McMafia (2018) “El crimen entre Cupertino y el aroma a Dior”

Todos los años, la prestigiosa y bendita, BBC (que suerte tienen los británicos) se reserva una gran estreno anual para competir de tú a tú con las grandes plataformas del streaming. Este año, no iba a ser menos y han vuelto a la carga, con muchos de los ingredientes y sabores, vistos a lo largo de producciones de esta última década. A partir la novela/bestseller McMafia “Un viaje por el inframundo criminal global” (2008) escrito por el periodista británico Misha Glenny; se desarrolla un magnífico drama con todos los alicientes y giros propios de la dramaturgia de la tragedia Skakespeariana. En esta ocasión, la trama se ubica en la cosmopolita y sobrada capital de UK (Londres). Una elección muy interesante, pues aquellos que hayan tenido contacto con el libro, sabrán que es el enclave intrínseco, de la novela, en gran medida por la conocida reputación de la capital británica. Ejemplos son sus encomiables ventajas fiscales para todo tipo de individuos que traigan una cartera repleta de euros, dólares o cualquier moneda de curso legal a la adorada City financiera. El efecto imán del nuevo Londres (ejemplificado en los JJ.OO de 2012) con una exhibición de riqueza y poderío, básicamente, es la muestra del gran pastel del mercado inmobiliario de lujo. En donde millonarios de medio mundo, tienen fijada residencia y parte de su patrimonio. No obstante, si a uno le dijeran que toda esta obra es del maestro John Le Carre, podríamos hasta creérnoslo —caso de la reputada— The Night Manager con un fantástico Tom Hiddleston y un guion muy bien cosido entre el thriller y el suspense. Incluso ha habido sugerencias de que la estrella principal James Norton podría convertirse en el próximo James Bond. Maneras y estilo, las muestra y de físico va sobrado.  El trabajo de McMafia se ha realizado, a modo, coproducción entre BBC One y el canal estadounidense AMC.

También, colabora Amazon como distribuidor directo en su plataforma de abonados Vips. El espectáculo tiene lugar en varios lugares que se mueven desde Londres a Rusia (Centroeuropa de por medio y toda la franja caliente que va de Israel hasta la India por el sur). McMafia es un título que desde el principio produjo odios, pasiones, risas y desconcierto. Sin embargo, el prestigio de Misha Glenny, es más que evidente. Llevando a cabo una ingente recopilación de información del mundo criminal, en torno, a las grandes familias de cuello blanco y lencerías de Chanel. Para construir el guion Hossein Amini fue quien se encargó de adaptarlo y como director de los episodios, a James Watkins (el mismo, trabajó, en el desarrollo de ese guion, en los tres primeros episodios) joven director con experiencia en las producciones de acción dirigió hace poco “Asalto en Paris”(2016) con Idris Elba de protagonista. No obstante, todo el mundo, que sea fan de todos estos entramados saben de sobra, que el crimen organizado representa aproximadamente el 15% del PIB que genera el mundo: algo más que simple calderilla. Hagan números y se darán cuenta de la riqueza, que representa este negocio. Empero, hay algo en toda esta lectura, por parte de Amini —esencialmente— en la exposición de un modo exclusivo, a la globalización. Tiene claro, que la globalización es mala y en ella, viven los más malos. No entraré en este debate, pues, daría para mucha tinta sobre blanco. La globalización es la utopía del capitalismo, según Amini, ya que fomenta el florecimiento de empresas delictivas, por ende, multinacionales —las cuales— realmente no necesitan ayuda para trasladar sus actividades al infierno social.

Desde esconder sus activos en paraísos fiscales y mantener la corrupción que le es propicia y beneficia. Proponiendo una historia que tiene lugar en casi todos los continentes, Asia, Europa, África y América. Un mundo cruel y corrupto, con mayor fortuna dependiendo del paralelo. Los matones son siempre los mismos, tienen formas más o menos similares, más allá de sus diferencias culturales: una cortesía de la fachada que oculta una violencia sin escrúpulos. Las sumas de dinero y las apuestas de poder son tales que la brutalidad es un recurso natural de estos depredadores. Y ahí en esa jungla, nuestro protagonista tiene mucho que decir. Alex Godman (War & Peace y Happy Valley), nacido en Gran Bretaña, es el único hijo varón, de un jefe de la mafia rusa exiliado, que interpreta Aleksey Serebryakov (The Method y Leviathan). El padre de Alex, es Dimitri Godman, uno de los mayores capos de la mafia rusa, el cual, fue expulsado junto a su clan, del negocio en Moscú, por su acérrimo rival y enemigo personal Vadim Kalyagin. Un papel que desarrolla el actor georgiano Merab Ninidze (The Americans, Deustchland 83 y el puente de los espías). Un odio que sigue inamovible y envenenado. Dimitri, vive como un rey Lear (en su exilio londinense), eso sí, con una cartera de dinero y oro muy grande. No tanto como todo, el que tuvo en su reinado. Su vástago, Alex, ha tratado de escapar de los lazos familiares entrando en los negocios como administrador de fondos de mercados emergentes sin usar ninguna de sus conexiones o dinero Godman.

 

Curiosamente, este clan familiar son de origen judío. Ya que el mismo tiene un empresa que gestiona acciones y patrimonios. En el fondo, un pequeño banco —que desafortunadamente— está siendo presa de la rumorología despectiva y comentarios espurios. Sobre la metodología que impone en la gestiones de los capitales. Se ha generado una alarma social, entre la gente guapa de la City, y los fondos extranjeros, que ponen su dinero en sus manos. Se ha orquestado una estrategia de deserción y salida de capitales salvaje. Todo para hacer daño, a él y su entorno familiar. Otro de los grandes atractivos de la serie, la madre y esposa de Dimitri; Osaka Godman. Una espléndida Maria Shukshina (American Daughter, Burnt by the Sun 2: Exodus y Dear Masha Berezina) y después, quedaría en un segundo plano, la hermana, un personaje que va de menos a más: la despreocupada hermana del clan, Katia Godman: una magnífica Faye Marsay, conocida, por su intervención, en la aclamada GOT y ahora mismo en cartelera con “El instante más oscuro 2017”. AG ha nacido para ser un príncipe, que muy pronto será rey. No en vano ha sido educado en las mejores universidades de Inglaterra y USA. Hay quienes dicen que Alex Godman nació con una “cuchara de plata en la boca y un pijama de bebé de Hermes”. Entre su familia exiliada, los matones alejados del hervidero ormetá. Reyes desterrados, viviendo en mansiones de emperadores (con un gusto, algo más cuestionable, por el exceso kitsch y las pasiones carnales).

Él, ha estado tratando desesperadamente de abandonar el pasado sombrío de su familia y los vínculos de la mafia detrás de él, pegándose a la vera de su novia Rebecca Harper, interpretada por la actriz Juliet Rylance (The Knick&Frances Ha). Desde el principio la serie muestra una tendencia a crear el contexto del inmortal The Godfather, en el exilio del caviar y el aroma a Dior. Empero, algo se conjura en la mente de nuestro protagonista; ese esbozo de la figura del chico universitario que quiere ser el rey de la famila. Un nuevo Michael Corleone, en el S.XXI, impregnado, —de una vis muy británica— como es la licencia para matar 007, desde un portátil Mc book Air. Sintiendo la obligación de tomar una decisión firme; entre el negocio familiar o el clan mafioso Godman. La seductora y cómoda vida del yupi banquero en la City de Londres. Al lado de su novia, pasando los fines de semana en el Caribe o Cerdeña. Relajado y tranquilo. Luego, eso de un banquero, que no quiere ser un gángster y de repente, se da cuenta que ya lo es. Es difícil de aceptar, pero Alex Godman tiene empaque y arrojo, para ser el candidato. A pesar, de esos trajes impecables a medida de Armani, Dior y Versace. Obviamente, hay un antes y un después en la psique de Alex Godman (James Norton).

El asesinato delante de sus narices, de su tío Boris, causa genera una mella con una mácula imborrable. Entra en un proceso de catarsis personal y familiar. Casualmente, antes de fallecer su tío, Boris Godman/David Dencik (“El topo”, “Homesman” “The Royal Affair”) le presenta a un singular empresario israelí, Semiyon Kleiman, un David Strathairn (Good Night&G.Luck, Lincoln, Billions) que borda su personaje —no recuerdo una mala interpretación de este pedazo de actor—, que está tratando de invertir en países de todo el mundo, en la República Checa, donde reinan los rusos, y cabecillas checos que controlan el negocio de las imitaciones de ropa y el tráfico de drogas en la bella Praga. Uno de los implicados, que tendrá un papel, relevante es Karel Benes (magnífico actor checo, Karel Roden, un todoterreno de las producciones de acción “Bourne supremacy, Rock&Rolla o Missing TV”). Pero, nos queda el océano Índico y ese gigante que emerge, con la fuerza de un volcán, llamado, India. Allí, dónde, la vieja Bombay, ahora Mumbay, es clave en la entrada de todo tipo de materias primas; trata de blancas, esclavos humanos y drogas a través de un vasto territorio. Allende, se evidencia la enorme brecha de una nueva clase rica, y la mayor de las pobrezas mundiales, escenificados en los conocidos Slumdog y el trepa intermediario —que quiere ser dueño del pastel del conducto mafioso— de un mediador en la agorofóbica Mumbai; Dilly Mahmoos.

Una de la grandes estrellas del cine Made in Bollywood, Nawazuddin Siddiqui. De portentoso carisma, que se hace de querer a la cámara, a primera vista. Es muy famoso por el film “Gangs of Wasseypur”. Por último, tendríamos al representante del cartel mexicano, Antonio Méndez, interpretado por un sorprendente actor brasileño (Caio Blat). Un tipo zaíno e imprevisible tras una máscara de latin lover encantador. McMafia, La serie rebusca y quiere trazar un bypass coronario en el corazón de este sistema transgénico, tomando como punto de partida, la actividad bancaria de Alex Godman, gracias a su gran trabajo y la garantía de un gran hombre de éxito en los negocios. Es este aspecto global, en donde los escritores quisieron presentar, a lo largo de esta historia, que tiene lugar en un escenario diferente: Tel-Aviv, Moscú, Praga, El Cairo o la Riviera francesa. En este maremágnum global, hay peces de todos los tamaños y colores. La cadena alimenticia suele estar muy cerca de la que existe en su estado primitivo. El tablero de ajedrez se convierte en una máquina tragaperras; pues esto es un juego llamado, sobrevivir. Todos los implicados tienen sus propias estratagemas, y evidentemente, todos han desarrollado destrezas para cualquier contingencia, de enfrentamiento caprichoso, dentro de un ecosistema brutal y despiadado. Los Gangsters son una especie más, de entre las otras, más peregrinas o indiferentes. Los motivos —que les atañen— no son tan distintos ni originales: Quieren riqueza y poder. Menos pistolas en público y mayor hackeo en la red.

