Time (2021) “Stephen Graham y Michel Foulcault en el trullo”

Parece que todo sigue igual en el viejo imperio de las islas del Brexit. Boris, necesitó comerse el Covid19, para sentir en sus carnes, la nocividad de la pandemia. Afortunadamente, la ficción audiovisual de las benditas islas y su BBC; lo sigue bordando. Bastaría, con preguntarle al guionista Jimmy McGovern, el cual, estaría completamente de acuerdo con el maestro  Foucault. Desde sus tiempos de bisoño profesor de talleres de guion en las cárceles británicas —a las actuales— de este siglo de la digitalización del mal. Puede ser que algunos presos tengan deseos sanos. Muchos, de ellos, no. Empero, McGovern —ya perro viejo— se reivindica en este drama con el mismo mensaje que el pensador de Poitiers: la cárcel fabrica delincuentes pero más profundamente la cárcel produce subterfugios que son “prácticas heterogéneas y plurales que se desarrollan al margen de la ley o en franca oposición a ella”. Precisamente, la policía fue instaurada para controlar los pequeños y grandes malvados, ya que los burgueses temían las nuevas formas de resistencia que desarrollaba la plebe proletarizada, pero aún más los vacíos de poder. La policía y la prisión permitieron a las desigualdades sociales reproducirse y legitimarse mediante trampas y artificios diversos.”(…) Curiosamente aquí, el zorro que tiene que vigilar a las gallinas; es posiblemente el mejor actor de su generación de todo el Reino Unido, Stephen Graham, en el papel de Eric McNally. Un conspicuo buen padre de familia y cabal funcionario de prisiones. Sin embargo, un preso pronto descubre su debilidad y comienza a chantajearle. El hijo de Eric estaba cumpliendo sus días de condena en otra prisión, pero la mafia del trullo. El suyo, esta interconectada, en la nueva aldea social del S.XXI.

Ahí, Foulcault, le hubiera dado para otro interesantísimo ensayo sobre el crimen y el castigo. Eso, puede con matices, como ya veremos más adelante. Éstos vuelven a encontrar un vano por donde volver a hacerle daño, con todas sus consecuencias. A través del acoso a su hijo, los prisioneros obligan a Eric a introducir drogas, en las instalaciones, de su prisión. O de lo contrario podría perder a su hijo. Un padre indefenso cumpliendo con las demandas y dando un paso adelante, al otro lado de la ley. Después, como diría “Stringer” Idris Elba en The Wire (2002), tendríamos los daños colaterales del crack (aquí es el alcohol, primera droga que hace estragos en las islas del mar del norte). El otro protagonista de esta sórdida historia: Mark Cobden, un enorme Sean Bean —el actorazo de Sheffield— ha sido sentenciado. En un juicio, al que no opuso, ninguna resistencia, 4 años de condena, porque se declaró culpable del atropello de un ciclista. No obstante, debido a su buen comportamiento en prisión y su interacción con un grupo de apoyo de la monja capellán verá como su pena se reduce en 2 años. Empero, La prisión saca lo peor de nosotros. Nos impulsa a luchar por nuestra supervivencia. La ley del trullo. Ahí, el escritor Jimmy McGovern mantuvo su amplia narrativa. No aisló la historia sólo a los conflictos de Mark, sino que también trazó a la perfección las dificultades del jefe de la prisión. Siguiendo un patrón similar de exploración. El director, Lewis Arnold (Humans, Broadchurch, Dark Money) introduce la cámara, en  los detalles minuciosos, de un oficial honrado y comprometido con la ley (Eric). Pero un indefenso padre de familia.

Las actuaciones individuales de los protagonistas son apasionantes, en ambos casos, ya que Mark Cobden  (Sean Bean) intenta sobrevivir y expiar en este infierno, mientras que Eric de Stephen Graham intenta mantener todo junto, mientras pone el bienestar de su hijo por encima de sus principios profesionales. Con mano serena el director condensa la interpretación de Sean Bean en el papel de un Mark Cobden vulnerable y débil está por encima de los elogios. Su actuación es desgarradora. Con menos palabras y expresiones impactantes, se queda contigo hasta el final. Enamora, te lleva y eriza la piel. Stephen Graham como el oficial de prisiones, Eric McNally, no deja que Sean le quite toda la atención. Ha ocultado brillantemente sus vulnerabilidades bajo la piel de un oficial fuerte. En un momento, su esposa comenta que nunca abraza a su hijo y se puede percibir la respuesta en su rostro. Ejemplo de un buen hombre, abatido por malas decisiones, fuera de su control. Todo ese historial incuestionable como funcionario de prisiones, 22 años y ni una falta. Eric McNally (Stephen Graham) está contra la pared: su hijo, David, está cumpliendo una corta condena en otra prisión y el acoso que sufre el chaval es insoportable. A menos que pacte y trague con la propuesta de trabajar para Jackson Jones (el capo de toda la cárcel) en otra excelente y creíble interpretación llena de un realismo  aterrador de la mano de Brian McCardie. Es desgarrador ver a personas que son buenas de corazón siendo golpeadas hasta convertirlas en pulpa de fruta o manipuladas en contra de su mejor juicio, y no pueden hacer nada al respecto, ya que los verdaderos matones son los que tienen el poder real. Sin embargo, a pesar de ser un drama de televisión potente, eficaz y estimulante, y fácilmente manejable como son los tres únicos episodios de una hora, en realidad solo hay medio mensaje aquí; La vida de los presos es sin duda ingobernable para la mayoría de las personas.

Entonces ¿cuál es la alternativa? Nadie está sugiriendo que los delitos deban quedar impunes, pero ¿la prisión debería ser sólo para los criminales despiadados? Y si es así, la confraternización de los criminales empedernidos es más leal, que la de un equipo de fútbol de grandes estrellas. El sistema se encarga de prepararlos para una vida continuada dentro del crimen después de su liberación. Un padre que puede violar la ley por su hijo sabe que si lo abraza, se derrumbará y se hará añicos. Algo que un oficial bragado, en mil trifulcas, no puede permitirse hacer. Así son los padres, duros pero increíblemente débiles. Una madre podría darse el lujo de llorar. Pero a un padre el mundo le ha impuesto demasiadas nociones predefinidas. ¿Por qué? Algo que uno puede explorar por sí mismo. Mark y Eric se retrataron mutuamente como polos opuestos. A pesar de todo ello, al final, ambos eran humanos y, lo más importante, tenían defectos, como todos. La escritura es poderosa, invita a la reflexión cuando tienes un momento para tomarte un respiro, aunque la mayor parte del tiempo se siente como dos historias separadas entrelazadas, la de Mark y la de Eric. Stephen Graham describió su nueva serie contundente, el drama de la prisión de BBC One Time (2021), como: “difícil de ver”. Continuó teorizando que la razón por la que el tripartito es tan difícil de ver es porque hace que la audiencia piense: sobre el sistema penal británico; sobre el sistema de justicia; y sobre cuántos reclusos deberían estar en las unidades de salud mental, no en las cárceles. Sería negligente pasar por alto las actuaciones silenciosamente desgarradoras del elenco de reparto, desde Hannah Walters, casada con Graham en la vida real, como la esposa de Eric, Sonia, o Paddy Rowan (como David McNally, el hijo de Eric y Sonia) hasta Jack McMullen como el joven Daniel, nuevo compañero de Mark. David Cobden (el padre de Mark), Nadine Marshall (Alicia Cobden), Michael Socha, Aneurin Barnard, (Bernard) y un impresionante James Nelson-Joyce, el acosador nauseabundo de Mark (Johnoo).

Las imágenes sombrías de la serie son intencionales: la prisión en desuso donde se filmó Time fue especialmente pintada de gris, para hacer que la ubicación se sienta más “miserable”. El joven compañero de celda Daniel, cuya larga sentencia se extiende desesperadamente frente a él, a la confiablemente brillante Siobhan Finneran (la hermana y capellana Marie-Lousie) de la prisión. Una María Magdalena que sirve descarga expiatoria, de los pocos, que acceden a su generosidad. La sorprendente dirección de Lewis Arnold (quien anteriormente trabajó en programas como Des y la tercera temporada de Broadchurch), asegura que estos episodios de tres horas de duración sean difíciles pero esenciales para la visualización. Es a la vez profundamente condenatorio y conmovedoramente esperanzador, a la vez una severa acusación de un sistema en el que, en su mayor parte, como dice uno de los compañeros de celda de Mark, “sales mal y sales peor” y un testimonio de nuestra capacidad de cambio. Hay suficientes puntos de luz para evitar que te sientas solo en la oscuridad, en particular la capellán de la prisión de Siobhan Finneran, Mary-Louise, pero también el vínculo amoroso tenso pero sólido entre McNally y su esposa, Sonia (Hannah Walters). El sobresfuerzo para mantener su ala en orden incluso cuando se ve arrastrado hacia la corrupción debajo. El silencioso terror de Mark durante sus primeros días en prisión es doloroso de ver, al igual que las formas en que otros reclusos endurecidos se aprovechan de su naturaleza amable. Mark y sus compañeros de prisión se mueven por un mundo desprovisto de color: esta institución parece existir casi en su totalidad en escala de grises, salpicada solo por toques de azul claro (el tono descolorido de las camisas a rayas que se usan para las visitas familiares) y burdeos (el color de sus matorrales de trabajo, algo sospecho de conseguir una tono asfixiante muy en boga con el Cuento de la criada).

Se da el caso, de un recluso que recibe una fotocopia en blanco y negro del dibujo original coloreado con lápices de colores o ceras —de su pequeña hija— y se pregunta por el original. Charlando con el jefe McNally le dice:— que el dibujo original es destruido por una trituradora de papel. Debido a que, no sería la primera vez que un dibujo coloreado presenta, sustancias sospechosas de ser psicotrópicos o cualquier tipo de narcótico. El recluso, casi enloquece, en un momento desolador, maldice al cielo, que sólo está en el trullo por haber robado en una casa de apuestas 50 libras. Envuelto en lágrimas, clama por el dibujo, y afirma que en toda su vida ha probado un porro. Llorando y dando golpes a la pared. Eric McNally, le dice que se tranquilice y se vaya a su chavolo. En ese instante, hay una sensación de inevitabilidad sombría, casi trágica, en muchas de las historias que se desarrollan a lo largo de tres episodios de 60´de duración, que pasan volando, sin necesidad de grandes efectos especiales, ni superescenas de gran acción. El gran recurso del director de saber manejar la cámara dentro de ese dantesco y horrible lugar. Finalmente, sabemos que Mark Cobden (Sean Bean) es un profesor alcohólico que siempre pone el alcohol en primer lugar. Durante más de 40 años, no ha habido un solo día que no haya dejado de beber. Sin embargo, el 14 de octubre de 2017, chocó con su automóvil contra un ciclista bajo los efectos del alcohol mientras regresaba del bar. El hombre de la bicicleta muerto en el acto. Mark,  en estado de pánico, se aleja. Pero luego, se entrega y se declara culpable de sus crímenes. Entonces, Foulcault, se nos esfuma. Esta sociedad ha enloquecido y occidente, sigue siendo ese lugar, con uno de los mayores desarrollos económicos del mundo y sistemas de bienestar; que intentan alcanzar los expulsados del paraíso. Foulcault, se equivocó, a pesar, de sus buenas intenciones y su capacidad de pensamiento. Ese sistema tan increíblemente valorado y lleno de ira hacía una aristocracia que ha terminado aceptando la ley de la tetera. ¡Ojo con salirte del redil del chavolo! A la mínima evasiva de tono o vacile de turno; se involucra el napalm del talego. Una tetera de agua hervida en la cara, mientras le echas por encima del rostro, un paquete de azúcar. El resultado es demoledor. Nota: 8,7

