No obstante, durante la batalla inicial con los tanques sirios, ambos se entregan al combate con heroísmo. A pesar de sus impactos directos, su comandante de torreta; el teniente Aviram (Ido Bartal), degraciadamente, es alcanzado por francotiradores y uno de los tanques es destruido. En su camino de regreso con sus amigos, Malachi es recogido por Menny Ben-Dror (Lior Ashkenazi), un actor que tiene un estilo de vida bohemio. Su exesposa lo llama enojada y le dice que tiene que encontrar a su hijo, que acaba de alistarse y podría estar en primera línea. Mientras conducen, los dos se unen por su buena fe de gente con ideas de izquierdas, ya que Manny estuvo en un grupo que precedió a las Panteras Negras. Muy pronto empezarán a caer los soldados israelitas. Sangre, vísceras y extremidades, en cierto modo, es el conflicto que trajo, el Vietnam americano al desierto del Sinaí. Los muertos, sus placas de identificación y sus colgantes con las cruces de David. El director de Valley of Tears, Yaron Zilberman. “Te muestra que es muy difícil para la gente tocar la historia”. La historia es un relato ficticio en cuatro frentes diferentes. Valley Of Tears casi se siente como uno de esos retrocesos de miniseries de guerra como Band of Brothers de Tom Hanks o Generation Kill de David Simon (Made in HBO) considerando que se nos muestran múltiples historias en múltiples frentes. Tiene todo lo bueno del cine bélico hecho en miniserie. Además, de su buena ejecución, está muy bien fotografiada y editada.

El montaje es fantástico, debido a la fluidez del guion. También, el hecho de contar un elenco de lo mejor de la industria audiovisual de Israel hace que la producción se deje querer. Mantener la tensión de la guerra, en un formato de gran melodrama, con unas interpretaciones muy realistas, de personas que no están seguras de la guerra. Tan solo saben lo que se les avecina, no el 100%. Aparentemente orgullosos de defender su bandera como ciudadanos de Israel e inseguras de su papel en la batalla. Pero cuando los cohetes comienzan a aterrizar, los soldados más reacios y tocados moralmente, por los feos del gobierno, hacen su trabajo. La historia de la escuadrilla del grupo de tanques es genial. Así como esa miniRoadmovie por los campos del paso de Mitla. La vanguardia de Bar Lev se rompía por la cantidad de efectivos y conjugación de fuerzas aéreas, artillería y carros. De ahí, que se sienta esa tensión y a la vez, mucha ironía y sascarmo entre los personajes. Estamos muy seguros de hacía dónde va el viaje por carretera de Malachi-Menny, aunque agradecemos la presencia de Ashkenazi, uno de los mejores actores del país. Algo que viene caracterizando a la ficción de estos grandes creadores, es hacer mucho con muy poco. Pensemos que esta ha sido, la primera producción de ficción en la historia de Israel, en tener un millón de dólares por capítulo. Leshem y Atmi Cohen son especialistas en hacer virguerías con presupuestos estrictos. Recurren a la imaginación de la economía de pocos recursos o trucos muy bien trabajados. Por ejemplo, nunca vemos a los tanques sirios de cerca: pero recibimos mucha acción de los tres tanques israelíes que disparan a los sirios en la distancia. Las imágenes de las catacumbas del búnker son realmente claustrofóbicas, especialmente cuando Avinoam es arrojado por Yoav a un armario fuera de la sala de escucha de inteligencia. Y todo lo demás tiene un alcance relativamente pequeño. Es una forma eficaz de mostrar una guerra de múltiples frentes sin necesidad de amplias vistas de batalla. Resumiendo, podemos decir que nos hallamos ante un producto muy interesante y entretenido. ¿Y qué hay de la audiencia en Estados Unidos? Pues, al igual que el boom de Euphoria. Ahora mismo, se está trabajando en una obra de teatro para  espectadores que quieren una nueva vuelta de tuerca, de esta ficción israelita, algo poco común para una serie de televisión israelí. No obstante, el hecho, que cada día, se hayan más interesados en la creación audiovisual hebrea: es solo el último paso en un mercado en crecimiento para la televisión israelí en Estados Unidos. Ejemplificado por adaptaciones como Homeland de Gideon Raff y Euphoria (cuya versión israelí fue creada por Leshem, de hecho)  y exportaciones directas como Fauda de Lior Raz, En terapia y Our Boys de Hagai Levi. Valley of Tears, se filmó unos meses antes que la enfermedad emergiera en el escenario mundial, se ha lanzado inadvertidamente en el contexto de un nuevo fracaso fatal de liderazgo, lo que le da a la serie un significado inquietante para los israelíes y, según esperan sus creadores, uno similar para los estadounidenses. Es una táctica atrevida en la medida que representa un tour de forcé para la  población israelita, fuera de todo orden psicológico. Los hebreos dicen que la historia tiene la desagradable costumbre de rimar de la manera más trágica, y esa rima ha sido notoria en el momento del lanzamiento de la serie.

Estableciendo el paralelismo las primeras etapas de la pandemia de COVID-19, cuando parecía que la población estaba manejando la enfermedad relativamente bien, gracias a la superioridad tecnológica, la movilización masiva de poder hacerlo y el sentido de propósito colectivo del que se han enorgullecido. Pero algo, ha vuelto a fallar, un tipo diferente de autoconcepción había surgido en Israel. Ya que las últimas semanas han traído una segunda ola devastadora de infecciones y la curva de contagios se disparó a niveles nunca conocidos hasta entonces. Ha habido protestas masivas que están poniendo de rodillas al gobierno y a los propios gobernados, quienes más lo sufren. Pero la entropía suele ser el verdadero ganador después de momentos de estúpido orgullo. El espectáculo ofrece una media hora de ambientación en la que personajes judíos israelíes de muchos tipos (religiosos, seculares, viejos, jóvenes, soldados, civiles, blancos, no blancos) se preparan y entran en el día más sagrado del calendario judío, Yom Kippur. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) están técnicamente en guardia, pero carecen de personal y están distraídas debido a las vacaciones. Entonces, cuando las fuerzas egipcias y sirias lanzan un ataque sorpresa, todo el mundo se pone de pie. Sobreviene el caos. El concepto se hace añicos, sin posibilidad de reparación, para nunca regresar por completo. De nuevo, la historia, se puso del lado israelí, recuperando la ventaja y técnicamente ganó el conflicto en poco más de dos semanas. Pero fue una victoria pírrica: hubo alrededor de 10,000 víctimas israelíes, lo que representa aproximadamente el 27 por ciento de la población del país (en comparación, ese porcentaje en los Estados Unidos hoy sumaría más de un cuarto de millón de personas). Como tal, es difícil exagerar el impacto de la guerra en el país. “La primera sirena de ataque aéreo significó que el primer Israel murió y nació un segundo Israel”. Valley of Tears desafía a sus espectadores a verse a sí mismos a través de su implacable enfoque en cómo reaccionan las personas ante un cataclismo. Ninguna persona o nación sobrevive a una guerra sin cambios, y eso es tanto más cierto cuando los orígenes de la guerra se encuentran en la idiotez de un concepto u otro. Ahora, por primera vez en la historia, estadounidenses e israelíes están luchando contra el mismo enemigo: la plaga que está asolando nuestro planeta. Si en la guerra del Yom Kippur Simbolizó el cambio de una sociedad unificada, una sociedad que se siente más importante que el individuo, a una sociedad diferente, donde el individuo es casi sagrado. De Igual modo, la tecnología, según los hebreos más conservadores hace que la gente sea más egoísta. Sin embargo, se trata de mirarte a ti mismo. Tú, lo primero y después, ya hablaremos del país. Todavía dentro de ese campo entrópico del propio Israel existe, esa idea nacional de todo hebreo, que en esto estamos juntos, en gran parte debido a la constante amenaza de un conflicto terrible. La plaga es un enemigo invisible que no se puede cachear. Todo aquello que esta fuera de control para Israel se vuelve traumático. Y del mismo, modo que la pandemia es enemigo mundial, por una vez, el mundo árabe e Israel no tienen más remedio que ir de la mano juntos. Sera un proceso largo y profundo, pero podrá hacer buena aquella máxima de; La experiencia es una de las causas del éxito o fracaso. No sufrimos el impacto de nuestras experiencias, llamadas traumas, sino que las adaptamos a nuestros propósitos.” Como bien dijo, el ínclito, Alfred Adler. Nota: 8,2

 

 

 

Baretta 1975 “el detective a contracorriente”

La década de los 70 fue propicia para los detectives de televisión. Por aquel entonces, los malhechores temían ser descubiertos por el teniente Colombo (Peter Falk y su andrajosa gabardina de Cortefiel, que gustaba de hacerse el despistado ingenuo).  El divertido Cannon (un gordito, calvito y tragón, William Conrad que no se separaba de su perro Boxer); o el vaquero McCloud (Dennis Weaver) y su hermoso caballo por Central Park. El teniente Kojak (Telly Savallas) se dejaba querer con algunos de los mejores trajes de la época y su chupaChus de turno. También estaba aquel tipo tan simpático, que le habían colgado el marrón de un crimen, y se rehace como detective privado; Jim Rockford y sus casos (James Garner) era el amo de los Angeles y por supuesto, nuestras adoradas Ángeles de Charlie. La utopía de las barras y estrellas, de la libertad, rugía los fines de semana con el gancho del difunto Lew Alcindor en el Staples Center. Un joven Rudolph Giuliani, del partido republicano, iba haciendo camino en la política nacional y en la gran pantalla, la taquilla, reventaba con el film “The Warriors” de ínclito Walter Hill. Obviamente, la ciudad de la gran manzana, nuestro amado New York, tenía un creciente y permanente problema con  las bandas criminales. En nuestro país las cosas andaban a la búsqueda de una urna que pusiera orden al traspaso de régimen: muerto el perro Franco, muerta la rabia. Llegaba el monarca blanqueador de billetes de los reyes católicos, Juan Carlos I.  El pueblo, votó, por una gran mayoría; sí a la democracia. Un chico de la vieja falange, católico, serio y  buena gente.  Muy interesado en aprender del liberalismo británico; era el nuevo presidente del país. Se llamaba Adolfo y se gustaba decir: “puedo prometer y prometo…” Una España tan atolondrada, como la actual, pero con un ambiente de esperanza, de dar lo mejor de todos-as, por construir una piel de toro, libre, y con un relativo bienestar. Mientras, nosotros, nos dejábamos caer en estas fechas por las tiendas de electrodomésticos: TV,s de color, Telefunken, Thompson, Metz, Grundig o Blaupunk eran lo más cercano a las adictivas coreanas de los gigantes, actuales, Samsung y LG. También, se buscaba equipo estéreo sin eso del streaming.