No por ello, hay una tendencia al abandono del clásico trasfondo alimenticio (drogas, armas y prostitución), las actividades son mucho más variadas y se refieren a sectores más tradicionales. La diferencia es que uno excluye someterse a la legalidad porque va acompañado de menores ganancias e impone un control externo que los matones no pretenden sufrir. Por lo demás, las transacciones financieras se desmaterializan y llevan a cabo. Tal vez el tiempo de duques y reyes de los carteles, versus Pablo Escobar o Chapo Guzmán quedan en un espacio neutro y alejado. A pesar de que la praxis sigue siendo la misma y los métodos de adquisición, de las mercancías, igual de hostiles. La idea no es dejar la elección a aquel a quien le dará su dinero. El ambiente es el de la comunidad empresarial y no los barrios en ruinas de Palermo o Nápoles, como se observa, en esa obra maestra de la TV, que es Gomorra y tan genialmente, narra el señalado Roberto Saviano. McMafia implica la dictadura de los juguetes tecnológicos de Cupertino. Enormes discos duros, millones de bits en la nube virtual y criminal. De las nuevas mafias del S.XXI: las multinacionales de negocio inmobiliario y de ocio. Una diversificación, con las mismas herramientas de ese sistema que nos mueve, a todas las sociedades: el capitalismo puro y duro.

Aquí la miseria se mantiene a distancia, como si una de las prioridades de estos nuevos padrinos hubiera sido poner entre ellos y sus actividades la mayor cantidad posible de muros herméticos. No pueden ser alcanzados, nunca se enfrentan directamente con las consecuencias de sus actividades corruptoras y destructivas. Esto no facilita la compra de una buena conciencia, pero al menos tienen la satisfacción de nunca ensuciarse las manos. El conflicto psicológico es el que encierra Alex Godman que quiere ser un banquero, no un mafioso, siendo el heredero de una práctica mafiosa que pagó sus estudios en Harvard y le permitió el acceso a una posición de privilegiado intocable. El desafío es saber si puede escapar de lo que parece ser un destino para él. Y la gran pregunta; ¿Merece tanto la pena ese dinero y poder? Posiblemente, sí porque la familia es sagrada, su padre Dimitri, lo sabe bien y su contrincante el nuevo rey del Kremlin, Vadim Kalyagin, también. La familia, no me la toques —que no le falte el Dior y el Macbook Air— ,y ya nos vemos, cara a cara. La mirada de los ojos de tu enemigo enmascara una tragedia griega. No lo duden. Nota: 7,9

 

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BorgVsMcEnroe (2017) “Tenis de Rock stars”

 

En 1980, el mundo del tenis era revolucionado por un joven de cabellos largos rubios, y de ojos azules, como el mar del Norte: Björn Borg. Con apenas 24 años, de edad, había ganado el torneo de Wimbledon en cuatro ocasiones, manteniendo un altísimo nivel que lo posicionó como el número uno en el ranking mundial durante años posteriores. Pues, Borg, se retiró del tenis con 27 años, sorprendiendo a propios y extraños. Una inexpresividad inimitable en la cancha, y una flema estoica, que mantenía juego a juego, set a set. Algo que terminó por aceptar, en el mundo deportivo, con el apodo de “Iceman” (El hombre de hielo). Sin embargo, en plena cúspide, veía la amenaza de su reinado; en el físico de un nuevo talento, que llegaba de la inquieta Norteamérica: el joven rebelde neoyorkino, de 21 años, llamado John Patrick McEnroe. Proponiendo un estilo de juego agresivo —bien trabajado— adherido a un imprevisible temperamento, que lo habían llevado a ganar un gran número de torneos Top del circuito profesional. Obviamente, el encuentro entre ambos titanes era inevitable, y, coincidieron en aquella mítica final del torneo de la hierba de Wimbledon en 1980. Aquella final quedó para los anales de la historia, como el partido del siglo. Todo un acontecimiento mediático, tan impactante como los JJ.OO de los Ángeles 1984 o la final de fútbol en Múnich de 1974, entre AlemaniaVsHolanda. El danés Janus Metz debuta como director en la pantalla grande (venía con la vitola de gran realizador de documentales, “Armadillo” 2010 o el rodaje de en la serie de culto “True Detective” de HBO) con una película, en la cual, más que centrarse en la rivalidad de los personajes, realiza un intento de presentación biográfica de ambos. Haciendo mayor énfasis en la vida de Borg —algo que se comprende, cuando los productores de este film son suecos al 100%— introduciendo, diversos flashbacks, donde  observaremos sendos itinerarios hacia el éxito. Un recorrido que ahonda en las relaciones familiares, arduos entrenamientos y sucesos relevantes, de los cuales, se intentarán explicar el origen de muchas de las manías del tenista sueco, y por ende, la impulsividad del estadounidense.

 

 

Todo ello lleva un proceso de encadenamiento, a medida, que el torneo va avanzando en sus respectivos partidos y un objetivo, en mente: la final. Quinto torneo de Wimbledon para Borg o primero para McEnroe. A pesar, de algunas lagunas, de la narración, suplidas por un excelente montaje; las historias se muestran de forma descompensada. Sin embargo mantiene al espectador atento a la pantalla, a la espera de respuestas. La primera cómo el adolescente Borg llega a convertirse en un jugador impasible y demoledor. El témpano de hielo, y algunos de sus golpes con la raqueta; son dignos de estudio para los aspirantes en este deporte. De igual modo, veremos la volatilidad y explosividad del temperamento del aspirante al título McEnroe. Precisando, en alguna, de esas lagunas, del film, pues siendo francos, la cinta no aporta nada nuevo en lo que se refiere a películas del género deportivo. No obstante, se aprecian determinados indicios de una naturaleza larvada, en los protagonistas del match, en una psique no terminada de releer, por el buen material que esgrimen ambos jugadores (aunque pareciera que ese fue el objetivo del cineasta danés). No obstante, el film se compensa, por el gran acierto de Metz, de haber aprovechado, el escenario que se le brinda. El rodaje de uno de los partidos más mediáticos del tenis como referencia principal, alcanza momentos de éxtasis, esencialmente, en su último tramo, pleno de emoción y suspense. Brillante reproducción del enfrentamiento entre ambos personajes. La actuación más destacada de la película es sin duda la de Shia LaBeouf, quien retoma el buen camino y continúa con la línea trazada desde el año pasado con “American Honey”(2016), volviendo a elegir, un papel, ciertamente  más que prescrito, para él. A pesar de ser un poco mayor, para la ocasión, pero su talento supera la carencia del parecido físico. Gracias a la magnífica caracterización de John McEnroe —personaje— con el cual, sin duda, tiene bastante en común —por lo que a temperamento se refiere— y emula casi a la perfección. Su contraparte, el sueco Sverrir Gudnason, también resulta ser bastante convincente al encarnar al inmutable y de hermoso físico, Björn Borg, en pleno estrellato. Completa el reparto Stellan Skarsgård, el padre del clan Skarsgård—que ha creado una camada/clan de actores, que están en en todas la agendas de ficción Made in Hollywood—, el cual, como nos tiene acostumbrado borda su trabajo, en el papel de Lennart Bergelin, aquel tipo duro y estricto entrenador de Borg.

 

 

Incluso, dejando a un lado, todas esas imperfecciones, propias de un debutante en un largo. Metz viene de una escuela, como la danesa donde se trabaja muy bien a sus alumnos. El film se hace imprescindible para todos los aficionados al tenis y todos aquellos, que algún modo, recuerdan momentos de dos tenistas sui generis. Y es que, seguramente, muchos de Uds., no van a salir de la sala oscura, decepcionados. Todo lo contrario, pues el proceso de dramatización del partido y el juego es muy bueno. A través de los insertos de material original y el apoyo digital, el público podrá observar, a lo largo del camino, a otras viejas glorias de este deporte, caso de Jimmy Connors y Peter Fleming.  Empero, de aquellos que desconozcan, los verdaderos acontecimientos que lo inspiran quedarán satisfechos al ver un filme muy bien realizado y con buenas actuaciones que será capaz de engancharlos con una de las rivalidades más grandes en la historia del deporte. Si este último fuera el caso; la sugerencia es no indagar más acerca del resultado del partido y dejar que las imágenes de la película, no siguen un preciso orden cronológico, en el sentido que hay continuos flashbacks entre pasado y presente. Arrancamos con una imagen de 1980 y luego se vuelve atrás a otros torneos precedentes, los dos se encontraron por la primera vez en Estocolmo 1978. Dos tenistas que fueron niños extraños o fascinantes. En particular, el Borg adolescente, que es interpretado —extraordinariamente bien— por el hijo del auténtico BB, Leo Borg, a día de hoy, uno de los mejores tenistas junior del circuito. Su parecido físico con su padre es incuestionable. Metz lo recoge al principio del film, cuando se inició en el juego, mientras golpeaba la bola contra la puerta del garaje de su casa y soñaba con vencer en Wimbledon. También el pequeño McEnroe, el actor que hace de pequeño (Jackson Gann, magnífico), tiene un gran parecido, mucho mayor que el del propio, LaBeouf ya de veinteañero. La película muestra una época—irrepetible— donde, los tenistas fueron como estrellas del rock: llevaban el pelo largo, un look rebuscado pero no muy recargado, se divirtieron, en las mejores discotecas y partys privados de las grandes ciudades del circuito: New York, Londres, Paris o Roma. Fiestas hasta el alba, seguidos, por un sequito de fans, groupies, bailarinas, guardaespaldas y cantamañanas que vivían de la adulación.

 

 

Bacanales donde solía estar el norteamericano —que siempre fue amigo de todos— y estaba en todos los saraos; Vitas Gerulaitis. El propio Borg convivía con la tenista rumana Mariana Simionescu, (interpretada por Tuva Novotny), tiene un papel motivador y cuasi, maternal, en la relación con su futuro esposo, sueco. Borg, se casó con Mariana en 1980 y tras divorciarse de ella, en 1989, contrajo matrimonio con la cantante italiana; Loredana Berté. Antigua novia del italiano, Adriano Panatta. Ese periodo, entre  Borg y Berté, está dando que hablar, tras la publicación de unas memorias, por parte de la cantante. De igual modo, John McEnroe terminó casándose con la conflictiva actriz Tatum O’Neal. Así como otro de los últimos de aquella época, el campeón americano, André Agassi que se casó con la actriz Brooke Shields. Evidentemente, de Borg se puede decir que quizás fuera la última estrella del Rock del tenis. Una lámpara mágica de hacer dinero. Lo mismo, ocurrió con McEnroe. El personaje, en el hotel, con su camiseta de los Ramones y su sempiterno Walkman —dice mucho—, de su pasión por el Rock. Ambos fueron pioneros en el negocio de la publicidad de todo tipo consumo, y generadores del merchandising, alrededor de este deporte. Los tenistas de hoy, también los grandes campeones, también son máquinas de hacer dinero. No obstante, nunca alcanzarán el halo de romanticismo de Stars of Rock. La personalidad tan arrebatadora y una época, en la que, las prohibiciones eran de otro color. Los Nadal, Federer, Djokovic, Murray, Wawrinka y etcétera son extraordinarios deportistas. Grandes tenistas, pero sólo eso. En cambio, personajes como Borg y McEnroe, Vitas Gerulaitis, en la película interpretada por Robert Emms y Jimmy Connors, Adriano Panatta e Ilie Nastase, Guillermo Vilas y sus princesas de Mónaco, sólo vivieron una vez, en una época divina. Todos ellos fueron protagonistas de encuentros memorables. Puede que el film, quiera transmitir la máxima de esa frase de la autobiografía de André Agassi; “El tenis utiliza el lenguaje de la vida: ventaja, servicio, error, ruptura, amor, porque cada partido es una vida en miniatura.” Es evidente, que en Inglaterra le llaman el deporte de caballeros, pero algo como dos tíos en pantalón corto, dándole a una pelota por encima de una red.