The Underground Rairoad (2021) “Esclavos de los EE.UU”

Poco después de que Moonlight ganara los honores a la Mejor Película y el director Barry Jenkins ganase un Oscar al Mejor Guion Adaptado; Amazon Studios dio luz verde a una adaptación de la novela ganadora del Premio Pulitzer de Colson Whitehead The Underground Railroad. La aclamada novela, del extraordinario escritor, ganó Pulitzer y resto de los más prestigiosos premios literarios. Amén, de ser un betseller, recuerden Sres/as escritores que la buena prosa no está reñida con las superventas.  Obviamente, no hay duda que tan impresionante firmada por uno de los cineastas más inteligentes de su generación, ya está obteniendo el reconocimiento de la crítica audiovisual a esta maravillosa adaptación televisiva; que no es más, que eso, un film de 11 horas. Hay una frase desgarradora que leemos y escuchamos: “La plantación era una plantación” dixit: Colson Whitehead en  The Underground Railroad (2016) Finalista y ganadora del Pulitzer. “Uno podría pensar que las desgracias de uno son distintas, pero el verdadero horror reside en su universalidad”. Algo así como esa desolación que se convierte en un trauma infinito, extendido por los Estados Unidos, hacia atrás y hacia adelante a lo largo de la historia, y profundamente en las almas de los esclavos, algo que se manifiesta de manera más patente en la adaptación de 10 partes del libro, en una dirección pluscuamperfecta y cristalina de la implacable y expansiva historia que deja para la historia Barry Jenkins. The Underground Railroad es una historia cruda e inquietante que reinventa la red titular de rutas de escape para esclavos durante la Guerra Civil; como un ferrocarril real construido bajo las plantaciones de algodón y tabaco. Todo el paisaje de los Estados Unidos son túneles de agonía y esperanza hacía el norte. A pesar de ese giro histórico alternativo de la historia, en The Underground Railroad, Jenkins consigue hacer de unas representaciones brutalmente honestas de la esclavitud, puesta en el ojo de nuestros hogares en 4K, para hacer del infierno y la mugre pura poesía, en forma, de una hermosura psicodélica de hermoso terror por la supervivencia y la tenacidad.

Para aquellos que no están familiarizados con la novela, The Underground Railroad sigue a Cora Randall (Thuso Mbedu) mientras escapa de Georgia junto a Caesar (Aaron Pierre). Usando el ferrocarril titular, la pareja se abre camino hacia la libertad, solo que cada una de las paradas en su odisea cambian de idílica a pesadilla. Constantemente mirando por encima del hombro al pertinaz cazador de esclavos Ridgeway (Joel Edgerton), Cora es testigo y soporta un racismo desgarrador que va desde el abuso verbal y físico hasta un trauma psicológico diferente a todo lo que se muestra en la pantalla en representaciones similares del Antebellum Sur. Esta historia es la definición de la épica y, al mismo tiempo, se clasifica como una de las series más desafiantes de la memoria reciente. Esta es un producto difícil de ver, pero una experiencia vital que ningún espectador olvidará fácilmente. Una de las primeras escenas muestra una muerte desde la perspectiva de la víctima y me persigue mucho después de haber visto la serie. Hay al menos una de esas escenas en cada episodio, a veces múltiples, que pueden que sus estómagos se pongan del revés. Aunque, dudo que los lectores de estos lares, les afecte pocas cosas, de carácter deleznable y terrorífico que no veamos todos los días en un telediario. No obstante, un escalofrío a modo de sarpullido suele venir de vez, en cuando, la escena te llega a el alma. A veces, Jenkins retrocede y muestra misericordia y, en otras escenas, nos vemos obligados a aguantar hasta el final. Las actuaciones principales de Thuso Mbedu (Cora) y Joel Edgerton (El cazarecompensas Ridgeway) son representaciones que definen su carrera. Un australiano que es actor, productor y guionista. En su tierra, todo un orgullo entre el resto de ese granero de portentosos actores. Aquí da vida a un personaje, que ya es un antes y un después, en sus agitada carrera.

El oscuro cazarecompenzas Arnold Ridgeway que huye de la decepción paternal, ya que es hijo de un hombre de convicciones antiesclavista. Viaja en una carreta como Caronte en su barca, acompañado por un ataviado niño negro, Homer (Chase Dillon, que carrera le espera a esta criatura), su fiel y demoníaco  asistente.  El caso de Thuso Mbedu, actriz sudafricana, tras ser seleccionada por un exigente Ben Jenkins, está comenzando una nueva carrera por Hollywood. Por Dios! Bendito debut como actriz en la Meca del cine, la verdad que su interpretación enamora. Tiene talento a raudales, por los cuatro costados. Definir a un personaje tan torturado sería una prueba de resistencia incluso para el actor más experimentado, pero Mbedu aporta fuerza a su actuación que seguramente le otorgará papeles importantes en el futuro. Por otro lado, Joel Edgerton ha demostrado una y otra vez ser un personaje capaz de interpretar a protagonistas —del lado más puro— de la ley a despreciables villanos. La madre, Mabel, es un símbolo de libertad en la plantación. La única esclava que se escurrió de las garras del cazador que interpreta un impresionante Joel Edgerton, A medida que avanzaba la serie, a menudo, te preguntas si había una simpatía subyacente por Ridgeway. Sin embargo, un episodio a través de un esclarecedor flashback arroja la suficiente luz, del porqué, se convirtió en un cazador de esclavos. Les hemos dado unas buenas pistas, unas letras antes. Algo que les dejará muy claro, que clase de tipo es y la maldad que acumula semejante hombre. La dinámica entre Mbedu y Edgerton tiene un punto culminante de toda la historia y difícilmente, no es fácil de olvidar. Incluso cuando Cora encuentra refugio (y amor) en una granja propiedad de negros, una comunidad rebosante de cuidado, arte y comodidad; sus cicatrices emocionales y físicas resurgen. Como un conductor de ferrocarril, el cual, advierte tanto a ella, como a su compañero, Caesar (Aaron Pierre), sobre su viaje al norte, les irá mostrando “el verdadero rostro de América”, y Cora ve el espectro de lo que dejó atrás una y otra vez.

Este es un mundo, después de todo, donde los logros negros, ejemplificados por el ferrocarril que lleva a Cora de Georgia a Indiana, solo pueden prosperar cuando están escondidos debajo de la tierra. El horror se filtra discretamente a lo largo de las páginas de la novela de C. Whitehead, y las brutalidades más impactantes van y vienen tan suavemente, a veces en el espacio de media oración. Aquí no es así: el episodio de apertura es un montaje gráfico de asalto y destrucción de cuerpos negros, un paisaje de terror de violencia que se siente presente en cada escena que sigue. No importa a dónde vaya Cora o quién la acompañe; Huir es una opción, pero escapar, escapar a un lugar seguro, escapar de la memoria, escapar de la necesidad de seguir escapando, es imposible. El elenco de actores y actrices de reparto es una delicia de rostros muy reconocidos y enorme talento: Damon Herriman (Justified y Quarry), William Jackson Harper (The Good Place), Lily Rabe (American Horror Story y The Undoing), Fred Hechinger (News of the World), Jeff Pope (Hap&Leonard y Mindhunter) Peter Mullan (Ozark, Westworld), Will Poulter (The Revenant, Detroit Midsommar), Benjamin Walker (Jessica Jones y Traitors) ,Megan Boone (The Blacklist y Blue Bloods) y muchos más. El talento aquí es asombroso y Barry Jenkins pone a todo el repertorio en el escurridor. Maticemos, en torno, a la adaptación. Jenkins ha llevada a cabo, una inversión —sui generis— inspiradora en Ridgeway (Joel Edgerton), el cazador de esclavos que no pudo encontrar a la madre de Cora, Mabel (Sheila Atim), hace tantos años. Su gran fracaso como cazador de esclavos. Dejándolo furiosamente obsesionado con la recaptura de Cora.

Mientras que la novela busca algunas páginas sobre la juventud de Ridgeway, Jenkins, concede a esta historia de fondo un episodio lánguido completo que parece intentar humanizar al cazador de esclavos o, al menos, sondear los orígenes de su inhumanidad. Ojalá pudiera profundizar más en la trama de esta serie, pero revelar algo (aquellos que no hayan leído la novela) sería un flaco favor para el espectador, ver del modo, que se desarrolla esta historia. El ferrocarril subterráneo podría convertirse fácilmente en una dramatización definitiva del gran hematoma en la historia de Estados Unidos que es la esclavitud y con razón. Barry Jenkins retrata ambos lados de la división de manera elocuente mientras muestra con firmeza el mal que los hombres se hicieron unos a otros en nombre de la supremacía. En su vuelo desde la plantación de Georgia de la que su madre desapareció años antes, se le pide a Cora Randall (Thuso Mbedu) que comparta la historia de su dolor. En la versión de la historia de Whitehead, el ferrocarril no es una metáfora, sino un sistema de transporte subterráneo real con jefes de estación, conductores y locomotoras. Algunas con ventanas, cortinas y vino a bordo. Puede parecer surrealista. Aunque piensen Uds. ¿Cuantas veces, la realidad nos ha brindado tantas dosis de surrealismo? Cada parada representa una nueva esperanza y un espacio de testimonio. En cada estado que Cora desembarca, en lugar de deshacerse de su terrorífica historia. No ella, toma partido, por contarlo, dando voz a dónde ha estado mientras se enfrenta a la larga sombra de la esclavitud retorcida en nuevas formas: los eugenistas sonrientes que se alegran de enseñarle a leer, o los fanáticos religiosos (Lily Rabe) ansiosa por salvar el alma de la mujer atrapada a su cuidado mientras los vecinos ejecutan a una mujer negra en la plaza pública, como a un cerdo en tiempo de matanza. Jenkins frecuentemente enmarca a sus personajes con una luz cegadora, el sol quema a través del plano, oscureciendo a los actores, en lugar de iluminarlos.

Y la impresionante geografía que captura la cámara, a veces actúa como esa luz cegadora, atrayendo el enfoque hacia sí misma en lugar de dirigirse a los personajes. Es en esos raros momentos de alegría —que Cora llega a experimentar— cuando la actuación de Mbedu es más meticulosa. Cuando Cora sonríe, se relaja, incluso se ríe, se transforma, pero hay una tristeza estremecedora en sus ojos que nunca se disipa del todo. Y como hemos visto lo que ella ve, sentimos el trasfondo abrasador de su historia y podemos entender el significado de su mirada: está atrapada en el equilibrio entre la promesa de un futuro en paz y la certeza de que el pasado no la abandonará, solo. En la serie de Jenkins, el trauma se vuelve tangible. Empero, Jenkins, en lugar de tratar de capturar cinematográficamente esa sensación de densas perspectivas que se enfocan, se soslaya en la dirección opuesta, favoreciendo un modo abstracto de la narración con perspectivas borrosas y persistentes. Planos amplios y prolongados de cuadros en la distancia que hacen imposible identificar a los personajes. Y momentos, donde el movimiento de la cámara se vuelve lenta, al acercamiento de los detalles que no necesariamente revelan su significado. Todo ello obra, de su operador de fotografía, el enorme James Laxton De todas las pistas musicales, parece correcto que el “Clair de Lune”, esencialmente impresionista, suene durante una ensoñación tan desorientadora. Absolutamente, estamos delante de un trabajo visual tan rotundamente logrado que me siento mal porque la belleza de The Underground Railroad está intrínsecamente ligada al horror de la historia. Es poco probable que veas algo más este año que se quede contigo, como esta serie se quedó conmigo.