De repente nos apareció un tipo, que se pasó media vida, en líos, Robert Blake. Lo primero que se nos viene a la cabeza, al escuchar este nombres, es aquella obra maestra llamada “A sangre fría”, libro escrito por el gran Truman Capote y dirigida por el inefable Richard Brooks. Pero con Bob era todo una caja de mil combinaciones. Tenía el mundo en una cuerda, que resultaba ser un yoyo. Se escapó de un barrio italiano, sin salida, de Nueva Jersey para convertirse en una estrella infantil en la serie Farm Hands (1943), con apenas, 5 años. Acabo siendo alcohólico y adicto a las drogas, sin apenas cumplidos los 18. El regresó en 1967 fue atronador, en un film, portentoso y fascinante. Una obra de culto, cinematográfica y literaria de la historia norteamericana. Realizando una interpretación demoledora de un asesino condenado a pena de muerte, Perry, por el asesinato de la familia Clutter. Aquel temperamental y errático Blake volvió a caer en una depresión muy profunda. Después de surcar varios océanos llegó su momento y con 41 años, no dejó escapar uno de los personajes, más carismáticos de esa gran época de la TV de los 70. Estaba muy cercano a la conquista del show; que le dio más gloria y dinero en toda su carrera. En 1974, Tony Musante (David Toma) tomó la decisión de no regresar para una segunda temporada de su serie de policías, del canal ABC “Toma”, conocida como (Astucia peligrosa) y auténtico humus, de lo que sería Baretta. Eso, sí, con un estilo áspero, sucio y mucho más cinematográfico que los shows la época. Se fue desmotivando y no contento con los hipotéticos cambios para una segunda temporada, lo  dejó. Empero, el productor Jo Swerling, Jr., estaba muy interesado en seguir con el formato y contrató a Robert Blake para que asumiera el papel. La serie iba con todas las de la ley, a ser llevada, como la 2ª temporada de Toma, y  Robert Blake, como el detective David Toma. Pero en el ambiente, se respiraba, ese oxígeno lleno de dióxido de cárbono , que significaría la cancelación definitiva de Toma. Una vez, visto toda la primera temporada, algo no terminaba de encajar entre los directivos de ABC.

Blake tampoco estaba muy emocionado de asumir un papel preestablecido, por lo que finalmente decidieron cambiar el título a Baretta. El primer cambió fue el escenario de la serie y también varios otros detalles menores, pero efectivamente, todavía era una continuación de “Toma”. Debido a que Blake tenía una personalidad tan fuerte (y el programa no había sido un gran éxito de todos modos), la cadena decidió renovar totalmente el programa, cambiando las duras y oscuras calles de NY por la bulliciosa L.A. de California. Agregando una mascota, sui generis, la cacatúa Fred, y renombrar el personaje de “Baretta”. Así, nos encontramos a nuevo Robert Blake, enfundado como Tony Baretta, el policía italonorteamericano  de aspecto desaliñado, ciertamente, no a la altura higiénica del teniente Colombo. Pero muy diferente de los clásicos policías de traje. “No cometas el crimen si no puedes cumplir la sentencia”, rezaba la máxima que guiaba la filosofía de un peculiar detective, que destacaba más por su rudeza que por su atractivo, no tenía don de gentes, vestía de forma extravagante y compartía habitación de hotel con Fred, la exótica cacatúa blanca. Frecuentaba el mundo del crimen: pequeños y medianos gangsters o traficantes. Vestido con sus jeans, camiseta muy ajustada y un palillo de bocera a bocera. Tony Baretta se movía como un pez en el agua entre prostitutas, narcotraficantes, ladrones, estafadores y toda la fauna del mundo criminal, al margen de la ley. Casi todos convertidos, en estimables informantes y valiosos colaboradores. Es decir, los típicos soplones, de gran eficacia, en el caso de Tony Baretta, tenía argumentos para mantenerlos contentos. Desplazarse por la ciudad de Los Angeles, es complicado, si no te tiene un vehículo. El peculiar detective conducía de Chevrolet Impala (1966) de cuatro puertas Mist Blue, oxidado. Obviamente, en mejor estado, que el famoso Peugeot de nuestro querido teniente Colombo. No obstante, para muchos televidentes, y criminales, Tony Baretta, era uno de los mejores expertos en el arte del disfraz, junto con el Santo, los mejores en esa faceta. La gente que lo admiraba, destacaba, su originalidad, y la propuesta, dentro de la colección de detectives setenteros: esa manera de afrontar la realidad, siempre a contracorriente. Además, heredó una habilidad muy selecta, hoy en día, la cocina italiana, los platos que realizaba su abuela Made in Italy. Era un pálpito —de lo que una mujer— llamada Carmela Soprano; nos mostró en la mejor serie de la historia de la TV. 

El artífice de todo ello, fue el guionista, Stephen J. Canell. El padre de la biblia de Antony Vincenzo Baretta, quien escribió el nombre real del personaje. Conocido por el éxito que había adquirido con otra serie, para la cual, se presentó Blake, pero terminó en manos de James Garner; “Los casos de Rockford”. Su vitola de Supershowrunner era más que obvia, además de su ingeniosidad para escribir personajes auténticos: desde ‘El equipo A’ a ‘El gran héroe americano’, entre otras. Baretta duró 4 temporadas y se filmaron 82 capítulos. Ganó varios premios, entre ellos el Emmy y el Globo de Oro para el imprevisible, Robert Blake. Todo el mundo, quería un autógrafo del nuevo héroe de la ABCTV; Tony Baretta. El protagonista por antonomasia del disfraz, cual, más surrealista, quien solía sorprender a sus propios compañeros. En más de una ocasión, llegó a ser arrestado por no querer destapar su indumentaria, ya que le permitía generar amistades con muchos de los malhechores que pululaban por la calles de Los Ángeles. Alérgico a la burocracia y las reglas, todavía sigue una especie de código no escrito, hecho de respeto, honestidad, apego al trabajo y envuelto de un lado muy cercano, relativamente, compasivo. Solitario, nunca aceptó tener un compañero para compartir el riesgo. El Inspector Schiller (Dana Elcar) era su jefe, más tarde fue reemplazado por el teniente Brubaker (Edward Grover) del luctuoso distrito 53 de Los Ángeles. El show tenía una sutil dosis de humor, gracias a los apuntes de Rooster (Michael D. Roberts), el extravagante amigo e informante del protagonista, y de su mascota Fred. Sondra Blake, entonces esposa del actor, aparecía ocasionalmente en la serie. Todo esto, sumado, al brillante score musical de la serie, escrito por los extraordinarios Dave Grusin y Morgan Ames: Keep Your Eye On The Sparrow, completamente instrumental, la cual, se decidió añadirle letras para ser interpretada por otro de los grandes de la canción: Sammy Davis Jr. Baretta y Blake fue otro pico de tensión mental, entre el personaje y la persona, en sí. La redentora victoria, en la eufórica noche de los Emmy de 1975, puso a Robert Blake en la cima del mundo.

Hay que reconocer que por la serie se dejaron ver rostros de lo más interesantes; desde Joan Collins, a Elisha Cook Jr, Belinda Balaski, Burt Young, Dick Sargent Dennis Quaid, Jennifer Jason Leigh, Tom Skerritt, Pamela Bellwood o Scott Glenn, de entre una larguísima e interminable lista de actores y actrices maravillosos. Baretta, hizo que Blake se subiera al cohete de la popularidad y explotó al máximo la situación. Comenzó a exigir guiones más inteligentes y a luchar en el set y en la corte por el control principal de la producción. Hizo que trajeran a su esposa Sondra como estrella invitada frecuente y comenzó a ignorar por completo a los directores que no le gustaban, dirigiendo efectivamente el programa él mismo. “El gremio dice que tienes que tener un director, así que pones a un director en la silla”, declaró Blake con arrogancia en 1976. “Es como meter una escoba en la silla. De todos modos, el espectáculo se dirige solo”. Blake fue citado además en Esquire diciendo lo siguiente acerca de sus directivos y dueños del show: “Aquí en Universal, nadie escucha y a nadie le importa. En lo que respecta a la mayoría de la gente, es mejor que se conviertan en Perry Mason o Donald Duck, no hace nada”. ¿Cuál es la diferencia? ¡Ninguna! Una vez que vendes la hora, mientras esté al aire, al mercado publicitario, ya da igual. No importa. Estás en antena o no lo estés”. Baretta se iba descontrolando y ello. No era ajeno al resto del equipo de rodaje. Las intensas batallas en el set finalmente llevaron a la destitución del productor original Swerling. Su cólera se cebó con otros despidos del personal de producción. Blake tenía quejas legítimas, quería una producción de calidad, de la que pudiera estar orgulloso. Pero luego tuvo que admitir que el consumo excesivo de drogas que se metía en el cuerpo nublaba su juicio diario. Cuando se le pidió que se describiera a sí mismo en este momento de su vida, Blake usó palabras como “loco”, “hostil” y “lleno de ira”, y buscó terapia para controlar esos malignos sentimientos. En la tercera temporada, rodado el episodio 10 (1976-77) Robert Blake anunció que no regresaría por cuarta temporada de Baretta debido a una disputa contractual con Universal. El estudio, ante la posibilidad de perder una de sus principales producciones, dio su brazo a torcer y ofreció una suma de dinero más sustanciosa a Blake.