 

Hay algo más, claro que lo hay; el tenis es el deporte solitario por excelencia, se juega solo contra el resto del mundo, a lo sumo en dos en dobles, y además de la técnica, también cuentan otros factores, muy importantes, la fuerza mental y psicofísica. Borg, como deportista y tenista pluscuamperfecto fue más allá de cada imaginación, con sus rituales frenéticos, las afinaciones corridas, con sus pies descalzos, caminando por encima de sus raquetas Donnay de madera, y analizando la tensión de las cuerdas; antes de cada partido en el hotel de turno. Al contrario, McEnroe dibujó sobre los muros de los hoteles los tableros de los torneos donde participó. Y convirtió, su estrategia, en pura cábala aritmética. Al igual, que sus largas conferencias con su padre y mentor (Ian Blackman) “el papá ejecutivo McEnroe Senior”. Un tipo ultracompetitivo y que le inculcó la voluntad de no caer en la derrota: lucha por tu orgullo, eres un McEnroe.  Metz se examina en el nudo del film, cuando se llega a la final e involucra todo tipo de artificios para hacer que el partido sea interesante. Desde la BSO, muy bien introducida, electrónica neutra que denota en sus notas la sensación de angustia, en ambos contendientes, obra de Vladislav Delay y Jonas Struck.  Así como, la ventaja de la cámara creativa y comentarios del locutor hiperbólicos, de un comentarista, muy partidista por el Adonis sueco. El montaje está muy bien hilvanado y la   una tensión en la pista central de la catedral del tenis de hierba se palpa en la pantalla. Independientemente, sepas o no el resultado final del encuentro. El reloj está roto. Se solapan los juegos con la tecnología digital. Metz captura aquellos años con un gran trabajo de iluminación y un buen equipo artístico: los bloques de colores estilo Mondrian de la cancha de tenis; la paleta saturada y sintética de los años setenta y principios de los ochenta, impecable el trabajo del operador de cámara, Niels Thastum,. Empero, las interpretaciones llevan la película y el partido —a modo de Odisea— a la gloria. LaBeouf trasmite el aislamiento y la soledad, en la pista, en aquel momento de McEnroe. Sus chispazos de petulante adolescente contra el árbitro y enfrente, la leyenda un Gudnason muy notable. Todo el mundo, alucinaba en la sala con el parecido de este actor y el célebre tenista sueco. Éste, logra combinar una agitación interior con un comportamiento tan impasible como un marcador en blanco.

 

 

Pero la verdadera razón por la que observamos —con ahínco— es mucho más simple que eso: Metz y su elenco nos han hecho preocuparnos tanto por Borg como por McEnroe en este momento. Extrañamente, sus personalidades parecen desaparecer en la propia corte de Wimbledon, y los resultados son una especie de comunión íntima entre los dos, en la que nuestro respeto por cada uno, y a la vez, el de ellos, con el resto del público cada vez es más profundo. Metz no tiene el oficio de Howard, que oficializa en su Rush, toda la rivalidad con la mayor inquina humana. El odio a muerte entre James Hunt y Nikki Lauda en la Fórmula 1, es deslumbrante y trágica. Donde todo tuvo un final desgraciado en el circuito de Spa Bélgica; Lauda, a punto de fallecer, y con secuelas físicas de por vida en el tremendo accidente de Bélgica y Hunt, retirado de las carreras con muchos problemas personales, falleció a 43 años por un infarto de miocardio. Esto es Wimbledon, la rivalidad es admiración por el contrario. McEnroe sabría que muy pronto reinaría y Wimbledon se doblegaría a su juego. Esa secuencia, donde se cambian de zona de saque; es magnífica. Cuando Borg, en el pasillo lateral de campo, le dice al adversario;”— no te preocupes, en el fondo, sólo es un partido de tenis”. Y parece ser real, porque al principio del film, se deja muy claro que toda la historia está basada en hechos reales. Metz entiende que esto es algo entre caballeros y de ahí su toque Gentleman. Todo termina, y la vida de estos deportistas es, en fondo, entrenamiento y aviones. Después, de 14 encuentros entre ambos… Como en Casablanca, puede que fuera el principio, de algo más intenso, que ser el mejor. BorgvsMcEnroe es un film que deja muy buen sabor de boca. Un film que es un homenaje a unos campeones irrepetibles. Un tiempo donde los hombres se vestían de corto blanco y por la noche se convertían en superstars del Rock. Nota:7,2

 

Top 10 álbumes de 2017

1. Robert Plant “Carry Fire”

 

2. The National “Sleep Well Beast”

 

 

 

3. Neil Young “Hitchhiker”

 

4. Brand New  “Science Fiction”

 

 

5. Van Morrison “Versatile”

 

 

 

6. Lana del Rey “Lust for Life”

 

 

 

7. St. Vicent “Masseduction”

 

 

8. American Dream “LCD Soundsystem”

 

 

 

9. Sheer Mag Need “to Feel Your Love”

 

 

10. Wolf Alice “Visions of a Life”

 

Los mejores films de 2017

  1. “Three Billboard Outside” Ebbing, Missouri

 

  1. You Were Never Really Here

 

3.Wind River

 

 

 

4. Z. La ciudad perdida

5. Dunkerque

6.The Florida Project

 

 

7.Good Times

8. Logan Lucky

 

 

9.The Nile Hilton Incident

 

 

10.The Disaster Artist

Las mejores series estrenadas en 2017

1. The handmaid´s tale

 

2. Godless

 

3. Mindhunter

 

 

4.The Sinner

 

 

5. Umbre

 

6 Feud

 

 

7. Manhunt: Unabomber

 

8. The Deuce

 

9. Ozark

 

10.Taboo

 

 

11. Pustina

 

 

12. Cardinal

 

 

 

13. American Gods 

 

14. Big Little lies

 

15. Fauda

 

16. Sorjonen

17. Glow

 

 

18. Snowfall

 

19.The Punisher

 

20. Sneaky Pete 

21. Alias Grace

22. Rellik

 

23. Valkiryen

 

24. Mary Kills People

 

25. Philip K. Dick’s Electric Dreams

 

 

Pustina (2016) El pozo de Havel

Una de las grandes sorpresas de este año viene desde las atractivas y misteriosas tierras marcómanas; la actual República de Chequia. Pustina (2016) en un producto HBO, con la excepcional factura, marca de la casa. El canal hace unos cuantos años que comenzó su implantación logística; entre Polonia, Chequia y Rumania. Por citar algunos de los países que comprenden el nudo mayúsculo de este proyecto. Donde reivindicamos algunas series exitosas y desconocidas para el gran público, caso de la rumana Umbre (2014), o la polaca Wataha (2014). Un humus que rebosa creatividad en pleno centro de Europa, que está dando savia fresca al siempre exigente público de las ficciones HBO. Pustina tiene detrás a un joven equipo —al 100% Made in Chequia— avalado por la cineasta Agnieszka Holland. Una directora que dejó su buen oficio en series tan míticas como The Wire (2002) o Treme (2010). Su condición y reputación de realizadora polaca todo terreno y de sublime sensibilidad, le llevó a filmar lo que sería la antesala de Pustina, en la mismísima Chequia: “Horící ker” (2013) una miniserie de tres episodios, sobre el affaire Jan Palach, en la Primavera de Praga. Comento estos antecedentes para comprender, un poco más, el detritus que inunda el proyecto de Septan Hulik y la dirección de Alice Nellis & Ivan Zachariás. ¿Qué es Pustina? Lo esencial, sería empezar por la definición de la palabra… Vendría a ser, algo así, como un páramo o desierto abandonado. Afinando la gramática, quedaría mucho mejor el término tierra yerma o baldía. Tampoco hay que ir a Harvard para darse cuenta que, para HBO en USA, ya viene editada con el término anglosajón, “Wasteland” (2016). Sí que es cierto, que la pequeña villa de Pustina es un lugar fronterizo entre la Silesia polaca y el linde checo más septentrional. Podría ser una aldea del territorio de Ostrava

 

 

Dijo una vez, el talentoso político checo, Václav Havel; “Estoy solo con el dolor y no tengo más remedio que saborearlo hasta el fondo. He estado cerca de la desesperación.” Esta frase —que es una metáfora de su lucha—, y resistencia, a lo largo de su vida, es parte de la propia idiosincrasia de un pueblo liberal como es Chequia. De algún modo, sería el leitmotiv de esta magnífica serie. Pustina (2016) es un drama de 8 episodios, solapado en un brillante thriller policíaco centroeuropeo, ambientado en el pueblo minero, que da nombre a la propia serie. Pustina se halla circundada en un espinoso dilema; ceder las tierras y casas donde han vivido toda su vida, a cambio de la obtención de una atractiva oferta económica, por parte de la nueva empresa que explota el carbón del territorio, o resistir con lo puesto. El nuevo conglomerado moderno que gestiona la turba era en el pasado una propiedad más del viejo estado comunista. El debate tiene los ánimos más que caldeados entre los habitantes del lugar y la alcaldesa Hanna Sirikorova, una inmensa (Zuzana Stivínová). La decisión, aparentemente parece fácil, en un pequeño pueblo, donde la pobreza y desempleo hace mella. Es muy interesante como se introduce el viejo y cansino debate del viejo modelo comunista y el nuevo capitalismo. Los posicionamientos de quienes no quieren ir con la nueva política gubernamental del gobierno —de favorecer la viabilidad del modelo productivo privado— y finiquitar la historia de un lugar imperecedero en el tiempo. Modelos contrapuestos, y viejas reyertas del pasado, se observan entre la cotidianidad vecinal, donde el reclamo del viejo modelo controlador y dictatorial comunista, choca con quienes han encontrado un nueva salida a su pobreza, en la posibilidades de la voracidad del libre mercado. Esa definición tan prosaica y jocosa, el pelotazo fácil, en la burbuja inmobiliaria. Es obvio, que la población de Pustina tiene derecho a una oportunidad de prosperar. ¿Pero no todo vale? La discusión está en el aire. El ambiente respira, el efluvio de la confrontación perpetua.