El ferrocarril subterráneo es una obra maestra absoluta. Lo dicho, no se pierdan ni un solo momento mientras la serie pasa de un episodio a otro, cada uno de las cuales, marcan aproximadamente una hora cuasi exacta. Desde los crudos rótulos de títulos de apertura hasta la música anacrónica que se reproduce durante los créditos finales, cada decisión aquí es intencional y se adapta perfectamente al material. Una obra necesaria para los tiempos que nos están tocando vivir, gobernados por la violencia, la ruindad, y la repetición de la infamia. Mr. Bezos ha dado con la piedra de toque, que sirve de estímulo redentor, ante un proceso de catarsis de la vieja obra de Raíces de Alex Haley, un elaboradísimo bestseller, de la década de mediados de 1970. Desmembraba el movimiento genealógico de infinidad de memorándums de investigadores universitarios, donde AH invirtió años en trazar un árbol ascendente del primer afroamericano hasta llegar al continente africano en 1750. Revisionismos y estilos literarios a un lado. Es evidente, que en Underground Railroad no se volverá a ver aquel Hit, capaz de concentrar —delante de pequeña pantalla— a más de 80 millones de espectadores y unos 100, en su capítulo final. Se imaginan, algo así con el trabajo de Jenkins. Seguramente, BJ, estaría ojiplático con mi aseveración. Sin embargo, la obligación de recordar las miserias más enquistadas en la vileza humana; sigue siendo una asignatura pendiente. A pesar de los años y décadas de toda esta herejía cometida, en nombre de Dios. La espera, de un nuevo tiempo, donde era posible realizar anuncios de Benetton sin preguntarse por la condición racial. Se puede pasar página, pero con respeto por la memoria, no con revanchismo. Y reitero, lo dicho.  Los esclavos de EE.UU son muchos millones de jóvenes y mayores afroamericanos que contribuyen al bienestar de una nación ejemplo de libertad y derechos humanos. A pesar de todos esos, que ya conocemos de sobra en negarlo todo e incendiar la convivencia. Nota: 8,2

MASH (1972) “Auténtico humor sin complejos”

Uno de los grandes recuerdos de las frías y ventosas tardes de febrero delante de la vieja caja catódica era una cuadrilla de impúdicos, persistentes y desgarbados cirujanos militares, en busca de enfermeras en un hospital de campaña. Las duchas de los barracones se habían convertido en objeto de deseo, tras un duro día de trabajo. Por la sufrida Iberia estábamos en Babia ante semejante show. Y aún más, cuando uno se ha pasado parte de su vida rodeado de galenos con caras de Martínez amargados. Pues, dar con una sonrisa o un chiste socarrón mientras te remitían a una unidad de rayos X, para tu enésima placa radioactiva entre batas almidonadas y cofias impolutas era tan utópico como ver una Seguridad Social moderna. El anhelo de libertad y de reírte con ganas. Seres humanos con sentido de la ironía. Obviamente, Aristóteles, dejaría muy claro que MASH era un programa muy inteligente, para cualquier ciudadano de la polis.

Sonaba el score de Johnny Mandel —adaptado del film original—, por sus compañeros Benny Golson y Duane Tatro. Aparecía el rótulo de M.A.S.H.; acrónimo de Mobile Army Surgical Hospital (Hospital Quirúrgico Móvil del Ejército). MASH (1970), film de culto  y génesis de toda la historia. Dirigida por el ínclito Robert Altman. Consiguió la Palma de Oro en Cannes y cuatro nominaciones a los Oscar —ganando la estatuilla al mejor guion adaptado— cuyos protagonistas originales: Elliot Gould, Donald Sutherland y Robert Duvall —afortunadamente— siguen en activo. El éxito de la película condujo al desarrollo, de la serie basada en la novela original de Richard Hooker. La cadena CBS deseosa de tenerla en su parrilla, con algunos pequeños cambios. Es decir, la idea original del guion, a partir de la novela de Hooker seguía, pero con un tuneado de pintura nueva. Estrenada el 17 de septiembre de 1972, cuando el escándalo Watergate era portada diaria en los EE.UU.

Estuvo en antena 11 temporadas, hasta el 26 de febrero de 1983, y la suma total de 251 episodios. Curiosamente, en ese 1983, TVE incorporaba el show a la parrilla de los fines de semana y llegó hasta 1989. La serie podríamos denominarla, como el plantío de nuevas batas blancas para la salud norteamericana, de shows más contemporáneos, donde las dosis de comicidad se introducían poco a poco. Ya que ninguna ha sido una comedia negra al uso. Caso de la maravillosa ER (1994), Chicago Hope (1994), Scrubs (2001) o la mediática  Anatomía de Grey (2005). El contexto geográfico se fijó en la guerra de Corea. La trama se ceñía al grupo de médicos y enfermeras cuyo trabajo era curar a los heridos que llegaban del frente a este Hospital quirúrgico de campaña. Un lugar en lo alto de una montaña, que desde el aire asomaba la cruz roja en sus toldos. A pesar de la fijación del conflicto en la guerra de Corea, no fue óbice para satirizar el conflicto con Vietnam. La guerra que corría en paralelo al devenir diario de los estadounidenses de aquella década. Todas las guerras, en el fondo son territorio de perdedores.

Nadie gana y ahí, la serie introdujo elementos innovadores propios de una Sitcom/tragicómica, disparatada —con gangs llenos de bilis sarcástica e incorreción política ante situaciones que— se acercaban al surrealismo con cierto aroma dantesco. Esencialmente, un humor negro poco habitual en la televisión de por aquel entonces. Tan negro que provocó múltiples quejas por lo macabro de alguno de sus capítulos en las altas instancias del Capitolio. MASH, tuvo el honor de ser la primera ficción Made in Usa, donde palabras del calibre, como “Son of a bitch” y similares en sus diálogos. Se vieron algunos desnudos parciales. Un reparto, donde sobresalía: Alan Alda,  Primer cirujano, como (el Capitán Benjamin Franklin Pierce), Wayne Rogers (Segundo cirujano, John McIntyre), Loretta Swit (la enfermera, Comandante Margaret Houlihan “morritos calientes”), David Ogden Stiers (tercer cirujano, Comandante Charles Wichester III). Así como Harry Morgan (Teniente Coronel Sherman), y a posteriori, coronel. Mike Farrell era (el cuarto cirujano, Capitán Hunnicut), Jamie Farr (el sargento camillero Maxwell “Max” Q. Klinger), el (Cabo Walter Eugene “Radar” O’Reilly) interpretado por Gary Burghoff, y William Christopher (el capellán, Maxwell Klinger). Háganse una idea de este lugar.

El tercer cirujano médico: un tipo chauvinista, racista e inepto; mantiene una relación con la enfermera jefe, conservadora y lujuriosa a la vez. El jefe del campamento, quien añora a su mujer y a sus caballos. Asesorado por un cabo que lleva el orden administrativo y duerme con un osito de peluche. El delirio del soldado que pretende la baja simulando locura vistiendo ropas femeninas. O bien, el sacerdote que siempre tiene la palabra precisa de apoyo y que —convive de buen grado— con un entorno más bien infernal. De vez en cuando los visita un psiquiatra que se maravilla del equilibrio mental que logran estos personajes; en medio de la sangre, la mugre, la muerte, las amputaciones y la lejanía de sus familias y amigos.  MASH, era una isla de sutilidad, donde el humor se convertía en los poemas satíricos más desternillantes, jamás filmado en la TV. Durante sus once temporadas ganó Emmys y Globos de Oro para su principal protagonista, Alan Alda. Actor que de la noche a la mañana se convirtió en un icono de la comedia irreverente.

A día de hoy, MASH representa la decencia en medio de un entorno indecente; la victoria de lo más humano en nosotros —el amor a los semejantes— sobre el poder del dinero, de las armas y de las jerarquías de poder. Y todo eso en medio de seres humanos —ideológicamente— en las antípodas. Algo completamente fascinante, en un tiempo, donde la lengua suelta, no era bien vista. Sin embargo, comparado con el contexto actual de libertades. Tengo muchas dudas, de cómo sería interpretado el humor de determinados gangs. El último capítulo de la serie, de dos horas y media de duración, se emitió el 28 de febrero de 1983 y es, a día de hoy, el capítulo más visto de la historia de la televisión estadounidense, con más de 125 millones de espectadores y un share del 77%. También derrotó al gran evento televisivo de aquel año, la SuperBowl. El partido sólo consiguió reunir 110 millones de espectadores. Supero a Dallas, pero a Dallas se le añadieron los registros del resto del mundo. Se realizó un  Spinoff  de la original, “After MASH” (1983), con tres de sus personajes principales. La historia se desarrollaba en un hospital militar del medio oeste. La ficción estaba bien escrita y fue bien durante su primera temporada. Pero después en su segunda entrega tuvo que enfrentarse en el Prime Time con “El equipo A”. La NBC terminó cancelándola por su baja audiencia. MASH (TV 1972), todas sus temporadas se pueden adquirir en Amazon en V.O. Y como, he dicho, anteriormente, libertad, creatividad y tolerancia. La ironía es un síntoma de inteligencia y, últimamente, se echa de menos esa frescura en todos los ámbitos de la cultura. Nota: 8,8

The Gloaming (2020) “niebla y crimen en Tasmania”

Un viejo amigo guionista que estrena película, me dijo: ¿Jon en que se parecen Australia y un granero?—Ni idea, tío. Pues, que ambos son grandes dispensadores de grano limpio. —Eres, un crack. Sí, la verdad, que la industria audiovisual de este alucinante país, es uno de los mayores surtidores de actores, actrices, guionistas, cineastas u operadores de cámara. Australia, no es un país, cualquiera, como el interesantísimo Canadá y su fascinante industria audiovisual. No, Australia es un continente, que bien podría vivir de su propio negocio audiovisual, sin necesidad de coproducciones con la vieja corona británica o cesiones de terrenos para megaestudios de superproductoras Made in Usa. En Australia, todo lo hacen muy bien, y en parte, son unos de los mayores suministradores de series, TVmovies, telefilms o film mayores (casi siempre readaptados al candor hollywoodense). Últimamente, el fenómeno y éxito de grandes realizadores en el país de los canguros va en auge. Ya ha llovido desde el piano de la maravillosa Jane Campion y la lista de nuevas directoras en su audiovisual es abrumador. Pues, hay cantidad y talento, a raudales. A partir de estas premisas, nos llega vía canal Starz USA una de las series más interesantes de este huérfano y desvalido, inicio de 2021, ya vestido de primavera pandémica. Y ahí, en ese intrínseco erial que es 2021 es cuando aparece una película o una serie de televisión con una estética tan deslumbrante que hace que los adjetivos como “insinuante” o “pictórico” parezcan manifiestamente inadecuados. Casualmente, es el caso del drama de misterio de ocho capítulos, The Gloaming, de la creadora y escritora Vicki Madden, el empuje visual de la producción parece manifestarse como una especie de residuo viscoso, que se adhiere a tu psique de la misma manera que se aglutina una mancha de sudor de tus axilas, a pesar de llevar desodorante de última generación, antimáculas que patrocina la marca de desodorantes de la Premier League. Gloaming es una palabra que no se usa con frecuencia, pero su significado es tan evocador y específico que realmente no podría haber sido nombrado de otra manera. La palabra inglesa Gloaming es un término que deriva de un apareamiento con el gaélico. Técnicamente, The Gloaming, se utiliza en este show para referirse metafóricamente a los fantasmas del pasado que perduran entre la vida y la muerte, aunque también podría describir cuántos personajes de la serie, en el devenir diario de sus vidas. No crean, que algunos puristas definirían al intervalo, entre lo crepuscular del día, y ese ese momento después de la puesta del sol, antes del velo oscuro de la noche. Pero podría aplicarse a cualquier momento y espacio que sea el “intermedio” de la hora del día, entre la caída del sol y la irrupción de la oscuridad, un espacio liminal que utiliza la serie. No quiero decirles lo que daría para una gran tertulia de esas tan absurdamente televisivas, Made in Spain, pues, gozamos de infinidad de adjetivos.