 

Además de tener el control de producción ejecutiva sobre diferentes aspectos del show. Blake tomó la decisión de volver, de inmediato. RB, finalmente, recibió aquello por lo que luchó durante tanto tiempo, sin embargo, los datos de audiencia bajaron tan pronto como comenzó la cuarta temporada 1977/78. Cuando ABC trasladó el programa  de los miércoles por la noche al jueves, los números fueron mucho peor. Baretta estaba con media espada clavada en el esternón. Un año después, de la victoria moral y reivindicativa de Blake, sobre Universal. ABCTV, anulaba la serie en Menos de un año después de su victoria sobre Universal, Baretta fue cancelada en junio de 1978. Se pueden encontrar los capítulos en DVD por alguna web muy comercial, conocida de todos y en la webesfera. Curiosamente, 1999, con 63 años, Robert Blake, despojado de la piel de Baretta, vivió el más difícil caso de una dilatada vida. Su esposa, por aquel entonces,  Bonnie Lee Bakley (con un largo historial de divorcios y estafas) a la salida de un restaurante de la ciudad de Los Angeles, donde cenaban plácidamente, cuando salían del establecimiento, dirección al parking, ella se quedó sentada el asiento derecho de acompañante, esperando a RB, que le dijo: “he de volver cariño, me he dejado algo en la mesa.” De repente, recibió un disparo en la cabeza, mientras esperaba sentada a su marido, Robert Blake. Éste, cuando fue interrogado por la policía comentó que había vuelto al restaurante, a recoger una arma que se había dejado en la mesa. Nadie de los comensales, ni del servicio de restauración; vio nada extraño. Los dueños del restaurante italiano de prestigio, nunca vieron nada dudoso. La policía llevó a cabo una investigación, donde el misterioso crimen, sin pistas fiables, terminó con Blake como principal sospechoso. El juicio, en 2002 levantó una expectación mediática, al estilo O.J. Simpson. Finalmente, en 2005, fue absuelto por falta de pruebas. Al parecer, se sigue investigando en los tribunales sobre este affaire, que inspiró un capítulo de la aclamada serie de TV de Dick Wolf “Ley y Orden”.  Las últimas pesquisas hablan que allegados al hijo de Marlon Brando, Christian Brando, habrían podido ser los responsables de la muerte de la señora Bakley. Surrealista, pero tan verídico como la propia vida de Michael James Vincenzo Gubitosi, para los fans y amigos, Robert Blake, que con 87 años sigue vivo y muy cuerdo. Quizá ahora el actor recuerde algunas frases de su famoso personaje: Todos debemos pagar nuestras deudas; o Los únicos tipos malos que conozco están en la cárcel, o en la tumba… Así fue la historia del mítico detective y su cacatúa blanca. Auténtica, como su propia vida. El detective a contracorriente. Nota: 7,1

 

 

The Queen’s Gambit (2020) “La jugadora de ajedrez”

Llevar a la pantalla una obra literaria tan compleja, como en el caso, de The Queen’s Gambit escrita por  Walter Tevis, y  publicada en 1983. Ha sido todo un reto. Hay que decir que uno de sus creadores, el guionista escocés Allan Scott compró los derechos del libro, —los cuales, inicialmente — fueron comprados por el periodista Jesse Kornbluth, quien en vista, que los estudios no se ponían de acuerdo para sacar el proyecto adelante. Lo revendió a un fondo de guiones de estudios. Y es cuando Allan Scott los compra en 1992. Puso todo su entusiasmo y llegó a convencer a directores de la talla de Michael Apted y Bernardo Bertolucci. Desgraciadamente, los directores que estaban involucrados para el embrión/ proyecto, de aquel entonces, abandonaron el mismo, pues, estaban embarcados en otros. En 2008, Scott, despertó el interés del australiano Heath Ledger, el cual, tenía muy claro que sería su debut como director y tendría como protagonista a Ellen Page. Todo aquel excitante plan, se fue al garete, cuando el icónico actor  repentinamente se suicidó. Bien, Walter Tevis, no es un desconocido para los amantes de la gran y pequeña pantalla. Empero lo más fascinante; es descubrir que estamos ante una obra —la literaria— que viene de la mano de un escritor denso, minucioso y detallista. Si en su novela The Hustler, sobre el mundo subterráneo de los tahúres del billar, almas perdidas, seres que se hunden, poco a poco, y de otros malvados, sin escrúpulos. Un pequeño microcosmos subterráneo, en donde todos ellos, creen saber encontrarse hoy. Pero nunca sabrán, donde amanecerá mañana. Seres sin futuro concreto, ya que no tienen nada. La palabra futuro es una quimera en su mentes. De ahí que los personajes de las obras de este personalismo escritor hayan dado tanto juego a la gran y pequeña pantalla. Recordemos The Man Who Fell to Earth de Nicholas Roen y The Color of Money por Martin Scorsese, a modo, de una segunda parte de la icónica: The Hustler firmada por el ínclito Robert Rossen. En definitiva, todos estos personajes, son adictos al azar, y de ahí, que Tevis en esta ocasión nos brindé un libro que es un homenaje a de la vida del propio Fischer (en palabras suyas). Eso, sí con un matiz, importantísimo, el héroe de la novela no existe, pues en su novela y en el guion, la heroína es la protagonista Beth Harmon. Hasta hay un torneo en Ciudad de México en el que la protagonista es derrotada por Borgov, como le ocurrió a Fischer con Spassky en la Copa Piatigorsky. Incluso la plasmación por la fascinación de los elegantes jugadores soviéticos, aprender a hablar ruso para leer a Shajmatni o trabajar sin equipo ni apoyo de las instituciones contra toda la Escuela Soviética, están sacados de la vida del propio Fischer.

Y ahora, es cuando, ya entra la maquinaria de Netflix, y  el coraje de los creadores Scott Frank (también como director) y Allan Scott, cuando adquirió los derechos del guion, estaba con un borrador adjunto de la mano del propio, Walter Tevis. El escritor falleció en 1984 y no pudo ver el final de su obra en la gran pantalla. Obviamente, de todos, es bien sabido que la gran mayoría de los escritores suelen mantenerse alejados de Hollywood y alrededores; ya que estos últimos compran los derechos de sus obras y acaban por no tener nada de la esencia original del libro escrito. Sin embargo, esta obra tiene algunos ingredientes que la hacen un clásico de la literatura contemporánea norteamericana del siglo XX. La historia sobre el ajedrez, un deporte, muy intelectual, desde una perspectiva que va desde el thriller a las obsesiones de eso que llamamos personajes prodigio. El delicado equilibrio que mantiene la historia de la huérfana Beth Harmon, interpretada de forma magistral por Anya Taylor-Joy (El secreto de Marrowbone y Peaky Blinders). Con apenas seis años, la pequeña Beth, ha llegado al orfanato de Methuen. Después de la muerte de su madre por suicidio. Ella es la hija, de una madre prodigio, que padecía una dura enfermedad mental. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones. Algo que será una constante de vital necesidad a lo largo de su crecimiento. El personal del hospicio brinda la atención más práctica, usando drogas, para apaciguar a los niños y adolescentes, algo que condicionará el comportamiento de Beth. Es aquí donde BH encuentra refugio y seguridad por primera vez. Cosas de la genialidad de esta criatura que termina limpiando los borradores de las pizarras. Curiosamente, en su clase de matemáticas, resuelve problemas más complejos, que los que pudiera realizar la propia profesora, cuando ésta la envía con los borradores y comienza un adictivo idilio con el sótano. Una vez allí, descubre, un tablero lleno de extrañas piezas —el fascinante ajedrez— al que dedicará todo su tiempo libre. Moviendo las piezas un personaje, el Sr. Schaibel, que hará que su vida tenga el sentido de todo lo que lleva en su interior.

En esos ratos vacíos de estancia —furtivamente— y sólo, bajo la consigna, de  observar en silencio: aprenderá a jugar. Gracias al peculiar conserje del orfanato el Sr. Shaibel (interpretado por un magnífico Bill Camp). La niña, Beth, mira hacia el techo desde su cama a altas horas de la noche. De repente, las sombras oscurecidas comienzan a brillar. Lo que alguna vez fue una negrura indescifrable se transforma en estructuras claras y presentes con tonos de luz fantasmales. Es un tablero de ajedrez y las 16 piezas se mueven rápidamente por el campo de batalla cuadrado a cuadrado. Cuando nuestro guardián del orfanato constata que; está ante una pequeña genio de este juego. Terminando por introducir a la pequeña Harmon, en un mundo este deporte. Un coto exclusivo de hombres. Aparecía ese submundo de una sociedad, muy cercana al de las mentiras de Don Draper de la magistral Mad Men. Sin embargo, Beth, entra en una dinámica de  adicción, donde su sintomatología comienza a escaparse de todo control y su abstinencia es incontrolable. Finalmente, las autoridades impiden que el hogar les siga dando esa medicación a las niñas. Jolene, el único personaje de raza negra, que deambula por el orfanato, será una de las pocas amistades, que se hallan en la misma situación que BH. Muy pronto conecta con Beth. Desde el primer día de reparto de píldoras y sus sutiles consejos de cómo administrarse las píldoras. Sería la adolescente que representa a los luchadores sureños que claman por la igualdad y son igual de responsables; en el gran estado utópico de progreso y bienestar que son los EE.UU. Pero todo ello, como muy solapado. Dejando el pequeño apunte, ella existe, en el libro y el guion, esencialmente, para ayudar a Beth. Pasados unos años nuestra protagonista BH es una adolescente, que se despide de Jolene. Pues, la directora del refugio le presenta a sus nuevos progenitores: los Wheatley, un matrimonio infeliz.