 

Desde la taberna, a los paseos, de una casa a otra, desde la panadería, hasta la recogida de los niños, en la guardería de la propia alcaldesa, Hana. El runrún está suspendido en las mentes de los habitantes de la villa. La disyuntiva se hace mayor en una de las últimas votaciones del pleno consistorial. Hana Sikorova busca, entre sus acólitos, y no tan cercanos, el voto de confianza para detener la expropiación, individualizada de las viviendas, por parte de la hullera. En un intento desesperado, apelando a la nostalgia y el orgullo de un viejo pueblo trabajador. Poniendo, todo su corazón, para demorar la respuesta, y riesgo personal por conseguir un frenazo a las ventas de las propiedades vecinales. Una incansable búsqueda de oxígeno que relaje la tensión de la comarca. Pero cada día que pasa la situación es más insostenible. En Pustina, el elemento climatológico y el carácter rural de las gentes —que habitan estas tierras—, no facilitan la honestidad. Además, el dinero cada día se persona y avisa que no está para más esperas. En esa burbuja tan hostil, se cuela una fatídica noticia, que cae como un carámbano de enero, en la boca del estómago de Hanna. Su hija pequeña ha desaparecido. Una pequeña adolescente muy sui generis. Es cuando, nos encontramos con el ex marido de Hana, Karel Zikorova. En un papel de Globo de Oro, el actor Jaroslav Dusek, nos brinda una colosal interpretación. Profesor del instituto de secundaria, ahora prejubilado, tras un ataque de locura y diagnosticado de una compleja enfermedad mental. La investigación se pone en marcha y toma las riendas otro magnífico personaje, de esta ficción, el capitán de la policía criminal, Rajner, Un tipo duro, convincente y muy bien interpretado por el actor, Leos Noha. Le dan un empaque a esta angustiosa historia que convive entre los misterios de la primitiva Twin Peaks (1990) y la atmósfera exasperada de True Detective (2014) de Pizzolatto, hasta ese existencialismo reservado de la ficción policiaca nórdica de Forbrydelsen (2009).

 

Pustina es un ejercicio arriesgado de combinación creativa, entre un brillante guion, basado en una realidad actual, como es la propia historia de Chequia, de hace 27 años: la amada Checoslovaquia de V. Havel. Y una dirección artesanal —que nos retrotrae— a aquel cine de mediados y finales de los 60 Made in Checoslovaquia. Pustina es una historia compleja —que debajo de algunas subtramas adolescentes, de amigos, colegio, drogas, reformatorios y familias— propia del modus operandi de investigación, en casos de niñas-os desaparecidas, vista en algunas otras producciones. Pustina oculta el aliento y revela evidencias a fuego lento. Espolvorea la miga, dejándola, a la mitad de su tamaño. Indagando su verdadero propósito y urdimbre. Esta historia del crimen es puro tejido conectivo que adviene los factores del misterio y el suspense más canónicos. Una pequeña pieza, done la historia le da un toque personal, como condimento. Sirve como excusa para entrar en la intimidad de todo el pueblo: cada casa, habitaciones y hasta los rincones más oscuros de su psique. La propia Pustina nos da todas las suposiciones y preferencias, a fin de interpretar conclusiones personales, intentando sacar el abatimiento del espectador. Pues el foco, también incluye el otro lado del LCD. Es decir; los mismos pecados expiados, una y otra vez, por ese animal equivoco y complejo, llamado, humano. La verdadera razón de ese lugar húmedo, gélido, oscuro y frío, no es otra, que el tiempo en un espejo. Ese humano, es un inocente lobo, víctima de la bipolaridad del propio hombre lobo depredador, donde cada individuo es dueño para sí mismo y de sus propios intereses. Donde come el gran pequeño, donde todo tiene un precio y nada es sagrado. No hay ninguna empatía, ayuda, solidaridad, y cuando la hay: rezuma un aroma tan hipócrita y falso que tira para atrás. Y es que en Pustina, todos estamos dentro de un pozo. El mismo pozo, al que el mismísimo V. Havel definió así: “A veces se necesita tocar el fondo de la miseria para poder entender la verdad, igual que hay que lanzarse hasta el fondo del pozo para llegar a ver las estrellas.”. En Pustina, la noche es tan oscura, que nunca se ven estrellas en el cielo. Nota: 8,6

 

The Handmaid’s tale (2017) Terror y Caos

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A tres años del final de la segunda década de este siglo; los nuevos productos televisivos están brillando por la ausencia de calidad, en este 2017, y reitero, nuevos. No es el caso de las entregas —que van llegando— de otras series estrenadas años anteriores. Bien, así como el que no quiere verlo: la pantalla reluce píxeles y demás jarcia digital con la gran sorpresa del año; The Handmaiden´s Tale (2017). A partir de la novela Margaret Atwood publicada en 1985, la productora de televisión Hulu, estrena una serie de grandísima calidad. Y, ahora, quisiera hablar de Hulu —un joven canal de cable norteamericano— propiedad del grupo NBC creado en 2007, y la atiborrante frivolidad, con la que determinados escritores, críticos y blogueros de turno; endosan el producto y gloria de esta adaptación a la todapoderosa HBO. Dejemos una cosa bien clarita. HBO, funciona como un imperio audiovisual y todos aquellos que estamos formados en producción audivisual sabemos —de sobra— cuales son las funciones de negocio de una productora: en propiedad, coproducción o distribución. Bien, en el caso del Cuento de la criada en nuestro país (con eso de que ha llegado, el internet milenial de tropecientos mil gigas). HBO España tiene comprados los derechos de emisión para sus abonados. Del mismo modo, que la plataforma Movistar series presenta en su programación Ray Donovan (2013) de Showtiwe. Ejemplo que me viene a bote pronto. Y, de igual modo, caso de otras series que propiedad de otras cadenas de cable, pues, son proyectadas por Netflix. Aclarado el inciso y la ablución, de los conceptos, así como de la autoría. Hulu, a día de hoy, está convirtiéndose, en ese canal que va haciendo cosas diferentes y con estilo. Caso de Shut Eye (2016) y The Path (2016).  Sin mucho ruido, pero anhelado por las vacas sagradas del cable. Uno de los mejores productos que he visto este año, también obra del Ceo, Mike Hopkins es su drama —de época Georgiana— sobre la prostitución: Harlots (2017). Una de esas series que a final de año estarán en nuestro top 10. Bien volviendo a lo sustantivo. A mediados de los 80, el dramaturgo Harold Pinter escribió el guion de la obra de Atwood. Era una historia que no terminaba de seducir a las grandes actrices de cartel y caché de aquella década. Por ende, los grandes estudios también dieron la espalda al proyecto de aquella otrora y kármica América de Reagan. Al final el cineasta germano, Volker Schlöndorff, en 1989, y su productora se implicaron, en la fascinante historia de Atwood, con una producción pequeña y el aporte de dos viejas estrellas de Hollywood, Robert Duval y Fayne Dunnaway. Handmaiden´s Tale (1990) tenía como protagonista a la actriz británica Natacha Richardson (desgraciadamente, fallecida) y el papel de Moira lo interpretaba Elisabeth McGovern.

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A pesar del buen guion, y la BSO de R.Sakamoto junto a la labor de los implicados; el film fue un fracaso absoluto. VS mutiló el excelente recurso de la voz en off del montaje final. El guionista Pinter y N. Richardson se lo reprocharon. Ya que el resultado fue un film muy plano, a pesar de contar con una material extraordinario. Película con aroma a telefilm que se le puede echar un ojo por los rediles de la webesfera. Posiblemente, el éxito de Hulu, sea el de haber encontrado a una actriz que no es una gran estrella del Hollywood Blockbuster. Pero, Elisabeth Moos es Peggy Olson. Aquella emotiva y creativa secretaria de Don Draper en Mad Men (2007). ¿La recuerdan? Claro que sí. Nuevamente, la australiana, nos brinda un recital interpretativo rodeada de actores de reparto de series, muy interesantes, caso de la magnífica Yvonne Strahovski (Dexter 2006) —compatriota de Moos— en el papel de Serena Joy Waterfrond. Alexis Bledel (Gilmore Girls 2000), como Ofglen y Samira Wiley como Moira (Orange Is the New Black 2013) —exceptuando— su dueño, un Joseph Finnes, que vuelve a ser aquel actor que enamoró al publico en “Shakespeare in Love (1998)”. Como el comandante Fred Waterford, y el servil, Nick (Max Minghella, Ágora 2009 y los Idus de Marzo 2011) chófer de la residencia. Personaje que juega entre ambages de la delación y la autosatisfacción sexual. Y evidentemente, el gran arrojo de los guionistas Bruce Miller (ER, Los 100) e Ilene Chaiken (Empire y El príncipe de Bel-Air) a la hora de adapatar una obra. Este libro, todo un clásico, del siglo XX tiene un toque de vanidad muy provocativa y realista. Y como hemos comentado, Hollywood, a lo largo de casi 33 años, hizo mutis por el foro, con un material de semejante calibre. Narrada en un doble tempo. Donde, en el actual presente, es la nueva comcubina —valga el efemismo— por no decir, una auéntica esclava sexual del comandante de turno. Unos comandantes, representados, a modo de ministros civiles que, guardan una estética más castrense, dependiendo del acto social donde se desenvuelvan. Algo así como unos Masas de plantación sureña — de principios del S.XIX — con estética steampunk/híspter al servicio del régimen teocrático. Y en el tempo de la felicidad. Moos es la editorialista June, que vive con su esposo Luke y su hija, conviviendo en una ciudad moderna del estado de Massachusetts que, poco a poco, va avanzando hacia un agujero sin retorno. El gobierno como lo conocemos a día del hoy en Washington ha sido derrocado por el nuevo gobierno de la dictadura teocrática de la República de Gilead. El aire está pleno de inumerables substancias químicas y la radiación que; “Dios fustigó la plaga, la plaga de la infertilidad”. Es ahí, donde unas pocas mujeres —las llamadas criadas— pueden dar a luz a niños. Hay una constate progresiva de la nueva dictadura a rehusar derechos. Los nuevos líderes culpan a cualquier opositor de terroristas y suspenden la Constitución. Las mujeres son las principales afectadas por este régimen fascista. No pueden tener cuentas bancarias, tarjetas de crédito o dinero. Se les prohíbe trabajar y estudiar. Cualquier propiedad a su nombre es embargada, en nombre de la república dictatorial. Entonces pierden sus derechos sobre sus propios cuerpos. El acto de sexo es regulado por el estado.