Aunque la creadora de la serie, fue taxativa Miss Madden, dejó muy claro que deseaba utilizar esa palabra: “Mi madre era galesa y solía hablar mucho del crepúsculo. Apostilla que se trata de un espacio cómodo, para tratar el mundo sobrenatural de fantasmas. Ellos, son los que se sientan en ese interludio meteorológico”. Dejemos muy claras, las cartas sobre la mesa, esta historia no es The Sixth Sense. Empero, sí presenta a personas que están dentro de un contexto fantasmagórico, que están atrapadas, de algún modo. Vicki Madden añadió: “mi intención a la hora de realizar esta serie era hacer una exploración al dolor como un tema porque estaba perdiendo a mi madre en ese momento. Estás atascado, no puedes avanzar, no puedes retroceder”. The Gloaming, tiene un aura de Neonoir realizado en Tasmania impulsado por los personajes, la vehemencia del ambiente medio físico, y  la propia climatología del sitio. Es una experiencia que casi se asemeja a lo que inunda a sus personajes principales, algo de lo que no puedes deshacerte. Muy destacable es la aportación Marden Dean: el director de fotografía —que maneja la luz de los entornos magistralmente— cultivado en esa gran escuela que la ACS de Australia. Buena nota dio en sus trabajos en Breath (2017), Boys in the Trees (2016) y The Infinite Man (2014). The Gloaming es la última de una tendencia emergente de producciones basadas en Tasmania que ven al estado insular como un lugar de terrible belleza, ubicado en algún lugar al sur del continente y al oeste del infierno, siguiendo el film de época, entre la venganza y el racismo en pleno S.XIX de la Australia colonial, dirigida por Jennifer Kent The Nightingale (2018). El drama gótico con dosis de comedia macabra, Lambs of God (2019) de Jeffrey Walker y otra serie dirigida por V. Madden: el terrible y deslumbrante thriller de desapariciones The Kettering Incident (2016). Al igual que en la interesantísima The Kettering Incident, The Gloaming, está empapado de esa luz de la luna helada y acomodado en la niebla y la bruma. Tiene una atmósfera escandinava y una trama extraída de un libro o manual de confección del policíaco enrevesado de género más definido: el thriller detectivesco por eliminación de testigos. Una narrativa retorcida que involucra muertes y desapariciones, en un lugar, donde todo el mundo se conoce y donde todo el mundo guardo secretos inenarrables. La pareja de policías que llevarán a cabo la investigación. Dos detectives con unas singularidades muy sui generis. A medida que va a avanzando la investigación, de la mujer asesinada, se irán descubriendo pistas que deriven el affaire, en algo mucho más personal.

Hablamos de un asunto procesado por ellos mismos hace 20 años. Un tiempo en el que la comunicación entre ambos ha sido inexistente. Ya que hubo un crimen, de que iremos sabiendo cosas. La historia retira lentamente las capas para revelar que hay mucho más en la investigación en su centro de lo esperado. Sólo les estoy abriendo boca con el episodio primero y porque he decir, que esta es la segunda serie que me ha parecido algo novedosa, siendo el típico producto que  habremos descubierto, un montón de veces, entre la infinidad de thriller escandinavos. En el primer capítulo observamos una visión de los eventos relacionados con ese crimen en una secuencia introductoria surrealista que muestra a los jóvenes adolescentes Jenny McGinty (Milly Alcock) y Alex O’Connell (Finn Ireland) aventurándose hacia una casa grande y espeluznante, pasando por un bosque de árboles altos y huesudos y un colección de lápidas mugrientas. El ocupante de la propiedad no está muy emocionado de verlos y dispara una escopeta a Jenny a quemarropa. la tarjeta de identificación escolar de una niña, Jenny McGinty, que fue asesinada 20 años antes; es un caso frío y perenne que sigue atormentando a muchas personas en la ciudad de Hobart, incluida Molly McGee (Emma Booth), la detective que lidera la investigación del nuevo caso. Pero se fue después de presenciar el asesinato de Jenny, cuya ayuda es solicitada por el jefe de Molly, el inspector Lewis Grimshaw (el extraordinario actor aborigen Aaron Pedersen, Mistery Road 2018, Jack Irish 2016 o The Code 2014). Lewis razona que Alex podría ser útil dada su conexión con Jenny, pero su regreso saca a relucir 20 años de bagaje tácito para Molly, quien estaba saliendo con él, cuando Jenny fue asesinada. Luego una vez convencida Molly de la idoneidad de volver a trabajar con Alex O’Connell (Ewen Leslie), el antiguo amigo que estaba asentado en Melbourne, pero que creció en Tasmania. La pareja de detectives está en marcha. Si eso no fuera suficiente, argumento, a lo largo de la investigación Molly también está intentando reparar su relación con su hija de 14 años, Lily (Josephine Blazier), mientras lleva a cabo su propia indagación clandestina sobre un promotor inmobiliario local, Gareth McAvaney (Martin Henderson, The Ring 2002, Litle Fish, 2005, Flyboys 2006 Red Road 2014, Everest 2015 y un largo etc.), de quien sospecha de un asesinato diferente.

Otra arista es la posición de Alex, ya no es un niño ni un adolescente. Éste, ha crecido y se convierte en un detective de policía, con oficio, además de ofrecer otra actuación realmente digna de elogio. Como ya demostró en otras series dramáticas, como las recientes (Luminaries 2020, The Cry 2018, y Top the Lake 2017). 20 años, no son nada y de repente, de nuevo juntos, indagando en un affaire muy oscuro. En el caso de Molly, interpretada, por Emma Booth (Tracks 2013, Swerve 2011,Underbelly 2008) donde tiene una presencia muy dominante. Bueno, quien quiera verla en estado puro, lo mejor disfrutarla, en el espeluznante thriller de terror de  Hounds of Love (2017). Obviamente, desde el primer episodio que Molly y Alex tienen una historia, apenas se discute sobre ello, y la razón de la obsesión de Molly con Gareth no es una explicación inmediata, hasta varios episodios de la serie. En cambio, Molly y Alex, y por lo tanto la serie, dedican su tiempo a descubrir los vínculos intrincados, a menudo impactantes, entre el reciente asesinato, el caso sin resolver de Jenny McGinty y varios residentes de la ciudad. El avance de la serie deja en claro que la historia también involucra prácticas ocultas, y hay un fuerte elemento sobrenatural, aunque esto se agita poco a poco, asumiendo lentamente más parte de la trama a medida que continúan los ocho episodios del programa. Como resultado, lo que al principio se siente como un drama criminal fundamentado en los cañones clásicos: se convierte gradualmente en algo más rico y extraño —de una manera— que todavía se siente plausible. Los primeros tres episodios forman la extensión de esta revisión, ya que no es exactamente el quid, sino exactamente el porqué. Molly es requerida para inspeccionar un cadáver en la escena del crimen al principio del primer episodio, en un momento espeluznante y surrealista, como una producción de David Lynch, que involucra un cuerpo que se encuentra cerca del agua, en este caso, un bulto muy sospechoso y de rebuscado aspecto cinematográfico en el fondo. Este cuerpo no ha sido envuelto en plástico sino cubierto en alambre de púas, de un modo, realmente retorcido. Dicho esto, la investigación del asesinato y a dónde conduce no resisten completamente el escrutinio. Si bien inicialmente Molly y Alex siguen las pistas como lo haría cualquier buen detective, a medida que su investigación descubre más información, su enfoque cambia cada vez más a los crímenes del pasado, algo que es especialmente cierto en Alex.

Si bien esto, ciertamente, se suma al drama y la profundidad del programa, también distrae del alma mater inicial de la trama, y la conspiración más amplia en la que finalmente se centra la historia deja varios agujeros en el engarce de ésta a su paso. La importancia del alambre de púas es uno de varios puntos de discusión. Muchas cosas no están claras, aunque es obvio que, si perdona el lenguaje y determinada gramática de lo más cercano a los personajes de un grupo de investigación de psicofonías. Sería, alguna, de las notas chirriantes. Es evidente, que hay algo extraño en el vecindario, con posibles vínculos con tipos de prácticas ocultas. Grace Cochran (la gran actriz veterana, Rena Owen, Once Were Warriors, 1994 Rapa Nui 1994, Siren 2018), líder de la comunidad de la iglesia local, parece la más que sospechosa. Y el joven Freddie (Matt Testro) mentalmente trastornado es uno de los personajes más oscuros: parece que siempre está a un paso de llevar la historia a lugares muy retorcidos. Las conexiones de “esta vez es personal” que hacen que el caso sea de mayor interés para Molly y Alex, así como algunos diálogos forzados, ocasionalmente le dan a The Gloaming esa pizca de artificio dramático. Demasiado familiar y contraético a su aire de sorpresa emocionante e intriga. Dado el marco de género del programa, no lo llamaría sorprendentemente original, pero seguro que es sorprendente: particularmente como una obra de atmosfera y clima. Madden está haciendo algo similar con la niebla, aquí como en El incidente de Kettering. Sus cualidades amenazantes y misteriosas espesan el marco, cubriéndolo con una especie de vapor enigmático y semitranslúcido. Dickens describió en A Tale of Two Cities una “niebla humeante en todos los huecos” como una fuerza que “vagaba en su desolación colina arriba, como un espíritu maligno, buscando descanso y no encontrando ninguno”. Lo llamó una “niebla húmeda e intensamente fría” que “se abría paso lentamente a través del aire en ondas que se seguían y se extendían visiblemente unas a otras, como lo harían las olas de un mar malsano”. Luego, estamos ante una configuración rica, que le quedo un buen trecho, para llegar al final, pero que atisba un tapiz de conexiones interpersonales entre los personajes; que se distribuye de una manera, inquietante y muy bien filmada, la cual, no se  distrae del misterio más grande: la maldad. Esa intriga sobrenatural de The Gloaming la convierte en una opción única y especialmente gratificante. Seguiremos aguardando capítulos. El visionado en España será entre abril y mayo por Starz Channel o Movistar. Nota: 7,4

Crime Story 86 “Michael Mann es un crack”