Mientras el esposo pasa semanas enfrascado en interminables “viajes de negocios” por el  oeste, Beth, va estrechando, unos vínculos muy empáticos hacia su nueva madre, Alma (Marielle Heller), una alcohólica funcional sui generis. Beth gana torneos de ajedrez locales, y cuando Alma descubre cuánto dinero puede ganar su nueva hija, actúa como agente representante de Beth, por una porcentaje. Sacándola de la escuela para que puedan viajar a torneos nacionales e internacionales. Mientras tanto, aquella sociedad norteamericana donde “solo trabajan mujeres negras”, que parece gozar de relativo esplendor una década y media, después del final de la 2GM sigue su devenir. Los USA van saliendo de los 50, para acercarse más a los 60, igual que Beth Harmon. Entre el entretenimiento y el propio entrenamiento: se va generando tensión y emoción. Dolor y venganza, la cual,  permite la puesta en escena de una obra de gran profundidad; que deparará por sumideros bizarros. En el fondo, toda  una experiencia emocional complicada de compartir. Alma Wheatley, tiene ese sentido de pálida simpatía de estrella de cabaret decadente. Una ama de casa frustrada de los sesenta a la que los tiempos han privado de su propio potencial. Evidentemente, es ella, la única conexión real de Beth con el mundo. Del que como madre quiere advertir de la perversidad que posee, el misma. A su manera, todas las piezas representan las virtudes y las flaquezas de Beth. En el tablero de ajedrez flanquean a la Reina de Beth, aunque depende de ella darse cuenta de su importancia. Muy difícil de limitar a un género, en lugar de a otro, ya que es compleja y notable.

El juego del enigmático del ajedrez se alimenta un apasionante encanto y una particular historia de formación y emancipación, que se basa en la importancia de nuestras raíces y la inmensa fuerza necesaria: si no tienes la suerte de nacer en el lado “adecuado” de la barrera, para captar tu propio destino. Desde el impulso kármico que parece atraparla desde la mente prodigiosa de su madre muerta, a esos periodos de alcohol y clorpromazina que hacen de ella una zombi autista. Ahí entramos y desmenuzamos la cabeza de Beth, obligada por la fatalidad a aprender desde niña a controlar sus emociones por una estricta necesidad vital. El aspecto más impactante es sin duda cómo se vuelve adicta a las píldoras; cuando era niña y la adicción se solidifica con los años. El autodescubrimiento gradual y el fortalecimiento interior siempre significan un enfrentamiento con los demonios interiores y traumas tardíos que retumban en la mujer que se ha convertido. Beth Harmon fue obligada a tomar supuestas vitaminas mágicas todos los días, que en muy corto tiempo le generaron dependencia. A hundirse en el dolor, a dominar un mundo predecible en el que hay que ser una mujer fuerte para estar sola y encontrar tu propio itinerario, en una sociedad donde las personas, especialmente las mujeres, están satisfechas con todo para poder decir que tienen algo. La serie deja  claro que ella es la mejor de las mejores y que no está dispuesta a permitir que las expectativas de su género, la historia de su origen o los hombres de su vida dicten lo que pueda hacer o lograr. Empero a diferencia de esos otros genios, para quienes el mundo se inclina, en adaptarse a sus necesidades. La historia deja bien claro que esta actitud tiene un costo. Sí, Beth no debería (y no debe) comprometerse simplemente porque aquellos que carecen de su talento o impulso se lo piden, pues, la historia asocia el ascenso de Beth con el de los campeones de ajedrez soviéticos, los hombres que hacen todo y dan todo a lo largo de su carrera.

Vidas para alcanzar la cima de su juego y luego pasar el resto de sus vidas tratando de mantenerse en la cima mientras los jóvenes advenedizos emergen para enfrentarlos. Una vez que son destronados, pierden todo y se retiran silenciosamente en la oscuridad. Simplemente un nombre que alguna vez fue grandioso pero que ya no es necesario: los campeones de ajedrez de la cinta transportadora. Esta yuxtaposición, que realmente solo se enfoca en la segunda mitad de la serie, insinúa la posibilidad de un final trágico para Beth (fuera de los límites de la serie, naturalmente), pero estamos claramente destinados a creer que ella puede recuperarse. Fuera de esta trayectoria, que hay suficientes personas que se preocupan por ella, y no simplemente por su talento, para salvarla de este destino, incluso si no siempre está dispuesta o no siempre puede aceptar su ayuda cuando se la ofrece. Henry Melling como Harry Beltik, un rival convertido en amigo, y Thomas Brodie-Sangster como Benny Watts, el principal rival estadounidense de Beth, están excelentes, y cada personaje consigue caminar por el filo de la navaja, al reconocer el genio de Beth y negarse a no salir castrado por ella. No es fácil crear uno de esos personajes en un cuento como este, pero tener tres (sin mencionar una gran cantidad de ajedrecistas adicionales que pueden dejar de lado sus egos y aceptar a Beth por lo que es), todos los cuales. ¿Son multifacéticos y esenciales para la trama? Esa es una hazaña impresionante de escritura e interpretación. Si bien Taylor-Joy es la estrella, ver a Camp, Melling y Brodie-Sangster, todos grandes actores por derecho propio, jugar con ella es uno de los mayores alicientes del espectáculo. Saber cuándo retirarse para permitir que su coprotagonista brille es una habilidad que el público a menudo pasa por alto, pero cada uno de estos hombres estaba dispuesto a hacerlo y eso hizo que la serie fuera aún más fuerte.

A través de una narrativa encantadora y convincente, imbuida de emancipación, feminismo y adicción a las drogas. De alcohol y las autolesiones que giran en torno a la prodigio del ajedrez Beth Harmon. Beth es tan desordenada, mezquina y brillante como John Nash (Russell Crowe en A Beautiful Mind 2001) o Will Hunting (Matt Damon en Good Will Hunting 1997). Nada en The Queen’s Gambit se siente al azar, la exquisita fotografía de Steven Meizler llenando cada cuadro con detalles de época. El diseño de producción del germano Uli Hanisch convirtiendo una paleta de colores de grises, marrones y rubores en algo exuberante y casi reconfortante. Evoca tanto la vulgaridad suburbana como el lujo creciente de la ascensión de Beth con igual facilidad, ya sea que el escenario sea un orfanato de Kentucky, un lúgubre apartamento en el sótano de la ciudad de Nueva York o el hotel más lujoso de la Moscú de 1967. Mientras tanto, el vestuario de Gabriele Binder es fundamental para trazar el florecimiento físico de Beth. El diseño de las localizaciones o la visualización de las partidas de ajedrez. El ajedrez es la columna vertebral de The Queen’s Gambit y no estoy seguro de que ningún director haya tenido que encontrar tantas formas de generar acción a partir de jugadores mirando figuras talladas en un tablero de 64 cuadrados. Trabajando en tándem sinfónico con el montaje final de Michelle Tesoro y sus composiciones multipantalla. La labor del compositor Carlos Rafael Rivera, cuyo enorme trabajo hace que sus notas sean de las mejores de este año. Así como la labor de maquillaje y peluquería de Daniel Parker son espléndidos. Todo ello, desde un planteamiento muy original; el genio de esta historia se llama mujer. Y ya hay una nueva estrella en el firmamento. Déjense llevar por el fascinante mundo del ajedrez y  lo agradecerán. Nota:7,8 

Los Ángeles de Charlie (1976)

El pasado negro de aquella vieja España comenzaba a retomar el aliento. Nuevos vientos de liberación corrían por las calles y los semblantes de nuestras actuales abuelas —que se transformaban— en melenas coloreadas y tejanos Lois con patas de elefante.  De la mano divina de un Dios llamado Charlie: tres criaturas brillaban —como diamantes De Beers— en las protocajas catódicas, de un system Pal protocolor. La nueva cita, tras la manduca tardonocturna, eran los originales Ángeles de Charlie. Todo el mundo se iba a la cama con una sonrisa de oreja a oreja, obnubilados por el magnetismo de aquellos rostros angelicales. Pocas veces se había visto en la tele una combinación tan inusual de vitalidad femenina y sensualidad. La década de los 70 fue toda una aventura para la sociedad occidental. Sin embargo, en España se convirtió en un reto doble; la gente se acercaba por primera vez en muchos años a una urna y las féminas —tímidamente— alzaban su voz, aunque no quieran reconocérselo gracias a mujeres como estas tres ninfas: Sabrina, Jill y Kelly. La misoginia apretaba, empero las nuevas murallas de la palabra libertad se hacían fuertes en la frágil piel de toro. Empero, la platea estaba sedienta de acción y aventura.

Evidentemente, Los Ángeles de Charlie marcaron un antes y un después, en la televisión. Primero, el hecho de ubicar a tres mujeres como protagonistas—guapas y sexys—, independientes y caracteres dispares. Y en segundo lugar, el golpe de efecto de un jefe, que era un interfono —antiguo armatoste— de voz sugerente y, de algún modo, sexista (puesta por el actor John Forsythe) El resto de la tramoya delegaba en su lugarteniente, el siempre eficaz, JohnBosley (interpretado por David Doyle). Los episodios arrancaban con el encargo de una nueva y arriesgada misión del Sr. Charles Townsend a sus chicas. Con el saludo inicial de: “Buenos días, ángeles. “Buenos días, Charlie… La factoría Spelling-Goldberg, que por aquel entonces parecía tener el monopolio del éxito en la pequeña pantalla en los alocados 70, lo tuvieron claro el día que entablaron conversaciones con la ABC. Creadores de celebres policíacos y culebrones de clanes familiares. De Starsky y Hutch o S.W.A.T en la década de los setenta a folletines ochenteros, como  Dinastía o los Colby.

Pese a esto, los avispados productores contaron en este serial, un drama sobre tres mujeres —en un principio, todas ellas al servicio del departamento de policía— que son contratadas por un hombre misterioso llamado Charlie como detectives privados. Entraba la cortinilla del capítulo y sonaba el score musical, ya mítico, de Jack Elliott. Éste, proponía arriesgadas misiones de todo tipo ya que su agencia es célebre por la factura de los trabajos. A todo ello, se le unía el factor celebrity, es decir, la introducción de grandes estrellas de la gran pantalla,  haciendo sus cameos de buenos y malos: Barry Bostwick, Kim Cattrall, ScatmanCrothers, Jamie Lee Curtis, Timothy Dalton, CaseyKasem, Tommy Lee Jones, Robert Englund, Patrick Duffy, Sammy Davis Jr., Christopher Lee y un jovial Tom Selleck. Todo el mundo quería su minuto de gloria en la serie policiaca más sexy y cool de la historia de la televisión. Los Ángeles de Charlie pasarán a la posteridad por ser un halo de libertad femenina y confianza en la labor detectivesca. Steve McQueen dejó de tener la patente de corso para hacer los mejores trompos del cine. Sabrina, Kelly y Jill hacían rugir motores a todo gas.