 

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La ciudad que se llamaba Boston, al igual que el resto del país, y otros países, se ha contaminado aplicándose una severísima interpretación de la Biblia. De ahí el modelo de procreación y control de las vidas de todas las mujeres. Aquellas que su capacidad reproductiva les permite ser madres pasan a convertirse en “criadas”: mujeres adjudicadas al dominus de turno, o ministro del régimen que tiene problemas de esterilidad. Una vez al mes, dentro de una escenografía de lo más aséptica se lleva a cabo el coito entre el dueño y la sirvienta. Las criadas son violadas —con la ayuda de las esposas de estos— que participan de denominanada “ceremonia” con aroma al antiguo testamento, y una única pretensión, que se queden embarazadas. Lo más detestable, puede que sea, la determinación con aquellas mujeres que no son fértiles, ya que irán recluidas a la zona de contaminación radiactiva: las colonias. No hallamos ante el anagrama visual de un útero que se manosea, al antojo de unos gerifaltes, y así vemos la corruptela de estos tipos, con sus secretos no confesados, dentro de un sistema, donde subyace un submundo de perversión sexual, en garitos, a modo de afterhours. Donde se codean, con muchas de las confinadas-prisioneras. Esclavizadas, a su antojo, como stripers destrangis. Prostitutas del capitalismo de toda la vida. Obligadas a beber, consumir drogas y tener sexo duro. Metáfora de la explotación sexual que nos traslada a ese viejo mapa de la ficción de lujo. Desde el contenedor de Baltimore en The Wire (2002) a las Matrioshki (2005) de Amberes  en Bélgica. Nuestra protagonista y colegas se han convertido en una especie de zombies —con un vestuario estricto— estéticamente impactante, y conocido, de los primeros pobladores de la America del S.XVII. Hasta el ambiente de excitación que se genera en las esposas de estos esclavistas es puro frenesí mental. Y ahí aparece la figura de la tía, unas individuas (a modo de mediadoras y adoctrinadoras) que denotan sadismo y acoso mental en los campamentos de adaptación a la preselección de las familias receptoras del nuevo útero andante. El papel de Ann Dowd (The Leftovers, Quarry o True Detective) es impagable, como la tía Lydia Hasta el mismísimo Javier Bardem saldría acojonado al verla con su palo eléctrico para atizar al ganado. Ellas se encargar de la supervisión y coordinación, con las esposas de los comandantes, sobre las actividades de las criadas, y esencialmente, el estricto control de calendario de los días fértiles. Hasta la ropa interior que se le entrega a la cocinera de la mansión (una especie de casa señorial Art-Deco versus campo de concentración en Polonia). Más tarde o más temprano, llegará el niño que entregarán el mismo día de la concepción a las nuevas madres de atrezo. El cuento de la criada de Margaret Atwood es una novela, donde se observa una identificación, plena con una generación nacida en el comienzo de la II GM —consciente del contexto— de como las órdenes establecidas podrían desaparecer durante la noche. Una noche de cristales rotos… Atwood vivió una parte de su vida en Berlín y nunca ha escondido sus admiración por la obra de Orwell. Cito una frase de la entrevista que concedió la escritora al New York Times en el mes de marzo: “Justo después de la caída del telón de acero la gente no paraba de cantar y continuar con aquel traralalá (…) Que esto es el final. Pero es que en aquel tiempo la distopia era menos sorprendente, porque se consideraba menos posible. Cuando cualquier cosa podía suceder en cualquier lugar, dadas las circunstancias. Ahora mismo podría caer un rayo”.Quién iba a decir que 32 años después, EEUU, estaría bajo la batuta de un tipo con tan penoso aplomo democrático. Y su novela convertida en un nuevo betseller de culto.

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Tampoco hay que pasar por alto —lo que muy bien han reflejado los guionistas— como son esos guiños al despreciable y teocrático Irán, los talibanes de Afganistán, el DAESH, Siria, Venezuela o Corea del Norte. 32 años, con mayores avances y efímera estabilidad —perecedera— pera todavía latente. THT nos advierte sobre un futuro que ya es posible, además nos muestra la inanadidad y futilidad de quienes velan por el estado de libertades. Nos llegamos a preguntar como se podrán acometer determinadas medidas preventivas para evitar el caos. The handmaid´s Tale es aún más inquietante que la mayor parte de ficción postapocalíptica, ya que Atwood —implicada en el proyecto como supervisora del guion— usa la historia como guía narrativa. Y la verdad, que no queda nada artificioso. Mucho de lo que ocurre en el show —el surgimiento de un estado totalitario, la subyugación de la mujer utilizando la religión como una herramienta en una fascista teocracia— ha ocurrido en otros lugares del mundo. Evidentemente, toda distopía se presenta como un cuento aleccionador. Pero dada la complejidad del orden mundial en nuestro tiempo.  En esta producción se observa con nitidez —un marcado halo de nostalgia muy fuerte— del engaño y el fanatismo religioso.  Una sensación de opresión en el tórax— que desata la paranoia, entre el espectador viendo como esa locura, sin sentido, crece cada minuto que pasa. Un poder ciego y delirante de lo más poderosos —decididos— a destruir todo derecho social y meritorio de las mujeres. THT (El cuento de la criada) se observa como algo verídico, enrevesado y a la vez, esencial. Atwood homenajea al novelista británico George Orwell en el uso ornamentado del lenguaje ambiguo. En The Handmaid’s Tale, los homosexuales y transexuales se les denomina “el género traidor”(algo que viene como anillo del dedo, después de ver el documental de O. Stone, sobre Putin) delito castigado con la muerte. El muro de la vergüenza, el ahorcamiento publico, colgado de una grua Caterpillar. Y a pesar de estas lecturas, más internas, fílmicamente, la narración de Hulu es un triunfo del lenguaje audivisual, como dijo Hitchcock, el arte de la televisión. Aquí, no hay platillos voladores o monstruos mágicos que los guardan como presa de culto. La realidad se hace aún más alarmante en el desecho de este Frankenstein de valores fundamentalistas religiosos. La fundación de la república, después de todo, proviene del Puritanismo que burbujea debajo de la América actual. La salvación pasa por contactar con los pocos renegados que viven en la indigencia, a modo de resistencia, y poder llegar a la frontera con el Canadá: la salvación.

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Lo que resulta sorprendentemente mágico en la serie; es el formidable contraste entre la desolación del material y la opulencia del tratamiento. Hay una abundancia visual que gratamente termina por encantar. Un ejercicio de manierismo de este frágil nuevo mundo terriblemente oprimido. La directora Reed Morano (Vinyl 2016), que filma los tres episodios iniciales, tiene un extenso currículum como operadora de cámara y su habilidad, la pone de manifiesto con unos nutridos picados y primeros planos dignos del mejor de Palma y del mejor Spielberg. Los puzzles corales de las cofias de estas siervas que están obligadas a llevar. Es imposible, no pensar en las mujeres Amish en Witness (1985) de Peter Weir y aquella Kelly McGillis. Hay mucho de la pintura, que nos remiten a la escuela flamenca, en las composiciones de los planos a contraluz y el paisaje contaminado de la nueva América. Y ahí esta la grandeza de la australiana, con un leve momento de ojo, sus labios, su sonrisa o sus lágrimas del vestidos mientras talla con la pequeña cuchilla, alguna frase, el nombre de su esposa o su hija. Por momentos nos hallamos ante planos, donde aquellas criadas de casas pudientes eran retratadas por Vermeer, de Hooch, Metsu y Ter Borch. Como se contiene las náuseas en las surrealistas partidas de Scrabble en el grandioso y poblado despacho, donde literatura llega al latín de Virgilio. Una historia universal, el drama de la supervivencia del ser humano. Desde lo más abyecto a lo más admirable que habita en esos verdaderos valores de vida norteamericana y la historia más reciente. Su significado universal, en una clamorosa, memorable y absolutamente auténtica interpretación de la dignidad de una mujer. THT tiene una gran lectura filosófica y a la vez tiene la habilidad narrativa de la vieja escuela Hollywoodense. Ahí, es donde obtiene el beneplácito de toda la crítica y el público de los diferentes ámbitos de la sociedad. En ese imput denominado; el elemento Spielberiagno. Algo tan sencillo y comúnmente humano, como la búsqueda de la familia, el sentido del humor y el toque de un thriller. Una heroína atrapada en la sinrazón —que se reinventa— entre escapadas de pensamientos y emociones contenidas. Defred sabe que es una mujer culta, independiente, valiente y por encima de todo, madre.Y una madre lo da todo por los suyos. Incluso, la vida y la muerte, a cambio de nada en el desfiladero del terror y el caos.  Nota: 8,7

Feud (2017) “Hollywood Decrépito”

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Podríamos estar hablando horas y más horas, en torno, a las biografías de las icónicas actrices del siglo XX. Afortunadamente, de las muchas que han existido, tenemos la suerte —en esta ocasión—, de contar con la presencia histórica de dos divas del Hollywood dorado: Joan Crawford y Bette Davis. Y redundando, en la propuesta, parece irónico que tenga que hablar de ellas aquí, y, no en ese lugar, donde ya saben Uds., que acostumbramos a realizar nuestras crónicas tan sui generis. De repente, nos encontramos con el chico de oro de la ficción norteamericana, Ryan Murphy. Nuevamente, en la productora que lo ha hecho mundialmente reconocido, FXNetworks. ¿Qué puede decirse de este creador, que no se haya dicho, en toda la webesfera? Poco más, que no sepa este mundillo, sobre l´enfant terrible de Indianápolis; exagerado, excesivo, socarrón, macabro y retorcidamente cínico. Empero, con mucho talento. Lo dije, aquel día que filmó, una de las mejores joyas de la TV, “Nip/Tuck” (2003). Evidentemente, sabe a lo que juega y lo que pretende: entretener en la pantalla pequeña con presupuestos de cine. Feud (2017), tal como suena, es una legendaria historia sobre una enemistad, cuasi, divina y de proporciones cercanas al cainismo más bíblico. Aunque esto, tiene un toque más cool. Estamos en Hollywood, no lo olviden. Un producto suculento, donde se atisba, una propensión exuberante de la exaltación del deseo y la neurosis. Una pelea constante, donde la revancha: es la aniquilación de tu alter ego. Regocijo y horror en el estudio. Mientras, la insolencia de Murphy, navega en la gran broma, de la subyugación de los corazones yankees, donde gravitan ellas: dos divas de finales del S.XX. Jessica Lange (Joan Crawford) y Susan Sarandon (Bette Davis). Bajo mi punto de vista, mucho más cómoda la Sarandon, ya que físicamente, tiene unos rasgos más cómplices, a su canibalización, con la Davis. Su partenaire, Lange, de una belleza felina y eslava, recordemos ese primer plano de ella, delante del King Kong (1976) de Guillermin; exquisito e inolvidable rostro. Ahora embalsamada de maquillaje y otras maravillas del equipo Max Factor, que por momentos, tras los baños de Vodka, llega a parecer un guiñol de la auténtica cara de Crawford (Propongo un visionado de esta actriz en la fascinante Johnny Guitar/1954 de N. Ray) y luego hablamos. Sin embargo, ello no es óbice, para comprobar las magníficas interpretaciones, una vez más, en esta nueva serie de Murphy. Dejándose la piel como contendientes perennes, en pleno apogeo, de la decrepitud personal de ambos íconos, de un Hollywood irrepetible. Un lugar con el mayor número de divinitys por m2, que jamás un milenial hubiera imaginado. Una visión más introspectiva de la flaqueza del ser humano; cuando la edad se convierte en tu peor enemigo. Feud arranca en 1978, con el pretexto de la filmación de un documental acerca de la enemistad entre las míticas actrices —un mecanismo narrativo que subraya el concepto de Murphy, en todo show—, en pleno despliegue mediático por la reavivación de sus carreras. Olivia de Havilland (Catherine Zeta-Jones) magnífica interpretación de reparto y Joan Blondell (Kathy Bates), como nos tiene acostumbrados, a lo largo de sus apariciones de la franquicia AHS.