Durante estos últimos días hay una canción, que no se me va de la cabeza. Ya no sé si es parte del proceso, de lluvia desértica, denominada sangre roja, lo que me ha llevado a que el tema de Runaway de Del Shannon se ha estado en mi cabeza enquistadamente. Pues, va a ser otro motivo, muy más divertido e ilustrativo. Ya que la serie Crime Story, fue un policiaco de corta duración que se desarrolló de 1986 a 1988 y duró solo dos temporadas. Tuve la suerte de verla por aquella TVE en su canal 2. Crime Story se convirtió en un clásico de culto de los años 80 y 90. Actualmente, ya ha entrado en ese salón de la beatificación televisiva. Si no mal recuerdo, aquí se llamaba“Historia del crimen” A mediados de la década de 1980, el éxito de Miami Vice había convertido al productor y director Michael Mann en un beneficio ardiente. La todopoderosa NBC de aquellos años, le dio carta blanca para dirigir otro programa, en 1986, estrenó Crime Story. Un drama policial creado por Gustave Reininger y Chuck Adamson. Ambientada en el Chicago de 1963, la serie fue un retrato sin límites del auge del crimen organizado y los tenaces esfuerzos de la dedicada fuerza policial que trató de evitar que los mafiosos se apoderaran de todo el botín. Como una versión actualizada de Los intocables donde los buenos no son cruzados — absolutamente limpios— sino clientes duros que hacen el trabajo de una manera malvada y sibilina, muy diferente a la de otros hombres nunca podrían hacerlo así. Crime Story duró dos temporadas, donde se llegó a un total 44 episodios. Comienza con un piloto de dos horas dirigido por Abel Ferrara  (Bad Lieutenant, The Funeral, Welcome to New York o Pasolini) que funciona parcialmente como una película independiente y también como la alineación de lo que está por venir. El conflicto central de la serie fue entre el teniente de policía Mike Torello, en la piel del extraordinario y fallecido actor; Dennis Farina, (Get Shorty,  Striking Distance o Luck) y el gángster en ascenso Ray Luca interpretado por el solvente Anthony Denison, (The Closer, City of Hope y Dementia). El gangster Luca representó una nueva escuela del crimen estadounidense, la imagen ahora cliché de un hombre hecho que busca tomar su negocio sucio y pasar a transacciones legítimas. Como jefe de la Unidad de Crímenes Mayores en Chicago, Torello hace de la detención del pérfido Luca, sea su máxima prioridad, incluso cuando el malo elimina sistemáticamente a rivales y aliados por igual. Si Luca realmente es la criminalidad de la nueva escuela, entonces Torello es la justicia de la vieja escuela. Más allá de los adornos centrales de escopetas y sombreros de ala versus pistolas y copetes; el choque entre estas dos fuerzas opuestas es casi operístico en su furia. Estos tipos son mitos tanto como hombres, y su rivalidad adictiva, solo es comparable a sus idénticos apetitos por la sangre, el alcohol y las femmes fatales. La primera mitad de temporada de Crime Story detalla la elevación de Luca en Chicago, trabajando con los capos de la mafia con sede en Florida para construir la reestructuración del negocio del juego por todo el país y —algo que eventualmente— los lleve a apoderarse de los casinos en Las Vegas. Torello y sus hombres arrojan llaves en las obras, pero se encuentran esencialmente bloqueados a cada paso, culminando en un juicio federal en el que un delincuente que entregó las pruebas del estado intenta acusar a Torello de ser un policía corrupto y sucio.

Una de las grandes subtramas de la gran historia central, entre la policía y los ladrones, está en el ascenso del abogado David Abrams. Este personaje lo interpreta un joven Stephen Lang (The Last Exit to Brooklyn, Tombstone, Gods and Generals o Avatar). Abrams es un defensor público y activista de derechos civiles que intenta superar la reputación de su padre como abogado de la mafia. Él rechaza los avances de Luca, en cambio se hace amigo de Torello y lo ayuda en su estrategia. De igual modo, desarrolla una hermosa subtrama romántica con una periodista, que también es afroamericana, lo que lleva a puntos de arranque, de la auténtica historia de la lucha de los derechos de la gente de color en los EEUU a principios de la década de los 60. El papel de reportera fue para la gran actriz que es  Pam Grier (Foxy Brown, Fort Apache, el Bronx y Jackie Brown), y se conocen durante un caso en el que Abrams defiende a un hombre afroamericano contra su señor de los barrios marginales. El acusado en este caso es el genial Ving Rhames (Tour of Duty, The Long Walk, Home Mission Imposible Pulp Fiction). El telón de fondo de la década de 1960 a veces parece poco más que una excusa para tocar música genial, conducir autos grandes y usar ropa elegante. La atención al lenguaje y a los detalles de la época no es tan rigurosa como, digamos, Mad Men, aunque el espectáculo hace uso de los paisajes de neón de la americana de los años 60 y la escena emergente del arte pop (mira las paredes del apartamento de la primera amante de Torello, por ejemplo). Los problemas sociales surgen de vez en cuando. Además de las historias raciales, también hay, por ejemplo, un episodio sobre la lucha laboral y la manipulación de los sindicatos (Lee Ving de la banda Fear y Anthony Heald de Silence of the Lambs interpretan a líderes sindicales que pelean por lo que creen es suyo). El estilo de aplicación de la ley particularmente brutal de Torello también refleja una época anterior a representaciones más delicadas del trabajo policial. No escucharás leer aquí los derechos humanos de nadie. Irónicamente, Crime Story también llegó en un momento en que los estándares de censura eran muy diferentes y, como resultado, a pesar de su violencia, el programa es mucho menos sangriento de lo que podríamos ver hoy en las series de televisión más sensibles. Una de las grandes curiosidades del show, fue ver el poder que había acumulado Michael Mann, por Miami Vice, ya que no solo eligió a un forastero de Hollywood más sistémico. Pues, la decisión de hacer de Dennis Farina protagonista (cuyo aspecto poco convencional debe haber aterrorizado a los ejecutivos de NBC), hizo, que algún trajeado de Armani chorrease gotas de sudor. Aún más, cuando el cineasta neoyorkino y complejo del Bronx —por aquel entonces un enfant terrible del Neonoir—, Abel Ferrara, dirigiera el episodio piloto. El resultado es un drama mezquino y sórdido, en el cual, se presenta a grupo de policía —políticamente incorrectos— que luchan contra criminales desagradables. Una de las secuencias que quedarán para la posteridad es la secuencia inicial del piloto.

Crime Story arranca con un atrevido robo a un restaurante que salió mal. Del Shannon canta “Runaway” (regrabado especialmente para el programa) mientras el atraco se convierte en una situación de rehenes. Tres detectives de la policía liderados por Mike Torello (Dennis Farina) corren hacia la escena (entre los cuales nos vemos a un bisoño Michael Rooker, antes de ser Henry en retrato de un asesino o el villano manco de Walking Dead, como policía de turno). No se dicen palabras entre los hombres mientras revisan tranquilamente sus armas y se preparan. Cuando los criminales están a punto de soltarse de sus rehenes, Torello se inclina amenazadoramente, y le dice a un matón: “lastima a alguien más, cuando todo esto termine, encontraré lo que más amas y lo mataré”. “Tu madre, tu padre, tu perro. No importa lo que sea, están muertos”. Bienvenido al mundo de Crime Story. Mann ha dicho que fue influenciado por trabajar en la serie de televisión Police Story (1973-1977), que fue dirigida por el dramaturgo Liam O’Brien e incluyó al famoso escritor criminal Joseph Wambaugh (quien escribió The Onion Field) como colaborador. Pidió a Reininger y Adamson que escribieran el piloto de la serie y una “Biblia”. Reininger era un ex banquero de inversión internacional de Wall Street que llamó la atención de Mann por un guion que había escrito sobre investigadores de incendios provocados y una película francesa que había escrito y producido. Reininger investigó Crime Story y se ganó la confianza del detective William Hanhardt, quien lo puso en contacto con oficiales encubiertos en Chicago. Lo enviaron a reuniones con figuras del crimen organizado. Reininger se arriesgó a llevar un micrófono corporal y una grabadora. Después de visitar la escena del crimen del espantoso asesinato del corredor de apuestas Al Brown, Reininger retiró sus entrevistas con la mafia. Cada episodio se basó en un evento real, trabajando con el policía en cuya historia se basó. Mann “aprendió mucho, sobre el  cómo escribir, y, trabajar con gente real”. Crime Story se basó en las experiencias de Chuck Adamson, ex detective de la policía de Chicago durante 17 años. Afirmó que las historias presentadas en el programa estaban desarrolladas, en lugares donde se ocurrieron muchos de los hechos auténticos. Eso, sí. Empero éstas se ajustaban y simulaban lo máximo posible”. Según, Michael Mann, la génesis del proyecto fue seguir a un grupo de policías en una unidad de delitos mayores de 1963 y cómo cambian durante 20 horas de televisión. Luca había estado actuando como un independiente fuera de la jerarquía habitual de la familia del crimen organizado que controlaba la ciudad. Esto coloca a Luca en una posición precaria, no solo trabajando fuera de la ley, sino fuera de los alejados de la protección de la mafia tradicional. Después de algunos trabajos altamente rentables y ejecutados por expertos, Luca llama la atención de un jefe del crimen, Manny Weisbord (Joseph Wiseman MasadaTV). La tripulación de Lucas está formada por un núcleo de criminales de carrera muy versados en el arte de los robos; Pauli Taglia (John Santucci House IV) y Frank Holman (Ted Levine The Silence of Lambs o Monk). Una vez que Luca se somete a la tutela del mafioso mayor, sufre un cambio significativo en su modus operandi que es obvio para Torello; Luca ha madurado de pasar a ser un impulsivo capullo callejero, a un sagaz administrador criminal que maneja trabajos de alto perfil con precisión militar.

Finalmente, algunos gánsteres se apoderan del casino, pero para lavar su dinero recurren a Luca, que se ha convertido en el jefe criminal número uno en Las Vegas. A pesar de tener una historia en curso, Crime Story sufrió de  anhelo repetitivo. Cada vez que hubo un gran avance en el caso contra Luca, sucede algo que lo hace salir limpio. Del mismo modo, que alguien está dispuesto a testificar, nunca llega la conclusión del episodio. Al final de la temporada uno, que incluso, abre fuego contra Torello y sus hombres en medio de la calle. En la segunda temporada consigue la ansiada inmunidad. El presidente de la NBC, Brandon Tartikoff, ordenó una película de dos horas, que se estrenó en cines en un puñado de cines estadounidenses para invitados. Tartikoff también ordenó 22 episodios que permitieron a Reininger y Adamson desarrollar perfiles más densos de personajes y contar historias continuas (en lugar de programas episódicos y autónomos). Mann predijo una cadena de cinco años para el programa. Sin embargo, debido a limitaciones presupuestarias (la necesidad de cuatro juegos de coches resultó ser demasiado cara). Tartikoff finalmente permitió que su serie se trasladara a Las Vegas durante el último cuarto de los únicos 22 episodios. En la segunda temporada, un capitulo promedio, costaba entre 1.300.000 y 1.400.000  millones de dólares, porque fue filmado en locaciones especiales, ambientado en la década de 1960 y siempre contó con un gran elenco de estrellas invitadas; que eran incipientes estrellas de la futura década de los 90. Los estelares invitados y los rostros, de por aquel entonces, desconocidos, abundan en estos primeros programas. Además de Grier y Rhames, Michael Madsen, Andrew “Dice” Clay y Eric Bogosian interpretan personajes recurrentes que forman parte de la organización de Luca, y un pre-Rocketeer Bill Campbell es uno de los hombres de Torello. Otros actores que hicieron apariciones incluyen, a David Caruso, los músicos de jazz Miles Davis y Dexter Gordon, Lili Taylor, Christian Slater, Lorraine Braco, Stanley Tucci, Debbie Harry, Paul Anka, Billy Zane, Laura San Giacomo y David Hyde Pierce. Gary Sinise (CSI: Nueva York) interpreta a un buen hombre que cae en tiempos difíciles y se mete con el público equivocado, y también dirige dos episodios. Julia Roberts aparece como una víctima de abuso de género, y Kevin Spacey aparece como un senador al estilo de Robert Kennedy al comienzo de la segunda temporada. Uno de los aspectos más distintivos de Crime Story es la apariencia, la atención a los detalles de la época. Hilda Stark trabajó como directora de arte en el piloto y Mann le pidió que regresara después de siete episodios para ser la diseñadora de producción.