No por ello, Los Ángeles de Charlie estaban contaminados del maldito sambenito de mujeres objetos, que se dejaba ver en sus personajes, según sus detractores. Fue atacada por la zafiedad de sus guiones y la banalización del concepto femenino, donde sus estrellas correteaban, sin ton ni son, en unas aventuras, envueltas de tics machistas. Los directivos de la ABC, que nunca creyeron en la idea inicial del dueto S&G, se frotaban las manos con las audiencias del formato. El mismo que de la noche a la mañana se convertiría en icono de deseo entre peluqueros, diseñadores fashion, revistas del corazón, feministas de pro y sexistas de todo tipo, a la caza del cabello de FarrahFawcett-Majors. La misma estrella, que fue demandada por la productora, ya que nada más acabar la primera temporada decidió la salida del show. Apenas, pudimos disfrutar de sus bellos ojos en veintinueve capítulos de un total de ciento nueve episodios, a lo largo de 5 temporadas, que se emitieron de 1976 a 1981. Y eso que hubo casi tortas por su papel. Entre las muchas pretendientes al puesto de este personaje, estaban nombres tan sugerentes como los de Kim Basinger o Michelle Pfeiffer.

Al final, la pobre Fawcett, entre matrimonios fallidos y elecciones erróneas en su carrera cinematográfica, la vida le dio un duro revés; cuando un demoledor cáncer acabó con uno de los rostros más bellos del Hollywood de aquellos locos 70/80. Los guionistas y productores optaron por Cheryl Ladd, que interpretaba a Kris, su hermana pequeña, mientras ella se había tomado una especie de excedencia laboral para competir como piloto de carreras en el Grand Prix de Europa. Kate Jackson, se mantuvo como la cerebral Sabrina Duncan. Al finalizar la tercera temporada, se marchó y fue sustituida por Shelley Hack, en su 4T, y en la 5T, el papel fue para Tanya Roberts. Jacklyn Smith, la siempre profesional y curranta, Kelly Garrett: estuvo las cinco temporadas completas. Es más, a día de hoy se le puede ver por una de las entregas de CSI, haciendo de forense. En el año 2000, Drew Barrymore adquirió los derechos cinematográficos de la serie, para llevarla a la gran pantalla. Una gran superproducción protagonizada por la propia Barrymore, Cameron Díaz y Lucy Lu. El film tuvo suficiente éxito como para generar una segunda parte tres años después. La respuesta de la crítica y público fue nefasta. Obviamente, la entrega final de la trilogía quedó en algún cajón desastre. El canal ABC rescató el formato televisivo nuevamente con D. Barrymore de productora.  Jóvenes actrices, con muchas ganas, en sus misiones por la ciudad de Miami. Sin embargo, el resultado fue un gran fiasco y sólo se han emitido unos ocho episodios de su primera entrega. Los Ángeles de Charlie originales están editados en DVD —V.O.—, las cinco temporadas se pueden adquirir en Amazon. Nota: 6,9

Yellowstone 2020 “El triunfo de Sheridan y Kevin”

Según el creador de Yellowstone, guionista y showrunner y director, Taylor dixit: una buena forma de pensar en la serie es preguntarse ¿Qué pasaría si El Padrino del maestro Coppola tuviera lugar en el rancho más grande de Montana? El comentario deja muy claro cómo le gustaría que pensáramos sobre el dueño del rancho John Dutton (Kevin Costner), su familia y los hombres que trabajan para él, muchos de los cuales tienen el logo de la ganadería a la que pertenecen: esa letra Y de Yellowstone grabada en el pecho, literalmente, y desprendiendo un aroma a carne quemada. El rancho cuenta con vaqueros de carrera, Cowboys puros. Empero con todo tipo de fugitivos-as, ex convictos-as y marginados-as sociales que aterrizan allí como último recurso. Están incluidos en el mundo de Yellowstone y nunca se les permite irse: Rip Wheeler (Cole Hauser) como el búfalo del barracón. A pesar de contar con una cabaña, independiente, de la que disfruta de los privilegios de Sr. Lobo (ya que goza de patente de corso para hacer desaparecer a aquel que contradiga el modus vivendi del clan Yellowstone) del patriarca Kevin Costner. No tiene ninguna queja, de su manera de vivir, de hacer lo que le diga el jefe Dutton. A él, le debe todo. Incluso el amor que siente por su hija Beth, la actriz británica (Kelly Reilly). Consentido, como algo que viene desde la adolescencia y de algún modo, visto como ese hijo que hubiera sido el perfecto reemplazo junto a Lee. Por muy humanos y comprensivos que puedan ser por la forma de ocuparse de sus asuntos: no deben confundirse con los buenos. Sheridan es un gran contador de historias cuando se trata de crear (la mayoría) de los personajes, y conduce a grandes actuaciones y escenarios abrasivos de vida o muerte. Numerosas personas aquí son especialmente atractivas porque Sheridan las define —más que nada— por su concepto de filosofía Amerindia. Sabe del mundo de los Nativoamericanos, lo que puede que sepan pocos antropólogos, y su perspectiva, muy fundamentada, en un discurso que dejó muy bien descrito en su trilogía Neowester: Sicario, Hell or High Water y  Wind River. Es posiblemente, un tejano que se ha hecho a sí mismo, y de ahí que sólo, por eso muchos lo quieran. A menudo hablan de tópicos en conversaciones casuales, y casi quieres escribirlos. Empero estamos ante una demostración más de la habilidad de Sheridan para escribir un guion. Esa es la diferencia en una historia que nos podría parecer tan sobreescrita; si los personajes no estuvieran tan bien cimentados. Kevin Costner es, por supuesto, un ícono de Hollywood y tiene toda la arrogancia que los espectadores deben esperar, pero no hay nadie en este conjunto cuya actuación parezca faltarle. Kevin Costner y la televisión no se reúnen con tanta frecuencia, pero cuando lo hacen, funciona tanto para él como para el público. El actor ganó un Emmy por su papel en la aclamada miniserie Hatfields & McCoy’s, y en algunos episodios de Yellowstone, los televidentes pueden estar convencidos de que merece más premios por su interpretación del ranchero endurecido John Dutton. Con un fuerte elenco de personajes intrigantes, este drama occidental empapado en sangre tomará calma de verano de TV mucho más entretenido y puede hacer que este Yellowstone tan famoso como el parque. Es curioso, saber cómo un tipo tan intimidante en el western, del calibre de Costner y siendo productor ejecutivo; nunca sepa nada de lo que está cociendo en el próximo guion del siguiente capítulo.

Eso, sí. Los 500.000 dólares que —recibe del canal de cable de Paramount— nuestro querido Kevin se lleva al bolsillo, se los curra, centavo a centavo. ¿Quién tiene cojones a decirle al director y protagonista de Dancing with Wolwes,  Wyatt Earp,  Silverado, y aquella joya llamada Open Range…Mira, Kevin hemos pensado bajarte el sueldo? Obviamente, hay personajes realmente desagradables que provocan ira desde el primer momento, pero Yellowstone incluso nos hace empatizar con un par de esos personajes a medida que la serie continúa. La actuación de Kevin Costner como John Dutton proporcionará escalofríos, a más de un espectador, en el acompañamiento de las diversas emociones del espectáculo, y, hay muchas en ambos aspectos. Si el público aún no se ha dado cuenta de lo que Paramount Network es capaz de hacer con la televisión. Recuerden esa joya, de la que hablamos, ya hace unos cuantos meses: Waco (2019), y sabrán como trabajan por con guiones, por CBSViacom. Yellowstone es la serie que ha colocado a este desconocido canal de cable en el mapamundi, en un lugar tan grande como Montana. Y así como el modus operandi de la familia Corleone de El Padrino y los capullos —que llevan a cabo— sus órdenes; se inspiraron en las formas que operan las grandes empresas. Yellowstone se basa en las formas en que los Estados Unidos contemporáneos miden su lugar en el mundo. Ambos pertenecen a géneros estadounidenses clásicos: El padrino (1972) es una película de gansters ambientada durante la década de 1940; Yellowstone es un oeste firmemente anclado en la actualidad. Y ambos tienen mucho en mente las duras realidades que afligen a Estados Unidos. Si rebobinamos en el estudio de los westerns norteamericanos, por excelencia, siempre han sido, cuentos sobre el estado de la nación. Durante los años, en que el género estaba en su apogeo, aproximadamente desde la década de 1930 hasta finales de los 60 y principios de los 70, películas como Stagecoach (1939), My Darling Clementine (1946), The Man Who Shot Liberty Valance (1962), The Wild Bunch (1969) y McCabe & Mrs Miller (1971) se desarrollaron en un contexto de historias del nacimiento de una nación ambientadas durante el siglo XIX: el desplazamiento de los nativos americanos. En muchas ocasiones, no siempre, reducido a hordas que atacan intrusos de rostro pálido. La llegada de colonos en carros cubiertos, de generosas lonas tiza, extendiéndose por vastos y vacíos paisajes, hasta la lucha entre los agricultores que querían cercar sus cultivos y los ganaderos que necesitaban esos pastizales completamente abiertos para que sus rebaños deambularan.