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De repente, se escucha, una frase genial de OdH, “Las peleas no sustentan en el odio, si no en algo más hondo, el dolor”. Saliendo el plano de su cara, en un prolongado flashback, que alterna con la década de 1960; Joan y Bette están enfrentadas estratégicamente, por dispersos y personalísimos intereses con la Warner Bros, y la falsa apariencia de una deuda moral con Jack Warner —nada más lejos de la verdad— concretamente, en el dinosaurio JW, protagonizado por (Stanley Tucci). Portentosa lección del oficio teatral de un actor impagable. Además, de ser uno de los últimos patriarcas del desvergonzado y viejo Hollywood, que ve su estudio como una especie de establo o burdel, animando la obsesión de cada estrella contra la otra, disfrutando como un niño,  en medio de la disputa por los papeles selectos. Así como, su aprobación tácita. Crawford y Davis, llegan a dar, —tal semejante escala— de subordinación laboral y vital, de esta sociedad dónde esos otros, que no vemos, pero, ven en ellas: un modo de nutrición de complejos personales. Decálogo sutil de un maniquiesmo letal. Plasmados en la inferioridad suplementaria que requerirá —probablemente para siempre la asunción, de la culpa—, en particular, la hija de Bette, Barbara Sherry, interpretada por (Kiernan Shipka), algunos la recordarán como la hija mayor de Don Draper en la obra de arte, Mad Men. En el caso de Joan, la maternidad no fue biológica, pero la adopción le trajo unos cuantos disgustos con su primogénita, Christina. Y es que, volviendo a la figura de Joan Crawford, en términos generales, fue la estrella más grande, atractiva y descomunal de la historia del 7º arte. Había sobrevivido al periodo del primer cine mudo, y, gracias a una voz suculenta y con brío, transitó al páramo del sonoro, sin problemas. Cosa que a otras divas de aquella época no consiguieron; Clara Bow, Mary Pickford, Mirna Loy o Lilian Gish. Impresionante recorrido de bailarina flapper a decadente figura del terror gótico de serie B. En el primer episodio, se nos pone al corriente, de los acontecimientos, en el mismo instante que Marilyn Monroe va a recoger su Globo de Oro, “por Faldas y a lo loco” (1959) de B. Wilder. Crawford, bien cocidita de Smirnoff, hace un comentario demoledor, sobre los senos de la rubia californiana…Dejando entrever, el chascarrillo de turno, en torno, a que ambas fueron amantes. Bien, concluyendo esta línea argumental, las películas de Joan eran a menudo más directamente espeluznantes. Posiblemente, por esa mirada que congelaba la pantalla y dejaba al espectador petrificado por una belleza, entre lo andrógino, racial y artificial —ex profeso— vía cirugía plástica. Una reina que salió de Texas a por un sueño y lo conquistó. Por el contrario, las películas de Bette Davis, de un modo más ingenioso habían subsumido su propia vistosidad. Pues, hablamos de la actriz pre-Actors Studio, técnica y personalidad pura (10 nominaciones a los Oscars y dos estatuillas, como mejor actriz) en una especie de siniestra respetabilidad. Eso, lo sabía su rival, que sólo consiguió tres y una estatuilla. Volviendo al rodaje que sirve de nexo para narrar toda esta serie y el resto de personajes.

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No podemos pasar por alto, el director del film, un clásico del oficio, Robert Aldrich. El actor elegido para su recreación no ha sido otro que el británico Alfred Molina, que ha estado a un nivel altísimo. Aquí en el papel del cineasta, que rodó, una película de culto, una obra mayor con un presupuesto de serie B, que se convertiría en un éxito gigantesco y acabaría por conseguir una nueva nominación al Oscar de Bette Davis. Observaremos capítulo a capítulo como la presión del rodaje, el dirimir con los egos de ambas estrellas y de enlace con Jack Warner terminará con su matrimonio.Volviendo al rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? Aquellos días, de trabajo, en el estudio fueron una zona de guerra. Bette Davies es unos pocos años menor que Joan Crawford, lo que enerva la contienda por el orden de papeles, ubicaciones, quien tiene los mejores diálogos, los mejores detalles con el set de rodaje, si Pepsi o Coca/Cola. Joan Crawford se casó con el dueño de Pepsi-Cola y enviudó. Algo que la convirtió de la noche a la mañana en una especie de Ceo de la empresa. No había sitio —que pisara— en donde, no sacase algo relacionado con el merchandising de la marca. El asunto fue a más en el rodaje y la Davis, sin temblarle la mano, al segundo día de rodaje puso una máquina de Coca-Cola enfrente de la suya. Los cuatro primeros episodios son los más atractivos y donde Feud —deja a uno con mejor sabor de boca— con una dinámica narrativa que hereda los mejores artificios de la espléndida The Sopranos (1999). Otros personajes que no se pueden dejar fuera son las columnistas/alcahuetas del Hollywood más Underground. Hedda Hopper (Judy Davis) y Louella Parsons fuera de la pantalla. Nadie está exento a estos amarres del sálvese quien pueda y detestar a la vez. Carne del higadillo pura y dura. La ayudante de dirección y Script personal de Robert Aldrich, Pauline Jamenson (Alison Wright) The Americans. Curiosa anécdota, pues la auténtica, PJ fue una actriz con un recorrido interesante.  Cada vez que aparecen sus cejas, te quedas pegado a la pantalla, pues, es uno de los rostros más inspiradores de la nueva ficción televisiva. Bien, en este rol, que la licencia creativa de Murphy se permite: nos presenta a una mujer, en busca del sueño, independiente, por ser directora de cine. Algo que propia Crawford, le remarca; ¿quiénes somos nosotras en este mundo sin dinero? Nadie. Pauline, le recuerda a las grandes pioneras del cine mudo, D. Arzner y L. Riefenstahl. JC, se llena una copa de vodka y sigue jactándose del sistema y la serpiente capitalista. “El cine mudo era de juguete, no costaba dinero, como el cine que hacemos ahora. Hollywood es un monstruo que sólo quiere dinero, más y más.” Un depredador de cartón-piedra insaciable. Incluso, el discurso de R. Aldridch no le queda muy alejado del que transmite la Crawford: “mujer esto es una cadena sin fin, no vayas con esa postura por estos lares.” Además, de recriminarle —con tono paternalista— su posición privilegiada, como asistente personal. Por cierto, Aldrich, se deja caer un affair con Bette Davis y una gran lista de amoríos que tienen hartísima a su esposa Harriet Aldrich (Molly Price).

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De algún, modo Murphy, reivindica la igualdad de sexos, derechos y remuneración. Intenta denunciar a una industria misógina y hostil con las mujeres. Puede que la forma de manifestarlo sea demasiado amable. Pero ahí lo deja caer. Crítica la sátira —de esa inculcación— de una cultura salvaje, donde el capitalismo, es el arquitecto de un sistema que enfrenta gargantas contra gargantas. Hay una escena magnífica que pone de relieve esa situación. Cuando se lleva a cabo la pool delante de la prensa para la formalización de los contratos y, a renglón seguido, la gresca por la ubicación de los nombres en los créditos del film. Obviamente, la desvergonzada y caustica visión de Murphy, hasta este estadio es embriagador, ya que no sólo imprime la leyenda de lo mítico o el chascarrillo, sino esa idea, que es el sello de su factoría. Cómo lo hizo en la magistral The People Vs O.J.Simpson. Siguiendo una tonalidad que ya consiguió con el gran elenco de actores de la citada serie, aquí vuelve a alcanzar ese plus de brillantez. En este contexto, es lógico que la imaginación empática de Murphy gravité en: BetteVsJoan, lo que es igual Jessica LangeVsSusan Sarandon. Todo un suculento ardid —muy propio de esa cultura divinizada Pop 60,s— que sirve para distraernos, de cuánto podemos falsear, nuestra propia jerarquía social contra nosotros mismos, guardándonos, el sojuzgar a los vecinos con pequeñas distracciones. Generalmente, las vidas sexuales de los ricos omnipotentes y celebritys —quienes son revelados por Murphy— pues, no puede evitar el karma compulsivo de los mismos defectos. Tal es su superstición personal, que no se olvidó de su actriz fetiche personal, la siempre elegante, Sarah Paulson como la gran dama del teatro Geraldine Page. A la que muy bien, embaucó Miss Crawford, junto a la hermosa Anne Bancroft (Serinda Swan) en la noche de la entrega de los Oscars de 1962. Davis pierde y el Oscar es para la Bancroft (que en su lugar, es recogido por Crawford, leyendo una nota de agradecimientos). JC pasa de puntillas con la estatuilla por delante de una Davis enfurecida, al lado de una O. de Havilland que no salía de su asombro.

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Feud es un cuerno de oro de una sociedad, donde la riqueza bullía, como en el mundo de la maravillosa Mad Men “Un lugar donde la verdad miente”. Pero ese cuerno comenzaba a presentar serios daños estructurales. Hollywood tiene un nuevo enemigo llamado TV. Aunque, no sea muy dañina, ya que ese negocio está en la Costa Este. Los sapiens del viejo Hollywood se apolillan y mantener los lujos se hace una ardua tarea imprescindible. Un aroma a decrépitud naftalínica va haciendo mella en la atmósfera.  Las nuevas generaciones puede que observen a estas reliquias de antaño —como lo que son— fotografías en blanco y negro en mundo utópico. Empero, para otros muchos, son hermosos talentos que ennoblecen la pequeña pantalla. Susan Sarandon y Jessica Lange relucen el nuevo OLED coreano del salón de casa. Una presencia omnipotente y adictiva. Ambas retratan la increíble vulnerabilidad e implacable determinación de dos actrices irrepetibles: Davis y Crawford. Dos mujeres que puede que fueran obligadas por aquel Hollywood a competir en papeles similares; que yacieran humilladas por las pocas opciones que le dejaban, abuelas de estrellas del Rock y poco más. Tuvieron que hacer público el olvido del fracaso personal. Ante semejante zarandeo y castigo sólo les quedaban sus grandes mansiones solitarias de Beverly Hills. Ahí, tumbadas en la chaise longe, rodeadas de botellas de vodka y suscripciones caducadas al Variety. Mientras las amas de llaves, confidentes y porteadoras personales, como “la Mamacita”—particular— de Crawford,  en el papel de Jackie Hoffman. No es la primera, ni la última mujer que doblegada desde el misterio de su nacimiento, consiente y dirige el crepúsculo de esas diosas. Al son de la notas de Mac Quayle, mientras aparece la cortinilla de presentación del episodio de turno: un hermoso de homenaje de Mr. Murphy al genio de Saul Bass. Bienvenidos al feroz y viejo Hollywood. Nota: 7,8

 

Lou Reed,2 de marzo,in Memoriam

 

UNSPECIFIED - CIRCA 1970: Photo of Lou Reed Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

 

Somos muchos los que apenas podríamos imaginarnos que significa meterte ese sucedáneo tan goloso llamado morfina: el alma mater de esa sustancia llamada heroína. Lou Reed, sí que lo sabía. Posiblemente, en exceso. Es un viaje a la quietud, la felicidad y la retirada de lo existente a tu alrededor. Una huida sólo para paladares, que saben de buenos cocineros; aquellos que extraen —de la bella flor original— la diacetil morfina 100%. W. Burroughs sabía mucho sobre heroína y un montón de sustancias penadas por la ley. Vivió 83 años. Su prosa y vida inspiró la cultura Underground. Ese submundo de carácter urbano, lumpen callejero, seres y criaturas que nadie quiere ver ni tener; los incomprendidos, y, sustancialmente, los perdedores. En ese detritus, se forjó el poeta neoyorkino: Lewis Allen Reed. Mejor conocido por sus fans como “Lou” y por sus amigos más cercanos como “Lulu”. Una de mis canciones favoritas ha sido, es y será, “I’m Waiting for the Man”. Un relato en primera persona sobre la compra de polvo afgano en Harlem, mientras esperas angustiado a tu dealer. Pura experiencia personal del propio Reed, un consabido adicto a las drogas. Ellas, han sido parte de su vida. Y según dicen todos los galenos, lo que llevó a Lou —en sus últimos años— al conocido y desastroso cuadro hepático. En abril de 2013 le fue trasplantado un hígado, que inicialmente fue un éxito. Desde aquel marzo de 1942 hasta hoy han pasado 75 años. 71 (cuando se nos marchó) años, donde, bromeaba con colegas del oficio quién sería el siguiente acompañante a la otra dimensión, cerca del maestro Hendrix. Lou Reed se ha marchado. El chico de Long Island, ya no está con nosotros, mientras suena su música de fondo. ¿Qué hubiera sido de la historia del Rock sin Lou Reed? No me lo imagino. El adolescente incomprendido por su familia. Un chico, que muy tempranamente manifestó una orientación sexual ambigua, pero honesta y consecuente. Algo, que le costó ser tratado con terapia electroconvulsiva en un viejo manicomio, para “curar” su inclinación sexual —Barbarie de método—, práctica, que se documenta en la canción “Kill Your Sons”(1974).