Para lograr el aspecto de época del programa, Stark y su equipo iban a tiendas de antigüedades y de segunda mano, publicaban anuncios en los periódicos en busca de artículos de la época y, a veces, construían muebles si no podían encontrarlos. Según Stark, el diseño general o la apariencia del programa mostraba “muchas líneas exageradas. Optamos por un alto estilo: líneas elegantes y un alto estilo… Así como, por las formas exageradas que recuerdan la época”. Stark y su equipo artístico, también idearon un esquema de color para el programa que presentaba “colores saturados y ciertas combinaciones (negro y fucsia) que recuerdan a los años 50″. Se inspira en una biblioteca de libros y revistas antiguos, en particular Life. Para los automóviles antiguos de la feria, se compraban o alquilan a propietarios privados. Sin embargo, Universal Pictures decidió no hacer Crime Story porque consideraron que era demasiado costoso pasar por varios cambios de período diferentes en una sola temporada y un pequeño estudio llamado New World Pictures Ltd. intensificó su financiación. Les permitió trabajar en las grandes prime time, con una importante cadena de televisión como NBC, y la oportunidad de vender el programa en el extranjero. Mientras que Universal Studios conservaría los derechos de distribución nacional. Obviamente, si lo pensamos bien, todos aquellos adictos a la buena ficción, la forma en que pasamos la misma cantidad de tiempo con los buenos y los malos es algo que The Wire también usaría con mucho ingenio. Ambas series también tratan sobre policías, narcotraficantes, política y corrupción. Aunque The Wire es una serie un estante mejor, ya que está, más enfocada y de algún modo, su tratamiento de guion es mayestático. Esto significa que un número extremadamente raro y pequeño de series será elegible para ingresar a las filas de los mejores —de entre los miles de otros— zapatos de policía. Aquí se analiza una serie que se ha ganado su lugar en ese ranking; Crime Story es un hito en la historia audiovisual de la televisión norteamericana. Este programa, que se emitió originalmente en 1986, ha resistido la prueba del tiempo y sigue definiendo el género después de un cuarto de siglo. Ambas temporadas se recopilan en la caja completa, muy bonita, relanzada para el 25 aniversario del programa. El pack deja algo que desear, las conversiones de visionado no cumplen con los estándares actuales y no hay extras, pero con todo, sigue siendo un espléndido espectáculo, muy recomendable y entretenido. Hoy en día se ha publicado la versión del pack en bluray zona Usa y creo que hay una versión para Italia. Nota: 8,2

 

The Serpent (2021) “The Bikini Serial killer”

La ficción sólo tiene dos vertientes; la buena y la mala. Hoy en día el 70% de toda la ficción mundial para televisión es basura —en muchas ocasiones de difícil consumo— y el restante, 30% es buena. A veces, muy buena, y tiene denominación de origen Made in UK. El brexit me ha alejado de la isla de mis fantasías y sueños de adolescentes. Todavía tengo allí grandísimas amistades, que nos sentimos más alejados, a raíz de lo político: brexit y la seguridad: la demoledora pandemia de la Covid19. Todo daría para trabajar en un buen guion. Empero, no se preocupen, ya está ese bendito sitio, llamado BBC y todo su departamento de creativos y desarrolladores de grandes historias. Ayer terminé de visionar, gracias a la parabólica de 200mgHz, el último capítulo de The Serpent —la asombrosa historia real— que hay detrás de esta tremenda serie desgarradora y retorcida. Un thriller de esos que te quedas con la sensación; aquí hay algo que traspasa lo puramente, imaginado, para comprobar que estamos ante un hecho real muy bien documentado.  Redundo, en el supuesto del espectador medio de cualquier país, éste se hallaría, ante la disyuntiva si creer o no creerse la propuesta. Insisto es una historia demoledora, y con todo, puede que tenga problemas para creerla. The serpent 2020, cuenta la historia de un tal Charles Sobhraj, un psicópata encantador y demoledor; que aterrorizó la conocida ruta del Hippy Trail. Un clásico itinerario del hipismo de los 70. A día de hoy en gran parte inaccesible, entre Europa y el sudeste asiático que alguna vez fue tomada por jóvenes viajeros, donde se llevaron a cabo, toda una serie de asesinatos brutales a mediados de la década de 1970. Sobhraj, el psicópata del suroeste oriental se hacía  pasar por fotógrafo o comerciante de gemas. Como un encantador de serpientes, encandilaría a sus víctimas, las drogaría y secuestraría para que pensaran que tenían disentería. Fingiría cuidarles para luego robarles y deshacerse de ellos. Y que lista de liquidación de seres humanos, desde el estrangulamiento, al  apuñalamiento o el ahogamiento de dos jóvenes mochileros holandeses, tras haber sido quemados vivos. La serie es inquietante, incomoda e insufriblemente tensa.

Al final del episodio tres, puedo decirles que tuve que tomarme un copazo de viejo malta para aliviar la zozobra. El cuerpo que me dejó este psicópata del fingimiento elegante y letal: es tremendo. Obviamente, es una historia poco conocida por estos lares, pero en el sudeste asiático, Sobhraj (interpretado escalofriantemente en la serie por el actor de Un Prophète Tahar Rahim) fue noticia de primera plana en 2014, cuando fue condenado por un tribunal nepalí, mientras cumplía una cadena perpetua, por un asesinato que había cometido casi 40 años antes. Sin embargo, el director de la serie, Tom Shankland, había escuchado hablar de él muchos años antes, mientras caminaba por Nepal a los 18 años. “Estás mirando la silueta de la cordillera del Annapurna, con el dosel de estrellas sobre tu cabeza, y estás pensando, ¡Guaauu! esto es tan maravilloso”,— me dice, “Y luego alguien, creo que un australiano que acababa de conocer, dijo: “Sí, pero ya sabes, tienes que tener cuidado, está este tipo, él y su novia, te conocen y se hacen amigos, luego te drogan y te matan. Y está en la cárcel, pero siempre sale. Entonces, ya sabes, no confíes en todos los que pululan por aquí”. Shankland admite que, con el optimismo de la juventud, su perturbación no duró mucho, pero la historia permaneció en su mente hasta hace unos años, cuando comenzó a pensar minuciosamente en realizar un thriller. Intentándose alejarse de la faceta puramente biopic; tarea demasiado compleja.  No obstante, Sobhraj, se ganó el apodo del “asesino del bikini” porque se encontró que dos de sus diez víctimas conocidas la utilizaban, ésta no es una letanía de mujeres muertas: detestaba la condición humana occidental, ya fuera hombre o mujer; considerándolos idiotas blancos privilegiados. El asesino del bikini era de origen vietnamita e hindú, y fue intimidado por ello, en su infancia, durante su periplo por la escuela en Francia.

El drama no quiere hacer de él una especie de starman del showbussines. Vista la mitad de toda la serie, su director, ha sido cuidadosamente calibrado para evitar convertir al personaje en un icono adictivo. Tremendamente manipulador y narcisista. En cambio, la narrativa se centra deliberadamente en los personajes que se sustenta en sus tretas, y las personas que pronto lo seguirán. El tratamiento del guion es completamente deliberado, dice el escritor de la serie y showrunner, Richard Warlow. “Sobhraj es la horrible y oscura antimateria en el corazón de la historia hacia la que todo se inclina”—ratifica. “A lo largo de la serie, fuimos quitamos algunas capas y entramos, supongo, en una versión de la verdad de él”. Nunca se puede saber, admite, lo que impulsa a un hombre así, “pero creo que verlo como los demás, es decir, una visión de un tipo muy importante”. Unos actores en estado de gracia, en parte, a la excelente dirección de Shankland. Fantástica dirección artística, a través, del mínimo detalle de una época que marcó una antes y un después, en la contracultura occidental. La inquietante fotografía de los rincones más oscuros del sudoeste asiático por Seppe Van Grieken. No se han escatimado medios para conseguir el tempo de thriller que progresa a un ritmo lento, pero retorcidamente mortal. Uno de los prismas más fascinantes, de todo el entramado que acompaña al asesino en serie: es la amante de Sobhraj, Marie-Andrée Leclerc, conocida como Monique (al “Alain” de Charles), interpretado brillantemente aquí por la actriz británica, Jenna Coleman. “Disfruté escribiéndola más que nadie”, Dixit: Warlow, “el trayecto de esta joven es realmente de los más  sugestivos que he visto”. Indagando en el libro que ha sido una de las partes más sustanciosas de toda la historia: “On the trail. The Life and Crimes of Charles Sbhraj” escrita por Richard Neville y Julie Clarke. Un libro que fue un éxito de ventas en su momento —y nuevamente, reeditado a sabiendas de lo que vendría— allá por 1979. Un laborioso trabajo, donde RW indaga en su infancia, por los suburbios de Quebec, observamos: lo triste y solitaria que fue su vida.

De repente, aparece este hombre que entra en juego, y, se ofrece a sí mismo como la cura seductora, glamurosa y erotizada para todo esa operación. Creo que realmente se puede ver el auténtico  porqué, de cómo se introdujo en ese viaje y nunca se detuvo. Sólo, un arrebato de desesperación e intriga lo que llevo él. Y obviamente, éste le trajo a su vida algo muy grande, a modo de lazo kármico. Llegó a decir en palabras suyas: creo que es tan mundano como yo. “Era una joven monótona, fea y poco interesante que se volvió hermosa y amada, siendo el centro de todas las fiestas y la diversión. Amén, de la aventura y la vida desesperada que vivió de una forma extrema. Y él era la razón”. Leclerc murió en Quebec de cáncer en 1984, por lo que Warlow y Shankland nunca tuvieron que tomar la decisión de hablar con ella. Sin embargo, sí pasaron tiempo con muchos de los personajes que ves en la pantalla, incluido Dominique Rennelleau, un hombre que Sobhraj y Leclerc adoptaron como una especie de cuerpo de perro en general con el pretexto de cuidarlo mientras estaba enfermo (nunca se adivinó el cómo); Nadine Gires, la vecina de la pareja, quien fue la primera en sospechar de sus actividades, y Sompol Suthimai, el oficial tailandés de Interpol que se involucra en la segunda mitad de la serie, poco después. Sin embargo, su fuente más importante fue Herman Knippenberg, quien en 1975 era un diplomático holandés modesto, muy joven y honestamente circunspecto (interpretado aquí por Billy Howle) que trabajaba en la embajada en Bangkok. Se topó con el caso cuando los padres de un joven turista holandés le escribieron al embajador pidiendo ayuda para localizar a su hija y su novio, que aparentemente habían desaparecido. Mutismo absoluto, vías burocráticas y policiales: nadie sabía nada de ellos. Sus superiores le dijeron a Knippenberg que lo dejara en paz, pero no pudo dejarlo pasar, anotando informes y rumores hasta que se encontró rastreando los hilos de seda de la compleja red de mentiras de Sobhraj.