La progresiva invasión de las grandes empresas desde el Este al Oeste; la Guerra Civil (1861-1865), que enfrentó al norte contra el sur, en un conflicto cuyas consecuencias aún resuenan de costa a costa. Sus héroes eran personajes muy similares al protagonista de la serie; el patriarca John Dutton de Yellowstone. Ese tipo de hombres que pueden saber si les estás mintiendo; simplemente mirándote a los ojos. Lo que hacen, lo hacen porque el destino viene de la mano de ellos —o al menos así les gustaría verlo— si alguna vez lo pensaran. Son una ley en sí mismos, y, en ausencia de supervisión oficial, lo que dicen vale. Hace 150 años, podría estar bien, hoy en día, siguen siendo encarnaciones vivientes del aforismo del poder. Dutton no es desalmado, pero es despiadado, y su visión del mundo, los valores patriarcales que encarna y los extremos a los que está dispuesto a llegar para hacerlos cumplir lo hacen peligroso. Cree que tiene una misión moral, anunciando constantemente que todo lo que está haciendo es por su familia. Como si eso fuera razón suficiente. El drama y la intriga política en Yellowstone se derivan de las disputas de propiedad, sobre la tierra y el ganado propiedad de John Dutton (Kevin Costner). Dutton es el propietario arruinado y obsesivo del inmenso Rancho Yellowstone, desesperado por proteger su propiedad de posibles invasores: el nuevo jefe, un tipo con estudios universitarios e inteligente, de la Reserva de Broken Rock, Thomas Rainwater (Gil Birmingham). Él está utilizando la presión política para tratar de recuperar las Dutton tierras —y toda una legión de vendedores de urbanizaciones de tierra yuppie— que están construyendo condominios que bordean la propiedad de Yellowstone. El espectáculo de Montana se presenta como un área legal gris, donde el único requisito para ser dueño de ganado es tenerlos deambulando por su tierra, y donde los políticos son activos útiles. Gran parte del drama de Yellowstone proviene de esperar a que intervenga una autoridad responsable a medida que los conflictos se descontrolan. Hay poco tiempo para el respiro en Yellowstone, donde la  tensión corta el aliento.

La ley está en manos del mejor postor. Y mientras Dutton les dice a los intrusos sobre su propiedad, “Esto es Estados Unidos. Aquí no compartimos la tierra”, su familia está formada por almas perdidas, atrapadas por su conexión familiar. Beth (Kelly Reilly) es en gran medida la hija de su padre, empuñando ferozmente su sexualidad, su astucia, y el apellido como armas. Por otro lado, tenemos al hijo mayor Lee (Dave Annable) fallecido en el primer episodio piloto del show. Algo que le consume interiormente a Mr. Dutton. Después, estaría el hijo mediano; el abogado Jamie (Wes Bentley). Esteta, chico de Harvard y refinadas formas. Sobremirado por su falta de coraje y desprovisto de un centro moral. Su cabeza está con el recurrente pensamiento de ser despreciado por todos. Vive un tormento, que pone en duda, si es en realidad un hijo biológico de John Dutton. Y el pequeño Kayce (Luke Grimes) el joven sexy, rebelde, que se fue al ejercito para convertirse en un Seal. De vuelta a casa, siente la persecución de sus experiencias en Afganistán, casado con una hermosa mujer nativa americana Monica (Kelsey Asbille) y luchando con ella para evitar ser consumido por la dinastía Dutton. Sin embargo, en el corazón de Yellowstone se encuentra una ideología que lo separa del grupo de imitaciones de prestigio, un llamamiento desesperado y amenazado a la identidad estadounidense y la masculinidad blanca, que hace del este producto sui generis de Paramount algo palpablemente diferente de otros dramas de rivalidad familiar como Billions o Succession. En la típica dinámica de la historia, se parece a esos programas y otros proyectos de prestigio: mezcla el drama familiar interno con juegos de poder a mayor escala y —como tantas series de este género—, su radiografía central es un triste hombre blanco triste de mediana edad. Empero el drama generacional, por antonomasia, típico en la televisión estadounidense trata sobre el poder por el poder, y sobre la ansiedad de la nueva generación; que está en ese nivel y superando con nota a los que vinieron antes. En Yellowstone, todos esos ritmos, van de la mano de una ansiedad más existencial. Los auténticos  enemigos de John Dutton no son simplemente malos genéricos que quieren lo que él posee; si lo fueran, no le importaría tanto si lo golpeasen tan bajo. Las batallas en Yellowstone tratan sobre la idea de: ¿Cuál es una forma de vida, mucho  mejor que las del resto? Ser un ranchero, o mejor aún, un vaquero, un verdadero vaquero aquel icónico hombre que se echaba un pitillo de Marlboro paseando con su corcel ¿recuerdan la publicidad de aquellos 70/80?— dado a una vida más pura, más auténtica y mejor. Y no es casualidad que este programa sobre la dolorosa ansiedad de que a uno le quiten la vida, en un instante, sea en su tercera temporada, uno de los dramas más vistos por cable. Yellowstone se puede jactar de tener más audiencia que The Walking Dead y muchas otras producciones actuales de HBO o Netflix.

Y es que hablamos de un espectáculo sobre un terreno ingente, Dutton/Yellowstone: es lo suficientemente grande como para ser esencialmente un estado-nación. En realidad solo hay dos edificios que importan. El más grande, el más conspicuo y aparentemente impresionante, es el albergue Dutton, una mansión de madera y piedra del río que se avecina. Está diseñado para intimidar por dentro y por fuera, y su decoración, es una mezcla específica de riqueza y occidentalidad estadounidense. Los enemigos más sofocantes y persuasivos de Dutton son a menudo inversionistas de Silicon Valley repugnantes y desalmados. Ese tipo de personas que tienden a preferir techos súperaltos, rigidez moderna, enormes láminas de vidrio y acabados en tonos brillantes y de corte minimalista. Por el contrario, el palacio de los Dutton es un lugar de madera oscura y una chimenea crepitante. Hay cabezas de ciervo en la pared, sillas de cuero con tachuelas de latón y patrones Pendleton. Los Dutton tienen un chef privado, pero también usan sus botas de vaquero dentro de la casa. Además, el nombre del chef es Gator. Es riqueza, de acuerdo, pero se filtra. a través de un prisma de un estilo aceptado. Es obstentación, sí lo es. Empero está bien vista, ya que los Dutton obtienen lo que se supone que es Montana. El villano más puro de la serie es Dan Jenkins (Danny Huston), una caricatura, de un magnate inmobiliario que intenta inundar Montana con condominios y heladerías artesanales. Se lo conoce como un vampiro en la serie, y la palabra se emplea con el vigor odioso, más cercano, a la difamación. Sin embargo, lo único que parece separar a Jenkins de Rainwater y Dutton es que este tiburón está abierto, en caso de éxito, a mercantilizar una visión romántica del país originario. Más desolladora fue la aparición en escena del extraordinario actor, Neal McDonough, como Malcom Beck y su hermano Teal Beck (Terry Serpico). Posiblemente, el adversario más sanguinario al que el clan Dutton tuvieron que presentar batalla. Actualmente, los productores nos han familiarizado, con un nuevo halcón de los negocios oscuros. Nos referimos al nuevo fichaje de esta tercera temporada Roarke Morris (Josh Holloway).

Otro personaje al que le han caído los años, tantas como cirugías faciales se ha marcado, para seguir siendo aquel machote, de otrora tiempos mozos, se marcaba anuncios en paraísos hawaianos de la fresca colonia Davidoff. Holloway, no se arruga y ahí, lo vemos con su peto y gorra de Masey Ferguson, pescando truchas asalmonadas en territorio de Dutton. El extraño se presenta a sí mismo como, uno más del clan familiar vecino, dueño de otro gran rancho en el área de confrontación. Y miren por dónde, que la portentosa Beth iba con su coche pasando por un puente, cuando se da de bruces con el galán de Lost, en una escena muy de femme fatale de época. Ahora, convertido en un ejecutivo voraz, que practica Tai Chi, como lo hacía el ex ministro Rato (actualmente, en el trullo) que se jacta de estar pescando, en un lugar familiar, y esencialmente, por puro divertimento. Beth le ha tomado la matrícula y eso es peor, que una notificación del Estado de Defensa de EE.UU. La otra gran estructura de importancia sostenida en Yellowstone se encuentra en la zona Oeste del rancho de Dutton: el barracón. Ese lugar donde viven todos los peones del rancho. Es estrecho y sencillo, dos o tres habitaciones de espacio habitable, con una cocina, un baño y una habitación donde media docena o más de vaqueros duermen en literas dobles.

La gran barraca está llena de mantas a cuadros, latas de cerveza vacías y alfombras anudadas a mano. Es donde personajes con nombres, ya habituales para el espectador, caso de Lloyd (Forrie J. Smith), Colby (Denim Richards) y Ryan (Ian Bohen) escupen tabaco. Juegan a las cartas se hartan a risas, mientras se beben el Mississippi de Bourbon y cerveza se desmayan antes de levantarse. Un amanecer hermoso en un plano, muy de Sheridan, tambaleándose, en busca del chorro de agua de la manguera. Comienza el día, y de nuevo, el traslado del rebaño a un nuevo prado. Es cuando, la gran cabaña, de curreles se queda vacía y se observan las paredes empapeladas de fotos de mujeres hermosas —no desnudas, ni pornográficas— arrancadas de magazines con estilo. Mujeres castamente invitantes y alegremente sonrientes. Hay obscenidad y rudeza en el barracón, pero es varonil, limpia de escabrosidad  y grosería cutre. Es un lugar difícil, no todos sirven para vivir y trabajar en aquel sudoroso lugar de camaradería. La ideología del barracón es brillantemente pura, simple e implacable. Los tipos urbanos adinerados son remilgados gastados que no valoran las cosas buenas: la suciedad. Vacas, horizontes infinitos y el silencio. Esas personas están menos sudorosas, menos callosas, no son dignas. Y, sin embargo, pasaban los primeros episodios de la primera temporada de Yellowstone con la impresión de que la política del programa estaba extrañamente confusa. Si el barracón es la única forma de vivir, el lujoso albergue de John Dutton es un problema para el alma de Dutton. Lo pringa, no. La buena mugre de un largo día pastoreando ganado, es sudor limpio. La suciedad que asquea en Yellowstone es la de los tratos de acciones clandestinas, el chantaje y las maniobras políticas estatales. Yellowstone lo sabe.