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Reed siempre utilizó New York como fuente de inspiración musical. Algo así, como Woody Allen y su imperecedero plató de rodaje favorito. Al poco tiempo, llegó la literatura inglesa y el periodismo en la Universidad de Syracuse en 1960. El periodismo, el cine, la poesía, la literatura y cómo no, la música. Ésta, fue su gran pasión. La mejor droga que había probado. “Cuando llegué a la universidad, yo quería escribir la gran novela americana” (Sic) “Pero me gusta el Rock & Roll. Así que yo quería utilizar temas de adultos, los temas de las novelas, en las canciones. Una manera de ampliar los parámetros de mi realidad y una forma de introducirme, en lo que estaba escribiendo acerca de temas pop.” (Sic). Es Pickwick Records, el punto de partida donde como compositor, escribiendo cancioncillas Pop, para irse curtiendo oficio, A pesar, de estar empapado de mil influencias musicales. Y el lugar donde se produce uno de los momentos cumbres del Rock; el encuentro entre Reed y Cale, que desembocó en la formación de la legendaria Velvet Underground. Junto al guitarrista Sterling Morrison y la batería Maureen Tucker. Andy Warhol consiguió el mecenazgo del grupo —que fue incluido en el Rock and Roll Hall de la Fama en 1996— y lo hizo gracias a sus innovadores manejos del marketing en la multidisciplinar Factory. Mezclando la música —unas letras de un inspiradísimo Reed, donde las odas a las historias de yonkis, travestis, prostitutas, fauna urbana y depravación sexual, se solapaban entre tonos mundanos del nuevo trovador del rock sucio— con el arte y un merchandising espectacular del simbolismo francés. Vendiendo unos trabajos extraordinarios donde esas canciones sonaban, como las nuevas flores del mal, de un Baudelaire neoyorkino. El legado de aquel encuentro fueron cuatro álbumes estratosféricos.

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Un pequeño flashback que nos aluniza, al breve período como oficinista, en la empresa de su padre, Reed se decidió a lanzar su carrera de solista en 1971. Un álbum homónimo, a modo de debut, para calentar motores y seguidamente, la joya de Transformer, co-producido por David Bowie y el guitarrista Mick Ronson. El álbum llegó al número 29 en el Billboard 200. Aparecían canciones como “Vicious”, “Perfect day”, “Satellite of love” y la legendaria/ultraconcocidísima, “Walk on the Wild Side”. Su letra levantó una polvareda, en torno, a sus polémicas referencias a travestis y fellatios en un tono rompedor. La cuestión, es que la mítica canción alcanzó el número 16 del Hot 100. Caprichos de la hemeroteca y el paladar del personal más adicto, a la gloria de la gramola comercial: aquella canción fue su único hit del Popstar. En el fondo, aquel tema rezumaba una gran ovatio a los explosivos años del personal —más transgresor— que rulaba por la Factory de Warhol. Los iconos de Ginsberg y Genet eran sus mutaciones en calidad de solfas. Posteriormente, siguió con esa atmósfera oscura y lleva de tristeza envuelta en una imaginería sadomasoquista del exitoso Berlin. Ahí, se rodeó de músicos tan solventes, como Steve Winwood, Jack Bruce, Michael Brecker o el joven prodigio Steve Hunter. También, es un punto de partida hacia ese status de outsider y persona nada sociable, que condicionó una larga parte de su carrera. El abuso de las drogas y los problemas domésticos estuvieron a la orden del día. Un Lou Reed, obstinado en desafiar al público con salidas de tono muy absurdas. Empero, había nacido la estrella mundial; Lou Reed. Rolling Stone dijo sobre este álbum: “es tan claramente ofensivo, el cual, produce un deseo de tomarte la venganza física por tu cuenta sobre el artista neoyorkino” (Sic). Incluso se le tildó, “de completo pervertido depravado y patético enano mortal” (Sic).

AMSTERDAM, NETHERLANDS: Lou Reed posed in Amsterdam, Netherlands in March 1975 (Photo by Gijsbert Hanekroot/Redferns)

Mayor escándalo produjo su siguiente trabajo, el cual, fue reprochado por la crítica oficialista: como una banalidad de la historia del Rock en 1975. El doble álbum Metal Machine Music inspirado en la música electrónica y experimental lleno de una acústica bizarra. Muy difícil de comprender, pues muchos de sus fans asumieron, que se trataba de una broma retorcida. Pero de Reed es comprensible: la genialidad levita por encima de la mediocridad. El duende de Long Island lo hizo y punto. Aquel disco, que puso fin a su relación con RCA, en plena década de los 70. No sin antes, dejarnos otro trabajo muy apacible y hermoso; Coney Island Baby. Temas bellos y cercanos de un Reed —aparentemente calmado— con guitarra, bajo y batería, a modo de homenaje, a los deliciosos viejos tiempos con la Velvet. Así vivió durante muchos años Reed, dándose sus andares de pasarela y divinity. Entre pitadas y escapadas a puerta de escenario. En España organizó una memorable, a principios de los 80. Esa, la recuerdo porque un viejo amigo, la comprobó in situ y se escribió una maravillosa crónica, en la fascinante Popular 1. Siguió con su vena experimental y apareció con The Blue Mask (1982), como de refilón. Sin hacer ruido. Entre la apatía de la crítica y una relativa desidia de sus incondicionales. Eran los tiempos de Superestrella del Rock Reed. Vivía al margen del mundo humano.

 

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Hasta que en 1989 volvió a demostrar, que el duende no lo había perdido, con “New York”. Un disco a la altura de “Transformer” que nos devolvía al poeta y cronista del New York, oculto entre perdedores y outsiders. Son los 90 y parece que La voz de “Satellite of Love”, animó el nuevo renacimiento de su carrera. En 1990 grabó con John Cale, ex compañero de la Velvet Underground, el álbum Songs For Drella, letras que homenajeaban al genio de Poe y cómo no, al rey del pop-art Andy Warhol, el cual,  actuó como catalizador, para un apasionado quorum de la Velvet Underground dos años después. Esta reunión se produjo, grabando el álbum en directo, “Live MCMXCIII” en 1993. El resto, lo han dicho todos los medios y es de sobra conocido. El último viaje, ese artista que no tuvo reparos en tocar con la banda de Thrash Metal, Metallica en 2011 “Lulu”; un hermoso cumplido a la diva del cine mudo, la inefable, Louise Brooks. Actriz norteamericana, que se convirtió, en la interprete fetiche, del maestro alemán G.W.Pabst y su Caja de Pandora (1928). Letras que trascienden la esencia de la obra teatral, in situ, y el camino hasta el infierno de esta femme fatale, en su encuentro con Jack “el destripador”. Ironía y crudeza, al son, de los acordes salvajes de Kirk Hammett. De nuevo, rompiendo con lo establecido, puro Reed. Y es que es, solamente, aquel chico con chupa de cuero, que paseaba de Harlem a Coney Island era un personaje sui generis. No muy conversador, dependiendo, del interlocutor. Solitario y creativo. Su nombre de pila es; Lewis Allen Reed. Para los amigos, Lou Red y los íntimos, Lulu. Sigue descansando en paz y saluda a tu viejo amigo, Bowie. Parece que fue ayer, pero han pasado casi cuatro años, mañana puede que llueva en la Malvarrosa; otro Coney Island. Gracias por todo lo que nos diste.

                                                                                                                                                                                                                                       Artículo publicado en la revista Culturamas  (2-XI-2013)

 

 

Taboo 2017 “karma Dickesiano”

 

TABOO -- "Episode 1" (Airs Tuesday, January 10, 10:00 pm/ep) -- Pictured: Tom Hardy as James Keziah Delaney. CR: Robert Viglasky/FX

Dicen los británicos que Charles Dickens ha sido el mejor representante de los valores del perfecto inglés. Posiblemente, ningún escritor haya dejado una estantería literaria, de semejante calado, sobre la injusticia social. La misma a la que fueron sometidos, aquellos más pobres y débiles de nuestra sociedad. Miles de niños, discapacitados, prostitutas y ancianos fueron el gran botín de los más poderosos. Una interminable conjura de aristócratas y comerciantes que marcó el devenir de un imperio subyugado a las intrigas palaciegas del cuerpo regio victoriano. Dickens, describió todos los rincones del viejo Londres y dejó patente la insalubridad de una ciudad, dura, enferma y pestilente. Una villa donde esos desheredados del bienestar comían restos de animales muertos: perros o caballos, que se agolpaban en el cauce del Támesis. El alma de Taboo, es el detritus de la rabia y la impotencia, de un estómago vacío. Así se presenta esta nueva serie de la prodigiosa BBC. Una creación, del siempre prolífico, Steven Knight y Chips Hardy (padre del actor, protagonista del show). Y el inagotable Ridley Scott. Tom Hardy se podría decir que mantiene una relación profesional con Steven Knight muy cercana. Puro feeling. En 2013 rodaron la brillante Locke (2013) y ahora mismo, está trabajando, en otra de las series estrella de la BBC, Peaky Blinders junto al norirlandés Cillian Murphy, el jefe de la pandilla de gangsters de Birmingham. Steven Knight nos propone una ambiciosa, barroca, oscura y cruda ficción. Un hombre, James Keziah Delany,  que se la había dado por muerto, tras un largo viaje a África donde ha pasado, una década, conviviendo con diferentes nativos y gentes, en los lugares más remotos y peligrosos de allende. La primera secuencia del episodio piloto es apoteósica. Un rápido travelling aéreo, nos hace divisar un bergantín, de donde se ve navegar a un hombre, dentro de un pequeño bote. Su figura parece la guadaña de las almas: la muerte. El agua está repleta de una densa niebla. Al fondo se descubre entre claroscuros y grises tonos; la ciudad de Londres. Nuestro protagonista está subido a un espléndido caballo. Se acerca hasta un roble y se baja del equino. Al lado del gran árbol cava en la tierra un agujero y guarda una bolsa de cuero con diamantes. En el puerto y la zona del embarcadero la actividad comercial es excitante: animales y pescados pululan junto al lumpen. La cámara se fija en una de las pasarelas/puente del río y aparece un sequito fúnebre, encabezado por una carroza —que porta un ataúd— tirado por cuatro corceles. Personajes de diversa índole lo integran. Desde un enano ataviado con ropas caras —de un luto riguroso— hasta la joven mujer que se yergue en una hermosa grisácea yegua.