“Herman es un tipo muy inteligente, muy apasionado y comprometido, y tiene la memoria más increíble para todo”, se maravilla Shankland. Fue la evidencia de Knippenberg la que ayudó a condenar a Sobhraj por primera vez (cumplió 20 años en la prisión de Tihar en Nueva Delhi hasta 1997) y su prodigiosa memoria para los detalles y el mantenimiento meticuloso de registros significaron que pudo recurrir a ella nuevamente en 2004, momento en el que la mayoría de las órdenes de arresto, y las pruebas en poder, de diversas autoridades se perdieron. En la serie, él emerge como la estrella inverosímil, avanzando pesadamente con su espantosa camisa de manga corta, pisando los faldones de un asesino. La única persona con la que el equipo de producción decidió no contactar fue Sobhraj, todavía en Nepal. “Es un autopublicista desenfrenado”, dice Warlow con firmeza. “No quería hacer nada que alimentara eso, y tampoco hay ninguna posibilidad de sacar algo revelador o verdadero de él”. Sobhraj, que tiene un historial de cobrar por entrevistas y negociar acuerdos lucrativos por los derechos de las películas, es experto, dice Warlow, en “monetizar su notoriedad, y yo estaba muy, muy interesado en que eso ni por asomo tuviera el mínimo resquicio de posibilidad”. “Para mí, para todos nosotros, y especialmente para Herman, eso es importante: la idea de que podamos decir: no, no lo eran, solo eran jóvenes, algunos de ellos estaban un poco jugando con los deslices típicos de un contexto de algunos gramos de marihuana y un poco diversión, a lo mejor, no muy saludable, visto el contexto. Pero, ninguno de todos ellos se merece lo que les pasó”, dice Shankland. “Todos tenían vidas y personas a las que querían y  los amaban y con quienes estaban perdidos. La capacidad de reclamar la verdad sobre las vidas de esas víctimas ha sido importante”.

La descripción de la serie de la primera víctima de Sobhraj, Teresa Knowlton, lo confirma. Una joven que se dirige a un monasterio para estudiar budismo, conoce a Sobhraj y su compañero Ajay Chowdhury  (Amesh Edireweeraun) joven indio que lo ayudaría a estafar a los turistas ayudándolos a salir de las situaciones que había causado, por ejemplo, brindando refugio a las víctimas que había envenenado. En su última noche de libertad, una noche de decir sí a todo. Es contraproducente, por supuesto, pero no antes de que ella diga que ha sido drogada, es demasiado tarde para pedir ayuda coherentemente. Es desgarrador, más aún, por el tiempo que pasó antes en el episodio estableciendo su corazón abierto y su fe sincera. Shankland está de acuerdo, citando el “gran nivel de narcisismo y vanidad de Sobhraj y también un gran nivel de tonterías” como razones para no avivar esos detalles más macabros. “Esta no es en absoluto una película biográfica de Charles Sobhraj. Se trata de un tiempo, un lugar y personas, y las muchas formas tortuosas en las que este hombre terminó siendo parte de los viajes de otras personas”. Muchos de esos viajes terminaron horriblemente, por supuesto, y sin embargo, la mayoría de las víctimas fueron despedidas a lo largo de los años por la policía, la prensa y el público como de alguna manera, mercancía del día a día. No eran importantes. Para Shankland y Warlow, esta es una de las razones para hacer la serie. “Hace mucho tiempo ahora, pero no tanto”, dice Warlow. “Hay muchas personas cercanas a ellos que todavía están cerca”. “De alguna manera, Sobhraj casi fue rehabilitado en el tribunal de la opinión pública en años posteriores”, agrega Shankland.

 

“Él, convenció a todos de que estas personas a las que ‘pudo o no’ haber asesinado, estas víctimas, eran infrahumanas de alguna manera: drogadictos, traficantes de drogas. No merece nuestra compasión”. Algunas de las familias de las víctimas no estaban dispuestas a estar en contacto, dice, “creo que porque muchos de los relatos de esta historia se han apoyado ligeramente en esa narrativa. Sobhraj siempre supo lo que estaba haciendo cuando eligió a sus víctimas, piensa Warlow. “Hay una especie de prestidigitador que encanta a las serpientes más letales del Indostán dentro su alma.” Siento con confianza que cualquiera que fuera lo suficientemente equilibrado y maduro para ver el mundo como es, no se habría dejado seducir por él. Eligió gente que era muy sensible a carisma —de índole seductor y sugestionable—, y no perdió el tiempo con nadie que no lo fuera. Creo que, en muchos sentidos, vio lo que la gente necesitaba: comprendió lo que le faltaba a la gente en sus vidas y se presentó a sí mismo como el medio por el cual esa ausencia podría ser suplida”. Algo así como uno de las planos secuencia donde se observa la buena mano de Shankland  para dejar cautivados, a los espectadores,  por el glamour de las lujosas fiestas de Charles y Monique, la embriagadora vida nocturna de Bangkok y la indudable elegancia de la pareja. Al siguiente, te sorprende la facilidad con la que Charles es capaz de manipular a quienes lo rodean con una total falta de empatía y humanidad. Lo dicho, para aquellos más jóvenes es algo así como una fábula, donde las apariencias los son todo. A veces, detrás del juego de la seducción, sólo se esconde el diablo. Esperamos que esta serie sirva como un recordatorio de podrían haber sido esas vidas de aquellos jóvenes que acabaron con sus esperanzas. Nota:7,8

 

Los 10 mejores discos de 2020

 

1. Fontaines D.C. – A Hero’s Death

 

2. Bob Dylan – Rough and Rowdy Ways

 

 

3. Fionna Apple – Fetch The Bolt Cutters

4. JARV IS… Beyond the Pale

5. Boston Manor – Glue

6. Mark Lanegan -Straight Songs Of Sorrow

7. Moses Sumney – Grae

8. Crack Cloud – Pain Olympics

9. PVRIS – Use Me

10. Phoebe Bridgers – Punisher

Los 10 mejores films de 2020

 

1. Sound of Metal

 

2.  The Druk

 

 

3. First Cow

 

 

4. The Devil All the Time

 

 

5. Falling

 

 

6 The assistant

 

7 Tesla

 

8 Ammonite

 

9 Possesor

 

10 Shirley

 

Las 30 mejores series estrenadas en 2020

 

1. Zero Zero Zero

 

 

2. Gangs of London 

 

 

3. Des

 

 

4. The Queen’s Gambit

 

5. Valley of Tears

 

6. I May Destroy You

 

7. The Great

 

8. Unorthodox

 

 

9. White House Farm

10. Sløborn 

 

 

11. Raised by Wolfes     

 

 

12. The Outsider

 

 

13.  Perry Mason

 

 

 

14. High Town

 

15. Kalifat

 

16. DNA

 

 

17. Baghdad Central

 

 

18. The Trial of Christine Keeler

 

19.  L’effondrement

 

  20. The Luminaries    

 

  21. The Good Lord Bird

 

22. The Liberator

 

23. Hunters

 

24. Stateless

 

 

25. Upload

26. The White Wall

27. No Man´s Land

 

 

28. Twin

  29. Ted Lasso

30. Box 21

Valley of Tears (2020) “El Vietnam israelí de David”

Durante poco más de seis años, hubo una creencia generalizada en Israel de que el país había encontrado algo parecido a la paz. Nada más lejos de la realidad. Su presidenta: la tenaz y firme Golda Meir (que alardeaba con aquello, de la auténtica raza judía, debía de hablar yiddish) tenía sus reservas, tras de la exitosa “Guerra de los Seis días”. Jerusalén era un hervidero de protestas entre Panteras Negras —israelíes del barrio Musrara de Jerusalén— como reacción a la discriminación contra los judíos sefardíes y mizrajíes. Hartos del trato de la policía y la legislación del nuevo Israel hacía ellos. El 19 de mayo de 1971, llevaron a cabo, la gran concentración de los Black Panthers, tomando la referencia, del grupo norteamericano. El movimiento que aglutinaba a todas las etnias de color y origen oriental, así como  muchos simpatizantes extranjeros de origen judío —muy activos con la causa de este colectivo— juntaron a más de 6.000 personas delante de la plaza de Zion,  reclamando el cambio de nombre del lugar por Kikar Yehadut HaMizrah (Plaza de la Judería Oriental). Aquello fue una batalla campal entre policía y manifestantes que terminaron con la detención de más 100 participantes. Muchos de ellos, acabaron en el hospital, víctimas de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. La historia del propio Israel parte, en ese instante, del inicio del estado hebreo, cuando Musrara pasó de ser un barrio árabe adinerado, a ser el nuevo vecindario de grandes de apartamentos para los migrantes judíos  soviéticos. Meier apagó el fuego, con paños calientes, porque la conflictividad se palpaba en el ambiente. Además, necesitaba al país unido, pues, Israel se enfrentaba a uno de sus momentos más delicados A pesar de ser la nación más democrática en una zona tan hostilmente compleja como es Oriente Próximo. En 1972 le estalló la crisis de los atletas olímpicos en el aeropuerto de Munich. Once miembros del equipo olímpico israelí fueron hechos rehenes y asesinados por elementos del grupo terrorista Septiembre Negro. Y es que Israel, una vez sabida toda la historia, llevó a cabo sus propias represalias —vía Mossad— (servicios secretos del estado) a los terroristas que llevaron a cabo la ejecución de Munich. Sin embargo, 1973, ya estaba en marcha. El país fue imbuyéndose, en un karma cultural, denominado la conceptzia: la concepción.  Una filosofía de bienestar interior, como de alguien, lo suficientemente fuerte y sobrado, para que sus enemigos nunca lo derrotaran. Incluso, ni tan siquiera lo intentarían, pensaba todo el mundo. Era una especie de microimagen digital nacida de una fuerza letal. Y fue una autoimagen la que murió por ello. Y esa autoimagen terminó por volverse en contra. HBO en su versión streaming tiene la gentileza de presentarnos esta serie israelita que es una genialidad. Valley of Tears,  es un producto creado por Ron Leshem y Amit Cohen, escriben un guion sobre la guerra de Yom Kippur,  desde una perspectiva de las FDI. Una historia emocionante, crítica, dura y antibelicista de aquel conflicto 47 años después. La Guerra de Yom Kippur y por los árabes como la Guerra de Octubre o la Guerra del Ramadán (para agregar a su trágico significado, también tuvo lugar durante el mes sagrado musulmán), fue un momento decisivo en la historia de la Estado judío y, de hecho, todo el Medio Oriente.