La hija de Dutton, Beth (Kelly Reilly), es la emisaria de la familia en el mundo de las repugnantes corporaciones estadounidenses, pero también es la que dice la verdad de la familia. Incluso mientras trabaja para destruir a los enemigos del rancho, Beth escupe veneno a sus hermanos y resiente a su padre. “Sigamos con la ilusión de que somos una gran familia feliz”, le dice a Dutton en la mesa. “Eso es exactamente lo que es”, dice. “Eso es lo que era”—le corrige. “Ya no sé cómo diablos llamarlo”. Sólo hay un elemento de Yellowstone que actúa como un viento predominante, una voz contraria que interviene ocasionalmente para preguntar si quizás, solo quizás, la forma de vida de John Dutton no es la manifestación física de la grandeza estadounidense. No son solo los gestores y promotores inmobiliarios. También están los fondos buitre de Wall Street  que quieren destruir el rancho de Dutton, luego está Thomas Rainwater (Gil Birmingham), el jefe de la reserva de nativos americanos del programa. Quiere terrenos del rancho Dutton para construir un nuevo casino, pero ese Hotel/complejo de juego, es solo una herramienta para acumular recursos y poder comprar todo el valle. Rainwater quiere devolver la tierra al estado sin vallas, sin ganado y propiedad de nativos que alguna vez fue la nación india. Según las propias jerarquías de valor de Yellowstone, el reclamo de Rainwater sobre la propiedad de la familia debería ser aún más fuerte que el de Dutton: es más antiguo y su uso imaginado de la tierra es aún más honorable, incluso más puro. Yellowstone, la visión del mundo de Dutton gana sobre cualquier otra cosa. Es la base más profunda de la idea de americanidad del programa. También es lo que menos examina Yellowstone. La idea de que ser un vaquero es mejor que cualquier otra cosa es un fundamento que el programa no tiene interés en reconsiderar. Obviamente es una causa perdida; Dutton acepta que bien podría ser la última generación en mantener vivo el rancho. Pero el hecho de que esté amenazado solo arroja su causa a una luz más grande y más trágicamente noble. Sin embargo Dutton lo ignora. Después de que algunas vacas de Yellowstone vagan por las tierras de la reserva y la gente de Rainwater no las devuelve, Dutton le dice: “Si actúas como un ladrón, Thomas, te trataré como a uno”. “¿Cómo puedes estar parado en un rancho del tamaño de Rhode Island y acusarme de robo?”

el jefe Rainwater responde. Dutton no tiene respuesta y Yellowstone tampoco. En cambio, Rainwater es clasificado como otro de los muchos adversarios de Dutton, como una oposición a las cosas que hacen que John Dutton sea quien es, una alteridad a la blancura de Dutton. Yellowstone y John Dutton no tienen una respuesta para Thomas Rainwater porque no hay una, y el hecho de que el programa avance sin abordarlo habla de la vacuidad de su visión estadounidense de manera más potente que cualquiera de los constantes lamentos, sobre si Dutton termina, justificando sus medios, en busca del verdadero fin. La única respuesta que Yellowstone puede reunir es Tate (Brecken Merrill), nieto de Dutton. La madre de Tate es nativa americana y nació en la reserva, y ahora ella y Tate viven con los Dutton en el albergue. Yellowstone plantea la cuestión de la soberanía nativa, pero lo máximo que está dispuesta a hacer es asimilar la identidad nativa en el código moral del programa. Dutton convierte a Tate en el presunto heredero del rancho y le da un caballo para enseñarle las primera máximas sobre la responsabilidad. Pero el episodio se cierra en un momento agradable y sereno cuando John se sienta con Tate cerca de una fogata nocturna, discutiendo la naturaleza de las pesadillas. Yellowstone, como muchos buenos westerns, combina acción enérgica con los paisajes de ensueño de las exuberantes fronteras de Estados Unidos. Sin embargo, en sus subtextos también tiene algunas ideas notables. Para un programa sobre el excepcionalísimo estadounidense, Yellowstone es un mundo increíblemente insular Volvamos al barracón para reinterpretar la cuestión de la virilidad estadounidense.

En la primera temporada había un zagal que vivía en una caravana, con un par de balas perdidas, haciendo metanfetamina y escuchando rap a toda tralla: Jimmy (Jefferson White), el chaval, rubito, de ojos azules, que no tiene familia directa y las drogas pueden acabar con él o quizás un balazo de un adicto en peligro de perderse, en pleno síndrome de abstinencia. El problema de Jimmy se encuentra en un punto sin retorno. Cuando un pariente preocupado le ruega a Dutton que acoja a Jimmy y lo ponga en el buen camino. John Dutton, lo tiene muy claro, primero, envía a Rip a incendiar la caravana cochambrosa, donde residía y a bofetones, como panes, entra directamente en el barracón de Yellowstone. Es un inútil. Lleva los pantalones por debajo de los calzoncillos. No sabe montar a caballo, va con gorra con visera girada hacia atrás, en vez de llevar un sombrero de Cowboy y no tiene empatía con el ganado. Poco a poco, Jimmy aprende a montar, a respetar a sus mayores, a inseminar una vaca y a permanecer sobre un toro y a llevar un sombrero de ala ancha. Para la tercera temporada, todavía es un tonto, pero ha sido aceptado. El tipo de Montana, en el que vivió Jimmy antes era pequeño, empobrecido, holgazán y esperando una limosna de los servicios sociales. Dutton, lo dejó muy claro: el trabajo real y la barraca le otorgan dignidad a Jimmy. Sigue siendo un bobo, por tener buen corazón. Pero un bobo respetable. Tanto que entre la segunda temporada y la tercera se convertirá en un personaje con mucho tirón y una estimable subtrama para el show. De ahí, insistimos, en la gran contradicción de un programa, tan obsesionado con la grandeza. Pero en el fondo, Yellowstone es un programa sobre la ineludible minucia de sentirse resentido y asediado. Ese espíritu es tan poderoso que los miembros del hangar de Yellowstone lo usan en su piel. Un bardo vagabundo llamado Walker (Ryan Bingham), muerto y supuestamente, resucitado, dice que “hay algo malvado en este lugar”. No va muy desencaminado y deberíamos creerle. Sin duda, se avecina una gran confrontación, como debe ser en un espectáculo tan apasionado y tan hermosamente extenso. De ahí que Yellowstone se ve como el verdadero y más auténtico  lugar del mundo. O el mejor de ese canal que va creciendo día a día, Paramount Network. La moneda está en el aire y aquí, Sheridan juega a caballo ganador. Recién finalizada la 3ª temporada y firmada una 4ª. La audiencia no hace más que crecer día a día. Los derechos de exhibición mundial, andan entre Netflix y Hulu. No se preocupen, muy pronto el western con 5G y manzana mordida de Montana en sus hogares. Nota: 7,9

 

 

 

 

Perry Mason (1957-1966) El genuino

Uno de los géneros más imperecederos en la historia de la televisión ha sido, por excelencia, el drama judicial. La sala del juicio Made in Usa. Esa, donde, los abogados se convierten en mitad héroes, pedagogos, histriones o profetas de la verdad. Parece haber algo en los abogados que luchan contra los puntos más sutiles de la ley —en su sempiterna búsqueda— de la verdadera justicia. Éste era un remanente de los días de seriales radiados, y  antes de eso, los motivos de los abogados eran extremadamente populares en las novelas de misterio. Los abogados de esta serie no solo hicieron trámites y discutieron frente a los jurados. Eso no habría sido muy emocionante y, después de todo, se supone que la televisión tiene una máxima y es la del entretenimiento a su audiencia. Máxima que tuvieron que asumir ellos mismos para llegar al fondo del caso. Esto generalmente significaba no confiar en los hechos tal como los presentaba la policía. Esta parecía ser la otra cara de la moneda de los dramas policiales —que a menudo— se transmitían frente a los programas de abogados. En esos programas, la policía siempre tenía razón y los abogados defensores eran equivalentes a los malos, pero envueltos de un barniz heroico. En los anales de los programas de abogados hay uno que está por encima del resto. Fue el máximo defensor de los falsamente acusados. Su nombre era Perry Mason. Si algunos de ustedes hubieran sido acusados de un crimen atroz, en ese supuesto, no necesitaba un equipo de abogados de ensueño: todo lo que tenía que tener de su lado era un abogado, de la persistencia de Perry Mason. Éste producto, es el humus seminal, de grandes series como “la Ley de los Angeles 1986” o “Murder One 1995”  que programas como, “El abogado 1997″ e incluso “Ley y Orden 1990” le deben mucho.

Perry Mason definió los cánones del drama legal en la televisión y debería ser parte de cualquier colección doméstica seria. Algunos de nuestros hijos, sobrinos o amigos (ya sean vecinos milenials) en su hogar pueden pensar que el televisor está mal configurado; no hay color. Solo dígales que en el pasado había unas pantallas algo panzudas y con largas antenas de hormigas gigantes. Además emitían unas chuladas de series en blanco y negro. Mason ya era un famoso abogado de ficción mucho antes de que apareciera en la televisión. Más de ochenta novelas de misterio de su creador y alma mater: el escritor  Erle Stanley Gardner. Perry Mason es un descendiente directo de los pulps de misterio serie B, de las décadas de los 30 y 40, con detectives como Charlie Chan y Sherlock Holmes. Y poco después, se produjeron varias versiones de películas sorprendentemente mal concebidas. Curiosamente, ninguna de ellas tuvo éxito. Un programa de radio posterior lo hizo algo mejor, pero también luchó por encontrar el tono adecuado para el programa y su personaje principal. Gardner fue más cuidadoso cuando autorizó sus historias para la televisión. Ahí, entró en acción, la actriz convertida en productora ejecutiva; Gail Patrick Jackson y el productor de línea Ben Brady. Gail cuidó y mimó el proyecto, como si de un hijo suyo se tratará. La CBS, encontró la horma de su zapato en el actor Raymond Burr. De inmediato, su presencia, lo convirtió en la estrella del programa. Empero, fue el conjunto de la dinámica de equipo del quien hizo de Perry Mason un megahit de la protohistoria televisiva. A menudo, se oía al acusado injustamente gritar la coletilla: “Te mataré”, justo antes de la muerte.