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Finalmente, Tom Hardy, llega a la sala de la morgue, donde un cadáver completamente desnudo (su padre), se deja acariciar por la luz —que entra— por las claraboyas de la cúpula. Dos monedas en sus ojos lo exhiben ante Hardy, empapado en lluvia, que le pide perdón a su oído, mientras recoge los metales de sus cuencas y guarda en su bolsillo. Entra la cortinilla de presentación con motivos caleidoscópicos, donde el agua del océano y la infografía juegan con la introducción de los créditos. La fotografía es de Mark Patten, un mago de la luz, que dio el salto de la mano de Mr. Scott con The Martian (2015), realmente exquisita. Los tonos de la pintura de Courbet y Fildes se palpan en cada plano. Al igual que la dirección del episodio, obra del danés, Kristoffer Nyholm. Un cineasta con buen tino, deja su buen oficio, en las interesantes Forbrydelsen (2007) y The Enfield Haunting (2015). Por momentos, Tom Hardy, parece ser el nuevo Edmond Dantès de A. Dumas. Y es que Mr. Knight ha vuelto, a sus texturas favoritas, como viene haciéndolo con su exitosa Peaky Blinders. En Taboo, muestra su devota pasión por el paroxismo teatral y la cruda exuberancia de la escenografía. Eso sí, cambiando el Punk/Gothic/Rock de N. Cave y los White Stripes, por los violines y la electrónica de Max Richter. Una notas musicales que contienen el aliento. Taboo es un gran drama, con elementos históricos, que nos trasladan al Londres de 1815. De repente, nuestro fascinante protagonista, se exhibe en la ceremonia —del réquiem por su padre— como alma en vilo, envuelto en un halo de misterio. La mirada cansada y unas facciones que están marcadas por unas singulares cicatrices. Pasando por delante de los bancos —de la iglesia— donde están sentados su hermana Zilpha (Oona Chaplin) /Black Mirror, The Hour, Quantum of Solace/ y el codicioso esposo, de ésta, Thorne (Jefferson Hall)/Get on the bus, Emma y Powder/. Todo son miradas soslayadas y temerosas. Ellos saben que James Keziah va a reclamar su herencia. Después de la solemne ceremonia, comienza el ágape/pésame, donde el albacea de la familia Robert Thoyt (Nicholas Wooedeson) /Hannah Arendt, Skyfall, Rome/ le comunica, cuál y cómo, es la herencia de su querido padre: un pedazo de tierra envenenada y deseada por muchos miserables en la zona. James Keziah Delany comienza su periplo de visitas y ajustes de asuntos personales. Descubrimos a un gentleman con un abrigo de lo más cool, largo liso, y un sombrero de copa, que encarnan su parodia despectiva hacia la clase alta, dándose pompa y atrevimiento con una cicatriz que arrolla su ojo izquierdo, en forma de estilete.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 03/01/2017 - Programme Name: Taboo - TX: 07/01/2017 - Episode: Taboo - Ep 1 (No. n/a) - Picture Shows: Brace. Brace (DAVID HAYMAN) - (C) Scott Free Prods - Photographer: Olly Robinson

 

Andares sobrados y un pulido bastón que anhelan al pendenciero Dorian Grey de Penny Dreadful. Eso sí, en cuanto cambia el gesto produce en su contrincante; mucho miedo. No obstante, la venganza y la sangre parecen olerse en la pantalla. Uno de los affaires más importantes, es el asunto, de su testamento. Pero lo primero es volver a casa de su padre. Allí se encontrará con su fiel y viejo criado, de toda la vida, Brace (David Hayman) /Sid&Nancy, My name is Joe, Macbeth/. Un hombre de su padre, uno de los suyos. Un personaje, en el cual, se nos presenta una curiosa relación. Esa, ya conocida, de las viejas historias de época; criado/dueño. Muy cómplice. Algo así, como un Bruce Wayne (C. Bale) y Alfred (Michael Caine) del Batman de Nolan. Poco después, se marcha a lo que eran las viejas instalaciones de la empresa naviera y se encuentra con una prostituta, con la que mantuvo un contacto —cuando era un adolescente— ahora reconvertida en una Madame callejera, Helga (Franka Potente) /Corre Lola corre, El caso Bourne, American Horror Story, Asylum/. Ésta, ocupa el local como sitio para llevar los contactos sexuales, creando un tétrico gineceo portuario. Siguiendo con su ruta de asuntos personales, ahora tendrá que ternar con un tema muy íntimo, y la más que probable hipótesis sobre el asesinato de su padre, por parte de los especuladores de la Sociedad de las Indias del Este. Los representantes de la auténtica, caterva de lores y señoritos, que se convierten en lenguaraces buitres. Picapleitos de medio pelo del intocable imperio británico para establecer sistemas de castas todavía en juego en ese país. A pesar de los ataques e intentos por avergonzar a su padre, en boca del oficial al mando de la East India Company; Sir. Stuart Strange (Jonathan Pryce) /Brazil, Game of Thrones, Pirates of the Caribbean/. JKD desestima, la oferta de la selecta empresa comercial y súbita de la corona británica. James quiere la propiedad de su padre y se niega rotundamente a vender ese islote —estratégico— en la Columbia Británica. Territorio que, posiblemente, sea el remedio al fin del conflicto bélico entre los 15 Estados Unidos independizados y el Imperio Británico. El producto parece un pastiche de series que han influido a su creador SK, desde Heart of Darkness (1993) de Nicolas Roeg, la maravillosa Ripper Street (2012) de Richard Warlow. La deliciosa Penny Dreadful (2014) de John Logan y The Frankenstein Crhonicles (2015) de Benjamin Ross. Todas ellas con el denominador común de ese Londres embelesado en barro y miseria —estrictamente Dickesiano— páramo sordidez y ocaso, por donde pululan podredumbres de putas y travestidos de encajes de puntilla en blanco, escanciados en motas de carbón, que esgrimen dagas escondidas y mosquetes. Por momentos, nos recuerda al polvoriento y encharcado Deadwood.

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Aquel del malvado y codicioso, Al Swearengen. Ahora, uno de los mayores atractivos de Taboo es Tom Hardy, cada paso, cada mirada o frase que pronuncia: es puro talento. Obviamente, estamos ante uno de los 3 mejores actores de su generación. Tenemos al Charles Bronson, violento y feroz del film que rodó con Nicolas Winding Refn. Incluso al Bane de C. Nolan en El caballero oscuro: La leyenda renace. Hasta la épica y la honorabilidad del superviviente Max Rockatansky, en el remake de Mad Max Furia en la carretera. Hasta el desvergonzado e insolente judío mafioso, Alfie Solomons, que interpreta en los Peaky Blinders. Esos momentos, cuando comienza a tocarle la fibra escrotal al comandante de la Indias Sir. Stuart Strange, en unos diálogos perversamente pastoriles. Todo ello, irá apareciendo, en pequeños flashes, a modo, de visiones de muertos esclavos africanos y miembros de las tribus indias nativoamericanas. A ello habría que sumarle el elemento Shelley cuando ordena la flamante autopsia de su padre, a un tal Dr. Powell, (Michael Shaeffer) /Black Mirror/Rogue One Star Wars/ adicto al vino de Madeira y traficante cazatumbas. En un guiño muy directo al joven Victor Frankenstein, de Penny Dreadful. Éste, consigue desvelar, científicamente, el envenenamiento de su padre y confirmar, las sospechas que mantenía nuestro protagonista. Pero los demonios siguen dentro nuestro protagonista. Entre el remordimiento y la conducta salvaje. En un mundo nuevo y viejo, que lucha contra la conciencia del propia James K. Dellany, está corroído por el remordimiento y sus experiencias extremas en un mundo salvaje. La fractura de la psique en James Keziah se aprecia, en su exterior arquitectónico. Si analizamos detalladamente, el caminar con extrema amargura y altanería letal, enmarcada en ese largo abrigo (casi una parca) y ese sombrero de copa que encarnan su pertinaz desprecio de la clase. En esa firme mirada, que marca su salvaje pasado e insinúa todo animalismo. La luz deslumbrante constante, insípida, que petrifica del actor podría parar un león de oro en la planicie. De ahí, el excepcional magnetismo del personaje con el espectador.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 03/01/2017 - Programme Name: Taboo - TX: 07/01/2017 - Episode: Taboo - Ep 1 (No. n/a) - Picture Shows: Helga. Helga (FRANKA POTENTE) - (C) Scott Free Prods - Photographer: Robert Viglasky

Sus objetivos nunca son exactamente claros, aunque él mismo los ponga en peligro, para llevar a cabo su apuesta comercial del legado de su padre (también hay un escorzo al lugar de nacimiento de la supuesta madre nativa americana de James, otro elemento dramático que abre el gran abanico de subtramas). Hasta ahora, James es sobre todo, un compendio de rasgos de antihéroe en nueva TV del S.XXI, incluyendo una moderna relación incestuosa con su hermanastra Zilpha. De alguna manera, uno percibe que la figura de Gentleman y Hardy está activamente filtrando parte de una soslayada iconografía pop. Empero, pueda reflejar cierta timidez de JKD, como él, está creando un monstruo para sacudir los cimientos de Londres. En el fondo, transmite la sensación del tipo más duro de la ciudad, ese que “de tonterías”, por favor, las justas. Descubriendo el ego de un tipo muy viril. ¿Un arrogante o un leviatán? Firme y capaz de doblegar a sus oponentes, en los salones de la distinguida ciudad. Como en las mejores temporadas de American Horror History, Taboo se atreve a hacer girar un ultraviolento comic gótico, intencionadamente agregando un plus de imaginería atroz. A la vez, hermosa y cruel. Triste y emocionante. Dentro de la tensión clásica de las crónicas de Dickens, tanto como esa escena que hiela la sangre; con James hacia abajo por la orilla, donde un conocido le informa que los perros se comen la carne de las víctimas. Esas que se suicidan desde lo alto del puente. Posiblemente, la mayor baza de Taboo sea, Tom Hardy y el entramado generalizado de subtramas que irán desarrollándose en los próximos episodios. Veremos si Steven Knight nos dejará un final feliz para este drama. Algo que sabemos de sobra que al maestro Dickens le encantaba. Pero la historia puede terminar como una tragedia griega, o quizás en algo más fastuoso, como en el Conrad del Corazón de las tinieblas. El karma Dickensiano también puede ser un asunto de virtuosismo Conradniano. Por último, les puedo decir que esta noche se estrena su segundo episodio en HBO y que FX Networks tiene los derechos de emisión para EE.UU. Según últimas informaciones, su creador, Steven Knight ha propuesto un mínimo de tres temporadas. En fin, lo bueno se hace querer. Nota; 8,3