Curiosamente, los cineastas de Israel han producido muy pocos trabajos al respecto. Una meditación impresionista y bien considerada sobre la guerra, Kippur de Amos Gitai, fue lanzada en 2000, y eso es todo. Hasta la serie que han creado los guionistas que tienen, alucinados a medio TV norteamericana del streaming: los showrunners Ron Leshem y su socio el guionista Amit Cohen, han tardado, casi una década en convertir este proyecto, en la realidad que es, Valley of Tears, en una realidad. Una producción que ahonda atrevida en  las aristas más incomodas de la psicología de un país tan sui generis como es Israel. Desde la singular y original cortinilla de introducción a los episodios, donde se observa un pastiche de imágenes de archivo triunfantes: aviones a reacción y tanques pesados que se impulsan hacia adelante en las celebraciones del 25 aniversario de Israel. Relucientes ciudadanos israelíes que construyen casas en las ciudades y cultivan uvas en los huertos, mientras la atractiva cantante pop Ilanit canta a todo volumen. El debut de su país en el Festival de la Canción de Eurovisión, y así sucesivamente. Imágenes de noticias contemporáneas muestran las sonrisas de la primera ministra israelí Golda Meir, el ministro de defensa Moshe Dayan y el jefe de estado mayor militar David Elazar mientras aseguran al público que todo está bien. Pelearemos la batalla”, dice la obstinada Meir en su hebreo con inflexión yiddish, “y volveremos a ganar”. A la introducción directa del primer personaje y primer día, en la zona cercana a los Altos del Golam. Se estaba cociendo una de las últimas grandes guerras del siglo XX. El joven soldado del ratón, Avinoam Shapiro (Shahar Taboch) obtiene información de las escuchas telefónicas. Esas escuchas son interpretadas como que hay un ataque inminente con la colaboración logística (armas y medios) de la ExURSS. Pero su superior cree que está con sus historias ilusas de conspiraciones cercanas a la Sci-fi. Le reprime que se quite la ropa civil y se ponga el uniforme y se deje de sus típicas extravagancias. Llama la atención de Yoav Mazuz (Avraham Aviv Alush), el comandante del búnker, que está a punto de cogerse unos días de vacaciones, y el chaval,  lo convence sobre lo que ha escuchado. El ataque será inminente. Cuando la base es invadida en pleno Yom Kippur, Yoav y el asustadizo Avinoam dependen el uno del otro para escapar del bunker.

La esposa de Yoav, Dafna (Joy Rieger), estacionada en el cuartel general, quiere quedarse allí y ver qué está pasando en el búnker, pero le ordenan ir a un puesto de avanzada con el resto de las mujeres en el cuartel general. Y por ahora, todo lo que vemos de Dafna es que está tratando de desafiar las órdenes sexistas de que ella y las otras mujeres no deben estar cerca durante el combate, solo para asegurarse de que se entere de que su esposo está bien. Mientras tanto, cuando tres amigos se ven envueltos en una protesta contra el gobierno, participando en las marchas de los Panteras Negras. Uno de ellos, Malachi Ben Sur (Maor Schwitzer) es atrapado y tiene que escapar de su celda para reunirse con sus amigos Jackie Alush (Imri Biton) y Marco Dolzi (Ofer Hayun) en su puesto de tanques en la frontera siria que termina en primera línea. Además, el mismo Malachi es conocido por su pericia en la conducción de carros de combate. Jackie tiene que convencer a Marco, un orgulloso Pantera Negra, de regresar a la unidad y no desertar. No obstante, durante la batalla inicial con los tanques sirios, ambos se entregan al combate con heroísmo. A pesar de sus impactos directos, su comandante de torreta; el teniente Aviram (Ido Bartal), degraciadamente, es alcanzado por francotiradores y uno de los tanques es destruido. En su camino de regreso con sus amigos, Malachi es recogido por Menny Ben-Dror (Lior Ashkenazi), un actor que tiene un estilo de vida bohemio. Su exesposa lo llama enojada y le dice que tiene que encontrar a su hijo, que acaba de alistarse y podría estar en primera línea. Mientras conducen, los dos se unen por su buena fe de gente con ideas de izquierdas, ya que Manny estuvo en un grupo que precedió a las Panteras Negras. Muy pronto empezarán a caer los soldados israelitas. Sangre, vísceras y extremidades, en cierto modo, es el conflicto que trajo, el Vietnam americano al desierto del Sinaí. Los muertos, sus placas de identificación y sus colgantes con las cruces de David. El director de Valley of Tears, Yaron Zilberman. “Te muestra que es muy difícil para la gente tocar la historia”. La historia es un relato ficticio en cuatro frentes diferentes. Valley Of Tears casi se siente como uno de esos retrocesos de miniseries de guerra como Band of Brothers de Tom Hanks o Generation Kill de David Simon (Made in HBO) considerando que se nos muestran múltiples historias en múltiples frentes. Tiene todo lo bueno del cine bélico hecho en miniserie. Además, de su buena ejecución, está muy bien fotografiada y editada.

El montaje es fantástico, debido a la fluidez del guion. También, el hecho de contar un elenco de lo mejor de la industria audiovisual de Israel hace que la producción se deje querer. Mantener la tensión de la guerra, en un formato de gran melodrama, con unas interpretaciones muy realistas, de personas que no están seguras de la guerra. Tan solo saben lo que se les avecina, no el 100%. Aparentemente orgullosos de defender su bandera como ciudadanos de Israel e inseguras de su papel en la batalla. Pero cuando los cohetes comienzan a aterrizar, los soldados más reacios y tocados moralmente, por los feos del gobierno, hacen su trabajo. La historia de la escuadrilla del grupo de tanques es genial. Así como esa miniRoadmovie por los campos del paso de Mitla. La vanguardia de Bar Lev se rompía por la cantidad de efectivos y conjugación de fuerzas aéreas, artillería y carros. De ahí, que se sienta esa tensión y a la vez, mucha ironía y sascarmo entre los personajes. Estamos muy seguros de hacía dónde va el viaje por carretera de Malachi-Menny, aunque agradecemos la presencia de Ashkenazi, uno de los mejores actores del país. Algo que viene caracterizando a la ficción de estos grandes creadores, es hacer mucho con muy poco. Pensemos que esta ha sido, la primera producción de ficción en la historia de Israel, en tener un millón de dólares por capítulo. Leshem y Atmi Cohen son especialistas en hacer virguerías con presupuestos estrictos. Recurren a la imaginación de la economía de pocos recursos o trucos muy bien trabajados. Por ejemplo, nunca vemos a los tanques sirios de cerca: pero recibimos mucha acción de los tres tanques israelíes que disparan a los sirios en la distancia. Las imágenes de las catacumbas del búnker son realmente claustrofóbicas, especialmente cuando Avinoam es arrojado por Yoav a un armario fuera de la sala de escucha de inteligencia. Y todo lo demás tiene un alcance relativamente pequeño. Es una forma eficaz de mostrar una guerra de múltiples frentes sin necesidad de amplias vistas de batalla. Resumiendo, podemos decir que nos hallamos ante un producto muy interesante y entretenido. ¿Y qué hay de la audiencia en Estados Unidos? Pues, al igual que el boom de Euphoria. Ahora mismo, se está trabajando en una obra de teatro para  espectadores que quieren una nueva vuelta de tuerca, de esta ficción israelita, algo poco común para una serie de televisión israelí. No obstante, el hecho, que cada día, se hayan más interesados en la creación audiovisual hebrea: es solo el último paso en un mercado en crecimiento para la televisión israelí en Estados Unidos. Ejemplificado por adaptaciones como Homeland de Gideon Raff y Euphoria (cuya versión israelí fue creada por Leshem, de hecho)  y exportaciones directas como Fauda de Lior Raz, En terapia y Our Boys de Hagai Levi. Valley of Tears, se filmó unos meses antes que la enfermedad emergiera en el escenario mundial, se ha lanzado inadvertidamente en el contexto de un nuevo fracaso fatal de liderazgo, lo que le da a la serie un significado inquietante para los israelíes y, según esperan sus creadores, uno similar para los estadounidenses. Es una táctica atrevida en la medida que representa un tour de forcé para la  población israelita, fuera de todo orden psicológico. Los hebreos dicen que la historia tiene la desagradable costumbre de rimar de la manera más trágica, y esa rima ha sido notoria en el momento del lanzamiento de la serie.

Estableciendo el paralelismo las primeras etapas de la pandemia de COVID-19, cuando parecía que la población estaba manejando la enfermedad relativamente bien, gracias a la superioridad tecnológica, la movilización masiva de poder hacerlo y el sentido de propósito colectivo del que se han enorgullecido. Pero algo, ha vuelto a fallar, un tipo diferente de autoconcepción había surgido en Israel. Ya que las últimas semanas han traído una segunda ola devastadora de infecciones y la curva de contagios se disparó a niveles nunca conocidos hasta entonces. Ha habido protestas masivas que están poniendo de rodillas al gobierno y a los propios gobernados, quienes más lo sufren. Pero la entropía suele ser el verdadero ganador después de momentos de estúpido orgullo. El espectáculo ofrece una media hora de ambientación en la que personajes judíos israelíes de muchos tipos (religiosos, seculares, viejos, jóvenes, soldados, civiles, blancos, no blancos) se preparan y entran en el día más sagrado del calendario judío, Yom Kippur. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) están técnicamente en guardia, pero carecen de personal y están distraídas debido a las vacaciones. Entonces, cuando las fuerzas egipcias y sirias lanzan un ataque sorpresa, todo el mundo se pone de pie. Sobreviene el caos. El concepto se hace añicos, sin posibilidad de reparación, para nunca regresar por completo. De nuevo, la historia, se puso del lado israelí, recuperando la ventaja y técnicamente ganó el conflicto en poco más de dos semanas. Pero fue una victoria pírrica: hubo alrededor de 10,000 víctimas israelíes, lo que representa aproximadamente el 27 por ciento de la población del país (en comparación, ese porcentaje en los Estados Unidos hoy sumaría más de un cuarto de millón de personas). Como tal, es difícil exagerar el impacto de la guerra en el país. “La primera sirena de ataque aéreo significó que el primer Israel murió y nació un segundo Israel”. Valley of Tears desafía a sus espectadores a verse a sí mismos a través de su implacable enfoque en cómo reaccionan las personas ante un cataclismo. Ninguna persona o nación sobrevive a una guerra sin cambios, y eso es tanto más cierto cuando los orígenes de la guerra se encuentran en la idiotez de un concepto u otro. Ahora, por primera vez en la historia, estadounidenses e israelíes están luchando contra el mismo enemigo: la plaga que está asolando nuestro planeta. Si en la guerra del Yom Kippur Simbolizó el cambio de una sociedad unificada, una sociedad que se siente más importante que el individuo, a una sociedad diferente, donde el individuo es casi sagrado. De Igual modo, la tecnología, según los hebreos más conservadores hace que la gente sea más egoísta. Sin embargo, se trata de mirarte a ti mismo. Tú, lo primero y después, ya hablaremos del país. Todavía dentro de ese campo entrópico del propio Israel existe, esa idea nacional de todo hebreo, que en esto estamos juntos, en gran parte debido a la constante amenaza de un conflicto terrible. La plaga es un enemigo invisible que no se puede cachear. Todo aquello que esta fuera de control para Israel se vuelve traumático. Y del mismo, modo que la pandemia es enemigo mundial, por una vez, el mundo árabe e Israel no tienen más remedio que ir de la mano juntos. Sera un proceso largo y profundo, pero podrá hacer buena aquella máxima de; La experiencia es una de las causas del éxito o fracaso. No sufrimos el impacto de nuestras experiencias, llamadas traumas, sino que las adaptamos a nuestros propósitos.” Como bien dijo, el ínclito, Alfred Adler. Nota: 8,2