Lo llamativo de esta primera mitad de temporada es la variedad de historias y, a su vez, ubicaciones. En lugar de limitar la acción a los mismos pocos escenarios: la oficina de Perry, la sala del tribunal y algunas casas y oficinas genéricas que podrían repararse y reciclarse. Hablamos del  tipo de cosas que se encuentran en otros programas de una cámara como Superman, The Life, Legend. Wyatt Earp, etc., CBS le dio a Perry Mason locaciones en el sur de California: el centro de Los Ángeles, en el Valle, el desierto alto y en Big Bear Mountain. Los interiores durante la primera temporada —de todos modos— se rodaron en los antiguos Western Avenue Studios de Fox. Luego está el arresto y el desafortunado acusado que busca su último recurso para la libertad, ahí está el implacable, Perry Mason. A continuación, se llevaba a cabo, la investigación donde Mason y su equipo descubrían las pistas del verdadero asesino. Finalmente, se remataba en un acerado enfrentamiento en la sala del tribunal. Una cosa que es muy poco realista; es que el verdadero asesino con frecuencia se derrumbaba en el estrado y confesaba. Pregúntele a cualquier abogado de un estrado auténtico ¿con qué frecuencia sucede eso? Mason no tenía mucho personal. Por otra parte, tal vez esta ambigüedad moral fue intencionada, dado el elenco de Raymond Burr, un actor que hasta 1957 había interpretado casi exclusivamente a villanos especialmente despiadados. El más famoso de los cuales fue aquel siniestro asesino en “La ventana indiscreta 1954” de Sir Alfred Hitchcock.

Casi impactante es cuánto peso despegó Burr en los tres cortos años desde esa película. Aunque todavía estaba bastante orondo y de complexión de huesos grandes; Burr en la primera temporada estuvo más delgado que nunca. Empero el recio Burr fue una elección inspirada para interpretar a Perry. Cuando el sagaz RB se eleva sobre aquellos a los que interroga en el estrado de los testigos, su voz autoritaria, sus ojos ceñudos y expresivos aún pueden ser intimidantes, sin embargo, sus modales tranquilos y sosegados conectaban rápidamente con el respetable (curiosamente, en la vida real, Raymond Burr era muy sociable, extremadamente generoso y dulce). Fue una cualidad hasta ahora inexplorada del protagonista, que realmente deslumbra en este show. El resto de su equipo lo componía su secretaria Della Street (Barbara Hale) y un investigador privado, a cargo perpetuo de Mason, Paul Drake (William Hopper). Della contestaría los teléfonos y concertaría citas con su jefe. Recuerden que esta fue una época en la que el lugar de una mujer en los negocios era una tarea muy gregaria. Della también era la persona en la que Mason confiaba sus mayores corazonadas. Discutiría el caso con ella, estimaba su opinión y de paso, se veía en ella, una mujer de ese atisbo, de lo que—afortunadamente— iría llegando: la revolución feminista y la incorporación de la mujer en cargos de mayor calado en la justicia o la docencia jurídica. Pero Della fue un personaje algo inusual para aquellos finales de la década de los 50.

Mason estaría demasiado ocupado con informes y otros asuntos, por lo que Paul también saldría a la calle. En busca de esas pistas e información que los detectives de la policía de Los Ángeles pasaban por alto. Este fue uno de los mejores métodos de la vieja escuela conocida como la “caja de zapatos de piel” para resolver crímenes. Ahora tenemos laboratorios para analizar la más mínima partícula de materia que queda en la escena del crimen. En ese entonces, Drake tendría que ir a hablar con la gente y reunir información lentamente que conduciría a una ruptura en el caso. Lo mejor que le habían tomado las huellas digitales a la policía, y siempre había una razón lógica por la que estaban en el arma homicida. Drake también era un puro arquetipo de compañero de los cincuenta; lo golpearon en más de una ocasión y con ganas. Esto normalmente pondría a Mason y Drake en oposición directa con el hombre a cargo de la investigación policial, el teniente Arthur Tragg (Ray Collins). Cuando llegó el momento de comparecer ante el juez y el jurado, el adversario de Mason era el fiscal de distrito Hamilton Burger (William Talman). Es sorprendente que Burger y Tragg mantuvieran sus trabajos; tenían el peor historial delictivo posible. Cada semana preparaban su caso hermético que Mason hacía pedazos. Considerando que cada uno de los clientes de Mason era inocente. Obviamente, se trataba de una grandísima noticia, ya que en la vida real la ciudad se habría arruinado por todas las demandas de procesamiento civil ilícito que se hubieran presentado. Después de todo, no se puede tratar a la estrella de esa manera. Hubo algunas variaciones sobre el tema presente aquí. En un episodio, Burger tuvo que dejar la acusación. Resulta que un viejo amigo suyo es el sospechoso. Por una vez, Burger se alegró de que Mason estuviera en el caso y  que no tendría que perder todos los pleitos; por una semana. Algunos de los recursos de la trama utilizados aquí datan la serie. La razón del éxito de esta serie se debe a la atención a los detalles y la gran calidad de la producción. Cada episodio se construyó como una película de cine negro de una hora de duración en lugar de un programa de televisión normal de 30 a 40 minutos. Así llegaron a rodar 9 temporadas y 271 episodios desde 1957 a 1966. Todo un hito histórico de la TV de la primera edad dorada.

Ahora, en pleno siglo XXI, después de que se mostraran por primera vez estos episodios, siguen siendo tan buenos como lo fueron desde sus inicios. Un ejemplo fue cuando una chica cigarrera es amenazada y luego acusada de asesinato. Para aquellos que son demasiado jóvenes. El recuerdo de los clubes nocturnos, o cabarets de los años 50 es algo muy alejado de lo que se vemos en 2020. En su caso contratarían a una mujer joven y atractiva para que desfilara con diminutos atuendos vendiendo cigarrillos de una bandeja atada a ellos. Evidentemente, a día de hoy esa escena de la chica escasa de ropa y el cajón de cigarrillos y chocolatinas sería una ofensa para una gran parte del público femenino. Otro caso curioso, sería el episodio del título “El caso de la cantante arisca”. Intenten llamar a una mujer brusca en 2020 y observarán que las cosas han cambiado algo. Afortunadamente. Pero insisto, Perry Mason arranca de lo que llamamos la cultura del cómic pulp. Luego, yo soy partidario de observar las cosas con el conocimiento y la mesura del contexto. Si no somos capaces de ponernos en las diferentes aristas de la vida, no tardaremos en quemar el cine mudo o determinadas letras del RockPunk más glorioso. Otro de los grandes reclamos de la propia serie fue el gran elenco de grandes estrellas que fueron invitadas, muchas de ellas ya consagradas; Bette Davis, Angie Dickinson, Fay Wray, Mona Freeman, George Kennedy, Elisha Cook Jr, Lee Van Cleef  o Walter Pidgeon. Así como muchos y muchas de ellas, caras nuevas que pasaron rápidamente a ser famosas tanto en la gran pantalla como en la TV; Ellen Burstyn o David Hedison. Todos esos grandes fans, de los actores de personajes de la época, encontrarán una verdadera mina de oro en cada episodio de Perry Mason. Sólo en “El caso del doliente enojado”, por ejemplo, aparecen Dorothy Adams, Malcolm Atterbury, una jovencísima Barbara Eden, Sylvia Field, Paul Fix, Joan Weldon y James Westerfield. Otros actores que aparecen en estos primeros diecinueve episodios son: Vaughn Taylor, Hillary Brooke, Greta Thyssen, Robert Cornthwaite, William Schallert, Frances Bavier, Joi Lansing, Michael Fox (el patólogo forense), Virginia Gregg, Brett Halsey y muchos más. Los seguidores de la serie “Three Stooges 1922-1970″ se deleitarán al ver al villano perenne Kenneth MacDonald aparecer con frecuencia como juez y como la chica mala de los últimos Stooge, Connie Cezon, desempeñando a la secretaria, en gran parte, invisible de Perry.

Los fanáticos de la ciencia ficción de los 50 notarán las apariciones de incondicionales del género como Morris Ankrum (otro juez a tiempo parcial), Thomas Browne Henry, Whit Bissell y Robert Clarke. Obviamente, quien quedó marcado para el resto de su vida personal como la auténtica estrella de la TV, en su primera era fue Burr. Su cara era de las más reconocidas en todo el mundo. Después de su carrera de nueve años en CBS, se lanzó un programa de televisión de revitalizar el personaje en 1973 que duró una temporada. Esa encarnación derivó en unas veinticinco películas hechas para televisión que se emitieron entre 1985 y 1993 y solo terminó con la muerte del hombre que siempre será recordado como Mason, Raymond Burr. Actualmente, el prestigioso canal de TV de cable, y ahora en streaming, HBO, ha adquirido los derechos de la mano del actor galés, Matthew Rhys, (“The Americans” 2013) ofrece una actualización impresionante y elegante del drama de la auténtica CBS de mediados de siglo. Situada la acción, en los años finales de la década, de los 20 y comienzos de los 30, en plena depresión económica. Actualmente, es el productor del proyecto. Donde se encuentra respaldado por los productores ejecutivos Amanda Burrell, Ron Fitzgerald y el no menos conocido actor, Robert Downey Jr. Además, de un viejo conocido de la edad de oro del icónico canal como Tim Van Patten. Por cierto, la serie entera con todas sus entregas y episodios se puede en encontrar en Amazon y para aquellos más inquietos en Youtube y otros lugares de la webesfera. Lo dicho, siempre hay tiempo para visionar aquella primera edad de oro de la TV y poder disfrutar de un show con más de 9 nominaciones a los Emmys, donde su protagonista siempre era el foco de la pasaralela. Disfruten del genuino Perry Mason. Nota: 8,5